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domingo, 24 de septiembre de 2023

Literatura infantil, por Alejandro Zambra

 


Literatura infantil, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 226 páginas. 1ª edición de 2023

 

Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) es uno de mis narradores latinoamericanos actuales favoritos. He leído casi todas sus novelas y libros de cuentos. Después de la publicación de la gran novela que era Poeta chileno (2020), tenía curiosidad por la siguiente obra del escritor chileno. Cuando vi que la editorial Anagrama anunciaba la publicación de Literatura infantil (2023) se la solicité para poder leerla y reseñarla y ellos, muy amablemente, me la enviaron.

 

La primera parte de Literatura infantil empieza con una  enumeración de capítulos en apariencia extraña: del 0, se pasa al 1, al 14, al 25, al 31… Estos números marcan los días de vida de su hijo Silvestre y, por tanto, el capítulo 0 se corresponde con el del día del nacimiento. «Contigo en brazos, por primera vez aíslo, en la pared, la sombra que formamos juntos. Tienes veinte segundos de vida.», estas son las primeras palabras del libro. La autoficción no es algo nuevo en la obra de Zambra; en muchas de sus narraciones, este autor juega a diluir los límites entre narrador y personaje. En este nuevo libro, el narrador principal (ya veremos que no siempre) es el propio Alejandro Zambra y habla de su hijo Silvestre y de su mujer Jazmina con sus nombres reales.

El lector se adentra en las páginas de Literatura infantil como si estuviera accediendo al diario de notas de un escritor que admira, donde éste reflexiona sobre su nueva experiencia de ser padre por primera vez a los cuarenta y dos años, y no, por ejemplo, a los veinticuatro años, como en la generación de sus padres.

«He conocido a hombres que ejercen la paternidad con lucidez, humor y humildad, pero también he visto a amigos queridos, que parecían tener el corazón bien puesto, alejarse de sus hijos para entregarse a la recuperación desesperada y caricaturesca de su juventud. Y también abundan quienes enfrentan la pulsión de la muerte agobiando a los niños a punta de misiones y decálogos, con la explícita o velada intención de prolongar a costa de ellos sus sueños interrumpidos.», escribe Zambra en la página 15, después de comentar una cita del escritor peruano Julio Ramón Ribeyro sobre la paternidad.

También abundan las reflexiones sobre las nuevas formas de asumir la paternidad por parte de los hombres (a las que podríamos llamar «nuevas masculinidades»), en contraposición a las formas de las generaciones anteriores, «Nuestros padres intentaron, a su manera, enseñarnos a ser hombres, pero no nos enseñaron a ser padres. Y sus padres tampoco les enseñaron a ellos. Y así.» (pág. 16)

 

Una reflexión bonita surge alrededor de la palabra «infantil» que, nos dice Zambra, en muchos casos, y al menos en Chile, es pronunciada como un insulto o de forma condescendiente. A este respecto, escribe: «Toda la literatura es, en el fondo, infantil. Por más que nos esforcemos en disimularlo, quienes nos dedicamos a escribir lo hacemos porque deseamos recuperar percepciones borradas por el presunto aprendizaje que nos volvió tan frecuentemente infelices.» (pág. 18). Al final la literatura viene a ser, nos dice el autor, una forma de recuperar aquellos primeros cuentos de la infancia que nos leían nuestros padres.

 

«Durante siglos la literatura ha evitado el sentimentalismo como a una peste. Tengo la impresión de que hasta el día de hoy muchos escritores preferirían ser ignorados antes de correr el riesgo de ser considerados cursis o sensibleros. Y es verdad que a la hora de escribir sobre nuestros hijos, la felicidad y la ternura desafían nuestra antigua y masculina idea de lo comunicable.» (pág. 22). En este sentido, Zambra reflexiona sobre que en la literatura existe mucha más tradición de cartas al padre (cartas normalmente tristes y rencorosas), que cartas al hijo; en principio, más celebrativas y alegres. Y esto es lo que él se ha propuesto en este libro. Escribir una carta al hijo, que éste habrá de leer en el futuro, cuando tenga edad para ello. De este modo, esta primera parte está escrita en segunda persona, como un mensaje al hijo, que es el verdadero receptor de este texto.

Sin embargo, ya dentro de esta primera parte, escrita principalmente en segunda persona, hay capítulos escritos en primera persona, como uno en el que para combatir el dolor que le producen a Zambra las migrañas en racimo, un amigo le pasa al autor un hongo, conocido como pajarito, que mitiga esos dolores. Zambra se excede con la dosis y este capítulo, sobre un viaje alucinógeno, acaba siendo uno de los más divertidos del libro. Como es habitual, el humor ligero y tierno de Zambra es un rasgo de estilo destacable en Literatura infantil.

 

En Tiempo de pantalla la persona pasa a ser la tercera y aquí se hablará de la relación del hijo con la pantalla del televisor, que será inexistente, en contrario con la infancia en Chile del protagonista. No he comentado que Zambra y su familia viven en Ciudad de México, y que, además, en el tiempo narrativo se irá incorporando el tema del encierro, y sus consecuencias (sobre todo en un niño de tres años), por la pandemia mundial de corona virus.

 

En la página 66 nos encontramos un apunte que me ha llamado la atención. Zambra escribe «Trato de volver a la novela en la que trabajo». Por las fechas, me imagino que está hablando de Poeta chileno. En este momento, el lector puede tener la sensación de que el principal trabajo literario de Zambra, durante los años de los que está hablando en este libro, es la elaboración de Poeta chileno, su novela más larga hasta la fecha. Y que, por tanto, Literatura infantil es una obra secundaria o menor, elaborada a través de apuntes de diario sobre la paternidad.

Sin embargo, no va a ser esta la sensación con la que el lector, o al menos el lector que soy yo, acabe este libro, porque, lo digo desde ya, me ha parecido una obra destacada dentro de la gran obra de Zambra.

 

En la página 101 empieza una segunda parte, con el texto Garabatos que es un cuento de casi treinta páginas, donde los protagonistas son dos niños chilenos de once años, y que habla de su amistad. Garabatos es un cuento a la altura de las mejores piezas de Mis documentos, el libro de cuentos de Zambra.

 

Rascacielos habla de la mala relación de un hijo de veinte años con su padre, y de la forma en la que una discusión lleva al hijo a dejar la casa paterna. También es una historia de amor. Un buen relato.

 

Introducción a la tristeza futbolística es, posiblemente, el texto más divertido (y también melancólico) del libro. Trata sobre un joven, que se puede identificar con Zambra, que para salir con una chica ha de fingir ante ella que no le gusta el fútbol, aunque esto no es cierto. Y los quiebros que ha de hacer para ver los partidos son tomados por ella como sospechosas infidelidades. Zambra llama a este texto, y a otros del libro, «ensayo» y no relato. Un rasgo muy interesante de su construcción es que algunos de sus personajes leen las páginas que ha escrito Zambra y opinan sobre ellas, y esto se incorporará al propio material del relato. También es un texto sobre las relaciones entre padres e hijos y esa «tristeza futbolística» se marca como metáfora de la escasa muestra de sentimientos de los hombres de la generación del padre de Zambra, cuyas mayores manifestaciones sentimentales se daban cuando su equipo ganaba o perdía.

Este tercer cuento entronca de forma directa con la primera parte del libro porque vuelve a aparecer en él el hijo de un narrador escritor llamado Zambra.

 

El cuarto relato es Cogoteros de ojos azules y en él Zambra reflexiona sobre una historia de su adolescencia: a los quince años, él y su padre fueron asaltados por unos ladrones y Alejandro defendió a su padre de uno de ellos. La historia es sencilla, pero la anécdota le sirve al autor para reflexionar sobre temas como el racismo o, de nuevo, las relaciones paterno filiales. «¿Estás escribiendo sobre mí? ¿De nuevo? ¡Hasta cuándo! -me dice mi padre.», leemos en la primera página.

 

En Lecciones tardías de pesca con mosca Zambra junta, de forma más intensa esta vez, a las tres generaciones Zambra: al abuelo, a él y a su hijo. El abuelo llama por vídeo llamada, los domingos por la mañana desde Santiago para hablar con su nieto, en Ciudad de México, e invitarle a pescar con él, una afición que ya quiso compartir con el narrador y por la que este nunca se interesó. Es un relato muy bello sobre las relaciones entre padres e hijos, donde, de nuevo, los diferentes personajes pueden leer lo escrito del relato y su lectura se incorpora al texto como material del relato.

 

El libro acaba con el texto Recado para mi hijo; y aquí se recupera la segunda persona para conversar con el hijo, que ahora ha empezado a leer por sí mismo y se adentra en una novela infantil de Juan Villoro. Es un texto más corto que los anteriores y actúa como emotivo broche final.

 

Como ya adelanté más arriba, empecé leyendo Literatura infantil como si se tratase de un libro menor de Alejandro Zambra, compuesto con textos de apuntes que tomaba sobre la paternidad, mientras elaboraba la ambiciona y conseguida novela que es Poeta chileno, y he acabado pensando que Literatura infantil es una obra bellísima y que entra con derecho propio entre las más emotivas y logradas de su autor.

domingo, 27 de agosto de 2023

Facsímil, por Alejandro Zambra

 


Facsímil, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 123 páginas. 1ª edición de 2014

 

Ya he comentado que cuando apareció la última novela de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) en 2023, titulada Literatura infantil, le solicité a la editorial Anagrama este libro para poder leerlo y reseñarlo, y que además les pedí ­–en el mismo envío– Facsímil, uno de los pocos libros de Zambra que me quedaba sin leer, con la intención de grabar para mi canal de YouTube (Bienvenido, Bob) un vídeo sobre toda la narrativa de Zamba (o al menos de la que está en Anagrama). Facsímil se publicó en 2014. Después de Formas de volver a casa (2011) y Mis documentos (2013). Formas de volver a casa me gustó mucho y estaba pendiente de ver cuándo se iba a publicar la siguiente novela de Zambra (no sé por qué me salté Mis documentos, su libro de cuentos, porque cuando al final me acerqué a él me gustó también mucho). Recuerdo que cuando se publicó Facsímil y empecé a leer reseñas sobre esta obra, la propuesta de Zambra me desconcertó. Su nuevo libro no acababa de ser una novela, ni un libro de cuentos o de poemas. Quizás fuese un híbrido entre todos esos géneros. El libro imita la forma de la Prueba de Aptitud Verbal, un examen para los alumnos de secundaria chilenos que querían entrar en la universidad. El título del libro («Fácsimil») alude a los cuadernillos, populares en Chile entre los estudiantes, en los que se publicaban los exámenes de temporadas anteriores para poder practicar.

 

En el primer capítulo del libro (titulado Término excluido), el ejercicio propuesto consiste en marcar la palabra, de una serie de cinco, que no tiene relación con el enunciado ni con las demás palabras. Esto le sirve a Zambra para escribir pequeños poemas, donde se arrojan sobre el lector juegos de palabras, críticas al sistema escolar o a la situación política. Por ejemplo, el ejercicio 7 es así:

 

7. JUNTA

A) miedo

B) cadáveres

C) ganas

D) agua

E) monedas

 

El segundo capítulo se titula Plan de redacción, y en el ejercicio propuesto el alumno debería marcar la opción más adecuada para que la frase tenga el orden más adecuado. Por ejemplo, muestro aquí el ejercicio 28:

 

28. Tu casa

1. Es de un banco, pero prefieres pensar que es tuya.

2. Si todo sale bien, terminarás de pagarla en el año 2039.

3. Vives aquí desde hace once años. Primero con una familia, después con algunos fantasmas que también lo fueron.

4. El barrio no te gusta, no hay plazas cerca, el aire es sucio.

5. Pero amas esta casa, nunca vas a abandonarla.

 

A) 2-3-4-5-1

B) 3-4-5-1-2

C) 4-5-1-2-3

D) 3-1-2-4-5

E) 1-2-4-3-5

 

Creo que en este tipo de enunciados, Zambra juega a escribir poemas que tienen que ver con la obra de su admirado poeta Nicanor Parra, autor de los antipoemas, poemas prosaicos e irónicos, como este que he seleccionado.

 

A veces en las opciones numéricas hay chistes internos, como ocurre en la propuesta 32, donde las opciones dan a elegir, de un modo insistente y llamativo, entre opciones en las que se repiten cinco veces cada enunciado.

 

En el capítulo 3 (Uso de ilativos), el alumno debe completar el sentido del enunciado intercalando los elementos sintácticos que correspondan.

Como ocurría antes, en algunas ocasiones no hay que elegir y esto constituye una broma o una crítica, como en el número 40, que reproduzco aquí:

 

40. Los estudiantes van _____ la universidad _____ estudiar, no _____ pensar

Todas las opciones, que se dan a elegir, son la misma: «a    a    

 

En el capítulo 4, Eliminación de oraciones, hay que señalar qué oraciones o párrafos del enunciado pueden ser eliminados, porque no agregan información o guardan relación con el texto. Por ejemplo, dejo aquí el 56:

 

56.

(1) Hay hamburguesas en el refrigerador.

(2) También unas lechugas y mostaza.

(3) Me fui a la playa con los niños.

(4) Es normal, son mis hijos también.

(5) Te tengo miedo.

(6) Y ellos también te tienen miedo.

(7) Y eso también es normal.

 

A) Ninguna

B) 1 y 2

C) 2

D) 4

E) 7

 

De nuevo, volvemos a la idea del antipoema de Nicanor Parra, y a la crítica social. En este ejemplo que he seleccionado se puede ver también la importancia que siempre ha dado Zambra en su obra a las relaciones entre padres e hijos.

Según se avanza en los ejercicios (o poemas) propuestos en esta sección, los enunciados (o versos) se van haciendo más largos. En algunos casos, parece que Zambra juega a crear personajes, y las voces narrativas se van alejando de la suya propia. El lector de Zambra está acostumbrado a que la voz de sus personajes se parezca mucho a la suya propia y por eso me sorprende, por ejemplo, en los ejercicios 63 y 64, donde la voz la toman personajes que, aunque no se dice explícitamente, parecen cercanos a los valores de la dictadura de Pinochet.

 

El capítulo 5 se titula Comprensión de lectura. Se presentan tres textos y luego habrá preguntas basadas en su contenido. Estos tres textos ya se pueden considerar relatos. El primero trata de la relación entre dos hermanos mellizos, y su relación con la educación, y el arte de copiar en los exámenes. El texto 2 habla de una pareja joven que decide casarse, y es una crítica a la conservadora realidad de que en Chile, hasta hace no mucho, no existía ley de divorcio. El tercer texto es una carta que un padre, poco ejemplar, dirige a su hijo, y se acerca más, como ya comenté antes, a los postulados habituales en la obra de Zambra.

 

Facsímil es una obra difícil de clasificar, que funciona como un juego literario, que se adapta a una forma –copiar las partes de un examen de ingreso a la universidad– en principio extraña, pero que deambula con soltura entre la poesía y el relato. Esta es una obra escrita al amparo de la obra de Nicanor Parra y que creo que hubiera gustado a Roberto Bolaño. Facsímil es una obra original, crítica con la realidad educativa, y no solo educativa, de su país, lleva de ironía y de tristeza. Si alguien no conoce la obra de Alejandro Zambra creo que no le recomendaría empezar por Facsímil, pero, sin embargo, ésta, pese a su extrañeza, es una obra que no defraudará a los seguidores de este dotado escritor chileno, uno de los mejores escritores latinoamericanos de su generación.

domingo, 20 de agosto de 2023

No leer, por Alejandro Zambra

 


No leer, de Alejandro Zambra

Editorial Anagrama. 310 páginas. 1ª edición de 2010

 

En 2020 leí Poeta chileno, la novela más larga de Alejandro Zambra (Santiago de Chile, 1975) y tuve oportunidad de cambiar algunos mails con el autor. Me preguntó entonces si me apetecía leer los libros suyos que me faltaban, y el propio Zambra, que por entonces ya vivía en México, gestionó con la editorial Anagrama que me enviaran Mis documentos (2013), Tema libre (2018) y No leer (2010). Ese mismo año de la pandemia leí y comenté los dos primeros y se me quedó pendiente el tercero. Tras la lectura de Literatura infantil (2023), me apeteció leer toda la obra de Zambra –uno de mis escritores latinoamericanos actuales favoritos– y, de este modo, me acerqué a No leer y a Facsímil (2014).

 

No leer recoge columnas y artículos que Zambra publicó en periódicos y revistas, desde 2002 hasta 2018, cuando hizo la última ampliación de este libro. Estos textos no están ordenados cronológicamente, sino por temas y, diría que también, por su extensión; situando los más cortos al principio y los más largos al final.

Este libro es, en cualquier caso, una selección de esos artículos. El propio Zambra nos cuenta en el prólogo que acabó prefiriendo los encargos de las publicaciones que le pedían hablar de sus escritores favoritos de un modo libre, que aquellos que le pedían opinar sobre novedades literarias. Esta última tarea le llegó a padecer alguna situación incómoda en Chile, cuando se encontraba con otros escritores, y decidió dejarla. Además, no deseaba ser esclavo de las novedades literarias a la hora de elegir sus lecturas.

 

El primer texto se titula Lecturas obligatorias y es una crítica a la imposición de la lectura poco meditada desde el colegio. «Así nos enseñaban a leer: a palos» (pág. 15). Sin embargo, en el segundo texto sí elogia la lectura de los cuentos de Julio Cortázar desde el colegio. Otro texto elogia la lectura juvenil de libros en fotocopias, porque los libros reales eran muy caros en Chile.

Estos primeros textos, sobre los comienzos en la lectura del autor y el colegio, son simpáticos y en ellos está la esencia del Zambra de sus novelas y cuentos, pero limitada por la exigencia de un máximo de palabras por artículo, que le había de exigir las revistas y periódicos con los que colaboraba. Casi se puede saber qué textos se publicaron en el mismo medio observando su extensión.

Zambra también recuerda sus primeras lecturas conjuntas con amigos, donde cada uno comentaba sus textos; reuniones que le sirvieron para armar sus primeros libros, y contradecían esa idea de la soledad propuesta por Kafka para el escritor.

 

Es posible que el lector no chileno se encuentre aquí con reseñas de libros de autores que desconoce, como por ejemplo Adolfo Couve, del que se habla en las páginas 40 y 41. Las reseñas de Zambra, en muchos casos, no describen exactamente lo que el lector se va a encontrar en los libros, sino que se acerca a comentarlos desde ángulos tangenciales, de tal modo que el texto se lee con interés, por su originalidad, pero sin saber muy bien qué pensar, al final, del libro que se está reseñando.

Sí me han dado ganas de leer y buscar Toda la luz del mediodía de Mauricio Wacquez, que según Zambra es una de las más trasgresoras y mejores novelas de la literatura chilena.

También se reúnen los artículos que hablan de leer diarios o la correspondencia de escritores. Me ha llamado la atención el que habla de la poeta Gabriela Mistral, y de la lectura de su correspondencia. De ella se deduce que la poeta no era «una especie de monja», sino que era una lesbiana que ocultaba su condición sexual, y este hecho de su biografía sí puede, según Zambra, modificar la mirada de la crítica literaria sobre su obra. Es bonito también el homenaje que hace Zambra a Manuel Puig, tras leer sus cartas. Se ensalza también a Juan Carlos Onetti, a Mario Levrero o a Josefina Vicens.

 

En la página 85 leemos: «En los últimos años he experimentado innumerables veces la felicidad de no leer algunos libros que, si hubiera seguido trabajando como crítico literario, debería haber leído.», y de aquí es de donde está tomado el título del libro; de ese deseo de libertad lectora, de no tener que leer por compromiso, sino lo que uno desea en cada momento. Aquí se lanzan algunos dardos contra el escritor chileno Jorge Edwards, que llegó a presentar en Chile Los detectives salvajes de Roberto Bolaño, confesando que no la había acabado de leer, algo que también hizo en la presentación de Epifanía de una sombra, la novela póstuma de Mauricio Wacquez. En el mismo artículo, Zambra carga también contra la escritora chilena Carla Guelfenbein, de la que se alegra de no tener nunca más que leer sus nuevos libros. Este artículo, aunque da título al volumen, en realidad no resumen la tónica general del libro, pues que en la gran mayoría de sus textos (o al menos los seleccionados aquí) Zambra invita a la lectura de los libros que comenta y no a lo contrario.

Es simpática la anécdota en la que Zambra cuenta que presentó la novela La vida imposible del escritor español Juan Manuel de Prada en la universidad Diego Portales de Chile, y le sugirió al escritor que leyera un poco del libro, y de Prada leyó durante hora y media, para desesperación de todo el mundo.

 

Algunas de las historias que cuenta Zambra sobre su vida han aparecido en sus novelas o cuentos, como la de haber trabajado de telefonista, que aparece en un cuento de Mis documentos.

Me ha gustado el artículo sobre los textos falsos de Borges, García Márquez o Neruda que circulan por la red, y acaba siendo un alegato en contra de la mala literatura, contra lo cursi y la autoayuda.

No conocía al escritor chileno Germán Marín, pero Zambra sí me anima a leer su novela Historia de una absolución familiar. También son bellas las palabras con las que Zambra homenajea a Pedro Lemebel.

En la página 171 leemos: «Coetzee fraguó la mejor literatura de las últimas décadas.»

 

A partir de la página 205 comienza la segunda parte del libro y me parece que No leer gana en altura, porque aquí se recogen textos más largos de Zambra, como el primero titulado La poesía de Roberto Bolaño, que ocupa unas once páginas, frente a las, más o menos, dos de los artículos anteriores. En estas once páginas, Zambra puede desarrollar sus ideas de un modo más interesante y atrayente que antes.

También me gusta el elogio que hace a los poetas chilenos Gonzalo Millán y Nicanor Parra y al escritor peruano Julio Ramón Ribeyro.

El artículo Buscando a Pavese, en el que Zambra narra un viaje al pueblo natal del autor italiano, tiene casi la intensidad de un relato de Zambra y me ha gustado mucho.

 

En la tercera parte, bastante más breve que las otras, Zambra nos habla del proceso creativo de Bonsái y a mí, como admirador del autor, me han interesado estas páginas.

 

Me preguntaba una persona en las redes sociales si No leer estaba a la altura de Entre paréntesis de Roberto Bolaño. Lo cierto es que, leído en esta misma colección de Anagrama, me gustó más Entre paréntesis de Bolaño, porque me abrió más caminos hacia la lectura que No leer. Pero no quiero decir con esto que no me haya interesado No leer, porque es un libro muy ameno sobre literatura y que, en gran medida, en contraposición con el título, sí que invita a leer muchos libros a los que no me he acercado hasta ahora.

domingo, 17 de abril de 2022

Jamás el fuego nunca, por Diamela Eltit

 


Jamás el fuego nunca, de Diamela Eltit

Editorial Periférica. 212 páginas. 1ª edición de 2007; ésta es de 2021.

 

Creo que la primera vez que supe de Diamela Eltit (Santiago de Chile, 1949) fue leyendo el volumen de artículos de Roberto Bolaño Entre paréntesis, donde se habla de ella varias veces como de una de las escritoras más importantes de Chile. Sin embargo, Eltit se enfadó con Bolaño porque éste publicó una crónica sobre una invitación, en 1998, a cenar a su casa y tuvieron algún enfrentamiento por ello.

En octubre de 2016, el periódico El País publicó una lista en la que, tras preguntar a críticos, escritores y libreros se proponían los 25 mejores libros escritos en español en los últimos 25 años. En esta lista, Jamás el fuego nunca aparecía en el número 22. Cuando en diciembre de 2016, mi amigo el gran lector canario Samuel Rodríguez Navarro vino a Madrid e hicimos en mi ciudad «turismo de librerías», compré esta novela en la librería Iberoamericana del Barrio de las Letras. Como me suele ocurrir últimamente, la novela ha permanecido cinco años en mis estanterías de libros por leer hasta que ha encontrado su momento.

 

Jamás el fuego nunca, se puede leer en la contraportada, es un verso de César Vallejo. La narradora innominada de esta novela convive con un hombre al que conoció siendo adolescente en la clandestinidad política. «Ese momento inesperado, cuando en la reunión, aquella en la que te designaron secretario, mediante una votación demasiado ingenua pero que nos pareció solemne, conseguiste un lugar, un espacio, un reconocimiento que te llegaba días antes o después de haber cumplido dieciséis años. Militábamos juntos en la célula, la primera, esa extraordinariamente estudiantil a la que nos habíamos filiado.» (pág. 89).

El lector ha de suponer que Eltit habla en su libro de la experiencia política clandestina en contra de la dictadura de Augusto Pinochet, porque en ningún momento aparece este nombre, aunque si se nombra, en cambio, a Francisco Franco. Tampoco aparece ninguna fecha concreta. De hecho, la experiencia y la evocación de lo vivido parecen distorsionar la dilatación del tiempo en la percepción de la narradora, ya que usa expresiones como estas: «Ya han transcurrido, de cierta manera, cinco decenios (no, no, no, mil años). Cinco decenios que se han deslizado sin dar más que una cuenta ultra precaria del tiempo, del mío, nuestro tiempo. Entrampados en los últimos cinco decenios que nos hubieron de contener. Podría, lo sé, auscultar los decenios, de diez en diez, descomponer los años y sus énfasis, establecer un prolongado sitio a cada uno de los acontecimientos, llegar a consolidar una versión posible y, más aún, verídica.» (pág., 80)

 

No he acabado de estar seguro de si el tiempo narrativo de la novela era el de la dictadura de Pinochet o era ya el del siglo XXI. La pareja, un hombre y una mujer, viven en un piso minúsculo, tal vez en la pobreza o en la clandestinidad o las dos cosas a la vez. La mujer escribe en un cuaderno sobre su presente y le lanza a su pareja reproches sobre este presente o sobre el pasado. La mujer no habla de «pareja» sino de «célula», el hombre y ella constituyen una célula. Se hace uso así de un lenguaje político que, según una reseña que sobre este libro escribió Patricio Pron perteneció en Latinoamérica a la generación de sus padres y actualmente ya no sirve ni tan siquiera para que las personas que vivieron la lucha revolucionaria puedan hablar de su experiencia. Unas personas que soñaron con extender su lenguaje al resto de la sociedad y que han sobrevivido en medio de un fracaso personal e histórico. La célula inicial estaba formada por diez personas, y en la actualidad narrativa solo está formada por ellos dos. Algunos compañeros murieron asesinados, otro se suicidó, a alguno más se le perdió la pista. El juego narrativo en la novela con los significados del término «célula» es notable. Si bien, como ya he escrito, hace referencia a un lenguaje político que quedó arrumbado por el tiempo histórico, también es usado por la narradora para hacer presente el cuerpo orgánico de la pareja, como una entidad unida y degenerativa. La narradora insiste en la decadencia física del cuerpo: la artrosis, los dolores óseos en general, la pérdida de capacidad visual. Casi toda la novela transcurre en el espacio físico del pequeño cuarto del que casi no sale la pareja o célula.

Tengo la sensación de que una gran parte de la literatura de los últimos años escrita por mujeres tiene que ver de la relación de la persona con el cuerpo. Estoy pensando, por ejemplo, en la obra poética de la norteamericana Sharon Olds. De hecho, diría que, en gran medida, la estructura de Jamás el fuego nunca, se parece más a la de un poemario que a la de una novela. En un poemario, cada poema indaga en algún hecho significativo para la poeta, sin que exista una necesaria evolución del personaje. En Jamás el fuego nunca no existe una evolución de los personajes. La narradora lanza sus reproches sobre el fracaso de sus sueños políticos de revolución sobre su compañero, ella misma, la historia o la sociedad que la rodea, recreándose en algunos sucesos de su presente y en algunos recuerdos, pero, durante el tiempo narrativo, no se van a producir cambios significativos en los personajes. En contadas ocasiones la protagonista sale de su apartamento para ir a trabajar a una casa, donde cuida a una anciana. En un largo capítulo Eltit describe con detalle cómo tiene lugar la higiene de la anciana, haciendo hincapié en el dolor y el feísmo del cuerpo. Éste es un capítulo que Patricio Pron pondera de un modo negativo en su elegante, pero distanciada, reseña. Sin embargo, he leído también una reseña del crítico y escritor Vicente Luis Mora en la que dice que esta novela es «una expresión magistral del dolor colectivo.»

 

Creo que, a la hora de juzgar esta novela, me siento más de acuerdo con la tibieza de Patricio Pron, que con el entusiasmo de Vicente Luis Mora. Jamás el fuego nunca es una novela escrita con un lenguaje inteligente y áspero, con pocas concesiones hacia la belleza o lo meramente narrativo. La novela se recrea en la derrota de unas ideas y en la derrota de unos personajes, que no evolucionan hacia ninguna parte. En cierto modo, la obsesión reiterativa de la escritora sobre ciertos temas recurrente me ha hecho pensar en las propuestas del escritor austriaco Thomas Bernhard. Pero bajo la apariencia seria y desesperada de los narradores de Bernhard siempre subyace el humor y el absurdo kafkiano, cualidades que no están presentes en la propuesta de Diamela Eltit. Aún sabiendo ver los méritos literarios de la autora, me he sentido algo decepcionado con Jamás el fuego nunca y lo he disfrutado menos de lo que me esperaba. Sin embargo, no me importaría volver a probar con Diamela Eltit; quizás con su novela Fuerzas especiales, o con algún otro de los libros que le ha publicado en España la editorial Periférica.

domingo, 20 de febrero de 2022

Nancy, por Bruno Lloret

 


Nancy, de Bruno Lloret

Editorial Candaya. 156 páginas. 1ª edición de 2021.

 

La última Feria del Libro de Madrid no tuvo lugar en el parque del Retito en junio, como viene siendo habitual, sino en septiembre. Un sábado tuve que ir yo a firmar ejemplares de mi última novela, Esto no es Bambi, y cuando acabé paseé un rato por la Feria. En la caseta de Candaya saludé a sus editores, Olga y Paco, y les compré dos libros: Sanguínea de la ecuatoriana Gabriela Ponce y Nancy del chileno Bruno Lloret (Santiago de Chile, 1990). Lo cierto es que era la primera vez que veía esta segunda novela, que creo que acababa de aparecer en el mercado por esos días. Sin embargo, sé que los libros latinoamericanos que selecciona Candaya para su colección de narrativa son siempre confiables y me guie por ello.

 

De entrada, uno siente extrañeza al abrir la novela, ya que Lloret ha plagado las páginas de su libro de cruces en negrita, que a veces sustituyen a los puntos o a las comas, y que en otras ocasiones invaden el texto y se expandan por una página entera. Hacia el final de la reseña trataré de dar un significado a esta elección gráfica.

 

La novela está contada en primera persona por Nancy, que en las primeras páginas es una joven, casi una adolescente, y que huye de su casa, en el norte de Chile, en una caravana de camionetas de gitanos que viajan hasta Bolivia. Nancy empieza su narración «in media res», ya que las escenas se suceden de un modo rápido, y el lector tiene la sensación de que se le están escapando algunas de las claves que explican las relaciones que hay establecidas entre los personajes. Así, por ejemplo, Jesulé es el gitano, en cuya camioneta monta Nancy, y el lector sabrá más tarde que ha tenido lugar una relación sentimental entre ellos. Será en Santa Cruz ­­‒Bolivia‒ donde Nancy va a conocer a un norteamericano de treinta y cinco años, llamado Tim. Nancy se va a casar con Tim y juntos regresaran a vivir a un pueblo de la costa de Chile. De repente, se producirá en la narración un salto de veinte años, y sabremos que Tim es un borracho, al que le cuesta regresar a casa por las noches, después de trabajo en los barcos pesqueros japoneses (los únicos que quieren contratarle) y que ella está enferma de cáncer, le han extirpado los pechos y el útero y se encuentra cercana a morir, a pesar de no haber cumplido aún los cuarenta años.

 

Es posible que algún lector de esta reseña piense, con lo leído hasta ahora, que ya he destripado una gran parte del argumento de la novela, pero en realidad todo lo que yo he resumido se narra en un número bastante reducido de páginas.

Una vez que sabemos de este salto hacia el futuro de veinte años que comentaba, la narradora volverá su mirada sobre su pasado y nos hablará de su infancia hasta llegar al punto que ya conocemos en el que abandona la casa familiar para huir a Bolivia. Entre medias, en algunos momentos se nos recordará que Nancy es una mujer de treinta y siete años, próxima a la muerte. «En la calle la gente sencillamente ya no me saludaba, y eso me sumía en la más total desesperación.», leemos en la página 29, cuando Nancy ha entrado ya en plena decadencia física y siente el rechazo a su alrededor.

 

Nancy se ha criado en un hogar difícil, en el que la madre era una fanática religiosa, que trataba al Pato (el hermano mayor) y a Nancy con desprecio, mientras que su padre era una presencia ausente. El Pato se va a ir de casa para trabajar en el «puerto grande», una ciudad más al norte de donde viven, y Nancy, que hasta ahora había encontrado en su hermano un aliando, va a tener que lidiar sola con sus padres. Al pueblo en el que viven se le llama simplemente «Ch».

 

En Ch, durante la adolescencia de Nancy, van a aparecer mujeres muertas en la playa, un detalle que me ha recordado a La parte de los crímenes de 2666 del escritor chileno Roberto Bolaño. Las páginas de la novela están abiertas siempre a la amenaza de este norte de Chile, entre las playas y el desierto, un territorio que también han explorado algunos otros narradores jóvenes chilenos como Diego Zúñiga en la novela Racimo. En algunos momentos la sordidez de la vida en estos pueblos pobres de Chile, me recordaba a los pueblos del interior de Argentina que describía el argentino Carlos Busqued en Bajo este solo tremendo.

 

«Este mundo es un desierto de cruces», dirá el padre de Nancy en la página 86. Y quizás en esta apreciación queda justificada la decisión de Lloret de dejar su texto plagado de esas simbólicas cruces en negrita de la que ya he hablado. Además, también va dejando fotografías de radiografías que muestran el avance de la enfermedad de Nancy.

 

En la contraportada de la edición de Candaya, unas palabras del reputado escritor chileno Alejandro Zambra avalan a Bruno Lloret: «Inventario de abandonos y abusos, inevitable diario de muerte y de rodaje, diatriba contra la domesticada pasión religiosa, esta extraordinaria novela trasciende ampliamente la denuncia y el ejercicio de estilo, y avanza hacia un realismo nuevo, inesperado, disidente.»

A veces sorprende la cantidad de temas que toca Bruno Lloret en las apenas 150 páginas de su intensa novela corta. Nancy es una novela plagada de muertes, amenazas, enfermedad, sordidez, incomprensión, locura religiosa, etc, pero también de una gran poesía y sutileza. Nancy es una buena novela dura y breve.

 

 

domingo, 1 de agosto de 2021

Adiós mariquita linda, por Pedro Lemebel

 

Adiós mariquita linda, de Pedro Lemebel

Editorial Mondadori. 191 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2006.

 

Ya comenté que había releído Tengo miedo torero –reeditado recientemente por la nueva editorial Las afueras, la única novela que escribió Pedro Lemebel (Santiago de Chile, 1952 – 2015), después de unos quince años, y me que había vuelto a gustar mucho. A continuación me apeteció seguir con él y tomé de mis estanterías de libros por leer Adiós mariquita linda, que compré en el verano de 2020 en una librería de segunda mano de Palma de Mallorca.

Adiós mariquita linda es un libro en el que se reúnen treinta crónicas, publicadas en su mayor parte en la revista chilena Clinic. Son textos muy apegados a la primera persona y a la subjetividad personal, y la diferencia entre el concepto de «crónica» y «autoficción» me parece, por tanto, muy difuso.

 

Las crónicas están agrupadas en diferentes secciones. La primera se titula Pájaros que besan, y contiene cinco narraciones sobre jóvenes que Lemebel conoce en la calle y que acaban siendo sus amantes ocasionales. Lo primero que me llama la atención es que, aunque estaba escrita en tercera persona, la novela Tengo miedo torero, situaba el punto de vista en el de la Loca del Frente, un gay de edad que se enamora de un joven. En la relación que establecen en esta novela, el joven es una persona culta y la Loca no lo es. En estas crónicas existe un paralelismo con la novela, puesto que «la loca» mayor se enamora de jóvenes que, en más de un caso, son heterosexuales; pero también hay una clara diferencia: en el caso de las crónicas la persona culta es «la loca» y los jóvenes suelen ser chicos de baja cultura, escapados a la capital desde pueblos pobres del sur. Este sería el caso, por ejemplo, de «el Wilson», objeto de deseo en la primera crónica, la titulada precisamente El Wilson. «Algo se podrá hacer, cualquier cosa, cualquier trabajo, todo sea por unas monedas, porque no tengo dónde quedarme, y ahora estoy parado en el Hogar de Cristo.», le dice el Wilson a Lemebel en su primer encuentro, tras reconocerlo por la calle y preguntarle si él era el escritor que salió por la tele. En estos textos, Lemebel es ya un escritor reconocido y que disfruta de cierto prestigio social, aunque él parece desear un éxito más sexual que económico y social y que, en gran medida, ese éxito sexual pertenece ya más a su pasado que a su presente. Es habitual que los chicos a los que conoce en la calle le acaben preguntando si los va a sacar en alguna de sus crónicas, y esta parece ser una de sus aspiraciones.

«Escribe para dar a conocer, sin remilgos ni temores; inventa, fantasea, exagera: entonces la crónica se aproxima y se funde con la ficción.», dice la contraportada. Pero antes de leerla, estaba ya pensando que estas crónicas no eran del todo realistas, o que no tenían por qué serlo. Por ejemplo, en Se llamaba José, Lemebel denomina al chico que conoce con el calificativo de «felino triste», un poco más adelante sabremos que en su pueblo le apodaban «el Puma» y más tarde, tras visitar el zoológico, Lemebel le contará al lector que su puma se ha escapado y vaga por las calles de Santiago. El juego de paralelismos entre «el Puma» humano y el del zoológico me parecía demasiado perfecto como para ser real, así que busqué en internet la noticia sobre un ese puma escapado del zoológico, sin encontrarla, como esperaba. Aquí ya me quedó claro que lo que leía podía ser real o ficción y que Lemebel no daba demasiada importancia a esta división, que lo que le interesaba era la coherencia interna de su texto narrativo.

Me ha hecho gracia que en Ojos color amaranto, Lemebel conversa con un joven en la fiesta del Partido Comunista, quien le espeta que hay un error en la escena final de Tengo miedo torero, puesto que desde Laguna Verde no se ve Valparaíso, como afirmaba él en el libro que ocurría, ante el disgusto del autor, quien, a pesar de esto, quiere quedar con el chico para ir a Laguna Verde, comprobarlo y repetir el final de la novela.

 

La segunda parte se llama Matancero errar, y las crónicas tratan sobre eventos literarios a los que Lemebel es invitado. Lo que se narra aquí casi siempre tiene que ver con la incapacidad del narrador para cumplir con las obligaciones a las que se ha comprometido como autor, o bien porque le tira más la juerga y el deseo sexual o por desavenencias políticas con las personas que le invitan. En este sentido es divertido el texto Welcome, San Felipe, donde Lemebel y su amiga África Sound viajan hasta un pueblo donde van a homenajear a Lemebel, pero éste se preocupa cuando descubre que el alcalde es de derechas y, aunque se había prometido no hacerlo, acabará montando un número en un restaurante en el que coinciden. Imagino que esto será una exageración o una fantasía, pero, en cualquier caso, resulta una narración estimulante y atractiva.

En Volando en el ala derecha se narra un encuentro entre personas destacadas del régimen de Pinochet y Lemebel en un aeropuerto. «Seré maricón pero no cargo en mi conciencia ningún asesinato, pude decir con la voz estrangulada por el miedo. (…) Nunca después de la dictadura me sentí tan desprotegido como en esa ocasión. Nunca más volví a sentir el terror amargo que se experimentaba cuando ellos tenían el poder, cuando a uno le podía pasar lo peor y nadie sabía, o a nadie le importaba.» (pág. 57). De fondo, siempre existe en estas crónicas una crítica, directa o indirecta, a la pasada dictadura pinochetista.

 

En Todo azul tiene un color, el tono de las crónicas se vuelve más serio para relatar un viaje, como escritor invitado, a Cuba. Especialmente conmovedoras son las páginas que dedica a un joven que conoce, que es un pintor escapado de un sidario.

El tono más serio continúa en A flor de boca, donde se recorren distintos paisajes de Latinoamérica, como el Perú precolombino, y Lemebel se reivindica como descendiente de nativos americanos.

 

Chalaco Amor (Sinopsis de novela) es el texto más extenso del conjunto, y en él Lemebel evoca ‒ante un nuevo chico que ha conocido en la calle‒ un viaje del pasado por Perú, a la gente que conoció en él y las aventuras que vivió entonces. En Bésame otra vez, forastero, que sería la siguiente parte del libro, Lemebel muestra fotos tomadas en los viajes de las crónicas anteriores, y dibujos que pintaba entonces.

 

Luego sigue la parte de las Cartas, donde Lemebel conversa con diferentes personas, algunas ya muertas.

 

La última parte, Adiós mariquita linda, reúne diversas crónicas que tienen un poco de todos los elementos anteriores. Destacaría el texto Un poquito de pintura para Bosé, donde se habla sobre un desencuentro con el cantante español, que acaba siendo divertido, y El asalto a los chinos gay, donde Lemebel relata el atraco que él y unas amigas sufrieron en un restaurante.

 

Lemebel en más de una ocasión busca epatar al lector, y elige la descripción de momentos feístas en sus crónicas. De este modo, empieza una tomando el teléfono «sentado en el trono», y contesta «con el mojón colgando». En otras ocasiones, se quiere epatar más desde un punto de vista sexual, como la ocasión de madrugada en la que borracho, Lemebel acaba masturbando a un perro. Como ocurría con el protagonista de Tengo miedo torero, Lemebel a veces habla de sí mismo en femenino y a veces en masculino.

En cualquier caso, el lenguaje es muy rico y exuberante, convirtiéndose en uno de los protagonistas de estas crónicas. Destaco esta construcción: usar un nombre como adjetivo. Dejo aquí algunos ejemplos: «agua chocolate», «noche jungla» o «calle dictadura».

 

Después de acabar Tengo miedo torero, me ha gustado volver a encontrarme con el humor, la ternura y el pensamiento político de Pedro Lemebel, en Adiós mariquita linda, un libro de textos que al final acaban leyéndose casi como los distintos capítulos de una novela, hermanados por la misma voz narrativa.