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miércoles, 17 de mayo de 2017

Ovejería, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 314 páginas. 1ª edición de 2015.

A Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970) lo conozco desde hace más de una década. Sin embargo, nunca nos hemos visto en persona. Coincidimos ‒hace ya más de diez años‒ en un foro literario en el que una docena de personas (a lo sumo) hablábamos sobre Roberto Bolaño. Por aquel entonces ninguno de los dos tenía un libro publicado. Cuando esto ha ocurrido nos los hemos ido enviado por correo transoceánico. De él ya he leído dos poemarios, publicados en la editorial de Santiago de Chile Das Kapital: Umo (2010) y Maicillo/Sauló (2014). En 2015 publicó otro poemario con Das Kapital titulado Ovejería. Me lo envió a principios de 2016 y yo lo he leído un año más tarde. El tema de la entrada de libros en mi casa se me ha ido de las manos desde hace tiempo y además me ocurre que, en los últimos años, me cuesta encontrar el momento para leer poesía, de la que he sido más asiduo en otras épocas de mi vida. Pero, al fin, me he acercado a Ovejería, un poemario mucho más grueso que los otros que ha publicado Hernández en Das Kapital. De hecho, Ovejería contiene ‒es cierto que algunos son bastante cortos‒ casi trescientos poemas.

En sus dos poemarios anteriores ya había aparecido el término «Ovejería», que yo identifiqué entonces como un lugar de Santiago de Chile que el poeta evocaba en sus versos. Ahora sé (para siempre) que Ovejería es una población que creció cerca de Osorno, que se encuentra a casi mil kilómetros al sur de Santiago, y que en la actualidad Ovejería es un barrio (no sé si este término se usa en Chile) de Osorno, el lugar donde nació y creció (hasta que se fue a la capital en la adolescencia) Leandro Hernández.
En principio, al saber que Ovejería, el último libro de Hernández, era una evocación de los territorios de la infancia a los que el autor vuelve ya adulto, pensé de forma inmediata en el también poeta chileno Jorge Teillier, que en sus poemas evoca los recuerdos de su pueblo Lautaro, al que acude desde Santiago.
Tras leer Ovejería considero que la filiación entre los dos poetas es más de cercanía temática que compositiva. Los poemas de Teillier son más íntimos y desgarrados que los de Hernández, que ha elegido evocar el territorio de su infancia desde la carencia de énfasis. En más de un caso, los versos de Hernández nombran a personas o calles, presencias que parece querer materializar en la página con solo enunciarlas. Se alude en los poemas a hechos o detalles del pasado, en la mayoría de los casos de un modo directo, con versos sencillos que en casi todos los casos eluden el vuelo metafórico: las palabras son directas y primordiales. Flamengo es uno de los primeros poemas del libro:

Flamengo

existen todavía
los clubes deportivos
Flamengo y Barcelona
en la liga de Ovejería?

para los que no recuerden:
el primero de la Guajardo
el segundo de La Trinchera

en la prehistoria del Flamengo
hubo un club en la Guajardo
que se llamó Borussia

Flamengo puede ser paradigma de algunos de los planteamientos estilísticos del libro: una voz poética cercana a la del autor (que en muchos casos se lee como si fuese una voz narrativa) pregunta a un colectivo de personas no identificado, pero que el lector entiende que son sus amigos y vecinos de Ovejería, por alguna persona o lugar del pasado. El poeta quiere dejar constancia de una realidad que vivió o de un lugar que pisó, como ya he apuntado, y en muchos casos desea que el recuerdo sea una enunciación de nombres más que de sensaciones: «En la prehistoria del Flamengo / hubo un club en la Guajardo / que se llamó Borussia». Es cierto que Ovejería no es un poemario de versos aislados (sería muy difícil encontrar en el libro un verso memorable), y en muchos casos tampoco es un libro de grandes poemas sueltos; en realidad funciona más como conjunto, como largo recuerdo hilado en casi trescientos poemas. En este sentido me ha recordado su lectura a Yo me acuerdo de George Perec, libro con anotaciones como ésta: «Yo me acuerdo que Colette era miembro de la Real Academia de Bélgica». En los dos casos, la enumeración de recuerdos contiene claves personales que el lector no conoce del todo, pero intuye, y en la no explicación de por qué elige un recuerdo y no otro recae gran parte del misterio compositivo. Ovejería es un libro para leer entero y no para abrir al azar y leer poemas sueltos.

Los poemas de Ovejería parecen agruparse en series temáticas que, sin aviso, se van dando paso: la evocación del colegio, del aeródromo, del río, de las calles…
Reproduzco un poema que habla de uno de los profesores del colegio que también (aunque no es lo normal aquí) tiene un poso político:

el Peter

hay posiciones irreconciliables
(tal como ocurre con Pinochet)
sobre su legado sobre su gestión
sobre su manera de hacer escuela

golpeó a muchos niños y niñas

se emborrachaba para los bingos
ex alumnos cobraban venganza
(grande Chico Melo)
rodeados x metros cuadrados de pilsen

algunos agradecen los coscachos del Peter
otros los justifican y aplauden

hay otros a los que nos parece el Peter
signo de violencia impunidad

también hay personas que piensan
que los niños y niñas maltratados
eran responsables y se lo merecían.

Antes he hablado de Jorge Teillier y también de George Perec, el mismo Leandro Hernández nos pone sobre la pista de otra posible influencia en un poema corto llamado Spoon river:

Spoon river

no es
Spoon river
es Ovejería

ribera este
del río Rahue

No he leído Spoon river de Edgar Lee Masters, pero sé que en este poemario hablan los muertos del cementerio sobre los habitantes de un pueblo norteamericano. Busco algún poema en internet y me encuentro con que comienzan con preguntas sobre algunos de los habitantes de la población. Por ejemplo, así empieza La colina de Masters: «¿Dónde están Elmer, Herman, Bert, Tom y Charley, / El débil de voluntad, el fuerte de brazo, el payaso, el borrachín, el luchador?»
Éste es uno de los poemas de Hernández: Tres pisos // y de Tres Pisos / alguien se acuerda? // y de su hermano?
En Ovejería el lector español se puede encontrar con muchos chilenismos, y la verdad es que aunque a veces no entendía algunas palabras me gustaba su lectura (palabras como: guata, chomba, maicillo…)

Como ya he comentado al principio, creo que este poemario funciona como artefacto intercomunicado de una página a otra, y que la lectura de algún poema suelto puede causar en el lector una sensación de impenetrabilidad en las claves personales propuestas. Los poemas que más me gustan son aquellos en los que la voz poética reconstruye anécdotas del pasado, o cuando al final de lo colectivo (calles, río, colegio, tiendas…) se pasa a lo personal y Ovejería se convierte en cierto modo en un ajuste de cuentas o conversación con el padre muerto (el poema que dejo abajo, Cordero, toma la voz poética del padre) o con una vecina (pionera de la población), llamada la señora Hortensia.

Reproduzco para finalizar algunos de los poemas que más me han gustado del libro:

restorant

estoy en primero o segundo básico

mis padres  ya han concretado
en esto de poner un almacén
al lado de la escuela

mi padre me comunica que ese día
almorzaré en un restorant

me enseña lo que debo hacer
lo que debo decir
cómo debo pagar

me pasa un billete

estoy emocionado

finalmente resulta ser
el restorant "La Feria"
estaba todo ya conversado

raro pero también inolvidable

termino mi comida sentado
a una mesa solo

de postre: duraznos con crema

la amable señora me pregunta
si deseo  repetición de comida

no gracias

me pregunta si quiero más postre

sí encantado

el gesto de ofrecer
repetición de postre
merece todas las memorias

termino de comer
sentado a una mesa solo

saco el dinero y pago
alguien me recibe el billete
y me voy a la escuela
sin esperar el vuelto


Ovejería y el agua (V)

teníamos en la Guajardo
una piscina al borde de un risco

por ella la planta de agua potable
vaciaba  a diario su superávit

nos bañamos en esa piscina
al borde de un abismo
por el que una vez caímos


Cordero

llevo treinta días borracho
luego de perderlo todo por segunda vez
es como resucitar para volver a morir

mi ex mujer y mi hijo están a mil kilómetros

me vine de Santiago mojado
un temporal preparaba un aluvión

es fines de mayo del noventa y tres
en las calles de la Guajardo han abierto
zanjas para poner el alcantarillado

hoy he decidido dejar de tomar
como lo he hecho innumerables veces
solo que esta vez será para siempre

limpio mi casa y baldeo el piso sucio
abro las ventanas como las zanjas las calles
parecen trincheras en las que se acumula el barro

no puedo dormir tranquilo despierto
transpirando como si un aluvión surgiera
del síndrome de abstinencia

intento cerrar los ojos pero hay imágenes
que no me dejan veo pasar mi vida borracha
tambaleándose para caer en una zanja

cada zanja es un grito sordo cada grito
un par de pies que se acalambran sudo frío
tercianas y me levanto a cerrar las ventanas

las ventanas son las zanjas
afuera hay un aluvión y dentro mío
hay una alcantarilla que revienta

las vecinas me alimentan me saludan
me felicitan por verme sobrio bien
don Hernán muy bien vecino  siga así

no lo soporto no soporto esta sed
sólo podría apagarla un aluvión

El delirium tremens me expulsa
de la cama húmeda

algo me persigue y me empuja
a salir a las calles embarradas

 a saltar las trincheras abiertas

domingo, 9 de noviembre de 2014

Maicillo/Sauló, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 81 páginas. 1ª edición de 2014.

Ya comenté la semana pasada que en el mismo sobre que me llegó desde Chile la novela Tsunami de Juan Ignacio Colil me llegó el nuevo poemario titulado Maicillo/Sauló de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970). Conozco a Leandro desde hace unos ocho años, cuando los dos comentábamos libros de Roberto Bolaño y escritores similares en un foro cibernético de la Fnac. Luego, después de que se cerrara aquel espacio, hemos seguido hablando de libros a través de facebook, mi blog o el correo personal. Cuando los dos hemos conseguido publicar algún libro, los hemos intercambiado a través del correo transoceánico. Espero que en algún momento nos podamos saludar en persona.

Hace tres años comenté el primer poemario de Leandro, cuyo título era Umo (ver AQUÍ la reseña), y que fue publicado también por la pequeña y pujante editorial de Santiago de Chile Das Kapital.

Ya comenté que en Umo el poeta jugaba a confundir el acto de fumar con el de escribir: actos de placer individual, de escasa relevancia social uno y perseguido el otro. Leandro escribía igual que fumaba: con morosidad, con detenimiento, en soledad, para sí mismo, mientras el tiempo pasaba sobre su vida y los objetos cotidianos.

Maicillo/Sauló guarda muchos puntos en común con Umo. En su más reciente obra nos encontramos de nuevo con un poemario metaficcional, ya que Leandro vuelve a reflexionar en ella sobre el propio acto de crear. Pero ahora la identificación que vertebraba Umo al confundir los verbos  “escribir” y “fumar”, se ha transmutado en la relación existente entre los sustantivos “tiuque” y “poeta”.
Realicemos una aclaración para los lectores que no sean de Sudamérica: el tiuque es un ave rapaz relativamente pequeña (de unos 40 cm.) que se alimenta de insectos, gusanos, crías de otras aves y que es eminentemente carroñera. Sería el equivalente a un cuervo del hemisferio norte. De hecho con esta última referencia –que yo he tomado de la wikipedia- Leandro compone el último poema del libro:

baltimore

el tiuque es al hemisferio sur
lo que el cuervo es al hemisferio norte

así tanto en el sur como en el norte
cuando preguntas por el jardín de Epicuro
los poetas sólo obtienen como respuesta
un never more, never more.


El paralelismo con el que se va a jugar en el libro entre esta pequeña ave carroñera, frecuente en los parques de Santiago de Chile, y el poeta, habitante de los mismos parques, queda fijada en el primer poema del libro:

la reflexión es infinita

relegado a parques y plazas
el poeta es un tiuque sobre un eucaliptus

grazna al tope de una copa vacía

la sombra de un tiuque
es una reflexión que se alarga sobre el maicillo.


Nueva aclaración para lectores de fuera de Chile: Maicillo es la arena gruesa y amarillenta con que se cubre el pavimento de jardines y patios (rae).

Maicillo/Sauló conversa con Umo, en más de una de sus páginas podemos encontrar guiños al anterior poemario: “todo tiuque/ todo poeta/ todo hablante/ aspira –como se aspira el umo-/ a que sus huesos o sus textos/ sus voces sus graznidos/ tengan manchas rojas.” (pág. 37-38), o: “tal vez pronto se promulgue una ley/ que prohibirá fumar en lugares con juegos infantiles/ no podría ir con mi hijo y mis cigarrillos/ a pelotear un rato sobre un césped semiseco”. (pág. 77-78)

Aunque los temas se repiten de un poemario a otro, he tenido la impresión de leer en Maicillo/Sauló un poemario más maduro y hondo que Umo. En Umo el individualismo del acto de escribir, enmarcado en un contexto de cotidianidad (paso del tiempo, contemplación de los objetos caseros…), distancia al poeta de los otros. En Maicillo/Sauló al centrar su reflexión más que sobre el acto de escribir sobre la figura del poeta, la presencia de éste en sociedad, de este yo que interactúa con los otros, se hace más presente.
Igual que el acto de escribir en Umo parecía algo tan abocado al fracaso, al goce individual, como el acto de fumar, en Maicillo/Sauló el poeta con su libreta en el parque se convierte en una figura obsoleta, porque: “los lectores de poesía ya no nacen más/ se extinguieron” (pág. 76)

El poeta, como el tiuque parece rebuscar en la carroña del basural cotidiano para encontrar alimento, que convertido al lenguaje del poeta equivaldría a la idea de encontrar belleza.
El poeta ya no se fija en los ruidos de la cafetera, como hacía en Umo, sino que ahora son los gritos que proceden de la multipista del parque los que parecen sacarle de su mundo.

Tiuques y poetas se encuentran en el parque: el ave rapaz carroñera y el poeta, antiguos habitantes de los grandes espacios naturales (a los que pudo cantar una poesía épica como la de Walt Whitman) confluyen ahora en el espacio natural domesticado y falto de grandeza del parque. Será obligación del tiuque (si quiere alimentarse) y del poeta (si quiero hallar alguna belleza) no dejar de observar lo que ocurre en su hábitat. Reproduzco aquí el poema de la página 63 donde se aúnan los temas anteriores:

tarde en el parque

una camanchada ácida
nos envuelve incluso
en parques y jardines

debiera llover ahora mismo
no tener que esperar
que se cumpliera el pronóstico:

“posibles chubascos al atardecer”

desde la copa de los eucaliptus
que envejecen el maicillo
los tiuques tosen.


En unos cuantos poemas, Leandro juega al posmodernismo y posa su mirada y su reflexión sobre las series de televisión norteamericanas (a las que debemos estar enganchados medio mundo), así se homenajea en este libro a Breaking bad o a Criminal minds.

En lo cotidiano también se encuentra lo terrible, y la muerte se filtra en los días que se describen en estos poemas: “Sara, la Cuta, la Cutita/ la hermana de Pancho/ ha muerto en un accidente carretero” (pág. 70); o bien: “en correo matutino/ Martín dice en el asunto: “malas noticias”/ lo abro y leo/ que se nos fue Parrita” (pág. 72).
Sin embargo, el poemario se vuelve más cercano y cálido al hablarnos de los días que pasa el poeta con su hijo en el parque, tema que se vuelve recurrente en el último tramo del libro.

Maicillo/Sauló me ha parecido un poemario de versos sencillos y a la vez hondos, que reflexiona sobre el propio acto de escribir, pero sin perder el poeta la capacidad de fijar su mirada sobre el mundo de los otros, sobre la cotidianidad que va desde la realidad ficcional de las series de televisión a lo que ocurre en el parque cercano a su casa, volviéndose sus versos más esenciales y cálidos cuando nos habla de la relación con su hijo. Unos poemas que me han recordado a esa sencillez narrativa que tenía Raymond Carver en sus poemas para encontrar momentos epifánicos en la cotidianidad.
Voy a continuación a reproducir aquí dos poemas más del libro, dos poemas que son de los que más me han gustado del conjunto y que me parecen representativos. El primero, titulado la poiesis de los tiuques, dividido en tres partes que aúnan casi todos los temas que se desarrollan en el libro; y el segundo, titulado carpintero, situado al final del poemario, me parece que abre un nuevo camino, hacia la sencillez honda de los momentos epifánicos de la cotidianidad y que, como he apuntado antes, me recordaban a la poesía de Raymond Carver.

la poiesis de los tiuques

i
desde Atacama a Chiloé
el poeta es un milano chimango

chimango como los chimangos
de los cuentos argentinos

tiuque como aquellos
que aún rayan el cielo
nublado de Ovejería
                                   Alto

el poeta es un tiuque

un ave rapaz que se adapta
y raya los cielos

de norte a sur


ii
se le tilda de acróbata
(ahí el altazor
devenido en tiuque)
en busca de mejores oportunidades
del campo a la ciudad
se refugia en parques y azoteas

todo poeta
de importancia es un tiuque

el tiuque en la ciudad abandona la acrobacia
asume el oficio de los malabares

sus textos son como las pelotas
teñidas por las luces
rojas de los semáforos
que malabaristas punkies lanzan
por los aires a la espera
de alguna moneda huacha
de los choferes de ocasión

la adaptación obliga y el tiuque
es un sobreviviente que raya
los cielos y los suelos

los conductores cierran
las ventanillas de los autos

temerosos de que un texto
se les cuele en la cabina.

iii
el poeta es un rapaz:

en casos de urgencia
se alimenta de carroña

el tiuque no le teme al ser humano

el poeta observa y tose
en la copa de un eucaliptus

la especie descrita por un francés en 1816
es la más abundante en Chile

en este país se levanta una piedra
y un tiuque abandona la casa de sus padres.



carpintero

la ciudad del poeta
el sol desaparece por tres días

el cuarto continúa el frío
pero el cielo amanece despejado

a eso de las cinco de la tarde
el poeta sale con su hijo al parque

primero van a inflar las llantas
de la bicicleta a una bomba bencinera

el poeta camina por uno de los senderos del parque
su hijo pedalea más adelante por el mismo sendero

como una aparición extremadamente buena
un pájaro carpintero hace lo suyo sobre un arbusto

ver un pájaro carpintero en un parque
                                          (de Santiago de Chile
no es algo común

el poeta siente esto como un privilegio
su hijo pedalea más adelante

lo llama: hijo, Emilio, mira
el niño vuelve y el poeta le indica hacia un árbol
mira, un pájaro carpintero

¿lo ves?

Emilio logra verlo y oírlo golpear la corteza
de una alcaparra en busca de larvas

¡oh, qué bacán!

lo observan un rato
pueden apreciar su plumaje
su penacho rojo

el poeta latea a su hijo
sobre lo extraordinario de este encuentro

el hijo lo mira y le dice que sí que lo entiende


luego da la vuelta y continúa con su paseo.

lunes, 31 de octubre de 2011

Umo, por Leandro Hernández Gómez

Editorial Das Kapital. 62 páginas. 1ª edición de 2010.

Para compensar el exceso de populismo de la entrada anterior –hablar de Libertad de Jonathan Franzen, una novela que venden en las librerías en montañas, y que lleva varias semanas en nuestro país como número uno de ventas- voy a hablar hoy de un poemario inencontrable en España, Umo, de Leandro Hernández Gómez (Osorno, Chile, 1970); un poemario chileno que posiblemente tampoco se pueda encontrar con facilidad en las librerías de Santiago, puesto que lo ha sacado a la luz, en octubre de 2010, la pequeña editorial Das Kapital, en una cuidada, pero diminuta, tirada de 150 ejemplares.

Soy amigo de Leandro Hernández Gómez desde hace al menos cinco años, aunque nunca nos hayamos visto en persona. Nos conocimos en un foro literario en el que se hablaba sobre todo de la obra de Roberto Bolaño, pero también de otros escritores. Después, él ha participado en este blog más de una vez, nos hemos intercambiado correos electrónicos, enlaces de facebook, y, cuando a los dos nos han publicado algo, libros propios.
Y no he conocido aún a Leandro en persona, pero este verano pude quedar con uno de sus amigos de la infancia, de la ciudad de Osorno, de paso por Madrid, camino de Santiago, y a él le di mi poemario recién publicado, Siempre nos quedará Casablanca,  para que unos días después se lo pudiera entregar a Leandro. Y así, en una cafetería del centro de Madrid, pude hablar de la reciente política y situación chilena con el amigo de un amigo al que realmente nunca he visto en persona. Internet y la globalización era esto.

Entre los poemas de Umo, una aparente apología del hábito de fumar, Leandro Hernández va tomando citas del cuento Humo de William Faulkner, convirtiendo las frases del norteamericano en poemas integrados en su texto. Nos encontramos así con este poema, prestado del cuento de Faulkner, en la página 13 de Umo:

Mississippi/w.f. imported tobacco

hablando una vez más
del hábito de fumar:

la gente
no disfruta
verdaderamente
del tabaco
hasta que
comienza a creer
que le hace daño

Leandro, con sus versos, parece querer, en primera estancia, plantear un desafío a lo políticamente correcto, a la publicidad de lo sano impuesta por el Estado y destinada a una colectividad inocua. El poeta se plantea la aceptación del hábito de fumar como la toma de conciencia de su voluntad individual, como el sarcasmo del que sabe que va a morir tanto por el tabaco como por cualquier otra causa, y decide seguir su propio destino.

En numerosas ocasiones la acción de fumar, y sus aledaños (el humo, la ceniza…) es nombrada en los versos de este poemario:
“intento señales / con la ceniza esparcida / sobre la mesa” (pág. 14)
“el humo llena el departamento / es mi niebla  mi chimenea / mi pequeño incendio que emerge” (pág. 14)
“me acompaña el humo” (pág. 17)
“fumo y hago argollas” (pág. 21)
“yo enciendo mi tercer cigarrillo” (pág. 27)
“paso a comprar cigarrillos a un bar” (pág. 29).

Fumar es el acto que da unidad temática al libro, pero, como he apuntado antes, si en primera instancia este verbo parece representar una toma de conciencia descreída e individualista frente al mundo; la fuerza del poemario reside en el simbolismo otorgado al hecho de fumar, que podría concretarse en tres ideas:

1) Fumar es un hecho tan individual y autodestructivo, un placer tan absurdo y personal como el vicio de escribir. Fumar y escribir se confunden más de una vez en Umo:
“intento escribir / con lo que fumo” (pág. 14)
“el cigarrillo / el que entusiasma mi caricatura / el soplido  el aliento de mis letras” (pág 15)
“fumo y hago argollas / vocales y palabras” (pág. 21)
“creemos que la poesía importa”, escribe Leandro en la página 31, descreído, aburrido, como si estuviese escribiendo versos como el que fuma cigarrillos y no espera nada más del mundo.

2) El cigarrillo inhalado, convertido en humo y en ceniza representa también el paso efímero del tiempo y de la vida.
“es el moho que llena de artritis las bisagras / cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más” (pág. 38)
“ciertamente escribo fumo y bebo / trinidad de vicios que nada engendran / salvo cenizas resacas dolores” (pág. 41)

3) A través de la transformación del cigarrillo en humo y ceniza el poeta asiste a una mínima descomposición, o movimiento, de los objetos que le rodean. En muchos poemas se hace hincapié en lo cotidiano y anodino de la presencia de los objetos: cafeteras, ventanas, mesas… y el poeta los enumera, y en su enunciado se cifran las claves de la repetición aburrida de los días; la ausencia de grandes temas poéticas sobre los que posar la mirada.
“también hay cola fría una botella / de cerveza a medias / un plumón para pizarra blanca / un descorchador la cajetilla / un paquete roñoso con dos pañuelos desechables” (pag. 45)
“me he sentado a teclear un rato / sobre lo que en la cocina sucede / es el agua sobre el fuego que ebulle / mezclando oxígeno y café” (pag. 56).

Umo como objeto es un bonito y cuidado libro, de una poesía, la chilena, con una gran tradición. Me han gustado estos poemas, como me ha gustado haber podido leerlos en un banco del Retiro de Madrid, a miles de kilómetros del lugar donde fueron editados los 150 ejemplares que componen su edición mínima. Y tener en mis manos, dedicado por un amigo al que nunca he visto, este librito, entre los árboles otoñales del parque madrileño, me ha parecido un privilegio.

Dejo aquí dos de los poemas que más me han gustado, donde además de lo comentado anteriormente se filtra también la idea del amor:

lo que nos duele
a Marcia Ravelo

es una tristeza que de pronto asoma
una marea que viene a mojar los zapatos
que humedece el empeine y se trepa
hasta el bolsillo perro

se guarece ahí y espera
para asaltarnos cuando
tenemos la guardia baja

es un peso, es una sombra
que te atrapa y entonces
estás opacamente bella
y tan cauta tan asustada
como escondida tras los juncos

es un frío que por las hendiduras se cuela
y viene a aterirnos al desayuno
mientras nos aburguesamos cubiertos
a salvo con nuestros chalecos

es un suspiro desganado una exhalación de hastío
(un texto de Bernardo Soares)
un escupitajo en la solapa
del traje nuevo de lino con estilo
una rajadura en el pantalón
un billete que se cae por un tubo
un almuerzo que se enfría y forma
nata cuajada sobre la salsa blanca

es el moho que llena de artritis las bisagras

cuando lo que nos duele realmente nos duele fumamos mucho más



un café para adolfo couve

me siento a observar la cafetera
sobre la llama azul de la cocinilla
con el agua limpia calentándose
como la posa al sol energúmeno

miro sus gorgoritos
que salen a flote
como los ahogados
después de ocho días

el agua caliente se introduce en el filtro
como cuando el sudor traspasa nuestras camisas
moja el café molido y lo decora
le roba el pigmento y el agua
se va ensuciando como el lavatorio
en el que se lavan las costras
que se diluyen
como los reflejos de los cuervos
al caer una piedra sobre el estanque

gotas de café van cayendo una tras otra
y dos o tres a la vez como tus lágrimas
van manchando el agua como la tinta
que se lava del pincel o el dedo
que pinta tres o cuatro tazas

las gotas del café son las gotas de sangre
del pincel que limpia sus naturalezas muertas

corto el gas a la cafetera
lleno una taza recién pintada
y como el vampiro me bebo el café
de un solo sorbo con cuidado
de no ensuciar mi blanca camisa