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domingo, 7 de enero de 2024

Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester

 


Los gozos y las sombras, de Gonzalo Torrente Ballester

Editorial Círculo de lectores. 1.356 páginas. Novelas publicadas entre 1957 y 1962

 

De Gonzalo Torrente Ballester (Ferrol, 1910 – Salamanca, 1999) tenía comprados en casa dos libros: La saga/fuga de J. B. (1972) y Cuadernos de La Romana (1975), ambos de segunda mano y con una letra microscópica; sin embargo, pensé que la forma más adecuada de entrar en su obra era con su extensa novela Los gozos y las sombras, formada por El señor llega (1957), Donde da la vuelta el aire (1960) y La Pascua triste (1962). Además, una de mis compañeras de trabajo es Helena Torrente, sobrina del autor, y que forma parte de una fundación que vela por su memoria, y, desde hace tiempo, le tenía prometido leer a su tío. Este momento ha llegado en el verano de 2023, cuando –sobre todo durante el mes de agosto– suelo dejarlo reservado para leer una novela extensa, que, en la mayoría de los casos, supera las 1.000 páginas.

Ahora mismo, existe una edición de Los gozos y las sombras en un solo volumen, que vende la editorial Alfaguara, pero yo encontré, en la librería de segunda mano Ábaco (mi favorita de Madrid), una edición conmemorativa del treinta aniversario de la publicación de la tercera parte (1992), en tres volúmenes, con caja e ilustrada por Julián Grau Santos, por 15 €, lo que me pareció un gran precio, así que la compré. Empecé con ella a finales de julio y terminé a finales de agosto. Le he dedicado un poco más de un mes.

 

Los gozos y las sombras, pese a su fuerte unidad temática, apareció ante el público dividida en tres partes, El señor llega en 1957, Donde da la vuelta el aire en 1960 y La Pascua triste de 1962.

 

De entrada, voy a comentar que en Los gozos y las sombras existen dos narradores: un narrador en tercera persona, que contará una historia de forma lineal al lector, durante más de 1.300 páginas (es decir, durante más del 98% del total), pero también existe un narrador coral (habla de sí mismo en primera persona del plural), que ocupa unas 30 páginas del libro. Este segundo narrador aparece en las primeras páginas de El señor llega, no lo hace en la segunda parte, y en tres cortes de La Pascua triste, al principio del libro, en el medio y al final. La aparición de este segundo narrador coral –que se correspondería con la voz colectiva de la clase acomodada de pueblo Pueblanueva del Conde, lugar donde se desarrolla la acción– está mostrada mediante letra bastardilla en el texto.

 

El primer narrador se correspondería con la figura del escritor, que acompaña a los personajes de cerca, saltando de una escena a otra; y la voz colectiva marcará tránsitos de tiempo más largos que los anteriores. Es decir, mientras que en el ritmo normal de la novela se narra el día a día de los personajes, de los que se siguen sus andanzas durante días, en la segunda voz se amontonan los meses y el lector podrá saber, a grandes rasgos, cómo ha avanzado la trama de la historia, cómo han sido sus momentos valles, momentos en los que el lector ha de considerar que el narrador principal no consideraba importante registrar con minucia.

 

La acción narrativa de la novela va desde los últimos meses de 1934 hasta la primavera de 1936. Torrente Ballester va a usar de fondo para contar su historia los últimos años de la segunda república española, el llamado «bienio radical-cedista» donde gobierna la CEDA (derecha), una vez que ha tenido lugar la «Revolución de Octubre» de 1934 y el periodo que va desde el triunfo en las elecciones de febrero de 1936 del Frente Popular (izquierda) hasta las puertas de la guerra civil. La cada vez más radicalización política de la época se irá filtrando en la novela.

 

El título de El señor llega hace referencia a la llegada al pueblo gallego de Pueblanueva de Carlos Deza, de treinta y cuatro años, quien ha estado fuera de la localidad durante los últimos quince años. Carlos ha estudiado medicina en Viena, especializándose en psiquiatría, y allí ha conocido y tomado clases del mismísimo Sigmund Freud. En la novela, Torrente Ballester no parece hacer distinción entre las profesiones de psiquiatra y psicología. La madre de Carlos, recientemente fallecida, tuvo que realizar un gran esfuerzo para que su hijo pudiera llegar a ser médico, una profesión por la que Carlos no siente pasión, sino que lamenta que, en toda su vida, se ha sentido dirigido por la voluntad de otras personas (sobre todo por la de su madre y luego por la de una amante). Su padre es un personaje ausente, que abandonó a la madre y al hijo, en la infancia de éste. Ahora que la madre ha muerto, Carlos regresa (por un tiempo que, en principio, él considera que va a ser breve) al pueblo para arreglar sus asuntos y también invitado por un tema que considera freudiano: en la niñez, su madre tapió la puerta de una torre de la casa, que su padre había usado como despacho. Carlos siente ahora, ya adulto, la necesitad de saber qué se esconde tras esa puerta. En Villanueva va a entablar relación, en primera instancia, con Mariana Sarmiento («la Vieja»), una pariente lejana y protectora de su madre, que le acogerá en su casa hasta que decida qué va a hacer con la suya (cerrada desde hace años), y con su vida.

«El señor llega» también es una referencia bíblica: los habitantes del pueblo creen que, tal vez, Carlos Deza pueda hacer frente a Cayetano Salgado, un hombre de su edad, dueño del próspero astillero local, y que es el cacique de Pueblanueva. Además de poder contratar y despedir a su antojo a los trabajadores del pueblo, Cayetano es también el Don Juan local, que periódicamente se encapricha de chicas, que han de ceder a sus deseos sexuales, posición que hará que ellas o sus familiares consigan ventajas económicas. También ha conquistado a más de una mujer casada, y todos los varones del pueblo piensan que Cayetano los puede humillar cuando quiera convirtiéndolos en cornudos.

Carlos Deza es además uno de los últimos descendientes de los Churruchaos, que en el pasado habían ejercido el control de Pueblanueva como nobles rurales. Son varias las ramas de los Churruchaos que aún perduran –aunque ninguno de ellos conserve directamente este apellido–, los hermanos Juan, Inés y Clara Aldán (sumidos en la pobreza), el monje Eugenio Quiroga (que pinta imágenes religiosas) y Mariana Sarmiento, con familiares en París: Gonzalo Sarmiento y su hija Germaine.

Los Churruchaos son reconocibles por mantener algunas similitudes físicas: son pelirrojos, altos, huesudos y de grandes narices. Hasta la llegada de Carlos, la posición económica de Mariana Sarmiento funciona como un contrapoder de Cayetano: Mariana, además de ser dueña de tierras e inmuebles, es la dueña de los barcos del pueblo. En ellos emplea a unos hombres, que representan unas sesenta familias de Pueblanueva, fuera del control salarial de Cayetano. Aunque el negocio de los barcos no le da dinero, Mariana lo mantiene para que su rival no sea el dueño absoluto del pueblo. Además, los Churrichaos tienen el privilegio de poder sentarse en una iglesia, propiedad de doña Mariana, en un banco cercano al presbiterio; algo que desagrada a Angustias, la religiosa madre de Cayetano.

 

Aunque el pueblo tenía esperanzas de que Carlos Deza tuviera fuerzas para enfrentarse a Cayetano, pronto se mostrará como una persona indolente, que no desea plantar cara a nadie, alguien que tampoco tiene deseos de ejercer como médico o psicólogo, y que quiere encerrarse en su casa, medio en ruinas, para revisar los papeles de su padre y, tal vez, escribir un libro sobre Pueblanueva; pero también es alguien capaz de envolver a los demás con su dialéctica. Esto le dirá Carlos a Cayetano, cuando éste trate de contratarle como médico de sus astilleros: «No estoy dispuesto a que me consideres como uno de ésos, algo así como súbdito tuyo, ni tampoco como enemigo. Deseo permanecer al margen; ya lo sabes. Acabo de hablarte de mi libertad.» (pág. 188, libro I)

Sin embargo, Carlos Deza –personaje existencialista– que, en principio, parecía estar de paso por Pueblanueva se va viendo arrastrado por el ritmo vital del pueblo y su partida se irá retrasando, como en una especie de Montaña Mágica gallega.

 

Torrente Ballester ha querido simbolizar en el enfrentamiento entre los Currachaos y Cayetano un cambio de era. Los terratenientes, ricos gracias a la explotación de los recursos de la tierra y el mar, con aires nobiliarios, están en decadencia y tienen que abrir paso a una nueva época de burgueses industriales, representados por Cayetano y su astillero. Cayetano no se ha criado en la pobreza, puesto que su padre ya era el dueño del astillero, y él ha podido estudiar ingeniería en Inglaterra, pero sí que arrastra un complejo de clase contra los Churrachaos (en una escena significativa, Cayetano le echará en cara a Carlos que, cuando eran niños, cuando eran amigos, Carlos Deza y Juan Aldán fueron a visitar las ruinas del castillo de los Churrichaos y a él le dejaron fuera de la excursión por no pertenecer a su estirpe). Cayetano está convencido de que es rico gracias a su trabajo y su empuje.

En algún momento me ha chocado que Torrente Ballester dibuje a Cayetano, el cacique local, que actúa (sobre todo en su trato con las mujeres) como un reyezuelo medieval, como perteneciente a la ideología socialista. Es cierto que Cayetano, pese a la arbitrariedad con la que contrata o no en su empresa a los habitantes de Pueblanueva, es un empresario que cumple con los horarios laborales y paga mejor que la media del sector a sus trabajadores, a los que piensa que ha de tener contentos para que rindan más. En la segunda parte, hay algunos capítulos en los que la acción se traslada de Galicia a Madrid, y cuando alguno de los personajes de Pueblanueva le explique la ideología de Cayetano a un profesor de universidad madrileño, simpatizante socialista, éste dirá que estas cosas solo pueden pasar en España.

 

Aunque Carlos ha mostrado su deseo de permanecer al margen de las guerras locales, el enfrentamiento con Cayetano se hará inevitable, propiciado por las relaciones que ambos establecerán con algunas de las mujeres de la localidad.

En la novela se muestra más de una situación machista, propiciada principalmente por la mirara de Cayetano sobre las mujeres de Pueblanueva, a las que considera como una propiedad de la que puede disfrutar a su antojo. Sin embargo, la mirada del narrador es crítica con estas situaciones. Torrente Ballester dibuja en su novela a personajes femeninos fuertes; empezando por Mariana Sarmiento, que llegará a decir: «No me importa nada, más que la libertad, y sabía que al casarme con quien fuese, la perdería.» (pág. 140, Libro I). Mariana es una mujer moderna, adelantada a su tiempo y a las costumbres locales, que, en más de un momento, será mostrada por el narrador con rasgos masculinizantes. Otro personaje femenino fuerte será Clara Aldán, uno de los personajes más memorables del libro, una joven atractiva y vista por el pueblo como «una perdida», por su pobreza y por las faltas de respeto que tiene que soportar de algunos de los habitantes del pueblo.

 

A diferencia de lo que solía ser habitual en la novelística del siglo XIX, el narrador de Los gozos y las sombras no interviene de forma directa en el texto. A veces describe, con ligeras pinceladas los pensamientos de los personajes, pero no al nivel de introspección de los escritores del XIX. En gran medida, Torrente Ballester dejará que sus personajes se definan a través de sus palabras. La novela es muy rica en diálogos significativos. En este sentido, la mirada del autor es bastante cinematográfica. No es de extrañar que RTVE hiciera una serie de éxito con esta novela, porque es un texto que invita a ello.

El lenguaje es de ritmo ágil, de estirpe barojiana, y es de destacar la riqueza de vocabulario, que describe realidades rurales o del mundo de la pesca.

 

Considero que la descripción del clima cumple una función simbólica en la novela. Carlos Deza lleva a Pueblanueva envuelto en lluvia, frío y niebla y éste será el telón de fondo de los dramas desarrollados en la historia. De hecho, una de las escenas claves del libro –que será fundamental en la trama– tiene lugar durante una borrasca en la que los barcos de doña Mariana no pueden salir a faenar.

Donde da la vuelta el aire comienza al día siguiente que finaliza El señor llega, y en él sigue el invierno. La Pascua triste comienza con el narrador plural (marcado con letra bastardilla) adelantando unos meses, en los que la historia se salta, y resume, lo que ocurren en la primavera y el verano de 1935, y hace comenzar otra vez la acción cuando llega el mal tiempo, a finales de 1935. La excepción al tema climatológico se producirá solo en el último tramo de la novela, cuando sí se vea algún día soleado en Pueblanueva en la primavera de 1936, que parece marcar la calma justo antes de la tormenta histórica.

 

La novela está escrita en tono realista, que puede recordar a la obra de Benito Pérez Galdós, y en algunas descripciones de personajes a vuelapluma también se puede sentir la influencia de Pío Baroja. Me han encantado unas cincuenta páginas centrales de Donde da la vuelta el aire, en las que la acción se traslada a Madrid. En pleno 1935, en estas páginas ambientadas en la capital se dejan ver las tensiones políticas, y los enfrentamientos callejeros, que van a conducir a la guerra civil menos de un año después. En Pueblanueva, más detenida en el tiempo, las tensiones políticas parecen más lejanas.

 

Los gozos y las sombras es una novela realista, pero, sin embargo, contiene algunos pequeños detalles en los que ese realismo queda un tanto diluido, al estilo semifantástico de los escritores gallegos. Así, por ejemplo, Carlos Deza, pese a su ateísmo, cree, en algún momento, sentir la presencia cercana del demonio, o Paquito el Relojero, el loco oficial del pueblo, cada primavera siente la llamada de iniciar un viaje hasta otra localidad cercana, en la que se encuentra con otra loca, con la que comparte una pasión amorosa en el bosque, y luego regresa siempre a Pueblanueva.

Los gozos y las sombras, pese, como ya he dicho, ser una novela realista, no es puramente costumbrista, ya que los estudios de Carlos Deza en Viena y la carga mental del personaje, la adentran en algunos presupuestos del sinsentido existencialista.

 

El narrador principal, sobre todo al principio, sigue las andanzas de Carlos Deza, pero, según avanza la novela, su mirada se detiene sobre otros personajes y Carlos sale del foco principal. Me parece magistral el control que tiene Torrente Ballester sobre un gran número de personajes, que puede superar la treintena.

 

Es frecuente encontrarse con Los gozos y las sombras en las listas de mejores novelas españolas del siglo XX, una inclusión que me parece plenamente justificada. Hace unos meses grabé para mi canal literario en YouTube Bienvenido, Bob un vídeo en el que proponía una lista con mis 10 novelas españolas favoritas. Si lo volviera a hacer ahora, creo que encontraría un hueco en ella para Los gozos y las sombras, una grandísima novela que se va directa a mi lista de «mejores lecturas del 2023».

domingo, 17 de abril de 2016

No se lo digas a nadie, por Jaime Bayly

Portada de la editorial Seix Barral
Editorial Círculo de lectores. 443 páginas. 1ª edición de 1994; ésta es de 1995

Ya he comentado en el blog dos novelas de Jaime Bayly (Lima, 1965): La noche es virgen y El cojo y el loco. Las dos me gustaron, sobre todo la primera. Seguía teniendo pendiente leer alguna de sus primeras obras. Sé que, ahora mismo, para un joven lector literario el nombre de Jaime Bayly debe estar asociado a un tipo de propuesta bestseller que no le resulta atractiva, pero yo recuerdo que durante los años 90, los primeros libros de Bayly tuvieron una buena acogida de crítica (además de público), y a mí se me fue pasando leerle, aunque siempre lo consideré uno de esos escritores que tenía apuntado que quería leer. Como Bayly fue un autor leído en España en los 90, las tiradas de sus libros eran amplias y ahora es fácil encontrar estas novelas, a precios muy baratos, en las librerías de segunda mano de Madrid. Además, a mí pareja, que en la actualidad cada vez reniega más de la literatura de ficción y de las novedades literarias, le dio por leer a Jaime Bayly al que encuentra muy divertido, independientemente de su calidad literaria, y la mayoría de sus libros están por mi casa.

He leído No se lo digas a nadie en su edición del Círculo de lectores, ejemplar que compré en la librería de segunda mano Ábaco y que en la actualidad pertenece a mi suegra. Le pedí a mi pareja que lo trajera a casa porque me apetecía leerlo; una lectura que se me quedó pendiente de los años 90.

El protagonista de No se lo digas a nadie es Joaquín Camino, perteneciente a la clase alta limeña y alterego de Jaime Bayly. La novela comienza el día en que Joaquín ha terminado quinto de primaria y su madre le anuncia que lo va a sacar del colegio Sagrado Corazón, al que acudía hasta entonces, para llevarlo al Markham, una decisión que se toma sin consultarle a él y que de modo significativo supone el comienzo de esta ficción: la madre opina que el segundo es un colegio mejor y Joaquín debe saber dirigirse en la vida en contra de su voluntad. Por lo que he podido leer en internet sobre la vida de Bayly, él acudió a estos dos colegios en las fechas en las que lo hace Joaquín, y podríamos pensar que, a pesar de usar el filtro de la ficción para exagerar situaciones, muchas de las anécdotas que recoge este libro deben tener una base autobiográfica.

La novela está escrita en tercera persona, siguiendo muy de cerca las andanzas de Joaquín, narrando los aspectos que tienen que ver, sobre todo, con su despertar sexual y la aceptación de su condición de homosexual. El peso narrativo de la novela recae sobre los diálogos, con tanta fuerza que en más de una ocasión las frases que hacen que la escena cambie se pueden leer casi como las anotaciones de una obra de teatro. Son frases cortas, funcionales en la que nunca hay una metáfora ni un juego verbal (me ha parecido detectar sólo una comparación en toda la novela, que sería esta: “se tambaleó como un animal herido”, pág. 150). Estos párrafos que se escapan a la fuerza oral de los diálogos de la novela suelen, además de servir para cambiar de escena, explicar dónde está Joaquín o en qué momento del tiempo nos encontramos, para describir brevemente a los personajes que van apareciendo. Los personajes suelen quedar descritos por tres o cuatro atributos físicos: “Se quedaron callados. No había nadie más en la pequeña sala donde estaban sentados. Alfonso era alto, muy blanco. Tenía el pelo marrón y los ojos celestes. Joaquín lo había visto varias veces dando vueltas por la rotonda de la universidad, y le había parecido un chico bastante atractivo.” (pág. 151)

Dejando atrás la parquedad de los párrafos descriptivos, ésta es una novela de diálogos, en ellos se despliega toda la riqueza del lenguaje peruano, todos sus aumentativos o diminutivos, o el lenguaje de jerga que tiene que ver, sobre todo, con el consumo de droga, y que en la página 160 lleva a Bayly a dar una explicación para el lector de la época: “En Lima, a la coca le decían chamo, paco, paquirri, falso, falso Paquisha, blanca, blancanieves. La más común era decirle chamo.”

Con los aumentativos o diminutivos ocurre aquí lo mismo que en las novelas de Alfredo Bryce Echenique: este lenguaje acaba teniendo una función cómica en el texto. Aunque es cierto que lo que Bryce Echenique tiene de ternura, Bayly lo tiene de acidez, lo que también acaba siendo bastante divertido.
El mundo que se retrata aquí no deja de ser terrible. Joaquín comienza siendo un niño bastante inocente que sufre el abuso de los demás: su mejor amigo en el nuevo colegio, el director de este colegio, un cura que le confiesa, los monitores de un campamento del Opus Dei… acabarán queriendo abusar sexualmente de él. Escenas que, pese a la violencia contenida en ellas, al estar narradas con sentido del humor podrían llevarnos a pesar en una novela erótica del siglo XIX, en la que la expresión de la sexualidad se volviese expresionista: el director del colegio quiere castigar a Joaquín: “Voy a tener que darle unos cuantos palmazos en el poto. ¿Le parece justo, Camino” Empieza a hacerlo y la escena acaba así: “Se había bajado la bragueta. Estaba masturbándose. Joaquín le dio la espalda. Moulbright siguió palmoteándole el trasero. No bien terminó, le dijo a Joaquín que ya podía irse.”

Joaquín se sentirá incomprendido por sus padres: Maricucha, la madre, es una fanática religiosa cercana al Opus Dei, que por supuesto no quiere saber nada de la homosexualidad de su hijo. Y el padre, Luis Felipe, queda retratado como una persona brutal, obsesionado con hacer de su hijo un mujeriego machista, un clasista o un racista como él. Las escenas en las que se retrata al padre acaban siendo cómicas de puro exageradas. En un momento de la novela, por ejemplo, Luis Felipe lleva a Joaquín a cazar, y al regresar a Lima, atropellan a una persona en la carretera, el padre no se detiene para auxiliarla y le dice a su hijo: “-Así es la vida, pues –dijo, sonriendo-. No cacé nada en El Aguerrido, pero al regreso me cargué un cholo. Algo es algo, ¿no?” (pág. 113)

En la boda de una de sus hermanas, después de meses lejos de sus padres, Joaquín vuelve a verlos y decide contar a sus familiares que es homosexual. Su hermana le dirá que le ha arruinado la boda, pero la respuesta más brutal volverá a ser de nuevo la del padre: “-Un hijo maricón –murmuró Luis Felipe-, haciendo un gesto de desprecio-. Hubiera preferido un mongolito, carajo.” (pág. 116)

En cada capítulo se narra la relación de Joaquín con alguna otra persona. Cuando se empieza a convertir en adulto y se independiza, estar personas suelen ser amantes. Son historias llenas de frustración en las que las relaciones homosexuales han de vivirse de forma oculta, y en las que suelen repetirse variaciones de la frase que da título al libro. Su amigo Alfonso vive su homosexualidad como una etapa transitoria de su vida, pues da por descontado que acabará casándose con una mujer y teniendo hijos. Alguna otra de sus parejas tendrán novias formales y otras tendrán que luchar contra sus sentimientos religiosos.
Joaquín, en la medida que puede, trata de ser honesto con aquellas personas con las que se relaciona y hablarles de su condición sexual, algo que rara vez suele ser recíproco; pero él tampoco escapa al mundo y a la clase social a la que pertenece. Su frustración le lleva a cometer algún acto malvado, como echar en la cara gas antiviolaciones a una chica y abandonarla en un descampado, o acompañar a unos amigos a dar una paliza a un transexual, algo de lo que él trata de disuadirles pero de lo que acaba formando parte.
Uno de los puntos a favor de la novela es que no es moralizante; rara vez trata Bayly de situar a su alterego en un posicionamiento moral superior a la sociedad (machista, clasista, racista…) que retrata. Su alterego es un cocainómano y frívolo joven de Lima que trata de divertirse, a pesar de que le ha tocado ser homosexual en una ciudad –o en una clase social, más bien- que no tolera las diferencias, y así, a pesar de que él pertenece a una familia adinerada y es blanco en una sociedad profundamente racista también es una víctima. “-Haber nacido en el Perú y se homosexual es como una maldición –dijo Joaquín” (pág. 166)
“-Ay, hijo, no te imaginas qué alivio salir del infierno de Lima. Yo la verdad que ya estoy harta, harta, hasta la coronilla, de los apagones y las bombas y los cholos apestosos”. Le dice su tía a Joaquín cuando se encuentran en Miami, en la página 325.
“-Lo que creo es que deberías irte del Perú cuanto antes, Joaquín. Aquí te estás desperdiciando, hombre. Tienes que aceptar un hecho irreversible: los blancos, los que éramos dueños de este país, estamos de salida, vivimos encerrados y cada vez somos menos. Los cholos nos están borrando poco a poco. Es normal, pues, así tenía que ser. Los cholos son la mayoría. Ellos son los dueños de este país.” Así le habla a Joaquín un amigo en la página 323.


Me resultó raro que siendo esta una novela tan visual, tan cuajada de diálogos, que se alejaba de cualquier retrato introspectivo, de repente, traspasada ya la página 300, empiezan a aparecer pequeñas frases en la narración para describir algo más que los movimientos de Joaquín: “dijo él, hablando lentamente, sintiéndose cruel” (pág. 316) o “Lástima que justo escogió el de Mecano, pensó”.

También me ha resultado raro que en una novela que tan bien refleja el lenguaje oral de las calles de Lima en la década de 1980, cuando traslada a Joaquín a las calles de Madrid cometa más de un error al hacer hablar a personas españolas con claros peruanismos. He apuntado estos:

Un chico de quince años le dice a Joaquín: “Tú eres muy grande para ser mi amigo” por “Tú eres demasiado mayor para ser mi amigo”.
Un taxista le dice a Joaquín: “Ahora bájese de mi carro, por favor, yo no trabajo con mariconas”. ¿Se imaginan a un taxista madrileño llamando “carro” a su coche?
“-Vete a coger por el culo” –gritó el taxista.” Por “Vete a tomar por culo”.

No se lo digas a nadie se publicó en Seix Barral en los 90, con el aval de Mario Vargas Llosa, ¿no había entonces en una editorial tan potente correctores o editores atentos? ¿No tenía Bayly un amigo español al que consultar? Pero más grave que esto me ha resultado algo que he leído en la wikipedia: «En 2010 publica con el grupo Alfaguara una reedición de sus novelas: No se lo digas a nadie, Fue ayer y no me acuerdo, Los últimos días de 'La Prensa' y Yo amo a mi mami, pero suprimiendo los temas eróticos, ofreciendo una versión aún más ligera de ellas.» ¿Será esto verdad? Por lo que sé, Jaime Bayly –exitoso presentador de televisión- tiene que mantener un nivel de vida muy alto, y posiblemente esta noticia, de ser cierta, más bien parece una ocurrencia suya, con el deseo de llegar a un público más amplio, que una imposición de la editorial.

Cuando Jaime Bayly volvió a Lima tras publicar No se lo digas a nadie, le increpaban por la calle llamándole «¡Joaquín, Joaquín!», a modo de insulto. Es decir, en 1994 en Lima la literatura todavía era algo importante, algo capaz de provocar un pequeño escándalo burgués. Posiblemente Bayly haya sido uno de los últimos escritores del mundo hispano en poder conseguir algo así.

Posiblemente Jaime Bayly se ha convertido en la actualidad en un escritor que aspira más a vender que a hacer literatura, pero creo también que sus primeros libros, como éste que hoy comento, merecen la pena. Su ritmo es muy ágil y el retrato despiadado de la clase alta limeña, con unos diálogos tan ingeniosos y humorísticos, acaba haciendo de esta novela un libro divertido y a la vez amargo, algo (a pesar que de que la prosa de, por ejemplo, Alfredo Bryce Echenique, sea más honda) muy cercano a la buena literatura.



domingo, 7 de febrero de 2016

El Día de la Independencia, por Richard Ford

Ésta es la portada de Anagrama, que me
gusta más que la de Círculo de Lectores
Editorial Círculo de lectores. 564 páginas. 1ª edición de 1995, ésta es de 1997.
Traducción de Mariano Antolín Rato

Leí por primera vez El Día de la Independencia en octubre de 2001. Lo acabo de comprobar en el archivador en el que anoto las fechas de mis lecturas. Lo leí cinco meses después de El periodista deportivo. Aquel octubre aún trabajaba en una auditora norteamericana (aquella experiencia tan cercana al infierno laboral), estaba tocando fondo y un fin de semana lo tenía libre y me monté en el tren el viernes por la tarde y me fui yo solo a la casa que mis padres tienen en la sierra de Madrid, en Collado Mediano, y me estuve hasta el domingo casi sin salir de casa leyendo este libro (o si salía era para leer en el banco del parque), desconectado de todo, volviéndome a reencontrar conmigo mismo, es decir con mi yo lector. Frente al infierno de las sectas laborales yo era aquel que sostenía un libro, como una declaración de principios o como un arma. Fue un fin de semana muy terapéutico.

Cuando hace unas semanas fui a la biblioteca de Móstoles para sacar la trilogía de Frank Bascombe escrita por Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) me ilusionaba la idea de volver a leer los mismos volúmenes que leí hace años, aunque hacía tiempo que no los veía en los anaqueles. Como suponía había que buscar en el depósito (Acción de Gracias sí que está en las estanterías). El bibliotecario subió del depósito con el mismo ejemplar de El periodista deportivo que leí hace casi quince años, pero no traía El Día de la Independencia editado por Anagrama, sino en una edición de Círculo de Lectores, que creo que he estrenado yo y que fue una donación, me dijo el bibliotecario; un libro que posiblemente sustituyó a El día de la Independencia de Anagrama de la biblioteca porque se había deteriorado.

Diría que las dos ediciones, la de Anagrama y la de Círculo de Lectores, tienen el mismo paginado.


La acción de El periodista deportivo se desarrollaba en abril de 1983 y Frank Bascombe tenía entonces treinta y ocho años para hacer treinta y nueve. En El Día de la Independencia estamos en julio de 1988 y Bascombe tiene cuarenta y cuatro años.

Frank sigue viviendo en Haddam (Nueva Jersey) pero ya no es periodista deportivo, ahora es vendedor de casas (“Estaba decidido a explorar las cosas menos predecibles para un hombre con mi formación”, nos dice en la página 128). Su exmujer, a la que se refería como X en el libro anterior, ahora sabemos que se llama Anna y se ha vuelto a casar con Charley, un arquitecto, un hombre de éxito mayor que ella. Además Anna y los dos hijos con vida de Frank (Paul y Clarissa) ya no viven en Haddam sino en una población llamada Deep River (Connecticut) a varias horas en coche de Haddam. Frank vendió su casa y se trasladó a vivir a la que vivía su exmujer en Haddam. A pesar del divorcio siente que algo se rompió dentro de él cuando su exmujer volvió a casarse. Frank mantiene una relación con la bella Sally, una mujer de su edad, que le acusa de ser demasiado escurridizo, de no querer comprometerse.

La estructura de la novela es similar a la de El periodista deportivo: toda la acción se acumula en tres o cuatro días. Pero son unos pocos días engañosos, porque debido al uso del recurso de la analepsis conoceremos muchos más sucesos del pasado de Frank y de su familia. En esta ocasión, Frank ha planificado un viaje a Deep River para recoger a su hijo Paul, que ya tiene quince años, e ir de viaje con él para visitar algunos Salones de la Fama deportivos (que, por lo narrado, actuarán en la novela como muestras de la incapacidad de adaptarse a la vida sana norteamericana de Frank y su hijo, ya que ambos fracasan en sus intentos de comportarse como hombres deportivos). En concreto visitarán un Salón de la Fama dedicado al baloncesto y tratarán de visitar otro dedicado al beisbol. Paul se está convirtiendo en un adolescente problemático. Hace no mucho ha sido detenido por robar condones en una tienda y agredir a la dependiente cuando trató de frenarle. Algo que le va a hacer comparecer ante un juez de menores. Además se expresa mediante ladridos y relinchos y todos estos comportamientos preocupan a Frank, que teme por el futuro de su hijo. Tiene esperanzas de que de este viaje, que se producirá en los días previos a la celebración del Día de la Independencia le sirva para unirse más a Paul y ser un apoyo para él.

El primer día del presente narrativo del libro Frank ha quedado con los Markham, una pareja de más de cincuenta años de Vermont, que desea comprar una casa en Haddam o alrededores, para empezar de nuevo después de sus matrimonios fracasados. Frank ha enseñado ya docenas de viviendas a los Markham, que nunca están conformes con las casas que les enseña, las que se ajuntas a sus posibilidades económicas, pero ellos están convencidos de que se merecen más, mientras que parecen tener miedo a que la casa que compren sea la casa en la que van a morir. Las reflexiones sobre la compra de casas y la psicología de los Markham me han gustado mucho, reflejaban muy bien la mentalidad del ciudadano medio norteamericano y su deseo de prosperar por encima de todo, por encima incluso de la sensatez.

Frank considera que ha entrada en el periodo de su vida que denomina Periodo de Existencia: “El acto de subirme a la cuerda floja de la normalidad, la parte que viene después de la tremenda lucha que lleva al gran derrumbamiento, la época de la vida en la que todo lo que nos va a afectar «más adelante» de hecho ya nos afecta, un periodo en el que seguimos más o menos solos y contentos, aunque preferiríamos no hablar de él ni siquiera recordarlo más adelante si tenemos que contar la historia de nuestra vida, pues, sencillamente, el enfrentarnos a nuestros momentos de verdad implica pequeñas tensiones y ajustes poco importantes.” (pág. 123-124)

Ya comenté al hablar de El periodista deportivo que aquí –en El Día de la Independencia- que Frank consideraba que los días que narraba allí pertenecían a un periodo de obnubilación psíquica. De hecho, en esta nueva novela Frank parece más centrado y no existe una contradicción tan flagrante, como en la anterior novela, entre la sutileza de sus pensamientos y lo irreflexivo de sus acciones (aunque algunas de sus acciones siguen estando por debajo del nivel de sus reflexiones).

Me ha llamado la atención en esta lectura un recurso narrativo que es posible que también usara en El periodista deportivo, pero cuyo uso me ha saltado aquí de forma más clara: para hablarnos de los sentimientos de Frank ante lo que está viviendo, Ford nos describe lo que está viendo en ese momento y esto actúa como una trasposición de sus sentimientos. Durante la novela se describían varias conversaciones telefónicas, que tenían lugar en teléfonos públicos y entre las palabras de Frank y su interlocutor, para glosar la realidad, se describía lo que ocurría en el local desde el que Frank estaba llamando.

En esta novela, a diferencia de lo que ocurría en El periodista deportivo, la voz narrativa de Frank no parece dirigirse a nadie, no parece tener ningún interlocutor, como ocurría en la otra novela. Aunque no es así en todos los casos, porque he encontrado esta anotación que hice sobre cómo empieza la página 119: “Podría tener algún interés contar cómo llegué a ser especialista en residencias.” Otra vez: ¿a quién le cuenta Frank su vida?

De nuevo, el tema de fondo del que nos quiere hablar Richard Ford es el de cómo transcurre la vida en las zonas residenciales de Norteamérica. Así El Día de la Independencia comienza con una apacible descripción de los días de verano en Haddam y en la segunda página se nos dice: “Sin embargo, aquí no todo es exactamente trigo limpio, a pesar de tan halagüeñas apariencias. (¿Cuándo es algo exactamente trigo limpio?)
Yo mismo, Frank Bascombe, fui agredido en Coolidge Street, a una manzana de casa, a finales de abril, cuando volvía caminando después de terminar mi jornada en nuestra agencia inmobiliaria, a la caída de la tarde, con una sensación del deber cumplido aligerando mis pasos; confiaba en llegar a tiempo para las noticias de la tarde y llevaba bajo el brazo una botella de Roederer –regalo de un cliente agradecido a quien le había vendido la casa-. Tres jóvenes, uno de los cuales me pareció conocido –un asiático-, aunque no pude identificarlo posteriormente, pasaron zigzagueando como flechas por la acera en sus minimotos, me pegaron en la cabeza con una botella de Pepsi y se alejaron dando fuertes gritos.”

Además una joven negra que trabajaba en la agencia de Frank, y con la que éste tuvo una breve relación, fue asesinada cuando acudía a mostrar una casa. Y en el transcurso de la narración, el propio Frank será testigo de un asesinato en el motel en el que se aloja para ir a Deep River y recoger a su hijo.


Hace quince años leí estos dos libros con una diferencia de cinco meses, ahora los he leído seguidos, y aunque sé que muchos de los lectores de Ford opinan que el nivel de la serie de Bascombe va subiendo con cada nueva entrega, creo que he disfrutado más con la lectura de El periodista deportivo que con El Día de la Independencia. De este último me gusta mucho la primera mitad, la venta de la casa y el encuentro con Sally, pero me parece que baja un poco su intensidad cuando se habla de la relación con Paul, el hijo. Pero sin duda, el nivel es muy alto y bastante parejo, en realidad. Ya estoy leyendo Acción de Gracias, toda una aventura literaria.

domingo, 22 de noviembre de 2015

La trilogía de Auschwitz, por Primo Levi

Edición de El Aleph y no de
Círculo de Lectores
Editorial Círculo de Lectores. 539 páginas. 1ª ediciones de 1947, 1963 y 1986; ésta es de 2004.
Traducción de Pilar Gómez Bedate
Prólogo de Antonio Muñoz Molina

A finales del curso pasado me propusieron dar en el colegio donde trabajo una charla sobre literatura, la idea era hacerlo sobre los libros que yo mismo escribo, pero me pareció un tema con el que no acababa de sentirme cómodo y propuse darla sobre Primo Levi (Turín, 1919 – 1987). Durante una temporada importante de tiempo estuve bastante interesado por el tema de los campos de concentración y el nazismo, y leí bastante bibliografía sobre el tema. Y siempre, por más libros que leía, me pareció que el testimonio más relevante de todos era al que había llegado primero, el de Primo Levi, cuyo libro Si esto es un hombre lo leí con unos veinticinco años. Lo compré en la FNAC de Callao, y ya no recuerdo de dónde había sacado la referencia. Los otros libros que componen su llamada Trilogía de Auschwitz los leí de la biblioteca de Móstoles, y entre un libro y el siguiente pasaron años. Luego también leí algunos de sus libros de relatos, como Lilít y otros relatos o El sistema periódico, que completaban los tres anteriores con información y detalles que habían quedado fuera de ellos.

Durante muchos años, mis padres fueron suscriptores del Círculo de Lectores. En algún momento, a comienzos del nuevo milenio iniciaron una colección de la memoria que me interesaba: libros sobre la vida de los judíos durante la ocupación alemana, sobre los campos de concentración nazis o soviéticos; siempre relatos testimoniales; la colección estaba a cargo de Antonio Muñoz Molina, gran conocedor del tema. La colección se quedó a media porque Muñoz Molina se fue a vivir a Nueva York, y dejó de hacer los prólogos. Llegué a comprar seis u ocho libros de esta colección, y creo que aún tengo dos sin leer. Así que compré en el Círculo de Lectores, en un volumen, la Trilogía de Auschwitz, que ya había leído; y en vez de releerla de forma inmediata, se la dejé a algunos amigos. Es ahora, en este verano de 2015, cuando yo he tomado el libro para leerlo. Creo que es una buena experiencia leer los tres libros seguidos, su sentido de la unidad es muy fuerte.

Si esto es un hombre está escrito en unos cuantos meses, poco después de que Levi consiguiese regresar a su casa de Turín y reincorporarse a su vida de civil. Por las noches se quedaba en la fábrica en la que había empezado a trabajar como químico y redactaba por escrito los recuerdos de lo que le había acontecido en Auschwitz. Desde su regreso no podía dejar de contar a cualquier persona su experiencia traumática. Recuerdo que una de las cosas que más me impresionó de mi primera lectura de este libro fue que Levi, al igual que otros presos del campo, soñaba, además de con comida (algo normal para personas infraalimentadas), con que regresaba a su casa, conversaba con sus familiares y amigos, les contaba lo que le había ocurrido y nadie le creía o le escuchaba. “Aquí está mi hermana, y algún amigo mío indeterminado, y mucha más gente. Todos están escuchándome y yo les estoy contando precisamente esto: el silbido de las tres de la madrugada, la cama dura, mi vecino, a quien querría empujar, pero a quien tengo miedo de despertar porque es más fuerte que yo. Les hablo también prolijamente de nuestra hambre, y de la revisión de los piojos, y del Kapo que me ha dado un golpe en la nariz y luego me ha mandado a lavarme porque sangraba. Es un placer intenso, físico, inexpresable, el de estar en mi casa, entre personas amigas, tener tantas cosas que contar: pero no puedo dejar de darme cuenta de que mis oyentes no me siguen. O más bien, se muestran completamente indiferentes: hablan confusamente entre sí de otras cosas, como si yo no estuviese allí. Mi hermana me mira. Se pone de pie y se va sin decir palabra.
Entonces nace en mí un dolor desolado, como ciertos dolores que apenas se recuerdan de los primeros años de la infancia: es el dolor en su estado puro, sin templar por el sentimiento de la realidad ni por la intrusión de circunstancias extrañas, semejantes, a aquellos por los que los niños lloran; y es mejor que vuelva a salir a la superficie, pero esta vez abro los ojos deliberadamente, para tener frente a mí la garantía de estar efectivamente despierto.
Tengo el sueño delante, caliente todavía, y yo, aunque despierto, estoy todavía lleno de su angustia: y entonces me doy cuenta de que no es un sueño cualquiera, sino de que desde que estoy aquí lo he soñado no una vez, sino muchas, con pocas variantes de ambiente y de detalle. Ahora estoy enteramente lúcido, y me acuerdo de que ya se lo he contado a Alberto y de que él me ha confiado, para mi asombro, que también lo sueña él, y que es el sueño de otros muchos, tal vez de todos. ¿Por qué pasa esto? ¿Por qué el dolor de cada día se traduce en nuestros sueños tan constantemente en la escena repetida de la narración que se hace y nadie escucha?” (pág. 70-71)

Primo Levi pertenece a una familia de Turín de origen judío sefardí, pero no eran judíos practicantes. En realidad, Levi llega a interesarse por su identidad judía después de que las leyes raciales se aprobaran en Italia en 1938. En 1941 se licenció en Química por la universidad de Turín, summa cum laude. En septiembre de 1943 se une a un grupo de partisanos. La Milicia fascista le captura el 13 de diciembre de ese año y al declararse como «ciudadano italiano de origen judío» elude ser fusilado, pero es entregado al ejército de ocupación alemán.
El 22 de febrero de 1944 es enviado en un tren a Auschwitz, entonces el nombre de un lugar desconocido. De los 650 judíos de este tren sobrevivieron 20.
“Entre las 45 personas de mi vagón tan sólo 4 han vuelto a ver su hogar; y fue con mucho el vagón más afortunado.” (pág. 30)
Levi llega al campo de la Buna-Monowitz, un campo relativamente pequeño, perteneciente al complejo de Auschwitz. El choque de la realidad del campo con su experiencia vital es enorme: desnudo, con la cabeza rapada, tras evitar la selección que le hubiera condenado de forma directa a la cámara de gas, ingresa en el campo. Allí no va a encontrarse con la solidaridad de los compañeros, sino con las burlas por ser nuevo, por tanto vulnerable y con pocas posibilidades de aguantar muchos meses. Esta sensación de extrañeza está magistralmente explicada en Los hundidos y los salvados, el tercer libro de la trilogía, más ensayístico: “Se ingresaba creyendo, por lo menos, en la solidaridad de los compañeros en desventura, pero éstos, a quienes se consideraban aliados, salvo en casos excepcionales, no eran solidarios: se encontraba uno con incontables mónadas selladas, y entre ellas una lucha desesperada, oculta y continua. Esta revelación brusca, manifiesta desde las primeras horas de prisión –muchas veces de forma inmediata por la agresión concéntrica de quienes se esperaba que fuesen los aliados futuros-, era tan dura que podía derribar de un solo golpe la capacidad de resistencia. (…) Rara vez ocurría que su llegada fuese saludada no digo ya como la de un amigo sino por lo menos como la de un compañero en desgracia; en la mayor parte de los casos, los antiguos (y uno se hacía antiguo en tres o cuatro meses, el paso a esa categoría era rápido) manifestaba fastidio o abierta hostilidad. El «nuevo» (…) era envidiado porque parecía tener todavía el olor de su casa. Era una envidia absurda porque, en realidad, se sufría mucho más durante los primeros días de prisión que después, cuando ya la costumbre por una parte y la experiencia por otra permitían armarse algún reparo. Era ridiculizado y expuesto a bromas crueles, como sucede en todas partes con los «reclutas» y con las ceremonias de iniciación en los pueblos primitivos. Y no hay duda de que la vida en el Lager comportaba una regresión, reconducía a comportamientos, precisamente, primitivos.” (pág. 412-413)

La narración de Si esto es un hombre avanza de forma lineal, pero a veces se hacen apartes en el texto cuando Levi quiere explicar cómo funcionaba una realidad concreta del campo o de las relaciones que se establecían allí. Así, por ejemplo, la parte en la que describe la llamada Bolsa, donde los prisioneros intercambiaban mercancías, es especialmente llamativa.
Primo Levi consiguió sobrevivir al campo por una serie de casualidad, que el achaca a la suerte, y que se materializan en aspectos como los siguientes: es de tamaño pequeño, lo que puede ser un inconveniente frente a los abusones, pero su cuerpo necesita menos calorías para resistir; es joven y despierto, por ejemplo, comprende rápidamente que para sobrevivir necesita aprender alemán, y con raciones de pan (la moneda de suo común en el campo) pagará a un compatriota que conoce el idioma para que le dé clases; es químico, y la Buna es un campo en el que se pretende fabricar caucho sintético, después de superar un examen pasará al laboratorio, y trabajar bajo techado es fundamental en Auschwitz; además entra en contacto con Lorenzo, un italiano libre, que trabaja en el campo de albañil, que le suministrará rancho extra –jugándose la vida para ello, como sabremos más tarde, por las páginas de Lilít y otros relatos-, así acaba el capítulo en el que habla de Lorenzo: “Ahora bien, entre Lorenzo y yo no sucede nunca nada de esto. Por el sentido que pueda tener tratar de explicar las causas por las que mi vida, entre millares de otras equivalentes, ha podido resistir la prueba, diré que creo que es a Lorenzo a quien debo el estar hoy vivo; y no tanto por su ayuda material como por haberme recordado constantemente con su presencia, con su manera tan llana y fácil de ser bueno, que todavía había un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía puro y entero, no corrompido ni salvaje, ajeno al odio y al miedo; algo difícilmente definible, una remota posibilidad de bondad, debido a la cual merecía la pena salvarse.
Los personajes de estas páginas no son hombres. Su humanidad está sepultada, o ellos mismos la han sepultado, bajo la ofensa súbita o infligida a los demás. Los SS malvados y estúpidos, los Kapos, los políticos, los criminales, los prominentes grandes y pequeños, hasta los Häftlinge indiferenciados y esclavos, todos los escalones de la demente jerarquía querida por los alemanes, están paradójicamente emparentados por una unitaria desolación interna.
Pero Lorenzo era un hombre; su humanidad era pura e incontaminada, se encontraba fuera de este mundo de negación. Gracias a Lorenzo no me olvidé yo mismo de que era un hombre.” (pág. 128)
Esta página en la que Levi habla de Lorenzo es muy significativa y contesta a la pregunta implícita en el título del libro, Decidme si esto es un hombre. Levi, a pesar de todas las afrentas, siempre identifica la idea de hombre con la de la razón y la bondad, nunca sucumbe al odio, y esto hace que sus palabras se conviertan en más esenciales y definitivas.

La tregua comienza donde termina Si esto es un hombre: Primo Levi se encuentra en enero de 1945 en la enfermería del Lager de Buna-Monowitz. Los nazis han abandonado el campo, debido a la inminente llegada de los rusos. Semanas antes Levi había contraído la escarlatina, lo que paradójicamente le salvará la vida una vez más (cuando uno lee los testimonios de los supervivientes de Auschwitz siempre tiene la impresión de estar leyendo la historia de superhéroes, de gente a la que las balas pasan silbando a su alrededor, pero que nunca les alcanzan. Por simple lógica sólo podemos leer los testimonios de los supervivientes, aquellos que por un cúmulo de casualidades consiguieron vivir para contarlo). Cuando los nazis inician la evacuación del campo, los presos sanos se van con ellos, con la idea de trasladarlos a otro campo y de borrar la presencia de testigos. Casi todos los judíos que se fueron en esta marcha murieron en el camino; entre ellos Alberto, el compañero inseparable de Levi. Muchos son también los enfermos que se quedan en el campo y mueren. Levi sobrevive otra vez más y va a caer bajo la tutela de los rusos.
Las primeras páginas de La tregua son tremendas, sobre todo cuando habla de los niños que aparecen entre los supervivientes; pero en el tercer capítulo la tensión dramática se relaja y Levi nos contará las peripecias que vive en el Este de Europa hasta que puede regresar a su casa de Turín, casi un año después de la liberación de Auschwitz, en un tono más alegre, más novelesco, con más placer por la pura narración. En algún momento La tregua llega a convertirse en una novela picaresca, sobre todo cuando describe a personajes como el Griego o su amigo Cesare, tipos con una capacidad innata para sacar partido a cualquier situación, vendedores (o charlatanes) puros. Si en Si esto es un hombre, además de estremecerse el lector podía sonreírse ante alguna apreciación irónica sobre el carácter ordenado de los alemanes, en La tregua hay escenas verdaderamente cómicas, con las que me he vuelto a reír a carcajadas. Una descripción fascinante de una Europa patas arriba, mientras los ejércitos se desmovilizan. Al acercarse a casa, el último tren tiene que pasar por Viena: “Volvimos a nuestros vagones con el corazón agobiado. No habíamos experimentado ningún gozo sino pena, viendo a Viena deshecha y a los alemanes doblegados; no compasión sino una pena más profunda que se confundía con nuestra propia miseria, con la sensación pesada, inminente, de un mal irreparable y definitivo, omnipresente, anidado como una gangrena en las vísceras de Europa y del mundo, simiente de futuros males.” (pág. 380-381).
Y las aventuras del viaje han de chocar con la realidad en el último capítulo, el titulado El despertar. “Llegué a Turín el 19 de octubre, después de treinta y cinco días de viaje: la casa estaba en pie, toda mi familia viva, nadie me esperaba. Estaba hinchado, barbudo y lacerado, y me costó trabajo que me reconociesen.” Y volverá a soñar que todo es irreal, que sigue en el Lager y nada de lo que está fuera de él es verdad.

Si esto es un hombre fue rechazada en 1947 para su publicación en la prestigiosa editorial italiana Einaudi. Años después se supo que la lectora que rechazó el libro de Primo Levi fue la escritora Natalia Ginzburg, judía y antifascista, y cuyo marido fue un deportado a los campos nazis. Esto nos da una idea de que en la Europa de la postguerra no se quería recordar. El libro se publicó en una editorial bastante más modesta, con una tirada de 2.500 ejemplares, de los que en 1966 aún quedaban 600 sin vender. Pero Einaudi rectificó y en 1957 relanzó Si esto es un hombre, con gran éxito y traducciones a muchos idiomas. Mientras tanto Levi había seguido trabajando como químico.
En 1963 publicó La tregua. Después pudo dedicarse a dar charlas sobre su experiencia y publicó más novelas y libros de cuentos.

Los hundidos y los salvados fue su último libro, publicado en 1986. Es un ensayo, en él Levi vuelve sobre algunas cuestiones fundamentales de su experiencia; unas reflexiones que cierran el círculo de los interrogantes abiertos en los libros anteriores. Una de las ideas más importantes de las que habla en este libro es de lo que él llama la “zona gris”, la constatación de que no se puede distinguir de forma clara y precisa entre los verdugos y víctimas, entre el bien y el mal, que sus fronteras a veces son difícil de determinar. Siempre he tenido la impresión de que al ver películas como La lista de Schindler, si el espectador no ha leído antes libros como los de Primo Levi se va a llevar del drama del Holocausto una visión parcial. En la película de Spielberg la delimitación entre buenos y malos parece muy clara. En la realidad no estaba tan claro todo esto, o más bien el estado totalitario que fue el nazismo acaba corrompiéndolo todo. Ya he hablado de las impresiones de Levi sobre su llegada al campo, cuando los otros presos son eran sus aliados naturales. Uno de los detalles que más me ha llamado la atención de estas páginas es el análisis que hace de los Kapos, los jefes de barracón, brutales y feroces, normalmente. Estas personas solían ser presos políticos o criminales, pero también podían ser judíos. Hay una frase en Si esto es un hombre que me deja helado: “Éste no es un Kapo molesto, porque no es judío y no tiene miedo a perder el puesto.” Un jefe de barracón no judío era preferible a uno judío; porque si aquél no era lo suficientemente severo podía perder su puesto privilegiado (con menos desgaste físico y mejor alimentación) y volver a ser un preso común, con más posibilidades de morir de agotamiento y de ser señalado en la elecciones periódicas para la cámara de gas. Impresionantes también son los comentarios sobre los SonderKommandos (las Escuadras Especiales): formados por judíos que debían imponer el orden a los recién llegados para que fuesen a las cámaras de gas, de sacar los cadáveres de allí, quitarles los dientes de oro; llevar los cuerpos al crematorio; sacar las cenizas y hacerlas desaparecer. Por este trabajo se les alimentaba mejor y si se negaban irían directamente a la cámara de gas, y además sabían que estaban condenados porque estas Escuadras se renovaban cada unos meses. El juego perverso de los nazis era intenso: forzaban a los judíos a hacer los trabajos más sucios para envilecerlos, para transmitirles la culpa.
Otra reflexión es también terrible: “sobrevivimos los peores”. Los mejores, los que cumplían las normas, no robaban o no trataban de sacar algún partido de cualquier situación morían pronto. Muchos presos que aguantaron años en el campo, en las condiciones más duras, se suicidaron tras la liberación. Dice Levi que suicidarse es propio de humanos y no de animales (condición a la que quedaba reducido el preso común).

En 1982 Primo Levi rechazó de forma pública las matanzas palestinas de los campos de Sabra y Chatila. Nunca permitió que el sionismo de Israel se aprovechase en su favor de su palabra. Tal vez esto contribuyó al aislamiento de sus últimos y años, y no mucho después de escribir la cruda Los hundidos y los salvados, en 1987 muere al caer por la escalera interior de su casa de Turín (un tercer piso). Se supone que fue un suicidio, aunque no todas las voces concuerdan el esto.

En definitiva esta Trilogía de Auschwitz contiene algunas de las páginas fundamentales que se han escrito sobre el siglo XX. En el colegio en el que trabajo, en primero de bachillerato se hacía en la tutoría una actividad que consistía en contar a los demás quién era la persona a la que más admiraban. Cantantes, deportistas, algún familiar… Siempre pensé que si tuviera que hacer yo la actividad y no dirigirla, mi elección hubiera estado clara: les habría hablado de Primo Levi. Y con esta frase empecé la charla que di en el colegio sobre Levi. La hice dos veces, estuve más de dos horas (en las dos ocasiones) hablando de Primo Levi a unos cuantos de mis compañeros de trabajo. Si conseguí un lector para mi admirado Primo Levi todo habrá merecido la pena.

domingo, 25 de octubre de 2009

Rebelión en la granja, por George Orwell



Debe ser la séptima u octava vez que leo este libro. Casi cada año, durante los últimos seis, he repetido la operación. Se lo mando leer a mis alumnos de Economía de 1º de bachiller, relacionándolo con el tema de los sistemas económicos. Hablando en lenguaje técnico pedagógico: esta lectura es mi tema trasversal para la asignatura.

La primera vez que leí Rebelión en la granja, tenía trece años y estaba al comienzo del octavo curso de la EGB. Mi padre lo compró y yo sabía que la profesora de Historia nos iba a hacer leerlo meses después, según avanzásemos con los temas del siglo XX. Me adelanté al programa, y lo leí antes de las navidades. Recuerdo la honda impresión que me causó el libro, cómo su sencilla fábula moral penetró en la sensibilidad del alevín de lector que era yo entonces.
Supongo que para un adolescente es difícil olvidar la nobleza de sentimientos del caballo Boxer, el escepticismo de Benjamín, la estupidez de las ovejas o patos, y la maldad de los cerdos, con Napoleón –el gran dictador- a la cabeza.
Con los años he seguido disfrutando de su lenguaje sencillo pero incisivo, de su ironía inteligente, sangrante.
Quizás la lectura de este libro sea uno de mis mejores recuerdos de la EGB; y, en cierto modo, como homenaje a mi profesora de Historia y a los profesores que tuve en mi colegio público de Móstoles, me gusta continuar la cadena y comentar el libro con mis alumnos.
Me llama la atención cómo ellos se sorprenden ante hechos causales de la novela que les parecen absurdos: cómo algunos animales confiesan crímenes que no han cometido y son asesinados en consecuencia. Aunque, claro mis alumnos no han leído Un día en la vida de Iván Denisovich de Aleksandr Solzhenitsyn, para ver cómo los soldados rusos que cayeron prisioneros de los alemanes, al acabar la Segunda Guerra Mundial y regresar a sus casas, eran acusados de espías y enviados a Siberia. Tampoco han leído El libro de la risa y el olvido de Milan Kundera, para percatarse de cómo las figuras molestas eran borradas de las fotos oficiales. Ni se han acercado, seguramente, a los Diarios de Victor Klemperer, el judío alemán de Dresde que leía los periódicos de la Alemania nazi de los años 30 y 40, y la perfidia o la bondad de Rusia e Inglaterra variaban según Hitler negociaba con unos o con otros. Es decir, no saben lo fácilmente manipulable que puede ser una población bajo un régimen totalitario, sometida a purgas, a persecuciones, a progroms; presionada bajo tortura o coacciones.

Rebelión en la granja es toda una metáfora sobre la condición humana. Me gustó también de Orwell 1984. Quien controla el significado de las palabras controla la realidad, la guerra es la paz…, decía Orwell en 1948. Basta estar atento a cualquier explicación sobre las recientes guerras y las labores de los ejércitos para percatarse de que esa frase no ha perdido nada de su vigencia.
Lo más reciente de Orwell que he leído fue Homenaje a Cataluña. Una lúcida visión de la Guerra Civil Española.
Creo que me falta de él al menos Sin un duro en París y Londres.