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domingo, 9 de febrero de 2020

La tentación del fracaso, por Julio Ramón Ribeyro


La tentación del fracaso, de Julio Ramón Ribeyro

Editorial Seix Barral. 678 páginas. 1ª edición de 1992-1995; esta de 2019.
Prólogo de Enrique Vila-Matas

Seix Barral me mandó La palabra del mudo, La tentación del fracaso y Prosas apátridas de Julio Ramón Ribeyro (Lima 1929-1994) a principios del verano de 2019. Después de leer entre agosto y septiembre La palabra del mudo, empecé dos libros más cortos y regresé a Ribeyro y a su diario La tentación del fracaso. Tras terminarlo he de decir que me alegro de haber leído estos libros casi seguidos, porque La tentación del fracaso es un magnífico complemento a la lectura de los cuentos de La palabra del mudo.

La tentación del fracaso comienza con la sección titulada Primer diario limeño (1950-1952), anotaciones de un jovencísimo Ribeyro a los veintiún años. La primera anotación del diario es significativa y marca en gran parte el tono de las entradas correspondientes a los siguientes años: «Se ha reabierto el año universitario y nunca me he hallado más desanimado y más escéptico respecto a mi carrera» (pág. 5). Ribeyro trabajó brevemente en un bufete de abogados, siendo aún estudiante, y nunca llegaría a tomarse la abogacía tan en serio como para ganarse la vida gracias a ella. «Para la actividad y las cosas prácticas soy hombre perdido» (pág. 7).
En estas primeras páginas, el lector atento se percatará de que algunas alusiones a anotaciones supuestamente contenidas en el propio diario no podrá leerlas. Más adelante, en años venideros, leerá sobre el proceso de depuración que Ribeyro lleva a cabo en sus propios escritos primerizos, de los que acabará quitando muchas páginas que considera irrelevantes.

Al principio, los bloques que dividen el diario tienen que ver con lugares en los que el autor va viviendo. Ribeyro es un hombre que, desde muy joven, se ha visto tentado por la idea de viajar, o al menos de salir de Lima y establecerse en alguna ciudad extranjera, siendo París la predilecta. Cuando acabe estableciendo su residencia en esta última ciudad, las partes del diario dejarán de aludir a lugares (Lima, París, Madrid, Múnich, Berlín…) para organizarse por años (periodo de 1960-1978).
Desde las primeras páginas de La tentación del fracaso, Ribeyro empieza a cultivar su gusto por el aforismo. Todavía no lo he leído, pero sé que hay confluencias entre este libro y sus Prosas apátridas. Así, por ejemplo, en la página 34 del diario podemos leer: «La felicidad consiste en la pérdida de la conciencia. Los estados de éxtasis que producen el amor, la religión, el arte, al desligarnos de nuestra propia conciencia reflexiva, nos aproximan a la felicidad absoluta. La conciencia: horrible enfermedad que le ha sobrevenido al género humano. ¿La suprema felicidad la constituye la muerte? Conclusión ilógica. El hombre necesita de la conciencia para darse cuenta de que ha carecido de ella, vale decir para comprender que ha sido feliz. Necesitamos tener conciencia de nuestra felicidad para que esta tenga alguna significación. Pero apenas nos percatamos de nuestra felicidad esta desaparece, pues el solo pensar en ella es como un conjuro que desvanece su presencia. La contradicción es irresoluble. Conciencia y felicidad se excluyen y sin embargo no pueden comprenderse la una sin la otra».

Desde el comienzo, Ribeyro deja constatada la lucha por levantar una obra literaria que considere digna. «Me causa sorpresa enterarme por recortes que me envían de Lima que la crítica de casa me considera como el mejor cuentista joven del Perú» (pág. 40). A pesar de alguna anotación positiva y halagüeña como esta, Ribeyro es un autor exigente y crítico con su propia obra. Así, no muchas páginas después, nos encontramos con esta apreciación: «Cada vez tengo más dudas acerca del éxito que pueda tener en Lima mi volumen de cuentos. Creo que hay tres o cuatro que están verdaderamente logrados. Los demás me inspiran desconfianza» (pág. 47). Está hablando de la publicación de Los gallinazos sin plumas.

Cuando deja Lima y empieza a vivir en diversas ciudades europeas, el diario de Ribeyro deja constancia de su vida, encuentros, desencuentros, salidas, trabajos eventuales para ganar dinero, trabajos literarios, amores… El 23 de abril de 1955 anota: «Debo confesar una vez más que soy incorregible. En cuatro días he gastado íntegramente el dinero que recibí de Lima, ese dinero que he esperado durante tantos meses y cuya sabia administración me había tantas veces jurado. Ropa, mujeres y libros… La única constante que advierto en mi naturaleza es una fría pasión por el desorden» (pág. 60). La incapacidad para ahorrar y administrar el dinero será uno de los principales problemas de Ribeyro, que, en gran medida, vive todo esto como si se tratase de una aventura: tener que pedir dinero a casa, a amigos, vivir de fiado… mostrándose en general optimista (a la vez que desesperado) con este tema: de algún modo la providencia vendrá a rescatarlo.

Aunque Ribeyro parece tener muchos amigos, se considera alguien incapacitado para la vida social. Además, sospecha desde el principio que no tiene dotes para escribir novelas, que sus impulsos literarios solo se adaptan al género del cuento. Esto es algo que le angustiará de forma periódica, porque siente que los grandes escritores de su generación han creado alguna obra maestra de la novela (Mario Vargas Llosa con La casa Verde, Gabriel García Márquez con Cien años de soledad, Augusto Roa Bastos con Yo, el supremo o José Donoso con El obsceno pájaro de la noche) y que él solo puede escribir cuentos, que es un género con pocos lectores y cada vez más irrelevantes. Como muchos grandes escritores (Cervantes con el teatro o la poesía, o Philip K. Dick con las novelas realistas), Ribeyro vivirá con la angustia de no sentirse un gran creador porque no se considera bueno en un género que le crea demasiadas dificultades (la novela) y sin saber valorar aquello para lo que tiene más facilidad. La palabra del mudo es uno de los libros de cuentos más notables del español, y es posible que la gran novela que Ribeyro buscase sin éxito fuesen las páginas de La tentación del fracaso. Ribeyro publicó tres novelas (Crónica de San Gabriel, Los geniecillos dominicales y Cambio de guardia), pero no se sentía satisfecho con ellas.

«Mis 29 años cumplidos sin ninguna gloria, rico en virtudes, pero con las manos vacías, sin biblioteca, sin hijos, sin profesión, sin diplomas, sin títulos, sin porvenir…», leemos en una anotación del 7 de septiembre de 1958. No conseguir ganarse la vida será una de las obsesiones del diario: al principio, cuando vive en Europa a salto de mata, y también más tarde, cuando se instale en París, se case, tenga un hijo y consiga un trabajo (sin demasiadas complicaciones) para la Unesco.

«Cuando era más joven me decía: “Antes de cumplir los 30 años debo hacer algo importante.” Mañana los cumplo y no he realizado nada que valga la pena» (pág. 203).

En las páginas del diario relativas a su juventud se suceden los amores y las conquistas. Sin embargo, en algún momento notaremos que ha dejado de salir y trasnochar tanto como antes. Ribeyro se ha casado, pero no existe la constatación previa de haber conocido a su mujer o de la boda en sí misma. No sé si no escribió sobre ello o si lo eliminó de la versión publicada.

«Creo que mi diario, de aquí a algunos años, será probablemente la más importante de mis obras» (pág. 210).

En 1961 empieza –en París– a trabajar en el equipo de redacción de France-Presse, donde coincide con Mario Vargas Llosa, que (junto a Alfredo Bryce Echenique) pasará a formar parte de su círculo de amigos. Ribeyro y Bryce pensarán que la estrella es Vargas Llosa y no ellos, pero esa idea no parece incomodarles en ningún momento.

En la página 231 leemos: «¿Por qué esta maldita costumbre de beber mientras escribo? Ayer, que me levanté temprano, me senté a la máquina con una botella de coñac por delante: a mediodía estaba completamente borracho. Es verdad que culminé el primer capítulo (de “Los geniecillos dominicales”) en forma brillante: vomitando como Ludo. ¡Y por la tarde tener que ir a trabajar! La bebida me es necesaria durante el acto, no solo porque aumenta mi inventiva gramatical, sino porque suprime la fatiga, o mejor dicho, la va guardando para más tarde. Además no creo que beber sea una rareza entre los escritores. Creo que es la ley, por el contrario (Flaubert, Faulkner, Hemingway, Steinbeck, Beckett, etc.)». Ribeyro también es un fumador compulsivo y no parece alimentarse muy bien.

En 1973, a la edad de cuarenta y cuatro años, será ingresado en un hospital y sufrirá más de una intervención grave en los siguientes meses. No sabrá (o no querrá saber) hasta más tarde que la enfermedad que ha sufrido ha sido cáncer de esófago. Este hecho marcará su vida y los restantes años que quedan por constatar en este diario (1973-1978). Empezarán para él los problemas para dormir y para comer (llegará a pesar solo 46 kilos), un dolor casi constante le acompañará en los siguientes años, y el agotamiento físico le obligará a hacer más vida en casa. Gran parte de este proceso quedó registrado en su magistral cuento Solo para fumadores.

Uno de los mayores placeres de acercase a La tentación del fracaso, teniendo aún fresco La palabra del mudo, es que Ribeyro nos habla del proceso creativo de algunos de sus cuentos. Así, por ejemplo, sabremos que Silvio en el Rosedal le parecía su cuento más logrado y el que más le representaba. En otros casos, en vez de hablarnos directamente de la creación de un cuento en particular, Ribeyro constata una experiencia vital que el lector sabe que en el futuro se convertirá en cuento. En el diario se menciona, por ejemplo, un desencuentro con un casero alemán amante de los pájaros, que será el germen del gran cuento Los cautivos.

En el prólogo, Enrique Vila-Matas opina que La tentación del fracaso es uno de los grandes diarios del siglo XX. Como ya he apuntado, resulta llamativo que Julio Ramón Ribeyro, uno de los grandes escritores en lengua española del siglo XX, pensase que vivía a la sombra artística de otros grandes escritores (Vargas Llosa, García Márquez, Roa Bastos) por no tener una incontestable obra larga, cuando en realidad tenía dos: La palabra del mudo y La tentación del fracaso.

domingo, 25 de febrero de 2018

Diarios (2015-2016), de Eduardo Laporte

Editorial Pamiela. 109 páginas. 1ª edición de 2017.
Prólogo de Miguel Ángel Hernández.

En abril de 2016 leí La tabla, la última novela de Eduardo Laporte (Pamplona, 1979). Unos meses después, Laporte leyó mi libro de relatos Koundara y escribió una elogiosa reseña de él, que se publicó en el diario El correo. Conozco a Laporte en persona, hemos coincidido en más de una presentación literaria y sigo su actividad en las redes sociales. Cuando publicó este último libro, Diarios (2015-2016), pensé pedírselo para poder leerlo y reseñarlo, pero él se adelantó (ya tenía mi dirección del envío de La tabla) y una tarde de mis vacaciones de Navidad me lo encontré en el buzón de casa. Me apeteció leerlo antes de que acabaran mis vacaciones de profesor. Entre el 6 y el 7 de enero lo terminé.


No estoy del todo seguro, pero diría que hasta el día de hoy Laporte no ha incursionado en la ficción. Los dos libros que conozco de él y que podrían ser llamados «novelas» en realidad son ejercicios del yo autobiográfico: Luz de noviembre, por la tarde, un libro de duelo sobre la muerte de sus padres, y La tabla, en el que él mismo investiga sobre un compañero de colegio que permaneció casi treinta horas perdido en el mar sobre una tabla de windsurf. Ahora publica estos Diarios de los años 2015 y 2016, aunque no tienen fechas que encabecen los párrafos y por tanto, la evolución del tiempo no queda del todo clara para el lector. En realidad, más que de diarios podríamos hablar aquí de un libro de anotaciones, que van desde el apunte biográfico y la reflexión hasta el aforismo. Desde luego, en estas páginas no existe la intención de dejar constancia de todos los acontecimientos que le ocurren al autor en su día a día.

En la primera entrada de su libro, Laporte habla del escritor de diarios Iñaki Uriarte. No he leído nada de Uriarte, pero sí alguna reseña positiva sobre su obra. Laporte reflexiona, al comienzo de sus páginas, sobre la dificultad de encontrar una voz para sus diarios, y acaba considerando que, tal vez, lo más sensato sea ir de la mano de algún autor que admira, como en este caso Uriarte. Así que presupongo (aunque no puedo saberlo con total seguridad) que este diario de Laporte guarda más de una similitud formal con el de Uriarte. En las páginas de Laporte se habla también de otros escritores de diarios, como Josep Pla («Me termina por aburrir El cuaderno gris», leemos en la página 53), José Saramago o José Luis García Martín.

Aunque con estos diarios no se podría establecer una ruta del día a día del autor, y en muchas de las entradas solamente se refleja un pensamiento y no una enumeración de hechos, acaban apareciendo temas narrativos que se van retomando con mayor o menor asiduidad a lo largo de estas páginas.
Uno de los temas más recurrentes es el de la actividad laboral de Laporte, periodista autónomo que trata de vender sus colaboraciones –artículos, reseñas o entrevistas– a periódicos. Como reseñista aficionado, me han gustado estas anotaciones. En más de una se reflejan las precariedades, vanidades y pequeñas miserias cotidianas de la vida del periodista o el escritor. Me ha resultado curiosa (y divertida) alguna maledicencia sobre algún autor más o menos reconocible; como esa en la que Laporte describe el último libro de un escritor de su misma generación como un libro «plagado de declaraciones cipotudas que ofendieron a mi ego lector con tanta pretensión aleccionadora» (pág. 68).
También se habla de la relación del autor con R., una joven a la que está unido sentimentalmente durante las páginas del diario, de forma más o menos intensa según la temporada. Me resulta curioso considerar que conozco en persona a R., y que estoy casi seguro de saber quién es en realidad. Creo que eso provoca que la lectura del libro cobre para mí un significado personal que no ha de tener para otro tipo de lector. Igual me ocurre cuando Laporte habla de su amigo DCW, al que conozco en persona.
Incluso me ocurre algo más desconcertante todavía, cuando en la página 84 Laporte habla de un escritor algo mayor que él, entrado ya en la cuarentena, al que le da pudor presentarse a los demás como escritor. En este caso me he preguntado: ¿seré yo? Podría ser, porque en las fechas (finales de 2016) que se corresponden con esa parte del diario mantuve alguna conversación, a través de Facebook, con Laporte, en la que salió un tema parecido (nota: en realidad no soy yo, Laporte me lo ha confirmado).

Algunos de los temas que se reflejan en este libro sobre la vida del autor ya los conocía a través de sus publicaciones en las redes sociales. Por ejemplo, me interesan las entradas que se corresponden con unos meses en los que el autor decidió irse a vivir a Lanzarote.

En más de un caso, el lenguaje de Laporte se ajusta mucho a una nueva terminología surgida del uso de la red: blogs, selfies, Facebooks, megustas, retuits… El uso del lenguaje suele ser culto, aunque le gusta trufarlo con más de un término coloquial. Esto no es algo que me disguste, pero sí considero que se trata de deslices literarios cuando se usa alguna expresión hecha: «Se pasaron siete pueblos en su aplicación» (pág. 26), «meter cuña» o «sueltan su chapa», en la página 52.
Es curioso también ver cómo se filtran palabras que se ponen de moda de repente en las redes sociales, como «cipotudo» o «patulea», por ejemplo, la primera de un artículo de Íñigo F. Lomana y la segunda de otro artículo de Juan Manuel de Prada. Quizás se aprecia también un abuso de la palabra «procrastinar», que se acaba convirtiendo en una de las temidas trampas de la vida que se refleja en el diario.
En cualquier caso, nos encontramos también con alguna metáfora brillante. Me gusta, por ejemplo, esta de la página 62: «Cae la pena sobre uno como un enorme piano viscoso».

Ya he comentado que en estas páginas se habla de la vida de Laporte como articulista autónomo y de su relación con R. o con Lanzarote y Madrid. Me resulta curioso que muchas de las reflexiones que se vierten aquí sobre la vida proceden de rincones pequeños, casi minúsculos, lo que hace que estos pensamientos, precisamente por huir de la grandilocuencia, brillen más. En la página 28 leemos, por ejemplo: «Mañana voy a un concurso de la tele. Puedo ganar 370.000 euros. La entrada de mañana va a ser la más importante de este diario de días difusos». Sin embargo, al día siguiente sólo nos encontramos con una reflexión sobre la forma de conducir del chófer que le lleva hasta la televisión. Esta premeditada búsqueda de un tono menor me ha recordado a las entradas del Diario de la beca de Mario Levrero. Y es precisamente aquí, en este análisis del detalle mínimo, donde se encuentran los mejores logros de estos diarios, su tono preciso y su agudeza, que hacen que el lector siempre quiera seguir leyendo.
De vez en cuando también se filtra la actualidad, con alguna referencia a los atentados de París, por ejemplo, o a la crisis española.

Las últimas páginas, con Laporte de nuevo en Madrid tras dejar Lanzarote, son especialmente melancólicas, y uno abandona la voz narrativa que le ha acompañado durante unas horas con pena, con la sensación cómplice de haber podido hurgar en la intimidad de otra persona.

Cuando comenté La tabla, novela en la que Laporte investigaba sobre la aventura en el mar de un antiguo compañero de su colegio (Xavi Pérez), acabé concluyendo que me interesaban más las páginas en las que el autor hablaba sobre sí mismo que aquellas en las que hablaba de Xavi. Bien, pues estos Diarios (2015-2016) me han dado aquello que pedía entonces: más páginas para la interesante voz narrativa de Laporte. Me han gustado estos Diarios.

domingo, 6 de agosto de 2017

Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices), por Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 419 páginas. 1ª edición de 2016.

Ya comenté hace unos meses que compré, poco después de aparecer en las librerías, este segundo volumen de los diarios de Ricardo Piglia (Adrogué, Argentina, 1941 – Buenos Aires, 2017), aunque tenía el primero en casa aún por leer. Lo compré en La Central de Callao y, a pesar de que había pasado ya más de un año desde su adquisición, cuando lo empecé a leer, volví a La Central para ver si me lo cambiaban por otro: las hojas finales habían salido con un error de imprenta y estaban un tanto dobladas. No hubo problemas. Aunque no conservaba el ticket de compra, el libro seguía teniendo marcado el precio con una etiqueta de La Central, y al ser socio estaba registrado el día de la compra.
No he leído los dos volúmenes de los diarios seguidos. Preferí acercarme a la lectura de dos novelas entre medias. (Si alguien quiere leer mi comentario de Años de formación que pinche AQUÍ). A veces el tono de un diario puede acabar siendo repetitivo y cuando me he acercado a ellos, si eran bastante largos, introducía otras lecturas entre un año y otro (por ejemplo, esto lo hice con los Diarios de Victor Klemperer).

Años de formación empezaba con un prólogo y acababa con un epílogo, escritos en la época de la publicación del Diario y no en la de su escritura, que ayudaban al lector a contextualizar lo leído. En Los años felices sólo hay un prólogo que, como el de libro anterior, tiene que ver con Emilio Renzi bebiendo en un bar. Sin embargo, en esta ocasión ha desaparecido la figura del narrador dentro de la historia (que podríamos identificar con el propio Piglia) y nos acerca a Renzi una voz más neutra, fuera del contexto pasado, y apegada al discurso de Renzi. En este prólogo se le explican al lector algunos acontecimientos vitales que tienen lugar en las páginas que va a leer y que le servirán para aclarar la relevancia de las anotaciones. Uno de estos hechos importantes será el cambio de domicilio cuando los militares entran en su portal para buscar a una pareja, que puede ser la que forman él y su novia o no. Otro de los acontecimientos adelantados en este prólogo es que Julia, su pareja, le dejará, porque tras leer su diario descubre que Emilio ha iniciado una relación con Tristana, una de sus amigas.
Efectivamente en el Diario se narra la separación con Julia y el comienzo de nuevas relaciones amorosas para Emilio, pero lo cierto es que no me ha parecido que se hablara previamente de ese acercamiento a Tristana, que descubrirá Julia al leer el Diario. Esto me hace pensar que Los diarios de Emilio Renzi, que el lector tiene en sus manos al acercarse a los ejemplares de Anagrama, están editados por el propio Piglia.
En algún momento, estaba pensando que se centra mucho en describir su relación con la literatura y con otros escritores, y ahora, que me he sentado a escribir sobre el libro, especulo con la posibilidad de que los Diarios estén expurgados, y que Piglia haya querido mostrar al lector principalmente la parte que le parecía relevante, la relacionada con sus reflexiones de escritor o interacciones con el mundillo literario argentino. El otro día (respecto a la escritura de esta reseña no a su publicación) lo comentaba en su muro de Facebook el escritor argentino Tomás Sánchez Bellocchio que andaba leyendo el primer volumen, que le parecía que la prosa era demasiado homogénea como para no pensar en un proceso de reescritura posterior.

Años de formación abarcaba el periodo 1957-1967 y Los años felices nos acerca al Emilio Renzi de 1968-1975. Menos años y más páginas para contarlos.

Si al finalizar Años de formación, el joven Renzi hacía la audaz afirmación de que en diez años iba a ser el mejor escritor de Argentina, en Los años felices nos encontramos a un Renzi enfrascado en la escritura de una novela, cuya idea ya se anunciaba en el volumen anterior, sobre unos delincuentes que, tras atracar un banco, huyen a Uruguay. Después de años de trabajo, en más de un caso, Renzi siente la tentación de abandonar el proyecto porque no se siente satisfecho de las páginas que escribe. Imagino que esta novela será al final, cuando se publique, años después, Plata quemada. También parece que se ha embarcado en la escritura de Respiración artificial. Si de la primera novela se habla del argumento y de las dificultades técnicas, pero no se da el título, de la segunda se da el título pero se habla mucho menos de ella. En los años finales de este libro, Piglia volverá a escribir relatos. Un volumen de relatos será lo que conseguirá ver publicado (quitando los ensayos y reseñas de libros) durante este periodo feliz de su vida.
Pese a algunas privaciones, la situación económica de Renzi parece más estable que durante la etapa anterior. El peor momento económico lo vivirá cuando Jorge Álvarez, editor para el que trabaja, después de una época de despilfarros, se ve forzado a cerrar su negocio. Pero esto no dudará mucho. Durante estos años se ganará la vida trabajando como articulista, editor (principalmente de una colección de libros policiales), dando charlas (a un grupo de médicos les hablará de filosofía), clases o conferencias en la universidad. En más de un caso, estas ocupaciones, pese a ser cercanas a su quehacer literario, las vive como un incordio que le impide dedicar todos sus esfuerzos a la creación.

Aunque Piglia ha decidido subtitular este volumen del diario con la apostilla de Los años felices, en más de un caso no parecen tales. Sobre todo al principio, Piglia describe algunas sensaciones (mareos, visión distorsionada, movimientos extraños en los límites de la visión…) que parecen estar acercándole a alguna crisis de locura angustiosa.

Si bien una de las anotaciones de Años de formación decía: «Vivir sin pensar, actuar con el estilo sencillo y directo de los hombres de acción», ahora, con la madurez, el enfoque sobre lo que quiere escribir en sus diarios parece cambiar: «Estos cuadernos pararán a ser un archivo o un registro de mi educación sentimental, por lo tanto estarán hechos básicamente con la reflexión sobre lo sentimientos y estarán apenas cruzados por actos o hechos o palabras sobre mí mismo.» (pág. 44)

Aunque ya he apuntado que las entradas escritas en Años de formación son sorprendentemente maduras para alguien que empieza a escribir su diario a los dieciséis años, aunque algo dispersas, sobre todo al principio, éstas se vuelven más coherentes y extensas en Los años felices. En la cita del párrafo anterior, parece que Piglia pretende hablar en sus cuadernos de una «educación sentimental», pero a la larga, más bien va a centrarse en una educación literaria. Se hablará de mujeres, por ejemplo, pero durante la primera mitad del libro su relación con Julia, su pareja, ocupa muchas menos páginas que su relación con los amigos escritores. Después de la ruptura con Julia, se registrarán con mayor minuciosidad sus relaciones con otras mujeres y las noches de deambular solo por la ciudad. De su familia hablará poco, pese a que durante estos años muere su padre, con el que nunca tuvo una buena relación. La literatura, apunta Renzi, siempre ha sido una forma de ausentarse de la vida cotidiana.

Miguel Briante, amigo y habitual de las páginas de Años de formación, aparecerá menos durante estos años. La figura del amigo escritor y confidente será tomado ahora, sobre todo, por David Viñas, catorce años mayor que Renzi. Pese al cariño que le procesa, la figura de Viñas será cuestionada en más de una anotación aquí: Viñas es narcisista, inseguro; vivirá siempre agobiado por el miedo al fracaso literario y la necesidad de dinero, lo que ‒según Renzi‒ le lleva a escribir demasiado y en poco tiempo. Y esto por no hablar de su obsesión negativa hacia Julio Cortázar, a quien Viñas siente como un rival demasiado poderoso. Renzi también se relacionará aquí con Manuel Puig, al que admira de forma más clara. Pese a que Puig no es un gran lector, Renzi sí que le siente como un verdadero escritor intuitivo, con gran oído para el lenguaje oral.
También poblarán estas páginas, a veces como figurantes, escritores como Jorge Luis Borges (que parece en decadencia tras su ceguera y libros como El informe Brodie), Haroldo Conti (que parece repetir las claves de sus éxitos pretéritos en obras como En vida), o José Bianco, al que Renzi dedica grandes elogios.
También aparecerá aquí el escritor Andrés Rivera (que murió hace poco), que no es muy conocido en España, pero cuya novela El Farmer me parece una gran obra.

Si bien la figura por la que parecía sentir una gran curiosidad, como prototipo del hombre de acción, en Años de formación, y de la que hablaba en muchas de aquellas páginas, era la de un amigo delincuente, en Los años felices el delincuente ha dado paso a la figura del revolucionario clandestino, que ha de vivir una doble vida. Los años de las dictaduras militares y su violencia acaban cobrando cuerpo en estas páginas. Serán muchas las charlas con los amigos sobre el papel de la literatura en la política. Frente a la opinión de otros escritores, según los cuales la literatura debe ser social y política, Renzi defiende la idea de acercar una idea más pura de la literatura hacia el mundo de los lectores políticos. Renzi tendrá amigos cercanos a la vida clandestina de la izquierda, pero, sobre todo después de un viaje a Cuba, el caso Padilla y la invasión rusa de Checoslovaquia (con el apoyo de Cuba), Renzi se distanciará de un posible entusiasmo inicial hacia la Revolución Cubana.

Me han gustado mucho las anotaciones que Piglia hace sobre la novela policiaca (cada vez me apetece más leer todas las novelas de Raymond Chandler) o el elogio de Adán Buenosaires de Leopoldo Marechal (libro que tuve en mis manos, a buen precio, cuando viajé a Argentina en 2009 y que, erróneamente, no me decidí a comprar).

El libro está plagado de reflexiones brillantes. Dejo aquí algunas:

«La historia literaria es siempre una condena para el que la escribe en el presente, allí todos los libros están terminados y funcionan como monumentos, puestos en orden como quien camina por una plaza en la noche. Una «verdadera» historia literaria tendría que estar hecha sobre los libros que no se han terminado, sobre las obras fracasadas, sobre los inéditos: allí se encontraría el clima más verdadero de una época y de una cultura.»

«Todos nosotros nacemos en Roberto Arlt: el primero que consiga engancharlo con Borges habrá triunfado.» (¿Podemos pensar en Roberto Bolaño?)

«Entre ganarnos la vida y sacarnos de encima la realidad, se nos va la juventud.»

«Las novelas se leen porque son el único modo de ver a una persona por dentro. Yo conozco mejor a Anna Karénina que a la mujer con la que vivo hace años.»

«Necesito entrar en una librería, verificar que los libros están ahí, que hay lectores que los compran, se los puede hojear, son siempre los mismos títulos, revisados veinte veces en una semana. Son objetos reales y entonces es posible pensar que tiene sentido perder en ellos la vida.»


Me ha gustado más Los años felices que Años de formación. Este segundo volumen es más compacto y parece mejor articulado que el anterior. Para mí, como amante de la literatura argentina, ha sido fascinando poder adentrarme en las calles de Buenos Aires de la mano de Piglia y ver el retrato que hace de muchos escritores a los que yo he leído. El tercer volumen aparecerá en septiembre de 2017. Ya lo estoy esperando.

domingo, 15 de enero de 2017

Los diarios de Emilio Renzi (Años de formación), por Ricardo Piglia

Editorial Anagrama. 358 páginas. 1ª edición de 2015.

Escribí esta reseña el 5 de enero por la tarde. Menos de veinticuatro horas después supe de la muerte de Ricardo Piglia. Hoy no me tocaba publicar esta reseña, pero he querido adelantarla como una forma de homenajear al maestro.

Había comprado Blanco nocturno (2010) y El camino de Ida (2013), las dos últimas novelas de Ricardo Piglia (Adrogué, Argentina, 1940), según salieron al mercado (muchos años antes había leído libros como Respiración artificial y Prisión perpetua), y en las dos ocasiones acudí a las presentaciones de Madrid que tuvieron lugar en la Casa de América. Sin embargo, cuando apareció en el mercado Los diarios de Emilio Renzi, aún sabiendo que los acabaría leyendo tarde o temprano, no los compré de forma inmediata. Quería poner orden en mi montaña de libros por leer, cada vez más caótica, y además, me decía, sabiendo que estos diarios estarían formados tres volúmenes, podía esperar a que saliera el tercero y leer así todo el conjunto de un golpe. Al final acabé comprando este libro cuando vi que apareció en las librerías la segunda edición, porque, claro, yo, como gran fetichista de libros que soy, quería leer los tres libros de los diarios de Piglia, pero quería que todos fuesen su primera edición, y que estuvieran firmados por él, a ser posible. Estuve atento, pero en esta ocasión no acudió a la Casa de América de Cibeles a presentar su nuevo libro (he sabido que había enfermado). Ya que estaba, cuando apareció el segundo tomo lo compré también. Durante las pasadas Navidades he leído Las memorias de Emilio Renzi.

Cuando empezaron a aparecer reseñas sobre este libro, algunas señalaban que resultaba raro leer los supuestos diarios de Ricardo Piglia, pero que, cuando el narrador hablaba de sí mismo, se llamase «Emilio Renzi». Igual que Mario Levrero para escribir tomó su segundo nombre y segundo apellido (su nombre completo es Jorge Mario Varlotta Levrero) parece que Ricardo Piglia ‒cuyo nombre completo es Ricardo Emilio Piglia Renzi‒ ha hecho lo mismo pero al revés, trasvasando su segundo nombre a su álter ego. En las propias memorias podemos encontrar algunas explicaciones a este fenómeno. En la página 328 leemos: «A veces pienso que tendría que publicar el libro con otro nombre, cortar así del todo los lazos con mi padre contra el cual, de hecho, he escrito este libro y escribiré los que siguen. Dejar de lado su apellido sería la prueba más elocuente de mi distancia y mi rencor.» Está hablando de su libro de relatos La invasión. Su padre era un médico peronista, que deseó que su hijo siguiera sus pasos y Ricardo Piglia se rebeló contra aquella imposición.
En la página 281 podemos leer: «También a mí me subyuga la presencia de un narrador que observa los acontecimientos, lejanamente implicado (como en Henry James, en Conrad y en Fitzgerald): me gustaría que él fuera el autor de estos cuadernos con un estilo claro y eficaz reseña los hechos de mi vida, desde afuera, y podrá existir por las referencias ambiguas de mis conocidos que hablarán también de él (cuando se refieran a mí).»
Así que por un lado tenemos a un Piglia que desea distanciarse de su apellido paterno, y que además anhela que sus diarios estuvieran escritor por otro que hablara de él; en este sentido, se puede entender el juego de la diferencia de nombre en el diario. Quizás algo que me ha sorprendido más ha sido que en la página 317 se señala que Emilio Renzi ha nacido el 24 de noviembre de 1941y en la contraportada del libro se dice que nació en 1940 (aunque lo cierto es que podría ocurrir que sea la fecha de la contra del libro la que esté equivocada, porque en la wikipedia se señala también el 24 de noviembre de 1941 como fecha de nacimiento de Piglia y las referencias a la edad en el diario siempre nos remiten a 1941 como fecha de nacimiento).
En cualquier caso, aunque se llame el narrador de estos diarios Emilio en vez de Ricardo uno lo lee como si hablara de sí mismo (Emilio Renzi es un personaje de sus novelas, que al fin y al cabo no deja de ser un trasunto del propio autor).

El diario transcurre entre 1957 y 1967. Cuando Piglia comienza con él tiene dieciséis o quince años (si doy por buena la fecha de nacimiento de 1941) y lo que sorprende es que no observamos en ellos ningún titubeo juvenil. La prosa de Piglia es precisa y adulta desde el principio. Piglia empieza a escribir en sus cuadernos cuando la familia ha de abandonar su Adrogué natal y trasladarse a Mar de Plata porque el padre, médico de profesión, teme volver a ser encarcelado por su militancia peronista. Unos años después, Pligia-Renzi se trasladará a La Plata para acudir a la universidad. Entre Adrogué, Mar de Plata, La Plata y Buenos Aires transcurren estos diarios.

Sobre todo al comienzo, las anotaciones del diario son muy breves y Piglia no sigue ningún orden claro; puede escribir varios días seguidos y también puede estar más de una semana sin anotar nada. Diría que le interesa más registrar hechos que sentimientos («Vivir sin pensar, actuar con el estilo sencillo y directo de los hombres de acción», pág. 72). En muchos casos, más que hacer anotaciones propias de un diario las entradas se dedican a analizar textos literarios: muy interesantes sus reflexiones sobre la construcción narrativa en los libros de William Faulkner y Ernest Hemingway.

Para dar mayor unidad y coherencia a este volumen, Piglia ha añadido un prólogo y una coda que, formalmente, no serían parte del diario. Así en las primeras diecisiete páginas un Emilio Renzi, mayor y algo borracho, le cuenta al narrador (que sería Ricardo Piglia) su relación primera con la literaria, ese contacto primigenio que cubriría desde que a los tres años en Adrogué sale a la puerta de su casa con un libro del revés y se sienta en la calle a ver pasar a la gente que viene de la estación de trenes y un señor le señala que tiene el libro del revés, y el Renzi mayor piensa que ese señor sólo podía ser Borges (me encantó esta anécdota), hasta los dieciséis, cuando comienza el diario (de este modo se habla de sus primeras lecturas de Verne o Camus). Siguiendo una técnica similar a ésta, al final del libro nos encontramos con veinte páginas que están escritas, como las primeras, en 2015 y en las que Renzi le habla a Piglia sobre la muerte de su abuelo, también llamado Emilio Renzi, que combatió en la Primer Guerra Mundial. Se cuenta aquí una anécdota sobre por qué el abuelo mandó a su mujer a Italia, para que el padre de Piglia naciera en suelo europeo, cuando ya había comenzado la Gran Guerra, que yo le escuché contar al propio Piglia en 2013, en la presentación de El camino de Ida de la Casa de América.

Durante los primeros años, Renzi nos hablará de sus amoríos, sus amigos, sus lecturas, y la relación con su abuelo. Hacía la segunda mitad del diario, las entradas se hacen más largas y creo que más interesante también, sobre todo cuando sus amistades empiezan a ser también literarias, y las personas retratadas aquí llegan a ser Juan José Saer, Daniel Moyano o Haroldo Conti.

Renzi estudiará Historia, huyendo de la vocación impuesta por su padre hacia la Medicina, y eludirá estudiar Filología o Literatura porque quiere ser él quien elija sus lecturas. Su vocación literaria parece clara para él desde el principio: «¿Cómo se convierte alguien en escritor, o es convertido en escritor? No es una vocación, a quién se le ocurre, no es una decisión tampoco, se parece más bien a una manía, un hábito, una adicción, si uno deja de hacerlo se siente peor, pero tener que hacerlo es ridículo, y al final se convierte en un modo de vivir (como cualquier otro).» (pág. 16)

En algún momento, Renzi parece tener alguna duda sobre qué motiva la escritura del propio diario: «La suprema impostura está en el hecho mismo de escribir estos cuadernos. ¿Para quién los escribo? No creo que sea para mí y tampoco me gustaría que alguien los leyera.» (pág. 58); pero, en general, se muestra como una persona muy segura de sí misma, alguien que ha decidido jugárselo todo a una carta, la de la literatura. Me ha hecho gracia reconocer una frase del diario que tenía anotada en mi cuaderno de citas como perteneciente al libro Prisión perpetua: «Ni siquiera a la carta equivocada. Se jugó la vida a una carta que nadie había visto nunca en la baraja.» En la página 170 del diario leemos: «Soy alguien que se ha jugado la vida a una sola baraja.» y en la 176: «Se trata de una existencia mal congeniada y esto hace poco que lo he llegado a comprender. Mal congeniada quiere decir haber aceptado el riesgo de jugar todo a una carta y no saber si realmente ese naipe existía en la baraja.»

Siguiendo la máxima de Faulkner, Renzi se convierte en un observador que no desea juzgar lo que ve. Así, uno de los temas más curiosos de estas páginas es la descripción de su relación con Cacho, amigo de juventud y ladrón profesional, que trabaja (entra a robar en las casas de los barrios buenos) sólo los sábados por la noche. Quizás, pero no estoy seguro, en la relación que establece con este amigo se encuentre el germen narrativo de la novela Plata quemada.

La primera mujer con la que vive le acabará señalando su distancia de las cosas, pero Renzi parece entender que éste es el peaje que tendrá que pagar para cumplir con su sueño de ser escritor. Escribe cuentos, tratando de escapar de la órbita de Borges y Cortázar, sobre la que parecen dar vueltas sin salida sus contemporáneos.
Se ganará la vida como profesor universitario, sin sentir mucho apego por el trabajo. Renunciará a la estabilidad económica al dimitir de sus cátedras como protesta por la dictadura de Onganía, algo que el lector descubrirá bastante después de que ocurra (un pequeño problema del diario, a veces, son los saltos de escenarios sin que el lector sea avisado de ellos). Renzi pasará más de un apuro económico, pero esto sólo parece fortalecer su vocación.

Hacía el final de estas páginas se hablará en gran medida del proceso creativo de los cuentos de La invasión, que fueron presentado al premio Casa de América en Cuba, resultando mencionados, y publicados en Cuba y Argentina. Tanto Renzi como el lector, tienen la sensación de que Piglia va a triunfar con sus cuentos desde el principio. En más de un caso, alguna anotación da cuenta de la seguridad (y la arrogancia juvenil) que Renzi tiene en su talento: «Me siento a la vanguardia de los escritores de mi generación» (pág. 299); hablando de su libro de cuentos: «Estoy seguro de que el volumen está a la altura de lo mejor que se ha publicado en el género en estos tiempos» (pág. 317), o en la página 321: «En diez años seré el mejor escritor argentino.»

Como ya he comentado, me han gustado mucho las páginas que hacen de introducción y de coda del volumen, escritas en 2015, y el diario, que al principio me parecía demasiado escueto y disperso, me ha ido ganando según las entradas en él se hacían más extensas y se reflexionaba más sobre literatura (a veces se introducían cuentos escritos en la época y destacaría un texto, publicado en una revista, sobre El oficio de vivir de Cesare Pavese que me ha parecido realmente brillante), además de empezar a desfilar por sus páginas muchos de los escritores que admiro (Saer, Conti, Moyano…). Algunas de sus frases son auténticas joyas de lucidez.

En definitiva, Los diarios de Emilio Renzi gustará a los seguidores de Ricardo Piglia y presiento que voy a disfrutar bastante con el segundo volumen, Años felices. Ya hablaré de ellos.