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domingo, 23 de mayo de 2021

El idiota, por Fiódor M. Dostoievski

 


El idiota, de Fiódor M. Dostoievski

Editorial Alba. 775 páginas. 1ª edición de 1868-69; ésta es de 2020.

Traducción de Fernando Otero Macías

 

El idiota era uno de los grandes clásicos que me faltaban por leer de Fiódor M. Dostoievski (Moscú, 1821 – San Peterburgo, 1881), después de haberme acercado a Crimen y castigo (dos veces), Los hermanos Karamázov, Los demonios, Memorias del subsuelo, El jugador y El doble. En realidad es un libro que tenía en casa desde hacía años, comprado en la editorial Alianza; sin embargo, estaba esperando a que Alba se decidiera a hacer una nueva traducción para leerlo. En 2012 leí Los demonios en la edición de Alianza y fue un libro que me gustó mucho, pero me dio algo de rabia ver que, no mucho después, lo publicaba Alba, porque hubiera preferido leer la edición de Alba. Así que decidí esperar. En realidad, las traducciones de Dostoievski de Alianza son perfectamente correctas. Están realizadas por el hispanista Juan López-Morillas, que trabajó en las universidades de Brown y Austin, en Estados Unidos. López-Morillas tradujo varios clásicos rusos al español por primera vez de forma directa desde el ruso. Además de libros de Dostoievski, he leído otros de sus trabajos, como las traducciones de Anna Karenina de Lev Tolstoi o Historias de San Petersburgo de Nikolái Gogol. Al leer a los tres autores me podía topar con un personaje «emperejilado», con ganas de armar «bochinche» o que le duele el «magín» o el «caletre». Es decir, el trabajo de López-Morilla es bueno, pero considero que algunos términos que usa se han quedado anticuados. En Alba he releído la nueva traducción de Crimen y castigo que acometió Fernando Otero Macías, el mismo traductor que El idiota, y me pareció un gran trabajo. Sin embargo, podría apuntar que en su excelente traducción de El idiota me he encontrado expresiones como «tronado» por «loco» o «cocido» por «borracho», que es posible que dentro de treinta años le suenen al lector en español tan ajenas y extrañas como los «magines» de López-Morillas.

 

Después de escribir casi a la vez, y de un modo apresurado, El jugador y Crimen y castigo, publicadas en 1866, Dostoievski escribió y publico por entregas El idiota entre 1868 y 1869. Así que esta obra pertenece a su gran periodo creador final. Entre 1871 y 1872 aún tendría tiempo para escribir Los demonios y entre 1879 y 1880 Los hermanos Karamázov. Es decir, en un periodo de unos quince años, Dostoievski escribió algunas de las obras cumbres de la literatura universal.

 

El idiota comienza con el príncipe Lev Nikoláievich Myshkin llegando en tren a Rusia desde Suiza. El príncipe Myshkin es un joven de veintiséis años que ha pasado los últimos cuatro en un pueblo de Suiza, al que fue enviado por su preceptor para que se curara de su «enfermedad». El príncipe Myshkin sufre ataques de epilepsia y no ha podido recibir una educación formal. Un personaje le dirá al príncipe: «Yo no estoy de acuerdo, e incluso me molesta, cuando alguien, quien sea, le llama a usted idiota; es usted demasiado inteligente para semejante calificativo; pero estará usted de acuerdo en que es demasiado raro para ser como todo el mundo.» (pág. 731) En realidad, más que un idiota, el príncipe es un joven bondadoso e ingenuo, incapaz de juzgar negativamente a los demás y de negarles su ayuda, aunque se estén burlando de él. Estas características, en principio positivas, son las que le convierten en «un idiota» a ojos de la sociedad de su tiempo. He leído en alguna crítica que se considera que en el príncipe Myshkin Dostoievski quiso especular con la idea de una nueva venida de Jesucristo a la Tierra. No me parece una idea descabellada, pero tampoco algo evidente o claro. En un momento de la novela, el príncipe defiende la primitiva fe cristiana rusa frente al catolicismo, al que considera anticristiano por su ostentación de la riqueza y falta de humildad. En películas (no me viene ahora mismo ningún ejemplo literario) como La palabra (Ordet) (1955) de Carl Theodor Dreyer o Rompiendo las olas (1996) de Lars von Trier la idea de trasladar la figura de Jesucristo a los tiempos de la narración me parece mucho más evidente que en El idiota. En esta novela aparece algunas veces mencionado El Quijote de Miguel de Cervantes, y es cierto que el príncipe también tiene algo de Quijote empeñado en salvar a damas en apuros. En este caso, la principal «dama en apuros» será Nastasia Filíppovna.

Se ha comentado muchas veces que uno de los grandes temas de la novela del siglo XIX es el del matrimonio; haciendo especial hincapié en la figura de la mujer en relación al matrimonio. Nastasia Filíppovna es uno de los personajes más interesantes de la novela. De niña, Nastasia se quedó huérfana y fue rescatada de la pobreza (seducido por su singular belleza) por un hombre maduro llamado Afanasi Ivánovich Totsky, dueño de las tierras en las que vivían sus padres. Este hombre le dio una educación y también la convirtió en su amante a una edad impropia. Pasado el tiempo, Totsky podrá casarse con otra joven sin problemas; y será Nastasia Filíppovna la que quedará marcada para siempre como una «mujer perdida».

 

Según se baja en San Petersburgo del tren, el príncipe irá a visitar la casa de un familiar lejano,  Lizaveta Prokófievna, de apellido Myshkin también. Lizaveta está casada con el militar Iván Fiódorovich Yepanchín (amigo de Totsky), y los dos son padres de tres hermosas hijas casaderas: Aleksandra, Adelaída y Aglaia. El príncipe llegará a su casa únicamente con un hatillo como equipaje y su recepción inicial será bastante tibia, aunque al final se acepte de buen grado su presencia.

En estas escenas iniciales, en las que el príncipe llegaba a la casa y solicitaba una entrevista, he visto de nuevo la influencia de la obra de Dostoievski sobre la de Franz Kafka. Cuando comenté Los demonios y Crimen y castigo ya señalé esta idea, que se me escapó en mis lecturas juveniles de Dostoievski y Kafka y que me resulta evidente de adulto. En las novelas de Dostoievski a veces las acciones de los personajes se rigen por principios no realistas. Muchas veces se han identificado las extrañas acciones de los personajes de Dostoievski con lo exagerado del «alma rusa», pero en otras novelas rusas del siglo XIX esta extrañeza para el lector se produce en mucho menos grado que con Dostoievski. Sus personajes suelen estar desesperados y actúan en gran medida en contra de sus intereses, sucumbiendo de un modo nihilista a sus ansiedades y temores.

El príncipe trata de entrevistarse con Iván Fiódorovich Yepanchín igual que unas décadas después el agrimentor K. tratará de entrevistarse con las autoridades del castillo. Y por el camino le aparecerán al príncipe lacayos con los que tendrá conversaciones banales o tremendamente profundas. Todo esto transcurre en medio de un ambiente vaporoso de ensoñación, igual que en la narrativa de Kafka.

Además lo personajes de Dostoievski a menudo tiemblan y se encuentran enfebrecidos, situaciones muy propias de una narración de Kafka.

El propio Dostoievski sufría ataques epilépticos como le ocurre al príncipe Myshkin y además fue encarcelado por actividades antigubernamentales y condenado a muerte. Sufrió un simulacro de fusilamiento y después se le anunció que su pena había sido conmutada por la de trabajos forzados en Siberia. Sobre este hecho del falso fusilamiento y las condenas a muerte se habla en El idiota e, igual que el tema del suicidio en Los demonios, elevan la novela hacia cimas existencialistas por las que va transcurrir gran parte de la narrativa del siglo XX.

 

La novela está dividida en cuatro partes y en las más de 200 páginas de la primera se describe únicamente el primer día del príncipe en San Petersburgo. Serán multitud los personajes con los que se cruce, creando un gran fresco de la vida en la ciudad. Luego habrá saltos temporales y algunos de los personajes pasarán una temporada en Moscú, un periodo de tiempo que no será narrado en la novela, pero sí evocado con posterioridad. Los escenarios de la novela son San Petersburgo y Pávlovsk, un pueblo de veraneo cercano.

Si bien el príncipe llega a San Petersburgo sin un rublo encima, pronto se verá que es el heredero de una considerable fortuna, lo que hará que pueda ‒de momento‒ vivir sin trabajar. Serán muchos los crápulas que se le acerquen para tratar de sacarle el dinero, pero también su juventud y su bondad serán atractivas para más de una mujer. El príncipe vivirá rodeado de nobles disolutos, mujeres perdidas, jóvenes extremistas, viejos fantasiosos, un joven a punto de morir por tisis y otros jóvenes enamorados y que viven la experiencia del amor como la de una terrible condena. Aquí, como en Crimen y castigo y Los demonios, también nos encontraremos con suicidas, asesinos y posibles asesinos.

 

Mi último acercamiento a Dostoievski había sido la relectura de Crimen y castigo hace tres años, y la sensación que he tenido al leer El idiota es que la estructura del libro estaba menos clara que la de Crimen y castigo. En El idiota Dostoievski plantea muchas escenas en las que entran y salen los personajes y en ellas sitúa al actor principal y distorsionante del príncipe. Y uno transita por las escenas que crea Dostoievski con extrañeza y fascinación, sin saber hacia dónde se dirige, quizás ya enfebrecido y con temblores. Hay escritores que saben levantar bonitas y solidas casas en el campo, pero Dostoievski eleva sobre nosotros turbias catedrales poco iluminadas y uno camina bajo sus bóvedas inestables pensando que en cualquier momento se van a caer y a aplastarnos. En la poca luz de estas catedrales, en precario equilibrio, anida la literatura.

domingo, 8 de julio de 2018

Crimen y castigo, por Fiódor M. Dostoievski


Editorial Alba. 639 páginas. 1ª edición de 1866.
Traducción de Fernando Otero Macías

La primera vez que leí Crimen y castigo de Fiódor M. Dostoievski (Moscú, 1821 – San Petersburgo, 1881) fue en diciembre de 1996, cuando tenía veintidós años. Es uno de los libros de mi vida. De pocas novelas recuerdo haberlas leído con tanta emoción y que me causaran tanto impacto. Tenía pensado volver a ella desde hacía tiempo y me decidí cuando vi anunciado que la reeditaba la editorial Alba con una nueva traducción. Yo la leí en 1996 en una edición de bolsillo de letra minúscula y, aunque lo cierto es que no recuerdo ningún problema con la traducción, he acabado por no fiarme demasiado de las traducciones antiguas de los clásicos rusos. Por eso me alegró tanto la aparición de esta nueva edición de Alba.

Fernando Otero, el traductor, también escribe un corto, pero significativo, prólogo de dos páginas del libro, además de dejar algunas notas pertinentes en la novela. En este prólogo descubro que Dostoievski escribió una novela sobre el alcoholismo titulada Los borrachos, que fue rechazada por dos editoriales y no vio la luz. Se sirvió de algunos de los elementos de esta novela para la composición de Crimen y castigo, que se escribió a un ritmo muy rápido, pues el autor estaba acuciado por deudas de juego. Esto hace que Crimen y castigo contenga algunas contradicciones internas, en cuanto al nombre de algún personaje, o la concatenación cronológica de los hechos. Pero, al igual que ocurre, por ejemplo, con los errores de El Quijote, poco importa esto a la hora de acercarnos a una de las obras cumbres de la literatura. Incluso diría más: Crimen y castigo es una obra tan potente que podría soportar hasta una traducción atroz (aunque si la traducción es una tan cuidada como la de Otero, mejor que mejor, claro).

El protagonista de Crimen y castigo es el inmortal Raskólnikov, un joven de veintitrés años que malvive en una buhardilla de San Petersburgo. Su mala situación económica le ha llevado a abandonar la universidad y tiene deudas con su casera. También ha perdido los ingresos que conseguía dando clases particulares. Algunos de sus bienes los ha empeñado en la casa de una usurera a la que desprecia por su codicia y las condiciones leoninas que impone para prestar dinero. Una idea lleva semanas incubándose en su mente cada vez más febril: sabe que la usurera, cuando muera, pretende donar su dinero a un convento, y él piensa que ese dinero podría servir para que empiecen sus pasos en la vida jóvenes valiosos como él, que de otro modo no van a poder llegar a donde podrían por un vulgar asunto económico. Raskólnikov piensa en Napoleón. ¿Qué hubiera podido frenar a una mente tan poderosa como la de Napoleón? La idea va cobrando cada vez más fuerza: el podría permitirse asesinar a un «piojo» como la usurera y desarrollar una carrera útil para la sociedad con su dinero.

Las páginas que describen los momentos en los que Raskólnikov se decide a llevar su idea a la práctica son espeluznantes. Un cúmulo de casualidades parece conducir sus pasos hacia un desenlace que el joven siente como inevitable, como algo ya realizado. En estos momentos, el narrador Dostoievski adelante reflexiones que Raskólnikov tendrá en el futuro, cuando piense sobre su «crimen», con expresiones como: «Más tarde, cada vez que recordaba –minuto a minuto, punto por punto, detalle a detalle– ese tiempo y todo lo que le había ocurrido en esos días, sentía un asombro supersticioso ante una circunstancia que, en el fondo, no resultaba especialmente insólita, pero en la que siempre veía después una especia de premonición de su destino.» (pág. 82).  Las páginas sobre el crimen (el final de la primera parte, de las seis que componen la novela) son también espeluznantes.

Raskólnikov ha cometido su crimen y empieza para él el castigo, un castigo que surgirá del fondo de su mente, la tortura de su conciencia o tal vez el conocimiento de que él no es un joven excepcional, un Napoleón que puede sobreponerse de forma pragmática a una idea en principio despreciable. Raskólnikov comete su crimen y le asalta la fiebre y el delirio, que le postrarán en la cama.

Crimen y castigo amalgama su trama en unos pocos días, los que preceden al asesinato y los que le siguen. Cuando Raskólnikov despierte de sus delirios febriles se cruzará con muchos interlocutores: un compañero de estudios, su madre y su hermana, el prometido de ésta, un médico, un juez, etc. Con ellos irá teniendo conversaciones veladas y reveladoras, que harán que los demás empiecen a sospechar de su «secreto», aunque les cueste dar crédito.
La tensión se va acumulando en cada capítulo, porque Raskólnikov es un personaje desesperado e impredecible. Al final decidirá confiarse a Sonia, una chica de dieciocho años, la hija de un alcohólico que conoció en una taberna. Marmeládov –el alcohólico– está casado con una mujer más joven que él, una viuda tísica con tres hijos. La afición al alcohol hace que Marmeládov no pueda mantener sus trabajos y no consigue ingresos para su familia, hasta que su hija (de un matrimonio anterior), Sonia, decide convertirse en prostituta para poder sacar adelante a sus hermanastros.
Crimen y castigo es una novela plagada de personajes extremos y desesperados: el joven asesino, que mata para comprobar si es un Napoleón en potencia, la adolescente que se prostituye para salvar a su familia y se sostiene mediante su religiosidad, el estudiante entusiasta, el hombre maduro de mediana edad corrompido y cínico que tal vez esté pensando en cometer una canallada o en suicidarse, el borracho que fracaso en todos los intentos que hace por enmendarse…

«Aquí lo que hay son sueños librescos, lo que hay es un corazón crispado por la teoría.», leemos en la página 533, un comentario que me hace pensar en Raskólnikov como en un Quijote siniestro.

En algún momento Raskólnikov señala que no cree en Dios, pero en gran medida Crimen y castigo funciona como una parábola bíblica de caída y redención mediante la entrega al amor que redime de los pecados. En una escena muy significativa, Raskólnikov se postrará para besar los pies de Sonia, la prostituta adolescente. «No me he inclinado ante ti, me he inclinado ante todo el sufrimiento humano», le explicará Raskólnikov a Sonia en la página 382. En otra escena, Raskólnikov besará el suelo, iniciando el camino hacia su limpieza, hacia su sufrimiento. El narrador, al comentar esta escena, nos señala que Sonia seguía a Raskólnikov en «su calvario».
«¿No crees que, afrontando el sufrimiento, estás expiando ya la mitad de tu crimen?», le pregunta su hermana a Raskólnikov, aunque éste aún opina que sólo ha matado a un «piojo dañino y repugnante» (pág. 603).

Como buen narrador del siglo XIX, Dostoievski interviene opinando en su novela; aunque es cierto que esto no es muy acusado, podemos encontrar frases como: «A veces, cuando nos encontramos con unos completos desconocidos, sentimos curiosidad por ellos nada más verlos.» (pág. 23), «Cuando estamos enfermos, a menudo los sueños se caracterizan por una nitidez e intensidad insólitas y por su extraordinaria semejanza con la realidad.» (pág. 75) o «No vamos a reproducir los detalles de la conversación.» (pág. 607). Normalmente, la voz narrativa reproduce los pensamientos de los personajes, sobre todo de Raskólnikov, pero no siempre.

Ahora, que después de más de veinte años de mi primera lectura de este libro tengo más bagaje literario, ha aparecido una idea curiosa en mi cabeza. Crimen y castigo adelanta, en gran medida, la  novela expresionista de principios del siglo XX. Las acciones y los parlamentos de los personajes me parecen tan extremos que creo que se salen de los límites del realismo narrativo y se adentran en otros campos más modernos para la literatura. En gran medida, me ha parecido que uno de los discípulos más aventajados del Dostoievski de Crimen y castigo es Franz Kafka. Todas las idas y venidas de Raskólnikov por San Petersburgo me han hecho pensar en los encuentros y desencuentros del agrimentor K que no conseguía llegar a su destino en El castillo, pero sobre todo Raskólnikov me ha hecho pensar en el Josef K. de El proceso. Josef K. se despierta una mañana y dos policías le informan de que se ha abierto un proceso contra él. Josef K. desconoce de qué se le acusa, pero aun así ha de enfrentarse a la ley de los hombres o tal vez a la ley de Dios. Raskólnikov se deja seducir por una idea (su crimen no le acaba reportando ningún lucro) y ha de enfrentarse a la ley de los hombres o la de Dios. La idea de Raskólnikov y su crimen parecen predestinados para él, y podríamos pensar que las circunstancia intelectuales que le rodean le transforman en culpable, en un hombre que ha de enfrentarse a su culpa innata. Kafka toma esta idea y la lleva más allá: Josef K. no sabe cuál es su crimen, no sabe por qué es culpable, pero igualmente habrá de enfrentase a su culpa y su castigo.
Hay una escena muy significativa en Crimen y castigo: Raskólnikov se va a entrevistar con el juez que lleva el caso del asesinato de la usurera. El juez sospecha de Raskólnikov, pero no tiene pruebas contra él. En un momento de la entrevista los dos están temblando, los dos se enfrentan a una culpa y una Ley que les sobrepasa, que les hace cargar con el crimen y también con el castigo. Hay muchos personajes que tiemblan en Crimen y castigo; tiemblan de tal modo que la insistencia en este detalle no parece realista, sino más bien kafkiana, expresionista.

No sé si es necesario que insista: Crimen y castigo de Dostoievski es uno de los libros más impresionantes que se pueden leer a cualquier edad y en cualquier época. Es uno de esos libros que, muy por encima de la crítica de costumbres que hace envejecer a otras obras, toca de pleno una de las células más sensibles del ser humano, la que habla de los cimientos de la vida en sociedad y la conciencia.
La edición de Alba es magnífica.
Como no puede ser de otro modo, cuando en diciembre de 2018 elija las diez mejores lecturas del año, Crimen y castigo estará entre ellas. Lo mismo ocurriría si dentro de cuarenta años eligiese las diez mejores lecturas de toda mi vida. Crimen y castigo es una obra maestra absoluta.

domingo, 22 de enero de 2012

Los demonios, por Fiódor Dostoyevski

Editorial Alianza. 906 páginas. 1ª edición de 1871-1872 en publicación periódica, 1873 como libro; esta edición es de 2011.
Traducción de Juan López-Morillas.

Fue con 20 años cuando leí por primera vez a Fiódor Dostoyevski (Moscú, 1821- San Petesburgo, 1881), y el estreno tuvo lugar con la novela corta El jugador (1866). Quizás porque había puesto demasiadas expectativas en su lectura, al acabarla me sentí un tanto defraudado. El verdadero descubrimiento de Dostoyevski ocurrió para mí unos años después, cuando a los 22 leí Crimen y castigo (1866). Ya me había cambiado de carrera (de la Complutense a la Carlos III) y recuerdo aún aquellas mañanas de diciembre del 96 cuando me acercaba en tren a la universidad de Getafe y leía Crimen y castigo electrificado, con la piel de gallina, y me deslumbraba pasando las páginas que transcurrían ante mis ojos. Esta lectura fue un verdadero descubrimiento que convirtió a Dostoyevski en uno de los escritores de mi vida. Y lo raro es que dejara pasar 4 años hasta acercarme de nuevo a él: en el 2000 leí Los hermanos Karamazov (1879-1880), atraído –lo recuerdo- por una frase que cita de este libro Charles Bukowski en su novela La senda del perdedor: “¿Quién no ha querido alguna vez matar a su padre?”. Otro deslumbramiento poderoso. Recuerdo que en junio del 2000 paseaba por la feria del Libro de Madrid con este libro en la mano y en una de las casetas cambié 4 palabras con Javier Tomeo. Le dije (en la conversación tenía sentido) que me solía gustar todo lo que leía y Tomeo se sonrió con un bufido, para acabar posando su mirada sobre el libro de la biblioteca que llevaba bajo el brazo y decir: “Bueno, si siempre lees libros como ese no me extraña”. Y le acabé comprando su novela El castillo de la carta cifrada, que por cierto me encantó.

Y más raro aún: tuvieron que pasar 5 años más para que volviera con mi querido Dostoyevski: en noviembre de 2005 leí seguidos: El doble (1846) y Apuntes del subsuelo (1864).

Más tarde compré El idiota (1868-1869) en los dos volúmenes de bolsillo que tiene Alianza, y al final no me decidí a leerlo porque me encontré con alguna opinión en Internet que afirmaba que Los demonios era mejor. Así que después de dejar durante un par de años El idiota en mi anaquel de libros inleídos, al final me decidí a comprar en este último diciembre –para aprovechar las vacaciones de Navidad de profesor- Los demonios. Como no encontré la edición en dos volúmenes de Alianza, compré el libro en su nuevo formato de bolsillo, aunque las tapas me parecían muy endebles y temí que se me fuera a desmontar durante la lectura. La verdad es que ha aguantado bien mis subrayados y notas en los márgenes, y sólo se ha doblado alguna esquina.

Hacía tiempo que no leía un libro de un autor ruso en la editorial Alianza y para empezar a hablar de Los demonios quiero apuntar que las traducciones de Juan López-Morillas (1913-1997) son toda una experiencia. Imagino que su trabajo se realizó en la década del 50, 60, 70 del siglo XX y frente a las antiguas traducciones de los rusos que había en España, que se tomaban de francés, su labor es encomiable y valiosa. Pero diría que son traducciones que se encuentran ya desfasadas, pues López-Morilla usa un registro del español, cuando quiere ser coloquial, que debía de ser usual hace medio siglo y que hoy día está cuajado de palabras y expresiones que no reconozco o que me parecen poco apropiadas: “escándalo morrocotudo” (pág. 45), “aumentó su pachorra” (pág. 50), “Era, por añadidura, un chismorrero impenitente” (pág. 51), “No haga usted el pazguato” (pág. 350), “¡Detesto su clemencia! ¡Me jeringo en ella…!” (pág. 374), “tomó para sí el oficio de truchimán” (pág. 430), “¡Si te llevaba en brazos cuando eras tamañita!” (pág. 511); además usa frases hechas que no he oído en mi vida, por ejemplo, repite varias veces: “a quien ponía como chupa de dómine” (pág. 588) que debe ser una expresión equivalente a “poner a parir a alguien” y que me suena a Quevedo; usa variantes de palabras poco usuales, como “onceno” (pág. 711) por undécimo, o “femenil” (pág. 182) por femenino; y se repite una construcción que me sonaba extrañísima: “Volví en mi acuerdo” (pág 123, 187…), que, consultando un diccionario de Internet, significa “Volver en sí, recobrar el uso de los sentidos perdidos en algún accidente”.
Imagino que cualquier lector español de literatura, nacido en las décadas del 60, 70, 80 del siglo XX, se ha tenido que encontrar alguna vez con un libro ruso traducido por Juan López-Morillas, y la verdad es que su trabajo tiene un aire reconocible que hace que mi reencuentro literario de estas navidades haya sido tanto con Dostoyevski como con él; ya que hace que en mi cabeza resuenen otros libros de Dostoyevski pero además Anna Karenina de Tolstoi o Historias de San Petersburgo de Gogol, que también me llegaron gracias al filtro de Juan López-Morillas; y sé que leyendo a los tres autores me podría topar con un personaje “emperejilado”, con ganas de armar “bochinche” o que le duele el “magín” o el “caletre”.
Otra característica de estas ediciones es que no se traducen las frases que están en francés en el original.

En realidad, aunque a veces al pasar las páginas de Los demonios me entraba -debido al vocabulario empleado- la risa; una risa que nada tenía que ver con la intención de Dostoyevski, también he de decir que al final López-Morilla me acaba pareciendo simpático. Y habría de añadir algo más importante: parafraseando a Borges, cuando afirma que la traducción de El Quijote aguanta el traspaso a cualquier idioma porque Cervantes consiguió crear una historia y unos personajes con la suficiente entidad como para atravesar cualquier frontera lingüística o cultura, Dostoyevski tiene tanta fuerza narrativa que arrastra sin resuello al lector durante estos cientos de páginas sin importar bochinches, emperejilamientos, dómines… o no entender una frase en francés.

Dostoyevski comienza la escritura de Los demonios a raíz de una noticia de la época (1869): la muerte de un estudiante a manos de unos compañeros, que formaban una célula revolucionaria de 5 personas, tal como apuntaba la teoría de Bakunin. La intención política de la novela es clara: Dostoyevski no comparte los métodos violentos de cambio social que llegan de Europa por parte de nihilistas, anarquistas o socialistas; que le parecen propios de personas endemoniadas.

La novela comienza hablando de Stefan Trofimovich Verhovenski, figura intelectual venida a menos, que sobrevive como profesor y protegido de la potentada Varvara Petrovna Stravrogina, en una ciudad de provincias. El comienzo de la narración es amable, y el narrador se muestra condescendiente e irónico al retratar a estos personajes.
Si las primeras páginas parecen hacernos creer que Los demonios está escrito por un narrador omnisciente, pronto el texto nos indica que el narrador está implicado en la historia: “Yo todavía no he aparecido en escena” (pág. 64), “Aquí tuve ocasión de verle por primera vez” (pág. 67), “Entro ahora en la descripción de la circunstancia, hasta cierto punto divertida, con la que propiamente empieza mi crónica” (pág. 93); y en la página 97 tenemos esta revelación: “Como cronista, me limito a presentar los acontecimientos con fidelidad, exactamente como ocurrieron, y no tengo la culpa de que parezcan improbables.”. Y en la página 160 conseguimos leer una pequeña descripción del narrador por parte de otro personaje: “Es el señor G-v, joven que posee una educación clásica y que está relacionado con lo mejor de la sociedad.” Consultando lo escrito en Wikipekia sobre Dostoyevski me ha encantado poder ampliar mi vocabulario de comentador de libros; allí se afirma que el narrador de Los demonios es “homodiegético: Donde homo significa «mismo» y diégesis «historia». Dentro de esta categoría se considera al narrador como alguien que ha vivido la historia desde dentro y es parte del mundo relatado.”
G-v, el narrador, es uno de los amigos de Stefan Trofimovich Verhovenski, que unos meses después de los acontecimientos inusuales (muertes violentas, incendios…) que han asolado a su ciudad de provincia, decide redactar una crónica que reconstruya lo ocurrido. Algunos sucesos los puede describir G-v como testigo, y otros tiene que reconstruirlos a través de testimonios. Y en más de un caso, el lector tiene la impresión de que G-v sucumbe a la tentación de hacer literatura, recreando unos diálogos de los que nadie puede guardar un recuerdo fidedigno, y otorgando a los personajes del drama unos pensamientos que sólo pueden ser reconstrucciones especulativas.

Si en un principio las intenciones de Dostoyevski fueron las de novelar el asesinato de un estudiante por parte de un grupo de extremistas, tal como ya apunté, pronto el talento del ruso se desborda, creando un impresionante fresco de época, que trasciende a la pura novela política o costumbrista, pero también al relato psicológico (del que Dostoyevski fue maestro); ya que, quizás, lo más interesante de esta novela sea lo que tiene de precursora de muchos de los cauces por los que iba a transcurrir la narrativa del siglo XX: prácticamente todo lo que fue, 70 ó 80 años después, el existencialismo francés; casi todo Sartre o Camus, se encuentra ya aquí, en estos personajes desesperados y suicidas, en estos hombres en busca de un sentido que se les escapa en medio de la angustia del existir, cuando se percatan de que la idea de dios los ha abandonado. Como dice la solapa de Alianza entre los personajes de Los demonios destaca con fuerza Nikolai Stravrogin, “figura atormentada que casi un siglo después habría de fascinar a Albert Camus”: Nikolai Stravrogin, o el padre literario de Meursault, el extranjero.

Y quizás lo más interesante para mí ha sido darme cuenta de la influencia de Dostoyevski en Franz Kafka, de quien releí sus 3 novelas seguidas (en la edición de Valdemar) hace 3 navidades: las conversaciones delirantes, sin entenderse, casi monólogos absurdos a dos voces de los personajes de Los demonios, preceden a las conversaciones de los personajes de El desaparecido, El proceso o El castillo; así que si Los demonios adelante casi un siglo el existencialismo del siglo XX, adelanta también unas cuantas décadas el expresionismo de Robert Walser o Kafka.

Y los acontecimientos narrados en Los demonios se agolpan en nuestra memoria según avanzamos por sus páginas, deseosos de conocer, intrigados por una trama envolvente, que tiene mucho que ver con la mejor novela negra.

Destacan como personajes Piort Stepanovich, el hijo de Stefan Trofimovich, intrigante y sibilino; y por supuesto, como afirmaba Camus, Nikolai Stavrogin, el hijo de Varvara Petrovna Stravrogina; pero también otros secundarios, como el infeliz Shatov, o Kirillov con sus delirantes teorías sobre el suicidio.
Me parece un poco irrelevante resumir el argumento de las obras maestras de la literatura, y como curiosidad me interesa apuntar que mucha de la fuerza de esta novela se haya en un capítulo final, que queda fuera del texto y que se añadió a las ediciones de Los demonios  a partir de 1921 cuando fue hallado entre los papeles de la viuda de Dostoyevski, y que el director de la revista en la que se estaba publicando la novela se negó a dar el visto bueno en su momento, y que tampoco pasó la censura en 1873 cuando se publicó como libro.

Me parecía al ir acabando la novela que el personaje de Stavrogin salía del foco de la acción y que acababa quedando un poco desdibujado frente a los otros personajes de la historia; pero mi impresión era falsa: Dostoyevski sí tenía intención de definir más a su criatura; y este trabajo estaba en estas página que sólo vieron la luz décadas después. ¿Por qué? Porque en este capítulo Stavrogin visita a un religioso y le confiesa sus crímenes y su locura, sus visiones y sus atrocidades: “Le contó que era víctima, sobre todo de noche, de cierta clase de alucinaciones; que a veces veía o sentía junto a sí  a un ser maligno, burlón y «racional».” (pág. 871); “Le diré en serio y sin empacho que creo en el demonio, que creo en él canónicamente, en un demonio personal, no alegórico.” (pág. 872); “Toda situación extremadamente vergonzosa, completamente degradante, detestable y, sobre todo, ridícula, en que me he hallado en mi vida ha despertado siempre en mí, junto con una cólera desmedida, un deleite indescriptible.” (pág. 879). Y aquí descubrimos su verdadera personalidad, asocial, psicopática, nihilista.

Para acabar, voy a reproducir una cita que tengo anotada en la primera página de mi edición de Crimen y Castigo, una cita tomada del Trópico de Capricornio de Henry Miller, y que me tomé la molestia de escribir ahí en 1996, cuando ya había dejado de ser un estudiante de CC. Físicas y me había convertido en un descreído estudiante de Empresariales. Vuelvo a hacer mías, más de 15 años después, las palabras de Miller: “La noche que me senté a leer a Dostoyevski por primera vez fue un acontecimiento en mi vida, más importante incluso que mi primer amor. Fue el primer acto deliberado, consciente, que tuvo sentido para mí; cambió la faz del mundo por completo. Ya no sé si es verdad que el reloj se paró en aquel momento, cuando alcé la vista después del primer trago intenso. Fue mi primer vislumbre del alma del hombre, ¿o debería decir que Dostoyevski fue el primer hombre que me reveló su alma? Quizás hubiese sido yo un poco raro antes, sin darme cuenta, pero desde el momento en que me sumergí en Dostoyevski fui clara e irrevocablemente raro y me sentí satisfecho de serlo. El mundo ordinario, despierto, cotidiano había acabado para mí. También murió cualquier ambición o deseo de escribir que tuviera, y por mucho tiempo. Era como los hombres que han estado mucho tiempo en las trincheras, demasiado tiempo bajo el fuego. El sufrimiento humano ordinario, la envidia humana ordinaria, las ambiciones humanas ordinarias… eran mierda para mí.”