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domingo, 18 de mayo de 2025

El libro vacío /Los años falsos, por Josefina Vicens


 El libro vacío / Los años falsos, de Josefina Vicens

Editorial FCE. 331 páginas; primera edición de 1958 y 1982, ésta es de 2011.

Prólogo de Aline Petterson

 

Mi amigo Federico Guzmán vivió unos años en Madrid y cuando regresó a México –en 2014, si no me fallan las cuentas– me regaló un libro de una escritora de su país; un libro formado por dos novelas cortas: El libro vacío (1958) y Los años falsos (1982) de la escritora Josefina Vicens (Tabasco, 1911 – Ciudad de México, 1988). Por aquellos días los dos leíamos con fervor al uruguayo Mario Levrero y Federico me dijo que venía conexiones entre las obras de Levrero y Vicens y que seguramente era una escritora que me iba a gustar. Que haya permanecido este libro una década en mi estantería de libros por leer solo habla de mi desbarajuste a la hora de organizar mis lecturas.

 

El libro vacío está narrado por Juan García que se debate entre el deseo de ser escritor y el de no tratar de escribir nunca más. «No he querido hacerlo. Me he resistido durante veinte años.», así comienza la novela. Las primeras páginas son profundamente metanarrativas, y José García da insistentes vuelvas a la idea de que la escritura es una condena para él, que no puede dejar. «Yo no quiero escribir. Pero quiero notar que no escribo y quiero que los demás lo noten también. Que sea un dejar de hacerlo, no un no hacerlo. Parece lo mismo, ya sé que parece lo mismo. ¡Es desesperante! Sin embargo, sé que no es igual. Por lo contrario, sé que es absolutamente distinto, terriblemente distinto. Porque el dejar de hacerlo quiere decir haber caído y, no obstante, haber salido de ello. Es la verdadera victoria. El no hacerlo es una victoria demasiado grande, sin lucha, sin heridas.» (pág. 27) Lógicamente la novela completa no se iba a poder sostener con reflexiones de este estilo y, poco a poco, la vida y los recuerdos de José García se irán filtrando en las páginas que escribe.

José nos informará de que ha comprado dos cuadernos. En el primero irá haciendo anotaciones a vuelapluma y si considera que algo de lo que escribe ahí merece la pena lo pasará al segundo. El primer cuaderno será la novela que el lector va a leer. En este sentido, El libro vacío (1958) podría estar emparentado con El discurso vacío (1996) de Mario Levrero, donde el propio Levrero declaraba que iba a empezar a escribir sin ningún plan, simplemente con la peregrina idea de cambiar su letra y de este modo cambiar su personalidad, dando la vuelva así a la idea de la psicología de deducir la personalidad de una persona a través de su escritura. Es lógico pensar que Levrero conocía el libro de Vicens y que su título es un homenaje al de la mexicana.

En principio, a José García le gustaría escribir una novela, pero piensa que no tiene vivencias suficientes para hacerla creíble. Intentó hacerlo y sus personajes carecían de vida. «No se trataba de usar la experiencia y el conocimiento, sino la imaginación; una imaginación de la que carezco en absoluto, porque no pude, a pesar de todos mis esfuerzos, urdir una trama medianamente interesante. Como no pude, tampoco, lograr siquiera un escenario.» (pág. 45).

Poco a poco, iremos conociendo datos de la vida de José: está casado y tiene dos hijos, el mayor, en la universidad, tontea con una chica, que puede que no le convenga, y el pequeño tiene problemas de salud. José, a sus cincuenta y seis años, trabaja de contable en una oficina por un bajo sueldo y siente que su vida es un fracaso. De niño vivía cerca de la costa y quiso ser marino. Lo cierto es que, aunque el juego inicial era el de dar vuelvas y vueltas sobre la doble y paradójica idea de escribir y de dejar de hacerlo, la novela toma cuerpo cuando José nos relata los detalles de su vida, que él mismo considera miserables y banales, pero en esa misma miseria y banalidad se encuentra la capacidad de que el lector pueda empatizar con él y seguir leyendo la novela con interés. Incluso, en algún momento de la narración, el propio hecho de hablar en su cuaderno, que no lee nadie, de sus miserias, va a impeler a José a tratar de actuar sobre la realidad.

En la página 131 José señalará que suele cometer faltas de ortografía al escribir, pero estas no aparecen en el libro que el lector tiene entre manos y, por tanto, en detalles como este se puede percibir la mano de la autora sobre los gestos de su criatura que escribe.

 

En El libro vacío, más de una vez, José indica que se siente solo y que desea poder entenderse con el próximo. Como ya he señalado, esta novela se publicó por primera vez en 1958, un tiempo en el que estaba muy en boga la corriente existencialista dentro de la literatura y escritores franceses como Albert Camus o Jean-Paul Sartre parecen influencias para Vicens.

Además de relacionar este libro con El discurso vacío de Mario Levrero, creo que también se le podría relacionar con Bartleby y compañía de Enrique Vila-Matas, con ese personaje que desea, pero sin conseguirlo, dejar de escribir.

El libro vacío es una novela en esencia triste sobre los anhelos de un tipo corriente cuya única esperanza de realizarse –la escritura de una gran obra– no parece estar a su alcance; pero esa dolorosa esperanza, en la que se asienta la esencia de lo humano, no parece acabar de abandonarle nunca.

 

Los años falsos (1982) es una novela bastante más corta que El libro vacío. Mientras que esta última, en el formato reducido del FCE, tenía unas 200 páginas, la segunda tiene unas 100. Igual que me ha ocurrido al acercarme a las primeras páginas de El libro vacío, las primeras páginas de esta segunda novela me han generado algo de confusión. «Todos hemos venido a verme.» es la primera frase de la novela. En la primera escena no acababa de entender si una madre y sus dos hijas gemelas visitaban una tumba en la que yacía el padre y el hermano, o el hermano estaba con las mujeres fuera de la tumba. Durante algunas páginas he pensado que el narrador era un joven de diecinueve años muerto y que narraba desde la tumba que compartía con su padre, para comprender, más tarde, que en realidad el joven narrador estaba vivo, pero que su conflicto vital era que el mundo parecía empeñado en que tenía que ocupar el espacio que había dejado su padre, muerto cuatro años atrás.

El padre se dedicaba a la política y el hijo va a encontrar un trabajo acompañando a la cuadrilla de su padre, a sueldo todos de un político; así se hará un espacio entre los antiguos amigos de su padre, que quieren llamarle por el nombre del difunto, a lo que él se niega. En gran medida, Vicens hace en esta novela una crítica contra la clase política mexicana (extrapolable a la de todo el mundo, supongo), que ella conocía, porque participó en diversos movimientos sociales, sobre todo a favor de las mujeres campesinas (como vi en un reportaje sobre su vida en YouTube). Leeremos: «Yo pensaba –pero pensaba solamente– en la diferencia que existe entre el Presidente que describen los políticos, sentado poco menos que a la diestra de Dios Padre, y en el transitoriamente sentado en Palacio Nacional, rodeado de lacayos, y oscilando entre escribir su nombre en las páginas de la historia o en los bancos de Suiza.» (pág. 304)

En Los años falsos Vicens parece criticar también el machismo de la sociedad mexicana: iremos conociendo la vida del padre de Luis Alfonso, el narrador, un hombre armado, que abandona a su familia durante semanas, que malgasta el dinero en la cantina y que tiene una amante. Leeremos: «Ser hombre, para ellos, es tener muchas mujeres: esposa y todas las que puedan tener. Mientras más mujeres se tengan más hombre se es.» (pág. 321)

El hijo, Luis Alfonso, que es una persona más sensible habrá de decidir qué camino quiere seguir en la vida, mientras que todas las fuerzan parecen querer hacer que se convierta en una sombra de su padre.

 

Josefina Vicens, como he dicho, se dedicó gran parte de su vida a la política, a favor de las mujeres del campo, y, por lo que he podido ver en internet, fue una persona adelantada a su época, puesto que no escondía demasiado su lesbianismo. Fue crítica taurina y escribió guiones de cines. El libro vacío y Los años falsos, con su lenguaje cuidado y pensativo, me han parecido dos novelas notables de la literatura latinoamericana del siglo XX.

domingo, 20 de noviembre de 2022

El libro de nuestras ausencias, por Eduardo Ruiz Sosa


El libro de nuestras ausencias
, de Eduardo Ruiz Sosa

Editorial Candaya. 460 páginas. 1ª edición de 2022.

 

En 2016 me sorprendió positivamente la lectura de Anatomía de la memoria (2014) la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), una novela muy madura, en la que, desde el presente, se investigaba sobre un grupo político de los 70 en Culiacán, llamado «los Enfermos» y que deseaban cambiar el mundo, desde la clandestinidad y sus bibliotecas de libros prohibidos. En 2019 leí el libro de cuentos Cuántos de los tuyos han muerto, que también me gustó mucho. Sabía, porque he hablado con Ruiz Sosa en más de una ocasión, que llevaba años trabajando en la novela que ha sido al final El libro de nuestras ausencias, con el que ya estaba enfrascado, por ejemplo, cuando escribió y publicó el libro de cuentos. En un epílogo, el autor nos contará que algunos de los personajes de El libro de nuestras ausencias habían aparecido ya en 2003 en sus escritos.

 

En El libro de nuestras ausencias volvemos a Culiacán, la ciudad natal del escritor, en la costa oeste de México. Volvemos también a los apellidos y nombres que contienen algún significa simbólico para los personajes, como Teoría Ponce o Fernando Ciego. Ahora, en vez de acercarnos a un grupo político, en principio nos acercamos a un grupo de teatro.

Un grupo de amigos, relacionados con este teatro, buscan a Orsina o sus restos. Orsina era la actriz más destacada de la ciudad, a la que tras enfermar de cáncer ha reclamado su familia, quienes la han ido cambiado de hospital a hospital según los amigos indeseados se presentaban allí. La familia, de buena posición, a la que Orsina había dado la espalda, reclama ahora para sí su enfermedad o sus restos. Los personajes sienten en su interior, cada vez de un modo más intenso, la ausencia de Orsina, e inician su búsqueda por las carreteras y campos cercanos a Culiacán. Estos viajes les van a permitir entrar en contacto con otras personas que también persiguen a sus desaparecidos, casi siempre madres en busca de los restos de sus hijos ausentes. En este sentido, destacan las páginas en las que los protagonistas se van a enfrentar al «muro de los desaparecidos», unas vallas, cerca de la carretera, en las que las personas van pegando las fotos de sus familiares ausentes, y a cuya densidad enfermiza ellos contribuirán añadiendo las fotos de Orsina. Un muro que representa más un altar, o un monumento, que una esperanza real de que alguien indique el paradero de los desaparecidos.

 

Además de la ciudad de Culiacán, serán, de forma más concreta, dos los escenarios de la novela: el teatro de la ciudad, que en el pasado fue una cárcel, y la imprenta de los hermanos Teoría Ponce y Roldenas, que se acabará convirtiendo en un lugar de culto a los desaparecidos, gracias a un truco legal para que el negocio no sea embargado.

 

En El libro de nuestras ausencias nos encontramos con un narrador múltiple, un «nosotros», que termina siendo omnisciente, porque los personajes se acaban contando todas sus aventuras en un bar, y así sus experiencias acaban siendo colectivas. Desde el «nosotros» genérico se individualiza hasta un «yo» movible, donde un personaje concreto toma la palabra para contar algo a los demás. Ya comenté en Anatomía de la memoria que detectaba alguna influencia de Gabriel García Márquez, y este recurso de la voz múltiple me ha hecho recordar mi lectura de El otoño del patriarca (1975), donde también existía esta construcción.

También comenté cuando hablé de Anatomía de la memoria que me parecía percibir en Ruiz Sosa una influencia ‒tan común, por otra parte, en los autores latinoamericanos de su generación‒ de Roberto Bolaño. Aunque el estilo de Eduardo Ruiz Sosa es ya marcadamente suyo, y relacionado principalmente con sus libros anteriores, sin acudir a fuentes externas, sí que la propuesta de El libro de nuestras ausencias me ha hecho pensar en La parte de los crímenes de 2666, y su insistencia en dejar constancia de las mujeres desaparecidas y muertas en México. La idea de los muertos, de forma violenta, en México recorre la espina dorsal de la nueva novela de Ruiz Sosa de un modo febril, alucinatorio. De hecho, hay un momento en el que también me parece que se evoca al Juan Rulfo de Pedro Páramo y el lector tiene la sensación de que a través del «nosotros» del narrador múltiple están hablando voces de personas ya muertas sobre otras personas muertas y además desaparecidas.

En la página 408 me parece detectar un homenaje explícito a Bolaño, ya que se cita la ciudad de Gómez Palacio, que da título al segundo relato del libro de Bolaño Putas asesinas. Y poco después, en la página siguiente, se habla de la localidad de Papasquiaro, que es el segundo apellido del nombre artístico del gran amigo de Bolaño, Mario Santiago Papasquiaro, trasunto de Ulises Lima en Los detectives salvajes.

 

En Anatomía de la memoria Ruiz Sosa escribía su texto con algunas curiosidades tipográficas, como usar un sangrado no usual en muchos de sus párrafos. En los cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto rompía la lógica de la prosa y separaba sus palabras como si se tratara de versos. De esta última forma escribe El libro de nuestras ausencias, con saltos textuales propios de la poesía. Además no hay ningún punto en el libro, aunque sí se pueden encontrar comas y puntos y comas. Cuando normalmente regiría un punto, Ruiz Sosa decide empezar en un nuevo renglón. Además no hay mayúsculas, al no haber puntos, salvo las que corresponden a los nombres propios. Todas estas licencias le transmiten al lector la sensación de encontrarse ante un libro que tiene que ver, en muchos aspectos, más con la poesía que con la prosa.

 

Si he de sacarle algún fallo a El libro de nuestras ausencias sería éste: en más de un momento parece estar escrito entre brumas, y esto hace que el lector sienta a los personajes como distantes, resultando difícil ‒tras el velo del narrador múltiple‒ identificar sus aventuras personales e interesarse por ellas, lo que va en perjuicio de la tensión narrativa propia de una novela. De hecho, en más de un caso existen repeticiones en el texto, sobre todo cuando se habla de la ausencia de Orsina, que tienen que ver con las repeticiones musicales al estilo de Thomas Bernhard, y con los ritmos propios de la poesía. Sin embargo, El libro de nuestras ausencias también contiene páginas de gran belleza formal, sobre todo aquellas que hablan de los desaparecidos y de la búsqueda que ejercen sobre ellos sus familiares, que en la mayoría de los casos suelen ser las madres. Se habla poco de las causas de estas desapariciones, y de este modo se nombra al narco casi como de pasada y al final. La sensación es que las desapariciones en México son una realidad cotidiana y cuyas causas están por encima de lo real. Todas las familias mexicanas deben aprender a lidiar con sus ausencias. Son estremecedoras las páginas que hablan de oficios como el de elaborar muñecos que sustituyan al desaparecido o el muerto para poder realizar un enterramiento que calme a las familias, las búsquedas en las morgues, la imposibilidad de encontrar restos reconocibles de los familiares años después de su desaparición, pero aun así la búsqueda incesante, como un medio de vida, como la vida misma.

Pese a la carencia señalada, sobre la distancia que siente el lector hacia los personajes y sus historias personales, El libro de nuestras ausencias me ha parecido una novela valiosa sobre la realidad latinoamericana actual, repleta de páginas estremecedoras, y escrita con una gran belleza formal.

domingo, 23 de junio de 2019

Cuántos de los tuyos han muerto, por Eduardo Ruiz Sosa


Cuántos de los tuyos han muerto, de Eduardo Ruiz Sosa.
Editorial Candaya. 171 páginas. 1ª edición de 2019.

En el verano de 2016 leí la primera novela de Eduardo Ruiz Sosa (Culiacán, México, 1983), titulada Anatomía de la memoria. Este libro es posiblemente mi favorito de los que he leído de la editorial Candaya. En marzo de este año fui a la presentación madrileña de la novela Factbook de Diego Sánchez Aguilar, y como sabía que Eduardo iba a venir desde Barcelona, acompañando a Olga y Paco –los editores de Candaya–, me fui a la presentación con el libro de Factbook y con Anatomía de la memoria, para que los dos autores me los firmaran. Ese mismo día, Eduardo nos enseñó en su móvil la portada de su nuevo libro de cuentos que en breve sería enviado a imprenta. Cuando esto ocurrió se lo solicité a sus editores. Me apetecía mucho leerlo.

Cuántos de los tuyos han muerto está formado por doce cuentos, o más bien por once cuentos y una coda que podríamos considerar un juego final de intertextualidad. Pues lo que realmente hace la media página que representa este último relato es conversar con el final abierto del segundo cuento. Una forma muy bella de cerrar el volumen.

El primer cuento se titula Desaparición de los jardines y en sus páginas, un narrador –que a veces se convierte en un «nosotros» que le incluye tanto a él como a su hermano– habla con nostalgia de la pérdida de su abuela, una mujer mayor que se está despidiendo del mundo, olvidando a todos sus seres queridos. «No sé en qué momento dejó de reconocerme». Con esta frase empieza el relato en la página 11. Hacia el final del cuento, las plantas del jardín de la abuela y de los jardines de los vecinos empiezan a enfermar y morir. Esta idea de jardín muerto, del jardín desolado, me hizo pensar de forma inmediata en el cuento de Juan Carlos Onetti Tan triste como ella, en el que un jardín pasa a ser un suelo embaldosado, que representa el agotamiento de la relación entre los protagonistas. No sólo la temática del cuento de Ruiz Sosa me ha hecho pensar en Onetti, también el aire envolvente, poético y triste de su prosa.

Además, en este primer cuento ya podemos observar una característica de estilo que va a repetirse en todo el volumen: Ruiz Sosa prescinde en más de una ocasión de algunas reglas sintácticas y no coloca, cuando correspondería de forma clara, comas o puntos. De hecho, en ocasiones algunos renglones, ocupados por unas pocas palabras, siguen los caprichos compositivos de un poema de verso libre.

El segundo cuento, La garra de la estatua, sobre la pérdida de la madre, parece un cuento escrito con la misma voz narrativa (o voces narrativas) que el primero. De hecho, apuntaría que existe alguna conexión directa entre ellos. En el primer cuento se lee: «Mi madre murió en agosto» (pág. 14), una frase que ya anuncia el tema del segundo. En este relato, el hijo busca una explicación a las creencias mágicas de la madre, que ha muerto recientemente, adentrándose en un mundo de ligero exotismo. Este recurso me ha hecho pensar en los cuentos de Mariana Enriquez, que conseguía llegar al terror hablando de las creencias fantásticas de las personas. Sin embargo, Ruiz Sosa se decanta más por la melancolía poética que por el terror. Aunque quizás me he precipitado al afirmar esto, porque El dolor los vuelve ciegos, el tercer cuento, es un relato fuertemente terrorífico. En él, un joven ha de visitar periódicamente la morgue para tratar de identificar el cadáver de su hermano desaparecido:
«La familia metida como un punzón en la herida nacional
                                 el mundo de los desaparecidos
                                                los muertos
                                                       las búsquedas sin término.» (pág. 40)

Diría que los tres primeros cuentos del libro, los ya comentados, son los mejores del volumen, los que más me han gustado. Y este tercero, El dolor los vuelve ciegos, mi favorito de todo el libro, un cuento que se merecería estar en cualquier antología de cuento latinoamericano contemporáneo.

Cuando comenté Anatomía de la memoria escribí que algunas de las escenas más delirantes de la novela me habían hecho pensar en el estilo rico y melancólico de Gabriel García Márquez. Más tarde le pregunté a Eduardo en una entrevista que le hice (PINCHAR AQUÍ para acceder a la entrevista) qué filiación literaria sentía hacia García Márquez, y me contestó que había sido uno de los autores que más habían influido en su formación. Pues bien, en más de un relato de Cuántos de los tuyos han muerto he sentido la mano benefactora de García Márquez como influencia. Sobre todo en ese recurso, que ya he comentado, de que la voz narrativa sea una primera persona del plural que, de vez en cuando, se convierte en una primera persona. Este recurso me sorprendió mucho en la gran novela de García Márquez El otoño del patriarca.

He destacado los tres primeros relatos, pero el cuarto, La mirada médica, en el que el narrador nos habla de la vida de unos vecinos, y sobre todo de los hijos de su edad, ligeramente discapacitados intelectuales, es también un gran cuento. Un cuento tan feroz, bello y cruel como ha de ser un buen cuento. La presencia de la muerte en estos relatos sigue siendo abrumadora.
El quinto relato, El sanatorio de la intemperie, empieza así: «Recordamos muchas muertes» (pág. 73). De nuevo, aquí se juega con el recurso de la voz narrativa en plural que se descompone en otras individuales, pero (aun siendo un buen cuento) el impacto sobre el lector es algo inferior al conseguido antes.

Una voz sin cuerpo, sobre una familia en la que el padre es ciego y los hijos crecen pensando que heredarán la ceguera del padre, me ha resultado algo artificioso. En una nota final, Ruiz Sosa apunta: «Este libro, inesperado en su factura final, se fue construyendo a lo largo de muchos años» (pág. 169). Intuyo que la escritura de esta narración es anterior a la de los cuentos previos y me ha resultado algo más inmadura.

No he conseguido entrar en el texto que propone No tiene nariz ni ojos pero sí una boca. Un relato de corte onírico o surrealista con el que no he conectado, aunque después de acabarlo he tratado de volver a leerlo.

Tras el bache de No tiene nariz ni ojos pero sí una boca el libro remonta y alcanza altas cosas de excelencia en Naturaleza de los fieles, donde se habla de una joven que ha de soportar diversos abusos de carácter sexual (o religioso) y que va pasando de una casa a otra en busca de su lugar en el mundo. Su dura propuesta, sobre el dolor de las jóvenes latinoamericanas, me ha hecho pensar en la potente propuesta de María Fernanda Ampuero en Pelea de gallos.

Que el mundo arranque tus ojos, sobre un actor al que le gusta fingir su muerte en público, lo sitúo a la altura de El sanatorio de la intemperie, un cuento correcto, pero algo inferior en su factura a las grandes composiciones del libro.

Me gusta Muerte de David Brodie por su juego literario con un relato de Borges y su cuestionamiento de la figura del padre. De nuevo encontramos aquí la obsesión por la muerte y la morgue, como si Eduardo Ruiz Sosa fuese un Poe latino.

Si descontamos la coda final (el juego intertextual con el cuento La garra de la estatua), el último cuento es La desesperación de los siervos que, sin ser para mí de los mejores, sí que ha captado mi interés.  Aquí Ruiz Sosa abre nuevos caminos narrativos (tal vez a lo Roberto Bolaño), trasladando el escenario de la narración a Barcelona, a la descripción de cortos y películas, y al envío de cartas con destinatarios equívocos.

Como suelo hacer cuando comento un libro de relatos, me he acercado a cada uno de los cuentos. Como suele ocurrir también cuando leo un libro de relatos, algunas piezas me han resultado más conseguidas que otras, aunque el nivel general es alto. Los mejores cuentos de Cuántos de los tuyos han muerto son realmente buenos.
Tras haberme acercado a Anatomía de la memoria y a Cuántos de los tuyos han muerto puedo confirmar que Eduardo Ruiz Sosa es actualmente uno de los autores latinoamericanos jóvenes más destacados.

domingo, 12 de mayo de 2019

Agenbite of inwit, por Alejandro Espinosa Fuentes


Agenbite of inwit, de Alejandro Espinosa Fuentes

Editorial Contrabando. 199 páginas. Primera edición de 2019.

El 29 de abril, Aitor Romero Ortega (autor del gran libro de cuentos Fantasmas de la ciudad) y yo presentamos en Madrid la segunda novela del joven escritor mexicano Alejandro Espinosa Fuentes, que se titula Agenbite of inwit y que se ha publicado en la editorial Contrabando.
La presentación tuvo lugar en el Instituto de México en España, perteneciente a la Embajada de México, un edificio que está enfrente del Congreso de los Diputados, y en el que me hizo ilusión entrar.

Dejo aquí el texto que preparé para la presentación:


Alejandro Espinosa Fuentes ha sido alumno en la universidad de México de mi amigo Federico Guzmán Rubio, que pasó una larga estancia en Madrid. Así que cuando Alejandro me propuso presentar su segunda novela, la titulada Agenbite of inwit, no podía decirle que no. Además la presentación sería junto con Aitor Romero Ortega, un escritor al que admiro por su gran libro de relatos Fantasmas de la ciudad.

Agenbite of inwit es un libro, ya desde el título (que procede de una frase en inglés antiguo usada en el Ulises de James Joyce) profundamente literario, un libro del que podríamos decir que su tema central es la propia literatura o el propio acto de escribir.

El libro comienza con una nota preliminar en la que el propio autor juega al recurso clásico del «manuscrito encontrado», puesto que la novela que definitivamente el lector va a leer será el manuscrito que le enviará al autor un estudiante mexicano al que conoció en Madrid. Este estudiante, Esteban Gullit, dejará de ir a la universidad para dedicarse a viajar, según la versión que el mismo ha transmitido sobre su vida, aunque en realidad –durante el tiempo que abandonó la universidad– ha estado encerrado en el entresuelo del piso en el que vive, en el madrileño barrio de Lavapies, escribiendo notas bastantes desquiciadas sobre la culpa y la literatura.



Ya desde esta nota preliminar el lector recibirá las palabras de un primer enfermo de literatura, el propio autor, que será el umbral que le llevará a niveles cada vez más profundos de la enfermedad literaria.

Un Alejandro Espinosa, cuyo lenguaje mexicano se ha dejado permear por españolismos continuos («finde», «seguir el rollo», «tomar una caña»), se dedica a perseguir los pasos de Esteban Gullit, que ya se habrá suicidado cuando el primero haya recibido su manuscrito. Por su parte, Esteban se ha dedicado a perseguir a otro autor muerto: José Carlos Becerra, un autor mexicano que perdió la vida en un accidente automovilístico en el talón de la bota de Italia. Son también otros muertos los que carga Esteban consigo, puesto que se siente culpable por la muerte de su hermano mayor en México. De hecho, el título del libro –Agenbite of inwit– que, como ya apunté, proviene de una frase del Ulises de Joyce enunciaba en inglés antiguo significa «Remordimiento de conciencia».

Esteban Gullit, de 26 años, se vino a Madrid con una beca literaria y lo que realmente desea es publicar su segundo libro, un proyecto que consiste en seguir los pasos del último viaje de su admirado José Carlos Becerra. Para financiarlo trata de vender su proyecto de escritura a unos editores interesados por el legado de Becerra. Además Esteban ha conocido a una chica en Barcelona con la que desea convivir. Esteban parece no sentir demasiada simpatía por los que desea que sean sus editores, a los que no entiende tan enfermos de literatura como él y esto hará que la trama avance hacia su final contundente.
Además, Esteban recordará en la novela algunos momentos clave de su vida en México, vividos en su infancia escolar o con su hermano.
Digamos que los que acabo de enunciar serían los temas generales de la novela, los que hacen que exista un asidero real en lo contado y que, en mayor o menor medida, de forma más lenta que rápida, hacen que el personaje cambie y se alcance un final.
El narrador Esteban irá cambiado de interlocutor en sus breves notas maniacas: él mismo, su madre, su hermano, la chica que conoció en Barcelona…



Pero en realidad existe un tema más hondo en el material narrativo, un sustrato que es el que verdaderamente vertebra el texto y el del propio acto de escribir, la literatura que se retuerce para hablar de sí misma.

Las referencias y citas explícitas de obras literarias y autores son constantes: Franz Kafka, Samuel Beckett, Juan Villoro, Robert Louis Stevenson.
Pero también el texto está trufado de referencias veladas y guiños a los lectores más literarios.

Por ejemplo, en la página 49 leemos: «Antes de mi metamorfosis, llegué a Madrid a no escribir lo que no escribiría si no escribiera.», donde se parafrasea la famosa frase de Margerite Duras: «Escribir es tratar de saber lo que uno escribiría si escribiese.»

En la página 52 leemos: «En el presente siglo, a tal grado se ha convertido en burócrata el creador que el único espacio que encuentra este albatros de alas amputadas para desbordar su genio es el terreno de lo salvaje.» En el albatros de alas amputadas podemos encontrarnos con el famoso poema de Charles Baudelaire sobre el artista.

En la página 125 leemos: «El agenbite, género que comienza y acaba en sí mismo, propone inventar el yo a través de la escritura, redefiniéndola a expensas de un oyente imaginario. Es primo hermano de las vidas minúsculas, las novelas luminosas y el libro vacío. Apuesta por el confesionario portátil. Miente en busca de verdades épicas.»
Vidas minúsculas es el título de una de las novelas del francés Pierre Michon, donde se propone una autobiografía a través de la semblanza de vidas ajenas.
La novela luminosa y El discurso vacío son los títulos de dos novelas del uruguayo Mario Levrero, donde se juega a que la propia inercia del acto de escribir cree una obra literaria.
Incluso en la expresión “confesionario portátil” creo ver la huella de la novela Historia abreviada de la literatura portátil del barcelonés Enrique Vila-Matas, un espíritu constante en esta obra tan metaliteraria.

La culpa es otro de los grandes temas del libro: el narrador siente remordimientos porque se siente culpable por la muerte de su hermano.
Página 54: «El vacío no tarda en extraviarnos otra vez en el itinerario emocional que creemos que deberíamos estar cumpliendo y reaparece la culpa.»
Su propio yo, identificado con su culpa, acabará siendo uno de los interlocutores principales de las notas de Esteban.

Idea onírica: Se habla de vez en cuando de «el hombre siniestro» alguien que parece conocer a Esteban y le confronta con sus medios tras agarrarle del brazo en plena calle.
Pregunta ¿quién es o qué represente este hombre siniestro?

Literatura dentro de literatura: «Llevo tres días soñando que soy el Kafka de Becerra.», página 118.

Literatura que se deshace:
Página 124 «A veces pienso que la literatura me volvió loco y lamento el día en que creí que era una buena idea frecuentarla. Me pregunto: ¿Por qué si tengo todo lo que quiero y soy feliz estoy teorizando sobre un género literario inexistente?»
Página 135: «Estoy escribiendo una novela sin novela.»


Ironía sobre Europa:
Página 150: «Era apenas mi segunda semana en Europa y no era alérgico al gluten ni me gustaban los perros, no tenía beca ni tatuajes, ni ropa no era de segunda mano, no disfrutaba los vídeos de mapaches ni leía novedades, fumaba más e los permitido y no me intrigaba mucho el sexo con extraños. De manera que tenía todas las de perder.»





ENTREVISTA

1) «Como otros, podría alegar que sólo mediante la literatura entiendo el mundo, pero no es cierto. Amo con sinceridad la vida ajena a los libros.», escribes en la página 23. ¿Hasta qué punto sientes que esta sentencia es válida para ti? ¿Entiendes el mundo desde la literatura o te gustaría verla más desde fuera del mundo de los libros?

2) En la página 24 dice: «La vida literaria es un club de autoayuda.» ¿Hasta qué punto estás de acuerdo con tu personaje, Esteban Gullit?

3) Página 39: «¿No ha sido la premisa de mi vida la inexistencia del llamado tema?», ¿Es esta la premisa de tu vida o de tu literatura?

4) Al hilo de las referencias literarias ocultas: ¿No temes, Alejandro, que tu novela sea una propuesta para un público demasiado específico, un público al que podríamos denominar «muy literario» y que el resto de lectores se va a perder en este mar de referencias?

5) Cuando Esteban habla de Europa dice (pág. 29): «De pronto hay un atentando, o un crimen de odio, últimamente está de moda atropellar a la gente con camiones. En México eso se considera Kitsch.» Estas frases me han hecho pensar en que ahora que está de moda, como tema literario, hablar de la violencia en México, tú decides escribir una novela ambientada en Europa y que más que hablar de la realidad habla de la propia literatura, ¿no te llama la atención la violencia mexicana como tema literario?

6) En la página 52 leemos: «No es que por un lado exista una historia y por otro la forma de contarla, sino que la forma de contar es en sí la historia.» ¿Estás de acuerdo con esta aseveración?

7) A veces, cuando Esteban sale de casa se encuentra con «el hombre siniestro», un personaje que le agarra, por ejemplo, del brazo en la calle y parece saber demasiado sobre él. ¿Quién es o qué representa este «hombre siniestro»?

8) Uno de los temas secundarios de la novela es el extrañamiento de Europa para un mexicano, leer cita de página 3, háblanos de esto.

9) Al hablar de tu libro, tú mismo te has encuadrado en un supuesto grupo de «escritores raros». ¿A qué otros escritores raros te sientes unido?

domingo, 28 de abril de 2019

Domar a la divina Garza, por Sergio Pitol


Domar a la divina garza, de Sergio Pitol

Editorial Anagrama. 221 páginas. Primera edición de 1988, esta de 2006.

En el verano de 2017 estuve de vacaciones en México y me traje bastantes libros. Con mi desbarajuste lector habitual, me estaba costando acercarme a ellos, pero leí Amores de segunda mano de Enrique Serna y me apeteció seguir con los libros de México. Domar a la divina garza de Sergio Pitol (1933, Puebla, México-2018, Xalapa, México) lo compré en la bonita librería Profética de Puebla. Ya había comprado bastantes libros en Ciudad de México, pero entré en la Profética y supe que me tenía que comprar allí un libro. El de Domar a la divina garza me pareció lo bastante atractivo como para llevármelo. Además era bastante barato. Me he dado cuenta a posteriori de que compré un libro de Pitol en su ciudad de nacimiento, aunque creo que luego ha vivido casi siempre en el estado de Veracruz.

Lo curioso es que compré esta novela en Puebla, editada por Era, y al final la he leído en un volumen de la editorial Anagrama de la biblioteca de Pueblo Nuevo en Madrid, que me queda ahora muy cerca de mi nueva casa. ¿Por qué saco de la biblioteca libros que ya tengo?, se preguntarán ustedes. Me percaté de que Domar a la divina garza se publicó originalmente en 1988 en la editorial Anagrama y en 1989 se publicó por primera vez en Era. Esta editorial mexicana usa la misma caja para el paginado que Anagrama, pero sus libros son más pequeños, así que pensé que iba a leer con más comodidad la novela en la edición de Anagrama. Y aquí estoy, leyendo de la biblioteca un libro que tengo en casa, comprado en otro continente. Los adictos a las librerías y a las bibliotecas somos así.

Hasta ahora sólo había leído un libro de Sergio Pitol, el titulado Vals de Mefisto, formado por cuatro relatos largos. Lo leí hace bastante tiempo y ahora mismo no podría resumir el argumento de sus cuentos, pero sí recuerdo que me gustaron bastante, que pensé entonces ­­–hará más de diez años– que Pitol escribía muy bien y que tenía que volver a su obra.

Domar a la divina garza es una novela de humor, construida de un modo bastante sofisticado. Se divide en siete capítulos y antes de empezar cada uno de ellos, al modo clásico, se resume su contenido al lector.
Del capítulo dos al siete, el lector se encontrará con una novela que perfectamente podría haber empezado en ese capítulo dos (página 20). Sin embargo, en el primer capítulo Pitol nos presenta a un escritor a punto de cumplir sesenta y cinco años, que no está seguro de si tiene fuerzas para crear una nueva y ambiciosa novela.
En este primer capítulo, Pitol nos describe las claves compositivas según las cuales su personaje va a escribir su novela. En primer lugar está pensando en las teorías de Bajtín sobre la novela como expresión de la cultura carnavalesca y la fiesta popular. Luego hablará de un personaje fatuo obsesionado con un solo autor literario; está pensando en un compañero de estudios obsesionado con Dante, mientras que su personaje está obsesionado con Gogol.

Como decía, en el capítulo dos empezará la novela que el escritor estaba pensando en el capítulo anterior. En ella nos encontraremos con Dante C. de la Estrella, que visita a la familia de Salvador Millares en Tepoztlán. Una visita que no parece del agrado de la familia. Debido a una casualidad –los hijos de Millares están haciendo un puzle de la Mezquita Azul de Estambul–, se activan los recuerdos de Dante de los escasos dos días que pasó en Estambul durante su juventud. Sin ser invitado a ello y sin que sus anfitriones parezcan tener mucho interés en su historia, Dante comenzará a relatarles sus desventuras en Estambul.

Dante se encontraba becado en Roma para acabar un doctorado en Derecho, cuando un antiguo amigo mexicano le comenta que va a pasar por Roma camino de Estambul, acompañado por su hermana, y le invita a unirse a ellos. Rodrigo Vives, el amigo, viaja a Turquía para entrevistarse con Marietta Karapetiz, viuda de un antropólogo que (junto a Marietta) viajó por México en su juventud, en los lejanos años de la revolución, estudiando las costumbres de los nativos. Rodrigo quiere acercarse a los papeles del profesor Karapetiz, pero al llegar a Estambul caerá enfermo y tendrán que ser Ramona (su hermana) y Dante los que acudan al encuentro de Marietta, que les acabará presentando a su particular hermano Sacha.
Marietta, aunque no acaba de concentrar la información, es originaria de un país latinoamericano y añora el México de su juventud, en el que afirma que la llamaban «la Divina Garza». Dante sentirá ante la anciana Marietta una extraña fascinación que oscilará entre la admiración y el absoluto rechazo.
Cuando narra su historia a la familia Millares, su desprecio y rencor hacia Marietta es manifiesto, pero no así sus primeras impresiones. Llegar a explicar por qué siente ese rencor, por qué aquella experiencia en Estambul acabó siendo un trauma para él, es el principal nudo narrativo de su historia. De hecho, siempre está adelantando en su narración oral la circunstancia de que existe un hecho determinante y definitivo que polarizó de modo terminal su relación con la Divina Garza, pero la familia Millares y el lector tendrán que esperar hasta el final para conocer este hecho traumático.

Sergio Pitol juega en esta novela a la narración dentro de la narración. Como ya he expuesto, las capas narrativas del relato son múltiples: un narrador (capa 1) nos presenta a un escritor (capa 2) dispuesto a iniciar una nueva novela, en un momento de su vida en que se encuentra ya con pocas fuerzas. El escritor nos habla del salón de la casa de los Millares donde se encuentra Dante (capa 3). Dante comienza a narrar su viaje a Estambul (capa 4) y a veces cederá la palabra a otros personajes, sobre todo a Marietta (capa 5) que hablará de sus aventuras en México.

La capa que ocupa más espacio en la novela será la 3, la narración de Dante. Por tanto, en gran medida estamos ante una narración oral que se verá interrumpida por las preguntas de la familia Millares al narrador o por anotaciones sobre la pérdida (o ganancia) de interés de los interlocutores de la historia, o al lector se le explicará que Dante se está sirviendo copas de whisky para darse valor y poder acabar su historia.

El tono de la novela es, en general, cómico, porque Dante es un narrador engolado y un tanto ridículo. En más de una ocasión el sentido del humor me ha recordado al de Alfredo Bryce Echenique, y en otras al humor erudito sobre escritores (en este caso en torno a Gogol) de Enrique Vila-Matas. También, en un tono pantagruélico (y aquí Pitol entronca su discurso con las ideas festivas acerca de la narración de Bajtín), el humor será escatológico.

Me ha resultado curiosa la insistencia compositiva en los dúos de hermanos, en la combinación hermano-hermana. He llegado a contar cinco parejas de hermanos.

Domar a la Divina Garza me ha parecido una novela inteligente de Sergio Pitol, premio Cervantes 2005. He buscado listas en internet con los títulos más destacados de Pitol y éste suele estar entre ellos. Pitol ha muerto hace no mucho, en 2018, y creo que debería seguir indagando en su obra.

domingo, 21 de abril de 2019

Amores de segunda mano, por Enrique Serna


Amores de segunda mano, de Enrique Serna.

Editorial Seix Barral. 221 páginas. Primera edición de 1991, esta de 2016.

En el verano de 2017 estuve de vacaciones en México. Una de las actividades que más me gustó fue visitar sus librerías. Me acabé trayendo a Madrid quince libros, de los que leí cuatro poco después de volver del viaje. Y ya. No había vuelto a acercarme a ellos, aunque ocupan una «sección mexicana» especial en mis estanterías de libros por leer. Ya he comentado muchas veces que la acumulación de libros es un tema que se me va siempre de las manos, que no consigo controlar. En las vacaciones de verano de 2018, después de acabar La Regenta de Clarín, decidí acercarme a la sección mexicana de mis libros sin leer y tomé de ella el libro de relatos Amores de segunda mano de Enrique Serna (Ciudad de México, 1959). Este libro me lo regaló mi amigo mexicano Federico Guzmán. Cuando entrábamos en las librerías, mi amigo siempre preguntaba por él, pensando que era uno de los libros que debería llevarme a Madrid. Ahora que lo he acabado se lo agradezco mucho, porque es un libro muy bueno.

Amores de segunda mano está formado por once relatos. El primero se titula El alimento del artista. Es una narración oral: una mujer madura le está hablando a un desconocido sobre su pasado como bailarina de espectáculos sexuales. El estilo es rico en mexicanismos y en ocurrencias verbales. El tono es realmente divertido. Una pareja no puede excitarse a no ser que tenga un público que les aplauda. El nudo dramático no deja de ser peculiar. Después de este primer cuento, Serna ya me ha ganado para su causa del relato humorístico y tierno.

El desvalido Roger es el segundo cuento. Está escrito en tercera persona y la voz narrativa nos habla de Eleanore Wharton, una solitaria mujer madura norteamericana que encontrará una razón de ser para su existencia cuando en la televisión vea unas escenas del terremoto de México (he supuesto que se refería al terremoto de 1986). En ellas ve a un niño llorando desconsoladamente. En sus vacaciones, Eleanore viajará a México para buscar a ese niño, al que ha decidido llamar Roger, con la idea de adoptarlo y darle una vida mejor. Los choques culturales (empezando por no saber situar a México en el mapa) que va a sufrir la ingenua norteamericana son muy divertidos. Al llegar a Ciudad de México, Eleanore toma un taxi y al mirar por la ventanilla piensa: «La ciudad era mucho más imponente de lo que suponía. Más imponente y más fea. Vio tantos perros callejeros que se preguntó si no serían sagrados, como las vacas en la India» (pág. 23). Creo que en este relato queda bien reflejado, de un modo irónico, la mirada de superioridad (e ignorancia) de muchos norteamericanos sobre el mundo latinoamericano. El remate final del cuento es de un humor muy negro, muy helador.

La extremaunción me ha gustado menos que los dos cuentos anteriores. Aquí conocemos a un sacerdote en el día en que va a vengarse de una mujer que le acosó en su juventud y le impidió mantener una relación con su hija. El final es tan grotesco que me ha parecido menos conseguido que los otros, de puro exagerado.

Hombre con minotauro en el pecho es una joya de cuento. Está narrado por un niño al que Picasso tatuó (para escarmiento de su padre) un minotauro en el pecho, y que se acaba convirtiendo en un valioso soporte para una obra de arte, anulándose como persona. El juego irónico con el valor del arte y su mercantilización está mostrado aquí de un modo muy ingenioso, y el lector acabará sintiendo angustia –a la vez que simpatía– por las andanzas de este pobre hombre, portador de una valiosa obra de arte.

La última visita queda un tanto desdibujado tras Hombre con minotauro en el pecho. Refleja la conversación surrealista entre una madre y sus dos hijos sobre la decadencia de las visitas en la casa, visitas que eran entendidas como una necesidad vital. Al hablar de chismorreos y reflejar sólo los diálogos, sin ninguna anotación más, me ha hecho pensar en la posible influencia de la obra de Manuel Puig. La idea de la familia que necesita espectadores para que sus historias cobren más cuerpo me ha recordado al drama del primer cuento, El alimento del artista, sobre esa pareja que necesitaba un público para poder hacer el amor.

Eufemia, al igual que La extremaunción, trata sobre el tema de la venganza amorosa, pero creo que en esta ocasión el resultado es mejor. Eufemia es un personaje tan trágico que hace pensar en la protagonista de una ranchera mexicana. Eufemia empieza siendo una criada y acabará siendo una de esas personas que escriben cartas en las plazas a personas que no saben escribir (esta profesión sigue existiendo en México, yo vi a los escribas en una plaza en 2017). Este cuento trata con ironía el tema del clasismo social y de las criadas engañadas.

Borges y el ultraísmo, uno de los cuentos más largos del conjunto, me ha parecido también de los más destacados. Trata de las rencillas en un departamento de literatura latinoamericana de una universidad de Estados Unidos. Serna parodia aquí las «novelas de campus» norteamericanas, pero centrándose en temas latinos y burlándose de algunos tópicos. El cambio de perspectiva final me ha parecido realmente muy ingenioso. Un gran cuento.

Amor propio, sobre un travesti que puede encontrarse con la musa a la que imita en sus espectáculos, me ha parecido de un planteamiento más enrevesado que otros y lo he disfrutado menos.

El coleccionista de culpas, sobre un joven que le roba la novia a otro y la acumulación de culpas en su vida es un buen relato, no de los mejores pero lo suficientemente bueno. Como en otros relatos, se acaba hablando de la corrupción, en este caso de la adjudicación de obras públicas a empresas.

La noche ajena, sobre un chico que nace ciego y cuya familia se empeña en hacerle creer que no le falta ningún sentido, me ha parecido una ocurrencia ingeniosa, pero demasiado fuera de lo real para ser plenamente disfrutable. En este cuento, Serna se acerca a algunos de los planteamientos de Julio Cortázar, pero creo que funciona mejor cuando sus propuestas están más cercanas a la realidad, porque parece conocer bien el alma humana, sobre todo la mexicana, y cuando trata de hacer estos juegos más abstractos, su talento brilla menos que en otras ocasiones.

La gloria de la repetición, en la que la voz narrativa es la de un joven de clase media-alta que trata de perder su virginidad antes de cumplir veinte años, es un gran remate para el libro. Como apuntaba antes, el talento de Serna luce más aquí que en un cuento más artificioso, como ocurría con el anterior. De nuevo se nos habla de las mordidas y la corrupción y del choque de los ideales políticos de un joven con la hipocresía, el clasismo y el racismo que le rodea. También se trata el tema de la homosexualidad, otro problema para la sociedad hipócrita que está describiendo.

Como siempre me ha ocurrido con las recomendaciones de Federico Guzmán, Amores de segunda mano me ha parecido un gran libro; un libro escrito con mucho encanto y mucho ingenio verbal (en esto me ha recordado al también mexicano Jorge Ibargüengoitia). He mirado en Iberlibro para comprobar si los libros de Enrique Serna se han vendido en España y creo que sí, aunque en diferentes editoriales. Ahora mismo, me parece que su obra se ofrece íntegra en Seix Barral México. Hasta que Federico no me habló de este libro, no conocía de nada a este autor. Una vez más, me da pena lo mal que parece fluir en muchas ocasiones la producción literaria en español entre un lado y otro del Atlántico. No sé si Amores de segunda mano será fácil de encontrar en España, pero desde luego es un libro que merece la pena buscar.