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miércoles, 17 de mayo de 2017

Ovejería, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 314 páginas. 1ª edición de 2015.

A Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970) lo conozco desde hace más de una década. Sin embargo, nunca nos hemos visto en persona. Coincidimos ‒hace ya más de diez años‒ en un foro literario en el que una docena de personas (a lo sumo) hablábamos sobre Roberto Bolaño. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía un libro publicado. Cuando esto ha ocurrido nos los hemos ido enviado por correo transoceánico. De él ya he leído dos poemarios, publicados en la editorial de Santiago de Chile Das Kapital: Umo (2010) y Maicillo/Sauló (2014). En 2015 publicó otro poemario con Das Kapital titulado Ovejería. Me lo envió a principios de 2016 y yo lo he leído un año más tarde. El tema de la entrada de libros en mi casa se me ha ido de las manos desde hace tiempo y además me ocurre que, en los últimos años, me cuesta encontrar el momento para leer poesía, de la que he sido más asiduo en otras épocas de mi vida. Pero, al fin, me he acercado a Ovejería, un poemario mucho más grueso que los otros que ha publicado Hernández en Das Kapital. De hecho, Ovejería contiene ‒es cierto que algunos son bastante cortos‒ casi trescientos poemas.

En sus dos poemarios anteriores ya había aparecido el término «Ovejería», que yo identifiqué entonces como un lugar de Santiago de Chile que el poeta evocaba en sus versos. Ahora sé (para siempre) que Ovejería es una población que creció cerca de Osorno, que se encuentra a casi mil kilómetros al sur de Santiago, y que en la actualidad Ovejería es un barrio (no sé si este término se usa en Chile) de Osorno, el lugar donde nació y creció (hasta que se fue a la capital en la adolescencia) Leandro Hernández.
En principio, al saber que Ovejería, el último libro de Hernández, era una evocación de los territorios de la infancia a los que el autor vuelve ya adulto, pensé de forma inmediata en el también poeta chileno Jorge Teillier, que en sus poemas evoca los recuerdos de su pueblo Lautaro, al que acude desde Santiago.
Tras leer Ovejería considero que la filiación entre los dos poetas es más de cercanía temática que compositiva. Los poemas de Teillier son más íntimos y desgarrados que los de Hernández, que ha elegido evocar el territorio de su infancia desde la carencia de énfasis. En más de un caso, los versos de Hernández nombran a personas o calles, presencias que parece querer materializar en la página con solo enunciarlas. Se alude en los poemas a hechos o detalles del pasado, en la mayoría de los casos de un modo directo, con versos sencillos que en casi todos los casos eluden el vuelo metafórico: las palabras son directas y primordiales. Flamengo es uno de los primeros poemas del libro:

Flamengo

existen todavía
los clubes deportivos
Flamengo y Barcelona
en la liga de Ovejería?

para los que no recuerden:
el primero de la Guajardo
el segundo de La Trinchera

en la prehistoria del Flamengo
hubo un club en la Guajardo
que se llamó Borussia

Flamengo puede ser paradigma de algunos de los planteamientos estilísticos del libro: una voz poética cercana a la del autor (que en muchos casos se lee como si fuese una voz narrativa) pregunta a un colectivo de personas no identificado, pero que el lector entiende que son sus amigos y vecinos de Ovejería, por alguna persona o lugar del pasado. El poeta quiere dejar constancia de una realidad que vivió o de un lugar que pisó, como ya he apuntado, y en muchos casos desea que el recuerdo sea una enunciación de nombres más que de sensaciones: «En la prehistoria del Flamengo / hubo un club en la Guajardo / que se llamó Borussia». Es cierto que Ovejería no es un poemario de versos aislados (sería muy difícil encontrar en el libro un verso memorable), y en muchos casos tampoco es un libro de grandes poemas sueltos; en realidad funciona más como conjunto, como largo recuerdo hilado en casi trescientos poemas. En este sentido me ha recordado su lectura a Yo me acuerdo de George Perec, libro con anotaciones como ésta: «Yo me acuerdo que Colette era miembro de la Real Academia de Bélgica». En los dos casos, la enumeración de recuerdos contiene claves personales que el lector no conoce del todo, pero intuye, y en la no explicación de por qué elige un recuerdo y no otro recae gran parte del misterio compositivo. Ovejería es un libro para leer entero y no para abrir al azar y leer poemas sueltos.

Los poemas de Ovejería parecen agruparse en series temáticas que, sin aviso, se van dando paso: la evocación del colegio, del aeródromo, del río, de las calles…
Reproduzco un poema que habla de uno de los profesores del colegio que también (aunque no es lo normal aquí) tiene un poso político:

el Peter

hay posiciones irreconciliables
(tal como ocurre con Pinochet)
sobre su legado sobre su gestión
sobre su manera de hacer escuela

golpeó a muchos niños y niñas

se emborrachaba para los bingos
ex alumnos cobraban venganza
(grande Chico Melo)
rodeados x metros cuadrados de pilsen

algunos agradecen los coscachos del Peter
otros los justifican y aplauden

hay otros a los que nos parece el Peter
signo de violencia impunidad

también hay personas que piensan
que los niños y niñas maltratados
eran responsables y se lo merecían.

Antes he hablado de Jorge Teillier y también de George Perec, el mismo Leandro Hernández nos pone sobre la pista de otra posible influencia en un poema corto llamado Spoon river:

Spoon river

no es
Spoon river
es Ovejería

ribera este
del río Rahue

No he leído Spoon river de Edgar Lee Masters, pero sé que en este poemario hablan los muertos del cementerio sobre los habitantes de un pueblo norteamericano. Busco algún poema en internet y me encuentro con que comienzan con preguntas sobre algunos de los habitantes de la población. Por ejemplo, así empieza La colina de Masters: «¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, / El débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?»
Éste es uno de los poemas de Hernández: Tres pisos // y de Tres Pisos / alguien se acuerda? // y de su hermano?
En Ovejería el lector español se puede encontrar con muchos chilenismos, y la verdad es que aunque a veces no entendía algunas palabras me gustaba su lectura (palabras como: guata, chomba, maicillo…)

Como ya he comentado al principio, creo que este poemario funciona como artefacto intercomunicado de una página a otra, y que la lectura de algún poema suelto puede causar en el lector una sensación de impenetrabilidad en las claves personales propuestas. Los poemas que más me gustan son aquellos en los que la voz poética reconstruye anécdotas del pasado, o cuando al final de lo colectivo (calles, río, colegio, tiendas…) se pasa a lo personal y Ovejería se convierte en cierto modo en un ajuste de cuentas o conversación con el padre muerto (el poema que dejo abajo, Cordero, toma la voz poética del padre) o con una vecina (pionera de la población), llamada la señora Hortensia.

Reproduzco para finalizar algunos de los poemas que más me han gustado del libro:

restorant

estoy en primero o segundo básico

mis padres  ya han concretado
en esto de poner un almacén
al lado de la escuela

mi padre me comunica que ese día
almorzaré en un restorant

me enseña lo que debo hacer
lo que debo decir
cómo debo pagar

me pasa un billete

estoy emocionado

finalmente resulta ser
el restorant "La Feria"
estaba todo ya conversado

raro pero también inolvidable

termino mi comida sentado
a una mesa solo

de postre: duraznos con crema

la amable señora me pregunta
si deseo  repetición de comida

no gracias

me pregunta si quiero más postre

sí encantado

el gesto de ofrecer
repetición de postre
merece todas las memorias

termino de comer
sentado a una mesa solo

saco el dinero y pago
alguien me recibe el billete
y me voy a la escuela
sin esperar el vuelto


Ovejería y el agua (V)

teníamos en la Guajardo
una piscina al borde de un risco

por ella la planta de agua potable
vaciaba  a diario su superávit

nos bañamos en esa piscina
al borde de un abismo
por el que una vez caímos


Cordero

llevo treinta días borracho
luego de perderlo todo por segunda vez
es como resucitar para volver a morir

mi ex mujer y mi hijo están a mil kilómetros

me vine de Santiago mojado
un temporal preparaba un aluvión

es fines de mayo del noventa y tres
en las calles de la Guajardo han abierto
zanjas para poner el alcantarillado

hoy he decidido dejar de tomar
como lo he hecho innumerables veces
solo que esta vez será para siempre

limpio mi casa y baldeo el piso sucio
abro las ventanas como las zanjas las calles
parecen trincheras en las que se acumula el barro

no puedo dormir tranquilo despierto
transpirando como si un aluvión surgiera
del síndrome de abstinencia

intento cerrar los ojos pero hay imágenes
que no me dejan veo pasar mi vida borracha
tambaleándose para caer en una zanja

cada zanja es un grito sordo cada grito
un par de pies que se acalambran sudo frío
tercianas y me levanto a cerrar las ventanas

las ventanas son las zanjas
afuera hay un aluvión y dentro mío
hay una alcantarilla que revienta

las vecinas me alimentan me saludan
me felicitan por verme sobrio bien
don Hernán muy bien vecino  siga así

no lo soporto no soporto esta sed
sólo podría apagarla un aluvión

El delirium tremens me expulsa
de la cama húmeda

algo me persigue y me empuja
a salir a las calles embarradas

 a saltar las trincheras abiertas

domingo, 9 de noviembre de 2014

Maicillo/Sauló, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 81 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que en el mismo sobre que me llegó desde Chile la novela Tsunami de Juan Ignacio Colil me llegó el nuevo poemario titulado Maicillo/Sauló de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970). Conozco a Leandro desde hace unos ocho años, cuando los dos comentábamos libros de Roberto Bolaño y escritores similares en un foro cibernético de la Fnac. Luego, después de que se cerrara aquel espacio, hemos seguido hablando de libros a través de facebook, mi blog o el correo personal. Cuando los dos hemos conseguido publicar algún libro, los hemos intercambiado a través del correo transoceánico. Espero que en algún momento nos podamos saludar en persona.

Hace tres años comenté el primer poemario de Leandro, cuyo título era Umo (ver AQUÍ la reseña), y que fue publicado también por la pequeña y pujante editorial de Santiago de Chile Das Kapital.

Ya comenté que en Umo el poeta jugaba a confundir el acto de fumar con el de escribir: actos de placer individual, de escasa relevancia social uno y perseguido el otro. Leandro escribía igual que fumaba: con morosidad, con detenimiento, en soledad, para sí mismo, mientras el tiempo pasaba sobre su vida y los objetos cotidianos.

Maicillo/Sauló guarda muchos puntos en común con Umo. En su más reciente obra nos encontramos de nuevo con un poemario metaficcional, ya que Leandro vuelve a reflexionar en ella sobre el propio acto de crear. Pero ahora la identificación que vertebraba Umo al confundir los verbos  “escribir” y “fumar”, se ha transmutado en la relación existente entre los sustantivos “tiuque” y “poeta”.
Realicemos una aclaración para los lectores que no sean de Sudamérica: el tiuque es un ave rapaz relativamente pequeña (de unos 40 cm.) que se alimenta de insectos, gusanos, crías de otras aves y que es eminentemente carroñera. Sería el equivalente a un cuervo del hemisferio norte. De hecho con esta última referencia –que yo he tomado de la wikipedia- Leandro compone el último poema del libro:

baltimore

el tiuque es al hemisferio sur
lo que el cuervo es al hemisferio norte

así tanto en el sur como en el norte
cuando preguntas por el jardín de Epicuro
los poetas sólo obtienen como respuesta
un never more, never more.


El paralelismo con el que se va a jugar en el libro entre esta pequeña ave carroñera, frecuente en los parques de Santiago de Chile, y el poeta, habitante de los mismos parques, queda fijada en el primer poema del libro:

la reflexión es infinita

relegado a parques y plazas
el poeta es un tiuque sobre un eucaliptus

grazna al tope de una copa vacía

la sombra de un tiuque
es una reflexión que se alarga sobre el maicillo.


Nueva aclaración para lectores de fuera de Chile: Maicillo es la arena gruesa y amarillenta con que se cubre el pavimento de jardines y patios (rae).

Maicillo/Sauló conversa con Umo, en más de una de sus páginas podemos encontrar guiños al anterior poemario: “todo tiuque/ todo poeta/ todo hablante/ aspira –como se aspira el umo-/ a que sus huesos o sus textos/ sus voces sus graznidos/ tengan manchas rojas.” (pág. 37-38), o: “tal vez pronto se promulgue una ley/ que prohibirá fumar en lugares con juegos infantiles/ no podría ir con mi hijo y mis cigarrillos/ a pelotear un rato sobre un césped semiseco”. (pág. 77-78)

Aunque los temas se repiten de un poemario a otro, he tenido la impresión de leer en Maicillo/Sauló un poemario más maduro y hondo que Umo. En Umo el individualismo del acto de escribir, enmarcado en un contexto de cotidianidad (paso del tiempo, contemplación de los objetos caseros…), distancia al poeta de los otros. En Maicillo/Sauló al centrar su reflexión más que sobre el acto de escribir sobre la figura del poeta, la presencia de éste en sociedad, de este yo que interactúa con los otros, se hace más presente.
Igual que el acto de escribir en Umo parecía algo tan abocado al fracaso, al goce individual, como el acto de fumar, en Maicillo/Sauló el poeta con su libreta en el parque se convierte en una figura obsoleta, porque: “los lectores de poesía ya no nacen más/ se extinguieron” (pág. 76)

El poeta, como el tiuque parece rebuscar en la carroña del basural cotidiano para encontrar alimento, que convertido al lenguaje del poeta equivaldría a la idea de encontrar belleza.
El poeta ya no se fija en los ruidos de la cafetera, como hacía en Umo, sino que ahora son los gritos que proceden de la multipista del parque los que parecen sacarle de su mundo.

Tiuques y poetas se encuentran en el parque: el ave rapaz carroñera y el poeta, antiguos habitantes de los grandes espacios naturales (a los que pudo cantar una poesía épica como la de Walt Whitman) confluyen ahora en el espacio natural domesticado y falto de grandeza del parque. Será obligación del tiuque (si quiere alimentarse) y del poeta (si quiero hallar alguna belleza) no dejar de observar lo que ocurre en su hábitat. Reproduzco aquí el poema de la página 63 donde se aúnan los temas anteriores:

tarde en el parque

una camanchada ácida
nos envuelve incluso
en parques y jardines

debiera llover ahora mismo
no tener que esperar
que se cumpliera el pronóstico:

“posibles chubascos al atardecer”

desde la copa de los eucaliptus
que envejecen el maicillo
los tiuques tosen.


En unos cuantos poemas, Leandro juega al posmodernismo y posa su mirada y su reflexión sobre las series de televisión norteamericanas (a las que debemos estar enganchados medio mundo), así se homenajea en este libro a Breaking bad o a Criminal minds.

En lo cotidiano también se encuentra lo terrible, y la muerte se filtra en los días que se describen en estos poemas: “Sara, la Cuta, la Cutita/ la hermana de Pancho/ ha muerto en un accidente carretero” (pág. 70); o bien: “en correo matutino/ Martín dice en el asunto: “malas noticias”/ lo abro y leo/ que se nos fue Parrita” (pág. 72).
Sin embargo, el poemario se vuelve más cercano y cálido al hablarnos de los días que pasa el poeta con su hijo en el parque, tema que se vuelve recurrente en el último tramo del libro.

Maicillo/Sauló me ha parecido un poemario de versos sencillos y a la vez hondos, que reflexiona sobre el propio acto de escribir, pero sin perder el poeta la capacidad de fijar su mirada sobre el mundo de los otros, sobre la cotidianidad que va desde la realidad ficcional de las series de televisión a lo que ocurre en el parque cercano a su casa, volviéndose sus versos más esenciales y cálidos cuando nos habla de la relación con su hijo. Unos poemas que me han recordado a esa sencillez narrativa que tenía Raymond Carver en sus poemas para encontrar momentos epifánicos en la cotidianidad.
Voy a continuación a reproducir aquí dos poemas más del libro, dos poemas que son de los que más me han gustado del conjunto y que me parecen representativos. El primero, titulado la poiesis de los tiuques, dividido en tres partes que aúnan casi todos los temas que se desarrollan en el libro; y el segundo, titulado carpintero, situado al final del poemario, me parece que abre un nuevo camino, hacia la sencillez honda de los momentos epifánicos de la cotidianidad y que, como he apuntado antes, me recordaban a la poesía de Raymond Carver.

la poiesis de los tiuques

i
desde Atacama a Chiloé
el poeta es un milano chimango

chimango como los chimangos
de los cuentos argentinos

tiuque como aquellos
que aún rayan el cielo
nublado de Ovejería
                                   Alto

el poeta es un tiuque

un ave rapaz que se adapta
y raya los cielos

de norte a sur


ii
se le tilda de acróbata
(ahí el altazor
devenido en tiuque)
en busca de mejores oportunidades
del campo a la ciudad
se refugia en parques y azoteas

todo poeta
de importancia es un tiuque

el tiuque en la ciudad abandona la acrobacia
asume el oficio de los malabares

sus textos son como las pelotas
teñidas por las luces
rojas de los semáforos
que malabaristas punkies lanzan
por los aires a la espera
de alguna moneda huacha
de los choferes de ocasión

la adaptación obliga y el tiuque
es un sobreviviente que raya
los cielos y los suelos

los conductores cierran
las ventanillas de los autos

temerosos de que un texto
se les cuele en la cabina.

iii
el poeta es un rapaz:

en casos de urgencia
se alimenta de carroña

el tiuque no le teme al ser humano

el poeta observa y tose
en la copa de un eucaliptus

la especie descrita por un francés en 1816
es la más abundante en Chile

en este país se levanta una piedra
y un tiuque abandona la casa de sus padres.



carpintero

la ciudad del poeta
el sol desaparece por tres días

el cuarto continúa el frío
pero el cielo amanece despejado

a eso de las cinco de la tarde
el poeta sale con su hijo al parque

primero van a inflar las llantas
de la bicicleta a una bomba bencinera

el poeta camina por uno de los senderos del parque
su hijo pedalea más adelante por el mismo sendero

como una aparición extremadamente buena
un pájaro carpintero hace lo suyo sobre un arbusto

ver un pájaro carpintero en un parque
                                          (de Santiago de Chile
no es algo común

el poeta siente esto como un privilegio
su hijo pedalea más adelante

lo llama: hijo, Emilio, mira
el niño vuelve y el poeta le indica hacia un árbol
mira, un pájaro carpintero

¿lo ves?

Emilio logra verlo y oírlo golpear la corteza
de una alcaparra en busca de larvas

¡oh, qué bacán!

lo observan un rato
pueden apreciar su plumaje
su penacho rojo

el poeta latea a su hijo
sobre lo extraordinario de este encuentro

el hijo lo mira y le dice que sí que lo entiende


luego da la vuelta y continúa con su paseo.

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tsunami, por Juan Ignacio Colil

Editorial Das Kapital. 243 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté en el verano de 2010 el libro de cuentos de Juan Ignacio Colil (Santiago de Chile, 1966) titulado Al compás de la rueda. El libro me llegó gracias al poeta Leandro Hernández, a quien conocía gracias a un foro literario. Juan Ignacio es profesor de Historia en el mismo colegio de Santiago de Chile en el que Leandro da clases de Lengua, y ambos publican en la pujante editorial chilena Das Kapital. Este año ha aparecido un nuevo libro de cada uno de ellos casi por las mismas fechas en que se publicó mi novela El hombre ajeno. Así que en verano intercambiamos libros.

Hace tres años Al compás de la rueda me causó una grata impresión, eran cuentos escritos por un autor maduro, con oficio, y tenía ganas de acercarme a la nueva novela de Colil. Al repasar ahora lo que escribí sobre ese conjunto de relatos, me percato de la fuerte relación que existe entre ese libro y esta novela titulada Tsunami. “El tono de amenaza es constante en este relato, como en casi todas las páginas de Al compás de la rueda.” “Como Bolaño, Colil también usa a la figura del escritor o el poeta como protagonista de sus historias”, estas dos frases que escribí sobre Al compás de la rueda las rescato ahora para hablar de Tsunami.

Tsunami comienza con un escritor de cuarenta años -que en la página 115 sabremos que se llama Juan Colil- recibiendo una llamada telefónica. La municipalidad de un pueblo de la costa de Chile le invitar como ponente para celebrar un homenaje al escritor Emilio Fontana, muerto en la localidad diez años antes. El escritor acepta porque no está en condiciones para rechazar un trabajo, aunque no siente mucho entusiasmo por las novelas brevísimas y los poemas crípticos de Fontana.

Un jueves por la tarde llega al pueblo con la idea de irse el domingo. Se aloja en el hotel, conoce a los demás invitados, a los representantes del municipio… y su visión de lo que ve será siempre crítica, inmerso en el sarcasmo propio del desencanto y el fracaso. “No sabía que mi libro se pirateara. De hecho ni siquiera sabía que se vendía; los únicos ejemplares vendidos eran los que yo había comprado para revenderle a amigos”, nos dice el narrador sobre su obra en la página 34, cuando está a punto de firmar a una admiradora uno de esos ejemplares pirateados de su libro; pero ahí está de nuevo el fracaso para caer sobre él: la supuesta admiradora le ha confundido con otro escritor.

Nuestro escritor acabará la noche del jueves huyendo de los escritores veteranos que admiran a Fontana y bebiendo en el último bar con Fernando Montenegro, un no ya tan joven escritor que es descrito así por Colil, inmisericorde con sus compañeros literarios: “Un pedante que escribía cuentitos en los que narraba sus supuestas aventuras sexuales y su vida callejera colmada de excesos. Había leído uno de sus libros. Sus narraciones parecían traducciones españolas de algún gringo. Los tipos eran tíos que jodían y todo era pollas, coños, gilipollas, ostias y así interminablemente” (pág. 14).
Además de despotricar contra el mundillo literario, Colil intentará ligar con Julieta, una poeta de su edad y mirada triste.

La novela pasará de ser metaliteraria a negra cuando Fernando desaparece dejando tras de sí un abrigo ensangrentado. ¿Se ha suicidado imitando a Fontana, quien según la versión oficial se adentró románticamente en el mar para poner fin a su vida? ¿Se ha ido del pueblo sin despedirse? ¿Ha sido asesinado?
A partir de aquí un aire de amenaza se cierne sobre el pueblo costero, ya que además de la desaparición de Fernando, puede que en breve se produzca un tsunami. Además, se empieza a preguntar Colil, ¿quién era en realidad Emilio Fontana? Fernando la noche de la borrachera le había dicho que no era quien todo el mundo pensaba, que había recabado información sobre él que lo alejaba de la inmaculada imagen de prócer de las letras. ¿Por qué Recaredo, vecino del municipio y trabajador del ayuntamiento, había afirmado ante Colil que “Fontana era una mierda”?

Sobre la figura de Emilio Fontona empiezan a cernirse sombras, ¿quién es en realidad Fontana?, se pregunta Colil, quien no duda de servirse de una estratagema para entrar en la habitación de Fernando (antes de que se haya anunciado su desaparición) para hacerse con un cuaderno en el que éste ha recabado información sobre el escritor.

La influencia de Roberto Bolaño me parece relevante en la composición de Tsunami: en una novela metaliteraria se crea un misterio policiaco sobre desapariciones y muertes, además de iniciarse una búsqueda sobre un escritor –Emilio Fontana- cada vez más inquietante.

La primera parte de la novela acaba en la página 175. Al principio pensé que realmente Tsunami acababa ahí, porque existe un cierre que bien podría haber funcionado como final de la novela; y que después Colil y sus editores habían decidido añadir al volumen algunos relatos más. Pronto me di cuenta de mi error: tras la sección del libro titulada Apariciones encontramos unos relatos que podrían funcionar como composiciones independientes, pero que están narrador por personas que de una forma u otra tienen relación con lo leído en la primera parte, como alguno de los personajes que conocemos, ahora en la edad infantil, en el pueblo donde fue a morir Fontana. La figura de Fontana aparecerá en estas composiciones siempre como una figura lejana, ominosa, aunque gracias a la información velada que va recibiendo el lector ya conoce en gran parte la esencia de sus secretos. Esta presentación elusiva del escritor buscado me ha vuelto a recordar a Roberto Bolaño, a la escritura de una novela como Los detectives salvajes. Los narradores de la segunda parte de esta novela hablan de su relación con Belano o Lima pero siempre desde la bruma; de esta forma aparece Fontana en estas narraciones que componen la segunda parte.
Lo cierto es que en esta segunda parte cambia el tono narrativo del libro; de cínico y rítmico pasa ahora a intimista y lírico.

Además de un relato final, titulado Mirando desde la vereda, también podemos acercarnos en este tramo final del libro declaraciones en los juzgados, que nos ayudan a comprender cómo acabó la historia del homenaje a Fontana en el pueblo de la costa, con sus desapariciones y muertos; además de noticias de distintas época que, de forma elusiva de nuevo, nos aportan nuevos datos para comprender la posición de Fontana en el canon literario de su país.

La primera parte de Tsunami se hace muy entretenida; me interesa ese narrador que el autor hace coincidir con su nombre, y su visión desencantada del mundo literario. El misterio que se va creando sobre la figura de Emilio Fontana incita a seguir leyendo. Quizás el punto negativo de esta primera parte sería que en algún momento se pone en juego la verosimilitud narrativa, con Colil metido a detective aficionado, pero en cierto modo este escollo se salva porque al finalizar la primera parte y reflexionar sobre lo leído todo adquiere un aire de sueño, de novela casi expresionista, sobre los silencios de una comunidad y su violencia contenida.
Quizás también la longitud de la primera parte queda descompensada respecto a las otras y resulta raro acercarse a más capítulos de una historia cuando uno ya ha tenido la sensación de haber leído un final adecuado para la misma. Creo que Tsunami hubiera ganado en hondura con un simple juego de montaje narrativo: colocando los relatos finales, las declaraciones ante el juez, las noticias relativas a Fontana… entre los capítulos de la primera parte. De este modo el misterio hubiera ido creciendo y aunque en cierto modo se hubiera adelantado el final, la novela hubiera quedado más compensada. O bien, haber extendido la parte final hasta que alcanzara una longitud similar a la primera. Y esto muestra que me quedé con ganas de más, quería leer más sobre la juventud de Fontana, sobre su vida durante la dictadura de Pinochet, quería que se alumbrasen para mí más zonas oscuras del personaje.
Quedarme con ganas de más nunca lo considero un demérito de un libro, si no que me sirve de indicador para saber que he disfrutado de la lectura, de que el autor ha conseguido interesarme en los temas y en los personajes. Y lo único que le puedo reprochar a mi amigo cibernético Juan Ignacio Colil y a su Tsunami es una mayor ambición compositiva, haber pasado de escribir una notable novela como es ésta, una novela que se lee sin perder nunca el interés, a haber podido escribir una grandísima novela sobre los silencios y las zonas oscuras de una sociedad, la chilena, que ha tenido que convivir con una dictadura (como la española) sobre la que no se aplicó la justicia debida.

Desde aquí, porque sé que tiene el talento suficiente, animo a Juan Ignacio Colil a escribir esa gran novela sobre la sociedad chilena que sé que puede darnos. 

domingo, 30 de diciembre de 2012

Materias de libre competencia y regulación, por Andrés Florit Cento


Editorial Das Kapital. 103 páginas. 1ª edición de 2011.

A finales de 2011 mi amigo el poeta chileno Leandro Hernández me envió desde Santiago un paquete con libros no editados en España, como la novela Este libro vale un cadáver de Marcelo Lillo, o dos novelas disparatadas de Mario Levrero, que por fin el pasado mes Mondadori (aunque sea en edición de bolsillo) se ha decidido a publicar aquí: Nick Carter se divierte mientras el lector es asesinado y yo agonizo y La banda del ciempiés. En el paquete además incluyó, como regalo de los editores que le publicaron su poemario Umo, varios libros de poesía de Das Kapital.
Ya he comentado en el blog que me ocurre algo curioso con la poesía: yo la escribo a veces, y cuando siento que debo escribirla, me parece durante unos meses lo más importante del mundo; durante esos periodos de tiempo además suelo interesarme más por leer poesía, que en cualquier caso (a la vista está en el blog) suele ser para mí una lectura minoritaria.
Así que, como ahora estoy más enfrascado en escribir prosa, me he acercado bastante poco a la poesía durante el último año, y mi mala conciencia ante esos libros regalados por Das Kapital, ante esos bonitos libros en ediciones de 300 ejemplares, crecía. Ha sido en noviembre cuando he tomado de la estantería de libros inleídos (la poesía tiene en mi casa su propia balda del Ikea de libros inleídos) este poemario de Andrés Florit Cento (Santiago, 1982), y la verdad es que el resultado ha sido sorprendente: me ha gustado mucho; me ha emocionado incluso que un libro publicado en una edición de 300 ejemplares y escrito por una persona que el momento de la publicación no llegaba a los 30 años pudiera parecerme tan bueno. Chile, como ya sabíamos, es un país de poetas.

El primer verso de Materias de libre competencia y regulación, “No es difícil dominar el arte de perder”, parece toda una declaración de principios. La voz que Andrés Florit elige para este poemario es la de un urbanita desencantado y solitario, que parece conformarse con la observación pacífica de lo que le rodea y que constituye, en todo caso, una realidad en la que no quiere o no puede involucrarse. En cierto modo, hay algo del detenimiento de la poesía oriental en estos versos, como si un poeta de una edad mucho mayor que la del autor dominase su mirada desapegada sobre el mundo. Así, en muchos momentos de los primeros poemas del libro nos encontramos con versos celebrativos sobre lo contemplado, que a pesar de su afirmación no dejan de tener un poso de tristeza: “Estoy absorto / en cosas mínimas y disfruto de la maravillosa lentitud del día” (pág. 7); “Me gusta la hora en la que se encienden las luces / y aún no es de noche” (pág. 9); “Es que me encanta ver las líneas del tranvía y / que el tranvía no pase más” (pág. 14).

La visión inmóvil sobre el paisaje cobra en algunos momentos la intensidad del haiku. Leamos para ilustrar esta idea el poema de la página 73 (sin título, como la mayoría de las composiciones del libro):


Bernarda Morin con Canadá,
plaza rodeada de edificios bajos y añosos.
Me encanta ser el único que se aburre aquí.

                        Este restorán que te gustaba tanto porque
                        estaba siempre vacío.

Linda morena de pantalones ajustados: si al
menos hubiera andado con mascota. O tu hijita
se acercara y conversáramos.


En la página 15 del poemario descubro una de las fuentes de las que brota:

“–La villa Frei es mi Lautaro, mi Ítaca.
–¿Y?”

Al hablar de Lautaro, Andrés Florit evoca al gran poeta chileno Jorge Teillier, habitante de la capital que escapaba a su pueblo, Lautaro, cuando podía, para dedicarle casi todos sus versos, para añorar al Lautaro que fue y que el tiempo arrasó. Más adelante, Florit cita a Teillier de forma más explícita.

Quizás el gran acierto del poemario se base en esta idea: el poeta escribe poemas cortos, subdivididos en tres partes, y el lector no conoce la conexión que para él guardan esas tres partes, lo que acrecienta el halo de misterio y evaporación significativa del poema. Leamos algún poema que ilustre el comentario:


Ese temor atávico de que te empujen –o de volverte
loco y empujar a alguien– a la línea del metro. Por
ejemplo a Jaime Quezada que está con su típica
chaqueta café claro y sus lentes oscuras y sus
canas un poco más allá.

            Ahora déjame cerrar las cortinas
            para que no me vean el culo
            mientras te lamo lo más tuyo
            la inconsciencia.

Yo te decía la verdad pero la verdad cambió.


En algunos poemas una de las tres partes (normalmente la tercera) pasa a ser una cita de otro autor; por ejemplo:


Amante de mí mismo hasta que lleguen amantes
mejores.

            A veces me tomo los días al seco
            a veces los demoro como caracol
            que tarda la noche entera en cruzar la vereda.

“Soy un suicida latente como toda persona
respetable. Los patanes no se suicidan ni son
alcohólicos”. Teillier.

Después de la contemplación inicial y desgastada del entorno detenido que nos muestra el poeta, el lector empieza a comprender las claves de lo que ocurre en su vida, es decir, en sus versos: el poeta añora a una mujer con la que mantuvo una relación en el pasado, relación extinta, y trata de buscar consuelo mediante la evocación (“Recuerdo la última vez que estuviste / en esta cama y mi sexo escupe al cielo”; pág. 46) o acercándose a otras mujeres, ya sea de una forma real o imaginaria (“Qué rica la flaca de ojos azules y tetas grandes de / ayer con su chaqueta de buzo azul marino a medio / abrir. Su pololo no era mejor que yo.”; pág. 52).

Hacia la mitad del libro los poemas describen un viaje de vacaciones a Valdivia con amigos, personas que suelen quedar desdibujadas ante el doble drama del poeta: su alejamiento de la mujer amada y la incapacidad de comunicarse satisfactoriamente con los que le rodean: “Aburre hacer poemas para que casi todos los / ignoren o arrisquen la nariz. / El amor también aburre” (pág. 40).

En su poemario, Andrés Florit añade también algún componente metaliterario; por ejemplo: “No estoy en el mood de hacer un poema con / cadencia, ritmo, versos largos, que sea evocador / y transporte al que lo lea o escuche a quién sabe / dónde” (pág. 41).

El tono es moderno en su mirada (calles, muchachas en el metro, canciones de Kurt Cobain...) y clásico en el tono (melancolía al estilo de Jorge Teillier o Antonio Machado), pero también, de una forma aparentemente irónica, se juega con un leguaje posmoderno, como por ejemplo el uso de palabras en inglés, como ese “mood” de los versos anteriores; o términos como “sampleo” (pág. 26), propios de la música rap, frente al “cito”, más propio de la literatura.

Como ya apunté al principio de la entrada, Materias de libre competencia y regulación me ha gustado mucho. Me ha parecido un poemario con mucha fuerza, a la vez clásico y de mirada moderna; escrito por un poeta muy joven al que le quedan aún muchas cosas que decir.
Es una pena que una literatura de esta calidad se publique en tiradas de 300 ejemplares y que la mayoría de los lectores no vayan a poder tener nunca este poemario en las manos. En todo caso, estimado Andrés Florit, si como a mí mismo también me pasa que aburre hacer poemas para que casi todos los ignoren, que sepas, amigo, que tu libro ha tenido a un lector entusiasta en un lluvioso Madrid otoñal.

Voy a dejar aquí tres poemas más. Elegidos, el primero y el segundo, porque representan el tono general del libro, y el tercero por lo contrario, porque su composición más unitaria lo hace raro dentro del conjunto:

El primero (pág. 70):

“Su orgullo consistía en no orientarse. Ahora es
débil y mira el camino”. Canetti

            Desayuno de bus: pan y café con pajita en
            vaso de piscola.

Álamos de carretera.
Vale la pena viajar sólo para verlos.


El segundo (pág. 76):

Where the Wild Things Are

Ojalá yo pudiera correr donde viven los monstruos
y llegar ahí
como la abejita del video de Blind Melon,
mar adentro de mí mismo
donde nunca fui el rey;
con suerte llegué a este páramo,
en el que tampoco defiendo a nadie
de la tristeza.

            Sigo usando las poleras de mi hermano.
            Cuando él se las ponía tenían onda.

En la plaza me enamoro
de la mamá joven que se columpia y me mira.
Imposible como la mesera que se repite de bar en bar
rostros distintos y siempre la misma.


El tercero (pág. 75):

Working Class Hero

Mis héroes no vinieron a congraciarse
con la clase trabajadora.
Imposible confundirlos con candidatos a diputado
o al Premio Nacional.
Sabemos los beneficios de declararse en quiebra,
ser rebelde como quien compra
los jeans rotos de fábrica.
Mis héroes siguen su propia liebre.
Y si al público le gusta, mejor
pero no se lo ganan disfrazándose de ovejas.
Si son lobos atacan.
Y si son gatos se largan.
Mis héroes no se sienten héroes
ni lo son: saben divertirse,
no le tienen miedo al pop
y dan la vida sin refregárselo a nadie en la cara.
Nunca están satisfechos
y yo tampoco.

            Si la abuela Paulina me hubiera dicho
            cuando niño “hay que dejar el plato limpio
            para que mañana sea un día lindo”, quizás
            hoy no sería así de mañoso y dejaría el plato
reluciente como lo deja Omar.

Más que el sueño de la razón, la sobreprotección
engendra monstruos.