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lunes, 8 de noviembre de 2010

Las hermanas Grimes, por Richard Yates

Editorial Alfagura. 224 páginas. Primera edición 1977, ésta edición de 2009.

Si Vía revolucionaria, publicada cuando el autor tenía 35 años, es la primera novela de Yates, su novela iniciática; ésta, Las hermanas Grimes, su último éxito, es su novela de madurez.

“Ninguna de las hermanas Grimes estaba destinada a ser feliz, y al echar una mirada retrospectiva siempre da la impresión de que los problemas comenzaron con el divorcio de sus padres”. Esta es la primera y contundente frase de Las hermanas Grimes. Una frase que va a marcar el desarrollo de toda la novela, una frase que nos remite de forma inmediata a la tristeza de la obra publicada 15 años antes sobre el matrimonioWheeler, de Vía revolucionaria.
Todos los personajes de Yates parecen seres desvalidos, abocados al fracaso, bebedores compulsivos incapaces de mantener relaciones estables y satisfactorias con los demás. Si era así para Frank y April en Vía revolucionaria, y para el resto de personajes secundarios, el mismo destino parece está esperando a la pareja de hermanas protagonistas de este otro libro.

La historia de Las hermanas Grimes comienza cuando la mayor, Sarah, tiene 9 años, y la pequeña, Emily, 5. Son los años 30 del siglo XX, y los padres de las dos hermanas se acaban de separar, este hecho marcará el comienzo de una vida itinerante para ellas, que siguen a la madre de un trabajo a otro, de una casa a otra.

La historia, narrada en tercera persona, acompaña principalmente a la visión del mundo de la hermana pequeña, Emily. Sarah se casará pronto, con Tony Wilson, un joven norteamericano de educación británica, en un Nueva York donde se vislumbran los ecos de la 2ª Guerra Mundial. Un romance que la hermana pequeña, Emily, parece sentir como “de cine”.
Emily acude a la universidad para estudiar literatura y su mundo se separa del de la madre y la hermana, interesadas en mostrar a los demás un nivel de vida que en realidad no les corresponde.
Emily va pasando de un trabajo a otro, de un hombre a otro. Gran parte de la novela muestra su relación con diversos amantes, que no parecen nunca estar ahí para quedarse. Mientras, la aparentemente vida de casada “de cine” de Sarah no irá sino desquebrajándose.

Las historia se extiende durante más de 4 décadas y alcanza a mostrarnos los años 70 norteamericanos. Así, asistimos a la vida de las hermanas Grimes sobre el telón de fondo de 4 décadas de historia y cambios. La conjunción entre la intrahistoria de los personajes y la historia de un país (2ª Guerra Mundial, guerra de Vietnam…) constituye uno de los grandes logros del libro.

Si en Las hermanas Grimes las intenciones narrativas de Yates parecen similares a las de Vía revolucionaria, mostrando las miserias y las insatisfacciones de la clase media norteamericana, con personajes obligados a convivir pero no a entenderse… no así ocurre con la forma elegida para desarrollar la historia. Todo lo que en Vía revolucionaria era intensidad, violencia contenida -o desencadenada-, se transforma en Las hermanas Grimes en sutileza, en insinuación.

Si Vía revolucionaria me pareció un drama de intensidad dostoyevskiana, Las hermanas Grimes me ha parecido un drama de sutileza scottfiltzgeraldiana (si este término no existe, debería hacerlo).
Creo que el antecesor más claro para esta novela sería Scott Fitzgerald y su descendiente más ilustre Tobías Wolff.

En la página 117 he creído encontrar un homenaje a Ernest Hemingway en esta frase: “Toda la verdad era que no quería viajar con un hombre al que no amaba”, piensa Emily, decepcionada de un viaje a Europa con uno de sus amantes. En París era una fiesta, en una conversación entre el joven Hemingway y su mujer, hablando de Fitzgerald, Hemigway dice: “Aprendí una cosa: nunca salgas de viaje con alguien que no amas”.

Para mí, de acuerdo con Rodrigo Fresán, Las hermanas Grimes también es mi favorita de las novelas de Yates (al menos de las dos que he leído).

Las hermanas Grimes es una novela verdaderamente conmovedora, plagada de saber hacer literario.


martes, 2 de noviembre de 2010

Vía Revolucinaria, por Richard Yates

Editorial Alfaguara. 364 páginas. Primera edición de 1961, ésta de 2009.

El escritor norteamericano Richard Yates publicó en vida al menos dos novelas de éxito (tanto de público como de crítica): ésta, Vía Revolucionaria (1961), y Las hermanas Grimes (1976). Para escritores norteamericanos -si atendemos a la contraportada de la novela- como Kurt Vonnegut y Raymond Carver, Yates era un autor de culto. Murió, sin embargo, en Alabama en 1992, bastante olvidado.

Desde 2008, al menos en España, su obra ha tenido una importante revalorización, gracias en gran parte a la adaptación cinematográfica que hizo Sam Mendes (American beauty) de este libro. Alfaguara ha publicado dos novelas, y RBA una novela más y un libro de relatos. Rodrigo Fresán, siempre entusiasta de la narrativa norteamericana, parece disfrutar mucho con la de Yates.

Vía Revolucionaria está ambientada en 1955, en un paisaje suburbano próximo a Nueva York, ciudad a la que los maridos de las casas de la urbanización Vía Revolucionaria acuden en tren a trabajar.
La novela comienza con una representación teatral, una obra llevada a cabo por una compañía de aficionados de los núcleos urbanos a los que pertenece Vía Revolucionaria. No es un comienzo casual: las vidas de las personas de Vía Revolucionaria, parece decirnos Yates, son un simulacro de una vida perfecta, una representación de gestos de cara a los demás, aprendidos seguramente en el cine. En la página 122, la voz de April Whleer, es percibida por su marido, Frank Whleer, así: “Era una cualidad teatral, de una intensidad ligeramente fingida, como si le hablara no tanto a él cuanto a una abstracción romántica”.

April tiene 29 años y a Frank le quedan unos días para alcanzar los 30. La pareja cuenta ya con dos hijos. Los Whleer son un matrimonio brillante, atractivo. Él fue soldado en la 2ª Guerra Mundial, y estudió en la universidad de Columbia; ella trató de se actriz y ahora es ama de casa. Ella es descrita por su marido en la página 38 como “una imitación de Madame Bobary”. Para Frank está reservado el apelativo de Sartre de Vía Revolucionaria.

La novela está escrita en tercera persona, y el punto de vista narrativo casi siempre acompaña a la visión de Frank, y en menor medida a la de April. El contraste entre sus dos personalidades y puntos de vistas constituye uno de los méritos de la novela. También se perfilan algunos personajes secundarios: los Campbell, vecinos y amigos de Vía Revolucionaria, o los Givings. La señora Givings es la gestora que les ha vendido la casa a los Whleer y está empeñada en presentarse a su hijo, John, internado en una institución psiquiátrica.

También podemos asistir a breves escenas en la empresa de Frank en Nueva York, Knox, pionera en el incipiente mercado de las máquinas calculadoras. El trabajo será presentado como una realidad alienante y absurda.

Los Whleer no están conformes con su vida suburbana. Piensan que Estados Unidos, a fuerza de sensiblería, ha perdido toda su esencia y su capacidad para vivir “de verdad”. El aburrimiento, los trabajos o las conversaciones banales les asedian. Las discusiones privadas constituyen el motor más claro de su relación, hasta que perpetran la idea, seguramente no muy madura, de emigran a Europa (a París).

En la mayoría de las páginas de esta novela las peleas entre la pareja protagonista dan aliento narrativo a la obra, y los periodos de tranquilidad sólo serán entendidos como la calma que precede a la tormenta.

Si hace unas semanas decía que no pensaba, a pesar de las palabras de la contraportada del libro, que El bosque de la noche de Djuna Barnes tuviese una intensidad dostoyevskiana, sí creo que la tiene esta novela de Yates. Es muy rusa siendo, en realidad, profundamente norteamericana.

La novela no da tregua, y la trama avanza inexorablemente hacia un final sin salidas. Quizás Yates hace a sus personajes muy dependientes de las teorías psicoanalíticas –lo que estaba en alza en EE.UU. es los años en que fue escrita-, pero los desvíos narrativos hacía el pasado de los personajes no llegan a constituir un demérito.
Me parece que la novela está sabiamente resuelta al ir alejando el punto de vista narrativo de los dos personajes principales, y centrarse en la visión que los secundarios acaban teniendo de ellos.

Por encima del estilo del libro, eficaz y minimalista, aunque muy incisivo en la creación de los caracteres y los conflictos, hacía tiempo que no leía una novela con tanto interés por la pura trama (y esto teniendo en cuenta que había visto la adaptación cinematográfica en el cine, lo que me hace reflexionar sobre el poder y el hecho diferencial de la lectura: no estaba en realidad tan interesado en saber qué iba a pasar, sino en descubrir cómo iba a evolucionar la psicología de los personajes).

Como dice la publicidad de esta novela, Richard Yates es un clásico norteamericano, y su rescate editorial una más que interesante idea.