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domingo, 27 de octubre de 2024

Teatro, por Antón P. Chéjov

 


Teatro, de Antón P. Chéjov

Editorial Cátedra, 376 páginas. Primera edición de 1896-1904; esta es de 2022

Traducción y edición de Isabel Vicente

 

Ya he comentado que acabé 2023 leyendo, en diciembre, una antología de cuentos de Antón P. Chéjov (Taganrong, 1860 – Badenweiller, 1904) de casi 900 páginas. Fue uno de los libros que más que gustó de ese año. Así que consideré que, ya que había leído los dos libros con las siete novelas cortas de Chéjov, que tiene publicados Alba y esta nueva antología, también en Alba, con 60 cuentos, debía acercarme a la obra teatral de Chéjov, una parte muy importante de su producción artística y que no conocía. Estuve mirando ediciones sobre este teatro de Chéjov y la que más me convenció fue una de la editorial Cátedra que contiene sus cuatro obras más famosas: La gaviota (1896), El tío Vania (1899), Las tres hermanas (1901) y El jardín de los cerezos (1904). La edición y la traducción están a cargo de Isabel Vicente, que es experta en Chéjov y en la cultura rusa y el libro me pareció atractivo. Contacté con la editorial Cátedra y ellos, muy amablemente, me enviaron el libro para que pudiera leerlo y comentarlo.

 

De entrada, debería apuntar que yo he leído muy poco teatro en mi vida. Recuerdo haberme acercado a las siguientes obras: La casa de Bernarda Alba de Federico García Lorca, Hamlet de William Shakespeare, Calígula de Albert Camus, Luces de bohemia de Ramón del Valle-Inclán, y Esperando a Godot de Samuel Beckett. Aunque mi experiencia no fue negativa con estos libros, sí que tengo la sensación de que el teatro tiene más sentido viéndolo representado en un escenario que leyéndolo. Sin embargo, en este caso, al sentir que Chéjov se está convirtiendo por derecho propio en uno de mis escritores favoritos quería acercarme a esta parte de su obra.

 

Esta edición de Isabel Vicente cuenta con unas 80 páginas iniciales en las que se habla de la vida del autor y se analizan las cuatro obras aquí seleccionadas. Dejé su lectura para el final. Así que empecé con la lectura de La gaviota, que se estrenó en 1896. En la primera página existe una lista en la que se describe con una pincelada a los personajes que van a aparecer en la obra. Todas las obras constan de cuatro actos y una extensión bastante similar.

En La Gaviota, el joven Treplev, que quiere ser escritor, se siente ninguneado por el entorno de su madre Arkádina, una actriz famosa. En una casa de campo, junto a un lago, propiedad de Sorin, hermano de Arkádina, esta ha invitado a su amigo Trigorin, un escritor de éxito. La casa es frecuentada por Nina, hija de unos terratenientes cercanos, que desea ser actriz, y admira el ambiente alrededor de Arkádina y Trigorin. Treplev está enamorado de Nina y sus deseos de convertirse en escritor parecen obedecer al sueño de conquistar la admiración de Nina. Sin embargo, Nina parece amar a Trigorin, mientras que Masha –la hija del administrador de la finca– está enamorada de Treplev. En La gaviota hay mucho amor contrariado, amor que parece proceder de los logros que consiguen alcanzar las personas, más de lo que ellas son por sí mismas, parece decirnos Chéjov. En gran medida, La gaviota me parece emparentada con el cuento La cigarra, donde la esposa de un médico quiere relacionarse solo con artistas y deja de lado a su marido médico de profesión. Chéjov nos muestra el mundo del arte (el mundo de los escritores y las actrices) como un mundo frívolo, lleno de ególatras. Nina conseguirá convertirse en actriz de teatro y Treplev en escritor, pero ninguno de los dos será feliz. «Ahora, sé, ahora comprendo, Kostia, que en este quehacer nuestro –tanto si actuamos en escena como si escribimos–, lo esencial no es la gloria, no es la notoriedad, no es lo que constituía mis sueños, sino que es el aguante.», dirá Nina.

 

En El tío Vania (1899) nos encontramos con Serebrianov, que ha sido un eminente profesor universitario y que, ya retirado, tiene que vivir en el campo, en la que fue la casa familiar de su esposa muerta. Está casado, en segundas nupcias, con Elena de 27 años. Sonia es la hija del primer matrimonio de Serebrianov. Conviven con Vania, el tío de Sonia, y con Voinítskaia, abuela de Sonia. Como ocurría en La gaviota, también El tío Vania es una obra de amores desgraciados. Vania está enamorado de Elena, y Sonia de Astrov, un médico, algo mayor para ella, que frecuenta la casa. Astrov no parece interesado en Elena y es un hombre algo deprimido, perdido en el alcohol y la frustración que le causa la destrucción de los antiguos bosques de Rusia (el mensaje ecológico, que ya ha aparecía en alguno de los cuentos de Chéjov, me parece moderno para la época). Vania también es un hombre deprimido, que se siente viejo a sus 47 años. Además, Vania está empezando a darse cuenta de que él y su sobrina han sacrificado su vida por su cuñado Serebrianov, al que consideraban un gran hombre, y por el que han hecho el sacrificio de sacar adelante la finca en la que viven, pero este no parece haberse dado cuenta de ello y no se ha sentido agradecido. Este es también un tema recurrente en Chéjov, el de las personas con buenas intenciones, que malgastan su vida y quieren arreglar la de los demás, pero que no tienen capacidad para cambiar nada.

 

Las tres hermanas (1901) son Olga, Masha e Irina que, tras la muerte de sus padres, viven en una ciudad de provincia con el sueño de volver a Moscú, de donde proceden. También conviven con Projorov, su hermano, que se acabará casando con Natalia. La casa es frecuentada por militares, que están acuartelados en la ciudad. Projorov parecía el más preparado de los cuatro hermanos, y existían posibilidades de que llegara a ser alguien importante, pero sucumbirá al vicio del juego, mientras su esposa Natalia le será infiel a la vista de todos. Además, Natalia irá tomando posesión de cada vez más instancias de la casa hasta que consiga expulsar de ella a las tres hermanas.

 

En El jardín de los cerezos (1904) Ranévskaia regresa a su finca de Rusia, después de haber vivido seis años en París. Regresa junto con su hija Ania, de 17 años, y Varia, su hija adoptiva, de 24. La madre dejó Rusia después de haber sufrido la muerte de su marido y un hijo. Una de las cosas más extrañas de esta obra es que, a pesar del título, en realidad en la finca existe un jardín de guindos y no de cerezos. En Rusia la madre recibirá la noticia de que debe tomar una decisión sobre su casa y su finca: debido a las deudas, van a salir a subasta pública. Lopajin, comerciante e hijo de antiguos siervos de la familia, les propone un plan: talar los guindos, construir dachas de veraneo y alquilar esas casas. Pese a lo sensato de la idea, Ranévskaia no podrá decidirse, debido a los recuerdos que piensa que habitan en su casa y su jardín. En El jardín de los cerezos asistimos al empuje de una nueva clase social, frente a la inoperancia de los antiguos nobles. En una obra que, en cierto modo, adelante las crisis y revoluciones que va a sufrir Rusia a comienzos del siglo XX.

 

Al empezar al leer La gaviota –lo que se repetiría con las otras tres obras– tuve la sensación de que me costaba quedarme con los nombres de los personajes, y saber quién era quién, cuando intervenían en la obra. Esto me hacía volver de forma continuada a la página inicial de las obras para consultar la lista de los personajes. Lo cierto es que este hecho ha supuesto una ligera incomodidad a la hora de tratar de disfrutar de estas historias. Al leer los cuentos o las novelas de Chéjov –o al leer narrativa en general– tengo la sensación de adentrarme en las historias contadas de un modo mucho más natural que el que he tenido con estas obras de teatro. Imagino que si las obras se ven representadas en escena, al asociar cada discurso a un actor, será más natural conocer las relaciones que existen entre los personajes. Sin embargo, superada esta dificultad inicial, he podido volver al mundo de Chéjov, que conocía por su narrativa, ese mundo de personajes que se sienten incapaces de mejorar sus situaciones vitales, y disfrutar de esas historias. Creo que la obra que más me ha gustado ha sido El tío Vania, seguida de La gaviota. En El tío Vania me ha conmovido esa toma de conciencia del personaje de la inutilidad de su propósito, de su sacrificio por el que considera un gran hombre y al que acaba de ver como un miserable engreído, además de estar enamorado de su mujer. También es tremenda la forma de analizar el mundo del arte en La gaviota, ave que se convierte en un símbolo del desamparo vital de Nina, quien, pese a que se a convertido en actriz y, por tanto, debería sentirse feliz por haber cumplido sus sueños, se siente más infeliz que antes al descubrir que sus sueños eran una quimera y que la realidad del teatro dista mucho de lo que soñó de ella.

 

Al acabar las cuatro obras, como decía, me he acercado al prólogo y al estudio de Isabel Vicente. Me ha interesado leer sobre la vida de Chéjov, y saber, por ejemplo, que la idea del desahucio de El jardín de cerezos la vivió él en su infancia, cuando la familia perdió la casa en la que vivía, debido a que el padre estaba aquejado por las deudas. Desde muy pronto, Chéjov tuvo éxito como escritor de cuentos y de obras de teatro y casi no ejerció la medicina, la carrera que había estudiado.

Creo que ahora me apetece leer de Chéjov La isla de Sajalín, donde relata un viaje que hizo a esta isla en la que había una colonia penitencia, y cuyo informe influyó para que las autoridades rusas cambiaran las condiciones de ese penal. O leer otra antología de sus cuentos, publicada por Pretextos, que tengo en casa, y cuya selección casi no coincide con la de Alba.

domingo, 5 de febrero de 2023

El coral y las aguas / Inútiles totales, por Juan Eduardo Zúñiga


El coral y las aguas / Inútiles totales
, de Juan Eduardo Zúñiga

Editorial Cátedra. 270 páginas. 1ª edición de 1951 y 1962; ésta es de 2019

Edición de Luis Beltrán Almería y Ángeles Encinar

 

En 2019 se cumplieron cien años del nacimiento de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919 – 2020), y la editorial Cátedra decidió reeditar su primera novela, Inútiles totales, que Zúñiga se autopublicó en 1951, y El coral y las aguas, su segunda y última novela, que en 1959 ganó el premio literario de la revista Acento Cultural, y que se acabó publicando en 1962 por Seix Barral. Inútiles totales era la primera vez que se reeditaba y El coral y las aguas la había vuelto a reeditar Alfaguara en 1995 y Zúñiga la revisó y la añadió algún capítulo.

 

La presentación del libro tuvo lugar en la Librería Alberti de Madrid. A pesar de que tenía en casa, aún sin leer, la Trilogía de la guerra civil de Zúñiga, me apeteció ir y comprar el libro, porque pensaba que iba a estar el autor y me apetecía que me firmara el nuevo libro y el anterior, que llevé de casa, un escritor de cien años, que intuía que me iba a gustar cuando, al fin, me decidiera a ponerme con él. Zúñiga no acudió a la librería, porque, además de estar muy mayor en ese momento ­‒moriría al año siguiente, a los ciento y un años‒, nunca le habían gustado los actos sociales alrededor de sus libros y había participado en muy pocos eventos literarios. Quizás esto haya contribuido a que Zúñiga, a pesar de su gran calidad, sea un escritor casi secreto; además de haberse dedicado principalmente a los cuentos y no a la novela, género más apreciado por los lectores.

La presentación estuvo a cargo de los profesores universitarios Luis Beltrán Almería y Ángeles Encinar, grandes conocedores y estudiosos de la obra de Zúñiga, y escritores del prólogo del libro, y el escritor Manuel Longares, amigo del autor.

 

He leído el libro en el orden inverso al propuesto: primero Inútiles totales (1951), luego El coral y las aguas (1962) y por fin el prólogo.

 

En esta edición, Inútiles totales es un texto que no llega ni a las cincuenta páginas, y, por tanto, más que de novela podríamos hablar aquí de nouvelle o de relato largo. Tiene un cierto trasfondo autobiográfico, ya que nos presenta a dos jóvenes que se conocen y se hacen amigos en la fila de los «inútiles totales». Zúñiga nació en 1919 y cuando empezó la guerra civil tenía diecisiete años. Esto hizo que no fuera, en primera instancia, llamado a filas para defender a la República; pero según se enquistó la guerra sí fue llamado. Sin embargo, tras observan en el cuartel su aspecto anémico y el grosor de sus gafas de miope se le asignaron tareas de retaguardia, en el Madrid asediado por las bombas. La descripción de uno de los protagonistas de la novela, Cosme, nos puede recordar al propio autor: alto, con gafas y anémico. El otro joven es Carlos, que vive «más allá de Vallecas». De Carlos conoceremos algunos detalles de su familia, algo que nunca ocurrirá con Cosme, lo que hace que la nouvelle quede un tanto desequilibrada. Inútiles totales es una novela de iniciación, sobre dos jóvenes inadaptados, a los que el contexto de la guerra califica de forma real y metafórica como «inútiles», y que sienten ambos gran aprecio por los libros y las ideas. Los dos tratarán de refugiarse del frío y del tedio frecuentando la tertulia de una librería. Allí van a conocer a una joven, que entra en la librería preguntando por los libros de Musset, un poeta francés. «Hacía muchos meses que no hablaban con una mujer joven», leemos en la página 227 y un poco antes: «Ella les miró de arriba abajo. Estaban pobremente vestidos, con caras pálidas entre los cuellos subidos de los abrigos. Como siempre, iban cargados de papeles, libros y cuadernos. Tenían un aspecto infantil y asustado». Maruja, la chica, ha vivido en París y esto disparará las expectativas de poder conocerla, la aventura del encuentro; una aventura que ‒como en todo buen relato de iniciación‒ va a poner a prueba la amistad de Carlos y Cosme.

 

Me ha parecido que el estilo era un poco torpe al principio. Reproduzco aquí la primera frase: «Bajo el cielo cubierto, gris y frío, al pie de la extraña torre solitaria, la fila indisciplinada de los “Inútiles totales” esperaba que pasasen lista y recoger el panecillo que un hombre colorado iba dando por una ventana del antiguo convento.» El Zúñiga de sus mejores cuentos nunca colocaría tantos adjetivos que frenan el ritmo de la frase. Sin embargo, no mucho después de la primera página el estilo se vuelve más suelto y sus impresiones de un Madrid gris y del carácter de los personajes me han recordado al estilo de Pío Baroja, intuición que ha sido confirmada más tarde, al leer el prólogo, por Luis Beltrán y Ángeles Encinar. De hecho, en la página 232 podemos leer una descripción de la mendiga Tomasa que parece tomada de la trilogía de La lucha por la vida de Baroja: «Sobre un carrito de cuatro ruedas iba por todo el barrio aquella vieja a la que le faltaban las piernas. Apoyándose en dos tacos de madera avanzaba lentamente, pidiendo limosna con un quejido gangoso que todo el mundo conocía; estaba medio ciega, pero iba, solamente por las calles empedradas, de un lado a otro. Se contaba que una tarde se aventuró a cruzar un solar y las ruedecillas del carrito se hundieron en el barro. Intentó retroceder, pero tampoco pudo y se quedó toda la noche allí, bajo la lluvia y las ráfagas de aire, llorando como un niño abandonado, hasta que la encontró una familia de traperos.»

 

Leí Inútiles totales de una sentada. Me ha gustado. Aun pensando que no está a la altura de los grandes relatos de Zúñiga, sí que se ven ya algunos elementos que van a componerlos. Me gusta cómo sabe llevar al lector hasta ese escenario del Madrid de la guerra. También me ha gustado descubrir una nueva palabra en relación a la guerra: «emboscado», que sería el hombre sano que se está ocultando para no ser llamado a filas y no combatir en la guerra.

 

Luego me he acercado a El coral y las aguas, que con sus casi 120 páginas ya sí sería propiamente una novela corta. La acción se sitúa en una isla de la antigua Grecia. La novela empieza con la joven Paracata recibiendo lo que cree que es un presagio de destrucción de la ciudad en la que vive, en una cueva a la que ha ido con un cántaro para recoger agua. Los distintos capítulos de la novela, en los que nos podemos acercar a un niño, a un esclavo, un pescador, un rico, una sacerdotisa, etc. están levemente relacionados entre sí, y casi funcionan como relatos autónomos dentro de un mismo escenario. De hecho, cuando en 1962 Carlos Barral publicó el libro en su editorial se equivocó al definir el libro en la solapa y en la contra como «novela» en un sitio y como «libro de relatos» en otro. En alguna entrevista a Zúñiga le he leído decir que a él le gustaba escribir relatos porque ésta era la distancia de su respiración. El coral y las aguas es su narración más larga (apenas 120 páginas) y para mí no acaba de funcionar como una verdadera novela. Es cierto que su estilo es más cuidado y rico que el de Inútiles totales, pero los capítulos se desarrollan de una forma demasiado autónoma unos de otros, y tampoco acaban de tener coherencia como una unidad completa de significado, como verdaderos relatos. Al conjunto le falta tensión narrativa. En su momento, leeremos en el prólogo, la novela no fue bien recibida ni por la crítica ni por el público. Beltrán y Encinar buscarán sus claves compositivas en el prólogo, el valor simbólico del libro, ya que, aunque Zúñiga se trasladó hasta la antigua Grecia para contar su historia, en realidad quería hablar de la represión franquista, de la falta de libertades del país y de la triste situación de los vencidos. Es cierto, que se puede entender este valor simbólico contenido, por ejemplo, en una rama de coral, que pasa de mano en mano en el libro, y que simboliza la solidaridad y las ansias de libertad de los personajes oprimidos y de otras escenas del libro. Pero una novela debe funcionar por sí misma, más allá de su valor simbólico. Es decir, Rebelión en la granja de George Orwell funciona perfectamente como novela, independientemente de que el lector conozca el contexto histórico que el autor está criticando, y esto no ocurre con El coral y las aguas, un texto que, pese a la admiración que siento hacia Zúñiga me ha resultado decepcionante.

 

Finalmente he leído el prólogo de Luis Beltrán y Ángeles Encinar. Me ha gustado cómo presentaban la vida y la obra de Zúñiga y su análisis de las dos obras comentadas.

Me gustaría destacar también esta Biblioteca Cátedra del siglo XX donde la famosa editorial está publicando libros en una colección diferente a la de Letras Hispánicas (los libros negros), donde a veces se abusa de las notas y de la letra demasiado pequeña.

 

Leer esta edición de El coral y las aguas e Inútiles totales puede tener sentido para conocedores y admiradores de la obra de Zúñiga, pero no se la recomendaría a alguien que no haya nada leído nada de su obra. Esta persona debe leer en primer lugar la Trilogía de la guerra civil, que es un libro muy superior a éste.

 

 

 

 

domingo, 15 de mayo de 2022

La forja de un rebelde, por Arturo Barea


La forja de un rebelde
, de Arturo Barea

Editorial Cátedra. 1335 páginas. 1ª edición de 1938-1946; ésta es de 2020.

Edición a cargo de Francisco Caudet

 

Tenía pendiente, desde hace mucho tiempo, leer la trilogía de La forja de un rebelde de Arturo Barea (Badajoz, 1897 - Faringdon, Inglaterra, 1957), y más desde que en 2018 empecé a escribir una novela en la que realizaba una investigación familiar acerca de la guerra civil. La forja de un rebelde está formada por tres libros, La forja, La ruta y La llama, y en el último de ellos, Barea se ocupa de su experiencia en la guerra civil española.

Quería acabar de revisar mi novela de la guerra en el verano de 2021, pero avanzada julio y nunca acababa de ponerme con ella. Siempre se interponía entre los dos la escritura de una reseña o la grabación de una vídeo reseña. A finales de julio decidí parar con los libros cortos y acercarme a uno que superarse las 1.000 páginas para, de este modo, no tener que escribir una nueva reseña, al menos, durante un mes. Elegí La forja de un rebelde. Estuve sopesando si lo leía en los tres volúmenes como los vende Debolsillo o si me acercaba al grueso único volumen que había sacado Cátedra en 2019 con notas y un estudio previo del profesor Francisco Caudet. Al final me decidí por la segunda opción, porque prefería leer una edición con notas y prólogo (que he dejado para el final, como siempre). Debería decir que esta edición de Cátedra, que me ha acompañado durante todo el mes de agosto, y algunos días más de julio y septiembre, no es, en realidad, nada cómoda. Pesa mucho y la letra ­‒sobre todo la de las notas‒ es realmente pequeña. Creo que hubiera sido más lógico que Cátedra hubiera elegido publicar este libro en dos volúmenes, uno para el estudio de Caudet y La forja y uno segundo para La ruta y La llama. En dos volúmenes publicó, por ejemplo, La Regenta de Leopoldo Alas Clarín, y no sé por qué habrá decidido sacarlo en uno solo esta vez.

 

La forja comienza su acción en 1907, cuando su protagonista ‒llamado Arturo Barea‒ tiene diez años, y llegará hasta 1914. Como leeré después en el estudio de Caudet, Barea toma, en gran medida, datos reales de su biografía para escribir estos libros, pero, teniendo en cuenta la distancia que existe entre el tiempo de escritura (La forja está escrita en 1938, cuando Barea ya había comenzado su exilio en Francia) y el de los recuerdos, Caudet considera que hay aquí recuerdos recreados o inventados para dar continuidad narrativa a lo recordado. La primera escena del libro es muy bella y significativa: Barea evoca los pantalones que se secan, tras haber hecho su trabajo las lavanderas, en las cuerdas de los tendederos a orillas del río Manzanares de Madrid. Barea nació en Badajoz y su padre murió cuando él ‒el menor de cuatro hermanos‒ tenía dos meses. La madre se trasladó a Madrid y allí trabajó de lavandera, y también como sirvienta de unos tíos, para sacar a sus hijos adelante y no tener que entregarlos a la inclusa de los huérfanos. La entrega y la pobreza de la madre, Leonor, serán un símbolo que recorrerá toda la novela. Barea, a pesar de que llegará a disfrutar de una posición económica desahogada en la vida adulta, cerca ya de la guerra civil, nunca olvidará sus orígenes humildes y el sacrificio de su madre, y esto hará ‒pese a sus aires de señorito‒ que se posicione siempre en su vida del lado de los más desfavorecidos.

 

En el comienzo La forja se recrea un verano de Barea en los pueblos de los que eran originarios sus familiares: Navalcarnero, Brunete y Méntrida. Barea empieza a escribir La forja cuando la guerra civil en España dura ya dos años, y en este libro indaga en su pasado fijando su mirada sobre las desigualdades o los problemas del país que van a llevarle a la guerra. Así, de estos pueblos nos describirá, por ejemplo, el modo brutal en el que los mozos celebran las fiestas maltratando animales, o las maniobras de los caciques locales para que otras personas del pueblo tengan que ser pobres o solo puedan trabajar para ellos, creando grandes desigualdades y un enorme caldo de cultivo para el resentimiento. Personas que cultivan la tierra tirando ellos del arado, porque no tienen animales para que lo hagan ellos. También nos mostrará las discusiones entre familiares religiosos y anticlericales.

Durante una temporada leí libros publicados en España durante la posguerra, porque quería saber cómo los escritores salvaban el problema de la censura o qué podía aparecer en las librerías durante esos años. Así, mentalmente estaba asociando la lectura de La forja con estos otros libros, y me sorprendí al leer algunos párrafos en los que Barea hablaba de sexo de un modo explícito. Aunque la escritura de La forja es anterior a otros libros españoles en los que yo estaba pensando (por ejemplo en La familia de Pascual Duarte, 1942, de Camilo José Cela o Los bravos, 1954, de Jesús Fernández Santos) se me hizo, de repente, una propuesta más moderna. La forja se publicó por primera vez en inglés a principios de la década de 1940 en Estados Unidos, y lógicamente no existía allí la censura franquista. También llama la atención, a veces, ver cómo Barea rompe los tabús y cuenta, por ejemplo, que un primo, con el que compartía cama, quiso abusar sexualmente de él. Un primo que, aunque cambiara el nombre, debía estar basado en un familiar real. Imagino que, al haberse asentado en Inglaterra y publicar en inglés, no le preocupaba la reacción de sus familiares atrapados por el franquismo.

 

El lenguaje de La forja es crudo y directo. Barea quería acercarse en su obra al habla del pueblo, del que se sentía parte, y que estaba siendo arrasado por el fascismo. También tiene más de un toque lírico. En realidad, La forja se me ha hecho una lectura muy amena y moderna, sobre todo cuando, en su segunda parte, Barea nos habla de que abandona el colegio de curas escolapios en el que está becado, por sus buenas notas, y empieza a ganarse la vida. Al principio, gracias a la ayuda de unos tíos de su madre con dinero, parecía que iba a poder ser ingeniero, su sueño, pero la muerte del tío lo complica todo, y él no quiere que se le ayude por caridad. Por lo que cuenta, parece que Barea tenía bastante carácter, porque acaba mal con los escolapios y con los jefes de algunas de las empresas por las que pasa. Existe en él un fuerte rencor de clase. Me ha gustado mucho cómo describe el mundo del trabajo en España en la década de 1910. Resulta que, por entonces, ya existía algo muy parecido a la figura del «becario», chicos de catorce años que entraban a trabajar en los bancos sin sueldo. Entraban sesenta y, al año siguiente, la empresa elegiría a tres para que pudieran quedarse y empezar a cobrar.

«De poco tiempo a esta parte las chicas comienzan a trabajar en oficinas y en tiendas en una cantidad cada vez mayor. No se han atrevido a tomar chicas meritorias y en todas partes les dan sueldos pequeños de dos duros al mes. Pero con ellas sustituyeron a los empleados y a los dependientes. Porque con chicos solos no puede llenarse una oficina o una tienda, pero con mujeres y chicos sí. La dependencia de los bazares se ha visto poco a poco en la calle. Había dependientes que llevaban treinta años en la casa y ganaban cincuenta o sesenta duros al mes. Por término medio ganaban cuarenta duros y podían sostener una casa modesta. Ahora toda la dependencia es de muchachas. Muy guapas, con un uniforme negro de satén y un delantalito chiquitín, que venden cuatro veces más que los dependientes antiguos. La que más, cobra quince duros al mes. Del antiguo personal no queda más que un viejo con un gorro negro que se pasea por las salas y aterroriza a las chicas despidiéndolas a la menor falta o las manosea cuando están sacando cajas de algún rincón, sin derecho a que protesten.» (pág. 613-14) En este párrafo, se ve esta modernidad y denuncia de las que hablaba.

Barea se hace sindicalista y al ir a escuchar una charla se enfada y discute con unos obreros, cuando ven entrar allí a un compañero de trabajo y a él, vestido con el traje del banco. «Hoy tenemos a unos señoritos haciendo turismo», le dice un obrero, y Barea le acaba diciendo que ellos cobran mucho menos que él.

 

La ruta empieza en 1921, con Barea convertido en sargento y destinado en África. Como Barea tiene instrucción va a tener la suerte de poder dedicarse a tareas de intendencia y va a poder permanecer apartado de las que van a ser las carnicerías del frente. Más del 80% de los reclutas de muchas zonas de España son analfabetos, nos contará. La ruta es principalmente un compendio de diversas corrupciones que puede presenciar en el ejército. Por ejemplo, para construir una carretera los mandos anotan que tienen que pagar el sueldo de 200 trabajadores, aunque solo haya 160. Los 40 sueldos restantes se los reparten ellos. Y así interminablemente. El ejército español en África es pobre y está mal alimentado; por supuesto, con la comida los mandos también hacer diversas trampas. Los mandos están sobredimensionados y mal pagados. De nuevo, Barea quiere mostrarnos en La ruta algunas de las claves de la guerra posterior. Los mandos africanistas,  y entre ellos hablará de Franco y Millán-Astray, quieren permanecer en África para seguir consiguiendo medallas y ascensos, aunque esto está desangrando al país. Aunque Primo de Rivera, tras su golpe de estado en 1923, quiere salir de África, serán los militares africanistas los que le presionarán para que esto no ocurra. Y, más tarde, las técnicas invasoras y de destrucción serán las que aplicarán en la península contra su propio pueblo republicano.

 

Me ha gustado de La ruta, además de esta denuncia del militarismo, la crítica de las costumbres. Por ejemplo, Barea, harto del casino y del prostíbulo, se irá a vivir con una chica que conoce y paseará con ella como si fuera su esposa, aunque no lo es. Esto le será reprendido por sus superiores: está permitido tener una familia, e ir todos los días al casino y al prostíbulo, pero no convivir con una mujer que no es su esposa a la vista de todos.

Dentro de un nivel muy alto, La ruta es el volumen en el que considero que la trilogía pierde un poco su brío. Éste se recuperará en La llama, que empieza en 1935, cuando ya parece que va a ser inevitable que se dé un golpe militar. Barea ha comprado una casa en un pueblo, llamado Novés. Allí va a dejar a su mujer y sus cuatro hijos durante la semana y él irá los fines de semana. En Madrid, Barea tiene una amante, que es la secretaria con la que trabaja en una empresa de patentes. Barea sabe que su matrimonio ha sido un fracaso y no quiere divorciarse porque sabe también que esto le va a dejar en una mala situación económica. Diría que Barea no es amable consigo mismo cuando habla de estos temas sentimentales y familiares, y en algún momento resulta hasta cruel y cínico. Sin embargo, aún no ha renunciado al amor y quiere a una compañera con la que poder conversar de tú a tú, que no va a ser ni su mujer ni su amante. En 1935 el ambiente está caldeado en Novés, con dos grupos muy divididos. A la gente más humilde de Novés le resulta extraño que el nuevo «señorito» de la capital se identifique como uno de ellos, y llegue a organizar un mitin allí para las elecciones de febrero de 1936.

 

Los comienzos de la guerra están narrados con mucho brío. Barea sentirá con tristeza la violencia del pueblo, que llega a quemar iglesias o a fusilar a personas indefensas, una violencia con la que no se siente de acuerdo. Gracias a unos contactos políticos, pasará a trabajar en el departamento de Censura de Prensa, que opera desde el edificio de la Telefónica en la Gran Vía. Al principio, su tarea ‒supervisar que los periodistas no hablen de pérdidas de la República‒ le parecerá un tanto absurdo, pero se animará cuando vea con que regocijo algunos periodistas extranjeros hablan del avance de las tropas de Franco. En este trabajo conocerá a Ilsa Kulcsar, una austriaca antifascista que habla bastantes lenguas. Ilsa se convertirá en su mujer y será con quien acabe conviviendo en el exilio inglés. Además Barea se convertirá en «la Voz Incognita de Madrid», un locutor de radio que trata de dar ánimo a la población sitiada.

Lo cierto es que toda la peripecia vital de Barea es sorprendente y muy rica, y el fresco que levanta sobre el primer tercio del siglo XX en España es impresionante.

 

Al final del libro leí el estudio de Francisco Caudet. Como, en gran medida, acaba contando la vida de Barea, tenía la sensación de que no me descubría nada nuevo, porque la vida de Barea es la novela de Barea. Sí que me resultó interesante un tema extraño que se da en este libro: a pesar de que está escrito con un lenguaje muy castizo, en más de un caso tiene errores de traducción del inglés. Y esto es extraño porque el lector español piensa que La forja de un rebelde no puede ser un libro más español, pero, sin embargo, se vendió primero en inglés y algunos estudios dicen que se perdió el manuscrito original, y al publicarse en español, para la argentina Losada, Ilsa, que era la traductora al inglés, tuvo que retraducirlo al español. Según Caudet en realidad nunca existió como tal el manuscrito en español, porque Barea escribía notas de un modo desordenado e Ilsa les daba forma al traducirlas al inglés para acelerar la publicación del libro en Estados Unidos. Barea debería haber revisado la versión española con más ahínco. Lo hizo para Losada unos años después de la primera publicación, pero aun así se colaron muchos «falsos amigos» del inglés, porque Ilsa, pese a ser una gran políglota, no controlaba tanto el español como hubiera sido necesario. Esto es más latente sobre todo en la tercera parte, en La llama.

 

La forja de un rebelde es un libro testimonial y una aventura humana muy interesante para un lector actual. He disfrutado mucho de este libro, y Barea se me ha hecho un personaje muy humano y cercano. Será difícil que esta gran novela no esté en la lista de las diez mejores lecturas del año.

domingo, 20 de diciembre de 2020

El mundo alucinante, por Reinaldo Arenas


El mundo alucinante
, de Reinaldo Arenas

Editorial Cátedra. 319 páginas. 1ª edición de 1968; ésta es de 2018.

Edición de Enrico Mario Santí

 

De Reinaldo Arenas (Aguas Claras, Cuba, 1943-Nueva York, 1990) había leído hasta ahora dos libros: Antes que anochezca (1992) y Celestino antes del alba (1967). Antes que anochezca es un libro de memorias, que principalmente quiere denunciar la persecución que sufrió Arenas en Cuba por ser un escritor libre y por ser homosexual. Este libro póstumo (cuando acabó de escribirlo se suicidó), que leí ya hace unos veinte años, me encantó. Después me acerqué con gran disposición a Celestino antes que el alba, su primera novela, y sufrí una decepción. La apuesta de la novela a favor de la alucinación no realista me pareció excesiva. Esta segunda lectura me quitó las ganas de acercarme a una serie de novelas enlazadas que empiezan con El palacio de las blanquísimas mofetas. Sin embargo, recuerdo que mi amigo el escritor Federico Guzmán me decía que para volver con Reinaldo Arenas debía leer la que fue su segunda novela, El mundo alucinante.

 

En los Reyes de 2020 me regalé a mí mismo este libro. Me he acercado a él después de leer Testimonios de la orgía del también cubano Abilio Estévez, donde hablaba de él.

La historia de la publicación de la novela no deja de ser accidentada: Arenas la escribió en 1965, y en 1966 ganó con ella una Mención en el concurso «Cirilo Villaverde» de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, que fue ese año declarado desierto. Aunque Arenas prometió revisar el texto para tal vez ganar y ser publicado, la novela no se pudo publicar y, de forma clandestina salió del país y se publicó, por primera vez, traducido al francés en 1968. Hasta 1969 no se publicó en español en México. En Cuba sigue sin haberse publicado.

 

Esta distorsión en las fechas ha dado lugar a más de un equívoco: en el prólogo que escribió para la edición venezolana de 1980, Reinaldo Arenas se queja de que la crítica ha afirmado que El mundo alucinante ha sido influido por obras del realismo mágico latinoamericano que se escribieron y publicaron después de la suya, como Cien años de soledad (1967) de Gabriel García Márquez.

 

La novela es una parodia fantástica de las Memorias de Fray Servando Teresa de Mier, un héroe bastante olvidado de la independencia mexicana. En el prólogo, Arenas cuentas que descubrió a Fray Servando en un libro de historia y que no pudo dejar de buscar toda la escasa información que había sobre él.

 

El comienzo de El mundo alucinante me ha recordado al de Celestino antes del alba, ya que nos acerca a la infancia de Fray Servando en un entorno rural y violento. Igual que ocurría en Celestino antes del alba, en El mundo alucinante, los familiares de Celestino o Servando quedan retratados por la fiereza con la que se relacionan con los animales o con el niño protagonista. «Ella movió un dedo sobre el que tenía una vela y me la apagó sobre un ojo» (pág. 94); «Te escapas por la cerradura. Te cortas las manos y las siembras» (pág. 96). Esta recreación alucinada de la infancia me ha recordado al libro Madurar hacia la infancia del ucraniano Bruno Schulz, donde la descripción metafórica del mundo que hacía el niño se convertía en real en sus ojos. Por ejemplo, el padre de Bruno Schulz no se movía por las paredes de su tienda de telas como una araña, sino que se transformaba en “una araña”; pues así es como ve Fray Servando la violencia de sus familiares sobre él: su madre le vierte cera de una vela en los ojos o le corta las manos de un modo metafórico-alucinado-real.

 

Servando deja Monterrey para ascender (literalmente lo hace sobre una montaña de botellas) hasta la Ciudad de México, donde entrará en un seminario. Diría que en las escenas del seminario, Arenas hace un homenaje a La vida del Buscón de Francisco de Quevedo, puesto que esta parte está narrada en clave picaresca y recuerdo –de la edición de Cátedra en la que leí El Buscón– que ante una inocentada en la que los estudiantes arrojaban nabos a Pablos, Quevedo dice que aquello era una «batalla nabal», con ese error ortográfico tan oportuno. En el seminario los estudiantes arrojan a Servando velas encendidas y a esto Arenas lo llama «batallas capillales».

 

El joven Servando, ya ordenado sacerdote, se ha convertido en el mejor predicador de México. Por ello le será encomendado dar un discurso sobre la Virgen de Guadalupe en la Navidad de 1794. Las palabras que elige para hacerlo le perseguirán toda la vida. Ante todas las autoridades del virreinato, Servando va a afirmar que la aparición de la Virgen en América es anterior a la llegada al continente de los españoles, y por tanto de ningún modo se justifica su presencia allí. Empezará entonces una persecución a Fray Servando que va a durar toda su vida y que se desarrollará por dos continentes, América y Europa.

 

Arenas dice en el prólogo de su novela que Fray Servando es él mismo. En clave fantástica, alucinada y paródica, Arenas está hablando de sí mismo a través de Fray Servando. Como él, Arenas proviene de un mundo rural de violencia y, como joven, llega a la capital de su país para formarse (en un caso México y en el otro Cuba) y ante su palabra escrita, en la que los dos expresan su pensamiento con libertad, van a sufrir censura y persecuciones por parte del poder. Fray Servando acabará pasando por múltiples cárceles. Las miserias que pasa en ellas serán minuciosamente descritas. También acabará en El Morro, la cárcel habanera en la que estuvo Arenas.

«He sido desterrado de mi patria y vilipendiado, solamente porque quise que la verdad ocupase su lugar sobre todas las sartas de ruindades entre las cuales he tenido que deslizarme» (pág. 181).

 

En la novela se critica con saña a la Inquisición; de forma exagerada en muchas de las calles de las ciudades de la novela se queman a supuestos herejes. Arenas escribe en contra de cualquier sociedad que reprima la libertad de pensamiento del individuo, y en este aspecto es donde choca con el régimen cubano. Recordemos que El mundo alucinante todavía no se ha publicado en Cuba, cuando han pasado ya más de cincuenta años de su aparición.

Hay partes de El mundo alucinante que están escritas en primera persona, en segunda y en tercera. Aunque las tres tienden a la exageración y la fantasía, diría que la primera persona, cuando toma la palabra directamente Fray Servando, es en la que estos elementos compositivos de la exageración y la fantasía se llevan más al extremo. En más de una ocasión, las tres voces narrativas narran la misma historia con enfoques diferentes. En el prólogo Arenas dice que los mecanismos de la Historia le parecen insuficientes para acercarse al pasado. De hecho, en más de un capítulo de El mundo alucinante he pensado en el prólogo de Cien años de soledad, que acompañaba a la edición conmemorativa de la RAE y Alfaguara. En él se decía que García Márquez describía la realidad americana con el tono fantástico con que la describieron en sus bitácoras los primeros navegantes europeos que llegaron al Nuevo Mundo. Y esto es lo que hace en gran medida Arenas, unos años antes que García Márquez (conviene recordarlo).

 

La novela es tremendamente posmoderna. Además de todos sus elementos fantásticos, aparecen en su trama personajes literarios, como el Orlando de Virginia Woolf, que será la persona encargada de presentar a Fray Servando a la nobleza inglesa. También Fray Servando será capaz de huir encarnado en otra persona. No disfrazado de otra persona, sino siendo «otra persona». Este tipo de detalles, unido a la inverosimilitud de las relaciones de causa-efecto establecidas en las escenas, me ha hecho pensar que El mundo alucinante ha ejercido una gran influencia en la obra de César Aira.

Me ha parecido divertida la descripción que Arenas-Servando hace de la ciudad de Madrid. Una crítica realmente severa, en la que parecía Thomas Bernhard hablando de Viena. «En general se dice que los hijos de Madrid son cabezones, chiquitos, farfullones, culoncitos, fundadores de rosario y herederos de presidios, y eso también es verdad, pues no existe sobre la tierra pueblo más corrompido y sucio» (pág. 162).

 

Se explica en el prólogo que el título, El mundo alucinante, posiblemente sea una parodia de la novela El siglo de las luces de Alejo Carpentier. Ya conocía la animadversión de Arenas hacia Carpentier por mi lectura de Antes que anochezca. Para Arenas, Carpentier es un escritor servil y complaciente con el poder. Gracias al prólogo de Enrico Mario Santí sé que Carpentier estuvo, por dos veces, en el jurado que impidió que Celestino antes del alba y El mundo alucinante ganaran los premios de la Asociación de Escritores de Cuba. El tramo final de El mundo alucinante se vuelve especialmente barroco al parodiar el estilo de Carpentier y en él se critica a un poeta que no para de hacer loas al nuevo poder del México independiente, que pronto se mostrará tan injusto como el anterior, en una clara alusión, de nuevo, a la situación cubana.

 

El mundo alucinante me ha gustado más que Celestino antes del alba, me ha parecido un libro más maduro. Las páginas de esta novela contienen imágenes fantásticas muy poderosas, como esas en las que Fray Servando está encadenado de tal modo que las cadenas forman una inmensa bola de acero a su alrededor, lo que hará que se derrumbe la prisión en la que está encerrado y aparezca rodando en la batalla de Trafalgar. Sin embargo, también he de decir que algunas de las relaciones causa-efecto ilógicas del libro me expulsaban a veces de él. Decía Borges que las narraciones fantásticas funcionan cuando el lector percibe que están construidas con unas reglas, con una lógica interna férrea; y la ausencia de reglas constructivas de El mundo alucinante me ha superado en más de una ocasión. Sobre todo me ha ocurrido con la parte final, en la que la crítica a los poetas institucionales –dardo envenenado y personal a Alejo Carpentier– no parecía que acabara de seguir la lógica de la novela.

 

Admiro de Reinaldo Arenas su libertad y la contundencia de su prosa, pero sigo pensando que sus memorias, Antes que anochezca, es el libro que más me gusta de él y al que quiero volver. En cualquier caso, este próximo diciembre de 2020 se cumple el 30 aniversario de la muerte de Reinaldo Arenas y es un escritor cuyo deseo de libertad siempre debemos recordar. 

domingo, 6 de mayo de 2018

El matadero y La cautiva, por Esteban Echeverría


Editorial Cátedra. 222 páginas. 1ª edición de 1871 y 1837.
Edición de Leonor Fleming

Como ya conté la semana pasada, tras leer la novela Echeverría de Martín Caparrós, cuyo protagonista era Esteban Echeverría (Buenos Aires, 1805 — Montevideo, 1851), me pareció que lo más lógico era acercarme a la obra de este autor inaugural de la literatura argentina. Mi novia estudió Filología Hispánica y en las estanterías de su biblioteca tiene muchos libros clásicos de la editorial Cátedra. Ella lleva tiempo insistiéndome con la idea de que, ya que me gusta tanto la literatura argentina, debería leer algunas de sus obras fundacionales, como El matadero de Esteban Echeverría, Martín Fierro de José Hernández o Facundo de Domingo Faustino Sarmiento. Los tres libros están en mi casa. Por fin me he acercado a uno de ellos.

Dejé el estudio previo que acompaña al libro para él final y empecé leyendo El matadero. Se trata de una narración de tan sólo 23 páginas, que algunos califican de «cuento» y otros de «crónica». Echeverría lo escribió en Los Talas, una finca familiar, cercana a Buenos Aires, pero ya en un territorio ajeno a la ciudad. Está escrito entre 1838 y 1840, cuando en Buenos Aires la policía política del dictador Juan Manuel de Rosas (perteneciente al movimiento político de los «federales») se mostraba más activa contra los «unionistas», tendencia política liberal a la que pertenecía Echeverría. En esta época de represión, Echevarría toma un escenario del arrabal de la ciudad, como era el del matadero –que él conocía bien porque había vivido de niño muy cerca del lugar– para escribir una historia política. La narración empieza hablando de un periodo de lluvias torrenciales sobre Buenos Aires, que han hecho que haya escasez de carne. De esto se culpa, desde la iglesia y el pueblo, a los «unionistas», encarnación de todos los males. Cuando Echeverría hace estas consideraciones su estilo es irónico. Echeverría entra en el matadero y describe la brutalidad de las gentes que lo habitan y su lenguaje soez. Entre ellos destaca el personaje de Matasiete, que será la primera representación literaria en Argentina del que luego será el gaucho, pero también el malevo. Como luego leeré –comentado por Leonor Fleming– en el prólogo, Matasiete es la verdadera creación literaria de El matadero, aunque Echeverría quiera darle el protagonismo a un joven unionista del que los brutos del matadero harán terrible burla. El joven representa los valores de libertad y europeísmo (no español, claro) que Echeverría defendía para su nueva nación. Pero su discurso resulta engolado y vacío, mientras que Matasiete es un verdadero personaje, definido por sus acciones. Me gusta la reflexión que Fleming establece sobre esto: cuando Echeverría pone en boca de sus personajes sus ideales políticos, su literatura se resiente; y acaba siendo un escritor valioso, a pesar de sí mismo, cuando centra su mirada en otra realidad que le rodea, pero que se escapa al ideal: la brutalidad del matadero, o la dureza de la pampa en La cautiva.

Como apuntaba Caparrós, El matadero es un texto que perfectamente aguanta una lectura modera. De hecho, como apuntaba mi novia, debería haberlo leído antes. De este texto parte, por ejemplo, en gran medida la narración de mi admirado Roberto Arlt. También me doy cuenta, ahora, de que El fiord de Osvaldo Lamborghini está conversando, en gran medida, con El matadero. Saber esto, sin embargo, no hace que El fiord me guste más, que –como ya dije en su momento– me parece una obra totalmente sobrevalorada. El matadero es bastante mejor que El fiord.

Después de El matadero, leí La cautiva. Un largo poema escrito, principalmente en octosílabos. Como decía Caparrós, aunque Echeverría consideraba que sería recordado por este tipo de poesías, y no por El matadero (que si siquiera quiso publicar en vida), se equivocaba, y las poesías se han quedado, ahora mismo, bastante anticuadas. Estoy de acuerdo con Caparrós. En realidad, se tarda poco en leer La cautiva y es un texto curioso. De él, destaca la descripción del desierto, de la pampa, hasta ahora un territorio fuera del imaginario literario sudamericano. En La cautiva se habla del amor de María y Brian, secuestrados por los indios (los «salvajes», en boca de Echeverría, que no deja aquí en muy buen lugar a los nativos americanos), creando esa fuerte dicotomía argentina de «civilización y barbarie». Gracias al coraje de María, los dos logran escapar, no sin producirse antes una escena un tanto patética para una lectura del siglo XXI: cuando María, cuchillo en mano, libera a Brian, éste le dice: «María, soy infelice,  / ya no eres digna de mí.», porque cree que ella ha sido violada por los indios, y éstos al haber «ajado la pureza de tu honor» hacen que la mujer se aparte de su idea de amor romántico. Por fortuna, para los dos, ella ha defendido su «honor» cuchillo en mano y pueden huir al desierto. Esto no supondrá una liberación, puesto que en el desierto, con todos los elementos en contra, volverán a sentirse «cautivos». El poema gana cuando se describe la naturaleza, y la escena titulada «El festín», por su brutalidad, recuerda a las imágenes que luego Echeverría creará en El matadero. Como apunta Fleming, Echeverría va dejando atrás los presupuestos del romanticismo y entra en los del naturalismo. El poema, pierde de nuevo, igual que ocurría en El matadero, cuando Brian, en plena agonía, da en el desierto un discurso sobre los ideales de la posición unionista. De nuevo, Echeverría pierde cuando idealiza y gana cuando describe la barbarie que ve a su alrededor.

Después de las dos obras de Echeverría, he leído el estudio previo de Leonor Fleming, de unas ochenta páginas. En él, he vuelto a leer sobre la época que vivió Echeverría, y que, más o menos, conocía gracias a la reconstrucción del siglo XIX que hace Martín Caparrós en su Echeverría.
En la biografía que Fleming elabora sobre Echeverría se le da más importancia a la guitarra, como elemento simbólico, que la que le da Caparrós en su novela. En esta biografía de Fleming no se habla de ningún intento de suicidio (recordemos que así empezaba la novela de Caparrós), ni de ningún amor con una prima que acaba muriendo en el campo. Lógicamente, la novela de Caparrós es una ficción, encajada en un periodo histórico, sobre un hombre del que realmente no tiene los datos suficientes para conocer su vida de forma real y juega, con la ficción, a inventarse una vida para él.

Gracias a la novela de Caparrós sabía, por ejemplo, que Echeverría fue el primer argentino que publicó en su nuevo país un libro de poemas, que sería Los consuelos, publicado en 1834. Aprendo ahora, además, que Elvira, publicado en 1832, es el primer poema del romanticismo en lengua española. Echeverría quería saltarse los modelos literarios españoles y por eso mira hacia lo que se está haciendo en Francia en ese momento. La publicación de Elvira se anticipa un año a la publicación de El moro expósito del duque de Rivas, que sería la primera obra romántica española.

«En la dicotomía entre la patria idealizada y la geografía tumultuosa del país real hay una contradicción que interioriza el poeta; racional y conscientemente opta por la primera y se impone voluntariamente la tarea de reflejarla en el poema, pero afectiva y subconscientemente elige, o es elegido, por la segunda, la que su subjetividad rescata con más ímpetu y mejores versos.», como ya he apuntado antes me gusta esta reflexión que hace Fleming en la página 66 del prólogo.

Creo que ha sido una buena idea leer Echeverría de Martín Caparrós, y El matadero y La cautiva de Esteban Echeverría seguidos. El matadero es una lectura muy interesante, muy reveladora para cualquier lector al que le interese la literatura argentina. La cautiva se ha quedado más anticuada, pero como curiosidad romántica resiste una lectura. Y el prólogo de Leonor Fleming me ha resultado muy instructivo. Ahora ya solo me falta acercarme, por fin, al Martín Fierro de Hernández y al Facundo de Sarmiento. O, quizás, tal vez, también me falte empezar a usar el voseo por las calles de Madrid.

domingo, 23 de abril de 2017

La casa en el límite, por William Hope Hodgson.

Editorial Cátedra, letras populares. 267 páginas.
Primera edición de 1908; ésta es de 2016.
Edición y traducción de Jesús Jiménez Varea.

Después de haber descubierto la colección Letras populares de Cátedra gracias a Gestarescala de Philip K. Dick, libro que solicité a la editorial y que ésta me envió para que lo comentara, estuve curioseando por su página web. Me pareció que La casa en el límite de William Hope Hodgson (1877, Blackmore Ende, Gran Bretaña-1918, Ypres, Bélgica) me podía gustar. Se lo solicité a la editorial y también me lo enviaron. Muchas gracias.

De Hodgson había leído dos cuentos: Demonios del mar y Una voz en la noche, que aparecían en Una antología de cuentos de terror en el mar, un magnífico libro para los amantes de los cuentos de terror, publicado por Valdemar. El segundo cuento lo volví a leer en otra de las antologías de Valdemar: Los mejores relatos de terror aparecidos en Valdemar. En la primera antología, me pareció que la voz de Hodgson destacaba. De hecho, Valdemar ha publicado un libro con todos sus cuentos de terror en el mar titulado Los mares grises sueñan con mi muerte, que más de una vez he pensado leer.

A la novela le anteceden unas cincuenta páginas, escritas por Jesús Jiménez Varea (que también es el traductor), que hablan de la vida de Hodgson y analizan su obra. Las dejé para el final y comencé directamente con la novela. A ésta la acompañan sesenta y una notas que se pueden consultar en quince páginas finales. Las notas son muy curiosas: explican al lector algunas costumbres de la época, la relación de Hodgson con los escenarios elegidos en su novela, alguna idea física de las fantasías propuestas por el autor e incluso aclaraciones sobre algunos problemas de traducción.

La casa en el límite comienza con dos amigos que, en 1877 (el año de nacimiento del autor), han decidido pasar una semana pescando en un riachuelo de una remota región del noroeste de Irlanda (en esta zona, nos contarán las notas, el padre de Hodgson, pastor anglicano, fue enviado para evangelizar a los nativos católicos, con los que tuvo más de un enfrentamiento). Los lugareños los mirarán con recelo. Siguiendo la corriente del río llegarán a un lugar extraño, donde parece haber un jardín de árboles frutales abandonado y una casa derruida al borde de un abismo. «¡Qué agreste lugar, tan lúgubre y tenebroso!», leemos en la página 81 y «El abismo, tal como lo describió Tonnison, parecía, más que cualquier otra cosa, un pozo o un foso gigantesco que se internaba directamente en las entrañas de la Tierra», en la página 85. Entre las ruinas de la casa encontrarán un libro manuscrito, algo destrozado en su parte central, que se llevarán a su campamento para leerlo. El manuscrito se titula La casa en el límite. Este primer capítulo está contado en primera persona. En el segundo, el lector se acercará a otra primera persona, el antiguo habitante de la casa. El manuscrito empieza así: «Soy un hombre viejo. Vivo en esta casa antigua, rodeada por unos jardines enormes y descuidados» (pág. 88). Este hombre vive en la casa junto a su hermana, que ejerce de ama de llaves, y su perro, Pepper. En el manuscrito se propone relatar algunos hechos sobrenaturales que le han acontecido en la casa. Primeramente se describe un viaje astral, en el que el narrador se enfrentará a una serie de deidades que han sido adoradas por antiguas civilizaciones de la Tierra (Kali, la diosa hindú de la muerte; el dios egipcio Set, o Seth, el Destructor de Almas…). Al lector de libros clásicos de terror, este viaje a través de las estrellas puede recordarle a las historias propuestas por H. P. Lovecraft y sus primordiales. Según se explica en las notas, La casa en el límite la leyó el propio Lovecraft cuando ya había escrito los relatos principales de su ciclo de terror cósmico. En cualquier caso, Hodgson parece un antecedente claro de Lovecraft.

Después de este primer viaje astral, el narrador empezará a recibir en la casa la visita de unos extraños seres con forma de cerdos erguidos. Me ha gustado leer en el prólogo una denominación de la escritora Farah Mendlesohn sobre este tipo de narraciones: las llama «fantasías de intrusión» (pág. 45). Las páginas del libro en las que se describe el ataque de estos seres (que en apariencia provienen de un pozo cercano a la casa) y la defensa que ejerce el narrador me han parecido las más divertidas del libro. Tienen todo el encanto de las revistas pulp de la época. En una de las notas se cuenta que el escritor de fantasía Terry Pratchett señala que una de las posibles explicaciones de la novela es que el narrador esté loco y que su relato sea una fantasía. Esto se vería justificado porque, cuando le ve con una escopeta, dispuesto a defender la casa del ataque de los seres porcinos, su hermana se encierra en su cuarto, temerosa de él. Para Pratchett, La casa en el límite es su novela de horror favorita. Habla de ella en estos términos: «Olvidaos de los vampiros y los derramamientos de sangre (…), aquí es donde empiezan los gritos de verdad, en el vacío exterior, donde nadie puede oírlos. Fue el Big Bang de mi universo privado como lector de ciencia ficción/fantasía y, más adelante, como escritor» (pág. 54).

Después de este ataque se incrementa el deseo del narrador de averiguar qué está ocurriendo. Para ello no dudará en descolgarse por el pozo del que parecían provenir los seres porcinos. En la narración se justifica que el personaje no huya del lugar porque, en las visiones que tiene, allí ha empezado a aparecer un amor de juventud y quiere que eso se repita. O tal vez no huye de la casa porque está loco. El personaje de la hermana queda bastante desdibujado en la historia.

Hay una parte de la novela, que posiblemente sea la más famosa, que a mí me gusta menos: aquella en la que se describe un viaje astral en el que el narrador acaba contemplando el fin del mundo, porque llevará en sus viajes a un momento del tiempo en el que la luz del sol ha dejado de brillar. Se cita aquí como influencia La máquina del tiempo de H. G. Wells. Esta parte de la novela recuerda la recreación de visiones de mundos fantásticos de Lord Dunsany o de H. P. Lovecraft, como La búsqueda en sueños de la ignota Kadath. En este tipo de historias, la descripción de un mundo maravilloso prima sobre la creación de una verdadera atmósfera de terror, y yo las disfruto menos que una narración clásica de terror con ribetes pulp. En cualquier caso, estoy de acuerdo con el crítico de literatura de terror S. T. Joshi cuando señala que La casa en el límite está constituida por una serie de interludios de horror, pero falla como novela unificada. Para él, el relato del viaje del narrador hacia el futuro y la contemplación de un mundo acabado es «una de las mejores secuencias de la literatura de horror». Ya he comentado que yo no soy de los que disfrutan especialmente con estas fantasías descriptivas, en las que el narrador siempre parece acorazado ante los peligros que describe.

Me ha gustado mucho la lectura final del texto introductorio de Jesús Jiménez sobre la vida y la obra de Hodgson, que con trece años se enroló en un barco como grumete, permaneció diez en alta mar, dando varias veces la vuelta al mundo, y después se ganó la vida como escritor de narraciones de género para las revistas de la época. Para Hodgson, los relatos eran alimenticios y de lo que más orgulloso estaba era de sus cuatro novelas. Las páginas en las que se resume el argumento de su novela The Night Land son maravillosas de puro delirantes; parecen uno de esos relatos que introducía Roberto Bolaño en sus narraciones cuando hablaba de escritores descalabrados. Hodgson, ya con cuarenta años, se empeñó en participar como voluntario en la Primera Guerra Mundial y murió en Bélgica en 1918.


La casa en el límite es una narración extraña, con páginas muy divertidas, otras muy líricas y muy diferentes a las anteriores, en las que se rompe la unidad novelística y que pueden desconcertar al lector. Como ya he señalado, yo he disfrutado más de unas partes que de otras, y me ha gustado mucho la introducción a la vida y la obra del autor. Una narración, en sí misma, fascinante. Me está apeteciendo cada vez más leer Los mares grises sueñan con mi muerte, volumen que recoge todos sus cuentos de terror en el mar. En cualquier caso, La casa en el límite es uno de los clásicos de terror moderno que gustará, por ejemplo, a los lectores de H. P. Lovecraft.