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domingo, 19 de abril de 2026

Una mujer a quien amar, por Theodor Kallifatides


Una mujer a quien amar
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 155 páginas. 1ª edición de 2003; esta es de 2025.

Traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide

 

Ya he contado que, en noviembre de 2025, fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en una charla organizada en el Círculo de Bellas Artes de Madrid con Lídia Jorge. Compré tres libros de Kallifatides, Madres e hijas (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003), publicados en España por la editorial Galaxia Gutenberg. De forma errónea, consideré que Una mujer a quien amar era su último libro escrito y la dejé para la última de las tres lecturas. En realidad, Una mujer a quien amar es anterior a los otros dos libros, y es simplemente la última de sus obras que la editorial Galaxia Gutenberg ha publicado en España, esta vez con la traducción de Carmen Montes Cano y Eva Gamundi Alcaide, que traducen del sueco, idioma en el que, de forma habitual, Kallifatides ha desarrollado su obra narrativa hasta que en Otra vida por vivir decidió cambiar a su griego natal, y se tradujo al español por Selma Ancira.

 

El hilo conductor principal de Una mujer a quien amar es recordar y homenajear a Olga, una amiga de Kallifatides que acaba de morir. En esta novela, nuestro narrador va a cumplir sesenta y tres años y Olga acaba de morir a los cincuenta y uno. La primera escena del libro nos muestra su funeral. «Olga era un tercio griega, un tercio rusa y un tercio sueca. Su madre era rusa; su padre, griego, y ella nació en Suecia. Amaba Grecia con pasión y soñaba con terminar sus días allí. Pero también amaba Suecia con pasión y vivió sus días aquí. Rusia no ocupaba un lugar muy importante en su vida más allá de que idolatraba a Dostoyevski y Chéjov.» (pág. 8)

Kallifatides, en estas tres novelas que he leído, habla de sí mismo y, por tanto, al leerlas seguidas he tenido la sensación de estar leyendo distintos capítulos de la misma novela, porque el narrador es siempre el mismo y también lo son su mirada y su enfoque sobre lo narrado. En esta ocasión, Kallifatides nos va a hablar de sus primeros años en Suecia, después de haber emigrado allí desde su Grecia natal. Así sabremos que al llegar al país empezó a vivir en una habitación de seis metros cuadrados y a trabajar en una pastelería. También nos hablará de la época en la que, recién acabada su carrera de Filosofía, empezará a trabajar en un internado, hablando en sueco e inglés, idiomas que por entonces no acababa de dominar.

 

Desde el día del entierro de Olga, Kallifatides va a retroceder en el tiempo, sobre todo a dos líneas temporales: en primer lugar, a los meses previos a la muerte y la evolución de la enfermedad de la amiga y, en segundo lugar, a una época más remota en la que conoció a Olga, cuando ella tenía unos diecinueve años y él treinta. Acabaremos sabiendo que llegaron a acostarse juntos, pero aquella fue una relación sentimental breve que no fructificó, principalmente porque ella acababa de salir hacía poco de una mala experiencia de pareja y la relación se convirtió en una amistad que perduró hasta el momento de la muerte de ella. «Cómo acabamos en su estudio, cómo continuamos hasta la cama, cómo fue acostarnos, lo había olvidado. Solo recordaba su cuerpo esbelto, desnudo sobre la colcha negra, pero lo recordaba más como un cuadro que como una experiencia.» (pág. 31). Olga va a ser una de las personas con las que va a poder hablar en griego en Suecia y, por tanto, conseguir retener su esencia más íntima en el país extranjero.

 

También nos hablará de la época en la que conocerá a la que luego será su mujer; una sueca de tendencia política liberal, cuando él era un «comunista convencido».

 

Kallifatides nos vuelve a hablar de Farosund, el pueblo en una isla en el que su mujer y él compraron una casa. En la página 85, leemos un hermoso párrafo sobre esto: «Por primera vez escogí Farosund en lugar de Atenas. No me di cuenta inmediatamente de lo que significaba aquello. Solo después de una semana aproximadamente caí en la cuenta de que había dado un paso más en mi acercamiento a Suecia. Ya tenía incluso un refugio aquí. Un lugar en el que la soledad era apacible y el silencio, suave. Allí podía sentarme a hombros del mundo y mecer los pies sobre la playa de la vida, los valles del amor y los barrancos del odio».

 

Una mujer a quien amar habla más de Suecia, que las otras dos novelas que he leído de Kallifatides, aunque en una escena se describe un encuentro familiar en Grecia, la primera vez en la que la familia de él conoce a la madre de Kallifatides en Atenas, cuando la madre tenía ochenta y seis años. Es un dato que me ha resultado algo extraño. Como ya ocurría en Madres e hijos se vuelve a hablar de las relaciones familiares, y de nuevo aparece el personaje de la madre y el hermano que quería inventar una máquina para dar bofetada cuando uno dijera una tontería. En un libro se narra una historia, en otro se recuerda o se vuelve a narrar desde otra perspectiva. Son historias que se solapan y nos hablan de la capacidad humana para evocar distintos recuerdos o realidades dándolos nuevos significados. Es verdad que después de leer tres libros seguidos del autor, como he hecho yo, se puede tener una cierta sensación de repetición, o de estar leyendo –como ya he apuntado– la misma novela, pero, en cualquier caso, sería una larga novela con más de una repetición; algo que no acaba de tener una relevancia negativa en cualquier caso.

 

El tono de Una mujer a quien amar es, en apariencia ligero, en su capacidad para saltar de un tema a otro, o dejarse llevar por las digresiones narrativas, pero siempre –como también ocurría en los otros dos libros– hay un esqueleto narrativo, un tema central (en este caso, el de evocar a Olga, en los distintos momentos en los que el autor la ha conocido) que hace que la historia avance y se sostenga. Las novelas de Kallifatides no se cimentan sobre la tensión narrativa, sino sobre la poesía de la mirada sobre lo observado y las continuas reflexiones sobre el entorno y la capacidad que tienen nuestras decisiones y el tiempo para moldear nuestra identidad. En alguna página se habla, por ejemplo, sobre lo estudios filosóficos y me ha resultado interesante leerlo: «La filosofía había abdicado. Se dedicaba a los análisis técnicos de teoremas, concepto y afirmaciones. Se dedicaba a los problemas epistemológicos. No eran cosas sin importancia, al contrario. Pero la cuestión de cómo hemos de vivir se abandonó a toda clase de charlatanes. Curas, terapias, piedras mágicas, astrólogos, fanáticos, idiotas: todos ellos tienen hoy por mercado el mundo entero, porque la gente busca un sentido, un contexto.» (pág. 126). Me gustaría señalar que en este párrafo se puede ver, cuando dice que esos problemas epistemológicos sí tienen importancia, que Kallifatides no quiere polemizar ni dar, en sus libros, opiniones radicales. Los libros de Kallifatides, en realidad, son agradables de leer, ligeros sin ser superficiales. Son libros poéticos y ligeramente nostálgicos sobre la condición humana. Son libros que sustituyen la tensión narrativa por la amabilidad y la página confortable. Como reproche menor podría señalar que al final la figura de Olga, la mujer a la que se iba a homenajear en este libro, queda un poco desdibujada y Kallifatides vuelve a hablar sobre todo de sí mismo. En cualquier caso, Una mujer a quien amar es un buen libro.

domingo, 12 de abril de 2026

Otra vida por vivir, por Theodor Kallifatides


Otra vida por vivir
, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 153 páginas. 1ª edición de 2018; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

Ya conté en mi reseña anterior –correspondiente a Madres e hijos (2020)– que en noviembre de 2025 fui a escuchar a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) en el Círculo de Bellas Artes de Madrid. No había leído nada de Kallifatides y compré tres de sus libros, publicados por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). Otra vida por vivir es el segundo libro suyo que leo, lo que he hecho a continuación de Madres e hijos.

 

Madres e hijos nos acercaba a 2006, cuando un Kallifatides de sesenta y ocho años visitaba en Atenas a su madre de noventa y dos. Otra vida por vivir sitúa su acción principal en 2015, cuando el autor tiene setenta y siete años. Otra vida por vivir, al igual que Madres e hijos, es una novela de autoficción, en la que no hay distancia entre el narrador y el escritor y, por tanto, ambas obras se pueden leer como si fueran capítulos de una novela más amplia. La novela empieza hablando de un acto literario en el que a Kallifatides le han invitado como autor sueco y se da la circunstancia de que es el autor más mayor del encuentro. Uno de los temas de esta novela breve será el de la edad, porque, por primera vez en su vida, el autor se encuentra con una crisis creativa. Se sienta ante la página en blanco y no se le ocurre nada de lo que escribir. «Me sentía vacío e inútil. Una tarde en la Folkoperan de Estocolmo me encontré con un colega que me caía bien aunque no lo conocía yo demasiado. No sé cómo, pero acabamos hablando de mis dificultades. “Después de los setenta y cinco nadie escribe”, dijo». (pág. 24), en esta encrucijada vital parece hallarse el autor.

 

Igual que ocurría en Madres e hijos, Kallifatides va a mezclar, en su discurso, sus inquietudes más íntimas, sobre la vejez o el paso del tiempo, con otras colectivas, como, por ejemplo, la decadencia que observa en los servicios sociales suecos y su incapacidad de acoger a más refugiados. También le preocupará la situación de Grecia, a la que siente como un país humillado, después de todos los recortes a los que le obligó la Unión Europea. Nos dirá que ha llegado a ver caricaturas grotescas de los griegos, como vagos irredentos, en periódicos europeos, y esas caricaturas le recordaban a algunas que los nazis hicieron sobre los judíos. «Europa calculaba cuánto le debíamos, mientras en el Egeo los refugiados arriesgaban su vida día tras día. Los había visto con mis propios ojos en Symi, adonde había ido aquella primavera por trabajo. Hombres, mujeres y niños echados en la calle afuera de las oficinas del puerto. Lo peor de todo es que no decían nada, ni siquiera hablaban entre ellos. Se habían abandonado a su destino, que en ese momento eran dos jóvenes guardas del puerto.» (pág. 41)

También opinará sobre algún otro tema del que se hablaba en 2015, como la libertad de expresión, a raíz de los atentados a la revista Charlie Hebdo. Para él no debería ser un derecho poder insultar las convicciones y los valores de los otros.

En otra vida por vivir sabremos que uno de los dos amigos con los que se reunió en Atenas, en el viaje de Madres e hijos, ha fallecido ya; igual que ha fallecido su propia madre. En esta nueva novela existe una línea temporal definida, en 2015, pero, al igual que ocurría en Madres e hijos, es frecuente que la escritura de Kallifatides tienda a la digresión según se activan sus recuerdos. En cualquier caso, todo esto ocurre con gracia y sin que la novela parezca una acumulación de anécdotas sobrepuestas. De este modo, la crisis por no poder escribir se va acentuando: «Iban pasando los días y yo intentaba conservar mis rutinas, porque sentía que el vacío dentro de mí crecía de manera alarmante.» (pág. 96). Kallifatides, desde hace décadas, tiene la costumbre de salir de casa por la mañana y acudir en tren a un estudio, sobre una colina que domina la ciudad, para escribir allí. Las horas en el estudio empiezan a hacérsele muy largas y le es extraño dejar de salir de casa para ir al estudio y cruzarse por su casa con su mujer cada mañana. Algo parece haberse roto dentro de él, algo que quizás le está indicando que se ha hecho demasiado mayor para seguir con su actividad profesional, que en realidad no es una actividad profesional sino una forma de vida. No sin humor, Kallifatides se abrirán una cuenta en Twitter para poder escribir allí algunas pequeñas frases o ideas.

En Otra vida por vivir se habla de una casa de verano que el matrimonio Kallifatides mantiene en una isla sueca, una isla en la que viven, durante unos meses, en una pequeña comunidad y que, en el pasado, también albergó una base militar.

 

Al escribir la reseña de Madres e hijos, cité a Philip Roth y ese temor del que hablaba el escritor estadounidense de dañar a las personas de una comunidad (judíos en Estados Unidos en un caso y griegos en Suecia en otro). En Otra vida por vivir es el propio Kallifatides el que cita a Roth: «Me acordé de algo que había dicho Philip Roth en una entrevista: “Uno no puede escribir cuando los recuerdos lo abandonan”», y este es el problema principal que acaba comprendiendo Kallifatides que le está asaltando, que sus recuerdos de Grecia se están empezando a petrificar en su interior, sobre todo después de la muerte de su madre.

Un correo electrónico será el que le acabe salvando: desde su pueblo natal, Molaoi, le escriben para pedirle el permiso de poner su nombre al colegio local. En el pasado, ya le había dado su nombre a una calle y él se lamenta de que no había ido a su pueblo a verla. «Los honores no me incomodaban. Al contrario, por eso escribía. Para que en mi pueblo hubiera una calle con mi nombre, para que hubiera una escuela con mi nombre, para seguir existiendo», escribe en la página 110. Esta pequeña vanidad ha llegado a conmoverme, porque sabiendo que escribe una persona de setenta y siete años, que está empezando a tener problemas con la escritura, no deja de mostrarle como alguien vulnerable.

 

El tramo final del libro describirá el viaje a Grecia y a su pueblo natal. Los libros de Kallifatides no basan su fuerza en la intriga o en la tensión narrativa, sino en su capacidad para divagar e hilar ideas y recuerdos; así que no creo que le arruina la experiencia lectora a nadie que cuente la tenue cadena de acontecimientos que forman la espina dorsal narrativa de este breve y hermoso libro.

 

Kallifatides empezó publicando en sueco y en este idioma, como nos dice en las primeras páginas, es en el que ha conseguido su prestigio y reconocimiento. Sin embargo, Otra vida por vivir va a ser el primero que escriba directamente en su lengua materna, en griego. Madres e hijos, que se publicó dos años más tarde, también está escrito originalmente en griego. La traductora de ambas obras es Selma Ancira.

 

Como ya he apuntado, leer Otra vida por vivir ha sido como acercarme a una continuación de Madres e hijos, ya que llegamos al mismo mundo narrativo, con el mismo autor, con las mismas obsesiones sobre la identidad, la pérdida y los idiomas. Ha sido una bonita experiencia leer los dos seguidos y conocer así a este elegante y sensible escritor europeo. Mi siguiente reseña será sobre Una mujer a quien amar.

domingo, 5 de abril de 2026

Madres e hijos, por Theodor Kallifatides


 Madres e hijos, de Theodor Kallifatides

Editorial Galaxia Gutenberg. 169 páginas. 1ª edición de 2020; esta es de 2025.

Traducción de Selma Ancira

 

En noviembre de 2025, el Festival Eñe, celebrado en el Círculo de Bellas Artes de Madrid, reunió a Theodor Kallifatides (Molaoi, Grecia, 1938) con la portuguesa Lídia Jorge para charlar sobre sus obras y el pasado de sus países y de Europa. El encuentro tuvo lugar un viernes de lluvia y me apeteció pasarme. No me había acercado a ningún libro de Kallifatides, pero había leído buenas críticas sobre su obra. Compré tres de sus novelas, publicadas por la editorial Galaxia Gutenberg, Madres e hijos (2020), Otra vida por vivir (2018) y Una mujer a quien amar (2003). De forma, quizás un tanto ingenua, supuse que al final de la charla, Kallifatides y Jorge iban a firmar libros, pero esto no fue así y mi alma fetichista se quedó sin los libros de Kallifatides firmados. Este autor es conocido, entre otras cosas, por haber emigrado de su Grecia natal a Suecia y haberse convertido en un autor que ha desarrollado casi toda su carrera en idioma sueco. En una de las salas de Círculo de Bellas Artes, un Kallifatides de ochenta y siete años, con un aspecto estupendo, entendía el español y podía contestar a algunas preguntas en este idioma (que intercalaba con el inglés). Desde hacía poco tiempo había empezado a aprender español.

 

Cuando empezó 2026 decidí acercarme a los libros de Kallifatides. Mi idea era leer en orden cronológico de escritura los tres libros que había comprado, pero –no sé cómo lo miré– lo cierto es que los he acabado leyendo justo en el orden inverso de escritura. De este modo, esta primera reseña va a ser de mi lectura de Madres e hijos (2020). Aunque sí que me percato, consultando mis notas, de un tema interesante: Madres e hijos está ambientado en 2006 y Otra vida por vivir, publicado antes (2018), nos habla de 2015. Por tanto, en Madres e hijos se narra un encuentro de Kallifatides con su madre, y en Otra vida por vivir la madre ya ha muerto.

Madres e hijos está escrito originalmente en griego (traducido al español por Selma Ancira) y más tarde sabré que la decisión de cambiar del sueco al griego como vehículo literario la tomó Kallifatides en Otra vida por vivir, publicado dos años antes.

 

Cuando empieza la narración, hace cuarenta y tres años que Kallifatides (sesenta y ocho años) vive en Estocolmo y su madre (noventa y dos años) en Atenas. Kallifatides le comunica al lector que quiere hablar sobre su madre, que estaba esperando a que muriera, pero que al final va a hacerlo ahora. Y aquí empieza a mostrar algunas dudas sobre su propio material de escritura, algo común a los escritores que, como él, practican la autoficción. «He preparado algunas preguntas que tendré que hacerle. Esto me inquieta y no me gusta. No quiero utilizar a mi madre como material. El hijo que hay en mí quiere estar con ella como antes, sin ningún propósito.» (pág. 9) y un poco más abajo: «¿Seré capaz de controlar al demonio del escritor que quiere arrebatarme el trabajo de las manos? ¿Qué quiere pasarse de listo, bromear, embellecer, o por el contrario, afear?» El uso de frases interrogativas es un recurso común en la novela, unas frases interrogativas que añaden un misterio al material narrado, a su sentido, a sus límites o a su capacidad para realmente describir la realidad.

 

Madres e hijos narra la visita, de unos pocos días, que Kallifatides hace a su madre. Además de querer conversar con su madre viva, el autor establecerá otro diálogo con su padre muerto, ya que este, antes de morir, le entregó a su hijo un cuaderno en el que había narrado los acontecimientos de su existencia que consideraba más importantes. Kallifatides sabe así que su padre quería que hablara sobre él. Desde que toma el avión en Estocolmo, Kallifatides irá leyendo página de este cuaderno, que le serán mostradas al lector en letra cursiva. La técnica narrativa será la de mostrar algunas páginas que serán comentadas por el autor. La novela nos da la sensación de que Kallifatides lee este cuaderno por primera vez en este viaje y muestra una sorpresa genuina por las revelaciones sobre el pasado que encuentra en esas páginas. Entiendo que todo esto debe ser una reconstrucción posterior. El padre, veinticuatro años mayor que la madre, murió con noventa y cinco. Así que murió veintiún años antes que el tiempo narrativo del libro. El cuaderno es de 1972. Kallifatides ha tenido que leer ese cuaderno muchas veces antes que cuando lo hace en este viaje. Imagino también que las páginas que se muestran al lector están editadas, porque el estilo del padre es sencillo, pero siempre correcto y agradable.

La novela está publicada en 2020, pero narra hechos de 2006. En ningún momento, se muestran dudas en el texto sobre el orden o la veracidad de los recuerdos evocados. Realmente se narra como si el autor estuviera tomando notas inmediatas sobre lo contado y en su elaboración no entraran las dudas de los recuerdos. Quizás es así; Kallifatides anotó todo lo que ocurrió en los días de su visita a Atenas y luego, años después, elaboró el libro que el lector tiene en las manos.

 

Uno de los temas principales de la obra de Kallifatides es el de la emigración, y el de cómo el hecho de dejar una sociedad e integrarse en otra distinta cambia a las personas. Nos dirá que él tiene familiares repartidos por todo el mundo y al analizar la vida del padre, a través de su cuaderno, le dará este enfoque del cambio de residencia, de la lucha por la pertenencia. Así en la página 22 leemos: «El segundo detalle era el lugar de su nacimiento. El barrio Exótija, es decir, fuera del recinto amurallado. ¿Qué significaba eso? Que la familia era pobre, por supuesto. Pero al mismo tiempo era una especie de estigma. Habiendo nacido fuera del recinto amurallado, toda su vida luchó por entrar. Lo mismo me ha ocurrido a mí. Me he dejado la vida luchando por entrar al recinto amurallado de una sociedad distinta.»

 

En el aeropuerto, esperando el avión para Atenas, se produce una escena curiosa. Kallifatides está a punto de embarcar, juntos a otros emigrados griegos en Suecia, a los que conoce ya de vista de otros vuelos, y una señora le echa en cara que en sus libros difama a su patria. «Eres tú, señor, quien hace que nos peleemos. Divides a los griegos y engañas a los suecos que tienen el cerebro de chorlito. No paran de preguntarme si es cierto que los griegos hacen el acto con sus cabras y golpean a sus mujeres y a sus hijos de la mañana a la noche.» Esta escena me ha recordado a algunas de las que narraba Philip Roth en Zuckerman encadenado sobre cómo sus libros podían enfadar a su comunidad, los judíos estadounidenses en este caso. No sé si dentro de la autoficción que practica Kallifatides se supone que todo lo que narra sea estrictamente real o añade escenas como esta, que me ha dado la impresión de que era una invención para crear algo de tensión narrativa.

Cuando comencé a leer la novela, tenía la impresión de que el texto estaba bellamente escrito, pero que le faltaba tensión narrativa. Esta tensión se irá fraguando en el libro al contar sobre todo los acontecimientos históricos por los que tiene que pasar la familia Kallifatides: primera guerra mundial, segunda guerra mundial, expulsión de los griegos de Turquía, etc. Incluso, el padre –acabaremos sabiendo– sufrió encarcelamiento y torturas, por parte de los fascistas, durante la segunda guerra mundial; y el propio Kallifatides no podía volver a Grecia después del golpe de estado de los coroneles en 1967, porque le acusaban de difamar al país en los periódicos de Suecia.

 

En la página 31, cuando llega al edificio de su madre, se encuentra con una vecina, llamada María y escribe: «¿Tengo derecho a escribir sobre María? ¿No tendría que pedirle autorización?» En realidad, estas reflexiones me han resultado un tanto exageradas, puesto que no cuenta nada personal sobre María. Diría que Kallifatides tiene bastante cuidado, en su autoficción, de no molestar a nadie. Podría calificar su escritura de «autoficción amable». Quizás en algún momento, al describir la dulzura y atenciones de la madre («Mi madre es mi patria», escribirá) he pensado que la novela podía rozar la cursilería, pero el texto ganaba cuando, desde la narración de la intimidad del encuentro de un hijo mayor con su madre anciana, se habría a un espectro más amplio de personajes y, desde este punto periférico y personal, se hablaba de algunos de los grandes conflictos del siglo XX y principios del XXI. En algún punto también, me ha parecido que Kallifatides caía en algún lugar común; por ejemplo, en la página 51 leemos: «El ser humano siempre se ha preguntado por el mañana.», pero, en la mayoría de los casos, sus comentarios sobre la realidad me han parecido personales, interesantes y acertados, como cuando en la página 72 dice: «Comencé a escribir versos antes incluso de haberme masturbado.»

 

Aunque, como he apuntado al principio, temía la sensación de que Madres e hijos era una narración en esencia amable y sin tensión narrativa, el libro me ha ido ganando según avanzaba por sus páginas, y la vida –los recuerdos, los pesares, las pérdidas…– se ha ido abriendo paso. La capacidad de Kallifatides para enlazar anécdotas en el tiempo narrativo principal de la obra es alta y el texto se acaba llenando de poesía y encanto. Al escribir esta reseña ya he acabado de leer Otra vida por vivir y tengo a medias Una mujer a quien amar. Ya hablaré de ellas.

 

 

 

domingo, 2 de octubre de 2022

Recuerdos de vida, por Juan Eduardo Zúñiga


Recuerdos de vida
, de Juan Eduardo Zúñiga

Editorial Galaxia Gutenberg. 119 páginas. 1ª edición de 2019.

 

En el verano de 2020 leí La trilogía de la guerra civil de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919 – 2020), un volumen formado por tres libros de cuentos que me gustó mucho, que tenía algunas narraciones de una calidad altísima. Como dije entonces, La trilogía de la guerra civil contiene algunos de los mejores cuentos que he leído.

Aunque en casa tengo, aún sin leer, un libro que sacó Cátedra en 2019 con las dos primeras novelas cortas de Zúñiga, El coral y las aguas e Inútiles totales, compré en la última Feria del Libro de Madrid Recuerdos de vida. No sabía que existía este pequeño libro de memorias de Zúñiga y me encapriché de él cuando lo vi en la caseta de la editorial Galaxia Gutenberg, un pequeño libro de memorias que se publicó el mismo año que Zúñiga cumplía cien años. Según una nota final, Zúñiga escribió este breve libro entre 2011 y 2018.

 

Recuerdos de vida empieza con Zúñiga rememorando una nevada que cayó en Madrid en el invierno de 1930 o 1931, un fenómeno natural que, para los ojos del niño que fue, revistió la realidad de un halo de extrañeza. La imagen inicial que Zúñiga elige para abrir su libro no parece arbitraria ni casual, ya que el autor se ha caracterizado por ser un enamorado de los idiomas y las literaturas de los países del Este y, en especial, de Rusia, de la que ha llegado a escribir algún ensayo y de la que ha traducido a alguno de sus escritores al español.

 

Los recuerdos de Zúñiga empiezan en un chalet del madrileño barrio de Prosperidad y, sobre todo, de uno de sus cuartos, en el que se encerraba a leer a autores como Julio Verne o Emilio Salgari. «Este fue mi primer espacio confidente, beneficioso por las horas que allí pasaba. Leía cuanto me era posible y dibujaba escenas de las historias que me gustaban.» (pág. 16).

En 1934, con quince años, visita por primera vez la Biblioteca Nacional, donde elaboró un diccionario de jeroglíficos egipcios, una de sus primeras pasiones. Pronto se despertó en él el gusto por el estudio de idiomas: «Siendo adolescente me puse a estudiar francés y poco después inglés, sin profesores, sólo con alguna gramática escolar y utilizando a la vez las guías para viajeros con frases hechas en ambos idiomas.» (pág. 22-23).

 

Uno de los acontecimientos de la vida de Zúñiga será que, a los trece años, un comercial de una editorial deja, por debajo de la puerta de casa, un folleto de una colección de libros, con un texto de la novela Nido de nobles del ruso Iván Turguéniev. Como ya he dicho, Zúñiga se va a enamorar de Rusia y su literatura, unas inquietudes intelectuales que, durante los años del franquismo, le van a ser difíciles de satisfacer, porque desde España se miraba con sospecha cualquier interés por aquel país. Zúñiga no acaba de contarnos si concluye sus estudios universitarios, aunque sí que apunta que acudía de oyente a clases de Filosofía en la Complutense. Sí llegaremos a saber que, mientras mantiene trabajos para ganarse la vida, como un empleo en una fábrica de discos, se dedicará a estudiar por su cuenta idiomas y la cultura de los países del Este: además de Rusia, Hungría, Bulgaria o Rumanía. Y llegará a traducir libros al español de estos idiomas, que en el Madrid de la época no le interesaban a nadie. Incluso sus primeros libros publicados serán ensayos sobre las realidades históricas de algunos países del Este. Uno de los temas más interesantes de estas memorias es ver cómo Zúñiga se evadirá mentalmente de la triste realidad del franquismo a través de las ensoñaciones e idealizaciones de los países del Este y cómo la cultura le sirve para crearse un mundo propio, una habitación propia en el fondo de su mente.

Zúñiga analiza además sus comienzos literarios, su influencia de los escritores eslavos y cómo estos hablan de la realidad a partir de lo elusivo. Así nos hablará de cómo surgió el primer relato de lo que acabaría siendo su magnífica La trilogía de la guerra civil. No hablará de la guerra mostrándonos los combates, sino a las personas del barrio de Arguelles que, después de que la población civil de la zona fuese evacuada, no dejaron sus casas porque les resultaba imposible separarse de sus pertenencias.

Aunque los tres libros de La trilogía de la guerra civil se publicaron ya en democracia, Largo noviembre de Madrid en 1980, La tierra será un paraíso en 1989 y Capital de la gloria en 2003, su gestación proviene de, al menos, la década de 1970. Imagino que más tarde, Zúñiga, que tiene fama de ser un escritor muy autoexigente, puliría esos relatos, impublicables durante el franquismo, hasta su versión final.

 

La familia de Zúñiga deja el barrio de Prosperidad y en un piso de Bravo Murillo será donde el escritor pase los tres años de la guerra, un tiempo que le dejará profundamente marcado. En 1938 será llamado a filas con la quinta de los jóvenes que cumplían entonces los diecinueve años. Será su exagerada delgadez y sus gafas lo que haga que no sea enviado al frente. Sí que tenía que acudir cada mañana a la Comandancia para recibir una instrucción. Esta experiencia le llevará a escribir su primera novela corta (rescatada ahora por Cátedra), titulada Inútiles totales.

También nos hablará de la gestación de la novela El coral y las aguas, que escribió en el desaparecido Café Michigan. Zuñiga quiso alejarse del realismo social de aquellos años, escribiendo en clave sobre los abusos del franquismo, y así trasladó su historia a una isla de la Grecia clásica. Aunque la novela la publicó la editorial Seix Barral pasaría sin pena ni gloria porque nadie entendió bien el juego de crítica de la realidad que planteaba su novela histórica.

Zúñiga no habla de modo directo del franquismo, sino ‒como aprendió de los rusos‒ de un modo elusivo, pero de puntillas se va filtrando la situación económica (su familia cayó en desgracia tras la guerra) y las duras condiciones morales de la época. Nos hablará también de las tertulias a las que empieza a acudir y de la gente que conocerá en ellas, y de las precauciones que tienen que tomar ante los confidentes de la policía política que pululaban por esos espacios.

 

Zúñiga es un escritor profundamente madrileño y, sin embargo, estas memorias, estos Recuerdos de vida, acaban pareciendo estar escritos por un escritor de un país del Este, un escritor que ha de enfrentarse al silencio de su régimen dictatorial durante unas décadas oscuras.

Recuerdos de vida es un libro bellísimo, de una vitalidad envidiable en un escritor que ha madurado estas escasas páginas durante la última década de su vida, que llegó a los ciento un años. Un libro que nos recuerda el poder balsámico de la literatura y la cultura, sobre todo durante los años más difíciles.

A ver si me acerco pronto al libro de Cátedra con las dos novelas iniciales de Zúñiga, que tienen muy buena pinta. Diría que por no haber destacado en el género de la novela, sino en el del cuento, que es más minoritario, Zúñiga no es un autor tan conocido como debería. Es uno de los grandes autores españoles de los últimos cien años, todo un maestro.

domingo, 15 de noviembre de 2020

La trilogía de la guerra civil, por Juan Eduardo Zúñiga

 


La trilogía de la guerra civil, de Juan Eduardo Zúñiga

Editorial Galaxia Gutenberg. 402 páginas. 1ª edición de 1980-2003; ésta es de 2011.

 

Compré este libro, La trilogía de la guerra civil de Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1919-2020), hace ya unos cuantos años en la Cuesta de Moyano de Madrid. Sabía que Zúñiga era considerado uno de los maestros del relato del siglo XX en España y que su obra más representativa eran precisamente los tres libros que conforman este volumen: Largo noviembre de Madrid (1980), La tierra será un paraíso (1989) y Capital de la gloria (2003).

 

Para esta versión definitiva de la obra, publicada por Galaxia Gutenberg, Zúñiga decidió cambiar el orden de los libros, que será: Largo noviembre de Madrid, Capital de la gloria y La tierra será un paraíso. Además añadió dos relatos nuevos: Caluroso día de julio (incluido en Largo noviembre de Madrid) e Invención del héroe (incluido en Capital de la gloria). En total, el presente volumen recoge treinta y cinco relatos.

 

Una vez acabado el libro entiendo la decisión de cambiar el orden: Largo noviembre de Madrid trata principalmente sobre los comienzos de la guerra en Madrid; Capital de la gloria habla del discurrir de la guerra en Madrid y los últimos cuentos se acercan ya a la inminencia de la derrota republicana en la capital; y La tierra será un paraíso retrata los primeros años de las posguerra. Así que el criterio final de orden cronológico me parece acertado.

 

El primer cuento de Largo noviembre de Madrid es Noviembre, la madre, 1936, y se abre con un párrafo muy significativo: «—Pasarán unos años y olvidaremos todo; se borrarán los embudos de las explosiones, se pavimentarán las calles levantadas, se alzarán casas que fueron destruidas. Cuanto vivimos, parecerá un sueño y nos extrañará los pocos recuerdos que guardamos; acaso las fatigas del hambre, el sordo tambor de los bombardeos, los parapetos de adoquines cerrando las calles solitarias…» (pág. 11). Párrafos similares –con este mismo inicio «Pasarán unos años y olvidaremos todo»– se repiten como una letanía en diversos cuentos del libro (al menos aparece cinco o seis veces más). Por supuesto, la sensación que se le queda al lector es justo la contraria, que las personas que están viviendo los acontecimientos narrados no van a poder olvidarlos fácilmente, sino que, más bien, les van a acompañar durante el resto de sus vidas como un pesado equipaje. El propio Juan Eduardo Zúñiga fue testigo de los acontecimientos que narra, puesto que tenía diecisiete años cuando comenzó la guerra, y hacia su final sería movilizado, aunque permaneció en retaguardia por problemas de salud. De hecho, nació y vivió en la actual plaza de Pedro Zerolo, muy cercana al centro; que era justo un lugar en el que caían muchos proyectiles de los bombardeos franquistas, proyectiles que se desviaban al lanzarlos sobre la Gran Vía.

 

En Noviembre, la madre, 1936 está ya presente el miedo a los bombardeos de la población civil de Madrid, un miedo que va a ser casi una constante en los diecisiete cuentos de este primer libro. En este primer cuento, unos jóvenes hermanos de buena posición social conviven en la casa familiar, después de la desaparición de sus padres (posiblemente muertos en la guerra). Los hermanos pueden vivir sin trabajar en Madrid ni involucrarse en los hechos que los rodean gracias a las rentas familiares. De algún modo, parecen convencidos de que su posición social es sólida; una posición social representada por la posesión de un edificio de viviendas, que sus inquilinos siempre han tenido problemas para pagar. De modo significativo y simbólico, en la contundente escena final de este primer relato, el hermano pequeño verá con sus ojos como el edificio familiar ha desaparecido a causa de los bombardeos que sufre la ciudad.

 

En muchos casos, los protagonistas de este primer libro son burgueses atrapados en sus casas madrileñas, personas que no parecen acabar de entender qué está ocurriendo a su alrededor. En ningún caso, Zúñiga es un panfletario político; más bien es un entomólogo que observa a sus personajes como si fueran hormigas reaccionando ante la inundación de su hormiguero.

En el segundo cuento, Hotel Florida, Plaza del Callao me gusta encontrarme con un detalle de la guerra civil que sé que es real: la salida de Madrid era la carretera de Valencia, y al pasar por Rivas-Vaciamadrid los franquistas tiroteaban a los republicanos desde una posición elevada. No he comentado que gran parte de mi interés hacia este libro de Zúñiga proviene de que yo ando ahora ultimando una novela de investigación sobre la guerra civil en Madrid, y leer estos relatos me ha trasportado mentalmente de un modo muy intenso a la época.

 

En los cuentos de Zúñiga se habla (y en gran medida se homenajea) a las Brigadas Internacionales: a esas personas que vinieron a Madrid, en muchos casos de un modo romántico, para defender la República y acabaron dejando aquí su vida. En gran medida, en estos cuentos aparecen personas asustadas que no acaban de entender qué motiva a estos extranjeros que han venido a España, pudiendo estar en cualquier otra parte, que parece desde luego mejor que Madrid. Aunque también se hace un retrato humano de ellos, ya que, por ejemplo, en el cuento Aventura en Madrid se nos habla del extrañamiento de un parisino que acaba en la guerra casi de una forma azarosa, como si se tratase de una apuesta de casino.

 

El tercer cuento, Caluroso día de julio, es uno de los añadidos posteriormente. En él siento que Zúñiga ha rebajado el grado de enfrascamiento técnico y ha ido a la esencia de la historia. A raíz de esto, debería decir desde ya, que muchos cuentos de Largo noviembre de Madrid adolecen de un exceso de «trabajo técnico». Trataré de explicarme: Zúñiga acaba cifrando tanto algunos cuentos que hace que el lector sienta lejanía hacia lo contado. En un cuento de ocho o diez páginas, es frecuente que el lector no sepa que está ocurriendo durante la primera o primera página y media del relato. Un relato comenzado en media res, cuyo inicio cobra más sentido al hacer el esfuerzo de volver a leerlo una vez acabada la historia. En más de un caso, Zúñiga decide cambiar la escena sin dejar una línea de espacio entre la siguiente y posterior escena. Es decir, no añade nada al relato causarle al lector una confusión innecesaria, no es mejor escritor alguien por saltarse el convencionalismo de dejar una línea entre escenas diferentes. Esta búsqueda del relato cifrado acaba restando, en más de una ocasión, fuerza a lo narrado; ya que los personajes y la anécdota motora acaban situándose en un segundo plano respecto a la técnica. Con esto no quiero decir que Largo noviembre de Madrid, me parezca un mal libro, que no lo es en absoluto, pero me parecen mucho mejor Capital de la gloria, donde Zúñiga se siente ya en su plenitud, y lo que gana en sencillez compositiva se suma al interés por los personajes y la emoción por una historia bien narrada.

 

De este primer libro me gustaría destacar un cuento como Mastican los dientes, muerden donde se muestra muy bien el tema de las clases sociales en Madrid. También me ha gustado mucho Un ruido extraño, que acaba siendo casi un cuento de terror. «Nos miramos las manos, pero mi pensamiento fue muy lejos, corrió por todo el país, que goteaba sangre, pasó por campos y caminos, por huertas, olivares y secanos y me pareció que en todos sitios encontraba manos iguales a aquéllas, desgarradas y sangrientas en el atardecer de la guerra.», así acaba este cuento en la página 116.

 

Al finalizar Largo noviembre de Madrid decidí intercalar otro libro y una semana después retomé el volumen de Zúñiga, dispuesto a leer Capital de la gloria. Si la densidad estilística de algunos cuentos del libro anterior, me habían causado alguna duda sobre la maestría de Juan Eduardo Zúñiga en el arte del relato breve, creo que debería decir desde ya que Capital de la gloria me ha parecido uno de los mejores libros de cuentos que he leído en mi vida; y que posiblemente le pondría por encima de El corazón y otros frutos amargos de Ignacio Aldecoa y A sangre y fuego de Manuel Chaves Nogales como mejor libro de cuentos de los últimos cien años en España. Capital de la gloria se publicó en 2003; es decir, cuando Zúñiga tenía ya ochenta y cuatro años. Sorprende la firmeza de esta obra escrita ya a una edad tan avanzada.

 

Si bien, en gran medida, Largo noviembre de Madrid hablaba del miedo a los bombardeos durante los primeros meses de la guerra; de las calles destruidas y los refugios antiaéreos; Capital de la gloria habla de las muertes en la guerra, y de cómo estas muertas son vividas en la ciudad de Madrid. En este sentido, me ha gustado mucho Los mensajes perdidos, donde se trata de cumplir la última voluntad de un muerto y buscar al destinatario de un reloj entregado en el frente. La presencia de la muerte y el absurdo de la guerra quedan aquí reflejados de un modo magistral.

Otro cuento muy destacado es Rosa de Madrid, sobre una chica sencilla a la que le pilla la época de los amoríos en plena guerra. Rosa tratará de vencer su miedo a la muerte buscando el placer sexual, por un curioso desplazamiento psicológico. No he dicho todavía que en muchos cuentos (sobre todo en Largo noviembre de Madrid), Zúñiga refleja un deseo sexual que se exacerba con la cercanía de la muerte (todo un juego de Eros y Tánatos), y además sus cuentos muestran a muchas protagonistas femeninas fuertes.

Me ha gustado mucho también (uno de mis cuentos favoritos del conjunto) Ruinas, el trayecto: Guerda Taro, sobre un soldado que al final de la guerra, cuando ya todo está perdido, trata de cambiar de personalidad. En el Madrid de la revuelta de Segismundo Casado nuestro soldado trata de atravesar la ciudad y por el camino piensa en una fotógrafa alemana que vino a España a luchar por la República y acabó muriendo por ella. Una alemana de la que nadie recordará su sacrificio. Es este un cuento muy emocionante y bello.

 

La tierra será un paraíso tiene siete cuentos, que son de media más largos que los anteriores. El mejor me ha parecido el primero, Las ilusiones del Cerro de las Balas, que es toda una obra maestra. Como dije al principio, en este libro se habla de la posguerra, y en este primer cuento han trascurrido tres años del final de la guerra y retrata a un grupo de jóvenes que unos años antes fueron soldados republicanos. Uno de ellos trabaja en un laboratorio, en que ha llegado un médico rumano que le confiesa que busca a un compañero que vino a combatir a Madrid y que no sabe si murió o se quedó en el país. Los jóvenes tratarán de ayudarle a encontrar al médico. Todo el miedo al franquismo por parte de los vencidos queda retratado en este cuento. Además el deseo sexual exacerbado de la guerra sigue presente, pero ahora en una ciudad mucho menos proclive a poder satisfacerlo. El país se ha convertido en una gran cárcel de la que no se puede huir.

Otros cuentos hablan de los vencidos que organizan pequeñas redes de resistencia, como la de repartir panfletos, actividades peligrosas e inútiles, que pueden ayudar, tal vez, a mantener la esperanza y la dignidad de los vencidos.

 

Pese a algún titubeo inicial, por los excesos técnicos comentados, La trilogía de la guerra civil de Juan Eduardo Zúñiga me ha parecido uno de los mejores conjuntos de relatos que he leído nunca. Y considero que contiene algunas de las piezas maestras del género del relato, que se han escrito en España. Creo que a cualquiera le va a ser muy difícil encontrar cuentos mejores que Rosa de Madrid, Ruinas, el trayecto: Guerda Taro o Las ilusiones: el Cerro de las Balas.

Muy grande Zúñiga; hace unos años me crucé con él por la madrileña calle Narváez y le reconocí al instante. Qué pena, no haber leído entonces este libro y haberle podido parar en plena calle y felicitarle por él, poder decirle que, en gran parte, la guerra civil en Madrid es para mí su guerra civil.

domingo, 10 de febrero de 2019

Novelas I (1939-1954), por Juan Carlos Onetti.


Novelas I (1939-1954), de Juan Carlos Onetti.
Editorial Galaxia Gutenberg. 1.070 páginas. 1ª edición de 1939-1954; esta de 2005.
Edición de Hortensia Campanella. Preámbulo de Dolly Onetti. Prólogo de Juan Villoro.

Uno de los libros con los que más disfruté en 2017 fue Los adioses de Juan Carlos Onetti (Montevideo, 1909-Madrid, 1994). Cuando acabé el año e hice recopilación de las mejores lecturas me prometí a mí mismo que en 2018 leería La vida breve, que se supone que es la obra maestra de Onetti, del que ya he leído un buen número de libros.

Cuando a finales de febrero de 2018 supe que tenía que embarcarme en una mudanza y que estaría, posiblemente, unas semanas sin acceso a internet y sin encontrar tiempo (o un lugar tranquilo) para sentarme y escribir una reseña, pensé que me convenía empezar a leer un libro largo. Entonces consideré que tal vez era un buen momento para sacar de la biblioteca de Retiro este volumen I de las Obras completas de Onetti, que había hojeado más de una vez. En este libro podemos acercarnos a un prólogo de unas 100 páginas (contabilizadas en número romanos) y 970 páginas de novelas, que serían: El pozo (1939), Tierra de nadie (1941), Para esta noche (1943), La vida breve (1950), Los adioses (1954) y como anexo: Tiempo de abrazar (1934).

Una primera idea era leer el prólogo y La vida breve. Al final decidí empezar por el principio y seguir, a ver si me lo leía todo de un tirón. El resultado ha sido éste: he leído las 100 páginas del prólogo y las tres primeras novelas, El pozo, Tierra de nadie y Para esta noche; que en total suman 420 páginas. El pozo ha sido una relectura, porque ya lo leí a los veinte o veintidós años, y Tierra de nadie lo he leído dos veces. Este último fue justo el libro que me tocó en medio de la mudanza (el mejor título para esta situación) y no pude leerlo con continuidad; lo acabé (en su primera lectura) con la sensación de haberme perdido. Una vez leído Para esta noche, decidí volver a leer Tierra de nadie, que ha cobrado para mí más sentido en esta segunda lectura.

Las 100 primeras páginas de introducción me han gustado mucho (estoy por volver a leerlas, tal vez lo haga cuando dentro de un tiempo vuelva a acercarme a este libro para leer, al fin, La vida breve).
Como decía, El pozo ha sido una relectura. Ya lo había leído hace, al menos, veinte años. No recordaba su trama, pero sí la honda impresión que me causó en su momento. El pozo tiene apenas treinta páginas, así que aunque está incluida en este volumen de Novelas I, podríamos considerarla un cuento largo. Alguien que al día siguiente va a cumplir cuarenta años («Nunca me hubiera podido imaginar así los cuarenta años, solo y entre la mugre, encerrado en la pieza», leemos en la página 4) se sienta y escribe («Es cierto que no sé escribir, pero escribo de mí mismo», página 4).

El pozo recuerda al tono desangelado de Apuntes del subsuelo de Fyodor Dostoievski. Un hombre se sienta y escribe. A los quince años, este hombre trató de abusar de una chica de diecisiete que murió unos meses después. La culpa le corroe. Este hombre tiene ensoñaciones en las que aparecen tierras lejanas, y cuando trata de hablar de ellas a desconocidos se topará siempre con la incomprensión. «Ésta es la noche; quien no pudo sentirla así no la conoce. Todo en la vida es mierda y ahora estamos ciegos en la noche, atentos y sin comprender» (pág. 30).

Una vez leídas las novelas Tierra de nadie y Para esta noche, resulta curioso comprobar que su primera novela (El pozo) tiene más que ver con su mundo narrativo clásico que las dos obras siguientes. En El pozo ya nos encontramos al hombre adulto, decadente y superado por un mundo turbio y sin esperanza, que se refugia en recuerdos de juventud (casi siempre suele aparecer en el mundo de Onetti alguna muchacha joven que representa un ideal de plenitud) y en ensoñaciones de tierras lejanas.

Tierra de nadie, como ya he apuntado, la he leído dos veces. Es una novela claramente urbana, ambientada en Buenos Aires: «Diecinueve y nueve, hora de Buenos Aires. Atrás de la cortina y su moña roja estaba la ciudad. Tres millones de personas. Y sin embargo, una vez al día, era forzoso oler un aire de provincias, lento y sin madurar» (pág. 66). Tierra de nadie es una novela coral. En ella, un grupo de hombres y mujeres relativamente jóvenes deambulan por los bares y calles de Buenos Aires. Trabajan, beben, quieren fundar una revista, se enamoran y filosofan sobre su condición de sudamericanos, en contraposición a la de europeos. En el prólogo he leído que Tierra de nadie, publicada en 1941, es una de las primeras novelas hispanoamericanas abiertamente urbana y moderna. Aunque en algún momento se reflejan los pensamientos de los personajes, suele prevalecer la narración de acciones, a veces sin una conexión clara entre sí, muy del gusto de la nouvelle vague. Aunque, eso sí, diez años antes de que se popularizara este movimiento cinematográfico francés. En algún momento. Tierra de nadie me ha hecho pensar en La colmena de Camilo José Cela, que se publicó en 1951. Luego también he pensado en una de las primeras novelas de Juan José Saer, La vuelta completa, publicada en 1966. En ella también se van entrecruzando personajes en el territorio mítico de la ciudad (Santa Fe) y hay un tono marcadamente existencialista. En La vuelta completa podemos leer: «La muerte era ridícula. No. La vida era lo ridículo, ese salto mortal sobre el abismo». En Tierra de nadie leemos: «El primer secreto consistía en que el disco giraba muy lentamente, despacio, despacio. El segundo secreto era que la vida no tenía sentido» (pág. 162). Estoy seguro de que Saer leyó a Onetti y que este autor fue una influencia para él.

Los personajes de Tierra de nadie deambulan por la ciudad, como decía, hablan unos sobre otros y a veces cambian de pareja y también sueñan con islas ideales en la Polinesia. Hacia el final de la novela se produce un salto temporal casi imperceptible, que hace que algunos hechos narrados cobren una nueva dimensión.
En la segunda lectura todo cobró más sentido, aunque realmente ésta no es una novela con una trama demasiado hilada y los personajes entran y salen de la narración muy libremente.
Una curiosidad: en Tierra de nadie aparece por primera vez el personaje del cínico gordo Larsen, un habitual de las novelas de Onetti.

Para esta noche, publicada en 1943, me ha parecido una novela extraña. En El pozo y en Tierra de nadie se filtran ecos lejanos de la guerra europea, y en Para esta noche Onetti escribe un thriller ambientado en el Río de la Plata (o no, no queda claro, aunque sí que se trata de un país latinoamericano), pero que el lector no sabe exactamente si es una novela bélica o de espías, o quiénes son los países o fuerzas en juego. Ossorio busca con desesperación un salvoconducto (¿para cruzar el Río de la Plata?) y durante una interminable noche se irá cruzando con personajes a los que persigue o que le persiguen a él. Todos ellos parecen pender de un hilo y viven cada minuto sintiendo que puede ser el último. En un momento dado, Ossorio ha de hacerse cargo de una niña de trece años. Ha sido él mismo quien ha propiciado su condición de desamparo y se siente responsable de su suerte. Como en tantas historias de Onetti, tenemos aquí de nuevo a la joven inocente que ha de moverse en un mundo de adultos decadentes y desesperados.

Me ha encantado reencontrarme con El pozo, una novela corta que, como Los adioses, invita a ser leída de una sentada. Unas páginas magistrales en cuya musicalidad uno podría perderse una y otra vez. Pero, sin embargo, considero que Tierra de nadie y Para esta noche no se encuentran entre las novelas más importantes de Onetti, un escritor que ha alcanzado cotas de perfección más altas que las mostradas aquí. Como ocurre más de una vez al leer a este autor, el lector tiene que estar muy atento a la narración, porque Onetti no hace muchas concesiones. No explica con detalle las relaciones que unen a los personajes ni tampoco los motivos de sus actos. Al igual que ocurre con William Faulkner, la prosa de Onetti no es cómoda para el lector. A cambio, el ritmo de su escritura es espectacular. Los párrafos de Onetti en cualquiera de sus páginas se pueden leer como si se tratase de una partitura musical desgajada de una trama. Onetti adjetiva como pocos escritores lo han hecho en español.

No he conseguido leer todo este libro seguido; necesitaba un respiro, pero en 2019 leeré La vida breve. No voy a consentir que esta novela, la que se supone que es la mejor de Onetti, se convierta en mi particular versión kafkiana de El castillo.