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domingo, 11 de agosto de 2024

Sé mía, por Richard Ford


Sé mía
, de Richard Ford

Editorial Anagrama. 393 páginas. 1ª edición de 2023, ésta es de 2024.

Traducción de Damià Alou

 

En mayo de 2001 leí El periodista deportivo, que abría la saga de libros de Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) protagonizados por Frank Bascombe. En octubre del mismo año leí El día de la independencia, segundo libro de la serie.

Entre diciembre de 2015 y febrero de 2016 decidí leer seguida toda la serie de Bascombe. Así que releí El periodista deportivo (1986), El día de la independencia (1995), y me acerqué, por primera vez a Acción de gracias (2006) y Francamente, Frank (2014). Fue una gran experiencia lectora.

El periodista deportivo está ambientando en 1983 y su protagonista, Frank Bascombe, tiene treinta y ocho años. En esta novela, Frank se ha divorciado hace poco de su mujer Ann, tras la muerte de su hijo mayor Raph, a los nueve años, y se encuentra bastante descentrado vitalmente. El día de la independencia se sitúa en 1988, y Frank –que ya ha dejado se ser periodista deportivo y se dedica a vender casas– hace un viaje, junto a su hijo Paul, de quince años, para visitar los Salones de la Fama deportivos. Su hijo ha empezado a tener comportamientos extraños y Frank quiere pasar más tiempo con él. En Acción de gracias, estamos en el 2000 y Frank tiene ya cincuenta y cinco años. Sigue en el negocio inmobiliario, aunque ahora con una empresa propia y ayudado por Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano. Le han diagnosticado un cáncer de próstata y, para tratarlo, le han inyectado semillas radioactivas, lo que hace que tenga que orinar casi cada hora.

Francamente, Frank es un libro notablemente más corto que los anteriores y tiene una estructura diferente. Está formado por cuatro relatos. Frank tiene sesenta y ocho años, y en estos cuatro relatos, ambientados en diciembre de 2012, se va a encontrar con diferentes personajes. Frank ha superado el cáncer que le aquejaba en el libro anterior, pero esta cuarta entrega de la saga está llena de símbolos funestos.

 

Richard Ford publicó Francamente, Frank en 2014, el año que cumplía setenta años, y llegué a pensar al leerlo que había escrito un libro más corto que los anteriores y con una estructura en apariencia más sencilla, porque ya estaba mayor y no tenía fuerzas para enfrentarse a una obra de largo aliento como las tres anteriores, que tenían un buen número de páginas. Sin embargo, la calidad literaria de este conjunto de relatos entrelazados no bajaba respecto a las anteriores entregas. Y lo que sí que, desde luego, creía era que Francamente, Frank era una coda para la serie de Bascombe y ni se me ocurría imaginar que pudiera aparecer un quinto libro. Por esto mismo, mi alegría fue enorme al ver anunciada Sé mía, una novela de casi 400 páginas de Richard Ford, retomando una vez más el universo de Frank Bascombe. El libro se ha publicado en Estados Unidos en 2023, cuando Ford cumplía ya setenta y nueve años, y habría empezado a escribirla –supongo– unos años antes, pasados ya, en cualquier caso, los setenta y cinco años. ¿Estaría Sé mía a la altura de la serie de Frank Bascombe o Ford habría ya, definitivamente, bajado el nivel? Le pedí a Anagrama la novela antes de que existiera físicamente; no mucho después de que llegara a casa, me puse a leerla.

 

En Sé mía, Bascombe tiene setenta y cuatro años. Nos encontramos, por tanto, en 2019. Como telón histórico de fondo están los Estados Unidos del presidente Donald Trump. Frank es abiertamente demócrata, y hablar de su mirada política del mundo ha sido siempre un punto importante en esta serie. Sin embargo, también –como representante masculino promedio de su generación– se va a sentir amenazado por lo políticamente correcto y el feminismo. Así leemos en la página 120: «Es el viejo chiste del agente inmobiliario de cuando las bromas eran legales: “Traiga a su mujer y negociamos”. Eso ya no volverá»; o en la 147: «A los hombres ya no se nos permite decir que simplemente nos gustan las mujeres». En la página 192: «Le he preparado el desayuno, que ha tomado solo (gachas de trigo, le gusta el feliz chef negro que sale en la caja, que, naturalmente, en estos tiempos que corren están retirando poco a poco)». Estas mismas ideas, las leí hace unos meses en Sale el espectro (2007), donde Philip Roth nos hablaba de la última etapa de la vida de su personaje Nathan Zuckerman.

 

Paul, el hijo varón superviviente de Frank, tiene cuarenta y siete años y ha enfermado de ELA, en su variedad más agresiva, la que hace que la degeneración muscular sea muy rápida y esté abocado a una muerte prematura. Frank, que aún trabajaba en Haddam unas horas a la semana como agente inmobiliario, a las órdenes ahora de su antiguo empleado, Micke Mahoney, convertido en millonario, ha pasado a ser el cuidador de su hijo.  Paul y Frank se han trasladado a vivir a Rochester, en el estado de Minnesota, para que Paul pueda ser atendido en la prestigiosa clínica Mayo, donde ha sido recomendado con Catherine, una doctora que Frank conoce desde 1983, y que era su joven amante en El periodista deportivo. En 1983, Catherine tenía veinticuatro años y ahora tiene sesenta. Frank y Paul viven, desde hace siete semanas, en una casa prestada por Mike Mahoney.

 

Como ocurría en los tres primeros volúmenes de la saga, la acción de Sé mía transcurre en unos pocos días, cuatro o cinco, que terminarán el día de San Valentín de 2019. También, como ocurría en el resto de novelas, la información que va a recibir el lector sobre la vida de Bascombe es mucho más amplia que la acumulada en esos pocos días, ya que, mediante el recurso de la analepsis, Bascombe repasará amplias zonas de su biografía; algunas conocidas por el lector de la serie, a las que se vuelve aportando más detalles, y otras nuevas. Como ocurría en Acción de gracias, al cuerpo principal de la novela le antecede un preludio y un epílogo –ambos titulados Felicidad– en el primero, Bascombe expone las circunstancias vitales de sus últimos dieciocho meses, y en el epílogo le explicará al lector cómo fue su vida en los meses posteriores a los acontecimientos narrados en las páginas centrales de la novela.

 

Frank ha tenido la idea de hacer un pequeño viaje desde Rochester (Minnesota) hasta el monte Rushmore (Dakota del Sur), para lo que su hijo y él han de alquilar una caravana. En gran medida, Sé mía es una novela de carretera. De hecho, Sé mía juega a repetir la estructura de El día de la independencia treinta y un años después. En El día de la independencia Frank iniciaba un viaje con Paul para visitar los Salones de la Fama deportivos y, de este modo, compartir con su hijo adolescente una experiencia puramente norteamericana que les permitiera acercarse y conocerse. Paul estaba pasando entonces por un momento vital complicado, ya que, a sus quince años, había intentado robar condones en una tienda y había agredido a la dependienta que trató de frenarle, lo que le iba a llevar a un juez de menores, además se había empezado a expresar mediante ladridos y relinchos. En la actualidad de 2019, Frank sigue teniendo problemas de comunicación con su hijo, quien ya ha abandonado su empleo de creador de tarjetas cómicas (como descubrimos en Acción de gracias) y se dedicaba a la logística humana (una especie de guarda de seguridad sin armas), antes de empezar a tratarse el ELA, trabajo que le fascinaba. Paul es un hombre de cuarenta y siete años con un sentido del humor peculiar y no siempre entendible por los demás, que en el pasado quiso ser ventrílocuo (su muñeco de madera viajará con ellos al monte Rushmore), pero que usaba a su muñeco para lanzar pullas a sus padres y que nunca consiguió hacerle hablar sin mover él su propia boca. Frank nos acabará confesando que no le acaba de caer bien su hijo, que fue un niño raro y que él y su mujer imaginaron que se volvería normal cuando creciera, pero que no llegó a ser así.

 

En 1954, Frank, a sus diez años, viajó con sus padres al monte Rushmore, y él quiere ahora repetir esta experiencia con su propio hijo, aunque las circunstancias sean muy distintas y la idea de que Frank va a tener que sobrevivir a la muerte de su segundo hijo planea sobre toda la novela.

Respecto al resto de la serie, Ford sigue jugando con las fiestas y estas tienen un significado y una evolución temporal, de forma simbólica, con distintas etapas de la vida. El periodista deportivo se articulaba alrededor de la Pascua, que se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro Frank tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, lo que podría simbolizar el final de la primavera. En El día de la Independencia se evoca el 4 de julio, es verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años y ha alcanzado la madurez. En Acción de Gracias, la fiesta evocada tiene lugar en noviembre y esta novela está llena de avisos de muerte, aunque Frank tiene solo cincuenta y cinco años. En Francamente, Frank nos acercamos a la Navidad, con un Frank de sesenta y ocho años, que ha dejado atrás su cáncer y tenemos aquí un libro melancólico, pero más luminoso que en el anterior. En Sé mía la fiesta evocada es la San Valentín, a mediados de febrero; por tanto, aunque se sobrepasa el fin de año, la lógica temporal de las fiestas se mantiene, y el paisaje de fondo es el de una gélida Minnesota, con nevadas y un gran frío invernal, que acaba actuando de modo simbólico sobre la situación vital de los personajes, ambos al final –posiblemente– de sus experiencias vitales. Sin embargo, en Acción de gracias, con un Frank de cincuenta y cinco años, había un aire de amenaza en la narración mayor que el que Ford ha plasmado en Sé mía, que es una novela más luminosa sobre la experiencia vital de sus protagonistas.

 

Richard Ford, como ya he hecho otras veces en su serie de novelas de Bascombe, va desgranando al personaje por partes; es decir, que Ford suele sorprendernos con una nueva faceta de la vida de Bascombe, que hasta entonces había permanecido oculta. Así, en este libro, me ha llamado la atención que Bascombe se había enamorado, en las semanas que llevaba en Rochester, de una mujer mucho más joven que él. Es esta parte de la novela particularmente patética y emocionante, y nos descubre la capacidad eterna de hacer el ridículo y autoengañarse de los hombres, a pesar de la edad, en busca del amor.

La descripción de las gentes y los lugares de Estados Unidos sigue siendo muy minuciosa, significativa y poética.

 

Me ha parecido detectar dos pequeños errores en la novela. En la página 56 leemos: «Ann es su madre, que murió hace dos años (…). La semana de San Valentín es el aniversario de su muerte» y en la página 64: «El octubre pasado se cumplieron dos años de la muerte de Ann». En la página 327 leemos: «hace dos noches, cuando estaba dormido frente al ordenador y Tiger ganaba su quinto Masters de Augusta.» Al buscar en internet descubro que Tiger Wood ganó su «quinto Masters de Augusta» el 14 de abril de 2019, y la trama está ubicada en febrero de ese año. A pesar de estos pequeños detalles, en realidad creo que Richard Ford está en plena forma y no tiene problemas para manejar la información que le ha dado al lector en las cerca de 2.000 páginas anteriores de la serie de Frank Bascombe y volver a evocarla con precisión y dibujando nuevos detalles.

 

Como ya he dicho, a pesar de la descripción de los síntomas y avances de la enfermedad de Paul, Sé mía es una novela menos oscura que Acción de gracias y Francamente, Frank; en esta última entrega, Bascombe se esfuerza por mirar el mundo con optimismo, en su búsqueda sin fin de la felicidad.

No es esperable ya que Richard Ford vaya a continuar con la serie de Frank Bascombe, y considero que este quinto libro es un magnífico broche a esta saga narrativa, que es una de las obras más importantes de la literatura en lengua inglesa de los últimos cincuenta años.

domingo, 21 de febrero de 2016

Francamente, Frank, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 228 páginas. 1ª edición de 2014, ésta es de 2015.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez

Cuando vi que esta novedad de Anagrama había llegado a la biblioteca de Móstoles no pude resistirme ya más a llevar a cabo el proyecto de leer seguidos todos los libros de Frank Bascombe, el mítico personaje creado por Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) en su novela El periodista deportivo de 1986. Creo que la primera vez que supe de esta novela fue en el muro de Facebook del gran lector y bloguero literario Joan Flores Constans (ver AQUÍ su blog), quien si no recuerdo mal se acercó al libro en inglés a principios de 2015, antes de que llegara a España.

Lo primero que llama la atención de Francamente, Frank es que es un libro notablemente más corto que los tres anteriores. Aunque Ford no ha querido seguir en su título con el juego de las fiestas, también se articula en torno a una: la de la Navidad de 2012. Ya comenté la semana pasada que existe en esta saga una conexión simbólica entre el periodo del año en que transcurre la acción y la edad del protagonista: el fin de la primavera para El deportista deportivo, el verano para El Día de la Independencia, noviembre para Acción de Gracias, y ahora, definitivamente, Navidad y el fin del año para Francamente, Frank.

Quizás, aventuro, Richard Ford no tenía ya en 2014, a sus setenta años el suficiente aliento para escribir una obra de la envergadura de sus predecesoras (aunque no mucho antes, en 2013 había publicado Canadá, que en la edición de Anagrama tiene 510 páginas), pero esto no significa,  ni quiero insinuar en ningún caso, que Francamente, Frank sea una obra menor en la trayectoria de Richard Ford. Simplemente Francamente, Frank es una obra en cierto modo diferente a sus predecesoras en la saga de Frank Bascombre.

Francamente, Frank está formada por cuatro historias que transcurren en diciembre de 2012, y el tiempo de los relatos se marca por los días o semanas que quedan hasta la fiesta de Navidad. Nos encontramos aquí con un Frank Bascombre de sesenta y ocho años que ha superado el cáncer de próstata que tanto le preocupaba en Acción de Gracias. Hace ocho años decidió dejar –junto a su segunda mujer Sally- la casa en la que vivían en la costa, en Sea-Clift y regresar a Haddam. Sobre la casa de Sea-Clift está articulada la primera historia, titulada Aquí estoy yo. Han pasado seis semanas desde que el huracán Sandy arrasó la costa este de Estados Unidos, y Arnie Urquhart a quien Frank vendió su casa hace ocho años le llama para que le ayude, gracias a su antigua experiencia como agente inmobiliario, a valorar la situación: la casa de Frank yace volcada sobre la calle y Arnie quiere saber si es una buena idea vender el solar por el precio que le han ofrecido. Frank accede a ayudar a Arnie y viaja hasta Sea-Clift. Frank se acerca a la costa: “Una vez me gané muy bien la vida con estos terrenos ahora cubiertos de sal. Debería ser capaz de imaginar el grado de posibilidades que ofrecen sus restos. Pero, de momento, no lo soy.” (pág. 30). Lógicamente este relato está plagado de símbolos negativos, más melancólicos que funestos en realidad. Frank, en esta nueva etapa de su vida, parece que ha asumido con tranquilidad su vejez, y sabe que seguir adelante consiste en “restar”. Recuerdo que en El periodista deportivo Frank se despertaba por la noche con el corazón agitado, lleno de presagios funestos, algo también muy presente en Acción de Gracias, cuando Frank luchaba contra el cáncer. Pero todo parece hacer quedado atrás para alguien que dice de sí mismo: “Ya no me miro en el espejo. Es más barato que la cirugía.”

El segundo relato se titula Todo podría ser peor, y si el primero transcurría “dos semanas antes de Navidad”, el tiempo narrativo de este es “diez días antes de Navidad”. En él, Frank recibe en su casa de Haddam la visita de una mujer negra llamada Charlotte Pine, que le pide visitar la casa en la que vive, la casa en la que ella se crió décadas atrás, y Frank le permite entrar, porque piensa: “Las visitas de antiguos residentes de esta clase son algo bastante corriente, en realidad, y yo las he recibido más de una vez.” (pág. 76). La señora Pine va a realizar alguna revelación inquietante sobre la casa en la que actualmente vive Frank, algo que tiene que ver con la violencia subterránea y que parece intrínseca a los barrios residenciales norteamericanos que recorre esta tetralogía.

El tercer cuento –titulado La nueva normalidad- transcurre cuatro días antes de Navidad, y Frank visita a su exesposa Ann a la residencia en la que vive en Haddam. Ann sufre Parkinson y Frank va a visitarla periódicamente (en esta ocasión para regalarle una almohada anatómica). Como viene siendo habitual en los anteriores libros, los encuentros de Frank con Ann –a pesar de que se divorciaron hace ya más de treinta años- no acaban de ser todo lo relajados que deberían ser. Aquí, como nuevo motivo crepuscular, tiene lugar una conversación sobre cementerios y deseos de enterramiento o donación de órganos tras la muerte.
Me ha hecho gracia que si en Acción de Gracias aparecía por primera vez los móviles (Frank no quería tener uno) e internet (Frank se negaba a que su empresa inmobiliaria tuviera web) ahora aparecen aquí los blogs (“yo ni siquiera sé exactamente lo que es un blog”, pág. 138) o Facebook y Twitter en el cuarto relato: “Podría ponerlo en Facebook o Twitter. Aunque, como dice Eddie Medley, todo el mundo lo sabe todo pero nadie sabe qué hacer con ello. No estoy en Facebook, por supuesto. Aunque sí lo están mis dos esposas.” (pág. 180)

Por supuesto, Frank sigue hablando de política en esta novela: le gusta Obama y no deja de destacar las reacciones furibundas de sus vecinos republicanos de Haddam contra el nuevo presidente (uno de ellos opina, por ejemplo, que Obama debería estar en la cárcel).
Frank sigue leyendo en la radio para los ciegos (ahora está con Naipaul) y se acerca al aeropuerto para recibir a los combatientes que regresan de Irak y Afganistán, porque en el Siguiente Nivel tiene que estar alerta hacia las “cosas positivas que pueda hacer en la recta final de mis días”.

El cuarto relato (o más bien parte, porque en realidad esto no es un libro de relatos sino una novela articulada en cuatro capítulos) se titula Muertes de otros y en él Frank va a visitar a Eddie, un antiguo amigo del Club de Divorciados de Haddam, que le fue presentado al lector en El periodista deportivo. Esto ocurre el día antes de Navidad, y por lo tanto comprobamos que las partes de esta novela se ordenan de forma cronológica y se aglutinan en dos semanas de diciembre de 2012. Eddie yace en su cama esperando la muerte, bajo la asistencia de una enfermera, aquejado de un cáncer terminal. A pesar de su débil estado, aún tendrá capacidad para hacerle la que podría ser una  perturbadora revelación (si Frank estuviese en otro momento de su vida) sobre su exesposa Ann.

Decía al comenzar la reseña que Francamente, Frank tiene un aire más ligero que los tres libros anteriores de la saga. Quizás Ford podría, como en ocasiones anteriores, haber desarrollado la trama en tres días y contar mientras tanto los hechos más importantes de su pasado inmediato, pero ha decidido no hacerlo así, tal vez por falta de fuerzas o de aliento; o no, lo ha hecho así porque le pareció bien hacerlo, y esto debería ser suficiente para nosotros. Es curioso observar que en Francamente, Frank Ford usa técnicas más propias de sus libros de relatos largos o novelas cortas como son De mujeres con hombres o Pecados sin cuento. Lo que relata aquí es más esencial y deja sutiles huecos en la narración para que se acople en ellos la esencia epifánica de una revelación. Francamente, Frank es un gran broche para la tetralogía de Frank Bascombe.

Creo que después de 1.919 páginas y 52 días seguidos de lectura, me va a costar dejar atrás esta voz narrativa tan sugerente y profunda. Una delicia de libros.

domingo, 14 de febrero de 2016

Acción de Gracias, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 731 páginas. 1ª edición de 2006, ésta es de 2008.
Traducción de Benito Gómez Ibáñez

En 2014 comenté aquí mi relectura de Cien años de soledad de Gabriel García Márquez, y hablé de aquella conversación en un bar de Malasaña, tras la presentación del libro de un amigo, con uno de los editores de una mítica editorial mediana, hoy casi desaparecida. Hablábamos de esos libros que te entusiasmaron en la primera juventud y que si te acercas a ellos de mayor se te caen de las manos. Al editor le había ocurrido esto con Cien años de soledad, algo que, algún año después, no me pasó a mí cuando lo releí. Y, por contraste con García Márquez, ensalzaba al Richard Ford (1944, Jackson, Mississippi) de Acción de Gracias, un libro que le parecía muy superior a Cien años de soledad. Me dio rabia en aquel momento que yo de las de novelas de Bascombe hubiese leído El periodista deportivo y El Día de la Independencia, pero no el cierre de la trilogía: Acción de Gracias. Creo que en aquella tarde de finales de 2012 se fraguó el deseo de leer los tres libros de Frank Bascombe seguidos, un deseo que se avivó cuando apareció Francamente, Frank.

En Acción de Gracias estamos en noviembre del año 2000 y Frank Bascombe ha cumplido ya cincuenta y cinco años. Ha dejado su casa de Haddam (en el interior de Nueva Jersey) y se ha trasladado a vivir a Sea-Clift -un pueblo de nombre inventado, ubicado en la costa de Nueva Jersey- ocho años antes. Sigue dedicándose al negocio inmobiliario. Dejó la inmobiliaria para la que trabajaba en Haddam y ha creado una nueva en Sea-Clift. Además, desde hace un año y medio, le ayuda con el negocio Mike Mahoney, un inmigrante de origen tibetano (a pesar del nombre que ha decidido tomar, de origen irlandés).
Como ocurre en los otros dos libros de esta trilogía, la acción principal transcurre en tres días, en el día de Acción de Gracias del año 2000, aludido en el título y en los previos. Pero existe aquí una variante: a la minuciosa descripción de la vida de Bascombe en tres días le antecede un preludio de ocho página, cuya acción estaría situada en el tiempo unas semanas antes de los tres días del cuerpo principal del libro; y además existe un capítulo final de veinticinco páginas, que se adentra unas semanas en el futuro de los tres días narrados.

Han ocurrido dos acontecimientos importantes en la vida de Bascombe durante el último año: Sally (su segunda mujer, que le fue presentada al lector en El Día de la Independencia) le ha abandonado en junio. Por El Día de la Independencia el lector conocía la existencia de Wally, el primer marido de Sally, que había sido dado por desaparecido después de que regresara traumatizado de la guerra de Vietnam y decidiera abandonar su hogar sin dar señales de vida. Wally, después de tantos años, reaparece en la vida de Sally (casada ahora con Frank) y el impacto que sufre es tan fuerte que decide dejar a Frank por Wally porque quiere volver a conocerle.
Dos meses después del abandono, en agosto, Bascombe ha recibido la noticia de que tiene un cáncer de próstata. Como tratamiento, los médicos le han introducido en ella un cargamento de semillas radioactivas. Una de las molestas consecuencias de todo esto es que necesita orinar cada hora. Debido a que por motivos laborales tiene que viajar mucho en coche por las carreteras de Nueva Jersey, se ha vuelto frecuente para él el hecho de tener que parar en cualquier cuneta o callejón para poder aliviarse. Lógicamente todo esto es leído por el lector como un símbolo de la decadencia física de Bascombe. También existe en el texto otro símbolo que nos indica que Bascombe se está haciendo mayor: en esta novela, hacen su irrupción, por primera vez en la trilogía, internet y los teléfonos móviles. Bascombe –en contra de la opinión de Mike- se resiste a que su empresa inmobiliaria tenga web y ha decidido prescindir del móvil.

Me he percatado, al leer este tercer libro, que las fiestas que se celebran en ellos: la Pascua en El periodista deportivo, el 4 de julio (día de la independencia norteamericana) en El Día de la Independencia, y Acción de Gracias aquí, están unidas de forma simbólica a periodos de la vida de Frank Bascombre: la Pascua se celebra a finales de marzo o principios de abril y en ese primer libro él tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, y por tanto se encuentra al final de la primavera de su vida. En el segundo volumen, nos encontramos en el cálido verano y Frank tiene cuarenta y cuatro años, atravesando su madurez. Acción de Gracias sitúa su acción a finales de noviembre y esta novela está plagada de avisos de muerte, aunque Frank no es aún demasiado mayor, puesto que tiene cincuenta y cinco años.
Sally, que se ha ido a vivir a Gran Bretaña, con su marido resucitado de entre los muertos, no sabe que Frank tiene cáncer.

En los tres días en los que transcurre el tiempo de la novela veremos, como suele ser habitual, a Frank circular por las carreteras de Nueva Jersey, trasladándose de Haddam a Sea-Clift, y relacionándose con Ann, su exmujer, que recientemente ha enviudado de su segundo marido, y parece considerar que puede que no sea una mala idea volver con Frank; o con sus hijos: Paul, que tiene ahora veintisiete años, y vive en Kansas City, trabajando en una empresa que hace tarjetas de felicitaciones, y Clarissa, que tiene veinticinco y se debate entre ser lesbiana o volver a ser heterosexual.
Me ha resultado curioso ver cómo, junto a personajes nuevos –el estupendamente construido Mike Mahoney-, aparecen aquí personajes del pasado de Frank, como por ejemplo Wade Arsenault, el padre de la bella Vicki, con la que viajó a Detroit en El periodista deportivo y con la que estaba dispuesto a casarse, y todo acabó con un puñetazo de ella que le tiró al suelo. Frank, que tiene pocos amigos en su actual Periodo Permanente (“El Periodo Permanente tiene el cometido específico de eliminar preocupaciones sobre la propia existencia y el modo en que se traslada todo a la conciencia.”, pág, 115), volvió a coincidir con Wade, ahora un anciano que vive en una residencia y queda con él para acudir a contemplar demoliciones de edificios. El segundo día de la narración acudirán a una, un símbolo más de todo lo que desaparece, de todo lo decadente.

Como telón de fondo el tema de la política gravita sobre todo el libro: al fin y al cabo la historia está ambientada en el largo proceso electoral entre Gore y Bush, que tras los episodios políticos de Florida, va a dar como ganador a Bush, el candidato que no le gusta a Bascombe.

Me llamó la atención el salto que se da desde El periodista deportivo a El Día de la Independencia en cuestiones políticas: en El periodista deportivo, Frank, todavía inmerso en la nebulosa de dolor que le ha dejado la muerte de su hijo primogénito, no parece preocuparse por la política. En la página 226 de este primer libro una vecina le pregunta: “¿Qué le parece lo que está haciendo nuestro gobierno con esa pobre gente de Centroamérica?” y Frank contesta: “No sigo muy de cerca ese tema.”, y esto parece ser todo. En El Día de la Independencia Frank se declara abiertamente demócrata y lanza sus diatribas contra Bush. Recuerdo que esto me llamó la atención cuando leí el libro por primera vez en 2001: un gran escritor como Ford hacía que uno de sus personajes más emblemáticos se definiera políticamente de forma muy claro, y no supe si eso era una buena idea narrativa, si, tal vez, esta decisión podría quitarle lectores a Ford. Luego me he dado cuenta de que la aspiración artística de Richard Ford es reflejar al ciudadano medio norteamericano de su generación y necesitaba darle una identidad política para hacerlo, para marcar la idiosincracia de los barrios residenciales: “¿Qué dirán los científicos, dentro de unas décadas, sobre nosotros, los que vivimos aquí, en estos barrios residenciales, cada uno en su propia y particular parcela?” (pág. 72)
En Acción de Gracias, las diatribas contra los republicanos no son pocas; esto, por ejemplo, se puede leer en la página 83: “Nos acercábamos a la mitad de la ridícula presidencia de Bush”, o sobre su padre: “Durante el verano de 1991 –cuando el chalado de Bush padre, el viejo, aún seguía ahuecando sus propias alas de pato” (pág. 134). Así se define a sí mismo Frank Bascombe en la página 267: “Soy: un izquierdista, defensor de los negros, partidario de que el gasto público se pague con impuestos, de que haya seguridad social para todos, del derecho al aborto, de los derechos de los homosexuales, de los derechos del consumidor, de la conservación de la naturaleza.”

La tensión política en la norteamericana de finales del 2000 es fuerte y Frank acabará metiéndose en una estúpida pelea de borrachos en un bar de Haddam por estos temas.
Hay aquí una escena que me gusta mucho: a Frank un niño le ha roto con un ladrillo un cristal del coche, encuentra ya de noche un talle abierto para que se lo reparen y mientras lo hacen va a tomar copas a un antiguo local en que el que se juntaba con sus amigos del Club de Divorciados (sobre lo que leímos en El periodista deportivo), mira por la ventana y describe la actividad del taller y del aparcamiento. “Edward Hopper en Nueva Jersey”, dice, y sí, en estas páginas de Ford hay muchos de viñetas de cuadros de Hopper.

Acción de Gracias empieza reflexionado sobre las implicaciones de un disparo y casi termina con otro disparo. La violencia norteamericana sigue aquí presente. Pero diría que al introducir en los pensamientos de Bascombe las reflexiones sobre el fin de la existencia, el discurso de Acción de Gracias se eleva frente al de El Día de la Independencia, y puede que sí, que Acción de Gracias –como suele apuntarse- sea el mejor libro de la trilogía.


¿La lectura de un libro como Acción de Gracias anula, en otro orden de cosas, el poder disfrutar en la vida adulta de la lectura de libros como Cien años de soledad? No, o no al menos para mí. Los dos, con estilos e intenciones muy diferentes, me parecen grandes libros.

domingo, 7 de febrero de 2016

El Día de la Independencia, por Richard Ford

Ésta es la portada de Anagrama, que me
gusta más que la de Círculo de Lectores
Editorial Círculo de lectores. 564 páginas. 1ª edición de 1995, ésta es de 1997.
Traducción de Mariano Antolín Rato

Leí por primera vez El Día de la Independencia en octubre de 2001. Lo acabo de comprobar en el archivador en el que anoto las fechas de mis lecturas. Lo leí cinco meses después de El periodista deportivo. Aquel octubre aún trabajaba en una auditora norteamericana (aquella experiencia tan cercana al infierno laboral), estaba tocando fondo y un fin de semana lo tenía libre y me monté en el tren el viernes por la tarde y me fui yo solo a la casa que mis padres tienen en la sierra de Madrid, en Collado Mediano, y me estuve hasta el domingo casi sin salir de casa leyendo este libro (o si salía era para leer en el banco del parque), desconectado de todo, volviéndome a reencontrar conmigo mismo, es decir con mi yo lector. Frente al infierno de las sectas laborales yo era aquel que sostenía un libro, como una declaración de principios o como un arma. Fue un fin de semana muy terapéutico.

Cuando hace unas semanas fui a la biblioteca de Móstoles para sacar la trilogía de Frank Bascombe escrita por Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) me ilusionaba la idea de volver a leer los mismos volúmenes que leí hace años, aunque hacía tiempo que no los veía en los anaqueles. Como suponía había que buscar en el depósito (Acción de Gracias sí que está en las estanterías). El bibliotecario subió del depósito con el mismo ejemplar de El periodista deportivo que leí hace casi quince años, pero no traía El Día de la Independencia editado por Anagrama, sino en una edición de Círculo de Lectores, que creo que he estrenado yo y que fue una donación, me dijo el bibliotecario; un libro que posiblemente sustituyó a El día de la Independencia de Anagrama de la biblioteca porque se había deteriorado.

Diría que las dos ediciones, la de Anagrama y la de Círculo de Lectores, tienen el mismo paginado.


La acción de El periodista deportivo se desarrollaba en abril de 1983 y Frank Bascombe tenía entonces treinta y ocho años para hacer treinta y nueve. En El Día de la Independencia estamos en julio de 1988 y Bascombe tiene cuarenta y cuatro años.

Frank sigue viviendo en Haddam (Nueva Jersey) pero ya no es periodista deportivo, ahora es vendedor de casas (“Estaba decidido a explorar las cosas menos predecibles para un hombre con mi formación”, nos dice en la página 128). Su exmujer, a la que se refería como X en el libro anterior, ahora sabemos que se llama Anna y se ha vuelto a casar con Charley, un arquitecto, un hombre de éxito mayor que ella. Además Anna y los dos hijos con vida de Frank (Paul y Clarissa) ya no viven en Haddam sino en una población llamada Deep River (Connecticut) a varias horas en coche de Haddam. Frank vendió su casa y se trasladó a vivir a la que vivía su exmujer en Haddam. A pesar del divorcio siente que algo se rompió dentro de él cuando su exmujer volvió a casarse. Frank mantiene una relación con la bella Sally, una mujer de su edad, que le acusa de ser demasiado escurridizo, de no querer comprometerse.

La estructura de la novela es similar a la de El periodista deportivo: toda la acción se acumula en tres o cuatro días. Pero son unos pocos días engañosos, porque debido al uso del recurso de la analepsis conoceremos muchos más sucesos del pasado de Frank y de su familia. En esta ocasión, Frank ha planificado un viaje a Deep River para recoger a su hijo Paul, que ya tiene quince años, e ir de viaje con él para visitar algunos Salones de la Fama deportivos (que, por lo narrado, actuarán en la novela como muestras de la incapacidad de adaptarse a la vida sana norteamericana de Frank y su hijo, ya que ambos fracasan en sus intentos de comportarse como hombres deportivos). En concreto visitarán un Salón de la Fama dedicado al baloncesto y tratarán de visitar otro dedicado al beisbol. Paul se está convirtiendo en un adolescente problemático. Hace no mucho ha sido detenido por robar condones en una tienda y agredir a la dependiente cuando trató de frenarle. Algo que le va a hacer comparecer ante un juez de menores. Además se expresa mediante ladridos y relinchos y todos estos comportamientos preocupan a Frank, que teme por el futuro de su hijo. Tiene esperanzas de que de este viaje, que se producirá en los días previos a la celebración del Día de la Independencia le sirva para unirse más a Paul y ser un apoyo para él.

El primer día del presente narrativo del libro Frank ha quedado con los Markham, una pareja de más de cincuenta años de Vermont, que desea comprar una casa en Haddam o alrededores, para empezar de nuevo después de sus matrimonios fracasados. Frank ha enseñado ya docenas de viviendas a los Markham, que nunca están conformes con las casas que les enseña, las que se ajuntas a sus posibilidades económicas, pero ellos están convencidos de que se merecen más, mientras que parecen tener miedo a que la casa que compren sea la casa en la que van a morir. Las reflexiones sobre la compra de casas y la psicología de los Markham me han gustado mucho, reflejaban muy bien la mentalidad del ciudadano medio norteamericano y su deseo de prosperar por encima de todo, por encima incluso de la sensatez.

Frank considera que ha entrada en el periodo de su vida que denomina Periodo de Existencia: “El acto de subirme a la cuerda floja de la normalidad, la parte que viene después de la tremenda lucha que lleva al gran derrumbamiento, la época de la vida en la que todo lo que nos va a afectar «más adelante» de hecho ya nos afecta, un periodo en el que seguimos más o menos solos y contentos, aunque preferiríamos no hablar de él ni siquiera recordarlo más adelante si tenemos que contar la historia de nuestra vida, pues, sencillamente, el enfrentarnos a nuestros momentos de verdad implica pequeñas tensiones y ajustes poco importantes.” (pág. 123-124)

Ya comenté al hablar de El periodista deportivo que aquí –en El Día de la Independencia- que Frank consideraba que los días que narraba allí pertenecían a un periodo de obnubilación psíquica. De hecho, en esta nueva novela Frank parece más centrado y no existe una contradicción tan flagrante, como en la anterior novela, entre la sutileza de sus pensamientos y lo irreflexivo de sus acciones (aunque algunas de sus acciones siguen estando por debajo del nivel de sus reflexiones).

Me ha llamado la atención en esta lectura un recurso narrativo que es posible que también usara en El periodista deportivo, pero cuyo uso me ha saltado aquí de forma más clara: para hablarnos de los sentimientos de Frank ante lo que está viviendo, Ford nos describe lo que está viendo en ese momento y esto actúa como una trasposición de sus sentimientos. Durante la novela se describían varias conversaciones telefónicas, que tenían lugar en teléfonos públicos y entre las palabras de Frank y su interlocutor, para glosar la realidad, se describía lo que ocurría en el local desde el que Frank estaba llamando.

En esta novela, a diferencia de lo que ocurría en El periodista deportivo, la voz narrativa de Frank no parece dirigirse a nadie, no parece tener ningún interlocutor, como ocurría en la otra novela. Aunque no es así en todos los casos, porque he encontrado esta anotación que hice sobre cómo empieza la página 119: “Podría tener algún interés contar cómo llegué a ser especialista en residencias.” Otra vez: ¿a quién le cuenta Frank su vida?

De nuevo, el tema de fondo del que nos quiere hablar Richard Ford es el de cómo transcurre la vida en las zonas residenciales de Norteamérica. Así El Día de la Independencia comienza con una apacible descripción de los días de verano en Haddam y en la segunda página se nos dice: “Sin embargo, aquí no todo es exactamente trigo limpio, a pesar de tan halagüeñas apariencias. (¿Cuándo es algo exactamente trigo limpio?)
Yo mismo, Frank Bascombe, fui agredido en Coolidge Street, a una manzana de casa, a finales de abril, cuando volvía caminando después de terminar mi jornada en nuestra agencia inmobiliaria, a la caída de la tarde, con una sensación del deber cumplido aligerando mis pasos; confiaba en llegar a tiempo para las noticias de la tarde y llevaba bajo el brazo una botella de Roederer –regalo de un cliente agradecido a quien le había vendido la casa-. Tres jóvenes, uno de los cuales me pareció conocido –un asiático-, aunque no pude identificarlo posteriormente, pasaron zigzagueando como flechas por la acera en sus minimotos, me pegaron en la cabeza con una botella de Pepsi y se alejaron dando fuertes gritos.”

Además una joven negra que trabajaba en la agencia de Frank, y con la que éste tuvo una breve relación, fue asesinada cuando acudía a mostrar una casa. Y en el transcurso de la narración, el propio Frank será testigo de un asesinato en el motel en el que se aloja para ir a Deep River y recoger a su hijo.


Hace quince años leí estos dos libros con una diferencia de cinco meses, ahora los he leído seguidos, y aunque sé que muchos de los lectores de Ford opinan que el nivel de la serie de Bascombe va subiendo con cada nueva entrega, creo que he disfrutado más con la lectura de El periodista deportivo que con El Día de la Independencia. De este último me gusta mucho la primera mitad, la venta de la casa y el encuentro con Sally, pero me parece que baja un poco su intensidad cuando se habla de la relación con Paul, el hijo. Pero sin duda, el nivel es muy alto y bastante parejo, en realidad. Ya estoy leyendo Acción de Gracias, toda una aventura literaria.

domingo, 31 de enero de 2016

El periodista deportivo, por Richard Ford

Editorial Anagrama. 396 páginas. 1ª edición de 1986, ésta es de 1990.
Traducción de Isabel Núñez y José Aguirre

Leí por primera vez El periodista deportivo en mayo de 2001. Lo acabo de comprobar en el archivador en el que anoto las fechas en las que acerco a mis lecturas. Recordaba que el primer libro que leí de Richard Ford (Jackson, Mississipi, 1944) fue el conjunto de relatos Rock Spring (en noviembre de 1998, compruebo), y creía que el siguiente había sido El periodista deportivo, pero no: entre medias leí -en enero del 2000- De mujeres con hombres. No lo recordaba. Y no mucho tiempo después de El periodista deportivo leí El Día de la Independencia, en octubre de 2001. Richard Ford es uno de mis escritores favoritos, y a veces pienso que es uno de los que más me ha influido a la hora de escribir. El periodista deportivo –pese a que tengo algún amigo al que no le gusta- me causó una honda impresión. Cuando leí este libro iba a cumplir veintisiete años. Me recordaba más joven la verdad, porque la historia del adulto Frank Bascombe, que en la novela tiene treinta y ocho años para cumplir treinta y nueve, me parecía lejana entonces. Sobre todo porque era ya, a su edad, un hombre divorciado, padre de tres hijos y cuyo primogénito había muerte a la edad de nueve años.

Además Frank Bascombe, que en su juventud quiso ser escritor y que llegó a publicar un libro de relatos bastante prometedor, pero que al enfrentarse a su primera novela acabó sintiendo que no tenía nada que contar, trabaja, por una carambola del destino, como periodista deportivo; aunque tampoco da la impresión de ser un hombre especialmente predispuesto para los deportes, las historias sencillas que tiene que escribir sobre equipos y semblanzas de jugadores de baloncesto o beisbol es algo que se le da bien, con lo que se siente conforme.

La acción de El periodista deportivo se desarrolla en tres días (o casi cuatro, porque el día anterior al que comienza la novela está profundamente recreado en el texto también), pero este dato no deja de ser engañoso. Más bien debería apuntar que el presente narrativo del libro se desarrolla en tres o cuatro días y, entre una escena y otra, Frank nos va desgranando toda su vida, desde su infancia y juventud en el lejano sur (ahora vive en Haddam, un pueblo de Nueva Jersey) y la relación que mantiene con su exmujer o sus hijos. La novela comienza con un momento solemne, triste: Frank espera desde las cinco de la mañana del Viernes Santo (20 de abril) del año 1983 en el cementerio de Haddam la llegada de su exmujer (que en el texto siempre será X) para honrar, como cada año en la fecha de su muerte, la memoria de su hijo que en la actualidad tendría trece años de seguir vivo. El día va a ser intenso para Frank: luego ha de recoger a Vicki, una enfermera más joven que él con la que mantiene una relación desde hace unos meses. Juntos tomarán el avión para ir a Detroit, donde Frank debe entrevistar a un exdeportista, que sufrió un accidente y actualmente está en una silla de ruedas.

Ya he comentado que este libro me impresionó mucho, y aunque a veces olvido detalles importantes de libros que leí tan sólo hace un año, me ha resultado curioso comprobar cómo recordaba algunas de las reflexiones que vierte aquí Frank. Por ejemplo seguía teniendo presente esta de las páginas 70 y 71: “Pero esta vez, un viento errabundo ha aspirado mi buen ánimo hacia fuera del coche, dejándome el estómago encogido y la boca contraída en una mueca, como si estuviera ocurriendo lo peor. Poco a poco, me he ido deslizando hacia ese nivel en el que ni siquiera una mujer puede ayudarme (eso es lo que X ha dicho esta mañana y yo lo he pasado por alto). No es que haya perdido el viejo anhelo, pero éste parece súbitamente derrotado por los hechos, de una forma ineludible. Esta es la esencia de un momento de vacío fugaz.” La situación parece prometedora: Frank ha recogido de su casa a la bella y joven Vicki, y está a punto de emprender un viaje de unos días a Detroit en el que va a mezclar trabajo con placer, pero le asalta ese miedo existencial que él llama “vacío fugaz”. Me llamó la atención este párrafo en apariencia sencillo o intrascendente porque en la época en la que leí este libro por primera vez recuerdo que me asaltaban a mí de vez en cuando esos momentos de “vacío fugaz” y nunca lo había visto reflejado en un libro.
Por detalles así me sentía atraído por El periodista deportivo y la voz narrativa de Frank Bascombe, porque me parecía una voz narrativa sabia, alguien del que podías fiarte y aprender sobre la vida.
En la página 288 Frank afirma: “Yo suelo acabar en casa leyendo. Aunque a veces me subo al coche y conduzco durante todo el día.” Lo cierto es que Frank no habla mucho de lo que lee en esta novela. En realidad el lector acaba teniendo la impresión de que a través de Frank Bascombe está escuchando a Richard Ford, pero a un Ford que a pesar de que hace algunas alusiones a la escritura, o a la condición de escritor o lector, ha decidido camuflarse tras la máscara de una persona más mundana que él, alguien que no aspira a la trascendencia de la literatura sino que le basta con la satisfacción inmediata de la escritura para un periódico deportivo y, de este modo, trata de retratar al ciudadano medio norteamericano, con unas aspiraciones y unos miedos algo separados de los que se podrían esperar del Ford escritor. Como leí hace no mucho en una entrevista que le hicieron a Richard Ford hablando del cuarto libro de la saga Bascombe (Francamente, Frank) éste afirmaba que “la literatura es un artificio”, y la verdad es que en esta segunda lectura, aunque he seguido disfrutando mucho de este libro, sí que me ha dado la sensación de que sentía más el artificio sobre el que estaba construido: para mí existe aquí una distancia entre las reflexiones de Frank (siempre inteligentes, sutiles y mesuradas) y los comportamientos y conversaciones de Frank (bastante más erráticos y absurdos). Es decir, las reflexiones que hace Frank sobre las personas con las que se relaciona están muy por encima de la altura de las cosas que hace o dice. Quizás esto quede explicado en las primeras páginas de El Día de la Independencia (que también estoy releyendo): “Desde que me divorcié y, más exactamente, después de que la vida que llevaba llegó a un repentino final y sufrí lo que debe de haber sido una especie de «obnubilación psíquica» transitoria y me escapé a Florida y posteriormente más lejos, a Francia, he tenido la desagradable sensación de que no he hecho demasiadas cosas buenas en la vida a no ser para mí mismo y para los que quiero (y ni siquiera todos ellos estarían de acuerdo con esto).” (pág. 37). Así que el comportamiento aparentemente poco inteligente de Frank en El periodista deportivo lo podemos achacar al fin de ese periodo de “Obnubilación psíquica” que le hace consultar a adivinas baratas y haberse acostado con muchas mujeres después de la muerte de su hijo, lo que hizo que su mujer terminara divorciándose de él, una situación que no deja de causarle dolor. Y la idea de que todo es un artificio vuelve a activarse para mí cuando de un modo consciente me percato de que la primera persona de Frank se dirige a alguien; así podemos leer en la primera página del libro: “No sabría decirles exactamente en qué iba a consistir la mejoría que yo esperaba” ¿Ha vuelto a escribir Frank de forma literaria aunque dijo que lo había dejado de hacer? ¿A quién interpela nuestro narrador?

Aunque hablamos aquí de una prosa elegante y sutil, me llaman la atención algunas frases hechas que quizás quedan un poco raras; expresiones como “perdido como un pulpo en un garaje” (pág. 157) o “no está el horno para bollos” (pág. 150), que tal vez tengan que ver con dificultades en la traducción.

Me gusta mucho la sutilidad de esta novela, cómo sabe Richard Ford describir los distintos planos de la realidad: cómo lo que vivimos nos afecta en relación a lo que ya hemos vivido, y además cómo sabe arrancar momentos poéticos a la realidad cotidiana norteamericana mediante descripciones de lo que rodea a los personajes según están relacionándose. Me gustó mucho también Rock Spring, el libro de relatos de Ford que leí en primer lugar, y me doy cuenta de que muchos momentos de una novela como El periodista deportivo podrían ser relatos del más puro estilo norteamericano, son muchos los momentos en los que brilla la epifanía en estas páginas.
Me doy cuenta ahora de que gran parte de la trama de El periodista deportivo transcurre en torno a la fiesta del Día de Pascua, que podría haber sido otro título para el libro si Ford hubiera caído desde el primer momento en que su trilogía se iba a articular así.


Ya estoy releyendo El Día de la Independencia, y estoy también disfrutando mucho del reencuentro. Y luego Acción de Gracias y Francamente, Frank; para qué parar.

domingo, 21 de diciembre de 2014

Canadá, por Richard Ford

Editorial Anagrama, 510 páginas. 1ª edición de 2013; esta de 2014.
Traducción de Jesús Zulaika.

Richard Ford (Jackson, Mississippi, 1944) siempre ha sido uno de mis escritores norteamericanos favoritos, desde que en septiembre de 1998 leí el conjunto de relatos Rock Springs. Por entonces ya había leído casi todos los libros de Raymond Carver y en Rock Springs me encontré con un cuentista de un nivel similar. También he leído los libros de cuentos o novelas cortas De mujeres con hombres y Pecados sin cuento, y las novelas Incendios, El periodista deportivo y El día de la independencia. Estas dos últimas protagonizadas por Frank Bascombe, uno de los personajes más emblemáticos de la narrativa norteamericana de las últimas décadas. Estas novelas las saqué de la biblioteca de Móstoles y cuando apareció Acción de gracias, la tercera parte, que también llegó a la biblioteca, no recuerdo por qué no la leí en su momento. Quizás, aventuro, tenía muchos libros pendientes en casa y Acción de gracias es una novela bastante larga. Cuando en septiembre de 2013 apareció Canadá (lo vi por primera vez en el verano de 2013 en una librería  de Copenhague, en inglés) y empezó a recibir encendidos elogios en la prensa especializada supe que era un libro que acabaría leyendo, aunque en aquel momento me hubiera propuesto leer más libros de la montaña que tengo pendiente en casa y no sucumbir tanto a la mesa de novedades. De todos modos, solicité su compra a la biblioteca de Móstoles y lo trajeron a los pocos meses. Sin embargo, no he leído este libro sacándolo de la biblioteca de Móstoles, sino que paseé hasta la de Retiro para ver si tenían libros de Stanilaw Lem (esta es otra historia) y al final me acabé llevando el libro de Ford. Lo cierto es que llevaba meses dudando si leía Canadá o me sacaba de la biblioteca de Móstoles la trilogía de Bascombe y me leía los tres libros seguidos. Esto último me gustaría hacerlo en 2015.

El narrador de Canadá es Dell Parsons que, desde 2011 y a punto de jubilarse de su trabajo como profesor, empieza a recordar los sucesos clave para su vida que tuvieron lugar en 1960, cuando tenía quince años. El primer párrafo del libro es un prodigio, pues en él Ford nos descubre el núcleo narrativo de la novela, y las 500 páginas restantes platearán un acercamiento a los hechos desvelados en ese primer párrafo y a sus inmediatas consecuencias. Reproduzco aquí este párrafo inicial:

“Primero contaré lo del atraco que cometieron nuestros padres. Y luego lo de los asesinatos, que vinieron después. El atraco es la parte más importante, ya que nos puso a mi hermana y a mí en las sendas que acabarían tomando nuestras vidas. Nada tendría sentido si no se contase eso antes que nada.
Nuestros padres eran las personas de las que menos se podría pensar que atracarían un banco. No eran gente rara, ni evidentemente criminales. A nadie se le hubiera ocurrido pensar que estaban destinados a acabar como acabaron. Eran personas normales –aunque, claro está, tal afirmación queda invalidada desde el momento mismo en que atracaron el banco”.

Estoy tratando de recordar cómo era la construcción de los relatos de Ford. En ellos siempre tomaba a sus personajes en el momento en el que iba a ocurrir algo trascendental que supondría un antes y un después en su vida: el abandono de la pareja, el descubrimiento de una infidelidad, la muerte de un progenitor, etc., lo que en la narrativa se suele llamar “el momento epifánico”: en ese momento clave que narra la historia el protagonista va a descubrir algo sobre sí mismo, que el lector podrá descubrir con él o que tendrá que imaginar.
En realidad Canadá está construido como uno de estos relatos de Rock Springs de veinte páginas: Dell nos acerca al momento clave en el que cambió su vida, pero no se detiene en sugerir el cambio (momento epifánico), ya que éste se dio en el pasado y ha moldeado toda su vida, y desde ahí (desde una narración en círculos concéntricos que se expanden como ondas desde una convulsión central), desde el hombre que ha llegado a ser, desde la sabiduría de los años, trata de explicarse a sí mismo su historia y la de su familia.

El padre de Dell, Bev Parsons, militar de profesión (aunque en 1960 ya se ha salido del ejército), ha de cambiar muchas veces de destino por temas laborales, y Dell y su hermana Berner han acabado por sentir que no son de ninguna parte, aunque llevan asentados en Great Falls (Montana) desde 1956. Allí donde van no suelen hacer muchos amigos, a lo que ha contribuido su madre Neeva, que, a diferencia del padre, sí tiene formación universitaria y ha tendido a mostrar una mirada de superioridad (como hija de inmigrantes en la Costa Este americana) sobre los ciudadanos del interior del país, con los que prefiere no tener mucho trato. Como en Rock Springs, Ford elige para este libro centrar su historia en el corazón rural de los Estados Unidos.

Dell Parsons tiene quince años y la reconstrucción de su personalidad adolescente, de sus anhelos y de su visión del mundo en 1960 –aunque el personaje esté narrando desde sus sesenta y cinco– es uno de los grandes logros de Canadá. El hecho fundamental del libro ya quedó expuesto en la primera frase y, como algo ominoso, pende sobre la cabeza de los cuatro miembros de la familia Parsons. Dell nos habla de sus padres, de cómo era su personalidad, intentando averiguar por qué llegaron a hacer lo que hicieron, como una clave para entender su propia vida: “Pero culpar a los padres de las dificultades de tu propia vida no te lleva a ninguna parte” (pág. 23).

Como en otras narraciones de Ford (tal vez influenciado por clásicos norteamericanos como Ernest Hemingway o Jack London), según avanza el libro y la acción se acaba trasladando a Canadá (así lo prometía el título de la novela), la fuerza de la naturaleza, como motor de aprendizaje vital, se va haciendo más trascendente en la vida de Dell. Recuerdo otras narraciones de Ford en las que la caza también tenía su importancia compositiva.
Tal vez, si pensamos en la soledad y el desamparo en los que Dell se sume una vez que sus padres han de asumir las consecuencias de sus actos, podríamos llegar a pensar en una novela dickensiana. En algún momento de la lectura llegué a realizar la asociación Ford-Dickens, pero existe una clara diferencia: en Charles Dickens la acción, la peripecia, define a los personajes, y en Richard Ford es la reflexión sobre la peripecia lo que acaba definiendo a los personajes, ya que en esta novela los hechos se van adelantando constantemente a lo narrado, lo que, lejos de descubrir alguna clave al lector antes de tiempo, consigue que éste siempre quiera leer más para alcanzar el punto de los acontecimientos narrados que le fueron adelantados de una forma sutil, velada.


He escrito al principio que el primer párrafo de este libro es prodigioso, pero no menos prodigiosas son las 500 páginas que se despliegan a partir de ahí. Canadá es la obra de un maestro de la narración en pleno uso de sus facultades. Lejos de experimentalismos, de fragmentariedad posmoderna; como un Clint Eastwood de la escritura, Richard Ford despliega ante nosotros una historia brillantemente clásica, una historia esencial de no muchos elementos (una familia: padre, madre y dos hijos, y su desintegración; y un entorno adulto para un chico de quince años: violento, ajeno, difícil de comprender), que intenta desvelar los secretos de la existencia (“Es un misterio cómo somos. Un misterio”: pág. 96). Richard Ford, desde su magisterio, desde su madurez, ha escrito una obra maestra, un clásico perdurable.