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domingo, 4 de junio de 2023

Tess de los d´Urberville, pro Thomas Hardy

 


Tess de los d´Urberville, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 478 páginas. 1ª edición de 1891, ésta es de 2017

Traducción de Catalina Martínez Muñoz

 

A finales de 2020 leí Jude el oscuro (1985), la última novela que escribió Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928). Me impresionó mucho aquella lectura y se convirtió en una de las mejores de ese año. Luego, en 2021, me acerqué a El alcalde de Casterbridge (1886), que me pareció una buena novela, pero que no estaba a la altura de Jude el oscuro. Leí que la crítica considera que las dos grandes novelas de Hardy eran Jude el oscuro y Tess de los d´Urberville (1891). Su última y penúltima novela. Hardy dejó de escribir novelas, por las fuertes críticas que recibió de la sociedad de su época, que juzgaban sus obras, no por su calidad literaria, sino por su idea de «moralidad». Y Hardy era realmente duro con la hipocresía moral de su época.

 

Tess de los d´Urberville comienza con un hecho fortuito: el campesino John Durbeyfield se cruza, camino de su casa, después de haber bebido más de un trago, con un sacerdote viejo, pero nuevo en la comarca, que le saluda con el apelativo de «sir». Algo que sorprende a John. El sacerdote le aclarará que su apellido, Durbeyfield, es, en realidad, una deformación de d´Urberville, una antigua e ilustre familia que proviene de los normandos. Esta noticia inesperada trastocará la vida del sencillo John, que empieza a darse ínfulas de grandeza. John es de natural perezoso y bebedor, y cada día lo tiene más complicado para sacar adelante a su familia, con media docena de hijos. A su mujer y él se les ocurrirá la idea de enviar a Tess, la mayor de los hijos, que anda por los dieciséis años, a pedir ayuda, reclamando el lazo de sangre, a una familia de d´Urberville que viven en su región. Lo que aún no saben es que esos familiares lejanos si siquiera son unos verdaderos d´Urberville, como ellos, sino unos comerciantes enriquecidos que han tomado el apellido para ennoblecerse de forma ilegítima.

 

El alcalde de Casterbridge empezaba con una escena tremenda: un hombre borracho vende a su mujer en una fonda, y luego no dejará de arrepentirse. En los tres libros que he leído de Hardy los protagonistas toman malas decisiones influidos por el alcohol, que es un elemento naturalista más en el conjunto de las realidades descritas. Hombres y mujeres que aspiran a algo más de lo que la vida les hace ser, pero que parecen abocados a no poder abandonar sus tristes condiciones existenciales. Siempre, las circunstancias y la sociedad van a estar ahí, interpuestas entre sus sueños y la realidad. Sin embargo, los impedimentos de la realidad se acercaban más a las premisas del folletín en El alcalde de Casterbridge, y me han parecido más sutiles y trascendentes en las otras dos novelas.

 

La acción, como en muchas de las obras de Hardy, se sitúa en la región de Wessex, de nombre ficticio, y que se ubica en el sur y suroeste de Inglaterra. En Tess de los d´Urberville, por ejemplo, aparece el pueblo de Casterbridge de la novela El alcalde de Casterbridge. Imagino que también habrá localidades que se repiten en Jude el oscuro, pero ya no recordaba los nombres, después de tres años.

 

Creo que no voy a contar mucho del argumento de esta novela, porque es preferible que el lector se acerque a ella sin más. Pero sí voy a hablar de algunos de sus temas, que la hacen realmente moderna: en gran medida, Tess de los d´Urberville es una novela sobre el consentimiento sexual de las mujeres, que en la novela se pueden ver abocadas a situaciones de abuso, y, sin embargo, la culpa de este abuso caerá más sobre la víctima que sobre el verdugo, por ser mujer en un caso y hombre en el otro. Incluso los personajes más filosóficamente avanzados, no podrán dejar atrás sus prejuicios sobre la «virtud» de las mujeres, aunque ésta les haya sido arrancada por la fuerza.

En cualquier caso, las escenas sexuales de abusos están contadas muy sutilmente, y el lector, aunque lo supondrá, no acabará nunca de saber qué ha ocurrido exactamente entre algunos de los personajes.

Además, Tess habrá de quejarse a sus padres de que no le advirtieron nada sobre los peligros que acechan a las jovencitas por parte de los hombres. Para Tess su belleza será una especie de condena. De hecho, hay un momento impresionante, en el que va a sufrir los abusos laborales de un patrón miserable y ella se relajará porque no le tiene miedo a ese tipo de abusos, como sí a los que provienen del deseo; abusos en los que los hombres pueden llegar a culpar a las mujeres sobre lo que su belleza les «conduce a hacer».

 

Creo que Jude el oscuro era un libro que no daba tregua al lector de un modo más intenso que Tess de los d´Urberville, que tiene algún momento valle en la narración de su drama. En estas «páginas valle» de la novela, Hardy describe la vida rural en una vaquería de un pueblo de Inglaterra con mucho encanto y con mucho conocimiento, como puede apreciar el lector gracias a los sutiles detalles con que se describen las tareas agrícolas. Sin embargo, el último tramo del libro es tan demoledor y potente como el de Jude el oscuro. Tess, como va a ser Jude en la imaginación de su autor, cuatro años más tarde, tiene ambiciones, y quiere mejorar y aprender. Jude soñaba con acudir a la universidad y conseguir una formación reglada, algo que le va a resultar imposible viniendo del ambiente en el que vive. En Jude el oscuro la universidad se llevaba más de un palo por elitista, y esto también va a ocurrir en Tess de los d´Urberville.

Dentro de una novela de realismo tremendista, como es ésta, me ha encantado una página en la que Hardy, para simbolizar el frío interior que atraviesa el corazón de Tess, lo muestra con el invierno que sufre la campiña y unos espectrales pájaros que llegan del Polo Norte: «Hacía años que no se veía un invierno como aquel. Llegó poco a poco, sigiloso, como los movimientos de un jugador de ajedrez. Una mañana, los pocos árboles solitarios y los tejos de los setos amanecieron como si hubieran cambiado su forma vegetal por un tegumento animal. Las ramas estaban cubiertas de una pelusa blanca, como una piel que le hubiera crecido a la corteza durante la noche, cuadriplicando su grosor normal; el árbol o los setos formaban un dibujo de duras líneas blancas en el lúgubre gris del cielo y el horizonte. Las telas de las arañas revelaron su presencia en cobertizos y paredes, donde hasta entonces no se habían observado, visibilizadas ahora por aquel ambiente cristalizado, y colgaban como lazos de estambre blanco en verjas, postes y salientes de las casas.

A esta temporada de humedad congelada siguió una secuencia de heladas secas, cuando a la meseta de Flintcomb-Ash empezaron a llegar en silencio extraños pájaros del Polo Norte, criaturas flacas y espectrales, de ojos trágicos, ojos que habían presenciado pavorosos cataclismos en las recónditas regiones polares, de una magnitud inconcebible para el ser humano, bajo temperaturas gélidas que ningún hombre sería capaz de soportar; que habían visto partirse las masas de hielo y desmoronarse las montañas de nieve en el fulgor de la aurora boreal; ojos casi cegados por los torbellinos de ventiscas colosales, que habían presenciado contorsiones terráqueas y aún conservaban la emoción causada por aquellas escenas. Estos pájaros sin nombre se acercaban mucho a Tess y Marian, pero nada contaban de lo que habían visto y que la humanidad jamás vería. No tenían la ambición del viajero por contar sus aventuras, y, mudos, impasibles, despreciaban aquellas experiencias a las que no daban ningún calor, y preferían fijarse en lo que ocurría en esta acogedora meseta: en los triviales movimientos de las muchachas que removían la tierra con sus escardaderas para desenterrar un manjar que podría servirles de alimento.» Sé que esta cita, de la página 350, es excesiva para una reseña, pero me gustó tanto esta página que quiero que quede aquí registrada, por si me apetece volver a leerla en el futuro.

 

Aunque ya he dicho que esta novela tiene mucho que ver con el naturalismo, Hardy también se permite algunas notas de humor. En este sentido, me ha gustado este párrafo de la página 339: «De pequeña había visto a veces a los cazadores asomados por encima de los setos, escudriñando entre la maleza y apuntando con sus escopetas, vestidos de una manera extraña y con los ojos sedientos de sangre. Aunque en esos momentos parecieran hombres toscos y brutales, le habían explicado, no eran así todos los días del año; en realidad eran personas muy civilizadas, menos ciertas semanas del otoño y el invierno, en que, como los habitantes de la península de Malaca, se comportaban como enajenados y, animados por el único propósito de destruir la vida –en este caso la de unos pájaros inofensivos, criados artificialmente con el único fin de satisfacer estas inclinaciones–, perdían sus modales de caballeros y se volvían salvajes con sus compañeros más débiles en la numerosa familia de la naturaleza.»

 

Como era propio en las novelas del siglo XIX, el narrador de Tess de los d´Urberville interviene en la narración, aunque estas intervenciones se han quedado un tanto anticuadas, no resultan molestas. En más de un caso, el narrador analiza a los personajes con una profundidad que no podrían llevar a cabo (como el narrador nos indica) ellos mismos. En algún momento, el narrador llega a juzgar la conducta de alguno de los personajes, usando un plural mayestático. Siempre, en cualquier caso, el narrador está del lado de Tess, la protagonista trágica de esta historia, que llegará incluso a desear no haber nacido («Jamás en su vida, podía jurarlo por su alma, había hecho nada malo a conciencia. Y, sin embargo, la habían juzgado con la mayor severidad.», página 428).

Tess de los d´Urberville es una novela eminentemente moderna, porque Hardy muestra la débil posición de la mujer en su época con una perspectiva que resulta totalmente actual. A veces la he sentido como si una persona del siglo XXI estuviera escribiendo una novela ambientada en el siglo XIX. Tess de los d´Urberville, además de una novela naturalista, no deja de ser una novela política y de denuncia. «Pocas mujeres se ofrecían para trabajar en el campo en la temporada de invierno, y resultaba más ventajoso contratarlas, porque eran más baratas y hacían su trabajo tan bien como los hombres.» (pág. 346). En este sentido, me ha parecido tan reivindicativa de la pobre posición de la mujer en la sociedad de la época como pueden serlo las novelas de Anne Brontë, La inquilina de Wildfred Hall (1848) y Agnes Grey (1847).

 

Creo que me gustó más Jude el oscuro (1895), la última novela de Thomas Hardy, que Tess de los d´Urberville (1891), la penúltima, pero esta segunda me ha parecido una grandísima novela, en cualquier caso. Las dos son bastantes mejores que El alcalde de Casterbridge (1886), y ésta también es una buena novela.

Cuando comenté Jude el oscuro, acabé diciendo que una de las influencias más claras que mostraba este autor era la de Fiódor Dostoievski, y acabé escribiendo que Thomas Hardy era el «Dostoievski del Támesis» y con Tess de los d´Urberville, repleta de personajes atormentados, me lo ha confirmado. Conecto mucho con este autor; debo acercarme a más libros suyos.

 

domingo, 9 de mayo de 2021

El alcalde de Casterbridge, por Thomas Hardy

 


El alcalde de Casterbridge, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 534 páginas. 1ª edición de 1886; ésta es de 2010.

Traducción de Bernardo Moreno

 

En diciembre de 2020 leí Jude el oscuro (1895), la última novela de Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928), un libro que se convirtió en una de mis mejores lecturas del año pasado. Así que a principios de 2021 me apeteció volver en este autor. Ya comenté que Jude el oscuro lo había tomado prestado de la biblioteca de mi suegra, donde también descansaba El alcalde de Casterbridge (1886) y se lo pedí prestado.

 

El arranque de El alcalde de Casterbridge es impresionante: Henchard, un joven de veintiún años camina leyendo junto a su joven mujer, que lleva en brazos un bebé. Entran en un pueblo, donde se está celebrando una feria de ganado. Bajo una carpa, donde sirven comida y bebidas, el hombre se emborracha y empieza a despotricar contra su mujer. Piensa que ella es una carga para él y está dispuesto a venderla en una subasta (junto al bebé) al mejor postor. Lo que parece una broma de mal gusto se complica cuando un marinero ‒de apellido Newson‒ ofrece las cinco guineas que pedía Henchard por la mujer y el bebé y se marcha con ella. La joven Susan parece querer así dar a su marido una lección. Cuando el joven se despierte de la borrachera tratará de buscar a su mujer para enmendar su error sin encontrarla.

Como dije al comentar Jude el oscuro, Hardy me parece el más ruso de los escritores británicos y en esta primera escena del libro me lo vuelve a parecer. Henchard parece un puro personaje de Fiódor Dostoyevski.

 

En este primer capítulo ya veo más de una conexión con Jude el oscuro. De entrada, tenemos al joven Henchard ‒un humilde aparvador de oficio‒ que lee según camina, mostrando así que quiere elevarse respecto a su condición, igual que hacía el joven Jude, cantero de oficio. Henchard y Jude parecen hacerse casado los dos demasiado jóvenes y sienten que la boda les ha truncado sus posibilidades de futuro. Además los dos riegan en alcohol sus frustraciones. Thomas Hardy es un escritor naturalista, y por tanto, en gran medida, el entorno social del que proceden sus personajes va a determinar su destino. «Rápidamente volvió a aflorar a la superficie ese rasgo de su idiosincrasia que había gobernado sus actos desde el principio y que lo había convertido en el hombre que fundamentalmente era.», leemos en la página 489 sobre un personaje.

 

Henchard no encuentra a su mujer y a su bebé y se hace la promesa de no volver a beber hasta que no pase, al menos, el tiempo correspondiente a la edad que tiene en ese momento, que es de veintiún años. El lector intuye que Hardy va a volver a sacar el tema de la adicción al alcohol de Henchard y esto a va a tener su importancia en la trama.

 

Entre el capítulo II y el III han transcurrido unos dieciocho años, y Susan camina con su hija Elizabeth-Jane hacia el pueblo de Casterbridge donde ha oído que quizás viva Henchard. Susan es una mujer crédula y sencilla, que había vivido con el marinero Newson, pensando que su «venta» tenía alguna validez legal. Después de que una vecina le haga despertar de su error y de que a Newson se le dé por desaparecido en un naufragio, decide buscar al que, según la ley, aún debe ser su marido, Henchard.

 

Henchard cumplió su promesa y abandonó beber. Con el tiempo dejó de ser un simple aparvador para pasar a ser un hombre próspero de la ciudad, y en el momento en el que Susan y Elizabeth-Jane llegan a ella se ha convertido en su alcalde. La aparición en Casterbrige de las dos mujeres y su irrupción, ya inesperada, en la vida de Henchard va a coincidir con la llegada a la ciudad de del joven escocés Donald Farfrae, que pensaba emigrar a Norteamérica, pero, dada su maña con los granos, Henchard le convencerá para que empiece a trabajar para él.

En El alcalde de Casterbridge nos vamos a encontrar con muchos momentos como el anteriormente descrito, en los que las casualidades y las coincidencias entre personajes van a tener un peso muy importante en la construcción de la trama. También habrá más de un «inesperado giro de guion». El alcalde de Casterbridge se publicó por primera vez en entregas en la revista inglesa Graphic y en la norteamericana Harper´s Weekly, y dependen mucho más de las técnicas constructivas propias del folletín que una obra más madura como es Jude el oscuro. También debo decir que, aunque en gran medida, El alcalde de Casterbrigde depende de las técnicas constructivas del folletín, no quiero que suene esto de un modo despectivo. La novela es muy entretenida y la he leído con un gran interés en cada momento. Lo digo ya, El alcalde de Casterbrigde me ha parecido una buena novela, que ha aguantado muy bien el paso del tiempo; y Jude el oscuro es una obra maestra, una obra en la que Hardy dominaba ya plenamente todos sus recursos y posibilidades literarias.

Además, los personajes de El alcalde de Casterbridge están bien perfilados y sus personalidades y los choques con los demás a los que les lleva su carácter están muy bien hilados. Es interesante ver cómo los motivos de las acciones de los personajes son interpretados de un modo diferente por otros. Como en un buen folletín la fortuna de los personajes va a sufrir grandes altibajos y al final, parece decirnos el Hardy más naturalista, van a sucumbir a sus pasiones más humanas.

Es interesante ver además cómo son los personajes de fuera del espacio de la novela (Casterbridge) en los que se centra la trama. La idea del «forastero» ronda cada página de la novela.

 

Si bien comenté que en Jude el oscuro, publicada en 1895, casi no aparece el narrador omnisciente que interviene en la historia, tan propio del siglo XIX; éste tipo de narrador está algo más presente en El alcalde de Casterbrigde, publicada nueve años antes.  Pero su presencia nunca llega a ser molesta o a sonar anticuada. Me han gustado algunos pasajes en los que se destaca el pasado romano de Casterbrigde, y en los que se describen los barrios marginales de la ciudad: «En Mixed Lane se podían ver muchas cosas tristes y bajas, y algunas funestas. El vicio entraba y salía por sus fueros en ciertas puertas del vecindario; la temeridad habitaba bajo el tejado de la chimenea torcida; la vergüenza, en algunos balcones; el robo (en época de carestía), en las cabañas con paredes de barro junto a los sauces.» (pág. 413)

También me gusta más de una de las mordaces apreciaciones de Hardy: «Exteriormente no había nada que le impidiera empezar de nuevo y, aprovechando su rica experiencia, llegar más alto aún que en el pasado. Pero a ello se oponía el ingenioso mecanismo ideado por los dioses para reducir al mínimo de las posibilidades de mejora de los humanos, y por el cual la pericia para hacer las cosas viene pari passu con la pérdida de ilusión para hacerlas.» (pág. 512)

 

Como ocurría en Jude el oscuro, es importante observar en El alcalde de Casterbridge la posición de la mujer en la sociedad de la época. Como el mundo rural dibujado (vuelve a aparecer aquí el inventado contado de Wessex) parece exigir a las mujeres una conducta más conservadora que a los hombres. Por ejemplo, Elizabeth-Jane será recriminada porque la noche de su llegada a Casterbridge, antes de darse a conocer a Henchard, trabajará durante unas horas en una posada como sirvienta, actividad que será, más tarde, impropia para la hija o la ahijada de alguien con tanta relevancia social como un alcalde. Lucetta, otro de los grandes personajes femeninos del libro, también sufrirá por lo que considera manchas en su pasado, unas supuestas manchas que la sociedad en la que vive le harán pagar muy caras. Hardy parece, en todo momento, tomar partido por estas mujeres y es, por lo que le leído, en su penúltima novela, Tess, la de los d'Urberville (1891), en la que desarrolla este tema como mayor profusión. Tengo ya ganas de leer esta novela.

Normalmente son famosos los comienzos de las grandes novelas, pero en este caso creo que es memorable la última frase del libro: «Al verse obligada a contarse entre los afortunados, no dejaba de asombrarse de la persistencia de lo imprevisto, convencida de que la persona a la que se le había concedido en la edad adulta aquel sosiego permanente no era otra que ella misma, que en juventud había aprendido que la felicidad no es sino un episodio ocasional del drama general del dolor.» En gran medida este cierre de novela concentra gran parte de la filosofía vital y novelística del gran Thomas Hardy.

domingo, 14 de marzo de 2021

Jude el oscuro, por Thomas Hardy

 


Jude el oscuro, de Thomas Hardy

Editorial Alba. 550 páginas. 1ª edición de 1895; ésta es de 2018.

Traducción de Francisco Torres Oliver

 

El nombre de Thomas Hardy (Higher BockhamptonStinsford, Inglaterra, 1840 - Max Gate, 1928) tal vez ha sonado menos en España que el de otros grandes autores del siglo XIX inglés, como Charles Dickens, Jane Austen o George Eliot. Diría que yo me empecé a fijar en él al ver sus libros en mi admirada editorial Alba. Recuerdo que hace años casi compré en la Cuesta de Moyano de Madrid la edición de tapa dura de El alcalde de Casterbridge por 5 euros y al final me contuve. Ahora mismo pienso que no debía haberlo hecho. Se acercaba diciembre de 2020 y me apetecía leer un clásico, así que le pedí prestada a mi suegra la novela Jude el oscuro, que si no recuerdo mal yo mismo le recomendé a mi mujer que le regalara porque, conociendo sus gustos, imaginé que le podría interesar. Además esta novela aparece en una lista que suelo consultar: Las 25 mejores novelas británicas, encargada por la BBC a 82 críticos no británicos.

 

Como me acercaba a una novela del siglo XIX, estaba preparado para un comienzo en el que el autor empezara a describir una ciudad o una época ‒como ocurre, por ejemplo, en Rojo y negro de Stendhal‒, pero esto no pasa en Jude el oscuro. En la primera página de su novela, Hardy nos introduce de forma directa al niño Jude, que va a ser su personaje principal, en el momento en el que está a punto de sufrir una pérdida importante: el maestro de Marygreen, la aldea en la que vive, y por quien siente un gran afecto, se traslada a la ciudad de Christminster, porque allí quiere acudir a la universidad y convertirse en una hombre respetado. Así que ya desde el principio, he tenido la sensación de que Jude el oscuro es una novela más moderna en su construcción que otros clásicos del siglo XIX. En realidad está publicada en 1895, ya casi, por tanto, en el siglo XX, y prácticamente ha desaparecido en ella el narrador clásico del siglo XIX, que sigue siendo omnisciente, pero que ya no interviene de un modo directo en la narración.

Jude es un niño de once años, huérfano de padre y madre, que vive con una tía abuela panadera. Tras la partida del maestro, Jude empezará a obsesionarse con Christminster y la idea de convertirse él mismo en un erudito. Así que comenzará a aprender por sí mismo latín y griego, con la idea de en unos años poder trasladarse a Christminster y acudir a la universidad.

           

Para esta novela y otras, Hardy creó el condado de Wessex, que sería un trasunto de una Inglaterra rural cercana a Londres, donde sitúa a la noble ciudad universitaria de Christminster, que sería una trasposición, poco disimilada, del Oxford real. En la página 30, Hardy nos habla de la sensibilidad de Jude, un niño que «jamás había llevado a casa un nido de pajarillos recién nacidos» y que «apenas podía soportar el espectáculo de los árboles derribados o cortados», un niño «que pertenecía a esa clase de hombres que nacen para el sufrimiento hasta el día en que caiga el telón sobre sus vidas inútiles, devolviéndoles definitivamente la paz.» Diría que en estas frases, de uno de los primeros capítulos, está ya contenida toda la esencia de la novela. El comienzo de la historia, con este Jude huérfano que tiene que ayudar a su tía abuela, y que vive muy lejos de sus sueños de poder ser un universitario, nos puede recordar al comienzo de David Copperfield (1850) de Charles Dickens. Es muy posible que Dickens sea una de las grandes influencias de Hardy, pero añadiría también que Dickens es un autor más piadoso con sus personajes, y cuya mirada es más humorística. Hardy hace muchas menos concesiones que él hacia sus criaturas.

En un prefacio que antecede a la novela, escrito por el propio Hardy, en 1895 y 1912, nos contará que Jude el oscuro llegó a causar un pequeño revuelo en la Gran Bretaña de la época, recibiendo malas críticas a un lado y otro del Atlántico, y que incluso un obispo llegó a quemarla en público «seguramente en un arrebato de desesperación, al no poder quemarme a mí». Esto es debido principalmente a que Hardy se muestra muy crítico con uno de los pilares sociales más importantes de su época: el matrimonio, una institución que para Hardy solo debería ser «el enunciado de una ley natural».

 

Jude el oscuro es una novela naturalista, y por tanto sus personajes se verán dominados por fuerzas de la naturaleza que no pueden controlar. De este modo, Jude sucumbirá a su deseo sexual (y también a su sentido del decoro), casándose con Arabella, y tendrá que dejar momentáneamente de lado sus sueños de convertirse en universitario. Por su parte, Sue ‒prima de Jude‒ se casará con un maestro de escuela mayor que ella, con quien, poco después, no querrá convivir como mujer.

En realidad, son Jude y Sue quienes tenían que haberse casado el uno con el otro y no ser infelices en sus respectivos matrimonios.

En la época en la que se desarrolla la novela, el divorcio es legal en Inglaterra, pero, aun así, no será fácil para los personajes hacerlo y comenzar de nuevo. Por ejemplo, el maestro con el que Sue se ha casado le permite a ella abandonar su casa cuando le confiesa que no está enamorada de él y que es infeliz en su matrimonio. El maestro hace lo que considera más justo y decente y la deja marchar. Este comportamiento será reprobado en el pueblo en el que trabaja, porque sus convecinos considerarán que debería haberla retenido en casa, y hará que pierda su trabajo, teniendo a partir de entonces serios problemas para volver a trabajar o a hacerlo por el salario que le correspondería.

La crítica que hace Thomas Hardy a la hipocresía social de su época es demoledora, y no todos sus palos caen sobre la institución del matrimonio, ya que en gran medida el mundo académico tampoco sale muy bien parado en esta novela. Christminster (u Oxford), «ciudad de privilegios», será tan solo un elitista mundo del dinero, conservador, y que no aprecia el verdadero esfuerzo o interés por el conocimiento.

 

Uno de los personajes más interesantes de la novela es Sue, que en gran medida tiene ideas adelantadas a su época, y se comporta como una feminista. «Su filosofía solo reconoce un tipo de relación basada en el instinto animal», le dirá Sue a Jude, hablando de la imposibilidad de que la gente que les rodea llegue a pensar que un hombre y una mujer pueden mantener tan solo una relación de amistad.

En gran medida, gran parte de los conflictos que van a tener lugar en Jude el oscuro se deben (aunque esto nunca se llega a exponer de forma explícita en la novela) a que Sue es una mujer asexual, que siente miedo ante los compromisos que puede adquirir en un verdadero matrimonio. Si en algún momento he tenido la sensación de que Jude el oscuro nos podía remitir al amor romántico y maldito de Cumbres Borrascosas de Emily Brontë, más bien he terminado por pensar que, además de Dickens, otra de las influencias más claras para Hardy en este libro es la de Fiódor Dostoyevski. El tormento interior de Sue (y también de Jude) es puramente el de un personaje desesperado de Dostoyevski.

Cuando faltan justo cien páginas para que la novela acabe, Hardy dibuja en su libro una de las escenas más espeluznantes y crueles que he leído nunca, y que hacen que el tramo final de la novela sea duro de escalar tanto para los personajes como para el lector.

 

Jude el oscuro ha terminado por ser para mí una de las mejores lecturas de este año ‒o simplemente de los últimos tiempos‒: Tengo que volver a Thomas Hardy, el más ruso de los escritores británicos, el Dostoyevski del Támesis.