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domingo, 1 de febrero de 2026

Adiós, señor Chips, por James Hilton


Adiós, señor Chips
, de James Hilton

Editorial Trotalibros. 108 páginas. 1ª edición de 1934, esta es de 2025

Traducción de Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, ilustraciones de Jordi Villa Delclòs

 

Más de una vez, Jan Arimany, el editor de Trotalibros, al que conozco en persona, me había recomendado que leyera de su editorial Adiós, señor Chips (1934), del escritor James Hilton (Leigh, Inglaterra,1900 – Long Beach, California, 1954). El sentido de la recomendación se debía a que Jan sabe que yo llevo trabajando más de veinte años en el mismo colegio privado del norte de Madrid, y Adiós, señor Chips está protagonizada por un profesor inglés apegado también a un colegio de secundaria. Durante un tiempo me resistí a esta recomendación, porque pensaba –quizás prejuiciosamente, alentado por alguna reseña que recordaba haber leído en internet– que esta novela podía ser demasiado almibarada para mi gusto y que no la iba a disfrutar. Sin embargo, cuando, por motivo de la Feria del Libro de Madrid, celebrada en el Retiro, fui a visitar a Jan en junio de 2025, acabé comprando en la caseta de Andorra, donde vende él sus libros, Adiós, señor Chips.

Tiene un número de páginas que me resulta incómodo, de un modo que no debería importar a un lector convencional: apenas llega a las 100 páginas y esto puede hacer que la lea demasiado deprisa, y haya de escribir su reseña sin haber tenido tiempo de escribir la de la lectura anterior. Al final me acerque a ella después de acabar Guerra y guerra de László Krasznahorkai, a tres días del fallo del Premio Nobel de Literatura de 2025, porque quería llegar a esa fecha con la posibilidad de empezar, de forma inmediata, a leer un libro del nuevo ganador. Adiós, señor Chips tenía, entonces, una longitud perfecta para mis necesidades del momento.

 

La primera frase de la novela es esta: «Cuando nos hacemos mayores (pero con salud, desde luego), a veces nos entra mucho sueño y parece que las horas pasan como vacas perezosas por un paisaje.» El narrador es el propio señor Chips, quien, desde una edad anciana, de unos ochenta y cinco años, va a recordar algunos de los momentos más relevantes de su vida como profesor de lenguas muertas en un internado inglés, al que, incluso después de su jubilación, sigue muy vinculado.

Chips nació en 1848 y, muy joven, recién acabada su carrera universitaria, empezó a trabajar en Melbury, donde, debido a su edad, no conseguía hacerse con la disciplina en la clase. Este es un fenómeno universal, sobre el que he podido leer en esta novela de 1934, pero también en Botchan, publicada por Natsume Soseki en 1906, y que trataba de los comienzos de un profesor en una isla de Japón, y también lo he podido vivir en primera persona al comenzar yo mi vida laboral en el colegio de La Moraleja, en el que veintidós años después, sigo trabajando.

En su segundo año como profesor, a los veintidós años, Chips empezará a trabajar en Brookfield, al que se describe como un buen colegio de segunda final que, en los últimos años, previos a la jubilación de Chips, fue adquiriendo más prestigio. Chips se quedará en Brookfield toda su vida laboral y, después de jubilarse, alquilará una habitación en la casa de la señora Wickett, que fue la mujer que lavaba la ropa en el colegio y que, con sus ahorros, ha comprado una casa al lado del colegio. Ya jubilado, Chips se ha aficionado a coger el sueño por las noches leyendo alguna página de una novela de detectives, y se acercará por el campus del colegio para ver los juegos deportivos. También invitará por las tardes, a tomar el té a los nuevos estudiantes y los nuevos profesores.

La mayoría de la gente piensa que Chips siempre ha sido un solterón, pero el lector descubrirá que sí estuvo casado en el pasado y que en su vida ocurrió una desgracia relacionada con este tema.

 

Me ha gustado la forma en la que Hilton une el pasado de Chips a algunos de los acontecimientos históricos que le tocó vivir, como la guerra de los Bóers, el hundimiento del Titanic y la Primera Guerra Mundial. Chips, que no participará en las guerras, tendrá que conocer los nombres de sus exalumnos muertos en ellas. Este es uno de los temas que más me ha emocionado del libro, pues que yo, con más de veinte años de carrera docente, ya he de recordar también los nombres de algunos alumnos muertos, aunque no en guerras, claro. Siempre es algo extraño recordar a aquellas personas jóvenes que han sido nuestros alumnos y que ya no están con nosotros.

 

Después de haber estado leyendo a László Krasznahorkai, el estilo de Hilton me ha parecido elegante y suave. Un estilo sencillo, pero cuidado, para una narración que no sufre desviaciones de lo que quiere contar, pero con unos detalles narrativos muy labrados, muy vívidos. En algún momento de su jubilación, Chips se planteó escribir unas memorias o una historia de Brookfield, pero será un proyecto que acabará abandonando. El lector, acabará sabiendo, que aunque en su juventud Chips tuvo ambiciones, como llegar a ser el director del colegio, en realidad no tenía el empuje y la constancia para conseguir algo así. De hecho, acabará siendo una persona ajena a los cambios que se producen a su alrededor, luciendo, por ejemplo, una toga raída que será objeto de burla de los alumnos y motivo de preocupación de un nuevo y enérgico director, que querrá en vano que Chips cambie. Sin embargo, lo que este director no acaba de entender es que precisamente Chips, con su estilo anticuado, se ha convertido con el paso de los años en el «espíritu» de Brookfield, alguien que da solera a un colegio que aspira a la respetabilidad del tiempo. De hecho, Chips es querido entre los alumnos como una fuente de ocurrencias y de bromas que acabarán atesorando con el paso de los años. Más de uno de los alumnos vendrá a preguntarle por diversos temas, con el fin de poder narrar, más tarde, alguna de las ya famosas salidas ingeniosas del profesor.

 

Chips acabará siendo para el lector un personaje entrañable, pero la novela no se limita solo a retratar esa faceta suya, sino que además nos acabará mostrando sus limitaciones y sus vulnerabilidades; sus ideas sobre la sociedad, que en algún momento pudieron ser puestas a prueba y cambiadas en parte, gracias al amor de una mujer.

Muchos de los acontecimientos más importantes de la vida de Chips, quedan retratados con Hilton con unas pocas pinceladas; entre ellos destacan las páginas sobre cómo se vivió en el colegio la Primera Guerra Mundial, periodo en el que el ya por entonces jubilado Chips asumió el cargo de director en funciones. Al leer Adiós, señor Chips he tenido el deseo, más de una vez, de que Hilton hubiera escrito un libro más largo y que detallara más alguna de las escenas claves de la obra, pero esta novela, breve y hermosa, acaba teniendo el aire melancólico y profundo, aunque bajo una apariencia de levedad, de la poesía japonesa. Aunque se lee en muy poco tiempo, uno acaba, sin embargo, la lectura con la sensación de que conoce en profundidad a su protagonista, tan profundamente humano, y que ha tenido el privilegio de acompañarlo durante toda su larga y provechosa vida. Adiós, señor Chips es una novela que cualquier profesor debería leer, y también todos aquellos que no son profesores, pero, como es lógico, han conocido a más de uno.

Esta novela, traducida con espero por Concha Cardeñoso Sáenz de Miera, cuenta con las ilustraciones de Jordi Villa Delclòs y un posfacio del propio editori, Jan Arimany.

 

domingo, 6 de octubre de 2024

Casas muertas y Oficina Nº1, por Miguel Otero SIlva

 


Casas muertas y Oficina Nº 1, de Miguel Otero Silva

Editorial Trotalibros. 430 páginas. 1ª edición de 1955 y 1961; esta es de 2022.

Epílogo de Jan Arimany

 

En junio de 2022, con motivo de la celebración de la Feria del Libro, Jan Arimany, el editor de Trotalibros, estuvo por Madrid y aprovechó, además de para vender sus libros en el Retiro, para organizar la presentación de una de sus novedades en la librería Taiga de Arturo Soria. Acudí a esta presentación y esta fue la primera vez en la que pude hablar en persona con Jan. Si no recuerdo mal, en la presentación de estas dos novelas de Miguel Otero Silva (Barcelona, Venezuela, 1908 – Caracas, 1985), tituladas Casas muertas (1955) y Oficina Nº 1 (1961), quitando a Jan y a mí, todo el mundo (presentadores incluidos) eran venezolanos. Allí estaba, por ejemplo, el escritor Juan Carlos Chirinos, con el que he coincidido en más de un acto literario. Acabó siendo un acto curioso, literario, pero en gran medida también político. Los venezolanos comentaban que Miguel Otero Silva había sido, durante muchas generaciones, una lectura obligatoria en los colegios del país y que, con los gobiernos de Hugo Chávez y Nicolás Maduro, ya no lo era y estaba cayendo en el olvido.

 

Casas muertas, publicada en 1955, trata sobre el pueblo de Ortiz que lleva décadas languideciendo y convirtiéndose en un pueblo fantasma. Ya en la primera página, el narrador se refiere a Ortiz con el sobrenombre de «aquella aldea de muertos» y se narra un entierro. Ortiz, que es un pueblo del interior de Venezuela, está muriendo por la dejadez gubernamental, por los periodos de inestabilidad a los que le han llevado las guerras civiles y, sobre todo, por el paludismo, enfermedad que asola la región desde finales del siglo XIX.

La protagonista principal de la novela es Carmen Rosa, una joven de Ortiz, que se aísla de la decadencia exterior cuidando el patio de su casa. Así leemos en la página 15: «El patio era el más hermoso de Ortiz, posiblemente el único patio hermoso de Ortiz. En sembrarlo, en cuidarlo, en hacerlo florecer había empecinado Carmen Rosa su fibra juvenil, tercamente afanada en construir algo mientras a su alrededor todo se destruía. Tan solo el tamarindo y el cotoperí, plantados allí desde hacía mucho tiempo, nada les debían, salvo el riego y la ternura, a las manos de Carmen Rosa. Nacieron para soportar aquel sol, para endurecer sus troncos en la penuria, e igualmente erguidos se hallarían en el patio aunque Carmen Rosa no hubiera nacido después que ellos para regarlos y amarlos.»

Este párrafo de Casas vacías me ha recordado a otro que leí en Los recuerdos del porvenir de Elena Garro. Lo copio aquí: «En esta calle hay una casa grande, de piedra, con un corredor en forma de escuadra y un jardín lleno de plantas y de polvo. Allí no corre el tiempo: el aire quedó inmóvil después de tantas lágrimas. El día que sacaron el cuerpo de la señora de Moncada, alguien que no recuerdo cerró el portón y despidió a los criados. Desde entonces las magnolias florecen sin nadie que las mire y las hierbas feroces cubren las losas del patio; hay arañas que dan largos paseos a través de los cuadros y del piano. Hace ya mucho que murieron las palmas de sombra y que ninguna voz irrumpe en las arcadas del corredor. Los murciélagos anidan en las guirnaldas doradas de los espejos y “Roma y Cartago”, frente a frente siguen cargados de frutos que se caen de maduros. Sólo olvido y silencio. Y sin embargo en la memoria hay un jardín iluminado por el sol, radiante de pájaros, poblado de carreras, y de gritos. Una cocina humeante y tendida a la sombra morada de los jacarandaes, una mesa en la que desayunan los criados de los Moncada.»

En Ortiz se instalará también un militar prepotente que me ha recordado bastante al militar prepotente de Ixtepec, el pueblo de Los recuerdos del porvenir.

 

Los recuerdos del porvenir se publicó en 1963, ocho años después de Casas vacías, y tengo la impresión de que Garro había leído a Otero Silva. Igual que, debería decir desde ya, estas dos novelas de Otero Silva me han parecido una influencia clara sobre la obra de Gabriel García Márquez; sobre todo en novelas como La mala hora (1962) y Cien años de soledad (1967). En la Venezuela de Otero Silva ha habido más de una guerra civil, que enfrenta a los habitantes del pueblo, como ocurría en La mala hora, o en Oficina Nº 1, una compañía petrolera norteamericana extrae los recursos de la tierra venezolana, explotando a la población local, trabajadores a los que impiden formar un sindicato, aunque sea legal según las leyes del país. El tratamiento crítico de Otero Silva a la compañía petrolera me ha recordado al de García Márquez y su empresa bananera.

Como ocurría en el Macondo de García Márquez, en Ortiz también va a haber temporadas de lluvias sin fin. En una de ellas, se producirá una crecida del río Paya y las aguas traerán un becerro muerto. En la crecida del río del pueblo de La mala hora, las aguas arrastran una vaca muerta.

Casas muertas, aunque más tenuemente que en la obra de García Márquez, contiene algunas gotitas de realismo mágico. Así, uno de los viejos de Ortiz le contará una historia a Carmen Rosa en la que un hombre ve por la calle a otros hombres que portan un cadáver, se asustará al darse cuenta de que se trata de él mismo.  En la página 43 leemos: «Don Casimiro Villena cayó enfermo. La peste lo derribó con una fiebre que iba más allá del límite previsto por los termómetros. Su piel quemaba a quienes la tocaban, como las piedras de un fogón encendido.» (pág. 43) Este tipo de exageraciones, que invaden la realidad de lo contado, son muy propias también de García Márquez.

En la página 412, la descripción de uno de los personajes de Oficina Nº 1 me ha recordado de nuevo al estilo de García Márquez: «Matías Carvajal, maestro de escuela positivista, filósofo materialista, revolucionario de ideas concretas, veterano de cinco cárceles, peregrino de tres destierros, no se avergonzaba de las ganas de llorar que llevaba por dentro.» Es un párrafo que, en su construcción, me ha recordado a aquel tan famoso de García Márquez en Cien años de soledad: «El coronel Aureliano Buendía promovió treinta y dos levantamientos armados y los perdió todos. Tuvo diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas, que fueron exterminados uno tras otro en una sola noche, antes de que el mayor cumpliera treinta y cinco años. Escapó a catorce atentados, a setenta y tres emboscadas y a un pelotón de fusilamiento. Sobrevivió a una carga de estricnina en el café que habría bastado para matar a un caballo. Rechazó la Orden del Mérito que le otorgó el presidente de la república. Llegó a ser comandante general de las fuerzas revolucionarias, con jurisdicción y mando de una frontera a la otra, y el hombre más temido por el gobierno, pero nunca permitió que le tomaran una fotografía. Declinó la pensión vitalicia que le ofrecieron después de la guerra y vivió hasta la vejez de los pescaditos de oro que fabricaba en su taller de Macondo.»

En el Ortiz de Otero Silva hay niños que comen tierra, un detalle que también tendrá el Macondo de García Márquez.

 

De hecho, el primer párrafo de Casas vacías ya me ha hecho pensar en el estilo de García Márquez: «Esa mañana enterraron a Sebastián. El padre Pernía, que tanto afecto le profesó, se había puesto la sotana menos zurcida, la de visitar al obispo, y el manteo y el bonete de las grandes ocasiones.»

Sé que Gabriel García Márquez y Miguel Otero Silva eran amigos, así que doy por seguro que el primero había leído al segundo. No puedo asegurar que Elena Garro leyera a Otero Silva, pero me parece plausible.

 

Casas vacías se publicó en 1955, el mismo año que Pedro Páramo de Juan Rulfo. No creo que ninguno pudiera haber leído previamente al otro a la hora de publicar sus novelas, pero las dos tienen ideas confluyentes, y el Ortiz de Otero Silva también me ha recordado a la Comala de Rulfo. En Ortiz, los agonizantes acaban hablando con los muertos y, de forma continua, Otero Silva se refiere a su pueblo como un lugar de muertos o de fantasmas.

Dentro de toda esta corriente de influencias literarias, he llegado a pensar que no fue una casualidad que Otero Silva llamara al jefe de la empresa petrolera Mister Taylor, título (este de Mr. Taylor) del primer cuento del conjunto de relatos Obras completas (y otros cuentos) de Augusto Monterroso, que se publicó en 1959 y es, también, una crítica al poscolonialismo norteamericano.

 

El estilo de Otero Silva es bello y cuidado, aunque es, sin embargo, un poco menos recargado que el de García Márquez. Usa un vocabulario muy autóctono, sobre todo a la hora de hablar de la flora o la fauna locales, con términos como «cotoperí», «ñaragato», «bejucos», «pencas» o «cujíes».

 

En Casas vacías, los protagonistas principales, que regentan una tienda, acabarán tomando la decisión de abandonar el pueblo y dirigirse hacia oriente, hacia el mar. Seis años después de acabar este libro, debido a su gran éxito, Otero Silva publicó una segunda parte, titulada Oficina Nº 1 (1961), que trata del surgimiento de un pueblo. Oficina Nº 1 empieza donde terminó Casas vacías, y Carmen Rosa, su madre doña Carmelita y Olegario, un antiguo ayudante de la tienda, van a llegar a un campamento petrolero donde está empezando a crecer un pueblo. Se quedarán allí y montarán de nuevo su tienda. Oficina Nº 1 es una novela más coral que Casas vacías, donde el narrador nos va a describir la vida de un grupo de venezolanos que convive con otro grupo de norteamericanos en un pueblo que se acabará llamando Oficina Nº 1, porque en este enclave será donde surja el petróleo de la tierra por primera vez. Un elemento que me ha llamado la atención de Oficina Nº 1 es que ha sido más fácil para mí rastrear aquí en qué momento histórico está situando Otero Silva sus historias, porque se habla por ejemplo de la invasión de Checoslovaquia por los nazis, que tuvo lugar en 1938. También se dice que Carmen Rosa había llegado al pueblo seis años antes, así que la acción de Casas vacías debe de ubicarse a principios de la década de 1930. Además de sobre la Segunda Guerra Mundial la radio de la tienda de Carmen Rosa también dará noticias de la guerra civil española. En realidad en Casas muertas se habla del gobierno de Juan Vicente Gómez, cuya dictadura se extendió desde 1908 hasta 1935. Contra Gómez se alzó el mismo Otero Silva, antes que sus personajes, lo que le hizo tener que vivir en el exilio. Existe una intención política en la obra de Otero Silva, en contra de la dictadura, los abusos poscoloniales de Estados Unidos en su país y contra las malas condiciones laborales de los trabajadores. Sin embargo, la fuerza de sus personajes prevalece sobre las premisas políticas de la composición. Sin embargo, hay un momento extraño en Casas vacías (quitando las breves escenas que podrían recordarnos al realismo mágico) donde se rompe el realismo de lo narrado y un grupo de estudiantes, que pasan presos en un camión, camino de una cárcel cercana, empiezan a hablar como si recitan poemas o sentencias del país en el que viven, «Yo no vi las casas ni las ruinas. Yo solo vi las llagas de los hombres» o «Una casa sin puertas y sin techo es más conmovedora que un cadáver.»

 

Diría que Miguel Otero Silva es un escritor latinoamericano bastante olvidado en España, aunque me han comentado también, en las redes sociales, que fue popular en la década de 1980, cuando lo publicaba Seix Barral. Quizás sus libros estén un peldaño por debajo de los otros escritores del boom o el preboom latinoamericano que he citado aquí, como Gabriel García Márquez, Elena Garro o Juan Rulfo. Pero que nadie me entienda mal, ese peldaño por debajo le sigue dejando en una posición muy alta dentro de la narrativa latinoamericana del siglo XX y es un autor que gustará, sin duda, a todos los admiradores de los escritores citados, como a mí me ha gustado. Miguel Otero Silva es un autor por redescubrir.

domingo, 9 de abril de 2023

Persecución, por Toni Sala

 


Persecución, de Toni Sala

Editorial Trotalibros. 396 páginas. 1ª edición de 2019; ésta es de 2023.

Traducción de Carlos Mayor

 

 

Ya he comentado que Jan Arimany, el editor de Trotalibros, me envió, junto a Soledad de Víctor Catalá, la novela Los chicos (2014) del escritor gerundense –que escribe en catalán– Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969). La leí durante la segunda semana de 2023. Me sorprendió mucho la gran factura de la novela de Sala. Por este motivo, cuando vi que Trotalibros sacaba un nuevo libro de Toni Sala, Persecución (2019), me apeteció solicitárselo y así poder reseñarlo. Persecución sería la segunda parte (la primera es Los chicos) de una trilogía en la que Sala se ha propuesto indagar sobre «el mal». Estas tres novelas (creo que la tercera aún no está publicada en catalán) tienen algunos puntos temáticos en común, pero son historias independientes.

 

Persecución tiene un comienzo muy impactante:

«Salí con un hombre durante un año, hasta que me enteré de que había matado a su mujer. Él mismo me lo dijo. Hacía diez años, con un cuchillo, y había pasado por la cárcel. No pude seguir escuchándolo. Lo acompañé hasta la puerta, le di su chaqueta, abrió y se marchó.

Me metí en la cama vestida. Por la mañana había cambiado las sábanas por él, la funda de la almohada olía a suavizante y me quedé como narcotizada con el perfume de las flores estampadas en las sábanas, de las flores de la camiseta y los pantalones que no me había quitado. El olor de las guirnaldas de la pantalla de la lámpara que había en la mesita, el olor de las cenefas de las paredes, de los ramos de flores de las cortinas, de las coronas de flores del mosaico. Me dormí en una nube de pétalos, como si la muerta fuera yo.»

 

La narradora es Elia, una mujer de unos cuarenta años, hija de un pescador que murió en el mar (o eso le han contado que ocurrió, aunque ella algunas veces lo duda), que nunca, hasta conocer a Albert Jordi (el hombre del que se habla en el primer párrafo) había tenido una pareja estable. Elia es la dueña de una inmobiliaria. Este hecho le va a permitir a Sala hablar de los años de la burbuja inmobiliario y a hacer crítica social, como ya ocurría en Los chicos. Como ya dije, en este sentido se puede emparentar la prosa de Toni Sala con la de Rafael Chirbes.

 

Los chicos estaba dividido en cuatro partes, y en cada una de ellas el narrador, gracias al recurso del estilo indirecto libre, nos acercaba a un personaje más o menos relacionado con la tragedia que había acontecido en el pueblo de Vidreres: la muerte en accidente de coche de dos hermanos de veinte y veintidós años. A pesar de escribir usando la tercera persona en Los chicos, Sala casi le ofrecía al lector el flujo de conciencia de sus personajes. En Persecución usa la primera persona, y en total dará voz a cuatro personajes a lo largo de doce capítulos. En la primera y la tercera parte se alternarán las voces de Elia y Albert Jordi, ocupando cada una cuatro capítulos. La primera parte será abierta con un capítulo en el que habla Elia y la tercera con uno en el que habla Albert Jordi. Por tanto, la voz narrativa de Elia abre y cierra el libro. En la segunda parte, hablan Teresa, una exazafata de aviones, que ahora trabaja de recepcionista de un hotel, y Mercury, un sesentón que fue compañero de Albert Jordi en la cárcel. La voz de cada uno ocupará dos capítulos.

 

La voz narrativa de Albert Jordi, el hombre que mató a Sara, su mujer, hace diez años, es la más incómoda del conjunto. En principio, parece un hombre sensato, un lector literario que trabajaba como librero, alguien diez años mayor que Elia, y con el que ésta sentía que podía aprender.

Sobre su crimen dice Albert Jordi: «Llevábamos una vida corriente en la mesa y en la cama. No sabíamos si el otro estaba o no al tanto de la intensidad del odio que nos teníamos. Entendía el resto del mundo por contraposición a ese núcleo de odio disfrazado de celos. No podía mirar el odio directamente a los ojos. Me parecía que sin el punto ciego del odio me calmaría. A veces pienso que la maté en defensa propia. A veces pienso que no la maté yo. El odio y los celos son los guantes que utilizó el asesino de verdad para no dejar pistas.» (pág. 53). En la página 110 dirá: «No fue un crimen de odio, sino un crimen de liberación.» Al lector no le acabará quedando claro por qué Albert Jordi asesinó a su mujer; es como si hubiera establecido un punto de fuga sobre ese momento, un punto de enajenación o extrañamiento. Como decía, Albert Jordi es un personaje incómodo. En esta novela los personajes masculinos son machistas y también racistas. Mercury guarda algunos paralelismos, en su construcción como personaje, con Miqui, el camionero treintañero de Los Chicos. Los dos son personas en gran medida asociales e inmorales, con características de psicópatas.

 

Tanto Elia, como Teresa y Mercury, por distintos motivos, empezarán a perseguir a Albert Jordi, al que tan solo parece dar alcance el lector. La acción principal del libro se sitúa en el verano de 2017. Como telón de fondo nos encontraremos con los atentados terroristas del 17 de agosto de 2017 en las ramblas de Barcelona, a cargo de unos yihadistas que conducían una furgoneta que atropelló a viandantes. Además, la sociedad catalana se está preparando para la diada de septiembre y la votación del proceso de independencia que tuvo lugar el 9 de noviembre de ese año. Todos estos temas contribuirán a crear en la novela un clima de extrañamiento y amenaza.

 

Si Los chicos se articula en torno a la muerte de dos jóvenes de un pueblo, personajes ausentes del libro, lo mismo ocurre en Persecución que se fundamenta, en gran parte, en la ausencia de una muerta, Sara, la mujer a la que mató Albert Jordi.

 

Como ocurría en Los chicos, en Persecución Sala también usa metáforas orgánicas no agradables, con gran presencia de palabras como «larvas», «gusanos» o «escorpiones». En el caso de Elia estas metáforas suelen evocar a animales del mar, puesto que ella proviene de una familia de pescadores y tiene un trauma con la muerte de su padre mientras faenaba.

 

Un rasgo llamativo de la construcción de Persecución es que el flujo de conciencia de los personajes acaba desbordándose sobre la realidad. En algún momento, cada uno de los cuatro personajes inicia un discurso oral, dirigido a otro de los personajes, donde da rienda suelta a sus pensamientos, durante varias páginas. Lógicamente, mediante este recurso Sala no aspira a la verosimilitud narrativa, sino a crear una realidad propia, próxima a los presupuestos del expresionismo. Además, el lector no debe fiarse del todo de los narradores, pues al final comprenderá que alguno de ellos ha de mentir o que, más bien, le está hablando de una realidad alucinada, que tiene más que ver con un delirio personal que con lo que ocurre a su alrededor.

 

Al hablar de Los chicos comenté que una de las influencias sobre esa novela era la obra de William Faulkner y los monólogos interiores de sus personajes. Esta influencia se mantiene en Persecución, pero he detectado la presencia beneficiosa de otro clásico, la obra de Fiódor Dostoievski, con sus locos y sus asesinos atormentados. En la página 281 de Persecución, a través de la voz de Albert Jordi, leemos: «¿Hay algún marido que nunca se haya imaginado que mataba a su mujer?» Esta frase es un trasunto de una muy famosa que se encuentra en Los hermanos Karamazov: «¿Quién no ha querido matar alguna vez a su padre?»

 

Estuve buscando información sobre Toni Sala en internet, y descubrí que había sido traducido antes al croata y al inglés que al castellano. Los chicos fue una novela que tuvo éxito en Estados Unidos y su editor de allí había comprado los derechos para editar Persecución. Sin embargo, tras los sucesos del Black Lives Matter, la editorial norteamericana se echó para atrás. Como ya dije, los personajes masculinos de Persecución, además de machistas son racistas y los editores pensaron que no era el momento adecuado para lanzar la novela. Persecución es un libro incómodo, que no tiene problemas para adentrarse en las capas más turbias de la conciencia de sus personajes.

 

Toni Sala, del que no tenía referencias, me sorprendió muy positivamente con Los chicos, y en Persecución me ha confirmado que es uno de los grandes escritores españoles de la actualidad. Lejos de una literatura complaciente, Persecución es alta literatura.

domingo, 12 de febrero de 2023

Los chicos, por Toni Sala

 


Los chicos, de Toni Sala

Editorial Trotalibros. 219 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2021.

Traducción de Carlos Mayor

 

 

En 2022 estuve hablando con Jan Arimany, el editor de Trotalibros, y quedamos en que me iba a enviar Soledad de la escritora Víctor Català, una novela clave dentro de las letras catalanas, que acabé eligiendo entre mis diez mejores lecturas del año. En el envío de este libro, añadió –sin avisarme– al paquete Los chicos, de Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969), una novela que compartía con Soledad el hecho estar escrita en catalán y que ahora aparecía traducida al castellano en su editorial. Además, con Los chicos, Jan publica en Trotalibros, por primera vez, a un autor vivo. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, Toni Sala es de sus  autores contemporáneos más admirados. A mí no me sonaba de nada, y aquí es donde empiezan a actuar los prejuicios: aunque Sala ha ganado más de un premio en Cataluña, y ha sido traducido a diversos idiomas, si no ha sido apoyado por un grupo grande, para ser traducido y publicado en castellano, es porque no será un escritor tan relevante, llegué a pensar. Pero, por otro lado, soy seguidor del canal Trotalibros de Jan y considero que tiene criterio para hablar de literatura, así que también sentía curiosidad por ver qué clase de novela era Los chicos.

 

En enero de 2023 yo seguía con el ensayo histórico La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn y decidí hacer un nuevo algo en su lectura, para ponerme con Los chicos según volvía al colegio, después de las vacaciones de Navidad.

 

La novela está dividida en cuatro partes, de una extensión similar. En cada parte, el narrado nos acerca a un personaje diferente para contarnos fragmentos de la misma historia, que acontece en un pueblo del interior de Gerona, llamado Vidreres (lo he buscado en internet, y el pueblo realmente existe con este nombre). El narrador, en tercera persona –siguiendo la técnica del estilo indirecto libre–, en más de un caso, casi acerca al lector hasta el flujo de conciencia de sus personajes.

 

Un hecho vertebra el tiempo narrativo de la novela: dos jóvenes hermanos de Vidreres, de veinte y veintidós años, se han matado, en la noche del sábado al domingo, al salirse su coche de la carretera y estrellarse contra un árbol. El tiempo narrativo será el de los días inmediatos al accidente, que han conmocionado la vida del pueblo, visto desde perspectivas diferentes.


El primer personaje es Ernest, un hombre cercano a los sesenta años, con tres hijas, que trabaja en una sucursal bancaria del pueblo, quien, al llegar al banco, el lunes por la mañana, aún no conoce la tragedia que asola a los vecinos de Vidreres. Ernest, aunque trabaja en el pueblo desde hace años, sabe que será siempre un foráneo, como así se lo hace saber Jaume, su compañero de oficina. Será éste quien vaya al entierro, mientras Ernest se queda en el banco, esperando a unos clientes que no van a aparecer esa mañana.

Las primeras páginas de esta parte –y no serán las únicas– me han recordado a los comienzos de algunas de las novelas de Rafael Chirbes que hablan sobre la crisis económica de 2008-2014, novelas como En la orilla, que no he leído entera, pero sí sus primeras páginas. Páginas que hablan de la paralización de un país, después de los años de expansión de la construcción. «De repente todo parecía culpa de la crisis, pero no era culpa de la crisis aquella exposición de prostitutas en las cunetas de la nacional, pasadas las obras de desdoblamiento dejadas a medias, pasados los puentes a medio construir, (…)», así comienza el libro. Durante varias páginas se habla de ese mercado de prostitución al aire libre que ha de contemplar Ernest cada día, para ir y volver del trabajo. Son páginas que nos meten en una narración dura, oscura, que, en gran medida, nos va a llevar hasta algunos recovecos del mal que anida en las personas.

 

En la segunda parte, conoceremos a Miqui, un camionero de treinta y dos años, que el lunes del entierro de los dos hermanos, tiene que hacer un servicio en una de las casas más adineradas del pueblo, casa desolada porque una de las hijas de los dueños –Iona– era la novia de uno de los hermanos fallecidos. Miqui capea la crisis económica haciendo los servicios que puede con su camión, y chateando con mujeres desconocidas (que pueden ser hombres) en internet. Además de ser una persona adicta al sexo, también se nos mostrará como alguien disocial, con rasgos de psicopata, un personaje violento, siempre a punto de estallar.

 

La tercera parte está protagonizada por Iona, la joven de veinte años, que era la novia de Jaume, uno de los jóvenes muerto en el accidente (el otro es Xavi). Iona es una estudiante de veterinaria, que se debatía, hasta este fatídico fin de semana, entre especializarse en ser veterinaria de granja, y por tanto quedarse a vivir en el campo, o ser veterinaria de mascotas, y por tanto irse a vivir a la ciudad.

Si bien las dos primeras partes están centradas en personajes que no son de Vidreres, como Ernest, que acude allí a trabajar, y Miqui, que ha ido esta vez por un trabajo puntua; con Iona, Sala nos introduce más en el corazón del pueblo, su tragedia y su duelo, con un personaje local más cercano al drama. Además, si la segunda parte suponía una continuidad temporal respecto a la primera, en la tercera retrocedemos hasta la mañana del domingo en la que la madre de Iona tiene que comunicarle a su hija la noticia del accidente.

 

La cuarta parte está protagonizada por Nil, un joven también de Vidreres, unos años mayor de Iona, que trató de huir del pueblo, yéndose a Barcelona para estudiar Bellas Artes, carrera que abandonará tras un curso y medio, para vivir el arte de un modo más real, y empezar un proceso de transformación física, a través de tatuajes o perforaciones. Nil, durante el tiempo narrativo de la novela, ha vuelto ya a Vidreres, y vive en una cabaña, propiedad de su familia, con la idea de reincorporarse a la vida rural de sus antepasados en unos meses. Además, aún quiere despedirse del arte mediante la grabación de unos vídeos que no pretende mostrar a nadie, donde rienda suelta a sus oscuridades y los males que le acompañan.

 

Por encima de los hechos narrados, en Los chicos destaca la maestría del estilo literario, que es realmente muy trabajado e intenso. Abundan en el texto las que podría llamar «metáforas orgánicas», en las que Sala juega con metáforas y comparaciones que dotan de vida animal a los objetos o a las personas. Así en la página 12, cuando se habla de Ernest leemos «Y es que el dinero pasa por los hombres como una ventolera y en un pueblo pequeño, donde siempre es el mismo, lo veías pasar de una cuenta a otra como un pájaro al cambiar de rama.», «Los altos plátanos eran las plumas de un monstruo enterrado.» (pág. 28), «El color brillante de los pendientes, como gusanos de piedra colgados de los lóbulos.» (pág. 50). También abundan en la construcción lingüística las repeticiones poéticas; así, por ejemplo, en la página 37 se repiten en las frases el sujeto «los muertos». También es frecuente encontrarnos preguntas sin respuesta en el texto, que crean una sensación de deriva y desconcierto.

 

Me falta la lectura de los libros que Rafael Chirbes escribió en el siglo XXI, pero sospecho –por lo que conozco a Chirbes– que, como he dicho al principio, efectivamente este autor puede ser una referencia para Toni Sala. Sin embargo, según he avanzado en la lectura de Los chicos me he encontrado con otra referencia literaria: la de William Faulkner. En algún momento de la lectura de Los chicos me he encontrado pensando en la novela Mientras agonizo de Faulkner. En este libro, por ejemplo, uno de los personajes hacía un ataúd, mientras reflexionaba sobre su vida y la muerte. Algo parecido ocurre en la construcción narrativa de Los chicos: más que narrarnos Sala acciones de los personajes, en las que estos interactúan con otros, nos encontramos aquí, con personajes que realizan actividades sencillas, mientras reflexionan sobre su vida, y en más de un caso sobre la muerte. En el epílogo, el editor Jan apunta que los pensamientos de los personajes de la novela trascienden su experiencia vital concreta para aspirar a la experiencia y el miedo universales. Me parece esta una buena reflexión.

 

He estado buscando en internet reseñas de Los chicos en castellano, y me he encontrado con algunas en blogs, pero con ninguna en periódicos nacionales, fuera de Cataluña; nada en los suplementos literarios más conocidos. Y aquí es donde he pasado del prejuicio inicial que podía sentir hacia Toni Sala y esta novela, a la indignación: Los chicos de Toni Sala en castellano es un libro que debería haberse celebrado en los medios culturales tradicionales con algo de bombo, puesto que la calidad de la novela así lo requiere, y no haber pasado desapercibido, como ha ocurrido. Una muestra más de que al sistema cultural español le cuesta descubrir donde está el riesgo artístico y el talento. Los chicos me ha parecido una grandísima novela –con un final espeluznante– y Toni Sala todo un escritor a celebrar. Ya he visto que Trotalibros acaba de sacar en castellano un nueva novela de este autor, Persecución, que espero leer pronto.

 

 

domingo, 19 de junio de 2022

Soledad, por Víctor Catalá


Soledad
, de Víctor Catalá

Editorial Trotalibros. 303 páginas. 1ª edición de 1905, ésta es de 2021.

Traducción de Nicole d´Amonville Alegría

Epílogo de Jan Arimany

 

De la nueva editorial Trotalibros, surgida de un canal de YouTube del mismo nombre, y especializada en rescates literarios, había leído hasta ahora sus dos primeros propuestas: La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías y El palacio de hielo (1963) del noruego Tarjei Vesaas. Estuve hablando con Jan Arimany, el editor, a través de las redes sociales, y quedamos en que me iba a enviar Soledad (1905) de la escritora catalana Víctor Catalá, para que yo pudiera reseñarla.

 

Hace años me sorprendió mucho La plaza del diamante (1962) de la también catalana Mercè Rodoreda, que me parece una de las mejores novelas que se han escrito sobre la guerra civil española, y de que de joven no le había oído hablar a nadie. A pesar de que en los años 80 se hizo una serie que se emitió en Televisión Española, cuando yo me acerqué a ella en la primera década del siglo XXI muy poca gente de mi entorno conocía la novela. Solo la conocían dos personas que estudiaron en la Filología Hispánica en la universidad Complutense, porque la reivindicaba una profesora de allí. La plaza del diamante se escribió en catalán y, a pesar de ser una obra maestra, sorprende ver la relativamente escasa repercusión que ha tenido en el resto de España (aunque en 2014 se realizó también una adaptación teatral)  y la poca comunicación que existe, la mayoría de las veces, entre la literatura escrita en los diversos idiomas de España. Al saber que Soledad es considerada otra de las novelas claves de la literatura catalana me apeteció leerla.

Jan Arimery comenta en el epílogo que, en los institutos catalanes, se leen fragmentos de Soledad en secundaria, y de ella se analizan frases sintácticamente. «Soledad es uno de esos clásicos que pierden lectores en las aulas». Es decir, un ciudadano de Cataluña conoce, al menos, la existencia de Soledad y el nombre de Víctor Catalá, pero diría que es una autora muy desconocida en el resto del territorio nacional. A pesar de todo, he visto en internet que la hoy desaparecida editorial madrileña Lengua de Trapo sí la sacó traducida al español en 2009, con traducción de Basilio Losada. En Trotalibos, Jan ha editado una nueva traducción. La ha realizado Nicole d´Amonville Alegría que es poeta, traductora y editora. No parece una traducción fácil, puesto que uno de los protagonistas de la novela, el pastor Gaietà, habla en un catalán dialectal ‒que en realidad está inventado por la autora‒ y será la traductora la que haya de tomar las decisiones de trasladar ese catalán no normativo al español.

 

Víctor Catalá es en realidad el seudónimo de Caterina Albert, quien en 1898 ganó los Juegos Florales de Olot con el monólogo teatral La infanticida. Pero al asistir a recoger el premio, unida a la inmoralidad que se imputó a la obra, se reveló que había sido escrito por una mujer, y esto hizo que el jurado le retirara el galardón. Desde entonces tomó el seudónimo de Víctor Catalá y, cuando más tarde, en los círculos literarios, ya todo el mundo sabía que Catalá era en realidad Caterina Albert lo siguió usando, porque le gustaba ese juego de personalidades múltiples. Así que el editor Jan Arimery decidió conservar el seudónimo masculino porque según los descendientes de la autora de este modo le hubiera gustado a ella.

 

En el primer capítulo, el lector conocerá a Mila y Matias, un matrimonio joven que ha aceptado el trabajo de cuidar una ermita, dedicada al culto a San Poncio, en la montaña catalana. La novela está escrita en tercera persona, pero gracias al recurso del estilo indirecto libre casi siempre nos encontraremos cerca de la mirada y los pensamientos de Mila. La pareja asciende por la montaña para encontrarse con su nueva vida, los presagios sobre el futuro no parecen halagüeños para la mujer. Por ejemplo, a Mila le está empezando a molestar la reciente gordura de su esposo, al que vislumbramos como a un hombre perezoso. «Aquel no era un camino para gente de bien, sino para cabras y forajidos» (pág. 23)

En este primer capítulo nos asaltará también un vocabulario campestre o antiguo, con términos como «ribazo», «agave» «ringleras», «enfitéutico», que, en cierta medida, me ha recordado a ese lenguaje ancestral de los libros de Miguel Delibes. También es cierto que esta sensación de enfrentarnos a ese vocabulario desconocido va desapareciendo a medida que nos adentramos en el libro. Salvo cuando habla el pastor Gaietà, cuyo discurso en un español errado, de evocaciones medievales, puede chocar al lector

 

Después de la buena impresión que me causa el primer capítulo, he de decir que me parece que la novela da un bajón en los siguientes ‒en el segundo, tercero y cuarto‒ donde Catalá nos mostrará cómo es la ermita de San Poncio, nuevo hogar de Mila y Matias, y se presenta a algunos de los personajes que van a ser importantes para la historia, como el pastor Gaietà y el niño Baldiret, que tiene ocho años y acompaña al pastor en su soledad, y también se va a convertir en símbolo de los anhelos de Mila de tener un hijo. No es que estos capítulos sean malos, sino que tengo la impresión de que en ellos la novela pierde tensión narrativa a favor del costumbrismo, como ocurre, por ejemplo, en el capítulo 4, donde Mila se dedica a adecentar su nueva casa.

 

Sin embargo, pese a esta sensación de deriva inicial, la novela empezará poco después a tomar vuelo, y crecerá también la tensión narrativa. Los conflictos entre Mila y Matias se irán acrecentando, ya que Mila ve a su marido como un holgazán. Además éste quiere ganar algo de dinero saliendo a mendigar por los pueblos cercanos en nombre del santo de la ermita, algo que avergüenza a Mila. Ésta encontrará refugio en las conversaciones que tiene con Gaietà, el pastor, un hombre bondadoso, que siempre está dispuesto a contar historias, una leyenda local o inventada, con las que embelesará a sus oyentes. La montaña también está habitada por el Ánima, un vagabundo, contra el que Gaietà prevendrá a Mila, ya que guarda contra él una gran ojeriza.

 

En el prólogo, Catalá nos cuenta que inicialmente la novela contaba con veinte capítulos, pero al final decidió sacrificar dos, «los que nos parecieron menos esenciales para el desarrollo de la fábula». La novela tuvo éxito, y cuando se estaba preparando una nueva edición, la autora le comentó al editor la existencia de esos dos capítulos, y éste se interesó por su incorporación al libro, pero entre medias tuvo lugar la guerra civil, y Catalá sufrió un registro en su casa y los manuscritos de estos dos capítulos desaparecieron. Imagino que estos capítulos que Catalá descartó pertenecerían a esta primera parte, que ya he dicho que me parece demasiado descriptiva, porque en la segunda mitad la trama se ajusta mucho y la novela avanza con gran firmeza hacia su innegable final en alto.

 

Lo más interesante de la novela es la transformación que vive Mila en la montaña, desde ser una campesina de la llanura, que se ha casado con un hombre al que en realidad conocía bien poco, hasta ser una mujer que conoce sus deseos vitales y anhelos.

«Se sentía bella, sabrosa, codiciable y codiciada por los hombres; las viciosas fieras de la fiesta, primero; los grupos de cazadores urbanos, después; y la anhelante plenitud de su alma, a todas horas, se lo habían demostrado con creces. Pues, si era así, ¿por qué esos dos hombres (…) a los que ella quisiera hacer el generoso don de sí misma, no la codiciaban, por qué no hincaban los dientes en ella como en un fruta dulce, madura en su punto?» (pág. 209)

Soledad es, en gran medida, una novela sobre los deseos de una mujer insatisfecha y esto la convierte en una novela muy moderna dentro de la tradición europea, puesto que se publicó en 1905, y está escrita por una mujer. Jan, el editor, en un vídeo de su canal de YouTube, la comparaba con obras como Cumbres borrascosas de Emily Brontë. La comparación es pertinente, sobre todo si, además de fijarnos en las pasiones que se van a desatar en el libro, nos fijamos también en la fuerza del paisaje: los páramos en Brontë y la montaña en Catalá. Lugares que se van connotando de una fuerza telúrica. «Ahora, ella, sintiendo serenidad en la cabeza y el corazón, hallaba placentero jugar voluptuosamente con los escalofríos que relampagueaban en las carnes cuando se transita por agrestes alturas y sentir que el tenebroso embrujo de aquellas honduras le sorbía el alma por las pupilas.» (pág. 185).

 

Pese al titubeo inicial, que ya he comentado, me ha gustado mucho Soledad. Es una novela que va ganando altura y tensión en su segunda mitad, y que me ha parecido una obra valiosa y moderna, sobre todo por su muestra de la fragilidad de la posición de la mujer a principios del siglo XX en España. Una novela que sigue dejando ecos y resonancias en el lector una vez cerrado el libro.

domingo, 25 de julio de 2021

El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas

 


El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas

Editorial Trotalibros. 204 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de 2021.

Traducción de Kirsti Baggethun y Mª Asunción Lorenzo

 

Ya comenté en la reseña de La guardia de Nikos Kavadías, que había empezado a leer El palacio de hielo (1963) de Tarjei Vesaas (Vinje, Noruega, 1897 – 1970), el segundo libro de la editorial Trotalibros, especializada en rescates. Trotalibros es una editorial dirigida por el joven Jan Arimany, que surge de un canal de Youtube del mismo nombre. El palacio de hielo se publicó por primera vez en España en 2007, en la última etapa de la editorial Bruguera, que debió quebrar poco después. Estos libros aún es frecuente encontrarlos en las librerías de segunda mano. Así que la vida comercial de El palacio de hielo, un clásico de las letras noruegas, fue bastante efímera en España y es un libro que merecía una segunda oportunidad.

 

Siss y Unn tienen once años y viven en un pueblo noruego. Unn ha llegado hace no mucho a este pueblo porque vivía con su madre en otro lugar y al fallecer ésta ha sido acogida por una tía mayor, que vivía sola en el pueblo en el que transcurre la narración. Siss es una chica líder en su clase que, desde el primer día, ha experimentado una atracción por Unn, a la que siente como alguien cercano. Sin embargo, cuando empieza la novela aún no ha surgido una posible amistad entre ellas. Siss ha invitado a Unn a unirse en el recreo a los juegos de los niños de la clase, pero ella lo ha rechazado y permanece sola pegada a una pared. Los demás respetan su silencio, su aislamiento voluntario.

La novela empieza el día en el que Unn invita al fin, en el colegio, a Siss a visitarla en su casa esa tarde. Siss acudirá allí, horas más tarde, con grandes expectativas, sintiendo que éste es el comienzo de la que puede llegar a ser una gran amistad. La novela está contada en tercera persona, pero ‒mediante la técnica del estilo indirecto libre‒ el autor acerca mucho al lector a los pensamientos de los personajes. De hecho, en algunos momentos cede la voz narrativa a sus pensamientos.

«Camino de algo apasionante, Siss pensaba en lo que sabía de Unn, y andaba erguida y terca, procurando mantener a raya el miedo a la oscuridad», leemos al principio del segundo capítulo, en la página 13. Estamos en otoño y el invierno se acerca. Aunque ya se está empezando a hacer de noche, los padres de Siss no tienen ningún problema en dejarla ir sola a la casa de Unn, ya que no consideran que el pueblo y sus alrededores boscosos entrañen ningún peligro. El lector siente el miedo de Siss hacia los bosques oscuros, camino de la casa de Unn, y al no saber hacia dónde se dirigía la narración, al principio pensé que se podía tratar de una novela de terror, o con presupuestos cercanos al terror, y El palacio de hielo me empezó a recordar al Ray Bradbury de La feria de las tinieblas, que también sitúa su acción en el otoño, se ocupa de niños que están dejando de serlo y su prosa nos habla de un mundo extraño, repleto de posibles peligros. «La oscuridad a los lados del camino. No tiene forma ni nombre, pero el que anda por aquí nota que aparece, que le persigue y le hace sentir arroyos corriéndole por la espalda.» (pág. 38)

 

El palacio de hielo tiene un giro argumental que no me gustaría desvelar, porque quizás esto pueda estropear en parte la aproximación adecuada del posible lector a esta notable novela de los países nórdicos. Diré que el tema principal de El palacio de hielo es el de la asunción del duelo por la muerte de las personas cercanas en la infancia. Es un tema delicado, que Tarjei Vesaas trata con mucha elegancia. Los personajes principales de esta novela tienen once años cuando los conocemos y, al finalizar el libro, no muchos meses después, algo va a haber cambiado profundamente en ellos, algo que les ha llevado a dejar atrás la infancia, o al menos una parte muy significativa de ella.

Vesaas da mucha importancia en su historia a la naturaleza, al paso de las estaciones, que también puede simbolizar el paso de las etapas vitales de las personas. Así, abundan las descripciones sobre la naturaleza me muestran su grandeza, su belleza y su peligro. El gran lago cercano al pueblo (había un lago con estas características cerca del pueblo natal de Tarjei Vesaas) se encuentra helado al comienzo de la novela, y en él los niños pueden patinar. Poco después el lago se cubrirá de nieve, marcando el comienzo del invierno y el fin de la temporada de patinaje. A este lago viene a dar un río desde una cascada. En otoño parte de la cascada se congela y el agua fluye por debajo. Esta cascada helada será «el palacio de hielo» al que alude el título, un lugar de enorme importancia en la trama de la novela. Un lugar de gran belleza y a la vez terrorífico, un lugar donde la naturaleza anua su capacidad de fascinación y muerte, el «eros» y el «tánatos». Un «tánatos» presente de forma explícita en la novela y un «eros» presente de forma implícita, como la idea de vida que va a florecer en las jóvenes protagonistas que están dejando de ser niñas.

 

En la reseña de La guardia (1954) de Nikos Kavadías dije que la decisión de Jan Arimany de comenzar su editorial Trotalibros con esta novela me parecía arriesgada y valiente. Lo decía porque Trotalibros es una editorial que surge de un canal de YouTube, un canal que se relaciona con otros canales que promueven la lectura de libros LGTBI, literatura de mujeres, libros asiáticos, antirracistas, etc., y, en este contexto podía chocar la crudeza, no políticamente correcta, de los marineros de La guardia. En este sentido, la elección de El palacio de hielo me parece mucho más adecuada a las expectativas del posible comprador de las narraciones que se ha propuesto rescatar Trotalibros. El palacio de hielo de Tarjei Vesaar es un clásico de las letras escandinavas, un libro muy sutil y poético sobre la infancia, la naturaleza y la belleza cruda y desolada de vivir y morir, sobre la aceptación de los ciclos de la vida. Sin duda, El palacio de hielo se merecía una nueva oportunidad en el mercado español. De nuevo, como ya hice al comentar La guardia, quiero desearle desde aquí una gran andadura a la nueva y elegante editorial Trotalibros.

domingo, 18 de julio de 2021

La guardia, de Nikos Kavadías

 


La guardia, de Nikos Kavadías

Editorial Trotalibros. 256 páginas. 1ª edición de 1954; ésta es de 2021.

Traducción de Natividad Gálvez García

 

Después de doce años escribiendo reseñas literarias en mi blog Desde la ciudad sin cines y en webs de libros, en 2020 ‒en gran medida imbuido por el inmovilismo del confinamiento‒ empecé a hacer vídeo reseñas en YouTube, en un canal llamado David Pérez Vega ‒ Bienvenido, Bob. Para desenvolverme en este nuevo medio, me fijaba en booktubers con más experiencia que yo, y así llegué al canal de Trotalibros, conducido por el joven Jan Arimany. En enero de 2021, Jan ha creado una nueva editorial, llamada igual que su canal, que supera ahora los 17.000 suscriptores. La editorial Trotalibros que, ahora mismo, acaba de sacar su cuarto título, está especializada en rescates literarios. La guardia (1954) del griego Nikos Kavadías (Manchuria, 1910 – 1975), aparecida en enero, es el primer título de la editorial.

 

He seguido los vídeos en los que Jan hablaba de la creación de la editorial y del proceso de su puesta en marcha. Lo cierto es que todo esto me generó una gran empatía hacia su proyecto, y me apeteció comprar La guardia para apoyar su apuesta por la literatura de rescates. Kavadías es recordado en Grecia principalmente por su obra poética, que aparece en los libros escolares, y La guardia (1954) es su única novela. Kavadías nació en Manchuria porque sus padres se dedicaban al comercio de importación y exportación, y eran griegos de la isla de Cefalonia, de donde van a ser los personajes principales de su novela. Kavadías pasó ya su adolescencia en esta isla y, al morir su padre, cuando él tenía diecinueve años, se embarcó y trabajó durante toda su vida como marinero; mundo que evocan sus poemas y también su novela. En realidad, su oficio principal en alta mar fue el de radiotelegrafista. Significativamente, la isla de Ítaca está muy cerca de la de Cefalonia, y las dos son nombradas en la novela, creando una comunicación con la literatura clásica griega, principalmente con La Odisea de Homero. Al igual que les ocurrían a Ulises y sus marineros, los griegos que viajan en el barco Pytheas no ven el momento de poder regresar a su hogar. El Pytheas es un viejo carguero, sobreviviente de la Primera Guerra Mundial, que en el presente narrativo de la novela navega cerca de Singapur. La traducción de La guardia se publicó por primera vez en España a principios de los años 90, y he especulado con la idea de que cayera en las manos del escritor colombiano Álvaro Mutis y de que pudiera influirle en la creación de las siete novelas de Empresas y tribulaciones de Maqroll el Gaviero, donde también muestra una gran pasión por los marineros y los viejos barcos que recorren los mares, como apátridas sin hogar.

 

La novela está dividida en tres partes. La primera contiene cinco capítulos, titulados Primera guardia, Segunda guardia… y en ellos se le muestran al lector las conversaciones que tienen lugar entre diversos marineros, en ese tiempo muerto de la noche en el que les toca vigilar el barco, estando de guardia.

La novela empieza con el joven de diecisiete años Diamandís, que va a pedir consejo al oficial Yerásimos sobre un grano que le ha aparecido en sus genitales. Yerásimos lleva a Diamandías ante el radiotelegrafista Nick (que parece un trasunto del propio autor). Oficial y radiotelegrafista, que sobrepasan los cuarenta años, tratan de tranquilizar al chico ante la enfermedad venérea que ha adquirido por acostarse con una prostituta en Argel. Los dos cuarentones despotrican, en principio, contra el joven, para acabar recordando que, en realidad, ellos hicieron las mismas cosas, en sus comienzos como marineros, unas décadas atrás. El oficial y el radiotelegrafista se dan cuenta de que habían coincidido en otros barcos, dieciocho años antes, y la enfermedad del joven propiciará su reencuentro y desencadenará sus recuerdos.

 

En la segunda parte, el radiotelegrafista, empezará a beber después de tres años de sobriedad; y el presente narrativo, el pasado y los sueños se alternarán, dando paso a unas páginas en apariencia desordenadas y alucinatorias. En la tercera parte seguiremos algunas de las andanzas de los marineros en tierra, un lugar que no parece ya adecuado para su alma nómada, su alma maldita.

 

La novela (sobre todo en su primera parte) está construida en gran medida con diálogos. Los marineros, en las largas noches de guardias, hablan de sus hogares, de sus noches de borrachera en tierra, de sus trapicheos con las cargas y las aduanas, y de mujeres. Alguno piensa que no es buena idea para un marinero casarse y tener un hogar (el propio Kavadías nunca lo tuvo), porque las largas temporadas en el mar hacen que sus mujeres les sean infieles y acabarán desconociendo a sus hijos. Cuando los marineros hablan de mujeres, principalmente hablan de prostitutas. El libro es áspero en este sentido, los personajes son profundamente machistas y éste es el mundo que Kavadías quiere mostrarle al lector. También nos hablará, por ejemplo, de la compra de una chica de trece años, con fines sexuales, que se acabará vendiendo en otra ciudad.

Si algún lector busca en la literatura reconfortarse de los avatares de la vida corriente y desea empatizar con unos personajes que le refuercen sus ideas, desde luego La guardia no va a ser su libro. A mí, que considero que una de las funciones de la literatura ha de ser la de revolver al lector, la de hacerle enfrentarse al límite de sus convicciones y creencias, esta sórdida realidad mostrada me ha interesado. El estilo de Kavadías es sobrio, pero repleto de toques poéticos. Sobre todo en la primera parte, las anotaciones entre un diálogo y otro son, en muchos casos, frases escuetas que parecen anotaciones teatrales.  Jan, el editor, compara en una vídeo reseña, que se puede ver en su canal, el estilo de Kavadías con el de sus admirados William Faulkner, Joseph Conrad o Juan Rulfo. Quizás sea una exageración, pero este joven editor consigue transmitir un entusiasmo verdadero.

Si bien el estilo literario de Kavadías y el mundo marino que retrata han llamado mi atención, creo que, además del problema comentado sobre la idea del «libro reconfortante» que puede asustar a más de un lector bisoño, otro factor que impide a La guardia la posibilidad de poder ser un bestseller es la falta de continuidad narrativa. Los marineros recuerdan anécdotas, que la lógica nos dice que, en muchos casos, deben ser reales y tomadas de la memoria del autor, y el lector lee pequeñas narraciones, recuerdos de borracheras y prostíbulos, en diversos puertos del mundo, sin que exista una clara construcción novelística. Y quizás la formación poética del autor se ve más clara en este defecto de la forma, que en la virtud que le lleva a usar un registro bello ‒aunque áspero‒ del lenguaje. En algunas páginas, me he encontrado sin saber qué marinero era el que estaba contando una anécdota, y esto dificultaba mi deseo de seguir leyendo.

 

En cualquier caso, me parece que la decisión de Jan Animary de comenzar la andadura de su editorial con este título es arriesgada y valiente. Arriesgada porque al público al que, en principio, se dirige procede de su canal literario Trotalibros. Y las personas que buscan información literaria a través de YouTube, en vez de a través de suplementos o webs culturales escritas, es más joven que la segunda, y tengo la impresión de que más tendentes a la búsqueda de una literatura de valores positivos, que La guardia no promueve. Es decir, he visto que en algunos canales literarios, conectados con el de Trotalibros, no acaban de apreciar libros como Crimen y Castigo de Fiódor Dostoievski o Lolita de Vladimir Nabokov, porque no pueden aceptar que sus personajes sean un asesino y un pederasta. Y a este público le enrostra Jan una novela sobre marineros que comprar y venden a chicas de trece años con fines sexuales.

 Me parece valiente la decisión de Jan porque La guardia no es un libro de fácil lectura, es un libro que requiere de un lector exigente. Y todo esto me hace pensar que la apuesta literaria de Jan es realmente seria.

En algunos vídeos, he visto cómo Jan da importancia a la presencia física del libro, y en este sentido la edición de La guardia es de un diseño y de una prestancia destacables.

La traducción que Natividad Gálvez García realizó de este libro a principios de la década de 1990 ha sido profundamente revisada ahora por ella misma. La calidad del resultado está muy cuidada, y es de agradecer la personal nota final del editor.

 

Me interesa este cambio de paradigma que propone una editorial surgida del mundo de Booktube y, desde aquí, le quiero desear a Jan Arimany toda la fortuna posible. ¿Un canal de YouTube, en el que el público puede seguir las decisiones que toma el editor, puede generar más empatía y deseos de compra de un libro en un lector que las vías tradicionales, la presencia en librerías del libro o las reseñas en suplementos culturales? Observo todo esto con gran curiosidad, tanto como lector como profesor de Gestión de empresas.

Ya estoy leyendo el segundo título de la editorial, El palacio de hielo, de Tarjei Vesaas, un clásico noruego de 1963.