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domingo, 5 de octubre de 2025

Suttree, por Cormac McCarthy

 


Suttree, de Cormac McCarthy

Editorial Random House. 562 páginas. 1ª edición de 1979; esta es de 2023

Traducción de Pedro Fontana

 

Había leído hasta ahora seis libros de Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933 – Santa Fe, 2023): No es país para viejos (2005), La carretera (2006), Meridiano de sangre (1985), Todos los hermosos caballos (1992), En la frontera (1994) y Ciudades de la llanura (1998). Cuando hablé de los cuatro últimos en mi canal de YouTube –Bienvenido, Bob–, las personas que me comentaron, y que conocían más libros de la obra de McCarthy, me recomendaron que leyera Suttree (1979), novela que consideraban que se mantenía en la línea de excelencia de sus obras mayores como Mediano de sangre o Todos los hermosos caballos. Lo cierto es que, en ese momento, no me sonaba el título y empecé a buscar información sobre él. Durante el último invierno, una noche de sábado que esperaba a que mi mujer se acabara de arreglar para salir a cenar fuera, entré furtivamente, con el móvil, en la web de Iberlibro y lo compré por impulso, de primera mano, en la librería Cálamo de Zaragoza.

 

Empecé a leer Suttree el 19 de marzo, día del padre, y lo terminé el 8 de abril; así que estuve veintiún días con él. De hecho, lo empecé, porque durante las semanas anteriores, había tenido que atender diversos asuntos por las tardes, después de salir del colegio en el que trabajo, y no me había podido sentar a escribir reseñas, ni a grabar vídeos, y se me estaba acumulando la tarea. Así que necesitaba un libro largo para salir de ese atolladero físico y mental.

 

Cuando, después de leer libros como Meridiano de sangre o la Trilogía de la frontera, abrí Suttree, que es una obra anterior (las más antigua de las de McCarthy que he leído), tuve la sensación de que, durante las primeras páginas, el estilo del autor se había vuelto mucho más barroco de como lo recordaba. Suttree se abre con tres páginas, en letra cursiva, que comienzan con un «Querido amigo», que nos hacen pensar en el comienzo de una carta, donde el narrador le habla al lector de un río y una ciudad innominados, con frases como «Henos aquí en un mundo dentro del mundo. En estas regiones foráneas, estos hostiles sumideros y páramos intersticiales que los justos ven desde el vagón o el coche, otra vida sueña. Deformes o negros o perturbados, fugitivos de todo orden, extranjeros en cualquier país.» (pág. 11) 

Las primeras páginas del texto principal –y, por tanto, no ya en cursiva– siguen la misma línea que las anteriores; de un modo más concreto que antes, se nos habla de un río, de un puente, de un pescador realizando su faena, de la vida que empieza a moverse en este escenario.

Durante estas primeras páginas es llamativo la cantidad de vocabulario no usual –sobre barcas y pesca principalmente– que recibe el lector: «falca», «trematodo», «salceda», «tolete», «pernada», «palangre», «acorullar», «cureñas», etc. Es posible que, llegado a este punto, a la sexta o séptima página de una novela de más de quinientas, el lector se sienta algo abrumado por el estilo denso, la no presentación de personajes y el vocabulario ampuloso; pero, en ningún caso, ese supuesto lector debe desfallecer, ya que pronto le será presentado, por el narrador omnisciente de esta historia, a su personaje principal, Cornelius Suttree, o simplemente «Suttree».

Como suele ser habitual en sus narraciones, McCarthy muestra las acciones de Suttree y sus diálogos (no señalados por guiones) con las personas con las que se va a relacionar y no sus pensamientos. En este sentido, las novelas de McCarthy son muy cinematográficas. Después de ver a Suttree pescando en el río –en principio, un río sin nombre–, iremos conociendo detalles del personaje: vive en una casa flotante en la orilla del río en el que pesca con una barca, a las afueras de una ciudad, posiblemente grande, de Estados Unidos. Es un hombre joven, atractivo para las mujeres, que, aunque al principio parece que se guarda de beber alcohol de mala calidad, acabaremos comprendiendo que tiene un problema serio con el alcohol. Suttree es una persona capaz de beber hasta perder totalmente el control de sí mismo. De hecho, cuando McCarthy describe escenas en las que Suttree bebe suele valerse del recurso de la elipsis para, en algún momento de la narración, cortar la escena y presentar a su personaje, por ejemplo, despertándose en medio del campo sin saber cómo ha llegado hasta allí. Es decir, el narrador se mueve al ritmo de los recuerdos de su criatura.

McCarthy, en muchos casos, no explica del todo qué está ocurriendo en las escenas que dibuja, y será el lector el que tenga que imaginarlo, o pensar que se ha perdido, en una lectura apresurada, alguna frase clave. En algunos casos, la explicación aparecerá algunas pocas páginas después y, en otros, un gran número de páginas después. Por ejemplo, en una escena aparece un personaje joven que, por la noche, se acerca a campos de cultivo de sandías. Como hasta entonces, el narrador seguía casi siempre los pasos de Suttree, el lector leerá estas páginas pensando que le hablan de Suttree, de algún momento de su pasado, y que esta escena explicará algo sobre la situación de su presente. Después comprenderá que ese personaje joven –un adolescente de dieciocho años– es Gene Harrogate, que será uno de los personajes secundarios de la novela, y que va a conocer a Suttree en el correccional. El lector sabrá por qué Suttree estaba en ese correccional unas trescientas páginas más adelante, hasta entonces solo podrá especular sobre ello. En una de sus borracheras se quedó dormido en un coche y las dos personas con la que estaba atracaron un comercio, sabremos al fin. Habrá otras situaciones en la novela en las que el lector no sabrá, a ciencia cierta, cuál ha sido la secuencia lógica que ha llevado hasta ellas. Esto da a la narración siempre un aire de misterio y extrañeza, una sensación de información hurtada y especulativa, de inminente explosión de violencia. En este sentido, el estilo de McCarthy en esta novela, más que en otras que leí en el pasado, pero que pertenecer al futuro del escritor que va a ser, me ha recordado al de William Faulkner, con sus personajes perdidos, marginales, quizás estúpidos o forzados a comportarse como estúpidos. Además de ser un homenaje a William Faulkner, Suttree también puede ser leída como un homenaje al Mark Twain de Las aventuras de Huckleberry Finn. En la página 134 al hablar de un personaje se dice de él que posee una «despreocupación huckleberryfinneana». En la obra de Twain, sus personajes navegan por el río Mississippi, y las aguas del río simbolizan el deseo de alcanzar la libertad de sus personajes, Huckelberry y el negro Jim. Al principio, como no queda claro en qué ciudad se sitúa la historia de Suttree y no se da el nombre del río, estaba suponiendo que se trataba del río Mississippi; más tarde, el lector comprenderá que se trata del río Tennessee, a la altura de la ciudad de Knoxville, en el estado de Tennessee. Este río, a su paso por la ciudad, es navegable y puede tener una anchura de doscientos metros; desemboca en el río Ohio, que a su vez va a dar al Mississippi. En Suttree, cuando el narrador describe el río, y lo hace de un modo insistente, siempre habla de su suciedad, de los detritus que arrastra, de la vida oscura que esconden sus aguas. Siembre hay una amenaza y un misterio en estas descripciones. En este sentido, para McCarthy el río simboliza la suciedad de la vida, su oscuridad, su amenaza de lo inesperado. Sin embargo, todas las descripciones sobre la suciedad, lo depravado, la violencia, lo feísta… acaban siendo poéticas.


En la página 83, el narrador decide al final, informarnos de cuál es el marco físico y temporal de su narración: «Un lunes por la mañana en el mercado de Knoxville, Tennessee. En este año de mil novecientos cincuenta y uno». Esta fecha es muy cercana a 1949, que es el año en el que McCarthy sitúa la acción de la novela Todos los hermosos caballos. Estas fechas en torno a 1950 para McCarthy parecen simbolizar un tiempo de cambio en Estados Unidos, un momento en el que la modernidad de la sociedad ya era inminente, pero en el que aún se podían encontrar en las tierras norteamericanas ecos del Lejano Oeste.

 

He leído en internet que es posible que Suttree esté basado en material autobiográfico, ya que el propio McCarthy vivió en Knoxville, durante su juventud, y desarrolló allí una vida bohemia y que, aunque esto no queda claro, cometiera excesos con el alcohol, del que se separó más tarde. Desde luego, los personajes marginales que aparecen en esta novela, habitantes absolutos del destartalado patio trasero del sueño americano, resultan absolutamente creíbles.

En algún momento se insinúa que, pese a su modo de vida precario, pescando en el río, Suttree tiene estudios universitarios, que nada tienen que ver con los amigos que frecuenta. Y una de las escenas más impactantes del libro es aquella en la que descubrimos que, en otra ciudad, tiene una mujer y un hijo pequeño, a los que ha abandonado. ¿Por qué hizo esto?, ¿por qué Suttree abandonó a su familia? ¿De dónde parte el dolor indefinido y sin fondo de Suttree? ¿A qué se dedicaba antes de ser un marginado, un pescador de río? McCarthy, y de aquí brota gran parte de su grandeza y su misterio, no va a desvelarnos algunas de las claves fundamentales de su personaje. En casi todas las escenas de la novela, el lector tiene la sensación de que una amenaza violenta se cierne sobre Suttree; sin embargo, es posible que el lector en algún momento sienta que esta novela, de más de quinientas páginas, sea una simple sucesión de escenas y que no existe un núcleo narrativo central, que su personaje no cambia, ni avanza hacia ninguna parte; que va a ser el mismo desde la primera página hasta la última, sin ningún giro en su personalidad (lejana y misteriosa), pero en realidad no acaba siendo así. Un lector atento, a pesar de que, como ya he contado, la narración es muy cinematográfica y no podemos casi penetrar en los pensamientos de Suttree, se irá percatando de que se producirán sutiles cambios en él, que el personaje sí que va a tener algunos puntos de inflexión y va a luchar por dejar atrás el estado de ánimo (¿una posible depresión?) que le condujo a su situación actual. Será en la página 417 cuando leamos: «Mi vida es un asco, le dijo a la hierba», y en la página 438, cuando se desata una tormenta, leemos: «De pie entre un aullar de hojas, Suttree pidió ser fulminado por un rayo. Restalló seguido de un trueno y él se señaló el entenebrecido corazón y suplicó un poco de luz. (…) ¿Soy un monstruo, hay monstruos dentro de mí?»

Suttree siempre se comporta de un modo amable con el gran elenco de personajes marginales que se va encontrando, y esto le convierte en alguien entrañable, un hombre perdido, con algún trauma sin resolver de su pasado (del que huye), un personaje existencialista, al estilo de los de Albert Camus o Jean-Paul Sartre, que se siente más cómodo entre pobres, idiotas, ladrones o prostitutas, que con los convencionalismos sociales de su propia clase social. Podría existir también algún componente religioso en la novela; en algún momento se habla del pasado cristiano católico de Suttree, dentro de la gran comunidad protestante norteamericana. En cualquier caso, esta idea religiosa queda algo difusa en el texto, ya que Suttree no parece querer redimir a nadie de su pasado.

 

Aunque me han gustado más Meridiano de sangre, Todos los hermosos caballos y En la frontera, Suttree es otra gran novela de Cormac McCarthy sobre la violencia, la marginalidad y los grandes espacios yertos del gran sueño norteamericano.

domingo, 12 de septiembre de 2021

Ciudades de la llanura, por Cormac McCarthy

 


Ciudades de la llanura, de Cormac McCarthy

Editorial Mondadori. 295 páginas. 1ª edición de 1998; ésta es de 2009.

Traducción de Luis Murillo Fort

 

En Navidades compré los tres libros de la Trilogía de la frontera de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) y a finales de junio me puse con Todos los hermosos caballos (1992) y a continuación seguí con En la frontera (1994). Estos dos libros tenían personajes diferentes, pero sus propuestas eran muy similares: hablan de adolescentes errantes que dejaban, el sur de Estados Unidos, Texas o Nuevo México, para adentrarse a caballo en el norte de México. Al terminar En la frontera y tomar de mis estanterías Ciudades de la llanura, en la misma edición de Debolsillo que las dos novelas anteriores, comprobé que la letra era más pequeña que la de los otros libros y que no se había impreso del todo bien en algunas páginas. Así que consulté la web de las bibliotecas públicas de Madrid y vi que había una edición de 2009 de Mondadori de Ciudades de la llanura en la biblioteca Eugenio Trías del Retiro y la saqué para leer el libro más cómodo. Esto me representa mucho: comprar un libro para acabar leyéndolo tomándolo en préstamo de una biblioteca.

 

Al empezar la novela, justo después de haber leído seguidos Todos los hermosos caballos y En la frontera, recibo una grata sorpresa: McCarthy ha juntado en Ciudades de la llanura a John Grady Cole, personaje principal de Todos los hermosos caballos, con Billy Parham, personaje principal de En la frontera. Si no hubiese leído los libros anteriores me hubiera costado determinar el año en el que se sitúa la trama, porque McCarthy no lo dice explícitamente. En la página 23, Billy dice que tiene veintiocho años, y yo sé por En la frontera que tenía dieciséis en 1941, así que estamos en 1953. John tenía dieciséis años en 1949, así que se llevan ocho años, y calculo que tiene veinte cuando comienza la novela. Hacia el final John dirá que tiene diecinueve.

 

Al finalizar Todos los hermosos caballos y En la frontera, dejamos a John y a Billy perdidos en la inmensidad de la naturaleza, sin propósito aparente y posiblemente con un destino de expulsados del sistema y de su tiempo, con grandes posibilidades de morir jóvenes. Al comienzo de Ciudades de la llanura coinciden como trabajadores en un rancho de El Paso. McCarthy suele ser parco en aportar datos al lector que le hagan centrar el tiempo o el lugar de sus historias, y se tarda en saber que el rancho está en esta ciudad del sur de Texas. Cuando los trabajadores del rancho quieren divertirse pasar a Ciudad Juárez, que es ya una ciudad mexicana. De forma simbólica, ahora ya no John o Billy no pasan la frontera entre los dos países a caballo sino que, en más de un caso, lo hacen a pie y han de pasar unos torniquetes que marcan el fin de aquella frontera más mental que física de los otros libros. Más que nunca el Oeste se está acabando en esos torniquetes. Además el rancho de Mac, en el que trabajan, es posible que desaparezca, ya que el ejército norteamericano pretende expropiar sus terrenos para uso militar. Literalmente, los viejos vaqueros se están quedando sin espacio vital. Incluso me resultaba raro al leer Ciudades en la llanura ver a Billy o a John montados en una camioneta y conduciendo un vehículo en vez de estar todo el día a caballo.

 

Cuando comienza el libro John ha llegado hace poco al rancho y trata de domar a un caballo que ya ha adquirido muchas malas mañas. El caballo le tirará al suelo lesionándole un tobillo, y esto parece dañar su orgullo de «vaquero nato».

Billy se ha hecho amigo de John y, en cierto modo, parece ejercer de tutor para él. Los «viejos tiempos», de los que jóvenes como John y Billy parecen ser los últimos supervivientes, están encarnados en el viejo Johnson, suegro de Mac, el dueño del rancho. «El viejo seguía sentado a la mesa con el sombrero puesto. Había nacido en el este de Texas en mil ochocientos sesenta y siete y había llegado a la región siendo un joven. Durante una época la región había pasado de la lámpara de petróleo y el caballo y el buggy a los aviones a reacción y la bomba atómica.» (pág. 108)

 

Al principio el lector no tiene muy claro hacia dónde se dirige McCarthy, lo que a estas alturas tampoco es demasiado preocupante. Escenas en el rancho o en los burdeles de Ciudad Juárez. Esta es la trama: el joven John se ha enamorado de Magdalena, una prostituta de diecisiete años de un burdel de Ciudad Juárez, y quiera sacarla de allí, llevarla a Estados Unidos y casarse con ella. Una de las dificultades más grandes que va a tener será convencer a Eduardo, el proxeneta de Magdalena. John le pedirá ayuda a Billy, quien tratará de quitarle la idea de la cabeza, pero se prestará a ayudarle. Las novelas de McCarthy tienen pocas concesiones, y si bien en el México de las otras dos novelas de la trilogía nuestros protagonistas se encontraron con lo peor y lo mejor de la condición humana, el tono de McCarthy en general suele ser descorazonador. En sus novelas hay poco espacio para la dicha y sus personajes y sus historias no suelen tener redención. La historia de Magdalena es sobrecogedora: «Había nacido en el estado de Chiapas y a los trece años había sido vendida para saldar una deuda de juego. No tenía familia. En Puebla había conseguido huir a un convento en busca de protección. El proxeneta en persona se presentó en el convento a la mañana siguiente y a plena luz del día entregó un dinero a la madre superiora y volvió a llevarse a la chica.

Aquel hombre la desnudó de arriba abajo y le pegó con un látigo hecho de una cámara de neumático. Luego la tomó en sus brazos y le dijo que la amaba. Ella escapó de nuevo y acudió a la policía. Tres agentes la llevaron a una habitación del sótano en cuyo suelo había un colchón mugriento. Cuando terminaron con ella la entregaron a los otros policías. Luego la entregaron a los reclusos por los pocos pesos que estos podían reunir o la cambiaron por cigarrillos. Al final avisaron al proxeneta y se la vendieron a él otra vez.

El hombre la golpeó a puño limpio y la lanzó contra la pared y la derribó y la pateó. Dijo que si huía otra vez la mataría. Ella cerró los ojos y le ofreció el cuello. El hombre la levantó  colérico por el brazo pero el brazo se le partió en las manos. Un chasquido apagado, como una rama seca. Ella boqueó y lloró de dolor.» (pág. 142)

 

Ciudades de la llanura contiene páginas interesantes, en las que McCarthy redunda en temas ya tratados en los dos libros anteriores de esta trilogía y, desde luego, ha sido emocionante para mí ver a John y Billy, los personajes de las entregas anteriores, juntos. Pero debo señalar que este tercer libro es inferior a los otros dos. Si alguien lee Todos los hermosos caballos y En la llanura seguidos, como he hecho yo, le recomendaría leer Ciudades de la llanura y acabar con la trilogía. He sentido emoción al leer las últimas páginas del libro y conocer el destino de los dos protagonistas de las novelas anteriores, pero el lector ha de saber que el nivel literario de Ciudades de la llanura baja respecto a Todos los hermosos caballos y En la llanura y, aun así, esto no lo convierte en un mal libro.

domingo, 5 de septiembre de 2021

En la frontera, por Cormac McCarthy

 


En la frontera, de Cormac McCarthy

Editorial Debolsillo. 443 páginas. 1ª edición de 1994; ésta es de 2019.

 

Justo después de acabar la maravillosa novela Todos los hermosos caballos (1992) de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) empecé a leer En la frontera (1994), la segunda parte de la llamada Trilogía de la frontera. En realidad no hay continuidad entre las dos historias, ya que están protagonizadas por personajes diferentes. Sí que existe una unidad de lugar (el sur de los Estados Unidos y el norte de México) y una unidad temática, ya que los hermanos Billy y Boyd Parham, que cuando empiece la acción tendrán dieciséis y catorce años, al igual que ocurría con los personajes adolescentes de Todos los hermosos caballos, John Grady Cole y Lacey Rawlins, también se dirigirán al sur a caballo y también se convertirán en símbolos de una masculinidad del pasado que va a desaparecer. Si bien la acción de Todos los hermosos caballos se situaba en 1949 y nos llevaba a Texas, en En la frontera estamos en 1941 y la acción comienza en Nuevo México. En esta segunda novela, le ha costado a McCarthy dejar ver al lector el año exacto en el que estaba situando su trama.

 

Hasta el rancho de los Parham ha llegado una loba preñada de Nuevo México y el padre, con la ayuda de Billy, se propone acabar con ella, haciendo uso de las viejas técnicas de los tramperos. Al hablar de Meridiano de Sangre o Todos los hermosos caballos ya he comentado que la naturaleza acaba convirtiéndose en un personaje más de las narraciones, y en la primera parte de En la frontera directamente hay unas páginas en las que McCarthy narra (en tercera persona, como siempre) desde la mirada, o las acciones, de la loba, en lo que me parece un claro homenaje a la obra de Jack London.

La primera parte de este libro trata sobre los intentos de Billy de cazar a la loba y, una vez que lo consigue, su identificación con ella y la piedad que siente. Esto hará que, sin pedir permiso a su familia, parta para México con la intención de dejar allí al animal. En realidad, el lector no acabará de saber cuáles son los motivos que dirigen a Billy porque McCarthy, como ocurre casi siempre en su obra, nos dejará ver de él sus actos y no sus pensamientos. Cuando esta primera parte termina en la página 134, he tenido la sensación de que el libro podía haber acabado aquí y ser una gran novela corta, pero las intenciones de McCarthy eran otras. Al volver a su casa, Billy va a descubrir que sus padres han sido asesinados, y junto con su hermano Boyd se adentrarán de nuevo en México y no estará muy claro si van en busca de los asesinos, de los caballos robados, o de ambas cosas.

 

Los elementos narrativos de Todos los hermosos caballos y En la frontera son muy similares, como ya he apuntado. Ambas novelas hablan de adolescentes errantes, casi vagabundos, que simbolizan un mundo (el de los vaqueros y el Oeste) que está a punto de desaparecer, y en ambas novelas se habla de la violencia y de una masculinidad instintiva, que se forma al reaccionar con el ambiente y con las personas con las que se cruzan, que la irán moldeando. En En la frontera también va a aparecer una chica mexicana (ahora pobre y no rica como en Todos los hermosos caballos) que va a separar, no a los dos amigos, como en la otra novela, sino, en este caso, a los dos hermanos. Así que, durante bastantes páginas, me estaba preguntando ¿por qué McCarthy ha escrito dos novelas tan parecidas? Después de haber leído la obra maestra que me ha parecido Todos los hermosos caballos, me preguntaba ¿merece la pena leer En la frontera? O, en cualquier caso, ¿merece la pena leer estas dos novelas tan similares seguidas? Es cierto, que al acabar los dos libros, tengo la impresión de que Todos los hermosos caballos es una novela más perfecta y más equilibrada, con una trama más clara. Pero, también es cierto, que al adentrarme en En la frontera he acabado subyugado por su propuesta. Uno no sabe, durante muchas páginas, realmente hacia dónde va McCarthy aquí, o su personaje. Cuando llevamos 300 páginas cuesta recordar la historia de la loba inicial, y tenía la sensación de que esos recuerdos pertenecían a otra novela. Si McCarthy quería mostrar la vida de un personaje errante, de un marginado, realmente lo ha conseguido. La idea de libertad creativa en el escenario de los grandes espacios americanos ha sido muy fuerte aquí.

Como ocurría en sus otros libros, las páginas se elevan con el discurso oral de alguno de sus personajes, en este caso, de un eremita o de un ciego que luchó en la Revolución.

 

En la frontera me ha hecho pensar en Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, porque Bill y Boyd se van encontrando con diferentes personas en el camino igual que ocurría en la novela de Twain. Y al fin y al cabo, Las aventuras de Huckleberry Finn es un libro de estirpe cervantina. Así que, quizás de un modo extraño, En la frontera me parece un libro cervantino, sobre un viaje y los encuentros que este viaje provoca.

Y también he pensado en Roberto Bolaño. Para mí su gran obra empieza en 1996 con Estrella distante, y sigue con Los detectives salvajes de 1998. En Bolaño también hay personajes errantes y, de vez en cuando, cuentan historias extravagantes que funcionan como narraciones independientes de la historia principal. Me he imaginado a Bolaño como uno de los primeros lectores aventajados de las traducciones de Random House de la Trilogía de la frontera, disfrutando de McCarthy y asimilándolo como una influencia para su obra. De hecho, tras consultar el libro de ensayos Entre paréntesis, descubro que Bolaño escribió una reseña de Meridiano de sangre. Así que, efectivamente, Bolaño había leído a McCarthy.

 

De nuevo, igual que ocurría con John en Todos los hermosos caballos, Billy, el protagonista de En la frontera, sabe hablar español, porque su abuela le hablaba en esta lengua. No sabemos si la abuela era mexicana, porque McCarthy es siempre parco en explicaciones y dejará para el lector la tarea de reconstruir y dar significado a algunas de las escenas y el pasado de los personajes.

 

En algunos pasajes, el narrador de En la frontera le adelanta información al lector. Por ejemplo, un personaje sale de escena, y en relación a Billy, escribe: «Esa sería la última vez que lo vería», este recurso se repite varias veces y crea una sensación de tragedia y de destino ominoso sobre el personaje. Ya he dicho que la trama se sitúa en 1941 y parece mentira que mientras leemos sobre Billy y sus andanzas esté teniendo lugar la Segunda Guerra Mundial, porque la novela que leemos parece que nos lleva a épocas más remotas. Al final la Segunda Guerra Mundial acabará entrando de manera tangencial en la trama.

 

En la frontera, a pesar de las similitudes con Todos los hermosos caballos, tiene un aire propio y sigue siendo un grandísimo libro, aunque el primero me parezca mejor. De nuevo, McCarthy va a dejar a su personaje abandonado en mitad de la nada, en mitad de la naturaleza salvaje, inmensamente solo y a punto de convertirse en un vagabundo, en un expulsado del sistema.

Ya estoy leyendo Las ciudades de la llanura, que cierra la trilogía y que, en realidad, la acaba dotando de unidad y sentido, puesto que en esta tercera novela, McCarthy va a hacer que se encuentren John Grady Cole, el protagonista de Todos los hermosos caballos, con Bill Parham, el protagonista de En la frontera, trabajando en un rancho del sur de Texas. Ya os hablaré de este tercer libro.

domingo, 29 de agosto de 2021

Todos los hermosos caballos, por Comac McCarthy

 


Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy

Editorial Debolsillo. 335 páginas. 1ª edición de 1992; ésta es de 2020.

 

Ya he comentado que en enero de 2021 empecé el año leyendo Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) y que fue una lectura que me impactó mucho. Hasta entonces había leído de McCarthy No es país para viejos (2005) y La carretera (2006) y, aunque me gustaron, no habían llegado a deslumbrarme. Cuando comenté esto mismo, hace años, en las redes sociales, hubo más de un lector de McCarthy que me dijo que yo no había leído las grandes novelas de este autor, que serían Meridiano de Sangre (1985) y No es país para viejos (1992). Ahora que he leído las dos ya puedo afirmar que las personas que me comentaron esto tenían toda la razón.

 

La acción de Meridiano de sangre se situaba en 1849 y la de Todos los hermosos caballos en 1949; es decir, justo un siglo después. La elección de la fecha en la que trascurre Todos los hermosos caballos no es una casualidad por parte de McCarthy, ya que esta novela está escrita justo después de Meridiano de sangre y en gran medida dialoga con ella. Las dos novelas se desarrollan en el mismo espacio físico, entre los estados del sur de Estados Unidos y los del norte de México, hablándonos siempre de una frontera difusa. El escenario de Todos los hermosos caballos es el mismo que el de Meridiano de sangre, pero más pacificado un siglo después. En el 1949 de McCarthy ya no será habitual que tres amigos entren en un bar a tomar algo y de madrugada solo salgan dos porque uno de ellos ha muerto en una pelea, como ocurría en su 1849, pero, si bien el nuevo mundo que dibuja está soportado sobre las ascuas del antiguo, aún perviven en él rescoldos de violencia, y en Todos los hermosos caballos el lector también se va a encontrar con más de una muerte violenta. No, desde luego, al nivel salvaje y apocalíptico de Meridiano de sangre, pero la violencia también será uno de los ejes constructivos de Todos los hermosos caballos.

 

John Grady Cole, de dieciséis años en 1949 (los mismo del autor en esa fecha, por cierto), es el protagonista de esta historia. La narración comienza cuando muere su abuelo, con el que vive en un rancho del oeste de Texas. Los padres de John están divorciados y el padre es un exsoldado de la Segunda Guerra Mundial que, en 1949, no parece muy equilibrado para cuidar de su hijo o de sí mismo. La madre de John, la heredera del rancho, sueña con convertirse en actriz y quiere vender la propiedad, de la que opina que no da beneficios. John quisiera explotar él ese rancho, cuya casa se construyó en 1872, antes de que desaparecieran los búfalos de la región en 1886, pero no va a poder ser. Es un momento importante para John, puesto que se va a quedar sin supervisión de los adultos y la idea de futuro que tenía para convertirse él mismo en adulto ‒dirigir el rancho familiar‒ va a desaparecer. Después del entierro del abuelo, John ensilla su caballo y «cabalgaba hacía donde siempre elegiría cabalgar, allí donde la bifurcación occidental del viejo camino comanche bajaba de la tierra kiowa en el norte y cruzaba la parte más occidental del rancho y podía verse su débil rastro hacia el sur.» (pág. 9)

 

Junto con su amigo Lacey Rawlins, de diecisiete años, John tomará su caballo y decidirá abandonar su casa y emprender un viaje de descubrimiento hacia el sur. John y Rawlins cabalgan hacia México y también hacia el pasado, pues en ellos McCarthy está simbolizando una forma de vida que está cerca de desaparecer, la de los jinetes o vaqueros, que cabalgan en un desierto sin alambradas o fronteras. Entre la página 29 y 30 podemos leer, hablando de John: «El muchacho que montaba un poco adelantado a él no solo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era, sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría puesto en marcha para vagar a donde fuese durante el tiempo necesario hasta encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría sido.» Por supuesto, en el 1949 de McCarthy ya hay automóviles, pero el caballo como medio de transporte persiste en el imaginario de John y de Lacey como símbolo de su relación con el pasado, como epítome de su conflicto con la época en la que les ha tocado vivir. John y Lacey van a ser vagabundos, personajes excluidos de los cambios de una modernidad que no aceptan.

 

El viaje al sur se complica cuando empiece a seguir a los dos jinetes Blevins, un chico de unos trece o catorce años, quien parece que se ha escapado de casa en un caballo robado y no parece una persona muy estable.

Parece que John y Lacey encuentran su lugar cuando empiezan a trabajar como vaqueros para un gran terrateniente mexicano. Son muy bellas las páginas costumbristas en las que McCarthy le muestra al lector cómo John y Lacey doman a una manada de caballos salvajes.

John quedará prendado de Alejandra, la hija del hacendado, sin saber aún que un desclasado como él no va a ser aceptado por el mundo del dinero. Las novelas de McCarthy son eminentemente masculinas, y lo que más parece interesarle es el paso del hombre de la niñez a la madurez. Muy rara vez la prosa de McCarthy refleja los pensamientos de los personajes, y el lector tendrá que deducir lo que piensan de sus actos. Unos actos que mueven las circunstancias y el duro aprendizaje de la naturaleza y el mundo. En Meridiano de sangre no había ningún personaje femenino relevante, y en Todos los hermosos caballos si los hay, representados por Alejandra y su tía abuela Alfonsa. Son mujeres fuertes y libres. Pero, en cualquier caso, la mujer parece ser el elemento de la naturaleza que va a debilitar la relación ancestral de amistad que existe entre los dos amigos.

 

 

He comentado que en las novelas de McCarthy no se narran los pensamientos de los personajes, pero ‒en más de una ocasión‒ la novela sobrepasa el mero relato de los hechos cuando alguno de estos personajes emite un parlamento. En Meridiano de sangre esto ocurría, sobre todo, cuando hablaba el siniestro juez Holden, y en Todos los hermosos caballos el mejor parlamento lo emitirá Alfonsa, cuando le hable a John de su vida durante la Revolución mexicana.

 

Debido a la relación que John y Lacey tuvieron con Blevins, la apacible vida que habían empezado a tener en la hacienda se volatizará. Hacia el tramo final de la novela, a John, de nuevo vagabundo, abandonado por el mundo del dinero, McCarthy le concederá un final épico. Un final que, en gran medida, me ha hecho pensar en Sin Perdón, la gran película que Clint Eastwood estrenó en 1992, el mismo año de la publicación de esta novela. Si bien, ambas obras son desmitificadoras del mundo del Lejano Oeste, en su tramo final no renuncian a la épica, tanto William Munny (el protagonista de Sin perdón) como John Grady, serán dos hombres a los que no les importará morir antes que sentirse humillados por otros que arrastraron a sus amigos (y a sus caballos).

 

La naturaleza se convierte en esta novela en un personaje más, y su descripción acaba siendo muy poética, y también precisa. En más de un caso, en vez de usar puntos, usa la conjunción «y» para generar una sensación de acumulación sensorial. McCarthy parece conocer el nombre de cada animal o yerbazo de la frontera. Como ya ocurría en Meridiano de sangre, en el texto hay muchas palabras que están en español en el original y que en la traducción aparecen con letra bastardilla. Más de una de estas palabras españolas no las conocía, puesto que reflejan elementos tradicionales del campo mexicano. John, gracias al trato con los trabajadores de su rancho, sabe hablar español.

Todos los hermosos caballos es una obra bellísima sobre un mundo que se agota, un absoluto western crepuscular. Una obra maestra.

domingo, 22 de agosto de 2021

Meridiano de sangre, por Cormac McCarthy

 


Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy

Editorial Random House. 347 páginas. 1ª edición de 1985, ésta edición es de 2020.

Traducción de Luis Murillo Fort

 

De Cormac McCarthy (Rhode Island, 1933) había leído hasta ahora dos novelas, No es país para viejos (2005) y La carretera (2006), que me gustaron pero que no me llegaron a deslumbrar. Cuando hace ya años comenté en mi blog La carretera y dije que no me parecía un libro tan sobresaliente como gran parte de la crítica afirmaba, recuerdo que algún lector, en el que yo confiaba, me dijo que realmente no había leído las obras más importantes de McCharthy, que serían, en principio, Meridiano de sangre y Todos los hermosos caballos. Así que me quedé con la idea de que en algún momento del futuro tenía que acercarme a estos libros. En diciembre, poco antes de las vacaciones de Navidad de profesor, empecé a buscar información sobre Meridiano de sangre, y vi que muchos críticos la consideraban una de las grandes novelas norteamericanas del siglo XX. Me animé y la compré en una librería por internet. La empecé a leer el 1 de enero de 2021, tras haber llegado al ecuador de los Cuentos completos de Thomas Wolfe.

 

El protagonista de Meridiano de sangre es «el chaval», al que McCharty decide no darle un nombre, y de este modo le convierte en un testigo un tanto genérico de toda la violencia que le va a hacer contemplar. El chaval nace en 1833, y en el parto muere su madre, algo que su padre alcohólico parece reprocharle. El chaval ha llegado al mundo con un pecado original y los catorce años dejará su Tennessee natal, y se lanzará al mundo. «No sabe leer ni escribir y ya alimenta una inclinación a la violencia ciega.» (pág. 11)

Aunque McCarthy nació en Rhode Island, en el norte de Estados Unidos, creció en Tennessee, que ya pertenece al sur, y aquí parece que se establece un paralelismo entre el personaje y el autor. El chaval vagará por el sur de Estados Unidos, Menfis, San Luis, Nueva Orleans, Tejas, etc.

La acción principal de la novela se va a desarrollar en 1849, cuando el chaval tiene dieciséis años. El chaval ha sido arrojado a un mundo tremendamente violento, un mundo de trabajos precarios, robos y mendicidad. Un mundo de compañeros fugaces, en el que no es algo extraordinario que entren tres amigos a beber en un bar y horas más tarde salgan dos, porque uno de ellos ha muerto en una pelea.

 

McCarthy sitúa la acción de su novela en una época de fronteras imprecisas entre Estados Unidos y México. En un principio, el chaval parece encontrar acomodo como soldado en un ejército irregular que va a hacer su propia guerra en el territorio mexicano. Cuando este ejército es desbaratado por los apaches y él sobrevive, se unirá a otra formación mercenaria a la que le pagan los mexicanos por acabar con los apaches. Una formación que si no encuentra a apaches a los que arrancarles las cabelleras, para justificar un cobro, no dudará en arrasar pueblos de mexicanos a los que hará pasar por apaches para poder cobrar así las recompensas.

El mundo de McCarthy además de ser violento es profundamente amoral, es un mundo sin Dios, un mundo de hombres que luchan y matan como si fuesen animales salvajes, bajo la inclemencia de unas condiciones naturales extremas.

 

La compañía de mercenarios está capitaneada por Glanton, un líder alocado y violento, pero su líder en la sombra ­‒o «líder espiritual», como lo llaman en la contra del libro‒ es el juez Holden. El juez Holden, que por supuesto no es un «juez» real, es una de las creaciones más importantes de esta novela. Holden es un hombre de más de 1,90 metros de altura y 150 kilos de peso. De piel muy blanca en la que no tiene ni un solo pelo. Un hombre muy cultivado e inteligente, que habla varios idiomas y cuyo vocabulario e ideas están muy por encima que los de sus compañeros de aventuras. Sin embargo, el juez Holden también es un refinado canalla, otro violento amoral muy acorde a su grupo de acompañantes.

Según lo que he leído en internet, al personaje del juez Holden la crítica lo relaciona con la obra de Herman Melville, ya que considera que este personaje de McCarthy podría ser una evocación del capital Ahab, pero, a la vez, también de Moby Dick. La blancura y la ausencia de pelo de Holden nos conducen a Moby Dick y la obsesión y la búsqueda al capital Ahab. Porque además de ser un erudito, Holden es un hombre curioso, que va recogiendo muestras de rocas o de flora y fauna de cada lugar por el que pasa la compañía, sobre las que anota en sus cuaderno. «Todo aquello que existe, dijo. Todo cuanto existe sin yo saberlo existe sin mi aquiescencia.», leemos en la página 209 en boca del juez Holden, una muestra de su autoproyección mesiánica.

En un momento del libro, el chaval y el juez Holden deberán enfrentarse, y no nos encontraremos aquí, como podía ocurrir en Moby Dick, con una lucha entre el bien y el mal, sino entre principios vivos diferentes, entre lo amoral y el mal, un juego más sutil y fuera de las leyes de los hombres.

 

Las descripciones de la naturaleza son impresionantes en Meridiano de Sangre. McCarthy se ha empapado de la fauna, la flora y la historia del territorio y la época que retrata. En letra bastardilla aparecen en la novela palabras y frases que en el original están en español. Incluso en estas frases el lector de lengua española se puede encontrar con un vocabulario desconocido y remoto. En más de un caso, la violencia de las escenas terrenales se desplaza hacia una mirada sobre las estrellas, sobre su oscuridad y silencio, como si McCharty le quisiera decir al lector que, en realidad, todo lo que está contando, todo el desgarro y la muerte, son insignificantes a los ojos del universo, un universo enorme y sin dios.

Los detalles narrativos son muy ricos y poéticos. Así, por ejemplo, en la página 51 leemos: «Pasaron por Castroville, donde los coyotes habían desenterrado a los muertos y esparcido sus huesos, y cruzaron el río Frío.»

 

Al leer Meridiano de sangre he encontrado algunos paralelismos con La carretera, publicada veintiún años después. La carretera está ambientada en un futuro cercano, en el que ha habido un desastre (tal vez una guerra nuclear) y los pocos supervivientes vagan por un mundo en cenizas, buscando latas de comida o recurriendo al canibalismo. La carretera era una novela sobre la violencia en el ser humano, una vez que cualquier idea de Estado o comunidad ha desaparecido. En Meridiano de sangre la violencia y el poder de las armas rigen los designios de sus personajes, de un modo casi similar al de La carretera, porque en esa frontera huidiza el poder estatal parece ausente. Los norteamericanos, los mexicanos o los apaches, todos son violentos y ejercen las violencia sobre los demás en la medida que pueden. «El sendero se estrechaba entre unas rocas y al poco rato llegaron a un arbusto del que colgaban bebés muertos.», leemos en la página 67 de Meridiano de sangre, un detalle de violencia extrema que podríamos haber encontrado en La carretera. Una referencia más directa; en la página 171 de Meridiano de sangre leemos «Una de las yeguas había parido en el desierto y aquella frágil criatura pronto fue espetada en una vara de paloverde colgada sobre las brasas mientras los delaware se pasaban una calabaza que contenía la leche cuajada extraída de su estómago.» En La carretera un grupo de hombres tienen retenida a una mujer embaraza y cuando da a luz también hacen un espeto con el bebé (en este caso humano) y se lo comen. Imagino que McCarthy sería consciente de la repetición de escenas, y quiso colocar en La carretera una mucho más espeluznante que la de Meridiano de sangre. Sin embargo, me parece que Meridiano de sangre es un logro literario mucho mayor que La carretera.

Si bien, Meridiano de sangre huye de la introspección, y todos los personajes van a quedar definidos por sus palabras y sus actos y no por sus pensamientos, la lectura de Meridiano de sangre acaba siendo hipnótica por la evocación de una época, una naturaleza y las relaciones brutales entre los hombres.  Meridiano de sangre es una de las más grandes novelas norteamericanas que he leído.

domingo, 19 de agosto de 2012

La carretera, por Cormac McCarthy


Editorial Mondadori. 210 páginas. 1ª edición de 2006, ésta de 2007.

Hace unos años leí de Cormac McCarthy (Providence, EE. UU., 1933) la novela No es país para viejos (2005). Fue una lectura interesante: me gustó mucho su ritmo y cómo jugaba con el recurso de las elipsis narrativas, aunque quizás esta obra adolecía para mí de falta de reflexión. Hay algo que suelo buscar en una novela: el reflejo del flujo de conciencia o de pensamientos de los personajes, para poder acercarme a ellos, para que leer sea una experiencia diferente a la de ver una película.
Es decir, si yo leo una novela de Philip Roth acabo sabiendo quiénes son los personajes que la novela nos presenta, porque sé qué piensan sobre el mundo planteado por el escritor, y en No es país para viejos los personajes sólo se definían por sus acciones y sus diálogos. Algo nada novedoso por otra parte: Dashiell Hammett ya había escrito varias novelas policiacas usando técnicas cinematográficas antes que McCarthy naciera.
 No es país para viejos me pareció una historia potente, que ocultaba un guión cinematográfico en su descripción escueta de las escenas narradas. Vi la película y me gustó, pero no tanto como el libro: yo sabía al verla cuáles eran las escenas de la novela que habían sido suprimidas.

En 2010 vi en el cine la adaptación cinematográfica que hizo el director John Hillcoat de La carretera: fue una película que me impresionó. Me pareció que estaba muy conseguida la imagen apocalíptica del mundo imaginado, con esos grises abrumadores, los árboles muertos… Y las actuaciones de Viggo Mortensen y del niño Kodi Smith-McPhee me resultaron muy convincentes.

Un amigo que vio la película y leyó la novela me comentó que la adaptación cinematográfica era bastante fiel al libro. Aún así, después de ver la película me quedé con la idea de leer el libro, que por otra parte está en la biblioteca de Móstoles (aunque casi siempre prestado). Y hace unas semanas me apeteció hacer un alto en el volumen de El Aleph con las 3 novelas de Juan José Saer, y cuando estaba acabando la segunda saqué La carretera de la biblioteca.

El resumen argumental del libro creo que es de sobra conocido: en un futuro cercano, el mundo parece haber sufrido una crisis nuclear. La flora y la fauna han muerto. El suelo está cubierto de cenizas, el sol casi no puede atravesar una capa de sedimentos en suspensión, y la temperatura del planeta ha bajado. Entre árboles muertos, sobre cenizas, un padre y un hijo se desplazan con un carrito de la compra hacia el sur (en la zona donde se encuentran el padre sabe que no podrán resistir otro invierno). Gracias a las indicaciones de un mapa, siguen la línea marcada por las carreteras interestatales. En el mundo quedan algunos humanos, pero cada vez menos comida. Sólo hay dos formas de alimentarse: encontrar latas de conserva que aún no se hayan comido otros o recurrir al canibalismo. Padre e hijo viajan hacia el sur esquivando a grupos armados de caníbales.
“Se quedó allí sentado con los gemelos en la mano, viendo cómo la cenicienta luz del día cuajaba sobre el terreno. Solo sabía que el niño era su garantía” (pág. 10); como se nos informa en la segunda página del libro, la única motivación del hombre para seguir vivo es proteger a su hijo; continúa el párrafo citado: “Y dijo: si él no es la palabra de Dios Dios no ha hablado nunca” (¿Entre los dos Dios no debería haber una coma?, me pregunto)

La voz narrativa, en tercera persona, acompaña casi siempre el punto de vista del hombre; y digo casi siempre porque en la página 14 (la 5ª del libro) hay una única vez que se cede al niño: “Estuvo mucho rato tratando de dormir. Al cabo se dio la vuelta y miró al hombre. Su rostro a la luz de la pequeña lámpara rayado de negro por la lluvia como un actor dramático de la antigüedad.” Al leer este párrafo en la 5ª página del libro, pensé que el narrador iba a ir distribuyendo el punto de vista entre el padre y el hijo, pero no es así: esta es la única vez (si descontamos las páginas finales, en las que el niño se ha quedado solo, aunque aquí todo está descrito con mucho distanciamiento), y más que otra cosa me ha parecido un titubeo narrativo inicial que el autor se olvidó de corregir en la versión definitiva de la novela (además el niño, debido al momento en que ha nacido, no sabe lo que es un actor dramático de la antigüedad).

Quizás al comenzar a leer La carretera tenía muy presentes las imágenes de la película y el mundo planteado por McCarthy no conseguía sorprenderme. De hecho, temí algo: este libro ha sido un bestseller, no será verdad que tenga concesiones de bestseller, porque lo sospeché en algunos momentos iniciales: el protagonista se interroga en la pág. 15: “¿Estás ahí?, susurró. ¿Te veré por fin? ¿Tienes cuello por el que estrangularte? ¿Tienes corazón?”, pág. 26: “La luz diurna cruda y fría colándose por el tejado. Gris como su corazón”, pág. 47: “El corazón me lo arrancaron la noche en que el nació” y sólo un poco más abajo en la misma página: “Porque yo ya estoy harta de mi prostituido corazón”.
La verdad: demasiados corazones para mí (he estado pensado hacer un chiste con el famoso programa de Anne Igartiburu; pero luego me he dicho: esto es más propio de La medicina de Tongoy; sé fiel a tu estilo sobrio, no le copies los recursos narrativos al amigo Carlos). La frase “Gris como su corazón” estuvo a punto de conseguir que cerrara el libro. No me podía creer que una historia tan dura y tan seca tuviera estas concesiones a la cursilería.

La narración de La carretera es en gran medida descriptiva: aquí abundan las frases cortas, que usan verbos en pasado perfecto simple y que implican movimiento.
Para conseguir que la narración sea más rápida y dinámica se usa otro recurso: en muchas frases se omiten los verbos, por ejemplo: “Ese es el primer ser humano aparte del chico con quien había hablado en más de un año. Mi hermano a fin de cuentas. Las especulaciones de reptil en sus ojos fríos y movedizos. Los dientes grises y podridos. Mazacote de carne humana. Que ha hecho con cada palabra del mundo una mentira.” Los verbos omitidos normalmente son éstos: ser, estar, tener, ver…, y al omitirlos se evita una repetición torpe.
En realidad, los recursos narrativos son bastante sencillos.

En algunos momentos, la lectura de lo narrado, además de ser visual, sí invita a la reflexión; en este sentido, me han gustado párrafos como éste: “Intentó pensar en algo que decir pero no pudo. No era la primera vez que tenía esta sensación, más allá del entumecimiento y la sorda desesperación. Como si el mundo se encogiera en torno a un núcleo no procesado de entidades desglobales. Las cosas cayendo en el olvido y con ellas sus nombres. Los colores. Los nombres de los pájaros. Alimentos. Por último los nombres de cosas que uno creía verdaderas. Más frágiles de lo que él habría pensado. ¿Cuánto de ese mundo había desaparecido ya? El sagrado idioma desprovisto de sus referentes y por tanto de su realidad. Rebajado como algo que intenta preservar el calor. A tiempo para desaparecer para siempre en un abrir y cerrar de ojos” (pág. 69-70).
El párrafo anterior sí entra en el territorio en que la literatura puede luchar contra el cine, en el de la reflexión y las ideas.

Si he de comparar esta novela con Plop de Rafael Pinedo (comentado en el blog AQUÍ), diría que esta segunda –publicada en 2003 y por tanto 3 años antes que La carretera- me pareció más original que la que comento hoy aquí; porque Plop conseguía crear un lenguaje nuevo adecuado al mundo que describía. El narrador de Plop no le explicaba el mundo a un contemporáneo como hace La carretera, sino a un habitante del propio mundo propuesto.
Sin embargo, La carretera tiene una capacitad más grande para resultar empática con el posible lector, ya que de difícil forma podíamos identificarnos con el código de normas deshumanizadas que regían el mundo de Plop, y en La carretera nos encontramos con el sentimiento universal de un padre que desea proteger a su hijo.

Sé que el haber visto antes la adaptación cinematográfica ha hecho que disfrute menos de La carretera: el mundo propuesto por McCarthy ya era territorio conocido para mí, y en esta novela predomina fuertemente la narración del puro movimiento respecto a la reflexión; así que básicamente era como si estuviese leyendo el guión de la película (he podido descubrir qué escenas no se llevaron a la pantalla: en realidad, la adaptación es muy fiel, y sólo tiene alguna supresión).
Quizás también debería apuntar que uno suele esperar mucho de un libro del que se ha hablado tanto y que ha llegado a ganar un premio importante como el Pulitzer de 2007, y que las altas expectativas a menudo llevan a la decepción. Y al revés: si La carretera estuviese escrita por un autor desconocido hace 30 años, un autor que murió en la pobreza -por ejemplo en 1986- y ahora alguien ha rescatado aquel libro que casi no tuvo difusión y lo ha traducido al español y aquí lo comercializa una pequeña editorial –y no ha habido ninguna película- seguramente yo diría en el blog que es un libro que merece mucho la pena.

En todo caso, después de algunos titubeos iniciales, debidos a lo simple que me parecía el lenguaje, y a esos puntos de fuga hacia la cursilada (recordemos el exceso de corazones), he acabado, al acercarme a la mitad del libro, por entrar en la historia y poder disfrutarla más. Pero la he disfrutado como lo que realmente es: una novela de género (una novela visual de acción).
Así que por ahora Cormac McCarthy me está pareciendo un excelente guionista cinematográfico, del que en algún momento me gustaría leer La trilogía de la frontera, de ella –recuerdo haberlo leído en Entre paréntesis- que Roberto Bolaño hablaba muy bien.