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lunes, 25 de agosto de 2025

Caravana para cuervos, por Eminé Sadk

 


Caravana para cuervos, de Eminé Sadk

Editorial Automática. 234 páginas. 1ª edición de 2020; esta es de 2025

Traducción y notas de MaríaVútova

 

Me llega al correo electrónico, de forma habitual, información sobre las novedades de Automática. Es una editorial que me interesa, publica sobre todo libros de países del Este europeo, de idiomas de los que es difícil encontrar traducciones en el mercado literario español. Leí, por tanto, la ficha de prensa de Caravana para cuervos (2020) de Eminé Sadk (Dúlovo, Bulgaria, 1996), que era «la nueva revelación de la joven literatura búlgara», y que había escrito esta novela cuando tenía solo veintitrés años. En principio, la dejé pasar, porque son demasiados los libros que quiero atender y, con mi escaso tiempo libre, no puedo acercarme a todos. Más tarde, recibí información sobre la novela Sonia pide la palabra de la rumana Lavinia Braniste, que, además, iba a estar en la Feria del Libro de Madrid 2025, firmando sus libros y participando en una charla, durante la segunda semana de la Feria. Me apeteció acudir a esta charla. Antes, me pasé por la caseta de Automática, para comprar la primera novela de Braniste, Interior Cero y que me la firmara. Las editoras –que ya me conocen por algunas reseñas que he escrito de sus libros– me regalaron Caravana para cuervos de Eminé Sadk.

Aunque estaba leyendo el Volumen 5 de los Cuentos completos de Philip K. Dick, me apeteció hacer un alto en esta lectura y acercarme a Caravana para cuervos, que se iba a convertir en mi primera incursión en la literatura búlgara.

 

El protagonista de Caravana para cuervos es Nikolay Todorov, profesor de Geografía en un instituto desde hace veinte años. Tiene cuarenta y seis años, está soltero, no tiene hijos y sus padres ya han muerto. El día en el que comienza la narración, el Director del instituto en el que trabaja ha decretado un día de fiesta, precisamente porque Todorov ha ganado un proyecto europeo de renovación educativa (el lector, aunque sienta curiosidad, no acabará sabiendo qué proponía Todorov en este proyecto). Por la noche, los profesores, junto con el Alcalde de la pequeña ciudad búlgara en la que viven, van a celebrar una fiesta en el instituto. Al ser día de mercado, Todorov aprovechará el día libre en su honor para visitar el mercadillo de la ciudad.

La narración está escrita en tercera persona y, de vez en cuando, se le cede la voz a Todorov y conoceremos algunos de sus pensamientos. Este recurso de ceder la palabra a los personajes, la narradora omnisciente también lo hará con otros personajes.

La acción se va a situar en un mes de octubre bastante cálido, en el que parece alargarse el verano; por efecto del cambio climático, parece insinuarse en el texto. Esa primera mañana, Todorov tratará de ver el telediario: «Mostraban imágenes dramáticas de enfrentamientos en la capital entre los manifestantes y las fuerzas del orden», leemos en la primera página. Estas manifestaciones en Sofia acabarán teniendo importancia en el tramo final de la novela.

Los alumnos que se cruzan con Todorov este día de mercado no parecen tenerle demasiada simpatía, sino que se ríen de él cuando se cruza con ellos.

 

La fiesta que se ha convocado en el instituto, a causa del triunfo de Todorov, va a devenir en un momento epifánico para él. Sus compañeros empezarán a comer y a beber sin tino. «“¿Qué esperaba? ¿Qué diferencia puede marcar el proyecto que hemos ganado si esta gente no está dispuesta a cambiar? Seguirán exactamente de la misma manera…”, reflexionaba con pesar mientras observaba a sus compañeros secarse el sudor de la frente.»; leemos en la página 38. Todorov abandonará la fiesta y se juntará con otros personajes en la calle. Con ellos iniciará una noche de excesos a la que no está acostumbrado. Esta misma noche va a recibir una información sensible sobre su padre –muerto hace siete años–, un profesor de Lengua de instituto, del que Todorov nunca ha sentido que estuviese a su altura. «Mi mundo acaba de dar un vuelco. ¡Se me han juntado demasiadas cosas!», le dirá Todorov a otro personaje en la página 54. Después de esta extraña noche, Todorov va a tomar la decisión de cambiar de vida y, en primera instancia, va a abandonar la pequeña ciudad en la que vive.

De un modo simbólico, Emilé Sadk ha elegido para su personaje la profesión de profesor de Geografía. Parece decirnos la autora que Todorov es alguien que conoce las capitales de todos los países del mundo, pero no cómo viven sus gentes; y también –lo que acabará siendo más significativo en la novela–, aunque Todorov conoce el nombre de todas las capitales de los países del mundo y el nombre de los ríos que los atraviesan, no parece conocer la historia y a las gentes de la región de Bulgaria en la que vive. Su viaje de descubrimiento va a conducirle, de esta forma, a la región de Ludogorie, que, antiguamente, en turco, se llamaba Deliormán.

 

Debemos saber que Eminé Sadk es una búlgara de origen turco. Esta doble condición va a ser importante en la composición de la novela. Gracias a una nota a pie de página –a cargo de María Vútova, la traductora– sabremos que en las décadas de 1970 y 1980 el gobierno búlgaro inició campañas de unificación del país, en contra de la minoría turca. De esta forma, se cambiaron topónimos originariamente turcos por otros equivalentes en búlgaro, y así la región de Deliormán pasó a llamarse Ludogorie. En 1989, más de 360.000 turcos búlgaros fueron expulsados a Turquía, lo que se conoce como «la gran excursión». Esto hizo que muchas zonas de Bulgaria, donde vivían estos musulmanes, quedasen prácticamente despobladas. De esta región de Europa, tan desconocida para un lector español, nos habla Eminé Sadk.

 

Creo que la primera parte, la que nos muestra la vida y crisis de Todorov, es la mejor resuelta del libro. Después de esa loca noche, la novela se va a abrir a la aparición de nuevos personajes, como Mila, cuyo padre la abandonó y se fue a Occidente, lugar al que luego emigraría su madre con su nueva pareja. Mila vivía con su abuela, hasta que esta muere y se queda sola. Se dedicará a visitar pueblos abandonados de la Bulgaria profunda, fotografiar objetos de sus casas, que pueden ser usados, y encontrar a personas, en las redes sociales, a las que donárselos. El lector avanzará en la lectura de la novela, sintiendo que el personaje de Mila –que aparece en el segundo capítulo– pertenece a un camino que no se va a transitar. Sin embargo, como la lógica narrativa nos indicaba desde un principio, Mila acabará cruzándose con Todorov.

 

He tenido la sensación de que, en algunos momentos, las andanzas de Todorov por Ludogorie se tiñen de un halo de irrealidad, de pérdida de verosimilitud narrativa; ya que, por ejemplo, Todorov se cruzará con un grupo de gitanos (otra de las minorías de la región) y tendrá con ellos algún problema cuyo planteamiento me ha parecido un cliché. También se cae en alguna licencia sobre el amor a primera vista, que me ha resultado un giro narrativo algo juvenil.

En cualquier caso, debería apuntar que la narración no es del todo realista de un modo consciente, puesto que hay pequeñas escenas que nos pueden hacer pensar en una especie de «realismo mágico del Este». En este sentido, por ejemplo, cuando Mila empieza a tocar un piano roto en una casa abandonada sucede lo siguiente: «Varias palomas adormecidas en las viejas vigas echaron a volar y se posaron sobre el piano. Formaron una especie de joró. Daban vueltas en un círculo perfecto, como amantes del heavy metal, moviendo la cabeza adelante y atrás, atrás y adelante.» (pág. 80) Este mundo del Ludogorie, un tanto loco, me ha recordado al cine del serbio Emir Kusturica y a películas como Gato negro, gato blanco (1998).

 

Emilé Sadk usa un lenguaje de metáforas y comparaciones sorprendentes, que mezcla lo tradicional (con toques poéticos), con lo moderno, como veníamos con esas palomas que bailaban heavy metal. Me ha llamado la atención de que en el original hay palabras en turco que usan los personajes; tema que explica la traductora.

Caravana para cuervos se publicó en 2020, cuando Eminé Sadk tenía veinticuatro años; y ya he dicho que la escribió con veintitrés. Aunque en algunos momentos se nota cierta ingenuidad juvenil en la composición de las escenas, o en la creación de efectos narrativos causa-efecto, me ha parecido una novela fresca e imaginativa, que me ha hecho mirar hacia un rincón de Europa –esa región de Bulgaria de la que fueron expulsados los turcos– que desconocía totalmente. Desde luego, Caravana para cuervos no tiene la profundidad y la tensión narrativa de Una carpa bajo el cielo de la rusa Liudmila Ulítskaya, que es el mejor libro de la editorial Automática que he leído, pero hay que tener en cuenta que Ulítskaya es una escritora madura, en la plenitud de su talento, cuando escribe una obra magnífica como Una carpa bajo el cielo, y que Eminé Sadk es una joven promesa de la nueva literatura europea y que, como a tal, hay que celebrarla. Y hay que celebrar también que la editorial Automática nos acerque a estas voces de la periferia de Europa, que no parecen, en principio, apuestas económicas fáciles.

 

 

domingo, 29 de septiembre de 2024

Duro como el agua, por Yan Lianke


Duro como el agua
, de Yan Lianke

Editorial Automática. 488 páginas. 1ª edición de 2001, esta es de 2024.

Traducción y prólogo de Belén Cuadra Mora

 

Unas semanas antes de la Feria del Libro de Madrid 2024, leí una entrada en Facebook de la escritora Txani Rodríguez, diciendo que para esta edición iba a venir a Madrid Yan Lianke (Henán, China, 1958), un autor que le parecía muy bueno. Este fue el momento en el que volví a releer la información de prensa de Automática Ediciones sobre esta novela. Decidí acudir a la presentación de Duro como el agua el 2 de junio, que tuvo lugar en uno de los pabellones de la Feria del Libro de Madrid en el parque del Retiro. Compré ese día la novela El sueño de la aldea Ding (2005), y le solicité a la editorial Duro como el agua (2001) para poder reseñarla. Decidí empezar a leer a Yan Lianke por esta última obra, que se acaba de traducir en 2024, pero cuya escritura es anterior a El sueño de la aldea Ding.

 

Aunque yo suelo dejar la lectura de los prólogos de los libros para el final, en este caso recomiendo que se lea antes que la novela. El prólogo está escrito por la traductora Belén Cuadra Mora y resulta bastante esclarecedor del contexto histórico chino que refleja la novela. Así sabremos que Duro como el agua está ambientada a finales de la década de 1960 y principios de la de 1970 en China, en los años más intensos (y oscuros) de la Revolución Cultural. El presidente Mao pretendía luchar contras las voces críticas a su poder en el Partido Comunista y contra los intelectuales y revolucionarios acomodados; todo esto desencadenó un periodo de violencia social y de destrucción del patrimonio histórico.

Belén Cuadra nos contará también que en la novela se parodia un tipo de teatro político y propagandístico de la época y que hay numerosas citas de los textos de Mao o de autores clásicos chinos que una persona de aquel país conoce, pero no así un lector occidental. Por ello, ha tomado la decisión de marcar estos textos citados, o modificados para adecuarse a las vivencias de los personajes de la novela, en cursiva, aunque no están así en la novela original. Mediante este sistema de cursivas y citas a pie de página, el lector sabrá, en todo momento, a qué texto clásico (o de propaganda) chino se refiere, o parodia, el autor. No solo nos encontramos en Duro como el agua con la difícil tarea de verter un texto literario de un idioma a otro tan diferente, sino con la labor añadida de contextualizar todos los subtextos y lecturas de la obra. Aunque el trabajo de Belén Cuadra Mora me ha parecido excelente (estaba presente en día de la presentación de la novela en el parque del Retiro), creo que para el lector español, algunas de estas páginas en las que se parodian textos clásicos o propagandísticos de la cultura china y de la Revolución de Mao pueden llegar a ser las más tediosas del libro. Y no me gustaría con esta última frase desmotivar al posible lector de esta novela, porque realmente –pese a estas dificultades contextuales que comento– he acabado disfrutando mucho de ella.

 

El protagonista principal de la novela es Gao Aujin, un joven que en 1964 ha ingresado en el ejército y que, cuatro años después, se licencia con el deseo de regresar a su pueblo, Chenggang. Por tanto, nos encontramos en 1968, durante el periodo más oscuro de la Revolución Cultural. Aujin está casado con Cheng Guizhi, con la que tiene dos hijos. Para Guizhi el sexo con Aujin no parece una fuente de placer o de diversión, sino que lo considera solo como una herramienta para procrear. En realidad, ha sido el padre de Guizhi, secretario del Partido Comunista en Chenggang, quien ha creído conveniente que Aujin se casase, a sus dieciocho años, con la menos agraciada de sus hijas. «La primera vez que la vi fue el día que la casamentera me llevó a rastras como a un burro hasta el salón de la casa del secretario (…). Cuando la vi sentí que una bola de algodón me oprimía la garganta y me entraron ganas de vomitar, aunque no me atreví a hacerlo» (pág. 62). Sin embargo, Aujin aceptará casarse con Guizhi porque su padre le prometerá que, después de darle un nieto y pasar por el servicio militar, tendrá para él reservado un puesto de funcionario en el pueblo.

Dos hechos van a cambiar la vida de Aujin al regresar a su pueblo: cerca de las vías del tren se va a encontrar con Hongmei, una joven que admira su traje militar y que le empezará a hablar con consignas del Partido Comunista. Aujin se quedará prendado de Hongmei y, ya en este primer encuentro, aunque no llegan a copular, tendrán un acercamiento sexual. Como segundo asunto, cuando Aujin va a visitar a su suegro, este no parecerá recordar las promesas que le hizo en el pasado sobre buscarle un puesto de funcionario en Chenggang. A partir de aquí, dos obsesiones van a dirigir la vida de Aujin: hacerse con el poder en el pueblo y mantener relaciones sexuales con Hongmei, que está casada con el hijo del alcalde de Chenggnag y tiene una hija.

 

Una escena importante del libro es el primer encuentro en las vías del tren entre Aujin y Hongmei. De fondo, por los altavoces del pueblo suena música propagandística del Partido Comunista y Aujin cae rendido ante la belleza de Hongmei, quien, como él, usa de forma habitual consignas políticas en su conversación. La escena del embelesamiento de Aujin (narrador de la historia) por Hongmei es muy larga para un lector acostumbrado a los modos de narrar occidentales. Yo, hasta ahora, no había leído ninguna novela china y, tras leer esta escena, me acordé del prólogo de Kokoro del autor japonés Natsume Soseki, a cargo de Carlos Rubio. En este prólogo, Rubio afirmaba que la novela japonesa, tal y como la conocemos en Occidente, es un fenómeno moderno, asociado al siglo XX y al contacto de los escritores japoneses con países europeos, de los que toman sus formas para hacer novelas. De este modo, las novelas japonesas de los últimos cien años son, en esencia, similares a las occidentales.

Sin embargo, en esta escena del primer encuentro entre los dos protagonistas de Duro como el agua he sentido que las formas novelísticas no eran similares a las occidentales, y no solo por la extensión de la escena, sino porque acaba siendo no realista, en el contexto de una novela realista. Así, por ejemplo, los animales del bosque se irán acercarán también para admirar la belleza de la mujer. Yan Lianke está parodiando aquí –sabremos por el prólogo– las formas clásicas de la novela china.

 

Aujin describirá esta escena iniciática diciendo: «No hay mayor sentimiento en el mundo que el sentimiento revolucionario. La amistad revolucionaria es más alta que las montañas y más honda que el mar.» (pág. 41). A partir de aquí, Aujin va a perseguir sus objetivos –ascender como representante político en la región y mantener relaciones sexuales con Hongmei – sin preocuparse demasiado por las consecuencias de sus actos. En realidad, siempre se va a justificar ante sí mismo sus miserias y tropelías porque considera que las hace en nombre de la Revolución y no de sus propios intereses. Para la Revolución, habremos de saber, el adulterio sigue siendo un delito grave.

 

Desde la primera frase del libro, el lector ya sabe que todo va a salir mal: «Cuando muera y descanse, repasaré mi vida: mis palabras, mis actos, mi postura al andar y la revelación de aquel amor que acabó como mierda de perro y heces de gallina.» (pág. 23). En realidad, la novela es la larga confesión de Aujin ante lo que el lector entiende que debe ser un jurado (real o imaginario). Averiguar cómo ha sido el periplo vital del personaje va a ser el viaje que nos proporciona Lianke.

 

Un mes antes que Duro como el agua, había leído Una carpa bajo el cielo (2011) de Ludmila Ulitskaya –también de la editorial Automática– que, igual que la novela de Lianke plantea una crítica a la dictadura comunista de China, nos muestra una crítica a la dictadura comunista de la URSS. Sin embargo, la novela de Ulitskaya estaba contada desde el punto de vista de las víctimas, de las personas que deseaban para la URSS una apertura democrática y sufrían la persecución del poder; y la de Lianke está contada desde el punto de vista de uno de sus victimarios. Duro como el agua es la historia de un arribista, de alguien que usa todos los instrumentos que el nuevo régimen deja a su alcance para mejorar su posición social, sin importarle mucho el daño que pueda causar a su alrededor, un daño que siempre se justificará, ante sí mismo, como hecho por los valores de la Revolución. Así, por ejemplo, el lector sabrá que Aujin, huérfano de padre, ya que este murió en la invasión japonesa de China, se ha sentido siempre apartado de la vida de Chenggang, un pueblo donde casi el 90% de la población se apellida Cheng y desciende de los dos hermanos Cheng que fundaron el lugar hace siglos. Uno de los sueños revolucionarios de Aujin es destruir el arco de los Dos Cheng, que hace de entrada al pueblo y también el templo de los Dos Cheng, donde se guardan sus escritos y reliquias. Aujin alegará que ese arco y ese templo son símbolos del pasado burgués y feudal del pueblo, pero en realidad alberga dentro de sí un rencor de clase, porque él no es de apellido Cheng. Aunque el alcalde le advierta de que la destrucción de esos símbolos sería una ofensa para sus vecinos, Aujin no quiere darse por vencido. «La Revolución carece de sentimientos», afirmará en la página 326.

 

Un elemento no realista, y que acaba siendo divertido en el libro, es que Aujin ha unido en su psique su deseo por Hongmei a sus deseos revolucionarios. De este modo, no parece encontrar excitación sexual si no suenan de fondo las consignas o canciones revolucionarias por los megáfonos de la vía pública, como en su primer encuentro.

Hay algunos detalles en el libro que le harán conocer al lector occidental la locura a la que llegó el régimen de Mao. Así, por ejemplo, leeremos en la página 191: «Hay uno que estaba proyectando una película y se equivocó al montar la cinta, de modo que el líder salía cabeza abajo. Lo han condenado a veinte años de cárcel.». Otro ejemplo: cuando Aujin llega a su casa, después de los cuatro años de servicio militar, les entrega a sus hijos unos caramelos, envueltos con un papel donde iban impresas consignas políticas. Aujin tiene que apresurarse a recoger los papeles del suelo, donde los tiran sus hijos, porque eso puede considerarse un gesto reaccionario.

 

En cuanto al estilo, Duro como el agua abunda en el recurso de la comparación, y la mayoría de estas comparaciones son de orden rural (comparaciones con plantas, animales, accidentes geográficos, etc.), entorno del que proviene tanto el narrador de la novela, como su autor.

 

Cuando he leído novelas que hablaban sobre regímenes dictatoriales, lo habitual ha sido hacerlo bajo el prisma de las víctimas y, por esto mismo, que Duro como el agua esté narrada desde el punto de vista de un arribista amoral la convierte, a mis ojos, en una novela original y valiosa. Pese a algún pequeño bache, como ese ya comentado exceso en algunas páginas de parodias de textos que el lector desconoce, mi primera incursión en la novelística china ha sido una grata experiencia.

domingo, 15 de septiembre de 2024

Una carpa bajo el cielo, por Liudmila Ulítskaya


Una carpa bajo el cielo
, de Liudmila Ulítskaya

Editorial Automática. 750 páginas. 1ª edición de 2011; esta es de 2023.

Traducción de Yulia Dobrovólskaya y José María Muñoz Rovira

 

En 2006 me acerqué a la novela Sinceramente suyo, Shúrik (2003) de Liudmila Ulítskaya (Urales, Rusia, 1943), de la que había leído, por entonces, grandes críticas en las revistas y suplementos culturales, un libro que se llevó el Premio a la Mejor Novela del año en Rusia en 2004. Aunque he olvidado casi todos sus detalles, sí recuerdo que Sinceramente suyo, Shúrik me dejó un gran recuerdo, una novela que hablaba de la segunda mitad del siglo XX en la URSS y que era una digna heredera de la gran tradición rusa del siglo XIX. Por este motivo me interesó la información de prensa de Automática ediciones que me llegó al correo electrónico, hablándome de la última novela de Ulítskaya traducida al español, Una carpa bajo el cielo (2011). Fue una de mis compras en la pasada Feria del Libro de Madrid 2024. Además, hacía un año me había estrenado con la editorial Automática leyendo Ellos de la inglesa Kay Dick, que no me convenció, y quería sacarme la espina, porque intuía que había obras en el catálogo de Automática que me iban a gustar mucho más.

 

Los tres protagonistas principales de la novela serían Iliá, Sania y Misha, que el lector conocerá cuando aún son unos niños de diez o doce años en el Moscú de principios de la década de 1950. Sin embargo, la novela no comienza mostrándonos una escena en la que aparezcan ellos, sino con un prólogo en el que las niñas Tamara y Olga –cada una en sus respectivas casas– van a recibir, al despertarse, la noticia de que ha muerto Stalin, hecho que tuvo lugar en marzo de 1953. Después de estas escasas cuatro páginas iniciales, llegaremos al primer capítulo, titulado Maravillosos años escolares, donde Iliá y Sania, que han ido a la misma clase en el colegio desde primaria, van a conocer a Misha, que llega nuevo al colegio. La historia ha retrocedido un par de años, y no será, hasta muchas páginas más tarde, cuando vuelvan a aparecer en la novela Tamara y Olga. La sensación, por tanto, al adentrarse en el libro es extraña. ¿Por qué ese prólogo dedicado a dos personajes que no van a aparecer durante las decenas de páginas que tenemos por delante? Lógicamente, Ulítskaya no es una escritora primeriza y con este detalle, en principio no esperable, le está dando pistas al lector sobre las premisas con la que ha escrito su libro. Una carpa bajo el cielo no es una novela lineal, centrada en la evolución de tres personajes masculinos, que conocemos desde que son niños; no es, por tanto, una novela que vaya a repetir los esquemas clásicos del siglo XIX. Una carpa bajo el cielo acabará siendo una novela coral, donde un gran fresco de personajes irá entrando y saliendo de escena. El tiempo tampoco será lineal aquí. Me llamó bastante la atención, en este sentido, un capítulo en el que se habla de la relación sentimental entre dos personajes y se narrará también su muerte; algo que ocurre antes de llegar al ecuador de la novela. Sin embargo, que el lector tenga ya esta información no será ningún impedimento para que la narradora no le vuelva a hablar de la vida de esos mismos personajes en los siguientes capítulos. La novela, por tanto, a veces se acelera y en un capítulo avanza décadas para unos personajes, y luego retrocede en el tiempo para hablarnos de algún detalle de la vida de esos mismos personajes o, al hablar de otros, se verá a los anteriores desde una perspectiva externa. Mediante el recurso del estilo indirecto libre, la narradora cede su voz a los personajes, y por tanto, de este modo, podremos acercarnos a ellos desde ángulos distintos, ver cómo se ven ellos y también cómo los ven los demás.

 

A Iliá le interesa la fotografía, a Sania la música y a Misha la poesía. Los tres quedarán subyugados por el joven profesor Víktor Iúlievich, que les transmitirá su pasión por la literatura rusa. Víktor empezará a quedar con sus jóvenes alumnos fuera de clase para hablar de literatura y realizar recorridos por Moscú en los que buscar los lugares por los que pasaron o vivieron los grandes escritores. A este grupo se unirán también algunas chicas y acabarán llamándose «los Lurs». Durante un gran número de páginas, la narradora va a centrar su atención sobre Víktor, excombatiente de la Segunda Guerra Mundial al que le falta un brazo, uno de los pocos supervivientes masculinos de su clase del colegio. De hecho, a los tres protagonistas principales les van a cuidar figuras femeninas, madres y abuelas, porque los padres o han muerto en la guerra o están ausentes. Iliá, Sania y Misha comporten esta característica vital con Shúrik, el protagonista de Sinceramente suyo, Shúrik. En la primera parte de Una carpa bajo el cielo, la narradora deja caer más de una crítica hacia el absurdo de la guerra, y su gran número de víctimas mortales. De forma brusca, dejaremos de recibir información sobre Víktor que, esporádicamente, volverá a aparecer en la narración. Lo mismo ocurrirá con otros personajes.

 

Luidmila Ulítsakaya nos va a hablar de unas cuatro décadas de la historia de la URSS; más o menos desde 1950 hasta 1990. Al final del libro, en sus últimas cuatro páginas, hay un índice cronológico con los hechos históricos más importantes que ocurrieron en la URSS durante esos años. El telón de fondo sobre el que quiere contar la autora es el de la resistencia antisoviética, en la era del poststalinismo. De un modo más directo o tangencial a esta resistencia antisoviética, van a formar parte (o va a afectar a sus vidas) Iliá, Sania, Misha y el resto de personajes que van a orbitar a su alrededor.

En gran medida, Una carpa bajo el cielo también es un homenaje a la historia de la literatura rusa. Constantemente se citan a los clásicos de su literatura, y también aparecen los libros de los autores contemporáneos a la historia, que estaban en el exilio o presos y cuyos libros se encontraban prohibidos. En este sentido, destaca la figura de Borís Pasternak (conoceremos a sus primeros y asombrados lectores rusos), pero también las de Anna Akhmátova, Joseph Brodsky, etc. Iliá, en su vida adulta, además de acumular un archivo de fotografías de artistas disidentes, se va a dedicar a traficar con obras literarias samizdat, donde se reproducen, en máquinas de escribir caseras y fotocopias, obras prohibidas. En la página 567, Iliá define el fenómeno del samizdat: «Veamos el samizdat. De por sí, es un fenómeno asombroso e insólito. Es una energía viva que trasciende de un foco a otro, se tienden unos hilos creando una red, una especie de telaraña que une a las personas. Se establecen conductos por los que circula la información en forma de libros, revistas, poemas copiados una y otra vez, desde los más antiguos a los más recientes, o los últimos números de La Crónica de Actualidades. Circulan torrentes de literatura sionista publicada en Odesa antes de la Revolución, o en Jerusalén el año pasado, se leen obras religiosas, producidas por los emigrantes o de factura local… El proceso es, en parte, espontáneo, pero no del todo.»

Además del circuito samizdat, también se hablará aquí de la literatura tamizdat, que eran libros rusos, prohibidos en el país, que se publicaban en el extranjero (Berlín o París, principalmente) y que circulaban por la URSS de forma clandestina. También se hablará de los libros que salen del país hacia el extranjero, algunos sacados en microfilms, dentro de una vagina, por ejemplo.

 

 

No solo de literatura se habla en Una carpa bajo el cielo, porque también sabremos aquí de la música en la URSS y de sus nuevas corrientes, sobre todo al ceder la voz narrativa a Sania, que se convertirá en un teórico musical. Me han sorprendido los conocimientos musicales de Ulítskaya en la novela. Los artistas plásticos de la URSS organizarán exposiciones clandestinas en pisos.

 

Muchos de los protagonistas de la novela, a los que unen los libros, querrán una apertura democrática para el país y defenderán los derechos humanos. En la página 304, la narradora hablará del tipo de personas que se han convertido en los protagonistas de su novela: «No eran ni un partido, ni un círculo, ni una sociedad secreta, ni tan siquiera una comunidad de personas de ideas afines. Posiblemente, el único denominador común era su aversión al estalinismo. Y por supuesto, la lectura. Una ávida, irrefrenable, maniática lectura: una afición, una neurosis, una droga. Para muchos, el libro, más que un eventual amparo, magisterio o una guía de la vida se convertía en un sucedáneo de la vida.»

 

También se denunciará la situación de los judíos en la URSS (Misha, Tamara y, en parte, Iliá son judíos), que tenían prohibido el acceso a algunos lugares públicos y eran invitados constantemente a irse del país. O también se reivindicará la situación de los tártaros de Crimea, expulsados injustamente de sus tierras.

 

La novela está escrita con cierto desapego irónico, con el uso, puntual, de expresiones coloquiales, como «darse el piro», «cortar el bacalao», «aquella peña», etc., que se emplean cuando la narradora cede la voz a sus personajes. En este sentido, me ha recordado más el estilo a los narradores norteamericanos del siglo XX, que a los rusos del XIX. La prosa de la novela es bella, pero no recargada, y basa su fuerza, más que en un potente uso metafórico del lenguaje, en la abundancia de detalles narrativos sobre la vida de su gran cuadro de personajes. En una entrevista escuche a Ulítskaya decir que ella era más de Tolstoi que de Dostoievski. Es cierto que se acerca de un modo más elegante y poético a sus personajes ­­–al estilo de Tolstoi o Chéjov– que como lo hace Dostoievski, con su estilo torturado, a pesar de que alguno de los personajes acabará en alguna situación límite, sufriendo años de cárcel. En general, Ulítskaya no se recrea en la experiencia de la cárcel, y narra más el tiempo de la persecución política, la huida, los registros domiciliarios, los interrogatorios… En este sentido, Una carpa bajo el cielo recrea un mundo similar al de la Praga de Milán Kundera, en libros como La insoportable levedad del ser, La broma o El libro de la risa y el olvido, con sus chivatazos, sus espías, sus delaciones falsas o verdaderas, sus manifiestos firmados y sus requerimientos de retractaciones públicas, etc.

 

Liudmila Ulítskaya ha sido traducida a más de veinte idiomas y suele aparecer en las listas de candidatos al Premio Nobel de Literatura. Ella es de origen judío y, desde la invasión rusa de Ucrania, vive exiliada en Alemania. Tenía, como dije, un gran recuerdo de Sinceramente suyo, Shúrik, que se ha confirmado con la gran impresión que me ha vuelto a causar Una carpa bajo el cielo. Espero que su popularidad, al menos en España, aumente si recibe el Premio Nobel de 2024. Se lo merece.

domingo, 16 de julio de 2023

Ellos. Secuencias del desasosiego, por Kay Dick

 


Ellos. Secuencias del desasosiego, de Kay Dick

Automática editorial. 134 páginas. Primera edición de 1977, ésta es de 2023

Traducción y notas de Enrique Maldonado Roldán

 

Recibo habitualmente en mi mail noticias sobre las novedades que editan casi todas las editoriales de España, y llevaba años fijándome en el trabajo de Automática ediciones, aunque todavía no había leído ningún libro suyo. Me interesa, por ejemplo, que sacan bastante narrativa rusa (y de los países del Este) del siglo XX y XXI, de autores mucho menos conocidos que los del siglo XIX, pero que me suenan muy llamativos. En mayo me llegó al mail la información de prensa de Ellos. Secuencias del desasosiego de Kay Dick (Londres, 1915 – Brihton, 2001). Su dossier de prensa me resultó atractivo. En él, se contaba que Ellos. Secuencias del desasosiego se publicó por primera vez en 1977 y que había estado descatalogada, durante décadas, hasta que en 2020 una agente literaria la encontró en una librería de segunda mano, la leyó y creyó que sería una buena idea reeditarla. El libro es una distopía, y además su publicidad venía acompañada de unas palabras de Margaret Atwood: «Espeluznantemente profética». Kay Dick trabajó en la librería Foyles de Londres, y también fue la primera mujer en dirigir una editorial inglesa, P.S. King & Son. Colaboró en muchas revistas y periódicos. Además, era lesbiana. Parecía una figura interesante para ser rescatada. Tanto el libro como la escritora me parecieron interesantes y le solicité a la editorial un ejemplar de prensa para poder leerlo y reseñarlo.

 

La novela es corta y está dividida en nueve capítulos. Está narrada en primera persona y el lector nunca va a saber el nombre del protagonista, ni tampoco su género, pues durante todo el libro existe una ambigüedad sobre si quien narra es un hombre o una mujer.

Ellos está ambientada en las costas del sur de Inglaterra. Allí, una comunidad de artistas trata de continuar elaborando sus obras (pinturas, música, literatura…) mientras unas bandas de personas descontroladas recorren el país evitando que se dé el hecho artístico. Por ejemplo, en la página 12 podremos saber que ahora son los libros de Oxford los que están desapareciendo por obra de estos grupos. El narrador (voy a considerar que se trata de «un narrador» para simplificar) se dedica entonces a recordar los poemas de Keats, pues presiente que en el futuro no va a tener ningún libro en el que consultar sus versos. El narrador vive solo y, tras visitar a unos vecinos, al volver a casa descubre que le falta su ejemplar de Middlemarch de George Eliot. En la página 17 se nos informará de que «ellos» no entran en las casas mientras sus inquilinos se encuentran dentro, y solo aplican medidas agresivas cuando alguien se pasa del límite. Aún no sabremos dónde se encuentra ese «límite», pero tiene que ver con el hecho de que Ellos están mandando señales a las personas que se dedican a producir arte (y también a consumirlo) y no frenan en su empeño. La narradora escribe, en algunos momentos cartas y en otros lo que parece el manuscrito de una obra literaria. Pronto algún personaje va a pasar este límite, y así «ellos» dejarán ciega a una pintora, por ejemplo, o queman las manos de alguien que intenta salvar del fuego sus libros de poesía, arrojados al fuego por «ellos». «Solo atacan a los individuos que oponen resistencia.» (pág. 29). «Ellos» es un grupo de personas que se encuentra entre un millón y los dos millones de personas, leemos en la página 30.

 

En algún momento de las primeras páginas del libro he pensado que, en cierto modo, en la Inglaterra que se dibuja en el libro podía estar ocurriendo una revolución proletaria, porque más de uno de los artistas, que viven en las costas que se describen en el libro, poseen casas suntuosas, tienen criados y parecen dedicarse a la vida ociosa, pintando cuadros, tocando el piano escribiendo cartas… En más de un momento, el mundo presentado por Kay me estaba pareciendo inverosímil: ¿de qué viven estos artistas? En esta distopía, en la que se persigue tanto la creación de arte como su disfrute, ¿se pueden vender los cuadros o las novelas que producen estos artistas y estas personas viven, a pesar de todo, de su arte? En ningún momento del libro el narrador o sus amigos parecen pasar por dificultades económicas, pese a la aparente imposibilidad de dedicarse al que ha de ser su oficio. En algún momento se habla de los «segadores» y se parece identificar (nada es muy claro, en cualquier caso, en este libro) a «ellos» con estos segadores, y por tanto la idea de «revolución proletaria» se me hacía más plausible.

En la novela siempre que los protagonistas hablan de trabajar se refieren a sus creaciones artísticas: «A lo largo de nueve días trabajamos cada cual a su manera, estimulándonos mutuamente con energías renovadas. Fruto de la presión, nuestras obras avanzaban rápidas y con más fuerza.» (pág. 46)

 

En la página 69 se habla de «cupones de suministro», que los artistas perseguidos también están recibiendo. Aquí se insinúa que de un mundo con bandas descontroladas que persiguen a los artistas se ha pasado a una dictadura donde estos mismos artistas son tolerados y subvencionados por el Estado.

«Representamos un peligro. El inconformismo es una enfermedad. Somos posibles fuentes de contagio. Nos ofrecen oportunidades de… –Rick chasqueó ligeramente la lengua–. De integrarnos. El rechazo queda documentado como respuesta hostil.» (pág. 69)

 

En más de un caso, parece que las reglas que rigen el mundo de la novela cambian de un capítulo a otro. Por esto, en el dossier de prensa, que he leído ahora, de nuevo, con más atención que al principio, se habla de «novela en relatos» o de «secuencia de historias asfixiantes». Hay momentos en los que a las personas disidentes se los lleva a unos centros, donde acaban sedados. «La única luz proviene de las pantallas de los televisores, que están siempre encendidos.», cuando el dolor y los sentimientos se evaporan las personas pueden salir de estos centros (a veces se los llaman «torres») y volver a su vida normal, pero vuelven convertidos en cáscaras vacías, en zombis. Aquí se da a entender que la nueva sociedad no solo persigue ya a los artistas, sino a cualquier individuo que siente dolor. De nuevo, no se sabe si estas personas «reeducadas» tienen que trabajar de algún modo económico para conseguir su sustento.

 

También, hacia el final, se comenta que esta nueva sociedad puede tolerar el trabajo en equipo y no el individual. De este modo, los artistas tendrán que asociarse para colaborar, siendo perseguidos aquellos que realizan sus obras de forma individual. Esta idea me ha parecido una crítica directa a la URSS y sus países satélites, con su creación del hombre nuevo, lejos de peligrosos individualismos.

O también, de repente, el amor se ha convertido en antisocial y es perseguido.

También, además de «ellos», hacia el final del libro, se habla de los «excursionistas», personas que no participan directamente en la persecución de disidentes, pero que parecen disfrutar del momento en el que estos son apresados, y acaban generando su propia violencia.

 

Las influencias más claras sobre Ellos sería el 1984 de George Orwell y Fahrenheit 451 de Ray Bradbury.

El estilo del libro es rápido y abundan las frases muy cortas. Por ejemplo, voy a mostrar un párrafo de la página 26: «Miramos el mar. El sol volvía a brillar. Suaves tonos rosáceos ensombrecían las olas, ya en calma. Los espigones adquirieron una nueva dimensión. El embarcadero inacabado tenía un aspecto espléndido, como un objeto prehistórico de inmensa solidez. Era una panorámica imponente.» Estas descripciones suenen hablar de la naturaleza y ser bellas. También la novela es profusa en diálogos entre los numerosos personajes. La narradora nos presenta a multitud de personajes, que entran y salen del foco narrativo, sin demasiada continuidad. Son artistas que se visitan entre ellos, que viajan a Londres, que vuelven a la costa, que se informan, unos a otros, sobre cómo está la situación…

 

Creo que una novela que propone un mundo que, en mayor o menor medida, se aleja del real, bien porque sea una novela fantástica, de terror, una distopía… debe funcionar con unas reglas claras y reconocibles para el lector, para que el mundo creado por el escritor resulte verosímil y reconocible. Cuando esto no ocurre, el lector –como ha sido mi caso– empieza a hacerse preguntas sobre el funcionamiento del mundo que está leyendo y al encontrar fallos en su lógica interna se va a sentir expulsado de la propuesta. Es cierto, también, que sí que he entrado en algunas de sus páginas y la lectura me ha desasosegado, pero el conjunto me ha parecido falto de una articulación novelística real, y quizás este libro no deba leerse como una novela (porque como novela me resulta fallida), sino como ese conjunto de relatos o secuencia de historias del que hablaba el dossier de prensa. Ellos. Secuencias del desasosiego tiene el aire de una pesadilla, el regusto onírico de un mal sueño extraño y sin sentido. Lo cierto es que me acerqué a esta novela con ganas y buena predisposición, pero su lectura me ha decepcionado. Me sabe mal que esta haya tenido que ser mi primera aproximación a Automática Ediciones, que, por cierto, edita de una forma impecable. El libro como objeto es bellísimo y no he detectado ni una sola errata. Volveré con Automática ediciones.