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domingo, 9 de abril de 2023

Persecución, por Toni Sala

 


Persecución, de Toni Sala

Editorial Trotalibros. 396 páginas. 1ª edición de 2019; ésta es de 2023.

Traducción de Carlos Mayor

 

 

Ya he comentado que Jan Arimany, el editor de Trotalibros, me envió, junto a Soledad de Víctor Catalá, la novela Los chicos (2014) del escritor gerundense –que escribe en catalán– Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969). La leí durante la segunda semana de 2023. Me sorprendió mucho la gran factura de la novela de Sala. Por este motivo, cuando vi que Trotalibros sacaba un nuevo libro de Toni Sala, Persecución (2019), me apeteció solicitárselo y así poder reseñarlo. Persecución sería la segunda parte (la primera es Los chicos) de una trilogía en la que Sala se ha propuesto indagar sobre «el mal». Estas tres novelas (creo que la tercera aún no está publicada en catalán) tienen algunos puntos temáticos en común, pero son historias independientes.

 

Persecución tiene un comienzo muy impactante:

«Salí con un hombre durante un año, hasta que me enteré de que había matado a su mujer. Él mismo me lo dijo. Hacía diez años, con un cuchillo, y había pasado por la cárcel. No pude seguir escuchándolo. Lo acompañé hasta la puerta, le di su chaqueta, abrió y se marchó.

Me metí en la cama vestida. Por la mañana había cambiado las sábanas por él, la funda de la almohada olía a suavizante y me quedé como narcotizada con el perfume de las flores estampadas en las sábanas, de las flores de la camiseta y los pantalones que no me había quitado. El olor de las guirnaldas de la pantalla de la lámpara que había en la mesita, el olor de las cenefas de las paredes, de los ramos de flores de las cortinas, de las coronas de flores del mosaico. Me dormí en una nube de pétalos, como si la muerta fuera yo.»

 

La narradora es Elia, una mujer de unos cuarenta años, hija de un pescador que murió en el mar (o eso le han contado que ocurrió, aunque ella algunas veces lo duda), que nunca, hasta conocer a Albert Jordi (el hombre del que se habla en el primer párrafo) había tenido una pareja estable. Elia es la dueña de una inmobiliaria. Este hecho le va a permitir a Sala hablar de los años de la burbuja inmobiliario y a hacer crítica social, como ya ocurría en Los chicos. Como ya dije, en este sentido se puede emparentar la prosa de Toni Sala con la de Rafael Chirbes.

 

Los chicos estaba dividido en cuatro partes, y en cada una de ellas el narrador, gracias al recurso del estilo indirecto libre, nos acercaba a un personaje más o menos relacionado con la tragedia que había acontecido en el pueblo de Vidreres: la muerte en accidente de coche de dos hermanos de veinte y veintidós años. A pesar de escribir usando la tercera persona en Los chicos, Sala casi le ofrecía al lector el flujo de conciencia de sus personajes. En Persecución usa la primera persona, y en total dará voz a cuatro personajes a lo largo de doce capítulos. En la primera y la tercera parte se alternarán las voces de Elia y Albert Jordi, ocupando cada una cuatro capítulos. La primera parte será abierta con un capítulo en el que habla Elia y la tercera con uno en el que habla Albert Jordi. Por tanto, la voz narrativa de Elia abre y cierra el libro. En la segunda parte, hablan Teresa, una exazafata de aviones, que ahora trabaja de recepcionista de un hotel, y Mercury, un sesentón que fue compañero de Albert Jordi en la cárcel. La voz de cada uno ocupará dos capítulos.

 

La voz narrativa de Albert Jordi, el hombre que mató a Sara, su mujer, hace diez años, es la más incómoda del conjunto. En principio, parece un hombre sensato, un lector literario que trabajaba como librero, alguien diez años mayor que Elia, y con el que ésta sentía que podía aprender.

Sobre su crimen dice Albert Jordi: «Llevábamos una vida corriente en la mesa y en la cama. No sabíamos si el otro estaba o no al tanto de la intensidad del odio que nos teníamos. Entendía el resto del mundo por contraposición a ese núcleo de odio disfrazado de celos. No podía mirar el odio directamente a los ojos. Me parecía que sin el punto ciego del odio me calmaría. A veces pienso que la maté en defensa propia. A veces pienso que no la maté yo. El odio y los celos son los guantes que utilizó el asesino de verdad para no dejar pistas.» (pág. 53). En la página 110 dirá: «No fue un crimen de odio, sino un crimen de liberación.» Al lector no le acabará quedando claro por qué Albert Jordi asesinó a su mujer; es como si hubiera establecido un punto de fuga sobre ese momento, un punto de enajenación o extrañamiento. Como decía, Albert Jordi es un personaje incómodo. En esta novela los personajes masculinos son machistas y también racistas. Mercury guarda algunos paralelismos, en su construcción como personaje, con Miqui, el camionero treintañero de Los Chicos. Los dos son personas en gran medida asociales e inmorales, con características de psicópatas.

 

Tanto Elia, como Teresa y Mercury, por distintos motivos, empezarán a perseguir a Albert Jordi, al que tan solo parece dar alcance el lector. La acción principal del libro se sitúa en el verano de 2017. Como telón de fondo nos encontraremos con los atentados terroristas del 17 de agosto de 2017 en las ramblas de Barcelona, a cargo de unos yihadistas que conducían una furgoneta que atropelló a viandantes. Además, la sociedad catalana se está preparando para la diada de septiembre y la votación del proceso de independencia que tuvo lugar el 9 de noviembre de ese año. Todos estos temas contribuirán a crear en la novela un clima de extrañamiento y amenaza.

 

Si Los chicos se articula en torno a la muerte de dos jóvenes de un pueblo, personajes ausentes del libro, lo mismo ocurre en Persecución que se fundamenta, en gran parte, en la ausencia de una muerta, Sara, la mujer a la que mató Albert Jordi.

 

Como ocurría en Los chicos, en Persecución Sala también usa metáforas orgánicas no agradables, con gran presencia de palabras como «larvas», «gusanos» o «escorpiones». En el caso de Elia estas metáforas suelen evocar a animales del mar, puesto que ella proviene de una familia de pescadores y tiene un trauma con la muerte de su padre mientras faenaba.

 

Un rasgo llamativo de la construcción de Persecución es que el flujo de conciencia de los personajes acaba desbordándose sobre la realidad. En algún momento, cada uno de los cuatro personajes inicia un discurso oral, dirigido a otro de los personajes, donde da rienda suelta a sus pensamientos, durante varias páginas. Lógicamente, mediante este recurso Sala no aspira a la verosimilitud narrativa, sino a crear una realidad propia, próxima a los presupuestos del expresionismo. Además, el lector no debe fiarse del todo de los narradores, pues al final comprenderá que alguno de ellos ha de mentir o que, más bien, le está hablando de una realidad alucinada, que tiene más que ver con un delirio personal que con lo que ocurre a su alrededor.

 

Al hablar de Los chicos comenté que una de las influencias sobre esa novela era la obra de William Faulkner y los monólogos interiores de sus personajes. Esta influencia se mantiene en Persecución, pero he detectado la presencia beneficiosa de otro clásico, la obra de Fiódor Dostoievski, con sus locos y sus asesinos atormentados. En la página 281 de Persecución, a través de la voz de Albert Jordi, leemos: «¿Hay algún marido que nunca se haya imaginado que mataba a su mujer?» Esta frase es un trasunto de una muy famosa que se encuentra en Los hermanos Karamazov: «¿Quién no ha querido matar alguna vez a su padre?»

 

Estuve buscando información sobre Toni Sala en internet, y descubrí que había sido traducido antes al croata y al inglés que al castellano. Los chicos fue una novela que tuvo éxito en Estados Unidos y su editor de allí había comprado los derechos para editar Persecución. Sin embargo, tras los sucesos del Black Lives Matter, la editorial norteamericana se echó para atrás. Como ya dije, los personajes masculinos de Persecución, además de machistas son racistas y los editores pensaron que no era el momento adecuado para lanzar la novela. Persecución es un libro incómodo, que no tiene problemas para adentrarse en las capas más turbias de la conciencia de sus personajes.

 

Toni Sala, del que no tenía referencias, me sorprendió muy positivamente con Los chicos, y en Persecución me ha confirmado que es uno de los grandes escritores españoles de la actualidad. Lejos de una literatura complaciente, Persecución es alta literatura.

domingo, 12 de febrero de 2023

Los chicos, por Toni Sala

 


Los chicos, de Toni Sala

Editorial Trotalibros. 219 páginas. 1ª edición de 2014; ésta es de 2021.

Traducción de Carlos Mayor

 

 

En 2022 estuve hablando con Jan Arimany, el editor de Trotalibros, y quedamos en que me iba a enviar Soledad de la escritora Víctor Català, una novela clave dentro de las letras catalanas, que acabé eligiendo entre mis diez mejores lecturas del año. En el envío de este libro, añadió –sin avisarme– al paquete Los chicos, de Toni Sala (Sant Feliu de Guíxols, 1969), una novela que compartía con Soledad el hecho estar escrita en catalán y que ahora aparecía traducida al castellano en su editorial. Además, con Los chicos, Jan publica en Trotalibros, por primera vez, a un autor vivo. Como él mismo ha dicho en más de una ocasión, Toni Sala es de sus  autores contemporáneos más admirados. A mí no me sonaba de nada, y aquí es donde empiezan a actuar los prejuicios: aunque Sala ha ganado más de un premio en Cataluña, y ha sido traducido a diversos idiomas, si no ha sido apoyado por un grupo grande, para ser traducido y publicado en castellano, es porque no será un escritor tan relevante, llegué a pensar. Pero, por otro lado, soy seguidor del canal Trotalibros de Jan y considero que tiene criterio para hablar de literatura, así que también sentía curiosidad por ver qué clase de novela era Los chicos.

 

En enero de 2023 yo seguía con el ensayo histórico La otra historia de los Estados Unidos de Howard Zinn y decidí hacer un nuevo algo en su lectura, para ponerme con Los chicos según volvía al colegio, después de las vacaciones de Navidad.

 

La novela está dividida en cuatro partes, de una extensión similar. En cada parte, el narrado nos acerca a un personaje diferente para contarnos fragmentos de la misma historia, que acontece en un pueblo del interior de Gerona, llamado Vidreres (lo he buscado en internet, y el pueblo realmente existe con este nombre). El narrador, en tercera persona –siguiendo la técnica del estilo indirecto libre–, en más de un caso, casi acerca al lector hasta el flujo de conciencia de sus personajes.

 

Un hecho vertebra el tiempo narrativo de la novela: dos jóvenes hermanos de Vidreres, de veinte y veintidós años, se han matado, en la noche del sábado al domingo, al salirse su coche de la carretera y estrellarse contra un árbol. El tiempo narrativo será el de los días inmediatos al accidente, que han conmocionado la vida del pueblo, visto desde perspectivas diferentes.


El primer personaje es Ernest, un hombre cercano a los sesenta años, con tres hijas, que trabaja en una sucursal bancaria del pueblo, quien, al llegar al banco, el lunes por la mañana, aún no conoce la tragedia que asola a los vecinos de Vidreres. Ernest, aunque trabaja en el pueblo desde hace años, sabe que será siempre un foráneo, como así se lo hace saber Jaume, su compañero de oficina. Será éste quien vaya al entierro, mientras Ernest se queda en el banco, esperando a unos clientes que no van a aparecer esa mañana.

Las primeras páginas de esta parte –y no serán las únicas– me han recordado a los comienzos de algunas de las novelas de Rafael Chirbes que hablan sobre la crisis económica de 2008-2014, novelas como En la orilla, que no he leído entera, pero sí sus primeras páginas. Páginas que hablan de la paralización de un país, después de los años de expansión de la construcción. «De repente todo parecía culpa de la crisis, pero no era culpa de la crisis aquella exposición de prostitutas en las cunetas de la nacional, pasadas las obras de desdoblamiento dejadas a medias, pasados los puentes a medio construir, (…)», así comienza el libro. Durante varias páginas se habla de ese mercado de prostitución al aire libre que ha de contemplar Ernest cada día, para ir y volver del trabajo. Son páginas que nos meten en una narración dura, oscura, que, en gran medida, nos va a llevar hasta algunos recovecos del mal que anida en las personas.

 

En la segunda parte, conoceremos a Miqui, un camionero de treinta y dos años, que el lunes del entierro de los dos hermanos, tiene que hacer un servicio en una de las casas más adineradas del pueblo, casa desolada porque una de las hijas de los dueños –Iona– era la novia de uno de los hermanos fallecidos. Miqui capea la crisis económica haciendo los servicios que puede con su camión, y chateando con mujeres desconocidas (que pueden ser hombres) en internet. Además de ser una persona adicta al sexo, también se nos mostrará como alguien disocial, con rasgos de psicopata, un personaje violento, siempre a punto de estallar.

 

La tercera parte está protagonizada por Iona, la joven de veinte años, que era la novia de Jaume, uno de los jóvenes muerto en el accidente (el otro es Xavi). Iona es una estudiante de veterinaria, que se debatía, hasta este fatídico fin de semana, entre especializarse en ser veterinaria de granja, y por tanto quedarse a vivir en el campo, o ser veterinaria de mascotas, y por tanto irse a vivir a la ciudad.

Si bien las dos primeras partes están centradas en personajes que no son de Vidreres, como Ernest, que acude allí a trabajar, y Miqui, que ha ido esta vez por un trabajo puntua; con Iona, Sala nos introduce más en el corazón del pueblo, su tragedia y su duelo, con un personaje local más cercano al drama. Además, si la segunda parte suponía una continuidad temporal respecto a la primera, en la tercera retrocedemos hasta la mañana del domingo en la que la madre de Iona tiene que comunicarle a su hija la noticia del accidente.

 

La cuarta parte está protagonizada por Nil, un joven también de Vidreres, unos años mayor de Iona, que trató de huir del pueblo, yéndose a Barcelona para estudiar Bellas Artes, carrera que abandonará tras un curso y medio, para vivir el arte de un modo más real, y empezar un proceso de transformación física, a través de tatuajes o perforaciones. Nil, durante el tiempo narrativo de la novela, ha vuelto ya a Vidreres, y vive en una cabaña, propiedad de su familia, con la idea de reincorporarse a la vida rural de sus antepasados en unos meses. Además, aún quiere despedirse del arte mediante la grabación de unos vídeos que no pretende mostrar a nadie, donde rienda suelta a sus oscuridades y los males que le acompañan.

 

Por encima de los hechos narrados, en Los chicos destaca la maestría del estilo literario, que es realmente muy trabajado e intenso. Abundan en el texto las que podría llamar «metáforas orgánicas», en las que Sala juega con metáforas y comparaciones que dotan de vida animal a los objetos o a las personas. Así en la página 12, cuando se habla de Ernest leemos «Y es que el dinero pasa por los hombres como una ventolera y en un pueblo pequeño, donde siempre es el mismo, lo veías pasar de una cuenta a otra como un pájaro al cambiar de rama.», «Los altos plátanos eran las plumas de un monstruo enterrado.» (pág. 28), «El color brillante de los pendientes, como gusanos de piedra colgados de los lóbulos.» (pág. 50). También abundan en la construcción lingüística las repeticiones poéticas; así, por ejemplo, en la página 37 se repiten en las frases el sujeto «los muertos». También es frecuente encontrarnos preguntas sin respuesta en el texto, que crean una sensación de deriva y desconcierto.

 

Me falta la lectura de los libros que Rafael Chirbes escribió en el siglo XXI, pero sospecho –por lo que conozco a Chirbes– que, como he dicho al principio, efectivamente este autor puede ser una referencia para Toni Sala. Sin embargo, según he avanzado en la lectura de Los chicos me he encontrado con otra referencia literaria: la de William Faulkner. En algún momento de la lectura de Los chicos me he encontrado pensando en la novela Mientras agonizo de Faulkner. En este libro, por ejemplo, uno de los personajes hacía un ataúd, mientras reflexionaba sobre su vida y la muerte. Algo parecido ocurre en la construcción narrativa de Los chicos: más que narrarnos Sala acciones de los personajes, en las que estos interactúan con otros, nos encontramos aquí, con personajes que realizan actividades sencillas, mientras reflexionan sobre su vida, y en más de un caso sobre la muerte. En el epílogo, el editor Jan apunta que los pensamientos de los personajes de la novela trascienden su experiencia vital concreta para aspirar a la experiencia y el miedo universales. Me parece esta una buena reflexión.

 

He estado buscando en internet reseñas de Los chicos en castellano, y me he encontrado con algunas en blogs, pero con ninguna en periódicos nacionales, fuera de Cataluña; nada en los suplementos literarios más conocidos. Y aquí es donde he pasado del prejuicio inicial que podía sentir hacia Toni Sala y esta novela, a la indignación: Los chicos de Toni Sala en castellano es un libro que debería haberse celebrado en los medios culturales tradicionales con algo de bombo, puesto que la calidad de la novela así lo requiere, y no haber pasado desapercibido, como ha ocurrido. Una muestra más de que al sistema cultural español le cuesta descubrir donde está el riesgo artístico y el talento. Los chicos me ha parecido una grandísima novela –con un final espeluznante– y Toni Sala todo un escritor a celebrar. Ya he visto que Trotalibros acaba de sacar en castellano un nueva novela de este autor, Persecución, que espero leer pronto.