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domingo, 19 de julio de 2026

El jardinero y la muerte, por Gueorgui Gospodinov


El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov

Editorial Impedimenta. 224 páginas. Primera edición de 2024, esta es de 2025

Traducción de María Vútova

 

Llevaba tiempo oyendo hablar de Gueorgui Gospodínov (Yambol, Bulgaria, 1968), un escritor del que empezó a sonar su nombre en España cuando ganó el premio Booker de 2023 con su novela Las tempestálidas, publicada en España por la editorial Pepitas de Calabaza. También había gente hablando de Física de la tristeza (2012) y diría que, desde hace unos pocos años, su obra se ha potenciado más en España porque ha empezado a publicar en la editorial Impedimenta. Este es el caso de El jardinero y la muerte (2024), que se ha publicado ya directamente en España bajo el sello Impedimenta.

A principios de este curso, fui el tutor, en el colegio en el que trabajo, de una chica que estaba haciendo las prácticas de su máster del profesorado. Dio la casualidad de que, a pesar de ser licencia en ADE (como yo) y en Derecho, también le gustaba leer y llevaba una cuenta en Instagram de libros (Irene.leyendo). Le acabé regalando mi novela Esto no es Bambi, porque también había tenido alguna mala experiencia profesional en el mundo de las oficinas, y ella me acabó regalado una bonita edición de La sombra del viento de Carlos Ruiz Zafón, que es uno de sus libros favoritos. Pensé leerlo, pero al final mis prejuicios hacia ese libro, arrastrados desde décadas, fueron más fuertes que yo y, al tener el ticket regalo, decidí darme un paseo hasta la librería Libro ideas, ubicada en el centro comercial Principio Pío de Madrid, y cambiarlo. Después de deambular un buen rato por las estanterías, me decidí por El jardinero y la muerte.

 

A finales de 2023, Gospodínov y su familia reciben la noticia de su padre sufre un cáncer terminar. Ya sobrevivió, diecisiete años antes, a otro, pero esta ocasión, a sus setenta y nueve años, parece ser la definitiva. El jardinero y la muerte es un libro de autoficción, en el que no hay distancia entre protagonista y narrador. Además es un libro de duelo, una elegía por la muerte del padre. Durante el proceso de acompañamiento a hospitales y los últimos días, que el padre pasará en la casa del hijo, Gopodínov irá escribiendo anotaciones en un cuaderno; unos textos que serán la basa para, unos meses después (el padre muere en diciembre de 2023), en la primavera de 2024 escribir el libro que va a ser El jardinero y la muerte. «Mi padre era jardinero. Ahora es jardín» son las primeras palabras del libro, que he visto reproducidas más de una vez en mis redes sociales. El padre, procedente de un pueblo del interior de Bulgaria, quizás pudo dedicarse al baloncesto (mide unos dos metros), pero las circunstancias familiares se lo impidieron, y, como trabajador de un régimen comunista, pasó por distintas fábricas, de las que le acababan expulsado cuando se manifestaba en contra de alguna injusticia. Al final de su vida laboral trabajó como jardinero en un psiquiátrico, y esta experiencia hizo que, al jubilarse, empezase a cultivar un jardín en su pueblo. Gospodínov, al hablarnos de la muerte de su padre, va a usar en muchas ocasiones este jardín como metáfora, como idea de vida y muerte, de fin y de renovación, de ciclo vital; un jardín que ha estado consumiendo las energías vitales de su padre durante los últimos años, pero que a la vez le ha dado también un motivo para vivir.

 

En el texto, como novela de autoficción, se presentan también muchas reflexiones metaliterarias: «No sé por dónde empezar. Que este sea el inicio.» (pág. 11) y en la página 29 se vuelve, por ejemplo, a esta misma idea del comienzo alternativo: «Este libro podría comenzar así» (pág. 29). La muerte definitiva del padre se narrará traspasada, más o menos, la mitad del libro. Luego se hablará de la ausencia que deja el padre, igual que antes se habló de la impresión que está dejando en el autor la despedida inminente.

Gospodínov cita a autores como Jorge Luis Borges o Susan Sontag, y nos podemos encontrar con más de un guiño hipertextual, como este de la página 86: «Cuando se trata de tuberculosis, tenemos poesía y La montaña mágica, pero no hay montañas mágicas para el cáncer. La montaña sin magia del cáncer».

 

Además Gospodínov nos hablará de la vida del padre, desde su mirada de niño, pero también desde antes de que él naciera. Estas páginas, en las que el autor habla de un ciudadano anónimo, salvo porque con el tiempo se va a convertir en el padre de un afamado escritor de su país, me han gustado bastante. Es un tema que me suele interesar: cómo vivían las personas en los régimen comunistas de Europa del Este en el siglo XX. En estas páginas, donde se individualiza la experiencia humana, se alcanzan buenas cotas de significación y belleza. Así, por ejemplo, en la página 163, leemos: «Lo veo nítidamente según su relato: alto y delgado, con los pantalones y la chaqueta del uniforme dos tallas más grandes para que le duren más tiempo. Camina en los últimos días del otoño, terminada la vendimia, deambula con sus compañeros entre los liños de vides buscando alguna uva o racimo olvidado. Las cornejas y nosotros, decía mi padre».

Me ha interesado la crítica sociológica que hace el autor sobre la Bulgaria de la generación de sus padres y anteriores, una sociedad patriarcal, en la que estaba mal visto que los hombres mostrasen sus sentimientos y fueran cariñosos con sus hijos. De esta forma, muchas personas de su generación han crecido con la sensación de que sus padres varones en realidad no los querían mucho. También era frecuente el empleo de la violencia –en forma de bofetadas– en la educación. Gospodínov nos mostrará que a su padre, de dos metros de altura, le bastaba su presencia imponente, para amedrentar a su hermano o a él. Me ha llamado la atención que en la novela no queda reflejado ningún momento de conflicto entre el padre y el hijo, centrándose el texto en ser un panegírico de la figura paterna.

 

La mayoría de las páginas de El jardinero y la muerte me han gustado, y las reflexiones sobre el ciclo de la vida y la muerte, aunque en algunos casos caminaban por el lugar común («¿Seguimos existiendo si se va la última persona que nos recordaba como niños?», en la página 18), durante casi todo el libro apela a una experiencia humana universal, partiendo de un caso concreto, pero no me gustaría acabar esta reseña sin señalar que, aunque en la mayoría de los casos, las ideas y las escenas que se exponen aquí son elegantes y comedidas, en algunos casos Gospodínov cae en la sensiblería y la cursilería, más propia de la literatura comercial que de la alta literatura. Esto ocurre, sobre todo, cuando el autor quiere elevar una experiencia cotidiana por encima de la normalidad, fingiendo ingenuidad y dejándose llevar por el pensamiento mágico. Por ejemplo, esto leemos en la página 84: «A los veinte días de la muerte de mi padre (he aquí el nuevo cómputo del tiempo familiar) anuncian que se ha ido Franz Beckenbauer. Era su jugador favorito junto con Cruyff. De la época en la que los futbolistas eran intelectuales. Cuando se va el hincha, pensé, los ídolos venerados pierden su defensa y también se van» o en la página 141: «En los años ochenta los trabajadores vietnamitas eran parte de la historia de la ciudad, y de tantas ciudades de Bulgaria. Los primeros relojes electrónicos se los compramos a ellos en el mercado negro. Incluso el primer radiocasete. Así, en negro a través de Vietnam, se colaba algo del mundo exterior. / Estoy seguro de que mi padre enseguida ha entablado conversación con sus vecinos, que ya lo sabe todo sobre ellos y que por la noche les cuenta sus historias».

 

Pese a algunos pequeños defectos, ya señalados, me ha gustado en general El jardinero y la muerte. Creo que el siguiente libro suyo que voy a leer va a ser Las tempestálidas.

miércoles, 15 de julio de 2026

El ojo castaño de nuestro amor, por Mircea Cartarescu


El ojo castaño de nuestro amor,
de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 204 páginas. Primera edición de 2015, esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté, en la reseña anterior, que en el verano de 2025 leí Cegador (1996-2007) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), y que le solicité a la editorial Impedimenta, para poder leerlos y reseñarlos, Las Bellas Extranjeras (2010) y El ojo castaño de nuestro amor (2015). Ya escribí que Las Bellas Extranjeras estaba formado por tres novelas cortas, y El ojo castaño de nuestro amor es un libro de relatos. Este último libro está formado por veinte relatos, o textos, porque algunos de estos escritos están más cerca de la nota personal que del relato. En esencia se trata de un libro de relatos autobiográficos, y lo contado en ellos, en gran medida, complementa lo que el lector de obras como Nostalgia (1993), Solenoide (2015) o Cegador (1996-2007) ya conoce de la vida del autor.

 

En Ada-Kaleh, Ada-Kaleh el relato comienza con el narrador hablándonos del propio acto físico de escribir, una escena que es habitual en los libros del autor. También aparecerá aquí el piso de la calle Stefan cel Mare, que el lector de Cartarescu ya conoce de otras obras, porque es la calle en la se crio el autor. En la página 10 leemos: «Mi padre, con su media de señora en la cabeza para mantener el pelo sujeto hacia atrás, podía aparecer en cualquier momento para comprobar si yo dormía». Este detalle de la media de mujer en la cabeza del padre era recurrente en Cegador. Así que en El ojo castaño de nuestro amor el lector de Cartarescu vuelve al Bucarest particular de Cartarescu, a su mundo obsesivo y recurrente. En este cuento, a partir de una anécdota sobre una pintora que hace unas obras para su casa, Cartarescu nos va a hablar de una isla del Danubio, en la que había una ciudad habitada por turcos, que quedó sumergida por una obra de ingeniería que ordenó el dictador Ceaușescu. El relato acabará siendo una crítica de la dictadura y una reivindicación nostálgica de un pasado cosmopolita de Rumanía. Es un bello comienzo para el libro.

 

En el segundo relato, Mi Bucarest, Cartarescu seguirá homenajeando a su tierra. «Una mezcla de amor-odio me une a la ciudad en la que he vivido siempre como a un objeto cualquiera cuya falta de realidad reconozco pero que, sin embargo, existe en lo más profundo de mi cerebro», así empieza la narración en la página 29. Como ya sabía, en la página 31 el autor me confirma que no ha escrito un solo diálogo en toda su obra. En este texto, Cartarescu no va a hablar de sus recuerdos y de la relación que ha llegado a establecer con su ciudad, desde el rechazo inicial hasta la aceptación. «¿Durrell tenía Alejandría? ¿Cortázar, Buenos Aires? ¿Joyce, Dublín? ¡Pues también yo tenía Bucarest! Una ciudad plástica, proteiforme, que mi imaginación modelaba a su gusto» (pág. 39)

 

Pontus Axeinos es un homenaje al poeta Ovidio, que fue expulsado de Roma (sin conocerse el motivo) a Tomis, que se transformó en la ciudad rumana de Constanza. En Constanza todo evoca a Ovidio, pero nadie parece saber quién es. Como ya hizo en Las Bellas Extranjeras, Cartarescu, nos habla aquí con pena e ironía sobre la irrelevancia social de la literatura.

 

Estos tres primeros relatos son los más extensos del conjunto y quizás los mejores. El lector vuelve en ellos al mundo de Cartarescu, pero sin la parte fantástica de libros como Solenoide o Cegador, pero, a diferencia de lo que ocurría en Las Bellas Extranjeras, donde el lenguaje era más irónico y conciso, aquí se vuelve al tono más confesional y melancólico y a la frase más extensa y poética.

 

En Los años robados, Cartarescu vuelve a hacer una crítica del régimen de Ceaușescu, y recuerda un detalle de la miseria de los años noventa, sobre el que ya había leído en Las Bellas Extranjeras: el día en el que tuvo que acudir a un mercadillo de productos de segunda mano, en el que le tocó vender su pala de ping-pong. Nos hablará aquí de la miseria y la inflación de los años noventa. Sin embargo, este relato tiene un final esperanzador, ya que Cartarescu nos contará que, ya pasados los cincuenta años, se ha podido comprar una casita, al norte de Bucarest, en la que parece feliz.

 

Mi primer vaquero, el siguiente relato, nos hablará de otra anécdota que tiene que ver con la miseria y el ambiente de picaresca del final del comunismo, con el sueño occidental de poder llevar unos pantalones vaqueros. Divertido y triste.

 

En La época del Nes Cartarescu nos hablará de la temporada que fue adicto al café instantáneo y conseguía escribir enloquecido, pero le acabó causando depresión y lo tuvo que dejar. Como suele ser habitual, Cartarescu habla aquí de su propio proceso de escritura.

 

Oh, Levante, dichoso Levante es un cuento metanarrativo en el que el autor nos habla del proceso de escritura de su novela en verso Levante, terminado de escribir poco antes de la revolución del 89.

 

En El gato muerto de la poesía de hoy Cartarescu rinde homenaje a la poesía que él empezó a escribir antes de pasarse a la prosa, y que parece un género literario poco seguido hoy día.

 

Una ducha no-laodicea es un texto breve que funciona como un sencillo homenaje a Vladímir Nabokov y los escritores que cuidan el lenguaje literario.

 

En unos pocos cuentos de este libro, Cartarescu se distancia de su yo narrador, y crea algún personaje o situación inventada, como ocurre en Diario con Darwin, donde un Darwin moderno firma libros de ciencia y atiende a los periodistas. Este tipo de relatos son los que menos me han gustado del conjunto, y los he sentido un tanto fuera de lugar.

 

Este libro incluye también alguna conferencia que Cartarescu, como la titulada «… Escu», que sirvió para la apertura de la Feria del Libro de Leipzig, y habla de los problemas de identidad de Cartarescu como escritor rumano. En Europa tiene la forma de mi cerebro se recoge un ensayo leído en la Literaturhaus Hamburg sobre la condición de escritor del Este, o simplemente europeo, como se siente Cartarescu.

 

El cuarto corazón es un relato bonito, en él Cartarescu recuerda el primer libro que leyó de niño, a los ocho años, un libro que le prestaron y que no ha conseguido encontrar de adulto. «Me sorprendió más adelante descubrir que todos nosotros tenemos un libro perdido en lo más profundo de la infancia, nítido e impresionante en el recuerdo, pero imposible de encontrar en la vida adulta» (pág. 148). Cartarescu recuerda en el relato el argumento de aquel libro y diría que se lo inventa, o es una historia que su imaginación ha transformado, puesto que se parece mucho a su mundo onírico habitual.

 

La ruina de la utopía es un texto que apenas sobrepasa una página, y que más bien parece un poema sobre el placer de leer.

 

En El ojo castaño de nuestro amor, Cartarescu vuelve a evocar a la figura de su madre. Hay algo que me ha interesado mucho de este relato: en Cegador se especulaba con un hermano mellizo de Mircea que había sido robado, y que se llamaba Victor, y aquí se da una explicación más realista de esos recuerdo alterador en Cegador. Victor murió en la infancia, y se acabará convirtiendo en mito dentro del universo artístico de Cartarescu.

 

En Para D., vingt ans après Cartarescu nos va a hablar de una chica que conoció que tenía intensos sueños, algunos de los cuales el autor robó para sus libros.

 

La chica del borde de la vida es una narración fantástica sobre un mundo donde sus habitantes solo pueden sobrevivir como personajes de cuentos de escritores de otro mundo. Me ha parecido un tanto cursi y no me ha gustado mucho. Me ha pasado igual que con Diario con Darwin.

 

Forever young… es una nueva reflexión metaliteraria sobre la condición del escritor y el paso del tiempo, de la idea de la literatura asociada a la juventud y a la idea eterna de promesa de las letras.

 

En Un escritor se especula con la idea de Jesucristo como el escritor más enigmático de todos los tiempos.

 

Zaraza es un buen cierre para el libro. En este relato, Cartarescu investiga sobre el origen de una canción popular rumana, y la historia trágica que se oculta detrás de ella. Una historia que nos llevará a la Bucarest de 1944.

 

Me ha gustado El ojo castaño de nuestro amor, a pesar de que, a veces, da la impresión de cajón de sastre en el que el autor ha usado textos de diversa procedencia y que no estaba pensando, en principio, como un libro de relatos unitario. Como ya he apuntado, los tres primeros cuentos, los más extensos, y que suponen un tercio del libro, son muy buenos. Y tiene más piezas destacadas, sobre todo aquella en las que Cartarescu sigue hablando de su vida y nos traslada hasta la época de la dictadura comunista y reflexiona sobre su condición de escritor. El lector que ya haya leído libros de Cartarescu como Nostalgia, Solenoide o Cegador disfrutará de la información complementaria que encontrará aquí, y para el lector nuevo podría ser una puerta de entrada interesante al mundo de Cartarescu.

 

 

domingo, 16 de noviembre de 2025

El ala derecha (Cegador III), por Mircea Cartarescu

 


El ala derecha (Cegador III), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2007; esta es de 2022

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) y de El cuerpo (2002) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. He llegado ya al fin de la tercera parte, que comentaré en esta reseña, y haré aquí un balance final de la obra.

 

La acción de El ala derecha comienza en 1989 (al que Cartarescu define como «el último año del hombre en la Tierra») y, como hilo argumental principal, nos va a hablar de la caída del régimen de Nicolae Ceaușescu y su mujer Elena. Después de una descripción general de la situación del país, en la página 16 llegamos a unas páginas realistas, en las que un Mircea adulto (si la novela es autobiográfica, en 1989, Cartarescu cumplió 33 años) visita a su madre, y esta se queja ante él del desabastecimiento de alimentos de los mercados, en los que pierde muchas horas haciendo colas. Cartarescu cede la voz narrativa al personaje de la madre, y esta, en un largo monólogo, pondrá al lector al corriente de cómo se ha deteriorado la situación social de Rumanía en ese año de 1989.

Cartarescu retomará aquí algún hilo narrativo de El cuerpo y nos contará que la securitate requisó su manuscrito (que debería ser el texto que el lector tiene entre manos, al que se sigue refiriendo como «libro ilegible») que le había dejado a su vecino y amigo Herman para que se lo comentase. La securitate no detendrá a Cartarescu por disidencia política, pero sí lo internará en un manicomio. Imagino que esto no ocurrió en la realidad, sino que es uno de esos momentos narrativos en los que Cartarescu hace ficción sobre la base de su propia vida. Esta situación dará pie a que la madre de Mircea pueda leer el manuscrito y que confronte con su hijo detalles del libro que este ha escrito, o sigue escribiendo, porque Cartarescu siempre habla de su libro como un libro sin fin, como que tiene una mancha en el muslo que parece una mariposa, y que el lector conoce por El ala izquierda. Esta idea de los personajes del libro comentando con el autor, que también es otro personaje del libro, lo que ha escrito sobre ellos, me ha parecido interesante. Me ha hecho pensar en Niebla de Miguel de Unamuno.

 

En la página 52, Cartarescu escribe «No» en nueve renglones, hecho que me ha recordado al «¡Socorro!» que, más tarde, en Solenoide se va a arrastrar, repitiéndolo, durante varias páginas.

 

A las páginas realistas en la que se habla de la situación de Rumanía en 1989, van a seguir varias descripciones de sueños que, como en los otros volúmenes de la trilogía, me han resultado excesivas y me han sacado un tanto de la novela. En estos sueños, Mircea va a poder volar, lo que refuerza la idea de identificarse con una mariposa en la narración. Sobre el significado simbólico de la idea de la mariposa, escribirá lo siguiente en la página 142: «Como si todos nosotros, los elegidos para juzgar un día a los ángeles, viviéramos aquí, en la tierra, una trágica metamorfosis inversa: de perezosos lepidópteros navegando por mares de iridio en el umbral de nuestra juventud, nos transformamos en orugas, en lombrices, en gusanos ciegos, en miriápodos y en escolopendras, supuramos babas impotentes a través de nuestra vieja piel, vencida, a través de las miles de heridas de nuestro desagradable cuerpo. Mariposas con ojos de niño en unas alas colosales, nos mezclamos volando con las nubes y con la Divinidad, hasta que de repente nuestras alas se incendian en el aire, se gangrenan por el roce de las cosas, y de todo ello queda tan solo el cuerpo que se arrastra por el suelo transportando con dificultad los cientos de segmentos llenos de huevos nacarados, los martirizantes corpúsculos del recuerdo.»

 

Los capítulos en los que se habla de 1989 y el fin de Ceaușescu se van intercalando con otros, en los que Cartarescu nos habla de su infancia más remota, de episodios anteriores a lo contado en El cuerpo, que se remontaba a los ocho años, más o menos. Ahora nos habla de los cuatro años, y vuelve a momentos con sus padres de los que ya nos ha hablado, pero ahora lo hará desde otra perspectiva y con nuevas capas. Ya he contado en la reseña anterior, la de El cuerpo, que la literatura de Cartarescu en estos libros es una literatura fractal, que, de forma insistente, vuelve sobre sí misma, avanzando en el tiempo y retrocediendo, para contar los mismos acontecimientos desde perspectivas diferentes. Hay aquí unas páginas bellas acerca de la mirada mágica del niño sobre el mundo que está vislumbrado por primera vez y que no acaba de comprender. Unas páginas que me han recordado a algunas de Llámalo sueño, del escritor judío estadounidense Henry Roth.

 

En la página 99 volvemos a 1989 y la narración se centra en los acontecimientos históricos; «¿Qué está pasando? ¿Qué demonios está pasando? ¿Cuarenta mil muertos en Timisoara? ¿Tanques? ¿Armas automáticas contra los manifestantes?» He buscado información en internet, y los muertos parece que fueron alrededor de cien y no cuarenta mil, pero imagino que esas cifras se pudieron oír en la calle en un momento de confusión y desinformación. Sobre el tema de las revueltas de diciembre de 1989, cuando Ceaușescu y su mujer Elena tuvieron que huir en helicóptero de la capital, me ha gustado el recurso (como ya se ha hecho en este libro con el discurso oral de la madre) de cederle la voz narrativa a algunos personajes. Así vuelve a aparecer Ionel, el securitate que ya apareció en El ala izquierda y tenía como misión vigilar los movimientos de los circos ambulantes, y que vuelve a aparecer en El cuerpo, y ayuda a la madre de Mircea cuando la securitate piensa que los bordados que hace en las alfombras con las que trabaja contienen mensajes subversivos. Ionel es un antiguo amigo de la familia. Me gusta una escena en la que Ionel está disfrazado, como securitate secreta, en la plaza de Timisoara, observando qué ocurre con los manifestantes, y reconoce a Mircea entre la multitud. El discurso de Ionel nos mostrará cómo ve él al hijo de la mujer que le gustó en el pasado, como a un tipo raro, un excéntrico. El mismo Mircea, que parece verse arrastrado por los acontecimientos históricos sin pretenderlo y sin mucho entusiasmo, acabará diciendo: «¿Qué es para mí Timisoara? ¿Qué tengo yo que ver con todo esto? Nunca he entendido qué es ese garabato obsceno en una pared, llamado historia. Leyes, revoluciones, guerras, campañas. Pero una sola letra de mi manuscrito es más real que todo eso.» (pág. 100)

 

Mientras los acontecimientos históricos estallan en Bucarest, Mircea también va a visitar a su amigo Herman al hospital. Los médicos han detectados que un feto humano está creciendo dentro de su cerebro. Como ya sabemos, los temas orgánicos y las deformidades son muy importantes en el imaginario del autor. Solei, la extraña chica transparente, que Herman conoció y de cuya existencia supimos en El cuerpo, ha dejado embarazado a Herman.

 

Muchos de los acontecimientos principales que se narran en este libro ocurren en diciembre de 1989 y Cartarescu, más que en otros de sus libros, destaca en ese la importancia del clima, insistiendo en mostrarnos un Bucarest gélido y en el que parece no cesar de nevar.

 

En la página 167 ocurre algo curioso: el narrador reflexiona sobre la escritura de su propio manuscrito, algo que no ha sido infrecuente en esta trilogía, pero en este caso parece desdoblarse en dos: «Me detengo ante la gigantesca ventana en la que Tú has dibujado Bucarest con Tu propio dedo (pues estas líneas las escribes Tú, estas líneas en las que me obligas a detenerme ante el Bucarest nevado de la ventana y a ver el bloque que Tú colocas en el foco de mi mirada, y a llorar lágrimas que Tú haces rodar por mi rostro cuando escribes, en tu hipermundo, “él llora”.» En El ala derecha, Cartarescu volverá a incidir en esta idea del doble, porque volverá a comparecer aquí Víctor, su gemelo que fue robado de bebé y que tal vez –como supimos en El cuerpo– esté en Ámsterdam.

 

«Quiero seguir escribiendo sobre mis cavernas interiores, sobre mis alucinaciones más verdaderas que el mundo, sobre Desiderio Monsú, el pintor bicéfalo de las ruinas, sobre Cedric y sobre Maarten y sobre el noble polaco y sobre estatuas y sobre los Conocedores, pero la alucinación se ha desbordado estos días y ha llenado el mundo, cada vez me cuesta más saber en qué parte de cada página de mi manuscrito me encuentro, como si cada hoja fuera un espejo en cuya superficie se unen dos mundo con el mismo derecho a llamarse “reales”.», leemos en la página 174, donde Cartarescu hace un recopilatorio de personajes imaginados que ha creado en las otras partes de su obra. Aunque habría que añadir que estas historias, en gran medida, han quedado inconclusas y descolgadas del cuerpo principal de la historia.

 

Hacia el ecuador de El ala izquierda existe una narración de casi 50 páginas –desde la página 292 hasta la 340– que no tiene que ver con lo contado hasta ahora y que nos lleva hasta las orillas del lago Como. Aquí se nos presentará a Witold, un noble de Galitzia. Como ya ha ocurrido en otras ocasiones, a lo largo de esta trilogía, y he observado con atención para ver si ocurría aquí, Cartarescu nos presenta a un personaje, nos habla de él, y al final este personaje tendrá que atravesar un edificio, o cueva, de grandes dimensiones lovecraftianas, para enfrentarse a una recargada escena final de terror. Cartarescu describe las escenas con gran maestría, pero no hay en estas historias interacción ni evolución de los personajes, ni se presentan tramas que interesen al lector, ni lo contado guarda relación la historia principal, salvo de algún modo remoto o azaroso, como contar que Witold es un pariente lejano de Cartarescu, o que aparecen de refilón algunos personajes ya conocidos como Cedric o el Albino. Como ya me ha ocurrido otras veces, estas historias dentro de la novela me suponen un bache lector dentro de un conjunto de un alto nivel.

 

Después pasaremos a algunas páginas interesantes sobre la débil relación de Mircea con su padre o volveremos otra vez al tema del Médevil, que como ya conté era uno de los relatos de Nostalgia y que aparecía en El cuerpo. En este caso, el Mendevil será el protagonista de una historia casi de terror y abusos en la infancia. Sin embargo, Cartarescu decide intercalar la historia del Mendevil con historias bíblicas sobre Moisés, haciendo que la historia principal pierda fuerza y se disperse.

 

Descubro en el tramo final de la novela que un personaje que limpiaba las estatuas en Bucarest en El ala izquierda es en realidad el mismo Ionel de la Securitate. De nuevo volverá aquí la obsesión de Cartarescu por las estatuas.

Siguiendo con el tema de la caída de Ceaușescu se describirá el asalto de los ciudadanos a La Casa del Pueblo, en unas escenas que me han recordado a las descritas por Gabriel García Márquez en El otoño del patriarca.

 

En definitiva, como ya he apuntado en las otras reseñas de esta trilogía, me sigue pareciendo que Cartarescu crea en El ala derecha páginas de gran literatura, pero su ambición, a veces, le hace cometer algunos excesos que consiguen sacar al lector de la propuesta durante un número no desdeñable de páginas. Como me ha ocurrido anteriormente, las páginas más realistas, en las que describe el Bucarest de 1989 y la caída de Ceaușescu, junto con el nuevo recurso de ceder la voz narrativa a algunos personajes, me han resultado las mejores partes de la novela. Y, como en otras ocasiones, las desviaciones, los relatos que no acaban de conducir a ninguna parte, me han resultado excesivas.

 

Solenoide, la siguiente novela de Cartarescu, se publicó en 2015, ocho años después de El ala derecha, y teniendo una ambición pareja a Cegador creo que es una obra más conseguida. Quizás fue el editor de Cartarescu, la crítica, el público o él mismo quien se dio cuenta de por qué caminos debía transitar su literatura y por cuáles no y le hizo reflexionar. En Solenoide Cartarescu escribió una historia tan imaginativa como la de Cegador, usando como material de base su propia vida, pero se mantuvo más centrado en su propuesta y no se fue tanto por unas ramas narrativas que, en muchos casos, no acaban de conducir a ninguna parte. Algún crítico rumano llegó a decir que Cartarescu es un buen escritor, pero no un buen novelista. Es cierto que en una novela convencional las desviaciones del tema principal de Cegador no tendrían mucho sentido, y que Cartarescu da vueltas y vueltas a la descripción de las mismas escenas, pero también es cierto que Catarescu es un autor que está consiguiendo crear un mundo propio, con unas obsesiones perfectamente identificables. Obsesiones que parten de su admiración por algunos clásicos, como Kafka, Borges o Lovecraft, pero que consiguen tener su toque de transformación personal

Cegador es una gran novela, a la que le sobran páginas; una gran novela repleta de ambición, de aciertos y también de excesos.

 

domingo, 9 de noviembre de 2025

El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

 


El cuerpo (Cegador II), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 518 páginas. 1ª edición de 2002; esta es de 2020

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

Ya comenté en la reseña de El ala izquierda (1996) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956), que me había apetecido leer en el verano de 2025 las 1.500 páginas de su trilogía Cegador. Acabé diciendo en la reseña de Cegador I, que El ala izquierda, pese a sus grandísimas páginas, llenas de aciertos literarios, también tenía algunas otras que me resultaron excesivas, por su grandilocuencia cósmica. Y que, especialmente, las 40 páginas finales del primer libro quedaban un tanto desunidas a su discurso principal, y se hacían algo pesadas. Ya dije que había sacado los tres tomos de la biblioteca de Ciudad lineal, en Madrid, que me queda cerca de casa, y me parece significativo señalar que, antes de mi préstamo, Cegador I había sido tomado en préstamo trece veces, y Cegador II y III solo dos veces cada volumen. Me parece una pérdida importante de lectores. Imagino que los lectores de Cegador I, como yo, venían de leer libros como Nostalgia y Solenoide y, con el entusiasmo generado por estas obras, abordaron la lectura de Cegador I. Imagino que a un número importante de estos lectores, la propuesta de Cegador I les resultó algo excesiva y no se acercaron, unos años más tarde, a Cegador II. He buscado en la página web de Impedimenta y no encuentro la información sobre el número de ediciones que lleva cada libro. Según Grok –la IA de Twitter– cada libro de Cegador ha tenido una sola edición, pero no sé si fiarme mucho de Grok.

 

En el primer capítulo de El cuerpo, Cartarescu insiste en su idea de «libro ilegible» (pág. 16) y en aseveraciones como: «el pasado lo es todo, y el futuro, nada» (pág. 12). El capítulo dos vuelve a un tono más realista y nos habla del tiempo en el que vivió en el bloque de viviendas Uranus. En estas páginas hace referencia a temas de los que ya habló en El ala izquierda, como el de su parálisis facial. Cartarescu empieza a desarrollar los mismos temas en El cuerpo que en El ala izquierda: el pasado, como un lugar pantanoso, repleto de metáforas orgánicas, las mariposas, como metáfora del cambio; los arácnidos, como símbolos del horror; las pesadillas a las que debe enfrentarse por la noche, como parte de la experiencia humana. No lo hice en la reseña de El ala izquierda y creo que es importante que lo haga ya aquí: debería hablar del concepto de «literatura fractal», que es un asunto del que el propio Cartarescu suele hablar en su texto. La literatura fractal de Cartarescu propone formas narrativas que se van repitiendo en su libro y temas sobre los que se retorna, sin que el avance cronológico sea claro. Es decir, en El cuerpo, al igual que ya hizo en El ala izquierda, Cartarescu va a volver a hablarnos de sus padres (aunque sobre todo de su madre) y algunas de las historias que va a contar van a ser las mismas, pero ahora va a expandir de ellas otros detalles, o las va a contar desde perspectivas nuevas que, incluso, pueden contradecirse con lo ya contado. En El ala izquierda la madre tuvo un trabajo en el que doblaba alambres y en El cuerpo trabaja haciendo alfombras y no se habla nada de los alambres. Puede que la información no sea contradictoria, sino, simplemente, que se hable de dos momentos vitales diferentes de la madre. «Como estaba, en cada instante de mi vida, mirando siempre a mi madre, girando en torno a ella como la luna, mi madre era de hecho el único núcleo de mi vida.» (pág. 38)

Aquí también, en esta primera parte, se hablará de nuevo de la historia mítica del pueblo de los abuelos de Mircea y de su viaje europeo, desde Bulgaria a Rumania. Y aparecerá un nuevo personaje: un capitán de ejército, destinado en Bucarest, y que ha de dejar a su mujer y su hijo en el pueblo. Acabaremos sabiendo que este militar es el bisabuelo de Mircea. El capitán acabará viviendo alguna historia fantástica en Bucarest. «El hombre vestido de granate, el hombre con mis ojos, yo mismo hace tres vidas.» (pág. 75)

 

En la página 133 ocurre algo curioso. Ya he apuntado, en la reseña de Cegador I, que esta trilogía está llena de reflexiones metanarrativas, y en esta página 133 leemos: «Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida». A partir de aquí, se desarrolla la parte que más me gusta de la novela, esa en la que Cartarescu evoca su pasado, manteniéndose durante muchas páginas, en los parámetros del realismo evocador, que se rompe, solo a veces, con algún pequeño detalle de lo que podríamos llamar «realismo mágico rumano». De este modo, Cartarescu pasará a hacer una crítica más abierta que otras veces a la dictadura comunista de Ceaușescu. De este modo, sabré que a las mujeres, durante la dictadura, las hacían una revisión ginecológica cada tres meses, con el fin de que las que estuvieran embarazadas no pudieran abortar y también para abroncar a las que no lo estaban. Me doy cuenta de que este tipo de detalles sobre el tiempo vital de Cartarescu en la Rumanía que le tocó vivir me interesan mucho más que cuando se pone a hablar, por ejemplo, del tiempo, las membranas y los chakras de un modo solipcista y grandilocuente. Estas últimas páginas de las que hablo son, para mí, las peores de los dos libros que llevo leídos de la trilogía.

Cartarescu dedicará muchas páginas aquí a recordar a su madre y a la relación que tenía con ella de niño. La madre empezará a trabajar tejiendo alfombras en casa, con cada vez diseños más barrocos y exagerados. Siguiendo otro de los recursos recurrentes de Cartarescu, se nos describirán las figuras que aparecen en las alfombras como si de un Aleph borgiano se tratase. Incluso la palabra «cegador» acabará apareciendo en una alfombra, que –en el mundo de Cartarescu– es equivalente a hablar de lo indecible o lo indescriptible. Todas estas imágenes de las alfombras harán sospechas a la seguridad de Cartarescu y la madre acabará detenida. Se librará de más problemas gracias a la intervención del «tío Ionel», que ya apareció en Cegador I. Era el inspector de la seguridad que se encargaba de analizar los recorridos de los circos ambulantes de Rumanía, tratando de encontrar algún patrón; detrás del cual presentía algún tipo de amenaza. En realidad Ionel no es el tío de Mircea, sino un amigo o, más bien, conocido de Coster, el padre.

 

Cartarescu también nos va a hablar en El cuerpo de Herman, que era un vecino que vivía en el último piso de la calle Stephan cel Mare y que ya apareció también en El ala izquierda. Un nuevo fractal se abre en la novela. Herman era un borracho que no acababa de ser nunca desagradable y que sabía bastante de religión y filosofía. El Cartarescu adulto le va a dejar a Herman su manuscrito (su «libro ilegible») para que lo lea y le comente. Herman, por su parte, le hablará de su amor por Solei, una joven de extrañas características físicas. También nos contará la historia, entre real y fantástica, de cómo Herman le salvó la vida.

 

Coster, el padre de Mircea, pasará de ser cerrajero a periodista, cuando la gente del partido vea en él cualidades. Esto hará que el niño Mircea se sienta orgulloso y quiera escribir él también.

En este cuerpo central de la historia, en el que Cartarescu nos habla de su infancia y el tono es más realista, nos acabará hablando de algo tan mundano como del matón de su clase. Y de sus experiencias como pionero, una especie de cuerpo de boy scouts de los países comunistas.

En la forma también se produce un cambio significativo en El cuerpo. Durante bastantes páginas el narrador deja la primera persona y se decanta por la tercera, hablando de la vida del niño Mircea como si se tratase de un personaje ajeno a él.

 

De nuevo aparecerá Ionel, el policía de seguridad, que se encontrará con la familia Cartarescu en el circo, tres años antes de que empiece la misión de perseguir circos ambulantes, de la que se habla en El ala izquierda. Un nuevo agujero se abre en la novela: Cartarescu nos va a hablar de la vida de algunos de los artistas del circo, como del indio Vanaprashata, que una tarde, debajo de una higuera, conoció la iluminación. Ya sé que esta es la apuesta del autor: hablar libremente de su vida y de la de su familia y, de vez en cuando, añadir la historia de otros personajes, como si se tratase de relatos añadidos a la narración, pero lo cierto es que a mí, pasajes como este, cuando habla de forma fantástica de los personajes del circo, consiguen que me vaya del hilo central de la narración y que estas páginas me gusten menos.

 

Un tema que me ha parecido muy interesante y que quiero resaltarlo es que Cartarescu nos habla en estas páginas del Mendébil, un niño que fue a vivir al barrio y que se mudó no mucho después. El Mendébil era uno de los cuentos incluidos en el libro Nostalgia.

También, como en Solenoide, aparece en El cuerpo el miedo al dentista con sus aparatos de tortura.

 

La tercera parte del libro comenzará siendo narrada en segunda persona. Y aparecerá aquí un personaje curioso, Víctor, un supuesto hermano gemelo de Mircea, que fue robado de bebé. También se nos hablará de Coca, una vecina –joven prostituta– de los Cartarescu, que puede ser la que robó a Víctor, y que acabará en Ámsterdam.

Gran parte de lo contado en esta tercera parte (las últimas 120 páginas del libro) trasladan la acción a Ámsterdam, donde nos encontraremos de nuevo con la fascinación de Cartarescu por las estatuas y, en este caso, por las personas que trabajan en la calle haciendo de estatuas humanas. De nuevo, hará su aparición aquí Cedric, el negro de Nueva Orleans, que conoció a la madre de Mircea y a su tía en la Bucarest de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial. También se nos va a contar la historia del holandés Maarten que, en más de un capítulo, funciona como un cuento, que empieza siendo de corte realista y acaba siendo fantástico.

Si bien en Solenoide conocíamos a una secta llamada «Los Piquetistas», que organizaba manifestaciones nocturnas en cementerios y en la morgue, en esta tercera parte de El cuerpo vamos a descubrir a «Los Conocedores», personajes que buscan al autor que los escribió, lo que parece un homenaje al teatro de Luigi Pirandello.

En las últimas páginas de El cuerpo, Cartarescu volverá a hacer algunas reflexiones generales sobre su idea del universo, las dos dimensiones, del espacio, las tres, la cuarta dimensión y los chakras, que, como me ha ocurrió en la primera parte, considero un tanto fuera de la narración.

 

Diría que El cuerpo, sobre todo en su parte central, cuando Cartarescu nos habla de su infancia, los niños de su barrio, sus padres, la policía secreta… y, más o menos, se mantiene dentro del realismo, con pequeñas pinceladas de «realismo mágico rumano», me parece un gran libro. En esta segunda parte hay menos páginas grandilocuentes, en las que Cartarescu elucubra sobre el Universo, el tiempo, la divinidad y los chakras… y esto se agradece. Es posible que el editor rumano hablara con él y le dijera que quizás tenía que controlar más ese tema en la segunda parte, o es posible que el propio Cartarescu se diese cuenta de ello, aunque como señalé en la cita que he comentado («Ahora que estoy en mi casa, donde no me he sentado ante mi escritorio desde los diecinueve años, creo que ha llegado el momento de aceptar una bocanada de realidad. Unas cuantas páginas de realidad y después espero –¡espero!– que se me permita sumergirme, una y otra vez, en eso que he llamado siempre mi verdad, mi manuscrito o mi vida».) parece que hace un relato realista como resignado, como haciendo una concesión al lector.

 

Entiendo el reto posmoderno que se propone hacer Cartarescu en Cegador, pero algunas de sus páginas, como esas en las que habla de los artistas del circo, y les da entidad de relato, han conseguido sacarme algo de la historia. Tampoco me ha entusiasmado demasiado la última parte, en la que la narración se traslada a Ámsterdam, y vuelve a aparecer Cedric como personaje. Creo que yo hubiera preferido que Cartarescu hubiera tomado la decisión de convertir la historia de este personaje en otra novela, fuera de Cegador, porque no le acabo de ver demasiada relación con la novela que quería contarnos, y que sea esta la narración que le atañe las cien últimas páginas al libro me parece una decisión arriesgada.

Ya estoy con El ala derecha, Cegador III. Ya la comentaré.

domingo, 2 de noviembre de 2025

El ala izquierda (Cegador I), por Mircera Catarescu


El ala izquierda
(Cegador I), de Mircea Cartarescu

Editorial Impedimenta. 422 páginas. 1ª edición de 1996; esta es de 2018

Traducción de Marian Ochoa de Eribe

 

En 2017 leí Nostalgia (1993) y Solenoide (2015) de Mircea Cartarescu (Bucarest, 1956). El primero lo compré y el segundo se lo solicité a la editorial Impedimenta y me lo enviaron. Fueron dos libros que me causaron una muy grata impresión y que me dejaron con ganas de leer más obras del autor. Sin embargo, tuve un pequeño mal entendido con los editores, porque cuando apareció en 2018 El ala izquierda (Cegador I) me lo enviaron sin yo solicitárselo. En aquel momento no me parecía interesarse leer la primera parte de una trilogía, de una novela sin acabar (al menos en España). En cualquier caso, me habría apetecido acercarme a Cegador cuando estuvieran traducidas al español las tres partes y poder leerlas seguidas. Cuando al fin, en 2022, los tres libros de Cegador estuvieron publicadas en España –gracias, entre otras cosas, al gran trabajo de traducción de Marian Ochoa de Eribe– tampoco me apeteció acercarme a ellos de forma inmediata. Lo cierto es que me abrumaban un poco sus casi 1.500 páginas y algunos comentarios que había leído en internet sobre los excesos artísticos de Cartarescu en esta obra.

Sin embargo, había visto que en la biblioteca de Ciudad Lineal, que me queda cerca de casa, tenían los tres volúmenes de Cegador y me apeteció acercarme a ellos en el verano de 2025.

 

He dudado si escribir una reseña de cada uno de los tres volúmenes del libro o una reseña conjunta. La primera parte se publicó en Rumanía en 1996 segunda parte en 2002; por tanto, seis años separan ambos libros, así que, quizás, sean obras conectadas, pero no se trate exactamente de la misma novela. Aún no lo sé. Cuando escribo esta reseña he leído apenas veinte páginas de El cuerpo.

 

El narrador de El ala izquierda es el propio Cartarescu, que nos empezará a hablar del Bucarest que veía desde las ventanas de su habitación, en la calle Stefan cel Mare, una calle que también aparecía en Nostalgia y Solenoide, y que, a todas luces, ha de ser la calle real en la que vivió el escritor durante su infancia y adolescencia. Cartarescu se va a describir a sí mismo como un adolescente demacrado y enfermizo, un adolescente que pronto se convertirá en un introvertido. Cartarescu, desde la mediana edad, reflexiona aquí –de forma autoconsciente, escribiendo en un cuaderno– sobre los días del pasado, y, aunque el texto está plagado de metáforas y poesía, la mayoría de estas páginas iniciales se mantienen dentro de los parámetros del realismo evocador. Así nos hablará, por ejemplo, de los días en los que había empezado a componer versos. En el realismo de estas páginas, se filtra también el surrealismo del mundo onírico, pues Cartarescu nos empezará a describir sus sueños, o pesadillas, lo que será uno de los temas recurrentes del libro, y que me han recordado –como ya ocurrió en Solenoide– a los mundos creados por H. P. Lovecraft.

 

En la página 47 se produce la primera ruptura de la novela, ya que, en las siguientes páginas, pasaremos de la narración intimista, en la que el autor rememoraba su infancia y adolescencia, a otra narración, en la que se habla del «clan de los Badislav», sin comprender el lector, al principio, si este texto guarda alguna relación con lo leído hasta entonces o no. Pronto sabremos que Cartarescu nos habla aquí de uno de sus abuelos, cuya familia emigró desde Bulgaria a Rumania. Esta historia del clan de los Badislav es la narración de un mito fundacional y la novela acaba de pasar a ser una novela fantástica, donde se nos describe una lucha bíblica entre ángeles y demonios. Existen páginas bellas en esta parte, como, cuando los viajeros, en su periplo europeo, se encuentran con mariposas gigantes debajo de un Danubio helado y se las acaban comiendo y haciendo abrigos con sus alas. Estas páginas me han recordado a la fundación mítica de Macondo que proponía Gabriel García Márquez en Cien años de soledad.

 

Cartarescu nos hablará de su madre (y en menor medida de su padre) como emigrante de un pueblo del interior de Rumanía hasta Bucarest, junto a su hermana. Llegarán a la capital en los años de la Segunda Guerra Mundial. Se narrarán algunas escenas realistas de estos años, así como de la pobreza de la posguerra. Gracias a una vecina, que se dedica al espectáculo, las hermanas conocerán a Cedric, un músico negro estadounidense que toca en un club de jazz. Esto acabará abriendo otro agujero en la novela, porque Cartasrescu nos llevará –más adelante– a las calles de Nueva Orleans para contarnos la historia de Cedric.

 

Además, irán apareciendo por estas páginas otros personajes secundarios, como un oficial de la seguridad de la dictadura comunista rumana y un hombre que limpia las estatuas de Bucarest. Estos dos hombres, como acabaremos comprendiendo, son el mismo.

 

En las páginas de El ala izquierda se muestran pasajes realistas, con detalles certeros, como cuando se nos describe la afición de la madre de Mircea por los cines de barrio en Bucarest y se habla de la pobreza y la tristeza de estos lugares, frente al consuelo que le procuraban en esos años grises. Y este realismo queda siempre entreverado por otro nivel narrativo, en el que los personajes se acaban topando con alguna pesadilla que irrumpe en la realidad. Por ejemplo, el hombre que limpia las estatuas va a descubrir una apertura en una de ellas que conduce a una gruta de elevados techos y, dentro de ella, se va a topar con seres extraños. Este tipo de construcciones, como ya dije al comentar Solenoide, me recuerdan a las de Lord Dunsany, que hablaba de ciudades gigantescas vistas en sueños, y también, claro, a H. P. Lovecraft, que es una presencia bastante presente en este libro. Lo habitual es que los personajes de El ala izquierda, tarde o temprano, entrando a un sótano o a ascensor, por ejemplo, se topen con estas presencias extrañas y desconocidas, las contemplen, y luego sigan con sus vidas, aunque las recuerden. Quizás estos capítulos simbolicen la presencia de lo desconocido y las pesadillas, con las que nos topamos en los sueños. Es cierto, también, que se pueden hacerse algo repetitivos, porque todas están construidas de un modo similar.

 

En un número importante de páginas del libro, el narrador, Mircea, reflexionará sobre el misterio de su propia existencia o experiencia. Hay páginas logradas con esto, pero también es cierto que estas páginas pueden hacerse excesivas y que también se tiende en ellas a la grandilocuencia del discurso. Por ejemplo, en la página 72 leemos: «¿Cuándo y por qué se desplazó la simetría? ¿Quién y cómo fabricó las diferenciaciones de los comienzos? ¿Quién pudo soportar el crujido inicial de la fisura del Todo? El futuro, que es alienación, alejamiento y enfriamiento, desgarró en miles de jirones el globo inicial, abrió heridas horribles en el cuerpo de la unidad del ser, huecos que se ensancharon cada vez más, separando los granos de sustancia y dejando que una sangre fotónica, gorgoteante, circulara entre ellos. Una noche purulenta envolvió cada corpúsculo, una esquizofrenia negra y desesperanzada. Simple y perfecto en otra época, el cosmos adquirió órganos, sistemas y aparatos, y hoy, grotesco y fascinante como una locomotora de vapor expuesta en la vía muerta de un museo, hace girar sus bielas y manivelas bajo una campana de cristal. E incluso la campana de nuestra mente está incorporada a la desolación cósmica, es un órgano interno que refleja el Todo al igual que una perla refleja por completo la carne martirizada de la concha.», este discurso continúa, en este tono, durante más unas diez páginas, hasta que Mircea une el Todo y el universo a la teoría de los chakras. Diría que estas son las partes que más me han sacado del texto, llegando a su paroxismo en las 40 páginas finales, donde toda esta grandilocuencia cósmica interna del narrador Mircea se une a la narración mítica y fantástica de la historia de Cedric en Nueva Orleans (inspirada en principio en el cuento La llamada de Cthulhu de Lovecraft). Reconozco que estas 40 páginas finales las he leído con una sensación decepcionante hacia la novela. Su grandilocuencia me ha resultado excesiva. Así, por ejemplo, en la página 401 leemos: «Así vagaremos, en la escalera de Jacob, eternamente, en la periferia de la Divinidad, en los descampados de la revelación, contemplando con añoranza el manantial de llamas desde la distancia. Porque no se puede entrar en lo eterno de forma gradual. El milagro no se produce en pasos sucesivos. Al otro lado de los muros hay otros muros, y más allá de los muros, otros muros, y el milagro es la perspectiva de los infinitos muros firmemente envueltos unos en otros, tal y como la rosa no es su núcleo, sino el perfumado envoltorio de pétalos, de márgenes, de superficies. También de golpe arrancarás la rosa de cristal de su tallo de iridio, porque no sirve de nada romperla pétalo a pétalo.»

 

Durante el texto son continuas las metáforas orgánicas: el cambio de las membranas, la carne, la sangre, las células.... explican muchos de los condicionantes de la vida humana.  De este modo, Cartarescu personifica objetos inanimados con metáforas orgánicas. Como ocurría en Solenoide, aquí también está presente la obsesión de autor por el mundo de los artrópodos, con especial presencia de los arácnidos, como los ácaros y las arañas, pero también de los insectos, como, en este caso, las mariposas, que en principio, y de forma contraria al léxico con el que invoca a los arácnidos, sí que parecen estas últimas, las mariposas, evocadas de forma positiva, como símbolo de la transformación a la que nos somete el tiempo. «Estamos entre el pasado y el futuro como el cuerpo vermiforme de una mariposa entre sus dos alas.» (pág. 75)

En más de una ocasión aparecerán en el texto largos enunciados de imágenes, que actúan como un Aleph borgiano. Es este un recurso que puede hacerse repetitivo y que, en alguna ocasión, rompe el ritmo narrativo.

También aparecerá en el texto el término «cegador», como una forma de cerrar algunas escenas. Los personajes se han de enfrentar a una luz, a una realidad, o una verdad que resultan cegadoras y así se pone fin a la escena.

 

El ala izquierda tiene momentos muy destacados, como por ejemplo, cuando Mircea sufre una parálisis facial y tiene que ser ingresado en un hospital. La descripción de sus curas, los otros enfermos (la novela abunda en la descripción también de enfermedades humanas y malformaciones), las enfermeras… me ha parecido muy lograda. En alguna ocasión, me ha hecho pensar, esta parte de la novela, en algunas páginas de Thomas Bernhard, en las de El aliento. En esta parte parece haber, además, un homenaje al Ernesto Sabato del Informe sobre ciegos. Pero otras páginas, en las que Mircea une su mente al cosmos y el tiempo, me han resultado excesivas. De hecho, como también hay páginas autorreferenciales, Cartarescu se refiere, más de una vez a su manuscrito, como «libro ilegible» y, en más de una ocasión, este término no es irónico.

Me gustaría destacar la ambición y la plena libertad creativa que despliega Cartarescu en este libro, que, en el caso de no ser un escritor reconocido al presentarle el manuscrito a su editor rumano, imagino que este no habría querido publicárselo tan y como ha llegado a nosotros, sino que le hubiera pedido que hiciera recortes. De hecho, creo que con recortes Cegador sería una obra más vendible, más comercial; aunque (y paradójicamente, pese al éxito real de Cartarescu) este no parece uno de los objetivos del autor.

Diría que toda esta mezcla de tonos y planos narrativos estaba llevada de un modo más armónico y controlado en Solenoide, que es una obra posterior. Ya estoy leyendo Cegador II, El cuerpo, y ya lo comentaré también.