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domingo, 29 de junio de 2025

Bajos fondos, de Can Xue

 


Bajos fondos, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 122 páginas. 1ª edición de 2016; esta es de 2025

Traducción de Tyra Díez

 

En 2024, las casas de apuestas señalaban el nombre de Can Xue (Hunan, China, 1953) como la más probable ganadora del premio Nobel de Literatura de ese año. Sentí curiosidad y le solicité a la editorial Aristas Martínez las dos antologías de relatos que ha publicado de ella: Hojas rojas (2022) y Al otro lado (2024). Al final, el premio Nobel lo ganó la surcoreana Han Kang, y así tuve la oportunidad de leer a ambas autoras asiáticas.

 

Los cuentos de Can Xue eran surrealistas, inquietantes y muchos de ellos parecían emular la falta de coherencia y angustia propia de los sueños, o más bien de las pesadillas. En ellos, las personas se perdían en lugares a los que no sabían cómo habían llegado, y aparecía o desaparecía gente de su lado casi sin continuidad. Más de uno de esos cuentos estaban protagonizados por animales o plantas: un sauce, unos animalillos indefinidos que habitaban bajo la tierra del desierto, una urraca y una chicharra. Cuando vi que Aristas Martínez publicaba un nuevo libro de Can Xue –en este caso una novela corta–, que estaba protagonizada por una rata, sentí curiosidad, porque esos cuentos protagonizados por plantas o animales que cito fueron de los que más me gustaron de esas antologías. Así que cuando me llegó la publicidad del libro al mail, se lo solicité al encargado de prensa de la editorial para poder reseñarlo y, muy amablemente, me lo envió, y aquí estamos.

 

Aunque la contraportada habla de que el libro está protagonizado por «Wei Qi, una carismática rata», el lector no acabará de tener la certeza de que la narradora de esta historia sea realmente una rata, un animal de otra especie o una clase indefinida de ser fantástico, que las personas suelen confundir con una rata. Cuando los humanos se dirigen a ella, normalmente la denominan «rata», un nombre con el que ella no parece sentirse muy de acuerdo. En la página 20 leemos: «El enano entonces me llamó “rata”. No me hacía ninguna gracia ese nombre. Qué iba a ser yo una rata, si era mucho más grande.»

Tampoco ella se identifica con el nombre de «Wei Qi», que es como la acabarán llamando dos hermanos con los que se encuentra.

 

Sabremos que la narradora siente que su hogar es un barrio de chabolas, asentado en los suburbios de una gran ciudad. En el segundo capítulo visitará algunos edificios de oficinas, pero no le gustarán y decidirá volver al suburbio, a los «bajos fondos» que se evocan en el título. Normalmente entraba en las chabolas y se resguardaba del frío junto a la hornilla de la cocina. Allí era tolerada y lo habitual era que los habitantes de la casa la alimentaran con las sobras de su comida, como si se tratase de una mascota o una presencia benéfica. «Los arrabales son mi hogar, nací aquí, crecí aquí, por las noches me cuelo en cualquier chabola con lumbre, por el día merodeo husmeando su intimidad. Conozco muchos de sus secretos, pero no capto sus enigmas. A simple vista son incógnitas horribles a la par que hermosas, ¿será por eso que no puedo evitar seguir fisgando?», leeremos en la página 30 y este párrafo será el final de la primera parte de cinco.

En la segunda parte, la narradora ha pasado a vivir en un túnel, y se cruzará con otros animales que habitan allí cavando. Esto me ha recordado al cuento Movimiento vertical de Hojas rojas, donde unos animalillos vivían bajo un desierto cavando túneles. Ya dije entonces que ese cuento me parecía que estaba escrito bajo la influencia del Franz Kakfa de El refugio, y aquí se repite esa sensación.

 

Bajos fondos está recorrido por una sensación de amenaza y violencia constantes. En todo momento, los humanos con los que nuestra rata se irá cruzando pueden golpearla, atarla, quemarla, tratar de envenenarla al ofrecerle comida… Aunque también, en otras ocasiones, pueden ser compasivos con ella y permitirle entrar en sus casas para que se proteja del frío, darle comida o liberarla si está atrapada. Si tratamos de buscar significados a la literatura de Can Xue, todas estas sensaciones que transmite el libro, sobre no saber a qué debe atenerse el personaje frente a los humanos con los que se cruza, pueden hablarnos de un mundo sin un sentido definido, en el que el individuo, en constante lucha por sobrevivir, se ve abocado a no entender al otro, a la falta de concatenación entre sus acciones y el resultado de estas. Aunque, a veces, se puede conseguir ayuda del próximo, parece decirme Can Xue que el individuo está condenado a pulular en soledad por un mundo incomprensible y agresivo.

 

Más de una vez la narradora evocará el valle donde vivieron sus ancestros. Quizás aquí, Can Xue nos quiera mostrar la dualidad de los ciudadanos chinos modernos, expulsados de su pasado en el campo para vivir, muchos de ellos, en los arrabales de las grandes ciudades y ser mano de obra barata de fábricas deshumanizadas. Este mundo es en el que trata de sobrevivir nuestra rata.

 

Como ocurría en los relatos, el lenguaje de Can Xue es evocador, poético y misterioso. Me ha llamado la atención que, en este libro, la traductora Tyra Díez (que también tradujo Al otro lado), a veces toma un registro coloquial del lenguaje. Así en la página 62 leemos «el niño, que se llamaba Xiao Mu, la lio parda», en la página 63: «Xiao Mu muchas veces afanaba cosas de la casa», o en la página 81: «¡aquel sigiloso gato negro se estaba papeando al escorpión rojo!». Imagino que no debe ser fácil traducir del chino y tener que tomar estas decisiones de traslación lingüística a otro idioma.

 

La crítica internacional ha relacionado la escritura de Can Xue con algunos maestros occidentales como Kafka, Borges y Calvino, para acabar concluyendo que Xue acaba teniendo un toque personal. Es cierto que, desde la primera página, he reconocido en Bajos fondos a la autora que conocía por las dos antologías de relatos mencionados, y esto acaba teniendo sus pros y sus contras. La propuesta –con fuerte tendencia experimental– de Can Xue es imaginativa, onírica, rica en matices y formas, pero también creo que este tipo de narración se sostienen mejor en un relato de veinte páginas, que en una novela corta de ciento veinte. Es decir, en los cuentos de Hojas rojas o Al otro lado, aunque estaban estilísticamente emparentados, cada quince o veinte páginas, la historia contada se cortaba, de forma más acabada o más abrupta, algo –esto último– que no tenía demasiada importancia, al fin y al cabo, en una narración que, en gran medida, prescindía de la lógica natural de causa-efecto de un relato convencional. Pero quizás esto mismo es más difícil de sostener durante toda una novela, donde se van a suceder escenas oníricas, surrealistas o absurdas sin orden de continuidad. Es cierto, que, como ocurría en los cuentos, Bajos fondos está cargado de símbolos sobre la alienación moderna, la pobreza, la crueldad, la violencia o el sinsentido existencialista, pero también es cierto que el estilo de escritura de Can Xue no permite desarrollar demasiado bien a los personajes secundarios de la historia, porque la rata-narradora siempre siente incomprensión hacia sus acciones y el modo en que interactúan con ella. En este sentido, sin desdeñar el extraño valor artístico de Bajos fondos, considero que me ha resultado más gratificante –aunque las propuestas sean, en realidad, similares– leer los cuentos que la novela. Si alguien no conoce nada de la obra de Can Xue, de las tres obras que yo he leído, publicadas por Aristas Martínez (tiene tres novelas más en Hermida Editores, de las que creo que destaca La frontera), creo que le recomendaría empezar por Hojas rojas.

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

Al otro lado, por Can Xue


Al otro lado
, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 217 páginas, 2024

Traducción y notas de Tyra Díez y Teresa l. Tejeda

 

Ya he comentado que le solicité a la editorial Aristas Martínez, las dos antologías de cuentos que tiene publicados de la china Can Xue (Changsha, 1953), Hojas rojas y Al otro lado. He leído las dos seguidas. Hojas rojas constaba de ocho relatos y Al otro lado de diez; este último libro también tiene unas 30 páginas más. Hojas rojas estaba traducido por Belén Cuadra y ahora hay dos traductoras: Tyra Díez y Teresa Tejada.

 

Al otro lado es el primer cuento de este segundo libro, y nos habla de un niño que vive con su familia en un edificio, junto con otras familias con las que comparte la cocina. El niño y su amigo se dan cuenta de que al otro lado de las cocinas se oyen ruidos y tratarán de ir hasta allí, aunque la oscuridad rodea ese «otro lado» que insinúa el título. La extrañeza de este primer cuento, como ya ocurría con otros de Hojas rojas, vuelve a coquetear con los presupuestos del género de terror. «¿Quiénes eran esos que se reunían secretamente al otro lado del tabique en mitad de la noche? Los había oído, pero no había conseguido verlos.» (pág. 13)

 

La antigua casa tiene, de nuevo, un aire eminentemente kafkiano, o bien de Mario Levrero tras leer a Franz Kafka. Zhoue Yizhen dejó su casa en la ciudad y se fue al campo por motivos de salud. La mujer a la que vendió la casa le propone volver de visita y ver de nuevo su barrio, lugares a los que no ha regresado nunca después de veinte años. Los desencuentros con los que habían sido sus antiguos vecinos empezarán a darse según Zhoue regrese a su antiguo hogar. Y de nuevo, habrá personas que aparezcan o que desaparezcan de su lado, con la lógica inquietante de los sueños.

En este relato, como ocurrirá con otros del conjunto, me ha parecido percibir una ligera crítica a algunas de las realidades de China, como el tema de las ciudades contaminadas.

 

En El tormento de Lu Er llegaremos a una pequeña aldea, un ruido inesperado hace que Lu Er, un niño, que maja arroz, abandone su casa. Nadie parece dar importancia al ruido, pero Lu Er subirá a una montaña para descubrir que han desaparecido dos acantilados que allí había, frente a frente, separados por tres o cuatro metros, «Ahora no había nada de eso: ante los ojos solo se extendía un blanco y deslumbrante vacío.» (pág. 47). A partir de aquí las aventuras para Lu Er y un amigo se sucederán, llegando a salir por la noche para cazar a un leopardo, que puede ser también una persona. De nuevo, un aire de ensoñación irá cubriendo la historia.

 

Con La vieja chicharra volvemos a los cuentos de Hojas rojas protagonizados por plantas y animales. «No sabía cómo esquivar la hostilidad humana, porque nunca había esquivado nada.» (pag. 70). Aquí también, como ocurría en los cuentos de la anterior antología, para el líder de las chicharras, protagonista del cuento, los humanos se comportarán de un modo incomprensible. La vieja chicharra empieza a sentir una atracción existencial hacia la muerte. Como ya me pasó en el otro volumen, estos cuentos protagonizados por animales presentan una narración más contenida, menos onírica y me acaban gustando más.

 

El Recodo del Siluro me ha recordado un tanto, en sus intenciones narrativas, al segundo cuento de este volumen, el titulado La antigua casa. También aquí se habla de los cambios de la China moderna, y cómo va a desaparecer el barrio en el que vive la protagonista, con casas bajas, para construir edificios de muchas plantas. A la señora Wang le visita una niña, hija de una vecina, que continuamente entra y sale de escena.

Voy a comentar un recurso que usa Can Xue en más de un relato y del que aún no he hablado: introduce elementos nuevos en la narración como si no fuera la primera vez que habla de ellos, lo que genera una sensación un tanto desconcertante. Por ejemplo, entre la página 89 y 90, en este relato leemos: «Luego caminó hasta el profundo agujero, consciente de que podría caerse, pero aun estando indecisa, no quería retroceder de inmediato.» Ese «profundo agujero» no había aparecido antes en el relato.

La señora Wang empezará a salir de casa por la noche y a tener extraños encuentros inesperados. De nuevo, nos encontramos con el desconcierto kafkiano de los sueños.

 

En Plenitud «La maestra Wen sopesaba la estructura del universo sentada en medio de la oscuridad del cuarto.» (pág. 103) y una voz comienza a interpelarla desde algún punto indeterminado. La maestra Wen empieza a caminar por un edificio cada vez más cambiante, del que van desapareciendo las paredes y el techo, y así puede ver el cielo.

Este cuento me ha resultado demasiado surrealista y me ha gustado menos que otros del libro.

 

En El humedal, como ya apunté al comentar el segundo relato, La antigua casa, me ha parecido ver una crítica a los cambios demasiado rápidos de la modernización de China: en este caso, se trataría de una crítica ecológica. «Por increíble que parezca, este bosque urbano de hormigón albergó una vez el humedal.», así empieza este cuento. Ese humedal empezará a obsesionar a Ah Yuan, que comenzará a desarrollar toda una actividad detectivesca para encontrar dicho humedal, o sus restos, en la ciudad. Después de estar casi acabando esta segunda antología de cuentos de Can Xue, puedo detectar algunos elementos en común que tienen varias de sus composiciones: es normal que en ellas –como ocurría en La antigua casa o El Recodo del Siluro– los protagonistas inicien un viaje, y en este viaje se den escenas surrealistas u oníricas, donde los personajes llegan a lugares extraños y donde van acompañados de personas que desaparecen de pronto.

 

La montaña del Cuervo está narrado en primera persona, que no es lo habitual en estos relatos. La montaña del Cuervo es un edificio de oficinas abandonado, donde estuvo la protagonista del relato de niña. Años después deseará volver de la mano de una amiga, que lo visita con frecuencia porque su tío es el guarda del lugar. Cuando llegan al sitio, y como era ya de esperar, la protagonista se siente perdida en la oscuridad y las voces de su amiga, o de su tío, le llegan desde lugares indeterminados.

 

La reina se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de este conjunto, debido a que la narración es –en principio– algo menos surrealista que la de otros cuentos, y la historia está más contenida. Una joven vive sola en una casa algo apartada de la aldea. Su padre, que perteneció a la aldea, se enriqueció, construyó esa casa y empezó a atribuirse la condición de rey. Su hija ha crecido sintiendo esa distancia, falsamente nobiliaria, respecto a sus vecinos, que la aceptan de buen grado. A la reina le gusta pasear durante las noches y no tardarán en sucederse encuentros que, pese a mantenerse este cuento en un contexto más realista que el resto, no deja de entenderse en una total clave realista.

 

Venus cierra el conjunto y, al igual que el anterior relato, se mantiene en unos parámetros más realistas que otros del conjunto. La protagonista tiene trece años y vive en un pueblo. Se ha enamorado de su primo de treinta y cinco, que vive en la ciudad y que vuelve al pueblo para hacer experimentos con un globo aerostático. Aquí también se acaban oyendo voces lejanas, pero el cuento tiene un asidero más visual y racional que otros.

 

Creo que al haber leído seguidos Hojas rojas y Al otro lado, he sentido alguna sensación de repetición formal con algunos de los cuentos de la segunda antología. Diría que leídos y analizados de un modo individual todos los cuentos funcionan y son valiosos, pero al leerlos seguidos se pueden encontrar patrones en la creación del efecto fantástico, onírico o surrealista: alguien tiene que salir de casa y se van encontrando con situaciones anómalas, las personas que lo acompañan desaparecen, todo se vuelve oscuro alrededor y las voces llegan desde lugares indeterminados. Al final, Chan Xue está tratando de captad la inquietud de los sueños que devienen en pesadillas.

Mis cuentos favoritos de este conjunto han sido: La antigua casa, La vieja chicharra y La reina; teniendo, en realidad, un nivel bastante parejo a los otros.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hojas rojas, por Can Xue

 


Hojas rojas, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 171 páginas, 2022

Traducción y notas de Belén Cuadra Mora

 

En el verano de 2024 leí mi primera novela china: Más duro que el agua (2001) de Yan Lianke. Había leído, hasta entonces, bastante narrativa japonesa, pero no china, y la nueva experiencia me resultó gratificante. Al sentir este reciente interés por la literatura china, me había fijado también en Can Xue (Changsha, 1953), una autora de la que la editorial extremeña Aristas Martínez tiene publicadas dos antologías de sus relatos: Hojas rojas (2022) y Al otro lado (2024). Traducidas al español, también existen dos novelas de Can Xue: La frontera y Nubes flotantes ya envejecidas, en la editorial Hermida. En septiembre estuve buscando información sobre los candidatos más firmes para ganar el premio Nobel de Literatura en 2024 y uno de los nombres que aparecía con más fuerza era el de Can Xue. Entonces, decidí solicitarle los dos libros de relatos a Aristas Martínez para poder leerlos y reseñarlos. La editorial, amablemente, me los envió.

 

Can Xue es hija de dos intelectuales chinos represaliados durante la campaña antiburguesa en China de 1957. Esto hizo –como cuenta su traductora– que tuviera que dejar el colegio pronto y trabajar en fábricas. Su formación como escritora fue siempre autodidacta e influenciada principalmente por autores occidentales.

 

Hojas rojas consta de ocho relatos y está traducido por Belén Cuadra, la misma traductora de Duro como el agua de Yan Lianke. Su trabajo en esta novela me pareció excelente, así que imaginaba (con razón) que su trabajo en Hojas rojas también sería muy bueno.

 

Forasteros es el primer relato. En él conoceremos a Juhua, una niña que al despertarse por la mañana en su cama siente frío, como si el viento del exterior se colase por debajo de su edredón. A partir de aquí –y hablo tanto del relato como del libro en general– una sensación de desasosiego acompañará al lector. Juhua decide visitar el cementerio del pueblo cercano y, en su caminar hacia allí, se va disolviendo el realismo en el que, durante las primeras páginas, pese a la sensación de extrañeza, parecía transcurrir la historia. Un pequeño animal sin identificar se unirá a la niña en el cementerio, y desaparecerá también como si se volatiliza. Será muy frecuente, en todos los relatos de Xue, que aparezcan y desaparezcan personajes secundarios que acompañaban al personaje principal con esa falta de lógica propia de los sueños. De hecho, un aire onírico, de amenaza continúa y saltos de lógica narrativa, propia de los sueños –o más bien de las pesadillas– suele caracterizar la composición de estos relatos. También recorrerán el cuento fogonazos poéticos, normalmente en torno a la naturaleza.

 

Confesiones de un sauce es el segundo relato y, para mí, uno de los mejores de las dos antologías (al escribir esta reseña casi he acabado también de leer Al otro lado). La voz narrativa es la de un sauce que se va secando en un jardín. Un jardinero humano ha dejado de regarle, y él desconoce el motivo. «No me explico por qué decidió el jardinero cortarme el suministro de agua» (pág. 43).

En la contraportada del libro se habla de las influencias de Can Xue: Kafka y Borges. Lo cierto es que yo he sentido en los cuentos de las dos antologías (y en especial en cuentos como Confesiones de un sauce), sobre todo la influencia de Kafka. Confesiones de un sauce parece estar escrito bajo la lectura de relatos como Josefina, la cantora, o el pueblo de los ratones, donde se personifica a los animales. Todos sabemos que Kafka, en muchas de sus narraciones, escribe sobre el Dios del Antiguo Testamento, ese Dios lejano e incomprensible que rige el destino de las personas. En este relato de Can Xue, ese Dios lejano sería el jardinero para el sauce, un Dios del que depende para subsistir, y que no sabe por qué le ha abandonado. «Creí comprender de veras que nunca llegaría a lograr la tranquilidad y la felicidad que todo el mundo ansía y que, por lo tanto, debía aprender a sentir cierta alegría en mitad de la sed, la ansiedad y el dolor.», leemos en la página 50.

 

En El delito un padre deja a su hija una extraña herencia: una caja sin llave, que cuando se agita parece sugerir que su interior guarda objetos cambiantes. Una prima de la protagonista, con la que tiene una relación difusa, empieza a vivir temporalmente en la casa. ¿Querrá, quizás, apropiarse de la caja? Este es un relato misterioso, con una desasosegante lógica propia.

 

Hojas rojas es otro de los cuentos que más me ha gustado de los que llevo leídos de Can Xue. El profesor Gu se encuentra en la cama de un hospital. Mientras limpian la habitación, él piensa en las hojas rojas que podía encontrar junto a su casa, unas hojas rojas que acabarán apareciendo en la habitación del hospital, cuando la frontera entre lo real y lo imaginado empiece a disolverse. Una amenaza parece cernirse sobre el profesor Gu: siente la presencia en el hospital de unos hombres gatos. Tratará de encontrarlos y se topará con un exalumno, que el lector intuirá que está muerto y que, por tanto, se está empezando a diluir para el profesor Gu la frontera entre la vida y la muerte.

En más de una ocasión, leyendo estos relatos, y sobre todo en algunos, como en este de Hojas rojas, he sentido que existía una conexión entre la obra de Can Xue y la de autores latinoamericanos como Mario Levrero y César Aira, también lectores de Kafka.

 

 

Movimiento vertical empieza con la siguiente frase: «Somos unos animalillos que habitan la tierra negra del subsuelo del desierto.» También tiene un aire muy kafkiano. En este caso me ha recordado, sobre todo, al relato de Kafka El refugio, también sobre un ser que vivía en el subsuelo. Tengo la sensación de que cuando los cuentos están protagonizados por plantas o animales, Can Xue se muestra más contenida, que cuando los protagonistas son humanos, relatos en los que a veces, según nos acercamos al final, el surrealismo, el aire onírico y la incomprensión tienden a monopolizar la narración.

 

En La cabaña del monte ocurre lo que apuntaba antes, que Can Xue se desborda al mostrar la extrañeza de lo contado. Una mujer ordena los cajones de su casa, de un modo obsesivo, y sabe que en una caseta, detrás de su casa, hay una persona encerrada. Viento, lobos, ratas, ladrones… diversos miedos acosan a nuestra protagonista. En algún momento, este cuento me ha llegado a recordar a esos cuentos que muestran relaciones familiares enfermizas que escribe Mariana Enríquez en libros como Un lugar soleado para gente sombría. La cabaña del monte tiene menos páginas que otros cuentos del conjunto y me he conectado menos con él, aunque es uno de los cuentos más famosos de la autora.

 

Los hombres sombra nos habla de un viaje; ya avanzado el relato conoceremos el porqué: «Recordé el motivo que me había llevado hasta aquel lugar. Alguien me había robado el tesoro familiar: un valioso tintero de piedra.» El protagonista, se adentrará en una ciudad, o más bien en un mundo –el mundo de los «hombres sombra»– regido por unas leyes que no acaba de comprender. De este modo, puede resultar acogido en una casa o expulsado. De nuevo, aparecen aquí muchos errores de percepción de la realidad del personaje. Y, de nuevo, he sentido detrás de este cuento el pulso de Kafka, de algunas páginas de El desaparecido o El castillo, por ejemplo.

 

Conviviendo con humanos cierra esta antología de cuentos. Aquí el protagonista es una urraca macho de mediana edad. Como ya he apuntado, al ser un animal el protagonismo, parece que Can Xue controla más su narración y acota mejor los límites en los que se va a mover que en los cuentos protagonizados por humanos. De nuevo, el terror para la colonia de urracas partirá de los humanos, de un niño que ataca sus nidos con un tirachinas y, principalmente, de la bedel de un colegio cercano. La bedel tiene una función narrativa similar a la del jardinero de Confesiones de un sauce. «Imposible adivinar lo que les pasa por la cabeza a los humanos, ¿verdad?», dirá la pareja del protagonista en la página 157.

 

En un artículo de José de Monfort, publicado en The Objetive, leo que las influencias principales de Can Xue son Kafka, Borges, Calvino y Beckett. Diría que yo, principalmente, he visto en los cuentos de Xue la influencia de Kafka; si bien es cierto que el cuento Movimiento vertical nos puede hacer pensar en el Samuel Beckett de libros como Compañía; pero, al fin y al cabo, esta última historia es una reescritura de El refugio de Kafka, fuente de la que también mana el relato de Can Xue.

También he sentido en los cuentos de Can Xue la confluencia con las voces de otros descendientes de Franz Kafka, como son César Aira y Mario Levrero. Dudo de que Can Xue haya podido leer a Aira o Levrero, y sobre todo a Levrero (con quien encuentro en la obra de Can Xue bastantes paralelismos), pero sí considero que ambos escritores, partiendo de una influencia común, han llegado a lugares oníricos, angustiosos, pesadillescos y líricos, que guardan relación.

Me hubiera gustado que el libro incluyera un prólogo, que indicara, por ejemplo, en qué año se publicaron originalmente los cuentos, o más notas explicativas sobre su contexto, pero lo cierto es que los cuentos se sostienen por sí solos.

Ha sido una grata sorpresa acercarme a este libro de cuentos de Can Xue. Hojas rojas contiene páginas valiosas, en el contexto de la literatura actual. La obra de Can Xue ha sido traducida a veinte idiomas y es una firme candidata a ganar el premio Nobel. Al final, el Premio Nobel de Literatura de 2024 ha sido para la coreana Jan Kang; en cualquier caso, Can Xue será una gran premiada si la academia sueca decide concederle el galardón algún otro año.

domingo, 29 de septiembre de 2024

Duro como el agua, por Yan Lianke


Duro como el agua
, de Yan Lianke

Editorial Automática. 488 páginas. 1ª edición de 2001, esta es de 2024.

Traducción y prólogo de Belén Cuadra Mora

 

Unas semanas antes de la Feria del Libro de Madrid 2024, leí una entrada en Facebook de la escritora Txani Rodríguez, diciendo que para esta edición iba a venir a Madrid Yan Lianke (Henán, China, 1958), un autor que le parecía muy bueno. Este fue el momento en el que volví a releer la información de prensa de Automática Ediciones sobre esta novela. Decidí acudir a la presentación de Duro como el agua el 2 de junio, que tuvo lugar en uno de los pabellones de la Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro. Compré ese día la novela El sueño de la aldea Ding (2005), y le solicité a la editorial Duro como el agua (2001) para poder reseñarla. Decidí empezar a leer a Yan Lianke por esta última obra, que se acaba de traducir en 2024, pero cuya escritura es anterior a El sueño de la aldea Ding.

 

Aunque yo suelo dejar la lectura de los prólogos de los libros para el final, en este caso recomiendo que se lea antes que la novela. El prólogo está escrito por la traductora Belén Cuadra Mora y resulta bastante esclarecedor del contexto histórico chino que refleja la novela. Así sabremos que Duro como el agua está ambientada a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 en China, en los años más intensos (y oscuros) de la Revolución Cultural. El presidente Mao pretendía luchar contras las voces críticas a su poder en el Partido Comunista y contra los intelectuales y revolucionarios acomodados; todo esto desencadenó un periodo de violencia social y de destrucción del patrimonio histórico.

Belén Cuadra nos contará también que en la novela se parodia un tipo de teatro político y propagandístico de la época y que hay numerosas citas de los textos de Mao o de autores clásicos chinos que una persona de aquel país conoce, pero no así un lector occidental. Por ello, ha tomado la decisión de marcar estos textos citados, o modificados para adecuarse a las vivencias de los personajes de la novela, en cursiva, aunque no están así en la novela original. Mediante este sistema de cursivas y citas a pie de página, el lector sabrá, en todo momento, a qué texto clásico (o de propaganda) chino se refiere, o parodia, el autor. No solo nos encontramos en Duro como el agua con la difícil tarea de verter un texto literario de un idioma a otro tan diferente, sino con la labor añadida de contextualizar todos los subtextos y lecturas de la obra. Aunque el trabajo de Belén Cuadra Mora me ha parecido excelente (estaba presente en día de la presentación de la novela en el parque del Retiro), creo que para el lector español, algunas de estas páginas en las que se parodian textos clásicos o propagandísticos de la cultura china y de la Revolución de Mao pueden llegar a ser las más tediosas del libro. Y no me gustaría con esta última frase desmotivar al posible lector de esta novela, porque realmente –pese a estas dificultades contextuales que comento– he acabado disfrutando mucho de ella.

 

El protagonista principal de la novela es Gao Aujin, un joven que en 1964 ha ingresado en el ejército y que, cuatro años después, se licencia con el deseo de regresar a su pueblo, Chenggang. Por tanto, nos encontramos en 1968, durante el periodo más oscuro de la Revolución Cultural. Aujin está casado con Cheng Guizhi, con la que tiene dos hijos. Para Guizhi el sexo con Aujin no parece una fuente de placer o de diversión, sino que lo considera solo como una herramienta para procrear. En realidad, ha sido el padre de Guizhi, secretario del Partido Comunista en Chenggang, quien ha creído conveniente que Aujin se casase, a sus dieciocho años, con la menos agraciada de sus hijas. «La primera vez que la vi fue el día que la casamentera me llevó a rastras como a un burro hasta el salón de la casa del secretario (…). Cuando la vi sentí que una bola de algodón me oprimía la garganta y me entraron ganas de vomitar, aunque no me atreví a hacerlo» (pág. 62). Sin embargo, Aujin aceptará casarse con Guizhi porque su padre le prometerá que, después de darle un nieto y pasar por el servicio militar, tendrá para él reservado un puesto de funcionario en el pueblo.

Dos hechos van a cambiar la vida de Aujin al regresar a su pueblo: cerca de las vías del tren se va a encontrar con Hongmei, una joven que admira su traje militar y que le empezará a hablar con consignas del Partido Comunista. Aujin se quedará prendado de Hongmei y, ya en este primer encuentro, aunque no llegan a copular, tendrán un acercamiento sexual. Como segundo asunto, cuando Aujin va a visitar a su suegro, este no parecerá recordar las promesas que le hizo en el pasado sobre buscarle un puesto de funcionario en Chenggang. A partir de aquí, dos obsesiones van a dirigir la vida de Aujin: hacerse con el poder en el pueblo y mantener relaciones sexuales con Hongmei, que está casada con el hijo del alcalde de Chenggnag y tiene una hija.

 

Una escena importante del libro es el primer encuentro en las vías del tren entre Aujin y Hongmei. De fondo, por los altavoces del pueblo suena música propagandística del Partido Comunista y Aujin cae rendido ante la belleza de Hongmei, quien, como él, usa de forma habitual consignas políticas en su conversación. La escena del embelesamiento de Aujin (narrador de la historia) por Hongmei es muy larga para un lector acostumbrado a los modos de narrar occidentales. Yo, hasta ahora, no había leído ninguna novela china y, tras leer esta escena, me acordé del prólogo de Kokoro del autor japonés Natsume Soseki, a cargo de Carlos Rubio. En este prólogo, Rubio afirmaba que la novela japonesa, tal y como la conocemos en Occidente, es un fenómeno moderno, asociado al siglo XX y al contacto de los escritores japoneses con países europeos, de los que toman sus formas para hacer novelas. De este modo, las novelas japonesas de los últimos cien años son, en esencia, similares a las occidentales.

Sin embargo, en esta escena del primer encuentro entre los dos protagonistas de Duro como el agua he sentido que las formas novelísticas no eran similares a las occidentales, y no solo por la extensión de la escena, sino porque acaba siendo no realista, en el contexto de una novela realista. Así, por ejemplo, los animales del bosque se irán acercarán también para admirar la belleza de la mujer. Yan Lianke está parodiando aquí –sabremos por el prólogo– las formas clásicas de la novela china.

 

Aujin describirá esta escena iniciática diciendo: «No hay mayor sentimiento en el mundo que el sentimiento revolucionario. La amistad revolucionaria es más alta que las montañas y más honda que el mar.» (pág. 41). A partir de aquí, Aujin va a perseguir sus objetivos –ascender como representante político en la región y mantener relaciones sexuales con Hongmei – sin preocuparse demasiado por las consecuencias de sus actos. En realidad, siempre se va a justificar ante sí mismo sus miserias y tropelías porque considera que las hace en nombre de la Revolución y no de sus propios intereses. Para la Revolución, habremos de saber, el adulterio sigue siendo un delito grave.

 

Desde la primera frase del libro, el lector ya sabe que todo va a salir mal: «Cuando muera y descanse, repasaré mi vida: mis palabras, mis actos, mi postura al andar y la revelación de aquel amor que acabó como mierda de perro y heces de gallina.» (pág. 23). En realidad, la novela es la larga confesión de Aujin ante lo que el lector entiende que debe ser un jurado (real o imaginario). Averiguar cómo ha sido el periplo vital del personaje va a ser el viaje que nos proporciona Lianke.

 

Un mes antes que Duro como el agua, había leído Una carpa bajo el cielo (2011) de Ludmila Ulitskaya –también de la editorial Automática– que, igual que la novela de Lianke plantea una crítica a la dictadura comunista de China, nos muestra una crítica a la dictadura comunista de la URSS. Sin embargo, la novela de Ulitskaya estaba contada desde el punto de vista de las víctimas, de las personas que deseaban para la URSS una apertura democrática y sufrían la persecución del poder; y la de Lianke está contada desde el punto de vista de uno de sus victimarios. Duro como el agua es la historia de un arribista, de alguien que usa todos los instrumentos que el nuevo régimen deja a su alcance para mejorar su posición social, sin importarle mucho el daño que pueda causar a su alrededor, un daño que siempre se justificará, ante sí mismo, como hecho por los valores de la Revolución. Así, por ejemplo, el lector sabrá que Aujin, huérfano de padre, ya que este murió en la invasión japonesa de China, se ha sentido siempre apartado de la vida de Chenggang, un pueblo donde casi el 90% de la población se apellida Cheng y desciende de los dos hermanos Cheng que fundaron el lugar hace siglos. Uno de los sueños revolucionarios de Aujin es destruir el arco de los Dos Cheng, que hace de entrada al pueblo y también el templo de los Dos Cheng, donde se guardan sus escritos y reliquias. Aujin alegará que ese arco y ese templo son símbolos del pasado burgués y feudal del pueblo, pero en realidad alberga dentro de sí un rencor de clase, porque él no es de apellido Cheng. Aunque el alcalde le advierta de que la destrucción de esos símbolos sería una ofensa para sus vecinos, Aujin no quiere darse por vencido. «La Revolución carece de sentimientos», afirmará en la página 326.

 

Un elemento no realista, y que acaba siendo divertido en el libro, es que Aujin ha unido en su psique su deseo por Hongmei a sus deseos revolucionarios. De este modo, no parece encontrar excitación sexual si no suenan de fondo las consignas o canciones revolucionarias por los megáfonos de la vía pública, como en su primer encuentro.

Hay algunos detalles en el libro que le harán conocer al lector occidental la locura a la que llegó el régimen de Mao. Así, por ejemplo, leeremos en la página 191: «Hay uno que estaba proyectando una película y se equivocó al montar la cinta, de modo que el líder salía cabeza abajo. Lo han condenado a veinte años de cárcel.». Otro ejemplo: cuando Aujin llega a su casa, después de los cuatro años de servicio militar, les entrega a sus hijos unos caramelos, envueltos con un papel donde iban impresas consignas políticas. Aujin tiene que apresurarse a recoger los papeles del suelo, donde los tiran sus hijos, porque eso puede considerarse un gesto reaccionario.

 

En cuanto al estilo, Duro como el agua abunda en el recurso de la comparación, y la mayoría de estas comparaciones son de orden rural (comparaciones con plantas, animales, accidentes geográficos, etc.), entorno del que proviene tanto el narrador de la novela, como su autor.

 

Cuando he leído novelas que hablaban sobre regímenes dictatoriales, lo habitual ha sido hacerlo bajo el prisma de las víctimas y, por esto mismo, que Duro como el agua esté narrada desde el punto de vista de un arribista amoral la convierte, a mis ojos, en una novela original y valiosa. Pese a algún pequeño bache, como ese ya comentado exceso en algunas páginas de parodias de textos que el lector desconoce, mi primera incursión en la novelística china ha sido una grata experiencia.