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miércoles, 31 de enero de 2018

La mirada de los peces, por Sergio del Molino.

Editorial Random House. 210 páginas. 1ª edición de 2017

De Sergio del Molino (Madrid, 1979) había leído hasta ahora tres libros: No habrá más enemigo, La hora violeta y Lo que a nadie le importe. Le conocí en persona en el Encuentro de Blogs literarios que tuvo lugar en el Media-Lab Prado de Madrid en 2012 y, desde entonces, me aficioné a sus títulos. Estuve también en la presentación de La España vacía en 2016 y tengo firmada la primera edición. Este libro tuvo mucho éxito y ya va por la octava o novena. Sin embargo, aún no he leído este libro. El motivo es absurdo: me propuse compaginar la ficción con los ensayos económicos, y al ser La España vacía un ensayo (pero no de economía) mi subconsciente ha ido postergando su lectura. Así que cuando apareció La mirada de los peces me pareció un sinsentido pedírselo a la editorial si no había leído aún su anterior obra. Pero La mirada de los peces es una novela y por tanto no rompía mis reglas de lectura. Y además, y simplemente, los adictos a la entrada de nuevos libros en casa somos así. Basta de justificaciones.
Cuando leí algún comentario positivo en Facebook sobre la nueva novela de Del Molino, afirmando que hablaba de los 90 y que era una novela generacional, me apeteció leerla. Se la solicité a Random House y desde la editorial me la enviaron muy amablemente.

Siguiendo la línea narrativa de exploración de la propia vida que inició Del Molino con La hora violeta y continuó con Lo que a nadie le importa, el narrador y personaje de La mirada de los peces es el propio Sergio del Molino. Por tanto, la unidad entre estos tres libros es, lógicamente, muy fuerte: la misma voz narrativa, la misma mirada sobre el mundo y los mismos escenarios, que para el lector de Del Molino empiezan ya a ser familiares (la mujer Cris, el hijo Daniel…), y no sólo para el lector de sus novelas, porque quien sigue a Del Molino en Facebook siente que está leyendo en esta red social páginas sueltas de sus libros, y sabe que algunos de sus materiales y anécdotas son trasferibles desde un soporte al otro.

El hilo narrativo principal de La mirada de los peces es un hecho de carácter dramático: Antonio Aramoyana, antiguo profesor de Filosofía en el instituto de Del Molino y conocido activista social y político de la ciudad en la que ambos viven –Zaragoza– se está despidiendo de sus familiares y amigos. Como buen nietzscheano, ante el deterioro de su cuerpo (tiene que tomar cada día treinta y una pastillas y moverse en una silla de ruedas) ha decidido suicidarse. En este caso, el suicidio sería una afirmación de su voluntad, un corolario a sus años de militancia en movimientos como Derecho a una Muerte Digna. Cuando conoce la decisión de su antiguo profesor, Del Molino empieza a escribir sobre su relación con él en unos cuadernos. En más de un momento se juega a la metaliteratura: Del Molino reflexiona sobre la propia escritura de estos cuadernos que no sabe si acabarán siendo un libro. El tiempo narrativo, nos dice, ha de ser el presente, y no una carta dirigida a un muerto, por más que su profesor haya ya fallecido cuando se encuentran ya ordenadas todas las páginas que constituyen la novela. Del Molino quiere mostrar en su libro a un Aramoyana vital, y para ello, además de escribir sobre los encuentros que tiene con él en torno a 2016, cuando ya ha tomado la decisión de suicidarse, empieza a recordar la época en la que le conoció, a mediados de los años 90 en un instituto de un barrio periférico de Zaragoza. Para Del Molino, Antonio Aramoyana es el profesor estimulante que encuentra en un mar de aburrimiento. Pero si bien, como ya he apuntado, el hilo narrativo principal de esta novela es hablar de su profesor, Del Molino también acaba hablando de sí mismo, de aquel que fue en los años 90 y que ha dado forma al adulto que es ahora.

La mirada de los peces no pretende bucear en los motivos que llevan a Aramoyana al suicidio, ni cuestionar la propia idea del suicidio, tampoco pretende hacer la hagiografía de un santo que cree en el laicismo y la educación pública, sino que quiere mostrar al antiguo profesor y presente amigo, sus luces y sombras (siempre partiendo de la base de la admiración y el entendimiento). En este sentido es significativo un párrafo que encontramos en la página 202: «Es lo que siempre admiré de Antonio, que hiciese lo que le daba la gana. Por eso me gustaba más de cerca que de lejos. Por eso le prefería en el aula antes que en la calle, en el café antes que en la tribuna, en la conversación antes que en los libros. Me gustaba donde me podía dar ejemplo y no donde quería darnos ejemplo. Donde se dan los abrazos y no caben los aplausos.»

Además de mostrar las luces y sombras de Aramoyana, Del Molino quiere en La mirada de los peces enfrentarse a las suyas propias, a las correspondientes a un chico de barrio periférico, vestido con camisetas de grupos heavies y melena a juego. En esos recuerdos destaca el análisis que hace de su coqueteo con la estética abertzale, más por afán de provocar que por convencimiento político.

«No tengo creencias, sólo un puñado de ideas vagas que van cambiando de página en página. Mi mente es como mis libros, sin línea cronológica coherente, divagadora, obsesiva y olvidadiza a la vez», leemos en las páginas 186-87 y esto puede explicar algunas de las opiniones que Del Molino lanza con contundencia en sus libros o en su Facebook, donde –como ya he señalado– se dan, en más de una ocasión, confluencias significativas. Me he percatado de que alguna reflexión o anécdota reseñada en La mirada de los peces la conocía ya de su Facebook.
Me sorprende la capacidad de Del Molino para divagar con gracia, para hila recuerdos y metáforas con los que alumbrar hechos del pasado que explican los del presente, mediante ingeniosos juegos interpretativos que le permiten pasar de hablar de Aramoyana a la suciedad de su barrio de Zaragoza, por ejemplo. Es la Del Molino una narrativa de la divagación con encanto, al estilo del articulista profesional (de frase bella y sorprendente) que era Francisco Umbral.

La periferia de Zaragoza (ciudad que no conozco) empieza a ser ya para mí un lugar literario, los descampados de Ángel Gracia en Campo rojo se funden con los de Del Molino, que también caminó por las mismas calles plagadas de nazis que Miguel Serrano Larraz transita en Autopsia (libro que cita Del Molino poco después que sus páginas me llevaran a mí a evocarlo).

Me lo planteé al leer Lo que a nadie le importa y me lo vuelvo a plantear ahora: Del Molino me parece muy bueno haciendo lo que hace; su personaje (él mismo) tiene mucho encanto y su capacidad para hilar anécdotas significativas y con gracia parece no tener fin. ¿Es esto cierto? ¿No tendrá que cambiar Del Molino en algún momento su estilo narrativo y escribir de otra forma por puro agotamiento de la fórmula que practica? Ahora Del Molino se ha convertido en un escritor de éxito, posiblemente el de mayor éxito de su generación, y esto se refleja en el libro. Sin embargo, él trata de quitarse importancia y para ello se refiere a sí mismo con términos como «imbécil» o «monstruo», que restan pompa a su presunta figura de triunfador. ¿Hasta qué punto se puede hablar de familiares, amigos y compañeros de trabajo con total sinceridad en una obra literaria?, ¿el miedo a herir al otro supone una limitación a la propia indagación que el texto pretende hacer sobre la realidad?  «Había un escritor ahí, pero su propia conciencia de la libertad, su propio orgullo de persona independiente, cada vez más frágil y cada vez más necesitada de la amabilidad ajena, le impidieron traspasar ese umbral que todo escritor ha de cruzar para entrar en la literatura, el del pudor.», leemos en la página 100. Y sí, en La mirada de los peces se traspasa el umbral del pudor, pero ¿se hace hasta el final? ¿Se podría ir más allá con una novela que camuflara lo autobiográfico con el escudo de la ficción como hace, por ejemplo, Philip Roth? ¿Es la autoficción también autolimitación? No sé si Del Molino tendrá que cambiar su forma de escribir en el futuro, pero por ahora sí sé que La hora violeta, Lo que a nadie le importa y La mirada de los peces son tres novelas de gran coherencia y valor literario. Tengo que leer pronto La España vacía, y, claro, seguir leyendo a Del Molino en Facebook mientras espero a que escriba su próximo libro.


domingo, 23 de noviembre de 2014

Lo que a nadie le importa, por Sergio del Molino

Editorial Radom House. 253 páginas. 1ª edición de 2014.

Lo que a nadie le importa es el tercer libro que leo de Sergio del Molino (Madrid, 1979), tras No habrá más enemigo (Tropo, 2012) y La hora violeta (Mondadori, 2013). Conocí en persona a Sergio en marzo de 2012, porque los dos fuimos invitados en Madrid a un encuentro de blogs literarios. Después le he vuelto a ver un par de veces más en las presentaciones de sus libros en Madrid (Sergio reside en Zaragoza).

No habrá más enemigo era una ficción imperfecta, un libro que tenía más que ver con el subconsciente que con el género fantástico. Y era imperfecta porque las piezas que se mostraban en ella no encajaban entre sí, pero no porque estuviese mal escrita. En realidad, estaba muy bien escrita. Una novela más experimental que imperfecta, podríamos apuntar, porque el término imperfecto no explica posiblemente las intenciones del autor cuando consigue escribir algo tan oscuro como ha pretendido.

Con La hora violeta, Sergio se adentró en los terrenos de la literatura testimonial. De forma lírica y emocionante (en la línea de Mortal y rosa de Francisco Umbral), nos hablaba de la enfermedad y muerte de su hijo de dos años. Un libro bello y desolador.

En Lo que a nadie le importa Sergio continúa por la senda de la literatura testimonial que empezó a recorrer en la novela anterior. En este nuevo libro el autor se ha propuesto indagar en la vida de José Molina, su abuelo materno, un hombre callado que, como tantos abuelos de este país, fue a la guerra civil y volvió para no contarlo. Pero ahora, liberada la prosa del testimonio terrible, del desquite con la vida que planteó en su anterior libro, el estilo se vuelve en esta novela más irónico, más juguetón e imaginativo.
Son muchos los puntos de unión entre este libro y el anterior: Sergio nos habla en esta nueva ficción, por ejemplo, de su pareja –Cris– como si fuese ya un personaje conocido por el lector.

En unas páginas que sirven de introducción, y que empiezan con la gran frase: “Éramos pobres pero teníamos Francia”, Sergio nos relata su relación adolescente con este país, como territorio para soñar. Yo llegué a pensar que lo que iba a leer era una historia de la Segunda Guerra Mundial, con resistencia francesa de fondo. Pero no, allí estaba Francia en mi adolescencia, como el país en el que podía imaginarse siendo Proust o Julio Cortázar, parece decirnos Sergio, pero yo de quien quiero hablar es de mi abuelo carnal, del que volvió de la guerra para no contarlo, del soldado nacional que fue mi abuelo; aquel que calló después de la guerra que perdió; porque cuando uno está en la primera línea de asalto de una guerra y su bando gana y vuelve a casa para no contarlo, en realidad se pierde la guerra, todas las guerras se pierden porque se gana el miedo y los recuerdos atroces del frío, el hambre y el mal olor, por supuesto.

José Molina, zaragozano, mozo en un tienda de telas, aficionado a remar por el Ebro, va a la guerra. Es herido, marcado con cicatrices, y vuelve a casa para no contarlo, en nuestro país de tiempo de silencios. Después de la guerra decidirá mudarse a Madrid, y dos serán los acontecimientos principales que allí le esperan: conocer a la Currita, Carmen de Lara, abuela materna de Sergio, y conseguir un puesto en la sección de telas de El Corte Inglés.

Sergio relata la historia de su abuelo de forma lineal, salvo en algunos momentos en los que elige el salto temporal para adelantar hechos que luego quedarán explicados. “No recreo una época, sino que la creo desde la nada. Estas supuestas memorias familiares son lo más fabuloso y ficticio que he escrito nunca”, nos dice el autor entre las páginas 119 y 120. Sergio reconstruye la vida de su abuelo silente en muchos casos desde la imaginación, desde las lecturas de los libros que hablan de la época, y sobre ellos sitúa a su abuelo. “No sé nada de los amores de José Molina antes de mi abuela” (pág. 44). “Él no me habló del doctor Vallejo-Nájera. Ni de los fosos de letrinas llenos de mierda enferma, ni de los pantalones sangrantes, ni de las latas de sardinas. Todo esto lo he leído en el libro de mi amigo Javier Rodrigo, y a través de sus palabras enfoco esas estampas que se formaron en el iris de mi abuelo cuando me dijo que le tocó vigilar un campo de prisioneros” (pág. 93).

Aunque al final la reconstrucción de la vida del abuelo mantiene una estructura bastante lineal, Sergio se distancia de ella en bastantes momentos. Es decir, ésta es la reconstrucción de la vida del abuelo igual que en gran parte es la reconstrucción de su propia vida. Lo que a nadie le importa es una novela digresiva: Sergio trata de conocer, por ejemplo, el campo de batalla en el que fue herido su abuelo y nos narra la visita que hace a él, páginas en las que se mezclan reflexiones sobre la Guerra Civil con sus discos de Metallica. Para narrar el Madrid del abuelo, el narrador primero ha de hacer suya la ciudad, y en más de una página nos relata las andanzas por ella, ciudad que también es la suya. O también se nos puede plantear más de una reflexión metaliteraria sobre la construcción de la propia novela, sobre las dificultades que se encuentra en su composición, sobre los métodos de investigación que ha seguido para acercarse a la época retratada, o más sencillamente sobre la elección del título.

Antes, al hablar de La hora violeta, citaba a Francisco Umbral y su Mortal y rosa. De Umbral he leído dos libros, Mortal y rosa y La noche que llegué al café Gijón, además de muchas de sus columnas de periódico (de hecho, durante una temporada larga sus columnas me parecieron lo mejor que se podía leer en un periódico en España). El tono de Lo que a nadie le importa me ha recordado al Umbral más juguetón e imaginativo con el lenguaje. Podría afirmar incluso que el lenguaje es el gran personaje de esta novela de Sergio del Molino, un lenguaje muy simpático, rítmico, plagado de ideas originales, comentarios que se olvidan del cuerpo principal de la novela y se expanden por la página como digresión columnística: “Cuando los guiris buscan en el Lonely Planet los mejores sitios para vivir la experiencia madrileña del churro y la porra, ridiculizan un ritual de pueblo resignado. No entienden que desayunar chocolate con porras es una forma de humillación. El pueblo que lo practica siente que sólo puede recuperar su grandeza degollando a soldados franceses en la Puerta del Sol y dejándose fusilar al día siguiente en un cuadro de Goya con marco de oro. El chocolate con porras es un registro fósil de la tragedia bárbara que es Madrid y no se puede tomar sin regresar al absolutismo” (pág. 113).

La vida retratada aquí, la de José Molina, pese a haber combatido en una guerra, es la de una persona sedentaria, callada, para nada estridente. Que nadie se acerque a este libro con el deseo de encontrar en sus páginas heroicidades, grandes secretos de familia o giros inesperados de la trama, porque se va a decepcionar. Este es un libro de ambición literaria, para lectores que sepan apreciar el misterio de la vida, no el de las grandes gestas, sino el que se encuentra en los intersticios de la vida cotidiana, en el deseo de reconstruir los silencios familiares que acaban siendo, por extensión, los silencios de una época.

Lo que a nadie le importa me ha gustado mucho. Es un libro escrito por un prosista magnífico. Me he sorprendido a mí mismo desconfiando de la solapa del libro, cuando afirma que Sergio del Molino ha nacido en 1979; porque esta novela me ha parecido la obra madura de un escritor con mucho talento.

Tengo curiosidad por saber cuál será el camino literario que va a seguir Sergio a partir de ahora: ¿seguirá por esta senda de la autoficción que tan buenos resultados le está dando? ¿Se acercará a algunos de los huecos narrativos que he intuido tras acabar su libro? ¿Escribirá la historia de su padre, del que, tal vez estratégicamente, no se habla en este libro? ¿La historia de su vida en los veranos de Francia? ¿O volverá a la ficción?

domingo, 9 de marzo de 2014

La hora violeta, por Sergio del Molino

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2013.

A Sergio del Molino (Madrid, 1979) lo conocí en el encuentro de blogs literarios que se celebró en el Media-Lab Prado de Madrid en marzo de 2012, al que los dos habíamos sido invitados. Después de aquel día he coincidido con él en dos ocasiones. Fui a la presentación de su libro No habrá más enemigo en Madrid, que tuvo lugar en la librería Tipos Infames (la reseña de ese libro está AQUÍ). También fui el año pasado a la presentación en Madrid de su nuevo libro, La hora violeta, en La Central de Callao. Esto ocurrió en abril de 2013, y hasta este enero La hora violeta ha sido uno de mis posibles libros por leer. No lo empezaba debido a mi caos habitual respecto a las nuevas lecturas que acometer y también por el miedo que me provocaba adentrarme en sus páginas.
La hora violeta, como el propio autor nos cuenta en la primera página, trata de lo siguiente: “Mi hijo Pablo tenía diez meses cuando ingresó en el hospital, y estaba a punto de cumplir dos años cuando arrojamos sus cenizas. Ése es el tiempo que cabe en nuestra hora violeta. Ése es el tiempo que cabe en este libro, que contiene todas las palabras que hacen falta para nombrar mi condición” (pág. 11).

En octubre de 2013 La hora violeta fue galardonada (junto con Daniela Astor y la caja negra de Marta Sanz) con el premio Tigre Juan; y en diciembre de 2013 le concedieron el premio Ojo Crítico.

En La hora violeta no hay trucos narrativos; y aun así, a pesar de haber leído en la primera página el párrafo que he copiado más arriba, uno espera que Pablo pueda librarse de la enfermedad y que Sergio y Cris, sus padres, puedan retomar su vida donde la dejaron antes de que le fuese diagnosticada a su hijo una complicada leucemia. De hecho, Sergio juega en el texto a reírse de los trucos narrativos, y –como ya hacía en No habrá más enemigo– compara su narración con el guión de una película: “Vivimos atascados en ese no-man’s time, en un pleonasmo de nosotros mismos, y en él evocamos aquel relato fantástico e inverosímil, aquella tragedia barata llena de artificios de guionista zafio, que nos encerró aquí” (pág. 11); “Golpes de efecto baratos e insoportables, reiteraciones de guión de telefilme de sobremesa, pirotecnia melodramática” (pág. 44).

Escribir La hora violeta le sirve a Del Molino para evadirse de lo importante –el recuerdo de su situación–, haciendo de la escritura de su historia lo urgente: “Lo urgente es también este libro. Con su escritura esquivo lo importante. Encaro la pena con palabras, y mientras resuelvo problemas de estilo, depuro el lenguaje y estructuro sus páginas, evito ser tragado por lo importante. Cuidar de los detalles literarios es mi forma de asirme al mástil y mantenerme al mando de la nave. De otro modo, me perderían las sirenas o me cegaría la contemplación del brillante y amorfo espanto que me rodea y me atraviesa” (págs. 144-145).

Cuando este libro fue novedad literaria y se comentó en algún blog de reseñas, recuerdo leer alguna opinión que afirmaba que sobre algo así –sobre la muerte de un hijo– no se debería escribir. En aquel debate acabé interviniendo para apuntar que lo mismo podría decirse de los escritores que relatan sus experiencias en los campos de concentración nazis, que sobre eso no debería escribirse. Vuelvo a opinar ahora lo mismo que opiné entonces: es precisamente de estos temas, de los temas más duros y terribles, de los que más nos afectan, precisamente de los que hay que hablar. Puede que una aventura en un país lejano, y en otra época, logre interesarme o no, pero una experiencia tan íntima como la muerte de un ser querido y, de forma más sangrante, en el caso de un hijo, me ha emocionado mucho. Desde luego, no creo en la idea de que, porque alguien hable de un tema solemne, su libro se convierte de forma automática en literatura. La hora violeta es literatura porque, al hablar de un tema universal (la muerte de un ser querido), consigue tratarlo con mucha delicadeza, reflexionando sobre la muerte y la vida en un hospital, y desde ángulos muy personales. “Me siento extranjero en un país cuyo idioma no comprendo y donde todo el mundo me habla”, nos dice el narrador en la página 30, para dos páginas más tarde afirmar: “La tregua ha terminado y ahora sé perfectamente dónde estoy y qué idioma se habla aquí”.
Del Molino nos describe cómo es la vida en una planta hospitalaria de oncopedriatía (A partir de aquí, monstruos, se titula la primera parte del libro); pero nunca se recrea en el dolor, siempre hay un intento de dignificar a los niños enfermos (es decir, no tratarlos con condescendencia) y un reconocimiento de la labor de médicos y enfermeras. Quizás las páginas que me han parecido más hermosas del libro, porque hay mucha belleza en toda esta desolación (y quizás la literatura valga precisamente para eso: para alumbrar tantos lugares oscuros), sean precisamente aquellas en las que Del Molino se aparta momentáneamente de la descripción del día a día del hospital y reflexiona sobre lo que le ocurre. Las referencias literarias son constantes aquí: Thomas Mann, Goethe, Primo Levi, Claudio Rodríguez, Casavella... y, por supuesto, Francisco Umbral. La sombra de Mortal y rosa gravita sobre La hora violeta, que se abre con una cita del libro de Umbral y acaba con una reflexión sobre esta obra, tan desagarrada y hermosa, sobre la muerte de un hijo.
Destacaría precisamente esos pasajes del libro en los que la tensión dramática se aleja un poco del foco narrativo y Del Molino evoca, por ejemplo, una ciudad canadiense, Saskatoon, que gracias a la letra de una canción decide convertir en un refugio factible; o sus paseos por Barcelona.

En cualquier caso, el libro no se adentra en la experiencia de la muerte del hijo hasta el final: las semanas finales, la muerte y el entierro no se incluyen en estas páginas.


He escrito al comienzo de esta entrada que acercarme a este libro me daba un poco de miedo. Ahora, una vez leído, opino que ha sido una experiencia positiva leerlo: me he sentido muy cercado al narrador, su drama ha sido durante unos días mi drama, lo que ha hecho de la lectura de este libro –poco condescendiente con la lágrima fácil y cargado de dignidad– una experiencia muy enriquecedora. La hora violeta ha alumbrado para mí algunos rincones oscuros de la existencia, y precisamente ése es el gran valor de la buena literatura.

domingo, 24 de febrero de 2013

No habrá más enemigo, por Sergio del Molino


Editorial Tropo. 276 páginas. 1ª edición de 2012.

Conocí a Sergio del Molino (Madrid, 1979) en marzo del año pasado en el Medialab-Prado de Madrid, en el evento Encuentro de blogs literarios al que los dos habíamos sido invitados. Fue un día agradable y largo, de conversar con mucha gente. Más o menos un mes y medio más tarde acudí a la librería-bar Tipos infames de Malasaña para asistir a la presentación en Madrid de su novela No habrá más enemigo, a cargo de Alberto Olmos. De nuevo fue un día agradable, del que habló Sergio en su blog (ver AQUÍ). Me habría gustado pasar con Sergio, Olmos o Federico Guzmán más horas de aquella noche, pero me tuve que retirar pronto porque al día siguiente tenía que dar mis clases de economía.

Y como suele ocurrirme muchas veces cuando compro libros, No habrá más enemigo no lo leí inmediatamente, porque de algún modo alocado consideré que desbarataría mis planes de lectura de aquellos meses. Lo he hecho a finales de enero.

Esta novela consta de tres partes (Lo de Lenín, Lo de León, Lo de Herbert) y un epílogo (Lo de Sergio).

En la primera parte –Lo de Lenín–, este personaje, usando la primera persona, nos habla de sus extraños encuentros con una mujer llamada Lola. Una vez al año, desde hace siete (desde su primer encuentro), Lenín recibe una invitación para reunirse con Lola en alguna ciudad imprevista; una cita que no puede eludir, una cita marcada por el deseo (un deseo cargado de destrucción) y la curiosidad. Lenín mentirá y pondrá en riesgo su vida cotidiana (por ejemplo, la relación con su pareja Nadejda) por esos dos o tres escasos días de sexo y desenfreno al año que vivirá con Lola. Lenín escribe para su amigo León esta confesión, que trata de explicar al amigo sus raras desapariciones anuales. La situación planteada se complicará cuando Lenín y el lector empiecen a comprender que Lola no es una mujer común, es alguien que podría haber sido joven (como ella afirma) en la Lisboa de 1941, o el fruto de la mente perturbada del personaje. Mientras, los encuentros anuales se dan en lugares cada vez más lejanos y resultan cada vez más devastadores y, sin embargo, necesarios para Lenín. “Querido Lenín, no me adelanto a tus deseos, soy tus deseos. ¿Cuántas veces más te lo tendré que explicar?” (pág. 127). Lola pudo haber sido joven en 1941, y conoce los deseos, el pasado y la intimidad de Lenín.

El lenguaje que usa Del Molino es rítmico, rico, poderoso; irónico sobre sus propias limitaciones como narrador que recurre a las comparaciones del mundo audiovisual. De hecho, las referencias a la televisión o el cine son continuas en el texto: “Como hacen las actrices porno” (pág. 15); “Es fácil sermonear con tópicos oídos en la tele” (pág. 49); “Demasiado cine” (pág. 100); o se refiere a lo narrado como si estuviese hablando de un DVD: “Fast forward. No mucho, un par de golpes al mando a distancia. Ya. Hasta aquí” (pág. 45).
He leído Lo de Lenín intrigado, deseando conocer las respuestas al enigma (posiblemente fantástico) que se plantea. Y me ha gustado encontrarme con alguna digresión en la que Lenín nos acerca a su pasado y a su familia, con los que he sentido una fuerte unión generacional: “En aquella España de ceniceros de Naranjito, electroduentes y carteles contra la OTAN no había que explicar esas cosas” (pág. 43).

En Lo de León, la historia nos acerca a este segundo personaje, que era al que se dirigía el texto escrito por Lenín en la parte anterior; pero ahora la narración se desarrolla en tercera persona. El narrador, apegado a la mirada de León, nos hablará de las calles de Zaragoza, la ciudad donde transcurren la mayoría de las escenas de esta novela con fuerte vocación cosmopolita (descripciones prolijas de Nueva York, Lisboa, Madrid, México…), y de sus encuentros con Alejandra, personaje que también aparece en Lo de Lenín y que tiene una función importante en la historia.
De esta parte me ha gustado sobre todo el personaje de Irigoyen, un emigrante argentino pobre, que tiene un programa pirata de radio, y que introduce a León en el círculo de sus amistades: un grupo variopinto de hombres obsesionados por las batallas de la Segunda Guerra Mundial y por los juegos de estrategia militar. Todo esto de las batallas de la Segunda Guerra Mundial, sus generales, el Mal y los juegos de estrategia me ha recordado mucho a las novelas de Roberto Bolaño.

Y en esta segunda parte, el lector ya se va dando cuenta de que los misterios planteados en la primera posiblemente van a quedarse sin resolver. Lo de León puede leerse como una novela corta independiente.

En la tercera parte, Lo de Herbert, volveremos a algunos de los escenarios caribeños de la novela; y la narración cobrará tintes de novela negra. De nuevo esta parte podría leerse como una novela corta independiente de las dos anteriores, aunque en algún punto trate de dar algunas explicaciones a los misterios planteados en la novela, que como ya intuíamos quedarán sin resolver.

No habrá más enemigo decepcionará a los lectores que busquen una narración redonda y cerrada, ya que muchos de sus caminos, huyendo de los convencionalismos, se adentran más en el terreno del subconsciente que en el de la novela fantástica.

En el epílogo, Lo de Sergio, el autor interpelará al lector para hacerle saber cuáles fueron las circunstancias terribles (días de hospital que marcan la muerte de un hijo) bajo las que esta novela fue finalizada.
En su siguiente obra, La hora violeta, Del Molino elige (por lo que he leído sobre esta novela aún no publicada en el momento en el que escribo esta reseña) un tono muy personal para desarrollar lo expuesto en el epílogo de No habrá más enemigo: desde el yo íntimo nos va a hablar de la muerte del hijo.

El estilo narrativo –el fraseo rítmico– de Del Molino me ha sorprendido gratamente y No habrá más enemigo me parece una novela imperfecta (debido a su falta de coherencia interna), pero escrita con un lenguaje sugerente y poderoso. Imagino que, al volcarse en un yo confesional, La hora violeta promete ser una obra de más calado.