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domingo, 28 de octubre de 2018

Mundo cruel, por Luis Negrón.


Mundo cruel, de Luis Negrón.

Editorial Malpaso. 102 páginas, 2016. Primera edición: 2010.
Prólogo de Ignacio Echevarría.

No suele ocurrirme que le pida un libro a una editorial para reseñarlo, que la editorial me lo envíe y que este libro se quede demasiado tiempo sin leer. Si la editorial decide enviarme libros que no le solicito, no me puedo hacer cargo de ellos, pero al revés soy muy responsable. Sin embargo, no estaba cumpliendo mis propias reglas con Mundo cruel de Luis Negrón (Guayama, Puerto Rico, 1970), que me fue enviado (tras yo pedirlo) por José de Montfort de Malpaso y tras un año o dos seguía sin leerlo. Y todo esto de un modo absurdo, porque una vez que decidí tomarlo de las estanterías lo acabé en un solo día y me pareció un libro bastante bueno.

De Mundo cruel me habían hablado bastante bien en alguna reunión literaria y me había apetecido leerlo. Como acabo de contar, encontrar tiempo dentro del desbarajuste de mis lecturas empieza a ser un problema serio.

Mundo cruel es el debut narrativo de Luis Negrón, que trabaja como librero en Puerto Rico. La verdad es que uno de los motivos por los que quería leerlo era porque creo que nunca he leído antes a un escritor portorriqueño y quería saber cómo eran los giros del español de allí. Tras leer el libro compruebo que el lenguaje de Puerto Rico es bastante caribeño, con expresiones similares a las propias de Cuba o República Dominicana y con más de un préstamo del inglés.

Mundo cruel lo componen nueve relatos. Es un libro relativamente corto, que se puede leer de una sentada. Empecé por el primer cuento y me dejé el prólogo de Echevarría, al que admiro mucho, para el final. Este primer cuento se titula El elegido y nos habla de un adolescente (en realidad un niño cuando empieza a contarnos su historia) del que el pastor de la iglesia había profetizado que «no sería como los demás niños, que cada paso mío sería un peldaño hacia Jehová. Crecí con la certeza de ser ungido» (pág. 25). En realidad, el narrador de esta historia parece haber sido ungido, más que con la gracia divina, con el perturbador don de la belleza, que hará morir de deseo a todos los hombres con los que se cruza. En este primer relato nos encontramos ya con gran parte de la temática que Negrón desarrollará en estas narraciones: la naturaleza subversiva de la condición homosexual (en el libro no aparece este término, y a los homosexuales se les denomina con el coloquial y despectivo «pato»), que va a suponer un perjuicio para la familia, la cual deseará exterminarla en sus hijos, y para ello no tendrá reparo en usar la violencia. Nuestro narrador sufrirá golpes tanto de su padre como de su madre, que no puede soportar su condición de «pato»; sin embargo, el tono del relato, como el de todo el libro, no es lastimero, sino celebrativo de la sexualidad, predominando un tono vital y jocoso.

En El elegido, el deseo que genera nuestro narrador no parece que esté tratado de modo realista, sino que el texto entra en el terreno de la exageración carnavalesca. Si bien ­­–como apunta Echevarría en su prólogo– gran parte de la intencionalidad del libro es costumbrista, el tono cómico de las páginas trasciende ese costumbrismo.

El vampiro de Moca es el segundo cuento y su tono es más contenido y más melancólico que el primero. De nuevo se habla aquí del deseo, pero ahora desde la perspectiva de un pato atraído por un jovencito al que considera inalcanzable. Hacia el final del cuento, nuestro narrador apunta: «Me senté en el balcón a reírme de mí mismo y de Carlos y de todos nosotros los gais, habitantes eternos de Santurce, que hemos pulido esas aceras cangrejeras una y otra vez buscando machos, velando machos o simplemente borrachos tarde en la madrugada, echados todos del brazo, riéndonos triunfantes de los carros que pasan gritando “¡maricones!”» (pág. 43).
En este cuento se le presenta al lector el territorio narrativo de Santurce, barrio de San Juan de Puerto Rico, donde suelen reunirse los gais. Santurce se describe como un conglomerado de oficinas de médicos, iglesias de variados credos y bares de copas, un lugar de «calor insoportable» y «peste a alcantarilla las veinticuatro horas del día».

En el tercer cuento, Por Guayama, vuelve la exageración. Un gai (lo escribo con la grafía de Negrón en este libro) reclama el dinero que le debe otro por unas cortinas para poder disecar a su perro muerto. Como el cuento se articula a base de notas que uno de los dos protagonistas le deja al otro, el lector avezado pensará, de forma inmediata, en la influencia narrativa del argentino Manuel Puig. Ignacio Echevarría habla de esta influencia en el prólogo y el propio Negrón la asume. Otros cuentos de este libro, siguiendo la estela de Puig, están construidos sólo con diálogos, sin ninguna anotación añadida, y también se hace uso del chismorreo y de la cultura popular (música, películas…) para definir a los personajes.
Echevarría también habla de la influencia del escritor chileno Pedro Lemebel. Yo de Lemebel leí un libro, Tengo miedo torero, del que guardo buen recuerdo, pero ya hace tanto tiempo que no sabría ver claramente las influencias sobre Negrón. Recuerdo el tono ingenuo del narrador homosexual de Tengo miedo torero, enamorado sin esperanza de un joven revolucionario heterosexual; y puede que esto sí esté presente en el cuento La Edwin, donde se cuestiona, con humor, la idea de que ser gai o bisexual pueda ser una identidad política. La Edwin recoge una conversación telefónica y es, por tanto, pura narración oral.

Junito es, de nuevo, una narración puramente oral. El narrador se encuentra con un antiguo compañero del colegio esperando el autobús. Le habla con el sobreentendido de saber que el otro es gai y le comunica que piensa mudarse a Boston porque su hijo pequeño también es gai y piensa que allí va a poder tener una mejor vida que en Puerto Rico, que se da a entender que es un lugar más retrógrado que Estados Unidos.

Botella es un cuento intenso. En sus pocas páginas nos encontraremos con dos crímenes. Un hombre casado con una mujer se dedica a hacer de chapero con viejos de San Juan. El relato es vivo, y aparece aquí un componente importante en el libro y del que todavía no he hablado: la picaresca. En las páginas de Mundo cruel nos encontramos con muchas personas buscándose la vida, sobreviviendo en el vital barrio de Santurce. En este sentido, algunos de estos cuentos me han hecho pensar en los del cubano Pedro Juan Gutiérrez, cuentos donde el sexo (heterosexual en el caso del cubano) es muy importante en la composición, así como la descripción de la vida en la calle y la supervivencia. También creo que he pensado en Gutiérrez porque, como he apuntado al principio, el lenguaje portorriqueño de Negrón me recuerda al español cubano, del que he leído más libros.

Muchos o de cómo a veces la lengua es bruja es puro Manuel Puig. Dos mujeres maduras chismorrean sobre todos los gais que viven cerca de ellas. Además de la homofobia, en este relato también aparece la xenofobia, porque estas señoras despotrican de una mujer de origen dominicano cuyo hijo parece gai.

El jardín está ambientado en 1989 y es un relato de tono más melancólico que el resto. Un joven nos habla de su pareja, a quien le falta poco para morir de sida. El narrador vive fascinado por su novio y la hermana de éste, que pertenecen a una clase social superior a la suya.

El último cuento, Mundo cruel, es el que da título al volumen, y se trata de un título irónico. En clave humorística, se nos presenta aquí a un gai horrorizado porque empieza a encontrar que su condición homosexual es cada vez más aceptada en San Juan de Puerto Rico. Esta situación de tolerancia parece molestarle, porque prefiere vivir en un gueto secreto y privilegiado. El tema aquí tratado no deja de ser original.

Mundo cruel es el primer y único libro de Luis Negrón. Es un libro que ha tenido mucho éxito en Puerto Rico y también, con su traducción al inglés, en Estados Unidos. Además se ha comercializado en, al menos, media docena de países de habla hispana.
Luis Negrón, gracias a este único y potente libro, une su nombre al de otros ilustres escritores de literatura gai hispanoamericana como Manuel Puig, Pedro Lemebel o Reinaldo Arenas. En cualquier caso, aunque la idea de retratar a la comunidad gai de San Juan es clara en Negrón, hablar de «literatura gai» me parece una forma de restar importancia a estos grandes escritores –Puig, Lemebel, Arenas o Negrón– que practican, desde la perspectiva de sus sensibilidades particulares, gran literatura.

jueves, 31 de agosto de 2017

Patas de perro, por Carlos Droguett.

Editorial Malpaso. 303 páginas. 1ª edición de 1965, ésta es de 2016.
Prólogo de Lina Meruane.

En el verano de 2016, cuando estaba en la playa de la bahía de Alcudia (al norte de Mallorca), abrí en el móvil un pdf que me había enviado al correo José de Montfort, el representante de prensa de la editorial Malpaso. En ese pdf se anunciaban las próximas publicaciones de la editorial. Rápidamente me llamó la atención la reedición de la novela Patas de perro, que apareció por primera vez en el Chile de 1965, escrita por Carlos Droguett (Santiago de Chile, 1912-Berna, Suiza, 1996). El dossier de prensa recogía una cita de Manuel Rojas: «La mejor novela chilena de todos los tiempos». Manuel Rojas es el escritor de Hijo de ladrón, novela publicada en 1951 y que he hojeado más de una vez. Una novela que sé que tarde o temprano leeré. Hijo de ladrón es una de las novelas más importantes de la literatura chilena, y aunque aún no la he leído, sí que la conocía. Pero... ¿quién era ese Carlos Droguett del que Rojas hablaba de manera tan elogiosa? Como ya he dejado claro en mi blog más de una vez, a mí las historias sobre escritores hispanoamericanos injustamente olvidados me encantan, así que anoté este título para solicitárselo a José de Montfort cuando saliera. José me lo envió a casa a finales de 2016 y lo leí en marzo de 2017.

El narrador de Patas de perro es un hombre de cuarenta y cinco años llamado Carlos. En el entusiasta prólogo de Lina Meruane (por cierto, su novela Sangre en el ojo se ha reeditado ahora en España y es muy recomendable) se apunta que Carlos es un escritor sin obra publicada. Esto me ha llevado a leer la novela esperando que Carlos hablara de sus escritos, pero lo cierto es que no se apuntan más datos sobre este asunto, salvo el hecho de que está escribiendo la crónica que el lector tiene entre manos. En ningún momento se dice que en el pasado tuviera una vocación literaria (o bien yo me despisté durante la lectura y no encontré esa información). Carlos es un hombre solitario que en hace tiempo deseó ser profesor de filosofía, pero no tuvo éxito en su empeño. También llegaremos a saber que trabajó en una imprenta. En algún momento deseó casarse y empezó a buscar casa antes que esposa. En este proceso conocerá a Roberto (Bobi), un niño de trece años procedente de una familia pobre al que adoptará para que viva con él en su casa solitaria.

Bobi no es un niño normal, ya que nació con dos contundentes patas de perro en vez de piernas. Sus patas de perro serán una fuente de sufrimiento, pero también su seña de identidad: así, Bobi se sentirá ofendido cuando Carlos le regale unas botas con la intención de cubrirlas. Sus patas de perro son el motivo de su distancia con respecto a los demás: «El profesor Bonilla me odiaba no porque yo fuera lo que era, sino porque consideraba que mi figura era en sí misma una insolencia, una falta de respeto y de cortesía, decía que yo no era humilde cuando debía serlo, que no me ocultaba como debiera hacerlo, sino que ostentaba mi cuerpo con cierta desenfadada impudicia que lo tornaba razonablemente furioso», leemos en la página 63. Sus patas de perro también son el germen de su angustia existencial: «¿Qué soy yo?, me preguntaba avergonzado, humillado y rencoroso, ¿qué soy yo, pues?» (pág. 26).

En la página 72 leemos: «Bobi no será nunca feliz, nació deforme como los artistas y, como la de los artistas, su deformidad es perfecta». Quizá en esta frase se encuentre la clave de la novela, su significación última: Carlos Droguett se desdobla en la desvalida voz del personaje de Carlos y en el desubicado adolescente Bobi para hablarnos de la condición del artista. Droguett como escritor se siente un hombre solo que necesita «escribir para olvidar una terrible historia» (la idea de «escribir para olvidar» se repite varias veces en la novela. A la vez, siente que su mirada sobre el mundo es la de un adolescente perdido, una mirada orgullosa y sorprendida. Su presencia provoca miradas de extrañeza entre los demás. Bobi ha llegado al mundo en un hogar pobre, con un padre borracho que sentirá la presencia de su hijo como una ofensa, y que no dudará en pegarle, y una madre que, aunque no le pegue, no deja de llorar su desgracia. El profesor Bonilla siempre mirará con recelo a Bobi, a pesar de ser el alumno más aventajado de su clase. Este personaje parece representar al estamento de la cultura institucionalizada que no acaba de sentir como propio al nuevo artista. Las autoridades ‒agentes del orden‒, representadas por el abogado Gándara y el Teniente, siempre se acercarán con recelo a Bobi, al que no pueden comprender. Algo diferente será la actitud del padre Escudero o el ciego Horacio que, uno desde la piedad y otro desde la marginalidad, tendrán una visión más positiva de la peculiaridad de Bobi.

He escrito que Bobi puede representar al Artista, pero también a cada Hombre y sus peculiaridades, coartadas por una civilización alienante, y Bobi podría ser un trasunto de Jesucristo. Las interpretaciones del texto pueden ser variadas y yuxtapuestas. También los comunistas querrán hacer de Bobi una causa, pero Bobi (o el Artista) no quiere abrazarse a nadie, sino perderse entre los marginados. Por eso querrá ser amigo de los perros, que al principio le rechazan.

El estilo de la novela es poderoso y elegante. Carlos Droguett es un gran degustador del idioma. Me ha llamado la atención que Patas de perro, frente al uso del lenguaje de otros autores de su país, apenas contiene chilenismos, y parece más bien bucear en fuentes antiguas y claras del español. Su uso de la adjetivación es destacable. Muchas de las páginas de esta novela tienen la fuerza de un poema. El autor suele prescindir de los puntos a favor de las comas, creando así párrafos muy extensos de frases enlazadas. Dentro de este lenguaje poético del que hablo, también gusta Droguett de la repetición de palabras («pasaban zapatos, zapatos gastados, zapatos viejos, zapatos rotos, zapatos rompiéndose, zapatos hinchados por la enfermedad, zapatos secos por el abandono, zapatos que iban cansados, trajinados, cayéndose, zapatos que iban vertiginosos, como huyendo, zapatos desmoronándose, quedándose en el camino, rompiéndose, abriéndose, desfigurándose (…)», leemos en la página 257).

La novela narra una pérdida desde el presente. Cuando Carlos empieza a escribir para olvidar, el lector comprende que Bobi ya le ha abandonado.
En su introducción, Lina Meruane señala algunos paralelismos entre la obra de Carlos Droguett y la de su compatriota Roberto Bolaño, sobre todo entre la obra Todas esas muertes de Droguett y Monsieur Pain de Bolaño. Lo cierto es que a mí Patas de perro me ha recordado más a algunas páginas de José Donoso, sobre todo por el aire alucinado que esta novela podría compartir con, por ejemplo, El obsceno pájaro de la noche de Donoso, o el gusto por las máscaras (una de las escenas clave de Patas de perro ocurre durante el carnaval), muy propio de Donoso.


Patas de perro es una novela desasosegante, escrita con densidad y poesía, con una serie de imágenes poderosas (no estamos ante una novela de trama muy marcada), que tienen que ver con la diferencia de uno (Artista, Persona…) frente al mundo. De ella destaco sobre todo su prosa potente y la extraña sensación que causa. Aunque algunas de las páginas acaban siendo un tanto morosas, otras resultan sobrecogedoras y deslumbrantes. Destacaría por ejemplo el capítulo en el que Bobi va al matadero para que le regalen carne cruda. Dejo pendiente la lectura Hijo de ladrón de Manuel Rojas.

domingo, 28 de mayo de 2017

Los días de la peste, por Edmundo Paz Soldán

Los días de la peste, de Edmundo Paz Soldán.
Editorial Malpaso. 319 páginas. 1ª edición de 2016.

El viernes veintiocho de abril (justo cuando empezaba un puente de cuatro días en Madrid), me llegó al buzón de casa un paquete inesperado. Cuando lo abrí, me sorprendió encontrarme con una edición no venal (previa a la edición definitiva) de Los días de la peste, la nueva novela de Edmundo Paz Soldán (Cochabamba, Bolivia, 1967). En una nota manuscrita, José de Montfort (el encargado de prensa de Malpaso) me informaba de que la novela saldría a la venta el día quince de mayo. Por un lado, prefiero que las editoriales no me envíen libros de forma espontánea; creo que es más conveniente (para mi salud mental, sobre todo) que yo les pida lo que creo que me va a gustar. De ese modo será mucho más fácil que disfrute de la lectura y que pueda escribir una reseña positiva. Me incomoda la sensación de que una editorial me envíe un libro y que yo no lo lea, pero tampoco quiero adquirir la obligación de leerlo. Sin embargo, en este caso Montfort acertó plenamente, porque Paz Soldán es un escritor con el que he disfrutado antes, y lo más seguro es que yo mismo le habría pedido este libro cuando viera anunciada su publicación. Acabé los Cuentos completos de John Cheever y me puse con esta novela antes de que apareciera en el mercado. Me resultó una sensación extraña saberme uno de sus primeros lectores.

De Edmundo Paz Soldán había leído hasta ahora tres libros: las novelas Río fugitivo (muy recomendable) y Norte, y el libro de relatos Billie Ruth. Sé que a Edmundo le interesa bastante el género de la ciencia-ficción, al que pertenece su última novela, Iris (previa a la aparición de Los días de la peste), y también hay ciencia-ficción en su colección de cuentos Las visiones. Eso me hizo presuponer que Los días de la peste podía pertenecer a este género, lo que el propio autor me desmintió en una conversación de Facebook que surgió en mi muro.

En un vídeo que he encontrado en YouTube, Paz Soldán presenta su nueva novela y dice que empezó a leer libros sobre cárceles y que le llamó mucho la atención una crónica, escrita por un inglés, sobre su experiencia en la cárcel de San Pedro en La Paz. «Mi novela tiene que usar esta atmósfera de una cárcel como de La Paz, donde los presos viven con sus familias», podemos escuchar en el vídeo del que hablo (titulado Edmundo Paz y Los días de la peste; su nueva novela).

En Los días de la peste el lector se adentrará en una cárcel llamada La Casona, a la que los presos invocan y preguntan como si se tratase de un ser vivo y consciente. La Casona está ubicada en la remota región de Los Confines, perteneciente a un país hispanoamericano (por los nombres de los personajes y el habla) indeterminado, pero que yo leía como si fuese Bolivia (aunque también podía ser Paraguay, por ejemplo).

La novela se divide en tres partes, y cada una de ellas en varios capítulos no numerados. Cada capítulo se abre en una rueda de voces narrativas muy dispares, con un encabezado que indica al lector quién es el personaje que da continuidad al siguiente. Estas voces narrativas están escritas en primera persona o en tercera (una tercera persona que, mediante el recurso del estilo indirecto libre, se acerca bastante, sin juzgarlos, a los personajes sobre los que Paz Soldán pone su foco en cada momento). Cada voz narrativa se prolonga en el libro durante dos o tres páginas y vuelve a aparecer pasadas cinco o treinta páginas. No todas las voces (sobre treinta) tienen el mismo peso en la novela. El gobernador de la prisión, algún alto juez o político de Los Confines, pasando por los policías de la cárcel, hasta los presos con más recursos o los que ocupan el último escalafón social de La Casona, van dándose paso en la novela, un paso brusco, eléctrico, que no da tregua al lector.

Manteniendo las peculiaridades de cada personaje, el estilo del libro es rápido y normalmente de frases cortas y tajantes, que a veces carecen de verbo; por ejemplo, en la página 15 podemos leer: «Ronquidos, llantos, gruñidos, ayes. El cuerpo se recostó contra una fuente de piedra agrietada, demasiado inquieto como para intentar dormir». Para acompañar esta sensación de inmediatez, rapidez y violencia que impregna cada página, también se reproducen en el texto sonidos onomatopéyicos («cri cri cri» o «puaj, puaj») y coloquialismos propios de Hispanoamérica («quivo», «chicote»…), y en algún caso ‒intuyo‒, propios del subambiente carcelario («tonchi», por una droga que imagino que será la cocaína; o «wa-wa», por bebé); además, los personajes de La Casona también usan más de una palabra en inglés, españolizándola («bisnes» por negocio, por ejemplo, o «selfis»).

Cada capítulo empieza con una mirada desde el poder. Así, las primeras voces narrativas serán las del gobernador o el juez, y luego entrarán en escena policías, presos o familiares de presos, porque La Casona es una cárcel muy particular: en ella, algunos presos viven con sus familias, aunque éstas no hayan cometido ningún delito, o incluso siguen allí por voluntad propia después de haber cumplido su condena, ya que en la cárcel hicieron prosperar sus negocios y no quieren perderlos. Todo se puede comprar y vender: dormir en una celda más amplia, salir y entrar de la cárcel para ir a la ciudad, pagar a los policías desde fuera para que maten a un preso, porque los familiares de la que fue su víctima no están contentos con la sentencia… El negocio de otros presos, auspiciado y vigilado por los policías, puede ser también ofrecer protección a terceros, en un ejercicio de puro abuso y extorsión.

El lector entra en la rueda de voces narrativas de La Casona con asombro, con la sensación de haber penetrado en un territorio feroz, sucio, violento y bien dibujado. La idea de documento veraz es muy grande y las imágenes narradas tienen mucha fuerza.
A partir de la página 70 empecé a plantearme lo siguiente: el libro me está gustando, sus páginas están bien escritas y son potentes, pero no puede ser que Edmundo Paz Soldán no haya creado aquí un nudo dramático globalizador que mueva a los personajes hacia algún desenlace temporal con una trama unificadora, porque si pretende seguir narrando su rueda de voces sin cohesionarlas, la novela va a descarrilar. Me percato de que este pensamiento es propio de un aprendiz de escritor y no de un lector puro. Con la edad, uno ha de aceptar que ya no volverá a ser nunca aquel lector adolescente de Philip K. Dick y seguir adelante. Como era lógico suponer, Paz Soldán cuenta con una carrera sólida de escritor a sus espaldas porque sabe lo que ha de hacer para que no se le descarrile una novela. Por supuesto, aunque en las primeras páginas las líneas narrativas que servirán de pilares de carga en la construcción de la novela están sólo sugeridas, éstas van cobrando cada vez más fuerza. Principalmente son dos las columnas de las que hablo: en La Casona (igual que en Los Confines) cada vez es más fuerte el culto pagano a la diosa Ma Estrella, a la que se representa con un cuchillo entre los dientes, y las autoridades locales empiezan a verlo como una amenaza electoral que puede jugar a favor de algún candidato de la oposición que ha abrazado el culto, en principio propio de personas poco instruidas, de modo que deciden prohibirlo. El segundo núcleo narrativo sería que en La Casona se está expandiendo un virus desconocido que produce vómitos y diarreas, que hace que los enfermos se muestren violentos y que mueran en poco tiempo.
El pueblo de Los Confines (esto ocurrirá antes en el interior de La Casona) pronto relacionará la prohibición del culto a Ma Estrella con la peste desatada, entendiendo que la segunda es consecuencia de la ira de la primera. La muerte, el caos y la violencia se darán la mano cada vez con más intensidad.

En cierto modo, Los días de la peste (ya desde el título) nos puede hacer pensar en una historia medieval, una historia que podría estar situada en la Bolivia de 1950, 1900 o 1800, hasta que ciertos elementos, como la presencia de drones, sitúan la acción en la época actual. Cuando unos presos discuten sobre la implantación en la cárcel de un negocio de implantes biónicos, podríamos llegar a pensar incluso en una novela ligeramente futurista.

Los días de la peste me ha hecho pensar en Mario Vargas Llosa, uno de los autores predilectos de Paz Soldán, quien escribió una de sus primeras novelas, Río fugitivo, bajo la influencia de la ópera prima de Vargas Llosa, La ciudad y los perros. En Los días de la peste tenemos una cárcel, en vez de un colegio militar, que actúa como opresivo mundo cerrado. También la novela de Paz Soldán me ha traído a la mente Lituma en los Andes, en la que Vargas Llosa indagaba sobre el peso de las religiones paganas y las supersticiones en Perú. Me doy cuenta ahora de que, si Vargas Llosa hubiera escrito esta novela, no le habría indicando al lector en cada corte del texto a quién pertenecía la nueva voz narrativa. Yo siempre he considerado que estas confusiones que generaba Vargas Llosa en sus libros no eran del todo necesarias y agradezco los encabezamientos de Paz Soldán.

En cierto modo, también he pensado en José Donoso y su gusto por las máscaras deformantes y los monstruos cotidianos en El obsceno pájaro de la noche, en la Casa de Ejercicios Espirituales de la Encarnación de la Chimba.

Los días de la peste podría inscribirse en la tradición de la novela de dictadores hispanoamericana (Yo, el supremo de Augusto Roa Bastos o El otoño del patriarca de Gabriel García Márquez, por citar dos ejemplos clásicos), al entender el espacio de la cárcel como metáfora de lo que ocurre en un país. Por tanto, el gobernador sería ese dictador cuya omnipresencia fluye al ritmo de los golpes de Estado y las desavenencias de un poder del que no acaba de tener el control absoluto. Pero también podría inscribirse en la más moderna tradición del género apocalíptico (El año del desierto de Pedro Mairal o Plop de Rafael Pinedo, por citar otros dos ejemplos), con ese inquietante virus que va destruyendo el precario equilibrio de La Casona.


Los días de la peste es un libro potente y eléctrico, asfixiante y terrible en las realidades e injusticias que muestra, una novela poco apta para lectores melindrosos (lo mostrado aquí suele ser sucio y brutal, y no hay claros personajes positivos), que, nutriéndose de la tradición hispanoamericana, nos da muestras de su salud. No conozco toda la obra de Edmundo Paz Soldán, pero tengo la impresión de que Los días de la peste es uno de sus trabajos más ambiciosos y logrados. 

domingo, 27 de marzo de 2016

En cinco minutos levántate María, por Pablo Ramos

Editorial Malpaso. 161 páginas. 1ª edición de 2010; ésta es de 2016

Con la lectura de En cinco minutos levántate María acabo, hoy mismo, hace un rato tomando un café en una de las cafeterías de mi barrio, con la trilogía que el argentino Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) dedica a la familia Reyes, del barrio de Avellaneda.
Si en El origen de la tristeza el narrador era Gabriel, un niño de doce años, quien nos habla (ya adulto, el narrador está evocando) de su vida de niño de suburbio en 1978, y en La ley de la ferocidad es Gabriel Reyes, ya adulto, quien nos habla de cómo vivió los días correspondientes al velorio y el enterramiento de su padre, y de paso lleva a cabo un profundo ajuste de cuentas de la relación que tuvo con su progenitor, en En cinco minutos levántate María se recrea todo este mundo ficcional pero, ahora, desde una nueva y original perspectiva: desde el punto de vista de la madre.

María es la madre de Gabriel, igual que –claro- de Alejandro (el hermano mayor de Gabriel) y de Julia y Manuel, los hermanos pequeños. Además de ser la mujer de Ángel, el padre muerto en La ley de la ferocidad.

María se desvela en la noche, y aunque no le gusta estar despierta en la cama y se dice a sí misma que se da cinco minutos más antes de levantarse, desde la cama, en la oscuridad, empieza a mantener un intenso diálogo consigo misma, en el que repasa durante horas (o una gran suma de cinco minutos postergados) los acontecimientos clave de su vida familiar.
María tiene, en el día que narra, “sesenta y pico de años, cuatro hijos y cinco nietos.” (pág. 14). En ese momento Gabriel tiene treinta y cinco, y (para no revelar sorpresas) diré que el tiempo narrativo es próximo al evocado en La ley de la ferocidad y el padre (que duerme al lado de María) se encuentra cercano a su muerte.

María habla consigo misma en la oscuridad de su cuarto sin ventanas (como ya sabíamos los lectores de Ramos por los otros libros que completan la historia de esta familia), iluminado de vez en cuando por la presencia de una luciérnaga, que será invocada y recordada durante bastantes páginas de este libro (sobre todo al final de los capítulos) con el nombre de luciérnaga-hada.

El tono de este nuevo libro ha cambiado bastante respecto al anterior: si la voz narrativa de La ley de la ferocidad era desgarrada, poderosa y violenta, la voz narrativa de María es mucho más tierna y de una poesía que a veces puede bordear lo cursi (como esa invocación que ya he comentado a la “luciérnaga-hada”, por ejemplo), pero que en realidad se acaba revelando como la de una mujer fuerte y luchadora; una mujer que decidió dejar de llamar “mi marido” al hombre que duerme a su lado y lo cambió por “este hombre” el primer y último día que “este hombre” le puso la mano encima para darle una cachetada. “Porque para él si vas a un psicólogo estás loca, si vas a un ginecólogo varón sos puta, y no sé los miles y miles de prejuicios con que la madre, la santa madre que tenía, le habrá rellenado la cabeza. Conozco muchos de los prejuicios de este hombre pero estoy segura de que ni por asomo los conozco todos.” (pág. 132)

“Desde que me casé que no me acuerdo ni de quién soy. Crío hijos, cocino, lavo, y no hago eso porque tengo miedo de quedar embarazada nomás de hacerlo”, le confiesa María a su primo en una conversación que se evoca en la página 124. María, como mujer de su generación, sometida en gran medida a los mandatos de un hombre autoritario y machista, en más de un momento de su vida se ha llegado a sentir una sombra, alguien anulada, alguien que arrastraba un dolor tan grande que ha querido desaparecer. En este sentido, se recrea aquí, desde el punto de vista de la madre, un episodio que el lector de El origen de la tristeza ya conoce, narrado por Gabriel: el intento de suicidio de María mediante la ingesta de pastillas.

No es éste el único episodio de los otros libros que se vuelve a narra en este tercero desde otro punto de vista; en este sentido destacaría la narración del día en que Gabriel se pierde en la playa, contado ya, desde el punto de vista de este último, en La ley de la ferocidad.

Pero también es mucha la información nueva sobre la familia Reyes que el lector recibe en este tercer libro: en este sentido destacaría las historias del tío Héctor o de la bisabuela gallega de María. O la creación de algún personaje memorable como el niño Pablo que María conoce en el hospital cuando tienen que ingresar a su hijo menor, Manuel. Y también vuelven a aparecer aquí viejos amigos de la familia y del lector, como el trabajador del cementerio Rolando o el vecino homosexual Fernando.

María es una mujer creyente que evoca a Dios, pero que a veces también duda de su fe. Nos habla de sus hijos, pero el discurso hace especial hincapié en la relación que mantiene con Gabriel, quien sabe que ha sido el más propenso a sufrir por la relación con el padre. María sueña con seguir tratando de crear un puente de comprensión que parece imposible entre padre e hijo.

“¿Por qué nacemos predestinados a perseguir una felicidad que vive siempre donde nosotros no estamos”, se pregunta María en la página 44, y este discurso pesimista a veces entronca con el de Gabriel en el segundo libro, pero ya he apuntando anteriormente que a pesar de que María se lamenta de no haber podido vivir más su vida (no ha podido viajar a España, por ejemplo, con lo que soñaba) como le hubiera gustado, y ha tenido que asumir el rol de madre y esposa, el tono de esta novela es muy distinto al de la anterior. María no es un pozo sin fondo de dolor, María es una mujer que ha aprendido a estar conforme con su vida a pesar de los sinsabores del pasado.

La voz narrativa de María me ha parecido muy creíble, una construcción notable tras la la feroz creación del narrador del libro anterior. Creo que En cinco minutos levántate María ha sido un cierre original y brillante para estar trilogía. Aunque digo cierre y dudo de mis palabras, imagino que es posible que Pablo Ramos vuelva a hablarnos de esta familia Reyes y de su alterego Gabriel.

He tardado doce días en leer las 648 páginas de estos tres libros. Han sido doce días intensos, dedicados a una apuesta narrativa de voltaje potente, con páginas tiernas y evocadoras, pero también con otras terribles y desgarradas. Todo un mundo narrativo consistente ha sido levantado ante mí y creo que estos libros se merecerían en España una suerte superior a la que me parece que están teniendo.

Esperemos que la editorial Malpaso se anime y nos acerque los dos libros de relatos que el autor tiene publicados en Argentina.

Si pinchas AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.

domingo, 20 de marzo de 2016

La ley de la ferocidad, por Pablo Ramos

Editorial Malpaso. 319 páginas. 1ª edición de 2007; ésta es de 2015

Ya comenté la semana pasada que José Montfort, el encargado de prensa de Malpaso me envió a casa los tres libros que han publicado de Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) y que mi intención era leerlos seguidos, puesto que forman una suerte de trilogía.

Si en El origen de la tristeza el narrador era un Gabriel que evocaba su niñez en el barrio bonaerense de Avellaneda a finales de la década de 1970, en esta nueva novela nos encontramos con un Gabriel adulto que va a escribir sobre la muerte de su padre.

La ley de la ferocidad entre otras cosas es una novela metaliteraria, puesto que en ella se habla de la propia condición de la escritura: Gabriel Reyes decide sentarse ante una máquina de escribir (curiosamente no ante un ordenador) y recrear un suceso trágico de su vida que tuvo lugar cinco años antes: la muerte de su padre. “Cinco años separan al hombre que voy a ser del hombre que soy ahora en el pasado, pero sin embargo los dos ya convergen en una mixtura inestable. Una unión de partes que no llega a ser la esencia de un nuevo todo. El hombre que lo vive no es el hombre que lo escribe, pero va a comenzar a transformarse en él cuando decida escribir. Por el hecho de escribir. Yo soy el hombre que escribe.” (pág. 10)

Si el tono de El origen de la tristeza era evocador y había en él más ternura que rabia, el tono en el que está escrito La ley de la ferocidad es bien distinto: la voz narrativa del Gabriel adulto se ha vuelto más hosca, más violenta, y en cierto modo concibe lo escrito como una expiación por aquello que le hace sentir culpable: “Sería un hombre que intenta aplastar a pura palabra el descomunal malestar que lo consume (…) un hombre que ha dejado a su paso más daños que un huracán.” (pág. 10)

La ley de la ferocidad es sobre todo una diatriba contra el padre, un intento de acercamiento a la que para el narrador resulta una figura terrible, aplastadora. Gabriel Reyes se ha convertido en un hombre de éxito económico: es dueño –junto a un socio, Gastón- de una empresa de construcción que le hace ingresar unos 20.000 dólares al mes. Gabriel se ha convertido en ese hombre de éxito económico para ser más que su padre, para que su padre no pueda considerar que es un «tarado». Además es alguien que escribe. Pero el éxito económico no trae en ningún caso la felicidad a Gabriel, que derrocha su dinero y su vida en alcohol, putas y drogas hasta llegar a la sobredosis.


Cuando Gabriel recibe la noticia de la muerte de su padre lleva más de un año sin probar el alcohol y las drogas. Vuelve desde el centro de Buenos Aires a su barrio de Avellaneda para arreglar el velorio y el entierro con la funeraria de Traum. Ha de llegar un familiar de Italia y el velorio va a ser largo: dos noches y tres días. En este periodo de tiempo, Gabriel va a reencontrarse con su barrio y de nuevo va sucumbir al fuego que lleva en su interior: otra vez va a volver al alcohol, las drogas y las putas. “Cinco años después, en el ahora que escribo, pienso que la ferocidad debe ser un destino genético, una especie de karma biológico, una venérea que condicionó mi vida y mis actos de la misma manera que condicionó la vida y los actos de mi padre, y del padre de mi padre, y de todos los portadores de testículos volcánicos de la isla que nos antecedieron.” (pág. 43-44)

Es cierto que en esta novela nos volvemos a encontrar con personajes que el lector de El origen de la tristeza ya conocía: Alejandro, el hermano mayor de Gabriel (aunque debido a su posición económica sea este último el que parece haber tomado el rol de hermano mayo en la familia), los padres de Gabriel, y Rolando, el enterrador de la primera parte de El origen de la tristeza. Quizás estaba echando de menos a algunos de los amigos de la pandilla del Gabriel niño, que en algún momento  aparecerán en este relato, por ejemplo, así ocurre con Percha, y se nombrará a Marisa o el Tumbeta. Pero el lector comprenderá que Gabriel se ha apartado de su viejo barrio de Avellaneda: “Yo no pertenezco más a este barrio, tampoco a los viejos amigos. Pude salir de lo que ellos no pudieron salir y esto también tiene un precio.” (pág. 279)

En algunos momentos la rabia y el desasosiego sin fondo de Gabriel me han recordado a los de Charles Bukowski y también a los de Pedro Juan Gutiérrez. En los tres casos nos encontramos con narradores refinados, que saben apreciar el arte y la cultura (aunque en ocasiones parecen renegar de ellos), pero su mirada sobre el mundo no deja de ser pesimista y negativa; son narradores que no pueden soportar el mundo y necesitan evadirse de él mediante el sexo, el alcohol o las drogas.
En algunas ocasiones, la rabio (o la ferocidad) de Gabriel parece casi, dentro de la narración, un recurso expresionista. Así trata de describirla en la página 172: “Poco a poco, en mis opiniones, se va filtrando esa gotera ácida del alma, ese designio ancestral del odio, de la no aceptación de los demás sino como enemigos, como la posible competencia a la cual tengo que eliminar. Si hay hombres y hay mujeres el deseo de eliminar la competencia sexual es irrefrenable, asesinaría a sangre fría para ser el único y, luego, cuando lograra ser el único, poseería a las mujeres de manera que no quede ninguna duda de que el único que tiene derecho soy yo, que mi supremacía implica el monopolio de la conversación, del goce, de la satisfacción que nunca llega, porque la simple idea del otro no puede ni siquiera existir en la enfermedad de mi alma, en la enfermedad desatada de mi alma.” (172)
Hay momentos en este libro en los que la voz narrativa de Gabriel llega a ser odiosa (el episodio en el que envenena palomas para verlas caer del cielo es realmente brutal y desolador, y también eléctrico y perturbador), pero uno siempre quiere seguir leyendo, porque La ley de la ferocidad acaba siendo un Viaje al fin de la noche moderno, una expiación existencialista del dolor de la vida por la vía de la abyección primero y después por la vía de la escritura. Me ha llamado la atención la de veces que aparece en esta novela el sustantivo “alma”: “alma podrida”, “alma rota”, “alma sin fondo”, que de nuevo me hacía pensar en el concepto de expiación.


Los momentos más intensos del texto (la narración de las noches y los días del velorio) quedan atemperados por diversos saltos narrativos, como, por ejemplo, la evocación de unos días de playa en la infancia en los que Gabriel se acaba escapando del camping en el que está alojado, porque no quiere ver discutir más a sus padres o la historia del abuelo que llegó de Sicilia a Argentina.

La novela, como ya he apuntado, acaba siendo perturbadora, brutal pero también emocionante. El estilo literario es más contundente que el de El origen de la tristeza, ya que en esta segunda novela se describen más, y con más intensidad, los paisajes interiores que los exteriores. En muchos casos, para mostrar su desgarro el pulso narrativo se vuelve quebrado, eléctrico, expresado en frases muy cortas; por ejemplo leemos en la página 111: “Tan fea que dan ganas de pegarle. Toco timbre. La vieja me mira. Distante. Ojos de sueño, ojeras.”

En resumen, y como ya se ha podido desprender de mis palabras: La ley de la ferocidad es un libro intenso, a veces desagradable en su viaje a la enfermedad del alma del protagonista, pero también poético, desgarrado, frenético, perturbador, capaz de voltear a cada capítulo las expectativas del lector.

Ya estoy con la tercera parte de esta trilogía, y el conjunto me está pareciendo realmente destacable dentro de la nueva narrativa en español. Decía el gran escritor argentino Rodolfo Fogwill: «La ley de la ferocidad me parece una obra maestra.», y creo que está bien que yo recoja aquí este testimonio.

Si pinchas AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.

domingo, 13 de marzo de 2016

El origen de la tristeza, por Pablo Ramos

Editorial Malpaso. 168 páginas. 1ª edición de 2004; ésta es de 2013

Me había fijado en los libros de Pablo Ramos (Buenos Aires, 1966) que estaba publicando Malpaso. Los había hojeado en las librerías y también había leído alguna reseña sobre ellos. Intuía que me podían gustar. Cuando me llegó al correo electrónico el dossier de prensa de Malpaso anunciando que iban a publicar En cinco minutos levántate María (2010), la tercera parte de la trilogía iniciada con El origen de la tristeza (2004) y que continua con La ley de la ferocidad (2007), me apeteció pedirle que me enviara los libros a José Montfort, el actual encargado de prensa de la editorial. A los tres días los tenía en casa, y En cinco minutos levántate María unas semanas antes de que llegara a las librerías. Así da gusto.

En El origen de la tristeza conocemos a Gabriel Reyes (aunque en este libro sólo se llamará Gabriel –apodado Gavilán- y aún no tenga apellido), una suerte de alterego de Pablo Ramos, que, como él, crece en el barrio bonaerense de Avellaneda.

Gabriel tiene doce años cuando empieza la novela y, si suponemos que tiene la misma edad que su autor, debemos situarla por tanto sobre 1978.

Me ha gustado la estructura de la novela: está dividida en tres partes, que podrían ser casi relatos independientes. La primera se titula El regalo y en su narración destaca con fuerza la peripecia de la historia: Gabriel necesita 30 pesos para comprarle un collar a su madre como regalo por el día de su cumpleaños. Para conseguir el dinero decide ayudar a Rolando, un hombre de unos cincuenta años, al que considera su amigo, y que trabaja en el cementerio de Avellaneda (donde también duerme) cumpliendo con pequeños mandados que le encargan los visitantes de las tumbas. El relato está organizado como una pequeña aventura picaresca. Así enseña su trabajo Rolando a su discípulo Gabriel: “Uno se toma el trabajo de poner un palito de madera, vulgarmente denominado escarbadientes, en una de las cerraduras de la bóveda; de modo tal que estorbe el accionar de la llave pero que, con algo de maña, resulte sencillo librarse del problema. Entonces, cuando alguien como este señor, dueño de una cripta clase uno, intenta hacer girar la cerradura, se le traba la llave. Es el momento exacto en que nosotros pasábamos por ahí.” (pág. 39)
El padre de Gabriel es dueño de un pequeño taller de bobinas metálicas, allí trabaja a veces Alejandro, el hermano mayor de Gabriel, que le lleva un año. A Gabriel le gusta entrar al taller cuando no hay nadie, busca la botella de vino dulce que ha escondido Alejandro y: “Cuando me sentí entonado me puse a repasar los almanaques de las minas desnudas. Tuve que hacerme una paja enseguida, para poder mirarlos con más tranquilidad” (pág. 19). Por escenas como ésta, El origen de la tristeza me ha recordado a La senda del perdedor de Charles Bukowski; e imagino que la lectura de Bukowski es una influencia real sobre la obra de Ramos, ya que comparten algunas características: la creación de un alterego del personaje (Gabriel Reyes-Pablo Ramos y Charles Bukowski-Henry Chinaski), y la mirada descarnada, pero a la vez tierna y humorística, sobre la realidad que les rodea, además del deseo de plasmar el absurdo y la crueldad del mundo, y la iniciación en el sexo o el alcohol.
Y hablo de Bukowski, pero también debería hablar de Roberto Art, ya que el libro se abre con una cita suya (“¿Cómo describir mi llanto… mi odio… la desesperación de haber perdido el paraíso?”), y si en la literatura argentina aún sigue vigente la disputa literaria del conflicto que se llamó «de Boedo y Florida» (realismo frente a vanguardia), estaría claro que Ramos se sitúa dentro de las filas de Boedo e imagino (me gustaría preguntárselo) que no debe apreciar demasiado la obra de, por ejemplo, César Aira.

La segunda parte se titula El incendio del arroyo y nos muestra la relación de Gabriel con su grupo de amigos. Ha pasado un año desde la primera parte y aquí la aventura es otra: el grupo de amigos ha recaudado dinero, mediante una rifa, con la escusa de comprar unas camisetas para un equipo de fútbol, pero con la intención de debutar con una puta. El barrio de Avellaneda es descrito con profusión, y el escenario, las calles, los bares y las personas que lo habitan, constituyen un impactante aguafuerte porteño. “La villa de Atrás del Arco se llamaba así porque quedaba atrás del arco de la tribuna visitante. Todos los villeros eran hinchas del Arse y como nunca los dejaban entrar habían hecho una montaña de tierra tan alta como la pared y, parados ahí, todos los sábados, miraban el partido. Era como un hinchada cualquiera: con banderas, cantitos y todo lo que tiene que tener una hinchada, pero afuera de la cancha. Un día los filmaron para la televisión. Dijeron que arriba de la montaña se subían como doscientos villeros, y que eso era mucha más gente que la llamada hinchada oficial que estaba adentro.” (pág. 76)
Además de querer gastarse el dinero en debutar con una puta (como no hay dinero para todos, van a tener que echarlo de alguna manera a suertes) también querrán comprar vino de la costa en una bodega a las afueras del barrio. Ir hasta allí acabará convirtiéndose en toda una aventura. He leído en una entrevista que Ramos cita a Robert L. Stevenson como inspiración, y me parece acertada esta posible filiación. Además en el barrio, como telón de fondo, se ha incendiado el arroyo que lo atraviesa, cargado de contaminación. El agua en llamas será un poderoso símbolo que recorre este relato de amistad y aventuras, contado con un ritmo estupendo.

El estaño de los peces es el título de la tercera parte y en ella cambia el tono frente a las dos anteriores: el afán de narrar la aventura de la infancia cede aquí su hueco a favor de hablarnos de los grandes espacios de melancolía que van llenando una existencia. Así habla Gabriel de su casa: “Es que al fondo jamás llegaba la luz del sol. Mamá decía que nos había tocado la peor parte y siempre se quejaba de lo mismo: de «vivir en el fondo». No sé, pero cuando uno llegaba de la calle –y sobre todo si era un día de sol- tenía que hacer un gran esfuerzo para no entristecerse.” (pág. 144). La mirada de Gabriel en este relato ya no es tan inocente como en los otros dos y puede percatarse perfectamente de los problemas que tiene la relación de sus padres, acuciados por la mala marcha del taller de bobinas al que el padre trata de aferrarse más allá de lo razonable. En esta tercera parte, el lector, igual que el narrador, tiene la impresión de estar asistiendo al final de una época para el protagonista. “Y entonces lo supe: era el final, yo estaba viviendo el final de esto que acabo de contarles.” (pág. 168)


El origen de la tristeza me ha parecido una gran primera novela. El libro de alguien que tiene algo que contar y que ha encontrado de forma clara los mecanismos para hacerlo. Una narración con un gran sentido del ritmo, plagada de un potente sabor porteño (pese a que yo leo muchos libros argentinos, en éste –que recoge la jerga juvenil de finales del los 70- me he encontrado con alguna expresión que no había escuchado nunca, como por ejemplo “zapucai”). Ramos levanta aquí un mundo, el de su barrio de Avellaneda a finales de la década de 1970, y lo hace tangible y vital para nosotros, a la vez que como buena novela de iniciación nos habla de un debut vital, con toda la pasión y la melancolía de las primeras veces, de su protagonista Gabriel, tan tierno y tan feroz.

Si pinchas AQUÍ puedes leer una entrevista que le hago al autor.

jueves, 21 de mayo de 2015

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 118 páginas. 1ª edición de 2014.
Traducción de Ramón de España
Selección en introducción de Dan Wakefield

Ya comenté hace unos días que la editorial Malpaso me envió los dos libros de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) que han editado, el de relatos La cartera del cretino y éste que comento hoy –qué gran título, por cierto-, Que levante mi mano quien crea en la telequinesis. Un libro que no deja de ser curioso, ya que en él están recogidos algunos de los discursos que dio Vonnegut, principalmente en universidades norteamericanas, siendo contratado para despedir a los recién graduados de ese año. El conjunto incluye ocho discursos dados en universidades a recién graduados y uno más pronunciado con ocasión del premio Carl Sandburg, que parece funcionar por contraste con los otros, ya que su tema es No te aflijas si nunca fuiste a la universidad. Para terminar el volumen nos encontramos con algunos aforismos de Vonnegut (entre ellos el que da título al libro).

Dan Wakefield, que fue amigo de Vonnegut, escribe el prólogo, y, teniendo en cuenta las páginas que el lector se encontrará más tarde, se deja contagiar por el estilo humorístico de su amigo. En el prólogo nos encontramos ya con alguna anécdota divertida sobre el carácter de Vonnegut: “Estaba orgulloso de la educación recibida en el instituto de Shortridge, donde había trabajado para el periódico escolar, The Daily Echo, como al cabo de una década hice yo también. Cuando un entrevistador le preguntó: «¿De dónde saca usted ideas tan radicales?», Kurt le respondió, orgulloso y sin dudarlo: «De la escuela pública de Indianápolis».
Wakefield nos cuenta también que cuando Vonnegut ya se había convertido en un escritor reconocido recibía bastantes encargos para pronunciar discursos de graduación en universidades, pero mientras que otros colegas solían tener un discurso preparado y simplemente cambiaban el nombre de la universidad, Vonnegut elaboraba cada vez uno nuevo.

Es cierto que todos los discursos recogidos en este libro son diferentes pero reflejan algunas obsesiones y referentes comunes. En realidad las páginas que el lector se va a encontrar en Que levante mi mano quien crea en la telequinesis guardan bastante relación con el pequeño ensayo titulado El último de Tasmania que aparece en La cartera del idiota.

Como ya hiciera en su mítica novela Matedero cinco, Vonnegut dedica bastantes palabras en sus charlas a universitarios a prevenirles contra los males de la guerra. El discurso más antiguo es de 1978 y el más moderno de 2004; abundan las fechas de finales de los 90 y principios del siglo XXI. Normalmente, cuando pronuncia sus palabras ante personas de poco más de veinte años, Vonnegut ha pasado ya los setenta años de vida y en algún caso los ochenta. Vonnegut está de vuelta ya en estos discursos y no tiene demasiados problemas en hablar bastante claro a las nuevas generaciones: alguien os dirá que necesitáis ritos de paso para convertíos en adultos, a las chicas os dirán que os convertiréis en mujeres cuando tengáis un hijo y a los chicos cuando vayáis a la guerra. No tenéis que creerles, sobre todo con lo de ir a la guerra como rito de paso, y para reafirmar sus palabras maldice a uno de sus tíos de Indianápolis, que era de esta opinión, y ensalza a otro de ellos, que invitaba a todo el mundo a disfrutar de los placeres sencillos de la vida, como sentarse debajo de un árbol a beber limonada, y a celebrar esa felicidad en voz alta.
Las guerras de las que hablará irán desde la II Guerra Mundial –en la que él combatió-, pasará por la de Vietnam, y llegarán hasta las Guerras del Golfo.

Jesucristo le interesa, pero principalmente su lado humano. Para él si fue o no el hijo de un Dios es irrelevante frente a su mensaje de acercamiento entre los hombres. En casi todos los textos, Vonnegut acaba haciendo referencia al Sermón de la Montaña: la mirada compasiva hacia los demás debería dirigir nuestros actos. Incluso al simpático abuelo Vonnegut le da tiempo a despotricar más de una vez contra el aislamiento al que nos puede conducir internet.

Creo que lo mejor será reproducir algunas de las palabras de Vonnegut:

“Puede que algunos sepáis que soy un humanista, un librepensador, como lo fueron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos… Por consiguiente, no soy cristiano. Y siendo un humanista honro a mi madre y a mi padre, conducta que está muy bien según nos dice la Biblia.
Pero os digo en nombre de mis antepasados americanos: si lo que dijo Jesús estaba bien (y gran parte de ello era de una extraordinaria hermosura), ¿qué más da si era o no era Dios?
Si Cristo no hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña, con su mensaje de piedad y compasión, yo ni siquiera desearía ser humano.” (pág. 33)

“Cuantos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubierais creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.” (pág. 41-42)

“Os confiaré lo que otro matusalén me dijo. Se trata de Joe Heller, el autor, como ya sabéis, de Trampa 22. Estábamos en una fiesta ofrecida por un multimillonario en Long Island y yo le pregunté: «Joe, ¿qué sientes al darte cuenta de que nuestro anfitrión probablemente ganó ayer más dinero que el recaudado por tu novela, uno de los libros más populares de todos los tiempos, a lo largo de los últimos cuarenta años».
Y Joe replicó: «Pero yo poseo algo que él nunca tendrá».
«¿A qué te refieres, Joe», le pregunté.
Y él me dijo: «La tranquilidad de saber que tengo bastante». (pág. 45-46)

“Ya sé que no existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos son chimpancés borrachos de poder. Yo mismo he experimentado esa intoxicación: llegué a cabo en el ejército.
Al decir que nuestros líderes son chimpancés embriagados por el poder, ¿acaso me arriesgo a minar la moral de esos hombres y esas mujeres que combaten y mueren en Oriente Medio. Su moral, como muchos de nuestros cuerpos, ya está hecha añicos. Se les trata, a diferencia de a mí, como los juguetes que le caen a un niño rico por Navidad.
Pero dejarme decir algo.
Por corruptos y codiciosos que puedan llegar a ser el Gobierno y las grandes empresas y los medios de comunicación y Wall Street y las organizaciones religiosas y caritativas, la música siempre será maravillosamente perfecta.” (pág. 61-61, discurso pronunciado en 2004, cuando Kurt Vonnegut tenía ya más de ochenta años).


Que levante la mano quien crea en la telequinesis me ha parecido (pese a alguna inevitable repetición de ideas entre un discurso y otro) un conjunto de textos bastantes simpáticos, donde Kurt Vonnegut se muestra como un hombre afable, un humanista preocupado por el mundo en el que vive, celebrador del arte y del humor. Una de esas personas a las que uno le gustaría tener como amigo.

domingo, 17 de mayo de 2015

La cartera del cretino, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 143 páginas. 1ª edición de 2013.
Traducción de Ramón de España

Hace unos meses me contacto Belén Feduchi, directora de prensa y comunicaciones de la editorial Malpaso, para mostrarme, a través del correo electrónico las novedades de la editorial. Cambiamos algunos correos y quedamos en que me enviaría los dos libros que han editado de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) para que los comentara en el blog. Por aquel entonces, yo había sacado dos libros de Vonnegut de la biblioteca –Las sirenas de Titán y Galápagos-. Al final leí el primero y acabé devolviendo el segundo sin leerlo. Las sirenas de Titán, como ya comenté en su día, me pareció que estaba bien, pero no acabé de conectar con la propuesta de la novela. Y me empecé a preguntar si había acertado al pedirle a Malpaso –que tan dirigentes fueron en su envío de libros a mi casa- los de Vonnegut y no haber pedido los de otro autor para estrenarme con la editorial.

El caso es que después de Las sirenas de Titán he dejado pasar unos meses hasta que me he puesto con los libros de Vonnegut que me envió Malpaso; me estaba entrando ya cargo de conciencia. Pero, por otro lado, creo que la espera ha sido beneficiosa: he encontrado un gran momento para acercarme a estos libros, que he disfrutado bastante.

La cartera del cretino está formado por seis cuentos inéditos, un ensayo y un cuento final de ciencia ficción (o tal vez el comienzo de una novela) inacabado. No estoy seguro (he mirado alguna página en inglés) si Vonnegut estaba trabajando en este libro cuando murió o son descartes de otros libros de cuentos reunidos en este volumen tras su muerte.

Leo el primer cuento -Entre tibio y Tombuctú- y por el tono me resulta una narración juvenil, un cuento de terror bastante romántico sobre un joven pintor que ha perdido a su mujer y la añora tanto como para intentar morir en vida y de este modo acercarse a ella. El protagonista ha rescatado a un pescador de un lago helado que –en presencia de un doctor incrédulo- dice que ha visto su vida pasar ante él. El pintor querrá reproducir una experiencia similar para acercarse a su pasado y así a su esposa. Entre tibio y Tombuctú me ha recordado a alguna narración de corte macabro de Roald Dahl. Este cuento acaba siendo bastante previsible, aunque, por otro lado no deja de ser simpático.

El libro mejora bastante en la segunda narración, titulada Roma. En ella nos acercamos a un grupo de teatro aficionado y al estilo irónico, descreído y juguetón que uno espera de un escritor con tanta fama de irreverente como Kurt Vonnegut. De él, además de dos novelas (Matadero 5 y Las sirenas de Titán) había leído un cuento en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, titulado Bienvenido a la jaula de los monos. Lo cierto es que los primeros seis cuentos de este libro se mantienen dentro de los cauces del realismo, pero el tono desenfadado y humorístico de Roma se parecía mucho más a Bienvenido a la jaula de los monos que Entre tibio y Tombuctú.
En Roma nos encontramos con un cuento muy ajustado a la tradición del relato norteamericana, esa tradición realista que crea un contraste entre la impostura y la ingenuidad. La ingenua es Melody, una chica que ha sido enviada al pueblo de la costa en el que se encuentra nuestra compañía teatral de aficionados por su padre, desde un pueblo del interior (en Oklahoma). En este contraste establecido entre Melody y su padre transcurre el relato:
“-Papá dice que besarse en público es lo más asqueroso que hay.
El hombre que le había dicho eso estaba imputado por un timo de seis millones de dólares a sus vecinos y a su país.” (pág. 30)
Quizás el final de esta narración sea un tanto exagerando, un tanto vodevilesco, pero Roma es una narración muy fresca, muy disfrutable.

Paraíso junto al río es una narración de tono más delicado que transcurre en el interior del país, que muestra la relación entre un chico y una chica, una relación más que ambigua. Un relato más corto que los anteriores que, aunque quizás abusa un poco del efecto sorpresa del final, se lee con mucho agrado.

La cartera del cretino es el cuarto relato y el que da título al libro. Quizás en el título original (Sucker's Portfolio) queda más claro de qué clase de cartera estamos hablando: de una cartera de inversión, y el narrador no es otro que un bróker, un buen hombre preocupado por uno de sus clientes, un joven, cuyos padres adoptivos –que contrataron a nuestro bróker para dejar una herencia a su hijo- se involucra en los asuntos del joven, quien desea liquidar con prontitud su cartera de valores. Otra narración muy solvente, de carácter muy clásico dentro de la tradición norteamericana.

Señorita Snow, está usted despedida nos acerca a una oficina norteamericana, posiblemente de los años 50 o 60, con sus relaciones viciadas, su machismo y su condescendencia hacia la mujer (un aire muy de la serie Mad men recorre este cuento). El tono es irónico, y quizás le ocurre lo mismo que a Roma, que su final, un tanto inverosímil por exagerado, resta un poco de credibilidad al cuento en la última página. Aun así no deja de ser una composición agradable.

París, Francia también sería una narración clásica dentro de la tradición del relato norteamericano: la de los norteamericanos en Europa. Dos parejas de diferentes generaciones (unos de 37 años y los otros de unos 65) se conocen en un tren que les lleva desde Inglaterra hasta París. En el mismo compartimento entrará también otra chica norteamericana muy joven, acompañada de un seductor joven europeo. Después de tres días recorriendo París volverán a encontrarse en el tren de vuelta a Inglaterra. Pese a lo forzado de las casualidades (las tres parejas que se encuentran en el tren saben que van a regresar juntas a Inglaterra), la estructura del cuento me gusta: en su reducido número de páginas casi se desarrolla una novela en miniatura. En la última página todavía tendremos tiempo de conocer la historia de un francés que va de viaje a Londres, y el destino de este último personaje ha creado para mí un poético cierre de relato.

El último de Tasmania es un ensayo escrito en 1992. No es un ensayo muy serio o sesudo, más bien parecen unos apuntes o divagaciones sobre temas diversos que van saltando de una cosa a otra y cuyo hilo conductor parece ser el centenario del descubrimiento de América por los europeos. Que esto no sea serio o sesudo no quiere decir que no sea divertido y simpático de leer. El humor irreverente de Vonnegut tiene en estas páginas rienda suelta. Los temas principales que recorren estas páginas serían: la violencia fundacional de los Estados Unidos -en la que la figura de Cristobal Colón no sale precisamente muy bien parada-, el exterminio de los indios o la esclavitud de los negros. Vonnegut parece querer distanciarse de esto contándonos que él es norteamericano, pero también alemán, y que su familia, en cuarta generación, proviene de Europa y llegó a América en un momento en el que la violencia fundacional parecía haber quedado ya atrás. Se lamenta también de las guerras, sobre todo de la II Guerra Mundial: “Debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.” (pág. 109).
La televisión tampoco parece gustarle mucho a Vonnegut, y no deja de reflexionar sobre la acumulación de residuos y el agotamiento de los recursos naturales.

El último texto incluido en este volumen es un relato –o comienzo de novela- de ciencia ficción inacabado, cuyo título es La ciudad robot y el señor Caslow. La verdad es que las páginas que se pueden leer tienen fuerza y prometían. Una pena que no podamos seguir y que Vonnegut dejara el texto con una frase a medias.


Como conclusión final apuntaré que considero que ha sido un acierto dejar pasar unos meses entre Las sirenas de titán y estos otros dos libros de Vonnegut, porque ahora, al leer estos dos libros de Malpaso (ya estoy acabando el de Que levante mi mano quien crea en la telequinesis) me he encontrado a gusto con Kurt Vonnegut y me he divertido bastante con su humanismo cercano y su humor socarrón.