Mostrando entradas con la etiqueta VV. AA. (cuentos norteamericanos). Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta VV. AA. (cuentos norteamericanos). Mostrar todas las entradas

domingo, 1 de julio de 2012

Pioneros. Cuentos norteamericanos del siglo XIX, por VV. AA.

Editorial Menoscuarto. 428 páginas. 1ª edición de 2011, con textos editados originalmente entre 1819-1934.
Traducción de Ignacio Ibáñez Fernández.
Edición y prólogo de Santiago Rodríguez Guerrero-Strachan.

Cuando apareció este libro en 2011 pensé que podría ser un interesante complemento a la Antología del cuento norteamericano, a cargo de Richard Ford, que leí durante el verano pasado (ver AQUÍ). Estuve hojeando este Pioneros, cuentos norteamericanos del siglo XIX en la última Feria del libro de Madrid, en la caseta de la editorial Menoscuarto, lo que me llevó a entablar conversación con el que al principio pensé que era un librero para descubrir después que era el editor de Menoscuarto, José Ángel Zapatero.

Una única cosa me hizo dudar a la hora de comprar este libro: de los 16 cuentos que componen esta antología ya había leído 6 en la de Richard Ford. Me decidió el hecho de que los 10 restantes me seguían llamando la atención, y que los 6 repetidos son grandes relatos, así que no me ha importando volver a leerlos y disfrutar con ellos.

Las dos antologías citadas se abren con el mismo cuento: Rip Van Winkle (1819) de Washinton Irving, todo un clásico para entender la tradición del relato norteamericano: Rip Van Winkle se duerme un día siendo inglés y cuando despierta ya es norteamericano.

Para el segundo cuento, las dos antologías repiten autor, Nathaniel Hawthorne, pero cambia el cuento: El joven Goodman Brown (1835) en la de Ford y El experimento del doctor Heidegger (1837) en la de Rodríguez. Sobre El experimento del doctor Heidegger, un cuento moral con elementos fantásticos sobre el deseo de ser eternamente joven, creo que ha pasado el tiempo peor que sobre el misterio arcano de El joven Goodman Brown.

Lo mismo que con el segundo cuento ocurre con el tercero: y ya hemos llegado a Edgar Allan Poe. El cuento de la antología de Rodríguez es El hombre de la multitud, un relato sobre la extrañeza de la condición humana, y también de terror psicológico. En cierto modo, como el de Hawthorne, este cuento explora también, desde otra perspectiva, el miedo a la vejez y a la soledad. Es Poe, es bueno.

En realidad me estoy dando cuenta y me está sorprendiendo ahora, que comparo sobre la mesa en la que escribo una antología con otra, lo ineludible de ciertos nombres en la tradición del relato norteamericano: el cuarto autor también es el mismo, Herman Melville. Si el cuento elegido por Ford es el famoso Bartleby el escribiente (1853), que ya había leído antes de haberme acercado a esta antología, en la de Rodríguez el cuento seleccionado es La mesa de manzano (1856).

Igual que el año pasado me llevé a Mallorca, para pasar la semana del viaje de fin de estudios con los alumnos de 1º de bachillerato del colegio donde trabajo, una antología de relatos, que entonces fue: Mares tenebrosos. Una antología de cuentos de terror en el mar, de la editorial Valdemar, en este viaje me llevé este libro de Pioneros. Me recuerdo perfectamente, hace unas semanas, a las 4 o las 5 de la tarde en la playa, escondido del sol entre las rocas y la sombra de los árboles, leyendo este cuento, La mesa de manzano, pensando que el tiempo no había pasado y que estaba con la antología de relatos de Valdemar, porque La mesa de manzano tiene un planteamiento clásico de cuento de terror: una mesa encontrada en la buhardilla de una casa, que es trasladada al salón y de la que empiezan a salir extraños ruidos. No sabía que Melville hubiera escrito cuentos de terror (o de semiterror, como se verá al final del relato), todo un descubrimiento.

La primera diferencia verdaderamente significativa entre ambas antologías se da en el quinto cuento, al haber seleccionado Rodríguez a una escritora de la que nunca había oído hablar: Rebecca Harding Davis, cuyo relato La vida en la factoría (1861) podría considerarse en realidad una novela corta, ya que tiene unas 60 páginas. La vida en la factoría es una narración peculiar, ya que frente a los escenarios normalmente campestres de los otros cuentos, ésta nos introduce en una ciudad industrial y es un relato social sobre las condiciones de explotación en que vivían los obreros de una fundición al más puro estilo naturalista de Émile Zola. La vida en la factoría me ha interesado leerlo por su valor histórico, pero la verdad es que su estilo exagerado y moralista suena bastante anticuado. Así describe Davis a una mujer: “Quizá esta pobre desgraciada débil y fofa contaba con algún estímulo en su vida gris que le mantuviera el ánimo: puede que algún amor, esperanza o necesidad urgente” (pág. 122).

En el sexto cuento, nueva coincidencia en autor con la antología de Ford: Mark Twain; aquí el cuento es Suerte (1886). La ironía y la ligereza aparente de Twain siempre son encantadoras: uno de mis autores norteamericanos favoritos. Si no lo han hecho antes, lean por favor Las aventuras de Tom Sawyer o Las aventuras de Huckleberry Finn: no son novelas juveniles.

El séptimo cuento, La garza blanca (1886) de Sarah Orne Jewett, está también en la antología de Ford; lo que no es de extrañar, puesto que es un cuento magnífico sobre el fin de la infancia.
El resto de relatos que coinciden en las dos antologías son: Suceso en el puente de Owl Creek (1890) de Ambrose Bierce, La historia de una hora (1894) de Kate Chopin, Hacer un fuego (1908) de Jack London y Fiebre romana (1934) de Edith Wharton. Es llamativo que los dos últimos relatos señalados ya no son del siglo XIX, como anunciaba la portada del libro, pero Rodríguez en el prólogo justifica su elección por afinidad estética con los relatos anteriores.

Una agradable sorpresa, el tipo de sorpresa con la que deseaba encontrarme al comprar esta antología, ha sido el relato La viña embrujada (1887), del escritor afroamericano Charles W. Chesnut: relato desconocido de un autor desconocido por mí. Trata sobre la convivencia entre blancos y negros y reconstruye el lenguaje popular de las leyendas terroríficas del campo.
Lo mismo puedo afirmar del cuento La monja de Nueva Inglaterra (1891) de Mary E. Wilkins Freeman, un bello y triste retrato sobre la posición de la mujer en la sociedad norteamericana del siglo XIX.

Al menos la lectura de estos dos relatos (y no sólo de ellos) justifica la ambiciosa declaración de principios de la contraportada de Pioneros: “Esta antología de cuentos estadounidenses del siglo XIX se propone reconsiderar el canon literario: junto a nombres mayores y bien conocidos (Poe, Hawthorne, James, Crane…), aparecen en estas páginas autores –sobre todo autoras– menos difundidos entre los lectores hispanos, pero de semejante valía literaria”.

Magnífico el cuento Lo auténtico (1892) de Henry James, cuya lectura me ha hecho intentar retomar un viejo plan: leer las novelas que tengo pendientes de James. No sé por qué no lo hago, puesto que siempre que leo algo de él me parece uno de los mejores escritores estadounidenses.

Otra agradable sorpresa ha sido el cuento El papel de pared amarillo (1892) de Charlotte Perkins Gilman; un cuento de terror psicológico muy en la línea de los de James y que, como el de Freeman, constituye un grito a escuchar sobre el papel social de la mujer. (Mi novia apunta que debería resaltar más este cuento. Ella lo leyó en una antología de la editorial Valdemar, con cuentos de terror escritos por mujeres, y le gustó mucho. A mí la verdad es que me ha llamado más la atención el de La monja de Nueva Inglaterra, que parece adelantar cien años el estilo de la gran escritora de relatos Alice Munro)

Por último, voy a destacar que me ha gustado el conjunto que forman los cuentos El bote raso (1897) de Stephen Crane y el de Hacer un fuego (1908) de Jack London, ambos sobre el hombre enfrentado a la naturaleza: al poder del mar, por parte de los náufragos de un bote en el primer caso, y al poder del frío en el segundo. El nuevo hombre enfrentado con sus fuerzas a la naturaleza, un tema muy norteamericano.

Pioneros es una antología muy recomendable para los amantes del relato norteamericano, que lo más habitual es que conozcan los frutos que ha dado el género durante el siglo XX; una antología que combina cuentos clásicos, ineludibles, con más de una agradable sorpresa, y que reivindica la labor fundacional de la mujer en las letras norteamericanas.

domingo, 4 de septiembre de 2011

Antología del cuento norteamericano, por Richard Ford

Editorial Galaxia Gutenberg / Círculo de lectores. 1.276 páginas. 1ª edición de 2011, ésta de 2002. Selección de Richard Ford.

Compré este libro hace ya unos cuantos años en la Feria del Libro de Madrid, y me lo llevé a Londres en 2006 para leerlo durante un mes de verano que pasé allí. Pero, como quería mejorar mi inglés, llegué hasta la página 240 y dejé esta antología para realizar una inmersión lingüística, y así me puse con unos cuentos de Lorrie Moore y una novela de Ian McEwan en versión original.

He tardado 5 años en decidirme de nuevo por esta antología, y ahora que ya he acabado su lectura siento que dejar pasar todo este tiempo ha sido un error, puesto que el libro es impresionante. 65 cuentos, que en algunos casos se acercan a las dimensiones de la novela corta, que son una reivindicación absoluta del género del relato, un género fecundo e importante en la gestación de una identidad literaria en Estados Unidos.

El libro abarca una selección de relatos que cubre todo el siglo XIX y el XX, empezando por el Rip van Winkle de Washington Irving, publicado en 1820, y terminando con Como la vida de Lorrie Moore, publicado en 1990.

La elección de Rip van Winkle como primer relato parece bastante acertada, puesto que en este cuento el protagonista se duerme un día en el bosque cuando la tierra que habita pertenece a Inglaterra, y al despertar unas décadas después ya es un ciudadano norteamericano.

La selección ha sido elaborada por el escritor norteamericano Richard Ford (1944), y quizás un hecho que me ha parecido inapropiado, no por falta de méritos sino de elegancia, es que Ford se ha incluido a sí mismo en la antología con un relato titulado Optimistas (1987); un relato magnífico, por otra parte.
Richard Ford es un escritor realista en una línea que considero muy norteamericana, un escritor sutil, que sabe encontrar los momentos epifánicos en las vidas de personajes en principio anodinos, y cuya obra entronca perfectamente con la tradición a la que pertenece (Bierce, Hemingway, Wharton…).

Resulta evidente que a la hora de selección relatos dentro de un marco tan amplio como todos los escritos por ciudadanos de un país durante la historia de dicho país, Ford ha hecho prevalecer su punto de vista, y de los 65 relatos seleccionados la mayoría son realistas; si bien los primeros no lo son (el Rip van Winkle, de Irving, El joven Goodman Brown de Nathaniel Hawthorne), debido a que en esta época las influencias europeas eran las del romanticismo.
También en los primeros relatos aparece al menos uno no realista, pero que tampoco es romántico, que sería el de Bartleby el escribiente (1853) de Herman Melville, que prefigura ya lo que después sería el expresionismo europeo.

Existe dos relatos no realistas porque los autores han utilizado los recursos del género de la ciencia-ficción para hablar de su presente, que serían Bienvenido a la jaula de los monos (1961) de Kurt Vonnegut y Como la vida (escrito en 1988) de Lorrie Moore.

Hay algún relato no realista porque su composición se puede acercar a la del terror psicológico, como Nieve silenciosa, nieve secreta (1934) de Conrad Aiken.
Y el realismo se abandona también en algunos relatos de la década de 1960, cuando primaba el experimentalismo, como en El chico de Pedersen (1968) de William H. Gass, que con sus casi 70 páginas de letra apretada (como toda la de la antología) yo lo llamaría novela y no relato; y que está construido con un punto de vista muy subjetivo, cuyo realismo se acaba rompiendo al final, y constituye un experimento narrativo interesante. Menos interesante me ha parecido el relato El levantamiento indio (1968) de Donald Barthelme, que está construido con párrafos casi inconexos, y que en su semblanza biográfica llaman técnica de collage, e incluyen a Barthelme en la narrativa postmoderna. Este es el cuento que menos me ha gustado del conjunto, ya que su deseo de renovar las formas es contrario a cualquier atisbo de emoción buscada por el lector.

Si hubiera hecho una estadística sobre los escenarios donde se desarrollan estos relatos la ciudad de Nueva York ganaría con diferencia. También, más de uno transcurre en ciudades europeas, como Las fiebres romanas (1936) de Edith Wharton en Roma, o Regreso a Babilonia (1931) de Francis Scott Fitzgerald en París. Los hay con ubicación más exótica, como Un episodio distante (1947) de Paul Bowles, situado en el desierto del Sahara o Las cosas que llevaban (1990) de Tim O´Brien que transcurre en Vietnam.

En esta antología hay relatos que reflejan la vida rural, la vida urbana, relatos de 2 páginas, de 70, relatos que representan a minorías étnicas… y podría hacer distintas clasificaciones usando de guía esos criterios, pero lo me gustaría destacar, para que quede claro, es que lo que hay en esta antología, sobre todo, son obras maestras.
Hay escritores de relatos por los que siento una gran admiración (Raymond Carver, Tobias Wolff, Richard Ford…) y al leer los libros en los que incursionan en este genero encuentro más de un relato que me parece una obra maestra. Pero el caso es que, también, más de uno de estos relatos reflejan un mundo parecido, y los enfoques y, por supuesto, el estilo es similar. En la Antología del cuento norteamericano me ha resultado frecuente encontrarme con una obra maestra seguida de otra, que refleja otra realidad, con otro enfoque y con otro estilo. 
Hay momentos impresionantes, como leer seguidos:

El hotel azul de Stephen Crane, El caso de Paul de Willa Cather, Quiero saber por qué de Sherwood Anderson y El fuego de la hoguera de Jack London.

 En otro momento llegan seguidos los cuentos de la Generación Perdida: Regreso a Babilonia de Scott Fitzgerald, después El otoño del Delta de William Faulkner, Allá en Michigan de Ernest Hemingway y Los crisantemos de John Steinbeck.

Otro momento excelente me parece el contraste que se establece entre estos dos cuentos Los blues de Sonny de James Baldwin y El negro artificial de Flannery O´Connor, que no sé si Richard Ford habrá buscado a propósito. El primero está escrito por un escritor negro y situado en el barrio de Harlem en Manhattan, y refleja toda la pena y la marginalidad del hombre negro, y el segundo refleja el profundo sur y O´Connor nos acerca a dos personajes blancos, un abuelo y su nieto, que viven en un pueblo sin negros porque al último se le expulso de allí 12 años antes, y acaban perdiéndose en la gran ciudad que es Atlanta, llena de esos negros a los que no pueden entender.

Ahora, que acabo de pasar la 2ª página de word para realizar esta entrada, he decidido que voy a elegir uno de los cuentos de entre los 65 de la antología, mi cuento favorito, el que más me ha conmovido, y éste es Regreso a Babilonia de Francis Scott Fitzgerald. Este autor hace más de 15 años se convirtió en uno de mis favoritos, con las novelas El gran Gatsby y Suave es la noche (algo menos me gustó A este lado del paraíso), pero me quedan libros de él sin leer y he pensado retomarlo.

Me ha encantado también el cuento Mentirosos enamorados de Richard Yates.

A los dos autores anteriores ya los había leído y admirado y, por tanto, que me gusten sus cuentos no me ha parecido muy sorprendente, así que quizás lo más llamativo de la antología era encontrarse con autores de los que nunca había oído hablar con cuentos estupendos, como el caso de Robert Penn Warren y su Invierno de moras o Stuart Dybek y su Chopin en invierno.

Dentro de los múltiples acercamientos que se puede hacer a esta antología me ha parecido interesante el siguiente: descubrir en alguno de estos cuentos, desconocidos para mí, formas embrionarias de narrar desarrolladas en otros autores que sí conozco. Así, por ejemplo, he creído ver que del cuento Un suceso en el puente sobre el río Owl de Ambrose Bierce, Jorge Luis Borges toma la idea para escribir su cuento El milagro secreto.
 En el cuento El caso de Paul de Willa Cather me ha parecido observar el embrión de El guardián entre el centeno de J. D. Salinger.
El estilo amenazante que Paul Bowles desarrolla en el cuento Un episodio distante es el que usa Rodrigo Rey Rosa en su narrativa.
Y quizás lo que más me ha llamado la atención al leer la antología bajo esta perspectiva es que el cuento Venus, Cupido, Locura y Tiempo de Peter Taylor, publicado por primera vez en 1959, y que es un de los cuentos que más me han gustado de los 65, está escrito en un estilo que usa la primera persona del plural para describir unos hechos ocurridos en el vecindario de los narradores y que tiene que ver con los chicos jóvenes de su comunidad; una primera persona del plural móvil, puesto que el narrador va cambiando. Y así es como está escrito el libro Las vírgenes suicidas (1993) de Jeffrey Eugenides, un libro que en su momento me pareció muy novedoso y que ahora he visto que no lo es tanto.

Desde otro punto de vista, había relatos que ya había leído, y así me ha encantado reencontrarme con Las cosas que llevaban de Tim O´Brien, que es el primer relato o capítulo del libro del mismo nombre y que en su momento me impresionó mucho y que ahora reedita Anagrama y que invito a todo el mundo a leer, porque es un libro antibélico estupendo.
O podría comentar que hay autores de los que he leído todos sus cuentos como Raymond Carver y Tobias Wolff, y que seguramente yo no elegiría como más representativos de ellos los cuentos que elige Richard Ford, que son, respectivamente, Tres rosas amarillas y El otro Miller.
Quizás, si hubiese podido hablar con Richard Ford, yo le hubiese dado una oportunidad al cuento El color surgido del espacio de H. P. Lovecraft.

Antología del cuento norteamericano, editado por Richard Ford, admite una gran variedad de enfoques y acercamientos, pero lo que me gustaría destacar por encima de todos, para finalizar, es su alto valor literario. Éste es un libro que cualquier aficionado al relato debería leer sin falta, como inspiración, como reivindicación de un género que en España no deja de ser minoritario y que, como podemos ver a través de las páginas de este libro, está lleno de posibilidades.

La lista de todos los cuentos que aparecen en esta antología es la siguiente:


Washington Irving, Rip van Winkle
Nathaniel Harwthorne, El joven good Brown
Edgar Allan Poe, La carta robada
Herman Melville, Bartleby el escribiente
Mark Twain, La famosa rana saltarina de calaveras country
Bert Harte, Los proscritos de Poker Flat
Ambrose Pierce, Un suceso en el puente sobre el río Owl
Henry James, El rincón feliz
Joel Chandler Harris, Free Joe y el resto del mundo
Sarah Orne Jewett una garza blanca
Kate Chopin, Historia de una hora
Edith Wharton, Las fiebres romanas
O. Henry, El poli y el himno
Stephen Crane, El hotel azul
Willa Carther, El caso de paul
Sherwood Anderson, Quiero saber por qué
Jack London, El fuego de la hoguera
William Carlos Williams, El uso de la fuerza
Ring Lardner, Corte de pelo
Raymond Chandler, Sangre española
Conrad Aiken, Nieve silenciosa, nieve secreta
Katherine Anne Porter, Judas en flor
Dorothy Parker, Una rubia imponente
James Thurbes, El lugar del pájaro maullador
Francis Scott Fitzgerald, Regreso a Babilonia
William Faulkner, El otoño del delta
Ernest Hemingway, Allá en Michigan
John Steinbeck, Los crisantemos
Kay Boyle, Amigo de la familia
S. J. Perelman, Hasta el final y bajando la escalera
Robert Penn Warren, Invierno de moras
John O´Hara, ¿Nos marchamos mañana?
Eudora Welty, No hay sitio para ti, amor mío
Paul Bowles, Un episodio distante
John Cheever, Oh ciudad de sueños rotos
Irwin Shaw, Las chicas con sus vestidos de verano
Delmore Schwarzt, En sueños empiezan las responsabilidades
Ralph Ellison, El rey del Bingo
Bernald Malamud, El barril mágico
Peter Taylor, Venus, Cupido, Locura y Tiempo
Grace Payle, Conversación con mi padre
Kurt Vonnegut, Bienvenido a la jaula de los monos
William H. Grass, el chico de Pedersen
James Baldwin, Los blues de Sonny
Flannery O´Connor, El negro artificial
Richar Yates, Mentirosos enamorados
Stanley Elkin, Una poética para bravucones
Donald Barthelme, El levantamiento indio
John Updike, A&P
Philip Roth, La conversación de los judíos
Leonard Michaels, Chico de ciudad
Raymond Carver, Tres rosas amarillas
Bharati Mukherjee, El manejo del dolor
John Edgar Wideman, Papi Basura
Barry Hannah, Testimonio de un piloto
Stuart Dybek, Chopin en invierno
Richard Ford, Optimistas
Joy Williams, Tren
Tobias Wolff, El otro Miller
Richard Bausch, Valentía
Tim O´Brien, Las cosas que llevaban
Ann Beattie, Hora de Greenwich
T. Coraghessan Boyle, El Lago Grasiento
Jamaica Kincaid, La mano
Lorrie Moore, Como la vida