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domingo, 3 de enero de 2021

Plata quemada, por Ricardo Piglia

 


Plata quemada, de Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 227 páginas. 1ª edición de 1997; ésta es de 2015.

 

De Ricardo Piglia (Adrogué, provincia de Buenos Aires, 1940 – Buenos Aires, 2017) había leído hasta ahora buena parte de su obra: las novelas Respiración artificial, Blanco nocturno y El camino de Ida; sus libros de cuentos La invasión, Prisión Perpetua y Los casos del comisario Croce, su ensayo El último lector y sus diarios Los diarios de Emilio Renzi. Sabía que a Plata quemada se la considera una de las novelas más destacadas de Piglia, uno de mis autores favoritos de los últimos tiempos. No he había acercado a ella porque estuvo envuelta en un escándalo en Argentina, cuando le fue concedido a Piglia allá el premio Planeta, acusando a la editorial de haber concedido un premio pactado de antemano por una novela que Piglia ya tenía contratada previamente. En realidad, pensándolo en frío, lo llamativo es que algo así sea motivo de escándalo en Argentina, cuando en España el hecho de que el premio Planeta (como tantos otros correspondientes a editoriales privadas) está concedido de antemano es de sobra conocido y aceptado. «¡Qué escándalo, he descubierto que aquí se juega!», decía el policía de Casablanca en el local de Rick. Pues eso. Que hubiera polémica con el premio Planeta concedido a Plata quemada no rebaja, en cualquier casa, el aliento literario con el que Piglia pudo escribirla. Y, tras acabarla, digo ya que se ha convertido en uno de sus libros favoritos para mí, que soy un gran admirador. Vi la novela en La Casa del Libro de Gran Vía, en Madrid, y sentí el impulso de comprarla y de leerla de forma inmediata. Como así hice.

 

Según la contraportada, «esta novela cuenta una historia real. Se trata de un caso de la crónica policial que tuvo como escenarios Buenos Aires y Montevideo en 1965.» Al comentar en las redes sociales que estaba leyendo esta novela, un contacto argentino me señaló que, en realidad, no se trataba de una verdadera novela de no ficción sobre un crimen real, al estilo de A sangre fría de Truman Capote, sino que Piglia se había inventado casi todo. Llegó un momento que casi me convenció de que la novela al completo era una ficción, pero algún otro contacto me hizo ver que el caso policial sí que había existido en el Río de la Plata de 1965. He leído algún artículo de la prensa uruguaya (sobre todo uno del escritor Leonardo Haberkorn) donde se precisa que, aunque el caso policial fue real, Piglia se tomó más de una licencia poética al recrearlo. En las páginas finales de la novela, Piglia ha dejado un epílogo, que empieza con estas palabras: «Esta novela cuenta una historia real.» (pág. 221), al final del epílogo narra el encuentro en un tren con la novia de uno de los atracadores del banco, y dice que así es cómo comienza su interés por la historia. Este encuentro, al parecer, es falso; o más bien, también forma parte de la ficción. Me parece un juego interesante sobre los límites de la ficción y el periodismo o la novela de investigación. Piglia le hace creer al lector que todo lo que ha leído se ha basado en entrevistas con los testigos, reproducciones de los juicios, los informes policiales o psiquiátricos, y puede que no sea así, que, con el sustrato de un caso policial real, lo cierto es que haya construido una ficción. En algún momento de la novela, Piglia recrea los pensamientos de personajes que van a morir en el tiempo narrativo del libro y, por tanto, no existe posibilidad real de que pueda haber accedido a esos pensamientos en una investigación personal.

 

La discusión sobre la realidad o no de lo narrado me parece interesante, pero no es determinante para el disfrute de esta novela. Que lo contado esté basado en un informe policial o provenga de la imaginación de Piglia no hace a la obra literaria más o menos valiosa; el triunfo de un libro como Plata quemada (o de cualquier otro) ha de ser literario, ha de contener una verdad en su propia lógica, sin necesidad de apoyarse en el dato que provenga de la pura realidad.

 

A finales de 1965 un grupo de delincuentes comunes recibe un soplo sobre un furgón que ha de salir de un banco, en San Fernando, un barrio residencial a las afueras de Buenos Aires, con el dinero de los sueldos de una compañía, y organizan un asalto. El atraco no va a ser nada sofisticado; de hecho, la banda de criminales retratados en Plata quemada pertenece a «la pesada», que es, como en jerga argentina, se designa a un grupo de criminales violentes y con facilidad para usar armas de fuego. En el atraco están involucrados miembros de la policía, pero el grupo de delincuentes decide jugársela y huir con el dinero sin repartirlo con ellos. La idea será permanecer unos días en un departamento de Buenos Aires, para pasar poco después a Montevideo, donde tienen preparado otro departamento y esperar allí a que se calmen las aguas.

 

En el primer capítulo Piglia presenta a sus personajes y el escenario en el que se va a cometer el crimen. Entre el elenco de personajes destacan «los mellizos»: «Los llaman los mellizos porque son inseparables. Pero no son hermanos, ni son parecidos.». Dorda es grande y rubio, un tipo casi sin palabras,  el «Gaucho Rubio» le llaman. Un tipo que, como nos recordará su informe psiquiátrico de la cárcel oye voces dentro de su cabeza, a las que siente como una interferencia de radio. Dorda procede del interior, del campo, donde empezó a matar pequeños animales, hasta que pronto asesinó a una persona, iniciando una carrera de «criminal nato». El Nene Brignone es flaco y además es la voz de Dorda, con el que parece entenderse por gestos. Dorda y Brignone también son amantes, aunque ninguno se consideraría a sí mismo como un «homosexual». En gran medida, Plata quemada es una novela sobre «vieja masculinidad», sobre un mundo de hombres que confían en la violencia y la agresividad como un modo de vida, en un mundo de hombres cuya idea de gallardía y valor es la de morir antes de entregarse a la policía, la de morir matando. «La escuché como si me encontrara frente a una versión argentina de una tragedia griega. Los héroes deciden enfrentar la muerte y resistir, y eligen la muerte como destino.», escribe Piglia en el epílogo, en la página 225 del libro.

 

Uno de las grandes logros de la novela es la mezcla de registros lingüísticos, desde el puramente periodístico, al policial, al psiquiátrico, y sobre todo al propio de los criminales rioplatenses, «Yuta», «cana» o «taquería» serán, por ejemplo, tres sinónimos de «policía». Otro de los logros de Piglia es su capacidad para contar la historia sin juzgar a los personajes. En realidad, tanto policías como criminales parecen pertenecer al mismo mundo siniestro. Piglia no enfrente a la luz contra la oscuridad, ni al orden frente al caos, sino a dos haces de oscuridades diferentes que chocan entre sí. Además se habla también aquí de los «crímenes ideológicos», puesto que las bandas políticas y terroristas que luchaban por la vuelta de Perón al país en más de un caso han devenido, y se han mezclado, con la delincuencia común. «Los pistoleros se cortan, en el momento de ser detenidos, con yilé, en los antebrazos y en las piernas para no ser picaneados. “Si hay sangre no hay picana, porque con la corriente te vas en seco”.», (pág. 60) así se habla de las torturas policiales.

 

Me ha gustado que también aparece en Plata quemada como personaje Emilio Renzi, un joven periodista que está realizando una crónica del caso. Renzi es el alter ego de Piglia, que aparece en más de uno de sus libros. En Plata quemada se hace una descripción de Renzi (con anteojos y pelo enrulado) que coincide con la del mismo Piglia. En Los diarios de Emilio Renzi, Piglia usaba a este personaje para hablar de sí mismo. En estos diarios, Piglia mostraba en muchos momentos su interés por el género policial. Si bien en obras como Blanco nocturno, homenajea a autores como Raymond Chandler, en Plata quemada parece homenajear a los libros de crímenes reales, como el que ya he citado A sangre fría de Truman Capote.

El final del libro me ha parecido muy bello, intercalando las violentas escenas de un tiroteo entre la policía y los delincuentes con los recuerdos de la infancia de Dorda. En estas páginas, Piglia consigue que el lector sienta empatía y compasión por Dorda, el «criminal nato».

Ricardo Piglia es un autor de grandes páginas, de grandes rachas literarias en sus libros, y en más de un caso sus novelas acaban por írsele de las manos o por desinflarse. Plata quemada me ha parecido tal vez su libro más redondo; una obra de arte muy lograda.

domingo, 13 de enero de 2019

Los casos del comisario Croce, por Ricardo Piglia.


Editorial Anagrama. 177 páginas. 1ª edición de 2018.

El 20 de septiembre de 2013 asistí, en la Casa de América de Madrid, a la presentación de la novela El camino de Ida de Ricardo Piglia (Adrogué, 1941 – Buenos Aires, 2017). Resulta raro pensar –lo leo ahora en prensa– que justo entonces, en septiembre de 2013, a Piglia le habían diagnosticado la enfermedad de ELA, que acabaría con su vida, tres años después, en enero de 2017. En aquel momento de la presentación de El camino de Ida, Piglia era un escritor de setenta y tres años divertido, vital y lleno de ambición. Acabó el acto comentando que tenía tres proyectos entre manos: el primero sería escribir una novela sobre su abuelo, un inmigrante italiano en Argentina, que en el año 1915, en plena Primera Guerra Mundial, decide enviar a su mujer embarazada de vuelta a Italia para tener allí al que será el padre de Ricardo Piglia. El segundo proyecto era escribir un conjunto de relatos con Croce, el policía del pueblo de Blanco Nocturno, como protagonista, solucionando enigmas no necesariamente criminales. Y el tercero sería un ensayo sobre la figura del escritor en la literatura y que se emparentaría con su obra El último lector.

Me alegró mucho descubrir en septiembre de 2018 que Anagrama publicaba Los casos del comisario Croce; al menos el segundo de los proyectos de Piglia se ha hecho realidad, pensé y, sin dudarlo, le solicité el libro a la editorial para poder escribir una reseña sobre él. Por lo que leo en internet, Piglia dejó, antes de su muerte, preparados otros libros para su publicación, que principalmente son ensayos, pero entre ellos no se encuentran los otros dos libros de los que habló aquella tarde de 2013 en la Casa de América. Espero que este material esté entre sus inéditos y que llegue a publicarse.

Los casos del comisario Croce reúne doce cuentos, ocho de los cuales son inéditos. Desconozco dónde se habían publicado los otros cuatro. Yo he leído todos por primera vez, y me ha parecido una lectura muy coherente, un libro muy cerrado y no he percibido, en ningún momento, que a la escritura de estos cuentos la separarse ningún periodo de tiempo extenso.

El libro se abre con un divertido texto de Karl Marx titulado Liminar, que habla sobre la importancia social de la figura del criminal: «El delincuente no produce solamente delitos: produce, además, el derecho penal, (…), toda la policía y la administración de justicia penal. (…) Produce también arte, literatura, novelas e incluso tragedias.»

Después de esto, el lector entrará en el mundo del comisario Croce. El primer cuento se titula La música y al finalizar sus diez páginas siento el pálpito de la gran literatura y me siento muy feliz. Es decir, Piglia siempre ha sido uno de mis autores hispanoamericanos favoritos, pero temía que este libro póstumo no estuviera a la altura de lo que podía esperar de él. El libro, lo digo desde ya, ha superado mis expectativas con creces. Lo he disfrutado mucho.
El lector de Piglia ya conocía a Croce por la novela Blanco nocturno, como he apuntando al principio. En este libro, se señalaba que el pueblo en el que Croce hacía de policía era Adrogué, lugar de nacimiento de Piglia. En Los casos del comisario Croce, no se da este dato, simplemente se habla de un pueblo de la Pampa.
La música nos lleva a 1967. Croce trata de ayudar en un caso de falsa acusación. Él sabe que la persona que han encerrado por un asesinato es inocente, pero no puede probarlo y habrá de cumplir condena, de un modo injusto, durante casi cinco años. Croce es ya en este cuento un comisario maduro, alguien que ha sabido asumir los errores de la justicia y las malas pasadas de la vida. Alguien que, como sabremos por otros relatos, ha sido perseguido y ha corrido peligro de muerte tras el golpe de estado que apartó a Juan Domingo Perón del poder en 1955.

No estaba seguro de cómo iba Piglia a plantear los casos policiales de su personaje. En realidad, no trata de plantear un pequeño juego de salón al estilo de los casos resueltos por detectives como Sherlock Holmes (la creación de Arthur Conan Doyle) o el Padre Brown (la creación de G. K. Chesterton), sino que, más en consonancia con la tradición norteamericana del género, Piglia hará enfrentarse a Croce a la oscuridad de la condición humana. Y para mostrar esta condición humana se valdrá de pequeñas paradojas, en apariencia absurdas (por ejemplo, un hombre sale de ganar en un casino y se suicida). Y aquí, en consonancia con algunos de los planteamientos del maestro Jorge Luis Borges, al que Piglia nunca quiso seguir, es donde se despliega la capacidad de juego de Piglia.
Me han encantado los detalles que rodean a la anécdota contada en La música; la descripción del pueblo de la Pampa; la presentación del personaje de Rosa, bibliotecaria del pueblo y amante de Croce, que aparecerá en otros relatos; la caída de un meteorito del cielo, que anuncia a Croce (y al lector) la entrada en el mundo de lo imprevisible, de aquello que se puede descubrir mediante la intuición, la conexión libre de ideas y las premoniciones de los sueños (métodos deductivos habituales en Croce).

La película, que se adentra en un mito popular de la cultura argentina (supuestamente existía una película porno protagonizada por Eva Perón) me ha parecido un homenaje al Rodolfo Walsh del cuento Esa mujer, donde también se habla de Eva Perón sin nombrarla. Un cuento que en una votación –en la que participaron escritores, críticos y editores– apareció como el mejor cuento de la literatura argentina.
En este libro de Piglia existe una voluntad de homenajear (conversar o celebrar) la historia de la literatura argentina. Diría que Roberto Arlt está presenté en más de una presentación de personajes extremos y Croce es un comisario de la vieja escuela que puede recitar de memoria El Gaucho Martín Fierro de José Hernández.
«Primero tenía que formular el enigma, para luego ver si podía resolverlo.» (pág. 26)
En el estilo, debido sobre todo a la adjetivación densa y oscura, la escritura de este cuento me ha recordado a la de Juan Carlos Onetti: «Todo era demasiado irreal y demasiado atroz», leemos en la página 31.

En algunos de estos relatos Croce ya está jubilado («Croce había sido jubilado de oficio un año antes y estaba retirado, era un excomisario, pero los lugareños no hacían caso a esas minucias y lo llamaban siempre que andaban en problemas.», leemos en el cuento El jugador) y en otros es todavía un joven policía. A esos últimos pertenece El Astrólogo, que trata sobre un célebre criminal argentino, que también fue un activista político, y está ambientado en la década de 1930.
«Soy un simple comisario de pueblo, pero no se imagina las cosas que he visto…», le dice Croce al Astrólogo en la página 46.

La idea de El jugador estaba ya insinuada en los Diarios de Piglia: escribir un relato sobre una persona que va a un casino, gana y luego se suicida. Aparecen muchos jugadores de cartas y frecuentadores de casinos en este libro, sujetos en los que Piglia y Croce fijan su mirada. En cierto modo, El jugador parece un homenaje al Juan José Saer de una novela como Cicatrices, en la que se hablaba del juego de primera mano (Saer fue un ludópata).

En La excepción Croce resuelve un misterio histórico gracias a la interpretación de unos poemas (y esto parece todo un homenaje a Borges). Aquí se vuelve a hablar del militar Urquiza, personaje histórico sobre el que Piglia ya escribió en un cuento de La invasión.

El impenetrable habla de las dobles vidas y el deseo de desaparición. «De las hipótesis posibles, la verdadera resultó la más sorprendente.», leemos en la página 79.
La acción se sitúa en el mundo fluvial de los riachos del Paraná, en su mundo de gente esquiva y de lanchas, escenario de la novela Sudeste de Haroldo Conti, al que El impenetrable parece rendir homenaje.

La señora X se sirve del recurso de la carta anónima para presentar un caso de abusos sexuales y, con una triquiñuela a lo Borges, el culpable acabará entre rejas gracias a su deseo de ocultar la verdad. «“La mentira a veces es un camino para que triunfe la ley”, concluyó sarcástico Croce.», pág. 104.

La promesa trata sobre un caso religioso, y algunos de sus planteamientos me ha recordado a los de los cuentos de terror de Mariana Enriquez.

En La conferencia, Croce se convierte en uno de los escasos asistentes del pueblo a una charla de un escritor que es, ni más ni menos, que en el mismísimo Borges. El escritor conseguirá dormir a Croce sobre su silla, hasta que empieza a hablar del crimen perfecto. Croce acabará en la estación de tren esperando con Borges, y le contará a éste uno de sus casos.

En El Tigre el narrador es, como en tantos otros libros de Piglia, su alterego Renzi, que narra un encuentro en esta zona de ríos, cercana a Buenos Aires. Croce tiene que desaparecer porque la dictadura de 1955 sigue sus pasos. Renzi y Croce recuerdan los días que se conocieron, narrados en Blanco nocturno. Croce, igual que ya hizo con Borges, le contará varios de sus casos a Renzi.

En La resolución, Renzi vuelve a ser el narrador; así empieza: «Vamos a analizar un caso y tratar de sintetizar el modo de trabajar de Croce.» (pág. 146)
El método es de construcción similar a La resolución y trata sobre un asesinato entre estudiantes jesuitas.


El libro finaliza con una nota del propio Piglia, en la que nos informa que escribió estos cuentos usando el Tobii, un programa para escribir con la mirada, debido a lo avanzado de su enfermedad, y se pregunta si esto cambiará su escritura. A mí estos cuentos me han parecido bellos y precisos, de lenguaje conciso e inteligente. Unos relatos que trascienden las posibles limitaciones del género policial y que para mí hacen que Los casos del comisario Croce se encuentre, desde ya, entre mis libros favoritos de Ricardo Piglia. Una muy grata lectura. Queremos tanto a Piglia.

domingo, 24 de junio de 2018

La invasión, por Ricardo Piglia


Editorial Debolsillo. 172 páginas. 1ª edición de 1967; ésta es de 2014.

Ya comenté en la entrada anterior que cuando, en las Navidades de 2016-17, leí el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Adrogué, Provincia de Buenos Aires, 1940 – Buenos Aires, 2017), –subtitulado Años de formación–, Piglia hablaba de su amistad con el joven Miguel Briante. Este autor publicó su libro de cuentos Hombre en la orilla en 1968, un poco después de que saliera La invasión, el primer libro de Piglia, que tuvo algo más de repercusión que el de Briante, con el que vivió algún pequeño episodio de celos literarios.

En la librería Juan Rulfo de Madrid vi los dos libros, Hombre en la orilla de Miguel Briante y La invasión de Ricardo Piglia y me apeteció comprarlos para leerlos de forma consecutiva. Según acabé el de Briante, al día siguiente me puse con el de Piglia.

El propio Piglia nos cuenta, en el prólogo del libro, que La invasión se publicó por primera vez en 1967 y que no lo había vuelto a reeditar hasta ahora (siendo «hasta ahora» unos cuarenta años después, ya que el prólogo está fechado en 2006). La edición de 1967 contaba con diez cuentos y la actual con quince. Tres de los nuevos relatos (Desagravio, En noviembre y El pianista) se publicaron en revistas literarias y fueron escritos por las mismas fechas que el resto, y los otros dos (los más extensos) –que han sido colocados el primero y el último de este libro–, El joyero y Un pez en el hielo, se escribieron unos años después, y eran inéditos, pero Piglia ha querido incluirlos aquí porque obedecían al mismo impulso creativo que los otros.
Los diez relatos originales han sido revisados (principalmente acortados, «Ya sabemos que –como decía Hemingway– todo lo que podamos sacar de un cuento, lo va a mejorar.», escribe Piglia en la página 12).

El lector empieza leyendo El joyero, un relato de unas 30 páginas. Una narración sólida sobre un padre que no puede ver a su hija, porque está separado de su mujer y es ella quien tiene la custodia. Piglia ha escrito su cuento con oficio, investigando sobre cuestiones técnicas del trabajo de orfebre, que el Chino (el protagonista) aprendió en la cárcel. Allí fue a parar por su mala suerte. La información está bien dosificada y el relato es bastante tenso porque el Chino (que tiene una pistola) podría ser (el lector no acaba de tenerlo del todo claro) un desequilibrado. El cuento es clásico, directo y eficiente. Un padre que no puede ver a su hija y que arrastra un pasado de desgracias. Lo normal es que las narraciones de Piglia, y estoy pensando en su carrera posterior, que he seguido bastante, y no sólo en los cuentos de este libro, sean más cifradas, más distantes con el lector. Por esto me ha sorprendido gratamente la honda sencillez de este cuento.

Tarde de amor sería, propiamente, el primer relato de La invasión tal y como se publicó en 1967 y creo que la influencia de Ernest Hemingway es clara aquí: profusión de diálogos entre dos personajes que están empezando a ser viejos (el tono me ha recordado al del cuento Un lugar limpio y bien iluminado de Hemingway), que contemplan, a través del agujero de una puerta, una escena de sexo que tiene lugar en una habitación próxima. Creo que los resortes internos del cuento están demasiado cifrados y el peso de la historia no contada es excesivo en su construcción, lo que hace que el lector lo acabe algo desconcertado.

La pared, sobre un hombre mayor que contempla la vida desde su residencia de ancianos, me ha parecido una narración bastante clásica y algo estática. Un relato correcto.
En cualquier caso el uso del lenguaje es ajustado y maduro en estos relatos.

Las actas del juicio es un relato histórico y Piglia lo considera su mejor cuento. Trata sobre el asesinato del general Urquiza, un caudillo que derrotó al dictador Juan Manuel de Rosas en 1852 y que murió asesinado por sus propios hombres. Aquí parece que la mayor influencia en su escritura es la de Jorge Luis Borges, sobre todo porque el asesino acabará declarando que los conjurados no mataron a Urquiza sino a aquel otro hombre en el que se había convertido Urquiza.
Uno de los asesinos declara ante un jurado y su declaración oral es la voz narrativa del relato. Me ha gustado este recurso.

Mata-Hari 55 trata sobre los Comandos Civiles, grupos políticos y clandestinos que en 1955 acabarían derrocando a Perón. Éste es un cuento político contando desde el desencanto, y en él se habla de una mujer que juega a ser guerrillera. La historia y la intrahistoria se entrelazan. Lo mismo ocurre en el cuento titulado Desagravio, sobre el bombardeo que sufrió la plaza de Mayo de Buenos Aires en 1955 para derrocar a Perón. Mata-Hari 55 es, en cualquier caso, mejor cuento que Desagravio, que me ha parecido una narración un tanto inocente y juvenil.

En el cuento La invasión aparece por primera vez el personaje Emilio Renzi, alter ego de Ricardo Piglia. En él se narra el encuentro que éste tiene en una celda con dos presos. De forma hemingweiana no se contará por qué han detenido a Renzi, y en el cuento se mostrarán los tensos diálogos que mantiene con uno de los reclusos.

Sobre incomodidades habitacionales trata también el siguiente cuento, el titulado Una luz que se iba, sobre un joven de provincia que ha emigrado a la capital y allí se ve obligado a compartir cuarto de pensión con un boxeador acabado, un personaje clásico en la narrativa norteamericana (está en Por un bistec de Jack London, por ejemplo), y que aparece también en algún cuento de Ignacio Aldecoa o, más modernamente, de Marcelo Lillo. Una luz que se iba me ha parecido un cuento más logrado que La invasión.

Mi amigo sobre un joven que conoce a un «vivo» bonaerense es un relato, hasta cierto punto, picaresco, aunque también costumbrista; y no es ninguna de las piezas destacadas del libro.

La honda y El terraplén son relatos sobre niños o adolescentes y quizás la influencia más clara para ellos es la de la mirada melancólica de Cesare Pavese. Un autor que también fue una influencia para Miguel Briante, y para algún otro escritor argentino de la época, como Haroldo Conti.

Tierna es la noche, además de homenajear a Scott Fitzgerald, es un relato de amor un tanto confuso.

En noviembre es un cuento sobre un joven que, desafiando a los elementos, decide explorar un barco hundido. Ya lo había leído, Piglia lo incluyó en el primer tomo de su Diario. Me sigue pareciendo lo mismo que entonces: las páginas del diario íntimo de Piglia eran, por aquellos días, más literarias que los textos que escribía con la intención de que constituyesen su «verdadera obra literaria».

El pianista me parece un gran relato, posiblemente sea uno de los textos más maduros del conjunto, un cuento que se asemeja más que los otros a la obra posterior de Piglia, a la madurez de obras como Respiración artificial.  Un pianista que nos hablará de un crimen, una huída y la búsqueda de una mujer por parte de un juez. El relato se desarrolla en una ciudad al borde de la selva, y en más de una de sus frases nos recuerda a la decadencia de los personajes de Juan Carlos Onetti, personas que están envejeciendo y miran, desde la imposibilidad, a los jóvenes: «Pasaba más tiempo en su cuarto, detenido en el cuerpo bellísimo de Clide reproducido en la pantalla, y tomaba cerveza, porque empezó a pedir cerveza y ésa fue la primera señal de que ya se había hundido.» (pág. 147)

Un pez en el hielo es, de nuevo, un gran relato, un cuento maduro y que se asemeja a otra gran parte de la obra posterior de Piglia, que siempre ha sido un entusiasta investigador de las vidas y obras de los escritores. Aquí Renzi ha viajado a Italia para olvidarse de una mujer que lo ha abandonado y para investigar sobre el suicidio de Cesare Pavese en una habitación de hotel. «Pensaba en el suicidio de Pavese como en un crimen que era preciso descifrar», leemos en la página 158.

La invasión, tal y como se volvió a publicar en 2006 ­–con quince relatos y no diez– tiene algunas piezas bastantes destacadas. Mis favoritas son: El joyero, Las actas del juicio, El pianista y Un pez en el hielo. Lo extraño es que de mis cuatro relatos favoritos tres no estaban en el libro publicado en 1967. Si me fijo en los diez cuentos originales, tendría que decir que La invasión es el libro prometedor de un joven escritor, con influencias de Ernest Hemingway, Cesare Pavese, Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti, pero que contiene algunas composiciones (La honda o En noviembre, por ejemplo) un tanto inmaduras e ingenuas.

Si yo en 1967 o 1968 hubiese sido un editor argentino y hubiera recibido los manuscritos Hombre en la orilla de un autor de veinticuatro años llamado Miguel Briante y La invasión de un autor de veintisiete años llamado Ricardo Piglia, creo que hubiera pensando que Briante era más maduro y talentoso. Yo hubiera apostado por él. Lógicamente me hubiera equivocado. La literatura es el camino del olvido y también el del error.

domingo, 7 de enero de 2018

Los diarios de Emilio Renzi (Un día en la vida), por Ricardo Piglia.

Editorial Anagrama. 294 páginas. 1ª edición de 2017.

Hace menos de un año leí las dos primeras partes de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Adrogué, 1940-Buenos Aires, 2017) y tenía claro que en cuanto apareciera el tercer volumen también iba a leerlo. Lo vi en el muro de Facebook de Jorge Carrión, y se lo pedí a los encargados de prensa de la editorial Anagrama, que amablemente me lo enviaron a casa.

Este tercer volumen se abre con una primera parte titulada Los años de la peste, y que abarca el periodo que va de 1976 a 1982; es decir, los años de la dictadura militar de Jorge Videla en Argentina. Como en los libros anteriores, aquí también tenemos un prólogo del propio Piglia, que le explica al lector parte del contexto en el que se escribieron las páginas del diario. Como por ejemplo, que no se fue del país porque mantenía una relación con una mujer que tenía un hijo y su exmarido no dejaba que ella sacase al niño del país.

Las anotaciones de estos años 1976-1982 son bastante más escuetas que las del volumen anterior; en gran parte, las notas se reducen a reflexionar sobre las dificultades que le supone la escritura de una novela, que acabará convirtiéndose en Respiración artificial, y en registrar los encuentros y desencuentros con los escritores argentinos. Sus amigos de los años anteriores, los escritores Manuel Puig y David Viñas, han dejado Argentina y por tanto también las páginas del diario. Los he sentido como personajes que habían desaparecido del libro injustamente. Aparecen, sin embargo, en estas páginas Andrés Rivera o Adolfo Bioy Casares y, lo que me ha sorprendido, un joven Alan Pauls: «Alan es muy inteligente y escribe muy bien. Tengo con él la misma sensación que tuve cuando leí las primeras cosas de Miguel Briante, que también a esa edad mostraba gran destreza y un estilo notable. Sin embargo parece que Alan Pauls tiene mayor futuro, Miguel terminó enredado en el mito del escritor precoz y le costaba mucho volver a escribir. Alan, en cambio, es –o intenta ser, me parece a mí– más completo, más culto, y se puede esperar de él lo mejor» (pág. 55). Miguel Briante aparecía mucho en el primer volumen de los diarios y casi desaparece en el segundo; me alegra que Piglia hable de él otra vez aquí. Tras leer el primer volumen compré Hombre en la orilla, el primer libro de relatos de Miguel Briante, y aún lo tengo en casa sin leer. A ver si me acerco a él.

En la página 32 terminan las anotaciones de 1976, exactamente el 12 de diciembre, y el año siguiente, empiezan el 6 de julio. Mientras tanto, Piglia ha pasado seis meses en la Universidad de California de San Diego. Imagino que Piglia sí hizo anotaciones en su diario durante esos meses, pero éstas han sido limpiamente sustraídas del diario. Como ya se comentó cuando aparecieron los dos volúmenes anteriores, estos libros parecen haber sido muy revisados antes de su publicación. Piglia unificó su estilo y debió de retirar de ellos las anotaciones más personales. Aquí se vuelve a recordar la historia, por ejemplo, de la mujer que le dejó porque descubrió a través de su diario que se había liado con su amiga, algo que se correspondía con el segundo volumen. Esas páginas incriminatorias no estaban allí para que el lector pudiera verificar la historia. Creo que me habría gustado leer las páginas de California. De este modo, sabiendo el lector que se encuentra ante un texto tan revisado, cuando en la página 150 no existe una palabra y está sustituida por la expresión «(ilegible)», este detalle no parece más que una coquetería auspiciada por el propio Piglia.

 Sin embargo, lo que sí que está aquí (las reflexiones de Piglia sobre el arte de la novela o de la escritura, así como sus encuentros con colegas), sigue siendo muy interesante y valioso. Como en los volúmenes anteriores, Piglia parece lamentarse de su destino de escritor, que más de una vez le parece de un peso ridículo. «Durante toda mi vida dejé todo de lado por la literatura, elegí la intemperie para preservar la libertad de trabajo» (pág. 34). «¿No es increíble (pienso de pronto) que durante veinte años haya encontrado, a pesar de todo, el impulso para escribir estos cuadernos? Estas anotaciones cerradas que señalan el presente me han sido, sin embargo, fieles años y años. Atraviesan mi vida como ninguna otra cosa, mala escritura (en sentido moral) que no sirve para nada, que no vale nada, que algún día habrá que tirar. ¿O me decidiré a pasarlos en limpio y a correr los riesgos de encontrar mi estupidez?» (pág. 39).

Las anotaciones sobre la situación social de la dictadura son relevantes: «Lo peor es la siniestra sensación de normalidad, los ómnibus circulan, la gente va al cine, se sienta en los bares, sale de las oficinas, va a los restaurantes, se ríe, hace chistes, todo parece seguir igual pero se oyen sirenas y pasan a toda velocidad autos sin patente con civiles armados» (pág. 23); o «De todos modos, en secreto celebro no irme de aquí: estoy en la segunda línea, los que estaban al frente murieron todos. Pronto los tiros llegarán a esta trinchera…» (pág. 35).

En estas páginas aparece por primera vez en el diario Alberto Laiseca, un autor argentino por el que siento curiosidad y del que creo que nunca ha llegado nada a España. Esto escribe Piglia sobre él: «Ayer encuentro con Alberto Laiseca. Un raro tipo, versión sajona de la cara de David Viñas, pero construyendo una obra mitológica, ciencia ficción y delirio, quiere irse a vivir a Estados Unidos, escribir en inglés, ser como Pynchon o como Philip K. Dick o Vonnegut. Pero es muy pobre, un pobre que cuenta los fósforos y no ya los cigarrillos, desde luego que no sabe una palabra de inglés, y sus lecturas son variopintas (como diría él, que usa siempre esta clase de expresiones), lo que escribe es muy bueno, tiene un estilo arisco muy fluido, por momentos casi un idiolecto. Vive siempre amenazado (como muchos de nosotros en esta época), pero por otros motivos esotéricos e íntimos. No puede ganarse la vida, en esto también se parece a muchos de nosotros, pero en él es una imposibilidad casi majestuosa» (pág. 65).

En este libro también aparece César Aira, y no sale muy bien parado: «En una entrevista César A. dijo que yo tenía cara de policía. Desde luego son tonterías, acusaciones, maniobras costumbristas de la literatura vigilante, que sólo alegran a los graciosos del “Premio Coca-Cola en las Artes y las Letras” que ganó Enrique F., promovido por la cultura oficial para presentar a la nueva generación» (pág. 146).

Piglia por fin publica Respiración artificial en 1980, con un buen contrato. La novela la leen Juan Carlos Onetti, José Bianco o Jorge Luis Borges (en realidad se la lee Bianco en voz alta) y recibe elogios. También se vende a buen ritmo. Todo esto, que sitúa a Piglia en la primera línea de la literatura argentina, tampoco parece hacerle feliz. De hecho, apunta que quiere dar aquí por terminado su diario, porque a partir de este momento su vida se ha vuelto ya demasiado pública y lo que le interesaba era retratar su formación como escritor.

Entonces decide dar paso a la segunda parte del libro, titulada Un día en la vida, donde crea una novela con el propio material del diario. El libro se lee entonces con mayor sensación de continuidad y de prosa trabajada, aunque –como es tradicional en Piglia– su narrativa tienda a la dispersión de temas, pero también a la reflexión brillante. Algunas de sus ideas sobre, por ejemplo, la película Pulp fiction son muy agudas.

La tercera parte de los diarios se titula Días sin fecha y creo que aquí están las páginas más brillantes de este libro. El texto se ordena en pequeñas unidades que funcionan como relatos, poéticos y filosóficos, de gran intensidad. Se mezclan de forma atractiva la baja y la alta cultura. Se habla por ejemplo de las series de David Simon The wire y Treme, que Piglia admira. También se habla aquí de la publicación de Blanco nocturno, algo que ocurrió en 2010. También de la jubilación de la universidad de Princeton y, por fin, tristemente, del avance de la enfermedad que acabaría con su vida en 2017.


Tras terminar este tercer volumen de los diarios, creo que mi favorito es el segundo, porque en él aparecían casi todos los escritores relevantes de la década de 1960 y 1970 en Argentina. Pero, desde luego, lo recomendable sería leer los tres libros seguidos. Estos diarios de Emilio Renzi se encuentran entre las obras más importantes de Piglia y, por tanto, entre las obras más relevantes que se han publicado en español en los últimos años.

domingo, 6 de agosto de 2017

Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), por Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 419 páginas. 1ª edición de 2016.

Ya comenté hace unos meses que compré, poco después de aparecer en las librerías, este segundo volumen de los diarios de Ricardo Piglia (Adrogué, Argentina, 1941 – Buenos Aires, 2017), aunque tenía el primero en casa aún por leer. Lo compré en La Central de Callao y, a pesar de que había pasado ya más de un año desde su adquisición, cuando lo empecé a leer, volví a La Central para ver si me lo cambiaban por otro: las hojas finales habían salido con un error de imprenta y estaban un tanto dobladas. No hubo problemas. Aunque no conservaba el ticket de compra, el libro seguía teniendo marcado el precio con una etiqueta de La Central, y al ser socio estaba registrado el día de la compra.
No he leído los dos volúmenes de los diarios seguidos. Preferí acercarme a la lectura de dos novelas entre medias. (Si alguien quiere leer mi comentario de Años de formación que pinche AQUÍ). A veces el tono de un diario puede acabar siendo repetitivo y cuando me he acercado a ellos, si eran bastante largos, introducía otras lecturas entre un año y otro (por ejemplo, esto lo hice con los Diarios de Victor Klemperer).

Años de formación empezaba con un prólogo y acababa con un epílogo, escritos en la época de la publicación del Diario y no en la de su escritura, que ayudaban al lector a contextualizar lo leído. En Los años felices sólo hay un prólogo que, como el de libro anterior, tiene que ver con Emilio Renzi bebiendo en un bar. Sin embargo, en esta ocasión ha desaparecido la figura del narrador dentro de la historia (que podríamos identificar con el propio Piglia) y nos acerca a Renzi una voz más neutra, fuera del contexto pasado, y apegada al discurso de Renzi. En este prólogo se le explican al lector algunos acontecimientos vitales que tienen lugar en las páginas que va a leer y que le servirán para aclarar la relevancia de las anotaciones. Uno de estos hechos importantes será el cambio de domicilio cuando los militares entran en su portal para buscar a una pareja, que puede ser la que forman él y su novia o no. Otro de los acontecimientos adelantados en este prólogo es que Julia, su pareja, le dejará, porque tras leer su diario descubre que Emilio ha iniciado una relación con Tristana, una de sus amigas.
Efectivamente en el Diario se narra la separación con Julia y el comienzo de nuevas relaciones amorosas para Emilio, pero lo cierto es que no me ha parecido que se hablara previamente de ese acercamiento a Tristana, que descubrirá Julia al leer el Diario. Esto me hace pensar que Los diarios de Emilio Renzi, que el lector tiene en sus manos al acercarse a los ejemplares de Anagrama, están editados por el propio Piglia.
En algún momento, estaba pensando que se centra mucho en describir su relación con la literatura y con otros escritores, y ahora, que me he sentado a escribir sobre el libro, especulo con la posibilidad de que los Diarios estén expurgados, y que Piglia haya querido mostrar al lector principalmente la parte que le parecía relevante, la relacionada con sus reflexiones de escritor o interacciones con el mundillo literario argentino. El otro día (respecto a la escritura de esta reseña no a su publicación) lo comentaba en su muro de Facebook el escritor argentino Tomás Sánchez Bellocchio que andaba leyendo el primer volumen, que le parecía que la prosa era demasiado homogénea como para no pensar en un proceso de reescritura posterior.

Años de formación abarcaba el periodo 1957-1967 y Los años felices nos acerca al Emilio Renzi de 1968-1975. Menos años y más páginas para contarlos.

Si al finalizar Años de formación, el joven Renzi hacía la audaz afirmación de que en diez años iba a ser el mejor escritor de Argentina, en Los años felices nos encontramos a un Renzi enfrascado en la escritura de una novela, cuya idea ya se anunciaba en el volumen anterior, sobre unos delincuentes que, tras atracar un banco, huyen a Uruguay. Después de años de trabajo, en más de un caso, Renzi siente la tentación de abandonar el proyecto porque no se siente satisfecho de las páginas que escribe. Imagino que esta novela será al final, cuando se publique, años después, Plata quemada. También parece que se ha embarcado en la escritura de Respiración artificial. Si de la primera novela se habla del argumento y de las dificultades técnicas, pero no se da el título, de la segunda se da el título pero se habla mucho menos de ella. En los años finales de este libro, Piglia volverá a escribir relatos. Un volumen de relatos será lo que conseguirá ver publicado (quitando los ensayos y reseñas de libros) durante este periodo feliz de su vida.
Pese a algunas privaciones, la situación económica de Renzi parece más estable que durante la etapa anterior. El peor momento económico lo vivirá cuando Jorge Álvarez, editor para el que trabaja, después de una época de despilfarros, se ve forzado a cerrar su negocio. Pero esto no dudará mucho. Durante estos años se ganará la vida trabajando como articulista, editor (principalmente de una colección de libros policiales), dando charlas (a un grupo de médicos les hablará de filosofía), clases o conferencias en la universidad. En más de un caso, estas ocupaciones, pese a ser cercanas a su quehacer literario, las vive como un incordio que le impide dedicar todos sus esfuerzos a la creación.

Aunque Piglia ha decidido subtitular este volumen del diario con la apostilla de Los años felices, en más de un caso no parecen tales. Sobre todo al principio, Piglia describe algunas sensaciones (mareos, visión distorsionada, movimientos extraños en los límites de la visión…) que parecen estar acercándole a alguna crisis de locura angustiosa.

Si bien una de las anotaciones de Años de formación decía: «Vivir sin pensar, actuar con el estilo sencillo y directo de los hombres de acción», ahora, con la madurez, el enfoque sobre lo que quiere escribir en sus diarios parece cambiar: «Estos cuadernos pararán a ser un archivo o un registro de mi educación sentimental, por lo tanto estarán hechos básicamente con la reflexión sobre lo sentimientos y estarán apenas cruzados por actos o hechos o palabras sobre mí mismo.» (pág. 44)

Aunque ya he apuntado que las entradas escritas en Años de formación son sorprendentemente maduras para alguien que empieza a escribir su diario a los dieciséis años, aunque algo dispersas, sobre todo al principio, éstas se vuelven más coherentes y extensas en Los años felices. En la cita del párrafo anterior, parece que Piglia pretende hablar en sus cuadernos de una «educación sentimental», pero a la larga, más bien va a centrarse en una educación literaria. Se hablará de mujeres, por ejemplo, pero durante la primera mitad del libro su relación con Julia, su pareja, ocupa muchas menos páginas que su relación con los amigos escritores. Después de la ruptura con Julia, se registrarán con mayor minuciosidad sus relaciones con otras mujeres y las noches de deambular solo por la ciudad. De su familia hablará poco, pese a que durante estos años muere su padre, con el que nunca tuvo una buena relación. La literatura, apunta Renzi, siempre ha sido una forma de ausentarse de la vida cotidiana.

Miguel Briante, amigo y habitual de las páginas de Años de formación, aparecerá menos durante estos años. La figura del amigo escritor y confidente será tomado ahora, sobre todo, por David Viñas, catorce años mayor que Renzi. Pese al cariño que le procesa, la figura de Viñas será cuestionada en más de una anotación aquí: Viñas es narcisista, inseguro; vivirá siempre agobiado por el miedo al fracaso literario y la necesidad de dinero, lo que ‒según Renzi‒ le lleva a escribir demasiado y en poco tiempo. Y esto por no hablar de su obsesión negativa hacia Julio Cortázar, a quien Viñas siente como un rival demasiado poderoso. Renzi también se relacionará aquí con Manuel Puig, al que admira de forma más clara. Pese a que Puig no es un gran lector, Renzi sí que le siente como un verdadero escritor intuitivo, con gran oído para el lenguaje oral.
También poblarán estas páginas, a veces como figurantes, escritores como Jorge Luis Borges (que parece en decadencia tras su ceguera y libros como El informe Brodie), Haroldo Conti (que parece repetir las claves de sus éxitos pretéritos en obras como En vida), o José Bianco, al que Renzi dedica grandes elogios.
También aparecerá aquí el escritor Andrés Rivera (que murió hace poco), que no es muy conocido en España, pero cuya novela El Farmer me parece una gran obra.

Si bien la figura por la que parecía sentir una gran curiosidad, como prototipo del hombre de acción, en Años de formación, y de la que hablaba en muchas de aquellas páginas, era la de un amigo delincuente, en Los años felices el delincuente ha dado paso a la figura del revolucionario clandestino, que ha de vivir una doble vida. Los años de las dictaduras militares y su violencia acaban cobrando cuerpo en estas páginas. Serán muchas las charlas con los amigos sobre el papel de la literatura en la política. Frente a la opinión de otros escritores, según los cuales la literatura debe ser social y política, Renzi defiende la idea de acercar una idea más pura de la literatura hacia el mundo de los lectores políticos. Renzi tendrá amigos cercanos a la vida clandestina de la izquierda, pero, sobre todo después de un viaje a Cuba, el caso Padilla y la invasión rusa de Checoslovaquia (con el apoyo de Cuba), Renzi se distanciará de un posible entusiasmo inicial hacia la Revolución Cubana.

Me han gustado mucho las anotaciones que Piglia hace sobre la novela policiaca (cada vez me apetece más leer todas las novelas de Raymond Chandler) o el elogio de Adán Buenosaires de Leopoldo Marechal (libro que tuve en mis manos, a buen precio, cuando viajé a Argentina en 2009 y que, erróneamente, no me decidí a comprar).

El libro está plagado de reflexiones brillantes. Dejo aquí algunas:

«La historia literaria es siempre una condena para el que la escribe en el presente, allí todos los libros están terminados y funcionan como monumentos, puestos en orden como quien camina por una plaza en la noche. Una «verdadera» historia literaria tendría que estar hecha sobre los libros que no se han terminado, sobre las obras fracasadas, sobre los inéditos: allí se encontraría el clima más verdadero de una época y de una cultura.»

«Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado.» (¿Podemos pensar en Roberto Bolaño?)

«Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud.»

«Las novelas se leen porque son el único modo de ver a una persona por dentro. Yo conozco mejor a Anna Karénina que a la mujer con la que vivo hace años.»

«Necesito entrar en una librería, verificar que los libros están ahí, que hay lectores que los compran, se los puede hojear, son siempre los mismos títulos, revisados veinte veces en una semana. Son objetos reales y entonces es posible pensar que tiene sentido perder en ellos la vida.»


Me ha gustado más Los años felices que Años de formación. Este segundo volumen es más compacto y parece mejor articulado que el anterior. Para mí, como amante de la literatura argentina, ha sido fascinando poder adentrarme en las calles de Buenos Aires de la mano de Piglia y ver el retrato que hace de muchos escritores a los que yo he leído. El tercer volumen aparecerá en septiembre de 2017. Ya lo estoy esperando.

domingo, 15 de enero de 2017

Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación), por Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 358 páginas. 1ª edición de 2015.

Escribí esta reseña el 5 de enero por la tarde. Menos de veinticuatro horas después supe de la muerte de Ricardo Piglia. Hoy no me tocaba publicar esta reseña, pero he querido adelantarla como una forma de homenajear al maestro.

Había comprado Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013), las dos últimas novelas de Ricardo Piglia (Adrogué, Argentina, 1940), según salieron al mercado (muchos años antes había leído libros como Respiración artificial y Prisión perpetua), y en las dos ocasiones acudí a las presentaciones de Madrid que tuvieron lugar en la Casa de América. Sin embargo, cuando apareció en el mercado Los diarios de Emilio Renzi, aún sabiendo que los acabaría leyendo tarde o temprano, no los compré de forma inmediata. Quería poner orden en mi montaña de libros por leer, cada vez más caótica, y además, me decía, sabiendo que estos diarios estarían formados tres volúmenes, podía esperar a que saliera el tercero y leer así todo el conjunto de un golpe. Al final acabé comprando este libro cuando vi que apareció en las librerías la segunda edición, porque, claro, yo, como gran fetichista de libros que soy, quería leer los tres libros de los diarios de Piglia, pero quería que todos fuesen su primera edición, y que estuvieran firmados por él, a ser posible. Estuve atento, pero en esta ocasión no acudió a la Casa de América de Cibeles a presentar su nuevo libro (he sabido que había enfermado). Ya que estaba, cuando apareció el segundo tomo lo compré también. Durante las pasadas Navidades he leído Las memorias de Emilio Renzi.

Cuando empezaron a aparecer reseñas sobre este libro, algunas señalaban que resultaba raro leer los supuestos diarios de Ricardo Piglia, pero que, cuando el narrador hablaba de sí mismo, se llamase «Emilio Renzi». Igual que Mario Levrero para escribir tomó su segundo nombre y segundo apellido (su nombre completo es Jorge Mario Varlotta Levrero) parece que Ricardo Piglia ‒cuyo nombre completo es Ricardo Emilio Piglia Renzi‒ ha hecho lo mismo pero al revés, trasvasando su segundo nombre a su álter ego. En las propias memorias podemos encontrar algunas explicaciones a este fenómeno. En la página 328 leemos: «A veces pienso que tendría que publicar el libro con otro nombre, cortar así del todo los lazos con mi padre contra el cual, de hecho, he escrito este libro y escribiré los que siguen. Dejar de lado su apellido sería la prueba más elocuente de mi distancia y mi rencor.» Está hablando de su libro de relatos La invasión. Su padre era un médico peronista, que deseó que su hijo siguiera sus pasos y Ricardo Piglia se rebeló contra aquella imposición.
En la página 281 podemos leer: «También a mí me subyuga la presencia de un narrador que observa los acontecimientos, lejanamente implicado (como en Henry James, en Conrad y en Fitzgerald): me gustaría que él fuera el autor de estos cuadernos con un estilo claro y eficaz reseña los hechos de mi vida, desde afuera, y podrá existir por las referencias ambiguas de mis conocidos que hablarán también de él (cuando se refieran a mí).»
Así que por un lado tenemos a un Piglia que desea distanciarse de su apellido paterno, y que además anhela que sus diarios estuvieran escritor por otro que hablara de él; en este sentido, se puede entender el juego de la diferencia de nombre en el diario. Quizás algo que me ha sorprendido más ha sido que en la página 317 se señala que Emilio Renzi ha nacido el 24 de noviembre de 1941y en la contraportada del libro se dice que nació en 1940 (aunque lo cierto es que podría ocurrir que sea la fecha de la contra del libro la que esté equivocada, porque en la wikipedia se señala también el 24 de noviembre de 1941 como fecha de nacimiento de Piglia y las referencias a la edad en el diario siempre nos remiten a 1941 como fecha de nacimiento).
En cualquier caso, aunque se llame el narrador de estos diarios Emilio en vez de Ricardo uno lo lee como si hablara de sí mismo (Emilio Renzi es un personaje de sus novelas, que al fin y al cabo no deja de ser un trasunto del propio autor).

El diario transcurre entre 1957 y 1967. Cuando Piglia comienza con él tiene dieciséis o quince años (si doy por buena la fecha de nacimiento de 1941) y lo que sorprende es que no observamos en ellos ningún titubeo juvenil. La prosa de Piglia es precisa y adulta desde el principio. Piglia empieza a escribir en sus cuadernos cuando la familia ha de abandonar su Adrogué natal y trasladarse a Mar de Plata porque el padre, médico de profesión, teme volver a ser encarcelado por su militancia peronista. Unos años después, Pligia-Renzi se trasladará a La Plata para acudir a la universidad. Entre Adrogué, Mar de Plata, La Plata y Buenos Aires transcurren estos diarios.

Sobre todo al comienzo, las anotaciones del diario son muy breves y Piglia no sigue ningún orden claro; puede escribir varios días seguidos y también puede estar más de una semana sin anotar nada. Diría que le interesa más registrar hechos que sentimientos («Vivir sin pensar, actuar con el estilo sencillo y directo de los hombres de acción», pág. 72). En muchos casos, más que hacer anotaciones propias de un diario las entradas se dedican a analizar textos literarios: muy interesantes sus reflexiones sobre la construcción narrativa en los libros de William Faulkner y Ernest Hemingway.

Para dar mayor unidad y coherencia a este volumen, Piglia ha añadido un prólogo y una coda que, formalmente, no serían parte del diario. Así en las primeras diecisiete páginas un Emilio Renzi, mayor y algo borracho, le cuenta al narrador (que sería Ricardo Piglia) su relación primera con la literaria, ese contacto primigenio que cubriría desde que a los tres años en Adrogué sale a la puerta de su casa con un libro del revés y se sienta en la calle a ver pasar a la gente que viene de la estación de trenes y un señor le señala que tiene el libro del revés, y el Renzi mayor piensa que ese señor sólo podía ser Borges (me encantó esta anécdota), hasta los dieciséis, cuando comienza el diario (de este modo se habla de sus primeras lecturas de Verne o Camus). Siguiendo una técnica similar a ésta, al final del libro nos encontramos con veinte páginas que están escritas, como las primeras, en 2015 y en las que Renzi le habla a Piglia sobre la muerte de su abuelo, también llamado Emilio Renzi, que combatió en la Primer Guerra Mundial. Se cuenta aquí una anécdota sobre por qué el abuelo mandó a su mujer a Italia, para que el padre de Piglia naciera en suelo europeo, cuando ya había comenzado la Gran Guerra, que yo le escuché contar al propio Piglia en 2013, en la presentación de El camino de Ida de la Casa de América.

Durante los primeros años, Renzi nos hablará de sus amoríos, sus amigos, sus lecturas, y la relación con su abuelo. Hacía la segunda mitad del diario, las entradas se hacen más largas y creo que más interesante también, sobre todo cuando sus amistades empiezan a ser también literarias, y las personas retratadas aquí llegan a ser Juan José Saer, Daniel Moyano o Haroldo Conti.

Renzi estudiará Historia, huyendo de la vocación impuesta por su padre hacia la Medicina, y eludirá estudiar Filología o Literatura porque quiere ser él quien elija sus lecturas. Su vocación literaria parece clara para él desde el principio: «¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).» (pág. 16)

En algún momento, Renzi parece tener alguna duda sobre qué motiva la escritura del propio diario: «La suprema impostura está en el hecho mismo de escribir estos cuadernos. ¿Para quién los escribo? No creo que sea para mí y tampoco me gustaría que alguien los leyera.» (pág. 58); pero, en general, se muestra como una persona muy segura de sí misma, alguien que ha decidido jugárselo todo a una carta, la de la literatura. Me ha hecho gracia reconocer una frase del diario que tenía anotada en mi cuaderno de citas como perteneciente al libro Prisión perpetua: «Ni siquiera a la carta equivocada. Se jugó la vida a una carta que nadie había visto nunca en la baraja.» En la página 170 del diario leemos: «Soy alguien que se ha jugado la vida a una sola baraja.» y en la 176: «Se trata de una existencia mal congeniada y esto hace poco que lo he llegado a comprender. Mal congeniada quiere decir haber aceptado el riesgo de jugar todo a una carta y no saber si realmente ese naipe existía en la baraja.»

Siguiendo la máxima de Faulkner, Renzi se convierte en un observador que no desea juzgar lo que ve. Así, uno de los temas más curiosos de estas páginas es la descripción de su relación con Cacho, amigo de juventud y ladrón profesional, que trabaja (entra a robar en las casas de los barrios buenos) sólo los sábados por la noche. Quizás, pero no estoy seguro, en la relación que establece con este amigo se encuentre el germen narrativo de la novela Plata quemada.

La primera mujer con la que vive le acabará señalando su distancia de las cosas, pero Renzi parece entender que éste es el peaje que tendrá que pagar para cumplir con su sueño de ser escritor. Escribe cuentos, tratando de escapar de la órbita de Borges y Cortázar, sobre la que parecen dar vueltas sin salida sus contemporáneos.
Se ganará la vida como profesor universitario, sin sentir mucho apego por el trabajo. Renunciará a la estabilidad económica al dimitir de sus cátedras como protesta por la dictadura de Onganía, algo que el lector descubrirá bastante después de que ocurra (un pequeño problema del diario, a veces, son los saltos de escenarios sin que el lector sea avisado de ellos). Renzi pasará más de un apuro económico, pero esto sólo parece fortalecer su vocación.

Hacía el final de estas páginas se hablará en gran medida del proceso creativo de los cuentos de La invasión, que fueron presentado al premio Casa de América en Cuba, resultando mencionados, y publicados en Cuba y Argentina. Tanto Renzi como el lector, tienen la sensación de que Piglia va a triunfar con sus cuentos desde el principio. En más de un caso, alguna anotación da cuenta de la seguridad (y la arrogancia juvenil) que Renzi tiene en su talento: «Me siento a la vanguardia de los escritores de mi generación» (pág. 299); hablando de su libro de cuentos: «Estoy seguro de que el volumen está a la altura de lo mejor que se ha publicado en el género en estos tiempos» (pág. 317), o en la página 321: «En diez años seré el mejor escritor argentino.»

Como ya he comentado, me han gustado mucho las páginas que hacen de introducción y de coda del volumen, escritas en 2015, y el diario, que al principio me parecía demasiado escueto y disperso, me ha ido ganando según las entradas en él se hacían más extensas y se reflexionaba más sobre literatura (a veces se introducían cuentos escritos en la época y destacaría un texto, publicado en una revista, sobre El oficio de vivir de Cesare Pavese que me ha parecido realmente brillante), además de empezar a desfilar por sus páginas muchos de los escritores que admiro (Saer, Conti, Moyano…). Algunas de sus frases son auténticas joyas de lucidez.

En definitiva, Los diarios de Emilio Renzi gustará a los seguidores de Ricardo Piglia y presiento que voy a disfrutar bastante con el segundo volumen, Años felices. Ya hablaré de ellos.