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domingo, 15 de diciembre de 2013

El desierto y su semilla, por Jorge Baron Biza

Editorial 451. 289 páginas. Primera edición de 1998, ésta de 2007.

En el prólogo de la novela El traductor de Salvador Benesdra, que comenté hace dos semanas, Elvio E. Gandolfo escribía: “Algo parecido me había pasado con la otra gran novela argentina post años cincuenta: El desierto y su semilla, de Jorge Baron Biza, otro suicida”. Ésta era la primera noticia que tenía de este autor y de esta novela. Se lo comenté a mi amigo Federico Guzmán, y me dijo que él la tenía en su casa y que me la podía dejar. Me pareció interesante leer seguidas estas dos novelas argentinas de los 90 que al final se encuentran en una extraña tierra de nadie: son libros estupendos, profundamente literarios, que no acaban de alcanzar la condición de clásicos modernos porque existen pocos lectores y referentes de ellos. Como ya comenté la semana pasada, al final no leí las dos novelas seguidas: me permití el intermedio de los poemas de Miguel d’Ors.

Es curioso que las que parecen ser las dos novelas más importantes de la Argentina de los años 90 (con el permiso de Juan José Saer, añadiría yo) estén escritas por dos personas con tantos aspectos en común: Salvador Benesdra y Jorge Baron Biza (Buenos Aires, 1942 - Córdoba, 2001). El traductor y El desierto y su semilla son las únicas novelas que escribieron y ambos las presentaron al premio Planeta (ese pésimo descubridor de talentos literarios); no ganaron y ellos o sus familias tuvieron que pagar la edición (o al menos una parte). Además, el contenido de ambos libros es fuertemente autobiográfico y los dos autores murieron suicidándose de la misma forma, tirándose desde la terraza de un edificio: Benesdra de un décimo en 1996 y Baron Biza de un duodécimo en 2001.

El desierto y su semilla recrea un hecho traumático de la vida de un joven Mario Gageac, alter ego de Baron Biza. El padre de Mario (Arón en la ficción) arrojó un vaso de ácido a la cara de su madre (Eligia en la ficción) cuando estaban reunidos con los abogados de la familia, a requerimiento de la madre, para después de años de intentarlo poder consumar el divorcio que la madre deseaba del padre. El padre arroja el ácido a la cara de la madre delante del joven Mario. Después el padre se encierra en su cuarto y se pega un tiro en la sien, mientras Mario toma un coche para conducir a su madre al hospital. Así empieza la novela: “En los momentos que siguieron a la agresión, Eligia estaba todavía rosada y simétrica, pero minuto a minuto se le encresparon las líneas de los músculos de su cara, bastante suaves hasta ese día, a pesar de sus cuarenta y siete años y de una respingada cirugía estética juvenil que le había acortado la nariz”.

Mario, desde algún momento de los años 80, recrea este hecho que tuvo lugar en 1964, cuando él contaba con veintidós años; es decir, la misma edad que tenía Baron Biza cuando ocurrió lo narrado.
La familia Baron Biza pertenece a la clase alta argentina, igual que la de Mario Gageac. Arón, el padre, ha sido político y ha estado en la cárcel por sostener sus convicciones. Eligia, la madre, ha sido una alta funcionaria del ministerio de educación, bajo el mando de Eva Perón, a quien admira (y a quien no se menciona nunca con su nombre, igual que al resto de políticos y dictadores de los que se habla en la novela).

Lo más recomendable para poder reconstruir el rostro de Eligia es su viaje a Italia, a la ciudad de Milán, para ser tratada por un experto cirujano, el profesor Calcaterra. En la clínica de Milán permanecerán Eligia y Mario (el menor de los hermanos, que será el encargado de cuidar a la madre) cerca de dos años. Gran parte de la novela transcurre en Milán, en dos escenarios principales: la clínica, donde Mario atiende a su madre y trata con doctores y enfermeras; y los bares de la ciudad (principalmente un pequeño bar cercano a la clínica), donde Mario se abandona a su autodestructiva afición por el alcohol y se relaciona principalmente con la joven prostituta Dina. “Vivía en dos esferas –la que giraba en torno de Eligia y la que giraba en torno de Dina–, muy próximas en el espacio y el tiempo, pero aisladas entre sí. La de la noche estaba –según creía entonces– separada de todo proyecto que se vinculase con mi vida. Sabía que la esfera de las heridas de Eligia me ataba para siempre. Lo de Dina, en cambio, yo lo constituía de manera que a ella y lo que la rodeaba pudiera hacerlo desaparecer en cualquier momento”, afirma el narrador en la página 173.

Si el estilo de Salvador Benesdra en El traductor era torrencial y discursivo, el propio de un lector de filosofía, como ya apunté, el estilo de El desierto y su semilla es más lírico, más sutil que vehemente y se recrea más en la descripción física de los objetos (o personas o partes de personas) observados. Quizás en algún momento puede llegar a resultar un tanto morboso al percatarnos de la fascinación que Mario siente por la reconstrucción de la cara de su madre, de los cambios de tonalidades de la carne y los injertos. Una poética de la enfermedad que me ha llevado a pensar en más de una ocasión en el estilo barroco y celebrativo de la proximidad de la muerte que exhibe el gran escritor siciliano Gesualdo Bufalino en su novela La perorata del apestado, potente obra de los años 80, con la que siento emparentada El desierto y su semilla.
Esta relación entre Baron Biza y Bufalino tiene que ver con un claro elemento, además del estilo barroco y bello: el deseo de desacralizar la enfermedad y la muerte, la idea de convertir en comedia bufa un sanatorio. Baron Biza usa al menos un recurso burlesco en su narración: los discursos de los italianos, o los textos escritos en otros idiomas, están reflejados en el libro con una traducción literal al español; lo que convierte, por ejemplo, al profesor Calcaterra en un personaje de opereta.

En más de una ocasión el lector querría agitar a Mario por los hombros y hacerle reflexionar sobre su pulsión autodestructiva, hacerle alejarse de la idea de que él es la semilla del desierto que siente que ha sido su padre: “La idea de que lo caótico es más tolerable que lo desértico, que yo había referido tanto al Arón espiritual como a la Eligia física, quedó sembrada en mi conciencia de aquellos años: la idea de que el mal no era un tema al alcance de la voluntad, que si alguna vez afectaba al hombre (con menos frecuencia de lo que su orgullo lo suponía) era bajo la misma condición que tiene en la naturaleza: involuntario, total y ausente, como en los desiertos de rocas” (pág. 35).

Además, la novela reproduce algunos de los textos que Mario le lee a Eligia: textos políticos, en muchos casos (escritos por Arón, incluso) que nos acercan a la historia convulsa de Argentina. En la página 105 se reproduce la crónica de una batalla que nos remite a los relatos de Jorge Luis Borges; y aquí Baron Biza parece realizar un homenaje paródico al padre literario después de haberlo hecho con el padre real.

Entre las dos novelas comentadas del 90 argentino, yo prefiero El traductor de Salvador Benesdra; pero siempre considerando que hablamos de dos libros de un nivel muy alto y que El desierto y su semilla es una novela lírica muy bellamente escrita, que no puede dejar indiferente a ningún lector; por el contrario, lo narrado revuelve y golpea con intensidad al lector y éste tendrá que ser el que decida si le interesa acercarse a esta enfermiza y poderosa novela.

La editorial 451 cerró. Si usted es un lector español del blog y le interesa esta novela está de enhorabuena: la editorial argentina Eterna Cadencia la acaba de reeditar y espero que, como está ocurriendo con El traductor, se vean sus ejemplares por nuestras librerías.

lunes, 23 de mayo de 2011

En el condado de Grouse, por Tom Drury

451 Editores. 385 páginas. 1ª edición de 1994. Ésta de 2011.
Traductor: Javier Ortiz.

Hace poco más de un año hablé en el blog (Aquí) de Tom Drury (Iowa, EE UU, 1956) y de su primera novela traducida al español, La región inmóvil, que en realidad era su cuarta novela, publicada en 2006. Me entretuvo leerla, pero quizás los halagos que acompañaban a la contraportada me parecieron, entonces, un tanto exagerados. La región inmóvil combinaba varios géneros: el del costumbrismo norteamericano, el negro, el de fantasmas… y quizás, aunque las intenciones fuesen interesantes y arriesgadas, el resultado era un tanto disperso.

Hace unas semanas el encargado de promoción de 451 editores me envió un correo electrónico, en el que me decía que se había encontrado con mi reseña de La región inmóvil en la red y me comentaba que al día siguiente Tom Drury iba a estar en España presentando otra novela que sacaba con ellos, En el condado de Grouse. El encargado de promoción de 451, amablemente, me ofrecía el envío gratuito de esta novela. La presentación de la obra de Drury se iba a celebrar durante la Noche de los Libros en Madrid, ya lo había leído en el programa y había sopesado la idea de asistir. Pero la decliné y me decidí por otra propuesta. Me arrepentí, sin embargo, de no ir a escuchar a Tom Drury. Me equivoqué este año al elegir mi actividad de la Noche de los Libros: una charla supuestamente literaria en la que no se habló de literatura y no se citó a ningún escritor. Y me he arrepentido más de no ir a ver a Drury esa noche ahora que he leído este segundo libro suyo, En el condado de Grouse, y mi apreciación de él como escritor ha subido bastantes enteros.

La verdad es que me agradó la propuesta de 451 de leer su libro, pero a la vez me produjo una ligera sensación de alarma. Sé que más de una editorial regala libros a los blogs literarios, como una nueva forma de promoción de sus productos, lo que me parece correcto. Yo, hasta ahora, no he solicitado ningún libro a ninguna editorial para leerlo gratis; primeramente por pudor, por miedo a que mi blog les parezca demasiado insignificante; en segundo lugar porque si lo acepto y me lo envían, imagino que se esperarán una reseña elogiosa, y no hacerlo podría ser de mala educación; y en tercer lugar porque no me importa gastarme el dinero en comprar libros y apoyar así al mundo editorial.
Comenté con el encargado de promoción de 451 alguna de mis inquietudes, y a él le pareció bien que pusiera a parir al libro (literalmente) si lo consideraba oportuno.
Afortunadamente el libro me ha gustado bastante y sus méritos literarios me han parecido más que notables.

Y después de esta perorata, la reseña:

En el condado de Grouse (1994) es en realidad la primera novela de Tom Drury, cuyo título original es The end of vandalism y en un principio apareció por entregas, a comienzos de los 90, en The New Yorker Magazine, con gran éxito de público y crítica; la revista Granta eligió a Drury entonces como uno de los mejores escritores norteamericanos menores de 40 años.

En el condado de Grouse sitúa su acción en unos pueblos, de nombre inventado, del Medio Oeste americano. Así que en menos de un mes, vuelvo a la América profunda que nos proponía Charles Baxter en su Saul y Patsy. Si bien esta última novela podríamos encuadrarla en las de peripecia y desarrollo psicológico de los personajes, con un esquema clásico de presentación, nudo y desenlace, muy bien resuelto, con En el condado de Grouse nos encontramos ante una novela coral (al final del libro existe una lista con el nombre y la profesión de 67 personajes), donde asistimos al desarrollo de pequeñas vidas, acaecidas en este condado ficticio del Medio Oeste, a principios de la década de 1990, y durante un periodo de unos dos años.

Si en Saul y Patsy Baxter, en tercera persona, nos acercaba a la evolución psicológica de sus dos personajes principales, a raíz de un cambio traumático que tiene lugar en sus vida, en En el condado de Grouse Drury nos presenta a sus numerosos personajes cruzándose en las calles y caminos de la región que ha inventado, sin ningún tipo de esquema novelístico cerrado como el planteado por Baxter. Más bien Drury nos narra las vidas minúsculas de los habitantes del condado de Grouse como si escribiese cuentos entrelazados, con esa técnica minimalista que tan bien se les da a los escritores norteamericanos, centrándose en detalles nimios de los que se desprende una gran fuerza poética. La novela está plagada de momentos epifánicos, en la mejor tradición de Raymond Carver o John Cheever.

En cualquier caso, no todos los personajes que pueblan el condado de Grouse tienen la misma importancia en la narración. Entre ellos destacan el triangulo formado por el sheriff Dan Norman, la que será su mujer, la trabajadora de la tienda de fotografías, Louise Darling, y un delincuente insignificante, Tiny Darling, que es la pareja de Louise hasta que ésta le deja para iniciar una relación con el sheriff Dan.

En las solapas de 451, los editores insisten en unir el mundo de Drury al de las películas de los hermanos Cohen, y posiblemente tengan razón. En En el condado de Grouse llega a citarse la ciudad de Fargo (página 63), pero en realidad, si de comparaciones cinematográficas se trata, a mí este libro me ha recodado más al mundo de la serie que en España se llamó Doctor en Alaska. En ella un médico (un personaje externo) hacía de centro narrativo de la vida en una remota región de Alaska, y en esta novela el sheriff del condado, aunque personaje interno, hace también de nexo narrativo entre las personas de los diferentes pueblos que forman el condado.
También, siguiendo con mi comparación, la fuerza de este libro como la de aquella serie, se basa en mostrarnos la vida de personajes peculiares y en ambas se dibujan bastantes imágenes  poéticas, con algún toque surrealista.

En algún momento llegué a pensar en la forma narrativa de El Jarama, la novela de Sánchez Ferlosio, pero acabé desestimando esta comparación. En la novela de Ferlosio el tiempo narrativo sí que es puramente cinematográfico (apenas unas horas) y en En el condado de Grouse transcurren unos dos años. Es cierto que los personajes de la novela de Drury suelen definirse por sus acciones o sus palabras, y que el narrador omnisciente rara vez usa para sus personajes expresiones como “pensó”, “recordó”, aunque sí existen, como no ocurría en la novela de Ferlosio.
Hay otro detalle que, a pesar de la fuerza de las imágenes creadas por Drury, hace que la novela no sea puramente cinematográfica, y es que cuando se presenta a un personaje el narrador nos pone al corriendo de más de una anécdota que le caracteriza, y esto en una película implicaría el uso de continuos e incómodos, supongo, flashbacks cada vez que alguien entra en escena.

El lujo de los detalles que caracterizan las vidas de los habitantes de este condado de Grouse es realmente apabullante, creando Drury una dinámica muy rica y poética en su novela, con ligeros tintes surrealistas. Así se describe una vivienda en la página 72: “Era una casa prefabricada que habían instalado allí hacía un tiempo y que estaba totalmente fuera de lugar (…) Hacía años que no la pintaban y por alguna extraña razón una barbacoa oxidada presidía la casa desde lo alto del tejado”.
En la página 79 Louise visita al criador de caballos Jack White, y leemos lo siguiente:”El problema era que alguno de los caballos había empezado a andar hacia atrás”.

Y las páginas avanzan con fluidez, cada vez más implicado el lector en la descripción de estas vidas, sólo en apariencia monótonas y siempre un poco dislocadas de la realidad, donde el peso de las estaciones, del calor y sobre todo del frío, tanto pesa sobre el carácter de las personas. Una narración muy rica en matices, con una complicada e inteligente construcción, que crea hermosos momentos poéticos, y destapa el misterio que esconde cualquier vida.
“Las bengalas silbaron y emitieron una luz roja opaca. Joan se arrodilló y Tiny hizo lo mismo con los corderos a su vera. El resplandor rojizo cubrió toda la escena. Joan supo entonces que, sin importar cuánto tiempo viviera o cuándo Tiny y ella separaran sus caminos, nunca olvidaría aquel momento”. (pág. 381), y así, entre los enigmas insoldables de lo cotidiano continúa la vida.

Ahora sí que estoy de acuerdo con las solapas de los libros de 451 (cuyo nuevo diseño de portadas me gusta, por cierto, bastante más), cuando afirman que Tom Drury es uno de los grandes talentos ocultos de la narrativa norteamericana.

miércoles, 27 de enero de 2010

La región inmóvil, por Tom Drury


451 Editores. 203 páginas, edición de 2009. Texto de 2006.

Encontré este libro en un rastrillo benéfico durante el pasado diciembre, su precio era de dos euros. En los últimos años me he mentalizado de la necesidad de no acumular libros; es decir, no comprarlos a no ser que vaya a leerlos inmediatamente, aunque estén a un precio muy bajo y me parezcan interesantes.

Según la contraportada, un desconocido -para mí-, Tom Drury es “uno de los grandes talentos ocultos de la narrativa estadounidense, por fin traducido al castellano”, y los Angeles Time dice que el libro tiene algo de los hermanos Grimm y algo de los hermanos Cohen.
Quizás lo que me decidió a llevármelo fue el hecho de que dentro había una carta de la editorial, imagino que dirigida a algún medio de comunicación, donde se dice que el Chicago Tribune había elegido al libro como mejor libro del año. (El ejemplar no había sido leído.)
También tenía curiosidad por leer algo de 451 Editores, una editorial nueva que ha ocupado pronto un gran espacio de mercado y de la que aún no había leído ningún libro. El volumen tiene un diseño interesante y su calidad de edición es alta.

La región inmóvil nos presenta a Pierre Hunter, un joven de 24 años, que tras realizar una carrera universitaria de ciencias regresa a su pueblo en el medio oeste, en Driftless Area (la Región Inmóvil), donde ya han fallecido sus padres, para trabajar como camarero en un bar-restaurante. Asistimos a episodios de la vida de Pierre, contados desde fuera y con abundancia de diálogos. Pierre parece un joven solitario y descentrado. El día de fin de año se emborracha en una fiesta en la que no se encuentra cómodo, sale a tomar el aire y al regresar se equivoca de casa e irrumpe en una fiesta en la que nadie le conoce. Una vez invitado a marcharse insiste en realizar un truco con monedas, que finalmente ejecuta con éxito, lo que no impide que el dueño de la casa haya llamado a la policía, que sea denunciado por allanamiento de morada y que tenga que acudir a un juicio que le condenará a asistir a charlas antialcohólicas.
Durante la descripción de esta extraña nochevieja se marcan algunos de los nudos de la novela: la fuerza del azar y el destino, y también en el parque al que ha salido a tomar el aire Pierre charla con un anciano. Durante la mitad de la novela, narrada en tercera persona, el texto se apega al personaje de Pierre, salvo en una página en la que el anciano anterior sale de escena y visita una casa en una colina. Allí conversa con una chica, y el anciano le dice que el que esperaba ha llegado. Yo seguía avanzando con el libro y volvía a esta página, me resultaba enigmática, se me evadía su significado.
La chica anterior, Estelle, salva de morir a Pierre en el lago helado al que ha caído, y empezarán a relacionarse.
Durante las primeras 100 páginas de la novela, seguimos a Pierre bebiendo y entrando en la fiesta que no es, conversando con su jefe o compañeros del bar donde trabaja, hablando con su abogado, asistiendo a las charlas antialcohólicas, relacionándose con la enigmática Estelle… y gravitando sobre estas escenas la página en la que el anciano le ha dicho a Estelle que tenían que encontrar al que le había conducido a aquella situación, lo que de algún modo se insinúa que va a conseguir Pierre.
El relato fluye durante estas primeras 100 páginas, o 5 capítulos, pero quizás quedan algo imprecisas las intenciones del autor, los temas sobre los que se sustenta la narración. El personaje se perfila por sus conversaciones, le vemos errar, y quizás no conseguimos penetrar en su psicología. Drury, como suelen hacer los escritores norteamericanos, compone escenas en las que posa su mirada sobre objetos o situaciones secundarias curiosas y de las que se desprende una poética propia, pero sin llegar al grado de intensidad, o epifanía, de Charles Baxter, por ejemplo.

En las otras 100 páginas la vida de Pierre se mezcla por casualidad con un tipo turbio que ha cometido un asesinato. Por la mera fuerza del azar y el destino (como en una película de los Cohen, tal vez), le acaba quitando una bolsa con más de 70.000 dólares y el tipo intentará dar con él. En esta parte la novela se acerca más al género negro, y me ha recordado a No es país para viejos de Cormac McCarthy, en su rapidez de escenas y diálogos.
Pero no queda únicamente en el género negro el giro que toma la novela, sino que de forma inesperada se adentra en el género de fantasmas. Uno de los protagonistas (no diré cuál) es el realidad una persona fallecida que ha vuelto al mundo de los vivos en el cuerpo de una persona que quedó en coma, y este hecho entronca con la extraña escena del anciano que visita a la chica de la colina en la primera mitad del libro.

El libro se lee rápido, está escrito con agilidad, su lectura ha sido curiosa, me ha resultado una mezcla de muchas cosas. Quizás le haya perjudicado, para que me hubiese acabado de gustar más, que he leído no hace mucho a Eudora Welty, Alice Munro o a Charles Baxter, quienes consiguen más cotas de hondura siguiendo la tradición norteamericana; aunque en estos casos sus intenciones eran más realistas, más analíticas de las relaciones humanas, y Drury se haya arriesgado en un terreno más complicado, lo que siempre es destacable. Esta novela podría ser la base de una buena película de los Cohen, al estilo de Fargo o El hombre que nunca estuvo allí.