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miércoles, 10 de junio de 2015

Antología del cuento contemporáneo en español, por Federico Guzmán

Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio publicó hace unas semanas en la revista digital Letras libres un artículo sobre el cuento contemporáneo en español. Lo curioso del artículo es que cita 37 cuentos de otros tantos autores y cada uno de ellos está enlazado al cuento. Así que esta es una gran posibilidad de leer algunos grandes cuentos españoles e hispanoamericanos de autores jóvenes.

Dejo aquí el comienzo del artículo y también el enlace a la revista, desde cuyos enlaces se puede acceder a los 37 cuentos:




Antología involuntaria: el cuento contemporáneo en español en 37 clics

Además de redes sociales, porno japonés y casinos en línea, internet nos trajo la promesa de una mayor circulación entre las diferentes literaturas en español. El porvenir era promisorio; el resultado, no tan distinto del de las estafas nigerianas.
En doscientos años de historia independiente, son pocos los momentos en que la literatura en español ha logrado trascender las fronteras nacionales para establecer un diálogo continental y transoceánico. Esos efímeros momentos han coincidido con las tres cimas indiscutibles de nuestra literatura: el modernismo, la vanguardia y el boom (este último con sus predecesores y uno que otro de sus herederos). Queda por responder la pregunta de si esas obras imaginadas, escritas y publicadas en distintos puntos de la geografía hispánica fueron posibles gracias a la comunicación transnacional o si, por el contrario, esta resultó inevitable ante la contundencia de las obras.
Los factores con que se ha explicado el surgimiento de estos movimientos son muchos y convincentes: el nomadismo de sus protagonistas, el surgimiento de revistas dispuestas a publicar literatura en su lengua más allá de las fronteras nacionales y de la redacción, la influencia compartida de otras literaturas, el surgimiento de mitos culturales cohesionadores, la militancia más o menos comprometida en los mismos credos políticos, el establecimiento de una industria editorial de relativa pujanza, la búsqueda de una estética común. El problema de estas explicaciones es que, si bien responden a los periodos para los que fueron formuladas, podrían aplicarse por igual a otros en que la situación es distinta, casi opuesta. Como el nuestro.
En el papel, con la globalización como telón de fondo y la homogeneización de las referencias culturales (altas y bajas), la consolidación de los grupos trasnacionales creó en algún momento, con sus premios en dólares y sus poderosos departamentos de mercadotecnia y prensa, la ilusión de que fomentaría el intercambio de distintas literaturas nacionales, adjetivo, este último, que incluso parecía pasado de moda. La realidad fue la contraria: solo un grupo reducido de autores son publicados en distintos países, y, más allá de su mayor o menor calidad, la mayoría responde a una estética común, que combina, a grandes rasgos, la corrección política y los escenarios universales o prestigiosos (Europa y Nueva York) con un español neutro e intercambiable, sin mayores marcas locales. Las apuestas más interesantes e incluso subversivas de los sellos trasnacionales, que por supuesto las hay, suelen quedar confinadas en sus países de origen, en espera de que se cumpla la anhelada promesa de exportación. Las editoriales independientes, por su parte y salvo algunas excepciones, sobre todo en España, tampoco se han mostrado particularmente interesadas en fomentar el intercambio literario trasnacional.
Explicar el poco tráfico de las literaturas nacionales fuera de su ámbito resulta complicado, si no inexplicable, más allá de la indiferencia, el provincianismo y la falta de curiosidad, y no es el propósito de este recorrido. Lo que se pretende aquí es justamente lo contrario: aprovechar el material existente en la red para brindar una panorámica del cuento contemporáneo que se escribe en español, o, al menos, del cuento contemporáneo en español que encontramos en línea.
Al inesperado afianzamiento de las literaturas nacionales, o a su declive frente a otras opciones lectoras  –del bestseller de calidad o de nula calidad, casi siempre anglosajón, a la novela negra nórdica–, habría que agregar, en el caso de la circulación del cuento, el desprecio o el recelo que ambos universos editoriales, grandes grupos e independientes, y otra vez con sus debidas excepciones, guardan ante el género. A pesar de los recurrentes reportajes condescendientes que anuncian la vida de la que goza, el cuento se encuentra en franco declive editorial, tanto en libros como en publicaciones periódicas. Esto no es una novedad: el cuento, uno de los géneros más antiguos y uno de los que mayores alegrías ha dado en la literatura latinoamericana, siempre ha sobrevivido en estado moribundo, con sus consecuentes mejorías y recaídas. No es de extrañar, entonces, que haya encontrado un refugio idóneo en internet, ese enorme limbo que posterga o disimula la desaparición definitiva de todas las cosas.


miércoles, 7 de enero de 2015

La pasión de leer, por Federico Guzmán

Me apetece hoy dejar aquí un texto que escribió mi amigo Federico Guzmán Rubio (en el blog están comentados Los andantes y Será mañana, los dos libros que ha publicado en la editorial Lengua de Trapo) para un estado de facebook. 
Me parece un escrito muy emocionante sobre la pasión de leer.



LEER, por Federico Guzmán


Pasarse la vida apurándose para tener tiempo de leer. Madrugar o desvelarse, dependiendo de la fisiología y el temperamento, para leer. Cuidar el número de copas para que la cruda no impida leer o, por el contrario, dejarlas correr para que a la mañana siguiente la cruda no permita hacer nada, salvo leer. Terminar lo más rápido que se pueda un libro para empezar el siguiente: si es excelente, porque es excelente y pide ser leído de una sentada; si es malo (pero legible), para despacharlo y poder empezar algo bueno. Si se quiere demorar la lectura de una novela, entonces no se lee más lento, sino que se lee algo entremedias, de preferencia poesía o cuento. Si se lleva un libro a mano, alegrarse al constatar de que la cola del banco es enorme, de que tres pacientes esperan ya turno con el dentista, de que se llegó veinte minutos antes a la cita. Enterarse de que a uno lo van a operar, y pensar antes que nada en qué libro llevar al hospital. Viajar a sitios lejanos y exóticos para acabar encerrado en una pensión de Sarajevo, en una cabaña de una playa tailandesa o en un hotel de Cuzco, leyendo. Darse cuenta en el taxi de que con las prisas de la partida a uno se le olvidaron los libros en casa, y ponerse feliz, pues así podrá comprar dos o tres ejemplares impunemente en la librería del aeropuerto, sin el menor cargo de conciencia. Ver las estantería con las docenas de libros comprados y no leídos, y fingirse escandalizado y prometerse no volver a comprar ni uno solo, pero en el fondo sentirse aliviado, tranquilo. Aprender a deshacerse de los libros sin mayores tragedias, pues con el tiempo se aprende que, si es necesario, esos títulos regresarán a uno mediante caminos inescrutables, como dicen los creyentes que obra el Señor. Leer rápido y mal lo que se tiene que leer por trabajo para poder leer lo que a uno le da la gana, sin importar que más de una vez la lectura obligatoria pudiera ser la elegida, y viceversa. Dejar sin leer algún título de un escritor admirado para un momento de desesperación que nunca llega; negarse a releer un libro que allá lejos y tiempo atrás resultó mágico como quien decidió no volver al lugar donde se fue feliz; resistirse a leer algo que todos recomiendan, quién sabe por qué. Sentirse triste al ir a una librería y darse cuenta de que ya ninguno de los ejemplares en la mesa de novedades representan un misterio, una invitación, y regresar a casa para descubrir que uno tiene el misterio, arrumbado, en el buró de la recámara o en la tapa del excusado. Agradecerles a los seres queridos su inmensa paciencia, resignación, ante nuestra desastrosa afición por la lectura. Establecer metas, llenarse de buenas intenciones, confeccionar listas ordenadas de lecturas con el fin de drenar lagunas, todo para destruirlas a los dos días por culpa de una novela policiaca de moda o de una ganas irrefrenables de releer el Decamerón. Reconocer de inmediato a un verdadero lector, que pocas veces es escritor, crítico, editor o algo parecido, y sentir lástima por él, al tiempo que uno percibe la lástima que él está sintiendo por uno, pues ambos sabemos que el otro no tiene remedio y está jodido para siempre. Reírse de esos lectores exigentes a los que no les gusta nada y reírse, pero menos, de esos lectores generosos a los que les gusta todo. Leerlo todo. Agradecer que la memoria es frágil, pues así se puede volver a abrir un libro leído hace veinte años y leerlo como la primera vez. Mirar con azoro los propios subrayados de un volumen viejo y preguntarse cómo es posible que en tan pocos años uno sea una persona tan diferente, y el libro, otro libro. Entender que los demás son felices, viven plenamente, no son ni más sabios ni más tontos que uno, se van de este mundo sabiendo e ignorando lo mismo que todos, sin haber leído el Quijote. Aceptar que escribir es una pérdida de tiempo, pues roba tiempo a la lectura. Entender que leer no hace mejor a nadie, pero sí peor. Sentir lástima por quien afirma, con una satisfacción arrogante, que no tiene tiempo para leer. Ser consciente de que los libros no cambian la vida, ni el mundo, ni a uno mismo; simplemente son parte de ellos, una de las mejores partes, claro. Nunca haber sabido lo que es el aburrimiento, nunca haberse lamentado por estar solo. Saber que cien años de ocio maravilloso no alcanzan para leer un carajo, y sentirse feliz ante la evidencia de que la literatura y la vida siguen siendo mucho más grandes que cualquiera de nosotros.

domingo, 25 de noviembre de 2012

Será mañana, por Federico Guzmán Rubio


Editorial Lengua de Trapo. 333 páginas. 1ª edición de 2012.

Si usted es un lector habitual del blog ya sabrá que Federico Guzmán Rubio (México DF, 1977) es mi amigo, y es posible también que haya deducido que vive en Madrid y que quedamos con cierta frecuencia. Además, algunos de los libros comentados aquí durante el último año han sido leídos por recomendación suya.

La primera vez que oí hablar de esta novela fue en el verano de 2011, en una terraza de la madrileña plaza de Santa Ana. Entonces aún no se llamaba Será mañana y Federico estaba a punto de acabar de escribirla.
La leí por primera vez, en su versión manuscrita, en diciembre de 2011. Y lo he vuelto a hacer, en su versión definitiva, durante este mes de noviembre. Tenía curiosidad por saber cómo había salido por fin el libro al mercado; y más sabiendo que yo soy en parte responsable de la corrección de algunas erratas y de alguno de los cambios definitivos, como la supresión de ciertos capítulos que hacían el texto un tanto excesivo. Así que entenderán ustedes que esta de hoy es una entrada especial para mí.
He disfrutado más de esta segunda lectura; por una parte me parece claro que las novelas ganan cuando se leen ya en formato libro respecto a cuando son un montón de fotocopias unidad por una espiral, y porque además ahora (después de las partes suprimidas y de no acercarme a él con un lapicero en la mano) el texto se lee con mayor fluidez.

Barrunte, el personaje de Será mañana, tiene ya cien años pero aparenta treinta y pocos. La premisa fantástica de la novela es ésta: él se sabe inmortal mientras siga haciendo la revolución. Si está participando en alguna lucha armada, para alcanzar la justicia social, sus heridas se regeneran con facilidad, no enferma, no le afecta el alcohol ni conoce lo que es un dolor de estómago. Cuando alguna de las revoluciones en las que ha participado triunfó, como en el caso de la cubana, Barrunte tiene que partir en busca de otra. En el momento en el que deje de estar en pie de guerra comienza su degeneración física, representada por la aparición de una luz azul que tiene la capacidad de ver en los moribundos y sobre él mismo. Así que su búsqueda de revoluciones guarda una doble relación con su existencia: la lucha activa da un sentido moral a su vida, y también es motivo último de ésta.
La novela, narrada en tercera persona, comienza cuando Barrunte llega al Madrid de principios del siglo XXI, con la intención de contactar con alguno de sus compañeros de las antiguas revoluciones hispanoamericanas –compañeros en el límite de edad que se permite a sí mismo para que su ausencia de cambios físicos pueda ser tolerada–. El fin último de su viaje a Madrid será, lógicamente, iniciar una nueva revolución en España, lugar que Barrunte siente como propicio, dado el desmantelamiento del Estado del bienestar al que nos está llevando la crisis económica.
Pronto sus ideas revolucionarias van a chocar con la apatía que, a pesar de todo, exuda el país, además de la achacable a sus antiguos amigos revolucionarios, acomodados ahora en puestos diplomáticos o en ONGs.

El tono de la novela es eminentemente irónico y, siguiendo la tradición mexicana, entroncaría con la obra satírica de Jorge Ibargüengoitia.
Dentro de la tradición española, el personaje de Barrunte estaría ligado a la obra de Cervantes. Barrunte, como el Quijote, está empeñado en luchar contra todos los gigantes que cree ver en su camino y en vivir una serie de aventuras heroicas e imposibles en los tiempos actuales. Los análisis de la realidad que hace Barrunte, al igual que los del Quijote, suelen ser falsos: toma precauciones ante la policía española completamente innecesarias, puesto que no le están persiguiendo ni su lucha es una amenaza para nadie. Las aventuras de Barrunte –como, por ejemplo, en la escena en la que intenta que unos hispanoamericanos que guardan cola en una oficina del INEM se subleven–, siguiendo la más pura tradición española de El Quijote, acabarán en palos cobrados sobre el lomo. La época heroica de los caballeros andantes había pasado para Don Quijote, lanzado a los caminos de La Mancha, igual que las románticas revoluciones en Cuba, México o cualquier país hispanoamericano han pasado para un Barrunte arrojado al Madrid actual (donde ya estuvo hace 75 años luchando en la Guerra Civil).

Según avanzan las páginas de la novela, la luz azul se empezará a volver más brillante para un Barrunte que, imposibilitado para hacer la revolución, comenzará a sentir que su muerte se acerca. Mientras que su cabeza –en un Madrid frío y lluvioso de principios de enero– se vuelve cada vez más paranoica y desesperada, decide abrir en la pensión donde se aloja su portátil y comenzar a narrar su vida desmesurada.
El lector podrá acercarse a alguno de estos episodios que Barrunte escribe sobre sí mismo, sin ningún orden cronológico: escenas aleatorias, o destacables por algún recuerdo especial, que el moribundo inmortal escoge de su gran pasado.
Y estos capítulos en primera persona podrían llegar a leerse casi como relatos independientes y tienen que ver, debido a su construcción y forma, muchas veces paródica o chistosa, con los relatos del anterior libro de cuentos de Federico Guzmán, Los andantes, ganador del premio Caja Madrid en enero de 2010, y que ya comenté en el blog (ver AQUÍ).
De hecho, es en estos capítulos donde se encuentra mi parte favorita del libro: las páginas en las que Barrunte reconstruye los momentos en los que es concebido durante la revolución mexicana. Unas páginas con un fuerte sabor de allá, plagadas de mexicanismos, en las que el lenguaje paródico (en muchos casos frases tomadas de canciones de la revolución o de libros de la época como Los de debajo de Mariano Azuela; que cualquier mexicano conoce –me cuenta Federico– aunque no así un español) se hace más brillante.

Así que Será mañana entronca a la perfección con los tiempos actuales, y al adentrarnos en ella, además de leer una divertida parodia sobre la crisis económica (en estos días en los que necesitamos tanto reírnos), también debemos preguntarnos por el reciclaje de la izquierda en la sociedad presente, así como por nuestro olvido de las dictaduras y las guerrillas hispanoamericanas (el repaso que se hace de ellas en la novela, pese al tono paródico de la mayoría de las páginas, no deja de ser escalofriante).
Y, en un orden más general de temas, Será mañana también se puede leer como una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre los años que cualquiera de nosotros podemos llegar a vivir lejos de las convenciones y de los ideales con los que crecimos.
A mí Será mañana me ha gustado mucho y me alegra pensar que ha sido capaz de escribirla mi amigo Federico Guzmán, una de las personas que conozco que más sabe y que más pasión siente por la literatura.

(Nota: la presentación de Será mañana, a cargo del escritor Alberto Olmosse llevará a cabo en la librería-bar madrileña Tipos infames -San Joaquín 3, Malasaña- a las 19.45 h. del martes 27 de noviembre. Allí nos vemos, Federico)

domingo, 11 de septiembre de 2011

Los andantes, por Federico Guzmán Rubio

Editorial Lengua de Trapo. 253 páginas. 1ª edición de 2010.

Con este libro, Los andantes, Federico Guzmán Rubio (México DF, 1977) ganó en enero de 2010 el VIII Premio de Narrativa Caja Madrid, para escritores en lengua castellana, residentes en España y menores de 35 años. Estuve pendiente del fallo, porque yo también participaba en ese premio (y, dada mi fecha de nacimiento, era el último año que podía hacerlo). Cuando apareció el libro, en marzo de 2010, lo hojeé, leí algunas páginas y pensé en comprarlo. Pero al final no lo hice por el siguiente motivo: llevo unos años intentando no sucumbir a la lectura competitiva; es decir, leer un libro de un autor joven con el afán de compararlo con lo que yo escribo, o en este caso con el libro que yo presenté al premio citado. Intento dedicar mi tiempo a una lectura puramente de disfrute.

Al final sí he leído Los andantes, debido a que hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a su autor, con el que he mantenido alguna interesante conversación sobre literatura, y acabamos intercambiando mis Acantilados de Howth por sus Andantes. Y, si he de hacer un comentario comparativo entre este último y el libro que yo envié al premio (sin conocer ninguno de los demás presentados), Los andantes es un ganador más que meritorio, puesto que Federico Guzmán Rubio, con 32 años camino de los 33 a la hora del fallo, presenta una madurez narrativa y un control de muy diversos recursos técnicos encomiables.

Los andantes se divide en cuatro partes, que a su vez se descomponen en cuatro cuentos o capítulos (y en un caso en tres), y digo cuentos o capítulos porque ya la contraportada nos advierte de que “El lector decidirá si lee este libro como un conjunto de cuentos hilvanados o una novela disgregada”. Yo elegí la primera opción, y así en la primera parte conocemos al personaje de Jesús, un mexicano que durante los últimos 10 años ha estado trabajando en Estados Unidos y regresa ahora a su país con el deseo de encontrar a una antigua novia, Josefina; a buscarla parece dedicarse en los dos primeros cuentos. Y en el tercero nos topamos con el primer cráter narrativo que Guzmán Rubio nos propone en este libro; el protagonista vuelve a ser Jesús, pero ahora la acción se sitúa en Estados Unidos y parece ser que Josefina emigró en un primer momento con él y viven juntos. En este tercer cuento, Las mañanitas, se plantea una vida alternativa para Jesús si hubiese tomado sus decisiones en el pasado de otra manera, si su identidad se hubiese formando de otra manera. Y éste parece ser el hilo conductor que hilvana todos los cuentos del libro: la formación de la identidad, la aceptación de una de ellas, el deseo de trastocarla mediante el viaje, el cambio de trabajo, de pareja... Así, en el segundo cuento, La buena suerte, Jesús visita en México un burdel donde le pueden ofrecer el siguiente servicio: una prostituta caracterizada como su antigua novia Josefina, pero tal y como era cuando la dejó 10 años atrás.

En la segunda parte, también nos encontramos con el juego de los cambios de identidad en el primer cuento, Los mil rostros del amor, donde dos mexicanos que trabajan en Londres ayudan a su jefe a reconquistar a su mujer disfrazándole con diversas identidades, de luchador mexicano, de intelectual hispanoamericano, de bombero… En este cuento, como en muchos otros, una intención cómica o paródica domina la composición, que acaba pudiéndose leer como un cuento neofantástico de baja intensidad, al hacernos tomar como real la situación aparentemente disparatada que plantea.
En el tercer cuento de esta parte, La mano de Dios, se introduce un nuevo recurso técnico: en vez de estar narrado en primera persona, como hasta ahora, lo está en la primera persona del plural, y la localización vuelve a ser nueva, ahora nos encontramos en el norte de África. Y en el segundo, La mano de Dios, el escenario es un aeropuerto, donde el protagonista de esta segunda parte sufre un retraso y escucha el discurso que le hace un compañero de vuelo, que dice ser el árbitro del famoso partido Argentina-Inglaterra del Mundial del 86, en el que Maradona consiguió marcar sus dos goles míticos. Un compañero de vuelo que puede no ser quien dice ser, que puede estar de nuevo jugando al trastoque de identidades.

La tercera parte también se acerca a eso que he llamado, por no saber de qué otra forma hacerlo, cuento neofantástico de baja intensidad. Aquí se nos presenta a otro hombre joven mexicano que vive con una mujer francesa en la ciudad de Lyon. Esta mujer desea cumplir cada día con una misma rutina y no admite alteraciones en los elementos de su casa. El hombre mexicano se empezará a preguntar por su función en ese orden de cosas inamovible, qué representa él en ese contexto. Las respuestas las encontrará en los diarios que la mujer escribe y que le ha pedido que no lea. Esta tercera parte es la más hilvanada del libro y la de estructura más lineal. En el último cuento la lectura del diario de ella nos acerca -haciendo uso Guzmán Rubio de un nuevo recurso- al relato erótico.

En la cuarta parte se ensayan nuevos recursos narrativos, y así, el segundo relato, Para eso están los amigos, se construye con los diálogos que tres amigos intercambian en un bar de México, y el autor nos muestra aquí todo un despliegue de lenguaje coloquial mexicano. Uno de los personajes se inventa una identidad, la del conquistador maduro de una joven italiana con la que se ha encontrado, en un viaje de negocios, en su hotel de Bruselas. Por la descripción hecha, esta mujer parece ser la de la tercera parte, que en el tercer cuento de esa sección del libro ha viajado a Bruselas. El encuentro con la supuesta joven italiana (que el lector sabe que es francesa), descrito a los amigos, es falso. Este hombre ya ha desarrollado esta historia falsa en el anterior cuento, al contársela a un camarero de Bruselas que supuestamente, también, vivió en México en el pasado.
En el tercer cuento de esta parte, El otro hombre, se propone directamente el intercambio de identidades entre un mexicano que sueña con ser turco, y viceversa, en un juego muy a lo Julio Cortázar.
En el cuarto cuento, Nombre de guerra, el juego de elementos desarrollados en Los andantes se cierra, y el protagonista de esta sección tiene un encuentro sexual con una prostituta que parece ser la misma Josefina de la primera parte, pero en la versión en la que emigró a Estados Unidos con Jesús. Y también se desmiente el final que según sabemos tuvo el protagonista de la segunda parte.

La prosa desarrollada por Federico Guzmán Rubio en este libro, como ya he dicho, muestra una gran variación de recursos y registros. Y Los andantes es un libro que podría leerse como una novela fantástica (Jesús viajó a Estados Unidos con Josefina, Jesús no viajó a Estados Unidos con Josefina), y que observados uno por uno cada cuento sería realista. Pero no absolutamente realista, o al menos así me lo han parecido los juegos paródicos propuestos, a lo Julio Cortázar (como ese cuento de los disfraces citado) y que he llamado cuento neofantástico de baja intensidad. Y, a veces, la prosa se expande hasta  la reflexión borgiana, como en el siguiente párrafo: “También me alteraba que la escritura sugiera la posibilidad de que fuera viable concebir un día como una unidad casi indivisible o como un conjunto de fragmentos infinito; sé que se trata de una obviedad física, pero me intrigaban las consecuencias que esto pudiera tener en la vida y por lo tanto en la escritura, o viceversa” (pag. 148-149).

Los andantes me ha parecido un libro arriesgado, innovador en su juego de relatos cruzados que se complementan -o bien se niegan- en otros; en el que Federico Guzmán Rubio ha desplegado un medido elenco de recursos narrativos y de registros literarios, y que dada su juventud me hace pensar que tiene un gran mundo literario que desarrollar. Sé que Federico está ultimando ahora una novela, cuyo argumento realmente promete. Esperemos verla pronto publicada.