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domingo, 4 de agosto de 2013

Leche, por Marina Perezagua

Editorial Los libros del lince. 181 páginas. 1ª edición de 2013.
Prólogo de Ray Lóriga.

La semana pasada hablé de Criaturas abisales (2011), el primer libro de relatos de Marina Perezagua (Sevilla, 1978), y en esa entrada me preguntaba cómo se enfrentaría esta autora a un relato más realista. La respuesta se puede encontrar en este segundo libro, que le vuelve a publicar la editorial Los libros del lince, Leche, y que, como ya conté su editor, Enrique Murillo, me envió a casa.

Leche, al igual que Criaturas abisales, está formado por catorce relatos; pero mientras que los de Criaturas abisales tenían una extensión más pareja (de unas doce páginas, más o menos), los de Leche van desde las casi cuarenta del primero, titulado Little Boy -prácticamente una novela corta-, hasta las escasas dos páginas del titulado Blanquita.

Little Boy cambia más de uno de los parámetros bajo los que está escrito Criaturas abisales: los escenarios de esta novela corta -así como las épocas evocadas- sí que son reconocibles dentro de un contexto puramente realista; con frases como: “Estábamos en el 2008 y ella me había dicho que en 1945 tenía trece años.” (pág. 14). En realidad, el relato es puramente realista y narra el viaje de una joven que comparte piso en Nueva York con su pareja japonesa al país de él, y la relación que allí establece con una vecina anciana, H., que es una superviviente de las bombas atómicas sobre Japón en 1945. Perezagua ha investigado sobre algunos aspectos del Japón de 1945 y nos habla de las consecuencias de los lanzamientos atómicos sobre la población, con algunas imágenes que parecen sacadas de libros testimoniales como el de Tamiki Hara y sus Flores de verano. Más de una de las imágenes evocadas (personas a las que se les desprende la piel como si fuese un calcetín, por ejemplo) son muy poderosas, son imágenes incontestables. Pero siempre he pensado que para saber qué pasó en Auschwitz lo mejor será leer el testimonio de primera mano de los que estuvieron allí, como Primo Levi, Paul Steinberg o Tadeus Borowsky; y para saber qué pasó en Hiroshima lo mejor será leer a Tamiki Hara. Me provoca cierto recelo leer a autores que no estuvieron allí, que han leído los mismos libros testimoniales que tú y luego te los cuentan, autores que parten del conocimiento que dan los libros para evocar una realidad no vivida; cuando creo que es al revés, que el escritor, después de haber aprendido a expresarse a través de lo leído en los libros, después de haber aprendido a tener una visión literaria sobre la realidad, debe mostrar su mundo –o su época- a otros. En todo caso he de decir que, pese a estos pequeños reparos, la novela corta que es Little Boy funciona, porque Perezagua sabe darle a la historia su toque personal, sabe transferir a los personajes su extrañeza ante los límites del cuerpo: H. sufrió una transformación física gracias a la bomba que tiene que ver con su condición sexual, una transformación que se mueve entre los límites del realismo y los del expresionismo. El lenguaje de esta novela corta me ha parecido más seco, más preciso, que el empleado en Criaturas abisales.

El alga, segundo relato del conjunto, donde se habla de una mujer que finge su propia muerte, conteniendo la respiración, me ha recordado al de Fredo y la máquina del libro anterior, con esos personajes que perciben el mundo desde su postración, metáfora de la imposibilidad de actuar sobre él. Más cerca del realismo de nuevo.

Él, el tercero, nos vuelve a mostrar un escenario histórico realista: la Segunda Guerra Mundial en Europa, y en este cuento Perezagua vuelve a inquietarnos con su obsesión sobre las deformidades del cuerpo. De intenciones similares a Little Boy, pero de mucho menor alcance.

La tempestad –el cuarto- me puso sobre aviso de una posible nueva influencia sobre la obra de Perezagua, la de Julio Cortázar: en La tempestad la acción se sitúa a finales del siglo XIX, en una finca de California, y la extrañeza que provoca la actuación de una actriz polaca en una cena me ha recordado a esa extrañeza cuando lo inesperado irrumpe en un escenario realista de Cortázar.

En el quinto, Aniversario, volvemos al realismo, ligeramente expresionista con sabor a Kafka, donde se muestra el odio de una hija hacia un padre que le leía a su hija La metamorfosis antes de dormirse.

Esta incursión en el mundo del realismo falla (desde mi punto de vista) sobre todo en el cuento Trasplante, donde se narra la atracción de un profesor de matemáticas por una alumna ingresada en el hospital. Un cuento demasiado convencional para lo que nos esperamos de esta autora. En cambio, da grandes frutos en dos de los mejores cuentos del libro: Las islas, de estirpe cortazariana, donde se habla de la felicidad de un hombre que se mueve por la costa en una isla hinchable, y en El piloto, donde se habla de un camionero que recorre la misma ruta cada día, cinco horas de ida y cinco de vuelta, pero que no puede recordar ninguna imagen del trayecto de ida.

En el cuento titulado Leche, Perezagua vuelve a elegir un escenario histórico muy concreto, la invasión japonesa de China en la década de 1930 para narrar una historia realista con un componente de extrañeza sexual; y este tipo de relatos, por su atrevimiento para elegir una época lejana y personajes ajenos al autor, y narrar una historia con una resolución extraña y potente, me ha recordado a algunos de los cuentos de Roberto Bolaño.

Aurática es destacable por el extraño mundo creado, un mundo distópico de nieve y carruajes tirados por caballos.

Un solo hombre solo, el penúltimo, donde se habla de un condenado a muerte y se repasa toda su estirpe genética me ha parecido uno de los más flojos, fruto de una pura ocurrencia.

Me dejo el mejor cuento para el final: MioTauro, el segundo más largo, donde se habla de la obsesión sexual de una mujer por el ganado y por los minotauros, que existen en el mundo primitivo creado. El lenguaje con el que está escrito y las imágenes creadas son realmente sugerentes; y de nuevo nos volvemos a encontrar aquí con uno de los grandes temas de la autora: el del sexo anti convencional.

Leche (el libro, no el relato) me ha parecido, con algún pequeño altibajo, un conjunto de relatos poderoso, con un abanico temático mayor que el presentado por la autora en Criaturas abisales. Unos cuentos imaginativos, arriesgados, que abren continuamente nuevas puertas ante el lector, que no se arredran ante lo fantástico sin desdeñar enfoques realistas.

Si escribí la semana pasada que Criaturas abisales suponía un notable debut, Leche es la obra sólida, de una autora joven con mucha madurez narrativa, arriesgada y con un gran potencial aún de crecimiento futuro.

domingo, 28 de julio de 2013

Criaturas abisales, por Marina Perezagua

Editorial Los libros del lince. 140 páginas. 1ª edición de 2011.

He comentado hasta ahora en el blog dos libros de la editorial Los libros del lince, y, después de un simpático intercambio de correos electrónicos, el editor Enrique Murillo me envió a mi casa los dos libros de relatos de la joven escritora Marina Perezagua (Sevilla, 1978), dos obras que parecen entusiasmarle especialmente.
Los estoy leyendo de forma consecutiva y en orden cronológico (cuando empiezo a escribir esta entrada sobre Criaturas abisales, tengo Leche leído por la mitad).

Criaturas abisales está compuesto por catorce relatos, de corte fantástico, expresionista, extraño, onírico… en todo caso, alejados en mayor o menor medida de la narración realista.
Según me adentraba en el libro, tras haber leído más o menos la mitad de sus relatos, empecé a pensar que el nexo de unión de las piezas leídas era la imposibilidad de las relaciones de pareja, cómo la realidad conducía a que la pareja rompiera su unión, o cómo mantenerla hacía que la pareja tuviera que aislarse del mundo: en Fredo y la máquina, una joven en coma en un hospital nos habla de su relación imaginaria con su joven vecino de habitación de hospital, también en coma; en El rendido se encuentran dos depresivos, y ella, obsesionada con perderle a él, incluso porque él comenta suicidio, idea una estrategia para conducir a su pareja a la cárcel y así mantenerle aislado de todo; en Iluminaria, una joven está tan convencida de la fuerza del amor que comparte con su pareja que idea una máquina para que mediante sus movimientos amatorios se pueda generar la energía que su casa necesita; en Nuevo Reino una pareja acaba compartiendo su amor en un mundo submarino, mientras el resto de los habitantes del planeta ha desaparecido (este relato comparte otra característica con el titulado La loba y con Jana y Jano: la idea del mundo destruido, la supervivencia tras el apocalipsis); en Bodas de oro se habla de las reglas del extraño amor que parece mantener unidos a una pareja de ancianos; en El testamento también se habla del amor de una pareja, pero aquí se incluye una variante: la relación con el hijo, y con la madre de uno de ellos; en De la mar el tiburón, y de la tierra el varón una mujer con tendencias caníbales tiene la suerte de poder encontrar a un semejante.

El cuento que abre el conjunto, Lengua foránea, también podría incluirse en el apartado anterior: en el de las extrañas reglas que rigen las parejas, o la dependencia entre los humanos (con connotaciones sexuales); quizás este cuento sea el más puramente onírico y surrealista del conjunto: una lengua mayor que la de tamaño humano atraviesa la ventanilla de un avión y juega con Olga W. la protagonista; no sin esconder alguna sorpresa final.

La lectura de la mayoría de los cuentos de este libro sumerge al lector en el desconcierto, en el desasosiego de lo enfermizo de las relaciones entre los seres humanos, en contextos extraños e imaginativos. De hecho, la vocación por lo universal parece tan grande en Perezagua que rara vez sitúa a sus personajes en un entorno o época reconocible, o si lo hace esta contextualización parece estar tomada al azar gracias a la pura imaginación. Así, por ejemplo, el cuento El testamento transcurre en Tennesse igual que podría haberse situado su acción en cualquier otro lugar. Los nombres de los personajes, españoles o extranjeros, contribuyen también a esta idea de deslocalización narrativa.

El lenguaje que emplea Marina Perezagua en sus narraciones me ha parecido bastante maduro si tenemos en cuenta que éste es su primer libro, que sale al mercado en 2011, y que la autora ha nacido en 1978. Casi ningún titubeo lingüístico se percibe en estas páginas, escritas de un modo elegante, sin barroquismos pero tampoco haciendo uso del despojamiento formal.

El cuento Gabrielle es posiblemente el más realista del conjunto, pues todo en él podría explicarse mediante la locura de la madre de los hermanos protagonistas; una locura, de todos modos, extraña y desasosegante.

En los dos últimos cuentos del conjunto La Impenetrable y Jana y Jano he podido percibir, de una forma más clara que antes, una influencia sobre estos relatos que hasta ahora venía solamente sospechando, la de Franz Kafka. La Impenetrable nos habla de la incorporación a un circo de una joven con una extraña cualidad: su vagina no puede ser penetrada, y me parece que guarda filiación con relatos kafkianos como Un artista del hambre o Un artista del trapecio. En cambio Jana y Jano, una nueva distopía, donde se describe la extraña condena que somete esta nueva sociedad al culpable de asesinato, me ha recordado al Kafka de En la colonia penitenciaria. En todo caso, la pulsión sexual o erótica explícita es mayor que la de las narraciones de Kafka.

Quizás se podría decir de alguno de los relatos que hablan de parejas que, aunque Perezagua dibuja en ellos un mundo siempre diferente al anterior, está escrito bajo las mismas intenciones narrativas –o las mismas ideas- ya empleados previamente. Algo, por otro lado, bastante habitual en un libro de relatos, donde es muy difícil que todos los cuentos tengan el mismo nivel o no se repitan los temas tratados.

En todo caso, Criaturas abisales supone un debut narrativo notable, una apuesta muy sólida por una escritura imaginativa y desasosegante, con un destacable empleo del idioma.

Esta reseña podía acabar en el párrafo anterior, pero me apetece hacer una reflexión más, una reflexión que tiene más que ver con una postura estética que con una reseña formal. Me ha dado la impresión de que últimamente, desde el mundo del relato, existe una tendencia a despreciar al relato realista, como si se tratase de una vía muerta, y como si sólo el relato no realista pudiera tener sentido como medio de expresión de la modernidad; un “disparen a Carver”, en definitiva. Si usted es un aficionado al relato de los que reniega del realismo entonces Criaturas abisales va a ser su libro. Pero yo, que soy más practicante como escritor y más degustador como lector del relato realista me gustaría apuntar que he echado en falta en este libro una aproximación a personas más cercanas, a personas con miedos más cotidianos.
Voy a sostener la idea de que es más difícil escribir un relato realista solvente que un relato fantástico solvente, porque éste último puede partir de una idea sencilla (un hombre obsesionado con el agua, por ejemplo) y exagerando esta idea con un nivel de escritura correcto se puede hacer un relato no realista que funcione, pero para escribir un relato realista que funcione el autor ha de conocer más a los seres humanos y saber dibujar para sus personajes psicologías convincentes.
Es decir, leo los cuentos de Criaturas abisales, me parece que están bien escritos, me generan un cierto desasosiego, pero me cuesta emocionarme con sus personajes como puedo hacerlo con los de un relato de James Salter o de Alice Munro, por citar a dos de los autores de relatos realistas comentados en el blog. Por eso he sentido curiosidad por saber cómo se enfrentaría Perezagua a la escritura de un relato protagonizado por unos personajes preocupados por perder el trabajo o por la falta de dinero.

En todo caso, no quiero afear con este último comentario, a favor del realismo en el relato, la grata impresión que me deja éste, como he dicho, notable debut narrativo de la joven autora Marina Perezagua.

domingo, 19 de mayo de 2013

Yo, precario, por Javier López Menacho


Editorial Los libros del lince. 173 páginas. 1ª edición de 2013.
Prólogo de Manuel Rivas.

Tenía curiosidad por leer Yo, precario. Si estáis conectados a las redes sociales –a los espacios virtuales donde se habla de libros– os habréis dado cuenta de que desde que se publicó esta novela-crónica de Javier López Menacho (Jerez de la Frontera, 1982), hace muy poco tiempo, en marzo de 2013 (escribo esta entrada a principios de mayo), su repercusión está siendo grande, un éxito para la recepción media que suelen tener las novelas actuales de autores jóvenes y noveles que publican en editoriales pequeñas. López Menacho ha sido entrevistado en la radio, ha acudido a programas de estimable audiencia (y no precisamente especializados en temas culturales) y ha concedido entrevistas a diversos medios periodísticos. Para ser el primer libro de un joven autor, Yo, precario está teniendo una notable repercusión; posiblemente inesperada para él mismo y para su editor, Enrique Murillo.

Ya he contado en el blog que en el colegio donde trabajo existe la tradición de que, por motivo del Día del Libro, se organiza en cada clase un amigo invisible y de esta forma los alumnos, junto con su tutor, se regalan un libro. La experiencia me dice que si quiero que algún alumno (o sus padres, más bien) me regalen un libro que pueda leer es mejor que sugiera algún título en el papelito con mi nombre que introduzco en el estuche de algún alumno para llevar a cabo el sorteo del amigo invisible. Los títulos que sugiero preferiblemente deben ser novedades, libros fáciles de encontrar en El Corte Inglés. Entre los títulos que propuse en esta ocasión estaba Yo, precario. Justo terminaba Chronic City y lo leí en dos días, poco después de recibirlo como regalo.

Al comienzo de su libro López Menacho, entre otras citas, sitúa una muy oportuna de Hunter S. Thompson, el escritor de libros como Miedo y asco en las Vegas, y creador del llamado periodismo gonzo (“un modelo de periodismo que plantea eliminar la división entre sujeto y objeto, ficción y no-ficción, y objetividad y subjetividad”, dice la wikipedia). Al final del libro, López Menacho agradece al escritor Jordi Carrión que le permitiera asistir a su curso de periodismo (de forma gratuita, como he leído en internet) y que le animara a escribir las crónicas –de espíritu gonzo– sobre sus diversos trabajos, cuyo nexo de unión principal es su escasa remuneración, su temporalidad y su precariedad.

La frase inicial del libro está cargada de simbolismo: “Lo primero que tienes que hacer es quedarte en calzoncillos” (pág. 21): un joven (aunque ya no tan joven, con veintinueve años, vislumbrando ya la frontera huidiza de los treinta), el propio López Menacho, harto de tener que pedir dinero a sus padres, se ha mudado a Barcelona en busca de trabajo. Tiene una carrera universitaria (Turismo) y un máster, pero esto no le permite alcanzar un trabajo agradable. El orgullo de no depender de sus padres le va a llevar a aceptar unos trabajos que, de poder elegir, no habría aceptado; unos trabajos ante los que su dignidad puede sufrir el percance de quedarse en calzoncillos.
“Estoy aprendiendo los límites del mercado laboral, la degradación de la dignidad humana alrededor de la idea de que para vivir hay que trabajar, estoy viviendo una época de la historia que resulta deprimida pero apasionante y, al tiempo, aprendiendo mis propias limitaciones como persona. La incertidumbre de no saber qué hay más allá del mañana es, en cierto modo, adrenalina pura, algo que te hace sentir vivo”, afirma el narrador en la página 40. En este párrafo, posiblemente, queda marcado el tono de Yo, precario: la denuncia y a la vez la necesidad de seguir adelante a pesar de todo. Y éste es posiblemente el mayor logro de este libro: compaginar la rabia ante los abusos sufridos (el narrador cobra poco, y en algún trabajo ni siquiera le pagarán) con la ironía (me he reído más de una vez leyendo estas páginas), la compasión y en gran medida la ternura. Donde queda mejor reflejado todo lo anterior es en la primera –y más extensa– parte del libro, en la que se habla de los avatares del autor como mascota publicitaria de una famosa marca de chocolatinas: la ridiculez de un trabajo del que le avergüenza hablar a sus conocidos y a la vez la descripción de lo agradable que puede ser trabajar para los niños, que, inocentes, dudan de si dentro de la barra gigante de chocolate hay un hombre o no.
Los restantes trabajos descritos son: auditor de máquinas de tabaco en bares, una campaña de publicidad a pie de tienda para atraer clientes hacia unos servicios telefónicos y animador en un cine de los partidos de la selección de fútbol en la última copa de Europa.

El lenguaje que emplea López Menacho para sus crónicas, sin ser descuidado, hace hincapié en su deseo de oralidad, con abundantes palabras coloquiales: paripé (pág. 23), chorradas (pág. 24), molo (pág. 25) guiris (pág. 50), canis (pág. 51).
El libro, además de una muestra de periodismo gonzo, puede leerse como una novela; aunque el narrador ha decidido contarnos una parte muy concreta de su existencia: la relacionada con el trabajo (que paradójicamente es de la que no se suele hablar en otros libros y películas, donde los personajes disponen de todo el tiempo del mundo para enamorarse, viajar o charlar con los amigos en el bar...). Yo, precario se hace corto (los libros que se leen con agrado suelen hacerse cortos), y es posible que el libro habría llegado a tener más enjundia como novela si el personaje nos hubiera permitido vislumbrar de una forma más cercana su vida; aunque sí sabremos, por ejemplo, que comparte piso con otra gente joven, que cuando sale prefiere volver pronto a casa para no gastar el dinero que no tiene, que en el pasado tuvo una relación con una novia estudiante de Administración y Dirección de Empresas...
Me parece una acierto el irónico contraste que se crea al final entre el protagonista, que desea que la selección de fútbol siga ganando partidos en la Eurocopa, porque así podrá seguir animando sus partidos en el cine y por tanto ganar más dinero con el que pagar el alquiler, y el interés que la sociedad pone en unos jóvenes privilegiados a los que se transmiten las “esperanzas” de un país.

Imagino que algunos lectores tendrán la referencia: en los años 90 del pasado siglo desembarcó en España con fuerza una joven narrativa italiana, de la que sus miembros, como nombre de guerra generacional, se hacían llamar “jóvenes caníbales”. Y entre aquellos libros, de los que leí más de uno, recuerdo con simpatía una novela escrita en 1993 por un joven Giuseppe Gulicchia, que en el momento de la publicación de su libro Todos al suelo tenía veintitrés años. Yo, precario, por su irónico y tierno retrato de una juventud desencantada, me ha recordado bastante a esa novela.

Hace dos semanas hablaba en el blog de otra novela editada por Los libros del lince, El peor de los guerreros, del joven escritor chileno Rodrigo Díaz Cortez. Esta novela, con su trabajado lenguaje, sus juegos temporales y la viveza de la trama, me parece más literaria que Yo, precario; pero posiblemente he leído Yo, precario con más interés, ya que el tema escogido se me ha hecho muy cercano. Aunque hace tiempo que dejé de ser un idealista que piensa que la literatura puede actuar de forma directa sobre la realidad, sí que me parece importante que existan libros ahora mismo en España que retraten en primera persona la crisis que estamos viviendo.

A partir de aquí, de su inesperado éxito, Javier López Menacho tendrá que escoger qué clase de autor quiere ser, pues parece difícil repetir el éxito de una obra autobiográfica como la que ha escrito. El comienzo de una de las crónicas del Campeonato –concretamente la titulada El cruce de caminos (España 2 – Francia 0)–, que comienza con la frase: “Cuando era más pequeño, tenía un amigo que ocupaba un escalafón muy bajo en la caprichosa jerarquía piramidal que gobernaba mi pandilla” (pág. 149) y en las que en unas escasas páginas realiza un retrato muy vívido y certero de uno de sus amigos de la infancia, me hace pensar que López Menacho tiene talento para adentrarse con facilidad en las aguas de la ficción.

domingo, 5 de mayo de 2013

El peor de los guerreros, por Rodrigo Díaz Cortez


Editorial Los libros del lince. 281 páginas. 1ª edición de 2011.

Los libros del lince era otra de esas editoriales nuevas (apareció en 2008, si no me equivoco) de la que me apetecía leer algún libro de su catálogo. Está dirigida por Enrique Murillo, autor de Anagrama en la década de 1980, que ha trabajado en múltiples editoriales punteras (entre ellas en Anagrama, donde fue el lector que le recomendó a Jorge Herralde la publicación de La conjura de los necios de John Kennedy Toole), además de haber sido traductor de importantes escritores anglosajones, como Henry James, Vladimir Nabokov o Martin Amis. Somos amigos en Facebook y me gusta el entusiasmo que siente ante los propios libros que publica (lo contrario parecería absurdo si no conoces nada del mundo editorial; si has podido acercarte mínimamente a él sabrás que lo que apunto no es ninguna trivialidad).

Los Libros del Lince se dedica principalmente a publicar ensayo, pero también mantiene una línea de narrativa. En la biblioteca de Móstoles tienen varios de sus títulos y me decidí por éste de El peor de los guerreros del chileno, afincando en Barcelona, Rodrigo Díaz Cortez (Santiago de Chile, 1977). En realidad sucumbí a la historia personal de Díaz Cortez: su primer libro de cuentos, La taberna del vacío (2000) se lo autopublicó en Chile y lo vendía él mismo por los bares de Santiago. Con las ganancias (cuenta el autor, quizás incidiendo en la creación de su propia leyenda) se pudo comprar el pasaje de avión para Barcelona, donde actualmente trabaja conduciendo un taxi.

El peor de los guerreros se abre con una cita del poema de Roberto Bolaño Autorretrato a los veinte años. Y quizás con esta cita Díaz Cortez pretenda hacer toda una declaración de intenciones a favor del escritor nómada y aventurero; del escritor chileno que acaba viajando a Barcelona, característica que comparte con Bolaño.

El peor de los guerreros sitúa su acción en el desierto de Atacama, principalmente en el pueblo de Paitanás, y el tiempo narrativo abarca desde los años 20 del siglo XX hasta la década de 1970; desde la época de la migración, cuando los campesinos del sur -los paísas, los guerreros- llegaban a Atacama para trabajar en las minas de sal, hasta las torturas de los militares de Pinochet. Entre medias la historia de la región: la pobreza, la explotación, las revueltas, los abusos de los militares y la iglesia, hasta llegar a la decadencia de la zona: “Todo esto ocurrió muchos años antes de que los alemanes inventaran el salitre sintético, ya te lo había dicho, Benito, no te distraigas, muchos años antes de que los clippers dejaran de cargarlo en sus bodegas y la vida de los pueblos se fuera al carajo” (pág. 275).

La estructura es atrevida: Samu le va narrando a Benito, el hijo de su hija adoptiva, la historia de su pueblo, Paitanás, y de su familia: los padres de su madre, la Inglesa y Sofanor, atracadores de barcos y amigos de correrías de Samu, hasta que este decidió dejar la delincuencia y regentar un burdel; con múltiples saltos en el tiempo, indicando el momento narrativo y el lugar donde transcurren los hechos al comienzo de cada capítulo. Una de las peculiaridades de Samu es que está muerto, algo de lo que nos enteremos en el segundo capítulo de la novela: “Ahora ya no estaré en ninguna parte, desde que me lanzaron del avión en los años setenta. Y no callamos porque no podemos, y no pararé hasta que escuches toda esta tragicomedia.” (pág. 21). La condición de muerto de Samu le permite situarse en la posición de narrador casi omnisciente, y digo casi porque a veces le hablará a Benito de sucesos de los que no está seguro, sucesos convertidos en leyendas o mitos de la región. Y la recreación del mito parece ser uno de los planteamientos narrativos más serios que hace Díaz Cortez en esta novela. Así nos hablará de los malvados que regentan la autoridad, el diablo López-Cuervo y posteriormente de su hijo, el diablo López-Cuervo II; el líder de la iglesia, el dios Alzamora; la Lorenzana, la hombruna salteadora de caminos; y de la pareja de atracadores formada por la Inglesa y Sofanor, que ya en la primera línea de la novela aparecen muertos en la pensión de la Ojerosa: “La sonajera de mi reloj no logró despertar a la pareja porque ya estaban muertos”. En torno al misterio creado por estas muertes bascula gran parte del peso narrativo de la historia. Samu le irá narrando a Benito –quien desea escribir una novela sobre las muertes de sus abuelos- la historia de la pareja, desde el momento que él los conoció hasta todo lo que pasó después, dejando siempre el hueco narrativo en sus palabras de la explicación del misterio, explicación que –como la propia estructura de la novela marcaba desde el principio- le será dada al lector sólo en las últimas páginas del libro.

Los personajes quedan más definidos por sus acciones, provocadas por un comportamiento obsesivo (la venganza, la generosidad, el deseo…) que por el flujo de sus pensamientos; y en este sentido El peor de los guerreros me ha recordado a las novelas de Gabriel García Márquez. Lo trabajado del tratamiento del tiempo también me ha recordado a la forma de pulir la estructura de García Márquez; incluso el fraseo elegante me ha recordado a la prosa del colombiano. Esta oración, por ejemplo: “A la semana siguiente de la visita de mi amigo, con el reloj en su poder, activó el juego de la ambición” (pág. 47). Ese tipo de construcciones lingüísticas -el juego de la ambición- me parecen tan profundamente García Márquez… por no hablar del realismo mágico que supone darle la voz narrativa a un muerto.
Y esto, igual que hace unas semanas cuando hablaba de Patricio Pron como discípulo de Roberto Bolaño, no es ninguna crítica negativa a Rodrigo Díaz Cortez. Gabriel García Márquez me parece un autor muy reivindicable. De hecho, yo he leído la mayor parte de sus libros y tengo pensando hacer una relectura de los principales.

Por ponerle algún pero a esta novela, podría apuntar que en más de un pasaje el tono tragicómico de lo contado –como he recogido antes, en palabras del narrador, en la cita de la página 21-, su tendencia a la prosa elegante, ligeramente irónica y distanciada, me parece que ha hecho que algunas de las escenas perdieran toda la intensidad que podrían haber tenido de haber elegido otro tono o un tipo de narración más lineal. En todo caso, querría destacar el hecho contrario: Rodrigo Díaz Cortez, pese a su juventud me ha parecido un escritor muy dotado, muy seguro en su manejo de los tiempos narrativos y con una prosa tendente al juego metafórico muy elaborada, y al que considero destinado a que hablemos más de él en el futuro. Sé que su siguiente novela ha sido fichada para Mondadori Chile.

Así que, estimado lector de este blog, recuerda que si viajas a Barcelona y tomas un taxi debes estar atento. Podrías tener la gran suerte de ser el de Rodrigo Díaz Cortez y poder disfrutar de una agradable charla sobre literatura durante el trayecto.