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domingo, 5 de enero de 2020

Novelas completas, por Hebe Uhart


Novelas completas, de Hebe Uhart

Editorial Adriana Hidalgo. 371 páginas. 1ª edición de 2018.

Desde hace unos años, cada vez me estaba encontrando más con el nombre de Hebe Uhart (Moreno, provincia de Buenos Aires, 1936-Buenos Aires, 2018) como una de las figuras destacadas del cuento argentino. Cuando esta autora murió en 2018, la editorial Adriana Hidalgo se propuso sacar sus obras completas en tres volúmenes: Novelas completas, Cuentos completos y Ensayos completos.

El primero en llegar a España, donde la editorial argentina tiene distribución, ha sido el de las Novelas completas. Lo compré en la Librería Juan Rulfo de Moncloa el día en que presenté, junto a su autor, el volumen de cuentos Lejos del champán de Carlos Torrero.

Estas Novelas completas están formadas por las siguientes nouvelles: La elevación de Maruja (1974), Algunos recuerdos (1983), Camilo asciende (1987), Memorias de un pigmeo (1992), Mudanzas (1996) y Señorita (1999). Suelen abarcar entre 40 y 70 páginas.

Los escenarios característicos son las afueras de Buenos Aires o los pueblos de la provincia (sobre todo Moreno y alrededores, que es de donde procede la escritora). Los personajes suelen hablar de Buenos Aires como de una gran urbe que se rige por ritmos y costumbres extrañas para ellos, que se sienten gente sencilla o apartada de la modernidad.

En La elevación de Maruja, Uhart comienza presentándonos a Arturo: «En un barrio de clase media acomodada sin pretensiones, vivía don Arturo, industrial jubilado» (pág. 21). A don Arturo se le acaba de morir su mujer, y unas cuantas páginas más tarde su soledad y rutina se verán asaltadas por la llegada de su ahijada Maruja, una chica que huye de un hogar infeliz. «Cuando cayó en la casa de don Arturo fue por dos motivos: se enteró de que se había muerto su madrina, quería consolar a su padrino y quería vivir en la casa de él un tiempo para seguir estudios de danza» (pág. 27).

Las costumbres y aspiraciones de Maruja chocarán con la vida ordenada de don Arturo.
La novela está contada en tercera persona, pero en momentos puntuales emerge la presencia de una narradora, que se podría identificar con la propia escritora, y que parece contar la historia que su personaje (Maruja) le contó a ella. En este sentido, la narración tiene algo de decimonónica, pero tomando este recurso desde la ironía. En la novela se habla también del pueblo de Navarro, y durante varias páginas Uhart describe las peculiaridades de las gentes de ese pueblo. En gran medida, uno de los temas principales de estas nouvelles es la crítica de costumbres de la clase media o provinciana. Pero en ningún caso se hace desde un punto de vista hiriente, ya que la narradora no se sitúa por encima de sus personajes, sino que los comprende y los acompaña en sus periplos entre la provincia y la capital. También se hace uso de un fino humor, que en muchos casos pasa casi desapercibido, pero que adereza las narraciones con un aire de broma continua. Además, las costumbres que Uhart critica aquí, o con las que juega de modo burlesco, a menudo son tan extrañas o surrealistas que, en ocasiones, parece que los postulados de sus novelas se acercan a los de la «novela del absurdo». En algunas reseñas recientes he hablado de un género muy practicado por los argentinos y que se ha bautizado como «neofantástico». En apariencia, en la narración no se rompen las reglas de la realidad (no hay fantasmas, nadie vuela, etc.), pero las acciones de los personajes ante una realidad inusual parecen regirse por una lógica propia. Estoy pensando en algunos de los cuentos de Federico Falco o en algunas páginas de César Aira. Así, por ejemplo, Maruja y su pareja tienen la oportunidad de viajar a París; ésta es la descripción que hace Uhart de la impresión que esta ciudad causa en Maruja: «Lo primero que llamó la atención de Maruja en París fue la cantidad de gente con perros: una vez en la misma cuadra vio tres, dos hombres y una mujer. Todos esos perros estaban haciendo pis casi al mismo tiempo, pero sus dueños no atendían a esa función: cada dueño permanecía erguido y reservado, como sumido en pensamientos muy privados e importantes» (pág. 41). En el párrafo anterior se puede percibir la peculiar mirada de Hebe Uhart sobre el mundo que describe y su fino sentido del humor.

Los personajes de Hebe Uhart quieren «elevarse», como ya anuncia el título de esta primera nouvelle; es decir, pretenden trascender su entorno y su condición social y tener opiniones y actitudes más sofisticadas sobre el mundo que les rodea. Esto se verá de forma muy clara en Algunos recuerdos, la segunda narración. Aquí parece que Uhart usa su memoria para construir su propia historia de niña de provincia, y habla del mundo de las relaciones familiares en la infancia. Pero en cualquier caso –como he leído en algunos análisis sobre la obra de esta autora– no podemos hablar de obras autobiográficas, porque Uhart retuerce y modifica sus recuerdos hasta convertirlos en ficción. En Algunos recuerdos aparece, por primera vez, la figura de «la tía loca», que llama poderosamente la atención de la niña (esta nouvelle está contada desde el punto de vista de una niña que observa el mundo de los adultos) por su capacidad de romper las normas del mundo de los mayores. Este motivo de «la tía loca» volverá a aparecer en alguna de las nouvelles de este volumen: se trata de un personaje que está basado en un familiar real de la autora. «¿Cómo puede ser que una chica tan grande, de dieciocho años, quede tan fascinada delante de un frasco de caramelos?», se pregunta la niña Luisa (protagonista de esta narración), al mirar a otra chica que ya tiene citas con chicos, en la página 78, y este interrogante nos da, en gran medida, el tono de la nouvelle. Cuando Luisa crezca, la fascinación por la «tía loca» se transformará en cautela, porque se da cuenta de que le avergonzaría presentársela a un chico con el que ha empezado a salir. Y en este ocultamiento, en esta vergüenza, en este «guardar las apariencias» reside en gran medida la clave del mundo adulto, y de la crítica de costumbres que lleva a cabo Uhart en sus obras.

Después de las nouvelles anteriores, Camilo asciende me ha parecido inferior a lo ya leído y, hasta cierto punto, he tenido la sensación de que no me aportaba ideas nuevas con respecto a las de las obras anteriores. Una familia del pequeño pueblo de Paso del Rey deseará trasladarse a Moreno, un pueblo cercano más grande. Veremos aquí el contraste entre los inmigrantes italianos recién llegados a América y los ya asentados. De nuevo, el deseo de «elevarse» o aparentar será el motor de la historia. Los personajes parecen situarse en el mundo a través de la mirada de los demás sobre ellos, nos dice aquí Uhart, y esto es tan patético que no deja de ser cómico.

El libro alza de nuevo el vuelo en Memorias de un pigmeo, que quizás sea la narración más original del volumen. En un pueblo indeterminado, situado en África, o bien en una África imaginaria y no realista, unos misioneros se dan cuenta de que Udo es un niño con talento para el estudio y consiguen apartarle de su tribu y llevarle a la ciudad para que pueda estudiar y formarse. El choque cultural será fuerte para Udo. De nuevo, tenemos aquí el humor para realizar la crítica de costumbres, pero en esta narración la evolución vital del personaje eleva la nouvelle y la hace más trascendente. Creo que Memorias de un pigmeo es la narración que más me ha gustado de las seis recogidas aquí.

Mudanzas es una narración muy parecida a Camilo asciende, que también contiene elementos de Algunos recuerdos. Esta nouvelle no despertó en mí el mismo interés, porque de nuevo tenía la sensación de repetición de ideas narrativas. Aunque compruebo ahora que miro mis anotaciones que en esta narración se emplea –más que en otras– el recurso de la frase hecha con intención crítica y cómica.

En Señorita, sexta y última nouvelle, parece que Hebe Uhart vuelve a usar sus recuerdos de infancia y adolescencia para escribir. Si bien en Algunos recuerdos el punto de vista era el de una niña, ahora parece ser el de una persona adulta que recuerda su pasado. Vuelven a repetirse anécdotas, como la lectura de los diarios de León Bloy. En Señorita se le cuenta al lector, por primera vez, que la narradora ha empezado a escribir cuentos: esto ha hecho que el texto cobrara más interés para mí.

Como conclusión diré que de las seis nouvelles he disfrutado realmente con tres: La elevación de Maruja, Algunos recuerdos y Memorias de un pigmeo. En las otras tres (Camilo asciende, Mudanzas y Señorita) notaba que me hablaban de sucesos y temas narrativos que la autora ya me había contado –de un modo mejor– en otras páginas. Tengo además la sensación de haberme equivocado al acercarme a la obra de Hebe Uhart, una autora reconocida sobre todo por sus cuentos. Debería haber empezado por sus Cuentos completos que, por lo que he leído, son la parte principal de su obra y el espacio donde Uhart ofrece todo su talento narrativo. De hecho, tengo la impresión de que el impulso narrativo de Uhart, su distancia natural, es el cuento, y que estas nouvelles, en gran medida, son cuentos que se le hicieron largos, que no estaban planificados como novelas. No sé si será pronto, pero he decidido leer los Cuentos completos de Hebe Uhart. Ya hablaré de ellos.

domingo, 15 de noviembre de 2015

La huella del crimen, por Raúl Waleis

Editorial Adriana Hidalgo. 313 páginas. 1ª edición de 1877, ésta es de 2009.
Edición, notas y posfacio de Román Setton

En la Feria del Libro de 2013, me acerqué con mi amigo Federico Guzmán Rubio hasta la caseta de la editorial Adriana Hidalgo, allí hablamos con el editor Fabián Lebenglik y el representante de la editorial en España. Ese día acabé comprando los libros Trasfondo de Patricia Ratto –que comenté en el blog hace tiempo- y este titulado La huella del crimen del argentino Raúl Waleis (seudónimo de Luis V. Valera, Montevideo 1845 -  Buenos Aires, 1911). La faja roja de La huella del crimen me convenció para comprarlo: “La primera novela negra publicada en español”. Lo cierto es que yo no soy un gran aficionado a la novela negra, aunque sí que he leído a algunos de sus autores clásicos (Arthur Conan Doyle, G. K. Chesterton, Wilkie Collins, Dashiell Hammett o Raymond Chandler) y me gustaría volver con el género. En cualquier caso, aquella llamada era poderosa: “La primera novela negra escrita en español”.

Me he puesto al fin con el libro dos años después de haberlo comprado, este verano de 2015.
La huella del crimen se publicó primero en forma de folletín en el diario La Tribuna de Buenos Aires, y el mismo año (1877) apareció en forma de libro. En 1974 Fermín Fèvre la cita en su estudio Cuentos policiales argentinos, pero el libro, pese a su gran valor histórico, no había sido nunca reeditado hasta que decide hacerlo Adriana Hidalgo en 2009.

Se apunta en el prólogo que el gran modelo que sigue Raúl Waleis para escribir La huella del crimen son las novelas francesas en forma de folletín de Émile Gaboriau y que también se puede detectar la influencia de Edgar Allan Poe. Debemos recordar que la primera aparición en la escena literaria del Sherlock Holmes de Arthur Conan Doyle se produce en 1887, una década después de la novela de Waleis.

Raúl Waleis era jurista y legislador, además de escritor de novelas (hasta con dos seudónimos además de su nombre), de poesía, de obras de teatro y textos jurídicos.

Antes de comenzar la novela se incluye un prólogo muy significativo del autor dirigido al editor y a los lectores. En él afirma, entre otras cosas, lo siguiente:
“Ha muerto últimamente en Francia Monsieur Émile Gaboriau.”
“Declárome uno de sus discípulos.”
“El derecho es que beberé mis argumentos.”
 “Julio Verne ha popularizado las ciencias físico-naturales con sus novelas. Yo trato de popularizar el derecho con mis romances, sin pretender para estos la gloria inmensa de aquellas.”
“Trato de herir la imaginación de la mujer, presentando a sus ojos cuadros que la instruyan.”

En el prólogo podemos ver cómo Waleis considera que su público es femenino, y aunque en una primera instancia esto nos puede parecer condescendiente (es la mujer y no el hombre quien necesita que le instruyan), lo cierto es que Waleis acaba haciendo un alegato en contra de las leyes matrimoniales que perjudican a las mujeres y pidiendo su cambio, lo que hace que su texto (paradójicamente) sea más moderno de lo que parece.

Waleis sitúa la acción de la novela en París. Una mañana de 1873, dos aldeanos atraviesan el Bosque de Boulogne, se encuentran allí un cuerpo degollado y uno de ellos es prendido como posible autor del crimen. En la comisaría, este aldeano tiene la suerte de dar con el comisario de policía Andrés L´Archiduc, quien tras interrogarle se convence de su inocencia y le promete que resolverá el misterio. Aplicando su perspicaz inteligencia, además de recoger pistas a pie de asesinato, L´Archiduc irá desenredando la madeja del que parece ser un crimen pasional en que se verá implicada la nobleza parisina.

Como autor del siglo XIX, Waleis narra con autoconciencia de narrador y en más de una ocasión se dirige al lector: “El agente refirió fielmente cuanto los lectores conocen.” (pág. 35) o “L´Archiduc refirió allí al juez, con todos sus detalles, cuanto el lector sabe.” (pág. 157)

L´Archiduc es un policía racionalista, capaz de deducir muchos hechos simplemente pensando y haciendo deducciones lógicas, pero también es capaz de subirse a la parte trasera de un carruaje para escuchar una conversación entre sospechosos o enfrentarse cuerpo a cuerpo con el posible asesino. En este sentido me ha gustado una reflexión de Román Setton en el posfacio cuando habla de la evolución del relato policial: “En la novela policial clásica, el detective batalla en forma privada con el caso, mientras que aquí se enfrenta cuerpo a cuerpo con el criminal: el clímax de la persecución en La huella. (…) Así en contraste con la novela-problema, cuya estructura se vuelve alegoría, las novelas policiacas de Waleis prefiguran el policía de Chandler o Hammett al proporcionar una imagen de la sociedad en su contenido, y no sólo a nivel estructural.” (pág. 289)

La novela es profusa en diálogos y frases cortas, separadas por puntos y aparte. Esto hace que se lea muy rápido.

En más de una ocasión los planteamientos narrativos resultan un tanto inocentes: el policía L´Archiduc ha de explicarle de forma didáctica cómo hace sus deducciones al juez (que en más de un caso parece un personaje poco lúcido), con la clara intención de que el lector pueda seguirlos. La perspicacia del policía lleva al juez a hacer en voz alta apreciaciones como las siguientes: “¡Es indudable! ¡Tenéis razón! Mr. L´Archiduc, ¡sois un gran hombre!” (pág. 50). Este esquema (que en realidad es el mismo, aunque más sutil, que luego seguirá Conan Doyle con su binomio Holmes-Watson) se repite en el capítulo IV, cuando dos médicos forenses están alzando el cadáver y el mayor se dedica a instruir al más joven (y de paso al lector) sobre la técnicas forenses.

No podemos olvidar, tampoco, que La huella del crimen es un folletín y por tanto nos vamos a encontrar aquí con honores mancillados, nobles que caen en desgracia y cuyo honor debería ser rehabilitado… y lo más llamativo: unas casualidades tremebundas, que hacen tambalear los cimientos de cualquier verosimilitud narrativa. Pero lo cierto es que como uno se ha adentrado en estas páginas avisado de lo que va a leer, todo esto acaba resultando divertido. Recuerdo ahora unas palabras de César Aira, gran lector (y renovador de forma irónica) de los folletines del siglo XIX: “Era una novela tan mala que era buenísima.” La huella del crimen está escrita en serio, pero si uno la lee de un modo irónico acaba siendo una novela divertida. Y lo cierto es que tiene pasajes entretenidos: persecuciones, pesquisas en diversas ciudades de Francia, intriga por saber quién es el asesino, cuál es su móvil o cómo ha llevado a cabo el crimen…

Como apuntaba al principio, y aquí sí que existe un tema muy serio, aunque según el prólogo la intención de Waleis es la de instruir a las mujeres y esto podía parecernos condescendiente, acaba siendo un alegato a favor de la mujer y en contra de su discriminación jurídica. La huella del crimen describe al fin y al cabo un crimen machista, un crimen de violencia de género y en esto no puede estar más (trágicamente) de actualidad. El juez (ése que parecía que no se enteraba de nada) acaba diciendo: “No podéis exigir que cuando tratáis a la mujer como cosa en los actos de la vida ordinaria, se le aplique el castigo como persona cuando delinque.”
“Abrid el libro de vuestras leyes civiles. La mujer no tiene derecho que ejercer sin la venia de su esposo. La madre no tiene patria potestad sobre sus hijos. La viuda no administra los bienes de la sociedad conyugal. Os entregan una mujer por compañera, y la ley la hace casi vuestra sierva. Está obligada a obedeceros y a seguiros. Vos sois el amo. Ella la esclava.” (pág. 260-261)

En definitiva, aunque muchos de los planteamientos narrativos de La huella del crimen, en cuanto folletín, estén un tanto anticuados, el tema de fondo que trata (la violencia machista y su tratamiento jurídico) es de plena actualidad; y esta novela (lo que no es ningún punto menor) tiene el privilegio de ser la primera novela policiaca escrita en español. Una novela que cualquier aficionado al género policial –que está ahora tan de moda- debería leer aunque sólo fuese por cultura popular o afán completista.
Por si a alguien le interesa: existe una segunda parte de esta novela, también publicada por Adriana Hidalgo, llamada Clemencia.

domingo, 17 de noviembre de 2013

Trasfondo, por Patricia Ratto

Editorial Adriana Hidalgo. 143 páginas. Primera edición de 2012.

En la Feria del Libro de Madrid de este año, paseaba una tarde por el Retiro con mi amigo el escritor Federico Guzmán Rubio. Éste me propuso que nos acercáramos a la caseta de la editorial argentina Adriana Hidalgo para presentarme al representante de la editorial en España, que es su amigo. Una vez allí, charlamos un rato con el editor, Fabian Lebenglik, que nos estuvo recomendando algunos de sus libros. Yo acabé comprando éste, titulado Trasfondo, de Patricia Ratto (Tandil, Argentina) y La huella del crimen de Raúl Waleis, publicada en 1877, que es la primera novela policiaca en español. Las palabras de Lebenglik sobre Trasfondo lograron convencerme, y además ya había leído una buena crítica sobre esta novela en El Cultural de El mundo, firmada por Ernesto Calabuig, de quien suelo fiarme.

Hace unas semanas recibí un correo de la editorial Adriana Hidalgo en el que me invitaba a la presentación en Madrid de la novela Trasfondo, que tendría lugar en la librería Tipos Infames de Malasaña. Lógicamente, la editorial no había traído a Patricia Ratto expresamente desde Argentina para presentar su libro en Madrid, presentación a la que acudimos unas veinte personas, sino que ella estaba en España de vacaciones y la editorial le pidió que, aprovechando la ocasión, realizase una presentación de su novela.
Acudí esa tarde a Tipos Infames con Federico Guzmán (quien ya había leído Trasfondo y le había gustado). Fue agradable estar allí, poder escuchar a Ratto (presentada por Calabuig) hablar de cómo se interesó por esta historia al escuchar a un veterano de la guerra de Las Malvinas relatar su experiencia, y cómo se puso en contacto con los marineros de un submarino que participó en esa guerra, quienes decidieron entrevistarse con ella a pesar de las recomendaciones negativas de la Armada argentina (la historia no era de la Armada, era suya, alegaban los marineros); cómo Ratto tuvo que vencer la resistencia de los marineros cuando sabían que quería escribir una novela sobre su experiencia y no una crónica periodística, y cómo era la acogida de un libro de guerra escrito por una mujer.

Fotos de la presentación:

Patrica Ratto, Ernesto Calabuig y Fabian Lebenglik

Federico y yo con expresión de "muy interesados"


En Trasfondo, Patricia Ratto novela un episodio real de la guerra de Las Malvinas: la historia de treinta y cinco hombres que estuvieron en un submarino treinta y nueve días de patrulla por el Atlántico Sur encontrándose con barcos y aviones del ejército inglés. Cuando regresaron a puerto, con la guerra perdida, nadie les esperaba para festejarles: “Se me ocurre que quizá lo mejor hubiera sido estallar en mil pedazos y no volver, así seríamos víctimas o héroes, no esta evidencia viva de lo que no funciona, de lo que está mal, del fracaso”, apunta el narrador en la página 136.

En la página 8 el narrador intuye que va a pasar algo fuera de lo normal cuando descubre que sus compañeros están limpiando el submarino de moluscos incrustados en el casco: “Estilo argentino, agrega, buzos con snorkel, chapa y a raspar, a mano nomás, y a pulmón”, esto le dice uno de los personaje a otro, y posiblemente en estas palabras, “estilo argentino”, a la vez irónicas y resignadas, se encuentra condensado el tono de la novela, en realidad más resignada que irónica. Esta es la historia de unos hombres enviados a una guerra que, a todas luces, no pueden ganar, con un submarino en el que no funciona el lanzamiento de torpedos, y que en más de una ocasión parece un ataúd bajo el agua. Hay una serie de detalles que contribuyen a una sensación claustrofóbica: los marineros no deben hacer ruido, porque los barcos o los otros submarinos pueden detectarles; además, en más de una ocasión el submarino no puede subir con facilidad a la superficie a repostar aire y éste va acabándose. “Cuarenta centímetros hasta el techo, y después, toneladas de agua helada, toneladas de océano sobre mi cabeza, sobre las cabezas de los otros”, señala el narrador en la página 23.

Es notable el trabajo de investigación que ha llevado a cabo Patricia Ratto para poder describir la vida dentro de un submarino. Solo documentándose se pueden escribir párrafos con detalles tan técnicos como estos: “Una gota me cae de pronto en medio de la cabeza desde un manifold superior: hasta nuestra respiración se condesa y nos llueve encima” (pág. 31); “Estamos metidos en una napa, una burbuja de agua más fría que el agua ya bastante fría en que veníamos navegando; se han detenido las máquinas y el submarino deriva suavemente, sigue la corriente, con nosotros adentro, y así se vuelve indetectable, los sonidos rebotan en la barrera térmica de la napa y es como si no existiera, como si se hubiera vuelto de pronto agua, todo agua: el barco, nosotros, los objetos, el tiempo, sólo agua en el agua” (pág. 42).

Uno de los grandes puntales de la novela es la elección de la voz narrativa: un marinero innominado nos describe a sus compañeros, quienes nunca fijan la vista en él ni le dirigen la palabra. El narrador describe lo que le rodea de forma aséptica, sin énfasis; y al principio esta distancia –o frialdad– resulta extraña, poco usual en una novela de guerra. Sin embargo, la tensión se va filtrando casi de forma inconsciente en las páginas descritas; y al final se produce un desdoblamiento en el lector: por un lado quiere saber qué va a ocurrir con esos marineros atrapados en el tubo del submarino (a pesar de que ya sabe que regresan a puerto) y quién es el narrador, o al menos dónde está el punto de fuga del narrador, ya que se percibe algo inquietante o inhumano en la distancia de la voz narrativa. Prefiero no desvelar nada más de este tema, porque hacerlo podría arruinar la lectura. “Todo barco guarda un enigma”, se apunta en la página 129, y vamos a dejarlo ahí.

Me gustó estar en la presentación del libro porque, al leerlo unas semanas después, pude darme cuenta de algunos de los trucos compositivos del mismo: en el libro se describen unos sueños que tiene el narrador, en ellos ve a sus compañeros en tierra. La vida que se describe en los sueños es el destino que aguardaba a los marineros reales con los que Ratto se ha entrevistado, y por lo tanto esos sueños resultan anticipaciones del futuro.

Sobre la guerra de Las Malvinas leí, hace ya bastantes años, Los Pichiciegos de Fogwill, y recuerdo que en su momento me pareció una narración fría: no había en ella ningún personaje con el que sentirse identificado. Trasfondo puede resultar también una novela un poco fría, pero al ir avanzando por sus páginas se siente la claustrofobia real de la situación y uno llega a tener muy presentes a los marineros principales sobre los que el narrador posa su mirada. Una vez finalizado el libro, una vez descubierto quién es el narrador, la emoción o la compasión por él aflorarán en el lector.

La propia autora apuntó en la presentación que podría haber escrito una novela de 500 páginas, pero decidió escribir una corta. Quizás me habría gustado leer esa novela de 500 páginas y saber más de la vida de los personajes, pero desde luego esta novela corta –escrita con un esmero cuidadoso– es profundamente literaria, con un interesante guiño: el narrador lee un libro que el lector avezado identificará como La guarida de Franz Kafka, y se establecerá una conexión entre el animal que cava túneles en el relato de Kafka y el narrador.
Ratto consigue trasladarnos a un escenario poco usual, y desde este lugar esquinado nos habla del drama que fue la guerra de Las Malvinas para la nación argentina.


A mí, que me gusta tanto la literatura argentina, este libro me hizo disfrutar. Además es de celebrar que una editorial tan literaria como la argentina Adriana Hidalgo distribuya sus libros ahora en España.

domingo, 23 de diciembre de 2012

Sombras, nada más..., por Antonio Di Benedetto


Editorial Adriana Hidalgo. 305 páginas. 1ª edición de 1985, esta de 2008.

En abril de este año recibí un correo electrónico de un señor que se presentaba como Mauricio Runno, periodista y escritor residente en Mendoza (Argentina), y que estaba organizando en esta ciudad un homenaje a Antonio Di Benedetto (Mendoza, 1922-Buenos Aires, 1986), para noviembre, momento en que se cumplirían 90 años desde su nacimiento. Mauricio Runno había encontrado en internet las tres entradas que yo le había dedicado en el blog a este autor y me preguntaba si me apetecía participar en el homenaje dando mi visión sobre la obra de Di Benedetto vía streaming. Yo le dije que sí, aunque pensando que tendría que averiguar cómo se usaba el programa skipe, lo que me producía una pequeña tensión (nota personal: si la tecnología te estresa es que te estás haciendo mayor).
Quería para ese momento leer los Cuentos completos de Di Benedetto y alguna novela más; pero me pasó lo mismo que a los malos estudiantes: la fecha parecía muy lejana y lo fui dejando, hasta finales de octubre que me puse con Sombras, nada más, la última de las novelas de este autor.
No había, en realidad, problema: a finales de octubre también escribí a Mauricio Runno para preguntarle cómo iba la organización del evento, y me comunicó que la municipalidad de Mendoza había recortado los fondos públicos para cultura y el homenaje a Di Benedetto en su ciudad por el 90 aniversario de su nacimiento se había cancelado. Que se caiga por falta de presupuesto un proyecto en el que ibas a participar gratis creo que define el futuro que hemos de aguardar para la cultura, o al menos para la cultura literaria.

Como ya he contado en el blog compré Sombras, nada más en La Central de Callao el día de su inauguración. La había visto por primera vez en la Casa del Libro de Gran Vía, en verano, antes del viaje a San Francisco, y decidí posponer su compra a la vuelta de este viaje, pensando que un libro de Di Benedetto impreso en el barrio bonaerense de Avellaneda y traído hasta la Gran Vía de Madrid sólo me interesaba a mí y que iba a durar años, si no lo compraba yo, en los anaqueles de la Casa del Libro. Pero afortunadamente me equivoqué: si la persona que compró ese ejemplar lee esto (al final somos cuatro los que nos interesamos por estas cosas), por favor que me deje un comentario en esa entrada y que me lo cuente (me haría ilusión).

Sombras, nada más fue publicada en 1985, poco antes de la muerte del autor, y aquel año recibió el premio Boris Vian, uno de los más prestigiosos del campo literario argentino, como leo en la contraportada del libro.

El protagonista es Emanuel, un maduro periodista argentino que al comienzo de la novela está dejando Madrid para irse a vivir a una isla norteamericana del Atlántico (como leemos en la contraportada del libro), y que, en la página 296 (a 9 páginas de la última), se dice que es New Hampshire, donde hay una colonia para artistas, presumiblemente becados.

En una pequeña introducción al libro, Di Benedetto nos advierte: “La palabra sombras vale tanto como sueños”; “Los delirios oníricos en estas páginas se producen en tres épocas y en sitios bien diferentes”; “El autor ha cuidado, poco menos que unánimemente, que todo el texto guarde la fisonomía o un perfil de los sueños, como la incoherencia y los episodios de aparición repentina sin solución ni epílogo propio” (pág. 5).
En la Colonia de New Hampshire, Emanuel evoca o sueña con su pasado –las diferencias entre evocar o soñar se borran en el texto–, y el tema principal de la novela se convierte en una reflexión desencantada sobre la profesión del periodismo, a la que Emanuel llega con una fuerte vocación pero sin formación de ningún tipo: “No lo indico para alentaros, muchachos, sino para que os deis cuenta del tamaño de nuestra profesión y que así nomás es, cosecha su gente entre los que saben escribir porque son escritores natos o porque han cursado Letras. Por eso la bohemia –añade como conclusión don Federico– y por eso el acostumbramiento a la pobreza” (pág. 30).

Emanuel sueña o evoca una visita a unos pobres pueblos laguneros de la sierra, y el joven periodista empezará a comprender que ser honesto y ecuánime en la profesión que ha elegido no es tarea fácil.
En la segunda mitad del libro un Emanuel maduro, pero todavía vigoroso, ha conseguido ascender puestos en el periódico donde trabaja y situarse a la diestra de los patronos. Ya su deseo no es hacer justicia para los más necesitados sino contratar a jóvenes periodistas femeninas con las que poder acostarse amparado por el poder que le otorga su puesto, mientras esquiva a la desconfiada de su mujer.

Voy a hacer hincapié ahora en las últimas palabras que antes copié del prólogo: “Episodios de aparición repentina sin solución ni epílogo propio”.
Las escenas descritas en Sombras, nada más se suceden eludiendo el orden lógico compositivo (la consecución de secuencias movidas por una relación de causa-efecto) que yo como lector esperaba de una novela. Por ejemplo, al llegar a la Colonia, Emanuel se fija en una atractiva mujer a la que llama Caperucita, después comienza la evocación de su pasado y ese camino narrativo, la conquista de Caperucita, queda sin continuidad.
Los personajes aparecen en la novela, se van en cualquier momento, y aparece otro de la nada que deja al anterior en una nueva vía muerta narrativa, y así sucesivamente.

La sensación de sueño o sombra que quería crear Di Benedetto se acaba convirtiendo en una barrera frente a las expectativas del lector, o al menos de mis expectativas como lector. Yo también conozco a personas en mi vida que salen de ella sin continuidad, pero uno espera algo diferente de una novela, espera –me percato ahora que me obligo a reflexionar sobre lo leído– un orden dentro del caos, una coherencia compositiva en la que las escenas expuestas lleguen a resolverse, no escenas que no sabemos de dónde vienen ni cómo continúan. Porque el riesgo de escribir una novela así es que el lector avance a través de ella sin acompañar realmente a los personajes, sintiendo la lectura como un camino gélido y desdibujado, incómodo. A menudo volvía hacia atrás pensando que me había perdido algo de información, y a veces era así, no había prestado suficiente interés a una línea, y a veces no, a veces ese personaje había aparecido y la relación de él con Emanuel era un sobreentendido del libro.

Leemos también en la contraportada: “Experiencia real y ficción se entrecruzan; autor, personaje y narrador se contaminan y por momentos se fusionan”. Esto ocurre una vez en el libro, en las páginas 50-51 se abandona por un momento la narración en tercera persona y se pasa a la primera: “Ahora soy el simio colgado del árbol, con una agitación interior que por su resonancia parece que zumba” (pág. 50); “Señor, yo no querría enredarlo en estas situaciones de mi historia, sí, pase con el libro, ya que lo tiene en las manos, pero no con mis fantasmas. No entiendo por fantasmas una aparición que ondea en un velo, no digo que sea un fantasma un cadáver con la nariz roída, digo fantasma sin poder indicarle de qué se trata, nos entenderemos si usted lo ha sentido alguna vez. Le explico lo que yo siento como algo físico que está ante mí y es invisible, gravita, veo una sombra, la sombra de qué, porque todo es sombra, digamos es noche cerrada” (pág. 51); y este juego entre la tercera persona y la primera, entre narrador y personaje, en realidad no vuelve a repetirse: de nuevo tenemos aquí otro camino abandonado.

En Sombras, nada más hay momentos brillantes, sin duda; destacaría la relación del Emanuel maduro con el atormentado joven Maldonor, un personaje de marcado carácter dostoievskiano.
Y el lenguaje es nítido y preciso, hermoso. Pero la propia esencia del tipo de escritura que Di Benedetto elige para desarrollar esta novela hace que su lectura se me haya hecho menos atractiva que los libros ya leídos de él: Zama, El silenciero y Los suicidas, la llamada Trilogía de la espera. Así que volveré a recomendar estos libros, publicados recientemente en España en un volumen por la editorial El Aleph, y sobre todo Zama, una auténtica obra maestra.

domingo, 6 de marzo de 2011

Los suicidas, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 196 páginas. 1ª edición de 1969, ésta de 1999.

Si en El silenciero nos encontrábamos con un narrador obsesionado por el ruido, en esta novela de Di Benedetto, Los suicidas -que según Juan José Saer cerraría una especie de trilogía, comenzada con Zama y seguida por El silenciero, en función de su unidad estilística y temática-, nos hallamos ante un narrador obsesionado con la muerte, en su variante del suicidio.

“Mi padre se quitó la vida un viernes por la tarde.
Tenía 33 años.
El cuarto viernes del mes próximo yo tendré la misma edad”.
Con estas tres frases breves y contundentes arranca la novela. Palabras a las que llegamos tras pasar la página en la que está situada una cita de Albert Camus: “Todos los hombres sanos han pensado en su suicidio alguna vez”.

El narrador trabaja como reportero en una agencia de noticias y recibe de su jefe el encargo de investigar las causas que han llevado a dos suicidas a tomar esta decisión.
Los suicidas está compuesta, hasta cierto punto, como una novela policiaca. Existe la investigación de unas muertes, aunque los asesinos son claros, desconocemos los motivos; el personaje se muestra esquivo, solitario, apartado de los otros; y además se va relacionando con varias mujeres, siempre desde un punto de vista cínico y desapegado. Y, siguiendo las pautas de la novela negra, los misterios, lejos de desentrañarse, nos conducirán a otros mayores, hablándonos por el camino de las contradicciones o zonas oscuras de una sociedad (posiblemente la bonaerense de la década del 60 del siglo XX) y de los rincones turbias del propio personaje, obsesionado con el suicidio del padre y la posibilidad de que esta “enfermedad” sea hereditaria. El abuelo del narrador, como se nos cuenta en la página 45, llevó a decirle en el pasado, cuando era un niño: “Doce, doce suicidas hubo ya entre los nuestros”, “con mi padre, que todavía no entraba en la cuenta de mi abuelo, los suicidas suman 13”.

Si Di Benedetto nos hablaba en Zama de “El horror. El horror del absurdo que nos atrapa”, en El silenciero apuntaba: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, en Los suicidas nos dice: “la cuestión no es por qué me mataré, sino por qué no matarme” (página 52), completando una visión negativa, o existencialista -muy al gusto de la época en que fueron escritas-, del hombre.

En El silenciero el protagonista deseaba aislarse del exterior mediante la escritura de una novela, tarea siempre imposible, y, paralelamente, en Los suicidas el narrador se refugia de la realidad en el cine, “Me voy al mundo sobrenatural del cine” (pág. 99), como si los personajes de Di Benedetto siempre tuvieran que encontrar cobijo frente a las amenazas externas.

La novela avanza, claustrofóbica, en medio de llamadas para investigar nuevos casos de suicidio; entre notas sobre el distinto punto de vista de las religiones, palabras de filósofos sobre el tema; mientras la idea del suicidio va haciendo mella en el protagonista según se acerca a la fecha en la que su edad igualará a la del día de la muerte de su padre, el suicida.

“Yo opino que el tema de la muerte es un tema prohibido”, le dice el narrador a su jefe en la página 131 cuando éste le avisa de que seguramente no encuentren compradores para el reportaje que están llevando a cabo.

Me ha parecido valiente esta narración de Di Benedetto en torno a un tema tabú, con un trasfondo muy existencialista.

Una vez terminada la trilogía formada por Zama, El silenciero, y Los suicidas, opino que Zama es la mejor novela de las tres, pero que, como dice Juan José Saer, el conjunto es realmente notable y el rescate llevado a cabo en Argentina por Adriana Hidalgo editora muy pertinente.
Estos libros pueden encontrarse en España, ya que Adriana Hidalgo tiene distribución aquí. La pena es que no llegan a ser reseñados en los suplementos culturales y puede pasar desapercibido el rescate de una obra de gran calidad, que ya fue lanzada en los 70 en España por Alfaguara.

domingo, 27 de febrero de 2011

El silenciero, por Antonio Di Benedetto

Editorial Adriana Hidalgo. 192 páginas. 1ª edición de 1964, ésta de 2007.

En los Cuentos completos (textos originales) de Franz Kafka, publicado por la editorial Valdemar con traducción de Rafael Hernández Arias, encontramos varias composiciones con el tema del ruido como generador de angustias.
Existe un texto corto de Kafka –apenas media página- titulado El gran ruido (1911), donde escribe: “Estoy sentado en mi habitación, en el cuartel general del ruido de toda la casa”. Pero sobre todo, el tema del ruido como interrupción, como locura, lo desarrolla Kafka en un texto sin título, al que en la edición de Valdemar llaman Blumfeld, un soltero de cierta edad…(1915), 15 páginas abandonadas, quizás el comienzo de una novela, donde el escritor de Praga nos habla de Blumfeld, un hombre que no adquiere un perro por los ruidos y las molestias que le puede ocasionar y que decide vivir sólo, buscando la limpieza y el silencio. Blumfeld llega a su casa, pensando en el perro que pudo tener y no tiene, y ocurre lo siguiente: “le llamó la atención un ruido procedente del interior. Un ruido peculiar, como un tableteo, sin embargo muy vivaz, muy regular. (…) Abrió rápidamente la puerta y encendió la luz. No estaba preparado para esa visión. Dos pequeñas pelotas de celuloide, de color blanco y con rayas azules, botaban en el parqué una al lado de la otra; mientras una tocaba el suelo, la otra estaba en el aire e, incansables, continuaban el juego”. Las pelotas, su ruido, comienzan a perseguirle por toda la casa. Cuando se sienta en una silla ellas se sitúan detrás, las trata de ignorar, las persigue… y 20 páginas después (en la versión de Valdemar) Kafka abandona un texto que podría haber sido una de sus grandes novelas.

El silenciero es una novela de Di Benedetto más kafkiana que Zama, y en ella se nos propone también el ruido como locura, como imposibilidad de enfrentarse a la vida.
El narrador sin nombre de El silenciero, cuya acción se sitúa, como dice Benedetto “en alguna ciudad de América Latina, a partir de la posguerra tardía (el año 50 y su después resultan admisibles)", comienza hablándonos de un pequeño problema doméstico: desde el patio, llega a su casa un ruido, “Yo abro la cancel y encuentro el ruido” (página13 y segunda frase de la novela). El ruido exaspera al narrador, que tiene 25 años y un trabajo de tarde en una oficina, pero durante el comienzo de la novela este hecho no rebasa el orden cotidiano de la narración. Durante la primera parte del libro, el narrador nos habla de su amigo Besarión, compañero de trabajo, de su amor en la distancia por una vecina, Leila, y de su relación con una amiga de ésta, Nina, así como de su madre y del trabajo en la oficina.
El narrador tiene en mente escribir una novela titulada “El techo”, pero el ruido siempre estará ahí para interrumpirle, para desbaratar sus planes y su mente.

El ruido, en más de una referencia en la novela, se une a la idea de progreso. “Lo que entra allí es progreso, pero no está donde tendría que estar, porque todo, alrededor, se halla habitado, y la gente no puede ni dormir, ni comer, ni leer, ni hablar en medio del desorden de los sonidos” (pág. 52).

El ruido empieza a descomponer la posible normalidad en torno al narrador, en torno a su aburrimiento de clase baja-media: su amigo Besarión, posiblemente loco, obsesionado con organizaciones secretas; su relación con Nina, la amiga de la chica del la que se ha enamorado, y que acabará siendo su esposa; la relación con su madre…
En la página 102 el narrador llega a preguntarse: “¿cómo pueden ignorar lo esencial, que el error se halla incorporado a la raíz del hombre?”, frase que podría haber pronunciando también Zama, en la novela anterior, dos siglos antes, y que parece una síntesis de las reflexiones de Benedetto sobre la existencia.
La Ley, como en las novelas de Kafka, no parece poder ayudar al protagonista. La Ley de los hombres sólo conseguirá que se enfrente a los otros, a sus ruidos, sin posibilidad de victoria, o sólo alcanzando victorias temporales, insuficientes.

El ruido asedia al narrador: abren un taller mecánico cerca de su casa, y cuando se cambie de vivienda, se irá topando con salas de baile, con mercados, con radios; incluso, durante unas vacaciones en el campo, con los ruidos primitivos de la herrería del pueblo…

En la segunda parte del libro ya no hay tregua, el ruido domina la vida del narrador, cada vez más alejado de la normalidad, de los otros, hasta su aislamiento total… Su amigo Besarión llegará a decirle: "Usted oye ruidos metafísicos" (pág. 175)

El lenguaje, como dice Juan José Saer en el prólogo de este libro, y cuyas palabras ya copié en la entrada sobre Zama, sigue siendo aparentemente lacónico, organizado en frases cortas, pero muy trabajado, despojado hasta lo esencial.

Zama es una novela superior en su concepción, en sus temas y planteamientos de escenas a El silenciero, pero esta novela kafkiana, angustiosa, que funciona como muestra de una posibilidad atroz de la vida, avanza hacia su final desolador sin fisuras.