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domingo, 25 de septiembre de 2016

Todos se van, por Wendy Guerra

Editorial Bruguera. 285 páginas. 1ª edición de 2006.

Ya comenté la semana pasada que antes de acabar Domingo de Revolución, la última novela de Wendy Guerra (La Habana, 1970), saqué de la biblioteca Eugenio Trías (en la que me refugiaba del calor durante los días de verano y vacaciones) Todos se van, la primera novela de la autora cubana, que comenzó su andadura literaria publicando poemarios.
Con Todos se van, Wendy Guerra ganó el Primer Premio de Novela Bruguera, que le otorgó Eduardo Mendoza, en calidad de jurado único.

Todos se van nos acerca al personaje de Nieve Guerra, nacida en diciembre de 1970. La novela se divide en dos partes: Diario de infancia y Diario de adolescencia.
El libro se abre con una cita del diario de Anna Frank, el diario más famoso escrito por una niña. Al empezar el Diario de infancia de Nieve, el lector tendrá que hacer una concesión en su concepto de verosimilitud narrativa o bien establecer un pacto con la escritora: debemos aceptar que estamos leyendo el testimonio personal, en forma de diario íntimo, de una niña que aún no ha cumplido los ocho años. Las entradas de esta primera parte son cortas, y Wendy Guerra juega a escribir con frases menos elaboradas que las que usará para plasmar los pensamientos y vivencias de la Nieve adolescente. Las entradas del diario, sin embargo, pese a su sencillez sintáctica, resultan poéticas y poseen un sentido del ritmo superior al esperable en una niña de ocho años.
El lector, después de sellar el pacto de verosimilitud que siempre se acepta al abrir una novela, puede disfrutar sin problemas de las páginas de este Diario de la infancia: Nieve crece en Cienfuegos con su madre y el compañero sentimental de ésta, Fausto, un desinhibido sueco que casi siempre está desnudo. El padre acusará a la madre y a su compañero de conducta inmoral y conseguirá la custodia de la niña. Aquí empezarán los problemas para Nieve: su padre es un alcohólico brutal, que además de pegarle descuidará su educación y alimentación.
Nieve acabará en un centro de reeducación de menores: «Prefiero estar aquí, sé que me van a respetar. Los niños son peores que los adultos porque no le tienen miedo a las responsabilidades. Pero si puedo con los adultos puedo con los niños». Así habla en la página 96 una Nieve adulta de nueve años.

La semana pasada comenté que Domingo de Revolución era una novela escrita, de forma consciente, para un público de fuera de Cuba, un público de hispanoamericanos de fuera de la isla, o de europeos de España e Italia, y que por tanto Guerra explicaba en ella lo que significaba la cubanidad a personas no cubanas, sabiendo que su novela no se publicaría en su país por motivos de censura. Sin embargo, cuando Wendy Guerra escribe Todos se van, sí ha publicado libros de poesía en Cuba y, aunque el contenido crítico invitaba, desde un primer momento, a pensar que no iba a ser publicada en su país, sí que parece escrita para sus compatriotas, o para un lector que podría ser su compatriota, puesto que en ella hay pocas referencias a la idea de cubanidad, como concepto a explicar ante extraños. La cubanidad se filtra aquí en cada página de la novela sin necesitad de hacerla autoconsciente. Y esto hace que Todos se van avance de forma más firme que Domingo de Revolución (aunque paradójicamente la prosa de esta última novela esté más cuidada que la de la primera, sin querer decir con esto que Todos se van esté mal escrita, que no lo está; de hecho, pese a la sencillez inicial de las frases –se supone, como ya dije, que escribe una niña de ocho años–, la prosa es rítmica, potente y poética).

Uno de los momentos más significativos del Diario de infancia tiene lugar al final, cuando la historia cubana empieza a penetrar con fuerza en la novela: en la primavera de 1980, un numeroso grupo de cubanos se ha refugiado en la embajada de Perú con la intención de salir del país (entre ellos el padre de Nieve, una de las primeras ausencias de su vida). Nieve se ha trasladado a La Habana con su madre, y desde el nuevo colegio se organizan «actos de repudio» contra los que quieren irse, obligando a los niños a contemplar los golpes y humillaciones que se dedican a estas personas, algo que horrorizará a madre e hija.


En la segunda parte, Diario de adolescencia, la narración da un salto desde las entradas de 1978-1980 a 1986-1990. La novela no parece reproducir todas las entradas del diario de Nieve, sino solamente las más significativas, para acercar la historia al lector.
Ahora Nieve vive con su madre en La Habana y acude a un instituto de artes, donde está aprendiendo a ser pintora. La adolescente Nieve no siente la misma necesidad que sus compañeros de pertenecer a un grupo. Su Diario siempre fue su refugio, el símbolo de su independencia. «Nosotros vivimos entre lo prohibido y lo obligatorio», leemos en la primera página de la segunda parte. Nieve ya ha crecido y está empezando a desarrollar una conciencia crítica hacia la política.

Cuando Wendy Guerra presentó esta novela al premio Bruguera, el título de la plica era Nieve en La Habana, una expresión que aparece en el libro y que simboliza el desajuste existencial de la protagonista respecto a su entorno: todos sus amigos empiezan a abandonar la isla. Como su padre se fue a Miami sin autoriza a su hija, menor de edad, a que salga del país, Nieve está atrapada: no podrá abandonar la isla hasta que no cumpla dieciocho años. «Tengo los brazos cansados de decir adiós», dice hacia el final de la novela la madre de Nieve, cada vez más sola.
Nieve tendrá que sufrir la instrucción militar y hasta un Consejo Disciplinario por dejarle a una compañera el libro prohibido de un disidente.
Nieve conocerá el amor, pero sus amantes también se irán, convirtiendo esta dura y emotiva novela en un desfile de ausencias. Las últimas páginas del libro son especialmente poéticas.

Todos se van no se pudo publicar en Cuba porque su crítica no pasó la censura. Leo en internet que la propia Wendy Guerra tenía un diario de infancia y adolescencia en el que se basó para crear su novela. De Todos se van, además de su aire melancólico y duro de novela de formación, destaco la forma de introducir hechos históricos en la narración (la guerra de Angola, en la que tuvo que luchar la madre de Nieve, la crisis de la embajada de Perú en 1980, cómo trató el Régimen el tema de la caída del Muro de Berlín en 1989…) y el hecho de acercar al lector la vida de un niña durante las décadas de 1970 y 1980 del castrismo, con su adoctrinamiento de una infancia que muchas veces no comprende las premisas en juego. El tema de la vigilancia policial hacia los intelectuales, que se desarrollará con más fuerza en Domingo de Revolución, ya está presente en esta primera novela.


Ha sido una buena experiencia lectora haberme podido acercar a estos libros de Wendy Guerra.

domingo, 18 de septiembre de 2016

Domingo de Revolución, por Wendy Guerra.

Editorial Anagrama. 224 páginas. 1ª edición de 2016.

Hace unos años acudí a una charla en la Casa de América de Madrid. No recuerdo cuál era el tema, pero reunía a tres autores hispanoamericanos: el boliviano Edmundo Paz Soldán, el chileno Alejandro Zambra y la cubana Wendy Guerra (La Habana, 1970). A los dos primeros sí que los había leído, pero no a la tercera. Tiempo después, cuando Wendy Guerra se hizo más conocida y empezó a publicar en Anagrama, solicité su novela Negra a la biblioteca de Móstoles, pero entre el tiempo que tardan en llegar los libros y unas cosas y otras, al final no la leí.

En abril de este año apareció en Anagrama un nuevo libro suyo: Domingo de Revolución. En el colegio en el que trabajo, mantenemos una costumbre por motivo del Día del libro que me gusta: los alumnos de cada clase organizan con su tutor un amigo invisible para regalar y recibir un libro. Hace tiempo que decidí no dejar que mi regalo fuese al azar, y para solicitar mi libro suelo fijarme en las novedades de Anagrama. Siempre acabo pidiendo un libro que sea fácil de encontrar, que no sea demasiado caro y que sepa que voy a leer. En esta ocasión fue el de Wendy Guerra.


La protagonista de Domingo de Revolución se llama (en principio) Cleopatra Perdiguer, y ha nacido en 1978. Cuando empieza su narración tiene treinta y tantos años. Así que, por lógica, la novela comienza en torno al 2010. Me gustaría resaltar este tema de la cronología narrativa, porque el dato de que Cleo ha nacido en 1978 se da en la página 83 del libro, y hasta entonces yo lo leía pensando que lo contado podía reflejar una época pasada de la historia de Cuba. Me explico: como espectador europeo del entorno internacional, pensaba que ahora mismo Cuba estaba empezando a abrirse al mundo, que la censura y la persecución que sufrían sus artistas empezaba a ser, por fortuna, algo del pasado. Por eso, cuando la narradora describe la persecución que sufre en Cuba como escritora, empecé a pensar que no podía estar reflejando un tiempo tan cercano al actual, porque lo que se cuenta aquí no difiere demasiado de lo contado, por ejemplo, por Reinaldo Arenas en Antes que anochezca. No se describen torturas ni encarcelamientos, pero la vigilancia que sufre Cleo después de publicar un exitoso poemario en España, con cámaras en su propia casa, resulta abrumadora.

Hay dos hechos históricos que acaban vertebrando el relato: la muerte de Gabriel García Márquez el 17 de abril de 2014 (justo cuando Cleo está llegando a su casa de México DF para visitarlo) y el primer encuentro entre Raúl Castro y Barack Obama el 12 de abril de 2015 (si no me equivoco).

En las primeras páginas de Domingo de Revolución conocemos a una Cleo deprimida, que apenas sale de la cama en su vieja mansión vacía del barrio de El Vedado habanero. «Debo ser la única persona que hoy se siente sola en La Habana», así comienza la novela. Cleo está deprimida porque sus padres han fallecido en un accidente de tráfico el año anterior. Un hecho casi fortuito le hace salir de su casa: recibe la llamada de una editora catalana para decirle que su primer poemario ha recibido un gran premio en España, dotado nada menos que con 50.000 €. No es un tema importante, pero yo diría que no existe ningún premio de esa dotación en España, ni la poesía parece tener en nuestro país una dimensión tan cotidiana y relevante como la que muestra Guerra en su libro: «La librería de El Corte Inglés y La Casa del Libro estaban engalanadas con la portada de Antes del suicidio, el semblante renacentista de un ahorcada y un pergamino sin terminar» (pág. 22).

Después de regresar a su isla, tras la promoción del poemario en España, Cleo empieza a sentirse observada (el gobierno afirmará que su éxito literario ha sido orquestado por la CIA) y decidirá viajar a México DF, donde se han exiliado algunos de sus amigos. Aquí tiene lugar uno de los hechos terribles de la novela: Cleo, la perseguida en su país, pasará a ser sospechosa de espionaje por los cubanos de México. La desconfianza en el otro es uno de los rasgos más marcados del carácter cubano, un hecho que −según apunta la novela−, aunque llegase la democracia a la isla, tardará décadas en desaparecer.

La primera novela de Wendy Guerra, Todos se van, ganó el premio Bruguera de narrativa en 2006. Una novela que se publicó en España y que ha sido traducida a varios idiomas, pero que no se puede leer en Cuba (aquí podríamos marcar un paralelismo con el exitoso primer poemario de Cleo). De hecho, sólo Posar desnuda en La Habana, una novela que recrea los días que pasó Anaïs Nin en la isla, se ha editado allí. En la página 58 de Domingo de Revolución leemos: «De nada sirve ser leída, premiada, traducida a varias lenguas si no puedes ser reconocida en tu país, encontrar tus lectores originales, compartir tu obra con los tuyos». Lógicamente, Cleo es un trasunto, ocho años más joven, de Wendy Guerra, y esta reflexión pertenece tanto al personaje como a la autora. Esta cita que he recogido explica, en gran medida, la composición del libro: Wendy Guerra sabe que el libro que está escribiendo no va a ser leído (al menos a corto plazo) por un público cubano, sino por lectores españoles, franceses o italianos, y para ellos relata Cleo. En Domingo de Revolución se cuenta qué es la cubanidad para personas no cubanas, con frases como estas: «No he hablado con nadie pero ahora bailo con todos, así es Cuba, cuando se trata de mover el cuerpo, de tocarse o tocar, atrás quedan todas las sospechas, y es que el único espacio de libertad que hemos tenido los cubanos en estos años es ése, el cuerpo» (pág. 59); «Ay, comer en Cuba. Creo que los cubanos ya disfrutan más comer que bailar» (pág. 63); «Aunque las cubanas suelen bañarse al atardecer, mi madre me enseñó a hacerlo dos veces al día» (pág. 104); o «El 17 de diciembre es un día muy importante para los religiosos cubanos» (pág. 177).

Al percatarme de esto que comento, me venían a la cabeza las novelas de Pedro Juan Gutiérrez: su personaje Pedro Juan recorre una Habana derruida buscándose la vida, y nunca habla de política (salvo en Fabián y el caos, la novela que ha escrito viviendo ya fuera de Cuba, y en la que es explícitamente más crítico con el régimen cubano). Sólo describe lo que ve, lo más inmediato, pero el lector percibe toda la decadencia moral de la ciudad. Quizás la mirada de Gutiérrez, a pesar de sus aparentes limitaciones (partiendo de lo mínimo, lo concreto), me ha parecido más contundente que la de Guerra (que parte de lo general y desde ahí se acerca a lo concreto). Pero la mirada de Wendy Guerra sobre la realidad cubana (la liberación del entorno mediante el sexo y la escritura está tan presente en su novela como en las de Pedro Juan Gutiérrez) me ha gustado también, me ha descrito una realidad kafkiana (la palabra «pesadilla» se repite mucho), una búsqueda de la identidad (serán varias las crisis de identidad de Cleo durante la novela), con mucho lirismo (Guerra también ha publicado libros de poemas). Algunas de las páginas de Domingo de Revolución se podrían leer como poemas.

Además de Pedro Juan Gutiérrez, al leer Domingo de Revolución también he pensado en el ensayo La fiesta vigilada del también cubano Antonio José Ponte; de hecho, me ha parecido encontrar un guiño a este libro en la página 73: «Hago café mientras escucho, a todo volumen, la banda sonora de La fiesta vigilada». En la página 42, Guerra escribe: «Estamos en la prehistoria de los géneros, y fusionarlos me causa mucho placer».

Quizás la trama de Domingo de Revolución –aun existiendo– no está demasiado ajustada, pero la kafkiana ambientación propuesta, el miedo a ser observada o delatada, unido a su estilo a ratos lírico y a ratos ensayístico, han conseguido atraparme lo suficiente como para sacar hoy mismo de la biblioteca Todos se van, la primera novela de Wendy Guerra. Esta noche empezaré a leerla.