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domingo, 27 de octubre de 2019

Un solar abandonado, por Mohamed El Morabet


Un solar abandonado, de Mohamed El Morabet.
Editorial Sitara. 211 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí en persona a Mohamed El Morabet (Alhucemas, Marruecos, 1983) el día de la presentación de la novela Las discípulas de Mateo de Paz, que tuvo lugar en Madrid a finales de 2018. Mohamed había publicado su novela Un solar abandonado con la editorial Sitara unas semanas antes que Mateo. Meses más tarde, ya en la primavera de 2019, me escribió a través de Facebook para proponerme la lectura de su libro. Ya he comentado muchas veces que lo normal es que rechace este tipo de ofrecimientos, porque me desvían continuamente de mis propósitos de lectura y me acaban generando cierta ansiedad. Pero en este caso sentía verdadera curiosidad por la novela de Mohamed y acabé quedando con él en una terraza de Callao, a intercambiarnos libros y a hablar de literatura y de la familia.

Decía que me interesaba Un solar abandonado por un dato curioso, que ha jugado muy a favor de la difusión de esta novela que ya alcanza su segunda edición, y es que, aunque El Morabet es de origen marroquí, la ha escrito en español. El Morabet proviene del norte de Marruecos y su lengua natal no es ni siquiera el árabe sino el amazigh, que, al menos durante su infancia, ni siquiera tenía registro escrito.

Igual que ha ocurrido en otros países europeos o en Estados Unidos, es lógico pensar que en España ha de desarrollarse una literatura de la inmigración, que hasta ahora estaba representada por algunos autores latinoamericanos asentados en el país. En este caso no se produce un cambio de lengua, y todavía no ha ocurrido (pero ha de ocurrir, y la novela de Mohamed es una muestra de ello) la gran eclosión de la novela de la inmigración que implica un cambio de lengua. Es decir, tienen que llegar aún las novelas de personas, asentadas en España, cuyos padres proceden de China o Ucrania y que hablan mejor español que el idioma con el que conversan con su familia. Y en este contraste entre dos lenguas o dos culturas tendrá que transitar una parte de la literatura española del futuro, como ya está ocurriendo con la apuesta de Mohamed El Morabet.

El narrador de Un solar abandonado es Ismael Atta, un marroquí procedente del pueblo de Alhucemas que vive en Madrid desde hace veintiún años. Pese a algunas coincidencias entre autor y personaje ésta no es una novela autobiográfica, como me contó Mohamed el día que quedé con él. De hecho, Ismael es más mayor que Mohamed, puesto que en 2011 (el tiempo narrativo de la novela) tiene treinta y nueve años, y Mohamed ha nacido en 1983. Ismael llegó a España en 1991 y Mohamed en 2002.

Bajo el cielo de Madrid, Ismael fuma y bebe demasiado. Un mensaje a su móvil va a romper su rutina y le va a obligar a confrontar su mirada con el pasado: su hermana le informa de que su abuela ha muerto en Alhucemas y él emprenderá un viaje al sur para asistir a su entierro. Hace ocho años que Ismael no regresa a su pueblo ni ve a los suyos. Tras la muerte de su abuelo, Ismael, siendo un niño, estuvo viviendo con su abuela durante trece años. Una abuela analfabeta y que casi no salía de casa. La abuela solía enviar a Ismael a jugar con otros niños en un solar abandonado que se encontraba enfrente de su casa, y que para él simboliza el pasado que dejó atrás al emigrar a España.

Debido a un encuentro casual, Ismael se dedica a realizar traducciones de su lengua natal, el amazigh, una lengua sin tradición oral y de la que, por tanto, existen pocas posibilidades de trabajo. En este sentido, la novela no acaba de ser realista, puesto que Ismael es un personaje más atacado por problemas existencialistas que mundanos. Que nadie busque aquí el duro relato de un inmigrante enfrentado a la supervivencia cotidiana porque la novela no transita por estos caminos. Más que sobre temas sociales o reivindicativos, se hablará aquí del lenguaje y de la esencia de la literatura. Ismael piensa en amazigh, una lengua sin tradición escrita, pero a la vez está obsesionado con la literatura, con la lectura y la escritura. La novela es muy metaliteraria, son continuas en ella las citas de escritores. «Casi agarro una tortícolis, como revelaba con sarcasmo Günter Grass que le ocurría cuando miraba a sus viejos amigos de la izquierda» (pág. 51), construcciones lingüísticas como ésta son comunes en toda la novela, donde el personaje recrea pequeñas anécdotas leídas en libros y usa adjetivos como «borguiano».
En cierto modo, me percato de que si un español hubiera querido escribir la novela de un inmigrante marroquí en España es muy posible que la hubiera hecho de un modo muy diferente al de El Morabet. Es posible que hubiera tratado de hacer un texto de denuncia social y trasfondo folclórico. Como decía Borges, en el Corán no hay camellos, y en la novela de El Morabet no están los tópicos sobre el mundo árabe que puede esperar un español. En realidad, además de ser una novela metaliteraria, no muy realista al hablar del mundo laboral, también contiene humor, un humor fruto del juego con el lenguaje. En este sentido, me ha encantado la expresión «aguaciles de la moral»; al principio me pareció que había una errata, que quería decir «alguaciles de la moral», pero la palabra «aguaciles» tiene todo el sentido si se lee la frase completa: «Porque esos aguaciles de la moral patrullan las vidas ajenas para aguar la fiesta», un toque de humor muy quevediano.

La trama principal de la novela es sencilla: Ismael recibe el mensaje que le dice que su abuela ha muerto y se dirige a Alhucemas con Laila, una desconocida con la que su jefa le ha puesto en contacto, porque da la casualidad de que también viaja a Marruecos. Ismael viaje en coche a Motril y desde ahí en ferry a Alhucemas. En este pueblo se encontrará con su familia y su pasado, situación que el narrador abordará sin demasiados dramatismos. Los capítulos en los que se desarrolla esta trama principal están intercalados con otros en los que se habla de la visita que hace Ismael a la Dekka sin dientes, un lugar en el que varios marroquíes se reúnen para contar historias en primera persona. Estás historias aparecerán en la novela y funcionan como narraciones dentro de la narración. Aquí, El Morabet se dedica a «cervantear», un verbo que usa en la novela y que parece muy adecuado para su propuesta. El narrador nos hablará de la tradición oral marroquí de contar historias, que es practicada tanto en la plaza de Marrakech como por su abuela analfabeta. Y aquí es donde la tradición occidental se une a la oriental: Cervantes y Las mil y una noches.
En una pirueta final, en un juego metaliterario que se ha anunciado ya en la novela, el escritor (Mohamed) conversará con su personaje (Ismael).

Ya he dicho que el estilo narrativo de El Morabet es juguetón y que abundan las bromas lingüísticas. Lo cierto es que en las primeras páginas me ha parecido que el estilo era algo recargado, como si Mohamed quisiera mostrarle al lector que, a pesar de provenir de otro idioma, domina el español culto. Por ejemplo leemos en la página 13: «Emborracharse consistió durante mucho tiempo en una escapatoria recurrente como aquellos pactos tácitos, retadores ante el tiempo, que nadie sabe cuándo se han suscrito, pero que todo el mundo acata con demasiada obsecuencia», o en la 17: «Me unía a ese inefable encanto que absorbía en permanente implosión las emociones nítidas para envolverlas en un nimbo de soledad». Pasadas las quince primeras páginas el texto se vuelve más fluido, algo que el lector agradece.

En definitiva, El solar abandonado es un texto valioso porque nos plantea una literatura de miscelánea, cultural y lingüística, que abre nuevos caminos para la narrativa en español. Recordad esto: los inmigrantes marroquíes en España leen a Borges y a Murakami y en el Corán no hay camellos.

domingo, 27 de enero de 2019

Las discípulas, por Mateo de Paz


Editorial Sitara. 446 páginas. 1ª edición de 2018.

Conocí a Mateo de Paz (Santurce, 1975) en la presentación de un libro –si no recuerdo mal– de Juan Gracia Armendáriz, y desde entonces hemos coincidido en otros eventos similares. También me invitó a participar en un especial de la revista Quimera sobre Mario Levrero que él coordinó. En una ocasión le dejé mi libro de relatos Koundara y él, algo después de un año, me ha enviado su primera novela, Las discípulas. Y me gustó pasarme por la librería Lé de Castellana para la presentación de esta novela y compartir ese momento tan especial con Mateo.

El narrador principal de Las discípulas es Marcelo, originario de Bilbao, que llegó a Madrid con la intención de estudiar Filología Hispánica, y con la de distanciarse de su familia y su entorno de amigos. En el momento en que comienza el relato, Marcelo trabaja por las mañanas de profesor de lengua y literatura en un instituto y por las tardes como profesor de escritura creativa en un lugar llamado Hostal Bukowski. Hasta aquí parece que existe más de un paralelismo entre Mateo de Paz y su personaje Marcelo, un paralelismo metaficcional que se romperá pronto.

La trama comienza cuando Hugo J. Platz, un profesor de matemáticas que fue su compañero en un instituto de Leganés, le propone corregir y terminar una novela que dejó inconclusa su padre Jacob Platz, una novela acompañada por las notas del propio Hugo. «Llevaba mucho tiempo sin escribir, pero cuando la necesidad de la escritura nos arranca palabras sinceras, decía Lucrecio, cae la máscara y aparece el hombre» (pág. 14): con esta predisposición se deja llevar Marcelo por el embrujo de la novela de Jacob.
Pronto comienza un juego de narradores interpuestos, ya que al lector se le muestran las páginas que Marcelo lee en la novela de Jacob. En ellas se nos presentará a Estefanía Santiago, una joven que trabaja como agente secreto en el Ministerio de Defensa, que se ha convertido en la amante de Jacob Platz (su jefe) y que ha recibido la misión de infiltrarse en un comando de ETA.
El tema terrorista será uno de los ejes vertebradores de Las discípulas. No sólo se hablará aquí de ETA, sino también del terrorismo islámico, o de un nuevo grupo terrorista –llamado Φ– cuyo objetivo es atentar contra los establecimientos de comida basura, y que acabará teniendo una función paródica sobre la organización de un grupo terrorista. Este planteamiento de un mundo amenazado por un terrorismo sin foco, un mundo plagado de espías y contraespías, me ha recordado a la fantasía posmoderna de Don Delillo en libros como Fascinación. Aunque el día de la presentación de Las discípulas le pregunté a Mateo de Paz por esta posible filiación de su escritura, él no pareció reconocerse en ella. Sí que habló, sin embargo, de su admiración hacia dos escritores que han ejercido una importante influencia en su libro: el Juan Carlos Onetti de La vida breve y el Miguel de Cervantes de El Quijote. A Onetti le podemos encontrar en el tono oscuro y a veces desesperado de Las discípulas, y a Cervantes en el recurso narrativo de mostrar otras novelas más breves dentro de la novela principal. Por ejemplo, en un momento de la narración, Marcelo es invitado a la casa de Hugo y su mujer empieza a contarle una historia que transcurre en Argentina. Esta historia de Argentina, en la que de nuevo se juega también al cambio de narrador, acaba resultando también un tanto paródica, puesto que De Paz ha decidido usar un vocabulario que me ha resultado «más argentino» que el que habitualmente encuentro en mis fecundas lecturas de autores argentinos. De este modo, surge ante el lector de Las discípulas una Argentina cuyo modelo es la propia narrativa argentina, más que su realidad.

Diría que el tema principal de Las discípulas es el de la identidad. En la novela de Jacob Platz, ese mundo de terroristas y agentes infiltrados, es frecuente que sus personajes vayan cambiando de nombres y de vida, perdiendo el lector –en parte– la pista sobre su verdadera identidad, que queda diluida en el magma de una narración de sombras y huidas.
También en la realidad de Las discípulas pueden converger distintos planos de las historias propuestas. Es decir, Marcelo pronto empezará a obsesionarse con la idea de que los hechos que Jacob cuenta en su novela son reales, y tratará de perseguir a las personas del mundo real que cree haber reconocido a través de las páginas de la novela que lee y corrige, lo que le ocasionará más de un conflicto. El más grave de ellos será que su mujer Paula (con la que el narrador tiene un hijo) le abandonará, y el personaje empezará a vivir en un mundo vacío y sórdido de pensiones (aquí entra, en gran medida, el componente onettiano del libro). Los planos de la novela llegarán a confluir de tal modo que, en su tramo final, acabé pensando en el Miguel de Unamuno de Niebla.
Marcelo es un lector de Philip K. Dick, y gran parte de sus problemas empiezan el día que sale de casa para buscar su novela Tiempo desarticulado; un título que no deja de ser un guiño a la estructura compositiva de Las discípulas.

Otro tema del que se habla es el del azar. «El azar es el pulmón de nuestro siglo», leemos en la página 155. Esta premisa será replicada en la página 172: «El caos era el pulmón de nuestro siglo», Aquí, la propuesta de De Paz me ha recordado a las novelas del primer Paul Auster.

El lenguaje de la novela es rico y repleto de frases elegantes, largas y matizadas. Hasta ahora, De Paz había publicado algún relato o microrrelato en libros colectivos y casi cuesta creer que Las discípulas sea su primer libro publicado. Me queda claro que De Paz lleva escribiendo y reflexionando sobre la escritura desde hace mucho tiempo. Quizá, puestos a sacarle algún «pero» a esta estimulante primera novela, podría decir que, en algún momento, me he visto abrumado por la superposición de historias y los posibles cambios de identidad de los personajes. Sé que en principio la novela contenía, en sus versiones más primitivas, un número bastante mayor de páginas que el definitivo (que tampoco es pequeño, puesto que son 446), y en su versión final algún tema narrativo ha quedado un tanto desdibujado, y es posible que tuviera más posibilidades narrativas. Sin embargo, creo que conviene destacar la gran ambición literaria que se observa en Las discípulas, la mezcla de tantos planos, enfoques, juegos y texturas narrativas en sus páginas. En cierto modo, es como si De Paz hubiera querido publicar sus tres primeras novelas en un solo volumen; un esfuerzo potente y salvaje, que ha dado lugar a algunas páginas muy bellas y misteriosas.

Las discípulas también me ha llevado a conocer a la nueva editorial Sitara –dirigida por Antonio Lafarga y María Agra– que, con poco más de un año de andadura, publica unos libros muy bien editados. Le deseo una larga trayectoria.