Mostrando entradas con la etiqueta Z.1 Diarios. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.1 Diarios. Mostrar todas las entradas

domingo, 9 de agosto de 2026

Diarios. Edición completa, por Iñaki Uriarte


Diarios. Edición completa
, de Iñaki Uriarte

Editorial Pepitas de Calabaza. 531 páginas. Edición de 2025

 

 

Me llegó al correo electrónico, en septiembre de 2025, la nota de prensa de la editorial Pepitas de Calabaza sobre la reedición de los Diarios. Edición completa de Iñaki Uriarte (Nueva York, 1946) y me apeteció pedírsela a la editorial para poder leerlos y reseñarlos. Víctor Sáenz-Díez, el editor, con el que he hablado alguna vez en persona, me la envió hace ya unos meses. Desde hacía años venía oyendo hablar de estos Diarios de Uriarte, un libro que se fue publicando originalmente en tres volúmenes (cada uno de ellos cubría tres o cuatro años de diario) y que, definitivamente, se ha editado en un solo libro, seguido de un epílogo, que también se publicó de un modo independiente. Hacía años que oía hablar positivamente a escritores de estos diarios de un señor que nació en Nueva York, pero vive en Bilbao y veranea en Benidorm.

 

En las 531 páginas de este libro nos vamos a encontrar con los Diarios de los años 1999 a 2010 y con un epílogo que, de forma mucho más escueta que en los diarios anteriores, muestra anotaciones de Uriarte sin fechas concretas, pero, gracias a algunas acotaciones temporales, el lector sabrá que abarcan casi una década más. En este epílogo nos dará Uriarte algunos datos significativos sobre sí mismo y sus diarios: «Los empecé a los cincuenta y dos años, tras un ingreso hospitalario por una enfermedad grave. Los médicos temieron que fuera la definitiva. Yo nunca lo creí, pero, al volver a casa y cambiar mis hábitos de vida, comencé a escribir estas páginas (¡escribe que has dicho algo!), que se han convertido ya en unas larguísimas últimas palabras». (pág. 493). También leeremos en este epílogo que desde que empezó a publicar –mayo de 2010– casi dejó de hacer anotaciones en su diario. Durante 2009 o principios de 2010, cuando ya sabe que va a salir el primer volumen de su diario en Pepitas de Calabaza empieza a agobiarse con la idea de que las personas de su círculo lean sobre sí mismas en esas páginas y se enfaden, un problema habitual en la literatura de autoficción. También he leído que Uriarte, una vez que empezó a ser reconocido por sus diarios, empezó a sentir la presión del éxito y esto le impedía sentirse tan libre a la hora de escribir, como se sentía en 1999 cuando empezó.

A diferencia de los diarios más tradicionales, aquí las entradas no están señaladas con fechas concretas, salvo la anual. De hecho, muchas de las anotaciones no recogen el día a día del autor, sino que son simplemente reflexiones o ocurrencias sobre la realidad, en muchos casos en forma de aforismos.

La primera anotación de 1999 recoge una visita a un hospital. Uriarte no va a contarnos por qué está en ese hospital, pero el lector –antes de llegar a ese comentario final del epílogo del que he hablado– va a comprender que está leyendo las palabras de un hombre que está cambiando sus hábitos vitales. Uriarte nos va a decir que se ha pasado la vida sin trabajar en una oficina, viviendo del alquiler de una casa familiar y publicando reseñas de libros en periódicos. Sin dineros excesivos, pero sin ataduras tampoco. Esta faceta de su vida le va a permitir conocer a algunos de los autores que admira, como a Jaime Gil de Biedma o Enrique Vila-Matas. También sabremos que ha dejado de beber alcohol, pero que tiene un pasado en el que salía mucho, también a diario, y se levantaba muy tarde.

 

Las reflexiones metaliterarias sobre el propio arte de la escritura y su sentido van a ser abundantes: «Pla dice que hay que escribir como se escribe una carta a la familia, pero con un poco más de cuidado. Aquí voy a hacerlo como si hasta las cartas fueran un alarde de retórica. Como si hablara solo», leemos en la página 11 y primera del diario.

Algunos de sus amigos o familiares va a aparecer aquí con su nombre, como su mujer María o su amigo el escritor Pedro Ugarte, al que sigo en las redes sociales. Pero se referirá a otras personas con la denominación genérica de «X» y esta X puede representar a personas diferentes. En estos casos, suele ocurrir que se critica al tal X o se cuestionan algunas de sus decisiones.

 

En la página 46, por ejemplo, nos encontramos con varias anotaciones que cumplen la función de aforismos. Recojo algunos como muestra: «Los cambios bruscos de tiempo animan la ciudad. Una granizada, por ejemplo, es excelente para aumentar la cordialidad en el ascensor», «Ser guapo ayuda a obtener buenas notas en el colegio. Más tarde, no favorece el reconocimiento intelectual», «Escribir tiene un efecto anestésico. Tranquiliza, como una pastilla ansiolítica. Pero, además, produce una cierta embriaguez. Esto hace que, según decía Cyril Connolly, tantos malos escritores no consigan dejarlo».

 

También se van filtrando algunos comentarios sobre actualidad política en el diario, sobre todo en relación a la política vasca, pues Uriarte es un habitual de las manifestaciones en contra de ETA. Uriarte no es un nacionalista vasco, pero tampoco se siente cómodo con los nacionalistas españoles que desprecian lo vasco. No sabe hablar el idioma vasco, pero no le gusta que nadie lo desprecie.

También iremos conociendo su historia familiar, y cómo sabremos que él nace en Nueva York, donde uno de sus abuelos había emigrado desde España y abierto allí una pensión. No mucho después de nacer, Uriarte vendrá a España, primero a San Sebastián y definitivamente a Bilbao.

 

Uriarte deja constancia en su diario de algunas de sus pequeñas vanidades, como el hecho de querer reflejar en sus páginas sus encuentros con personas famosas, que aparecen en el libro a modo de cameos. En muchos casos, el tono de sus escritos es autoirónico, y consigue ser bastante divertido, como cuando habla del tiempo que pasó en prisión por manifestarse en contra de la dictadura y dice de sí mismo que debió de ser el único preso del franquismo que salió de la cárcel con chófer. El tema de los atentados del 11 de marzo de 2004 también dará lugar a comentarios interesantes.

 

Además de las entradas del diario, a veces también podemos leer algún mail o algún texto que Uriarte escribió para un periódico, lo que hace que se incremente el abanico de recursos narrativos del libro.

 

También son muy abundantes las citas literarias que recogen los Diarios. Seguramente el autor favorito de Uriarte sea Montaigne y sus ensayos («Supongo que los Ensayos es el libro más importante de mi vida», pág. 364), y este autor debe ser el más citado en todo el libro. También destacará su predilección por Jorge Luis Borges. De hecho, Borges acabará siendo el nombre de un gato que adoptará Uriarte, y cuyas andanzas en la casa familiar serán también uno de los temas recurrentes de estas páginas. Para mí, que también convivo con gatos desde 2021 son páginas agradables. Me hizo gracia el comentario de Pedro Ugarte, uno de los amigos a los Uriarte deja sus diarios antes de que estén publicados, sobre que ya está harto de leer sobre el gato.

 

Creo, y el mismo Uriarte, lo dice que los Diarios que el lector acabará leyendo están muy editados y expurgados respecto a los diarios originales. Uriarte nos dirá que relee mucho lo que escribe y que elimina muchas entradas (primero escribe en un cuaderno y luego lo pasa al ordenador) sobre todo aquellas que recogen estados de ánimo tristes o enfrentamientos con otras personas. Por esto, en muchos casos, como ya he comentado, no hay una idea muy clara de continuidad narrativa. «Leo páginas de años anteriores y las borro. El diario va en contra de mi memoria, que tiende a olvidar los momentos malos. No me interesa que me los recuerde. Esto no es un acta notarial de mi vida», leemos en la página 445.

Durante unos meses al año, María, la mujer, y el autor se desplazarán a un piso que poseen en Benidorm. De hecho, Uriarte también es famoso por su reivindicación posmoderna de esta ciudad de veraneo.

 

Me han entrado ganas de leer los ensayos de Montaigne. Imagino que algo de la forma de escribir de Uriarte vendrá de ellos. Sí que he descubierto ahora de forma clara a uno de los seguidores de Uriarte: los diarios de Eduardo Laporte.

No he leído el diario de seguido, sino que he hecho tres pausas para leer tres novelas breves. En principio, los lectores originales de este libro tuvieron que hacer paradas de al menos un año entre las tres entregas originales, más luego el epílogo. Y el género del diario permite, y casi es recomendable, estas pausas.

«Yo también pienso que el mundo, la vida, o lo que sea, me ha tratado injustamente. Pero a mí favor» leemos en la página 290 de este libro que, entre cosas, acaba siendo las memorias de un dandy, un caradura simpático, melancólico, inteligente, lector y reflexivo. Una lectura muy gratificante, que ha dejado con ganas de saber más de Uriarte, con el deseo de leer la versión expandida de los años comentados brevemente en el epílogo.

domingo, 24 de octubre de 2021

Tiempo ordinario, por Eduardo Laporte

 


Tiempo ordinario, de Eduardo Laporte

Editorial Papeles Mínimos. 135 páginas. 1ª edición de 2021.

 

A principios de 2018 leí Diarios (2015-16), que Eduardo Laporte (Pamplona, 1979) publicó en la editorial navarra Pamiela, y ahora, tres años después, publica su siguiente entrega diarística en la madrileña Papeles Mínimos. Pensé que para adentrarme en Tiempo ordinario, podía ser una buena idea releer sus Diarios (2015-16) a modo de prólogo. Y así lo he hecho a principios de septiembre. Si el primer tomo de los diarios acaba con el año 2016, Tiempo ordinario empieza en enero de 2017, enlazándose perfectamente un libro con otro. Así que opino, desde ya, que ha sido un acierto refrescarme la primera entrega para adentrarme en la segunda.

 

En el prólogo de Diarios (2015-16), el escritor Miguel Ángel Hernández apunta que la existencia de R., una chica con la que Laporte mantiene una relación sentimental intermitente durante el tiempo de la narración, acaba dando al diario continuidad narrativa. R. ha desaparecido de Tiempo ordinario y, por tanto, más que incidir en la idea de «continuidad narrativa» Laporte se adentra en estas páginas en la composición a base de apuntes, notas, reflexiones, aforismos…

Yo he leído algunos diarios famosos de escritores, como La tentación del fracaso de Julio Ramón Ribeyro o El oficio de vivir de Cesare Pavese, pero en realidad no soy ningún gran lector de diarios. Sin embargo, diría que en la literatura española actual hay dos modelos fundamentales de escritores de diarios: el de Andrés Trapiello y el de Iñaki Uriarte. Laporte se encuentra, por lo que sé ‒y vaya por delante que comento esto sin haber leído ni a Trapiello ni a Uriarte‒ más conectado con la forma de hacer diarios del segundo. Más que reflexionar sobre los hechos concretos de su propia vida, y las personas que le rodean, Laporte apuesta por el apunte mínimo que trata de sacar brillo a situaciones cotidianas, a rincones sobre los que difícilmente se fija uno a primera vista. «Valoro cada vez más el tiempo ordinario. Podría ser un buen título para estas notas. Tiempo ordinario, un periodo de felicidad tranquila, mesetaria, en la que aflora el silencio y por tanto la vida.», leemos en la página 44.

 

A algunos temas que Laporte abrió en Diarios (2015-16) se les da continuidad en Tiempo ordinario: por ejemplo, Laporte parece sentir un interés adulto y nuevo por la religión y esto le lleva a visitar iglesias y acudir a varias misas. También se produce la repetición de alguna referencia; por ejemplo, en la página 11 leemos: «Decía Humboldt que sentía que le perseguían diez mil cerdos y que, solo lanzándose a la aventura, al viaje, fernweh, se calmaban. Es posible que me persiga algún cerdo que otro, privándome de un verdadero descanso. Los proyectos en curso, mal acometidos, tienen algo de porcinos acechantes que amenazan la paz al tiempo que te dan la vida.», esta comparación con los «diez mil cerdos» de Humboldt también aparece en Diarios (2015-16).

 

Si, como su propio título indica, Diarios (2015-16), se desarrolla durante un periodo de dos años, Tiempo ordinario abarca cuatro. Como no hay anotaciones temporales en las entradas, que suelen ser cortas, a veces no he detectado el paso de un año a otro. He notado en la nueva entrega una mayor depuración en las reflexiones seleccionadas. Aunque a veces se cuelan aquí algunos temas de actualidad, como el procés catalán, la intención de Laporte es que la actualidad no ocupe casi espacio en sus páginas.

 

Me ha resultado curiosa una entrada del diario en la página 62-63; es ésta: «Escribe Olmos en su blog que le gustaron en general los diarios de Uriarte, pero que hubo algo que le irritó y que solo con el tiempo detectó qué era: el tono progre. Si bien el autor reconocía que se pone guapo y que añade coquetería intelectual a sus escritos ‒como hacemos todos‒, ese alinearse a lo progre acabaría resultado sospechoso. Porque nadie es progre las veinticuatro horas del día y menos en la intimidad.» Diría que a partir de aquí, esta anotación más o menos se encuentra en mitad del diario, Laporte parece tomarse en serio esta reflexión de Alberto Olmos y hace algún comentario antiprogre en sus páginas, algún comentario con más maldad que la que estaba dejando ver hasta ahora.

 

Cuando comenté Diarios (2015-16), dije que Laporte usaba algunas palabras de moda en las redes por esos días, como «cipotudo» o «patulea», y esto ya ha dejado de hacerlo. También dije, al comentar el diario pasado, que no me acababan de gustar algunas expresiones hechas que usaba, como «se pasaron siete pueblos en su aplicación», «meter cuña» o «sueltan su chapa», y, no sé si me habrá hecho caso, como parecer habérselo hecho a Olmos, pero estas expresiones que afeaban un tanto la que, en general, es una prosa elegante y cuidada han desaparecido.

El lenguaje de Tiempo ordinario me parece más depurado que el de la entrega anterior, con una buena carga poética y reflexiva. Por ejemplo, me ha gustado esta entrada: «Un rayo de sol se coló en el banco, en una sucursal del paseo de las Delicias. Le caía al cajero en el rostro, dibujando un zigzag como de David Bowie, pero él no se apartaba. “Solo ocurre unos días al año, con el solsticio de invierno”. Un diario debería estar poblado de imágenes como esas.» (pág. 37)

 

Ya he comentado que es difícil seguir la pista a las actividades de Laporte en los diarios, pero al final se acaban filtrando algunos datos: cambios de residencia, oficios que ha de tomar para complementar el dinero ganado con el periodismo, etc.

 

En gran medida las entradas de este diario, que no suelen pasar de media página, acaban teniendo la densidad de un poema. Quizás si Laporte hubiera decidido probar con la poesía cortando sus frases, Tiempo ordinario se podía haber vendido como un poemario. Me he dado cuenta de que la sensación final que he tenido al terminar el libro ha sido la misma que al leer un buen poemario. Un poemario reflexivo y melancólico, porque estos adjetivos que ya servían para calificar las entradas de Diarios (2015-16) se vuelven en esta nueva entrega más pertinentes.

 

Cuando comenté los Diarios (15-16) ya dije que me había parecido que Laporte hablaba de mí en una entrada, pero que se trataba de una falsa alarma. En Tiempo ordinario creo que sí he encontrado, hacia el final, unas palabras en las que está hablando de mí, sin nombrarme. Serían estas: «Decirle a un autor cuyo libro te gustó que te has olvidado de incluirlo en tu lista de mejores libros del año es peor que haberlo olvidado. Callo» (pág. 133). Creo que el libro era mi novela Caminaré entre las ratas, y he de decir que al final sí que me lo contó. Y me gusta pensar, aunque sea por un olvido, que aparezco en este bello diario.

 

Tiempo ordinario es el tercer libro que leo de Eduardo Laporte, después de La tabla y Diarios (15-16). Además sé que ha publicado la novela Luz de noviembre por la tarde, en la que hablaba sobre la prematura muerte de sus padres. La tabla era una investigación periodística sobre un exalumno de su colegio que estuvo treinta horas perdido en el mar agarrado a una tabla de windsurf. Me parecía curioso que Laporte no hubiera publicado nunca una novela de ficción pura y en Tiempo ordinario se enumeran los títulos de una bibliografía fantasmal: todas las novelas de ficción que ha escrito, pero que no ha visto publicadas. Diría que en un libro tan bello y reflexivo como Tiempo ordinario es donde Eduardo Laporte ha encontrado realmente su tono. He disfrutado mucho de este libro, y añadiría más: he disfrutado más de la relectura de Diarios (15-16) que lo que recordaba haber disfrutado de su lectura. Me ha gustado la experiencia de leer estos dos libros seguidos. Auguro que, cuando en algún momento del futuro, se puedan publicar todos los diarios de Laporte juntos, como ocurre con los de Iñaki Uriarte, éste a ser un gran libro.