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domingo, 3 de mayo de 2015

Mala suerte, por Juan Aparicio-Belmonte

Editorial Lengua de Trapo. 189 páginas. 1ª edición de 2003.

Recuerdo haber hojeado en la biblioteca de Móstoles algún libro de Juan Aparicio-Belmote (Londres, 1971), novelas como López, López o El disparatado círculo de los pájaros borrachos; pero por ese azar que nos lleva a leer unos libros y otros no (un azar que se multiplica en el jardín de los senderos que se bifurcan que es una biblioteca) no le había leído hasta ahora. Mi interés hacia su obra se reactivó cuando he tenido la oportunidad de conocer a Juan en persona, un escritor muy simpático (aunque tenga un blog de viñetas humorísticas llamado Superantipático).

En la feria del Libro de Madrid de hace un par de años, hablando en la caseta de Lengua de Trapo con sus editores (hasta que la novela Un amigo en la ciudad apareció en Siruela) les pregunté qué libro me recomendaban de Juan y me dijeron que este de Mala suerte, que fue su primera novela publicada. Así que éste fue el que compré. Me he acercado a él en febrero de 2015, dentro de mi campaña “lee-de-una-vez-toda-esa-montaña-de-libros-que-tienes-acumulada” y después de haber vuelto a coincidir con Juan hace unas semanas y haberme vuelto a sonreír con sus consideraciones apocalípticas sobre el futuro del libro.

Mala suerte ganó en diciembre de 2002 la primera convocatoria del hoy extinto premio de Narrativa Caja Madrid. Como en su trama ya aparecen los euros circulando por la calle, deduzco que fue escrita y está ambientada en este 2002, cuando Juan tenía treinta años. Mala suerte es su primera novela. Leo en la wikipedia que Mala suerte también ganó “el III Premio Memorial Silverio Cañada, que se otorga en la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra escrita en español durante el año.”

Son tres los protagonistas principales de esta novela: Esteban Gómez, abogado de treinta y cinco años, que trabaja en un bufete, con continuos miedos a perder a su cliente principal, una aseguradora, y obsesionado con su mala suerte; Sara Lagos, guapa inspectora de policía, que desearía ser más considerada por su trabajo que por sus atractivos físicos; Rafael Pichón, que trabaja en el control de luces de un teatro, paranoico y rencoroso social.

Mala Suerte comienza en la consulta de un sicólogo (Juan le quita la “p” a la profesión). Esteban le narra sus obsesiones a don Fernando. Por esta consulta, y por las manos del sicólogo, irán pasando los tres personajes principales de la novela.
Los capítulos, normalmente breves, se acercan a Esteban, Sara y Rafael, pero sin seguir un perfecto orden: a veces hay dos seguidos sobre Esteban (uno en el diván del sicólogo y otro en su bufete, por ejemplo), luego otro de Rafael, luego otro de Sara, y luego se vuelve a romper el orden. En cualquier caso, el protagonista principal acaba siendo Esteban, ya que el narrador nos acerca a más facetas de su vida que al resto de personajes.

La forma de acercarnos a los personajes es variada: Esteban se retrata por sus largos monólogos con el sicólogo, y sus andanzas por su casa o su bufete se nos narran en tercera persona. Para Rafael predomina la primera persona, un monólogo interior obsesivo, circular. Vemos a Sara desde una segunda persona crítica, y en ocasiones desde una tercera más neutra.

En esta novela hay un asesinato: alguien ha matado al actor Fabio Cotta y a su amante, a golpes con una lámpara. Por supuesto, tanto Esteban como Rafael y Sara están relacionados, en mayor o menor medida, con el crimen. El asesinato será lo que haga que estos personajes interactúen la novela.
En Mala suerte tenemos un crimen pero no un misterio, porque el lector sabe quién es el asesino y sus motivaciones casi desde el comienzo. Y aquí está bien traída la cita de Luis Pellitero que Aparicio-Belmonte coloca al comienzo de su novela: “Lo más difícil no fue dar con el asesino, sino ponerme las esposas.”

Ya he comentado que Mala suerte ganó un premio en la Semana Negra de Gijón a la mejor primera novela negra. Mala suerte, en sentido estricto, sí es una novela negra: tiene un asesinato, tiene a una bella policía que trata de esclarecerlo, tiene a un asesino bastante desequilibrado, y tiene a un hombre un tanto neurótico que se ve envuelto en el crimen casi de casualidad, en gran medida debido a su “mala suerte”. Pero esta novela no es sólo una novela negra, porque en ella hay también crítica de costumbres (trabajos absurdos, drogas que no sirven para relajar a nadie, sicólogos a los que se acude para desahogarse como se puede acudir al fútbol…) y también hay humor; un humor que proviene en gran medida del disparate. Por ejemplo, en una de las primeras escenas del libro, cuando Esteban está en su despacho bastante colocado por los efectos de la marihuana, irrumpe ante él un hombre tambaleante, con un traje cuyas mangas le quedan grandes, que quiere contratarle para asesinar a alguien, y que lleva en la cabeza, a modo de pañuelo pirata, un calzoncillo masculino. La escena es esperpéntica, juguetona, ¿es real o Esteban está alucinando?

Quizás lo que menos me ha gustado de esta novela es que Juan Aparicio-Belmonte remarca demasiado las características psicológicas de los personajes creados. En los capítulos en los que se acerca a Rafael, por ejemplo, se repite mucho que éste está obsesionado por un complejo de inferioridad social, dividiendo a las personas en pertenecientes a la margen derecha o izquierda (la suya); o el deseo de Sara de ser valorada más allá de su belleza física.
Cuando en nuestro último encuentro, unas semanas antes de escribir esta reseña, hablé con Juan Aparicio-Belmonte, y le comenté que aún tenía pendiente leer su libro Mala suerte, creo que él hubiera preferido que leyera alguno más reciente. Es lógico que un escritor que en 2015 va a publicar su séptima novela considere que ha evolucionado artísticamente desde la primera (escrita ya hace unos trece años). En cualquier caso, Mala suerte es una primera novela de ritmo ágil, que juega a mezclar y trastocar los géneros literarios, intercalando escenas de crítica social (como la descripción surrealista de la empresa de seguros para la que Esteban trabaja), con escenas costumbristas (visita de Esteban a un bar para contactar con su camello, o imágenes de la pequeña burguesía, cuando Esteban se acerca a su chalet de Majadahonda, donde convive con su mujer, pintora de profesión), con otras disparatadas (la visita del hombre con el calzoncillo en la cabeza al bufete de Esteban), con otras puramente policiales (obsesiones de Sara, persecuciones…), y todo ello aderezado con un humor socarrón y disparatado.

Esto es bastante para que en 2003 se celebrara la llegada al panorama literario español de un nuevo autor de treinta años dispuesto a quedarse, y para justificar un premio, hoy desaparecido, el Caja Madrid, que pretendía descubrir a escritores jóvenes.

domingo, 16 de junio de 2013

Fabulosas narraciones por historias, por Antonio Orejudo

Editorial Lengua de Trapo. 393 páginas. 1ª edición de 1996.

Mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio llevaba tiempo animándome para que leyera a Antonio Orejudo (Madrid, 1963), ya que para él es uno de los escritores españoles actuales más destacados y le extrañaba que yo aún no lo hubiera leído. El año pasado, paseando por la Feria del Libro de Madrid, nos acercamos hasta la caseta de Lengua de Trapo y saludamos a sus editores. Allí estaban las primeras ediciones de los libros de Orejudo. Ahora los derechos de venta de Fabulosas narraciones por historias los tiene la editorial Tusquest, pero Lengua de Trapo puede vender los ejemplares que editó en su día y que no se vendieron. Lengua de Trapo sigue, igual que en los años 90, realizando la valiosa tarea de descubrir a nuevos autores, que cuando tienen éxito y reconocimiento suelen mudarse a editoriales más grandes. La edición que compré es extraña: no encuentro su imagen en internet. Al final del volumen tiene una nota que afirma que se acabó de imprimir en octubre de 1996 en Madrid, pero en la parte de atrás de la cubierta se afirma también que este libro ganó el premio Tigre Juan a mejor primera novela en 1997. Es como si el cuerpo del libro no se hubiera modificado para una supuesta segunda edición, pero sí la cubierta. La foto que he tomado de internet es la de la primera edición; la mía, con unas plumas estilográficas con la cabeza de Ortega y Gasset o Gómez de la Serna le extraño verla al propio Antonio Orejudo con el que crucé dos palabras en la feria del libro de este año. Fui a su caseta para que me firmara este libro y compré el de Ventajas de viajar en tren.

En todo caso, compré el libro y he tardado un año en leerlo. Lo he tomado de mi estantería de inleídos durante el pasado mes de mayo, en que extrañamente he leído seguidos unos cuantos libros escritos por españoles.

Fabulosas narraciones por historias nos lleva al Madrid de 1923 y al entorno de la Residencia de Estudiantes dirigida por José Moreno Villa. Los protagonistas principales son tres jóvenes: Patricio Cordero, sobrino del novelista José María de Pereda, Martiniano, sobrino de Azorín, y Santos, un joven de origen rural, cuya familia se dedica a la cría de cerdos. Una constante en el libro será la mezcla de personajes reales con otros inventados; así por estas páginas desfilarán Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez, García Lorca, Neruda, Vicente Huidobro… En una nota final Orejudo afirma que esta novela “bautiza con nombres verdaderos a personajes imaginarios”.

El tono de farsa irónica queda establecido desde la primera página del libro (o incluso desde la primera frase: “¿Y si después de todo no era un genio?”), narrado en tercera persona; una tercera persona omnisciente, que a menudo, guiada por su afán caricaturesco, dirige una mirada de superioridad condescendiente y de burla sobre sus personajes; así, por ejemplo, habla de Santos en la página 335: “Pasaba las tardes de invierno con la Chari frente al fuego, que le provocaba pensamientos que a él le parecían profundos”. Las caricaturas de Juan Ramón Jiménez, convertido en un maniático del silencio y del orden, y la de Ortega y Gasset, convertido en un sátiro intrigante, son especialmente divertidas. Las famosas tertulias literarias de la época tampoco se van a escapar al escarnio burlesco de esta mirada novelística que parece ridiculizar todo lo que describe.

La Residencia de Estudiantes era un caos de señoritos, nos cuenta Orejudo en esta novela, un caos de juventud bullente como era el Madrid de la época. Ya sabía por novelas como La calle de Valverde de Max Aub que Madrid era una ciudad más moderna en 1923 que en 1943 o 1953, una ciudad que miraba a Europa con una cercanía que iba a quedar cercenada por la autarquía de años venideros. Así, al recrear el lenguaje de 1923 (una recreación muchas veces falsa, pues los jóvenes de esta novela hablan como los de la década de 1990) Orejudo emplea el uso de términos en inglés: race, leader, off-side…, y los nombres de los personajes aparecen, a menudo, transformados en diminutivos de sonido anglosajón: Pátric, Martini…
 Me ha llamado poderosamente la atención una imagen: “Las races de autos ilegales que Teuco Salas, el hijo del embajador argentino, organizaba viernes y sábados, a partir de las tres, al final de la Castellana.” (pág. 37).
En todo caso, existe una diferencia clara entre un libro como La calle de Valverde de Aub y Fabulosas narraciones por historias de Orejudo, éste último recrea la vida madrileña de la década de 1920 con la visión desenfadada y desprejuiciada de 1990; así el sexo explícito será frecuente en esta novela, mientras que en la Aub una realidad como ésa se mostraba muy elípticamente.

En la página 297 he marcado el párrafo que posiblemente justifica el título del libro: “Nos pasamos toda la vida tomando las narraciones fabulosas por historias y, cuando por fin conseguimos entrever la historia verdadera, ésta nos suena tan fantasiosa que no nos la creemos.”

El todo burlesco de la primera parte del libro (con su abultado humor escatológico y brutal, tan español: pedos, golpetazos…) empieza a dejar entrever una realidad más turbia, como el juego a través del cual la Generación del 27 fue fruto de una conspiración que pretendía canalizar el gusto popular hacia la poesía o la novela de prosa poética en contra del realismo (conspiración dirigida por José Ortega y Gasset), que acabará conduciendo –sin abandonar el tono burlesco- hasta el asesinato.
La novela gana en altura cuando la narración nos conduce hasta la Guerra Civil y la posguerra, y veamos la evolución de Patricio o Santos bajo el nuevo régimen, cuando aquellos años locos de la juventud han quedado tan atrás.

Otro elemento destacado de esta novela es que en la narración se van intercalando páginas de memorias, de entrevistas o de ensayos publicados ya en la democracia o cerca de la democracia (años 1970-1990), donde las palabras de personajes reales (por ejemplo, aparece alguna página real de Ortega y Gasset) se van intercalando con las de otros inventados. También la novela recoge artículos de la revista pornográfica de la época La Pasión, que al final descubriremos que están escritos por algunos de los personajes del libro.

El tono burlesco, de condescendiente farsa, y el lenguaje irónico y sonoro, tan cervantino, me han recordado también al empleado por Luis Landero en su primera novela, Juegos de la edad tardía.

La lectura de Fabulosas narraciones por historias ha hecho que me apetezca leer más novelas españolas, novelas que reflejen como era este país hace décadas. Tengo que acercarme a Benito Pérez Galdos, por ejemplo; y he estado a punto de leer otro de mis inleídos clásicos: Lola, espejo oscuro de Dario Fernández Flórez.
En todo caso, he descubierto por fin a Antonio Orejudo, y su primera novela, publicada el año en que el autor cumplía treinta y tres años, y por tanto, posiblemente escrita con unos treinta, me ha parecido verdaderamente ambiciosa y conseguida.

Seguro que repetiré con Orejudo.

domingo, 21 de abril de 2013

Matate, amor, por Ariana Harwicz


Editorial Lengua de Trapo. 149 páginas. 1ª edición de 2012.

El día de la presentación de Será mañana, la novela de mi amigo el escritor mexicano Federico Guzmán Rubio, que tuvo lugar en noviembre de 2012 en Madrid, al finalizar el acto, una gran parte de las personas que habíamos asistido a la librería-bar Tipos Infames acabamos tomando algo en Malasaña. Recuerdo que Jorge Lago, uno de los editores de Federico, se mostraba contento con la novela Matate, amor de Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) de reciente aparición en aquel momento. Yo había visto el libro días antes en librerías y me había llamado la atención la poderosa imagen de la portada, un cuadro elegido por la autora de la novela –dato que supe más tarde- y muy adecuado con el contenido, como constato una vez leído el libro.

Semanas después le pedí la novela a Federico, que sabía que la tenía, y la he leído el pasado marzo.
Matate, amor es una novela corta organizada en capítulos de breve extensión; desde su primera frase entraremos en un mundo amenazante y cargado de violencia contenida, que en algún momento acabará haciéndose real: “Me recliné sobre la hierba entre árboles caídos y el sol que calienta la palma de mi mano me dio la impresión de llevar un cuchillo con el que iba a desangrarme de un corte ágil en la yugular”.

La voz narrativa -durante la mayor parte de la novela, pero con significativos puntos de fuga- pertenece a una mujer joven, que vive en pareja y que tiene un bebé. Una mujer argentina, dados los modismos lingüísticos empleados y que, por algún detalle del libro, conseguimos deducir que vive en Francia, en un entorno rural, y convive con un hombre francés.

La narradora parece sufrir una gran insatisfacción vital que le conduce a un cuestionamiento constante de la vida familiar convencional. En la página 8 (segunda de la novela) podemos leer: “¿Y yo? Una mujer normal, de una familia normal, pero una excéntrica, desviada, madre de un hijo y con otro, quién sabe a esta altura, en camino”.
En la página 22: “Y eso es un día vivido? ¿Eso es un ser humano viviendo un día de su vida”.
Página 57: “De todos modos, desde hace tanto e, incluso, desde antes de nacer, y mientras mi esposo anda gritando por ahí de celos, estoy muerta”.

El distanciamiento de la protagonista con su pareja y su bebé es muy grande, hasta el punto que la convivencia parece inviable. Ella no tiene un trabajo remunerado y suele pasar largos momentos tumbada en el bosque cercano a su casa, mientras que su pareja está fuera trabajando. Ella especula con la idea de que su pareja le es infiel. Ella acaba siéndole infiel a él con un vecino. En la página 29, por primera vez, el texto abandona a la joven mujer que nos cuenta la historia y la voz narrativa se desplaza hasta la del vecino. Lo que ocurrirá en alguna ocasión más a lo largo de la novela y, dado que esto tiene lugar sin aviso de ningún tipo, el lector leeré las primeras frases de un capítulo con extrañeza hasta que consiga percatarse del cambio del punto de vista.
Además de distanciada, la relación de la protagonista con su pareja y su bebé también es ambigua. Por ejemplo, en la página 15 el bebé preocupa mucho a la narradora: “Voy a ver si el bebé respira a cada minuto, lo toco para ver si reacciona, lo destapo, lo cambio de posición, lo ilumino, lo levanto, todavía estamos en la etapa de la muerte blanca”. En la página 68 el bebé le preocupa esto a la narradora: “El bebé gatea hasta la chimenea y en segundos va a necesitar el botiquín. Apuesto a que el padre no se mueve. Podría ser millonaria si me hubieran dado todo el dinero que gané en apuestas. Y la ganadora es… El bebé pone las manos en las brasas, el padre reacciona a lo Bush frente a las Torres Gemelas. Lo veo salir corriendo a buscar vendas y antiinflamatorios”.

En más de uno de sus capítulos la novela tiene toques oníricos o alucinados. En la página 69, el bebé de seis meses ha trepado hasta las ramas más altas de un árbol.

El interés de Ariana Harwicz por lo puramente biológico del ser humano, por la muerte, la enfermedad y lo enfermizo me ha recordado al que muestra la escritora chilena Lina Meruane en obras como Sangre en el ojo o Fruta podrida.

El algún momento de la novela la narradora apunta: “Un soplo de irracionalidad había quemado mi existencia y me encontraba en medio de la nada con un arma cargada entre manos” (pág. 129).

Explícitamente en la página 97 se habla de Sylvia Plath y de Virginia Woolf. La sombra de estas dos escritoras planea sobre Matate, amor, una sombra maldita que habla de mujeres suicidas, de mujeres disconformes con la sociedad en la que viven y oprimidas por ella. Una sombra que habla de mujeres con pocas opciones, a parte de la de ser madre y ama de casa. En la página 99 de esta novela la protagonista afirma: “Soy madre, listo. Me arrepiento, pero ni siquiera lo puedo decir. (…) Lo traje al mundo, ya es suficiente. Soy madre en piloto automático. (…). Mamá era feliz antes del bebé. Mamá se levanta todos los días queriendo huir del bebé, y él llora más.”; y esta sombra no deja de ser extraña al ser invocada por una joven que nos habla desde el siglo XXI, desde un siglo en el que la mujer puede salir ahí fuera y trabajar, un siglo en el que existen guarderías para bebés; donde existe el aborto y el divorcio o la idea de ser una madre soltera e independiente. Porque a pesar de que la narradora no parece desear a su pareja, en vez de separarse decide casarse con ella, y el lector tiene que entender que existe una dependencia ineludible.

El estilo de Harwicz me ha parecido trabajado, poderoso y poético, pero apuntaría que Matate, amor acaba ahogándose en su propia vehemencia, en su deseo de mostrar una situación asfixiante para una mujer, que el lector percibe que en todo momento tiene las puertas abiertas aunque ella no deja de reiterar que están cerradas, y tan sólo la locura parece sostener su discurso. Y aún así uno se pregunta por qué no es el hombre el que toma la decisión del alejamiento. El propio deseo de mostrar el horror, un horror no real, un horror que parte de la locura, lastra la capacidad de avanzar en el tiempo de la novela; y hace que leamos más de uno de sus breves capítulos con la sensación de mostrarnos, otra vez, una situación o una idea en exceso remarcadas en el discurso narrativo.
Antes he citado a la escritora chilena Lina Meruane. Quizás sería interesante leer Sangre en el ojo, una novela que me llamó mucho la atención el año pasado, y compararla con Matate, amor, otra obra de la nueva narrativa femenina sudamericana que también aborda el tema de la dependencia humana -o del extravío humano-; y que sea el lector quien decida cuál de ellas le gusta más (yo, quede dicho, prefiero Sangre en el ojo).

domingo, 25 de noviembre de 2012

Será mañana, por Federico Guzmán Rubio


Editorial Lengua de Trapo. 333 páginas. 1ª edición de 2012.

Si usted es un lector habitual del blog ya sabrá que Federico Guzmán Rubio (México DF, 1977) es mi amigo, y es posible también que haya deducido que vive en Madrid y que quedamos con cierta frecuencia. Además, algunos de los libros comentados aquí durante el último año han sido leídos por recomendación suya.

La primera vez que oí hablar de esta novela fue en el verano de 2011, en una terraza de la madrileña plaza de Santa Ana. Entonces aún no se llamaba Será mañana y Federico estaba a punto de acabar de escribirla.
La leí por primera vez, en su versión manuscrita, en diciembre de 2011. Y lo he vuelto a hacer, en su versión definitiva, durante este mes de noviembre. Tenía curiosidad por saber cómo había salido por fin el libro al mercado; y más sabiendo que yo soy en parte responsable de la corrección de algunas erratas y de alguno de los cambios definitivos, como la supresión de ciertos capítulos que hacían el texto un tanto excesivo. Así que entenderán ustedes que esta de hoy es una entrada especial para mí.
He disfrutado más de esta segunda lectura; por una parte me parece claro que las novelas ganan cuando se leen ya en formato libro respecto a cuando son un montón de fotocopias unidad por una espiral, y porque además ahora (después de las partes suprimidas y de no acercarme a él con un lapicero en la mano) el texto se lee con mayor fluidez.

Barrunte, el personaje de Será mañana, tiene ya cien años pero aparenta treinta y pocos. La premisa fantástica de la novela es ésta: él se sabe inmortal mientras siga haciendo la revolución. Si está participando en alguna lucha armada, para alcanzar la justicia social, sus heridas se regeneran con facilidad, no enferma, no le afecta el alcohol ni conoce lo que es un dolor de estómago. Cuando alguna de las revoluciones en las que ha participado triunfó, como en el caso de la cubana, Barrunte tiene que partir en busca de otra. En el momento en el que deje de estar en pie de guerra comienza su degeneración física, representada por la aparición de una luz azul que tiene la capacidad de ver en los moribundos y sobre él mismo. Así que su búsqueda de revoluciones guarda una doble relación con su existencia: la lucha activa da un sentido moral a su vida, y también es motivo último de ésta.
La novela, narrada en tercera persona, comienza cuando Barrunte llega al Madrid de principios del siglo XXI, con la intención de contactar con alguno de sus compañeros de las antiguas revoluciones hispanoamericanas –compañeros en el límite de edad que se permite a sí mismo para que su ausencia de cambios físicos pueda ser tolerada–. El fin último de su viaje a Madrid será, lógicamente, iniciar una nueva revolución en España, lugar que Barrunte siente como propicio, dado el desmantelamiento del Estado del bienestar al que nos está llevando la crisis económica.
Pronto sus ideas revolucionarias van a chocar con la apatía que, a pesar de todo, exuda el país, además de la achacable a sus antiguos amigos revolucionarios, acomodados ahora en puestos diplomáticos o en ONGs.

El tono de la novela es eminentemente irónico y, siguiendo la tradición mexicana, entroncaría con la obra satírica de Jorge Ibargüengoitia.
Dentro de la tradición española, el personaje de Barrunte estaría ligado a la obra de Cervantes. Barrunte, como el Quijote, está empeñado en luchar contra todos los gigantes que cree ver en su camino y en vivir una serie de aventuras heroicas e imposibles en los tiempos actuales. Los análisis de la realidad que hace Barrunte, al igual que los del Quijote, suelen ser falsos: toma precauciones ante la policía española completamente innecesarias, puesto que no le están persiguiendo ni su lucha es una amenaza para nadie. Las aventuras de Barrunte –como, por ejemplo, en la escena en la que intenta que unos hispanoamericanos que guardan cola en una oficina del INEM se subleven–, siguiendo la más pura tradición española de El Quijote, acabarán en palos cobrados sobre el lomo. La época heroica de los caballeros andantes había pasado para Don Quijote, lanzado a los caminos de La Mancha, igual que las románticas revoluciones en Cuba, México o cualquier país hispanoamericano han pasado para un Barrunte arrojado al Madrid actual (donde ya estuvo hace 75 años luchando en la Guerra Civil).

Según avanzan las páginas de la novela, la luz azul se empezará a volver más brillante para un Barrunte que, imposibilitado para hacer la revolución, comenzará a sentir que su muerte se acerca. Mientras que su cabeza –en un Madrid frío y lluvioso de principios de enero– se vuelve cada vez más paranoica y desesperada, decide abrir en la pensión donde se aloja su portátil y comenzar a narrar su vida desmesurada.
El lector podrá acercarse a alguno de estos episodios que Barrunte escribe sobre sí mismo, sin ningún orden cronológico: escenas aleatorias, o destacables por algún recuerdo especial, que el moribundo inmortal escoge de su gran pasado.
Y estos capítulos en primera persona podrían llegar a leerse casi como relatos independientes y tienen que ver, debido a su construcción y forma, muchas veces paródica o chistosa, con los relatos del anterior libro de cuentos de Federico Guzmán, Los andantes, ganador del premio Caja Madrid en enero de 2010, y que ya comenté en el blog (ver AQUÍ).
De hecho, es en estos capítulos donde se encuentra mi parte favorita del libro: las páginas en las que Barrunte reconstruye los momentos en los que es concebido durante la revolución mexicana. Unas páginas con un fuerte sabor de allá, plagadas de mexicanismos, en las que el lenguaje paródico (en muchos casos frases tomadas de canciones de la revolución o de libros de la época como Los de debajo de Mariano Azuela; que cualquier mexicano conoce –me cuenta Federico– aunque no así un español) se hace más brillante.

Así que Será mañana entronca a la perfección con los tiempos actuales, y al adentrarnos en ella, además de leer una divertida parodia sobre la crisis económica (en estos días en los que necesitamos tanto reírnos), también debemos preguntarnos por el reciclaje de la izquierda en la sociedad presente, así como por nuestro olvido de las dictaduras y las guerrillas hispanoamericanas (el repaso que se hace de ellas en la novela, pese al tono paródico de la mayoría de las páginas, no deja de ser escalofriante).
Y, en un orden más general de temas, Será mañana también se puede leer como una reflexión sobre el paso del tiempo, sobre los años que cualquiera de nosotros podemos llegar a vivir lejos de las convenciones y de los ideales con los que crecimos.
A mí Será mañana me ha gustado mucho y me alegra pensar que ha sido capaz de escribirla mi amigo Federico Guzmán, una de las personas que conozco que más sabe y que más pasión siente por la literatura.

(Nota: la presentación de Será mañana, a cargo del escritor Alberto Olmosse llevará a cabo en la librería-bar madrileña Tipos infames -San Joaquín 3, Malasaña- a las 19.45 h. del martes 27 de noviembre. Allí nos vemos, Federico)

domingo, 15 de abril de 2012

Alimento para moscas, por Jon Obeso


En abril de 2000 leí las dos novelas que resultaron ganadoras ex aequo del Premio Lengua de Trapo de 1999, que fueron La piel de Inesa de Rolando Menéndez y Silencios de Karla Suárez, ambas de escritores cubanos. Recuerdo que La piel de Inesa me gustó por su cuidado lenguaje lírico, pero la que más me sorprendió de las dos fue Silencios, por su sequedad poética y la tensión narrativa de su trama.
Sé que Rolando Menéndez ha seguido publicando libros en España, y los he hojeado en alguna librería. Pero al final, sin que haya ningún factor determinante, aparte del tiempo limitado y la oferta apabullante de libros, no he repetido con él. En cambio, sí que esperé con interés que Karla Suárez siguiera publicando. Su voz femenina cubana me sorprendió bastante más que la de, por ejemplo, Zoe Valdés, de la que tanto se oyó hablar por entonces.
Y Karla Suárez dejó Cuba, se fue a vivir a Italia y nunca más he vuelto a saber de una nueva obra suya. Hace no mucho Lengua de Trapo reeditó Silencios, un libro muy recomendable.

No había vuelto a leer, hasta ahora, a ningún ganador del Premio de Novela Lengua de Trapo. Creo que, en gran parte, esta decisión ha sido motivada porque intento huir de la lectura competitiva: alguna vez yo también me he presentado sin éxito a este certamen literario. Y me parece (psicoanalizándome a mí mismo) que es posible que, por evitar la pulsión competitiva, cuando leo a autores jóvenes, estos no suelen ser españoles sino hispanoamericanos.

En todo caso, me llamó la atención Alimento para moscas de Jon Obeso (San Sebastián, 1970) cuando lo vi en las mesas de novedades de las librerías. Me parece que su portada es la más atractiva que ha tenido nunca un libro de Lengua de Trapo. Y de pie en la Fnac de Callao leí su primer capítulo, que me sorprendió por su lenguaje barroco y su temática aparentemente expresionista, creando una realidad extraña de corte kafkiana.
Una vez en casa se me ocurrió que tal vez a Jorge Lago, el editor de Lengua de Trapo que se puso en contacto conmigo hace unos meses para ofrecerme un ejemplar de Ensimismada correspondencia de Pablo Gutiérrez, le interesase enviarme el libro para que yo hablara de él en Desde la ciudad sin cines. (Sí, querido lector anónimo, he tardado 3 años, pero al final he vendido mi alma al Gran Capital). Muy amablemente, Jorge Lago me envió Alimento para moscas a mi casa la misma semana que se lo propuse.

Alimento para moscas está narrada por un personaje extravagante, un investigador que desde los últimos 12 años vive encerrado en un pabellón ubicado en el extremo de un complejo hípico. El objetivo de sus estudios es el análisis del sonido (aunque también del comportamiento) “del más común de los insectos dípteros del suborden de los nematóceros” (pág. 15 y 1ª del libro). Así que nuestro investigador, entre los caballos y un estanque creado para facilitar la vida a los nematóceros (las moscas), vive consagrado a su ardua tarea. Además contribuye de forma personal al desarrollo de su objeto de estudio, puesto que su cuerpo es el alimento de las moscas (las hembras): “Mi piel presenta un mundo de concentradas inflamaciones y durezas múltiples que con el tiempo, doce años ya, han hecho de mi cuerpo un lugar apenas reconocible” (pág. 16). Y al leer este tipo de frases la primera vez –de pie en la Fnac de Callao, como dije– fue cuando empecé a pensar en Franz Kafka, en las transformaciones físicas de La metamorfosis o en cuentos como Un médico rural o La guarida, donde los personajes kafkianos consagran sus vidas a creaciones absurdas. Además, las citas iniciales de la novela, del Ferdydurke de Witold Gombrowicz y de Corrección de Thomas Bernhard, ya nos acercan al expresionismo europeo de la transformación y lo alterado.

El narrador, mientras estudia a las moscas, también parece posar su mirada sobre los habitantes de la comarca en la que vive, llamada en la novela La Merindad. Aunque en una nota inicial Jon Obeso ya nos advierte: “Todos los personajes que aparecen en ese libro (…) son reales y guardan estrecha relación con los habitantes de los concejos que se extienden entre los valles de Allín, Guesálaz y Yerri”.
En capítulos de extensión normalmente breve, el narrador (que a veces parece convertirse en una voz omnisciente) toma nota de las costumbres de sus vecinos. Así, por ejemplo, escribe: “Todas estas gentes se dicen las cosas con la mayor de las arrogancias” (pág. 111); “Podría decirse que estos hombres se odian, pero no sería cierto (…) estos hombres no se paran, continúan y se esquivan torpemente” (pág. 112).
A los habitantes de La Merindad lo que más les preocupa es su árbol genealógico (ser o no ser descendientes de los más antiguos moradores de la comarca), la productividad de la Cantera y conversar obstinadamente sobre lo anterior en el Club Recreativo: “Porque aquí todo el mundo se observa, vigila, sitia, cerca, como si todo, aperos, lugares y gentes tuvieran un mismo sabor a pertenencia” (pág. 41).

Como ya apunté, el lenguaje de la novela es barroco, con un trabajo léxico que continuamente remite al mundo biológico (con abundancia de términos en latín, por ejemplo) y al mundo rural; incide en los humores del cuerpo humano, en los fluidos, en lo íntimo y corpóreo (venas, úteros…), como si se tratase de una película de David Cronenberg y su nueva carne.
En todo caso, el vocabulario no usual es frecuente. Por ejemplo, leemos en la página 149: “Tal vez una sola imagen aliente al Guarda, postrado en una extraña gratitud, ante el tenso respirar pausado del quercus: su saliva de tanino curtiendo la piel astringente del mundo”.

Los personajes de la novela son designados por la función que cumplen en el orden de la comarca: el Guarda, el Veterinario, el Alguacil, el Enterrador… y tan sólo Matías, un trabajador de la Cantera que se suicidó 30 años antes del comienzo de la narración (y sobre quien el texto vuelve continuamente), es poseedor de un nombre; quizás, especulo, se marca con esta diferencia la ruptura con el orden social que supuso su muerte violenta.

Jon Obeso ya publicó una novela, Las edades del agua, en 2006, pero principalmente ha desarrollado su quehacer artístico en el campo de la poesía, donde ha obtenido diversos galardones. En 1997 (leo en Internet) ganó el segundo premio de poesía del concurso Villa de Pasaia con un poemario titulado, curiosamente, Alimento para moscas. Y quería comentar esto porque el pulso narrativo de esta novela –también titulada Alimento para moscas– lo encuentro muy cercano al de la poesía. La narración, en 37 capítulos de extensión más o menos breve, va explorando el mundo expresionista creado, a través de la sugerente voz narrativa del investigador de las moscas, desde distintas posiciones más o menos radiales, y cuyo epicentro sería el aire pausado inherente a La Merindad.

Y yo pasaba páginas del libro y aguardaba el momento de la ruptura: es decir, siguiendo el orden lógico que achaco a la construcción de una novela, esperaba que el mundo creado se desquebrajara para dar lugar a la acción narrativa.
Este momento aparece en la página 46: “Un acontecimiento viene a sumarse estos días a las ventajas que favorecen un examen exhaustivo de mi tesis”. Una epidemia empieza a matar a los caballos del centro hípico (otro de los centros de La Merindad, junto a la Cantera y el Club Recreativo) donde nuestro investigador realiza sus estudios. Las hipótesis del investigador comienzan, así como las del Veterinario y las demás personas de la zona. También empiezan a darse comportamientos extraños: el Guarda se obsesiona con enterrar los restos de los caballos muertos bajo su encina favorita, como si del ofrecimiento a un tótem se tratase.
Y quizás, este es el problema que puedo achacar a este libro para que no haya acabado de engancharme: los capítulos radiales sobre el carácter de los habitantes de La Merindad se suceden, alternándose con otros donde se atiende a la evolución de la epidemia; y a pesar de que, por ejemplo, en la página 141 nos encontramos con un apunte que marca el tiempo de lo narrado: “Han pasado ya seis meses desde que se registró la primera baja en la hípica”, me ha dado la impresión de que este libro no tenía voluntad de evolución novelesca, si entiendo por “evolución novelesca” la idea de “evolución en el tiempo” (apunto que mi vocabulario técnico sobre teoría literaria puede ser débil. Al fin y al cabo yo soy como ese personaje del aforismo de Stalislaw Jerzy Lec: “Era un tipo tan ignorante que tenía que inventarse sus propias citas de los clásicos”).

Así que, como conclusión, de Alimento para moscas voy a destacar su cuidado lenguaje barroco y poético, con una elección de vocabulario que crea una curiosa atmósfera de extrañamiento expresionista; y algunas de sus escenas, como la de la relación entre la sexualidad de los adolescentes y los caballos, la relación del Guarda con su encina, o el capítulo 19, titulado Dominios del número, donde el narrador nos conduce a su infancia y al surgimiento de su vocación entomológica en el colegio (y aquí me doy cuenta de mi necesidad de un discurso narrativo más clásico, con explicaciones sobre el carácter de los personajes); también podría destacar la elección del jurado del premio de Lengua de Trapo de esta obra entre 699 posibles, dada su fuerte vocación literaria pero su difícil (a mi entender) rentabilidad comercial. Y le achacaría a Alimento para moscas, como debilidad, el lastre que supone (a mi entender, de nuevo) la falta de evolución narrativa de la trama.

jueves, 22 de diciembre de 2011

Ensimismada correspondencia, por Pablo Gutiérrez

Editorial Lengua de Trapo. 157 páginas. 1ª edición de 2011.

Estoy empezando a tener que decir que no. Tampoco de una forma apabullante, pero es un hecho: desde hace unos meses algunas editoriales o autores se ponen en contacto conmigo para ofrecerme sus libros, publicados o escritos –según el caso. Y yo, por educación o por carácter, soy una persona a la que le cuesta decir no. Pero digo no, porque también aprendí hace tiempo que uno no debe traicionar sus pasiones: para mí uno de los placeres de leer ha sido siempre poder seleccionar lo que leo. Voy de un autor a otro, paseo y entro en esta o aquella biblioteca, o librería de primera o segunda mano, busco información en internet o en revistas, compro por impulso… Y que una editorial publique un libro que me interesa, ir a una librería y comprarlo, me parece un acuerdo justo.
 De hecho, cuando me cambié de carrera en la universidad, no me pasé a Filología Hispánica, entre otros motivos, porque no quería leer lo que otros me dijeran que leyese. Y a veces he pensando que debería hacer estudiado Filología Hispánica pero también, al no haberlo hecho, he sentido el orgullo de haber podido leer de un modo ecléctico lo que me ha parecido. Y así, como lector, he acabado por tener lagunas inmensas, pero también he atesorado algunas orillas inesperadas.

A pesar de lo expresado en el párrafo anterior, esta vez dije que sí. Uno de los editores de Lengua de Trapo me escribió un correo electrónico para ofrecerme este libro. Y dije que sí porque ya me había fijado en el nombre de Pablo Gutiérrez (Huelva, 1978), y lo tenía anotado como uno de los nuevos escritores españoles que quería leer, sobre todo a raíz de las positivas críticas que ha recibido su novela Nada es crucial. Y dije sí, también, porque Ensimismada correspondencia, su nuevo libro de relatos, quedó finalista del II Premio de Narrativa Breve Ribera del Duero, y leí hace unos meses al ganador, El final del amor de Marcos Giralt Torrente, porque entre los finalistas había nombres de la talla de Javier Tomeo y Marcelo Lillo, escritores a los que admiro. Y además Pablo Gutiérrez fue elegido por la revista Granta como uno de los 22 mejores escritores en español menores de 35 años; lo que hace que tenga curiosidad por saber qué escriben estos autores de mi generación, o ligeramente más jóvenes que yo.

Empecé a leer Ultramort, el primero de los 10 cuentos de Ensimismada correspondencia, en el autobús que me acerca por las mañanas al colegio donde trabajo. La última página (de las 19 que consta) la leí aceleradamente porque ya veía, desde las ventanillas del autobús, las puertas del cole, los niños de la ruta se levantaban de los asientos, cogiendo sus mochilas, y yo no quería dejar la lectura. Necesitaba que el efecto del cuento se asentase en mi percepción lectora sin cortes. La historia narrada en Ultramort es en apariencia sencilla: un hombre joven va en coche a pasar un día de playa, solo, o más bien en compañía del libro Las personas del verbo del poeta Jaime Gil de Biedma. Y los planos del cuento se despliegan: el protagonista es el joven que va solo a la playa y también es el poeta, de quien –imagina el lector- el primer personaje está intentando reconstruir escenas de su vida a partir de lo leído en los poemas. Y este protagonista-lector cae en el romanticismo de cualquiera de nosotros, también lectores: pensar que la vida del poeta, tal como la reflejan sus versos ha sido más intensa que la nuestra, para darnos cuenta de que en realidad la experiencia vital del artista admirado tuvo que ser, en el fondo, como la nuestra: “Mejor asumir ciertas cosas. Tomar conciencia de la vulgaridad, la patraña cotidiana, recta y ordenada de las horas del día: asumir que nada feliz ni dramático vendrá a romper eso.”, escribe Gutiérrez en la página 26, usando una segunda persona que interpela tanto a su personaje como al lector.
Este cuento, Ultramort, me conquistó de forma inmediata, por su cuidado lenguaje poético y su combinación de elementos: vida del anónimo protagonista o vida de Gil de Biedma, acercándose a ellos desde la primera, segunda o tercera persona…. para narrarnos una experiencia común a cualquier lector o persona.

En el segundo cuento, Antipoema 20, Gutiérrez se sirve de un recurso similar a Ultramort: usa aquí la figura del poeta Pablo Neruda, y su poemario más popular, Veinte poemas de amor y una canción desesperada, para hablarnos de la historia de desamor de otro personaje anodino.
Apunto ya que los cuentos de Pablo Gutiérrez se separan bastante del modelo carveriano, al que nos hemos acostumbrado durante las últimas décadas: casi no hay acción en ellos, no se destaca una situación para insinuar otra, los personajes no interaccionan en el momento de la acción narrativa, sino que la acción es evocada por un personaje normalmente aislado, preferiblemente en una habitación. Y el estilo desde luego que no es carveriano: en vez de ser lacónico e insinuante, Gutiérrez construye sus composiciones con una cuidada prosa poética, que profundiza en la búsqueda del detalle y la metáfora.
Para insinuar el ritmo de la poesía, en muchos casos las frases no están separadas por los puntos que podrían parecer necesarios, sino que fluyen como si fueran versos. Para observar esto, transcribo aquí el comienzo de Antipoema 20: “De nada sirve volver al jugo del lorazapam que te abomba el ánimo y te aplasta como un fantoche en el sofá, no quiero esa guarida, en la penumbra habita una criatura aún más fiera, yo puedo fabricar una sustancia mejor exprimiendo el recorrido de mis válvulas, qué vulgares laboratorios con monigotes de blanco encorvados sobre sus decantadores para conjugar un pálido reflejo de la oxitocina”.
Este cuento, siendo un cuento correcto, no ha conseguido emocionarme como lo ha hecho Ultramort. y en este segundo nos encontramos con elementos narrativos ya desarrollados con más fuerza en el cuento anterior. Pero habría que decir que, para mí, el listón estaba alto: Ultramort es un relato que debería estar en todas las antologías de relato en español de los próximos años. Leí hace un año la antología Siglo XXI. Los nuevos nombres del cuento español actual, un libro con una destacable selección de relatos, y si Ultramort hubiera estado entre ellos me habría parecido uno de los mejores leídos en ese libro.

El tercer cuento, Razia, con 3 páginas, es el más corto del conjunto. Como en los otros dos se elige la figura de un poeta –Federico García Lorca, aquí- para vertebrar lo narrado. Me ha gustado el cambio respecto de los otros dos: frente a la figura solitaria y triste de los anteriores, nos encontramos en éste con un cuento de denuncia del franquismo, “Entre julio de 1936 y enero de 1937 la represión ordenada por Queipo de Llano fusiló o degolló a 3028 personas en la ciudad” (pág. 43).

En los 5 cuentos Búsqueda.doc (4º), Virgen de las aguas (5º), Mujercitas (7º), Conferencia (8º) y Ensimisma correspondencia (10º), encuentro las suficientes semejanzas como para comentarlos de forma conjunta: aquí ya no utiliza Gutiérrez la figura de un poeta, o sus versos, como soporte narrativo del relato poético o contraste espiritual con la realidad retratada, sino que los personajes están solos (o más bien aislados) y nos acercamos a su vida mediante la descripción general de sus conflictos. De estos cuentos destaco Virgen de las aguas, que nos acerca al sufrimiento de un profesor de religión de lunes a viernes, que desde el vienes por la noche hasta el domingo sucumbe a su adicción al porno.
Me he sentido identificado con el discurso generacional del protagonista de Conferencia, un funcionario que da charlas en colegios a adolescentes sobre la prevención de drogodependencias.
La creación del personaje de la adolescente superdotada y exibicionista de Búsqueda.doc me ha resultado menos lograda que los otros dos personajes comentados, pero sigue siendo un cuento correcto.
Para hablar de Mujercitas y Ensimismada correspondencia voy a citar el primero de los consejos sobre cómo escribir cuentos de Roberto Bolaño: “Nunca aborde los cuentos de uno en uno. Si uno aborda los cuentos de uno en uno, honestamente, uno puede estar escribiendo el mismo cuento hasta el día de su muerte”. (página 324 de Entre paréntesis). En estos dos cuentos me ha parecido sentir el peso de la repetición de planteamientos respecto a los otros 3 que he separado en este grupo, y sin ser malos me han interesado menos.
En realidad, los 5 cuentos de este grupo (a los que podría unir alguno más) tienen un planteamiento que en primera instancia podría parecer de escritor principiante: describir a un personaje quieto es una de las primeras tentaciones de un narrador novato. Siempre me pareció que en los cuentos que más me gustaban había interacción entre varios personajes, había acción, y aquí el personaje se sienta delante de un ordenador, se tumba en una cama o mira un prado… y evoca. Pero Pablo Gutiérrez no me parece un narrador novato; por el contrario, pienso que conoce el problema del que hablo y consigue sortearlo con éxito gracias a la solidez de su estilo poético y al encuentro del detalle peculiar; y el único problema que veo a esta subversión de los valores del cuento puramente carveriano o chejoviano (con el que normalmente me identifico) es cierta repetición de elementos, como ya he apuntado.

Gigantomaquia, el noveno cuento, nos acerca a la angustia existencia de un jugador de baloncesto, y lo he separado del conjunto anterior, porque está escrito con un estilo diferente: más que de modo poético y detenido, este cuento está escrito de forma eléctrica, con constantes saltos del pulso narrativo. Así consigue adentrarse en la mente angustiada de su protagonista que no deja de evocar un error del pasado. Me ha gustado.

Y dejo para comentar al final el sexto cuento, Georgina Hübner, en el cielo de Lima, donde Gutiérrez indaga en un suceso real en torno al poeta Juan Ramón Jiménez: cómo dos aspirantes a poeta de Lima le engañaron para establecer correspondencia con él gracias al artificio de inventarse una voz femenina y admirativa de sus versos. Aquí sí existe una interacción de personajes y su levedad chejoviana ha hecho que sea junto con Ultramort mi cuento favorito del conjunto. Otra pieza digna de cualquier antología de relatos.

Así que para mí Ensimismada correspondencia tiene al menos dos cuentos perfectos, muy llamativos para antologías sobre nueva narrativa en español, y al menos 3 ó 4 cuentos más muy buenos, y sólo, quizás, adolece de una ligera sensación de repetición de planteamientos en algunos cuentos, que no acaba, en cualquier caso, de afear un conjunto de relatos muy notable.

domingo, 11 de septiembre de 2011

Los andantes, por Federico Guzmán Rubio

Editorial Lengua de Trapo. 253 páginas. 1ª edición de 2010.

Con este libro, Los andantes, Federico Guzmán Rubio (México DF, 1977) ganó en enero de 2010 el VIII Premio de Narrativa Caja Madrid, para escritores en lengua castellana, residentes en España y menores de 35 años. Estuve pendiente del fallo, porque yo también participaba en ese premio (y, dada mi fecha de nacimiento, era el último año que podía hacerlo). Cuando apareció el libro, en marzo de 2010, lo hojeé, leí algunas páginas y pensé en comprarlo. Pero al final no lo hice por el siguiente motivo: llevo unos años intentando no sucumbir a la lectura competitiva; es decir, leer un libro de un autor joven con el afán de compararlo con lo que yo escribo, o en este caso con el libro que yo presenté al premio citado. Intento dedicar mi tiempo a una lectura puramente de disfrute.

Al final sí he leído Los andantes, debido a que hace unos meses tuve la oportunidad de conocer a su autor, con el que he mantenido alguna interesante conversación sobre literatura, y acabamos intercambiando mis Acantilados de Howth por sus Andantes. Y, si he de hacer un comentario comparativo entre este último y el libro que yo envié al premio (sin conocer ninguno de los demás presentados), Los andantes es un ganador más que meritorio, puesto que Federico Guzmán Rubio, con 32 años camino de los 33 a la hora del fallo, presenta una madurez narrativa y un control de muy diversos recursos técnicos encomiables.

Los andantes se divide en cuatro partes, que a su vez se descomponen en cuatro cuentos o capítulos (y en un caso en tres), y digo cuentos o capítulos porque ya la contraportada nos advierte de que “El lector decidirá si lee este libro como un conjunto de cuentos hilvanados o una novela disgregada”. Yo elegí la primera opción, y así en la primera parte conocemos al personaje de Jesús, un mexicano que durante los últimos 10 años ha estado trabajando en Estados Unidos y regresa ahora a su país con el deseo de encontrar a una antigua novia, Josefina; a buscarla parece dedicarse en los dos primeros cuentos. Y en el tercero nos topamos con el primer cráter narrativo que Guzmán Rubio nos propone en este libro; el protagonista vuelve a ser Jesús, pero ahora la acción se sitúa en Estados Unidos y parece ser que Josefina emigró en un primer momento con él y viven juntos. En este tercer cuento, Las mañanitas, se plantea una vida alternativa para Jesús si hubiese tomado sus decisiones en el pasado de otra manera, si su identidad se hubiese formando de otra manera. Y éste parece ser el hilo conductor que hilvana todos los cuentos del libro: la formación de la identidad, la aceptación de una de ellas, el deseo de trastocarla mediante el viaje, el cambio de trabajo, de pareja... Así, en el segundo cuento, La buena suerte, Jesús visita en México un burdel donde le pueden ofrecer el siguiente servicio: una prostituta caracterizada como su antigua novia Josefina, pero tal y como era cuando la dejó 10 años atrás.

En la segunda parte, también nos encontramos con el juego de los cambios de identidad en el primer cuento, Los mil rostros del amor, donde dos mexicanos que trabajan en Londres ayudan a su jefe a reconquistar a su mujer disfrazándole con diversas identidades, de luchador mexicano, de intelectual hispanoamericano, de bombero… En este cuento, como en muchos otros, una intención cómica o paródica domina la composición, que acaba pudiéndose leer como un cuento neofantástico de baja intensidad, al hacernos tomar como real la situación aparentemente disparatada que plantea.
En el tercer cuento de esta parte, La mano de Dios, se introduce un nuevo recurso técnico: en vez de estar narrado en primera persona, como hasta ahora, lo está en la primera persona del plural, y la localización vuelve a ser nueva, ahora nos encontramos en el norte de África. Y en el segundo, La mano de Dios, el escenario es un aeropuerto, donde el protagonista de esta segunda parte sufre un retraso y escucha el discurso que le hace un compañero de vuelo, que dice ser el árbitro del famoso partido Argentina-Inglaterra del Mundial del 86, en el que Maradona consiguió marcar sus dos goles míticos. Un compañero de vuelo que puede no ser quien dice ser, que puede estar de nuevo jugando al trastoque de identidades.

La tercera parte también se acerca a eso que he llamado, por no saber de qué otra forma hacerlo, cuento neofantástico de baja intensidad. Aquí se nos presenta a otro hombre joven mexicano que vive con una mujer francesa en la ciudad de Lyon. Esta mujer desea cumplir cada día con una misma rutina y no admite alteraciones en los elementos de su casa. El hombre mexicano se empezará a preguntar por su función en ese orden de cosas inamovible, qué representa él en ese contexto. Las respuestas las encontrará en los diarios que la mujer escribe y que le ha pedido que no lea. Esta tercera parte es la más hilvanada del libro y la de estructura más lineal. En el último cuento la lectura del diario de ella nos acerca -haciendo uso Guzmán Rubio de un nuevo recurso- al relato erótico.

En la cuarta parte se ensayan nuevos recursos narrativos, y así, el segundo relato, Para eso están los amigos, se construye con los diálogos que tres amigos intercambian en un bar de México, y el autor nos muestra aquí todo un despliegue de lenguaje coloquial mexicano. Uno de los personajes se inventa una identidad, la del conquistador maduro de una joven italiana con la que se ha encontrado, en un viaje de negocios, en su hotel de Bruselas. Por la descripción hecha, esta mujer parece ser la de la tercera parte, que en el tercer cuento de esa sección del libro ha viajado a Bruselas. El encuentro con la supuesta joven italiana (que el lector sabe que es francesa), descrito a los amigos, es falso. Este hombre ya ha desarrollado esta historia falsa en el anterior cuento, al contársela a un camarero de Bruselas que supuestamente, también, vivió en México en el pasado.
En el tercer cuento de esta parte, El otro hombre, se propone directamente el intercambio de identidades entre un mexicano que sueña con ser turco, y viceversa, en un juego muy a lo Julio Cortázar.
En el cuarto cuento, Nombre de guerra, el juego de elementos desarrollados en Los andantes se cierra, y el protagonista de esta sección tiene un encuentro sexual con una prostituta que parece ser la misma Josefina de la primera parte, pero en la versión en la que emigró a Estados Unidos con Jesús. Y también se desmiente el final que según sabemos tuvo el protagonista de la segunda parte.

La prosa desarrollada por Federico Guzmán Rubio en este libro, como ya he dicho, muestra una gran variación de recursos y registros. Y Los andantes es un libro que podría leerse como una novela fantástica (Jesús viajó a Estados Unidos con Josefina, Jesús no viajó a Estados Unidos con Josefina), y que observados uno por uno cada cuento sería realista. Pero no absolutamente realista, o al menos así me lo han parecido los juegos paródicos propuestos, a lo Julio Cortázar (como ese cuento de los disfraces citado) y que he llamado cuento neofantástico de baja intensidad. Y, a veces, la prosa se expande hasta  la reflexión borgiana, como en el siguiente párrafo: “También me alteraba que la escritura sugiera la posibilidad de que fuera viable concebir un día como una unidad casi indivisible o como un conjunto de fragmentos infinito; sé que se trata de una obviedad física, pero me intrigaban las consecuencias que esto pudiera tener en la vida y por lo tanto en la escritura, o viceversa” (pag. 148-149).

Los andantes me ha parecido un libro arriesgado, innovador en su juego de relatos cruzados que se complementan -o bien se niegan- en otros; en el que Federico Guzmán Rubio ha desplegado un medido elenco de recursos narrativos y de registros literarios, y que dada su juventud me hace pensar que tiene un gran mundo literario que desarrollar. Sé que Federico está ultimando ahora una novela, cuyo argumento realmente promete. Esperemos verla pronto publicada.

miércoles, 29 de julio de 2009

El estatus, por Alberto Olmos


Si la anterior novela de Alberto Olmos, Tatami, trascurría en el espacio cerrado de un avión y con el tiempo limitado a las horas de un vuelo Madrid- Tokio, en El estatus el espacio se reduce a un edificio de cuatro plantas, del que, durante las escasas semanas que ocupa el tiempo de la narración, sus protagonistas principales no franquearán las puertas.
Clara madre y su hija, Clarita, han llegado del campo a la ciudad, a un piso de lujo buscado por el marido ausente.
El país, por el uso del lenguaje de los protagonistas, podría ser España, pero no lo es; permaneciendo la novela atemporal y deslocalizada –como dice la contraportada-. En ella también se la compara con un drama de Beckett, supongo que haciendo referencia a su obra Esperando a Godot; en El estatus madre e hija también esperan a un Godot (el padre) que nunca parece acabar de llegar, aunque pesa sobre los protagonistas como una presencia ominosa. Clara madre e hija esperan entre un conserje mudo, una sirvienta deslenguada y las visitas de un empleado de la agencia inmobiliaria que les ha conseguido el piso.
En la contraportada también se cita a Faulkner, e imagino que será por la creación del personaje Jesualdo (el portero) que por momentos, en sus discursos quebrados y absorbentes, recuerda al Ben de El ruido y la furia.
En la contraportada no citan, sin embargo, a Henry James, para mí una referencia clara en esta obra, en la que, como en Otra vuelta de tuerca, el punto de vista narrativo resulta fundamental. Durante la lectura de El estatus la narración es cortada por unos comentarios en letra bastardilla que Clara madre e hija parecen dirigirse una a la otra hablando sobre las escenas de la novela. Un detalle me llamó la atención: en estos comentarios a veces se usa un tiempo verbal pasado y a veces presente; no desvelaré más, pero esto tendrá su influencia en el desenlace de la historia.

En el ambiente claustrofóbico del edificio, situado en Schemelgelme 34 (los nombres, aunque suenan a alemán, también deslocalizan el libro), las situaciones inquietantes parecen sucederse: ruidos, ausencia de vecinos… hasta la desaparición nocturna de la puerta del piso al pasillo del edificio. Aquí posiblemente se produce la gran ruptura de la novela, ya que la reacción de los protagonistas no parece acorde a las circunstancias; y debemos, quizás entonces, miran la portada, esa reproducción de una foto de Franz Kafka con Felice Bauer, para interrogarnos si nos encontramos ante una obra del absurdo de corte kafkiana. Pero sólo hemos de dejarnos guiar por la narración; al final todos, o casi todos, los interrogantes tendrán una explicación plausible, que estará en relación (aunque no de forma absoluta, ya que también son importantes los vínculos que los personajes secundarios tienen entre sí) con los dos puntos de vista principales de la novela: ésta es una historia de fantasmas, como parece creer Clarita; o es una historia de locura, como el lector puede deducir de las reflexiones de Clara. Ésta -la verdadera portadora del concepto de estatus-, vive aislada de los demás, criados, sirvientes… a los que considera inferiores, y mientras espera a su marido (Godot) se dedica a leer. Sólo se nos da una referencia de sus lecturas: El Horla, relato de Guy de Maupassant sobre un hombre que está siendo poseído por una presencia fantasmagórico o que se está volviendo loco (al parecer es un relato bastante biográfico sobre el propio Maupassant).

Una novela corta, que se lee con interés, y estando siempre la narración al servicio de un intenso trabajo con el lenguaje. Ésta es una de la características de la escritura de Olmos, desde que debutara en 1998 con A bordo del naufragio (Anagrama, finalista del premio Herralde), una replica interesante a los libros rápidos y deslavazados de lo que por entonces se llamó “narrativa joven” (léase Historias del Kronen).