Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Salamandra. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Z.3 Editorial Salamandra. Mostrar todas las entradas

domingo, 15 de febrero de 2026

Dientes blancos, por Zadie Smith


Dientes blancos
, de Zadie Smith

Editorial Salamandra. 525 páginas. 1ª edición de 2000, esta es de 2022

Traducción de Ana María de la Fuente

 

Dientes blancos de Zadie Smith (Londres, 1975) se publicó en Gran Bretaña en el año 2000, y su traducción para la editorial Salamandra –a cargo de Ana María de la Fuente– nos llegó en español en 2001. Recuerdo que se habló bastante de esta novela en los suplementos literarios y fue celebrada como un gran debut por parte de una joven que aún no había cumplido los veinticinco años cuando el libro apareció en el mercado. Sé que pensé leer este libro más de una vez, pero, perdido en la maraña de posibilidades lectoras, lo fui dejando pasar. En los años posteriores, siguieron apareciendo libros de Zadie Smith, que nos los acercaba en español la editorial Salamandra, y seguía leyendo buenas críticas en los suplementos literarios sobre ellos. Supe que, definitivamente iba a leer Dientes blancos, el día en el que me topé, de nuevo, con este título en una lista de la BBC (publicada en 2016) que proponía las veinticinco mejores novelas británicas, votadas por críticos no británicos, y en esta lista se encontraba Dientes blancos. En mayo de 2024, por mi cumpleaños, me autorregalé esta bonita edición de la novela de Salamandra.

 

Estaba leyendo, en realidad, los Cuentos completos de Alfredo Bryce Echenique y me surgió la oportunidad de hacer un pequeño viaje con los alumnos de mi colegio a Portugal y decidí cambiar de libro, porque sé que no es bueno andar con un libro de relatos cuando no se dispone de demasiado tiempo para leer, y así me llevé Dientes blancos al país vecino.

 

La acción de la novela empieza el día de Año Nuevo de 1975, cuando Archie, un hombre de mediana edad, al que ha dejado su mujer, ha decidido suicidarse. A pesar de lo que pueda parecer, el tono de esta primera escena es vitalista y cómico, un tono que se mantendrá durante casi toda la novela.

Zadie Smith nació en Londres y es hija de un hombre inglés y de una mujer de Jamaica. Sabía que Dientes blancos hablaba de la inmigración en Londres y yo había supuesto que la historia contaba en la novela sería contemporánea a la vida de la autora; pero no es así. Smith empieza hablando de la generación de sus padres, al remontarse a 1975, el año de su nacimiento. Aunque Dientes blancos es una obra de ficción, el lector acabará sospechando que la autora está usando su historia familiar para componer su obra, puesto que Archie, un hombre británico, después de tratar de suicidarse, va a conocer a una joven negra de origen jamaicano, llamada Clara, con la que se casará de forma súbita. La hija de ambos, Irie, una adolescente acomplejada por su aspecto (su pelo afro o sus kilos de más), que escribe un diario, parece un trasunto de la propia Zadie Smith. De hecho el apellido que elige la autora para la familia de ficción –Jones– pertenece al rango de los apellidos más comunes de Reino Unido, como su «Smith».

Otra idea preconcebida que tenía sobre la novela era que, al saber que se trataba sobre una obra acerca de la inmigración en Gran Bretaña, iba a hablar sobre todo de la comunidad jamaicana de Londres, que sería la más cercana a la autora. Así, me ha resultado curioso que la novela habla más de los emigrantes asiáticos –pakistanís, indios y bangladesís–, centrándose en la familia Iqbal, originarios de Bangladés, la antigua Bengala. Samad Iqbal, camarero en un restaurante indio, es el mejor amigo de Archie Jones. Samad está casado con Alsana, y los dos serán padres de los gemelos Magid y Millat, de la edad de Irie, que se enamorará del rebelde y carismático Millat.

Samad y Archie se conocieron en la Segunda Guerra Mundial. Al principio este dato de la novela me estaba resultado raro. Si en 1975 Archie tiene cuarenta y siete años, ¿cómo pudo participar en Segunda Guerra Mundial? Pero no había nada de qué preocuparse, Smith es una escritora muy dotada y controlaba perfectamente el material narrativo de su primera novela. Archie, mintiendo sobre su edad, se incorporó a filas en 1945, cuando tenía diecisiete años. Recorriendo Grecia en un tanque será como conocerá a Samad, dos años mayor que él. Me ha sorprendido muy gratamente el episodio en el que Smith lleva al lector hasta el interior de ese tanque aliado que recorre Grecia. En cierto modo, me ha recordado a las propuestas de Roberto Bolaño, a su gran capacidad para fabular. Aunque también es cierto que el tono tiene poco que ver. Mientras Bolaño, siempre muestra un misterio y una amenaza en cada párrafo, Smith –como ya apunté– elige un tono más mundano, más cómico.

 

La novela se divide en cuatro partes: Archie 1974, 1975; Samad 1984, 1857; Irie 1990, 1907 y Magid, Millat y Marcus 1992, 1999. Diría que las dos que más me han acabado gustando han sido las dos primeras, las que hablan de Archie y Samad, que si hacemos una analogía con la vida de Zadie Smith serían las que se corresponden con su padre y con el mejor amigo de su padre. Me ha resultado un tanto decepcionante que la tercera parte, donde el personaje es más cercano a la autora tenga –desde mi punto de vista– menos fuerza que los anteriores.

 

Hasta cierto punto, sé que tenía prejuicios ante Dientes blancos, ¿sería realmente tan buena una novela escrita por alguien con menos de veinticinco años? Durante la primera mitad el libro me estaba sorprendiendo gratamente. Zadie Smith me parecía una escritora muy talentosa, con mucho control sobre sus personajes y con una prosa ágil –muy propia del idioma inglés– y para nada recargada. Además, pese a su juventud, Smith era sagaz a la hora de hacer apreciaciones generales sobre la vida y las personas, incluso sobre experiencia que ella no había vivido aún. Así, por ejemplo, en la página 23 leemos: «El divorcio es eso: quitarle cosas que uno ya no necesita a una persona a la que ya no quiere», en la página 51: «En el fondo, ni el propio Ryan importaba, porque, por más que Hortense dijera, Clara era una chica como las demás: el objeto de su pasión era un simple accesorio de la propia pasión, una pasión que, reprimida durante tanto tiempo, había estallado con fuerza volcánica», o en la página 58: «Desprenderse de la fe es como hervir agua de mar para extraer la sal: algo se obtiene pero también algo se pierde».

 

Uno de los temas principales del libro va a ser el de la incomprensión intergeneracional. La generación de Archie, Samad, Clara y Alsana (aunque las mujeres son bastante más jóvenes que los hombres) van a tener problemas al relacionarse con sus hijos, Irie, Magid y Millat, y estos problemas se van a ver marcados, y agravados por el hecho de que los hijos han nacido en Gran Bretaña y los padres (o al menos tres de ellos) en un país extranjero. Este tema de la crisis intergeneracional está muy relacionado con el tema de la crisis de identidad. Una idea curiosa del libro me ha resultado esta: por encima del miedo de los países anfitriones al recibir inmigración (Reino Unido en este caso) a perder su identidad, está el miedo de los inmigrantes a que se diluya, en las siguientes generaciones, su legado, sus genes y su cultura originales. De este modo, Samad idealizará a su bisabuelo Mangal Pandey, un personaje histórico real que se alzó contra la ocupación inglesa de Bengala en el siglo XIX, un personaje del que no parará de hablar y de aburrir a sus interlocutores.

El título del libro, Dientes blancos, abunda también en esta idea, en esta lucha generacional. Clara perdió sus dientes, siendo muy joven, en un accidente de moto, e Irie, cuando tiene que elegir una carrera universitaria, se decantará por los estudios de odontología, como si quisiera metafóricamente reparar los problemas del pasado de su madre.

 

Como ya he apuntado, las dos primeras partes me han parecido las más conseguidas, aquellas en la que la narración avanzaba más libre y con más capacidad para la fabulación y el detalle simpático para caracterizar a los personajes, pero he tenido la impresión de que la novela decaía en su segunda mitad. Sobre todo, cuando los protagonistas entran en contacto con la familia Chalfen, perfectamente británicos, aunque en unas generaciones atrás son emigrantes provenientes de Polonia. Marcus Chalfen es un reputado genetista que se dedica a modificar un ratón, para conseguir que avance el conocimiento científico, en consonancia con los conocimientos de clonación de la época. Casi todos los personajes del libro van a confluir hacia este ratón de Chalfen, que los enfrentará a sus creencias y tradiciones. En este último tramo, considero que la novela deja, en gran medida, de reflejar el rico y contradictorio mundo de los inmigrantes, como había hecho hasta entonces, y pasa más a ser una novela de tesis, donde la autora enfrenta a sus personajes a sus convenciones de un modo teatral, más propio de una novela comercial que de una gran novela. Es decir, en la escena final todas las piezas encajan demasiado bien, con una planificación puntillosa que me ha resultado excesiva, como si los personajes trabajaran más por el efectismo de la trama que por ser meramente personajes de ficción.

 

Pese a esta decepción y cansancio del último tramo, Dientes blancos me ha parecido una novela notable, de gran madurez para estar escrita por una autora de menos de veinticinco años. El buda de los suburbios de Hanif Kureishi (escritor británico, cuyo padre era pakistaní y cuya madre era inglesa) se publicó en Gran Bretaña en 1990, y me parece una clara influencia sobre Dientes blancos. De hecho, el tema de la inmigración está narrado también en un tono desenfadado y cómico, que es el que elige Smith para su libro. Leí El buda de los suburbios hace ya más de veinticinco años, así que no tengo capacidad para comparar ambos libros de una forma clara, pero en mi recuerdo El buda de los suburbios es un libro superior a Dientes blancos. Así que yo hubiera incluido al primero en vez de al segundo en esa lista de las veinticinco mejores novelas británicas. Quizás la idea de que Dientes blancos esté en esta lista me resulta ahora algo exagerado, pero –pese a que me ha decepcionado algo su tramo final– no quiero restar méritos al que me resulta un gran debut literario y que me anima a leer obras más maduras de esta gran escritora.

domingo, 23 de marzo de 2025

Los testamentos, por Margaret Atwood

 


Los testamentos, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 506 páginas; primera edición de 2019.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En mi reseña anterior, dedicada a El cuento de la criada (1985), ya comenté que de Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos de sus novelas menos famosas: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Por fin me decidí y saqué de la biblioteca de Móstoles El cuento de la criada (1985), y su segunda parte Los testamentos (2019). Treinta y cuatro separan la publicación de ambos libros. Es muy posible que el éxito de la serie de Netflix de El cuento de la criada, que se estrenó en 2017, llevara a Atwood (quizás alentada por los productores) a escribir una segunda parte de su novela más famosa. Debemos saber también que Los testamentos se publicó el año que la autora cumplía ochenta años. Estas circunstancias hicieron que me acercara a esta segunda novela con algo de recelo.

 

Según el resumen de la contraportada, Los testamentos comienza cuando han pasado quince años desde los acontecimientos narrados en El cuento de la criada, pero en realidad el lector se enfrentará a las páginas de esta segunda parte sin unos referentes temporales demasiado claros del tiempo transcurrido entre una narración y otra. De entrada debería señalar que –por si alguien lo estaba esperando– Defred, la protagonista de El cuento de la criada, no aparece en Los testamentos, o aparecerá solo al final, como una referencia vaga, como un posible pariente de alguna de las protagonistas de Los testamentos. Este libro acabará usando el mismo recurso con el que terminaba El cuento de la criada: en un encuentro de historiadores del futuro, interesados en conocer el pasado de la república de Gilead, se comentarán algunos testimonios que les han llegado de esa época que desean analizar.

 

En Los testamentos se intercalan las voces narrativas de tres mujeres. La primera será la de Tía Lydia, personaje que sí que aparece en El cuento de la criada. Tía Lydia ejercía de jefa en el centro de formación para criadas al que acudió Defred. En Los testamentos, Tía Lydia es una mujer mayor, que vive en Casa Ardua –una especie de convento donde viven todas las Tías, que actúan como un cuerpo de sacerdotisas o monjas en la jerarquía de Gilead– y que ha decidido escribir un testimonio (algo que puede traerle problemas) sobre sus experiencias en Gilead. Antes de que el cambio de régimen tuviera lugar, Lydia era una reputada jueza, que tras el golpe de estado será conducida, al igual que otras muchas mujeres que se dedicaban a la justicia, a un campo deportivo. Allí tendrá que tomar la decisión de ser aniquilada o convertirse en un activo para el nuevo gobierno. Lydia debe, en la actualidad, relacionarse y tomar decisiones con el Comandante Judd, un personaje que –sabremos al final– quizás aparecía en El cuento de la criada, pero esto será solo una conjetura. Lydia, en el tiempo narrativo de la novela, parece cansada de la república de Gilead, que para ella está perdiendo sus valores (en los que quizás nunca creyó) debido a la corrupción moral de sus mandatarios, y parece dispuesta a trabajar por su caída. La Tía Lydia, en su texto manuscrito, que ha de esconder cada vez que deja de escribir, interpela a un hipotético lector del futuro.

La segunda narradora será Agnes Jemima, que empezará a contar su historia desde que es una niña de seis o siete años. Agnes ha nacido en la república de Gilead y –a diferencia de los personajes de El cuento de la criada– solo puede hablarnos de este mundo. Pertenece a una familia adinerada y su destino, después de acudir a una escuela de señoritas, donde no la enseñarán a leer y escribir (algo solo permitido en Gilead a las mujeres que ejercen de Tías), su destino será casarse con un Comandante. Al igual que ocurría en El cuento de la criada, en Los testamentos se nos muestra que Gilead vive en un estado de guerra continuo. Esta idea del «estado de guerra continuo» aparecía en 1984, donde George Orwell sostenía que era necesaria, aunque fuese falsa, para mantener a la población siembre sometida al poder. Los problemas en torno a sus orígenes y su identidad pronto empezarán para Agnes.

 

La tercera narradora es Jade, una adolescente de Canadá, que vive con sus padres, unos activistas en contra de las costumbres de Gilead, a las que consideran bárbaras. Es posible que Jade no sea quien realmente ella piensa que es y que su pasado (y también su futuro) tengan que ver mucho con Gilead. Pronto la trama de la novela hará que su aparentemente apacible vida en Canadá empiece a correr peligro.

 

Tanto Agnes como Jade serán narradoras orales, ya que están grabando sus recuerdos en magnetófonos, sin que los historiadores del futuro tengan demasiado claro si esas grabaciones se realizaron en uno de los refugios de Mayday, la asociación que lucha por la caída de Gilead desde dentro, aunque también con conexiones en el exterior.

 

Aunque el lector al principio piensa que las tres voces narrativas están evocando el mismo momento del tiempo, al final se dará cuenta de que no tiene por qué exactamente así. De hecho, durante gran parte de la narración sentí que Agnes y Jade era dos adolescentes de la misma edad, en el mismo momento del tiempo, para descubrir, más tarde que se llevan casi diez años. Con este detalle me ha parecido que Atwood demostraba gran pericia narrativa.

 

Como comenté al hablar de El cuento de la criada, en esta novela la tensión narrativa iba creciendo lentamente hasta acumularse de forma muy eficiente en el tramo final. En este sentido, Los testamentos es una novela más de «acción». Esto no evita que también haya reflexiones sobre el mundo creado y el lector conocerá nuevos detalles del funcionamiento de la república de Gilead. En este sentido, he tenido la sensación de que el mensaje crítico y antimachista de este libro se hace bastante más explícito en esta segunda novela que en la primera; resultando, por tanto, en este sentido El cuento de la criada una novela más sutil que Los testamentos.

 

En la página 354 leemos: «Por ejemplo, el lema de todo lo que había en el Muro solía ser Veritas, que significa “verdad” en latín, aunque luego habían borrado las letras con un cincel y las habían borrado con pintura.» En esta frase he querido ver un homenaje explícito de Margaret Atwood a su admirado George Orwell, porque en Rebelión en la granja también existe un muro en el que, al principio de su revolución, los cerdos escriben sus mandamientos animalistas, para, más tarde, ir acortándolos o tachándolos.

He leído Los testimonios con agrado y me ha parecido la obra de una escritora solvente, con mucho oficio, teniendo además consciencia de que había escrito esta novela ya cerca de sus ochenta años; pero es justo señalar que El cuento de la criada me ha parecido una obra más conmovedora, sutil y magistral en su planteamiento y desarrollo. En otras palabras: Los testamentos es una buena novela, mientras que El cuento de la criada es una obra maestra.

 

domingo, 16 de marzo de 2025

El cuento de la criada, por Margaret Atwood


 El cuento de la criada, de Margaret Atwood

Editorial Salamandra. 412 páginas; primera edición de 1985; esta edición es de 2017.

Traducción de Elsa Mateo Blanco

 

De Margaret Atwood (Ottawa, Canadá, 1939) había leído dos libros: Resurgir (1972) y Por último, el corazón (2015). Fueron dos libros que me gustaron, aunque, desde luego, era consciente de que no me había acercado a los libros más emblemáticos de esta autora. Y que esos libros llegaran a mí tuvo más que ver con mi condición de reseñista aficionado, que recibe libros de las editoriales, que con una selección eficiente de mis lecturas. Desde hace tiempo me apatecía acercarme a la trilogía formada por los libros Oryx y Crake (2003), El año del diluvio (2009) y Maddadam (2013), o bien al díptico compuesto por El cuento de la criada (1985) y Los testamentos (2019). Los cinco libros están disponibles en la biblioteca de Móstoles y, al fin, en noviembre de 2024, decidí olvidar la montaña de libros que tengo en casa sin leer y saqué de la biblioteca El cuento de la criada y Los testimonios.

 

De entrada debería decir que no he visto la serie de Neflix, que tan popular hizo a este libro a partir de 2017. A pesar de esto, es cierto que resultaría difícil que el mundo creado por Margaret Atwood en este libro, a estas alturas, pille de nuevas al lector, porque sus propuestas son ya icónicas a nivel mundial. Sí que había visto un reportaje sobre la autora en la plataforma Filmin –lo volví a buscar y ahora mismo ya no está disponible–, y ella comentaba que las ideas que usa en El cuento de la criada las ha tomado de la realidad: por poder unos ejemplos, en la Rumania de Ceaușescu se prohibió el uso de métodos anticonceptivos; el robo de los bebés en la Argentina de Videla; o las prácticas de algunas sectas, en cuanto al trato hacia las mujeres. Era un momento muy estremecedor del documental aquel en el que Atwood le mostraba a la cámara recortes de periódico con esas noticias, que tenía guardados en una carpeta, del tiempo que escribía la novela, lo que empezó a hacer en 1984, en Berlín Occidental.

 

Atwood introduce al lector en su historia sin darle demasiados datos sobre cómo es el mundo que se nos presenta, o sobre cómo se ha llegado hasta ahí. Así que entiendo que para los primeros lectores del libro la experiencia tuvo que ser algo diferente que para los lectores actuales. Ya que para estos, como ya he comentado, muchas de las ideas de la novela ya forman parte del imaginario colectivo. Y el libro también será una experiencia diferente para aquellos lectores que se adentren en las páginas de la novela sin leer la sinopsis de la contraportada. Ya que en esta se clarifican algunos puntos clave del libro, que al lector le va a costar alcanzar. Por ejemplo, aunque la escritora es canadiense, la acción de la novela se sitúa en Estados Unidos, y el escenario principal de El cuento de la criada será la ciudad de Boston, cuyo nombre acabará apareciendo en el libro; pero no así, las instalaciones de la universidad de Harvard, lugar cercano a donde se encuentra la casa en la que vive la protagonista de esta historia, ejerciendo de «criada». «Intento imaginar en qué edificio se encuentra. Recuerdo la distribución de los edificios que se alzan al otro lado del Muro; antes, cuando era una universidad, podíamos caminar libremente por el interior.» (pág. 232). En el citado reportaje sobre Atwood, aparecía una conferencia que la autora daba en Harvard y decía que allí, cuando ella era joven, existía una biblioteca a la que no podían entrar las mujeres. Siguiendo la lógica en la que está planteada la novela, ese elemento de la realidad se tomó para la construcción de la novela, ya que en ella las mujeres tienen prohibida la lectura y la escritura, a no ser que sean «tías», que serían una especie de sacerdotisas que velan por el buen comportamiento de las otras mujeres, en el mundo muy jerarquizado de El cuento de la criada.

 

En los Estados Unidos de la década de 1980, un grupo de extremistas religiosos asalta el congreso y da un golpe de Estado. Desea restaurar una serie de «valores tradicionales» que chocan con el supuesto libertinaje de la época, y con las nuevas costumbres para las mujeres. En la nueva «teocracia puritana» que se va a imponer en el país o, al menos en una gran parte, en la que va a ser llamada la república de Gilead (que abarcaría, al menos, el noreste de los antiguos Estados Unidos), una de las primeras medidas será, por ejemplo, hacer desaparecer la independencia económica de las mujeres. Su dinero tendrá que ser administrado por sus maridos o, en el caso de no estar casadas, por un familiar varón. Huir a Canadá no va a ser una tarea fácil.

La novela empieza cuando ya han transcurrido algunos años desde que se perpetró este golpe de Estado y se ha consolidado la república de Gilead, aunque sigue existiendo una guerra permanente en las fronteras de la nueva nación. La narradora de la historia, de la que nunca sabremos su verdadero nombre –el nombre que tenía antes de que existiera Gilead– es Defred, una mujer de treinta y tres años que, en el nuevo régimen, ocupa el puesto de «criada». Fred es el nombre del Comandante en cuya casa vive. Su nombre, «Defred», indica un sentido de pertenencia a este cargo militar. En el futuro distópico del mundo planteado en la novela, las tasas de natalidad han bajado. Los motivos no acaban de quedar del todo claros: quizás la polución, quizás el tipo de armamento usando en las últimas guerras, o una mezcla de ambos. Los matrimonios son concertados en Gilead, y los Comandantes, el estamento social más alto, suelen unirse a jovencitas, recién salidas de la adolescencia, en muchos casos, que no siempre son fértiles. Al darse esta situación, como ocurre en la casa del Comandante Fred, cuya mujer tampoco es especialmente joven, estos matrimonios pueden solicitar los servicios de una criada. La única función de las criadas, que pueden permanecer en la casa de un Comandante durante un periodo máximo de dos años, será la de ser fecundadas por él y dar un hijo a la pareja. «Somos matrices con patas», llegará a decir de sí misma Defred. Por supuesto, las criadas no son bien vistas, ni apreciadas por las esposas, ya que su presencia en la casa supone admitir la existencia de un fracaso personal.

Las mujeres ya no pueden ejercer las antiguas profesiones liberales a las que se dedicaban antes de la republica de Gilead. Ahora son esposas; Marthas, que son las trabajadoras de las casas adineradas; criadas, que tienen una función reproductiva para familias pudientes que no pueden procrear por sí solas; o tías, que son un cuerpo de sacerdotisas, encargadas de disciplinar a otras mujeres. Fuera de este orden jerárquico, que nos mostrará Defred desde su propia experiencia, también existen las econoesposas, que son las mujeres de hombres de escala social inferior, y las mujeres que se han desechado como «no mujeres», por su edad u otra condición, y que han sido enviadas a islas, donde permanecen recluidas y han de realizar tareas poco recomendables, lo que las hará morir pronto.

 

El lector acabará sabiendo que la narración que lee, en realidad, es una trascripción de unas cintas de casetes, que unos historiados del futuro encontraron y que puede servir como testimonio de la extinta república de Gilead.

 

La historia está narrada en presente y cuando Defred recuerda el antiguo mundo anterior a Gilead, cuando rememora, por ejemplo, a Luke, su pareja, a su mejor amiga o a su madre, una feminista combativa, se saltará al pasado perfecto simple. Sin embargo, cuando estos recuerdos, sobre todo en lo que concierne a los primeros tiempos tras el golpe de Estados, se hacen más extensos, se vuelve a usar el presente simple.

Al principio, el lector entrará en una narración en la que se irán describiendo distintos aspectos de la nueva civilización que la autora ha creado, pero sin una línea argumental –más allá de esa descripción– muy clara. Sin embargo, según avance la historia, de un modo lento, pero inexorable, la tensión narrativa se hará cada vez más intensa. Y se crearán, por el camino, algunas imágenes de gran impacto visual: las personas ejecutadas, que se dejan colgando del Muro, por ser disidentes o haber cometido algún delito, para escarnio público; el ritual según el cual los Comandantes tienen relaciones sexuales con las criadas, en presencia de la esposa, o cómo una criada da a luz y el bebé es tomado por la esposa, como si fuera su propio bebé, son realmente espeluznantes.

 

Como ocurría en Por último, el corazón (2015), en El cuento de la criada Atwood también juega a inventar un vocabulario propio, que explique algunos conceptos del mundo que propone. Los hallazgos de Margaret Atwood en El cuento de la criada sobre los miedos, y los sufrimientos reales de las mujeres, en una sociedad patriarcal (también se habla aquí de los abusos que sufrían las mujeres en la Norteamérica real antes de Gilead), son muy destacables.

El cuento de la criada se publicó en 1985, y ahora, casi cuarenta años después, podemos ya hablar de clásico moderno; un clásico que entra, junto con novelas como 1984 de George Orwell o Un mundo feliz de Aldous Huxley, en el panteón de la novela distópica.

 

domingo, 14 de agosto de 2022

A orillas del mar, por Abdulrazak Gurnah

 

A orillas del mar, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 348 páginas. 1ª edición de 2001; ésta es de 2022.

Traducción de Patricia Antón de Vez y Rita da Costa

 

Hace unos meses leí Paraíso (1994) de Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), primero de los libros del último Premio Nobel de Literatura 2021 que había rescatado la editorial Salamandra. Ya comenté que me gustó ese libro; sin llegar a deslumbrarme, tampoco. Sé que hay lectores que esperan que el Premio Nobel premie la excelencia literaria absoluta, pero yo, a estas alturas, me conformo con que me descubre a un buen escritor. Y esta labor se cumplió con la lectura de Paraíso, una historia de África contada desde el punto de vista de los africanos.

Así que como la lectura de Paraíso me había parecido una buena experiencia, cuando la editorial Salamandra sacó a principios de 2022 un nuevo libro de Gurnah, A orillas del mar (2001), me apeteció solicitárselo para poder leerlo y comentarlo.

 

Si bien la acción de Paraíso se desarrollaba en África ‒en Tanzania, concretamente‒ a principios del siglo XX, la de A orillas del mar transcurre en Gran Bretaña, a finales del siglo XX, y serán los personajes africanos los que rememoren, desde la vida en la antigua metrópoli, su pasado en Tanzania.

 

La novela comienza con Saleh Omar, un tanzano de sesenta y cinco años, arribando en el aeropuerto de Gatwick, en Inglaterra, con un nombre falso y fingiendo que no sabe hablar inglés, pese a haberse educado en un colegio británico. Las autoridades de inmigración querrán devolverle a su país de origen, pero Omar enuncia la palabra «refugiado», la única que parece querer hacer ver que conoce del inglés. Omar sabe que el gobierno británico otorga la condición de refugiado a cualquier persona que llegue al país del lugar del que él viene y aduzca que su vida corre peligro. Entre la persona que interroga a Omar en el aeropuerto y Omar se produce el primer choque cultural. A pesar de que Omar le ha indicado que no habla inglés, el encargado de los pasaportes no podrá resistirse a ofrecerle una charla condescendiente en la que cuestionará su condición de refugiado. Para este vigilante de las fronteras europeas (a pesar de ser de origen rumano), Omar es demasiado viejo para iniciar una nueva vida en Europa y ha cometido un error; mucho mejor sería para él volverse a la tierra de la que ha salido. Aunque a este hombre no le quedará más remedio que sellar el pasaporte de Omar con la marca que le permitirá permanecer en Reino Unido, no podrá resistirse a una pequeña ruindad: requisarle (o más bien robarle) un pequeño cobre de caoba que contiene oud-al-qamari, una especia olorosa, que se convertirá en un símbolo de la rapiña que durante siglos Europa ha ejercido sobre sus colonias. «El mundo entero se había sacrificado por los valores europeos, las más de las veces sin alcanzar a disfrutarlos.» (pág. 25). Sin embargo esa cajita de caoba con una especia guarda el único recuerdo que Omar se ha querido traer de África, y nos empezará a narrar cómo llegó a él. Esta primera analepsis de la novela ‒mientras Omar espera el sello en su pasaporte‒ contendrá algunas de las claves de la historia que Gurnah quiere contarnos, una historia sobre el pasado colonial de Zanzíbar, pero también sobre las personas africanas que la poblaban y sus conflicto y envidias.

Omar pasará a vivir a un campo de refugiados, a un hostal en una pequeña ciudad al sur de Inglaterra, y luego a un apartamento que le suministrará una asociación de ayuda a los refugiados. Omar habrá de confesarse ante Raquel, y decirle que en realidad sí sabe hablar inglés, que ha fingido que no porque la persona que le vendió el billete de avión en Zanzíbar le sugirió que así lo hiciera, sin aclararse exactamente qué ventaja puede tener esto para él. Sin embargo, Rachel ya se ha preocupado de buscar a otro inmigrante de Zanzíbar que puede hacer de intérprete de Omar. Esta persona será Latif Mahmud, profesor en una universidad de Londres y poeta. Rachel, que en principio se ha enfadado con Omar, entenderá sus motivos. Omar se sorprende porque conoce a Latif de Zanzíbar, y el encuentro entre los dos hombres, y su narración de los hilos del pasado que los atan, constituirán el núcleo narrativo de la novela.

 

La novela consta de tres partes. La primera está narrada por Omar, que cuenta de un modo autoconsciente, dirigiéndose a un interlocutor indefinido. «He aquí la historia del mercader que me conseguía el oud. La contaré como sigue.» (pág. 30), no mucho después nos dirá que no sabe a quién puede interesarse su historia, pero el lector no tendrá la sensación de que la está escribiendo para, tal vez, ser leída, sino que la está rememorando mientras mira el techo de su nueva habitación en Inglaterra.

El narrador de la segunda parte será Latif, quien nos hablará de su pasado en Zanzíbar y de cómo consiguió llegar hasta Londres. Si bien, Omar nos ha contado en la primera parte que recibió una beca de estudios que le llevó a Nigeria, y esta parte me gustó, quizás algunas de mis páginas favoritas de este libro son aquellas en las que Latif nos habla de su beca de estudios en Alemania Oriental. Son páginas originales y sorprendentes, mostrando la mirada de un africano sobre un país comunista, detrás del Telón de Acero.

 

La tercera parte está narrada, de nuevo, por Omar, y en ella, principalmente, se recogen algunas conversaciones que éste tiene con Latif. De un modo lejano, y algo confuso, Omar y Latif están emparentados, y han compartido una historia común que, en gran medida, les ha llegado a su situación actual de refugiados en Reino Unido. En varios momentos se evoca Las mil y una noches, libro con el que parece indicarnos Gurnah que guardan relación las historias que Omar cuenta a Latif, y las versiones que da éste último de ellas. Uno de los puntos claves de estas historias es la posesión de una casa en Zanzíbar, una casa a orillas del mar, que los dos, pero sobre todo, Omar, parecen relacionar con la calma y la felicidad del pasado. La posesión de esa casa, mediante bodas y herencias, va a enredar la historia en la que ambos personajes quedan relacionados.

 

Me ha llamado la atención que, quitando la excepción de Las mil y una noches, muchas de las referencias culturales, y literarias, de la novela son occidentales. Así, por ejemplo, Omar cita varias veces a Bartleby, el escribiente, el cuento de Herman Melville. En este sentido, en la página 161, leemos, por ejemplo: «Me hacía pensar en aquella escena de Rojo y negro en la que Julien se aloja en casa de la duquesa prácticamente convencido de que heredará su fortuna (…) ¿O ese incidente aparecía en La feria de las vanidades

 

 

Ya en la primera parte Omar le contará al lector que ha estado en la cárcel en su país, pero no será hasta el tramo final de la novela que se rebelen los detalles de ese suceso.

Una vez que los británicos dejan Tanzania, Omar nos hablará de que el gobierno de la nueva nación independiente se hizo socialista y se acercó a los países del Bloque del Este, dentro del contexto de la Guerra Fría. El nuevo gobierno, nos contará Omar, empezó a detener a la gente por miles. En algunos casos, a opositores políticos, pero en otros por rencillas personales, por puro abuso de poder. Y al leer sobre estos abusos de poder a los que se vio sometida una parte de la población civil, he sentido A orillas del mar vinculada con las primeras novelas de Milan Kundera, con novelas como La insoportable levedad del ser o La broma, donde se denuncia el peso de los regímenes totalitarios sobre los individuos.

La mirada que nos propone Gurnah sobre África me ha parecido muy original. Me gustó Paraíso, que, como dije, habla de africanos en África, y me ha gustado más A orillas del mar, sobre africanos en Europa. En cualquier caso, los dos textos se complementan muy bien. En algún momento he mantenido la conversación ¿qué podemos esperar de un premio Nobel, el premio literario más prestigioso del mundo? Creo que el premio Nobel a Gurnah nos ha acercado a un gran escritor, que había pasado, al menos en el mundo hispano, bastante desapercibido y esto está muy bien.

 

domingo, 23 de enero de 2022

Paraíso, por Abdulrazak Gurnah


 Paraíso, de Abdulrazak Gurnah

Editorial Salamandra. 300 páginas. 1ª edición de 1994.

Traducción de Sofía Noguera Mendía

 

Creo que fue una sorpresa para todos (o casi todos o, al menos, en el mundo hispano) la concesión del premio Nobel de Literatura en octubre de 2021 a Abdulrazak Gurnah (Zanzíbar, Tanzania, 1948), autor de diez novelas, cuentos y varios ensayos. En su fallo, la Academia Sueca destacó «su penetración intransigente y compasiva de los efectos del colonialismo y del destino del refugiado en el abismo entre culturas y continentes». De su obra se habían traducido al español y publicado en España tres novelas: Paraíso (1994), Precario silencio (1996) y En la orilla (2001), que en 2021 se encontraban descatalogadas. En noviembre de 2021, la editorial Salamandra anunció la reedición de Paraíso para el mes siguiente. Como sentía curiosidad por la obra de Gurnah se la solicité para poder leerla y reseñarla.

 

«Empecemos por el niño» es la primera frase del libro, que emplea un plural mayestático que no se va a repetir. El niño se llama Yusuf y tiene doce años. Aunque la historia va a avanzar desde aquí, se nos informa de que Yusuf está recordando su vida desde algún punto indeterminado del futuro. En la primera página de la novela, asistiremos al momento en el que Yusuf ve a dos personas blancas por primera vez. Esperan el tren en el andén y el niño no puede apartar la mirada de ellas.

El padre de Yusuf regenta un hotel en la pequeña ciudad de Kawa. Lo he buscado en internet y se encuentra en el interior de la Tanzania continental. Cuatro años antes vivían más al sur. «Se mudaron a Kawa porque esta ciudad prosperó gracias a que los alemanes la utilizaban como depósito mientras construían la línea de ferrocarril que llegaría a las tierras altas del interior. Pero este esplendor fue flor de un día, y ahora los trenes sólo se detenían para recoger madera y agua.» (pág. 14).

En la contraportada de la novela, se nos informa de que la acción está situada «en vísperas de la primera guerra mundial», pero en realidad no aparece ninguna fecha concreta en el texto, así como no, salvo el nombre de algunas ciudades, no aparece tampoco nunca el nombre de «Tanzania», ni de ningún otro país africano. En realidad, a comienzos del siglo XX no existía Tanzania como tal.

Sí sabremos que Yusuf es suajili. Yusuf tendrá que moverse en un mundo de árabes, indios, griegos, alemanes, ingleses, suajilis y otras tribus del interior de África, que van a ser denominadas «salvajes».

Abdulrazak Gurnah creció en Zanzibar, perteneciendo a una minoría árabe, ya que su padre había sido un inmigrante de Yemen. Por motivos de persecuciones étnicas, huyó a Gran Bretaña a los dieciocho años. El idioma materno de Gurnah es el suajili, pero adoptó el inglés como lengua literaria. Ha sido profesor de literatura en la universidad de Kent, y ahora mismo se encuentra jubilado. En Paraíso se muestran en letra bastardilla las palabras que en el original aparecen en suajili, que no están traducida y aportan una nota de color africano.

 

En realidad, cuando uno empieza a leer Paraíso siente que se encuentra ante una obra muy anglosajona, por la precisión del lenguaje y su belleza. Me gustan las páginas en las que Gurnah describe la mirada infantil de Yusuf sobre la pequeña ciudad de Kawa. La acción de la novela comenzará realmente cuando los padres de Yusuf le comuniquen que se va a ir con su tío Aziz, un rico comerciante de la costa, que periódicamente viaja al interior para hacer negocios, intercambiando productos manufacturados, como azadas, por otros, como oro o marfil. Paraíso es, en gran medida, una novela de aprendizaje, pero también una novela de aventuras. Yusuf empezará a trabajar en una tienda, propiedad de su tío Aziz, bajo las órdenes y las enseñanzas del adolescente Khalil. Yusuf descubrirá pronto que, en realidad, el comerciante Aziz no es su familiar, sino una persona a la que su padre debía dinero, que le ha entregado a él como una forma de saldar su deuda. Khalil se encuentra en una situación similar a su suya. Si bien, en un principio parece que Khalil abusa de Yusuf pegándole para «que aprenda», pronto surgirá la amistad entre los dos.

En el África que retrata Gurnah son importantes las historias, que marcarán una diferencia entre las personas que han viajado en el libro y las que no. El viaje será siempre una fuente de misterios y magia.

 

Los años va ir pasando y cuando Yusuf tenga ya diecisiete años, Aziz de lo va a llegar al interior, a uno de sus viajes comerciales. Un viaje de conocimiento de la propia tierra que también va a ser toda una aventura. En el imaginario colectivo occidental aparecen los relatos y las películas en las que los occidentales exploran África, pero en Paraíso serán los propios africanos los que exploren África. Los habitantes de la costa verán a las personas del interior como a «salvajes», con los que en muchos casos es difícil comunicarse y conseguir que les dejen atravesar sus tierras. Los «sultanes» de las tierras por las que atraviesan les irán haciendo pagar diezmos.

Paraíso es una obra profundamente africana, porque muestra los enfrentamientos de los propios africanos entre sí. La mirada de Gurnah sobre ellos no es nada complaciente, unos se convierten en negreros de otros a los que venden como esclavos. Y de fondo siempre aparece la ‒en principio‒ lejana presencia de los blancos. Los alemanes son seres mitificados en la novela, capaces de comer metal, en un contexto de narraciones orales que se asemejan mucho al «realismo mágico». En las páginas 92-93 leemos: «Los comerciantes, atemorizados por la ferocidad y la crueldad de los europeos, hablaban de ellos con asombro. Se apoderaban de la mejor tierra sin pagar un solo abalorio, obligaban a la gente a trabajar para ellos con engaños, comían lo que fuese, aunque estuviera duro o podrido. Como si de una plaga de langostas se tratase, su voracidad no tenía límite ni decencia. Imponían tributos para esto, tributos para aquello, prisión para el infractor, y en ocasiones el látigo y la horca. Lo primero que construyen es un almacén, luego una iglesia, a continuación un cobertizo para el mercado a fin de poder controlar el comercio y gravarlo con un impuesto. Y todo esto aun antes de construirse un lugar donde vivir. ¿Había alguien oído nada igual? Llevan ropa hecha de metal, pero que no irrita sus cuerpos, y pueden pasarse días sin dormir o beber. Su saliva es venenosa. Wallahi, os lo juro. Si te salpica, te quema la carne. La única forma de matar a uno de ellos es apuñalarlo bajo la axila izquierda; ningún otro sitio sirve, pero resulta casi imposible hacerlo, porque llevan ese punto fuertemente protegido.»

 

En varios momentos de la novela, Yusuf tiene la sensación de encontrarse en «el paraíso». Por ejemplo, en el viaje hacia el interior, atraviesan una montaña y en ella hay una cascada que fascina su mirada adolescente. «Nunca he visto nada tan bonito como aquello. Se podía oír la respiración de Dios. Pero llegó un hombre y quiso echarnos de allí.» Ese hombre es un africano siervo de un «señor» europeo. También Yusuf disfrutará cada vez más del bello jardín de su falso «tío» Aziz, pero éste será otro espacio que no le corresponda. Y esta simbología del paraíso inalcanzable, del paraíso que pertenece a otros irá cobrando cada vez más fuerza en la novela. Además, Yusuf ha sido bendecido o condenado a poseer el don de la belleza, y lo que puede ser algo positivo acabará convirtiéndose en una nueva amenaza sobre su futuro. No hay aquí belleza o paraíso sin su correspondiente amenaza.

 

Cuando Gurnah ganó el premio Nobel, se cuestionó, ‒en la mayoría de los casos sin haber leído sus libros‒ la valía real de su obra. Parecía establecerse el siguiente silogismo: si no había tenido éxito, esto significaba que no era realmente un gran escritor. Después de leer Paraíso tengo esta sensación: quizás las expectativas de descubrir a un nuevo y genial autor eran muy altas, y deseaba quedarse deslumbrando ante la obra del nuevo Nobel, y esto no ha ocurrido. Pero, por otro lado, sé que si hubiera llegado a Paraíso cuando se publicó en España por primera vez me hubiera gustado. Considero que Paraíso, sin ser un libro genial ni rompedor, es un gran libro. Nos muestra la época colonial en África sin maniqueísmos ni falsas bondades, desde una perspectiva nueva e insólita, al menos para mí. El giro que se produce en las tres últimas páginas de la novela me ha parecido magistral, un giro que cubre de nuevo al libro de más variadas lecturas. Paraíso ha sido una gran lectura, a la que no hubiera llegado si el premio Nobel no me hubiera descubierto al escritor Abdulrazak Gurnah.

domingo, 19 de diciembre de 2021

Encrucijadas, por Jonathan Franzen

 


Encrucijadas, de Jonathan Franzen

Editorial Salamandra. 6377 páginas. 1ª edición de 2021.

Traducción de Eugenia Vázquez Nacarino

 

En 2011 leí Libertad (2021) de Jonathan Franzen (Illinois, 1959), que fue un libro muy elogiado y popular por aquellos días y, como me gustó mucho, poco después leí Las correcciones (2001). Cuando en 2015, Franzen publicó Pureza, tras el gran éxito que fue cinco años antes Libertad, ya no tuvo tan buena acogida. Pensé en leerlo, pero al final, tras algunos comentarios un tanto negativos o tibios de personas con las que me relaciono en las redes sociales, la dejé pasar. En 2021, Franzen ha vuelto con Encrucijadas y, al revés de lo que ocurrió con Pureza, en mis redes sociales empecé a leer más de un comentario entusiasta sobre el libro. Esto hizo que me apeteciera volver con Franzen y se lo solicité a la editorial Salamandra para poder leerlo y reseñarlo.

 

En Encrucijadas Franzen nos acercará a la familia Hildebrant, que viven en New Prospect, un suburbio de Chicago, y por lo tanto son habitantes de ese territorio mítico en la literatura norteamericana que es el Medio Oeste, un espacio que representa el corazón más conservador del país. También eran del Medio Oeste la familia Berglund, que protagonizaba Libertad, y la familia Lambert, protagonista de Las correcciones.

En las tres novelas que he leído de él, Franzen analiza a la sociedad norteamericana a través del desmenuzamiento de las motivaciones psicológicas de los miembros de una familia. Libertad estaba ambientada en la primera década del siglo XX, y desde ahí retrocedía hasta la generación de los padres de los protagonistas, y Las correcciones situaba su acción en los últimos años del siglo XX. Es decir, tanto Libertad, como Las correcciones partían del presente en el que fueron escritas y, desde ahí, analizaban el pasado de los personajes y por añadidura de las circunstancias históricas que tuvieron que vivir ellos o sus padres. Sin embargo, Encrucijadas, publicada en 2021, sitúa su acción en las Navidades de 1971. Es decir, Franzen nos hablará, en esta ocasión, de la sociedad norteamericana de su infancia, ya que él nació en 1959.

 

La familia Hildebrant está formada por Russ, el padre, reverendo de cuarenta y siete años, que ostenta un puesto secundario en la iglesia Primera Reformada de New Prospect. Russ proviene de una comunidad menonita muy conservadora de Indiana.

Marion, de cincuenta años, es la madre, y proviene de California, de una familia que en algún momento fue próspera para acabar arruinándose durante la década de 1930. El contraste entre el pasado de estos personajes en Indiana y California puede explicar parte de las desavenencias actuales que sufren como pareja.

Clem es el hijo mayor. A sus diecinueve años está en el primer curso de la universidad, y la decisión que ha tomado de ir voluntario a la guerra de Vietnam y dejar la universidad es muy posible que vaya a alterar la convivencia familiar de las Navidades de 1971. Sobre todo, teniendo en cuenta que Russ, el padre, es un pacifista militante, que se negó a participar en la Segunda Guerra Mundial y fue desplazado a sus veinte años a un campamento para objetores en Nuevo México, donde podría entrar en contacto con la comunidad navaja, que le fascina desde entonces.

Becky tiene dieciocho años y se encuentra en el último año de instituto en New Prospect. Es la más guapa y popular de todos los Hildebrant. Hasta ahora ha mantenido una relación muy estrecha con Clem.

Perry tiene dieciséis años y es el más inteligente de la familia, también está empezando a tener problemas con las drogas, con las que él mismo trafica entre sus amigos.

Judson tiene nueve años y es el hermano pequeño, que comparte habitación con Perry.

 

Al igual que ocurría en Libertad, Franzen hace en Encrucijadas uso del estilo indirecto libre para acercarse a sus personajes principales y, aunque el capítulo se extienda por más de cien páginas, siempre lo leeremos bajo la mirada del personaje seleccionado en este momento.

En las primeras doscientas páginas del libro, Franzen se acerca a los que van a ser los cinco personajes principales de la novela, aquellos a los que nos va a mostrar la realidad a través de sus ojos. Así en los cinco primeros capítulos conoceremos a Russ, Perry, Becky, Clem y Marion. Estos capítulos son casi novelas cortas en sí mismas. Diría que el personaje más intenso, más «ruso», posiblemente es Marion, la madre, que en su juventud sufrió brotes de locura, de los que en la actualidad considera que está curada. Franzen es un gran admirador de la obra de Lev Tolstói, y tanto en Las correcciones como en Libertad alguno de sus personajes leía Guerra y Paz, un detalle en el que no reincide en Encrucijadas.

Como esta terna de cinco capítulos ocupaban, más o menos, un tercio de la novela, y el sexto empezaba de nuevo con Russ, en un principio pensé que la terna se iba a repetir por dos veces más y que esta era la estructura de la novela. Pero este sexto capítulo es más corto que los anteriores, y no le sigue otro sobre Perry, sino que Franzen le cede el turno a Becky. Así tras este primer tercio de novela, con unos capítulos de una extensión, más o menos, similar entre los cinco personajes, se suceden capítulos mucho más cortos, donde los puntos de vista cambian de un modo más rápido. Y, de un modo de nuevo inesperado, ya en la recta final del libro Franzen nos presenta un capítulo de más de cien páginas en el que nos habla del pasado de Russ, el padre, en la reserva india de Nuevo México, en el momento en el que va a conocer a Marion, la madre.

 

Algo fascinante en el modo de construir una novela de Franzen, y que me gustaría destacar, es la sensación de control absoluto sobre su material que le transmite al lector. Desde la primera página, el lector percibe que el autor es plenamente consciente de qué ocurre en cada momento de la vida de su primer personaje. Y lo que, por ejemplo, se insinúa en la página 20 será desarrollado en la página 150, desde el punto de vista de un personaje, y en la página 470 desde el punto de vista de otro.

 

Ya me llamó la atención que en Libertad, a través del estilo indirecto libre, Franzen se acercaba a los padres de la familia y al hijo varón, pero no a la hija, creando así una asimetría en el análisis de los Berglund. En Encrucijadas los miembros de la familia son seis y los protagonistas de la novela cinco. Franzen no se fija en la mirada sobre el mundo de Judson, el hijo más pequeño.

Durante el primer tercio comentado la acción narrativa abarca unos dos días, los previos a la Nochebuena de 1971 y, a través del recurso de la analepsis, se acerca al pasado de los personajes. En los primeros capítulos posteriores a esta primera parte el arco temporal tenderá a ir expandiéndose. Así de enero se saltará a marzo de un párrafo a otro, y posteriormente, ya acercándonos hacia el tramo final de la novela, los saltos temporales llegarán a ser incluso de años.

 

Encrucijada es el nombre de un grupo religioso juvenil organizado en la parroquia de Russ. Tres años antes de que empiece el tiempo narrativo de la novela, Russ sufrió una humillación como líder de este grupo, que le hizo dejarlo y enfrentarse a Rick Ambrose, un párroco más joven y que sabe conectar más con la juventud, con su pelo largo, su lenguaje irreverente y sus aires de rockero. Entender los términos en los que se produjo este conflicto es uno de los puntos clave de la novela. Aunque, como en las novelas anteriores, lo contado por Franzen acaba siendo triste, ya que muestra las imposibilidades de conexión dentro de una familia, el tono empleado para contarlo es ligeramente irónico.

Además, los personajes se encuentran en «encrucijadas» vitales, a las que tendrán que enfrentarse: Russ se está empezando a interesar por una feligresa, y su mujer le parece cada vez menos atractiva; Perry quiere ser mejor persona y dejar de traficar; Clem quiere dejar la universidad e ir a la guerra, siguiendo sus ideas políticas; Becky se está enamorando de un músico que tiene novia, y no sabe si es correcto arrebatarle a otra chica el novio, etc. En Libertad la idea era parecida, los personajes tenían «libertad» para tomar decisiones y equivocarse o no. En Las correcciones, los personajes trataban de corregir errores del pasado o de sus padres… Los personajes de Franzen están a la deriva y nunca saben si eligen de un modo correcto.

 

El estilo de Encrucijadas se parece más al de Libertad que al de Las correcciones, donde Franzen coqueteaba con el expresionismo, al estilo de las novelas de Don Delillo. Sin embargo, hay un tema que no aparecía en Libertad y que relaciona Encrucijadas con Las correcciones: el interés de Franzen por la locura. En Las correcciones de hablaba de la demencia senil del padre y esto se unirá a la pérdida de la cordura en Encrucijadas de Marion o de Perry.

El tema religioso también es relevante en Encrucijadas. Casi todos sus personajes buscan la presencia de Dios en sus vidas, como un clavo al que agarrarse cuando todo lo demás parece tambalearse. Y los personajes, aun cuando se sienten cercanos a Dios, han de luchar contra la vanidad que les provoca ese sentimiento. Ya he dicho que la novela sitúa su acción en 1971 y 1972, en un periodo de cambios sociales en Estados Unidos, junto con el fin de la guerra de Vietnam, el país vive el auge del consumo de drogas, además de la marihuana de los hippies, también está apareciendo en escena otra nueva, como es la cocaína. De un modo irónico, Franzen insinúa en el libro que el supuesto contacto con Dios que alcanza alguno de los personas tiene más que ver con el consumo de drogas que con una revelación divina.

 

Como los grandes narradores de la novela del siglo XIX, Franzen es un gran narrador omnisciente que sabe más de las motivaciones de sus personajes que ellos mismo. Es muy interesante el contraste que existe en la mirada de unos sobre otros.

 

Las páginas de Encrucijadas se pasan muy rápido, algo que ya me pasó hace diez años con Libertad y Las correcciones. Uno se olvida de que está leyendo con Franzen y visualiza a los personajes y sus miedos internos. Estoy sintiendo curiosidad por Pureza. ¿Realmente bajó en esta novela el nivel de Franzen? No sé si fue así, pero desde luego en Encrucijadas Franzen está en todo su esplendor. Creo que va a ser difícil que esta novela no esté en la lista de mis diez mejores lecturas del año.