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miércoles, 27 de enero de 2016

Entrevista a Carlos Catania, autor de Las Varonesas

A finales de los años 90, Roberto Bolaño escribió un artículo, recogido en Entre paréntesis, en el que habló de Las Varonesas de Carlos Catania (Santa Fe, Argentina, 1931). Allí decía: “... El narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marchó a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo” Bolaño, en una época en la que no debía estar aún generalizado el uso de internet confunde el nombre del autor; pero este comentario sirvió para que el periodista y crítico literario argentino Guillermo Belcore se interesara por el libro, lo buscara en el circuito de librerías de segunda mano y tras leerlo escribiera un artículo para el diario La prensa titulado Las varonesas, la joya perdida. En él escribe cosas sobre la novela como estas: “¿Cómo funcionan en la Argentina los mecanismos de consagración literaria? ¿Por qué tantas obras excelentes se hundieron en el olvido? ¿Por qué la crítica periodística y académica festeja fruslerías brevísimas, piezas de época intrascendentes, como si de un Borges se tratase? ¿Son hoy el amiguismo, el esnobismo y las teorías descabelladas provenientes de Francia los únicos parámetros de legitimación? Las preguntas brotan naturalmente desde la lectura maravillada de Las Varonesas.” (Ver el artículo completo AQUÍ).

Primera edición en Seix Barral (1978)


Las Varonesas se editó en Barcelona en 1978 y en su momento recibió buenas críticas en España e Hispanoamérica. Sin embargo, la novela no se pudo distribuir en Argentina porque el país estaba inmerso en la dictadura de Videla y los temas tratados por Catania en este libro –principalmente el incesto y las guerrillas hispanoamericanas- no pasaron la censura militar. Catania, como nos contaba Bolaño, emigró (o se exilió) a Costa Rica, y ahora reside de nuevo, en su Santa Fe natal. Desarrolló gran parte de su carrera artística (ha escrito dos novelas más, tres libros de cuentos, una veintena de obras de teatro, y ha sido director de cine) en Costa Rica.

Gracias al empeño de Guillermo Belcore Las Varonesas se ha reeditado en Argentina en 2015, en la editorial Las Cuarenta, dirigida por Néstor González, en una colección de rescates literarios que lleva Matías Raia.

Primera edición en Argentina, Las Cuarenta (2015)


Estas son algunas de las críticas que ha recibido Las Varonesas:
“…autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas…”  (Roberto Bolaño, Entre paréntesis, pág. 54)
“…joya excepcional de la literatura argentina” (G. Belcore, Suplemento de Cultura del diario La Prensa. 3 de marzo de 2013)
“Un enfrentamiento brutal con la existencia” (El Sol, México)
“Catania ha logrado inscribir, de golpe, su nombre en la nómina de los renovadores de la novela” (Manuel Cerezales, ABC, Madrid)
“…inaugura a su autor entre los verdaderos creadores” (Aníbal C. Barrios, “Letras”, España)
“una novela-testimonio impresionante” (Ernesto Salanova Matas, España)
“…hay que apuntar la excelente calidad narrativa de Carlos Catania, por su técnica, su manejo del lenguaje y la inagotable profundidad de su obra” (Raúl Miraldi, “Cuadernos Hispanoamericanos”, Madrid)
Las Varonesas podría ser perfectamente ese canto extraviado de las sirenas antiguas” (César Antonio Molina, “El viejo topo”, Barcelona)
“Catania es la aparición más original y fulgurante de los últimos años” (Daniel Divinsky, “Revista de cooperación americana”, Venezuela)
“Ojalá que este comentario vaya a servir para que Las Varonesas sea leída por muchos lectores sedientos de perspectivas nuevas” (Miguel Antonio Ramos, Excelsior de México)
“Un buceo despiadado en torno a la condición humana” (Alberto Baeza Flores, La Nación, Costa Rica)
Catania tiene algo que decir y posee sin duda una reserva de interés que obliga a estar a tento a sus próximos libros” (El Nacional, Venezuela)
Las Varonesas, novela-río del argentino Carlos Catania, emprende una marcha soberbia y nos arrastra en su flujo apasionado y apasionante” (J.E.M., Zona Franca, Venezuela)

Me habló de este libro el lector santafecino del blog Ignacio Luccisano y yo compré su primera edición en Seix Barral de 1978, a través de Iberlibro. Escribí una entrada sobre él (ver AQUÍ), y en ella especulaba sobre la posibilidad de que Catania y Saer (ambos de Santa Fe) hubieran sido amigos. Días después entró el propio autor, Carlos Catania, para confirmarme que sí, que él y el “Turco” Saer había sido buenos amigos. Ignacio Luccisano le había hablado a Carlos Catania (sus familias se conocen) de mi reseña y así pude contactar con él. Carlos Catania accedió a que le hiciera una entrevista para el blog y además ha escaneado algunas fotografías personales para poder enviármelas. Me siento muy honrado por poder publicar la entrevista en Desde la ciudad sin cines. Creo que este es uno de los mejores momentos que he vivido con el blog.

Esperemos que Las Varonesas pueda volver a publicarse en España y cobre la importancia que una novela como esta puede tener para un lector de lengua española.


ENTREVISTA A CARLOS CATANIA


Las Varonesas fue el tercer libro que escribió, pero su primera novela publicada. ¿Envió los manuscritos de las dos primeras –Crónica del último día y Fría monja de la luna– a alguna editorial, o decidió esperar hasta escribir una obra de la que se sintiese más seguro?
En efecto, Crónica del último día y Fría monja de la luna, fueron destinadas a un cajón. No resultaron lo que yo quería. Allí permanecen. Pasaron años antes de que me sintiera más seguro en el ámbito de la novela. Un día abandoné lo que estaba escribiendo (El pintadedos, publicada en 1984 por Editorial Legassa, Buenos Aires) y me entregué de lleno a Las Varonesas.


¿Qué supuso para usted que Las Varonesas se publicara en la editorial Seix Barral, en la Barcelona de 1978, posiblemente en uno de los lugares y uno de los momentos más importantes para la historia de la literatura en español durante el siglo XX?
Ser publicado por Seix Barral me infundió la confianza que nunca me habían deparado mis obras de teatro ni mis libros de cuentos. Desde luego, también me sentí honrado.

¿Fue usted uno de los autores apadrinados por Carmen Balcells?
No, nunca he tenido representante.

¿Pudo relacionarse en la época de la publicación de Las Varonesas con los autores del boom hispanoamericano? ¿Qué recuerdo guarda del fenómeno –a veces cuestionado– del boom?
Sí, principalmente con Vargas Llosa. Dirigí su obra La señorita de Tacna. El estuvo presente en una de las representaciones y compartimos una mesa redonda y dos charlas públicas.
    Antonio Di Benedetto y Manuel Puig, con quienes trabé amistad en el congreso de escritores de Islas Canarias (1979), también habían leído mi novela. Con García Márquez desayuné una mañana en Costa Rica. Prometió leerla. Ignoro si lo hizo. Julio Cortázar asistió a una función de Equus en la que yo actuaba, después de la cual tomamos unas copas, le hablé de mi novela (aún no se había publicado) y él, a su vez, me contó la historia de una muchacha encarcelada por la Junta militar, lo que inspiró mi novela Diario de Bonka (aunque más que una novela es una crónica).
    El recuerdo que guardo del boom está relacionado con la cantidad de excelentes novelas latinoamericanas que me permitió leer.

Carlos Catania junto a Mario Vargas Llosa


¿Qué recepción de crítica y público tuvo Las Varonesas? ¿Fue un libro leído en España e Hispanoamérica? ¿Se tradujo pronto a otros idiomas?
Creo que tuvo más éxito de crítica que de público. Por supuesto, fue un libro leído en España e Hispanoamérica, texto en la Universidad Autónoma de México.
No se tradujo a ningún idioma.

Si no me he informado mal, cuando se publicó Las Varonesas usted vivía en Costa Rica, ¿qué sensaciones provocó en usted que su libro fuese prohibido en su país, en la Argentina de Videla?
El hecho de que Las Varonesas no “entrara” a mi país me produjo una gran depresión. En vez de luchar, colgué los guantes.

Una vez que se recuperó la democracia en Argentina en 1983, ¿trató de interesar a algún editor argentino para que la obra pudiera ser leída en su país?
No traté de interesar a nadie, pero Legassa publicó El pintadedos y eso me levantó el ánimo. No hice nada por Las Varonesas. Los “responsables” de la nueva edición fueron Roberto Bolaño, Guillermo Belcore, Matías Raia, Néstor González y, desde luego, mi esposa Indiana.

¿Qué ha supuesto para usted ver por fin Las Varonesas editada en la Argentina de 2015, treinta y siete años después de su primera publicación?
Fue como si los fantasmas de los personajes, al cabo de 37 años, regresaran para dialogar conmigo, algunos para increparme, otros para tenderme la mano. Un reencuentro que me obliga a examinar el pasado. Volví a leerla después de tanto tiempo y debo confesar que me gustó.
   Ese delirio salvaje, propio de idiotas, que induce a quemar libros, tarde o temprano queda sepultado por las mismas cenizas que provocaron. No es que los libros resuciten. Es que nunca mueren, aun cuando se los olvide.

¿Este rescate de su primera novela publicada ha hecho que se reavive el interés por sus otras obras?
Lo ignoro.

¿Qué importancia otorga a Las Varonesas dentro de su obra?
Creo que es la novela que mejor responde a mi visión del universo humano. No soy nihilista pero escribo, fundamentalmente, porque soy un inconforme. En gran parte, no estoy de acuerdo con el mundo ni conmigo mismo, ni con los sistemas, ni con casi nada. Percibo que cierta mendacidad malévola rige los destinos de la especie. A menudo, lo que llamamos verdad, no es más que el error en que todos coinciden. Alguien sostuvo que cuando todo está agitado por igual, nada parece agitado. Mi odio esconde una gran ansia de regeneración y humanidad. Lo que quizás hoy en día se asemeje a la locura.

¿Está escribiendo alguna otra novela u obra de teatro, otro de los géneros que ha cultivado, en la actualidad?
Escribo (o reescribo) un ensayo, Testamento del Niño, pero por el momento no creo que merezca publicarse. Tengo asimismo una novela en suspenso: Principios nocturnos.

Las Varonesas es una obra compleja, que apela a un lector exigente. Una de las influencias más claras de esta novela parece ser la de las nuevas corrientes que provenían del mundo anglosajón, sobre todo de William Faulkner o de James Joyce. ¿Son realmente estas sus influencias o usted hablaría de algunas otras?
Cuando se mencionan las influencias, realmente me resulta difícil responder. Como dijo Borges, no sé si soy un buen escritor pero soy un gran lector. Me pregunto si todos los autores leídos no dejan una impronta, por insignificante que sea, en la mente del escritor. Creo que sí. Por ser tan numerosas resulta arduo identificarlas. Esas voces dispersas, contradictorias, a la postre tal vez configuren una síntesis con sus innumerables huellas. Sin embargo, un escritor que siempre he tenido presente es Robert Musil. El hombre sin atributos, puede que haya sido una influencia consciente. En cuanto al personaje de Lucía, no hay duda de la presencia de Puig.

Dentro del canon de la literatura argentina, ¿con qué obras o narradores entroncaría su novela?
No encuentro respuesta para esa pregunta.

Las Varonesas nos habla de la intimidad de una familia hermética y también de la lucha política y armada, ¿cuál de estas dos fuerzas es más importante para usted a la hora de definir a un individuo, su pura intimidad o la relación que establece con los otros a través del trabajo, la lucha o la política?
Enfrenté las dos fuerzas a fin de calibrar en qué medida los ideales y las traiciones de una y otra, se asemejan. Por eso llamo Patricia a la niña que se ahoga y Patricia a la guerrillera que en otra parte del mundo ahogan en un balde. De uno y otro lado también hay dos traidores y, desde luego, dos seres humanos cuya conducta moral dignifica la existencia.

Sé que usted fue amigo del gran escritor Juan José Saer, oriundo de Serondino y que creció en Santa Fe. Usted era seis años mayor que Saer, ¿cómo se conocieron?
Nos conocimos por participar ambos en actividades culturales en Santa Fe. Nuestra amistad abarcó parte de la adolescencia y lo mejor de nuestra juventud.

Carlos Catania junto a Juan José Saer


¿Cuál fue su relación?
Una amistad que compartía la pasión por el teatro y la literatura. Éramos salvajemente críticos, discutidores y compartimos algunas charlas públicas y lecturas de piezas teatrales. Recuerdo una vez que él leyó su obra Guillermo Tell y yo la mía, La nube en la alcantarilla, y que la posterior controversia con el público asistente fue más interesante que las dos obras juntas.
    El Turco (así lo llamábamos) solía venir a mi casa, a veces en compañía del poeta Hugo Gola. Leíamos los últimos cuentos que habíamos escrito y luego los sometíamos a crítica. Mi relato El hueco, que luego incluí en La ciudad desaparece, fue reescrito dos veces gracias a las sugerencias de Saer. Un día me invitó a comer un asado en su casa de Colastiné. Concurrí con el poeta Juan Manuel Inchauspe. Después de comer Saer nos leyó un ensayo breve que acababa de escribir acerca de Thomas Mann. Excelente. Años después lo leí en uno de sus libros.


Sé también que se intercambiaban manuscritos. ¿Qué le pareció a Saer Las Varonesas? ¿Le aconsejó sobre algún pasaje o algún cambio?
En este período Las Varonesas aún no se había publicado.

¿Cuál es la obra de Saer que más aprecia? ¿Pudo leerla en manuscrito?
Aprecio todas las obras de Saer. Me resultaría difícil destacar una. Es un escritor único, fuera de serie y su obra está destinada a perdurar en la memoria del mundo.

Saer entabló amistad con el poeta Juan L. Ortiz, al que consideró un maestro. ¿Cultivó usted también la amistad de Ortiz?
No tuve oportunidad de trabar amistad. Pero durante una charla sobre Shakespeare que impartí en el Museo Rosa Galisteo de Rodríguez, descubro a Juan L. sentado en primera fila. Mi emoción me impidió durante unos minutos concentrarme en lo que decía. ¡Que un poeta como Juan L. le concediera a un pibe el honor de escucharlo!

En 1968 Saer se trasladó desde Santa Fe a París. ¿Siguieron en contacto a pesar de la distancia?
A partir de 1968 nos vimos sólo de tanto en tanto, casi siempre en Buenos Aires. Últimamente, a raíz del estreno de la película Cicatrices, basada en su novela y en la que participé interpretando el personaje del juez, nos citamos en un bar y durante un par de horas charlamos como en los viejos tiempos. Me regaló un ejemplar de Las nubes, que acababa de editarse y como yo carecía de uno de Las Varonesas, le prometí enviársela a París.
    Se lo entregué tres años después, cuando viajó a Santa Fe para el homenaje que le rindió la Universidad Nacional del Litoral. Prometió escribirme apenas terminara su lectura.
   Ignoro si alcanzó a leerla; poco después un amigo común me visitó para anunciarme su muerte.


Usted fue también amigo de Sabato. ¿Cómo se conocieron?
Nos conocimos cuando Ernesto fue invitado por la Universidad para dar una conferencia. Yo tenía en ese entonces 25 años. Me atreví a acercarme a él para pedirle si podía darle unos cuentos todavía sin publicar. No los tenía conmigo. Alumnos y autoridades de la Universidad lo asediaban. “Llévemelos al hotel”, dijo. Así lo hice. Charlamos un rato, me invitó a almorzar, y así comenzó una amistad que duró hasta sus casi 100 años.

Carlos Catania junto a Ernesto Sabato


¿Cómo surgió la idea de elaborar con él un libro de conversaciones como es Entre la letra y la sangre?
El libro fue escrito a pedido de Belfond, editora de París, con el título de Mes fantômes. Integraba una colección en que un escritor joven entrevista a un escritor más conocido. Después se editó en Argentina y en otros países.

¿Cuál es la obra de Sabato que más le interesa?

Su novela El túnel y su ensayo Uno y el Universo.

Muchas gracias, Carlos Catania.

domingo, 10 de enero de 2016

Las Varonesas, por Carlos Catania

Editorial Seix Barral. 514 páginas. 1ª edición de 1978.

De Las varonesas me habló este último verano el lector santaferino del blog que firma como Criticón, y que en realidad se llama Ignacio Luccisano, el mismo que me envió unas fotos de Santa Fe (Argentina) para poner imágenes a las calles de los personajes de Juan José Saer. Ignacio me comentaba que en 2015 se había reeditado en Argentina este libro inencontrable allá y que fue publicado por primera vez en la Barcelona de 1978. Me decía además que Las Varonesas fue elogiado por Roberto Bolaño y me dejaba (en una entrada de Jorge Ibargüengoitia) un enlace al gran blog La biblioteca de Asterión (ver AQUÍ). Esta entrada del crítico Guillermo Belcore comienza diciendo: “¿Cómo funcionan en la Argentina los mecanismos de consagración literaria? ¿Por qué tantas obras excelentes se hundieron en el olvido? ¿Por qué la crítica periodística y académica festeja fruslerías brevísimas, piezas de época intrascendentes, como si de un Borges se tratase? ¿Son hoy el amiguismo, el esnobismo y las teorías descabelladas provenientes de Francia los únicos parámetros de legitimación? Las preguntas brotan naturalmente desde la lectura maravillada de Las Varonesas.”
Como bien dice Belcore en la entrada de su blog, Bolaño habla de Catania en la página 54 de Entre paréntesis; en un artículo titulado Exilios y que probablemente escribió en los años 90 del siglo XX, cuando aún no estaba generalizado el uso de internet y por eso, imagino, Bolaño recuerda mal el nombre de Carlos Cantania (Santa Fe, Argentina, 1931) y le llama Cataño. Escribe Bolaño: “... El narrador argentino Cataño, creo que ése es su nombre aunque no estoy seguro, autor de una novela notable y olvidada: Las Varonesas, editada en Seix Barral a finales de los setenta, se marchó a Costa Rica, en donde estuvo viviendo hasta el triunfo de la revolución sandinista, tras lo cual se fue a Managua… ¿Dónde está Cataño ahora? No tengo ni idea. Sólo leí de él una novela. Espero que siga escribiendo”

Las Varonesas se editó en Barcelona en 1978 y en su momento recibió buenas críticas en España. Sin embargo, la novela no se pudo distribuir en Argentina porque el país estaba inmerso en la dictadura de Videla y los temas tratados por Catania en este libro –principalmente el incesto y las guerrillas hispanoamericanas- no pasaron la censura militar. Catania, como nos contaba Bolaño, emigró (o se exilió) a Costa Rica, y por lo que sé (me lo ha contado Ignacio Luccisano) Catania reside ahora, de nuevo, en su Santa Fe natal. Desarrolló gran parte de su carrera artística (ha escrito dos novelas más, tres libros de cuentos, una veintena de obras de teatro, y ha sido director de cine) en Costa Rica.

Catania tardó en escribir esta novela cinco años. Desde las primeras páginas observamos que, como otros grandes escritores hispanoamericanos de la época, ha asimilado las técnicas de la narrativa del siglo XX que provienen del mundo anglosajón, principalmente de William Faulkner y de James Joyce. La novela comienza con Alfredo, su protagonista, jugando al billar en un bar de Santa Fe, y mientras juega recuerda: su paso por un colegio de curas y su relación con Aldo, su amigo de la infancia; además de momentos que ha compartido con su hermana Adela. La narración salta de una escena a otra (presente narrativo en el bar o pasado con Aldo o Adela) con absoluto afán de continuidad en el texto, como proponía Faulkner en obras como El ruido y la furia, algo que sería un recurso muy usado por el Mario Vargas Llosa de sus primeros libros (La ciudad y los perros o La casa verde ahondan en ello).

El ambiente familiar descrito por Catania para la casa de Alfredo es asfixiante: después de la muerte de la madre, los cuatro hermanos (Alfredo, el escritor nihilista; Adela, la estudiante de filosofía; Lucía, la beata que escribe un diario; y Patricia, la niña de tres años que habla con los animales) viven (el padre decidió vivir solo en Santa Fe) en una casa familiar ubicada en una de las islas de los riachos del río Paraná, con un jardín plagado de estatuas a las que llaman “Las Varonesas”, y que hacen referencia a las mujeres de la familia (con aspecto hombruno o de varón).

Alfredo quiere ser escritor y reflexiona sobre lo que llama “la teoría del Error”, un texto en realidad elaborado por el niño que fue su único amigo, Aldo. Alfredo además mantiene relaciones sexuales con su hermana Adela, algo que crea un vínculo muy estrecho entre los dos, pero que también los atormenta. El personaje torturado y nihilista de Alfredo tiene algo de Erdosain, el personaje de Los siete locos, la gran novela de Roberto Arlt.

Las pasiones –sobre todos los celos- se desatan en la primera parte de Las varonesas, lo que conducirá al asesinato.

Además de cambiar de escena en el mismo párrafo del texto, como ya apunté antes, otro de los recursos de los se sirve Catania es el de escribir en tercera persona pero ceder la voz narrativa a la primera persona de los personajes cuando le apetece. También, en la primera parte podemos leer páginas de los diarios de Lucía, la hermana mayor, una persona inocente, conservadora, que no acaba de entender la extraña relación que une a Alfredo y Adela.

Al comenzar la segunda parte – en la página 123- tenemos la sensación de que hemos comenzado a leer una novela nueva. Ahora un narrador, en principio innominado, le cuenta a otra persona (por los giros lingüísticos y los comentarios el lector llega a saber que ambos son argentinos) su experiencia como guerrillero en Guatemala. Sobre todo se nos hablará de El Castor, un guerrillero mítico. Aquí (algo que se repetirá en la quinta parte del libro) resultan espeluznantes las descripciones de las torturas a las que el ejército guatemalteco somete a los guerrilleros que captura. Me atrevería a decir que este libro supera en descripción macabra de la tortura a las páginas de La fiesta del Chivo de Mario Vargas Llosa. Esta guerra sucia que partió, pasada la mitad del siglo XX, de las cloacas de los estados hispanoamericanos se convierte en uno de los ejes centrales del libro.

Además de esta violencia física de las torturas otro de los motores del libro es el de la sexualidad sin filtros morales. Es, por tanto, Las Varonesas, una obra de trasfondo denso, oscuro.

Debería decir, desde ya, que Las Varonesas no es una obra de cómoda lectura. Su ambición es grande y esto hace que necesite de un lector atento, de un lector que quiera adentrarse en la espesura, en ocasiones asfixiante de sus páginas. Así alcancé la tercera parte, ya en la página 247, sin saber aún si la primera parte estaba conectada con la segunda. Pero como era lógico y como llevaba tiempo sospechando, así era: Julián Brocca, que se presenta en esta tercera parte como técnico de la municipalidad en la casa de la isla, que investiga sobre los daños causados a la propiedad por las últimas inundaciones, y que acabará manteniendo una relación sexual con Lucía, será el guerrillero argentino que le narraba al segundo argentino (que no es otro que Alfredo) sus aventuras en Centroamérica.
Además del diario de Lucía, en otras páginas podemos asistir a los diálogos interiores. de Patricia (la hermana pequeña, de tres años) con los animales de la isla, o leer las cartas que una joven centroamericana, llamada Ciomara, que se decida a viajar por el mundo, se intercambia con Alfredo. El libro acabará con Alfredo conociendo a Ciomara y viajando con ella a su gran casa familiar en Guatemala. Allí Alfredo tendrá ocasión de conocer de primera mano a los compañeros de armas de Julián Brocca.

En algún momento se habla del reciente golpe de estado en Chile, así que lo lógico es pensar que la acción de la novela se sitúa más o menos en 1974.
Me ha resultado curioso, y no quiero dejar de señalarlo, que Catania centra gran parte de su historia en la ciudad de Santa Fe, para mí, hasta ahora, territorio literario de Juan José Saer, y que me ha resultado llamativo que, de repente, los personajes de Catania crucen el puente colgante de las novelas de Saer, visiten el Yacht Club o se acerquen a Rincón.
No sé si Saer y Catania llegarían a conocerse, pero me encanta pensar que sí que ocurrió, que ambos fueron amigos y que en alguno de los bares de la ciudad (tan mítica) hablaron en su juventud de las obras que iban a escribir.

Violencia estatal, incesto, asesinatos, celos incontrolados, existencialismo nihilista… A través de las innovaciones formales de Faulkner o Joyce para tratar de concebir una novela total, Catania consigue escribir esta suerte de ambiciosa novela que es Las Varonesas, un libro en el que si bien, como ya he apuntando, cuesta en algún momento entrar, y requiere de un lector paciente y colaborar, también debemos decir que, como apunta Guillermo Belcore –el crítico literario que lleva el blog La biblioteca de Asterión-, Las Varonesas es una obra bastante destacable dentro del canon de la novela argentina, una obra injustamente olvidada.
Edición de Las Cuarenta, 2015


Yo señalaría que el impacto de El traductor de Salvador Benestra –otra obra injustamente olvidada de la narrativa argentina, que se ha rescatado recientemente- ha sido más grande para mí que el de Las Varonesas, pero sé, sin duda, que este libro puede codearse, en ambición y calidad literaria, con otros de la época del boom hispanoamericano que ahora aparecen en los textos de historia de la novela, de los que Catania ha sido excluido injustamente.

Gracias a que Guillermo Belcore leyó el comentario que Roberto Bolaño dejó en Entre paréntesis sobre Catania, que buscó la edición de Seix Barral de Las Varonesas y percatándose de la importancia de esta novela olvidada convenció al editor Néstor González para que la reeditara en 2015 en la editorial Las Cuarenta, ahora pueden disfrutar de ella los lectores argentinos (aunque uno de ellos me comentó en Facebook que la novela le salía muy cara en su provincia).


Si usted es un lector español del blog y le interesa esta novela está de suerte: se puede conseguir en Iberlibro la primera edición (1978) de Seix Barral (yo la conseguí por 4 € y sin gastos de envío). También puede ser que este libro, que el gran crítico literario argentino Guillermo Belcore llama “la Gran Novela (argentina) de los Setenta”, en España tan sólo me interese a mí. Y tan feliz, como decía George Orwell: «No importa ser una minoría de uno si tienes razón».