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domingo, 1 de agosto de 2021

Adiós mariquita linda, por Pedro Lemebel

 

Adiós mariquita linda, de Pedro Lemebel

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2006.

 

Ya comenté que había releído Tengo miedo torero –reeditado recientemente por la nueva editorial Las afueras, la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015), después de unos quince años, y me que había vuelto a gustar mucho. A continuación me apeteció seguir con él y tomé de mis estanterías de libros por leer Adiós mariquita linda, que compré en el verano de 2020 en una librería de segunda mano de Palma de Mallorca.

Adiós mariquita linda es un libro en el que se reúnen treinta crónicas, publicadas en su mayor parte en la revista chilena Clinic. Son textos muy apegados a la primera persona y a la subjetividad personal, y la diferencia entre el concepto de «crónica» y «autoficción» me parece, por tanto, muy difuso.

 

Las crónicas están agrupadas en diferentes secciones. La primera se titula Pájaros que besan, y contiene cinco narraciones sobre jóvenes que Lemebel conoce en la calle y que acaban siendo sus amantes ocasionales. Lo primero que me llama la atención es que, aunque estaba escrita en tercera persona, la novela Tengo miedo torero, situaba el punto de vista en el de la Loca del Frente, un gay de edad que se enamora de un joven. En la relación que establecen en esta novela, el joven es una persona culta y la Loca no lo es. En estas crónicas existe un paralelismo con la novela, puesto que «la loca» mayor se enamora de jóvenes que, en más de un caso, son heterosexuales; pero también hay una clara diferencia: en el caso de las crónicas la persona culta es «la loca» y los jóvenes suelen ser chicos de baja cultura, escapados a la capital desde pueblos pobres del sur. Este sería el caso, por ejemplo, de «el Wilson», objeto de deseo en la primera crónica, la titulada precisamente El Wilson. «Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parado en el Hogar de Cristo.», le dice el Wilson a Lemebel en su primer encuentro, tras reconocerlo por la calle y preguntarle si él era el escritor que salió por la tele. En estos textos, Lemebel es ya un escritor reconocido y que disfruta de cierto prestigio social, aunque él parece desear un éxito más sexual que económico y social y que, en gran medida, ese éxito sexual pertenece ya más a su pasado que a su presente. Es habitual que los chicos a los que conoce en la calle le acaben preguntando si los va a sacar en alguna de sus crónicas, y esta parece ser una de sus aspiraciones.

«Escribe para dar a conocer, sin remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces la crónica se aproxima y se funde con la ficción.», dice la contraportada. Pero antes de leerla, estaba ya pensando que estas crónicas no eran del todo realistas, o que no tenían por qué serlo. Por ejemplo, en Se llamaba José, Lemebel denomina al chico que conoce con el calificativo de «felino triste», un poco más adelante sabremos que en su pueblo le apodaban «el Puma» y más tarde, tras visitar el zoológico, Lemebel le contará al lector que su puma se ha escapado y vaga por las calles de Santiago. El juego de paralelismos entre «el Puma» humano y el del zoológico me parecía demasiado perfecto como para ser real, así que busqué en internet la noticia sobre un ese puma escapado del zoológico, sin encontrarla, como esperaba. Aquí ya me quedó claro que lo que leía podía ser real o ficción y que Lemebel no daba demasiada importancia a esta división, que lo que le interesaba era la coherencia interna de su texto narrativo.

Me ha hecho gracia que en Ojos color amaranto, Lemebel conversa con un joven en la fiesta del Partido Comunista, quien le espeta que hay un error en la escena final de Tengo miedo torero, puesto que desde Laguna Verde no se ve Valparaíso, como afirmaba él en el libro que ocurría, ante el disgusto del autor, quien, a pesar de esto, quiere quedar con el chico para ir a Laguna Verde, comprobarlo y repetir el final de la novela.

 

La segunda parte se llama Matancero errar, y las crónicas tratan sobre eventos literarios a los que Lemebel es invitado. Lo que se narra aquí casi siempre tiene que ver con la incapacidad del narrador para cumplir con las obligaciones a las que se ha comprometido como autor, o bien porque le tira más la juerga y el deseo sexual o por desavenencias políticas con las personas que le invitan. En este sentido es divertido el texto Welcome, San Felipe, donde Lemebel y su amiga África Sound viajan hasta un pueblo donde van a homenajear a Lemebel, pero éste se preocupa cuando descubre que el alcalde es de derechas y, aunque se había prometido no hacerlo, acabará montando un número en un restaurante en el que coinciden. Imagino que esto será una exageración o una fantasía, pero, en cualquier caso, resulta una narración estimulante y atractiva.

En Volando en el ala derecha se narra un encuentro entre personas destacadas del régimen de Pinochet y Lemebel en un aeropuerto. «Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. (…) Nunca después de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder, cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba.» (pág. 57). De fondo, siempre existe en estas crónicas una crítica, directa o indirecta, a la pasada dictadura pinochetista.

 

En Todo azul tiene un color, el tono de las crónicas se vuelve más serio para relatar un viaje, como escritor invitado, a Cuba. Especialmente conmovedoras son las páginas que dedica a un joven que conoce, que es un pintor escapado de un sidario.

El tono más serio continúa en A flor de boca, donde se recorren distintos paisajes de Latinoamérica, como el Perú precolombino, y Lemebel se reivindica como descendiente de nativos americanos.

 

Chalaco Amor (Sinopsis de novela) es el texto más extenso del conjunto, y en él Lemebel evoca ‒ante un nuevo chico que ha conocido en la calle‒ un viaje del pasado por Perú, a la gente que conoció en él y las aventuras que vivió entonces. En Bésame otra vez, forastero, que sería la siguiente parte del libro, Lemebel muestra fotos tomadas en los viajes de las crónicas anteriores, y dibujos que pintaba entonces.

 

Luego sigue la parte de las Cartas, donde Lemebel conversa con diferentes personas, algunas ya muertas.

 

La última parte, Adiós mariquita linda, reúne diversas crónicas que tienen un poco de todos los elementos anteriores. Destacaría el texto Un poquito de pintura para Bosé, donde se habla sobre un desencuentro con el cantante español, que acaba siendo divertido, y El asalto a los chinos gay, donde Lemebel relata el atraco que él y unas amigas sufrieron en un restaurante.

 

Lemebel en más de una ocasión busca epatar al lector, y elige la descripción de momentos feístas en sus crónicas. De este modo, empieza una tomando el teléfono «sentado en el trono», y contesta «con el mojón colgando». En otras ocasiones, se quiere epatar más desde un punto de vista sexual, como la ocasión de madrugada en la que borracho, Lemebel acaba masturbando a un perro. Como ocurría con el protagonista de Tengo miedo torero, Lemebel a veces habla de sí mismo en femenino y a veces en masculino.

En cualquier caso, el lenguaje es muy rico y exuberante, convirtiéndose en uno de los protagonistas de estas crónicas. Destaco esta construcción: usar un nombre como adjetivo. Dejo aquí algunos ejemplos: «agua chocolate», «noche jungla» o «calle dictadura».

 

Después de acabar Tengo miedo torero, me ha gustado volver a encontrarme con el humor, la ternura y el pensamiento político de Pedro Lemebel, en Adiós mariquita linda, un libro de textos que al final acaban leyéndose casi como los distintos capítulos de una novela, hermanados por la misma voz narrativa.

domingo, 11 de julio de 2021

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

 

Tengo miedo torero, de Pedro Lemebel

Editorial Las afueras. 203 páginas. 1ª edición de 2001; ésta es de 2021 

Tengo miedo torero la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015) la publicó, por primera vez, la editorial Anagrama en 2001. Yo la leí sobre 2006, tomándola en préstamo de la biblioteca pública de Móstoles. Hace poco vi que la nueva editorial barcelonesa Las afueras anunciaba su reedición y me apeteció volver a leerla. Tenía un gran recuerdo de este libro. Además se me ocurrió la idea de leer seguidos Tengo miedo torero y Adiós mariquita linda (un libro de crónicas de Lemebel que tenía en casa sin leer) y comentarlos en un vídeo de mi canal de Youtube Bienvenido, Bob a finales de junio, con motivo de la semana del Orgullo Gay.

 

Tengo miedo torero sitúa su acción en el Santiago de Chile de 1986 y, por tanto, en plena dictadura militar de Augusto Pinochet. El personaje principal de la novela es la Loca del Frente que, recientemente, se ha mudado a un altillo de una casa de tres pisos desde la que se puede ver la ciudad, «un Santiago que venía despertando al caceroleo y los relámpagos del apagón». En la cuarta página se le informará al lector que la Loca ha conocido a un joven, llamado Carlos, en un almacén, y éste le ha pedido el favor de que le guarde unas pesadas cajas sin contarle qué contienen.

La Loca del Frente usa dientes postizos y Carlos es un estudiante que no llega a los veinte años. Carlos le pedirá a la Loca permiso para poder reunirse en su casa con sus compañeros para estudiar, a lo que la Loca accederá, aún sospechando que todos esos jovencitos, muy bien educados, que empiezan a frecuentar su casa no se dedican, realmente, a estudiar. La Loca, enamorada de Carlos, se hace la tonta y pregunta poco, y si lo hace recibe de Carlos un escueto «después te explico», que nunca se concreta en nada.

 

El lector comprenderá pronto que Carlos y sus amigos son un grupo político que está usando la casa de la Loca del Frente para sus actividades clandestinas. Algo que la Loca, aunque juegue a hacerse la ingenua, también sabe, pero no pone objeción, más por seguir teniendo a Carlos cerca que por convicciones políticas. «Carlos no podía mentirle, no podía haberla engañado con esos ojos tan dulces. Y si lo había hecho, mejor no saber, mejor hacerse la lesa, la más tonta de las locas, la más bruta, que solo sabía bordar y cantar canciones viejas.» (pág. 23)

 

La novela está escrita, principalmente, en tercera persona, acercándose mucho a los pensamientos de la Loca del Frente. Aunque también Lemebel recrea la voz narrativa en primera persona de Pinochet y de su mujer, con intenciones cómicas, dibujando ahí al dictador como un homófobo ridículo, y a su mujer como a una frívola influida por Gonzalo, un ayudante homosexual.

 

La vida de la Loca del Frente ha sido dura y trágica. Su madre murió cuando era niño y su padre empezó a pegarle para que se hiciera hombre, aunque también a violarle. A los dieciocho años deja su casa, cuando su padre le quiere inscribir para que haga el servicio militar. Después de un tiempo de vagabundeo va a conocer a Rana, un homosexual viejo que le acogerá en su casa, donde pasará a vivir con otros homosexuales, y le enseñará un oficio: a coser y borda, principalmente para casas burguesas.

 

La Loca del Frente es un personaje que posee una amplia cultura popular, a la que le encantan los boleros antiguos. De hecho, el título de la novela, Tengo miedo torero, es el verso de una canción. En este sentido, este personaje parece un homenaje de Lemebel al escritor argentino Manuel Puig, y sobre todo a su obra El beso de la mujer araña, donde hay una pareja protagonista parecida, entre un homosexual apolítico, que evoca las grandes películas del cine, y un joven politizado. Otra posible influencia sobre la construcción de La Loca del Frente es la Manuela, el persona de El lugar sin límites, la novela más perfecta de José Donoso. El tono de la obra de Donoso es más oscuro que el humorístico de Lemebel, pero hay algunos elementos en común entre los dos personajes: con los dos, a veces, los hombres de ponen violentos, al no poder encajar el hecho de sentirse atraídos por ellos.

 

El lector nunca va a saber los verdaderos nombres de la Loca del Frente y Carlos; el primero es un nombre de guerra de travesti y el segundo es un sobrenombre político. De hecho el narrador se referirá a «la Loca», además de con este nombre, con otros que en principio podrían ser tomados por insultos, como «maricona», «vieja ridícula», con «voz coliflora». De este modo, Lemebel va empoderando a su personaje, que lejos de avergonzarse de su condición se siente orgullosa de ella. El narrador se refiere al personaje de la Loca indistintamente en masculino o en femenino.

En la novela se plantea un proceso de transformación que va a afectar a sus dos protagonistas principales: a la Loca, en principio apolítica e ignorante, una persona que casi no sabe escribir, se le irá despertando su conciencia política, y se dará cuenta de que Chile debe librarse de su dictador. Y Carlos, en principio un apuesto y politizado joven, se irá involucrando con la Loca, de la que al principio el lector tiene la sensación de que solo se está aprovechando, y se dejará querer. Es muy escena muy bella, la Loca baila para Carlos y éste siente lo siguiente: «Nunca una mujer le había provocado tanto cataclismo a su cabeza. Ninguna había logrado desconcentrarlo tanto, con tanta locura y liviandad. No recordaba polola alguna, de las muchas que rondaron su corazón, capaz de hacer ese teatro por él, allí, a todo campo, y sin más espectadores que las montañas engrandecidas por la sombra venidera.» (pág. 35)

 

Lemebel levanta su ficción sobre un hecho real que tuvo lugar en Chile: el 7 se septiembre de 1986, el dictador Augusto Pinochet sufrió un atentado en el Cajón de Maipo, del que salió ileso, aunque murieron cinco personas de su séquito. Un atentando llevado a cabo por el Frente Patriótico Manuel Rodríguez, al que van a pertenecer Carlos, sus compañeros e, involuntariamente, la Loca del Frente (cobrando así su seudónimo callejero un doble significado).

 

El lenguaje que usa Pedro Lemebel para esta novela es muy rico, irónico y juguetón, no tiene ningún inconveniente en convertir nombres en verbos o en adjetivos, creando así un magma lingüístico muy atractivo para describir «la noche espesa de la dictadura» desde una perspectiva insólita. En la contraportada del libro se recogen unas palabras del escritor chileno Alejandro Zambra: «Pienso en quienes salieron del clóset gracias a Lemebel, pero no me refiero solamente –lo que ya sería bastante‒ a los que después de leerlo se atrevieron a enfrentar su identidad sexual, sino también a quienes, homosexuales o no, gracias a él descubrieron o redescubrieron el brillo y el poderío de las palabras, la necesidad de una escritura, su urgencia.»

 

He disfrutado mucho de esta relectura de Tengo miedo torero, una novela que me parece una de las joyitas de la literatura latinoamericana del siglo XXI.