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domingo, 30 de abril de 2023

Siete casas vacías, por Samanta Schweblin


Siete casas vacías
, de Samanta Schweblin

Editorial Páginas de Espuma. 123 páginas. 1ª edición de2015; ésta es de 2022.

 

El premio Ribera del Duero al mejor libro de relatos se fundó en 2008 y se convoca cada dos años. Por ahora tiene siete ganadores, y yo he leído cinco: El final del amor (2011) de Marcos Giralt Torrente, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, La vaga ambición (2017) de Antonio Ortuño, La claridad (2019) de Marcelo Luján, y ahora leo Ustedes brillan en lo oscuro (2021) de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981).

 

En 2015, cuando Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) ganó el premio Ribera del Duero con Siete casas vacías, yo leí su anterior libro de cuentos, Pájaros en la boca (2009), editado en España por Lumen. No recuerdo si lo leí antes o después del fallo del premio. Pájaros en la boca estaba formado por dieciocho narraciones, y muchas de ellas estaban ambientadas en el campo argentino. Se encuadraba en esa corriente latinoamericana actual del cuento que se llama el «neofantástico», donde los personajes se comportan de un modo extraño, pero no acaban de ser cuentos abiertamente fantásticos. Me gustó ese libro, y no sé por qué no leí en su momento Siete casas vacías. Me imagino que guarda alguna relación con mi lucha por dejar de leer novedades y leer más clásicos. Sin embargo, en 2022 Siete casas vacías ha ganado el Nacional Book Award en Estados Unidos al mejor libro traducido y la autora vino a principios de 2023 a hablar de él en la Casa de América de Madrid y me apeteció acudir. En el salón principal del palacio había más de trescientas personas. Me sorprendió gratamente que un libro de relatos pudiera levantar tanto interés, porque no suele ser lo habitual. Así que me compré el libro y al final de la charla me acerqué para que Schweblin me lo firmara. No pude llevar el de Pájaros en la boca porque fue un libro que me prestaron.

 

El libro está formado por siete relatos, pero al premio se presentó con seis y uno más fue añadido al conjunto en el proceso de edición.

 

El primer cuento se titula Nada de todo esto. La narradora es una chica joven que sale con su madre en coche para visitar barrios más caros que el suyo y contemplar casas. La madre atranca el coche en el barro de un jardín, y la asustada dueña de la casa sale para ver qué pasa. La madre, que no se encuentra bien, aprovecha la situación para adentrarse en la casa de esa mujer. El relato juega continuamente al extrañamiento y se genera una gran tensión, porque el lector no sabe por dónde van a salir los personajes. Como ocurría en los relatos de Pájaros en la boca, Nada de todo esto no es un relato fantástico, pero sus personajes actúan de modos extraños. Es un buen relato.

 

En Mis padres y mis hijos, un hombre divorciado ha de enfrentarse a una rocambolesca situación: sus padres corretean desnudos en el jardín de una casa de verano, y sus hijos –cuya custodia tiene la madre, de la que se ha separado recientemente– llegan a casa y su exmujer no quiere que se encuentren con sus abuelos desnudos. Además, el hombre tiene que conocer, por primera vez, a la nueva pareja de su exmujer. De nuevo, la situación creada es extraña y tensa. Ya se perfilan aquí, tras una serie de solo dos relatos, algunas de las obsesiones de Schweblin: las relaciones extrañas que se establecen en el seno de una familia. De nuevo un gran relato lleno de tensión.

 

En Pasa siempre en esta casa unos vecinos, que han perdido un hijo, al discutir, de forma continuada, acaban tirando la ropa del hijo muerto al jardín de la vecina y el hombre ha de llamar a la casa de la narradora para recogerla. Es un buen relato, pero tras los otros dos quizás su composición es demasiado similar a las anteriores y esto hace que me haya gustado un poco menos, sin ser un mal relato.

 

La respiración cavernaria, con sus 52 páginas, es la composición más larga del conjunto y podría ser considerada ya una novela corta, más que un relato. Los protagonistas son un viejo matrimonio, que llevan cincuenta y siete años casados. La historia nos acerca sobre todo a Lola, la mujer, que está empezando a sufrir demencia senil y sus confusiones mentales le juegan malas pasadas. Su mundo se verá alterado cuando se instalen en la casa de al lado una mujer con su hijo, a los que Lola siente como una amenaza. La desconexión de Lola con la realidad la convierten cada vez más en una persona muy perdida y vulnerable. Los estragos de la demencia senil nos acercan a los presupuestos de lo que podría ser un relato de terror. La respiración cavernaria es el relato que más me ha gustado del conjunto.

 

Cuarenta centímetros cuadrados trata de la relación de una mujer, que acaba de regresar a Buenos Aires, con su suegra, que le envía a la farmacia cuando ya se está haciendo de noche en un barrio que no conoce y que puede ser peligroso. Este relato sí que tiene un sabor local y el lector sabe que se sitúa en Buenos Aires, porque, por ejemplo, el primero, Nada de todo esto, podría ubicarse en cualquier ciudad.

De hecho, Schweblin que, actualmente, vive en Alemania, comentó en la charla a la que fui en la Casa de América, que empezaba a tener conflictos con el registro del español que debía usar, porque pensaba que si usaba el bonaerense de antes de su partida a Europa quizás resultara impostado para un argentino actual. Diría que el lenguaje de estos relatos, en general, tiende al de un español neutro y que, a diferencia de muchos autores latinoamericanos o españoles actuales, no se centra en los localismos lingüísticos.

Cuarenta centímetros cuadrados es un buen cuento, pero no una de las piezas más destacadas del libro.

 

Un hombre sin suerte es el cuento que no estaba en el libro inicial presentado al premio y que se añadió en el proceso de edición. Me ha gustado mucho. Habla de una chica joven que recuerda un suceso que le ocurrió cuando era una niña y se relación durante un breve periodo de tiempo con un hombre adulto. El lector siente que este hombre puede ser un pederasta y la tensión que se consigue en el relato es muy grande.

 

Salir es el último cuento y, en él, una mujer que acaba de salir de la ducha, decide salir de casa con una bata, pero sin ropa debajo. En la calle empezará a hablar con el nuevo bedel del edificio y de nuevo el relato se adentrará en los presupuestos del extrañamiento y la tensión narrativa.

 

En las redes sociales he leído algún comentario de lectores que se habían acercado a este libro alentados por su creciente prestigio y su veredicto era que se trataba de un buen libro, pero que quizás su fama se había vuelto ya excesiva. A mí Siete casas vacías me ha parecido un logrado conjunto de relatos. Diría que es uno de los Premios Ribera del Duero que más me ha gustado y, sabiendo lo complicado que es que el sistema editorial apueste por libros de relatos, me alegro de que uno de ellos se levante por encima del mundo de la novela y consiga lectores y reconocimiento.

domingo, 23 de abril de 2023

Ustedes brillan en lo oscuro, por Liliana Colanzi


Ustedes brillan en lo oscuro
, de Liliana Colanzi

Editorial Páginas de Espuma. 113 páginas. 1ª edición de 2022.

 

El premio Ribera del Duero al mejor libro de relatos se fundó en 2008 y se convoca cada dos años. Por ahora tiene siete ganadores, y yo he leído cinco: El final del amor (2011) de Marcos Giralt Torrente, Siete casas vacías (2015) de Samanta Schweblin, La vaga ambición (2017) de Antonio Ortuño, La claridad (2019) de Marcelo Luján, y ahora leo Ustedes brillan en lo oscuro (2021) de Liliana Colanzi (Santa Cruz, Bolivia, 1981).

 

De Colanzi había leído los tres primeros cuentos del libro Vacaciones permanentes (editorial Tropo, 2012). Los leí en los asientos de La Casa del Libro de Gran Vía, un día que había quedado con un amigo y llegaba pronto. Me parecieron unos cuentos muy de corte norteamericano; correctos, pero no excepcionales. Más tarde pensé en leer Nuestro mundo muerto (Eterna Cadencia, 2016), que sonó más y quedó finalista del Premio de Cuentos Gabriel García Márquez en Colombia.

En el verano de 2022 me cambié algunos mensajes con Juan Casamayor, el editor de Páginas de Espuma, y quedamos en que me enviaría Ustedes brillan en lo oscuro para que pudiera reseñarlo.

 

El libro que se presentó al premio contaba con cinco cuentos y, en el proceso de edición, se le añadió un sexto, el titulado Los ojos más verdes, como se explica en una nota que acompaña al texto.

 

El primero cuento es La cueva. En él, el lector asistirá a diversas escenas que tienen lugar en una cueva, que acaba siendo la protagonista del relato, en diversas épocas, desde la prehistoria hasta el futuro. Algunas de las escenas seleccionadas son violentas, y me gustan, sobre todo, aquellas en la que se insinúa una realidad fantástica –con unos murciélagos mutantes, por ejemplo– pero de tan baja presencia fantástica que nadie llega a percatarse de ella y no influye en los acontecimientos del mundo.

A mí normalmente me suelen gustar los cuentos donde se plantea un nudo de relaciones intensas entre los personajes, y se insinúa un río de corrientes subterráneas que apenas asoman en la superficie y, desde luego, La cueva no es de este estilo. Sin embargo, me parece un relato original y con alguna escena bella y evocadora.

 

Atomito, con sus casi 30 páginas, es el cuento más largo del conjunto y en él se habla de la vida de una ciudad latinoamericana indeterminada que ha de convivir con una planta nuclear. Algunas palabras inventadas y algunos términos chocantes trasladan al lector a un escenario ligeramente futurista, de un futurismo desastrado y caótico. En sus apenas 30 páginas se entrelazan muchos personajes y escenas. El ritmo es trepidante. De nuevo, Colanzi no presenta aquí la evolución psicológica de unos personajes, pero la apuesta por crear un escenario futurista es potente. Al final, acaba siendo un cuento abiertamente fantástico y me gusta esta libertad. Me ha recordado a alguno de los del argentino Elvio Gandolfo, que también inventa futuros ligeramente distópicos.

 

La deuda es un cuento más clásico, ya que está narrado en primera persona por una chica joven que acompaña a su tía a su pueblo natal. Han de buscar a un familiar, que se supone que se internó en la selva, para solucionar el problema de una herencia. Está muy bien descrito el ambiente del pueblo, y según avanzan las páginas descubriremos algunos secretos familiares que se ocultan entre la tía y la sobrina. Muy buen cuento.

 

Los ojos más verdes es el cuento añadido en el proceso de edición y es el más corto del conjunto. La protagonista es una niña que va a celebrar su décimo cumpleaños, en un pueblo de la selva donde pasa las vacaciones, y ella se siente más libre que en la ciudad. El tema de este cuento es el del racismo de una sociedad que hace que una niña piense que tuvo mala suerte al no heredar los ojos verdes de su padre, hijo de campesinos italianos. Una niña que va a estar, literalmente, dispuesta a vender su alma al diablo por conseguir esos ojos verdes. Es un cuento correcto, pero siguiendo una línea similar al anterior, prefiero La deuda.

 

El camino angosto es el cuento que, de forma más clara, elige la ciencia ficción para desarrollarse. Una ciudad de Bolivia está separada del resto de la población por un campo eléctrico, y la población luce «collares de obediencia»; sin embargo, algunos jóvenes han encontrado la forma de pasar de un lado a otro sin achicharrarse con el campo eléctrico. Este cuento es una crítica a las urbanizaciones cerradas de algunas ciudades latinoamericanas que dividen a la población por clases sociales, personas que aunque viven en un mismo país no llegan casi ni a encontrarse en ningún ámbito. En algún momento se habla de que la gente que vive dentro del campo eléctrico (que tienen apellidos centroeuropeos) se refieren a las personas de fuera como «razas inferiores». Me gusta este cuento. De nuevo me ha hecho pensar en la apuesta narrativa de Elvio Gandolfo.

 

El sexto y último cuento es Ustedes brillan en lo oscuro, que habla de un accidente radiactivo que tuvo lugar en 1987 en la ciudad brasileña de Goiânia. La estructura es similar a la del segundo cuento, Atomito, como muchos personajes que recorren sus escenas. Aunque el sustrato de Ustedes brillan en lo oscuro es más realista que el de Atomito, una corriente de futuro terror apocalíptico los une. En este último cuento, parece decirnos Colanzi que hemos leído algunos de los anteriores pensando que eran fantasías de ciencia ficción, pero que esas fantasías han ocurrido ya en Latinoamérica y que en realidad forman parte de su pasado y, tal vez, también de su futuro.

 

Este volumen de cuentos es, desde luego, una decidida vuelta de tuerca al folclore del realismo mágico latinoamericano, con unos escenarios más propios de la saga Mad Max que de Cien años de soledad.

Igual que otras escritoras latinoamericanas, compañeras de generación, como podrían ser Mariana Enriquez, Dolores Reyes o Samanta Schweblin, Liliana Colanzi ha decidido tomar los géneros fantásticos (terror o ciencia ficción) para hablar de miedos reales de las actuales sociedades latinoamericanas en constante mutación. Ustedes brillan en lo oscuro es un libro estimulante y original, como son los premios Ribera del Duero que he leído hasta ahora, donde el nivel es alto.

domingo, 7 de marzo de 2021

Cuentos, por Thomas Wolfe

 


Cuentos, de Thomas Wolfe

Editorial Páginas de espuma. 921 páginas. Publicado en 2020, cuentos de 1920-1938.

Traducción de Amelia Pérez de Villar.

 

Durante las vacaciones de Navidad de 2018 y los comienzos de 2019 leí seguidas las dos grandes novelas de Thomas Wolfe (Asheville, Carolina del Norte, 1900 – Baltimore, 1938) traducidas al español: El ángel que nos mira (editorial Valdemar) y Del tiempo y el río (editorial Piel de Zapa). Desconozco por qué nadie ha traducido sus otras dos novelas: The web and the rock y You can't go home again.

En realidad El ángel que nos mira y Del tiempo y el río son la misma novela, ya que la segunda comienza justo cuando acaba la otra, con el mismo protagonista y la misma voz narrativa. Esta gran novela, de trasfondo autobiográfico, está protagonizada por Eugene Gant, del pueblo de Altamont en Carolina del Norte. Altamont es un trasunto de su Asheville natal. El padre de Eugene ‒igual que el de Thomas Wolfe en la realidad‒ es escultor de adornos fúnebres. El ángel al que alude el título de la primera novela es una figura que el padre había tallado y dejado a las puertas de su casa. En estas dos novelas podemos seguir la vida de Eugene Gant desde que es un niño sensible, en un pueblo sureño, hasta su vida adulta en Nueva York como profesor universitario y escritor, y sus viajes por Europa. Una narrativa que considero que influyó en escritores norteamericanos posteriores tan dispares como Jack Kerouac, Henry Roth, Philip Roth o Charles Bukowski. Según William Faulkner, Thomas Wolfe era el mejor escritor de su generación. Es decir, y digamos ya, Thomas Wolfe es uno de los grandes pilares de la narrativa norteamericana.

 

Además de las dos novelas que comento, en España habían sido publicadas, en la editorial Periférica, cinco novelas cortas de Wolfe, o tal vez cuentos largos. Estas cinco narraciones aparecen contenidas en los Cuentos publicados ahora por Páginas de Espuma.

El libro se abre con un interesante prólogo de su traductora, Amelia Pérez de Villar, que nos habla de la esencia autobiográfica de la narrativa de Thomas Wolfe. Pérez de Villar ha hecho un gran trabajo para este libro, sin duda.

El primer cuento se titula Un ángel en el porche y su lectura me lleva de nuevo al pueblo de Altamont, a la familia Gant y a ese simbólico ángel de piedra que el padre de Eugene ha tallado y ha situado en la puerta de la casa familiar. Es decir, en unas pocas páginas, después de dos años, estoy otra vez de regreso al mundo autorreferencial de Thomas Wolfe.

El tren y la ciudad, el segundo relato, parece ‒igual que el primero‒ un capítulo arrancado de El ángel que nos mira. Y en gran medida, entiendo que, sobre todo en el primer tercio del libro, Thomas Wolfe está escribiendo, usando el material de sus recuerdos como materia prima, y no está considerando si escribe el capítulo de una novela, un relato o una novela corta, simplemente escribe.

 

Enseguida empiezo a considerar que la lectura de estos Cuentos ha de ser diferente para alguien que haya leído las dos novelas traducidas de Wolfe y para alguien que no lo haya hecho. Para mí es una gozada volver a aquel mundo ficcional con el que tanto disfruté hace dos años, con su misma voz narrativa, ambiciones artísticas, obsesiones y recuerdos. Para un lector que se acerca con este libro de cuentos por primera vez a la obra de Wolfe las sensaciones han de ser diferentes, y no por ello peores. Estos no son cuentos que se inscriban de una forma clara en la llamada «tradición norteamericana», que en gran medida procede de la asimilación del modelo cuentístico de Antón Chejov. Es decir, si un cuento canónico de estilo norteamericano puede ser uno escrito por un autor como Raymond Carver (el mejor discípulo de Chejov, a mi entender), donde nos encontramos dos historias, una más evidente y otra más subterránea (que es la que tiene más fuerza para los personajes) y un final epifánico, los cuentos de Wolfe no funcionan así. Los suyos son narraciones poéticas que evocan instantes importantes para el narrador. Su fuerza es la de la poesía y la del misterio de la vida y el recuerdo, pero sin un desarrollo narrativo de introducción-nudo-desenlace, eludiendo la idea de una sorpresa final. Uno de los grandes autores norteamericanos que ha influido sobre estos relatos es el poeta Walt Whitman y sus descripciones del hombre norteamericano corriente y los grandes espacios del país. Diría que, en algunos momentos, Whitman influye para mal en Wolfe, porque los cuentos que menos me han gustado de este volumen (con un nivel medio muy alto) son aquellos en los que ya casi no hay anécdota o recuerdo y el narrador empieza a hablar de la magnificencia de los grandes espacios norteamericanos con un exceso de grandilocuencia. Esto me ocurre en un cuento como El prólogo de América, que comienza así «Una noche de luz refulgente sobre toda América. Al comenzar la acción se nos revela el esqueleto y el cuerpo del continente americano de este a oeste.» (pág. 604), y hay algo que, tal vez funcione en un poema, pero que no funciona en este tipo de cuentos de Wolfe. Dicho esto, debo añadir que en un libro de 921 páginas y 58 narraciones, en el que el autor prueba diferentes texturas y tonos, lo comentado es apenas una mácula en un corpus magnífico.

 

Debo señalar que el libro, entre otras virtudes, tiene la de mostrarnos una época, el primer tercio del siglo XX norteamericano. El ángel que nos mira se publicó en 1929; si no recuerdo mal, una semana antes del crack. En estos cuentos están los recuerdos de principios de siglo de un joven, y también está reflejada la locura del boom inmobiliario de los años 20, al que sucumbió la madre del narrador, y que queda retratada en el irónico cuento Boom Town, la ciudad del boom inmobiliario, que, recordando la crisis de 2008-14, no puede tener más vigencia.

En algunos cuentos, narradores muy mayores evocan sus andanzas durante los días de la guerra civil norteamericana como soldados sureños, uniendo a unas generaciones con otras. Esto ocurre, por ejemplo, en Chickamauga y en El caballero emplumado.

 

La muerte, ese hermano orgulloso y No hay puerta son dos novelas cortas emparentadas. En la primera el narrador nos describe varios momentos en los que se ha topado con personas muertas en la gran ciudad de Nueva York, y en el segundo varios momentos en los que sintió un claro extrañamiento ante la vida. Van seguidos en el libro y uno los puede leer como si se tratasen de la misma novela, porque la voz narrativa es la misma. En gran medida, estos cuentos se pueden leer como si fuesen una novela, una novela sobre un escritor que además de contar su vida, de vez en cuando, escribe una narración de ficción.

 

Hacia la mitad del libro nos encontramos con cuentos que podrían entrar en la tradición norteamericana de forma más clara. Ya no siempre nos enfrentamos a la misma voz narrativa, y se puede tratar de una narración con sorpresa final. En este sentido es muy destacable el cuento En el parque, con una protagonista femenina que recuerda a su padre antes de que muriera. Un relato muy bello, que me ha hecho pensar en Francis Scott Fitzgerald.

Uno de los grandes temas de la narrativa de Thomas Wolfe es el tiempo, la idea del paso del tiempo y la necesidad del narrador de retenerlo, gracias a sus escritos y recuerdos. Imagino que Wolfe fue un lector aventajado de En busca del tiempo perdido de Marcel Proust. En cualquier caso, las narraciones de Wolfe (menos cuando vuelcan por el lado de la grandilocuencia) son mucho más dinámicas que las de Proust. «Y volví a sentir la conmovedora evocación del tiempo perdido», leemos en la página 532. En este sentido me ha parecido maravilloso el cuento Katamoto, donde el narrador recuerda a un escultor japonés que conoció en la gran ciudad, «sabiendo que esas cosas se pierden en el tiempo y ya nunca regresan.» (pág. 532)

 

La novela corta El muchacho perdido me lleva de nuevo a El ángel que nos mira, puesto que esta narración evoca, con más detalles, la muerte de un hermano de Eugene Gant, algo que ya conocía por la novela. El muchacho perdido y El ángel que nos mira son narraciones coherentes dentro de un mismo mundo ficcional.

 

En otras narraciones, sobre todo en las que están ambientadas en Europa, donde Wolfe pasó ocho años, me han recordado más a lo contado en Del tiempo y el río. Respecto a esto son muy interesantes los cuentos en los se habla del ascenso del nazismo en Alemania, como en El oscuro Mesías. Varias de estas narraciones europeos están protagonizados por un escritor llamado George Webber que, según descubro consultando internet, es el protagonista de las novelas no traducidas al español The web and the rock y You can't go home again. En estos cuentos aparece un tercer alter ego escritor que sería el Joseph Doaks de Semblanza de un crítico literario.

 

Una de las cosas que me más me atraen del tramo final del libro es que Wolfe narra sucesos de su vida posteriores a los de El ángel que nos mira y Del tiempo y el río, y así habla por ejemplo de su relación con los críticos y editores (Semblanza de un crítico literario y El Viejo Rivers), con los escritores irlandeses que en Estados Unidos se consideran siempre geniales (Sobre los leprechaun), relatos llenos de ironía y sarcasmo. También habla de la recepción de su obra en su pueblo natal, donde la publicación de El ángel que nos mira supuso un pequeño escándalo, ya que muchos de sus vecinos se vieron retratados en la novela. Esto se cuenta, por ejemplo, en El hijo pródigo, un cuento que tuvo que leer el Philip Roth que luego escribió Zuckerman encadenado, donde décadas después habla del mismo problema.

 

En resumen, si alguien ‒como yo‒ ha leído y disfrutado las novelas de Thomas Wolfe El ángel que nos mira y Del tiempo y el río este volumen de Cuentos le va a encantar, porque va a poder completar el maravilloso mundo autorreferencial de Thomas Wolfe. Si alguien no ha leído esas novelas, estos Cuentos le van a descubrir a uno de los más grandes autores norteamericanos, le van a abrir las puertas de un nuevo mundo, y lo lógico sería que le hicieran correr hacia las novelas mencionadas.

Si el final del siglo XIX literario de Norteamérica está constituido por nombres como Walt Whitman, Herman Melville y Mark Twain, y el siglo XX por Ernest Hemingway, William Faulkner, Henry Roth, Jack Kerouac o Philip Roth, Thomas Wolfe bien podría ser una suerte de puente entre un siglo y otro, el eslabón perdido de la narrativa norteamericana en su cambio de siglo.

domingo, 4 de octubre de 2020

La claridad, por Marcelo Luján


La claridad,
de Marcelo Luján

Editorial Páginas de Espuma. 171 páginas. 1ª edición de 2020.


Conocí en persona a Marcelo Luján (Buenos Aires, 1973) en septiembre de 2012. La bloguera y escritora Goizeder Lamariano nos pidió a los dos que le presentáramos su colección de relatos Cuentos pacientes. Ésta fue la primera vez que yo presentaba en una librería el libro de alguien, una situación que me generó una pequeña tensión. Luján tenía ya, por entonces, unas inmensas tablas en esta clase de lides. Creo que fue poco después, cuando Luján me invitó a participar en los Diablos azules en unos eventos que él organizaba sobre el mundo del cuento. El escritor invitado leía uno de sus cuentos, proponía una frase, los participantes escribían una historia, y el escritor invitado debía seleccionar a un ganador. Luego he coincidido con Marcelo Luján en más de una presentación o encuentro literario en Madrid, ciudad en la que vive desde 2001.

Cuando yo hacía reseñas para la revista Eñe, hace un lustro, y acabé abrumado de la cantidad de libros que me querían mandar o que me mandaban, me enviaron a casa sin yo solicitarlo Subsuelo, novela con la Luján ganó el prestigioso premio Dashiell Hammett. No leí en su momento esa novela, que aún descansa en mis estanterías, pero sin embargo me apeteció leer La claridad, porque poco después de quedar este libro ganador del bienal premio Ribera del Duero, empecé a leer comentario sobre él. Este premio se ha convocado seis veces y ya había leído a los ganadores de dos de las convocatorias anteriores: El final del amor de Marcos Giralt Torrente (II) y La vaga ambición de Antonio Ortuño (V). Dos grandes libros de relatos.

 

Marcelo Luján ha ganado este prestigioso premio con un conjunto de, en principio cinco cuentos, a los que en el proceso de edición se unió un sexto.

 

Treinta monedas de carne es el título del primer relato, de una extensión cercana a las treinta páginas. «Puede que haya sido la belleza.» es su primera frase. Desde esta primera línea nos encontramos ya aquí con un narrador que, aunque juega a no conocer del todo los motivos de los personajes, sí que es plenamente consciente de las consecuencias de sus actos. Dos chicas, una española y otra noruega, que no parecen tenerse mucha confianza, y que de hecho se conocen desde hace muy poco tiempo, pasean por un valle en bicicleta. La toma de una bifurcación equivocada hará que pierdan el camino de vuelta al camping en el que están pasando unos días con sus parejas. Marta, la chica española, cada vez se muestra más molesta y resentida contra Astrid, la noruega. «Marta tomará la peor decisión de todas. Acaso la peor de todas las posibles.» (pág. 20), con frases como éstas el narrador le va adelantando constantemente información al lector, generando en él el deseo continuo de querer adelantar páginas para conocer la resolución de la historia.

Podríamos apuntar que la construcción clásica de relatos en el siglo XX sigue las premisas de la teoría del iceberg de Ernest Hemingway, cuando decía aquello de «lo más importante de un relato no es lo cuenta sino lo que no cuenta.». Así se construyen, en gran medida, muchas de las historias de Raymond Carver. En el mundo ficcional creado por Marcelo Luján en La claridad, el lector siente, como en un buen relato clásico, que la narración a la que accede esconde muchos recovecos no contados de los personajes, pero la fuerza del relato, más que estar basada en este juego entre lo contado y lo no contado, está cimentada sobre la idea de contención de la información dada al lector y la sensación de inminente desastre. El lector sabe que algo terrible les va a ocurrir a estas dos chicas y esa idea de fatalidad, de conjunción entre azar y destino inevitable, impone un ritmo muy tenso a la narración.

Pese a que las escenas de este relato son realistas, y hablan de los deseos oscuros de las personas, de las maldades a las que se puede llegar bajo determinadas circunstancias traumáticas, también el relato tiene un punto de fuga que podría ser no realista, una pequeña ventana abierta al género fantástico.

Treinta monedas de carne es un gran relato, una trabajada pieza de orfebrería narrativa que constituye un gran pórtico para el estupendo libro que va a ser La claridad.

 

En Una mala luna el protagonista del relato será también su narrador y, por tanto, Luján ya cambia el estilo narrativo frente al del primero, aunque aquí la historia es narrada desde el futuro y, por tanto, el narrador y protagonista también va adelantando información al lector, generándole inquietud y deseo de conocimiento. Una noche, cuando el narrador es un niño, se despierta y ve a su hermana de pie mirando la pared de la habitación. Ésta es una escena inicial bastante turbadora. De hecho, Una mala luna puede ser leído perfectamente como un cuento de terror, y de nuevo tiene un ligero toque fantástico; un toque fantástico muy del gusto de Henry James, puesto que el lector puede pensar que algún personaje está creyendo sentir o ver lo que no existe, o bien ese personaje está en contacto con alguna fuerza sobrenatural. El hermano pequeño nos hablará del proceso de transformación de su hermana mayor: «Ese año, el último del colegio, empezó a cambiar para siempre. Aunque no sabría decir en qué momento. Solo empezó a cambiar. Era como si se estuviese transformando en otra persona, a veces introvertida, siempre llena de oscuridad.» (pág. 50)

 

Esplendida noche parece un relato escrito a la par que Treinta monedas de carne, puesto que su narrador parece el mismo que el de este primer relato, o al menos el juego narrativo al que apela Luján es el mismo; el de adelantar información sobre un desenlace fatal e inevitable. Además, en Espléndida noche se habla también de un valle, un pantano y un camping, que parecen remitirnos directamente al escenario de la primera composición. Diría que en esta tercera pieza, sobre un camionero que tiene que transportar por la noche pollos, mientras su mujer a dar a luz, pese a comenzar con alguna característica de relato social sobre trabajadores de la carretera –al estilo de En el kilómetro 400 de Ignacio Aldecoa– pronto se desliza hacia las premisas del relato neofantástico que se practica en la actualidad en Argentina. Un relato que, sin ser abiertamente fantástico, contiene elementos extraños, como por ejemplo que aparecen en ellos personajes peculiares que no actúan cómo se espera de ellos. En Espléndida noche, por ejemplo, nuestro camionero se sentirá molesto porque al conducir siente que le suben hormigas por las piernas, que llegarán a morderle, pero al detener el camión y revisar sus bajos no encuentra a ninguno de estos insectos.

 

El vínculo está emparentado con Una mala luna de una doble forma: el narrador vuelve a ser uno de sus protagonistas, que cuenta la historia desde el futuro, y porque directamente aparecen personajes de ese cuento en este otro, once o doce años más tarde. De nuevo, tenemos aquí otro relato sobre la fatalidad, lo inevitable, la violencia y lo siniestro. Y de nuevo la narración bordea, o más bien se adentra, en el terreno del relato fantástico.

 

En La chica de la banda de folk Luján vuelve a usar un narrador en tercera persona, que también tiene más información que los personajes sobre lo que va a ocurrir, pero me parece que su vinculación con los anteriores cuentos impares no es tan fuerte en este caso. De hecho, la narración deja la actualidad (con móviles y JPS) para viajar a la Galicia de 1977 y contarnos, aquí sí directamente, una historia de fantasmas. Pero, de nuevo, al estilo de Henry James, ya que tal vez sea una historia de locura y no de fantasmas.

 

La primera versión del sexto relato, Más oscuro que tu luz, ganó el premio Villa de Mazarrón – Antonio Segado del Olmo. En él una adolescente, que ha perdido a su madre recientemente, tiene alguna experiencia desagradable con la hermana gemela de ésta. De nuevo, un cuento que se mueve en la ambigüedad planteada por Henry James, un cuento de locura o de fantasmas, un cuento solvente, pero para mí de una calidad un poquito inferior a los anteriores, que eran realmente muy buenos.

 

El lenguaje de los relatos está medido y normalmente organizado en frases cortas. Más que buscar la belleza formal, el juego metafórico, Luján ha trabajado su contundencia y su precisión, para organizar, como un ingeniero del relato, el contundente juego entre la información contenida y la narrada, verdadero motor compositivo de este libro. Como la mayoría de los narradores son jóvenes, o bien el narrador omnisciente cede su voz a la de los personajes, Luján hace uso de un registro oral del lenguaje muy medido. En cualquier caso debemos apuntar que Luján elige usar un registro de joven español y no argentino. Esto me ha resultado curioso, porque en la novela La línea del frente de Aixa de la Cruz había un personaje argentino y De la Cruz le pidió ayuda a Luján para no cometer errores con el lenguaje bonaerense de este personaje. Imagino que Luján, que reside en España desde 2001, no habrá necesitado ayuda de nadie para crear este lenguaje.

 

La claridad es un conjunto de seis cuentos de un gran nivel. Los que más me han gustado han sido los cuatro primeros, y esa sensación de estar trabajados a pares. De entre el primero y el tercero me quedo con el primero, y entre el segundo y el cuarto su calidad me parece bastante pareja. La claridad es un libro desasosegante, tenso, maduro, que hará las delicias de cualquier aficionado al cuento, o simplemente a la buena literatura. Creo que ya ha llegado el momento para que lea Subsuelo.

domingo, 7 de julio de 2019

Cuentos completos, por Edgar Allan Poe


Cuentos completos, de Edgar Allan Poe

Editorial Páginas de Espuma. 960 páginas. Primera edición de los cuentos: primera mitad del siglo XIX; esta edición de 2018.
Traducción de Julio Cortázar; prólogos de Carlos Fuentes y Mario Vargas Llosa; edición de Fernando Iwasaki y Jorge Volpi.

Una de las grandes lagunas literarias que llevaba arrastrando, hasta finales de 2018, era no haber leído nunca los Cuentos completos de Edgar Allan Poe (Boston, 1809 -Baltimore, 1849). Eso no quiere decir que no conociera la obra de Poe, porque de adolescente, con dieciséis o diecisiete años, leí su novela La narración de Arthur Gordon Pym, de la que guardo un gran recuerdo (seguramente debería volver a leerla). Y también había leído, en distintos momentos del pasado, gracias a antologías, y a lecturas sueltas, a unos cuatro o cinco de sus cuentos. Recuerdo, por ejemplo, haber leído El gato negro, El pozo y el péndulo, La verdad sobre el caso del señor Valdemar, El hombre de la multitud y añadiría –aunque no estoy del todo seguro– que también había leído La carta robada.

Durante mi juventud de lector de terror y ciencia-ficción tuve más de una vez en mis manos los dos volúmenes de los Cuentos completos de Poe, editados por Alianza, con la canónica traducción de Julio Cortázar, pero nunca no me decidí a comprarlos o sacarlos de la biblioteca. No estoy seguro, pero tal vez me disuadió el texto de la solapa del segundo volumen, donde se hablaba, si no recuerdo mal, de «relatos paisajísticos». Tras mi lectura adulta de estos Cuentos completos intuyo que los habría disfrutado más de adolescente que ahora, cuando era un gran lector de H. P. Lovecraft en las ediciones de Alianza. Me habría gustado crecer con el recuerdo de los mejores cuentos de Poe en mi bagaje de lector.

En diciembre de 2018 decidí dedicar mis vacaciones de Navidad a estos Cuentos completos tantas veces postergados. Decidí que la edición de Páginas de Espuma, en la que cada cuento era comentado por un escritor nacido a partir de 1960, podía ser una buena idea. Este libro lo tenía localizado en la biblioteca de Móstoles y de ahí lo tomé en préstamo un sábado de diciembre. En enero tuve que prologar el préstamo de un mes, porque había decidido intercalar algún otro libro en la lectura de los cuentos (al final fueron tres los libros intercalados) y no podía cumplir con el plazo de treinta días.

La edición de Páginas de Espuma utiliza la famosa traducción que Julio Cortázar realizó de la obra de Poe, encargada por la universidad de Río Piedras en Puerto Rico. Parece difícil que alguien se aventure a realizar una nueva traducción de estos textos. La versión de Cortázar, además de no tener ninguna errata, no suena ni tan siquiera a traducción; es como si Cortázar hubiera conseguido escribir una nueva versión en español del autor de Boston.

Los Cuentos completos son sesenta y nueve, y casi siempre se suelen publicar con una semblanza biográfica escrita por Cortázar, que se titula Vida de Edgar Allan Poe; un estupendo texto de 30 páginas, en esta edición de Páginas de Espuma de amplia caja. Estoy seguro de que este texto sobre la vida exagerada de Poe lo leyó Roberto Bolaño e influyó en sus relatos sobre escritores descalabrados.

Creo que habría preferido leer los cuentos ordenados de forma cronológica, como cuando leí los Cuentos completos de H. P. Lovecraft en los dos volúmenes que publicó la editorial Valdemar. Me habría gustado saber la fecha y el lugar de publicación de cada uno de los cuentos de Poe, y haber podido observar cómo fue la evolución de su estilo y de sus intereses y obsesiones. La edición de Páginas de Espuma sigue el mismo orden que propuso Julio Cortázar en su momento. En los dos volúmenes de Alianza, en el primero se podían leer los cuentos más famosos de Poe, por los que el autor fue más conocido y trascendente, y en el segundo los cuentos de ciencia-ficción, paisajísticos y satíricos, que diría que menos gente ha leído o apreciado. En la edición de Páginas de Espuma, la primera mitad de libro se correspondería con esos cuentos del primer volumen de Alianza.

El primer cuento que Julio Cortázar colocó en su edición (y por tanto el primer cuento de este libro) es William Wilson. Un gran relato sobre la figura del doble, la locura y la depravación. Quizás, como ha señalado en alguna ocasión Jorge Luis Borges, para quien la obra de Poe ha sido una gran influencia, el final tal contundente reste, paradójicamente, fuerza, por lo excesivo, al cuento, que, en cualquier caso, no deja de ser un gran cuento.

Como ya he comentado, El pozo y el péndulo ya lo había leído y, como la primera vez, me ha parecido un relato angustioso y contundente.

Me sonaba que Manuscrito hallado en una botella era uno de los cuentos más famosos de Poe, pero al leerlo no lo disfruto tanto como los dos anteriores, aunque me sigue pareciendo un buen cuento.

El gato negro me parece un cuento muy moderno, muy conseguido. Por algo es uno de los textos más famosos. La perversión y la locura de su voz narrativa han influido en muchos autores posteriores.

Casi todos los cuentos de Poe están escritos en primera persona, presentando a una voz narrativa siempre masculina, y en más de uno el narrador habla de otra persona, convirtiéndose así en un narrador testigo.

La verdad sobre el caso del señor Valdemar es otro de los grandes hitos de este libro. Me encanta cuando, en la presentación de Juan Gabriel Vásquez, se apunta que el señor Valdemar, «que vivió siete meses más de lo que debía», pudiera ser el primer zombi de la historia.

He leído los prólogos de todos los cuentos al final. Y así lo recomiendo, porque a menudo cuentan con que el lector ya ha leído el relato y desvelan el final o la mayoría de sus elementos compositivos. Quizás habría sido mejor situar estos comentarios después del cuento y no antes.

Poe sitúa los escenarios de muchos de sus cuentos en la vieja Europa, en castillos de épocas remotas, y en este detalle se percibe aún la influencia de la narrativa gótica, que acabará superando.
El retrato oval, sobre un pintor que quiere retratar a su mujer mientras ésta agoniza, posiblemente influyó en escritores como Oscar Wilde o M. R. James.

No conocía El corazón delator y se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de Poe. Es un cuento que retrata muy bien el frenesí homicida de una mente perturbada. De nuevo tenemos aquí una narración muy moderna.

Un descenso al Maeström me decepciona. Me parece que Poe apuesta demasiado por la supuesta fuerza de que lo que narra y no crea aquí caracteres humanos demasiado interesantes.

El tonel de amontillado nos traslada a la Italia clásica y Poe crea aquí un gran relato sobre la venganza y la crueldad.

La máscara de la muerte roja es diferente a los cuentos anteriores, con una corte encerrada en un castillo, y fuera de sus muros acecha la muerte. Conseguido.

En algunos cuentos, como en El demonio de la perversidad, Poe empieza su narración de una forma teórica o academicista, hablando sobre la Cábala, el mesmerismo o alguna otra ciencia oculta. Diría que este recurso no ha envejecido demasiado bien.

El entierro prematuro es otro de los grandes cuentos de Poe. Y esta idea, la del vivo que es enterrado por error, aparecerá en más de una de sus narraciones como tema obsesivo y recurrente. El cuento también comienza de un modo ensayístico, pero en este caso el resultado es positivo.

Un cuento como Hop-Frog, sobre un bufón del que se burla su rey, es eficiente, pero posee un nivel inferior al de los cuentos más famosos de Poe.

Metzengerstein es uno de los primeros cuentos que publicó, y sus influencias góticas resultan excesivas.

Me gusta mucho La caja oblonga, porque me parece uno de los cuentos más modernos de Poe; abandona sus escenarios europeos y góticos y lo sitúa en un barco que navega por la costa de Estados Unidos.

El hombre de la multitud lo había leído en una antología de Valdemar y es un texto potente.

Hay cuentos como La cita, ambientado en Venecia, que no me han gustado, pues me resultan ajenos a mis intereses. Diría que La cita se ha quedado anticuado para el gusto actual. Con Sombra y Eleonora me ocurre lo mismo.

Sí me han gustado mucho Berenice, Ligeia y La caída de la casa Usher, algunos de los cuentos más famosos de Poe. Morella me parece inferior.

Después hay una serie de cuentos en los que hablan dos espíritus o entes del espacio que no me gustan: Revelación mesmérica, El poder de las palabras, La conversación de Eiros y Charmion y El coloquio de Monos y Una. Tampoco me gusta Silencio. Son cuentos extraños, sin referentes del mundo real a los que asirse; los he leído con bastante desapego.

Después del bache anterior el libro remonta con El escarabajo de oro, una pieza magistral sobre la búsqueda de tesoros de piratas. Sin dejar de lado algunos elementos macabros, aquí Poe escribe un cuento cartesiano, sometido a la lógica y a la razón. Como pasa con los cuentos de su detective Dupin, Poe contesta con estos cuentos a los que le acusaban de ser excesivamente macabro.

Uno de los grandes momentos de estos Cuentos completos es encontrar seguidos Los crímenes de la calle Morgue, El misterio de Marie Rogêt y La carta robada. Estos tres cuentos están protagonizados por Dupin. El lector conocerá sus andanzas y averiguaciones sobre crímenes gracias a la narración de un amigo del detective. Por supuesto, estos cuentos influyeron clarísimamente en Arthur Conan Doyle y en la creación de los personajes de Holmes y Watson. Con ellos, Poe creó la narración moderna de detectives y son relatos realmente entretenidos y valiosos.

Con La carta robada se acabaría el primer volumen de la división de Cortázar. Hasta aquí hemos podido leer los cuentos más famosos de Poe y los más recordados.
Aunque en este volumen de Cuentos completos no hay división entre un primer volumen y el segundo. Me gusta crear esa distinción. La segunda parte del libro comienza con La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, donde se narra un improbable viaje en globo a la Luna. Es cierto que este cuento abre también nuevos caminos para la ciencia-ficción, igual que los anteriores creaban la novela de detectives, y que, por tanto, el valor de la obra de Poe es enorme, pero lo cierto es que las explicaciones científicas que nos encontramos en La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall lastran el poder de la narración.

No me gusta mucho Von Kempelen y su descubrimiento, un texto irónico sobre la fiebre del oro.

De El cuento mil y dos de Scheherzade me gusta su aire borgiano, un estilo de narración interpuesta, a través de varios textos, que influyó en la creación de cuentos de Borges.

El camelo del globo y Mellonta tauta, dos cuentos sobre globos, una vez leído La incomparable aventura de un tal Hans Pfaall, me parecen innecesarios e irrelevantes.

Conversación con una momia es un cuento curioso, puesto que unos científicos consiguen hacer resucitar a una momia egipcia y hablar con ella, pero más que terrorífico es un cuento cómico.

Los cuentos paisajísticos de Poe no me gustan nada, ni siquiera esas descripciones de la campiña me parecen cuentos. Hablo de El dominio de Arnheim o El jardín-paisaje, El cottage de Landon, La isla del Hada o El alce.

Con La esfinge el libro vuelve a remontar: una narración sobre la muerte y la sugestión ante los posibles monstruos.

El ángel de lo singular, sobre alguien que no cree en el azar, es un texto divertido, quizás algo anticuado, pero divertido.

El rey Peste, siendo inferior a los mejores textos de Poe, también se deja leer.

Cuento de Jerusalén es perfectamente olvidable.

La ironía de El hombre que se gastó no deja de ser simpática. Algo parecido ocurre con Tres domingos por semana, un cuento que, como otros de este libro, influyó en Jules Verne.

«Tú eres el hombre», sobre un asesinato y su resolución, sí me parece un buen cuento.

Bon-Bon, sobre la aparición del demonio, creo que no ha pasado bien la prueba del tiempo.

Los anteojos, sobre un joven que no usa gafas porque no quiere que le afeen, me parece divertido, aunque de un modo inocente. Su humor funciona mejor que el de Por qué el pequeño francés lleva la mano en cabestrillo.

La sátira contenida en El diablo en el campanario y Nunca apuestes tu cabeza al diablo me parece que ya se ha quedado anticuada.

El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether, sobre el significado de la locura y la cordura, sí resulta un buen cuento.

El aliento perdido parece una versión más leve y humorística de El entierro prematuro.

Poe también escribió unos cuantos relatos irónicos sobre el propio mundo de la literatura, sus advenedizos y sus dificultades, que resultan bastante modernos, como Autobiografía literaria de Thingum Bob, Esq., Cómo escribir un artículo a la manera del Blackwood, Una malaventura, Los leones o X en un suelto.

Más que un cuento, El timo es un compendio de diversos timos, un texto que resulta bastante interesante.

Me gusta el texto final de Fernando Iwasaki, titulado Noche de brujas en Baltimore, donde se narra un viaje a la ciudad de Baltimore, en la que Poe vivió y murió.

Así que después de tanto tiempo pensando que tenía que leer los Cuentos completos de Poe al fin lo he hecho. En el volumen se reúnen unos veinte cuentos imprescindibles y otros textos menores que me han aburrido. Me da la impresión de que el cuento que comentaba cada autor fue designado por sorteo, y era curioso ver a algunos de estos autores haciendo malabares para defender un texto que claramente no les convencía. Algunos escritores, como Guillermo Fadanelli, declaraban abiertamente que no les gustaba el cuento que les había tocado, y yo les he admirado por eso. En cualquier caso, me ha gustado la propuesta de esta edición de Páginas de Espuma.
Me he saltado en mis comentarios algún cuento, pero he hecho un pequeño comentario de casi todos. Conocer, al fin, una obra que ha influido tanto en autores posteriores ha sido un viaje más que interesante.