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domingo, 19 de diciembre de 2021

Encrucijadas, por Jonathan Franzen

 


Encrucijadas, de Jonathan Franzen

Editorial Salamandra. 6377 páginas. 1ª edición de 2021.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En 2011 leí Libertad (2021) de Jonathan Franzen (Illinois, 1959), que fue un libro muy elogiado y popular por aquellos días y, como me gustó mucho, poco después leí Las correcciones (2001). Cuando en 2015, Franzen publicó Pureza, tras el gran éxito que fue cinco años antes Libertad, ya no tuvo tan buena acogida. Pensé en leerlo, pero al final, tras algunos comentarios un tanto negativos o tibios de personas con las que me relaciono en las redes sociales, la dejé pasar. En 2021, Franzen ha vuelto con Encrucijadas y, al revés de lo que ocurrió con Pureza, en mis redes sociales empecé a leer más de un comentario entusiasta sobre el libro. Esto hizo que me apeteciera volver con Franzen y se lo solicité a la editorial Salamandra para poder leerlo y reseñarlo.

 

En Encrucijadas Franzen nos acercará a la familia Hildebrant, que viven en New Prospect, un suburbio de Chicago, y por lo tanto son habitantes de ese territorio mítico en la literatura norteamericana que es el Medio Oeste, un espacio que representa el corazón más conservador del país. También eran del Medio Oeste la familia Berglund, que protagonizaba Libertad, y la familia Lambert, protagonista de Las correcciones.

En las tres novelas que he leído de él, Franzen analiza a la sociedad norteamericana a través del desmenuzamiento de las motivaciones psicológicas de los miembros de una familia. Libertad estaba ambientada en la primera década del siglo XX, y desde ahí retrocedía hasta la generación de los padres de los protagonistas, y Las correcciones situaba su acción en los últimos años del siglo XX. Es decir, tanto Libertad, como Las correcciones partían del presente en el que fueron escritas y, desde ahí, analizaban el pasado de los personajes y por añadidura de las circunstancias históricas que tuvieron que vivir ellos o sus padres. Sin embargo, Encrucijadas, publicada en 2021, sitúa su acción en las Navidades de 1971. Es decir, Franzen nos hablará, en esta ocasión, de la sociedad norteamericana de su infancia, ya que él nació en 1959.

 

La familia Hildebrant está formada por Russ, el padre, reverendo de cuarenta y siete años, que ostenta un puesto secundario en la iglesia Primera Reformada de New Prospect. Russ proviene de una comunidad menonita muy conservadora de Indiana.

Marion, de cincuenta años, es la madre, y proviene de California, de una familia que en algún momento fue próspera para acabar arruinándose durante la década de 1930. El contraste entre el pasado de estos personajes en Indiana y California puede explicar parte de las desavenencias actuales que sufren como pareja.

Clem es el hijo mayor. A sus diecinueve años está en el primer curso de la universidad, y la decisión que ha tomado de ir voluntario a la guerra de Vietnam y dejar la universidad es muy posible que vaya a alterar la convivencia familiar de las Navidades de 1971. Sobre todo, teniendo en cuenta que Russ, el padre, es un pacifista militante, que se negó a participar en la Segunda Guerra Mundial y fue desplazado a sus veinte años a un campamento para objetores en Nuevo México, donde podría entrar en contacto con la comunidad navaja, que le fascina desde entonces.

Becky tiene dieciocho años y se encuentra en el último año de instituto en New Prospect. Es la más guapa y popular de todos los Hildebrant. Hasta ahora ha mantenido una relación muy estrecha con Clem.

Perry tiene dieciséis años y es el más inteligente de la familia, también está empezando a tener problemas con las drogas, con las que él mismo trafica entre sus amigos.

Judson tiene nueve años y es el hermano pequeño, que comparte habitación con Perry.

 

Al igual que ocurría en Libertad, Franzen hace en Encrucijadas uso del estilo indirecto libre para acercarse a sus personajes principales y, aunque el capítulo se extienda por más de cien páginas, siempre lo leeremos bajo la mirada del personaje seleccionado en este momento.

En las primeras doscientas páginas del libro, Franzen se acerca a los que van a ser los cinco personajes principales de la novela, aquellos a los que nos va a mostrar la realidad a través de sus ojos. Así en los cinco primeros capítulos conoceremos a Russ, Perry, Becky, Clem y Marion. Estos capítulos son casi novelas cortas en sí mismas. Diría que el personaje más intenso, más «ruso», posiblemente es Marion, la madre, que en su juventud sufrió brotes de locura, de los que en la actualidad considera que está curada. Franzen es un gran admirador de la obra de Lev Tolstói, y tanto en Las correcciones como en Libertad alguno de sus personajes leía Guerra y Paz, un detalle en el que no reincide en Encrucijadas.

Como esta terna de cinco capítulos ocupaban, más o menos, un tercio de la novela, y el sexto empezaba de nuevo con Russ, en un principio pensé que la terna se iba a repetir por dos veces más y que esta era la estructura de la novela. Pero este sexto capítulo es más corto que los anteriores, y no le sigue otro sobre Perry, sino que Franzen le cede el turno a Becky. Así tras este primer tercio de novela, con unos capítulos de una extensión, más o menos, similar entre los cinco personajes, se suceden capítulos mucho más cortos, donde los puntos de vista cambian de un modo más rápido. Y, de un modo de nuevo inesperado, ya en la recta final del libro Franzen nos presenta un capítulo de más de cien páginas en el que nos habla del pasado de Russ, el padre, en la reserva india de Nuevo México, en el momento en el que va a conocer a Marion, la madre.

 

Algo fascinante en el modo de construir una novela de Franzen, y que me gustaría destacar, es la sensación de control absoluto sobre su material que le transmite al lector. Desde la primera página, el lector percibe que el autor es plenamente consciente de qué ocurre en cada momento de la vida de su primer personaje. Y lo que, por ejemplo, se insinúa en la página 20 será desarrollado en la página 150, desde el punto de vista de un personaje, y en la página 470 desde el punto de vista de otro.

 

Ya me llamó la atención que en Libertad, a través del estilo indirecto libre, Franzen se acercaba a los padres de la familia y al hijo varón, pero no a la hija, creando así una asimetría en el análisis de los Berglund. En Encrucijadas los miembros de la familia son seis y los protagonistas de la novela cinco. Franzen no se fija en la mirada sobre el mundo de Judson, el hijo más pequeño.

Durante el primer tercio comentado la acción narrativa abarca unos dos días, los previos a la Nochebuena de 1971 y, a través del recurso de la analepsis, se acerca al pasado de los personajes. En los primeros capítulos posteriores a esta primera parte el arco temporal tenderá a ir expandiéndose. Así de enero se saltará a marzo de un párrafo a otro, y posteriormente, ya acercándonos hacia el tramo final de la novela, los saltos temporales llegarán a ser incluso de años.

 

Encrucijada es el nombre de un grupo religioso juvenil organizado en la parroquia de Russ. Tres años antes de que empiece el tiempo narrativo de la novela, Russ sufrió una humillación como líder de este grupo, que le hizo dejarlo y enfrentarse a Rick Ambrose, un párroco más joven y que sabe conectar más con la juventud, con su pelo largo, su lenguaje irreverente y sus aires de rockero. Entender los términos en los que se produjo este conflicto es uno de los puntos clave de la novela. Aunque, como en las novelas anteriores, lo contado por Franzen acaba siendo triste, ya que muestra las imposibilidades de conexión dentro de una familia, el tono empleado para contarlo es ligeramente irónico.

Además, los personajes se encuentran en «encrucijadas» vitales, a las que tendrán que enfrentarse: Russ se está empezando a interesar por una feligresa, y su mujer le parece cada vez menos atractiva; Perry quiere ser mejor persona y dejar de traficar; Clem quiere dejar la universidad e ir a la guerra, siguiendo sus ideas políticas; Becky se está enamorando de un músico que tiene novia, y no sabe si es correcto arrebatarle a otra chica el novio, etc. En Libertad la idea era parecida, los personajes tenían «libertad» para tomar decisiones y equivocarse o no. En Las correcciones, los personajes trataban de corregir errores del pasado o de sus padres… Los personajes de Franzen están a la deriva y nunca saben si eligen de un modo correcto.

 

El estilo de Encrucijadas se parece más al de Libertad que al de Las correcciones, donde Franzen coqueteaba con el expresionismo, al estilo de las novelas de Don Delillo. Sin embargo, hay un tema que no aparecía en Libertad y que relaciona Encrucijadas con Las correcciones: el interés de Franzen por la locura. En Las correcciones de hablaba de la demencia senil del padre y esto se unirá a la pérdida de la cordura en Encrucijadas de Marion o de Perry.

El tema religioso también es relevante en Encrucijadas. Casi todos sus personajes buscan la presencia de Dios en sus vidas, como un clavo al que agarrarse cuando todo lo demás parece tambalearse. Y los personajes, aun cuando se sienten cercanos a Dios, han de luchar contra la vanidad que les provoca ese sentimiento. Ya he dicho que la novela sitúa su acción en 1971 y 1972, en un periodo de cambios sociales en Estados Unidos, junto con el fin de la guerra de Vietnam, el país vive el auge del consumo de drogas, además de la marihuana de los hippies, también está apareciendo en escena otra nueva, como es la cocaína. De un modo irónico, Franzen insinúa en el libro que el supuesto contacto con Dios que alcanza alguno de los personas tiene más que ver con el consumo de drogas que con una revelación divina.

 

Como los grandes narradores de la novela del siglo XIX, Franzen es un gran narrador omnisciente que sabe más de las motivaciones de sus personajes que ellos mismo. Es muy interesante el contraste que existe en la mirada de unos sobre otros.

 

Las páginas de Encrucijadas se pasan muy rápido, algo que ya me pasó hace diez años con Libertad y Las correcciones. Uno se olvida de que está leyendo con Franzen y visualiza a los personajes y sus miedos internos. Estoy sintiendo curiosidad por Pureza. ¿Realmente bajó en esta novela el nivel de Franzen? No sé si fue así, pero desde luego en Encrucijadas Franzen está en todo su esplendor. Creo que va a ser difícil que esta novela no esté en la lista de mis diez mejores lecturas del año.

domingo, 27 de noviembre de 2011

Las correcciones, por Jonathan Franzen

Editorial Seix Barral. 734 páginas. 1ª edición de 2001, ésta de 2002.
Traductor: Ramón Buenaventura.

Ya comenté hace unas semanas -en la entrada sobre Libertad- que me parecía extraño que una editorial como Seix Barral, perteneciente al grupo Planeta, y por tanto sin aparentes problemas de solvencia, no hubiera aprovechado el tirón publicitario que ha supuesto la publicación del último libro de Jonathan Franzen (Chicago, 1959) para reeditar Las correcciones, que publicó en 2002. El rostro de Franzen en numerosos suplementos y revistas culturales ha provocado la presencia de montañas de ejemplares de Libertad en las librerías; montañas de libros que conviven con el extraño vacío -en los anaqueles de la F y narrativa extranjera- que deja, al buscarla, la novela que esos mismos suplementos y revistas culturales citaban como la que le dio a Franzen prestigio y le catapultó al éxito, Las correcciones.

Esta novela estaba, sin embargo, en la biblioteca municipal de Móstoles que suelo frecuentar, y la he estado leyendo durante las tres últimas tres semanas.
Si Libertad, publicada en 2010, usaba el desmontaje psicológico de los miembros de una familia, los Berglund, para analizar a la sociedad norteamericana durante la primera década del siglo XXI; Las correcciones toma a la familia Lambert para explicarlos qué ocurrió en los Estados Unidos durante la última década del siglo XX.

Los elementos que unen a ambas familias son notables: tanto los Berglund como los Lambert son del Medio Oeste norteamericano; y en Las correcciones se expone con más fuerza que en Libertad qué significa ser un ciudadano del Medio Oeste, un territorio en el que múltiples escritores estadounidenses sitúan sus ficciones (estoy recordado a Richard Ford, Charles Baxter, Tom Drury…). Franzen escribe en la página 526 de Las correcciones: “(…) era «del Medio Oeste». Con lo cual quería decir optimista o con espíritu comunitario” , pero al leer este libro uno también percibe que ser del Medio Oeste quiere decir vivir obsesionado con lo que los demás piensan de uno o ser una persona aparentemente alegre a la que le cuesta mucho mostrar sus sentimientos o debilidades, con todo el sufrimiento que esto conlleva. Para un norteamericano, el Medio Oeste simboliza los valores tradicionales del país.
Enid, como Walter en Libertad, proviene de una familia que regentaba un motel en un pueblo; e intuyo que esta ficción tiene que guardar, de algún modo, una relación directa con la biografía del propio Frazen.

En Las correcciones, Franzen articula su novela en torno a las vidas de 5 miembros de la familia Lambert: los padres, que ya han superado los 70 años, viven en St. Judes, y Alfred, ingeniero del ferrocarril retirado, empieza a sufrir parkinson y demencia senil; Enid, su mujer, acapara todos los valores comunitarios del Medio Oeste y su obsesión principal, en el tiempo que dura la novela, será que sus 3 hijos se reúnan con ellos durante la semana de Navidad en St. Judes; quizás las últimas navidades que puedan pasar allí todos juntos.
Gary, de 43 años, el hijo mayor de los Lambert, es, al menos en apariencia, el exitoso directivo de un banco de inversión. En la página 240 leemos sobre él: “su vida entera estaba estructurada como corrección o enmienda de la de su padre”. (También en esta página se nos informa de que la mujer de Gary, Caroline, está leyendo un libro editado en 1998; por tanto la acción del libro seguramente se sitúa en 1999).
Chip, de 39 años, es profesor universitario,pero la relación con una alumna hace que pierda su trabajo y se traslade a Nueva York, donde colabora con una revista marginal hasta que, sorpresivamente, recibe una oferta de trabajo para organizar una página web en Lituania, con la intención de timar a inversores norteamericanos.
Denise, de 32 años,  dejó sus estudios universitarios para dedicarse a algo tangible y, gracias a su esfuerzo y espíritu de sacrificio, se convertirá en una chef de éxito mientras intenta definir su identidad sexual.

Las correcciones está narrada en tercera persona y, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, se acerca a los puntos de vista de los cinco protagonistas principales, tomando su visión del mundo y expresiones que les son propias. Cuando los personajes están físicamente separados no se acaba de percibir, pero la fuerza de esta técnica narrativa queda patente al desarrollarse escenas en las que los miembros de la familia se han reunido: durante todo el tiempo narrativo correspondiente a un personaje la historia está narrada desde su punto de vista.
Recuerdo, por ejemplo, que en Vía revolucionaria de Richard Yates -también narrado con estilo indirecto libre- el punto de vista pasaba de un personaje a otro en la misma escena; y diría que el hecho de que no lo haga en Las correcciones incide en que resalte la sensación de aislamiento de los personaje y hace hincapié en la incomprensión del punto de vista de los otros.

Y creo que me ha venido a la cabeza Richard Yates porque durante una parte de Las correcciones bastante extensa, la correspondiente a la presentación del personaje de Gary, la relación de rivalidad que se establece entre él y su mujer, Caroline, es casi tan triste y desangelada como la de Frank y April Whleer en Vía revolucionaria.

Siguiendo con las comparaciones entre Las correcciones y Libertad podría apuntar que al igual que en esta última novela el personaje de Patty leía Guerra y Paz de Tolstói, en la primera Denise también lo hace. En Las correcciones está presente el interés de Franzen por la novela psicológica del ruso; pero también se percibe, de una forma patente, la admiración por su compatriota Don Delillo. Podría afirmar que, dentro de su clasicismo, Las correcciones es una novela que se aproxima, aunque sea tangencialmente, a los postulados del postmodernismo de Delillo, ya que son constantes las alusiones a empresas que parecen comerciar con la idea de modificar los miedos y las ansiedades del ciudadano medio mediante fármacos, como hacía Delillo en su mítica Ruido de fondo. En Las correcciones son continuas las alusiones a los estados mentales de los personajes: parkinson, depresión… y la posibilidad de cambiar la percepción humana de la realidad mediante fármacos o drogas. De hecho, en un momento de la novela Alfred y Enid hacen un crucero por el Atlántico y Enid, al visitar al médico de a bordo, mantiene con él una conversación que parece superar los parámetros realistas del libro y adentrarse en otros más expresionistas y más propios de Delillo. En la página 422 un médico que se parece a John Travolta le dice a Enid: “Créeme que te comprendo muy bien, Edwina. Todos nos apegamos de un modo irracional a unas determinadas coordenadas químicas de nuestro carácter y temperamento. Es una variante del miedo a la muerte, ¿cierto? Ignoro cómo sería dejar de ser lo que soy ahora. Pero, ¿sabes qué? Si «yo» ya no está ahí para notar la diferencia, a «yo» qué más le da. Estar muerto es problema si uno sabe que está muerto, lo cual es imposible, precisamente por estar muerto”.

También en Las correcciones se presta una atención que podríamos llamar postmoderna a la aparición de las nuevas tecnologías. En la página 254 se describe así a un joven broker: “El chaval llevaba un mini ordenador con las cotizaciones de Bolsa, tenía un cable saliéndole de la oreja y lucía la mirada esquizofrénica de los móvilmente ocupados.” Y Chip y Denise, cuando el primero está en Lituania, se comunican mediante e-mails, que nosotros leeremos, asistiendo al resurgimiento postmo de la novela epistolar. Todo esto está ya asimilado en la narración de Libertad de un modo más natural, como si un Franzen más maduro como escritor se hubiera percatado de que, tan sólo después de una década, a nadie le iba a sorprender un comentario sobre la aparición de los teléfono móviles sin manos, y este tipo de apreciaciones son las que hacen que una novela pase mal el rasero del tiempo, y que lo que perdura –parece decirnos Franzen en Libertad- es la fuerza de las psicologías creadas, la interacción de los personajes; y su toma de decisiones y posicionamientos, que al final, si la novela tiene fuerza, actuarán como arquetipos descriptores de una época.

Además, en Las correcciones, al cederle el punto de vista narrativo a Alfred, la novela también toca el expresionismo o el surrealismo (cercano de nuevo a Delillo), puesto que la demencia senil del padre le hace tener alucinaciones terroríficas en las que, por ejemplo, personifica su miedo a defecarse en la cama, y, así, acabará conversando con su propia mierda.

Si en Libertad Franzen critica, de la primera década del siglo XXI, la política de Bush y su desastrosa gestión de la invasión de Iraq y la sobreexplotación de recursos en Norteamérica; en Las correcciones la crítica de la última década del siglo XX se centra en poner de manifiesto los peligros de una economía basada en la especulación bursátil, en la economía no sustentada en la realidad.
Alfred, orgulloso trabajador de una compañía ferroviaria, verá como se amarga su última etapa de carrera laborar cuando su empresa, que ha mantenido cohesionados a muchos pueblos pequeños del Medio Oeste, es vendida a unos inversores que se dedicarán a desmantelar la parte del negocio menos rentable (la que unía a esos pequeños pueblos del Medio Oeste) en aras de la rentabilidad económica y los dividendos para los accionistas.

Una de las partes más sorprendentes de Las correcciones es la correspondiente a la vida de Chip en Lituania. La caída del comunismo en los países del Este europeo ha marcado la alegre avanzadilla sin red del neoliberalismo hacia la pura especulación de mercado (que desembocará, como sabemos nosotros pero no Franzen en 2001, en la crisis de 2008 que se extiende hasta nuestros días, y por tanto la vigencia de esta novela en la actualidad es sorprendente); y, dentro de su crítica, Franzen apunta en las páginas 576-577: “Sorprendió mucho a Chip la similitud que percibía, en términos generales, entre el mercado negro de Lituania y el mercado libre de los Estados Unidos. En ambos países, la riqueza se concentraba en manos de unos pocos; se había desvanecido toda distinción significativa entre el sector público y el privado; los capitanes de industria vivían en un estado de permanente ansiedad que los empujaba a la despiadada expansión de sus imperios; los ciudadanos de a pie vivían en la permanente inquietud de perder sus trabajos y en la permanente confusión en cuanto a qué poderosos intereses privados eran dueños, en un momento dado, de qué antiguas instituciones públicas; y el principal carburante de la economía era la insaciable demanda de lujo por parte de las élites. (…) La principal diferencia entre Lituania y los Estados Unidos, en lo que a Chip le alcanzaba, era que en Norteamérica los pocos ricos sojuzgaban a los muchos no ricos por medio de diversiones y cachivaches y productos farmacéuticos capaces de embotar la mente y matar el alma, mientras que en Lituania los pocos ricos sojuzgaban a los muchos pobres mediante amenazas de violencia.”
Si en Libertad la novela se centraba en el significado de esa idea abstracta, que parecía ser la antesala de la equivocación; en Las correcciones Franzen parece decirnos que nos equivocamos y el camino hacia la enmienda o la corrección es casi inalcanzable. Personificando esta idea, Chip, como metáfora de su vida, dedica mucho tiempo a corregir una obra de teatro que piensa que le hará abandonar su sensación de fracaso, y de este modo su obra de teatro nunca puede ser finalizada, nunca puede acabar de corregirla.

Quizás los recursos literarios de Las correcciones me han parecido más arriesgados que los usados en Libertad: recuerdo, sobre todo, la parte en la que el narrador se ha de acercar a Denise y, para llegar hasta ella, nos empieza a hablar de un matrimonio que no había aparecido nunca en la novela, que, gracias a un golpe de fortuna, puede dejar de trabajar; el marido acabará interesándose por montar un restaurante y decide contratar a una chef, que no es otra que Denise, y así, de esta forma sorpresiva, nuestra mirada termina sobre ella.
En Libertad la aproximación a los personajes (salvo en la primera parte) era mucho más directa, quizás buscando conquistar un público más amplio de lectores.

Las correcciones, si nos centramos en el acercamiento a los personajes, me ha parecido una novela más redonda que Libertad, ya que en esta última parecía extraño que el narrador, a través de su estilo indirecto libre, se aproximara a los dos padres y al hijo, pero no a la hija; la importancia narrativa de los 5 miembros de la familia Lambert está en Las correcciones más equilibrada.
El final de Libertad tenía lugar de una forma elegante y nos íbamos despidiendo de los Berglund de forma progresiva, hasta unas últimas páginas en las que, posiblemente buscando la complacencia de ese público más amplio del que hablaba antes, la historia se resolvía del modo menos dramático posible. En Las correcciones la historia va caminando con paso firma hasta un final en el que la intensidad dramática se va acumulando hasta que termina por estallar, y cerramos el libro con una sensación de largo viaje y de tristeza ante el mundo.
La ironía, como en Libertad, también está presente en Las correcciones, pero en esta novela es una ironía más desolada, al analizar los conflictos irresolubles de una familia en la que sus miembros no son lo que se espera de ellos.

Por el párrafo anterior podría parecer que considero que Libertad es una novela inferior a Las correcciones debido al intento de Franzen de buscar un público más amplio, pero en realidad no esta mi conclusión; ya que por el contrario me parece que en Libertad, Jonathan Frazen está tan seguro de quiénes son sus personajes y de qué quiere contarnos, que no necesita hacer uso de ningún alarde narrativo para acercarnos a su historia.
No sabría, en realidad, con cuál de las dos quedarme sin me hicieran la pregunta directamente, y me parece que ambas novelas tienen tanto en común que la tendencia, al responder a una eventual encuesta entre lectores de los dos libros, sería la de contestar que el mejor es el primero que leyeron, por habérseles hecho entonces este libro más original y el segundo haberlo leído bajo el foco de la comparación.
En cualquier caso, me parece que tanto Libertad como Las correcciones son grandes novelas, dos obras maestras, y que Jonathan Franzen se está convirtiendo, desde las últimas semanas, en uno de esos nombres referenciales que uno a mi lista de escritores norteamericanos preferidos.

lunes, 24 de octubre de 2011

Libertad, por Jonathan Franzen


Editorial Salamandra. 667 páginas, 1ª edición de 2010, ésta de 2011.
Traducción de Isabel Ferrer.

Nunca pensé que me ocurriría esto: he comprado un libro que vendían en una montaña. Otras veces he visto montañas desopilantes de libros en La Casa del Libro, en la Fnac, en El Corte Inglés… Recuerdo, como paradigma, hace un par de años, al ser lanzado el libro de un bestsellero de moda, la figura que habían montado en una de las Casas del Libro de Madrid; con los libros usados como ladrillos, habían construido un cilindro que podría ser un faro o un cigarro monstruoso o un pozo… algo, en cualquier caso, muy inquietante. Lo que suele provocarme risa; aunque a veces también me incomoda, por el espacio que la no-cultura roba a la cultura como entretenimiento y reflexión.
Y paso bordeando las montañas y busco otros libros, otros productos confundidos con los anteriores, ediciones nuevas o de bolsillo; y también disfruto de la búsqueda en librerías de segunda mano, en bibliotecas de barrio… y trato de ignorar las montañas, y rescatar a las figuras de grandes escritores olvidados, pero esta vez no he podido: he sucumbido al reclamo de las portadas de los suplementos culturales y a las críticas elogiosas de esta novela de Jonathan Franzen (Illinois, 1959).

Y traté de buscar su anterior novela más elogiada, Las correcciones, pero incomprensiblemente Seix Barral no ha aprovechado el tirón publicitario de Libertad para hacerla accesible en librerías.

Y fui al Fnac de Callao, hace dos sábados, y vi Libertad en una montaña, en una montaña que se aposentaba sobre el suelo, y tomé un volumen como avergonzado y lo hojeé, lo dejé donde estaba, y paseé entre las mesas de novedades. Miré estanterías, y luego, al irme, cuando no me miraba nadie, tomé de nuevo un volumen de Libertad sin aparentes golpes ni defectos y lo pagué y empecé a leerlo sentado en un banco del parque del Retiro. Y hasta ayer, dos semanas después.

Tenía ganas de leer novelas largas, y al igual que cuando hace 2 años, tras mi viaje a Argentina, me dio por leer a escritores de este país, ahora, tras mi viaje a Nueva York, Boston y Providence, me ha apetecido profundizar en la literatura norteamericana, desde siempre una de mis favoritas.

Libertad es una novela profundamente norteamericana; y en ella conocemos los avatares de una familia, los Berglund. La historia contada, si bien se centra en la primera década del siglo XXI (con una extensa parte llamada 2004), también se extiende hasta los años 70, la época universitaria de Walter y Patty (la pareja protagonista); en algún momento hasta las década del 80 y el 90 del siglo XX (cuando Walter y Patty crían a sus hijos, Joey y Jessica, en una urbanización de clase media de Minnesota); y hasta unas décadas anteriores cuando conocemos, de forma más tangencial, las vidas de los padres de Walter y Patty, remontándose la historia hasta la generación de los abuelos de los dos personajes principales).

Y Libertad es una novela profundamente norteamericana porque la familia de la que nos habla, los Berglund, es profundamente norteamericana, al modo en que los Karénin de Liev Tolstoi eran profundamente rusos; y en sus caracteres se concentran las ilusiones y las frustraciones de los distintas épocas que atraviesan sus países.
Walter es en esencia un hombre recto, que ha conseguido superar el pobre ambiente de su entorno familiar gracias al trabajo duro; y está muy concienciado con el medio ambiente y el problema de la sobreexplotación de los recursos y la superpoblación mundial. Un hombre que, tras sus estudios de abogado, trabajará siempre en el entorno de las empresas medioambientales y acudirá al trabajo en bicicleta, a pesar de lo duro que sea el invierno.

Patty es una mujer deportiva y competitiva, que se ha criado en un entorno de clase social alta, pero cuyos padres han fomentado con más entusiasmo las aficiones artísticas de sus hermanos que la suya, donde destaca como deportista (practica baloncesto) de cierto renombre (llegó a ser suplente de la selección nacional femenina de baloncesto). Y que tras la universidad sólo aspira a ser una buena madre y ama de casa; unas expectativas ya algo desfasadas en los años 80, en su entorno de mujeres trabajadoras.

El hijo del matrimonio, Joey, representa a la nueva camada de republicanos neocon, jóvenes de pocos escrúpulos con olfato para los negocios, jóvenes fríos y desapegados. “En su vida social, tendió a acercarse a los compañeros de residencia de familias prósperas que creían que la solución al mundo islámico era el bombardeo por saturación hasta que esa gente aprendiera a comportarse. Él personalmente no era de extrema derecha, pero se sentía a gusto con quienes sí lo eran”. (pág. 288)

La hija del matrimonio, Jessica, inteligente y discreta, se dedicará al mundo de la edición, un mundo en decadencia, en el que va a poder ganar mucho menos dinero que su hermano.

Dentro de la historia matrimonial de Walter y Patty cobra especial relevancia su relación con el músico Richard Katz, antiguo compañero de habitación de Walter en la universidad, un músico minoritario y cínico que en un momento de la novela alcanzará un éxito con el que no contaba y que le cuesta digerir.

La novela, siguiendo la técnica del estilo indirecto libre, centra su mirada en algunos de los personajes principales, a los que acompaña para retratarlos. Así hay extensos capítulos en los que Franzen nos cuenta su historia acercándose a Walter, Richard o Joey… Para hablar de Patty utiliza otro recurso: ella escribe su propia biografía en tercera persona, como ejercicio terapéutico encargado por un psicoanalista. Patty interrumpe a veces su narración porque “la autobiógrafa” reflexiona desde el presente sobre su estado de conciencia del pasado.
Para comenzar la novela Franzen se vale de otro recurso: durante las 30 primeras páginas son en gran medida las palabras de los vecinos de su barrio de Minnesota los que, a través de comentarios tangenciales o las meras especulaciones, retratan a los Berglund de forma poliédrica.

Quizás me ha parecido extraño que Franzen no se haya acercado, a través del estilo indirecto libre, a la hija del matrimonio, Jessica, cuya presencia es más borrosa que la del resto de personajes.
Y esto me da pie a una reflexión: la capacidad que tienen las grandes novelas largas para parecernos incompletas, para hacernos desear que sigan de un modo indefinido.

De entre las reseñas que he leído en suplementos culturales sobre Libertad durante las últimas semanas (Babelia, El cultural, ABC cultural…), donde todos los críticos hacían destacar aspectos positivos de esta novela que justificaban su condición de obra maestra, sólo Andrés Ibáñez en el ABC Cultural parece señalan, tras sus elogios, algún pequeño defectos ya que, por ejemplo, afirma: “Libertad es una novela intensamente política, donde hay largas (y en ocasiones para aquellos no especialmente interesados, quizá algo tediosas) incursiones en el mundo de los negocios (…)”.
He leído Libertad prevenido contra ese posible tedio hacia lo político y los negocios que apunta Ibáñez y la verdad es que he de decir que no me he topado con ese tedio, sino, por el contrario, los comentarios políticos puramente norteamericanos -sobre los republicanos y los demócratas- me han parecido pertinentes para cualquier ciudadano de este mundo globalizado, en el que las decisiones políticas norteamericanas llevan a modificar un panorama internacional que nos afecta a todos. En este contexto son continuas las reflexiones sobre cómo el 11-S ha hecho cambiar a Norteamérica o las razones para la guerra de Iraq, donde Franzen hace más de una crítica a la rapiña republicana del gobierno de George W. Bush al intentar reconstruir el país invadido gracias a privatizaciones de contratas ridículas y abusivas.

No encuentro ningún impedimento que no me haga señalar a Libertad como una obra maestra, y a Jonathan Franzen como uno de los grandes novelistas modernos norteamericanos, que se une en mi imaginario de lector a mis autores norteamericanos favoritos de las últimas décadas: a Richard Ford por su capacidad para analizar al ciudadano medio norteamericano y las relaciones familiares, desde una visión poética; me ha recordado a Don Delillo cuando Walter entra en relaciones con un magnate texano, supuesto filántropo de los pájaros, y empezamos a sospechar que sus intenciones al contratar a Walter no son precisamente ecológicas; y también he pensado en Philip Roth por la capacidad de Franzen –que también aprecié en Roth- para narrar la historia desde una perspectiva, y al narrarla desde otra ir rellenando huecos anteriores.

El estilo de Franzen es muy clásico; de hecho, en un momento central de la novela, Patty lee Guerra y Paz de Tolstoi y después comparará a algunas de sus personas cercanas con personajes de esa novela.
Franzen admira de Tolstoi -como queda plasmado en su novela- su capacidad para desmenuzar los sentimientos; y la modernidad de sus enfoques se limita a reflejar los cambios en la psicología de sus personajes o en la sociología de su entorno. Si un conde de Tolstoi podía morir antes que renunciar a su honor, a quedar deshonrado ante terceros, un personaje de Franzen intentará en la universidad adquirir una pose para ser más guay que sus compañeros. Si en Guerra y paz una carta llegaba a manos de su lector después de viajar en el zurrón de un jinete, los personajes de Franzen leen mensajes sms, escriben en blogs y cuelgan videos en youtube. Y esta es toda la modernidad que necesita Franzen para reflejar el mundo que le rodea. No escribe una novela a base de mensajes sms o entradas en un blog, sino que crea auténticos personajes que están familiarizados con esa tecnología como el Pierre de Guerra y paz podía estarlo con el eje de un carro.

Jonathan Franzen es un narrador puro, sus historias tienden al desbordamiento continuo y me ha gustado su capacidad para perfilar personajes secundarios y circunstanciales. A menudo me olvidaba al leer del estilo de construcción de las frases (algo que no me ocurre con otro tipo de escritores, como, por ejemplo, con Juan José Saer, del que hablé en la entrada anterior, donde la construcción de la frase es fundamental) y me abandonaba al dibujo mental de los personajes y los modos en los que éstos interactuaban.
Las historias de Franzen tienden al drama, pero también me ha parecido percibir mucha ironía y un humor negro triste y socarrón. “Más de cuatrocientas personas asistieron al entierro del padre de Walter. En nombre de Gene, sin haberlo conocido siquiera, Patty se enorgulleció de la gran afluencia de gente. (Si uno quiere un gran funeral, morir a una edad no muy avanzada ayuda)” (pág. 163).

La idea de libertad aparece de forma intensa en este libro, y la libertad parece ser la antesala de la equivocación; o la libertad parece ser la antesala también de la frustración, porque la realidad o los demás no son nunca como nos gustaría que fuesen. “(…) Joey era otra persona. Vio a esa persona con tal claridad que fue como hallarse fuera de sí mismo. Era la persona que había manipulado su propia mierda para recuperar su alianza nupcial. Ésa no era la persona que él creía ser, o la que habría elegido ser si hubiera tenido la libertad de elegir, pero había algo reconfortante y liberador en ser una persona real y definitiva, y no una colección de personas potenciales y contradictorias. (pag. 518); y así madura Joey, buscando el anillo que se ha tragado, mientras lidiaba con una situación comprometida, entre su propia mierda.

La traducción de Isabel Ferrer me ha resultado más que correcta, salvo un pequeño detalle sin mucha importancia: hay muchas frases en las que (supongo) la palabra “then” con que los americanos puedes acabar sus frases, como muletilla, y que yo hubiese traducido por “entonces”, ella lo traduce por “pues”; y a mí, acostumbrado a las traducciones átonas del inglés, me resultaba raro leerlo. Por ejemplo: “-¿Qué hace, pues? –preguntaron las madres” (pág. 19)

Franzen ha sido portada del Times en Estados Unidos, y aquí los suplementos culturales han copiado la idea, porque entre otros méritos, el presidente Obama pidió una copia en galeradas para leer el libro antes de que saliera a la calle. Un buen golpe de efecto de Obama: poner de moda un libro que da cien patadas a la administración republicana a la que él ha sustituido, y su pésima gestión de la guerra de Iraq.
Pero no se preocupen de que el libro sea un bestseller y se venda en montañas en las librerías, no teman ser en esta ocasión vulgares, y como yo, por una vez, sucumban a la idea de poder hablar de un libro de moda con sus compañeros de trabajo.
Libertad sí es una obra maestra.