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domingo, 23 de marzo de 2025

Los testamentos, por Margaret Atwood

 


Los testamentos, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 506 páginas; primera edición de 2019.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En mi reseña anterior, dedicada a El cuento de la criada (1985), ya comenté que de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos de sus novelas menos famosas: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Por fin me decidí y saqué de la biblioteca de Móstoles El cuento de la criada (1985), y su segunda parte Los testamentos (2019). Treinta y cuatro separan la publicación de ambos libros. Es muy posible que el éxito de la serie de Netflix de El cuento de la criada, que se estrenó en 2017, llevara a Atwood (quizás alentada por los productores) a escribir una segunda parte de su novela más famosa. Debemos saber también que Los testamentos se publicó el año que la autora cumplía ochenta años. Estas circunstancias hicieron que me acercara a esta segunda novela con algo de recelo.

 

Según el resumen de la contraportada, Los testamentos comienza cuando han pasado quince años desde los acontecimientos narrados en El cuento de la criada, pero en realidad el lector se enfrentará a las páginas de esta segunda parte sin unos referentes temporales demasiado claros del tiempo transcurrido entre una narración y otra. De entrada debería señalar que –por si alguien lo estaba esperando– Defred, la protagonista de El cuento de la criada, no aparece en Los testamentos, o aparecerá solo al final, como una referencia vaga, como un posible pariente de alguna de las protagonistas de Los testamentos. Este libro acabará usando el mismo recurso con el que terminaba El cuento de la criada: en un encuentro de historiadores del futuro, interesados en conocer el pasado de la república de Gilead, se comentarán algunos testimonios que les han llegado de esa época que desean analizar.

 

En Los testamentos se intercalan las voces narrativas de tres mujeres. La primera será la de Tía Lydia, personaje que sí que aparece en El cuento de la criada. Tía Lydia ejercía de jefa en el centro de formación para criadas al que acudió Defred. En Los testamentos, Tía Lydia es una mujer mayor, que vive en Casa Ardua –una especie de convento donde viven todas las Tías, que actúan como un cuerpo de sacerdotisas o monjas en la jerarquía de Gilead– y que ha decidido escribir un testimonio (algo que puede traerle problemas) sobre sus experiencias en Gilead. Antes de que el cambio de régimen tuviera lugar, Lydia era una reputada jueza, que tras el golpe de estado será conducida, al igual que otras muchas mujeres que se dedicaban a la justicia, a un campo deportivo. Allí tendrá que tomar la decisión de ser aniquilada o convertirse en un activo para el nuevo gobierno. Lydia debe, en la actualidad, relacionarse y tomar decisiones con el Comandante Judd, un personaje que –sabremos al final– quizás aparecía en El cuento de la criada, pero esto será solo una conjetura. Lydia, en el tiempo narrativo de la novela, parece cansada de la república de Gilead, que para ella está perdiendo sus valores (en los que quizás nunca creyó) debido a la corrupción moral de sus mandatarios, y parece dispuesta a trabajar por su caída. La Tía Lydia, en su texto manuscrito, que ha de esconder cada vez que deja de escribir, interpela a un hipotético lector del futuro.

La segunda narradora será Agnes Jemima, que empezará a contar su historia desde que es una niña de seis o siete años. Agnes ha nacido en la república de Gilead y –a diferencia de los personajes de El cuento de la criada– solo puede hablarnos de este mundo. Pertenece a una familia adinerada y su destino, después de acudir a una escuela de señoritas, donde no la enseñarán a leer y escribir (algo solo permitido en Gilead a las mujeres que ejercen de Tías), su destino será casarse con un Comandante. Al igual que ocurría en El cuento de la criada, en Los testamentos se nos muestra que Gilead vive en un estado de guerra continuo. Esta idea del «estado de guerra continuo» aparecía en 1984, donde George Orwell sostenía que era necesaria, aunque fuese falsa, para mantener a la población siembre sometida al poder. Los problemas en torno a sus orígenes y su identidad pronto empezarán para Agnes.

 

La tercera narradora es Jade, una adolescente de Canadá, que vive con sus padres, unos activistas en contra de las costumbres de Gilead, a las que consideran bárbaras. Es posible que Jade no sea quien realmente ella piensa que es y que su pasado (y también su futuro) tengan que ver mucho con Gilead. Pronto la trama de la novela hará que su aparentemente apacible vida en Canadá empiece a correr peligro.

 

Tanto Agnes como Jade serán narradoras orales, ya que están grabando sus recuerdos en magnetófonos, sin que los historiadores del futuro tengan demasiado claro si esas grabaciones se realizaron en uno de los refugios de Mayday, la asociación que lucha por la caída de Gilead desde dentro, aunque también con conexiones en el exterior.

 

Aunque el lector al principio piensa que las tres voces narrativas están evocando el mismo momento del tiempo, al final se dará cuenta de que no tiene por qué exactamente así. De hecho, durante gran parte de la narración sentí que Agnes y Jade era dos adolescentes de la misma edad, en el mismo momento del tiempo, para descubrir, más tarde que se llevan casi diez años. Con este detalle me ha parecido que Atwood demostraba gran pericia narrativa.

 

Como comenté al hablar de El cuento de la criada, en esta novela la tensión narrativa iba creciendo lentamente hasta acumularse de forma muy eficiente en el tramo final. En este sentido, Los testamentos es una novela más de «acción». Esto no evita que también haya reflexiones sobre el mundo creado y el lector conocerá nuevos detalles del funcionamiento de la república de Gilead. En este sentido, he tenido la sensación de que el mensaje crítico y antimachista de este libro se hace bastante más explícito en esta segunda novela que en la primera; resultando, por tanto, en este sentido El cuento de la criada una novela más sutil que Los testamentos.

 

En la página 354 leemos: «Por ejemplo, el lema de todo lo que había en el Muro solía ser Veritas, que significa “verdad” en latín, aunque luego habían borrado las letras con un cincel y las habían borrado con pintura.» En esta frase he querido ver un homenaje explícito de Margaret Atwood a su admirado George Orwell, porque en Rebelión en la granja también existe un muro en el que, al principio de su revolución, los cerdos escriben sus mandamientos animalistas, para, más tarde, ir acortándolos o tachándolos.

He leído Los testimonios con agrado y me ha parecido la obra de una escritora solvente, con mucho oficio, teniendo además consciencia de que había escrito esta novela ya cerca de sus ochenta años; pero es justo señalar que El cuento de la criada me ha parecido una obra más conmovedora, sutil y magistral en su planteamiento y desarrollo. En otras palabras: Los testamentos es una buena novela, mientras que El cuento de la criada es una obra maestra.

 

domingo, 16 de marzo de 2025

El cuento de la criada, por Margaret Atwood


 El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas; primera edición de 1985; esta edición es de 2017.

Traducción de Elsa Mateo Blanco

 

De Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos libros: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Fueron dos libros que me gustaron, aunque, desde luego, era consciente de que no me había acercado a los libros más emblemáticos de esta autora. Y que esos libros llegaran a mí tuvo más que ver con mi condición de reseñista aficionado, que recibe libros de las editoriales, que con una selección eficiente de mis lecturas. Desde hace tiempo me apatecía acercarme a la trilogía formada por los libros Oryx y Crake (2003), El año del diluvio (2009) y Maddadam (2013), o bien al díptico compuesto por El cuento de la criada (1985) y Los testamentos (2019). Los cinco libros están disponibles en la biblioteca de Móstoles y, al fin, en noviembre de 2024, decidí olvidar la montaña de libros que tengo en casa sin leer y saqué de la biblioteca El cuento de la criada y Los testimonios.

 

De entrada debería decir que no he visto la serie de Neflix, que tan popular hizo a este libro a partir de 2017. A pesar de esto, es cierto que resultaría difícil que el mundo creado por Margaret Atwood en este libro, a estas alturas, pille de nuevas al lector, porque sus propuestas son ya icónicas a nivel mundial. Sí que había visto un reportaje sobre la autora en la plataforma Filmin –lo volví a buscar y ahora mismo ya no está disponible–, y ella comentaba que las ideas que usa en El cuento de la criada las ha tomado de la realidad: por poder unos ejemplos, en la Rumania de Ceaușescu se prohibió el uso de métodos anticonceptivos; el robo de los bebés en la Argentina de Videla; o las prácticas de algunas sectas, en cuanto al trato hacia las mujeres. Era un momento muy estremecedor del documental aquel en el que Atwood le mostraba a la cámara recortes de periódico con esas noticias, que tenía guardados en una carpeta, del tiempo que escribía la novela, lo que empezó a hacer en 1984, en Berlín Occidental.

 

Atwood introduce al lector en su historia sin darle demasiados datos sobre cómo es el mundo que se nos presenta, o sobre cómo se ha llegado hasta ahí. Así que entiendo que para los primeros lectores del libro la experiencia tuvo que ser algo diferente que para los lectores actuales. Ya que para estos, como ya he comentado, muchas de las ideas de la novela ya forman parte del imaginario colectivo. Y el libro también será una experiencia diferente para aquellos lectores que se adentren en las páginas de la novela sin leer la sinopsis de la contraportada. Ya que en esta se clarifican algunos puntos clave del libro, que al lector le va a costar alcanzar. Por ejemplo, aunque la escritora es canadiense, la acción de la novela se sitúa en Estados Unidos, y el escenario principal de El cuento de la criada será la ciudad de Boston, cuyo nombre acabará apareciendo en el libro; pero no así, las instalaciones de la universidad de Harvard, lugar cercano a donde se encuentra la casa en la que vive la protagonista de esta historia, ejerciendo de «criada». «Intento imaginar en qué edificio se encuentra. Recuerdo la distribución de los edificios que se alzan al otro lado del Muro; antes, cuando era una universidad, podíamos caminar libremente por el interior.» (pág. 232). En el citado reportaje sobre Atwood, aparecía una conferencia que la autora daba en Harvard y decía que allí, cuando ella era joven, existía una biblioteca a la que no podían entrar las mujeres. Siguiendo la lógica en la que está planteada la novela, ese elemento de la realidad se tomó para la construcción de la novela, ya que en ella las mujeres tienen prohibida la lectura y la escritura, a no ser que sean «tías», que serían una especie de sacerdotisas que velan por el buen comportamiento de las otras mujeres, en el mundo muy jerarquizado de El cuento de la criada.

 

En los Estados Unidos de la década de 1980, un grupo de extremistas religiosos asalta el congreso y da un golpe de Estado. Desea restaurar una serie de «valores tradicionales» que chocan con el supuesto libertinaje de la época, y con las nuevas costumbres para las mujeres. En la nueva «teocracia puritana» que se va a imponer en el país o, al menos en una gran parte, en la que va a ser llamada la república de Gilead (que abarcaría, al menos, el noreste de los antiguos Estados Unidos), una de las primeras medidas será, por ejemplo, hacer desaparecer la independencia económica de las mujeres. Su dinero tendrá que ser administrado por sus maridos o, en el caso de no estar casadas, por un familiar varón. Huir a Canadá no va a ser una tarea fácil.

La novela empieza cuando ya han transcurrido algunos años desde que se perpetró este golpe de Estado y se ha consolidado la república de Gilead, aunque sigue existiendo una guerra permanente en las fronteras de la nueva nación. La narradora de la historia, de la que nunca sabremos su verdadero nombre –el nombre que tenía antes de que existiera Gilead– es Defred, una mujer de treinta y tres años que, en el nuevo régimen, ocupa el puesto de «criada». Fred es el nombre del Comandante en cuya casa vive. Su nombre, «Defred», indica un sentido de pertenencia a este cargo militar. En el futuro distópico del mundo planteado en la novela, las tasas de natalidad han bajado. Los motivos no acaban de quedar del todo claros: quizás la polución, quizás el tipo de armamento usando en las últimas guerras, o una mezcla de ambos. Los matrimonios son concertados en Gilead, y los Comandantes, el estamento social más alto, suelen unirse a jovencitas, recién salidas de la adolescencia, en muchos casos, que no siempre son fértiles. Al darse esta situación, como ocurre en la casa del Comandante Fred, cuya mujer tampoco es especialmente joven, estos matrimonios pueden solicitar los servicios de una criada. La única función de las criadas, que pueden permanecer en la casa de un Comandante durante un periodo máximo de dos años, será la de ser fecundadas por él y dar un hijo a la pareja. «Somos matrices con patas», llegará a decir de sí misma Defred. Por supuesto, las criadas no son bien vistas, ni apreciadas por las esposas, ya que su presencia en la casa supone admitir la existencia de un fracaso personal.

Las mujeres ya no pueden ejercer las antiguas profesiones liberales a las que se dedicaban antes de la republica de Gilead. Ahora son esposas; Marthas, que son las trabajadoras de las casas adineradas; criadas, que tienen una función reproductiva para familias pudientes que no pueden procrear por sí solas; o tías, que son un cuerpo de sacerdotisas, encargadas de disciplinar a otras mujeres. Fuera de este orden jerárquico, que nos mostrará Defred desde su propia experiencia, también existen las econoesposas, que son las mujeres de hombres de escala social inferior, y las mujeres que se han desechado como «no mujeres», por su edad u otra condición, y que han sido enviadas a islas, donde permanecen recluidas y han de realizar tareas poco recomendables, lo que las hará morir pronto.

 

El lector acabará sabiendo que la narración que lee, en realidad, es una trascripción de unas cintas de casetes, que unos historiados del futuro encontraron y que puede servir como testimonio de la extinta república de Gilead.

 

La historia está narrada en presente y cuando Defred recuerda el antiguo mundo anterior a Gilead, cuando rememora, por ejemplo, a Luke, su pareja, a su mejor amiga o a su madre, una feminista combativa, se saltará al pasado perfecto simple. Sin embargo, cuando estos recuerdos, sobre todo en lo que concierne a los primeros tiempos tras el golpe de Estados, se hacen más extensos, se vuelve a usar el presente simple.

Al principio, el lector entrará en una narración en la que se irán describiendo distintos aspectos de la nueva civilización que la autora ha creado, pero sin una línea argumental –más allá de esa descripción– muy clara. Sin embargo, según avance la historia, de un modo lento, pero inexorable, la tensión narrativa se hará cada vez más intensa. Y se crearán, por el camino, algunas imágenes de gran impacto visual: las personas ejecutadas, que se dejan colgando del Muro, por ser disidentes o haber cometido algún delito, para escarnio público; el ritual según el cual los Comandantes tienen relaciones sexuales con las criadas, en presencia de la esposa, o cómo una criada da a luz y el bebé es tomado por la esposa, como si fuera su propio bebé, son realmente espeluznantes.

 

Como ocurría en Por último, el corazón (2015), en El cuento de la criada Atwood también juega a inventar un vocabulario propio, que explique algunos conceptos del mundo que propone. Los hallazgos de Margaret Atwood en El cuento de la criada sobre los miedos, y los sufrimientos reales de las mujeres, en una sociedad patriarcal (también se habla aquí de los abusos que sufrían las mujeres en la Norteamérica real antes de Gilead), son muy destacables.

El cuento de la criada se publicó en 1985, y ahora, casi cuarenta años después, podemos ya hablar de clásico moderno; un clásico que entra, junto con novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, en el panteón de la novela distópica.

 

domingo, 16 de abril de 2017

Por último, el corazón, por Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas. 1ª edición de 2015, ésta es de 2016.
Traducción de Laura Fernández Nogales

Si la semana pasada hablaba de Resurgir (1972), la segunda novela de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), hoy comentaré su última novela, Por último, el corazón, que apareció en 2015, y por tanto más de cuarenta años después de Resurgir. Solo he leído, por ahora, estas dos novelas de Atwood, pero he estado buscando información sobre ella, y creo que Por último, el corazón se asemeja en mayor medida a sus libros más famosos que Resurgir. Como ya conté la semana pasada, me estaba interesando conocer la obra de esta autora canadiense, y le solicite Resurgir a la editorial Alianza y Por último, el corazón a la editorial Salamandra. Con amabilidad y diligencia, ambas me hicieron llegar sus libros; muchas gracias por ello.

A Stan y Charmaine, una pareja de treintañeros, la crisis económica les ha llevado a perder su casa y tener que vivir en un coche. Cuando duermen en él, no deben bajar la guardia ya que pueden sufrir el ataque de «los mosquitos, las bandas y los gamberros solitarios» (pág. 13). Aún tienen algo de dinero para comer y para la gasolina porque Charmaine trabaja como camarera en un bar decadente. «Han aparecido unos cuantos propietarios de coches tirados en la gravilla: apuñalados, con la cabeza aplastada, desangrados hasta morir. Ya nadie se preocupa por esos casos, por investigar quién lo ha hecho, porque eso conllevaría tiempo y sólo los ricos se pueden permitir tener policía.» (pág. 28). La realidad que plantea Atwood al comienzo de la novela se parece mucho a la de una novela distópica sin llegar a serlo, porque la verdad es que, en principio, todo lo que se cuenta aquí podría estar ocurriendo ahora mismo ahí fuera.
Si en Resurgir me llamó la atención cómo la autora destacaba la personalidad canadiense frente a la norteamericana, en esta novela no se habla para nada de ella, y todo apunta a que está ambientada en Norteamérica, con personajes norteamericanos. En la página 19 se nos informa de que Stan y Charmaine proceden de «la zona nordeste del país», y si yo al principio (tras mi lectura de Resurgir) había supuesto que se refería a Canadá, la lógica de la novela lleva a considerar que se trata de Estados Unidos.

Stan y Charmaine van a tener la oportunidad de unirse al Proyecto Positrón, que parece especialmente diseñado para rescatar de la calle a personas como ellos. Para que en la actualidad un trabajador manual estadounidense resulte competitivo es necesario que su sueldo se reduzca a la mínima expresión; es decir, solamente será productivo si de forma voluntario acepta convertirse en un esclavo, o bien en un preso que en la cárcel trabaja tan solo por el alojamiento y la comida. Como no se pueden conseguir todos los presos que serían necesarios para que la economía reflote, desde el Proyecto Positrón han tenido la siguiente idea: crear una ciudad cerrada, con dos partes, la zona residencial (llamada Consiliencia) y la cárcel. Cada mes los habitantes de la cárcel y la zona residencial cambiarán sus roles. Existen muchas reglas en Consiliencia, entre ellas que el contrato que firman los participantes en el proyecto les vincula a él para siempre, no se pueden comunicar con el mundo exterior y tampoco pueden establecer contacto con sus «alternos», que son las personas que habitan en la casa de uno mientras los primeros inquilinos están en la cárcel. Al principio todo parece ir bien para Stan y Charmaine. Vuelven a poder tener la nevera llena y dormir en una cama. Es cierto que la música, las películas y la parafernalia de Consiliencia remiten a la felicidad edulcorada de la década del cincuenta del siglo XX norteamericano y que a Stan no le gustan las canciones de Doris Day, pero ésta parece una pequeña incomodidad respecto a la vida en la calle que han dejado atrás.
Como el lector ya habla supuesto, el ideal que presenta la vida en Consiliencia se acabará rompiendo para Stan y Charmaine, pero su rechazo a los principios del Proyecto no será obvio ni rápido. Cuando el relato se acerca a los pensamientos de Charmaine podemos leer apuntes como los siguientes: «No ocurría nada malo en Consiliencia. Lo terrible estaba en el exterior; por eso se habían metido allí, para escapar de aquello.» (pág. 169); y cuando el lector se acerca a los pensamientos de Stan: «No es que la libertad y la democracia le importen una mierda, pero a él no le han servido de mucho.» (pag. 227).

Por último, el corazón es una novela política, pero ‒y aquí se establece un matiz importante‒ no solo es una novela política. El nombre de Consiliencia hace referencia a la unión de dos conceptos: «concesión» y «resiliencia». No es una elección inocente la de Margaret Atwood. Uno debe hacer concesiones para salir adelante, y además ha de pensar en positivo; es decir, ha de ser «resiliente», un término que se ha incorporado al vocabulario empresarial durante la última década. Ya sabe usted, hay que ser positivo y por tanto resiliente ante lo que no nos gusta (aunque pueda tratarse de abusos de nuestros derechos básicos), porque de lo contrario usted se convertirá en una persona tóxica para sus compañeros y el sistema. Quejarse no es propio de resilientes, sino de débiles. ¿Quién necesita un sindicato o un comité de empresa pudiendo ser positivo y resiliente? Por último, el corazón, en una primera instancia, se puede leer como una crítica a los dogmas neoliberales del emprendimiento y el deseo de culpabilizar al pobre por los abusos que sufre. Pero la novela acaba rompiendo las expectativas del lector, al menos del que yo era como lector novato de Atwood. Al haber leído solo un libro de la seriedad de Resurgir, y saber que Atwood es una admiradora de escritores como George Orwell, me esperaba que después del primer capítulo del libro, de corte dramático, la novela se iba a convertir en un duro alegato en contra del liberalismo económico y del control por parte del Estado, pero, lo curioso, es que la novela avanza hacia otros derroteros, que me han resultado un tanto inesperados. Por último, el corazón si bien empieza como una distopía política se acaba convirtiendo en una comedia negra sexual, no exenta en cualquier caso de crítica al sistema, pero la crítica se hace más amplia que a la meramente política, y acaba siendo una crítica tanto al sistema capitalista como a la explotación sexual y al control mental, derivados en gran parte del juego de roles sexuales.

Por último, el corazón está escrito con un estilo desenfadado. Su lenguaje recrea, en gran medida, los pensamientos de los personajes, mediante el recurso del estilo indirecto libre, y así la narradora va alternado capítulos contados desde el punto de vista de Stan con los del punto de vista de Charmaine. En esta prosa fluida ‒no exenta de pensamientos brillantes‒ abundan los vulgarismos y también las preguntas retóricas que los personajes, siempre en un estado de incertidumbre perpetua, se lanzan continuamente a sí mismos.

Por último, el corazón también es una novela de ciencia-ficción, y no solo por su dibujo de la nueva polis neoliberal, sino por su descripción de un mundo lleno de robots sexuales y de operaciones mentales que pueden conseguir que una persona ame para siempre a otra.


Ya he comentado que Por último, el corazón ha roto con mis expectativas de lector, porque me esperaba una lectura tensa y oscura del estilo de La carretera de Cormac McCarthy y me he encontrado, en cierto modo, con eso, pero también con muchos más caminos narrativos inesperados. Lo cierto es que me costaba creer que una escritora de setenta y seis años en el momento de publicación de este libro pudiera escribir de un modo tan desenfadado, punzante y humorístico sobre nuestro mundo y tener las intuiciones que muestra sobre el futuro cercano. He llegado tarde a Margaret Atwood pero estoy dispuesto a enmendar mi error. Me apetece bastante leer obras como El cuento de la criada y Oryx y Crake. En una de las bibliotecas que frecuento prestan las dos. Si usted no tiene tanta suerte y también siente unos grandes deseos de profundizar en la obra de la gran escritora Margaret Atwood, sepa que está de enhorabuena: la editorial Salamandra se ha propuesto rescatar sus libros descatalogados en España y publicar todas sus obras. Muchas gracias por su labor, editores de Salamandra.

domingo, 9 de abril de 2017

Resurgir, por Margaret Atwood

Resurgir, de Margaret Atwood.
Editorial Alianza. 252 páginas. 1ª edición de 1972; ésta es de 2008.
Traducción de Gabriela Bustelo.

Imagino que cuando en 2008 le concedieron el premio Príncipe de Asturias de las Letras a Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939), ya había leído alguna reseña sobre cualquiera de sus libros en los suplementos culturales. Recuerdo que me gustó una entrevista que le hicieron en un periódico español sobre el Príncipe de Asturias, en la que hablaba de cómo surgió su pasión por la literatura tras leer de niña Rebelión en la granja de George Orwell. Esta novela la leo cada año con mis alumnos de primero de bachillerato. En aquella ocasión, en 2008, llevé el periódico a clase y les leí las palabras de Atwood sobre Orwell.

También recuerdo la reseña que en 2010 publicó el crítico de El Cultural Nadal Suau sobre El año del diluvio, en la que mostraba un gran entusiasmo hacia la obra de Atwood, aunque la comentada en ese momento no fuese su novela favorita. Desde entonces tenía en mente leer a esta autora. Incluso a mí me resulta extraño no haberme acercado a su obra hasta 2017 (para compensarlo, la estoy leyendo por partida doble: nada más terminar Resurgir he empezado Por último, el corazón).

Resurgir es la segunda novela de Atwood, y apareció en 1972, cuando ya había publicado ocho poemarios. Al buscar información sobre ella en internet, descubrí que el prestigioso (y polémico) crítico norteamericano Harold Bloom había incluido Resurgir en su leído y comentado ensayo El canon occidental. La novela la ha publicado en España Alianza Editorial, se la solicité y la editorial tuvo la amabilidad de enviármela a casa.

Resurgir comienza con un viaje en coche. La narradora, junto con sus amigos David y Anna, que son pareja, y su actual novio, Joe, se dirige a la remota región del norte de Canadá. Allí, su padre vive en una isla, en medio de un lago. Hace tiempo que la narradora no ve a su padre y un vecino de un pueblo cercano le ha avisado de que hace semanas que nadie sabe nada de él. Ha desaparecido. La narradora, que no aún no ha debido de cumplir treinta años («Él es mayor que nosotros, tiene más de treinta años», nos dice la protagonista en la página 92, hablando de David), no solo tiene miedo a enfrentarse a la posible muerte de su padre (la otra opción sería que se ha vuelto loco y se ha internado en el bosque), sino también a su pasado. En el pueblo y en el lago tendrá que recordar su niñez, el tiempo que vivió en una casa perdida en medio de los bosques de Canadá, junto a sus padres y un hermano.

La novela se sustenta sobre un misterio: ¿qué ha pasado con el padre de la narradora? ¿Está muerto? ¿Se ahogó en el lago? ¿Se volvió loco y deambula por el bosque como un animal? Sin embargo, aunque el hecho de la desaparición del padre permite el avance narrativo del libro, como si de una novela policiaca se tratase, resolverlo no es el objetivo fundamental para Atwood, que parece más empeñada en analizar la sociedad canadiense de la época (posiblemente de finales de los 60), su relación con el medioambiente, con Norteamérica y, sobre todo, la posición de las mujeres en la sociedad.

Si bien los cuatro amigos pueden pasar por los clásicos hippies de ciudad, la narradora se encargará de ir desentrañando lo que se esconde bajo sus ropas desenfadas, su pelo largo y sus eslóganes antiamericanos. Me ha resultado sorprendente descubrir que un hippie canadiense de los años 70 (que es el tiempo de publicación de la novela, 1972), pudiera temer realmente la invasión de Estados Unidos. En cualquier caso, los norteamericanos no salen muy bien parados en esta novela. Siempre se los asocia con la destrucción del medioambiente ‒la pesca indiscriminada, el maltrato animal, el abandono de desperdicios…‒ y la arrogancia vacía.

Margaret Atwood es una escritora bien conocida por defender las causas ecológicas y feministas. Esta novela es una buena muestra de sus ideas discursivas. En el lago del norte de Canadá, tras los pasos de su padre, la protagonista vivirá un personal resurgir desde la angustia de la ciudad (donde se siente oprimida, en muchos casos por figuras masculinas) hasta la libertad de los bosques. «A mí me molesta ser humana», escribe la narradora en la página 173 al contemplar el cadáver de una garza que algunos visitantes de la zona (posiblemente norteamericanos) han clavado en un árbol, seguramente por diversión. El capítulo 14 termina con los personajes tratando de dormir en la cabaña del lago. Así dice el último párrafo: «El corazón me daba botes, me quedé quieta, traduciendo los ruidos del otro lado de la pared de lona. Chillidos breves, crujidos de hojas secas, gruñidos, animales nocturnos; no había peligro». Al lector le queda claro que el «peligro» procede de los humanos.

Ya he comentado que los personajes son hippies; Atwood clava una irónica mirada sobre ellos que roza la caricaturización. Por ejemplo, el personaje de David dice en la página 119: «Deberíamos montar una colonia, vamos, una comunidad, aquí arriba, juntarnos con más gente, huir de la familia urbana nuclear. Este país no estaría mal si pudiéramos echar a los jodidos cerdos americanos, ¿eh? Entonces podríamos tener algo de paz». Tras los aparentes deseos de pacifismo, de abrazo al arte y a la naturaleza, de rechazo de la vida burguesa convencional, parece latir otra clase de burguesía que tiene que ver, principalmente, con el deseo masculino de mantener los roles de dominación machista; y el amor libre no será, en consecuencia, más que el deseo masculino de dominar a su antojo a cuantas mujeres le plazca.

La narradora arrastra el trauma de un matrimonio fracasado con un hombre que, bajo su punto de vista, la obligó a casarse y a tener un hijo que no deseaba, y (tal vez) un aborto. Este tema del hijo y el aborto no me ha quedado muy claro, porque a veces Atwood juega a la ambigüedad expresionista.

El estilo es denso y, como ya he comendado, rico en el uso de analepsis, con el objetivo de ahondar en el análisis del pasado de la protagonista. Me ha sorprendido que, hacia el final, la narración se volviera cada vez menos realista, algo que tiene que ver con la evolución de la psique de la narradora, o tal vez con una leve vertiente fantástica del relato (no quiero desvelar demasiado sobre esto).

Algunos detalles narrativos me han desconcertado: por ejemplo, la narradora empieza a hablar sobre algo o alguien, pero el lector no sabe a quién se refiere. Utiliza un «él» que puede referirse tanto a su padre como a David. En muchas ocasiones, esto me ha provocado una sensación de texto quebrado, una incertidumbre lectora que imagino que será buscada.


Resurgir retrata muy bien una época que he visto reflejada en otras novelas norteamericanas, pero con la particularidad de tratarse de una novela canadiense (y desde luego, para un canadiense su realidad no tiene nada que ver con la de un estadounidense). La voz narrativa es potente, honda y dolida. Los temas expuestos ‒ecología, machismo social y diálogo con el pasado‒ son interesantes y constituyen un ramillete de obsesiones narrativas que definen bien el imaginario de la autora. Sin embargo, por lo que he leído en internet, tengo la impresión de que Resurgir no es la obra más representativa de su autora, puesto que posteriormente ha incursionado con éxito en el campo de la especulación científica (creando varias distopías) y sus novelas se han abierto a una temática menos convencional. Ahora mismo voy por la mitad de su última novela, Por último, el corazón, y la distopía que propone me parece más seductora que Resurgir. Eso no quiere decir que Resurgir sea una mala novela, sino que la autora, a pesar de su indudable talento, aún no había desarrollado toda su personalidad creadora. La próxima semana hablaremos de Por último, el corazón.