Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Calcedo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Gonzalo Calcedo. Mostrar todas las entradas

domingo, 6 de julio de 2014

Siameses, por Gonzalo Calcedo

Editorial Tropo. 167 páginas. 1ª edición de 1996 y 1997; esta de 2011.
Prólogos de Carlos Castán y de Juan Bonilla.

Ya he hablado en el blog de Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961); lo hice hace tres años, cuando leí su última colección de cuentos, titulada El prisionero de la avenida Lexington (2010). Y ya comenté entonces que me pareció una colección de relatos muy conseguida, y que Calcedo está considerado uno de los maestros del relato breve en España. En 2011 la editorial Tropo editó Siameses en una colección llamada 2º asalto: en ella publicaba (he consultado la página web de la editorial, y creo que desde 2011, imagino que por los imperativos de la supervivencia en tiempos convulsos, esta colección está parada) libros que ya habían sido publicados, pero que a juicio de los editores merecían una nueva oportunidad en el mercado editorial.
Siameses está formado por dos libros de relatos: Otras geografías (Premio NH, 1996) y Liturgia de los ahogados (Premio Alfonso Grosso, 1997). En el prólogo de este segundo libro, Juan Bonilla apunta: “A mediados de los 90 en España, publicar un primer libro de cuentos no era del todo complicado, con un poco de suerte, siempre que ese primer libro, convenientemente sancionado por unas cuantas reseñas encomiásticas, avisase la inminente aparición de una novela. Por eso, publicar un segundo libro de cuentos era casi imposible, si entre el primero y el segundo, no se había interpuesto una novela” (pág. 109). Y como Gonzalo Calcedo lo que quería era escribir cuentos, para seguir publicando (su primer libro de cuentos apareció en Tusquets) tuvo que presentarlos a concursos, que, a pesar de la satisfacción de ser reconocido por el jurado y el premio económico, posiblemente no llegaron a tantos lectores como podrían haberlo hecho.

Este libro de Siameses me lo regaló Alberto Olmos hace ya dos años, y desde entonces estaba pendiente en mi cada vez más inabarcable montaña de libros inleídos. Después de dos años de apuntarme con su presencia inquietante desde lo más alto de mis estanterías, he acabado su lectura en dos días. De hecho, me ha gustado bastante, y menos mal que me queda la explicación de Mario Levrero en La novela luminosa sobre todas esas cosas que nos van creando una angustia difusa y a las que podemos enfrentarnos sin mayor esfuerzo pero preferimos, precisamente, sucumbir a la angustia difusa.

Otras geografías está formado por once relatos. La mayoría de ellos (igual que en los de Liturgia de los ahogados) están ubicados en una ciudad imaginaria llamada Medana (aunque la wikipedia apunta que es un pueblo de Eslovenia, esto no parece más que una coincidencia), cercana a la región playera y turística de Las Pacíficas.
Los cuentos de El prisionero de la avenida Lexington estaban situados en Nueva York y sus alrededores; y esa ubicación (más imaginativa que real) era un homenaje a los maestros de Calcedo: “Hemingway, Cheever, Ford y Wolff, entre otros, se pasean indolentemente por sus páginas”, nos dice el autor en el prólogo que ha escrito para la edición de Siameses. El imaginario cuentístico de Calcedo es, por tanto, más norteamericano que español; y en estos primeros libros prefiere jugar a la desubicación geográfica antes que situar sus historias directamente en la Norteamérica que todos hemos conocido a través de los libros y el cine. Los nombres de los personajes ahondan en esta idea: los nombres y apellidos españoles se mezclan con otros puramente extranjeros: Julia, Lucas, Hazel, Luisa Larsen, Los Fígaro (estos dos últimos apellidos se repiten, a su vez, en más de un relato), Wanda, Los Korda, Basil, Los Olsen, Elke, Víctor Lepke, Kósiev, Ventura...

Las profesiones de los personajes de estos relatos suelen ser bastante anodinas: vendedor de productos de limpieza o abonos de puerta en puerta, contable en una fábrica de rodamientos, guía turístico, vendedor de coches usados, vendedor de puertas y ventanas de aluminio... y casi todos pertenecen a la clase media, o están pasando por algún apuro financiero. No encontrará el lector en estas páginas asesinos, soldados en guerra, o sucesos extraordinarios o muy emocionantes. La emoción va a asaltar al lector, pero de forma más sutil: lo extraordinario nos rodea, parece decirnos Calcedo; en cualquier vida hay momentos de cambio o de extrañeza y su mirada va a posarse sobre ellos para iluminar los momentos de transformación del ser humano.

En los cuentos de Otras geografías nos encontramos con muchas relaciones familiares: hijos que miran a sus padres y empiezan a comprender algo de ellos que antes desconocían, gracias a un hecho ocurrido en el tiempo del relato, y que va a cambiar el punto de vista de unos personajes sobre otros. Es decir, Calcedo construye sus relatos siguiendo el modelo epifánico de la narrativa breve norteamericana: gracias a algo que está ocurriendo en el primer plano del relato, un personaje descubre algo más profundo sobre otro o sobre sí mismo, y el escritor enfrenta al lector justo a ese momento de cambio que sufre el personaje. No son los grandes sucesos los que marcan la acción aquí, sino precisamente el valor simbólico de los pequeños, y gracias a este efecto consigue crear momentos de gran belleza.

Así, en Proyecto de amor, una hija va a conocer más a su madre, después de que entre las dos decidan alquilar uno de los cuartos de su casa. En Adiós otra vez, un hijo va a tener la oportunidad de reencontrarse con su padre después de diez años sin verse, y el reencuentro tendrá alguna sorpresa. En Por motivos sentimentales (uno de los mejores cuentos del primer libro) una mujer joven que hace de guía turística va a descubrir algo desasosegante de una de sus clientes, algo que puede que le dé alguna pista de lo que conlleva la soledad a la que parece sentirse abocada. En Caballos salvajes (un cuento que parece un claro homenaje al Raymond Carver de Caballos en la niebla) se consigue un momento de gran belleza; igual que en la siguiente composición, titulada Otras geografías, sobre una mujer que enloquece.

Si bien Otras geografías se lee con agrado, y contiene unos cuantos relatos notables, también podemos apuntar que en estas páginas se siente aún el titubeo del escritor que está buscando su voz mientras asimila la de sus maestros. Los ocho cuentos de Liturgia de los ahogados me han parecido más redondos; más cercanos a la madurez que Gonzalo Calcedo ha conseguido conquistar en un libro como El prisionero de la avenida Lexington. En Liturgia de los ahogados (como ocurre en el cuento que da título al libro y que es uno de los mejores de Siameses; o en otro titulado El rincón secreto) también nos encontramos con relaciones de padres e hijos, pero diría que son más frecuentes en los conflictos planteados las relaciones de pareja. Parejas que descubren alguna verdad incómoda sobre sí mismas (“Llevábamos diez años casados y algunos comportamientos provocaban un rencor recíproco al principio y luego, sin otra trascendencia, aburrimiento”, leemos en la página 135), sobre todo al entrar en contacto con algunos desconocidos que irrumpen en su casa; principalmente vendedores ambulantes, como ocurre en los cuentos Toda esa sangre, El hombre que hablaba a las plantas o en Parejas.


Ya dije hace tres años que El prisionero de la avenida Lexington es un gran libro de relatos; y me ha gustado reencontrarme de nuevo con Gonzalo Calcedo. Quizá no todos los cuentos de Siameses estén a la altura de los de El prisionero de la avenida Lexington, porque están escritos más de una década antes, cuando el autor aún buscaba su voz narrativa, pero desde luego hay ya cuentos aquí (Vado permanente, Caballos salvajes, Otras geografías, Liturgia de los ahogados, El hombre que hablaba a las plantas o Parejas) muy maduros y de gran belleza, que me confirman que Gonzalo Calcedo (dentro de lo que yo conozco) es uno de los maestros de la narrativa breve actual en España.

martes, 17 de mayo de 2011

El prisionero de la avenida Lexington, por Gonzalo Calcedo

Editorial Menoscuarto. 204 páginas. 1ª edición de 2010.

Desde hace algún tiempo me venía encontrando con el nombre de Gonzalo Calcedo (Palencia, 1961) como referente actual de la narrativa breve en España. Sólo una vez ha abandonado este formato, para escribir la novela La pesca con mosca (Tusquets, 2003), y ha publicado ya 14 libros de relatos. El último de ellos es El prisionero de la avenida Lexington, formado por 10 narraciones, ambientadas en la ciudad de Nueva York o alrededores.

Quizás lo primero que llama la atención de este conjunto de relatos sea esa unidad geográfica, que en algún momento de abstracción me hacía pensar en el libro de un cuentista norteamericano traducido y, entonces, no encajaban los diálogos con giros y frases hechas puramente españoles y que no se suelen usar al traducir, expresiones como: “Hablas más que un lorito” (pág. 14), “Den la lata y les abrirán” (pág. 31). Esto que apunto no es ningún demérito del libro, ya que la mayoría de estos cuentos, por su factura, su profundidad psicológica y lo ajustado de sus resortes, bien podrían pasar por los de más de un notable contador de historias norteamericano. Se percibe en ellos, en definitiva, la admiración de Calcedo por D. J. Salinger, Raymond Carver, John Cheever o Tobias Wolff. Es curioso, en todo caso, ese deseo de narrar Nueva York, una ciudad que aparece reflejada más como un escenario mental que realista, unas coordenadas sobre las que dibujar historias universales: la soledad, la falsedad, las relaciones familiares…

Las críticas que había leído en Internet y en prensa sobre este libro eran muy buenas, más de una apuntaba que éste era el mejor libro de Calcedo y lo tomé con grandes expectativas, que quizás quedaron defraudadas (momentáneamente) al leer el primer cuento, Audiencia con el rey Wiko Boo III, acerca de la relación entre una madre y una hija, y que tras acabar el libro me ha parecido el menos logrado de todos. No es que sea un mal relato en absoluto, pero no brilla tanto como lo hacen muchas otras piezas del conjunto. Digamos que tras 14 libros de cuentos Calcedo ha decidido saltarse una de las reglas no escritas que los cuentistas comparten con los músicos: pon la mejor canción o el mejor relato el primero, por si alguien quiere leer uno de muestra, de pie en la librería o en los asientos de la Fnac de Callao (como hago yo), y que esa lectura le decida a comprar tu libro.
Aunque quizás, pensé más tarde, Calcedo ha querido colocar este cuento el primero como antesala temática del libro: el rey Wiko Boo III no es ningún rey, o si lo es su título no se corresponde con ninguna grandeza. Así como las aspiraciones y la imagen que la madre de este relato quiere transmitir de sí misma sobre los demás tampoco se corresponden con su persona, marcando así la puerta a un mundo formado por seres que aparentan ser otra cosa, como el protagonista del cuento El bailarín, un impostor que se cuela en fiestas a las que no ha sido invitado(en la página 89 podemos leer este diálogo: “-La verdad resta emoción a las cosas / –En eso tienes razón. En la alta política la verdad es un estorbo. La verdad es para los pusilánimes” dialogo que nos transmite el juego literario sobre las verdades y mentiras de los personajes); o personas que sufren por no pertenecer al grupo social-económico adecuado, como le ocurre a David, el niño protagonista del tercer cuento, El gato negro, que “había percibido el menosprecio de algunos compañeros del colegio con chófer” (pág. 49).

El segundo cuento, Suburbio, sobre la soledad de una mujer mayor me conquistó de forma inmediata, y desde aquí me empecé a preguntar por qué ese no era el que abría el libro. Muy conseguido el juego entre la primera y la segunda historia (por seguir el modelo del iceberg del que hablaba Hemingway).

El relato que da título al libro, El prisionero de la avenida Lexington, sobre la soledad de un niño y de un maduro profesor, unidos por un pequeño detalle casual, me ha parecido muy bello.

Liberar París parece, a diferencia del resto, ambientado en una época diferente de la actual, que podría ser la década del 60 ó el 70 del siglo XX, tiempo marcado por la presencia de una máquina de escribir. Un relato sobre el fracaso del sueño de escritor que contagia toda la vida del protagonista y le lleva a su fracaso matrimonial. Éste es prácticamente el único relato que depende de un hecho concreto, de una casualidad o peripecia usada en la narración; mientras que el resto son más relatos de ambiente, que muestran, como hace D. J. Salinger, en sus Nueve cuentos, un momento concreto de la vida de los protagonistas, y del que se desprende una visión más amplia y compleja de ellos (epifanía narrativa).

Me ha gustado mucho el cuento Salvajes de Borneo, donde una joven, contratada para limpiar los restos de una fiesta en casa de unos ricos, consigue al final, imaginar desde fuera cómo puede ser envejecer.

La composición de El árbol se basa en la connotación. Un hombre une su vida y la relación con su hijo a la evolución de un árbol que plantó en una casa que ya no habita. El recurso me ha recordado, aunque con intenciones diferentes, al cuento La balada del álamo carolino de Haroldo Conti.

Me gustaría destacar también el gran trabajo que el autor ha llevado a cabo al elaborar los detalles que perfilan a los personajes secundarios. Salvo quizás la duda inicial que he tenido con el primer cuento, el conjunto es realmente notable, y destacaría de él la sabia utilización de los recursos tradicionales del relato moderno norteamericano, dando luz a vidas aparentemente anodinas, que se transforman en poéticas gracias a la mirada que Calcedo posa sobre ellas.