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domingo, 10 de diciembre de 2023

Relatos autobiográficos, por Thomas Bernhard

 


Relatos autobiográficos, de Thomas Bernhard

Editorial Anagrama. 425 páginas. Primera edición de 1975-82; ésta es de 2023

Traducción de Miguel Sáenz

 

Los cincos Relatos autobiográficos de Thomas Bernhard (Heerlen, Países Bajo, 1931 – Gmunden, Austria, 1989) que componen este volumen son El origen (1975), El sótano (1976), El aliento (1978), El frío (1981) y Un niño (1982). Yo los había leído todos en la segunda mitad de la década de los 90. No me acerqué a ellos en el orden cronológico, ni seguidos. Su lectura se intercaló con otros libros durante un periodo que debió de abarcar unos dos años. Leí tres de la biblioteca de Móstoles, y dos más los compré porque no estaban allí. Anagrama los vuelve a editar ahora en un solo tomo, con un prólogo del prestigio traductor del alemán Miguel Sáenz, después de que su reedición en la colección Otra vuelta de tuerca llevara años descatalogada.

Hay una idea inicial en el prólogo de Sáenz que me llama la atención de entrada: nos cuenta que en 1991 Louis Huguet, de la universidad de Perpiñán, trató de contrastar los hechos relatados en estos libros con la esquiva vida de Bernhard, para descubrir que todo lo que contaba el autor en estas páginas no era real, como habían creído hasta entonces los críticos germanos. De hecho, yo leí estos libros, hace más de veinte años, pensando que, efectivamente, sí que eran narraciones que reflejaban al completo la vida de Bernhard. Pero lo cierto es que realidad y ficción se entremezclan aquí, igual que en el resto de sus novelas.

El origen nos lleva al Salzburgo de 1943, cuando el narrador tiene unos doce años y se encuentra interno en un colegio de secundaria. Mientras se desarrolla la Segunda Guerra Mundial, él se encierra en el cuarto donde se guardan los zapatos en el colegio para practicar con su violín, a la vez que los pensamientos suicidas le asaltan y trata de no sucumbir a ellos. El origen no da tregua al lector desde su primera frase: «La ciudad, poblada por dos clases de personas, los que hacen negocios y sus víctimas, solo es habitable, para el que aprende o estudia, de forma dolorosa, una forma que turba a cualquier naturaleza, con el tiempo la disturba y perturba y, muy a menudo, solo de forma alevosa y mortal.» Y digo que el narrador no le da tregua al lector en dos sentidos: en uno semántico, con sus frases largas, alambicadas, llenas de comas, con sentencias que se persiguen a sí mismas, con matizaciones exasperadas. Además, estas construcciones semánticas tomarán grupos de palabras como motivo compositivo y se irán repitiendo como el estribillo de una pieza musical. En este sentido me llama la atención la construcción «la así llamada», que funciona de un modo irónico, al rebajar el valor del sustantivo que Bernhard coloca a continuación.

Y también el narrador no dará tregua al lector porque su propuesta es radical desde el primer momento: los libros de Bernhard siempre son críticos con su época, sus conciudadanos y sus ideas políticas (nazis, sin ir más lejos) o religiosas (católicas, que llega a equiparar a las ideas nazis), y el narrador siempre estará hablando del suicidio, al que no se atreve a entregarse por cobardía.

 

El narrador irá, periódicamente, recordándole al lector que está escribiendo unas memorias, rememorando acontecimientos que sucedieron hace unos treinta años.

«La época de aprender y estudiar es, principalmente, una época de pensar en el suicidio, y quien lo niega, lo ha olvidado todo.» (pág. 23), estas narraciones están repletas de sentencias como ésta. O esta otra de la página 60: «No hay padres en absoluto, solo hay criminales como procreadores de nuevos seres, que actúan contra esos seres procreados por ellos, con toda su insensatez y embrutecimiento, y en esa criminalidad son apoyados por los gobiernos.»

«Quien está a favor del deporte tiene a las masas de su lado, quien está a favor de la cultura, las tiene en contra, decía mi abuelo, y por eso todos los gobiernos están siempre a favor del deporte y en contra de la cultura.» (pág. 52)

En realidad, los sucesos narrados en una novela como El sótano son escasos: tocar el violín en el cuarto de los zapatos del internado, huir hasta los túneles de Salzburgo cuando hay alarma de bombardeo y contar cómo los símbolos del catolicismo sustituyeron a los del nazismo en el internado, una vez que se acabó la guerra. Sobre este tema, cuenta Sáenz en su prólogo que Franz Wesenauer, al que se refiere Bernhard como «el Tío Franz» en el libro, le puso al autor una querella por difamación y la ganó. Esto hizo que se tuvieran que retirar algunas de las páginas del libro, y así nos ha llegado a nosotros.

 

En El sótano el narrador nos contará cómo decide dejar el instituto, a los dieciséis años, y buscar trabajo en la «dirección contraria», un trabajo que sea lo contrario de lo que se supone que debe desear. De este modo, acabará trabajando de dependiente y chico de los recados en una tienda –ubicada, como nos indica el título, en un sótano– en uno de los barrios marginales de Salzburgo. En esta novela podemos encontrar algunos motivos sociales, porque Bernhard pondera positivamente a la población, casi siempre marginal, de este poblado frente a la del resto de la ciudad; una población con la que se volverá a encontrar con los años en la sección de sucesos, crímenes y juicios de las páginas de los periódicos. En el sótano el adolescente Bernhard hará buenas migas con las compradoras de la tienda y su jefe, en unos años (finales de los 40) en los que solo se hablará de la guerra recién acabada.

 

En El aliento se narrará el internamiento del joven protagonista de dieciocho años en un hospital como consecuencia del enfriamiento (pleuresía húmeda, en realidad) que sufrió una mañana en la tienda del sótano por descargar un camión de patatas con poco abrigo. En mi primera lectura, hace ya unos veinticinco años, El aliento fue el libro que más me gustó del conjunto y creo que ahora ha vuelto a ocurrir lo mismo. A pesar de que está narrado desde un moridero, desde una planta terrorífica del hospital, en la que médicos y enfermeras depositan a los pacientes solo esperando su muerte, El aliento es un terrorífico canto a la vida, al deseo de vida de un joven, que además de dedicarse a ser aprendiz de tendero había empezado a tomar clases de canto, auspiciado por su abuelo, para convertirse en un cantante de ópera. Un sueño que se verá truncado por los problemas pulmonares que ya va a arrastrar de por vida.

 

En El frío los problemas de salud del joven Bernhard empeorarán al contraer la tuberculosis en un centro de curación de su pleuresía húmeda. Aquí ya nos contará Bernhard que a los dieciocho años ha comenzado a escribir. «Mi abuelo, el escritor, había muerto, ahora tenía que escribir yo, ahora tenía yo la posibilidad de escribir» (pág. 280). La persona que Bernhard más admira, su referente vital, es su abuelo materno, que ha sido anarquista en su juventud y de adulto trata de ser novelista con escaso éxito. Bernhard no llega a conocer a su verdadero padre, alguien que sedujo a su madre y luego abandonó a ésta y a su hijo. La figura paterna la ocupará alguien distante, pero correcto, al que denomina «mi tutor», que tendrá dos hijos con su madre, a los que Bernhard sacará una buena cantidad de años. El frío acaba con un Bernhard de diecinueve años enfermo y con bastante desaliento vital por delante.

 

Si bien los cuatro libros anteriores seguían un orden cronológico en los sucesos contados, Un niño empieza cuando Bernhard tiene ocho años. Es decir, el narrador se va a centrar ahora en los años que preceden a El origen, y nos narrará, principalmente, la relación con su abuelo materno y sus diversas mudanzas.

Hay personas que prefieren empezar estos Relatos autobiográficos por Un niño, pero creo que es más recomendable leerlos en el orden cronológico de escritura y no de acontecimientos narrados, porque así se puede apreciar mejor la evolución de la escritura de Bernhard: las repeticiones y frases alargadas y repletas de comas y subordinadas de El origen se van apaciguando hasta unos párrafos más limpios en Un niño.

Como me ocurre al leer a Michel Houellebecq –quizás el sucesor más claro de Bernhard–, al contrario de lo que puede parece a primera vista, aunque Bernhard hable de suicidios, enfermedades, hospitales, pobreza… su escritura tiene tanta fuerza, que su rabia y sus desahogos son muy vitales, y al final su crítica feroz y despiadada, su disparar contra todo (médicos, instituciones, profesiones respetables, etc.) tiene un punto humorístico.

 

Opina Miguel Sáenz que Thomas Bernhard es el mejor escritor en alemán de la segunda mitad del siglo XX (el de la primera mitad sería Franz Kafka), y creo que poco más se puede decir. Estos Relatos autobiográficos los recordaba como una de las grandes lecturas de mi vida, y mi reencuentro con ellos no me ha decepcionado en absoluto. Todo un acierto de Anagrama esta reedición de estos libros que ya no se encontraban en el mercado.

 

domingo, 26 de febrero de 2017

Hormigón / Extinción, por Thomas Bernhard.

Editorial Alfaguara. 541 páginas. 1ª edición de 1982 y 1986. Esta de 2012.
Traducción y notas de Miguel Sáenz.

La primera vez que leí al escritor austriaco Thomas Bernhard (Heerlen, Holanda, 1931-Gmunden, Austria, 1989) fue en febrero de 1997. Empecé por la novela El sótano, el segundo volumen de los cinco que constituyen su ciclo autobiográfico formado por El origen, El sótano, El frío, El aliento y Un niño. Leí los cinco. Alguno lo saqué de la biblioteca de Móstoles y algún otro lo compré. También he leído El sobrino de Wittgenstein, que podría considerarse un volumen más de su obra autobiográfica. Y hace unos seis o siete años, mi último acercamiento a Bernhard fue con la novela , que me gustó menos que las anteriores.

Recuerdo que este autor me interesó porque su nombre aparecía con regularidad en los suplementos culturales de la época. En alguno de ellos leí que Javier Marías fue el que primero había llamado la atención a las editoriales españolas sobre la obra del austriaco, y que por eso se había empezado a traducir. Muchos de sus libros han sido vertidos al español por Miguel Sáenz, uno de los mejores traductores del alemán de este país.

Me gustaron los cinco volúmenes (o seis, si incluimos El sobrino de Wittgenstein) de la autobiografía de Bernhard, pero los leí hace muchos años y nunca me había acercado (a excepción de ) a ninguna de sus novelas emblemáticas, muchas de ellas publicadas por Alianza, a pesar de que las había hojeado más de una vez en la biblioteca. Hace unos meses, paseando por la librería La Central de Callao, vi en la mesa de novedades un libro que contenía dos novelas de Thomas Bernhard: Hormigón y Extinción, traducidas por Miguel Sáenz, autor también del prólogo. En dicho prólogo podemos leer: «Dos obras que, surgidas en el decenio de los ochenta (la primera en 1982, la segunda en fecha imprecisa, aunque publicada en 1986), presentan a un Bernhard renovado, seguro de sus recursos y dispuesto a representar brillantemente el papel que a sí mismo se ha fijado. (…) Para muchos es éste el mejor Bernhard, el más accesible y claro».

Lo cierto es que, en aquel momento, pensé que el libro de Alfaguara con el que me topé en La Central acababa de aparecer en el mercado, pero luego, al buscar la fecha de edición, comprobé que había sido publicado en 2012. En cualquier caso, pensando que era una novedad editorial, solicité su préstamo en la biblioteca de Móstoles, y unas semanas después me escribieron un sms para avisarme de que había llegado. En ese momento había adquirido varios compromisos de lectura con más de una editorial, pero llevaba unas semanas escribiendo demasiadas reseñas, que al final, como mi ritmo de publicación de las mismas es de una a la semana, iba acumulando, escribiendo por adelantado las de los próximos dos o tres meses. Decidí parar un poco, dedicarme a revisar la novela que estoy escribiendo, y pasar unas semanas sin escribir reseñas. El libro de Bernhard es largo. Tiene 541 páginas, pero la letra es apretada; además, Bernhard no usa puntos y aparte, por lo que, al final, he estado tres semanas con el libro. Tres semanas sin escribir una reseña: creo que el reseñista que hay en mí necesitaba estas pequeñas vacaciones.

Hormigón tiene 105 páginas y Extinción, que es la novela más larga del autor, 420.

En Hormigón, Rudolf, un hombre de cuarenta y ocho años, vive solo en Peiskam, en el campo de Viena. Sus padres están muertos y él habita la gran casa de campo de la familia. Debido a su herencia económica, no necesita ganarse la vida con ningún trabajo pecuniario, y se dedica a escribir ensayos sobre temas que le interesan. La novela empieza a la mañana siguiente de la partida de su hermana, que había venido desde Viena a visitarle. Rudolf se queda solo y decide levantarse antes del amanecer para empezar a escribir un ensayo sobre el compositor Mendelssohn Barthholdy, del que lleva años recopilando información. Sin embargo, la visita de su hermana le ha resultado tan turbadora que le resulta imposible empezar su ensayo. Su mente se enredará en una larga diatriba contra su hermana: «No se puede defender uno de personas como mi hermana, que es tan fuerte y, al mismo tiempo, tan enemiga del espíritu» (pág. 20).

Uno de los temas recurrentes de Bernhard es la enfermedad. Desde muy joven, él mismo se vio aquejado por una enfermedad pulmonar, que le hizo abandonar la carrera musical que había emprendido, y que finalmente acabó con su vida a la edad de cincuenta y ocho años. En Hormigón, el narrador considera que puede vivir de su herencia, vendiendo parte de sus propiedades, porque: «Al fin y al cabo sólo me queda el tiempo más breve por vivir, como consecuencia de mi enfermedad que avanza incesante e irresistiblemente, todo lo más uno o dos años, no más ni menos tiempo, momento en el que mi necesidad de vivir y existir, cualquiera que sea en este mundo, debería estar por completo agotada» (pág. 42).

La narración de Rudolf es, en esencia, angustiosa. Como característico del estilo de Bernhard, la novela da vueltas sobre sí misma, desgranando las obsesiones existenciales del personaje, en párrafos densos que tienden a la repetición de ideas, a las que se vuelve como en las composiciones musicales (la formación musical de su juventud influyó luego en su escritura). Otra de las características de su prosa consiste en expresarse por medio de aparentes contradicciones. Por ejemplo, podemos leer en la página 33: «Por una parte, no aguantamos, los que somos como yo, estar solos, por otra no aguantamos el estar acompañados, no aguantamos la compañía masculina, que nos aburre a morir, pero tampoco la femenina».

Rudolf acabará tomando la decisión de viajar a Palma de Mallorca, y evitarse así las frías semanas del invierno austriaco. Su «novela más española», llama Sáenz a Hormigón en su prólogo. Por fin descubriremos que las páginas de la novela las está escribiendo Rudolf ya en Palma donde, más que el sol y la tranquilidad, le está esperando el desenlace trágico de una historia que dejó a medias en su última visita a la isla.

Extinción empieza y acaba usando el mismo recurso narrativo que Hormigón. Si Hormigón empezaba así: «De marzo a diciembre, escribe Rudolf, mientras, como hay que decir en este contexto, tenía que tomar grandes cantidades de Prednisolon», y Extinción lo hace así: «Después de la conversación con mi alumno Gambetti, con quien me reuní el veintinueve en el Pincio, escribe Murau, Franz-Josef, a fin de convertir las fechas de mayo para nuestras lecciones (…)». De este modo, el lector conoce el nombre del narrador y sabe que es el propio personaje el que está escribiendo su historia, aunque también haya un escritor detrás (el propio Bernhard) ordenando el texto.

Murau vive en Roma. Haberse instalado allí ha sido, principalmente, una forma de huir de Wolfsegg, su Austria natal. Como el Rudolf de Hormigón, Murau pertenece a una familia lo suficientemente rica como para que no tenga que preocuparse por trabajar. Se dedica a escribir libros y a ser profesor de alemán del joven italiano Gambetti, al que ha convertido en su discípulo (aunque más por el placer de hacerlo que por necesidad, según se desprende de la novela). El día que comienza la novela, Murau recibe un telegrama en el que se le informa de que sus padres y su hermano mayor han fallecido en un accidente de tráfico. Esto le obligará a volver a Wolfsegg para los funerales, lugar del que acababa de regresar, porque se había celebrado allí la boda de una de sus hermanas, y al que se había propuesto no volver durante bastante tiempo.

Extinción se divide en dos partes. En la primera –titulada El telegrama− Murau, desde Roma, empieza a recordar a su familia y los malos momentos vividos en la gran casa familiar de Wolfsegg. Desde niño, siempre se sintió incomprendido. Quería mezclarse con la gente del pueblo, por ejemplo, y su familia no le dejaba. Entre los cazadores y los jardineros de Wolfsegg, sus padres y su hermano preferían, siempre, a los cazadores, pero él siempre consideró que eran mucho más nobles los jardineros. Sobre esta idea, esta disyuntiva entre cazadores-jardineros, que acaba siendo una metáfora del mundo, se vuelve muchas veces en la novela.

Igual que ocurría en Hormigón, y posiblemente aquí a mayor escala, en Extinción se juega a expresar las ideas con aparentes contradicciones y a las repeticiones de sintagmas lingüísticos. En cierto modo, Extinción (sobre todo en su primera parte) parece una reelaboración de lo ya expresado en Hormigón; sobre todo cuando nos encontramos con alguna idea casi repetida: en Extinción, el narrador afirma que de niño sus hermanas no soportaban verle con un libro entre las manos y se empeñaban, siempre, en arruinarle la lectura. Esto mismo contaba el narrador de Hormigón sobre su hermana. El narrador de Extinción tiene cuarenta y ocho años, como el de Hormigón.

Tal vez, la diferencia más importante entre Hormigón y la primera parte de Extinción es que el narrador de la segunda novela parece algo menos desesperado que el de la primera, y sus diatribas contra la familia, las costumbres, la vulgaridad de Austria y su pasado (no cerrado) nazi, la Iglesia católica… de tan sarcásticas y exageradas, acaban siendo humorísticas. En la actualidad, el heredero europeo de este tipo de narración desesperada, pero que no rehúye el humor negro, podría ser el francés Michel Houellebecq. El propio narrador de Extinción acaba por minar la credibilidad que debemos dar a sus palabras: «Me he adiestrado tanto en el arte de la exageración que, sin más, puedo calificarme del mayor artista de la exageración que conozco» (págs. 515-516). Muchas de las páginas de Extinción tienen un destinatario, el discípulo de Murau, Gambetti.

Otra de las diferencias entre las dos novelas es que, en Extinción, el narrador sí que recuerda a un personaje positivo en su familia: su tío Georg, que le enseñó a disfrutar de la vida, a apreciar el valor del arte y los viajes. En las novelas autobiográficas de Bernhard había un personaje que cumplía esta misma función para Murau, el abuelo materno, convertido aquí en el tío Georg.

En la segunda parte de Extinción –titulada El testamento−, Murau ha regresado a Wolfsegg para asistir al funeral de sus padres y su hermano. Allí tendrá que encontrarse con sus hermanas, Caecilia y Amalia, y el marido de la primera, al que se denomina, insistentemente, «el fabricante de tapones de botellas de vino», una forma de mostrar al lector su vulgaridad, su falta de elevación del espíritu, algo que el narrador también achaca a sus familiares, apegados a la tierra, los tractores, la caza… y al deseo de hacer dinero.

Me llama la atención que en estas dos novelas (y por lo que recuerdo, también en su ciclo autobiográfico) Bernhard no habla nunca del sexo o el amor. En Extinción, el narrador tiene una amiga (la poeta Maria) a la que admira, pero en sus diatribas contra casi todo nunca se habla del sexo o el amor, como si sus narradores fuesen siempre asexuales. Tendré que investigar si esto ocurre en toda su obra.

El reputado crítico George Steneir apunta sobre Bernhard: «Thomas Bernhard es el novelista más original e intenso en lengua alemana. Su relación con la gran constelación de Kafka, Musil y Broch está cada vez más clara». La publicación de sus libros en Austria solía ser polémica y escandalosa, pero ahora se le reclama cada vez más como el gran autor nacional y se le dedican homenajes.

He disfrutado mucho con estas dos novelas de Bernhard, tan bien traducidas por Miguel Sáenz. En más de una de sus páginas, Bernhard puede resultar asfixiante, pero su prosa, tan densa y rítmica, arrastra siempre al lector hasta el final. Me he quedado, incluso, con ganas de más. En un futuro no demasiado lejano, tengo previsto leer otras novelas suyas, como Corrección, Tala o El malogrado.


Hace no mucho, Anagrama publicó en un solo volumen sus cinco novelitas autobiográficas. Sin duda, este libro es una forma estupenda de acercarse por primera vez a Thomas Bernhard.

domingo, 7 de agosto de 2016

Relato soñado, por Arthur Schnitzler

Editorial Acantilado. 132 páginas. 1ª edición de 1926. Esta de 2008.
Traducción de Miguel Sáenz.

Esta novela corta de Arthur Schnitzler (Viena, 1862-1931) me la prestó una alumna de bachillerato del colegio en el que trabajo. La misma que el curso pasado me dejó El club de la lucha de Chuck Palahniuk. Me la prestó más o menos en octubre y ya se estaba acabando el curso y no la había leído ni la había devuelto, y mi dejadez me empezaba a parecer excesiva. Y no entiendo por qué, la verdad, ya que el hecho de que la publique Acantilado me parece una garantía, es una novela corta y una vez que me he acercado a ella me ha parecido gran literatura.

He leído Relato soñado justo después de acabar Las ilusiones perdidas de Honoré de Balzac. Ya comenté hace unas semanas que Las ilusiones perdidas, en muchas de sus páginas, se convierte en un paradigma de la narración del siglo XIX, debido sobre todo al uso de un narrador omnisciente que adelanta al lector casi todo lo que tiene que pensar sobre los personajes y que interrumpe la trama para apostillar lo escrito con explicaciones sobre la época o las costumbres sociales del momento. Relato soñado está escrito casi un siglo después y el estilo narrativo es mucho más cercano a las expectativas de un lector del siglo XXI, aunque fue publicado hace noventa años. Ya comenté que Las ilusiones perdidas me gustó, pero es cierto que a veces el estilo narrativo del XIX me parecía hasta cierto punto una rémora. Este hecho lo he notado con más fuerza al acabarlo y adentrarme en las sutiles y misteriosas páginas de Relato soñado.

El protagonista de Relato soñado es Fridolin, un médico de treinta y cinco años de la ciudad de Viena (Arthur Schnitzler también ejerció de médico en esta misma ciudad). La novela comienza presentando una escena muy cotidiana: un padre (Fridolin) y una madre (Albertine) le leen un cuento a su hija para que se duerma. Pero ya en la segunda página, la familiaridad de lo mostrado empieza a quebrarse cuando descubrimos que, la noche anterior, la pareja ha acudido a un baile de disfraces: dos mujeres enmascaradas estuvieron hablando con Fridolin, y un hombre, también enmascarado, de origen polaco, con Albertine, y parece que estas conversaciones con desconocidos condujeron a ambos a un estado de excitación sexual. Lo que podía haberse quedado en una anécdota menor empieza a cobrar más cuerpo: «Sin embargo, de la charla ligera sobre las insignificantes aventuras de la noche pasada pasaron a una conversación seria sobre los deseos escondidos y apenas sospechados que hasta en el alma más clara y pura pueden provocar turbios y peligrosos remolinos, y hablaron de aquellas regiones misteriosas por las que apenas sentían añoranza, pero a las que el viento incomprensible del destino podía llevarlos algún día, aunque sólo fuera en sueños» (pág. 10).

En la década de 1920, cuando Schnitzler ya es un reputado autor teatral y novelista, entra en contacto personal con Sigmund Freud, que era un admirador de su obra literaria; sin embargo (leo en la wikipedia), a Schnitzler no parecía gustarle demasiado que los psicoanalistas de Viena analizasen sus obras en términos freudianos. No obstante, al leer Relato soñado y saber que está publicado en la Viena de la década de 1920, es difícil dejar de lado las interpretaciones freudianas de la trama: sobre todo al ver reflejadas en la novela las pulsiones sexuales más íntimas de los personajes.

Albertine le confesará a Fridolin el deseo que sintió hacia un marinero noruego durante su último veraneo, con el que básicamente se intercambió alguna mirada. Estas palabras parecen actuar sobre Fridolin como si hubiera recibido la confesión de una infidelidad y, en un estado de perturbación extraño, el personaje tiene que salir por la noche de casa para visitar la habitación de uno de sus pacientes, un anciano moribundo.

La novela está escrita en tercera persona y me ha llamado la atención que en las páginas 21-22 se utilice el recurso del monólogo interior; esto piensa Fridolin sobre la hija del moribundo al que va a visitar: «Así que se va a casar con ese profesor. ¿Por qué? Desde luego, no está enamorada, y él no debe de tener mucho dinero tampoco. ¿Qué clase de matrimonio resultará? Bueno, uno como tantos otros. Qué me importa. Es muy posible que no vuelva a verla jamás, porque ahora ya no tengo nada que hacer en esta casa. Cuántas personas no he vuelvo a ver que me interesaban más que ella». Había anotado esto para comentarlo al reseñar la lectura y después, leyendo la solapa del libro, me enteré de que Arthur Schnitzler había sido el introductor de este recurso –el monólogo interior– en la literatura alemana. La wikipedia afirma que la primera obra en la que Arthur Schnitzler usó el monólogo interior –y por tanto la primera vez que éste aparece en la literatura alemana– fue en la novela El teniente Gustl, publicada en 1900.

El paciente de Fridolin muere, y su hija, en posible estado de shock, declara su amor al médico, a pesar de encontrarse en casa de su prometido. El doctor abandona la casa y se adentra en la ciudad (en la que, de forma premonitoria, se anuncia la primavera porque ha comenzado el deshielo) en un estado cada vez más alucinatorio. Durante el tiempo de la novela se insiste más de una vez en la condición de realidad nebulosa, soñada, y se repite el adjetivo «espectral» para designar lo percibido en esta noche de carnaval. Fridolin recuerda su casa y el narrador nos dice: «Todos se le habían vuelto totalmente espectrales» (pág. 34).

Fridolin se cruza con una joven prostituta en un parque que le conducirá hasta su casa, de la que se irá sin haberse acostado con ella. Después, el protagonista entrará en un café.

Estaba leyendo Relato soñado con la sensación de que me sonaba lo contado, como si –imbuido por su condición nebulosa– yo mismo hubiera soñado previamente su historia, y al entrar Fridolin en el café y encontrarse con un antiguo compañero de la facultad de medicina, que dejó los estudios para dedicarse a tocar el piano, me di cuenta por qué me sonaba lo leído: en esta novela, descubrí entonces, se había basado Stanley Kubrick para rodar Eyes wide shut en 1999. Una película que vi de estreno y que me gustó mucho. Ni en la contraportada, ni en la solapa del libro, proporcionan este dato los editores de Acantilado, dato que cualquier otra editorial habría explotado directamente en la foto de portada, dando a entender que lo más importante que hizo un escritor como Arthur Schnitzler fue crear una historia que en el cine protagonizaron, muchos años después, Tom Cruise y Nicole Kidman.

Contarnos en la solapa que Arthur Schnitzler introdujo en el idioma alemán el recurso del monólogo interior y no que esta novela fue llevada al cine honra a una editorial como Acantilado. Una editorial que cada día me llama más la atención y en cuyo catálogo tengo ganas de bucear (en la pasada Feria del Libro de Madrid fue una de las editoriales que visité para comprar libros).

Gracias a su encuentro con el pianista, Fridolin podrá acudir a una fiesta secreta de hombres enmascarados y mujeres desnudas, una fiesta que parece la descripción de un cuadro de Paul Delvaux. El eros y el tánatos, la pulsión sexual y la pulsión de muerte, dominan ya por completo al doctor Fridolin, que, expulsado de la fiesta, iniciará una búsqueda de la mujer desnuda y sin rostro con la que habló en la fiesta clandestina.


Relato soñado es una novela corta magistral, misteriosa, elegante y honda, sensual y terrorífica, una delicia de lectura. Tengo que buscar más libros de Arthur Schnitzler y agradecer a mi alumna de diecisiete años que me la recomendara.

domingo, 25 de marzo de 2012

Tótem y tabú, por Sigmund Freud

Editorial Alianza. 221 páginas. 1ª edición de 1913, ésta de 2011.
Traducción de Luis López-Ballesteros y de Torres.

Si dispusiese de más tiempo no leería solamente ficción: leería ensayos, filosofía, biografías, tratados de arte, de divulgación científica… Leer libros de estos ámbitos del conocimiento humano suele ser uno de esos propósitos de año nuevo que acabo por incumplir; principalmente porque, ante el ajetreo de la vida diaria (levantarme a las 6.35, dar clases, corregir exámenes, relacionarme con los demás…), cuando tengo tiempo para quedarme a solas y abrir un libro el hedonismo me vence y elijo la ficción. Tener a medias una buena novela en la que perderme y relajarme siempre ha sido uno de mis refugios más estimables, una pausa gozosa ante el mundo real.

En algún lugar leí que las personas que de jóvenes han leído mucha ficción acaban por aborrecerla y terminan leyendo la clase de libros antes citados. El que yo no lo haya hecho (y no planee hacerlo por ahora) quizás no hable a favor de mi madurez. A mi novia, en cambio, cada vez le cuesta más creerse el mundo propuesto por los escritores de ficción y, desde hace unos años, suele leer ensayos. Me habla de ellos, le digo que parecen interesantes, que he de probar… para ir relegándolo indefinidamente.

Pero a finales de 2011 me propuse, esta vez en firme, leer algún ensayo filosófico; y aconsejado por mi novia he comenzado por Sigmund Freud (1856, Moravia, Imperio austrohúngaro-1939, Londres) y su Tótem y tabú, que puede abrirme las puertas al ensayo antropológico (algo que me interesa), ya que esta obra ha sido después ampliamente comentada y refutada por expertos en esta especialidad.

Freud comienza su libro hablando de estudios etnográficos, principalmente los llevados a cabo por Frazen y Wundt, y se centra sobre todo en las tribus del interior de Australia (en apariencia las más primitivas del planeta). A partir de estos estudios constata la presencia de comportamientos totémicos y tabús similares en muchas culturas primitivas del mundo que no han tenido contacto entre ellas. Esta idea de partida es muy llamativa: cómo estadios de evolución parejos en diferentes comunidades humanas primitivas han dado lugar a explicaciones similares ante los fenómenos que los rodean, y cómo estos tienen que ver fundamentalmente con la asunción de la muerte. Y estas comunidades, lejos del método científico, a través del pensamiento mágico, han dado soluciones comunes a sus problemas.

En realidad, Freud no quiere hablarnos solamente de la interpretación del mundo de los hombres primitivos, sino que lo que desea en este libro (como en la mayoría de los suyos, imagino) es validar sus ideas psicoanalíticas. Y para ello sigue una línea de pensamiento que, expresada en 4 pasos, sería:

a) Los pueblos primitivos, sin estar en contacto entre sí, en momentos similares de su evolución se han explicado el mundo de la misma forma.
b) Los niños (en cualquier época) se sirven de pensamientos mágicos, similares a los del hombre primitivo, para explicarse un mundo al que aún no puede enfrentarse con la cultura y las ideas científicas de sus mayores.
c) Los neuróticos son personas que no han conseguido abandonar el pensamiento mágico propio del niño y se comportan como tales; además, y por tanto, se comportan como hombres primitivos. “En los neuróticos encontramos regularmente restos considerables de infantilismo psíquico” (pág. 29).
d) Del comportamiento de los hombres primitivos de los que Freud era contemporáneo (a principios del siglo XX) podemos deducir el comportamiento de nuestros propios antepasados y comprender de dónde vienen (de qué procesos psicológicos) instituciones como la familia, el miedo al incesto, la religión… “La vida psíquica de estos pueblos adquiere para nosotros un interés particular cuando vemos en ella una fase anterior, bien conservada, de nuestro propio desarrollo” (pág. 9).

En muchos casos Freud intenta dar la vuelta al esquema que acabo de exponer: tras describir el comportamiento del hombre primitivo –estudiado del modo más científico posible gracias a los antropólogos–, intenta explicar su visión del mundo a partir de la conducta que observa en los neuróticos que pasan por su consulta o por la de sus colegas psiquiatras.
Así nos explicará que el neurótico es alguien que ha establecido para sí mismo prohibiciones tabús, y una de las características más claras de los pueblos primitivos (y por tanto de nuestros propios antepasados) es la creación y aceptación de tabús, normas de comportamiento que hay que evitar y cuyo incumplimiento, según el primitivo y el neurótico, acarrearía graves consecuencias. Para Freud una obsesión patológica también podría denominarse enfermedad del tabú.

Una de las cosas que me más me ha llamado la atención de este libro es el término ambivalencia: sobre las personas amadas también recae nuestro odio; nuestra relación con los demás es puramente ambivalente. Así describe Freud el comportamiento de un neurótico: “La actitud ambivalente del sujeto con respecto al objeto o, más bien, al acto prohibido. Experimenta de continuo el deseo de realizar dicho acto (…) pero le retiene siempre el horror que tal acto le inspira” (pág. 46), que sería similar al deseo que siente el primitivo de romper el tabú, por ejemplo el del incesto, pero no lo hace por el horror que le inspira el castigo (el tabú, según Freud, ha de responder a la prohibición social de un impulso humano. No existe ninguna prohibición social ni ningún tabú sobre, por ejemplo, poner la mano en el fuego: eso es algo que el hombre primitivo no desea hacer).

De la primera parte del libro voy a destacar esta idea: en todas las culturas primitivas existe la creencia en los espíritus. “Tales pueblos primitivos pueblan el mundo de un infinito número de seres espirituales, benéficos o maléficos, a los cuales atribuyen la causación de todos los fenómenos naturales” (pág. 104).
A Freud le llama la atención que las personas que fallecen se transformen, en estas culturas, en espíritus amenazantes, cuando hasta hacía poco habían sido queridas; y para dar explicación a este fenómeno se sirve de su teoría de la ambivalencia: el superviviente, aunque quería al fallecido, también le odiaba y de modo inconsciente ha deseado su muerte, y al acaecer ésta, subconscientemente se siente culpable (“reproches obsesivos”, pág. 84), ya que gracias al fenómeno de la traslación puede llegar a sentir que es ella quien le ha matado. Esto conduce, debido al fenómeno de la proyección, a lo siguiente: “El superviviente se niega haber experimentado nunca un sentimiento hostil con respecto a la persona querida muerta y piensa que es el alma de la misma la que ahora abriga ese sentimiento contra ella” (pág. 86); “La hostilidad, de la que no sabemos ni queremos saber nada, es proyectada desde la percepción interna al mundo exterior” (pág. 88); “La proyección al exterior de las tendencias perversas del individuo y su atribución a demonios forman parte de un sistema del que hablaremos (…) «concepción animista del mundo»” (pág. 91).

La visión del mundo de Freud parece en esencia pesimista y a la vez profundamente moderna; la idea de dios desaparece en su pensamiento en una línea (primero fue el tabú, luego la religión): “La conciencia tabú constituye, probablemente, la forma más antigua de la conciencia moral” (pág. 95); “La conciencia moral es la percepción interna de la repulsa de determinados deseos” (pág. 95).

Como sé que se le ha objetado a lo largo del siglo XX, muchas de las ideas de Sigmund Freud parecen más conjeturales que científicas, y al principio he leído Tótem y tabú con cierta reserva intelectual, para percatarme según avanzaba en su lectura que si estas teorías, o hipótesis, me las estuviera ofreciendo un escritor en una novela las leería embelesado. Y al final eso ha sido lo que he hecho: dejarme llevar por la fuerza de los razonamientos de Freud. Aunque al leerlos me estuviera percatando de que deducir del comportamiento de un neurótico o de un niño la creación de un corpus moral por parte del hombre primitivo o simplemente del hombre era cuanto menos aventurado, las ideas puras que vierte en su texto son, en todo caso, fascinantes.

Y además Freud deja para el final su idea más poderosa: la explicación de la cultura tótem. Por qué los pueblos primitivos veneran a algún animal con el que se identifican, del que normalmente (salvo en rituales) no comen su carne, y por qué los individuos protegidos por un mismo tótem no pueden tener relaciones sexuales entre sí (el tabú). Aquí, además de volver a las teorías de los antropólogos antes citados, se fija en la teoría de Darwin sobre la horda primitiva –que explica el comportamiento de grupos de monos– para deducir que el macho dominante de un conjunto de humanos primitivos expulsaba a los machos jóvenes y se quedaba con todas las hembras. En algún momento los machos jóvenes vencieron el miedo al macho dominante, volvieron fraternalmente para asesinarlo y, para que no se repitiera la situación anterior, establecieron el tabú de no tener relaciones sexuales con las mujeres que quedan bajo el mismo tótem que ellos. Así, el tótem representa al padre asesinado, al que se ama, se admira, se teme y se odia. Y así, cualquiera de nosotros lo que queremos es matar a nuestro padre y acostarnos con nuestra madre, teoría que constituye el complejo de Edipo.

En realidad, creo que Sigmund Freud, aunque siempre aparece fotografiado con traje y corbata, y aunque escribió este libro hace ya 100 años (con un estilo literario nada desdeñable), es el escritor más punki que he leído.

Me gustaría leer algo más de Freud antes de acercarme a los textos que rebaten sus ideas, como por ejemplo La violencia y lo sagrado de René Girard.

A un nivel personal, centrándome en mis lecturas de los últimos meses, puedo observar, por ejemplo, que Nick Carter de Levrero, el libro que leí antes que éste, era una parodia de lo expuesto aquí; o una de las últimas novelas argentinas que he leído, Plop, de Rafael Pinedo, puede ser también leída como una ficcionalización de las ideas de este libro.
Me percato también de que muchos de los escritores a los que siempre he admirado han leído a Freud: Albert Camus, Jean Paul Sartre (y algunos lo han hecho aunque sea sólo para repudiarlo, como Vladimir Nabokov)…
Y, por supuesto, constato algo que ya sabía: Sigmund Freud ha sido una de las personalidades más influyentes del siglo XX.