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domingo, 22 de enero de 2023

Kokoro, por Natsume Soseki


 Kokoro, de Natsume Soseki

Editorial Satori. 326 páginas. 1ª edición de 1914; ésta es de 2021

Introducción, traducción y notas de Carlos Rubio

 

Ya he comentado que al empezar 2022 me apeteció volver con el escritor japonés Kenzaburo Oé, del que había leído cinco libros a finales de los años 90. En esta ocasión releí uno de aquellos y leí dos más. Me pareció buena idea seguir con autores japoneses, y en la lista que elaboré con los nombres a los que debía acercarme aparecía con fuerza la figura de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), autor al que se considera el creador de la modernidad literaria en Japón. Leí de él sus dos primeras novelas, Soy un gato (1905) y Botchan (1906), en la editorial Impedimenta, libros que tomé en préstamo de una biblioteca pública. Después pensé que ya estaba preparado para acercarme a la que se considera su obra maestra, Kokoro (1914). Este libro lo tenían en la misma biblioteca de la que saqué los otros dos, y en la editorial Impedimenta. Sin embargo, en la sección de literatura asiática de La Central de Callao vi la bella edición de Kokoro que tiene la editorial Satori, ubicada en Gijón y especializada únicamente en literatura japonesa. Además, la edición de Satori cuenta con un prólogo de 50 páginas sobre la literatura de la era Meiji, Soseki y Kokoro, a cargo de Carlos Rubio, traductor del libro y experto en cultura japonesa, que me apeteció leer. Entré en la página de Satori y estuve leyendo sobre sus libros, algo que recomiendo a cualquier interesado en la literatura japonesa. Les escribí para ver si les parecía bien enviarme Kokoro para que escribiera sobre ella una reseña y grabara una vídeo reseña, y muy amablemente me enviaron el libro.

He empezado leyendo la novela y al final me he acercado al prólogo.

 

Kokoro está dividida en tres partes. La primera se titula Sensei y yo. El narrador es un joven, o tal vez ya un adulto, que evoca por escrito los años en los que era un adolescente, que aún no había comenzado la universidad, y pudo conocer a un adulto, con el que entabló amistad, y al que va a llamar en su narración «sensei», que es una palabra japonesa y que significa «maestro» o bien un título que se otorga a alguien por quien se siente respeto y que es tomado por un ejemplo. El narrador dejará el nombre de Sensei siempre oculto, así como el suyo propio. «Fue en Kamakura donde sensei y yo nos conocimos. Yo entonces era un joven estudiante.» (pág. 63) El narrador ha sido invitado un verano por un amigo para ir a la playa. Allí, de un modo inesperado, el amigo tiene que dejarle, y el narrador se queda solo. Se empieza a fijar en la playa en un hombre que le llama la atención y que, al principio, acompaña a un occidental, y decide conocerle.

 

Los dos, Sensei y el narrador, viven en Tokio, y el narrador le pedirá a Sensei permiso al despedirse en el pueblo de veraneo para ir a visitarle en su casa de la capital. Sensei accede. Sensei vive con su mujer y son un matrimonio sin hijos. Además, Sensei, aunque tiene un título universitario, vive sin trabajar.

El narrador pronto nos hará saber que está narrando una historia del pasado y que cuando escribe Sensei ya ha muerto. La figura del maestro se va revistiendo de un halo trágico y de algunos misterios. Sensei no tiene relación con su familia biológico, por algún conflicto del pasado, y, al menos, una vez al mes visita en solitario una tumba y no le quiere contar al narrador de quién es esa tumba y por qué siente tanto interés por visitarla a solas. Todos estos secretos han oscurecido la personalidad de Sensei, y al joven narrador le gustaría ser digno de la confianza de su Sensei y que le contase estas intimidades.

 

En la página 85 leemos: «Sensei no era un hombre conocido. Sus ideas, su filosofía, excepto por mí, que lo conocía bien, no eran tenidas en cuenta por nadie. Yo le decía a menudo que esto era una lástima.» Me hubiera gustado que el narrador le expusiera al lector cuál era la filosofía de Sensei, esas ideas que a sus ojos le convertían en una persona valiosa y digna de admiración, pero, en todo momento, estas ideas filosóficas le son escamoteadas al lector. Tampoco Soseki le mostrará al lector cuáles son los campos de estudios universitarios tanto de Sensei como del joven narrador, un hecho que me preocupa menos que el primero; pero estos dos detalles me hacen pensar que la composición de la novela sufre una pequeña falta en la que podía ser la suma de sus virtudes, que son bastantes.

 

Sensei, descubrirá el narrador, cuando piense en los pilares sobre los que se estableció su amistar con el maestro, se dará cuenta que él era una persona que experimentaba un constante miedo a ser analizada, y agradece no haberse mostrado como una persona indiscreta, porque de este modo su relación no hubiera sido posible.

 

La segunda parte se titula Mis padres y yo y el narrador ha de volver al pueblo del interior del que procede para hacerse cargo de su padre campesino, aquejado de una enfermedad mortal. En esta parte Soseki nos muestra la relación de un personaje moderno, que ha dejado el campo y ha emigrado a la capital con el pasado del país. La era Meiji (1868 – 1912), cuyas fechas de comienzo y fin casi coinciden con las de la vida de Soseki (1867 – 1916) se caracterizó por ser un tiempo de cambios y modernización para Japón, un tiempo en el que el país pasó casi del feudalismo a un país moderno. En este proceso Japón hizo un esfuerzo por empaparse de las corrientes técnicas y también culturares provenientes de Europa. Y este contraste entre el viejo Japón y el nuevo lo muestra Soseki al enseñarlos las relaciones del narrador con su familia y los choques generacionales que tiene con sus padres. De hecho, en el tiempo de la novela aparece en los periódicos la muerte del emperador Meiji en 1912, lo que hace que el padre del narrador, postrado por su enfermedad, sienta que es un símbolo y que va a acompañarle pronto. También después de la muerte del emperador se va a suicidar el general Nogi, con un harakiri tradicional, todo otro símbolo del Japón del pasado. Me ha gustado esta segunda parte más que la primera, porque Soseki sí nos ha permitido penetrar en los conflictos familiares del narrador, y estos, con problemas sobre herencias y el cuidado de las personas mayores, son realmente muy universales. Esta parte de la novela me ha recordado a las películas de Yasugiro Ozu, para quien Soseki posiblemente sea una inspiración.

 

La tercera parte se titula La carta de sensei y aquí cambia el narrador de la novela, que pasa a ser Sensei, quien ha escrito una larga carta a su joven amigo, donde le explica todos sus secretos y por qué se ha llegado a convertir en una persona melancólica y taciturna.

 

Además de pensar que algunas de las escenas de esta novela han podido influir sobre el cine de Yasugiro Ozu, he pensado que esta obra ha influido también sobre la del premio Nobel de 1994 Kenzaburo Oé. En las novelas de Oé también se establece un juego entre un personaje y otro un poco más mayor que él que actúa como su «maestro» o «sensei», esto ocurría, por ejemplo, en Cartas a los años de nostalgia, donde el narrador se acababa llamando simplemente «k». «K» va a ser la forma en la que se va a nombrar a otro de los personajes del libro, al que no quiero nombrar para no revelar nada importante de la trama.

También hay en Kokoro una obsesión por los suicidios que me ha recordado a la leída en Tokio Blues, la única novela de Haruki Murakami que he leído.

 

Al acabar el libro he leído el prólogo de Carlos Rubio. Me ha llamado la atención saber que del siglo XIX (salvo, tan vez en sus dos últimas décadas) no existe un literatura perdurable de aquel país porque no existía un arte de la novela como tal, sino narraciones locales, sobre «chistes familiares» que no podían tener éxito fuera de Japón y del contexto, chistes y cotilleos sobre los prostíbulos, y que al llegar la era Meiji y mirar hacia Occidente, los escritores empiezan a adquirir técnicas modernas de novela, desconocidas en Japón.

 

Ya dije que Botchan me gustó mucho más que Soy un gato. Y Kokoro me ha gustado más que Botchan. El estilo de Soseki en su última etapa de escritor se ha vuelto más poético y melancólico, más reflexivo y triste. El humor de las primeras obras ha desaparecido en Kokoro. Salvo ese fallo de composición del que he hablado, en el que el lector no acaba de saber por qué el narrador admira a Sensei, Kokoro me ha parecido una gran obra.

 

domingo, 28 de agosto de 2022

Botchan, por Natsume Soseki

 


Botchan, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 234 páginas. 1ª edición de 1906, ésta es de 2008.

Traducción de José Pazó Espinosa y prólogo de Andrés Ibáñez

 

El mismo día que saqué de la biblioteca Soy un gato (1905) de Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916), pedí también en préstamo Botchan (1906), que sería la segunda novela de Soseki, la que escribió después de Soy un gato.

 

Ya comenté que en Soy un gato, en gran medida, a través de los particulares ojos de un narrador felino, Soseki jugaba a burlarse de sí mismo, materializado en la figura del profesor de inglés sobre el que el gato lanza sus dardos. El sustrato narrativo de Botchan también se asienta sobre la experiencia personal del autor. A sus veintitrés años, Botchan, el protagonista, acaba la carrera de Ciencias Físicas (como uno de los personajes más jóvenes de Soy un gato) y consigue un primer trabajo fuera de Tokio, en provincias. Tendrá que viajar hasta la isla de Shikoku, y dar clases de matemáticas en un colegio de su capital, Matsuyama. El nombre de esta ciudad nunca aparece en la novela, pero en una nota inicial del traductor, José Pazó Espinosa, podemos leer: «Soseki pasó un año enseñando en el instituto de Matsuyama, en Shikoku, la ciudad que no es nombrada a lo largo de la obra, pero en la que transcurre la historia. Parece, sin embargo, que la vida de Soseki en Matsuyama (donde conoció a su mujer) fue apacible y feliz, muy diferente a lo que refleja Botchan.» (pág. 22)

Como dato curioso puedo añadir que Shikoku, la cuarta isla en tamaño de Japón, en la región en la que va a nacer en 1935 otro de los grandes autores del país, Kenzaburo Oé, premio Nobel en 1994. Además, Oé dejó su pueblo natal para ir al instituto en Matsuyama. Me ha agradado pensar (sin pruebas) que Oé estudió en el mismo instituto en el que Soseki había dado clases unas décadas antes.

 

Las primeras páginas de Botchan me han recordado a los comienzos de algunas novelas inglesas del siglo XIX. Me han hecho pensar en el comienzo de David Copperfield de Charles Dickens, por ejemplo. Aunque Botchan va a ser, en gran medida, una novela cómica sobre un profesor novato, empieza narrando la desventurada infancia del protagonista. «Mi padre no me quería. Y mi madre siempre prefirió a mi hermano mayor.» (pág. 30). La novela empieza con la siguiente frase: «Desde niño, he tenido una impulsividad innata que me viene de familia y que no ha hecho más que crearme problemas.» Se insistirá bastante en esta idea de «la impulsividad» a lo largo de la novela; de hecho, por ella será por la que principalmente Botchan acabe entrando en conflicto con los otros personajes de libros. Cuando es un niño, muere su madre, y seis años después, ya de adolescente, morirá su padre. Su hermano mayor venderá las propiedades y le entregará a Botchan un dinero para que inicie un negocio o estudio y se desentiende de él. La única figura agradable para Botchan en su infancia es Kiyo, una sirvienta mayor, descendiente de una familia noble venida a menos. Kiyo sentirá un amor incondicional hacia Botchan, al que su familia culpa de las desgracias de la casa, por los disgustos que su comportamiento irreflexivo causa a sus padres.

«Botchan» es un apelativo cariñoso que Kiyo dedica al protagonista. En una nota del traductor se apunta: «Botchan es una forma afectuosa y respetuosa de dirigirse a cualquier niño varón o de referirse a él ante otros miembros de su familia. Está formado por Bo (niño, aunque también monje budista) y chan (sufijo que denota cariño y respeto). Tiene un segundo sentido de niño mimado o inmaduro. Recoge, entre otros, los sentidos de chiquillo, señorito, niño y querido, pero todos son interpretaciones parciales.» (pág. 43)

 

El capítulo dos empieza con el viaje en barco de Botchan a la isla de Shikoku. «A primera vista, el lugar tenía la pinta de una aldea de pescadores del tamaño del barrio de Omori en Tokio. Me sentí estafado, en cierto modo.» (pág. 45)

En el instituto ‒su primer trabajo‒ Botchan se va a sentir intimidado por los estudiantes. «Algunos de ellos era más altos que yo, y al menos a primera vista parecían más fuertes.» (pág. 49) o «Los estudiantes eran muy ruidosos. Por alguna razón, se dirigían a mí en voz muy alta, casi gritando.» (pág. 61)

La novela está ambientada sobre 1904 y 1905, ya que una de las escenas claves va a tener lugar durante el desfile de la victoria en la ciudad de la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar en 1905.

 

La obra más famosa de Soseki es Kokoro, que la tengo en casa pendiente de leer, y pertenece al periodo de plena madurez literaria del autor. El traductor Pazó Espinosa comenta en su prólogo que algunos críticos han considerado a Botchan como una obra menor del autor, «una farsa humorística, lógica continuación de su primera novela.» (pág. 20), pero que siempre ha sido una de las más vendidas de Japón, todo un clásico en su país, y apreciada sobre todo por la gente joven. Botchan ha sido un libro comparado en ocasiones con El guardián entre el centeno de J. D. Salinger. Aunque la obra de Salinger habla de un adolescente y Botchan es un hombre joven, de veintitrés años, que está empezando a trabajar, a los dos personajes les une su cuestionamiento del cinismo que rige las relaciones sociales. Esta mirada juvenil de Botchan sobre el mundo queda plasmada en párrafos como este: «Hasta ese momento, siempre había creído que aquella era la manera correcta de actuar: básicamente se trataba de cumplir con mi deber. Pero si se piensa un poco, se descubre que la mayoría de la gente, de una forma u otra, quiere que te tuerzas, que no cumplas con tu obligación. Es como si pensasen que si no lo haces no tendrás éxito en la vida. Y cuando de repente se topan con alguien bueno e inocente, deciden tratarlo como a un niño mimado, y se dedican a despreciarlo y meterse con él.» (pág. 109)

 

Botchan va a tener problemas con la alumnos de su instituto, aunque es cierto que casi nunca se describe casi nada de lo que ocurre dentro del aula, donde el narrador se limita a describirnos unas pocas escenas en las que los estudiantes se dirigen a él con alguna muletilla que considera desconsiderada (¿verdad que sí?), y a los que habla con acento barriobajero de Tokio, y consigue con esto que no le entiendan bien. Pero lo más grave ocurrirá para Botchan fuera del centro: se dará cuenta que cuando entre en algún local de la ciudad para comer, platos como tempura o bolas de dango (bolas de arroz con harina), los estudiantes parecen seguirle y esas elecciones culinarias provocarán sus burlas al día siguiente, con mensajes escritos con tiza en la pizarra de sus clases. Además, habrá compañeros del claustro de profesores, que parecerán dar la razón a los estudiantes y entender esta costumbre de Botchan de comer fuera de casa como algo indecoroso. Estas recriminaciones acabarán llegando de profesores en los que Botchan descubrirá realmente conductas que sí que considera indecorosas, y no inocentes, como la suya, que consistirán en frecuentar la compañía de geishas aunque estén prometidos. Botchan está descubriendo todos los problemas de vivir en una ciudad pequeña de provincias, en la que cualquier pequeño movimiento personal es conocido de forma casi inmediata por todos. En este contexto, cada vez echará más de menos a Kiyo, la antigua criada de su casa, que es toda una figura maternal para él, y con la que se sigue carteando.

En realidad, Botchan, más que tratar sobre los conflictos de un profesor novato con sus estudiantes, nos habla de los conflictos de un trabajador joven con sus compañeros más experimentados. A Botchan le costará un tiempo averiguar de quién debe fiarse y de quién no.

 

Aunque se supone que existe en Botchan una intención cómica, no me ha resultado un libro particularmente gracioso. Las posibles meteduras de pata de Botchan, causadas por su impulsividad y su inmadurez, me han provocado más angustia que sonrisas. Con esto no quiero decir que no me haya gustado la novela. Realmente sí me ha gustado. Yo, como profesor, me he sentido identificado con algunos de los problemas de Botchan, y los comportamientos de sus estudiantes me han parecido similares a algunos de los de mis estudiantes del otro lado del mundo y más de un siglo posteriores. Desde luego, Botchan me ha gustado mucho más que Soy un gato, ya que Botchan es una novela con mucho más sentido del ritmo, y cuyas escenas tienen mucho más sentido para la trama que el que tenía algunas de las alargadas escenas de Soy un gato. Tengo ganas de ponerme con las obras de madurez de Soseki.

domingo, 7 de agosto de 2022

Soy un gato, por Natsume Soseki

 


Soy un gato, de Natsume Soseki

Editorial Impedimenta. 646 páginas. 1ª edición de 1905, ésta es de 2010.

Traducción de Yoko Ogihara y Fernando Córdoba

 

Después de leer tres libros casi seguidos de Kenzaburo Oé, me apeteció seguir con escritores japoneses. En la lista que elaboré, Natsume Soseki (Tokio, 1867 – 1916) ocupaba un puesto importante, ya que se trata de uno de los autores más reputados y leídos de Japón. Además se considera que introdujo a su país en la modernidad literaria. De hecho, como ocurrió con Benito Pérez Galdós en España, en los billetes de 1.000 pesetas, el rostro de Soseki ha aparecido durante muchos años en los billetes de 1.000 yenes.

 

«Soy un gato, aunque todavía no tengo nombre.» es la primera frase del libro. Este gato anónimo va a ser el particular narrador de la novela, que inicialmente se publicó por entregas en una revista satírica. El gato nos va a empezar contando cómo llega a la casa del maestro Kushami, una familia de clase media compuesta por el maestro, su mujer y dos niñas pequeñas. En la casa también vive (o trabaja) la sirvienta Osan, con la que el gato no acabará nunca de llevarse bien, porque a ella no le gusta él.

El maestro va a recibir en su casa a diversos visitantes. Uno de ellos es Meitei, que es propenso a tomarles el pelo a los demás, haciéndoles creer historias inventadas. Otros es Kangetsu, que es más joven que los dos anteriores, y fue alumno de Kushami. En el presente narrativo de la novela, Kangetsu está haciendo un doctorado en la universidad de ciencias Físicas, donde principalmente se dedica a pulir bolas metálicas, tarea que puede llevarle años hasta que consiga su deseado título de doctor. A Kangetsu también le ha salido una oportunidad matrimonial con la hija del señor Kaneda, un acaudalado hombre de negocios. Kushami desprecia a los hombres de negocios, ya que se considera a sí mismo un intelectual. Y este desprecio ‒y las venganzas que propiciará por parte de Kaneda‒ va a generar algunas de las escenas cómicas de la novela. De telón de fondo histórico, tenemos la guerra ruso-japonesa, que tuvo lugar entre 1904 y 1905, y terminó con victoria japonesa.

 

Soseki quiso realizar en esta obra inaugural una crítica social a la era Meiji, que abarca desde 1868 hasta 1912, un periodo que casi coincide con su vida. Este periodo histórico de Japón se caracterizó por la modernización del país y también por su occidentalización. Soseki mantuvo una relación ambigua con Occidente, puesto que él estudió en la universidad Lengua Inglesa, y conocía la cultura británica y su literatura, pero también era un gran admirador de la poesía tradicional china y de los haikus, los poemas breves japoneses. En 1900 el gobierno japonés le concedió una beca y pasó tres años en Londres. En Inglaterra sufriría muchos choques culturales y soledad. Fue un periodo de su vida en el que principalmente estuvo en bibliotecas públicas, leyendo a autores ingleses, que acabaron influyendo en su obra, como Laurence Sterne con su novela Vida y opiniones del caballero Tristam Shandy, que se cita en Soy un gato.

 

Principalmente el gato nos mostrará las conversaciones que el maestro tiene con sus amigos. En más de un caso, son conversaciones extensísimas, que se adentran en el absurdo. Un efecto, este de reflejar el absurdo, que busca la comicidad. También estas conversaciones muestran el conservadurismo de los personajes, que temen que las nuevas generaciones de japoneses pierdan las costumbres de sus antepasados y el respeto a los demás. «Al final puede que la sociedad entera no sea más que una especie de congregación de lunáticos, formada por miles de chalados, cada uno con su obsesión particular.» (pág. 487) o «Entre los humanos hay un dicho: “Amarás a tu prójimo mientras puedas sacar provecho de él.”» (pág. 434)

 

Más que las páginas que recogen las conversaciones entre los personajes humanos, me gustan aquellas en las que se muestran las andanzas del gato, que visita a otros gatos del vecindario, o se adentra en la casa de Kaneda, el enemigo de su dueño, para averiguar cómo vive. También habrá un día en el que seguirá al maestro hasta unos baños termales y nos mostrará cómo son. Sin embargo, la mayoría de las páginas reflejan las conversaciones que el maestro mantiene con sus visitas, y diría que muchas de ellas sobran, porque las bromas sobre el absurdo de la realidad se alargan de forma innecesaria, sin asomo de tensión narrativa.

 

Me gusta el episodio en el que se narran los conflictos que el maestro tiene con los estudiantes adolescentes de un colegio cercano que, de forma continua, se cuelan en su jardín y que, además, disfrutan provocándole para que se salga de sus casillas. Aquí Soseki hace una simpática crítica de costumbres sobre la mala educación de los jóvenes y la terquedad y simpleza del maestro. En realidad, en la figura del maestro Kushami, Soseki se está burlando de sí mismo. Los dos comparten algunas características, como la de ser maestros de inglés, o la de lucir un gran mostacho. También el maestro está aquejado de dispepsia (o dolor de estómago), unos dolores que debían acompañar al autor, ya que murió en 1916, a los cuarenta y nueve años, por una úlcera de estómago.

Este capítulo, en gran medida, queda desvinculado de la estructura general de la novela, como si se tratase de una novela dentro de la novela, con su particular estilo narrativo. En realidad, Soy un gato parece un banco de pruebas para el narrador que será más tarde Soseki.

 

Hay momentos en los que parece que Soseki se olvida de que el narrador de la historia es el gato, y el lector tiene la sensación de estar leyendo una novela omnisciente, ya que nuestro gato sin nombre es capaz de citar a Balzac o a los clásicos griegos, en sus reflexiones, en sus ligeras críticas a la condición humana. De hecho, es asombrosa la influencia de la cultura clásica europea sobre Japón, o al menos sobre el Japón que Soseki refleja en esta novela. En algún momento, pensaba que a pesar de que el lector tiene que hacer el pacto con el autor de que el narrador de la historia es un gato, que puede reflejar las conversaciones humanas, puede leer cartas o diarios y tiene el discernimiento suficiente como para juzgar a los humanos, este gato hacía reflexiones que no justificaba su experiencia vital «como gato doméstico». Por ejemplo, en la página 347 empiezan siete páginas en las que el gato describe la historia del vestido moderno que, para mí, simplemente sobraban en la novela. Creo que el propio Soseki, en algún momento de la escritura del libro, se da cuenta de este problema de verosimilitud del que estoy hablando, y en la página 488 el gato dice: «Poseía, por ejemplo, el don de adivinar los pensamientos  de la gente. ¿De dónde me venía este don? No merece la pena romperse la cabeza para hallar la respuesta. El hecho indiscutible es que poseía esa cualidad, y punto.»

 

El gato también nos expone reflexiones metaliterarias, y se dirige a «sus lectores» o en la página 225 dice: «Soy partidario del estilo descriptivo y realista de la literatura.» o en la página 417: «Constituye la esencia del carácter del maestro, y es su peculiar carácter el que le ha convertido durante estos meses en un conocido personaje de una novela cómica por entregas».

 

Como curiosidad me gustaría apuntar que Soy en gato está publicado ahora mismo en España en tres editoriales, con tres traductores diferentes (Trotta, Alianza e Impedimenta). Yo solo he leído la traducción de Impedimenta y me parece un gran trabajo, pero tengo la sensación de que la belleza de su portada ha contribuido en gran medida a su éxito comercial. Una compañera del colegio en el que trabajo me vio con el libro y me dijo que ella lo había leído. Lo había comprado por la portada y porque es amante de los gatos. A ratos la lectura le aburrió, me contó, pero luego cerraba el libro, miraba la portada y seguía.

 

Como ya he apuntado, creo que Soy un gato es una novela simpática, con momentos brillantes, pero a la que le sobran páginas; sobre todo, aquellas en las que las conversaciones entre el maestro y sus amigos se alargan sin fin. A veces, también, hay hilos narrativos que se agotan enseguida y quedan inconclusos. Todo esto muestra que Soseki escribía su novela por entregas a impulsos variables, sin pensar de forma precisa en una estructura narrativa clara. Mientras escribo esta reseña, estoy acabando Botchan, la segunda novela de Soseki, que se publicó en 1906, y que me está gustando bastante más. Ya hablaré de ella.