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domingo, 13 de abril de 2025

Tennessee, de Luis Gusmán


 Tennessee, de Luis Gusmám

Editorial Contrabando. 138 páginas. 1ª edición de 1996, esta es de 2020.

En 2019 me sorprendió muy gratamente la lectura de Villa (1996) de Luis Gusmán (Buenos Aires, 1944), un autor argentino del que nunca había oído hablar y que en España publicaba la pequeña editorial Contrabando, ubicada en Valencia. Villa hablaba sobre las personas que, en las dictaduras, considerándose apolíticas, tratan de seguir con su vida, mirando siempre para otro lado cuando las consecuencias de esas dictaduras irrumpen en su entorno. Era una novela escalofriante. La elegí entre mis diez novelas argentinas favoritas del siglo XX. Esto hizo que en mi primera visita a la librería Lata Peinada, que abrió su sucursal de Madrid en 2020 (ya ha cerrado) comprara, entre otros libros, Tennessee (1996) de Luis Gusmán. Sin embargo, mi habitual desbarajuste de lecturas, que hace que dé prioridad a aquellos libros que solicito a las editoriales y postergue los que compro, ha hecho que no me haya acercado a esta novela hasta cuatro años después. Por fin, en el verano de 2024, me acerqué a la lectura de Tennessee.

De entrada, me llama la atención constatar que Tennessee se publicó en Argentina el mismo año que Villa. Imagino que Luis Gusmán las habría escrito durante los años anteriores y no tuvo, en principio, mucha suerte a la hora de encontrar editores para sus obras. Lo que, dada su calidad, me resulta extraño.

El personaje principal de Tennessee es Walenski, un cincuentón que, hace años, trabajó como «pesista» o persona que realiza espectáculos levantando pesas. En el mundo de las pesas, le introdujo su amigo Smith, con el que había trabajado en un camión frigorífico de reparto de carne. Smith, en el pasado, llegó a ser medalla de oro, como levantador de pesas, en los juegos olímpicos de Tennessee. Tuve que comprobarlo en internet: nunca ha habido unos juegos olímpicos en Tennessee. Esta ciudad, que da título al libro, simboliza el lugar de la felicidad al que Smith siempre ha soñado con volver, como se sueña con volver, en realidad, no a un lugar físico, sino a la propia juventud y al mundo del éxito y la esperanza. Para Walenski, sin embargo, Tennessee simboliza la idea de aquello que ya no podrá alcanzar nunca, porque tiene más de cincuenta años, y en el pasado nunca llegó a ser tan buen pesista como su amigo.

Walenski vive y trabaja en el Regatas, un club náutico, bastante decadente, a las afueras de la ciudad de Buenos Aires, que, según sople el viento o no, puede impregnarse de un olor fétido. En realidad, el Buenos Aires que retrata Luis Gusmán en esta novela no es, en ningún caso, el de las postales turísticas, sino un Buenos Aires de arrabales, de villas miseria y de oscuridad. Así, por ejemplo, se nos hablará de robos habituales en funerarias o en visitas a los cementerios. «Las viejas hablaban del miedo que les daba ir al cementerio, ubicado cerca de la vía, en los fondos de una villa. “Porque cuando suben las escaleras para poner flores en los nichos altos, desde abajo, pendejos, sobre todo pendejos, les mueven la escalera y las amenazan hasta obligarlas a tirar los monederos. La gente va sin plata, sin relojes, solo con las flores en la mano, cuando los pétalos vuelan por el aire es señal de que han tirado a alguien”» (pág. 20)

«La ciudad tiene otra ciudad clandestina adentro, como si fuera un guante. Hay garitos, peleas a muerte entre perros, lucha entre mujeres; sólo hay que leer los avisos del diario para enterarse.», leemos en la página 96.

Walenski, pese a su tamaño y sus músculos, se siente un hombre desamparado, un hombre que creció sin padres, al amparo de Ema, una mujer que lo había criado, al igual que a otros niños, que son para Walenski sus «hermanos de leche». Cuando comienza la acción de la novela, Ema acaba de morir, lo que le sumirá en una honda tristeza. Para Walenski

ya pasaron sus mejores años y la hernia que le está creciendo, cada vez más, en el abdomen le está haciendo pensar que ya no va a desear, dentro de poco, que le vean desnudo ni las prostitutas que suele frecuentar.

Después de acercarnos, durante unos breves capítulos, al mundo de Walenski, la narración va a empezar realmente cuando este reciba la visita de Deganis, un abogado de la ciudad, que le preguntará por Smith, al que no consigue localizar y que quizás esté relacionado con el pasado de Salermo, el dueño de una de las fábricas más importantes del barrio de Avellaneda y que ha muerto hace poco. Deganis le comunica a Walenski que, quizás, Smith hubiera estado extorsionando a Salermo por algo que sabía de su pasado, y ahora está empezando a extorsionar a su hija Telma, la cliente de Deganis.

En principio, Tennessee se desarrolla bajo los parámetros de una novela negra, más o menos clásica. Walenski, ejerciendo de detective, tendrá que averiguar dónde se oculta su antiguo amigo Smith. Para ello deberá –como marcan los parámetros del género– visitar algunos de los lugares más sórdidos de la ciudad. Por supuesto, en Tennessee también habrá una bella mujer, Telma. Pero, como en toda buena novela negra –o en toda buena novela, en general–, no hallaremos en Tennessee simplemente la narración de una persecución, sino que la historia irá haciéndonos comprender los lazos que han unido, y siguen unido, la vida de estos dos personajes: Walenski y Smith. «Hace mucho tiempo que para la gente nos hemos convertido en una sola persona. No es la primera vez que para encontrar a Smith me vienen a buscar a mí. Si le digo que hace mucho que no lo veo no me va a creer.», leemos en la página 24.

El texto, escrito en tercera persona, nos acerca al punto de vista de la historia de Walenski, pero no siempre es así. De este modo, me sorprendió que en la página 75 empieza un capítulo que se fija en las andanzas de otro personaje, al que Walenski ha tenido que ir a buscar a Pehuajó, un pueblo de la provincia. Los escenarios decadentes no solo se limitan a las afueras de Buenos Aires, sino que también se adentran en su provincia. En los capítulos de Pehuajó conoceremos a Ordóñez, un siniestro jefe de policía, que nos acerca a los presupuestos de Villa, puesto que el narrador nos insinuará que Ordóñez ha sido un torturador en los tiempos de la dictadura de Videla y que, ya en democracia, ha seguido teniendo la capacidad de ejercer su poder con abuso de autoridad; por ejemplo, sobre sus rivales sexuales.

Sin grandes excesos verbales, la prosa con la que Gusmán ha escrito Tennessee es precisa y bella. Me gusta, por ejemplo, la limpieza de esta frase con la que comienza una escena: «Los días fueron pasando como el río, lentos, oscuros, estancados.» (pág. 54). Es destacable la maestría con la que el autor maneja el flujo de la información que le da al lector; cómo la retiene, la sugiera o la expande en los cortos capítulos de la novela.

Entre Villa y Tennessee me quedó con Villa, pero, como ya he dicho, Villa es una novela que me gusta mucho, y Tennessee, pese a no llegar a la hondura de Villa, sigue siendo una gran novela corta, que me ha hecho disfrutar mucho en el caluroso julio de 2024. Como punto final, me gustaría reivindicar la obra de Luis Gusmán, un autor poco conocido en España, y también reivindicar la gran labor de las editoriales pequeñas como Contrabando.

domingo, 22 de septiembre de 2019

Villa, por Luis Gusmán


Villa, de Luis Gusmán

Editorial Contrabando. 209 páginas. Primera edición de 1996, ésta es de 2019.

A finales de abril de 2019, Aitor Romero Ortega y yo, presentamos en Madrid la novela Agenbite of inwitt del mexicano Alejandro Espinosa Fuentes, que salía con la editorial valenciana Contrabando. Tras la presentación fuimos a tomar algo y pude conversar con Manuel Turégano Moratalla, el editor de Contrabando. Hablamos de literatura latinoamericana y en la conversación salió que había publicado, hacía unos pocos meses, la novela Villa del argentino Luis Gusmán (Buenos Aires, 1944). Recordé que había pensando ir, unos meses antes, a la presentación que tuvo lugar en la librería Juan Rulfo, en la que estaba el autor, pero al final se me pasó. Había leído entonces y Manuel Turégano me lo refrescó que a Luis Gusmán se le considera, en algunos ámbitos especializados, un clásico oculto de la literatura argentina, cuya obra no había sido hasta ahora difundida en España. A mí me gusta mucho indagar en este tipo de figuras, sobre todo si provienen de Argentina, por cuya literatura siempre he sentido predilección. Así que al final de la noche quedé con Manuel Turégano para que me enviara Villa, lo leyera y lo reseñara.

Carlos Villa procede del populoso barrio bonaerense de Avellaneda y, desde adolescente, ha trabajado como «mosca», alguien que ayuda a una persona poderosa y que se acaba convirtiendo en su mano derecha, «Un mosca es el que revolotea alrededor de un grande. Si es un ídolo, mejor.» (pág. 24). Si bien Villa empezó como mosca de apostadores de club deportivo, la suerte le sonrió al pasar a ser, a los dieciocho años, mosca del doctor Firpo, un hombre elegante y bien relacionado, que trabaja en el Ministerio del Bienestar Social. Villa quería estudiar Derecho, porque le habían dicho que se estudia todo de memoria, pero será Firpo quien le recomiende estudiar Medicina, donde también puede aprender de memoria y, además, Villa sabe (o le hace saber Firpo) que él no tiene carácter para defender a nadie. Así que Villa además de asistente (o mosca) de Firpo también ha pasado a ser –bajo su sombra– el doctor Villa. Villa acompañará como asistente a Firpo en sus viajes, los dos pertenecen a una sección del Ministerio llamada Aviación Sanitaria, y cuya función es trasladar lo más rápido posible a personas heridas en ambulancias, aviones o helicópteros desde el interior a la capital. Villa no parece tomarse muy en serio a sí mismo como médico, y no se ve con fuerzas para poner un consultorio en un pueblo apartado. Su vocación es la de asistir a otros, la de estar tranquilo siendo funcionario de carrera, admirar a Firpo, conseguir su confianza, y poder ascender de forma pausada. Villa es alguien que cree en el sentido de las jerarquías. El apellido elegido por Luis Gusmán para su personaje no es inocente, Villa es un hombre gris, cuya inacción permite operar a las dictaduras y Villa (o “pueblo”) puede representar a mucha gente.

Para un lector español, la novela quizás necesite un poco de contextualización histórica: Juan Domingo Perón, después de un largo exilio, había vuelto a Argentina en 1972. En 1973 ganó las elecciones y se convirtió por tercera vez en el presidente del país. Uno de sus ministros más importantes va ser José López Rega, fundador del grupo paramilitar Triple A (Alianza Anticomunista Argentina), que asesinó a personas de izquierdas, fueran peronistas o no. Los expertos discuten si Perón llegó a conocer la existencia y funcionamiento de la Triple A. A mediados de 1974 Perón muere y López Rega llega a tener tanta influencia sobre Isabel Perón que, de facto, se convirtió casi en el primer ministro. En esta Argentina de los años 1973-1975 es en la que se desarrolla la historia que cuenta Villa. López Rega está al mando del Ministerio del Bienestar en el que trabaja Carlos Villa, y desde el que se supone que opera la Triple A. Pero Villa no saber o no quiere saber lo que está ocurriendo a su alrededor. «Yo de política no sé nada», dirá Villa en más de un momento de la novela. Cuando Villa se va a casar busca al Polaco, su amigo de los tiempos del club deportivo. Se produce el siguiente encuentro entre ellos: «Como de costumbre, fue muy claro: “Villa, no me gusta la gente con la que andás. Vos sabés lo que te digo, la gente del Ministerio. Están pasando cosas pesadas en el país. Hay gente que desaparece y dicen que la central de operaciones es el Ministerio. Villaba es el que menos me gusta, y el otro, el doctor del que a veces me hablás, creo que se llama Firpo, me parece que no tiene ningún poder.
Le respondí que mi trabajo era sanitario, que yo no tenía nada que ver con muertos ni cosas raras, que todos ahí eran funcionarios o empleados de carrera. Su respuesta me hizo pensar que no lo volvería a ver, y me pregunté por qué perdía de vista a la gente que quería.» (pág. 71)

Sin embargo, por más empeño que ponga Villa en no enterarse de lo que ocurre a su alrededor, la realidad va a terminar por agarrarle del cuello. Sobre todo cuando aparezcan en escena Cummins y Mujica, dos de los personajes más siniestros con los que me he encontrado últimamente en una novela. Cummins y Mujica van a solicitarle a Villa más de un servicio secreto que él preferiría no tener que realizar. «Esos dos hombres habían cambiado mi vida. ¿Era así? ¿O era una serie de acontecimientos que se habían acumulado uno tras otro con una lógica implacable? (…) Después, ¿cómo hacer para retroceder? No tenía valor para quitarme la vida. Sí, había pensado en escapar. Pero, ¿quién puede escapar de los acontecimientos que lo envuelven?» (pág. 126)

El estilo de la novela es de frase austera, pero elegante y trabajada; prolijo en diálogos. Gusmán sabe recrear muy bien el pasado del personaje y el enriquecimiento de las escenas con detalles que se van cargando de significado. Una vez que el lector se ve envuelvo en la atmósfera política y social enrarecida del comienzo de la novela, su avance hacia cada vez zonas más siniestras del «infierno latinoamericano» será imparable. Creo que Villa contiene algunas de las escenas más terribles y ominosas con las que me he topado últimamente en un libro; comparables a las que describía, sobre terror estatal, el también argentino Carlos Catania en su novela de la década del 70 Las Varonesas, que alguna editorial española debería rescatar (como ya se ha hecho en Argentina).
Estrella distante, la magnífica novela corta de Roberto Bolaño, se publicó en 1996, el mismo año que Villa. Las dos, una desde el punto de vista chileno y la otra argentina, hunden sus manos en el «infierno latinoamericano», la expresión que le gustaba usar a Bolaño cuando hablaba del terror estatal de los años 1970 o 1980 en Latinoamérica.
He sufrido con Villa, porque sabía que no era una persona brillante, pero no parecía un mal tipo; Villa es alguien que se va a enfrentar a más dilemas morales y zonas oscuras del alma humana de las que seguramente pueda manejar. Villa es una magnífica novela, siniestra, honda y poderosa, que acabé con un nudo en el estómago. Un libro que, si esto de la literatura sigue teniendo sentido en el siglo XXI, debería convertirse en un clásico, si no lo es ya.