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domingo, 10 de julio de 2022

Renacimiento, por Kenzaburo Oé

 


Renacimiento, de Kenzaburo Oé

Editorial Seix Barral. 314 páginas. 1ª edición de 2000; ésta es de 2009.

Traducción de Kayoko Takagi

 

Ya conté que, después de más de veinte años, me apeteció volver en este 2022 con el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935). Para ello leí El grito silencioso (1967), una de las novelas más significativa de su primera etapa, la que precede a la concesión del Premio Nobel en 1994, y releí Cartas a los años de nostalgia (1987). Después he seguido por Renacimiento (2000), que se corresponde con la segunda etapa creadora de Oé, después del Premio Nobel. Estas dos etapas en España se marcan con un detalle muy simple, los primeros libros están publicados por Anagrama y los segundos por Seix Barral (aunque creo que no en todos los casos).

 

El personaje principal de Renacimiento es Kogito Choko, un escritor en la primera etapa de su vejez, del que sabremos ‒en la página 74‒ que en el pasado tuvo que dar una conferencia en Estocolmo. Sin decirlo de forma explícita, el lector entiende que esta conferencia hace referencia al Premio Nobel, y que Kogito Choko es un alter ego del propio autor.

Me comentó el escritor Paco Bescós, que leyó con profusión la obra de Oé, con el fin de documentarse para su libro Las manos cerradas, que Cartas a los años de nostalgia, cuyo protagonista se llama Kenzaburo, se había leído en Occidente como si se tratase de una obra autobiográfica, y no como una obra híbrida entre la realidad y la ficción. Esto hizo que en sus siguientes libros, Oé decidiera cambiarle el nombre a su protagonista para seguir realizando autoficción. Es decir, para hablar de sí mismo, pero deformando la realidad y creando distintos planos sobre sí mismo con el mecanismo de la ficción.

La novela empieza cuando Kogito recibe la noticia de que Goro, su amigo desde la adolescencia y su cuñado, se ha suicidado saltando al vacío en un hotel de Berlín. Esto está basado en un hecho real: el cineasta Juzo Itami, cuñado de Oé, se suicidó. Tanto en la vida real como en la novela, hay sospechas de que la yakuza, la mafia japonesa, estuvo detrás de esta muerte. Kogito también nos hablará en el libro de su propia experiencia con la yakuza japonesa y la extrema derecha, de la que ha sufrido varias atentados por escribir sobre la época en la que acabó la guerra y las personas que no quisieron aceptar la rendición del país a los norteamericanos. En este sentido volverá a hablar del pueblo del que procede ‒aunque no se diga el nombre‒ en la isla de Shikoku, la cuarta más grade del Japón. En esta ocasión nos hablará de la difusa figura del padre, que en otros libros casi no aparece retratada y de la que simplemente se cuenta que murió en la Segunda Guerra Mundial, cuando el autor tenía diez años. En este libro, el padre de Kogito se convertirá en una de estas personas que no aceptan la colonización norteamericana y morirá en un atentado contra las nuevas fuerzas del orden. La narración patética de este suceso en una novela será lo que desate en su contra las iras de la ultraderecha. En Cartas a los años de nostalgia, la ultraderecha perseguía a Oé por haber ridiculizado a un joven ultra en un relato. En Renacimiento se hablará, de nuevo, de la revuelta campesina que vivió el pueblo originario de Oé en el siglo XIX, tema que se trataba también en El grito silencioso.

 

Kogito establece una relación con Goro a través del «tagane». Al principio no entendía a qué se estaba refiriendo el autor, y más tarde comprendí que el tagane era un radiocasete en el que Kogito escuchaba cintas que le había dejado su amigo, hablando de su vida en común. Tagame es, en idioma japonés, un tipo de insecto con antenas, al que al parecer se parece el radiocasete y de ahí viene su nombre. Kogito escucha por las noches estas cintas en la biblioteca de su casa, donde también duerme. Las va parando y contesta a Goro, y de este modo establece un diálogo con el más allá, que acabará asustando a su mujer Chikashi, y a su hijo Akari, que tiene problemas mentales y que es compositor de música sinfónica. Akari es un trasunto de su hijo Hiraki Oé, que aparece en muchos de sus libros. En esta ocasión, no se habla de más hijos.

En algún momento, el «tagame», ese medio de comunicación con su amigo Goro, que «había pasado al otro lado», me ha hecho pensar en un invento futurista de una novela de Philip K. Dick.

 

Kogito siente que debe desengancharse del tagame y decide aceptar ser profesor visitante en Berlín, ciudad en la que vivirá él solo cien días. Allí conocerá a algunas de las personas que trataron en sus últimos días a Goro y que le podrán dar pistas sobre su muerte.

Cuando vuelva a Tokio, Kogito recibirá el guion y el storyboard de la siguiente película que iba a realizar su cuñado, donde narra un episodio vivido entre Kogito y Goro en su juventud, cuando se conocieron en el instituto, en Matsuyana, capital de la isla de Shikoku. Kogito leerá este material y comentará su propia versión de los hechos, que tienen que ver con un intento de captación para un grupo de ultraderecha que pretendía atentar contra intereses norteamericanos. De nuevo, Kogito se comunica con su amigo, que le sigue lanzando mensajes desde el «más allá», y todas estas formas de acercarse a los temas de los que el autor nos quiere hablar me han parecido muy originales. Además, en la parte final, la narración está contada desde el punto de vista de Chikashi, la mujer de Kogito. No cabe duda de que Oé es uno de los maestros actuales de la narrativa.

 

Los juegos de autoficción siguen, y se habla de A los años de nostalgia, un libro que escribió Kogito en el pasado, y que de forma nada disimulada es Cartas a los años de nostalgia. Incluso se habla de Gii, uno de los personajes, y se vuelve sobre un episodio narrado en Cartas a los años de nostalgia en el que se hablaba de alguien que observa, a través del ventanuco de un baño, las relaciones sexuales de otros, y aquí se vuelve sobre este episodio, pero ahora son otros los personajes.

Kogito nos habla de que su amigo Goro se opuso a su boda con su hermana Chikashi, episodio que también se narra en Cartas a los años de nostalgia. E incluso de narra el final de Cartas a los años de nostalgia, que coincide con el final de A los años de nostalgia.

En Cartas a los años de nostalgia, Oé nos hablaba de Gii, un amigo de su pueblo, cinco años mayor que él, que se convertirá en su guía y maestro, alguien que le introducirá en algunos de sus autores occidentales favoritos. Y, ahora, esta figura del maestro parece desplazarse hasta Goro, que será ‒según Renacimiento‒ quien le muestre al personaje principal algunos poemas de autores como Blake o Dante, que en la otra novela le mostraba Gii. De este modo, Oé vuelve sobre el tema del maestro y el discípulo, que es uno de los motivos clásicos de la literatura japonesa, como en el famoso Kokoro (1914) de Natsume Soseki.

 

En la página 58, Chikashi, la mujer de Kogito, le dije que tenía más chispa como escritor cuando en su juventud leía novelas occidentales traducidas, que en la actualidad, cuando tras su estancia en Ciudad de México (dato real de la vida de Oé), cuando empezó a leer esos libros en su idioma original. Kogito, en un ataque de sinceridad, le contesta que «es posible que la chispa de las palabras atractivas se haya desvanecido.» y que las ventas de sus libros empezaron a bajar cuando pasó de los cuarenta y cinco años.

Quizás podría parafrasear esta conversación de la pareja para emitir mi propio juicio final sobre Renacimiento, la primera de las novelas que leo de Oé después de haber ganado el Premio Nobel. Renacimiento me parece una gran novela, una novela en la que un maestro de la narración explota multitud de recursos para hablarnos de la relación entre dos amigos, cuando uno de ellos ya ha muerto. Pero, en cierto modo, reconociendo los méritos tal vez le pueda dar un poco la razón al personaje de Chikashi, cuando le echa en cara a Kogito que ha perdido parte de su chispa. Renacimiento es una gran novela, pero si alguien no ha leído nada de Kenzaburo Oé le recomendaría que empezara por sus novelas anteriores a la concesión del Premio Nobel.

domingo, 26 de junio de 2022

Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

 


Cartas a los años de nostalgia, de Kenzaburo Oé

Editorial Anagrama. 444 páginas. 1ª edición de 1987; ésta es de 1997.

Traducción de Miguel Wandenbergh

 

Ya conté, en la reseña anterior, que me apeteció volver en este 2022 con el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935), del que leí cinco libros a finales de los años 90: La presa (1957), Una cuestión personal (1964), Cartas a los años de nostalgia (1987), Arrancar las semillas, fusilad a los niños (1958) y Dimos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966). Buscando información sobre Oé llegué hasta un artículo del escritor Gonzalo Torné en Ctxt en el que recomendaba la lectura consecutiva de El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, «La lectura de estas dos novelas revela una concepción circular del entendimiento, el recuerdo y la interpretación».

 

Me pareció una buena idea, porque Cartas a los años de nostalgia la había leído en 1999, y recordaba muy pocas de sus escenas, pero sí que me había gustado mucho. Me recordaba leyéndola en la cafetería de la universidad Carlos III, donde estudié, y sintiéndome feliz. Así que después de sacar El grito silencioso de la biblioteca de García Noblejas, saqué Cartas a los años de nostalgia de la de Móstoles. Después del veintitrés años, el libro no estaba en los anaqueles, expuesto al público, sino que descansaba sus días en un lugar llamado «el Depósito», donde van a parar los libros que no saca nadie después de mucho tiempo y que, afortunadamente, la biblioteca decide no destruir. Me entregaron, después de tantos años, el mismo ejemplar de Anagrama que leí en 1999, y no parecía muy estropeado. Quizás fui yo su último lector.

 

El protagonista y narrador de Cartas a los días de nostalgia es Kenzaburo Oé, un escritor japonés de mediana edad, cuyo hijo mayor se llama Hikari, y tiene una minusvalía mental. Cuando leí este libro por primera vez lo hice como si se tratara de una autobiografía, a lo que invita además la contraportada de Anagrama. Así se ha leído también y principalmente en Occidente, pero al parecer, por lo que sé ahora, debemos tener cuidado con esto. Aunque el personaje sea escritor, se llame igual que él y los miembros de su familia también, no tiene por qué está hablándonos totalmente de hechos reales. Se trataría más bien de una «autoficción», una novela donde el autor fabula usando su propia vida. De hecho, después del premio Nobel de 1994, Oé siguió haciendo autoficción, pero decidió que el narrador de sus libros tuviera un nombre que no coincidiera con el suyo.

 

Oé recibe una llamada telefónica de Osetchan, esposa de Gii, su amigo y maestro de la infancia. Osetchan le pide a Oé que vuelva al valle donde está su pueblo natal para hablar con Gii, que cada día parece estar más extraño. Oé, junto a su familia ‒su mujer y sus tres hijos‒, decide hacer un viaje desde Tokio a Shikoku, la cuarta de las islas que componen el archipiélago de Japón y de donde Oé es originario. Oé empezará a explicarle al lector de dónde parte su relación con Gii, que es cinco años mayor que él, y con el que empezó a tratar cuando Oé tenía diez años y Gii quince. Después de las clases del colegio Oé irá a la casona donde vive Gii, y este le ayudará con sus estudios. Más tarde, después de que Oé se haya trasladado a Matsuyama, la capital de la provincia, para estudiar el bachillerato, y suspenda su acceso a la universidad, al volver al pueblo Gii le ayudará a preparar de nuevo esos exámenes.

 

Oé acabará estudiando en la universidad Filología Francesa, pero su amigo Gii le ha guiado también en el inglés, descubriéndole poetas como William Blake. Gii será, durante toda la vida de Oé, un maestro, un amigo y un guía, de que escuchará siempre sus consejos y comentarios, alguien que puede incluso hacer que se tambaleé su vocación literaria con alguna de sus comentarios.

Después de una primera parte en la que desde el presente narrativo se evocan algunas escenas del pasado, en la segunda parte Oé narrará desde el momento en el que era un niño en el valle, que acabará yéndose primero a la capital de la provincia y después a Tokio. Hacia el final de la narración se alcanzará de nuevo el tiempo del comienzo y se avanzará un poco más. El personaje mismo nos informa de algunos de sus planes narrativos, como por ejemplo en la página 113, donde leemos: «Prefiero dejar la continuación de esta conversación entre Gii y yo para el final de esta historia».

Oé ha mantenido durante mucho tiempo una relación epistolar con Gii, que no se interrumpió ni cuando Oé aceptó ser profesor invitado en una universidad de México (algo que ocurrió en la vida real).

Como comentaba Gonzalo Torné en su artículo, Cartas a los años de nostalgia establece paralelismos con El grito silencioso. Los dos personajes, Oé y Mitsu, regresan desde Tokio hasta el pueblo de sus orígenes, en un valle de la isla de Shikoku. En El grito silencio sobre este regreso pende un aire de amenaza, que en Cartas a los años de nostalgia, sería, como su título indica, más bien un retorno nostálgico. El existencialismo pesimista, propio de los escritores franceses de la década de 1960, como Jean Paul Sastre impregna las páginas de El grito silencioso, y será en Cartas a los años de nostalgia donde Oé nos hable de su descubrimiento de los libros de Sartre.

Quizás las páginas que más me han gustado del libro son aquellas en las que se evoca el paso de Oé por el instituto, y las relaciones que establece allí con otros estudiantes o profesores, en el entorno de violencia que propició el fin de la guerra.

 

La casa en la que vive Gii en Cartas a los años de nostalgia es una de las casonas más antiguas de la región, una casona perteneciente a una familia de potentados. Ésta es la casona que en El grito silencioso pertenece a la familia de los protagonistas, los hermanos Mitsu y Takashi. Algunos de los rasgos de la personalidad de Takashi, el hermano pequeño del narrador de El grito silencioso, pertenecen a Gii en Cartas a los años de nostalgia. Incluso algunos de los sucesos trágicos y ominosos que van a suceder en la vida de Gii le sucederán a Takashi.

De hecho, en Cartas a los años de nostalgia hay algún momento en el que el narrador Oé reflexiona sobre su vida y su obra, y él mismo explica qué elementos ha cogido de la realidad, que supuestamente es «real» y de la que habla en Cartas a los años de nostalgia, para componer El grito silencioso. En los dos libros se hablará también de las protestas contra el Tratado de colaboración con Estados Unidos, que fueron bastante multitudinarias y violentas a principios de la década de 1960.

También he reconocido otras escenas del libro que se evocan en otros libros, como cuando se narran los días del fin de la guerra, cuando Oé tenía diez años, en 1945, momentos que narra en su primera novela, La presa.

En la narrativa de Kenzaburo Oé es habitual que esté presente el alcohol, y en Cartas a los años de nostalgia, Oé nos cuenta que necesita emborracharse cada noche para vencer su insomnio. Una dependencia contra la que tratará de luchar hacia el final de este libro.

 

Me ha encantado volver a leer Cartas a los años de nostalgia, me ha resultado un grato reencuentro con aquel escritor que tanto me gustaba en la segunda mitad de la década de 1990. Y también ha sido una gran idea hacer caso del consejo de Gonzalo Torné y leer seguidos El grito silencioso y Cartas a los años de nostalgia, porque son dos obras íntimamente emparentadas y que aportan muchas claves sobre la obra de Kenzaburo Oé, uno de los más grandes escritores vivos.

domingo, 5 de junio de 2022

El grito silencioso, por Kenzaburo Oé


El grito silencioso
, de Kenzaburo Oé

Editorial Anagrama. 345 páginas. 1ª edición de 1967; ésta es de 2004.

Traducción de Miguel Wandenbergh

 

En 1994 ganó el premio Nobel de Literatura el japonés Kenzaburo Oé (Uchiko, 1935) y yo leí un libro suyo por primera vez en octubre de 1996, a la edad de veintidós años. Se trataba de La presa (1957). Después leería Una cuestión personal (1964), Cartas a los años de nostalgia (1987), Arrancar las semillas, fusilad a los niños (1958) y por último, en 1999, Dimos cómo sobrevivir a nuestra locura (1966). Cinco libros publicados por Anagrama que hicieron que Oé se convirtiera en uno de mis escritores favoritos. En 2009, tras un largo periodo de espera, apareció una nueva y extensa novela suya, titulada Salto mortal (1999), con más de 800 páginas. Pero ya no la publicó Anagrama, sino Seix Barral. Sopesé leerla, pero creo que me echó para atrás que Oé hubiera cambiado de editorial en España. Como si de mi equipo de fútbol se tratase, consideré entonces una traición ese cambio de camiseta, algo que no tenía nada que ver con Oé, claro, sino con su agente literario y con la histórica fama de agarrado del editor Jorge Herralde.

 

Llevaba ya unos años rumiando la idea de volver a Oé, a los nuevos libros de Seix Barral, a su etapa posterior al premio Nobel, y lo iba posponiendo. Siempre estaba ahí alguna novedad literaria a la que atender, el libro de un amigo, unos editores a los que aprecias, un clásico al que debía acercarme, algún nuevo desvío, etc. Pero este 2022 me he dicho basta. He de leer aquello que «exactamente» quiero leer. Este es un problema que mi mujer, Almudena, no entiende y creo que yo tampoco.

Iba a sacar de bibliotecas públicas los libros de Oé en Seix Barral, cuando me he dado cuenta de que me faltaba uno de los que sacó en Anagrama (aunque yo creía que había leído ahí toda su narrativa publicada). Se trataba de El grito silencioso (1967), que además es uno de los más significativos de su obra. Así que he decidido volver a Oé rellenando antes los huecos.

 

El personaje y narrador de El grito silencioso es Mitsu, de veintisiete años, que está casado y tiene un hijo, que nació con un problema mental, y al que han ingresado en un sanatorio. La escritura de Oé contiene un gran trasfondo autobiográfico, y ya en Una cuestión personal nos habló del trauma de que el primer hijo de un matrimonio naciera con un tumor en la cabeza, que al extirparlo provocará que el bebé pasase a ser prácticamente un vegetal. Una cuestión personal se publicó en 1964 y El grito silencioso en 1967, y este trauma une a las dos novelas, que es un trauma real en la vida de Oé, cuyo hijo Hikari nació con este problema. Un asunto que ha estado muy presenta en la obra de Oé. Actualmente Hikari Oé es un reputado compositor de música de cámara en su país.

 

En el primer capítulo, Mitsu no puede dormir, sale de su casa y desciende hasta un poco semiseco para pensar en su vida abrazado a un perro. Su hermano mayor murió como soldado en la Segunda Guerra Mundial, el siguiente hermano murió en el pueblo del que son originarios, por una paliza recibida por un grupo de inmigrantes coreanos. La siguiente hermana se suicidó. De los cincos hermanos solo quedan Mitsu y Takashi, su hermano pequeño. Además, otro amigo de Mitsu, con el que estaba realizando la traducción de un libro, se ha suicidado, pintándose la cara de bermellón, desnudo, con un pepino en el ano, ahorcándose. Además, Mitsu es tuerto, un grupo de estudiantes de primaria le tiraron una piedra y perdió el ojo derecho. Mitsu, en el fondo del pozo, se está imaginando a sí mismo muerto y enterrado.

Más adelante, Oé va a encabezar uno de sus capítulos con una cita de Jean Paul Sartre, pero desde el comienzo esta novela rezuma existencialismo francés. De hecho, sé que Oé estudió Filología Francesa en la universidad de Tokio, y Sartre fue una de las lecturas que le deslumbró en su juventud.

 

Takashi, el hermano pequeño de Mitsu, participó en las manifestaciones que hubo en Japón a principios de la década de 1960 en contra del Tratado con los Estados Unidos, a favor de la cooperación mutua, pero que de hecho permitía establecer a Estados Unidos bases militares en Japón. Takashi se ha arrepentido de aquello y, con un grupo de teatro, ha iniciado una gira por los Estados Unidos con una obra en la que, junto con otros jóvenes como él, muestra a los norteamericanos su arrepentimiento. Pero Takashi abandonará al grupo y se dedicará, durante unos meses, a vagabundear por los Estados Unidos. En el segundo capítulo del libro, Takashi regresa a Japón, y le propone a su hermano volver a su pueblo del valle, en la isla de Shikoku, para vender sus propiedades heredadas y vivir allí, en las tierras de sus antepasados. Mitu acepta, y se trasladará al pueblo con su hermano, su mujer, y una pareja de chicos de dieciocho años, que son amigos y admiradores de Takashi. Así se describe la entrada del autobús al valle: «Cierta sensación de miedo indefinido me puso en guardia contra algo horroroso que podía echárseme encima desde las sombras oscuras de las rocas que mi ciego ojo derecho levantaba en el campo de mi visión.» (pág. 59). La sensación de amenaza y posible violencia es contante en este libro.

 

«Se me ocurrió entonces que la causa de mi desazón tal fuera que, en el fondo, me daba cuenta de que quienes les sobreviven no pueden hacer nada por los muertos. Sin ninguna razón definida, había sido presa de un vago presentimiento desde hacía algunos meses. Fueron los meses en que murió mi amigo, mi mujer se dio a la bebida y tuvimos que internar a nuestro hijo subnormal, aunque aquel presentimiento tal vez también tuviera relación con cosas que habían estado gestándose desde mucho tiempo antes. Aquel presentimiento me había llenado de la convicción de que moriría de un modo aún más inútil, absurdo y ridículo que mi amigo.» (pág. 43-44) Mitsu está entrando en una depresión, y esta situación no parece que vaya a mejorar al llegar al valle de sus antepasados. Sin embargo, allí su hermano Taka sí parece rejuvenecer y encontrar energías para ganarse a los jóvenes del pueblo, y organizarlos en torno a un equipo de fútbol. También empezará a pensar, y obsesionarse, en el hermano de su bisabuelo, que un siglo antes se había convertido en el líder de una revuelta campesina y violenta en la región. Sobre este bisabuelo y su hermano corren varias teorías que Mitsu y Taka quieren conocer para acercarse a la verdad.

Taka parece querer emular a su antepasado y comenzará un conato de revuelto contra el dueño de una cadena de almacenes, que ha abierto un supermercado en el pueblo, y al que se referirán como el Emperador de los Supermercados. El Emperador es descendiente de coreanos, que fueron desplazados a Japón durante la época de la guerra como mano de obra esclava. Después de la guerra siguieron viviendo en el valle, en una colonia a las afueras del pueblo. Estos coreanos fueron los que mataron a golpes al segundo hermano de Mitsu y Taka. Taka quiere ahora establecer una venganza contra él. En el coreano que ha prosperado el valle parece encarnar la espina clavada que se les quedó con la derrota de la guerra, y esta idea le sirve a Oé para crear un contraste entre el Japón de antes de la guerra, con sus ideas políticas y creencias ancestrales, y el nuevo Japón, seguidor de la cultura capitalista.

 

Además de la relación que he visto con el tema del hijo con problemas entre Una cuestión personal y este libro, he encontrado otros hilos de unión: en El grito silencioso al protagonista le surge la oportunidad de ir a trabajar a África, viaje que ve como una oportunidad de evasión, y esta idea estaba ya también en Una cuestión personal.

El grito silencioso (expresión que evoca a los mensajes mudos que nos dejan los suicidas) es una novela oscura y tensa, una grandísima obra llena de belleza y tensión narrativa.

Después de veinticuatro años he vuelto a leer a Kenzaburo Oé y me ha encantado el reencuentro. Me siento como si, por algún motivo incomprensible, hubiese dejado de lado a un amigo, pero después de los años he ido a llamar a su puerta y éste me la ha abierto y me ha dado un abrazo.