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domingo, 10 de agosto de 2025

Oslo, por Javier Cánaves


 Oslo, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 222 páginas. 1ª edición de 2023

 

Ya he contado alguna vez que Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es mi amigo (aunque es verdad que hace tiempo que no nos vemos en persona) y que de él he leído casi toda su obra publicada, más otra parte aún inédita. De este modo, cuando hace ya más de un año me envió Oslo (Baile del Sol, 2023), me encontré con una cita mía recomendándolo desde la solapa. «Una narración que consigue arrastrar al lector al mundo onírico que plantea, repleto de imágenes metafóricas muy potentes, inquietante al más puro estilo Levrero o novela corta de Elvio Gandolfo». Años antes, había leído Oslo en forma de manuscrito, y estas palabras formaban parte de un correo electrónico en el que le comentaba a Cánaves mis impresiones sobre el libro. Creo que he tardado en acercarme a Oslo porque tenía la sensación de que iba a leer un libro que ya conocía; sin embargo, Cánaves me comentó que a la novela corta original que era Olso, en esta edición de Baile del Sol (editorial en la que somos compañeros, porque yo he publicado con ellos cinco libros), le había añadido otras dos novelas cortas o relatos, las tituladas La hipótesis descabellada y Los inasibles.

 

Oslo comienza con un capítulo en letra bastardilla. En él, un hombre innominado se despierta sin saber, en principio, dónde está. Estos capítulos en bastardilla nos van a llevar a la vida del protagonista en un mundo cotidiano, previo a su «ingreso» en el mundo onírico de Oslo. En el segundo capítulo, el protagonista se encuentra en el aeropuerto de Oslo, pero no se trata de un aeropuerto habitual, pues las personas han desaparecido del escenario, dejando desperdigadas maletas, carros portaequipajes, coches a la salida, etc. El hombre empieza a caminar hacia una ciudad, que gracias a un cartel sabrá que es Oslo; pero no parece, en realidad, ser la Oslo que un viajero normal puede conocer, sino una Olso alterada, una Oslo que parece habitar en las brumas de un mal sueño. Sabremos que nuestro personaje, que ha perdido la memoria, se llama Sam, y que en el pasado fue escritor. Sam se irá encontrando, en el Oslo vacío, con algunos otros personajes, un mendigo, que actúa como demiurgo, y le advierte de que no se deje atrapar. Poco después, aparecerá un extraño desconocido que empezará a perseguirle y Sam sabrá que lo único que puede o debe hacer es huir de él. «Oslo puede ser vista como un trasunto de la vida sobre la Tierra», le dirá el mendigo a Sam en la página 28, dándole, a su vez, una pista al lector sobre la propuesta narrativa ante la que se encuentra.

En Oslo, Sam parece sentir la necesidad de beber alcohol, pero no de comer; y todo esto tiene lugar mientras las calles y los edificios de la ciudad van cambiando de forma.

Además del mendigo y el perseguidor, Sam acabará encontrándose con otras personas en Oslo; algunas incluso que surgen de su pasado, como una antigua novia. Todas estas personas le contarán alguna historia significativa sobre su vida. Quizás de esta forma Sam, que fue escritor de tres novelas, que lleva tiempo sin escribir, y que ha vuelto a escribir en Oslo, pueda dilucidar algún tema significativo sobre sí mismo.

 

Oslo es una novela corta inquietante, con esas reminiscencias de Mario Levrero o Elvio Gandolfo que comenté en mi correo inicial a Cánaves; quizás no me acaba de convencer la parte en la que Sam tiene que enfrentarse al fantasma de sus relaciones sentimentales pasadas, que me recuerda a uno de los tics más repetidos en la narrativa de Cánaves, y que se ha ido reproduciendo de una obra a otra, la de las relaciones fallidas, que, quizás, en este caso, acaba restando tensión narrativa a la historia.

 

Oslo, con sus 102 páginas, es la narración más extensa de este libro. En la página 113 empieza La hipótesis descabellada, que tiene unas 80 páginas. El protagonista de esta segunda historia es Lucas, que es escritor y guionista, aunque últimamente su economía no se encuentra bien saneada. Además ha roto con su pareja, una actriz a la que le han empezado a ir las cosas mucho mejor que a él. La muerte de su abuelo hace que Lucas pueda mudarse a su casa, propiedad ahora de sus padres. La casa del abuelo está en el campo, en una región apartada, un lugar que le parece estupendo para poder concentrarse y volver a crear. En la primera página de esta historia, Lucas va a recibir la visita de un viejo que pregunta por su abuelo. Pronto comprenderemos que esta visita va a suponer algún tipo de amenaza para Lucas. Este encontrará un cuaderno en un cajón con extrañas anotaciones, hogueras en el bosque cercano, visitas o invocaciones de seres desconocidos… un asunto secreto que el abuelo de Lucas parecía mantener con el viejo que viene a buscarle, aunque ya Lucas le ha contado que ha fallecido. La hipótesis descabellada es una novela de terror psicológico, que no acaba de ser una serie B porque Cánaves se contiene y prefiere sugerir a mostrar. De nuevo nos encontramos aquí con un escritor en crisis, que mira hacia el fracaso de su última relación y que se siente perseguido por algo que podríamos llamar «realidades indefinidas». El narrador nos contará que Lucas fue un lector adolescente de Philip K. Dick, y quizás esta sea la pista definitiva de la intencionalidad de Cánaves con esta narración.

 

Los inasibles tiene unas 30 páginas, divididas en dos partes. La primera parece abiertamente una historia de ciencia ficción en la que unos seres inasibles como sombras parecen situarse detrás de las personas y observarlas. En la segunda parte comprenderemos que es posible que la primera narración sea, en realidad, la de un loco. También aquí hay un escritor, una relación posiblemente fallida y un perseguidor.

Diría que la primera parte de este relato, de unas 13 páginas, titulada La llegada, me han parecido lo más brillante del conjunto, unas páginas llenas de tensión narrativa. En algún lugar leí que la propuesta de un relato de terror se sostiene mejor en un relato corto que en una novela, y aquí se cumple esa premisa.

 

Olso, como ya lo había leído, no me ha sorprendido como las dos narraciones nuevas (para mí) que contiene este libro, La hipótesis descabellada y Los inasibles. Sin querer desmerecer a Olso (una trilogía curiosa sobre el extrañamiento y la paranoica idea de la persecución), diría que Mi Berghof particular –publicada también en Baile del Sol en 2019– y Taller de escritura –publicara por Calambur en 2021– me gustaron más que este nuevo libro. Me ha llegado a casa El cuento de Alma, el último libro de Cánaves, publicado por Edixions Xandri. Ya os contaré qué tal.

 

 

domingo, 29 de mayo de 2022

Taller de escritura, por Javier Cánaves

 


Taller de escritura, de Javier Cánaves

Editorial Calambur. 165 páginas. 1ª edición de 2021.

 

Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) es mi amigo desde hace años. Empecé leyendo su obra poética, a través del libro Por fin has conseguido que odio el blues (premio Hiperión 2003) y, más tarde, nos acabamos conociendo en persona. Después de libros de poesía como Al sur de todo mapa, Limpieza y absorción, El peso de los puentes o Momentos estelares, empezó a trabajar más la prosa. Hasta ahora había publicado cuatro novelas en la editorial canaria Baile del sol (donde yo tengo cinco libros publicados). Las tres primeras se titulan La historia que no puede o no supe escribir, Los artistas y Piscinas iluminadas,  y formarían lo que Cánaves llama La trilogía de la huida. Su temática es bastante parecida a la de sus poemas: el amor, las parejas rotas, la imposibilidad de conservar el amor, etc.; y cuya principal influencia sería la prosa densa y triste de Juan Carlos Onetti. Es diferente la cuarta novela, Mi Berghof particular, donde Cánaves se deja llevar por la influencia de autores como Mario Levrero y Roberto Bolaño, y escribe una especie de diario metaficcional, que se entremezcla con narraciones inventadas.

Creo que Javier Cánaves es el único escritor del que he leído más libros que los que tiene publicados, porque es normal que nos intercambiemos nuestros manuscritos con el fin de señalar erratas o proponer cortes y mejoras. Así que de Cánaves he leído dos novelas más que, por ahora, permanecen inéditas.

Taller de escritura se ha publicado a finales de 2021 en la editorial Calambur, pero es un libro que yo había leído en su versión manuscrita en el verano de 2020. Y en esta novela, de nuevo Cánaves juega a reinventarse a sí mismo como escritor. Sé que Cánaves empezó en Mallorca a impartir talleres de escritura creativa, y ha decidido usar esta experiencia vital como sustrato de su nueva obra de ficción.

El protagonista y narrador de la novela es Santiago Biza, del que acabaremos descubriendo que trabaja en el departamento de comunicación de una entidad financiera, mientras que en su tiempo libre desarrolla una carrera literaria que él mismo considera invisible. Santiago Biza va a narrarnos una historia, y desde un punto indeterminado del futuro arranca rememorando el día en el que Alberto Sancevá, otro escritor invisible de Mallorca, va a visitarle a su casa para ofrecerle un puesto de profesor que ha quedado vacante en su escuela de escritura. Biza aceptará y se hará responsable de dos clases. Será de una sola de ellas de la que nos va a hablar en su narración. Biza admiraba a Sancevá por su última novela, pero, cuando éste solo consiguió vender cien ejemplares, se desencantó y dejó la escritura, y también de creer en el arte, y se ha centrado en ganar dinero con los talleres. Esta será una de las ideas que recorran el libro: ¿qué sentido tiene escribir? ¿Qué se busca al hacerlo? Biza sigue siendo un creyente de este arte, pero ¿podrá seguir siéndolo después de las experiencias que se dispone a contarnos?

 

El libro se presentó en la librería La biblioteca de Babel de Palma de Mallorca, y la presentadora fue la escritora Sabina Pons. Me comentaba Cánaves que le gustó una frase de Sabina, cuando decía que Taller de escritura es tres libros en uno: una novela policial, un manual de escritura creativa y un libro de escritura del yo. Es una afirmación que me gusta y quisiera comentarla. Cánaves mostrará en esta novela ‒a través del personaje de Santi Biza‒ sus dudas sobre su vocación artística, que ha de compaginar con su vida laboral y familiar. Esta vocación artística, en la mayoría de los casos, no va acompañada del deseado reconocimiento de ningún público. En la página 144 el narrador cita la famosa sentencia de Josep Pla «el hombre que lee novelas a partir de los treinta y cinco años es un cretino» para completarla de la siguiente forma: «Por supuesto, también lo es el que las escribe y no gana dinero con ellas. Somos unos cretinos que juegan a las adivinanzas, básicamente.» Por tanto la novela tiene componentes de la literatura del yo y de la metaficción, porque se hacen continuas referencias al propio acto de escribir. De hecho, en más de un caso se juega con las enseñanzas propias de un taller de escritura, del que Biza, ha sido profesor. Así el texto se corrige a veces a sí mismo, cuando Biza se da cuenta de que está utilizando o abusando de recursos literarios inapropiados para contar su experiencia, recursos que no le permitiría usar a sus alumnos. Por ejemplo, en la página 51 leemos: «No había paracaídas ni flotadores capaces de salvarnos. Y, claro, como suele decirse, de perdidos al río. Si esto lo escribiera uno de mis alumnos, lo tacharía sin contemplaciones. Nada de frases hechas, ¿lo entienden?» Este recurso tiene un efecto cómico en la novela, pero también marca un trasfondo de intrascendencia hacia el hecho literario. ¿A quién le importa, en realidad, el uso de «frases hechas» en una novela sin lectores?

 

Taller de escritura está planteada además como si fuera un ejercicio propuesto en un taller de escritura; en el propio taller de escritura que se describe en la novela, de hecho. Santiago Biza ha empezado a recibir en su móvil mensajes amenazantes, a los que al principio no da importancia, pero que le empiezan a inquietar cada vez más, sobre todo a partir del momento en el que uno de ellos aparece escrito sobre la puerta de su propia casa. Sabe que la persona que los envía tiene que encontrarse entre las personas que acuden a su taller, porque se refieren a él con el apelativo de «profesor», y encuentra a cinco sospechosos, personas del taller, o su entorno, con los que ha tenido algún enfrentamiento o problema, o que se ha revelado que tenía una cuenta pendiente del pasado, y, en cierta medida, Biza tratará de hacer de detective para averiguar quién es la persona que ha empezado a quitarle el sueño. De este modo, Taller de escritura se convierte también en una narración policial que sigue el modelo clásico de la «habitación cerrada»: una víctima (el narrador y detective) y cinco sospechosos. «Era como estar dentro de una novela de Conan Doyle o Agatha Christie.», escribe Biza en la página 145.

 

Además, el narrador, desde el punto indefinido del futuro desde el que cuenta la historia, juega (desde el primer párrafo del libro) a adelantar información al lector sobre sucesos que va a contar más tarde; usando de nuevo un recurso propio de la generación de intriga en la novela.

La influencia de Roberto Bolaño, con su gusto por los cuentos dentro de la novela, también está presente en Taller de escritura, ya que Biza nos irá contando las narraciones que escribe Lourdes García, la alumna con más talento de su taller. Suelen ser narraciones duras y desconcertantes, que actúan generando un foco de oscuridad y misterio en el libro.

 

Taller de escritura es otro atractivo, y divertido, paso más en la carrera literaria de Javier Cánaves, que cada vez se está volviendo más original.

domingo, 20 de octubre de 2019

Mi Berghof particular, por Javier Cánaves


Mi Berghof particular, de Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 268 páginas. 1ª edición de 2019.

Soy amigo de Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) desde hace años. Empecé leyendo su poesía –aún recuerdo cuánto me gustó Al fin has conseguido que odie el blues– y más tarde le conocí en persona. Además de su carrera como poeta, Cánaves ha iniciado una nueva trayectoria en prosa. He leído sus tres novelas anteriores publicadas en Baile del Sol, La historia que no pude o no supe escribir, Los artistas y Piscinas iluminadas, que el autor llama su Trilogía de la huida. También he leído alguna que otra novela suya que aún no se ha publicado. Hace unos meses, Cánaves vino por temas laborales a Madrid, quedamos a cenar y me pasó su última novela publicada en Baile del Sol, Mi Berghof particular.

En principio la escritura de Mi Berghof particular está planteada como si se tratase de un diario que pasa por varias etapas. La primera de ellas sería la llamada Un hombre cojo y está escrita en 2011. Algunas de las páginas de esta sección las había leído ya en Tu cita de los martes, el blog de Javier Cánaves. También recordaba alguna de las fotos que acompañan el texto y que fueron publicadas originalmente en el blog. Cánaves sufrió un accidente jugando al fútbol y se rompió el tendón de Aquiles, fue escayolado y estuvo unas semanas viviendo en casa de sus padres. Entonces se propuso escribir un diario que debía terminar en el momento que finalizase su periodo de rehabilitación. En este diario que, en principio, habla de sus lecturas y del proceso de recuperación de su tendón, pronto se da pie a muchos más asuntos.
«Me he propuesto escribir cada día un mínimo de una hora. Se trata de hacer crecer este diario con todo lo que se me vaya ocurriendo. Me he convencido de que me hará bien, de que, de algún modo, me servirá de algo. Por un lado, se trata de ahondar en mí, de analizar ciertos aspectos de mi vida para llegar a verbalizar cuál es el auténtico problema. A estas alturas, me he convencido de que tengo un serio problema de carácter», leemos en la página 24. El planteamiento que se hace Cánaves para escribir su diario es muy similar al que se hace Mario Levrero cuando da comienzo, en La novela luminosa, a El diario de la beca; un diario que empieza a escribir para, mediante la imposición del hábito de la escritura, llegar a estar en disposición de enfrentarse a la corrección de una novela que escribió unas décadas antes. De hecho, Cánaves empieza a leer La novela luminosa en su libro y lo acaba dejando porque los paralelismos que encuentra entre la obra de Levrero y la suya le resultan demasiado inquietantes y, en cierto modo, anuladores de su libro.

Según empecé a leer su novela, la propuesta de Cánaves me pareció bastante innovadora: escribo una novela, cuya primera parte ya apareció en público en internet, y puedo comentar las reacciones de los lectores a través de los comentarios dejados en el propio blog o a través de Facebook.
Además de hablar de sí mismo y de su propia escritura (el libro es profundamente metanarrativo), Cánaves informa al lector de que va a empezar a hacer ficción, y para ello crea a unos personajes: por un lado está la relación que el viejo Pedro Capllonch establece con la joven prostituta Cecilia Polsen, en que aquel le cuenta su vida a cambio de dinero; y por otro están Alberto Sancevá, su pareja Nuria Tamena y su amigo Jaime Castell. Sancevá y Castell son escritores y, posiblemente un trasunto de Cánaves y su amigo Joan Payeras (poeta que hace alguna aparición en estas páginas). El propio Cánaves apunta que hace aparecer en la escena a estos personajes para tratar de temas personales que le pueden resultar espinosos y que no quiere herir ninguna susceptibilidad.
En el momento en que aparecen los personajes ficcionales comentados, los planos narrativos de la novela se multiplican, puesto que, al ser Sancevá y Castell escritores, también podremos leer sus propias creaciones literarias.

Ya he comentado otras veces que uno de los problemas de la autoficción es la incapacidad del autor para traspasar ciertos límites del pudor, sobre todo cuando se trata de aquellos que tienen que ver con reflejar lo que siente por sus seres cercanos. En este sentido, me da la impresión de que Cánaves rehúye algunos temas, como la relación que tiene con sus padres, y es prudente al hablar de su relación sentimental con las dos personas a las que denomina “la mujer de mi vida” y “la actriz”. Puede que yo no sea el lector más adecuado de este diario, puesto que he conocido en persona a estas dos mujeres y quizás esto influya en mi percepción de lo contado. En este sentido de romper con la barrera del pudor, Levrero era mucho más kamikaze en La novela luminosa. Pero Cánaves juega bien sus cartas, sobre todo cuando empieza a barajar los distintos niveles y planos ficcionales de los que he hablado.

El diario principal tiene dos interrupciones temporales y se retoma dos veces. La falta de tiempo para escribir se acabará convirtiendo en uno de los temas del libro, y quizás con esta temática se escriban algunas de las páginas más sinceras y hondas de la novela. De hecho, una de las fuerzas que le impele a continuar es la continua creación de reglas de escritura: escribir cada día una hora, escribir cada día 500 palabras, escribir porque se ha comprometido con los lectores de su blog a hacerlo, escribir porque se ha impuesto una fecha límite de escritura, escribir por mantener el puro hábito de escribir y poder seguir considerándose un escritor…

Ya he comentado que Mi Berghof particular es una novela fuertemente metanarrativa, y así, en otro plano de escritura, Cánaves le informa al lector de las modificaciones que va realizando en el propio cuerpo de su documento vivo, como por ejemplo, que suprime páginas de 2012 en una revisión de 2017.

En la década de 1990 Roberto Bolaño abrió uno de los caminos más importantes para la narrativa en castellano y, en la década siguiente, en la primera del siglo XXI, sería Mario Levrero quien abriera otro. Bolaño nos hablaba del artista aventurero, revitalizando la figura del poeta beatnik; Levrero proponía, sin embargo, el viaje interior, la interpretación de los sueños, la descripción de lo mínimo y de todo lo que ocurre en la mente del escritor, aunque éste no salga de casa (especialmente si éste no sale de su casa). En principio, Cánaves elige para su novela el camino de Levrero, puesto que escribe desde la incapacidad casi de moverse, paralizado en la casa de sus padres con una pierna escayolada. Berghof es el sanatorio en las montañas al que acudía Hans Castorp, el protagonista de La montaña mágica de Thomas Mann, para curar su tuberculosis. Sin embargo, aunque la apuesta principal de Cánaves era por Levrero, tampoco desdeña la herencia de Bolaño, puesto que una de las historias que escriben (o viven) sus personajes de ficción es un cuento con un aire muy bolañesco, que transcurre en Cedar City y tiene como protagonistas a dos poetas homosexuales, uno académico y el otro salvaje.
Además, en alguno de los comienzos narrativos a los que se entregan los personajes creados por Cánaves también se puede sentir el peso de la obra de Paul Auster, sobre todo cuando se juega con la idea de la casualidad, el destino y las obsesiones. Me parece un recurso logrado cuando Cánaves comienza una narración y un personaje le muestra a su pareja (otro plano ficcional) lo que está escribiendo y cómo esto influye en la narración primigenia, que será una novela que el lector no terminará de leer, o que tal vez lo haga gracias a un resumen de uno de los personajes o del propio Cánaves.

En definitiva, considero que Mi Berghof particular, gracias a los distintos planos y niveles en los que se mueve su escritura y a su moderno uso de las redes sociales para modificar el discurso de la propia escritura, es hasta ahora la obra en prosa más conseguida de su autor. Una obra que, como las del último Levrero, parece empezar con escasos niveles de ambición artística, para ir abriéndose a caminos insospechados y renovadores.

domingo, 26 de enero de 2014

Momentos estelares, por Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 71 páginas. 1ª edición de 2013.

De Javier Cánaves (Palma de Mallorca, 1973) ya he comentado en el blog cuatro libros: sus tres novelas editadas por Baile del Sol y su poemario Limpieza y absorción (2011), editado por Delirio. Ya he contado también aquí que Javier y yo somos amigos, y que antes de conocerle había leído sus poemarios Al fin has conseguido que odie el blues (Premio Hiperión, 2003) y El peso de los puentes (Premio Ciudad de Palma Rubén Darío, 2005). En diciembre de 2013 Baile del Sol ha editado su último poemario, Momentos estelares, y Javier Cánaves tuvo la gentileza de hacérmelo llegar a casa por correo ordinario.

El propio Cánaves nos cuenta en su prólogo que con este nuevo libro se rompe el orden cronológico en el que hasta ahora se han ido publicando sus poemas. Aquí se incluyen composiciones que están escritas antes de la publicación en 2011 de Limpieza y absorción. Momentos estelares está formado por cuarenta poemas escritos entre 2008 y 2013. Cánaves, en correos electrónicos, me comentaba que le preocupaba que los poemas de este libro no terminaran de cuajar como una unidad con entidad propia. Pero, como le dije a él en privado y hago ahora en público: en realidad no hay ninguna sensación de discontinuidad en el libro, y ciertamente la variedad de enfoques y temas le da fuerza y consistencia.
De hecho, y lo digo desde ya, Momentos estelares me parece, junto con Al fin has conseguido que odie el blues, el mejor poemario de Javier Cánaves hasta la fecha. Y posiblemente, el tono de desencanto de Momentos estelares, su suave ironía y la nostalgia por la juventud hacen de él una obra de gran madurez.

El tema principal de Momentos estelares sería el de la juventud que nos dejó y la asimilación de la vida adulta con sentido de pérdida, pero también tras haber conquistado la lucidez de una mirada más sabia sobre el mundo.
El poema Sed puede ser un buen ejemplo para mostrar el tono del poemario:

Sed


La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos y qué triste es todo
ahora. No me dejes esta noche
beber más. Todo brilla y todo duele
en un temblor descontrolado. Bebo
y no debiera. ¿Qué se hizo, dime,
de tanto amor y tanta sed? Aquella
sed era diferente, era sagrada,
sed de gigantes en la cuerda floja,
sed de Clyde Chestnut y de Bonnie Parker,
sed de un fulgor violento, irrepetible
como mi cuerpo de los dieciocho
años, como tu risa que ya nunca
escucho. Todo brilla y todo duele.
En esta noche inmensa, no me dejes
beber más. No me dejes. Tengo miedo.
Mi sed es diferente, es más oscura.
La vida y sus momentos estelares.
Qué grandes fuimos, Dios, qué grandes fuimos.


El poeta vuelve continuamente la mirada hacia el pasado, mientras se adentra con incertidumbre en las sombras del futuro. Me gustaría destacar también el poema Sobre las primeras veces:

Sobre las primeras veces


Como la primera vez que viste a una mujer desnuda,
de carne y hueso, a tan solo un descuido
de tus dedos temblorosos;

como la primera vez que pisaste la nieve acumulada
y el campo y las montañas y tu vida entera
parecían la misma cosa
pura e inviolable;

como la primavera vez que leíste aquel poema
de Charles Bukowski, GERTRUDE ESCALERAS ARRIBA, 1943,
y supiste que todo momento mágico, irrepetible,
guarda en su reverso una imagen de la decrepitud
y la derrota;

como la primera vez que escuchaste aquel tema
de Damien Rice mientras una Natalie Portman de pelo rojo
avanzaba entre la multitud a tu encuentro
y fuiste consciente de que, pese a su belleza,
lo hubieses dado todo por escribir aquella canción
antes que por dormir a su lado.

¿Cuántas veces nos quedan
como aquellas primeras veces?


Y, como es habitual en la obra de Cánaves, el poeta habla del amor y de la belleza, mezclando el tono celebrativo con la inminencia de la pérdida, de la grandeza que sabemos que sólo va a perdurar en nuestro recuerdo. Me gustaría incluir ahora el poema que más me ha gustado del libro, posiblemente uno de los poemas que más me han gustado en los últimos años:

El trueque


La verdad siempre tuvo un aire triste,
sobre todo después de limpiarse la cara.
Prefiero mirar por la ventana o centrar mi atención
en la curva perfecta de tu culo.
Dios bendiga los gimnasios de barrio, la fe en la perdurabilidad,
los domingos a partir de las ocho, después del Apocalipsis
y antes del telediario.

Quiero desmenuzar tu existencia
bajo la vigilancia imparcial del aire acondicionado. Quiero pensar
que recordaremos este momento con una precisión maniática
y no me refiero a tus palabras, sino a los detalles,
los detalles que después nos apuñalarán con su dulzura:
los libros apilados en la mesita de noche,
la lata de Kas Limón a medio beber, la persiana entreabierta
a una calle con muchos números para convertirse, al fin,
en la calle más triste y asesina del mundo,
una calle en la que zambullirse en pelotas,
con una copa de vino tinto en la mano,
después de haber brindado por todas las cosas rotas
que fuimos apilando a lo largo de nuestras vidas.
Pero esto es un primero y carecemos de vino,
debemos conformarnos con el Kas Limón
de los figurantes anónimos.

Te veo caminar desnuda por el pasillo.
Morirás siendo esclava, ciega y sin dientes, sola,
lejos de todo lo que un día amaste,
pero ahora mismo (y lo sabes ) eres una diosa,
la más grande entre todas las diosas que los hombres inventaron.
Tus pechos son lágrimas de cera viva.
Deja que queme mis labios en ellos, deja que me olvide de todo
por unos minutos, no, no prepares todavía la ensalada,
no me preguntes si estoy bien porque nunca he estado mejor,
necesito contártelo todo pero no puedo hablar,
sólo puedo abrir la boca para lamer tus pezones,
el vello de tu ombligo, para darte las gracias
con esta especie de quejido tonto,
como un perro salvado de la lluvia,
como un reo indultado en el último instante.

Ya te dije, cosas de poetas.
A veces se nos va la cabeza y andamos días, meses enteros,
sin nada sobre los hombros.
Decapitados que le aúllan a la luna,
a los letreros luminosos de las ciudades,
al culo de la primera que se arriesga a acogerlos en su cama
y les da de comer y de beber,
y les baila desnuda hasta que caen dormidos
o se tiran por la ventana.

La verdad es terrible, ¿lo sabías?
Al final la verdad es un juguete roto en manos de los pobres,
es esta música sonando en tu portátil mientras troceas el tomate
y mis ganas de arrancarme el corazón y entregártelo
sin condiciones ni plazos
y qué triste es la vida,
qué grande, ¿no la sientes?, ¿no escuchas sus pisadas,
el desplazamiento de tropas bajo la cama deshecha?
Mientras le añades pipas a la ensalada, y pasas, y cuadraditos de pavo
y no sé cuántas cosas más, yo me agacho y vigilo,
escruto el sideral abismo hecho de ausencias, sandalias
y cajas de cartón.

Todas las cosas rotas de mi vida, las que me empeciné en romper
y las que me llegaron así, ya rotas, sin posibilidad de ser devueltas.
Objetos hechos trizas, frases partidas y olvidadas en la guantera del coche
o en el cajón de los cubiertos.
El material de que está hecha mi ternura, la poca que logré salvar,
la que te entrego a cambio de tu cuerpo y tu alma
y unas hojas de lechuga
y un tomate.

El trueque me parece justo.
No debes preocuparte. Nadie
sabrá que nos vendimos por tan poco.



Y no me resisto a mostrar aquí el poema que Javier Cánaves me dedica de Momentos estelares, lo que me hace sentir un gran orgullo. Según me comenta Javier, me dedica el poema Hambre porque se acercó a este libro de Knut Hamsun tras leer sobre él en mi novela Acantilados de Howth.


Hambre


Para David Pérez Vega


Me pasé el día leyendo Hambre, de Knut Hamsun.
El sol quemaba mis hombros y yo leía y veía a Hamsun
abrazado al cabronazo de Joseph Goebbels.
Aquella novelita me tenía hipnotizado.
Le di gracias al cielo por no haberla leído
con 18 años. De haberlo hecho,
probablemente me hallaría bajo tierra,
muerto por inanición artística,
como un aspirante a maldito
sin otro mérito que su propia defunción.

Mientras leía y dejaba que el sol
hiciera su trabajo, el hambre crecía en mi interior
como una víbora borracha.
Hambre, sí, pero hambre de qué.

Terminado el libro, lo cerré y me zambullí
en la piscina. Nadé con la esperanza de ser sólo
tormento muscular. El verano crepitaba.
Mi actividad acuática no hacía más que aumentar
el hambre que sentía,
que me devoraba por dentro como un ácido.

Ya en casa, recordé
que la gran novela del hambre
había sido escrita por un españolito anónimo
del siglo dieciséis. Pues sepa vuestra merced,
ante todas cosas, que a mí me llaman Lázaro de Tormes.
Pensé en un rostro áspero, con los dientes partidos,
repleto de cicatrices,
en Joseph Goebbels quemando la vieja Europa,
en todo lo que había hecho falta
para el surgir de la Literatura.

Tuve un instante de terror,
un segundo de vértigo inmedible.

Tenía que tranquilizarme,
el verano no había hecho más que empezar.
Quedaban muchos meses por delante
para intentar recomponer
la ciudad posnuclear
que era mi vida.

Pero el hambre, joder, no remitía.
La víbora mordía en lo más hondo.



Así que, como ya he señalado al comienzo de la entrada, Momentos estelares me ha parecido un poemario de una gran madurez y hondura, que me ha hecho disfrutar mucho, que entroncaría de forma directa con la poesía que siempre ha sido mi favorita: la poesía narrativa que pretende encontrar el lirismo en la experiencia cotidiana, como ya hicieron antes que Cánaves poetas como Jaime Gil de Biedma o Juan Luis Panero, y a cuya tradición Javier Cánaves se suma con voz propia.

domingo, 8 de septiembre de 2013

Piscinas iluminadas, por Javier Cánaves

Editorial Baile del Sol. 149 páginas. 1ª edición de 2013.

Ya he comentado en el blog que Javier Cánaves (Palma, 1973) y yo somos amigos, y además compartimos editorial. Hace no mucho él leyó mi poemario El bar de Lee y escribió una introducción similar a ésta para preceder a sus reflexiones sobre mi libro (ver AQUÍ). Ya he comentado en el blog un poemario y las dos novelas anteriores de Cánaves, publicadas también en Baile del Sol.

En la entrada correspondiente a su segunda novela, Los artistas, finalicé apuntando que sabía que Cánaves tenía una tercera novela, pendiente de publicación en Baile del Sol, que se relacionaba con las dos anteriores –La historia que no pude o no supe escribir y Los artistas–, y que todas ellas forman una especie de trilogía sentimental.

Piscinas iluminadas cerraría en principio una etapa creativa de Javier Cánaves y es posiblemente su mejor y más desolada novela hasta la fecha.

En Piscinas iluminadas, como en los dos libros anteriores, Carlos, el protagonista, sería también un trasunto del propio autor: “En mi caso concreto, necesito de los elementos autobiográficos para crear un marco referencial, para no andar perdido. Esto, de algún modo, es una confesión de mis limitaciones como aspirante a escritor (y son tantas)”, apunta el narrador en la página 118 del libro. “No se trata de un libro escrito contra nada ni contra nadie si exceptuamos al propio autor, es decir, yo” (pág. 109).
Como ya comenté, La historia que no pude o no supe escribir versa sobre el fin de la juventud y la constatación de la pérdida de brillo de las relaciones adultas, y Los artistas analiza la sensación de fracaso de un treintañero que tuvo en su juventud sueños artísticos, y que, aunque ha publicado algunos libros y ganado algunos premios, no se encuentra en el lugar que piensa que le debería corresponder.
El tema central de Piscinas iluminadas sería el de la derrota total. Carlos, un hombre que se encuentra en la treintena –aunque posiblemente ya más cerca de los cuarenta que de los treinta– pasa en sus páginas un extenuante verano mallorquín con la aparente tarea de dejarse llevar por la autodestrucción, convencido de que “nada sirve para nada”.
De nuevo la ciudad es Palma de Mallorca, y el protagonista tiene una edad muy similar a la del autor al escribir este libro. Cuando las obligaciones laborales o maritales no se lo impiden, el narrador se encierra en su casa, en el “cuarto del ordenador”, para llevar a cabo lo que denomina “su tarea autojustificativa”, que no es otra que la de escribir historias que tienen que ver en mayor o menor grado con su vida, un tema que entroncaría con la sensación de fracaso de Los artistas. Aunque aquí se lleva la sensación de fracaso un poco más allá, ya que no se sueña con ninguna gloria ni posteridad, si no tal solo con abandonarse del mundo, ya que “nada sirve para nada”.
El título, Piscinas iluminadas, actúa como símbolo: desde la terraza de su casa, más de una noche, Carlos observa la piscina iluminada de su urbanización: “Hay algo hipnótico en las piscinas iluminadas” (se repite la frase varias veces en la novela); desde esa terraza que en el pasado fue símbolo de la unión con su mujer, Luisa, de la que ahora, en el tiempo de la novela, se siente cada vez más distante. Desde el símbolo del que fue su ideal de felicidad (la terraza), Carlos contempla ahora el espejo profundo, hondo, de la piscina, que parece simbolizar el abismo o la derrota, o simplemente la desgana.

Si apunté que en Los artistas Cánaves consigue crear una atmósfera de derrota, opresiva y densa, que emularía la de las obras de Juan Carlos Onetti –autor al que admira–, en Piscinas iluminadas he creído detectar otras influencias. La novela me ha parecido profundamente nihilista, y el homenaje a El extranjero de Albert Camus me parece claro. Durante las escasas semanas en las que transcurre el tiempo de la novela, se insiste en la idea del calor, del verano asfixiante de Palma: “El calor y la elegancia no son compatibles”, apunta el narrador; además la frase “Es el calor” la pronuncia varias veces para justificar su comportamiento errático, igual que Meursault –el extranjero– acabó disparando a alguien en la playa porque hacía calor.
Otra de las influencias sería Michel Houellebecq, heredero también del existencialismo y del nihilismo francés; ya que en Piscinas iluminadas, como una diferencia respecto a sus novelas anteriores, Cánaves insiste en la idea del sexo por el sexo, usando un lenguaje para describirlo más vulgar que el de sus pasadas novelas. Un sexo desprejuiciado que, en todo caso, tampoco consigue aliviar la sensación de perdición del hombre.
Y también me ha parecido percatarme de la influencia de Thomas Bernhard, ya que en Piscinas iluminadas hay frases o párrafos que van repitiéndose a lo largo de sus páginas como en las construcciones musicales de Bernhard.

Carlos conduce por la isla de Mallorca, sin encender el aire acondicionado del coche a pesar del calor asfixiante, toma cafés en terrazas mientras subraya los libros que lee, acude a una oficina a trabajar, donde piensa que a pesar de los años que dedicó a estudiar realiza tareas irrelevantes que cualquiera podría llevar a cabo, bebe solo, no se comunica con su mujer, se masturba, contempla por la noche la piscina iluminada de su urbanización desde la terraza… Y también se encierra en el “cuarto del ordenador” para llevar a cabo su “tarea autojustificativa”.
Respecto a este último punto se usa un tema de construcción narrativa que me ha parecido ingenioso: el narrador nos dice de vez en cuando que se halla en la ciudad de Lanka, en un quinto piso sin ascensor, donde se encuentra con Sophie, una atractiva mulata que responde a todos sus requerimientos sexuales. El lector acabará deduciendo que ese quinto piso sin ascensor se corresponde con el cuarto de escribir de Carlos, y que Lanka y Sophie simbolizan su fantasía de evasión, o en términos freudianos simbolizan el “ello” (donde los deseos sexuales y de evasión se cumplen).

Ya he apuntado al principio de la entrada que Piscinas iluminadas me ha parecido la mejor de las tres novelas de Cánaves, su obra narrativa más madura y desolada. Le puedo achacar un problema, que sería el mismo que detecté en Los artistas, y que el mismo Cánaves apunta como limitación de su escritura en la cita de la página 118 del libro que he recogido antes: su prosa se parece demasiado a su poesía, y en cierto modo el párrafo narrativo está concebido como un poema en el que el autor se explica a sí mismo la realidad. Es decir, el autor, antes que dejar fluir la narración, opina sobre todos los temas de los que habla, y en este sentido la novela es muy discursiva. Es muy frecuente encontrarse con párrafos como éste:
“La vida se alimenta de la violencia nacida de la contradicción. Entre lo que somos y querríamos ser, entre lo que tenemos y querríamos tener, entre lo que soñamos y la realidad que nos rodea. Una disputa silenciosa e invisible que recorre cada centímetro de la ciudad, cada poro de nuestra piel. Hay un pálpito extranjero en cada imagen o gesto, un amago de abismo, una segunda intención desconocida. Basta escarbar un poco, fijar la mirada en un punto cualquiera, rozar con disimulo la mano de un viandante que pasa por nuestro lado. Todo podría estallar, en cualquier momento. Esto es la belleza, la violencia agazapada, el grito amputado, este disfraz de normalidad siempre a un paso de disolverse. Apuro mi copa. Observo cómo las polillas se disputan la luz de la farola, el ritual de los enamorados en la noche, la silueta elástica de un gato en la acera. Luisa ya se habrá acostado. Puedo verla al otro lado de la cama, al otro extremo del hilo. Necesito sexo sucio, amnesia, que algo estalle. Pago mis consumiciones. Camino solo por una ciudad en estado de sitio. Mi sombra se estira como una mentira dicha sin pestañear” (pág. 57).

El párrafo anterior podría ser un poema, está bellamente escrito y en él el autor opina sobre la vida y el mundo; y éste podría ser un ejemplo claro de cómo escribe el Cánaves novelista, que se acaba pareciendo mucho al Cánaves poeta. Opinar sobre todo lo narrado tiene un riesgo al construir una novela: el ritmo se ralentiza y no se permite al lector hacerse una idea propia sobre los hechos narrados, porque estos son continuamente explicados. Esto es interesante siempre que la visión del narrador sea muy original y se tendría que ver entonces la novela como una narración híbrida entre la novela, el diario y el ensayo (aunque como opinión personal diría que es un recurso del que no conviene abusar en una novela, donde la narración debería fluir más oxigenada); pero esto mismo (la mirada original) es muy difícil conseguirlo siempre, y así se corre el riesgo de caer en el lugar común, como ocurre en alguna ocasión en Piscinas iluminadas, y hacer que la trama avance poco en hechos narrados.


En todo caso, reitero que Piscinas iluminadas en la mejor de las tres novelas publicadas por mi amigo Javier Cánaves y que ha conseguido, gracias a muchas de sus páginas, transmitirme la angustia vital del protagonista al enfrentarme a mis miedos como hombre de mediana edad, que también se encierra en el “cuarto del ordenador” para llevar a cabo una “tarea autojustificativa”.

domingo, 20 de mayo de 2012

Los artistas, por Javier Cánaves


Editorial Baile del Sol. 97 páginas. 1ª edición de 2011.

Hace ya un año y medio hablé de la primera novela de Javier Cánaves (Palma, 1973), titulada La historia que no pude o no supe escribir (Baile del Sol, 2009) (pinchar AQUÍ). También he comentado en el blog que, tiempo antes, después de haber leído sus libros de poemas Por fin has conseguido que odie el blues (Premio Hiperión, 2003) y El peso de los puentes (Premio ciudad de Palma, 2005), gracias a internet, le he conocido en persona, y mantenemos una amistad en la distancia que consigue hacerse presencial un par de veces al año. Así que, además de que compartimos editorial –Baile del Sol–, el autor de esta novela es un amigo.
Fui a buscar Los artistas a la Casa del Libro de Goya, y aunque me dijeron que la habían tenido no estaba en ese momento y la tuve que encargar. A la semana pude recogerlo.

Cuando leí La historia que no pude o no supe escribir, dije sobre ella: “Esta será una historia de juventud, o del fin de la juventud”. En esa primera novela publicada de Cánaves, el personaje va a cumplir los 34 años y decide evocar, en una sola noche, sentando frente a una pantalla de ordenador, el recuerdo de un amor que marcó el fin de su juventud.
En Los artistas el recuerdo de la juventud también corroe al personaje principal, Julio Cantallops: “Los sueños de una juventud que se resiste a abandonarte siempre acaban enturbiando, modificando, posponiendo los planes de futuro, nunca realistas, asequibles, siempre entreabierta una puerta a lo imposible o quizás sólo improbable” (pág. 11, y primera del libro); pero, aunque el tono es parecido al de su anterior novela, Los artistas analiza otra faceta del fin de la juventud, ya que, además de asumir la falta de intensidad de las relaciones amorosas adultas, se incide sobre la derrota que supone no haber alcanzado los sueños artísticos que parecían abrirse ante nosotros (en caso de tener sueños artísticos) a los 20 años: “En realidad no estás donde quieres estar, no ocupas la posición que crees que te mereces, aunque hay veces (es cierto) que disfrutas de un modo enfermizo de la autoflagelación” (pág. 17).

Javier Cánaves, aunque ha cambiado el nombre de su personaje, de Javier Cánaves a Julio Cantallops (se mantienen sin embargo las iniciales, JC), juega en Los artistas a la autoficción: el personaje tiene la misma edad que el autor cuando escribe la novela, ganó varios premios de poesía en el pasado (un pasado que empieza a sentir como lejano), publica artículos en un periódico local, tiene un trabajo fijo que poco tiene que ver con la literatura, y vive en una ciudad que es fácil identificar con Palma (es recurrente la imagen de la catedral en el paseo marítimo); y si uno es seguidor de su blog (Tu cita de los martes) no es difícil encontrar similitudes entre el estilo de las entradas publicadas ahí y el de su novela.
Pero Javier Cánaves, aunque se sirve de Julio Cantallops para exorcizar algunas de sus obsesiones, no es su personaje, o no es exactamente su personaje (al menos en la medida en que yo puedo conocerle).

La temática de Los artistas (la derrota del sueño de ser reconocido como escritor) me ha parecido tratada con una intensidad más madura que la de La historia que no supe no pude escribir, donde se hablaba principalmente del fin del sueño del amor juvenil. La prosa de esta segunda novela evoca –de una forma más precisa– el estilo poético, opresivo, detenido y denso de las obras de Juan Carlos Onetti, al que Cánaves admira.

Además, los recursos narrativos son aquí más ricos:
Se emplea una segunda persona que interpela continuamente al personaje, y que podría ser interpretada como una conversación del autor consigo mismo, además de invocar continuamente al lector. Una segunda persona que había visto usada hasta ahora sólo en dos novelas de Carlos Fuentes (Aura e Instinto de Inez) y en A bordo del naufragio de Alberto Olmos.
También podemos aproximarnos en Los artistas a la figura del personaje retratado, Julio Cantallops, a través de páginas de su diario, de sus artículos publicados en el periódico local, o incluso a través de sus poemas.
Además existe un curioso juego de voces narrativas: los capítulos múltiplos de 3 están narrados en primera persona por el personaje de Samantha Roten, una de las mujeres que Cantallops va a conocer en una de sus noches de bebedor solitario, que en un futuro –lejano al tiempo principal de la novela– contestará a las preguntas que un periodista le plantea sobre Cantallops. Un periodista que puede ser real o una ficción creada por la imaginación de Cantallops (un periodista que puede ser el mismo Cantallops investigando sobre su muerte o desaparición), en un juego ficcional que recuerda al de las novelas de Paul Auster.

El mayor logro de Los artistas es la recreación de una atmósfera, como ya apunté, densa y opresiva, de pura derrota onettiana; que en algún momento me ha hecho pensar también en algunos de los versos de Juan Luis Panero, al que tanto Cánaves como yo consideramos un referente: “Restos de una juventud que no termina de abandonarme. Este romanticismo grotesco, este creer en la belleza, en la necesidad de unos gestos triviales y ridículos” (pág. 65). Para crear esta atmósfera, Cánaves tiene sobradas dotes de poeta.

Y como debilidades voy a señalar dos:
Samantha Roten, una bebedora solitaria que Cantallops conoce en un bar, me parece que tiene un discurso demasiado artificioso para el personaje que representa. Por ejemplo, le dice a Cantallops (en la barra del bar): “Yo también he visto la vida desde una perspectiva muy distinta, llámalo juventud, ingenuidad, oportunidad perdida, etcétera, en fin, esa vieja historia, pero eso, claro, no me convierte en artista, para nada, hay que tener el don, hay que saber transformar el asco en belleza, en una de sus múltiples formas. Si no haces eso, no eres más que un pobre desgraciado con una historia triste que contar en la barra de un bar, una historia idéntica a la de millones de personas que buscan el refugio de la noche para huir de lo que ha sido y es su vida”.

Si bien la primera mitad de Los artistas me ha parecido potente, con una prosa muy intensa y labrada, he sentido, hacia el final del libro, que la capacidad poética del autor podía llegar a ahogar su vocación narrativa. Todas las escenas de este libro están contadas a través de la lúcida visión de la derrota vital; y yo avanzaba por las páginas como si estuviera leyendo poemas de Cánaves (los cuales admiro desde hace años); pero, quizás, sentía que se quedaba en un segundo plano la evolución de la historia en el tiempo, como si los encuentros de Cantallops con otros personajes, o las escenas descritas, no tuvieran capacidad para ejercer ningún cambio en la evolución de la trama, salvo en las últimas páginas, precipitando un final un tanto inverosímil (aunque muy onettiano, por otra parte).

Sé que Cánaves tiene otra novela terminada pendiente de publicación. Y sé que esta otra novela –que junto a las dos anteriores forma una especie de trilogía sentimental– tiene un número de páginas mayor que las dos que ya he leído.
Espero con interés descubrir cuál es la evolución del Cánaves narrador.