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miércoles, 5 de julio de 2017

La máquina de pensar en Mario (en sayos sobre la obra de Levrero)

Editorial Eterna Cadencia. 265 páginas. Primera edición de 2013
Selección y prólogo de Ezequiel De Rosso


Como ya he comentado en mi blog, me invitaron a escribir para la revista Quimera un artículo sobre Mario Levrero (Montevideo, 1940 – 2004), y esto hizo que me acercara a algunos libros suyos que me faltaban por leer. Además le pedí consejo al escritor y crítico Elvio E. Gandolfo, que fue su amigo personal y con el que me intercambio correos de vez en cuando, y me recomendó este libro de Eterna Cadencia. Lo encargué en La Central de Callao, junto con el libro de Random House Diario de un canalla / Burdeos, 1972 y una semana después del de Random llegó el de Eterna Cadencia.

Voy a comentar aquí algunas de las ideas que más me han llamado la atención de estos ensayos.

Después del prólogo de De Rosso, el texto que aparece aquí reproducido es la primera reseña que tuvo la obra de Levrero: un comentario sobre su cuento, o novela corta, Gelatina, que escribió el que luego sería su amigo Elvio E. Gandolfo para El lagrimal trifulca de Rosario, revista fundada por Francisco Gandolfo, el padre de Elvio. La fecha de aparición de la revista con esta reseña fue octubre de 1968 – marzo de 1969. Gandolfo resalta en sus palabras la angustia de Gelatina.

José Pedro Díaz une el fluir de la imaginación de Levrero a las técnicas literarias de los románticos.

Pablo Fuentes inscribe a Levrero dentro de la corriente de la literatura uruguaya que se suele llamar de «los raros» (denominación de Ángel Rama), para crear una contraposición con la literatura «realista» uruguaya. Fuentes vincula al primer Levrero con Lewis Carroll, Franz Kafka, el surrealismo y la corriente de «los raros».
Fuentes señala que los temas paradigmas en la narrativa de Levrero son los de el «Viaje» y la «Búsqueda». «Otra de las constantes en la escritura levreriana es la permanente apelación al humor, ya sea a través de las imágenes o del lenguaje.» (pág. 37). Fuentes entiende que la forma de crear humor de Levrero tiene influencias del cine mudo (Chaplin, Lloyd y Buster Keaton).

Hugo Verani resalta la atracción de Levrero por el extrañamiento. «Su atracción por las zonas oníricas y las penumbras que envuelven los procesos mentales genera una modalidad expresiva inclasificable, vehículo de liberación de fantasías, deseos y temores primordiales.» (pág. 39) Los relatos de Levrero se desarrollan en ámbitos opresivos y están narrados por un yo indiferente. Según Fredic Jameson, esta pérdida de centro y sentido de lugar se convierte en uno de los rasgos de la posmodernidad.
«La acumulación de situaciones excéntricas y de encuentros fortuitos, la suspensión onírica y la eliminación de los mecanismos psicológicos previsibles ponen de manifiesto la afinidad de Levrero con el surrealismo.» (pág. 47)

Según Juan Carlos Mondragón, para Levrero la imaginación no era un vehículo de evasión, sino una petición de principio, para ajustar el punto de vista y conocer la realidad desde otra perspectiva. Según Mondragón, la historia política de las dictaduras que sufrió el Cono Sur iba a dar sentido a los códigos imaginativos de Levrero: «cacerías, pesadillas, monstruos, torturas y aberraciones.» (pág. 63)
«El extrañamiento, la fractura del tiempo son sutiles formas de la violencia. El mundo ficcional de Levrero es violento. Desde la degradación por la supervivencia, la ausencia de solidaridad, un erotismo de modalidades perversas y que en la novela París llega hasta la guerra. Guerra como constante; aún cuando desautoriza a la historia.» (pág. 75)

Pablo de Rocca nos habla de su relación esquiva con Levrero, a raíz de que la editorial Arca le encomendara preparar su bibliografía. Cuando trata de contactarlo, los dos vivían fuera de Montevideo, Levrero en Colonia del Sacramente y él en Melo, cerca de Brasil. Esto hizo que no llegaran a conocerse en persona, sólo hablaron una vez por teléfono. Se relacionaban por carta. Rocca acabó pasando a Levrero un cuestionario que actúa como una especie de entrevista cronológica y que se reproduce en el libro.
Levrero cuenta que para él siempre fue angustioso trabajar para otros, en cambio su padre era feliz en el trabajo. Trabajaba en una tienda llamada Londres- París, y al salir de allí daba clases de inglés.
La infancia de Levrero en el barrio de Peñarol fue solitaria, lo que él no ve como algo negativo. A los dieciocho años sentía pasión por la pintura y el cine. De adolescente escribió poemas, además de una novela negra y un libro de humor. Todo esto lo destruyó.
En 1966 Levrero escribe la que sería su primera novela, La ciudad. En 1969 recibió una mención en el concurso de Marcha. La novela ganadora fue El libro de mis primos de Cristina Peri Rossi. Rocca le pregunta por la literatura comprometida, y Levrero afirma que en principio no le interesa, porque suele tener más de compromiso que de literatura. Cuando más tarde pudo conocer el ambiente de los premios literarios se prometió ante sí mismo que no volvería a participar en ellos. Promesa que sólo rompió para solicitar la beca Guggenheim.
Rocca le comenta que para los jóvenes uruguayos del momento los referentes literarios son Mario Benedetti y él, Levrero le contesta que no puede hablar de Benedetti, pues ninguno de sus libros le atrajo lo suficiente como para leerlo.

Martín Kohan escribe un pequeño ensayo sobre la idea de «ciudad» en Levrero. El tiempo de las novelas de Levrero es el de los sueños, y la presencia de la ciudad tiende a la desaparición. En Levrero destaca la idea del viaje y la búsqueda, pero también la del encierro. La mirada del Levrero sobre la dicotomía entre casa y exterior es la de una persona con agorafobia que también tiene claustrofobia. Los nombre reales de las ciudades en Levrero (París, por ejemplo) conducen a una visión onírica de ellas.

Oscar Steimberg nos habla de las historietas en las que Levrero hacía de guionista. Principalmente son tres series: Santo Varón, Los profesionales y El llanero solitario. En el libro se reproducen algunas tiras de las dos primeras. Son historietas que tienden al surrealismo, al absurdo.

Ezequiel De Rosso habla de las novelas policiales de Levrero, que a veces parecen una producción marginal, puesto que Nick Carter o La banda del ciempiés aparecieron como folletines, pero que él sitúa en el centro de su producción: «Desde que comenzó a escribir, Levrero quiso reescribir la tradición del policial.» (pág. 144)
De Rosso menciona una entrevista, que ya conocía por Un silencio menos, en la que Levrero habla del problema del policial, que debe ser «cerrado» para que el lector no se sienta decepcionado, pero que, precisamente al ser cerrado, se limitan sus posibilidades literarias.

Si bien Levrero siempre declaró que consideraba que su literatura era realista, porque, de un modo u otro hablaba de lo que sentía, y no le gustaban los calificativos para su obra de fantástica o de ciencia-ficción, Luciana Martínez especula sobre la vinculación de algunas obras de Levrero con la ciencia-ficción. Desde luego, Martínez no habla de una filiación de Levrero a la idea de la ciencia-ficción clásica, cuyas bases teóricas sentó John Campbell (director de la Astounding Science Fiction) en la época de la Edad de Oro de la ciencia-ficción, sino que Levrero, gracias a su gusto por la parapsicología y la búsqueda del Espíritu, tendría que ver con una idea de misticismo, al estilo de las ficciones de Philip K. Dick. Y al hablar de sus obras, más que de ciencia-ficción, deberíamos hablar –apunta Martínez‒ de «ficciones místicas».

Sergio Chejfec habla principalmente de El discurso vacío y La novela luminosa: «Tres principios organizan este diario: la escasez, la repetición y, consecuentemente, la ambigua abundancia derivada de la combinación de ambas. Podría decirse que las dos son condiciones abstractas para fundar relatos de la incomodidad, en la medida en que hoy (digamos varios siglos atrás) la incomodidad tiene patente literaria cuando proviene de alguna obsesión personal.» (pág. 197)

Adriana Astutti habla del que considera uno de los libros fundamentales de Levrero: El portero y el otro, formado por relatos y novelas cortas. Me resulta curioso que este libro no se haya publicado en España de la forma en la que apareció originalmente; ya que las nouvelles El alma de Gardel o Diario de un canalla están contenidas en este libro.

El último ensayo es de Reinaldo Laddaga y en él se indaga sobre los significados de La novela luminosa: «Al terminar el libro, es difícil no pensar que el trabajo del autor durante ese año ha consistido en evitar, hasta donde le ha sido posible, que sucediera nada extraordinario.» (pág. 234)

El libro finaliza con una serie de reseñas sobre los libros de Mario Levrero aparecidas en prensa, además de con una semblanza de los autores de los ensayos sobre Levrero.


Este libro entusiasmará, sin duda, al reducido grupo (pero en continuo crecimiento) de los seguidores de Mario Levrero.

domingo, 1 de diciembre de 2013

El traductor, por Salvador Benesdra

Editorial Eterna Cadencia. 670 páginas. Primera edición de 1996, esta de 2012.
Prólogo de Elvio E. Gandolfo.

En una conversación sobre literatura argentina con Federico Guzmán surgió por primera vez el nombre, para mí desconocido hasta entonces, de Salvador Benesdra (Buenos Aires, 1952-1996). La literatura argentina cuenta con grandes cuentistas, pero, me interrogaba Federico, ¿cuál es la mejor novela argentina? Yo opinaba que alguna de Juan José Saer, seguramente Glosa o La grande, por ejemplo; y él apuntaba que su favorita era El traductor de Salvador Benesdra. A mí me resultaba extraño: ¿es posible que la mejor novela argentina no se haya publicado en España?, me decía. Nos llegan muchos novelistas de Argentina, y precisamente el mejor es desconocido... Ahora que por fin he podido acercarme a El traductor no estoy seguro de poder afirmar que ésta es la mejor novela argentina, pero desde luego es una de las mejores que se han escrito en ese país (o al menos de lo que yo conozco, que obviamente no es todo) y, posiblemente, una de las mejores novelas en lengua española de las tres últimas décadas.

Salvador Benesdra sólo escribió esta novela y un libro de autoayuda; ninguno de los dos los vio publicados en vida. El 2 de enero de 1996 decidió suicidarse: se arrojó a la calle desde su apartamento, un décimo piso. Como cuenta en el prólogo, el escritor y crítico Elvio E. Gandolfo se encontró con esta novela cuando en 1995 formaba parte del prejurado del premio Planeta Argentina. Tras leer las primeras páginas, Gandolfo ya sabía que se hallaba ante una obra especial: “Esto es genial de verdad. No lo van a premiar ni en broma”, escribe.
La novela quedó entre las finalistas del Planeta Argentina porque lectores como Gandolfo o Daniel García Helder la recomendaron y la defendieron de cara a la deliberación final del jurado; pero (lógicamente) no se premió. Era demasiado literaria para un premio tan comercial. No es El traductor una novela de lectura fácil ni, debido a su temática torturada y en ocasiones ensayística, puede gustarle a un público mayoritario. Es decir, si se premiaba una novela como ésta no se iba a recuperar la inversión “ni en broma”.
El traductor se publicó en 1995 gracias al dinero de una beca que solicitó para el libro el propio Benesdra -bajo la recomendación de Gandolfo- y gracias a las aportaciones de los familiares de Benesdra. Durante las dos semanas que he tardado en leerla he intercambiado unos cuantos correos con Gandolfo, al que conozco gracias al blog. En uno de ellos le preguntaba si sabía cuántos ejemplares del libro se habían publicado originalmente en Ediciones de La Flor. Gandolfo no estaba seguro, pero muy amable se lo preguntó a los primeros editores. Parece ser que hubo una primera edición de 1.500 ejemplares y una reedición de 1.000. En 2012 la editorial Eterna Cadencia ha editado 1.800, y algunos de ellos los ha distribuido en España.
Cuando vi El traductor en las librerías de Madrid no dudé en comprarlo.

La novela es en gran parte autobiográfica. Su protagonista, Ricardo Zevi, trabaja, al igual que Benesdra, de traductor en una editorial llamada Turba, que publica principalmente ensayos sobre temas sindicales y de izquierda en general. Turba es la principal editorial progresista de Argentina. Estamos en 1991 y Zevi es un hombre de 36 años que siente cómo se desmorona su mundo de referencias tras la caída del Muro de Berlín y el desmantelamiento de la Unión Soviética: “La izquierda toda, desde los talmudistas del trotskismo hasta los más tibios socialdemócratas, veía o mejor dicho trataba de no ver cómo desaparecían piedra a piedra bajo sus pies los últimos vestigios que quedaban de lo que alguna vez había sido su mundo, su civilización, su cultura o su cimiento vergonzante y clandestino. La última catedral de la religión atea del socialismo parecía llevarse en su derrumbe hasta el último testimonio de que la izquierda había sido alguna vez una realidad, defectuosa como el mundo, malvada como un gulag, vigente como una piedra” (págs. 218-219).
En cualquier caso, Zevi no es un ortodoxo de la izquierda soviética, con la que se muestra crítico, sino un socialista utópico.

La novela avanza con dos tramas, más o menos paralelas o entrecruzadas.
Una pertenece al ámbito más privado de la vida de Zevi, y nos habla de la relación con Romina, una joven provinciana a la que conoce en un café según comienza la novela, cuando ella se acerca a Zevi para entregarle un folleto de la Iglesia adventista a la que pertenece. La segunda trama corresponde a un ámbito más social para Zevi, el de su trabajo en la editorial progresista Turba. A pesar de los principios que promulga en los libros que publica, en Turba comienza a haber cambios: parece que los dueños de la editorial, los Gaitanes, quieren modernizar la empresa con cambios tecnológicos que van a provocar el despido de más de un trabajador. Zevi, uno de los pocos traductores de Argentina que no trabaja de externo, verá amenazado su puesto.
El protagonista está traduciendo un ensayo de un alemán llamado Brockner (un autor inventado), que contiene ideas racistas y clasistas y que defiende las sociedades jerárquicas. El narrador reproduce varias páginas del ensayo de Brockner, que el protagonista refutará o bien sucumbirá al pragmatismo de sus ideas.

La novela se centra en las dos tramas comentadas, la relación de Zevi con Romina y la relación con la empresa Turba. En ella hay capítulos de gran ritmo narrativo que se adentran en la turbulenta mente del personaje, un trasunto de la personalidad obsesiva de Benesdra, en los que la trama se desarrolla de una forma agobiante y tortuosa, “como en el mundo de Roberto Arlt” (pág. 74), comparación que se repite más de una vez en la novela. Pero quizás la influencia más poderosa a la hora de construir el personaje atormentado de Zevi sería el autor que inspira al propio Arlt: Dostoyevski. Y en otros momentos el ritmo se desacelera y el personaje reflexiona (con gran profusión de citas de filósofos) sobre el mundo que le ha tocado vivir y la deriva política de la izquierda y de su país.

El estilo es denso, barroco. Se nota que Benesdra es un escritor acostumbrado a leer a filósofos y de ellos toma el gusto por una redacción rica en frases largas y subordinadas que van negando o matizando la frase principal.
Un aspecto que no debo olvidar al hablar de este libro es su sentido del humor; un humor a veces cruel, políticamente incorrecto; un humor doloroso que ha provocado en mí más de una carcajada, como le ocurrió al propio Gandolfo según cuenta en el prólogo.

En más de una ocasión esta novela, escrita en 1995, me ha parecido visionaria: El traductor es una obra de profunda actualidad: la España de hoy, con su crisis, su desmantelamiento del Estado del bienestar, sus bajadas de sueldo y sus abusos laborales no se puede parecer más al mundo que describe Benesdra en 1995.
En algún momento, cuando la novela se centraba en la relación de Zevi con Romina, he pensado también que a Benesdra la novela se le iba de las manos, y que la narración entraba en un territorio que, sin abandonar el realismo, casi se volvía expresionista en sus caminos de perversión. Pero en realidad el viaje a los infiernos de Romina y Zevi sigue teniendo mucho del mundo de Dostoyevski. En todo caso, aunque en algún momento parece peligrar la verosimilitud (lo que queda justificado más adelante por el estado mental del protagonista), yo no podía dejar de leer. Necesitaba en todo momento saber qué le iba a ocurrir al torturado judío sefaradí Zevi con la adventista Romina y con la editorial falsamente progresista Turba, en un mundo de dominadores y dominados donde la idea de justicia parece estar desapareciendo de la faz de la Tierra. Entre las páginas 429 y 430, Zevi señala: “Acababa de descubrir un beneficio absolutamente inesperado de mi conducta criminal: haber incurrido de veras en el mal le permitía a uno actuar como un hijo de puta también con quienes se lo merecen de verdad y sólo entienden ese trato”. Al leer este párrafo se me escapó una carcajada. No voy a explicar por qué Zevi acaba incurriendo en el mal para no destripar la novela.

Se lo comentaba a Gandolfo en un correo: a veces es desalentador darse cuenta de que obras tan poderosas como ésta pasan casi desapercibidas. El traductor tiene todos los elementos para ser una obra de culto: su prosa es poderosísima, se adelantó a su tiempo, su sentido del humor es desgarrador, sus dos personajes principales son inolvidables, su análisis de la vida individual y social tiene capacidad para revolver e incomodar la conciencia de cualquier lector. Además, éste es el único libro del autor si obviamos su libro de autoayuda (que desde luego no le sirvió para nada). Con él debería haber entrado en la historia de la literatura escrita en español, pero se suicidó antes de verlo publicado. Benesdra tiene todos los ingredientes para convertirse en un mito. El propio Gandolfo escribe en su prólogo: “Una de las mejores novelas argentinas que se hayan escrito desde 1810”.
Si Salvador Benesdra fuese un autor norteamericano, estaría traducido a todos los idiomas y El traductor sería una obra de culto. Al ser argentino, este libro se pudo publicar gracias a la financiación de sus familiares y calculo que lo hemos leído no más de 3.000 personas.
Según Federico Guzmán yo voy a ser el único receptor en España de esta obra que nos acerca la editorial argentina Eterna Cadencia. Sinceramente espero que Federico se equivoque y que El traductor encuentre a los lectores exigentes que sin duda merece.


Por favor, si algún lector descubre esta obra gracias a esta entrada del blog y decide acercarse al libro, que me lo cuente. Para mí sería muy alentador conseguir al menos un lector para esta magnífica novela.