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jueves, 21 de mayo de 2015

Que levante mi mano quien crea en la telequinesis, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 118 páginas. 1ª edición de 2014.
Traducción de Ramón de España
Selección en introducción de Dan Wakefield

Ya comenté hace unos días que la editorial Malpaso me envió los dos libros de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) que han editado, el de relatos La cartera del cretino y éste que comento hoy –qué gran título, por cierto-, Que levante mi mano quien crea en la telequinesis. Un libro que no deja de ser curioso, ya que en él están recogidos algunos de los discursos que dio Vonnegut, principalmente en universidades norteamericanas, siendo contratado para despedir a los recién graduados de ese año. El conjunto incluye ocho discursos dados en universidades a recién graduados y uno más pronunciado con ocasión del premio Carl Sandburg, que parece funcionar por contraste con los otros, ya que su tema es No te aflijas si nunca fuiste a la universidad. Para terminar el volumen nos encontramos con algunos aforismos de Vonnegut (entre ellos el que da título al libro).

Dan Wakefield, que fue amigo de Vonnegut, escribe el prólogo, y, teniendo en cuenta las páginas que el lector se encontrará más tarde, se deja contagiar por el estilo humorístico de su amigo. En el prólogo nos encontramos ya con alguna anécdota divertida sobre el carácter de Vonnegut: “Estaba orgulloso de la educación recibida en el instituto de Shortridge, donde había trabajado para el periódico escolar, The Daily Echo, como al cabo de una década hice yo también. Cuando un entrevistador le preguntó: «¿De dónde saca usted ideas tan radicales?», Kurt le respondió, orgulloso y sin dudarlo: «De la escuela pública de Indianápolis».
Wakefield nos cuenta también que cuando Vonnegut ya se había convertido en un escritor reconocido recibía bastantes encargos para pronunciar discursos de graduación en universidades, pero mientras que otros colegas solían tener un discurso preparado y simplemente cambiaban el nombre de la universidad, Vonnegut elaboraba cada vez uno nuevo.

Es cierto que todos los discursos recogidos en este libro son diferentes pero reflejan algunas obsesiones y referentes comunes. En realidad las páginas que el lector se va a encontrar en Que levante mi mano quien crea en la telequinesis guardan bastante relación con el pequeño ensayo titulado El último de Tasmania que aparece en La cartera del idiota.

Como ya hiciera en su mítica novela Matedero cinco, Vonnegut dedica bastantes palabras en sus charlas a universitarios a prevenirles contra los males de la guerra. El discurso más antiguo es de 1978 y el más moderno de 2004; abundan las fechas de finales de los 90 y principios del siglo XXI. Normalmente, cuando pronuncia sus palabras ante personas de poco más de veinte años, Vonnegut ha pasado ya los setenta años de vida y en algún caso los ochenta. Vonnegut está de vuelta ya en estos discursos y no tiene demasiados problemas en hablar bastante claro a las nuevas generaciones: alguien os dirá que necesitáis ritos de paso para convertíos en adultos, a las chicas os dirán que os convertiréis en mujeres cuando tengáis un hijo y a los chicos cuando vayáis a la guerra. No tenéis que creerles, sobre todo con lo de ir a la guerra como rito de paso, y para reafirmar sus palabras maldice a uno de sus tíos de Indianápolis, que era de esta opinión, y ensalza a otro de ellos, que invitaba a todo el mundo a disfrutar de los placeres sencillos de la vida, como sentarse debajo de un árbol a beber limonada, y a celebrar esa felicidad en voz alta.
Las guerras de las que hablará irán desde la II Guerra Mundial –en la que él combatió-, pasará por la de Vietnam, y llegarán hasta las Guerras del Golfo.

Jesucristo le interesa, pero principalmente su lado humano. Para él si fue o no el hijo de un Dios es irrelevante frente a su mensaje de acercamiento entre los hombres. En casi todos los textos, Vonnegut acaba haciendo referencia al Sermón de la Montaña: la mirada compasiva hacia los demás debería dirigir nuestros actos. Incluso al simpático abuelo Vonnegut le da tiempo a despotricar más de una vez contra el aislamiento al que nos puede conducir internet.

Creo que lo mejor será reproducir algunas de las palabras de Vonnegut:

“Puede que algunos sepáis que soy un humanista, un librepensador, como lo fueron mis padres, mis abuelos y mis bisabuelos… Por consiguiente, no soy cristiano. Y siendo un humanista honro a mi madre y a mi padre, conducta que está muy bien según nos dice la Biblia.
Pero os digo en nombre de mis antepasados americanos: si lo que dijo Jesús estaba bien (y gran parte de ello era de una extraordinaria hermosura), ¿qué más da si era o no era Dios?
Si Cristo no hubiera pronunciado el Sermón de la Montaña, con su mensaje de piedad y compasión, yo ni siquiera desearía ser humano.” (pág. 33)

“Cuantos de vosotros habéis tenido un profesor, en cualquier fase de vuestra educación, que os haya hecho sentir más contentos de estar vivos, más orgullosos de vivir, de lo que antes hubierais creído posible?
Levantad la mano, por favor.
Ahora bajadla y decidle el nombre de ese maestro a otra persona y explicadle lo que el maestro hizo por vosotros.
¿Ya está?
Pues no me digáis que esto no es bonito.” (pág. 41-42)

“Os confiaré lo que otro matusalén me dijo. Se trata de Joe Heller, el autor, como ya sabéis, de Trampa 22. Estábamos en una fiesta ofrecida por un multimillonario en Long Island y yo le pregunté: «Joe, ¿qué sientes al darte cuenta de que nuestro anfitrión probablemente ganó ayer más dinero que el recaudado por tu novela, uno de los libros más populares de todos los tiempos, a lo largo de los últimos cuarenta años».
Y Joe replicó: «Pero yo poseo algo que él nunca tendrá».
«¿A qué te refieres, Joe», le pregunté.
Y él me dijo: «La tranquilidad de saber que tengo bastante». (pág. 45-46)

“Ya sé que no existe la más mínima posibilidad de que América se convierta en humanista y razonable. Ello se debe a que el poder nos corrompe y a que el poder absoluto nos corrompe por completo. Los seres humanos son chimpancés borrachos de poder. Yo mismo he experimentado esa intoxicación: llegué a cabo en el ejército.
Al decir que nuestros líderes son chimpancés embriagados por el poder, ¿acaso me arriesgo a minar la moral de esos hombres y esas mujeres que combaten y mueren en Oriente Medio. Su moral, como muchos de nuestros cuerpos, ya está hecha añicos. Se les trata, a diferencia de a mí, como los juguetes que le caen a un niño rico por Navidad.
Pero dejarme decir algo.
Por corruptos y codiciosos que puedan llegar a ser el Gobierno y las grandes empresas y los medios de comunicación y Wall Street y las organizaciones religiosas y caritativas, la música siempre será maravillosamente perfecta.” (pág. 61-61, discurso pronunciado en 2004, cuando Kurt Vonnegut tenía ya más de ochenta años).


Que levante la mano quien crea en la telequinesis me ha parecido (pese a alguna inevitable repetición de ideas entre un discurso y otro) un conjunto de textos bastantes simpáticos, donde Kurt Vonnegut se muestra como un hombre afable, un humanista preocupado por el mundo en el que vive, celebrador del arte y del humor. Una de esas personas a las que uno le gustaría tener como amigo.

domingo, 17 de mayo de 2015

La cartera del cretino, por Kurt Vonnegut

Editorial Malpaso. 143 páginas. 1ª edición de 2013.
Traducción de Ramón de España

Hace unos meses me contacto Belén Feduchi, directora de prensa y comunicaciones de la editorial Malpaso, para mostrarme, a través del correo electrónico las novedades de la editorial. Cambiamos algunos correos y quedamos en que me enviaría los dos libros que han editado de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007) para que los comentara en el blog. Por aquel entonces, yo había sacado dos libros de Vonnegut de la biblioteca –Las sirenas de Titán y Galápagos-. Al final leí el primero y acabé devolviendo el segundo sin leerlo. Las sirenas de Titán, como ya comenté en su día, me pareció que estaba bien, pero no acabé de conectar con la propuesta de la novela. Y me empecé a preguntar si había acertado al pedirle a Malpaso –que tan dirigentes fueron en su envío de libros a mi casa- los de Vonnegut y no haber pedido los de otro autor para estrenarme con la editorial.

El caso es que después de Las sirenas de Titán he dejado pasar unos meses hasta que me he puesto con los libros de Vonnegut que me envió Malpaso; me estaba entrando ya cargo de conciencia. Pero, por otro lado, creo que la espera ha sido beneficiosa: he encontrado un gran momento para acercarme a estos libros, que he disfrutado bastante.

La cartera del cretino está formado por seis cuentos inéditos, un ensayo y un cuento final de ciencia ficción (o tal vez el comienzo de una novela) inacabado. No estoy seguro (he mirado alguna página en inglés) si Vonnegut estaba trabajando en este libro cuando murió o son descartes de otros libros de cuentos reunidos en este volumen tras su muerte.

Leo el primer cuento -Entre tibio y Tombuctú- y por el tono me resulta una narración juvenil, un cuento de terror bastante romántico sobre un joven pintor que ha perdido a su mujer y la añora tanto como para intentar morir en vida y de este modo acercarse a ella. El protagonista ha rescatado a un pescador de un lago helado que –en presencia de un doctor incrédulo- dice que ha visto su vida pasar ante él. El pintor querrá reproducir una experiencia similar para acercarse a su pasado y así a su esposa. Entre tibio y Tombuctú me ha recordado a alguna narración de corte macabro de Roald Dahl. Este cuento acaba siendo bastante previsible, aunque, por otro lado no deja de ser simpático.

El libro mejora bastante en la segunda narración, titulada Roma. En ella nos acercamos a un grupo de teatro aficionado y al estilo irónico, descreído y juguetón que uno espera de un escritor con tanta fama de irreverente como Kurt Vonnegut. De él, además de dos novelas (Matadero 5 y Las sirenas de Titán) había leído un cuento en la Antología del cuento norteamericano de Richard Ford, titulado Bienvenido a la jaula de los monos. Lo cierto es que los primeros seis cuentos de este libro se mantienen dentro de los cauces del realismo, pero el tono desenfadado y humorístico de Roma se parecía mucho más a Bienvenido a la jaula de los monos que Entre tibio y Tombuctú.
En Roma nos encontramos con un cuento muy ajustado a la tradición del relato norteamericana, esa tradición realista que crea un contraste entre la impostura y la ingenuidad. La ingenua es Melody, una chica que ha sido enviada al pueblo de la costa en el que se encuentra nuestra compañía teatral de aficionados por su padre, desde un pueblo del interior (en Oklahoma). En este contraste establecido entre Melody y su padre transcurre el relato:
“-Papá dice que besarse en público es lo más asqueroso que hay.
El hombre que le había dicho eso estaba imputado por un timo de seis millones de dólares a sus vecinos y a su país.” (pág. 30)
Quizás el final de esta narración sea un tanto exagerando, un tanto vodevilesco, pero Roma es una narración muy fresca, muy disfrutable.

Paraíso junto al río es una narración de tono más delicado que transcurre en el interior del país, que muestra la relación entre un chico y una chica, una relación más que ambigua. Un relato más corto que los anteriores que, aunque quizás abusa un poco del efecto sorpresa del final, se lee con mucho agrado.

La cartera del cretino es el cuarto relato y el que da título al libro. Quizás en el título original (Sucker's Portfolio) queda más claro de qué clase de cartera estamos hablando: de una cartera de inversión, y el narrador no es otro que un bróker, un buen hombre preocupado por uno de sus clientes, un joven, cuyos padres adoptivos –que contrataron a nuestro bróker para dejar una herencia a su hijo- se involucra en los asuntos del joven, quien desea liquidar con prontitud su cartera de valores. Otra narración muy solvente, de carácter muy clásico dentro de la tradición norteamericana.

Señorita Snow, está usted despedida nos acerca a una oficina norteamericana, posiblemente de los años 50 o 60, con sus relaciones viciadas, su machismo y su condescendencia hacia la mujer (un aire muy de la serie Mad men recorre este cuento). El tono es irónico, y quizás le ocurre lo mismo que a Roma, que su final, un tanto inverosímil por exagerado, resta un poco de credibilidad al cuento en la última página. Aun así no deja de ser una composición agradable.

París, Francia también sería una narración clásica dentro de la tradición del relato norteamericano: la de los norteamericanos en Europa. Dos parejas de diferentes generaciones (unos de 37 años y los otros de unos 65) se conocen en un tren que les lleva desde Inglaterra hasta París. En el mismo compartimento entrará también otra chica norteamericana muy joven, acompañada de un seductor joven europeo. Después de tres días recorriendo París volverán a encontrarse en el tren de vuelta a Inglaterra. Pese a lo forzado de las casualidades (las tres parejas que se encuentran en el tren saben que van a regresar juntas a Inglaterra), la estructura del cuento me gusta: en su reducido número de páginas casi se desarrolla una novela en miniatura. En la última página todavía tendremos tiempo de conocer la historia de un francés que va de viaje a Londres, y el destino de este último personaje ha creado para mí un poético cierre de relato.

El último de Tasmania es un ensayo escrito en 1992. No es un ensayo muy serio o sesudo, más bien parecen unos apuntes o divagaciones sobre temas diversos que van saltando de una cosa a otra y cuyo hilo conductor parece ser el centenario del descubrimiento de América por los europeos. Que esto no sea serio o sesudo no quiere decir que no sea divertido y simpático de leer. El humor irreverente de Vonnegut tiene en estas páginas rienda suelta. Los temas principales que recorren estas páginas serían: la violencia fundacional de los Estados Unidos -en la que la figura de Cristobal Colón no sale precisamente muy bien parada-, el exterminio de los indios o la esclavitud de los negros. Vonnegut parece querer distanciarse de esto contándonos que él es norteamericano, pero también alemán, y que su familia, en cuarta generación, proviene de Europa y llegó a América en un momento en el que la violencia fundacional parecía haber quedado ya atrás. Se lamenta también de las guerras, sobre todo de la II Guerra Mundial: “Debo preguntarme si la obediencia no será el defecto básico de la humanidad.” (pág. 109).
La televisión tampoco parece gustarle mucho a Vonnegut, y no deja de reflexionar sobre la acumulación de residuos y el agotamiento de los recursos naturales.

El último texto incluido en este volumen es un relato –o comienzo de novela- de ciencia ficción inacabado, cuyo título es La ciudad robot y el señor Caslow. La verdad es que las páginas que se pueden leer tienen fuerza y prometían. Una pena que no podamos seguir y que Vonnegut dejara el texto con una frase a medias.


Como conclusión final apuntaré que considero que ha sido un acierto dejar pasar unos meses entre Las sirenas de titán y estos otros dos libros de Vonnegut, porque ahora, al leer estos dos libros de Malpaso (ya estoy acabando el de Que levante mi mano quien crea en la telequinesis) me he encontrado a gusto con Kurt Vonnegut y me he divertido bastante con su humanismo cercano y su humor socarrón.

domingo, 1 de marzo de 2015

Las sirenas de Titán, por Kurt Vonnegut

Editorial Minotauro. 247 páginas. 1ª edición de 1969, ésta es de 1987.
Traducción de Aurora Bernández

Hace años leí la novela Matadero Cinco (1969) de Kurt Vonnegut (Indianápolis, 1922 – Nueva York, 2007), y a pesar de encontrar en ella elementos narrativos originales y curiosos recuerdo que no acabó de convencerme o, más bien, fue un libro con el que no terminé de conectar. Más tarde he leído uno de sus relatos –el titulado Bienvenido a la jaula de los monos- en la antología del relato de Richard Ford, con el que disfruté más.

En cualquier caso, desde hace años pensaba que tenía una deuda pendiente con Vonnegut, que era un escritor al que debería volver. Últimamente, como apunté en mis propósitos de año nuevo, quiero leer más literatura de ciencia ficción. Así, en una de mis visitas a la biblioteca de Retiro, saqué dos libros de Vonnegut: Las sirenas de Titán (1959) y Galápagos (1985). Los dos libros de Minotauro han perdido en su agitada vida de biblioteca las sobrecubiertas y lucen el cartoné desnudo.

Me gustó el comienzo de Las sirenas de Titán: el multimillonario Winston Niles Rumfoord, manejando su propia nave espacial, ha entrado en un infundibula crono-siclástico (una corriente espacio-temporal) y se aparece, junto a su perro Kazak, en su casa de Newport cada cincuenta y nueve días desde hace nueve años. A la aparición que está a punto de producirse según comienza la novela está invitado el también millonario Malachi Constant. Rumfoord tiene capacidad para prever el futuro, y lo que tiene que contarles a Malachi y Beatrice (mujer de Rumfoord) no va a hacerles mucha gracia a ninguno de los dos: acabarán juntos y teniendo un hijo llamado Crono; viajarán a Marte, pero su destino será Titán, una de las lunas de Saturno.

Y digo que me gusta el comienzo de Las sirenas de Titán porque la narración de Vonnegut me parece imaginativa, y me parece que como narrador usa trucos bastante ingeniosos para explicar al lector cuáles son las características del mundo que ha creado, como recurrir a un libro llamado Enciclopedia infantil de maravillas e inventos para mostrarnos, a través de sus páginas para niños, qué es un infundibula crono-sincláticos. En más de un caso, el estilo de los escritores de ciencia ficción no suele ser muy literario, pero el de Vonnegut sí que me lo parece, y esto es así principalmente por su certero uso de la ironía y el sarcasmo. “La palma de Rumfoord era callosa pero no córnea como la de un hombre condenado a un solo oficio durante toda su vida. Los callos eran todos uniformes, provocados por las mil labores felices de una clase activamente ociosa.”, leemos en la página 20. La ironía y el sarcasmo de Vonnegut juegan a favor de su crítica social. Ya sabemos que la mejor ciencia ficción nos habla no de los problemas del futuro sino del presente, o al menos trata de proyectar sobre un hipotético futuro los miedos del presente. De este modo en el Marte que se plantea en este libro hondea la bandera de los Estados Unidos, pero también la bandera roja de la URSS.

Para mí la novela sufre un bajón a partir del capítulo 4 –o de la página 77- cuando la acción se traslada a Marte, y se produce un aparente cambio de protagonistas: en realidad la memoria de Malachi Constant ha sido borrado en su mayoría y ha sido convertido en Unk, un soldado para la nueva y militarizada sociedad de Marte. Beatrice se ha transformado a su vez en Bee. No sé si me salté algún detalle (debido al estado griposo en que leí gran parte de este libro), pero me costó darme cuenta de que Unk era en realidad Malachi; y creo que en realidad no tiene tampoco mucho sentido. Si partimos de la premisa de que al protagonista de un libro le han borrado la memoria y ha sido convertido en otra persona, en cierto modo es como si la novela volviese a empezar. Y este nuevo empiece en Marte me parece menos atractivo que el original en la Tierra, me parece que ahora ya es más importante para Vonnegut la pura trama que el análisis de personajes. De hecho, y esto no deja de tener cierta gracia, Vonnegut ha desintegrado a sus personajes y ha creado otros. Vonnegut es un posmodernista absoluto socavando los cimientos de la estructura novelística. Y esto que acabo de escribir lo digo sin ironía, pero también es cierto que a mí este juego de cambio de personajes me desconcertó un poco y consiguió que disminuyera mi interés por lo leído porque me esperaba que el libro fuese por otros derroteros.

Más tarde, cuando ya tuve claro de nuevo que el Malachi inicial y el posterior Unk (y lo mismo con Beatrice y Bee) eran la misma persona y que este libro no estaba formado por dos novelas ensamblados todo cobró más sentido y acabé el libro con una sensación más acogedora como lector. De hecho, el final, ambientado en Titán, me parece bastante imaginativo.

Además de hacerse un cuestionamiento de las diferencias sociales, Las sirenas de Titán es crítica contra los lavados de cerebro y la manipulación estatales. En Marte, las personas reclutadas para su ejército, además de ser sometidas a vaciamientos de recuerdos, tienen implantada en su cabeza una antena, a través de la que pueden sufrir espantosos dolores si no cumplen las órdenes encomendadas. Las críticas de Vonnegut también se dirigen contra las religiones, pues el millonario Rumfoord, atrapado en su agujero espacio-temporal, se dedica a forjar una nueva religión en la que Malachi-Unk es usado como un simple engranaje, haciendo el papel de falso mesías. La religión creada por Rumfoord no deja de ser divertida: es una religión en contra del azar o la suerte, y cada persona acepta hándicaps para entorpecerse la existencia en contra de las ventajas que podría tener de salida. Así la nueva religión se llama “la iglesia de Dios, el Absolutamente Indiferente”.
Y al final, en Titán, a través de un nuevo personaje, que procede de una galaxia muy lejana, el lector comprenderá que la existencia humana no es más que una broma cósmica, una casualidad tan ridícula que ante ella lo único que podemos hacer, parece decirnos Vonnegut con socarronería, es reírnos un poco de nosotros mismos; aunque las páginas finales no dejan de tener un tono amargo.


Creo que he vuelto a repetir sensaciones con Vonnegut. Me ha vuelto a ocurrir con Las sirenas de Titán lo mismo que en su día me ocurrió con Matadero Cinco, que sabiendo valorar sus logros (su imaginación, su crítica, su humor, su inteligencia) no he acabado de conectar del todo con su propuesta. Por ahora he decidido devolver a la biblioteca Galápagos sin leerlo. No me apetecía empezar tras Las sirenas de Titán un nuevo libro de Vonnegut. Sin embargo, es seguro que repetiré en 2015 con este autor: tengo en casa dos libros más de él, cortesía de la editorial Malpaso.