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domingo, 5 de septiembre de 2021

En la frontera, por Cormac McCarthy

 


En la frontera, de Cormac McCarthy

Editorial Debolsillo. 443 páginas. 1ª edición de 1994; ésta es de 2019.

 

Justo después de acabar la maravillosa novela Todos los hermosos caballos (1992) de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) empecé a leer En la frontera (1994), la segunda parte de la llamada Trilogía de la frontera. En realidad no hay continuidad entre las dos historias, ya que están protagonizadas por personajes diferentes. Sí que existe una unidad de lugar (el sur de los Estados Unidos y el norte de México) y una unidad temática, ya que los hermanos Billy y Boyd Parham, que cuando empiece la acción tendrán dieciséis y catorce años, al igual que ocurría con los personajes adolescentes de Todos los hermosos caballos, John Grady Cole y Lacey Rawlins, también se dirigirán al sur a caballo y también se convertirán en símbolos de una masculinidad del pasado que va a desaparecer. Si bien la acción de Todos los hermosos caballos se situaba en 1949 y nos llevaba a Texas, en En la frontera estamos en 1941 y la acción comienza en Nuevo México. En esta segunda novela, le ha costado a McCarthy dejar ver al lector el año exacto en el que estaba situando su trama.

 

Hasta el rancho de los Parham ha llegado una loba preñada de Nuevo México y el padre, con la ayuda de Billy, se propone acabar con ella, haciendo uso de las viejas técnicas de los tramperos. Al hablar de Meridiano de Sangre o Todos los hermosos caballos ya he comentado que la naturaleza acaba convirtiéndose en un personaje más de las narraciones, y en la primera parte de En la frontera directamente hay unas páginas en las que McCarthy narra (en tercera persona, como siempre) desde la mirada, o las acciones, de la loba, en lo que me parece un claro homenaje a la obra de Jack London.

La primera parte de este libro trata sobre los intentos de Billy de cazar a la loba y, una vez que lo consigue, su identificación con ella y la piedad que siente. Esto hará que, sin pedir permiso a su familia, parta para México con la intención de dejar allí al animal. En realidad, el lector no acabará de saber cuáles son los motivos que dirigen a Billy porque McCarthy, como ocurre casi siempre en su obra, nos dejará ver de él sus actos y no sus pensamientos. Cuando esta primera parte termina en la página 134, he tenido la sensación de que el libro podía haber acabado aquí y ser una gran novela corta, pero las intenciones de McCarthy eran otras. Al volver a su casa, Billy va a descubrir que sus padres han sido asesinados, y junto con su hermano Boyd se adentrarán de nuevo en México y no estará muy claro si van en busca de los asesinos, de los caballos robados, o de ambas cosas.

 

Los elementos narrativos de Todos los hermosos caballos y En la frontera son muy similares, como ya he apuntado. Ambas novelas hablan de adolescentes errantes, casi vagabundos, que simbolizan un mundo (el de los vaqueros y el Oeste) que está a punto de desaparecer, y en ambas novelas se habla de la violencia y de una masculinidad instintiva, que se forma al reaccionar con el ambiente y con las personas con las que se cruzan, que la irán moldeando. En En la frontera también va a aparecer una chica mexicana (ahora pobre y no rica como en Todos los hermosos caballos) que va a separar, no a los dos amigos, como en la otra novela, sino, en este caso, a los dos hermanos. Así que, durante bastantes páginas, me estaba preguntando ¿por qué McCarthy ha escrito dos novelas tan parecidas? Después de haber leído la obra maestra que me ha parecido Todos los hermosos caballos, me preguntaba ¿merece la pena leer En la frontera? O, en cualquier caso, ¿merece la pena leer estas dos novelas tan similares seguidas? Es cierto, que al acabar los dos libros, tengo la impresión de que Todos los hermosos caballos es una novela más perfecta y más equilibrada, con una trama más clara. Pero, también es cierto, que al adentrarme en En la frontera he acabado subyugado por su propuesta. Uno no sabe, durante muchas páginas, realmente hacia dónde va McCarthy aquí, o su personaje. Cuando llevamos 300 páginas cuesta recordar la historia de la loba inicial, y tenía la sensación de que esos recuerdos pertenecían a otra novela. Si McCarthy quería mostrar la vida de un personaje errante, de un marginado, realmente lo ha conseguido. La idea de libertad creativa en el escenario de los grandes espacios americanos ha sido muy fuerte aquí.

Como ocurría en sus otros libros, las páginas se elevan con el discurso oral de alguno de sus personajes, en este caso, de un eremita o de un ciego que luchó en la Revolución.

 

En la frontera me ha hecho pensar en Las aventuras de Huckleberry Finn de Mark Twain, porque Bill y Boyd se van encontrando con diferentes personas en el camino igual que ocurría en la novela de Twain. Y al fin y al cabo, Las aventuras de Huckleberry Finn es un libro de estirpe cervantina. Así que, quizás de un modo extraño, En la frontera me parece un libro cervantino, sobre un viaje y los encuentros que este viaje provoca.

Y también he pensado en Roberto Bolaño. Para mí su gran obra empieza en 1996 con Estrella distante, y sigue con Los detectives salvajes de 1998. En Bolaño también hay personajes errantes y, de vez en cuando, cuentan historias extravagantes que funcionan como narraciones independientes de la historia principal. Me he imaginado a Bolaño como uno de los primeros lectores aventajados de las traducciones de Random House de la Trilogía de la frontera, disfrutando de McCarthy y asimilándolo como una influencia para su obra. De hecho, tras consultar el libro de ensayos Entre paréntesis, descubro que Bolaño escribió una reseña de Meridiano de sangre. Así que, efectivamente, Bolaño había leído a McCarthy.

 

De nuevo, igual que ocurría con John en Todos los hermosos caballos, Billy, el protagonista de En la frontera, sabe hablar español, porque su abuela le hablaba en esta lengua. No sabemos si la abuela era mexicana, porque McCarthy es siempre parco en explicaciones y dejará para el lector la tarea de reconstruir y dar significado a algunas de las escenas y el pasado de los personajes.

 

En algunos pasajes, el narrador de En la frontera le adelanta información al lector. Por ejemplo, un personaje sale de escena, y en relación a Billy, escribe: «Esa sería la última vez que lo vería», este recurso se repite varias veces y crea una sensación de tragedia y de destino ominoso sobre el personaje. Ya he dicho que la trama se sitúa en 1941 y parece mentira que mientras leemos sobre Billy y sus andanzas esté teniendo lugar la Segunda Guerra Mundial, porque la novela que leemos parece que nos lleva a épocas más remotas. Al final la Segunda Guerra Mundial acabará entrando de manera tangencial en la trama.

 

En la frontera, a pesar de las similitudes con Todos los hermosos caballos, tiene un aire propio y sigue siendo un grandísimo libro, aunque el primero me parezca mejor. De nuevo, McCarthy va a dejar a su personaje abandonado en mitad de la nada, en mitad de la naturaleza salvaje, inmensamente solo y a punto de convertirse en un vagabundo, en un expulsado del sistema.

Ya estoy leyendo Las ciudades de la llanura, que cierra la trilogía y que, en realidad, la acaba dotando de unidad y sentido, puesto que en esta tercera novela, McCarthy va a hacer que se encuentren John Grady Cole, el protagonista de Todos los hermosos caballos, con Bill Parham, el protagonista de En la frontera, trabajando en un rancho del sur de Texas. Ya os hablaré de este tercer libro.

domingo, 29 de agosto de 2021

Todos los hermosos caballos, por Comac McCarthy

 


Todos los hermosos caballos, de Cormac McCarthy

Editorial Debolsillo. 335 páginas. 1ª edición de 1992; ésta es de 2020.

 

Ya he comentado que en enero de 2021 empecé el año leyendo Meridiano de Sangre de Cormac McCarthy (Rhode Island, Estados Unidos, 1933) y que fue una lectura que me impactó mucho. Hasta entonces había leído de McCarthy No es país para viejos (2005) y La carretera (2006) y, aunque me gustaron, no habían llegado a deslumbrarme. Cuando comenté esto mismo, hace años, en las redes sociales, hubo más de un lector de McCarthy que me dijo que yo no había leído las grandes novelas de este autor, que serían Meridiano de Sangre (1985) y No es país para viejos (1992). Ahora que he leído las dos ya puedo afirmar que las personas que me comentaron esto tenían toda la razón.

 

La acción de Meridiano de sangre se situaba en 1849 y la de Todos los hermosos caballos en 1949; es decir, justo un siglo después. La elección de la fecha en la que trascurre Todos los hermosos caballos no es una casualidad por parte de McCarthy, ya que esta novela está escrita justo después de Meridiano de sangre y en gran medida dialoga con ella. Las dos novelas se desarrollan en el mismo espacio físico, entre los estados del sur de Estados Unidos y los del norte de México, hablándonos siempre de una frontera difusa. El escenario de Todos los hermosos caballos es el mismo que el de Meridiano de sangre, pero más pacificado un siglo después. En el 1949 de McCarthy ya no será habitual que tres amigos entren en un bar a tomar algo y de madrugada solo salgan dos porque uno de ellos ha muerto en una pelea, como ocurría en su 1849, pero, si bien el nuevo mundo que dibuja está soportado sobre las ascuas del antiguo, aún perviven en él rescoldos de violencia, y en Todos los hermosos caballos el lector también se va a encontrar con más de una muerte violenta. No, desde luego, al nivel salvaje y apocalíptico de Meridiano de sangre, pero la violencia también será uno de los ejes constructivos de Todos los hermosos caballos.

 

John Grady Cole, de dieciséis años en 1949 (los mismo del autor en esa fecha, por cierto), es el protagonista de esta historia. La narración comienza cuando muere su abuelo, con el que vive en un rancho del oeste de Texas. Los padres de John están divorciados y el padre es un exsoldado de la Segunda Guerra Mundial que, en 1949, no parece muy equilibrado para cuidar de su hijo o de sí mismo. La madre de John, la heredera del rancho, sueña con convertirse en actriz y quiere vender la propiedad, de la que opina que no da beneficios. John quisiera explotar él ese rancho, cuya casa se construyó en 1872, antes de que desaparecieran los búfalos de la región en 1886, pero no va a poder ser. Es un momento importante para John, puesto que se va a quedar sin supervisión de los adultos y la idea de futuro que tenía para convertirse él mismo en adulto ‒dirigir el rancho familiar‒ va a desaparecer. Después del entierro del abuelo, John ensilla su caballo y «cabalgaba hacía donde siempre elegiría cabalgar, allí donde la bifurcación occidental del viejo camino comanche bajaba de la tierra kiowa en el norte y cruzaba la parte más occidental del rancho y podía verse su débil rastro hacia el sur.» (pág. 9)

 

Junto con su amigo Lacey Rawlins, de diecisiete años, John tomará su caballo y decidirá abandonar su casa y emprender un viaje de descubrimiento hacia el sur. John y Rawlins cabalgan hacia México y también hacia el pasado, pues en ellos McCarthy está simbolizando una forma de vida que está cerca de desaparecer, la de los jinetes o vaqueros, que cabalgan en un desierto sin alambradas o fronteras. Entre la página 29 y 30 podemos leer, hablando de John: «El muchacho que montaba un poco adelantado a él no solo montaba como si hubiera nacido cabalgando, que así era, sino como si de haber sido engendrado por malicia o mala suerte en un país extraño donde no hubiese caballos él los habría encontrado. Habría sabido que faltaba algo para que el mundo estuviese bien o él bien en el mundo y se habría puesto en marcha para vagar a donde fuese durante el tiempo necesario hasta encontrar uno y habría sabido que aquello era lo que buscaba y así habría sido.» Por supuesto, en el 1949 de McCarthy ya hay automóviles, pero el caballo como medio de transporte persiste en el imaginario de John y de Lacey como símbolo de su relación con el pasado, como epítome de su conflicto con la época en la que les ha tocado vivir. John y Lacey van a ser vagabundos, personajes excluidos de los cambios de una modernidad que no aceptan.

 

El viaje al sur se complica cuando empiece a seguir a los dos jinetes Blevins, un chico de unos trece o catorce años, quien parece que se ha escapado de casa en un caballo robado y no parece una persona muy estable.

Parece que John y Lacey encuentran su lugar cuando empiezan a trabajar como vaqueros para un gran terrateniente mexicano. Son muy bellas las páginas costumbristas en las que McCarthy le muestra al lector cómo John y Lacey doman a una manada de caballos salvajes.

John quedará prendado de Alejandra, la hija del hacendado, sin saber aún que un desclasado como él no va a ser aceptado por el mundo del dinero. Las novelas de McCarthy son eminentemente masculinas, y lo que más parece interesarle es el paso del hombre de la niñez a la madurez. Muy rara vez la prosa de McCarthy refleja los pensamientos de los personajes, y el lector tendrá que deducir lo que piensan de sus actos. Unos actos que mueven las circunstancias y el duro aprendizaje de la naturaleza y el mundo. En Meridiano de sangre no había ningún personaje femenino relevante, y en Todos los hermosos caballos si los hay, representados por Alejandra y su tía abuela Alfonsa. Son mujeres fuertes y libres. Pero, en cualquier caso, la mujer parece ser el elemento de la naturaleza que va a debilitar la relación ancestral de amistad que existe entre los dos amigos.

 

 

He comentado que en las novelas de McCarthy no se narran los pensamientos de los personajes, pero ‒en más de una ocasión‒ la novela sobrepasa el mero relato de los hechos cuando alguno de estos personajes emite un parlamento. En Meridiano de sangre esto ocurría, sobre todo, cuando hablaba el siniestro juez Holden, y en Todos los hermosos caballos el mejor parlamento lo emitirá Alfonsa, cuando le hable a John de su vida durante la Revolución mexicana.

 

Debido a la relación que John y Lacey tuvieron con Blevins, la apacible vida que habían empezado a tener en la hacienda se volatizará. Hacia el tramo final de la novela, a John, de nuevo vagabundo, abandonado por el mundo del dinero, McCarthy le concederá un final épico. Un final que, en gran medida, me ha hecho pensar en Sin Perdón, la gran película que Clint Eastwood estrenó en 1992, el mismo año de la publicación de esta novela. Si bien, ambas obras son desmitificadoras del mundo del Lejano Oeste, en su tramo final no renuncian a la épica, tanto William Munny (el protagonista de Sin perdón) como John Grady, serán dos hombres a los que no les importará morir antes que sentirse humillados por otros que arrastraron a sus amigos (y a sus caballos).

 

La naturaleza se convierte en esta novela en un personaje más, y su descripción acaba siendo muy poética, y también precisa. En más de un caso, en vez de usar puntos, usa la conjunción «y» para generar una sensación de acumulación sensorial. McCarthy parece conocer el nombre de cada animal o yerbazo de la frontera. Como ya ocurría en Meridiano de sangre, en el texto hay muchas palabras que están en español en el original y que en la traducción aparecen con letra bastardilla. Más de una de estas palabras españolas no las conocía, puesto que reflejan elementos tradicionales del campo mexicano. John, gracias al trato con los trabajadores de su rancho, sabe hablar español.

Todos los hermosos caballos es una obra bellísima sobre un mundo que se agota, un absoluto western crepuscular. Una obra maestra.

domingo, 27 de junio de 2021

La mala hora, por Gabriel García Márquez



La mala hora,
de Gabriel García Márquez

Editorial Debolsillo. 207 páginas. 1ª edición de 1962; ésta es de 2013.

 

Creía que había leído toda la obra narrativa de ficción –sus novelas y cuentos– de Gabriel García Márquez (Aracataca, Colombia, 1927 ­– Ciudad de México, 2014), cuando en la biblioteca de Móstoles me di cuenta de que me faltaba una novela: La mala hora. Quizás debería haberla sacado en préstamo en ese momento, pero no lo hice y, unas semanas después, comentándolo con un amigo escritor me dijo que La mala hora no era una de las novelas buenas de García Márquez y, aunque seguía queriendo leerla por mi afán completista, acabé olvidando un poco esta lectura. Sin embargo, en el verano de 2020, mirando libros en el FNAC de Callao, me encontré con una edición del libro en bolsillo y me apeteció comprarlo y leerlo.

 

La mala hora se publicó en 1962, justo entre mis novelas favoritas de García Márquez, El coronel no tiene quien le escriba (1961) y Cien años de soledad (1967). En La mala hora, García Márquez nos acerca a un pueblo a las orillas de un río, que parece guardar más de una similitud con el pueblo de El coronel no tiene quien le escriba, aunque en ningún momento he sabido si se trataba del mismo. El pueblo de La mala hora, en cualquier caso, está cerca de Macondo, pueblo al que se nombra al final del segundo capítulo, en la página 49. Nunca aparece el nombre de Colombia, pero se sobreentiende que García Márquez habla de su país, y posiblemente de su zona caribeña, de la que él procede, una zona de excesivo calor, humedad y lluvias torrenciales.

 

La novela está escrita en tercera persona y cuenta con un número suficiente de protagonistas como para que podamos hablar de una novela coral. En la primera página conocemos al padre Ángel, quien se levanta de madrugada, para hacer sonar las campanas de la iglesia a las 5 de la mañana y anunciar así el comienzo de un nuevo día en el pueblo. Esta mañana es la del 4 de octubre, y en la última página, cuando el padre Ángel se vuelva a levantar será el 21 de octubre. En estos diecisiete días, en los que transcurre la novela, serán muchos los acontecimientos que se narren, empezando por un asesinato y acabando con otro.

En el pueblo están apareciendo pasquines en las puertas de las casas, colocados de noche. En ellos se cuentas chismes antiguos, cotilleos sobre hijos ilegítimos o sobre infidelidades. De hecho, será uno de estos pasquines el que provoque la primera muerte. César Montero lee en la puerta de su casa, al salir de madrugada, que uno de sus vecinos se acuesta con su mujer. Ofuscado se presenta en su casa y le descarga la escopeta en el pecho.

Al leer las primeras decenas de páginas de La mala hora me estaba acordando de la novela Juntacadáveres de Juan Carlos Onetti, que habla de un pueblo en el que se abre un prostíbulo y empiezan también a aparecer anónimos –en lugar de pasquines en las puertas de las casas– descubriendo quiénes lo han frecuentado. ¿Qué novela se publicó primero? La mala hora es de 1962 y Juntacadáveres de 1964; así que la idea original de escribir sobre pasquines que se dejan en las casas de un pueblo sería de García Márquez, pero no podemos hablar en ningún caso de plagio, puesto que Onetti tiene un estilo narrativo muy particular y diferente al de García Márquez.

 

Los pasquines están empezando a romper la tensa calma a la que se había llegado en el pueblo, después de haber sufrido el país una guerra civil. Si bien, a algunos personajes los conoceremos por su nombre, a otros García Márquez nos los muestra representados por su profesión, como al alcalde. En principio, el alcalde parece un personaje positivo, alguien que se preocupa por sus vecinos, aunque en diversas situaciones vemos cómo éstos le rechazan. «Ustedes matan sin anestesia.», le dirá el dentista al alcalde en la página 69. El alcalde pregunta a una mujer que hasta cuándo le van a tener rencor y ésta le contesta: «Hasta que nos resuciten los muertos que nos mataron.» (pág. 79). El alcalde, lógicamente, forma parte de los vencedores en la última guerra civil, y además parece que está empezando a hacer buen dinero manejando diversos negocios públicos y privados desde su puesto de privilegio.

El juez Arcadio es otro de los personajes destacados del libro, un hombre preocupado porque a su antecedente en el puesto, once meses antes, le asesinaron tres policías en su despacho, debido a que durante una borrachera afirmó que quería garantizar unas elecciones libres.

 

Aunque el tema de los pasquines podría parecer una nimiedad, ya hay un muerto en el pueblo y las señoras de las familias más importantes se juntan con el padre Ángel, porque quieren que éste intervenga desde el púlpito para que desaparezca la situación. Además el padre Ángel le mostrará su preocupación al alcalde y éste tomará la decisión de establecer un toque de queda y organizar rondas nocturnas, algo que peligrosamente puede hacer recordar a los vecinos épocas violentas y no tan lejanas.

 

Ya he comentado que en La mala hora se nombra a Macondo. Me ha gustado descubrir también que aparece aquí el coronel Aureliano Buendía, quien durmió una noche en el hotel del pueblo. Aún le quedaban al coronel cinco años para ser uno de los protagonistas de Cien años de soledad, y es curioso observar cómo el mundo ficcional de García Márquez se iba ya construyendo. Aparece un circo, pero no creo que sea el mismo de los gitanos que aparecían en Macondo. Además La mala hora todavía no es de forma explícita una novela del «realismo mágico», puesto que no aparecen escenas abiertamente fantásticas en la realidad contada. Sin embargo, una de sus protagonistas se encuentra por las noches en el pasillo de su casa con el fantasma de la Mamá Grande, que es la protagonista de uno de los cuentos más famosos de García Márquez. En otra escena se nos cuenta que el telegrafista del pueblo envía poemas telegrafiados a otra telegrafista que no conoce; y estas imágenes empiezan ya a rozar ese realismo mágico que desbaratará la realidad en su siguiente novela.

 

La prosa de La mala hora, siguiendo la línea de El coronel no tiene quien le escriba, es más contenida que la de novelas como Cien años de soledad. En gran medida la belleza de la prosa de García Márquez –y en La mala hora podemos encontrar muchos ejemplos– se sostiene sobre su capacidad para incorporar los detalles naturales en las escenas que describe a sus personajes: por ejemplo, en más de una ocasión canta a lo lejos un alcaraván, o se describen los colores de los loros que atraviesan el cielo, o el olor de «los nardos bajo la lluvia», en la primera página, que sería un recurso similar al del olor de las «almendras amargas» en Crónica de una muerte anunciada. Los olores son muy importantes en el mundo ficcional de García Márquez. Me ha gustado este detalle: en la crecida del río, las aguas arrastran una vaca muerte; páginas más tarde, cuando el lector ya no piensa en esa imagen, se filtrará por las ventanas de las casas el olor a podredumbre de esa vaca muerta, cuyo cuerpo encalló en alguna orilla del río.

La mala hora está muy emparentada con el libro de cuentos Los funerales de la Mamá Grande. De hecho, ambos libros se publicaron el mismo año –1962– y el estilo de composición, seco y con fuerza en los diálogos, es el propio de Ernest Hemingway (más en los cuentos que en la novela). Los cuentos parecen ambientados en el mismo pueblo, y uno de sus centro de reunión es «el salón de billar», que aparece en ambos libros. Además, uno de los cuentos –el titulado Un día de estos– relata una anécdota, en la que el alcalde del pueblo ha de ir al dentista, que también aparece en la novela. La tensión política que subyace a ambas obras es también la misma. Otro cuento se llama La viuda de Montiel, que es un personaje de La mala hora. En este cuento aparece también Carmichael, otro de los personajes de La mala hora.

 

García Márquez pasa de una escena a otra, de un personaje a otro, marcando que lo narrado tiene lugar de forma simultánea o sucesiva, con expresiones como «mientras X bajaba las escaleras, Y hacía tal». De este modo, también se incide en la idea de que todo ocurre en un espacio muy limitado, donde todos se conocen y se observan entre sí, a pesar de que no pueden descubrir quién o quiénes están poniendo los pasquines en las puertas de las casas. «Es todo el pueblo y no es nadie.», sentenciará sobre el particular la adivina del circo ambulante. Quizás éste sea un sutil nuevo elemento de realismo mágico.

 

La tensión va aumentando en la novela, pero diría que de un modo menos perfecto que en El coronel no tiene quien le escriba. En la construcción coral ya se adivina la estructura de Cien años de soledad. La mala hora es una buena novela, que no está a la altura de mis favoritas de García Márquez, que parece una obra de transición entre la precisión a lo Hemingway de sus primeras novelas y el desbordamiento posterior de Cien años de soledad o El otoño del patriarca. Me ha gustado leerla, me ha gustado completar el universo ficcional de Gabriel García Márquez, que ha sido siempre uno de mis escritores de cabecera.

 

 

 

domingo, 6 de septiembre de 2020

EL sueño eterno, por Raymond Chandler

El sueño eterno, de Raymond Chandler

Editorial Debolsillo. 363 páginas. 1ª edición de 1939; Ésta es de 2019.
Traducción de José Luis López Muñoz y Juan Manuel Ibeas

Hace ya más de veinte años, leí El sueño eterno (1939) de Raymond Chandler (Chicago, 1888 – La Joya, California, 1959) en una edición mala de bolsillo que andaba por la casa de mis padres. Recuerdo que me gustó, pero no seguí con la serie del detective Philip Marlowe, que iniciaba aquí su andadura por un total de siete novelas. También recuerdo que en aquella primera ocasión la trama me pareció algo confusa y que, durante mucho tiempo, he creído –de forma incorrecta– que Chandler cometió algún error de lógica en su novela. En realidad, me parece que la confusión viene de un debate del programa Qué grande es el cine, donde se contó la anécdota de que Howard Hawks, director de la película sobre el libro, tuvo que llamar a Chandler para que le explicara quién mató a uno de los personajes y el escritor no le supo responder, quitándole importancia. Los guionistas de Hawks fueron dos escritores, Leigh Brackett y William Faulkner, que tenían que acabar el guión en quince días, usando la técnica de repartirse los capítulos alternos. Faulkner también tuvo algún problema con la interpretación de la novela, lo que en realidad más que hablar mal de Chandler habla de la poca estima que tenía Faulkner por Hollywood, quien después de este trabajo abandonó California y se volvió a su Mississippi natal para seguir con su obra literaria. Si Faulkner, creador de algunas de las novelas más complejas del siglo XX,  había considerado que había algún error en la trama de El sueño eterno es porque tendría que haberlo, pensaba yo.
Ahora he vuelto a leer el libro con mucha atención, subrayándolo con dos colores y haciendo anotaciones a lápiz en los márgenes y considero que todo encaja perfectamente, aunque es cierto que la trama avanza de un modo muy rápido, y que entran y salen en las escenas un gran número de personajes, y que un lector que no ponga todos los sentidos se puede perder en cualquier momento.

El personaje principal y narrador de El sueño eterno es Philip Marlowe, la gran creación de Raymond Chandler, un escritor tardío y gran admirador de las novelas negras del norteamericano Dashiell Hammett. El libro comienza cuando un Marlowe de treinta y tres años va a visitar al general Sternwood, un hombre mayor que le recibe en una silla de ruedas. Sternwood está siendo extorsionado con unos pagarés sobre deudas de juego. Ya ha pagado en el pasado, pero quiere dejar de hacerlo por orgullo. Además le habla a Marlowe de su yerno, un excontrabandista con el que había congeniado y que lleva un mes desaparecido. En esta primera visita, Marlowe también conocerá a las dos hijas veinteañeras de Sternwood: Vivian y Carmen. «Vivian es una criatura malcriada, exigente, lista e implacable. Carmen es una niña a la que le gusta arrancarle las alas a las moscas. Ninguna de las dos tiene más sentido moral que un gato.», así describe a sus hijas el general en la página 18.

La trama principal transcurre en cuatro días de octubre, profundamente lluviosos. La persistencia de la lluvia sirve para generar una atmósfera opresiva en muchas de las escenas de esta novela. En los dos últimos días finales, cuando la historia ya se acerca a su fin, aparecerá el sol.
Como comentaba al principio, la trama es bastante frenética. Hasta cierto punto, esta característica podría ser contraria a la idea tradición de una gran obra literaria, puesto que la literatura, en gran medida, la solemos asociar a la capacidad de reflexión sobre la realidad vivida. Pero al estilo rápido, de frase corta, le salva un gran hallazgo, el de la voz narrativa de Marlowe. Philip Marlowe es un detective cínico, desapegado y que contempla el mundo con mucha ironía (el sentido del humor de los diálogos es algo destacable) y desencanto. Además, mientras el mundo en el que se mueve suele ser profundamente corrupto, Marlowe se mantiene incólume a las debilidades que ve a su alrededor, Marlowe trabaja por 25 dólares al día más gastos y solo si el trabajo es legal. Su honor y su honradez siempre estarán por encima de las circunstancias. Marlowe se acabará definiendo como alguien «dolorosamente honrado». En este sentido –y me estoy acordando de un texto de Ricardo Piglia sobre Marlowe– el detective es un observador de la corrupción a la que nunca sucumbe, alguien capaz de atravesarla sin caer nunca en debilidades humanas, y en este sentido, la figura de Marlowe es una fantasía de orden. De hecho, he leído en alguna web de internet, y es fácil observarlo en el texto, que Marlowe es una figura conservadora. Marlowe es misántropo (no cree en el ser humano) y también algo misógino (no está casado, porque no le gustan las mujeres de los policías, nos contará). De hecho, en gran medida en El sueño eterno la libertad de la mujer (en muchos casos de carácter sexual) es considerada como una amenaza, una corrupción frente al orden del mundo. «Las mujeres me ponían enfermo.» (pág. 180)
También hay aquí algún comentario homófobo («Todo aquello, a la luz del día, resultaba de una obscenidad vergonzante, como una fiesta de mariquitas.», pág. 75), puesto que aparecen en la trama algunos personajes homosexuales, que formarán parte de esa corrupción del mundo contra la que lucha Marlowe. Si bien la presencia de estos elementos en la novela puede ser negativa para un lector del siglo XXI, creo que no es conveniente juzgar una obra literaria de hace ochenta años con códigos actuales. La voz narrativa de Marlowe acaba siendo muy atractiva gracias a su cinismo, su inteligencia, su desapego, su sentido de la justicia y su humor.

Ya he comentado que el estilo es escueto y rápido, pero la mirada que Chandler le transfiere a Marlowe no carece de agudeza. En este sentido es destacable el recurso de la comparación, muy usado en la novela, y que aporta mucho peso a la forma de connotar lo observado. «El general habló de nuevo, despacio, utilizando sus fuerzas con el mismo cuidado con que una corista sin trabajo usa las últimas medias presentables que le quedan.» (pág. 13), «Encendí el cigarrillo y arrojé una buena bocanada en dirección al anciano, que lo olisqueó como un terrier la madriguera de una rata.» (pág. 14). Aunque lo narrado parece muy cercano al tiempo narrativo, en alguna ocasión se le recuerda al lector que Marlowe está contando la historia desde algún punto indeterminado del futuro: «Para mí nunca fue otra cosa que una drogada.», dice sobre Carmen en la página 44.

Esta edición de Debolsillo viene acompaña de dos novelas cortas: Asesino bajo la lluvia (1935) y El telón (1936), que Chandler publicó en revistas pulp unos años antes de escribir El sueño eterno, su primera novela. Hay algo muy curioso aquí: la trama de El sueño eterno está construida fundiendo las de estas dos novelitas. Algunos párrafos incluso llegan a copiarse desde las novelas cortas a El sueño eterno. En cada una de estas dos novelistas hay una mujer que pasará a ser cada una de las dos hermanas de El sueño eterno. Después de leer estas dos obras tempranas el lector entenderá mejor la construcción de El sueño eterno, ya que hacia la mitad de la novela parece que el caso que investiga Marlowe se ha acabado, pero él decide seguir la pista a un cabo suelto, aunque nadie le ha pedido que lo haga. «Lo más sensato por mi parte habría sido tomarme otro whisky y olvidarme de todo aquel lío.» (pág. 147) Esta continuación tiene que ver con averiguar qué ha ocurrido con el yerno desaparecido del general. En estas dos novelitas aparece ya un detective cínico; en la primera el detective no tiene nombre y en la segunda se llama Carmady, pero Chandler aún no ha acabado de dar con la gran fórmula literaria que será la voz de Marlowe. Asesino bajo la lluvia y El telón se leen como curiosidades, ya que, como he comentado, sus historias acaban siendo un borrador para El sueño eterno.

«Subí otra vez al despacho y me senté a pensar en Harry Jones y en su historia. Parecía demasiado fácil. Poseía la austera sencillez de la ficción en lugar de la retorcida complejidad de la realidad.», leemos en la página 190. Chandler estableció un enfrentamiento teórico entre la novela de detectives tradicional (el Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle, por ejemplo) y la nueva novela negra, representada principalmente por su admirado Dashiell Hammett. Según Chandler, en la versión inglesa del género el enigma y el ingenio no dejaban ver a las personas reales ni a la sociedad. «No soy Sherlock Holmes ni Philo Vance.», dirá Marlowe en la página 236.
Marlowe es un cínico honrado, un bebedor solitario (la exaltación del alcohol en esta novela es destacable) y también un hombre de acción. Marlowe es un personaje maravilloso y la última página de la novela es espectacular. He disfrutado mucho de esta lectura. Ya estoy con Adiós, muñeca, la segunda novela de la serie de Marlowe. La idea es leerlas todas seguidas (o casi seguidas).

domingo, 11 de noviembre de 2018

Días de llamas, de Juan Iturralde


Días de llamas, de Juan Iturralde.

Editorial Debolsillo. 503 páginas. Primera edición de 1978, ésta es de 2006.

La primera vez que leí sobre Días de llamas de Juan Iturralde (Salamanca, 1917-Madrid, 1999) fue en el blog de Alberto Olmos. Hablaba de esta novela sobre la Guerra Civil española y comentaba que no había sido más famosa porque no se había publicado en su momento, cercana en el tiempo a los hechos narrados, sino que el autor había esperado hasta la vuelta de la democracia a España para sacarla a la luz. Creo que a Olmos se la recomendó Constantino Bértolo, que ha sido el editor que definitivamente se ha convertido en el gran valedor de este libro.

Como yo ahora ando a vueltas con una novela que estoy escribiendo que tiene que ver, en parte, con la Guerra Civil, me apeteció aprender más sobre este conflicto y para ello me compré el ensayo histórico La Guerra Civil española de Paul Preston y, tras leerlo, me acerqué a Días de llamas, que había sacado de la biblioteca Eugenio Trías. Tras leer y subrayar el libro de Preston, tomé Días de llamas con una gran disposición y conocimiento del entorno histórico en el que se situaba la novela (algo que no es estrictamente necesario para disfrutar de ella, pero que, sin duda, me ha sido de gran ayuda).

Juan Iturralde es el seudónimo de José María Pérez Prat, que tenía diecinueve años cuando comenzó la guerra y se encontraba entonces en Ciudad Real. Por cuestiones familiares estaba significado con la derecha y tuvo que permanecer bastante tiempo escondido. Le descubrieron y estuvo en la cárcel, de donde salió para participar en la guerra como soldado republicano. Cuando finalizó el conflicto bélico, terminó sus estudios de Derecho y en 1942 ingresó en el cuerpo de abogados del Estado. Estos datos los estoy tomando del prólogo de Alejandro Pérez-Prat, hijo del autor. Creo que es relevante comentar esto porque Días de llamas es una narración tan intensa que el lector tiene la impresión de que puede tratarse de una novela autobiográfica, lo que no es cierto.

El protagonista y narrador de Días de llamas se llama Tomás Labayen y en 1936 tiene treinta y cuatro años y trabaja como juez para la República. Vive con su familia en la calle Princesa de Madrid. Esta ubicación, elegida por Iturralde, va a permitir a Labayen encontrarse cerca de varios lugares donde van a darse algunos de los hechos históricos más relevantes de esos días. Así, por ejemplo, Labayen será testigo presencial del asalto al cuartel de la Montaña (que estaba ubicado en el cerro de Príncipe Pío) y de la toma de la cárcel Modelo (que estaba en Moncloa) para ejecutar a sus presos.

Cuando empieza la novela, Tomás Labayen se encuentra preso en un garaje, en una pequeña checa de Madrid. Labayen no se relaciona mucho con sus compañeros de celda porque escribe compulsivamente en un cuaderno sus recuerdos de la guerra. Desde el 18 de julio de 1936 hasta el momento en que Labayen empieza a narrar su experiencia han transcurrido unos cinco meses y medio; por lo tanto, nos encontramos a principios de 1937. Así, en la novela se van intercalando dos tiempos narrativos principales: el del presente, en el que se describe el terror de la checa, en la que casi todas las noches se llevan a alguien para darle el temido «paseo», y adonde van llegando nuevos compañeros de angustias; y en un segundo tiempo narrativo (que ocupa bastantes más páginas que el anterior) Labayen nos cuenta su vida desde el 18 de julio de 1936.

Tomás Labayen pertenece a una familia de clase media de origen vasco que reside en Madrid. Su padre, Fernando, es un militar de carrera retirado, que se siente del lado de los militares rebeldes. Su hermano Miguel es también militar, un militar que en 1934 se negó a participar en la represión de la Rebelión de Octubre y que ahora, pese a estar a favor de la República, por fidelidad a sus compañeros se acaba alzando con ellos en su cuartel de Campamento. Esto hará que sea detenido y encerrado en la cárcel Modelo. Laura es la hermana de Miguel y Tomás; y está casada con un hombre atractivo que también era militar, pero que fue expulsado del ejército por un fraude económico. Este hombre desaparecerá en los primeros meses del conflicto, y Tomás y otros amigos tratarán de buscarle en el descontrol de Madrid.

Tomás está enamorado de Luisa, a la que ha conocido seis meses antes de que comenzara la guerra. Luisa está casada con Norte, un destacado líder de la Revolución de Octubre, y quiere separarse de él y vivir su relación con Tomás, pero el inicio del conflicto bélico podrá hacer, tal vez, que Norte quiera estar más cerca de ella, lo que, unido a la incertidumbre y el caos de la guerra, hará que se complique bastante la vida amorosa de Tomás.

Además de la familia, conoceremos a algunos de los amigos de Tomás, casi todos simpatizantes de la República en mayor o menor grado.

Diría que es posible que en la construcción de Tomás Labayen, Iturralde haya tenido en cuenta al Doctor Zhivago de Boris Pasternak, que –compruebo en la Wikipedia– es una novela que apareció en España en 1958. Como Zhivago, Labayen no es un hombre de acción. Labayen se siente ideológicamente más cerca de la República que de los militares rebeldes, pero tampoco le gustan los desmanes justicieros de los milicianos de Madrid.
Antes decía que Labayen pertenece a la clase media, pero para un miliciano de clase obrera, que está llevando a cabo la revolución, perfectamente puede tratarse de un burgués al que hay que eliminar, a pesar de que se muestre afín a la República. Esta situación será la que haga que Labayen sea detenido y permanezca, en el tiempo de la narración, en una checa a la espera de un juicio rápido y su posible fusilamiento. Sin embargo, unos meses antes ha aceptado el cargo de juez de la República. Su intención ha sido poner freno al descontrol justiciero de los milicianos en la calle. Labayen piensa que todos los detenidos en Madrid (o Toledo, donde se trasladará a trabajar) merecen un juicio justo. Esto, en su fuero interno, puede hacer más por la credibilidad internacional de la República que los ajusticiamientos indiscriminados de los milicianos. Pero, a la vez, puede hacer también que los milicianos piensen que Labayen se interpone en su misión revolucionaria y, por tanto, podrían no situarle en su bando, sino en el de los enemigos del pueblo. Sin embargo, para Fernando, el padre de Labayen, éste les está haciendo el juego a los asesinos, y se ha convertido en su cómplice.
El conflicto moral planteado es muy interesante. Días de llamas muestra una España (centrándose, sobre todo, en Madrid y Toledo) en descomposición.
«Pienso como ellos, coincido con ellos pero no soy de ellos, no me he manchado tan sólo por adhesión, y la conciencia de haberme manchado es prueba de que no soy uno de ellos, sino de sus enemigos. Ha habido muy poca adhesión, soy de la clase que tendrán que extirpar, de los que hacen de cualquier nimiedad una tragedia y se permiten el lujo de una sensibilidad desvergonzada, precisamente porque se cree sensibilidad»: así reflexiona en la página 491 Labayen sobre sus captores, los que puede que estén a punto de matarle.

Las casi quinientas páginas de la novela no están organizadas en capítulos. Tenemos aquí un texto continuo, dividido de vez en cuando por un punto y aparte, o por un espacio. El ritmo narrativo es frenético; debemos recordar que se supone que Labayen escribe en la checa de forma compulsiva en su cuaderno mientras espera que le llamen para ser fusilado. En ocasiones, el narrador pasa de un tiempo narrativo a otro (checa y acción en Madrid o Toledo en los meses previos) sin previo aviso y el lector tiene que hacer, durante unas cuantas palabras, un esfuerzo de comprensión. También es frecuente que, cuando se narran los hechos del pasado, se salte de un escenario a otro casi sin pestañear. Por ejemplo, Labayen está en el café con sus amigos y en la siguiente frase se encuentra en su casa. Sabremos que esto ha ocurrido porque en esa siguiente frase se habla de alguien (madre, hermana…) que no se encontraba en el café y sí en la casa. Diría que estos saltos de tiempo y espacio hacen que el lector sienta el tempo de unos momentos convulsos. La sensación de miedo y de inminencia del peligro está muy bien captada en la novela.

Iturralde siente, a veces, una obsesión casi notarial por mostrar el recorrido de sus personajes por las calles de Madrid, una ciudad que se muestra aquí de forma muy viva. Me ha gustado ver esas calles, por las que he caminado tantas veces, repletas de milicianos armados, tanques y amenazas en cada esquina… Las páginas de Iturralde me han hecho ver mi ciudad con otros ojos.

Iturralde publicó dos novelas cortas, El viaje a Atenas y Labios descarnados, en un volumen de Seix Barral en 1975. Éste sería su primer libro publicado. Al parecer había escrito Días de llamas (o al menos alguna versión inicial) ya en los años 60, pero no quiso publicarlo con las mutilaciones que llevaría a cabo la censura franquista sobre el texto, y fue en 1978 cuando publicó la novela la editorial La Gaya Ciencia. Entonces tuvo alguna elogiosa crítica, pero pasó desapercibida para el gran público. En 1986 la volvió a sacar Ediciones B, con una suerte similar. En 1999 aparece en Debate (creo que gracias al empeño de Constantino Bértolo), y tiene algo más de fortuna. Desde entonces se reedita periódicamente en Debolsillo, por lo que es un libro que se puede conseguir ahora mismo en España.

Durante una temporada busqué y leí bastantes libros publicados en España durante la época de Franco. Buscaba libros de escritores que vivían por entonces en España. Quería saber qué se escribía bajo el régimen de la censura. Sin embargo, no busqué de igual modo libros que hablaran de la Guerra Civil. Sí que he leído algunos de los que han tenido más éxito durante las últimas décadas, como Soldados de Salamina de Javier Cercas y Los girasoles ciegos de Alberto Méndez, pero no muchos más. Tengo en casa, pendientes de leer, libros como Trilogía de la Guerra Civil de Juan Eduardo Zúñiga y Las últimas banderas de Ángel María de Lera. A ver si los leo.

A día de hoy, puedo decir que Días de llamas de Juan Iturralde es una novela magnífica, una de las mejores que voy a leer este año. Una novela viva y vibrante sobre la Guerra Civil española y sus contradicciones, que voltea al lector en cada una de sus páginas. Días de llamas es un libro que se merece tener más éxito y reconocimiento del que ha tenido hasta ahora. Es una obra maestra de la literatura en español de la segunda mitad del siglo XX.

domingo, 24 de junio de 2018

La invasión, por Ricardo Piglia


Editorial Debolsillo. 172 páginas. 1ª edición de 1967; ésta es de 2014.

Ya comenté en la entrada anterior que cuando, en las Navidades de 2016-17, leí el primer volumen de Los diarios de Emilio Renzi, de Ricardo Piglia (Adrogué, Provincia de Buenos Aires, 1940 – Buenos Aires, 2017), –subtitulado Años de formación–, Piglia hablaba de su amistad con el joven Miguel Briante. Este autor publicó su libro de cuentos Hombre en la orilla en 1968, un poco después de que saliera La invasión, el primer libro de Piglia, que tuvo algo más de repercusión que el de Briante, con el que vivió algún pequeño episodio de celos literarios.

En la librería Juan Rulfo de Madrid vi los dos libros, Hombre en la orilla de Miguel Briante y La invasión de Ricardo Piglia y me apeteció comprarlos para leerlos de forma consecutiva. Según acabé el de Briante, al día siguiente me puse con el de Piglia.

El propio Piglia nos cuenta, en el prólogo del libro, que La invasión se publicó por primera vez en 1967 y que no lo había vuelto a reeditar hasta ahora (siendo «hasta ahora» unos cuarenta años después, ya que el prólogo está fechado en 2006). La edición de 1967 contaba con diez cuentos y la actual con quince. Tres de los nuevos relatos (Desagravio, En noviembre y El pianista) se publicaron en revistas literarias y fueron escritos por las mismas fechas que el resto, y los otros dos (los más extensos) –que han sido colocados el primero y el último de este libro–, El joyero y Un pez en el hielo, se escribieron unos años después, y eran inéditos, pero Piglia ha querido incluirlos aquí porque obedecían al mismo impulso creativo que los otros.
Los diez relatos originales han sido revisados (principalmente acortados, «Ya sabemos que –como decía Hemingway– todo lo que podamos sacar de un cuento, lo va a mejorar.», escribe Piglia en la página 12).

El lector empieza leyendo El joyero, un relato de unas 30 páginas. Una narración sólida sobre un padre que no puede ver a su hija, porque está separado de su mujer y es ella quien tiene la custodia. Piglia ha escrito su cuento con oficio, investigando sobre cuestiones técnicas del trabajo de orfebre, que el Chino (el protagonista) aprendió en la cárcel. Allí fue a parar por su mala suerte. La información está bien dosificada y el relato es bastante tenso porque el Chino (que tiene una pistola) podría ser (el lector no acaba de tenerlo del todo claro) un desequilibrado. El cuento es clásico, directo y eficiente. Un padre que no puede ver a su hija y que arrastra un pasado de desgracias. Lo normal es que las narraciones de Piglia, y estoy pensando en su carrera posterior, que he seguido bastante, y no sólo en los cuentos de este libro, sean más cifradas, más distantes con el lector. Por esto me ha sorprendido gratamente la honda sencillez de este cuento.

Tarde de amor sería, propiamente, el primer relato de La invasión tal y como se publicó en 1967 y creo que la influencia de Ernest Hemingway es clara aquí: profusión de diálogos entre dos personajes que están empezando a ser viejos (el tono me ha recordado al del cuento Un lugar limpio y bien iluminado de Hemingway), que contemplan, a través del agujero de una puerta, una escena de sexo que tiene lugar en una habitación próxima. Creo que los resortes internos del cuento están demasiado cifrados y el peso de la historia no contada es excesivo en su construcción, lo que hace que el lector lo acabe algo desconcertado.

La pared, sobre un hombre mayor que contempla la vida desde su residencia de ancianos, me ha parecido una narración bastante clásica y algo estática. Un relato correcto.
En cualquier caso el uso del lenguaje es ajustado y maduro en estos relatos.

Las actas del juicio es un relato histórico y Piglia lo considera su mejor cuento. Trata sobre el asesinato del general Urquiza, un caudillo que derrotó al dictador Juan Manuel de Rosas en 1852 y que murió asesinado por sus propios hombres. Aquí parece que la mayor influencia en su escritura es la de Jorge Luis Borges, sobre todo porque el asesino acabará declarando que los conjurados no mataron a Urquiza sino a aquel otro hombre en el que se había convertido Urquiza.
Uno de los asesinos declara ante un jurado y su declaración oral es la voz narrativa del relato. Me ha gustado este recurso.

Mata-Hari 55 trata sobre los Comandos Civiles, grupos políticos y clandestinos que en 1955 acabarían derrocando a Perón. Éste es un cuento político contando desde el desencanto, y en él se habla de una mujer que juega a ser guerrillera. La historia y la intrahistoria se entrelazan. Lo mismo ocurre en el cuento titulado Desagravio, sobre el bombardeo que sufrió la plaza de Mayo de Buenos Aires en 1955 para derrocar a Perón. Mata-Hari 55 es, en cualquier caso, mejor cuento que Desagravio, que me ha parecido una narración un tanto inocente y juvenil.

En el cuento La invasión aparece por primera vez el personaje Emilio Renzi, alter ego de Ricardo Piglia. En él se narra el encuentro que éste tiene en una celda con dos presos. De forma hemingweiana no se contará por qué han detenido a Renzi, y en el cuento se mostrarán los tensos diálogos que mantiene con uno de los reclusos.

Sobre incomodidades habitacionales trata también el siguiente cuento, el titulado Una luz que se iba, sobre un joven de provincia que ha emigrado a la capital y allí se ve obligado a compartir cuarto de pensión con un boxeador acabado, un personaje clásico en la narrativa norteamericana (está en Por un bistec de Jack London, por ejemplo), y que aparece también en algún cuento de Ignacio Aldecoa o, más modernamente, de Marcelo Lillo. Una luz que se iba me ha parecido un cuento más logrado que La invasión.

Mi amigo sobre un joven que conoce a un «vivo» bonaerense es un relato, hasta cierto punto, picaresco, aunque también costumbrista; y no es ninguna de las piezas destacadas del libro.

La honda y El terraplén son relatos sobre niños o adolescentes y quizás la influencia más clara para ellos es la de la mirada melancólica de Cesare Pavese. Un autor que también fue una influencia para Miguel Briante, y para algún otro escritor argentino de la época, como Haroldo Conti.

Tierna es la noche, además de homenajear a Scott Fitzgerald, es un relato de amor un tanto confuso.

En noviembre es un cuento sobre un joven que, desafiando a los elementos, decide explorar un barco hundido. Ya lo había leído, Piglia lo incluyó en el primer tomo de su Diario. Me sigue pareciendo lo mismo que entonces: las páginas del diario íntimo de Piglia eran, por aquellos días, más literarias que los textos que escribía con la intención de que constituyesen su «verdadera obra literaria».

El pianista me parece un gran relato, posiblemente sea uno de los textos más maduros del conjunto, un cuento que se asemeja más que los otros a la obra posterior de Piglia, a la madurez de obras como Respiración artificial.  Un pianista que nos hablará de un crimen, una huída y la búsqueda de una mujer por parte de un juez. El relato se desarrolla en una ciudad al borde de la selva, y en más de una de sus frases nos recuerda a la decadencia de los personajes de Juan Carlos Onetti, personas que están envejeciendo y miran, desde la imposibilidad, a los jóvenes: «Pasaba más tiempo en su cuarto, detenido en el cuerpo bellísimo de Clide reproducido en la pantalla, y tomaba cerveza, porque empezó a pedir cerveza y ésa fue la primera señal de que ya se había hundido.» (pág. 147)

Un pez en el hielo es, de nuevo, un gran relato, un cuento maduro y que se asemeja a otra gran parte de la obra posterior de Piglia, que siempre ha sido un entusiasta investigador de las vidas y obras de los escritores. Aquí Renzi ha viajado a Italia para olvidarse de una mujer que lo ha abandonado y para investigar sobre el suicidio de Cesare Pavese en una habitación de hotel. «Pensaba en el suicidio de Pavese como en un crimen que era preciso descifrar», leemos en la página 158.

La invasión, tal y como se volvió a publicar en 2006 ­–con quince relatos y no diez– tiene algunas piezas bastantes destacadas. Mis favoritas son: El joyero, Las actas del juicio, El pianista y Un pez en el hielo. Lo extraño es que de mis cuatro relatos favoritos tres no estaban en el libro publicado en 1967. Si me fijo en los diez cuentos originales, tendría que decir que La invasión es el libro prometedor de un joven escritor, con influencias de Ernest Hemingway, Cesare Pavese, Jorge Luis Borges o Juan Carlos Onetti, pero que contiene algunas composiciones (La honda o En noviembre, por ejemplo) un tanto inmaduras e ingenuas.

Si yo en 1967 o 1968 hubiese sido un editor argentino y hubiera recibido los manuscritos Hombre en la orilla de un autor de veinticuatro años llamado Miguel Briante y La invasión de un autor de veintisiete años llamado Ricardo Piglia, creo que hubiera pensando que Briante era más maduro y talentoso. Yo hubiera apostado por él. Lógicamente me hubiera equivocado. La literatura es el camino del olvido y también el del error.