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domingo, 27 de noviembre de 2016

Entrevista a Elvira Navarro, autora de Los últimos días de Adelaida García Morales

Elvira Navarro (Huelva, 1978) ha publicado en Caballo de Troya La ciudad en invierno (2007), y en Random House La ciudad feliz (2009), La trabajadora (2014) y Los últimos días de Adelaida García Morales (2016). Su obra ha sido galardonada con el Premio Jaén de Novela y el Premio Tormenta al mejor nuevo autor, y quedó finalista del Premio Dulce Chacón de Narrativa Española. En 2010 fue incluida en la lista de los 22 mejores narradores en lengua española menores de treinta y cinco años de la revista Granta. En 2013 fue elegida una de las voces españolas con mayor futuro por la revista El Cultural, y en 2014 la misma revista seleccionó La trabajadora entre las diez mejores novelas en español del año. Durante 2015 ejerció de editora del sello Caballo de Troya.

Si quieres leer la reseña que escribí sobre Los últimos días de Adelaida García Morales pincha AQUÍ.

Foto de Asís Ayerbe


¿Cómo conociste a Adelaida García Morales? ¿Cuál es el primer libro que leíste de ella?

La conocí en mi manual de literatura española de bachillerato. Su libro El silencio de las sirenas era la propuesta de lectura del capítulo dedicado a la narrativa contemporánea. No dio tiempo a leerlo porque los temarios eran muy ambiciosos y nosotros demasiado revoltosos. Pero me quedé con la referencia por dos motivos. El primero es que yo era una lectora voraz, y los autores citados en ese capítulo ya los conocía, bien por haberlos leído, bien porque escribían habitualmente en prensa, así que me llamó la atención que la propuesta de lectura fuera precisamente una autora cuyo nombre no me sonaba de nada. El segundo motivo es que era la tercera mujer que leíamos en la asignatura de literatura española desde séptimo de EGB. Las otras dos fueron Santa Teresa de Jesús y Rosalía de Castro. Sumo otra si añado la literatura en lengua valenciana y catalana (yo vivía en Valencia por aquel entonces), donde estudiábamos a Mercè Rodoreda. Compré, poco después de terminar el curso, El silencio de las sirenas y lo leí por mi cuenta.


¿Has leído toda la obra de García Morales o gran parte de ella? ¿Qué obras destacarías?

He leído la mayor parte de ella. Destacaría El Sur seguido de Bene, El silencio de las sirenas y La lógica del vampiro. En esas tres obras hay un elemento que a mí me interesa mucho, que es el del quiebre de la convención a la que llamamos realidad.


He leído en alguna página de internet que la obra de García Morales empeora en su última etapa. ¿Compartes esta opinión?

Es cierto que empeora, y al parecer ella misma reconocía que sus últimos libros no estaban a la altura de los primeros, y que los había escrito impelida por la necesidad económica.


En la contraportada de tu novela leemos: «Los últimos días de Adelaida García Morales es un relato, en clave de ficción, de las jornadas que precedieron a la muerte de la escritora.» ¿Por qué deseaste escribir un libro de ficción sobre una persona real y no directamente inventar un personaje?

No sé si al resto de escritores y escritoras les sucede lo mismo, pero en mi caso no decido nada. Las decisiones implican meditar fríamente, y lo que hay en todos mis libros es un impulso de escritura, valga decir, un arrebato, una necesidad interna de recorrer un territorio. Fue así también con Los últimos días de Adelaida García Morales.


¿En algún momento, en las fases más iniciales del proceso creativo, te planteaste escribir una novela de no ficción sobre Adelaida García Morales, en la que todo lo narrado aspirase, además de a la verosimilitud, a la verdad constatable?

No, de ningún modo. Lo que había al principio era un intento de hacer lo que Carver con Chéjov en Tres rosas amarillas. Lo concebí como un cuento; sin embargo, por su extensión desbordó el género. Con todo, durante meses fue el cierre del libro de relatos en el que aún estoy inmersa. Tras dar a leer este libro de cuentos a varias personas y que coincidieran todas en la pertinencia de sacar Los últimos días… del conjunto y publicarlo como una pieza sola, decidí planteárselo a Claudio López de Lamadrid, mi editor. A él le gustó mucho el artefacto (las palabras novela y nouvelle, aplicadas al libro, resultan quizás inexactas). Cuando vi que iba a salir como pieza única no modifiqué mi plan inicial, pero sí pensé que habría quien me iba a reprochar que no fuera un biopic (permíteme usar esta palabra cinematográfica). Eso es lo que se espera. Y yo no lo censuro, claro, ¡pero es que no me interesaba hacer eso! Lo mío era un librito menor que coqueteaba con el ensayo. Si tuviera que ponerme en plan Emmanuel Carrère o Javier Cercas, no escogería a Adelaida García Morales, sino a alguien con una trayectoria vital más novelesca.


Algunas de las reseñas que han aparecido en prensa sobre tu libro señalan que tu mirada sobre Adelaida García Morales coincide con la de la directora de documentales (uno de los personajes principales de Los últimos días...) ¿Estás de acuerdo? ¿Es ésta tu mirada sobre lo narrado?

Adelaida García Morales es, en el libro, una ficción más. No hay, porque nunca he pretendido que lo haya, una voluntad de desvelar quién era AGM, lo que por otra parte sólo habría generado otra fantasmagoría, aunque más verosímil, cosa que la realizadora, y yo misma, rechazamos precisamente porque lo verosímil tiene demasiada apariencia de verdad, y en el fondo es imposible alcanzar una verdad si entendemos por tal cosa una visión estable y única. No hay hechos puros, sino interpretaciones de esos hechos. Lo honesto, por tanto, es poner las cartas sobre la mesa renunciando a construir una historia verosímil, que en el libro viene a ser lo siguiente: tengo estos materiales, los muestro, construyo hipótesis que no pocas veces se desautorizan unas a otras. Por otra parte, la realizadora entiende que lo que está más cerca de una creadora es la propia creación. La invención. Incluso los materiales procedentes de la no ficción que incluyo en el libro, bajo el pretexto de que es la documentación que maneja la realizadora, refuerzan no una verdad falsable (de hecho, se avisa de que hay datos contradictorios e incluso falsos), sino la leyenda sobre AGM.


La presentación de tu novela en Barcelona coincidió con la publicación en El País del artículo de Víctor Erice en el que cuestiona, con dureza, tu «autoridad moral e intelectual» para apropiarte del nombre y los apellidos de la escritora fallecida (su exmujer). ¿Cuál fue tu primera reacción al artículo de Erice? ¿Cómo cambió esto la presentación del libro en Barcelona?

¿Con qué autoridad moral e intelectual habla Thomas de Quincey sobre Kant en Los últimos días de Immanuel Kant, por ejemplo? Hacer ficción sobre personas que existieron, y usando su nombre, es algo viejo. Por otra parte, la acusación podría habérsela hecho Erice a sí mismo: ¿con qué autoridad moral yo, un exmarido, juzga lo que puede o no decirse sobre su exmujer?, ¿con qué autoridad intelectual valoro yo un libro contra el que tengo un rechazo emocional? Con todo, la reacción de Erice me parece legítima, a diferencia de quienes alzaron un dedo acusador sin haberse leído el libro, que podrían asimismo haberse preguntado con qué autoridad moral juzgan moralmente un libro que no han leído. La presentación de Barcelona fue estupenda gracias, precisamente, al artículo de Erice, que dio lugar a un debate muy interesante. De todas maneras, me gustaría añadir que en el posicionamiento sobre este asunto hay una diferencia generacional que me resulta sintomática. Me han apoyado, sobre todo, gente nacida de los setenta en adelante. Gente de mi generación, aunque ha habido excepciones, claro. Barajo dos hipótesis al respecto: una, obvia, sería la del miedo u oposición al relevo, donde el artículo de Erice podría leerse como una regañina y una reafirmación de quiénes tienen aún los privilegios (no deja de ser un privilegio que Babelia le dé la portada y dos páginas al simple enfado de alguien sólo porque ese alguien es un preboste). Mi segunda hipótesis es que hay una mentalidad, y por tanto una ética, postmoderna que no ha calado en muchos de nuestros mayores, que todavía creen mayoritariamente que la realidad no está hecha de ficciones. Que todavía trazan una frontera infranqueable entre realidad y ficción, lo que lleva a una mirada más rígida, más escandalizada. Incluso cuando, como es el caso, se pretende la reivindicación de una figura y no hay una intención de dañar.


Víctor Erice escribe en su artículo: «Dada mi condición de exmarido de Adelaida, y pensando en el hijo que ella y yo tuvimos, me preocupaba que el libro de Navarro incurriera en un uso vano de nuestros nombres. Intentando salir de dudas cuanto antes, y puesto que la obra no estaba aún a la venta, recurrí a un amigo que conocía a Elvira Navarro para que me hiciese llegar, si era posible, un ejemplar. Y así fue.» Según estas palabras, tú misma le hiciste llegar, por medio de ese amigo común, un ejemplar del libro a Erice. ¿No intercambiasteis pareceres antes de que Erice publicase su artículo?

Tras enterarme de su preocupación, le hice llegar el libro a Víctor Erice junto con una carta donde le explicaba qué me había llevado a escribir el libro y desde dónde estaba construido el personaje de Adelaida García Morales. Le di mi teléfono y mi e-mail por si quería ponerse en contacto conmigo. No lo hizo.


Desde Mínima molestia, la página que escribe Ignacio Echevarría en El Cultural, éste se preguntaba si no pensabas dar una contestación pública a la carta de Erice. ¿Has considerado hacerlo?

Dar una contestación pública habría sido alargar una cuestión inútil, por irresoluble, pues involucraba dos órdenes de legitimidad irreconciliables.


Erice escribe: «Si Elvira Navarro hubiese titulado su libro Los últimos días de Paquita Martínez, no habría producido las plusvalías mediáticas y comerciales de las que su autora se está beneficiando.» ¿Qué podemos considerar que ha producido más repercusión mediática, el título del libro o el propio revuelo generado por las palabras de Erice?

Ese es el argumento más flojo de Erice. ¿Adelaida García Morales mediática y comercial? Es obvio que lo que más repercusión ha producido ha sido su artículo. Ha habido un efecto Streisand: alguien que pretende censurar cierta información acaba generando, con su reclamación, una publicidad mayor del asunto. 


Dejando aparte el tema de Víctor Erice, ¿qué otras escritoras españolas consideras que han sido injustamente olvidadas?

Rosa Chacel es bárbara y apenas se la reivindica. Desde el amanecer, donde relata sus recuerdos de infancia, sería un clásico de la literatura del XX si Chacel hubiera nacido en Francia, en Argentina o en Estados Unidos. Pero claro, era española, y en España se desprecia la propia tradición, sobre todo la de posguerra, por un arraigado complejo de inferioridad cultural.


¿Estás escribiendo algún nuevo libro? En caso afirmativo, ¿nos puedes hablar de él?

Ando con ese librito de cuentos que te mencioné al principio, y en el que Los últimos días de Adelaida García Morales era el cierre.

Muchas gracias, Elvira.


domingo, 20 de noviembre de 2016

Los últimos días de Adelaida García Morales, por Elvira Navarro.

Editorial Random House. 111 páginas. 1ª edición de 2016. 

Hasta ahora sólo había leído un cuento de Elvira Navarro, el que aparecía en la antología Siglo XXI. Los nuevos cuentos del relato español actual, editada por Gemma Pellicer y Fernando Valls para Menoscuarto. Lo cierto es que cuando apareció su novela La trabajadora en 2014 me quedé con ganas de leerla. El tema laboral me parece poco tratado en la literatura y me interesa. Al final la dejé pasar. Hay momentos en los que siento que estoy demasiado pendiente de las novedades literarias y decido frenar para dedicar mi tiempo a textos más clásicos. Por otro lado, ya comenté la semana pasada que, durante meses, había tenido en casa sin leer la primera edición de El silencio de las sirenas de Adelaida García Morales, que había comprado por tres euros en la librería de segunda mano Ábaco, por la buena impresión que me había dejado una década antes (más o menos) el libro El sur seguido de Bene. Debería apuntar, también, que en mi habitación tengo más de cien libros comprados y sin leer. Cuando vi en las redes sociales que Elvira Navarro (Huelva, 1978) iba a publicar en Random House una novela titulada Los últimos días de Adelaida García Morales, me pareció una buena idea solicitarla a la editorial para leerla después de acercarme a El silencio de las sirenas y poder comentar las dos seguidas. La verdad es que me interesó el tema: una novela, la de Navarro, que yo entendía como un homenaje a una autora de fulgurante fama en los años 80 y que fue siendo olvidada hasta su muerte en 2014, sin mucho revuelo ni excesivos obituarios (al menos que yo recuerde). Desde luego, cuando solicité el libro a la editorial, no podía ni imaginar el revuelo (en cualquier caso un revuelo muy limitado a las cuatro personas que nos interesan estas cosas; los profesores del departamento de Lengua y Literatura del colegio en el que trabajo, por ejemplo, no habían oído nada de esta polémica hasta que yo les hablé de ella, y estamos hablando de profesores de Lengua y Literatura) que se iba a armar con la carta a doble página que publicó el cineasta Víctor Erice en el periódico El País, cuestionando el derecho o no de Elvira Navarro a escribir su libro.

Cumplí mi plan: leí El silencio de las sirenas y a continuación Los últimos días de Adelaida García Morales. No he podido, sin embargo, leer esta última sin sustraerme al debate generado en torno a ella.

Rosario Izquierdo Chaparro escribe a Elvira Navarro para contarle una anécdota sobre Adelaida García Morales que ocurrió unos pocos días antes de su muerte: la escritora, de sesenta y nueve años, acudió a la Concejalía de Cultura de Dos Hermanas, el pueblo en el que residía, y pidió cincuenta euros para visitar a su hijo en Madrid. La concejala desvió el requerimiento de la mujer que tenía delante a Asuntos Sociales. A partir de esta anécdota (de la que el propio libro da una segunda versión), Navarro escribe su libro que, como ella misma apunta en las notas finales de la novela, «es una obra de ficción. Todo lo que se narra es falso, y en ningún caso debe leerse como una crónica de los últimos días de Adelaida García Morales» (pág. 103).

El cuerpo central del libro, que apenas supera las 70 páginas, y que por tanto deberíamos llamar más bien nouvelle, está dividido en dos historias: en capítulos alternos se nos presenta a la concejala de Cultura que le negó los cincuenta euros a García Morales, y a una directora que está grabando un documental sobre la muerte de García Morales. Ambas historias están narradas en tercera persona, pero, mediante el recurso del estilo indirecto libre, leemos las narraciones desde el punto de vista de la concejala de Cultura y de la directora de documentales.

Para la concejala de Cultura, quien hace ya años que apenas lee, la presencia de Adelaida García Morales en su municipio no es más que un incordio, y más cuando se muere y no sabe aún si debería haberle entregado aquellos cincuenta euros que le pedía, o hacerle un homenaje. No tiene muy claro cuál es el nivel de relevancia que en algún momento ha llegado a tener la escritora en la vida cultural del país.

Después de que Víctor Erice publicara el artículo que comentaba más arriba, se han levantado algunas voces airadas, pidiendo, incluso, que se retirara de las librerías el libro de Elvira Navarro. Voces que entresacaban comentarios que en la novela se hacen de García Morales, desde el punto de vista de la concejala (connotada negativamente en el libro), para mostrar hasta qué punto la autora de esta novela denigraba la memoria de García Morales. Así, he podido leer en internet que Navarro había escrito sobre García Morales frases como las siguientes: «Tenía, se dice la concejala, el aspecto de pasarse un estropajo por la cara. Al mismo tiempo, y debido a la gordura, a que no sonreía nunca y a que las facciones se le habían vuelto duras exhalaba algo feroz, como si ese ser que en su juventud y madurez parecía tan espiritual se hubiera tornado en algo salvajemente grotesco. En las fotos de sus últimos años da la impresión de acabar de meterle un puñetazo a alguien, pero también de estar enajenada y mustia» (pág. 34). Lógicamente, éste no es el punto de vista de la autora sobre el personaje. El punto de vista de Navarro sobre lo narrado se asemejaría más al de la realizadora de cine, quien para su reportaje sobre García Morales ha convocado en un polígono de Sevilla a tres personas ‒lejos del círculo íntimo de familiares y amigos‒, que conocían de forma tangencial a la escritora (una compañera del colegio, una vecina y un psiquiatra). Los tres se sientan en un sillón y la cineasta los deja hablar. Su idea es no hacer preguntas, no intervenir en el reportaje. Uno de estos testigos contará que Adelaida, en los últimos tiempos, había perdido la cabeza y creía recibir las visitas de un sátiro. Algo que el psiquiatra pone en entredicho.

El caso es que las dos historias de esta novela dan una imagen especulativa de Adelaida García Morales, que se basa en alguna información real; una narración, más o menos libre, que Elvira Navarro le dedica a uno de sus mitos personales (o al menos así lo he sentido yo). En realidad, más que retratar a Adelaida García Morales, lo que se desprende del texto (al menos para mí), su motivo para escribirlo, es dar salida a algunos de sus fantasmas personales: el miedo a haberse equivocado en su vocación literaria (por ejemplo, y ahora soy yo el que está especulando), el miedo a las estrecheces económicas del futuro, a la soledad… y todo esto se encarna (y se proyecta) en la figura de Adelaida García Morales, muerta hace dos años.

Erice especulaba sobre la apropiación del nombre de su exmujer con intenciones comerciales o publicitarias. En este sentido, creo que Erice se equivoca, que por desgracia el nombre de Adelaida García Morales está bastante olvidado y, por eso, la primera vez que vi el título de la novela de Navarro no pude pensar más que en la posibilidad de un homenaje. En el mercado literario español se vende muy poco, y evocar en un título el nombre de una autora injustamente olvidada no parece, a nivel comercial, lo más sensato, sino que apunta, más bien, hacia una declaración de intenciones a favor de la resistencia.

En cierto modo, creo que Los últimos días de Adelaida García Morales no era el libro que esperaba leer cuando lo solicité a la editorial. Ahora que está tan en boga la literatura de no ficción, imaginaba que Elvira Navarro habría investigado más a fondo el tema para escribir un libro testimonial (imaginaba algo al estilo de los últimos libros de Emmanuel Carrère). Sin embargo, con esto no quiere decir que no me interese su propuesta: a través de la figura de la escritora que admira, Navarro indaga sobre sus propios miedos, lanzando más de un dardo envenenado contra la institucionalización de la cultura.

Me he quedado también con la sensación de que a las dos historias les faltaba algo de desarrollo. El género de la nouvelle me parece complicado y aquí se muestran algunas escenas con los puntos de vista de dos personajes que no parecen evolucionar hacia ningún sitio en el corto espacio narrativo que se les dedica. La verdad es que me habría gustado saber más sobre los personajes (concejala y cineasta), y sobre la persona en la que ponen su mirada, Adelaida García Morales.

El estilo directo de Elvira Navarro, con frases matizadas y en ocasiones punzantes, me ha gustado. Ahora se han renovado mis deseos de acercarme, al fin, a La trabajadora.
Entre El silencio de las sirenas de Adelaida García Morales y Los últimos días de Adelaida García Morales de Elvira Navarro, recomendaría antes el primero. Pero también creo que el libro de Navarro no deja de ser una invitación a leer (de nuevo) a García Morales.

Comprendiendo el punto de vista de Víctor Erice, creo que se equivoca al achacar un afán comercial a la propuesta reivindicativa de la memoria literaria del país de Navarro, puesto que una persona, Adelaida García Morales, que para él es central, ha dejado ya de serlo para el conjunto de la población con alguna inquietud por la cultura, y por tanto celebro que hayan aparecido de nuevo sus libros en las mesas de novedades de las librerías. En La Central de Callao, ahora mismo, ofrecen la primera edición de Las mujeres de Héctor (1994) por 9 euros; es decir, se lo han pedido a Anagrama y han trasladado el precio de 1.500 pesetas a euros.

El debate planteado sobre los límites de la ficción me parece interesante. Hace años leí la novela Arthur & George, en la que Julian Barnes especulaba sobre la vida de Arthur Conan Doyle, y me encantó. ¿Debería Barnes haber cambiado el nombre a su Conan Doyle? ¿Debería Thomas Bernhard cambiar el nombre a Viena, cuando despotrica contra ella, por miedo a que se ofendan los vieneses? ¿Tendrían derecho éstos a pedir que se retirara del mercado un libro de Bernhard porque les ofende cómo habla de su amada ciudad? Y, aun cambiando los nombres, ¿tienen derecho los familiares de un escritor a pedirle que no se venda un libro porque se sienten retratados en los personajes?


No me ha gustado ver cómo se han arrojado algunas voces contra Elvira Navarro por escribir un libro en el que básicamente se homenajea a una escritora olvidada. Me parece peligroso ver cómo algunas personas que dicen defender la cultura desean la censura del escritor. Ojalá se leyera más literatura española contemporánea, con una prosa tan delicada como la del libro de Elvira Navarro, y que esto lleve a que se lea más a una escritora de la calidad de Adelaida García Morales. Y ojalá tantas voces preocupadas por la cultura como he visto estos días se alzasen para exigir que, de un modo u otro, Víctor Erice pueda dirigir un largometraje, algo que no puede hacer desde que en 1992 rodara El sol del membrillo, porque, dada la fama que tiene de director lento y puntilloso, nadie se atreve a poner dinero en un proyecto que lleve su firma. Y ésta es la verdadera tragedia de la cultura en España: que a nadie parece importarle que uno de nuestros más grandes cineastas sólo haya podido rodar tres largometrajes y no pueda hacer uno nuevo desde 1992. Sin embargo, enseguida pedimos un linchamiento público (retirada de ejemplares de las librerías, pedir perdón público por las faltas cometidas…) para una escritora que homenajea a otra cada vez más olvidada. Y todo esto (supuestamente) en nombre de la cultura.