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domingo, 15 de febrero de 2026

Dientes blancos, por Zadie Smith


Dientes blancos
, de Zadie Smith

Editorial Salamandra. 525 páginas. 1ª edición de 2000, esta es de 2022

Traducción de Ana María de la Fuente

 

Dientes blancos de Zadie Smith (Londres, 1975) se publicó en Gran Bretaña en el año 2000, y su traducción para la editorial Salamandra –a cargo de Ana María de la Fuente– nos llegó en español en 2001. Recuerdo que se habló bastante de esta novela en los suplementos literarios y fue celebrada como un gran debut por parte de una joven que aún no había cumplido los veinticinco años cuando el libro apareció en el mercado. Sé que pensé leer este libro más de una vez, pero, perdido en la maraña de posibilidades lectoras, lo fui dejando pasar. En los años posteriores, siguieron apareciendo libros de Zadie Smith, que nos los acercaba en español la editorial Salamandra, y seguía leyendo buenas críticas en los suplementos literarios sobre ellos. Supe que, definitivamente iba a leer Dientes blancos, el día en el que me topé, de nuevo, con este título en una lista de la BBC (publicada en 2016) que proponía las veinticinco mejores novelas británicas, votadas por críticos no británicos, y en esta lista se encontraba Dientes blancos. En mayo de 2024, por mi cumpleaños, me autorregalé esta bonita edición de la novela de Salamandra.

 

Estaba leyendo, en realidad, los Cuentos completos de Alfredo Bryce Echenique y me surgió la oportunidad de hacer un pequeño viaje con los alumnos de mi colegio a Portugal y decidí cambiar de libro, porque sé que no es bueno andar con un libro de relatos cuando no se dispone de demasiado tiempo para leer, y así me llevé Dientes blancos al país vecino.

 

La acción de la novela empieza el día de Año Nuevo de 1975, cuando Archie, un hombre de mediana edad, al que ha dejado su mujer, ha decidido suicidarse. A pesar de lo que pueda parecer, el tono de esta primera escena es vitalista y cómico, un tono que se mantendrá durante casi toda la novela.

Zadie Smith nació en Londres y es hija de un hombre inglés y de una mujer de Jamaica. Sabía que Dientes blancos hablaba de la inmigración en Londres y yo había supuesto que la historia contaba en la novela sería contemporánea a la vida de la autora; pero no es así. Smith empieza hablando de la generación de sus padres, al remontarse a 1975, el año de su nacimiento. Aunque Dientes blancos es una obra de ficción, el lector acabará sospechando que la autora está usando su historia familiar para componer su obra, puesto que Archie, un hombre británico, después de tratar de suicidarse, va a conocer a una joven negra de origen jamaicano, llamada Clara, con la que se casará de forma súbita. La hija de ambos, Irie, una adolescente acomplejada por su aspecto (su pelo afro o sus kilos de más), que escribe un diario, parece un trasunto de la propia Zadie Smith. De hecho el apellido que elige la autora para la familia de ficción –Jones– pertenece al rango de los apellidos más comunes de Reino Unido, como su «Smith».

Otra idea preconcebida que tenía sobre la novela era que, al saber que se trataba sobre una obra acerca de la inmigración en Gran Bretaña, iba a hablar sobre todo de la comunidad jamaicana de Londres, que sería la más cercana a la autora. Así, me ha resultado curioso que la novela habla más de los emigrantes asiáticos –pakistanís, indios y bangladesís–, centrándose en la familia Iqbal, originarios de Bangladés, la antigua Bengala. Samad Iqbal, camarero en un restaurante indio, es el mejor amigo de Archie Jones. Samad está casado con Alsana, y los dos serán padres de los gemelos Magid y Millat, de la edad de Irie, que se enamorará del rebelde y carismático Millat.

Samad y Archie se conocieron en la Segunda Guerra Mundial. Al principio este dato de la novela me estaba resultado raro. Si en 1975 Archie tiene cuarenta y siete años, ¿cómo pudo participar en Segunda Guerra Mundial? Pero no había nada de qué preocuparse, Smith es una escritora muy dotada y controlaba perfectamente el material narrativo de su primera novela. Archie, mintiendo sobre su edad, se incorporó a filas en 1945, cuando tenía diecisiete años. Recorriendo Grecia en un tanque será como conocerá a Samad, dos años mayor que él. Me ha sorprendido muy gratamente el episodio en el que Smith lleva al lector hasta el interior de ese tanque aliado que recorre Grecia. En cierto modo, me ha recordado a las propuestas de Roberto Bolaño, a su gran capacidad para fabular. Aunque también es cierto que el tono tiene poco que ver. Mientras Bolaño, siempre muestra un misterio y una amenaza en cada párrafo, Smith –como ya apunté– elige un tono más mundano, más cómico.

 

La novela se divide en cuatro partes: Archie 1974, 1975; Samad 1984, 1857; Irie 1990, 1907 y Magid, Millat y Marcus 1992, 1999. Diría que las dos que más me han acabado gustando han sido las dos primeras, las que hablan de Archie y Samad, que si hacemos una analogía con la vida de Zadie Smith serían las que se corresponden con su padre y con el mejor amigo de su padre. Me ha resultado un tanto decepcionante que la tercera parte, donde el personaje es más cercano a la autora tenga –desde mi punto de vista– menos fuerza que los anteriores.

 

Hasta cierto punto, sé que tenía prejuicios ante Dientes blancos, ¿sería realmente tan buena una novela escrita por alguien con menos de veinticinco años? Durante la primera mitad el libro me estaba sorprendiendo gratamente. Zadie Smith me parecía una escritora muy talentosa, con mucho control sobre sus personajes y con una prosa ágil –muy propia del idioma inglés– y para nada recargada. Además, pese a su juventud, Smith era sagaz a la hora de hacer apreciaciones generales sobre la vida y las personas, incluso sobre experiencia que ella no había vivido aún. Así, por ejemplo, en la página 23 leemos: «El divorcio es eso: quitarle cosas que uno ya no necesita a una persona a la que ya no quiere», en la página 51: «En el fondo, ni el propio Ryan importaba, porque, por más que Hortense dijera, Clara era una chica como las demás: el objeto de su pasión era un simple accesorio de la propia pasión, una pasión que, reprimida durante tanto tiempo, había estallado con fuerza volcánica», o en la página 58: «Desprenderse de la fe es como hervir agua de mar para extraer la sal: algo se obtiene pero también algo se pierde».

 

Uno de los temas principales del libro va a ser el de la incomprensión intergeneracional. La generación de Archie, Samad, Clara y Alsana (aunque las mujeres son bastante más jóvenes que los hombres) van a tener problemas al relacionarse con sus hijos, Irie, Magid y Millat, y estos problemas se van a ver marcados, y agravados por el hecho de que los hijos han nacido en Gran Bretaña y los padres (o al menos tres de ellos) en un país extranjero. Este tema de la crisis intergeneracional está muy relacionado con el tema de la crisis de identidad. Una idea curiosa del libro me ha resultado esta: por encima del miedo de los países anfitriones al recibir inmigración (Reino Unido en este caso) a perder su identidad, está el miedo de los inmigrantes a que se diluya, en las siguientes generaciones, su legado, sus genes y su cultura originales. De este modo, Samad idealizará a su bisabuelo Mangal Pandey, un personaje histórico real que se alzó contra la ocupación inglesa de Bengala en el siglo XIX, un personaje del que no parará de hablar y de aburrir a sus interlocutores.

El título del libro, Dientes blancos, abunda también en esta idea, en esta lucha generacional. Clara perdió sus dientes, siendo muy joven, en un accidente de moto, e Irie, cuando tiene que elegir una carrera universitaria, se decantará por los estudios de odontología, como si quisiera metafóricamente reparar los problemas del pasado de su madre.

 

Como ya he apuntado, las dos primeras partes me han parecido las más conseguidas, aquellas en la que la narración avanzaba más libre y con más capacidad para la fabulación y el detalle simpático para caracterizar a los personajes, pero he tenido la impresión de que la novela decaía en su segunda mitad. Sobre todo, cuando los protagonistas entran en contacto con la familia Chalfen, perfectamente británicos, aunque en unas generaciones atrás son emigrantes provenientes de Polonia. Marcus Chalfen es un reputado genetista que se dedica a modificar un ratón, para conseguir que avance el conocimiento científico, en consonancia con los conocimientos de clonación de la época. Casi todos los personajes del libro van a confluir hacia este ratón de Chalfen, que los enfrentará a sus creencias y tradiciones. En este último tramo, considero que la novela deja, en gran medida, de reflejar el rico y contradictorio mundo de los inmigrantes, como había hecho hasta entonces, y pasa más a ser una novela de tesis, donde la autora enfrenta a sus personajes a sus convenciones de un modo teatral, más propio de una novela comercial que de una gran novela. Es decir, en la escena final todas las piezas encajan demasiado bien, con una planificación puntillosa que me ha resultado excesiva, como si los personajes trabajaran más por el efectismo de la trama que por ser meramente personajes de ficción.

 

Pese a esta decepción y cansancio del último tramo, Dientes blancos me ha parecido una novela notable, de gran madurez para estar escrita por una autora de menos de veinticinco años. El buda de los suburbios de Hanif Kureishi (escritor británico, cuyo padre era pakistaní y cuya madre era inglesa) se publicó en Gran Bretaña en 1990, y me parece una clara influencia sobre Dientes blancos. De hecho, el tema de la inmigración está narrado también en un tono desenfadado y cómico, que es el que elige Smith para su libro. Leí El buda de los suburbios hace ya más de veinticinco años, así que no tengo capacidad para comparar ambos libros de una forma clara, pero en mi recuerdo El buda de los suburbios es un libro superior a Dientes blancos. Así que yo hubiera incluido al primero en vez de al segundo en esa lista de las veinticinco mejores novelas británicas. Quizás la idea de que Dientes blancos esté en esta lista me resulta ahora algo exagerado, pero –pese a que me ha decepcionado algo su tramo final– no quiero restar méritos al que me resulta un gran debut literario y que me anima a leer obras más maduras de esta gran escritora.

domingo, 1 de febrero de 2026

Adiós, señor Chips, por James Hilton


Adiós, señor Chips
, de James Hilton

Editorial Trotalibros. 108 páginas. 1ª edición de 1934, esta es de 2025

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, ilustraciones de Jordi Villa Delclòs

 

Más de una vez, Jan Arimany, el editor de Trotalibros, al que conozco en persona, me había recomendado que leyera de su editorial Adiós, señor Chips (1934), del escritor James Hilton (Leigh, Inglaterra,1900 – Long Beach, California, 1954). El sentido de la recomendación se debía a que Jan sabe que yo llevo trabajando más de veinte años en el mismo colegio privado del norte de Madrid, y Adiós, señor Chips está protagonizada por un profesor inglés apegado también a un colegio de secundaria. Durante un tiempo me resistí a esta recomendación, porque pensaba –quizás prejuiciosamente, alentado por alguna reseña que recordaba haber leído en internet– que esta novela podía ser demasiado almibarada para mi gusto y que no la iba a disfrutar. Sin embargo, cuando, por motivo de la Feria del Libro de Madrid, celebrada en el Retiro, fui a visitar a Jan en junio de 2025, acabé comprando en la caseta de Andorra, donde vende él sus libros, Adiós, señor Chips.

Tiene un número de páginas que me resulta incómodo, de un modo que no debería importar a un lector convencional: apenas llega a las 100 páginas y esto puede hacer que la lea demasiado deprisa, y haya de escribir su reseña sin haber tenido tiempo de escribir la de la lectura anterior. Al final me acerque a ella después de acabar Guerra y guerra de László Krasznahorkai, a tres días del fallo del Premio Nobel de Literatura de 2025, porque quería llegar a esa fecha con la posibilidad de empezar, de forma inmediata, a leer un libro del nuevo ganador. Adiós, señor Chips tenía, entonces, una longitud perfecta para mis necesidades del momento.

 

La primera frase de la novela es esta: «Cuando nos hacemos mayores (pero con salud, desde luego), a veces nos entra mucho sueño y parece que las horas pasan como vacas perezosas por un paisaje.» El narrador es el propio señor Chips, quien, desde una edad anciana, de unos ochenta y cinco años, va a recordar algunos de los momentos más relevantes de su vida como profesor de lenguas muertas en un internado inglés, al que, incluso después de su jubilación, sigue muy vinculado.

Chips nació en 1848 y, muy joven, recién acabada su carrera universitaria, empezó a trabajar en Melbury, donde, debido a su edad, no conseguía hacerse con la disciplina en la clase. Este es un fenómeno universal, sobre el que he podido leer en esta novela de 1934, pero también en Botchan, publicada por Natsume Soseki en 1906, y que trataba de los comienzos de un profesor en una isla de Japón, y también lo he podido vivir en primera persona al comenzar yo mi vida laboral en el colegio de La Moraleja, en el que veintidós años después, sigo trabajando.

En su segundo año como profesor, a los veintidós años, Chips empezará a trabajar en Brookfield, al que se describe como un buen colegio de segunda final que, en los últimos años, previos a la jubilación de Chips, fue adquiriendo más prestigio. Chips se quedará en Brookfield toda su vida laboral y, después de jubilarse, alquilará una habitación en la casa de la señora Wickett, que fue la mujer que lavaba la ropa en el colegio y que, con sus ahorros, ha comprado una casa al lado del colegio. Ya jubilado, Chips se ha aficionado a coger el sueño por las noches leyendo alguna página de una novela de detectives, y se acercará por el campus del colegio para ver los juegos deportivos. También invitará por las tardes, a tomar el té a los nuevos estudiantes y los nuevos profesores.

La mayoría de la gente piensa que Chips siempre ha sido un solterón, pero el lector descubrirá que sí estuvo casado en el pasado y que en su vida ocurrió una desgracia relacionada con este tema.

 

Me ha gustado la forma en la que Hilton une el pasado de Chips a algunos de los acontecimientos históricos que le tocó vivir, como la guerra de los Bóers, el hundimiento del Titanic y la Primera Guerra Mundial. Chips, que no participará en las guerras, tendrá que conocer los nombres de sus exalumnos muertos en ellas. Este es uno de los temas que más me ha emocionado del libro, pues que yo, con más de veinte años de carrera docente, ya he de recordar también los nombres de algunos alumnos muertos, aunque no en guerras, claro. Siempre es algo extraño recordar a aquellas personas jóvenes que han sido nuestros alumnos y que ya no están con nosotros.

 

Después de haber estado leyendo a László Krasznahorkai, el estilo de Hilton me ha parecido elegante y suave. Un estilo sencillo, pero cuidado, para una narración que no sufre desviaciones de lo que quiere contar, pero con unos detalles narrativos muy labrados, muy vívidos. En algún momento de su jubilación, Chips se planteó escribir unas memorias o una historia de Brookfield, pero será un proyecto que acabará abandonando. El lector, acabará sabiendo, que aunque en su juventud Chips tuvo ambiciones, como llegar a ser el director del colegio, en realidad no tenía el empuje y la constancia para conseguir algo así. De hecho, acabará siendo una persona ajena a los cambios que se producen a su alrededor, luciendo, por ejemplo, una toga raída que será objeto de burla de los alumnos y motivo de preocupación de un nuevo y enérgico director, que querrá en vano que Chips cambie. Sin embargo, lo que este director no acaba de entender es que precisamente Chips, con su estilo anticuado, se ha convertido con el paso de los años en el «espíritu» de Brookfield, alguien que da solera a un colegio que aspira a la respetabilidad del tiempo. De hecho, Chips es querido entre los alumnos como una fuente de ocurrencias y de bromas que acabarán atesorando con el paso de los años. Más de uno de los alumnos vendrá a preguntarle por diversos temas, con el fin de poder narrar, más tarde, alguna de las ya famosas salidas ingeniosas del profesor.

 

Chips acabará siendo para el lector un personaje entrañable, pero la novela no se limita solo a retratar esa faceta suya, sino que además nos acabará mostrando sus limitaciones y sus vulnerabilidades; sus ideas sobre la sociedad, que en algún momento pudieron ser puestas a prueba y cambiadas en parte, gracias al amor de una mujer.

Muchos de los acontecimientos más importantes de la vida de Chips, quedan retratados con Hilton con unas pocas pinceladas; entre ellos destacan las páginas sobre cómo se vivió en el colegio la Primera Guerra Mundial, periodo en el que el ya por entonces jubilado Chips asumió el cargo de director en funciones. Al leer Adiós, señor Chips he tenido el deseo, más de una vez, de que Hilton hubiera escrito un libro más largo y que detallara más alguna de las escenas claves de la obra, pero esta novela, breve y hermosa, acaba teniendo el aire melancólico y profundo, aunque bajo una apariencia de levedad, de la poesía japonesa. Aunque se lee en muy poco tiempo, uno acaba, sin embargo, la lectura con la sensación de que conoce en profundidad a su protagonista, tan profundamente humano, y que ha tenido el privilegio de acompañarlo durante toda su larga y provechosa vida. Adiós, señor Chips es una novela que cualquier profesor debería leer, y también todos aquellos que no son profesores, pero, como es lógico, han conocido a más de uno.

Esta novela, traducida con espero por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, cuenta con las ilustraciones de Jordi Villa Delclòs y un posfacio del propio editori, Jan Arimany.

 

domingo, 22 de octubre de 2023

Pasaje a la India, por E. M. Forster

 


Pasaje a la India, de E. M. Forter

Editorial Navona. 467 páginas. Primera edición de 1924, ésta es de 2022

Traducción de José Luis López Muñoz

 

Hace unos meses le solicité a la editorial Navona el envío de Maurice (escrito entre 1913-14 y publicado en 1971) y Pasaje a la India (1924) de E. M. Forster (Londres, 1879 – Coventry, 1970). para poder leerlos y reseñarlos. Ya he comentado que, hace unos veinticinco años, leí Una habitación con vistas (1908) y no me entusiasmó, pero quería darle una nueva oportunidad a este autor británico, al que mi mujer estaba leyendo y sí le gustaba.

Leí Maurice y me impresionó, me pareció una novela muy sensible y adelantada a su tiempo y, unos meses después, he leído Pasaje a la India.

 

Un año antes había visto en Filmin la película que estrenó David Lean en 1984, adaptando esta novela y, por tanto, conocía a grandes rasgos la historia que iba a leer. Sabía cuál iba a ser el conflicto, aunque ya había olvidado los detalles y esto, a mí, que me importan poco los llamados «spoilers», me da bastante igual, puesto que considero que la gran literatura funciona como un juego creado con sutilezas del lenguaje y no con los giros de una trama, como funcionan los llamados «bestsellers».

 

Aunque Pasaje a la India se publicó en 1924, lo cierto es que su primer capítulo traslada al lector a una narración del siglo XIX, ya que en él no aparecen los personajes de la historia, sino se describe la inventada ciudad india de Chandrapore. También –en la primera y la última línea del capítulo– se habla de las cuevas de Marabar, lugar en el que se va a desarrollar el nudo dramático de la historia. Habrá algún otro capítulo corto en el libro, que actuará como capítulo de transición, en el que solo se describa algún lugar, o el mismo paso de las estaciones climáticas en Chandrapore.

En el capítulo 2 asistiremos a una reunión de personajes indios, y aparecerá el que será uno de los temas principales del libro: «discutían si era posible ser amigo de un inglés». A alguno de los indios, que ha tenido la oportunidad de estudiar en Europa, les parecerá que eso era algo más fácil de conseguir en Inglaterra que en la India. Los ingleses, cuando llegan a la India, para ocupar algún cargo en la administración, quizás empiezan siendo amistosos con los nativos, pero al final acaban siempre desconfiando de ellos y marcando distancias. Según alguno de los indios, esto ocurre a los dos años de estar en el país, en el caso de los hombres, y en el de las mujeres, el cambio se produce en tan solo seis meses.

«Aziz no lo sabía, pero dijo que sí. También él generalizaba a partir de sus desilusiones; a los miembros de una raza sometida les resultaba difícil hacerlo de otra manera. Reconocidas las excepciones, estuvo de acuerdo en que todas las mujeres inglesas eran altivas y banales.», leemos en la página 19. Aziz va a ser uno de los protagonistas del libro. Es un joven médico indio, de religión musulmana, viudo y con tres hijos, que no viven en Chandrapore, sino con unos familiares. Me ha llamado la atención la de veces que, al principio del libro, se señala que Aziz se siente agraviado por el comportamiento de los ingleses hacia él o hacia los indios en general. Me estaba pareciendo un detalle poco sutil por parte de Forster. Sin embargo, he acabado cambiando de opinión: mientras que en la película de David Lean, Aziz parece siempre un indio bondadoso sin fisuras, en la novela, el personaje es más complejo. Aziz es un hombre orgulloso (y que vive a la defensiva) que, en más de un caso, el lector comprende que cree recibir ofensas que no son tales. Además, Aziz va a ser capaz de mostrarse cruel con alguno de sus compañeros de trabajo indios.

A la India llegan dos mujeres inglesas: la señora Moore, de avanzada edad, madre de Ronny Heaslop, el magistrado municipal de Chandrapore; y la joven Adela Quested, que viaja a la India para conocer mejor a Ronny, con el que aún no ha decidido si se va a casar. «Quiero ver la India auténtica» es una frase que la señorita Quested le repetirá a la señora Moore más de una vez. Adela parece ser una de esas mujeres de las que hablaban los indios del capítulo 2: aún es pronto para ella y, al llevar menos de seis meses en la India, no recela de los indios y  no quiere todavía relacionarse solo con ingleses. A Adela, en sus primeros días en Chandrapore, le está avergonzado el trato que los ingleses dan a los indios.

El cuarto personaje principal de la novela va a ser el señor Fielding, un inglés que trabaja en la ciudad como director del instituto local. Fielding, en cierto modo, es un inadaptado, un hombre que ya pasa de los cuarenta años –edad excesiva para ser un aventurero en la India– y que no tiene esposa ni hijos. Fielding y Aziz empezaran, en el tiempo de la novela, una relación de amistad, que, pese al apoyo del inglés al indio, en sus peores momentos, nunca dejará de tener sus tiranteces y Forster nos mostrará siempre sus dificultades culturales y sus recelos.

 

Como se adelantaba en el capítulo 1, en las cuevas de Marabar se va a desatar un conflicto que acabará con uno de nuestros protagonistas en la cárcel y otro recuperándose de un shock. En gran medida, ésta es una novela que se desarrolla en torno a un juicio. Un juicio que pondrá en jaque la endeble convivencia en la ciudad de Chandrapore entre indios e ingleses.

 

Forster es crítico con sus compatriotas y no se muestra complaciente con la presencia de los británicos en la India. En la página 37, es el propio narrador innominado (es decir, el autor) quien denomina al himno nacional británico como «himno del ejército de ocupación». Ya comenté, tras leer Maurice, que la mirada de Forster sobre la sociedad británica, con su defensa del amor homosexual, me parecía adelantada a su época, y me lo ha vuelto a parecer al leer Pasaje a la India, porque estoy seguro de que, cuando apareció la novela en 1924, a más de un británico le tuvo que escocer la mirada del autor sobre la realidad colonial, una realidad en la que los británicos, en más de una ocasión, juegan a mostrarse como dioses ante la población de los países que han colonizado.

Sin embargo, y aquí está la grandeza de la novela, Pasaje a la India no es un panfleto en contra de la colonización, sino que se trata de una novela muy sutil, que funciona en diversos niveles. Por un lado, nos encontramos con ingleses que están convencidos, de buena fe, de su buen hacer en la India: han hecho que se desarrolle el país y actúan como mediadores entre la comunidad musulmana e hindú, que, sin ellos, es posible que entraran en conflicto. Por otro lado, tenemos aquí a indios, como el propio Aziz, susceptibles y que pueden sentirse ofendidos por motivaciones en el comportamiento de los ingleses que no son reales. Forster usará el humor para mostrarnos, en más de un caso, los desencuentros de los personajes.

 

Pasaje a la India también es moderna, de un modo inesperado, porque pone en tela de juicio los presupuestos del moderno movimiento «Me too», y la idea de que siempre hay que creer a las víctimas. Aunque, en el caso del libro, esta cuestión no solo compete al género masculino y femenino, sino que está enturbiada por prejuicios raciales.

 

Aunque el propio Forster cae en hacer generalizaciones sobre el carácter de los orientales y los occidentales, como la que leemos en la página 397: «En el oriental la sospecha es una especie de tumor maligno, una enfermedad mental que le hace perder la naturalidad y le vuelve hostil de repente; confía y desconfía al mismo tiempo de una manera que el occidental no es capad de entender.», también nos advierte de que no se puede juzgar a la población de un país por el comportamiento de una sola persona, como leemos en la página 102: «En cuanto a la señorita Quested, aceptaba literalmente como verdad todo lo que Aziz decía. En su ignorancia lo consideraba como “la India” y no se le ocurría que su punto de vista fuera limitado y su método poco preciso, ni que fuera imposible identificar a nadie con la India.» De hecho, hacia el final del libro descubriremos que el propio Aziz, de religión musulmana, desconoce muchas de las costumbres de los indios de religión hindú, cuyos ritos constituyen para él un misterio, igual que para un inglés.

 

Creo que he disfrutado más de Maurice, por su sutileza, su modernidad y sus significados vitales, pero Pasaje a la India me ha parecido también una gran novela inglesa del siglo XX, otra gran obra de E. M. Forster.

domingo, 8 de octubre de 2023

Pálida luz en las colinas, por Kazuo Ishiguro

 


Pálida luz en las colinas, de Kazuo Ishiguro

Editorial Anagrama. 203 páginas. 1ª edición de 1982, ésta es de 2017

Traducción de Ángel Luis Hernández Francés

 

Hace ya más de veinte años leí Los restos del día (1989) de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954), que fue un libro que me gustó, pero que no llegó a emocionarme del todo. Tengo el presentimiento de que si lo leyera ahora me gustaría más que entonces. Luego leí Cuando fuimos huérfanos (2000) y de éste sí que recuerdo ya una sensación de decepción, de no conexión con la propuesta. Sin embargo, cuando Ishiguro ganó el Premio Nobel de Literatura en 2017 pensé que, en algún momento tendría que volver con su obra. Ha sido en 2023, seis años después, cuando lo he hecho, acercándome a su primera novela.

De entrada, hay que señalar que el perfil de escritor de Ishiguro no deja de ser curioso. Nació en Japón, en Nagasaki, en 1954, pero sus padres y él se trasladaron a Inglaterra en 1960 y ha desarrollado su carrera literaria en inglés. Si bien Los restos del día, cuyo protagonista es un atildado mayordomo británico, es una novela de temática y forma puramente anglosajona, su primera novela, Pálida luz en las colinas, es mucho más japonesa.

 

Etsuko es la narradora de la novela. Es una mujer de unos cincuenta años, que vive en la campiña inglesa, pero que nació en Nagasaki, en Japón. Durante el tiempo narrativo de la historia, Etsuko recibe la visita de Niki, su hija menor, que vive en Londres. El padre de Niki es inglés, y Etsuko tenía una hija mayor, llamada Keiko, hija de un hombre japonés, que se ha suicidado hace seis años, información que el lector recibe durante las primeras páginas del libro. No sabremos, sin embargo, qué ha ocurrido con el primer marido japonés y el segundo marido inglés de Etsuko. Esta novela está construida sobre muchos silencios y sobreentendidos narrativos; en este sentido, me ha parecido una narración muy medida, muy madura para ser una primera novela y estar publicada cuando el autor tenía veintisiete o veintiocho años.

En la tercera página, la narradora escribe: «Ahora no tengo ganas de hablar de Keiko. No es algo que me consuele. Solo la he mencionado porque ésas fueron las circunstancias que rodearon la visita de Niki el pasado mes de abril, y porque durante esa visita volví a recordar a Sachiko después de tanto tiempo. Nunca conocí bien a Sachiko. En realidad, nuestra amistad fue cosa de unos cuantos meses de verano, hace ahora muchos años.» (pág. 11)

 

El cuerpo principal de la novela se va a centrar en los recuerdos de Etsuko de un verano en Nagasaki en la década de 1950, cuando conoció a Sachiko, una mujer que vivía en una casona, apartada de la urbanización moderna en la que vivía ella, con una niña, de nombre Mariko. No se dice expresamente, pero el lector intuye que el marido de Sachiko murió en la Segunda Guerra Mundial. Sachiko mantiene una relación con un hombre norteamericano, que ha prometido (aunque esta promesa parece, en todo momento, poco clara) llevarse a Sachiko y a Mariko a Estados Unidos. Esta esperanza da fuerza a Sachiko para salir adelante, aunque va a tener que ponerse a trabajar en el restaurante de la Sra. Fujiwara, una viuda de buena familia que, tras la guerra, su fortuna ha ido a menos. Mariko es una niña traumatizada por algunos sucesos que tuvo que vivir al final de la guerra, y de forma habitual abandona su casa y vaga por los bosques de los alrededores. En realidad, tanto la madre, Sachiko, como la hija, Mariko, son dos personajes esquivos, sobre cuyo misterio la narradora, Etsuko, siente cada vez más curiosidad.

 

Una de las ideas de fondo de la novela es el cambio de un Japón clásico y nacionalista a otro más moderno e influenciado culturalmente por los Estados Unidos. Así, por ejemplo, el lector podrá observar las diferentes posturas que se dan entre personajes japoneses al analizar el pasado: el suegro de Etsuko ha ido a visitar a su hijo y a su nuera, que están a punto de convertirse en padres (se supone, aunque esto no se dice nunca explícitamente, que de Keiko) y el suegro (que fue profesor en el instituto local) está preocupado por las opiniones que un amigo del hijo (que ahora es profesor en el mismo instituto en el que había recibido clases del padre de su amigo) ha vertido sobre un colega y él, diciendo que inculcaron ideas equivocadas en las cabezas de los jóvenes, sobre la grandeza imperial de Japón, ideas que condujeron al sacrificio de toda una generación en la guerra. Además, el padre, al recibir una visita de unos compañeros de trabajo de su hijo Jiro (el primer marido de Etsuko) escuchará estupefacto como uno de ellos cuenta que discutió con su mujer porque ella se atrevió a votar en las elecciones por un candidato diferente a su marido, hecho que al suegro le resulta incomprensible y que es para él una muestra de la decadencia del nuevo Japón. Sin embargo, Niki, la hija inglesa de Etsuko vive de una forma muy moderna y distendida en Londres con sus amigos, y no parece tener ningún interés en casarse o tener hijos.

El verano de Nagasaki, con su calor insoportable y su tierra cuarteada, se va cubriendo de un manto de inquietud y amenaza. De hecho, al final de los recuerdos de Nagasaki se insinúa una tragedia que no acaba de ser narrada y esta sensación que se le queda el lector de escena o información escamoteada me ha parecido que estaba muy lograda. Como ya apunté al principio, no todos los cabos van a quedar atados en esta novela y éste me parece uno de sus mayores logros, esa sensación de que el lector debe reconstruir partes que le faltan de la historia. Sin embargo, las escenas retratadas son muy bellas y precisas, sin caer estilísticamente Ishiguro en alardes verbales.

Entre la narración de los recuerdos de Nagasaki, Etsuko también nos hablará del recuerdo (mucho más cercano en el tiempo) de la visita de cinco días que le hizo su hija Niki, y estas imágenes, en las que madre e hija rememoran algunas escenas de su pasado en común, teñirán de melancolía inglesa las páginas de la novela.

«Las razones por las que me fui de Japón estaban justificadas y sé que siempre me tomé muy a pecho el bienestar de Keiko.», dice Etsuko en la página 99, pero el lector no sabrá cuáles son esas razones que hacen que la protagonista de la novela acabe en Inglaterra, aunque intuye que tienen que ver con el contagio de deseos de su amiga Sachiko, que soñaba con irse a Estados Unidos. Un halo siniestro parece cubrir esos últimos días en Japón.

 

Como en 2022 leí una decena de novelas japoneses, en más de una ocasión me he encontrado pensado que ésta era una más dentro de esa tendencia lectora. En más de una ocasión me he encontrado sintiendo que la novela estaba escrita originalmente en japonés (de lo japonés que me parecía todo) y no en inglés. Aunque, por otro lado, es una obra en su ritmo muy anglosajona. Esta mezcla de culturas de Ishiburo me ha resultado muy estimulante. Pálida luz en las colinas me ha parecido una novela muy sutil, muy madura para ser una primera novela y, como ya he dicho, estar publicada cuando su autor tenía veintisiete o veintiocho años. Me ha dejado un gran sabor de boca este libro y me han dado ganas de seguir leyendo la obra de este autor, e incluso releer las dos novelas que ya había leído hace más de veinte años.

domingo, 16 de julio de 2023

Ellos. Secuencias del desasosiego, por Kay Dick

 


Ellos. Secuencias del desasosiego, de Kay Dick

Automática editorial. 134 páginas. Primera edición de 1977, ésta es de 2023

Traducción y notas de Enrique Maldonado Roldán

 

Recibo habitualmente en mi mail noticias sobre las novedades que editan casi todas las editoriales de España, y llevaba años fijándome en el trabajo de Automática ediciones, aunque todavía no había leído ningún libro suyo. Me interesa, por ejemplo, que sacan bastante narrativa rusa (y de los países del Este) del siglo XX y XXI, de autores mucho menos conocidos que los del siglo XIX, pero que me suenan muy llamativos. En mayo me llegó al mail la información de prensa de Ellos. Secuencias del desasosiego de Kay Dick (Londres, 1915 – Brihton, 2001). Su dossier de prensa me resultó atractivo. En él, se contaba que Ellos. Secuencias del desasosiego se publicó por primera vez en 1977 y que había estado descatalogada, durante décadas, hasta que en 2020 una agente literaria la encontró en una librería de segunda mano, la leyó y creyó que sería una buena idea reeditarla. El libro es una distopía, y además su publicidad venía acompañada de unas palabras de Margaret Atwood: «Espeluznantemente profética». Kay Dick trabajó en la librería Foyles de Londres, y también fue la primera mujer en dirigir una editorial inglesa, P.S. King & Son. Colaboró en muchas revistas y periódicos. Además, era lesbiana. Parecía una figura interesante para ser rescatada. Tanto el libro como la escritora me parecieron interesantes y le solicité a la editorial un ejemplar de prensa para poder leerlo y reseñarlo.

 

La novela es corta y está dividida en nueve capítulos. Está narrada en primera persona y el lector nunca va a saber el nombre del protagonista, ni tampoco su género, pues durante todo el libro existe una ambigüedad sobre si quien narra es un hombre o una mujer.

Ellos está ambientada en las costas del sur de Inglaterra. Allí, una comunidad de artistas trata de continuar elaborando sus obras (pinturas, música, literatura…) mientras unas bandas de personas descontroladas recorren el país evitando que se dé el hecho artístico. Por ejemplo, en la página 12 podremos saber que ahora son los libros de Oxford los que están desapareciendo por obra de estos grupos. El narrador (voy a considerar que se trata de «un narrador» para simplificar) se dedica entonces a recordar los poemas de Keats, pues presiente que en el futuro no va a tener ningún libro en el que consultar sus versos. El narrador vive solo y, tras visitar a unos vecinos, al volver a casa descubre que le falta su ejemplar de Middlemarch de George Eliot. En la página 17 se nos informará de que «ellos» no entran en las casas mientras sus inquilinos se encuentran dentro, y solo aplican medidas agresivas cuando alguien se pasa del límite. Aún no sabremos dónde se encuentra ese «límite», pero tiene que ver con el hecho de que Ellos están mandando señales a las personas que se dedican a producir arte (y también a consumirlo) y no frenan en su empeño. La narradora escribe, en algunos momentos cartas y en otros lo que parece el manuscrito de una obra literaria. Pronto algún personaje va a pasar este límite, y así «ellos» dejarán ciega a una pintora, por ejemplo, o queman las manos de alguien que intenta salvar del fuego sus libros de poesía, arrojados al fuego por «ellos». «Solo atacan a los individuos que oponen resistencia.» (pág. 29). «Ellos» es un grupo de personas que se encuentra entre un millón y los dos millones de personas, leemos en la página 30.

 

En algún momento de las primeras páginas del libro he pensado que, en cierto modo, en la Inglaterra que se dibuja en el libro podía estar ocurriendo una revolución proletaria, porque más de uno de los artistas, que viven en las costas que se describen en el libro, poseen casas suntuosas, tienen criados y parecen dedicarse a la vida ociosa, pintando cuadros, tocando el piano escribiendo cartas… En más de un momento, el mundo presentado por Kay me estaba pareciendo inverosímil: ¿de qué viven estos artistas? En esta distopía, en la que se persigue tanto la creación de arte como su disfrute, ¿se pueden vender los cuadros o las novelas que producen estos artistas y estas personas viven, a pesar de todo, de su arte? En ningún momento del libro el narrador o sus amigos parecen pasar por dificultades económicas, pese a la aparente imposibilidad de dedicarse al que ha de ser su oficio. En algún momento se habla de los «segadores» y se parece identificar (nada es muy claro, en cualquier caso, en este libro) a «ellos» con estos segadores, y por tanto la idea de «revolución proletaria» se me hacía más plausible.

En la novela siempre que los protagonistas hablan de trabajar se refieren a sus creaciones artísticas: «A lo largo de nueve días trabajamos cada cual a su manera, estimulándonos mutuamente con energías renovadas. Fruto de la presión, nuestras obras avanzaban rápidas y con más fuerza.» (pág. 46)

 

En la página 69 se habla de «cupones de suministro», que los artistas perseguidos también están recibiendo. Aquí se insinúa que de un mundo con bandas descontroladas que persiguen a los artistas se ha pasado a una dictadura donde estos mismos artistas son tolerados y subvencionados por el Estado.

«Representamos un peligro. El inconformismo es una enfermedad. Somos posibles fuentes de contagio. Nos ofrecen oportunidades de… –Rick chasqueó ligeramente la lengua–. De integrarnos. El rechazo queda documentado como respuesta hostil.» (pág. 69)

 

En más de un caso, parece que las reglas que rigen el mundo de la novela cambian de un capítulo a otro. Por esto, en el dossier de prensa, que he leído ahora, de nuevo, con más atención que al principio, se habla de «novela en relatos» o de «secuencia de historias asfixiantes». Hay momentos en los que a las personas disidentes se los lleva a unos centros, donde acaban sedados. «La única luz proviene de las pantallas de los televisores, que están siempre encendidos.», cuando el dolor y los sentimientos se evaporan las personas pueden salir de estos centros (a veces se los llaman «torres») y volver a su vida normal, pero vuelven convertidos en cáscaras vacías, en zombis. Aquí se da a entender que la nueva sociedad no solo persigue ya a los artistas, sino a cualquier individuo que siente dolor. De nuevo, no se sabe si estas personas «reeducadas» tienen que trabajar de algún modo económico para conseguir su sustento.

 

También, hacia el final, se comenta que esta nueva sociedad puede tolerar el trabajo en equipo y no el individual. De este modo, los artistas tendrán que asociarse para colaborar, siendo perseguidos aquellos que realizan sus obras de forma individual. Esta idea me ha parecido una crítica directa a la URSS y sus países satélites, con su creación del hombre nuevo, lejos de peligrosos individualismos.

O también, de repente, el amor se ha convertido en antisocial y es perseguido.

También, además de «ellos», hacia el final del libro, se habla de los «excursionistas», personas que no participan directamente en la persecución de disidentes, pero que parecen disfrutar del momento en el que estos son apresados, y acaban generando su propia violencia.

 

Las influencias más claras sobre Ellos sería el 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.

El estilo del libro es rápido y abundan las frases muy cortas. Por ejemplo, voy a mostrar un párrafo de la página 26: «Miramos el mar. El sol volvía a brillar. Suaves tonos rosáceos ensombrecían las olas, ya en calma. Los espigones adquirieron una nueva dimensión. El embarcadero inacabado tenía un aspecto espléndido, como un objeto prehistórico de inmensa solidez. Era una panorámica imponente.» Estas descripciones suenen hablar de la naturaleza y ser bellas. También la novela es profusa en diálogos entre los numerosos personajes. La narradora nos presenta a multitud de personajes, que entran y salen del foco narrativo, sin demasiada continuidad. Son artistas que se visitan entre ellos, que viajan a Londres, que vuelven a la costa, que se informan, unos a otros, sobre cómo está la situación…

 

Creo que una novela que propone un mundo que, en mayor o menor medida, se aleja del real, bien porque sea una novela fantástica, de terror, una distopía… debe funcionar con unas reglas claras y reconocibles para el lector, para que el mundo creado por el escritor resulte verosímil y reconocible. Cuando esto no ocurre, el lector –como ha sido mi caso– empieza a hacerse preguntas sobre el funcionamiento del mundo que está leyendo y al encontrar fallos en su lógica interna se va a sentir expulsado de la propuesta. Es cierto, también, que sí que he entrado en algunas de sus páginas y la lectura me ha desasosegado, pero el conjunto me ha parecido falto de una articulación novelística real, y quizás este libro no deba leerse como una novela (porque como novela me resulta fallida), sino como ese conjunto de relatos o secuencia de historias del que hablaba el dossier de prensa. Ellos. Secuencias del desasosiego tiene el aire de una pesadilla, el regusto onírico de un mal sueño extraño y sin sentido. Lo cierto es que me acerqué a esta novela con ganas y buena predisposición, pero su lectura me ha decepcionado. Me sabe mal que esta haya tenido que ser mi primera aproximación a Automática Ediciones, que, por cierto, edita de una forma impecable. El libro como objeto es bellísimo y no he detectado ni una sola errata. Volveré con Automática ediciones.

domingo, 25 de junio de 2023

Maurice, de E. M. Forster

 


Maurice, de E. M. Forter

Editorial Navona. 290 páginas. Escrito en 1913-14, publicado en 1971, ésta edición es de 2022

Traducción de José Manuel Álvarez Flórez y Ángela Pérez Gómez

 

Hace unos veinticinco años leí Una habitación con vistas (1908) de E. M. Forster (Londres, 1879 – Coventry, 1970). Recuerdo que fue un libro con el que no conecté, su conflicto me resultó anticuado y no disfruté aquella lectura. Sin embargo, en los últimos años, Almudena, mi mujer, ha estado leyendo la obra de este autor británico, y le ha gustado mucho. Esto me hizo pensar que, tal vez, leí aquella primera novela en un momento inadecuado, o que si lo leyera ahora me gustaría más. Almudena me recomendaba, sobre todo, Maurice, que Foster escribió entre 1913 y 1914, pero que no se publicó hasta 1971, un año después de la muerte del autor. Éste temía que el libro fuera rechazado por todas las editoriales, por su temática homosexual explícita, o que, en caso de publicarse, acabara con su carrera.

 

Almudena leyó Maurice en su edición de Seix Barral de 1983, en la Biblioteca Breve, que yo le regalé, tras encontrarla en la Cuesta de Moyano por dos o tres euros. Vi que Navona ha publicado algunas nuevas ediciones de los libros de E. M. Forster y les solicité Maurice y Pasaje a la India para poder reseñarlas. Ya en casa me di cuenta que la traducción de Navona y la de Seix Barral, que tenía en casa, era la misma. Navona ha revisado esa traducción y a actualizado algunos de los criterios de uso gramatical, como el de no acentuar palabras como «rio» (pág. 16). El libro de Navona tiene la letra más grande y me parece una mejor edición, en todo caso, de un libro que estaba descatalogado, así que bienvenida sea esta edición.

 

Maurice es una «bildungsroman» o novela de aprendizaje, en la que conocemos a su protagonista ­­–Maurice Hall– el día en el que, a los catorce años, va a terminar su formación en un colegio privado y va a pasar a estudiar bachillerato, con la idea de estudiar una carrera en la prestigiosa universidad de Cambridge. Maurice es huérfano y uno de sus profesores de ve en la obligación de, antes de que les abandone, explicarle cómo funciona el mundo de las relaciones sexuales entre un hombre y una mujer. De forma sutil, el primer capítulo se cierra anunciando el drama que llegará más tarde: «Después la oscuridad avanzó de nuevo, la oscuridad es primigenia pero no eterna, y produce su propia y dolorosa aurora.» (pág. 21)

 

Maurice descubrirá al llegar a casa ese verano del fin del colegio que el jardinero que estaba empleado en su casa, y con el que había jugado de niño, se ha despedido y ha dejado a la familia. Empezará a llorar, sin saber qué es lo que le ocurre. El lector intuye que Maurice llora porque el jardinero ha sido, sin todavía poder formulárselo de forma consciente, su primer amor. Imagino que ningún lector actual se va a acercar a este libro sin saber que es una novela que trata sobre la homosexualidad del propio autor. En caso contrario, hacer una deducción como la que he hecho yo arriba le costaría más, puesto que la novela, al menos en su primer tercio, es sutil en sus enunciados y muestra la confusión interior que va a atravesar el joven Maurice, que no sabe cómo interpretar sus sentimientos y deseos.

 

Forster no dedicará muchas páginas a describirnos la vida de Maurice en el bachillerato. Se limitará a señalar aspectos de su personalidad como estos: «En una palabra, fue un miembro mediocre de un mediocre colegio y dejó una desvaída y favorable impresión tras él.» (pág. 27). A los dieciséis años, empiezan a surgir «pensamientos sucios en su mente», pero Forster se guardará de explicarnos en qué consisten y se mantendrá así, por ahora, una buscada ambigüedad.

Más tiempo será el dedicado en la novela al paso de Maurice por la universidad. Cuando Maurice llega a ella, Forster se encargará de contarle al lector que en su proceso de formación Maurice va a hacer un descubrimiento que será trascendental: «Las personas se transformaron en seres vivos. Hasta entonces, había supuesto que eran lo que él pretendía ser: lisas piezas de cartón sobre la que se dibujaba una imagen convencional.» (pág. 36)-

Para Mourice la vida, parece decirnos Forster, consiste en guardar las formas y pasar por un ciudadano respetable, independientemente de sus sentimientos o los impulsos que sienta dentro de sí; sentimientos e impulsos que deberán ser siempre reprimidos.

Sin embargo, Maurice va a tener que enfrentarse a sus verdades interiores y verbalizar ante sí mismo que solo se siente atraído por su propio sexo. «Amaba a los hombres y siempre los había amado» (pág. 73)

 

Una cosa que me gusta de Maurice es que Forster no idealiza a su personaje –aunque el lector pueda leer la novela identificando a Maurice con el propio autor– sino que lo muestra con todas sus debilidades, lejos de la victimización. Así en la página 73, después de pasar una primera crisis en la que ha de reconocerse que es homosexual, Forster escribe esto sobre él: «No había merecido el afecto de nadie, pues de comportaba con los demás de un modo convencional, artero y mezquino, porque lo mismo hacía consigo mismo.»

 

Una idea interesante sobre el libro es la de ver cómo lidian sus personajes homosexuales con sus ideas religiosas. En este sentido, Clive, al que Maurice conoce en la universidad, se da cuenta de que debe cortar con el cristianismo, que no tiene capacidad de acogerle, aunque esto vaya a chocar con las ideas conservadoras de su familia (a la que no revelará, en ningún caso, su condición sexual).

Aunque Maurice va a sufrir algún tipo de discriminación cuando terceras personas sospechen de su homosexualidad, Forster, como decía, no cae en una mirada victimista hacia sus personajes, y se encargará de señalarnos que su condición sexual les convertirá, por ejemplo, en misóginos: «Las mujeres se habían transformado en algo tan remoto como los caballos o los gatos. Todo lo que aquellas criaturas hacían resultaba estúpido.» (pág. 114)

Además, Forster presenta a Maurice, perteneciente a una familia burguesa, como un clasista. En la página 188 leemos en boca de Maurice: «Yo también he tenido relación con los pobres –dijo Maurice, tomando un trozo de pastel–, pero no puedo preocuparme por ellos. Uno debe echar una mano en pro de la tranquilidad del país de un modo general, eso es todo. Ellos no tienen nuestros sentimientos. No sufren lo que nosotros sufriríamos si estuviéramos en su lugar.»

 

Y, sin embargo, pese a estos elementos de su personalidad, que podrían hacernos antipático a un personaje como Maurice, la novela consigue ser profundamente emotiva. En Maurice, Forster nos muestra a un hombre burgués que, si no hubiera sido por su condición sexual, que le va a obligar a bucear en sí mismo y preguntarse por su identidad, rompiendo con muchos de sus tabués, se hubiera convertido en un ciudadano convencional, machista y clasista, como exigían los cánones de su tiempo y de su clase social. En la Gran Bretaña de la época se homosexual era ilegal y Maurice podía haber acabado en la cárcel si alguien le acusa de practicarla, lo que hará que tenga que replantearse algunas de sus ideas sobre la sociedad en la que vive.

Me han gustado también algunas leves notas de humor, como cuando Maurice y Clive tienen que dejar Cambridge y empezar a trabajar: «Después la prisión se cerró, pero sobre ambos a la vez. Clive entró en el tribunal. Maurice en los negocios.» (pág. 114)

 

El libro se cierra con una nota final, firmada por Forster en 1960, aquí el autor nos dice que en Maurice trató de crear un personaje lo más alejado de él mismo: «Alguien agraciado, sano, físicamente atractivo, mentalmente lento, un aceptable hombre de negocios y bastante presumido» (pág. 285). Forster se queja, casi cincuenta años después de haber escrito el libro, que para lectores actuales solo puede tener un interés parcial. Pero realmente, Maurice es una novela muy entretenida, emocionante, rompedora y moderna para un lector actual, más de un siglo después de ser escrita. Una delicia de libro. Quiero seguir con la obra de E. M. Forster.

domingo, 4 de junio de 2023

Tess de los d´Urberville, pro Thomas Hardy

 


Tess de los d´Urberville, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 478 páginas. 1ª edición de 1891, ésta es de 2017

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

A finales de 2020 leí Jude el oscuro (1985), la última novela que escribió Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928). Me impresionó mucho aquella lectura y se convirtió en una de las mejores de ese año. Luego, en 2021, me acerqué a El alcalde de Casterbridge (1886), que me pareció una buena novela, pero que no estaba a la altura de Jude el oscuro. Leí que la crítica considera que las dos grandes novelas de Hardy eran Jude el oscuro y Tess de los d´Urberville (1891). Su última y penúltima novela. Hardy dejó de escribir novelas, por las fuertes críticas que recibió de la sociedad de su época, que juzgaban sus obras, no por su calidad literaria, sino por su idea de «moralidad». Y Hardy era realmente duro con la hipocresía moral de su época.

 

Tess de los d´Urberville comienza con un hecho fortuito: el campesino John Durbeyfield se cruza, camino de su casa, después de haber bebido más de un trago, con un sacerdote viejo, pero nuevo en la comarca, que le saluda con el apelativo de «sir». Algo que sorprende a John. El sacerdote le aclarará que su apellido, Durbeyfield, es, en realidad, una deformación de d´Urberville, una antigua e ilustre familia que proviene de los normandos. Esta noticia inesperada trastocará la vida del sencillo John, que empieza a darse ínfulas de grandeza. John es de natural perezoso y bebedor, y cada día lo tiene más complicado para sacar adelante a su familia, con media docena de hijos. A su mujer y él se les ocurrirá la idea de enviar a Tess, la mayor de los hijos, que anda por los dieciséis años, a pedir ayuda, reclamando el lazo de sangre, a una familia de d´Urberville que viven en su región. Lo que aún no saben es que esos familiares lejanos si siquiera son unos verdaderos d´Urberville, como ellos, sino unos comerciantes enriquecidos que han tomado el apellido para ennoblecerse de forma ilegítima.

 

El alcalde de Casterbridge empezaba con una escena tremenda: un hombre borracho vende a su mujer en una fonda, y luego no dejará de arrepentirse. En los tres libros que he leído de Hardy los protagonistas toman malas decisiones influidos por el alcohol, que es un elemento naturalista más en el conjunto de las realidades descritas. Hombres y mujeres que aspiran a algo más de lo que la vida les hace ser, pero que parecen abocados a no poder abandonar sus tristes condiciones existenciales. Siempre, las circunstancias y la sociedad van a estar ahí, interpuestas entre sus sueños y la realidad. Sin embargo, los impedimentos de la realidad se acercaban más a las premisas del folletín en El alcalde de Casterbridge, y me han parecido más sutiles y trascendentes en las otras dos novelas.

 

La acción, como en muchas de las obras de Hardy, se sitúa en la región de Wessex, de nombre ficticio, y que se ubica en el sur y suroeste de Inglaterra. En Tess de los d´Urberville, por ejemplo, aparece el pueblo de Casterbridge de la novela El alcalde de Casterbridge. Imagino que también habrá localidades que se repiten en Jude el oscuro, pero ya no recordaba los nombres, después de tres años.

 

Creo que no voy a contar mucho del argumento de esta novela, porque es preferible que el lector se acerque a ella sin más. Pero sí voy a hablar de algunos de sus temas, que la hacen realmente moderna: en gran medida, Tess de los d´Urberville es una novela sobre el consentimiento sexual de las mujeres, que en la novela se pueden ver abocadas a situaciones de abuso, y, sin embargo, la culpa de este abuso caerá más sobre la víctima que sobre el verdugo, por ser mujer en un caso y hombre en el otro. Incluso los personajes más filosóficamente avanzados, no podrán dejar atrás sus prejuicios sobre la «virtud» de las mujeres, aunque ésta les haya sido arrancada por la fuerza.

En cualquier caso, las escenas sexuales de abusos están contadas muy sutilmente, y el lector, aunque lo supondrá, no acabará nunca de saber qué ha ocurrido exactamente entre algunos de los personajes.

Además, Tess habrá de quejarse a sus padres de que no le advirtieron nada sobre los peligros que acechan a las jovencitas por parte de los hombres. Para Tess su belleza será una especie de condena. De hecho, hay un momento impresionante, en el que va a sufrir los abusos laborales de un patrón miserable y ella se relajará porque no le tiene miedo a ese tipo de abusos, como sí a los que provienen del deseo; abusos en los que los hombres pueden llegar a culpar a las mujeres sobre lo que su belleza les «conduce a hacer».

 

Creo que Jude el oscuro era un libro que no daba tregua al lector de un modo más intenso que Tess de los d´Urberville, que tiene algún momento valle en la narración de su drama. En estas «páginas valle» de la novela, Hardy describe la vida rural en una vaquería de un pueblo de Inglaterra con mucho encanto y con mucho conocimiento, como puede apreciar el lector gracias a los sutiles detalles con que se describen las tareas agrícolas. Sin embargo, el último tramo del libro es tan demoledor y potente como el de Jude el oscuro. Tess, como va a ser Jude en la imaginación de su autor, cuatro años más tarde, tiene ambiciones, y quiere mejorar y aprender. Jude soñaba con acudir a la universidad y conseguir una formación reglada, algo que le va a resultar imposible viniendo del ambiente en el que vive. En Jude el oscuro la universidad se llevaba más de un palo por elitista, y esto también va a ocurrir en Tess de los d´Urberville.

Dentro de una novela de realismo tremendista, como es ésta, me ha encantado una página en la que Hardy, para simbolizar el frío interior que atraviesa el corazón de Tess, lo muestra con el invierno que sufre la campiña y unos espectrales pájaros que llegan del Polo Norte: «Hacía años que no se veía un invierno como aquel. Llegó poco a poco, sigiloso, como los movimientos de un jugador de ajedrez. Una mañana, los pocos árboles solitarios y los tejos de los setos amanecieron como si hubieran cambiado su forma vegetal por un tegumento animal. Las ramas estaban cubiertas de una pelusa blanca, como una piel que le hubiera crecido a la corteza durante la noche, cuadriplicando su grosor normal; el árbol o los setos formaban un dibujo de duras líneas blancas en el lúgubre gris del cielo y el horizonte. Las telas de las arañas revelaron su presencia en cobertizos y paredes, donde hasta entonces no se habían observado, visibilizadas ahora por aquel ambiente cristalizado, y colgaban como lazos de estambre blanco en verjas, postes y salientes de las casas.

A esta temporada de humedad congelada siguió una secuencia de heladas secas, cuando a la meseta de Flintcomb-Ash empezaron a llegar en silencio extraños pájaros del Polo Norte, criaturas flacas y espectrales, de ojos trágicos, ojos que habían presenciado pavorosos cataclismos en las recónditas regiones polares, de una magnitud inconcebible para el ser humano, bajo temperaturas gélidas que ningún hombre sería capaz de soportar; que habían visto partirse las masas de hielo y desmoronarse las montañas de nieve en el fulgor de la aurora boreal; ojos casi cegados por los torbellinos de ventiscas colosales, que habían presenciado contorsiones terráqueas y aún conservaban la emoción causada por aquellas escenas. Estos pájaros sin nombre se acercaban mucho a Tess y Marian, pero nada contaban de lo que habían visto y que la humanidad jamás vería. No tenían la ambición del viajero por contar sus aventuras, y, mudos, impasibles, despreciaban aquellas experiencias a las que no daban ningún calor, y preferían fijarse en lo que ocurría en esta acogedora meseta: en los triviales movimientos de las muchachas que removían la tierra con sus escardaderas para desenterrar un manjar que podría servirles de alimento.» Sé que esta cita, de la página 350, es excesiva para una reseña, pero me gustó tanto esta página que quiero que quede aquí registrada, por si me apetece volver a leerla en el futuro.

 

Aunque ya he dicho que esta novela tiene mucho que ver con el naturalismo, Hardy también se permite algunas notas de humor. En este sentido, me ha gustado este párrafo de la página 339: «De pequeña había visto a veces a los cazadores asomados por encima de los setos, escudriñando entre la maleza y apuntando con sus escopetas, vestidos de una manera extraña y con los ojos sedientos de sangre. Aunque en esos momentos parecieran hombres toscos y brutales, le habían explicado, no eran así todos los días del año; en realidad eran personas muy civilizadas, menos ciertas semanas del otoño y el invierno, en que, como los habitantes de la península de Malaca, se comportaban como enajenados y, animados por el único propósito de destruir la vida –en este caso la de unos pájaros inofensivos, criados artificialmente con el único fin de satisfacer estas inclinaciones–, perdían sus modales de caballeros y se volvían salvajes con sus compañeros más débiles en la numerosa familia de la naturaleza.»

 

Como era propio en las novelas del siglo XIX, el narrador de Tess de los d´Urberville interviene en la narración, aunque estas intervenciones se han quedado un tanto anticuadas, no resultan molestas. En más de un caso, el narrador analiza a los personajes con una profundidad que no podrían llevar a cabo (como el narrador nos indica) ellos mismos. En algún momento, el narrador llega a juzgar la conducta de alguno de los personajes, usando un plural mayestático. Siempre, en cualquier caso, el narrador está del lado de Tess, la protagonista trágica de esta historia, que llegará incluso a desear no haber nacido («Jamás en su vida, podía jurarlo por su alma, había hecho nada malo a conciencia. Y, sin embargo, la habían juzgado con la mayor severidad.», página 428).

Tess de los d´Urberville es una novela eminentemente moderna, porque Hardy muestra la débil posición de la mujer en su época con una perspectiva que resulta totalmente actual. A veces la he sentido como si una persona del siglo XXI estuviera escribiendo una novela ambientada en el siglo XIX. Tess de los d´Urberville, además de una novela naturalista, no deja de ser una novela política y de denuncia. «Pocas mujeres se ofrecían para trabajar en el campo en la temporada de invierno, y resultaba más ventajoso contratarlas, porque eran más baratas y hacían su trabajo tan bien como los hombres.» (pág. 346). En este sentido, me ha parecido tan reivindicativa de la pobre posición de la mujer en la sociedad de la época como pueden serlo las novelas de Anne Brontë, La inquilina de Wildfred Hall (1848) y Agnes Grey (1847).

 

Creo que me gustó más Jude el oscuro (1895), la última novela de Thomas Hardy, que Tess de los d´Urberville (1891), la penúltima, pero esta segunda me ha parecido una grandísima novela, en cualquier caso. Las dos son bastantes mejores que El alcalde de Casterbridge (1886), y ésta también es una buena novela.

Cuando comenté Jude el oscuro, acabé diciendo que una de las influencias más claras que mostraba este autor era la de Fiódor Dostoievski, y acabé escribiendo que Thomas Hardy era el «Dostoievski del Támesis» y con Tess de los d´Urberville, repleta de personajes atormentados, me lo ha confirmado. Conecto mucho con este autor; debo acercarme a más libros suyos.