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domingo, 29 de junio de 2025

Bajos fondos, de Can Xue

 


Bajos fondos, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 122 páginas. 1ª edición de 2016; esta es de 2025

Traducción de Tyra Díez

 

En 2024, las casas de apuestas señalaban el nombre de Can Xue (Hunan, China, 1953) como la más probable ganadora del premio Nobel de Literatura de ese año. Sentí curiosidad y le solicité a la editorial Aristas Martínez las dos antologías de relatos que ha publicado de ella: Hojas rojas (2022) y Al otro lado (2024). Al final, el premio Nobel lo ganó la surcoreana Han Kang, y así tuve la oportunidad de leer a ambas autoras asiáticas.

 

Los cuentos de Can Xue eran surrealistas, inquietantes y muchos de ellos parecían emular la falta de coherencia y angustia propia de los sueños, o más bien de las pesadillas. En ellos, las personas se perdían en lugares a los que no sabían cómo habían llegado, y aparecía o desaparecía gente de su lado casi sin continuidad. Más de uno de esos cuentos estaban protagonizados por animales o plantas: un sauce, unos animalillos indefinidos que habitaban bajo la tierra del desierto, una urraca y una chicharra. Cuando vi que Aristas Martínez publicaba un nuevo libro de Can Xue –en este caso una novela corta–, que estaba protagonizada por una rata, sentí curiosidad, porque esos cuentos protagonizados por plantas o animales que cito fueron de los que más me gustaron de esas antologías. Así que cuando me llegó la publicidad del libro al mail, se lo solicité al encargado de prensa de la editorial para poder reseñarlo y, muy amablemente, me lo envió, y aquí estamos.

 

Aunque la contraportada habla de que el libro está protagonizado por «Wei Qi, una carismática rata», el lector no acabará de tener la certeza de que la narradora de esta historia sea realmente una rata, un animal de otra especie o una clase indefinida de ser fantástico, que las personas suelen confundir con una rata. Cuando los humanos se dirigen a ella, normalmente la denominan «rata», un nombre con el que ella no parece sentirse muy de acuerdo. En la página 20 leemos: «El enano entonces me llamó “rata”. No me hacía ninguna gracia ese nombre. Qué iba a ser yo una rata, si era mucho más grande.»

Tampoco ella se identifica con el nombre de «Wei Qi», que es como la acabarán llamando dos hermanos con los que se encuentra.

 

Sabremos que la narradora siente que su hogar es un barrio de chabolas, asentado en los suburbios de una gran ciudad. En el segundo capítulo visitará algunos edificios de oficinas, pero no le gustarán y decidirá volver al suburbio, a los «bajos fondos» que se evocan en el título. Normalmente entraba en las chabolas y se resguardaba del frío junto a la hornilla de la cocina. Allí era tolerada y lo habitual era que los habitantes de la casa la alimentaran con las sobras de su comida, como si se tratase de una mascota o una presencia benéfica. «Los arrabales son mi hogar, nací aquí, crecí aquí, por las noches me cuelo en cualquier chabola con lumbre, por el día merodeo husmeando su intimidad. Conozco muchos de sus secretos, pero no capto sus enigmas. A simple vista son incógnitas horribles a la par que hermosas, ¿será por eso que no puedo evitar seguir fisgando?», leeremos en la página 30 y este párrafo será el final de la primera parte de cinco.

En la segunda parte, la narradora ha pasado a vivir en un túnel, y se cruzará con otros animales que habitan allí cavando. Esto me ha recordado al cuento Movimiento vertical de Hojas rojas, donde unos animalillos vivían bajo un desierto cavando túneles. Ya dije entonces que ese cuento me parecía que estaba escrito bajo la influencia del Franz Kakfa de El refugio, y aquí se repite esa sensación.

 

Bajos fondos está recorrido por una sensación de amenaza y violencia constantes. En todo momento, los humanos con los que nuestra rata se irá cruzando pueden golpearla, atarla, quemarla, tratar de envenenarla al ofrecerle comida… Aunque también, en otras ocasiones, pueden ser compasivos con ella y permitirle entrar en sus casas para que se proteja del frío, darle comida o liberarla si está atrapada. Si tratamos de buscar significados a la literatura de Can Xue, todas estas sensaciones que transmite el libro, sobre no saber a qué debe atenerse el personaje frente a los humanos con los que se cruza, pueden hablarnos de un mundo sin un sentido definido, en el que el individuo, en constante lucha por sobrevivir, se ve abocado a no entender al otro, a la falta de concatenación entre sus acciones y el resultado de estas. Aunque, a veces, se puede conseguir ayuda del próximo, parece decirme Can Xue que el individuo está condenado a pulular en soledad por un mundo incomprensible y agresivo.

 

Más de una vez la narradora evocará el valle donde vivieron sus ancestros. Quizás aquí, Can Xue nos quiera mostrar la dualidad de los ciudadanos chinos modernos, expulsados de su pasado en el campo para vivir, muchos de ellos, en los arrabales de las grandes ciudades y ser mano de obra barata de fábricas deshumanizadas. Este mundo es en el que trata de sobrevivir nuestra rata.

 

Como ocurría en los relatos, el lenguaje de Can Xue es evocador, poético y misterioso. Me ha llamado la atención que, en este libro, la traductora Tyra Díez (que también tradujo Al otro lado), a veces toma un registro coloquial del lenguaje. Así en la página 62 leemos «el niño, que se llamaba Xiao Mu, la lio parda», en la página 63: «Xiao Mu muchas veces afanaba cosas de la casa», o en la página 81: «¡aquel sigiloso gato negro se estaba papeando al escorpión rojo!». Imagino que no debe ser fácil traducir del chino y tener que tomar estas decisiones de traslación lingüística a otro idioma.

 

La crítica internacional ha relacionado la escritura de Can Xue con algunos maestros occidentales como Kafka, Borges y Calvino, para acabar concluyendo que Xue acaba teniendo un toque personal. Es cierto que, desde la primera página, he reconocido en Bajos fondos a la autora que conocía por las dos antologías de relatos mencionados, y esto acaba teniendo sus pros y sus contras. La propuesta –con fuerte tendencia experimental– de Can Xue es imaginativa, onírica, rica en matices y formas, pero también creo que este tipo de narración se sostienen mejor en un relato de veinte páginas, que en una novela corta de ciento veinte. Es decir, en los cuentos de Hojas rojas o Al otro lado, aunque estaban estilísticamente emparentados, cada quince o veinte páginas, la historia contada se cortaba, de forma más acabada o más abrupta, algo –esto último– que no tenía demasiada importancia, al fin y al cabo, en una narración que, en gran medida, prescindía de la lógica natural de causa-efecto de un relato convencional. Pero quizás esto mismo es más difícil de sostener durante toda una novela, donde se van a suceder escenas oníricas, surrealistas o absurdas sin orden de continuidad. Es cierto, que, como ocurría en los cuentos, Bajos fondos está cargado de símbolos sobre la alienación moderna, la pobreza, la crueldad, la violencia o el sinsentido existencialista, pero también es cierto que el estilo de escritura de Can Xue no permite desarrollar demasiado bien a los personajes secundarios de la historia, porque la rata-narradora siempre siente incomprensión hacia sus acciones y el modo en que interactúan con ella. En este sentido, sin desdeñar el extraño valor artístico de Bajos fondos, considero que me ha resultado más gratificante –aunque las propuestas sean, en realidad, similares– leer los cuentos que la novela. Si alguien no conoce nada de la obra de Can Xue, de las tres obras que yo he leído, publicadas por Aristas Martínez (tiene tres novelas más en Hermida Editores, de las que creo que destaca La frontera), creo que le recomendaría empezar por Hojas rojas.

 

domingo, 25 de mayo de 2025

Cartas III, El terror de la razón, por H. P. Lovecraft


Cartas III, El terror de la razón
, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 425 páginas. 1ª edición de 2024.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

 

En 2023 leí Cartas I, Escribir contra los hombres, de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937), que publicó la editorial Aristas Martínez. En 2024 leí Cartas II, Diario de sueños, que, al principio del proyecto, iba a ser una parte del segundo volumen de las cartas, editadas en español por Javier Calvo para la editorial Aristas Martínez, y al final se desprendió de ese libro y se publicó como un volumen independiente. A finales de 2024, Aristas Martínez publicó el tercer y definitivo volumen de estas cartas seleccionadas de Lovecraft, con el título de El terror de la razón. Como contaba Calvo en el volumen I de las cartas, Lovecraft llegó a escribir unas 75.000 cartas, de las que se conservan 10.000. En Estados Unidos existe una edición de las cartas completas, formada por 23 volúmenes.

 

El volumen I trataba sobre las ideas literarias de Lovecraft y las percepciones sobre su propia obra y la de sus amigos. En el segundo volumen se recogían los veintidós sueños que Lovecraft narró por cartas a sus interlocutores, y Calvo hacía el ejercicio de buscar en su obra artística si esos sueños se habían trasladado a las novelas y relatos del autor. Este tercer volumen es «de temática más amplia y dispersa», apunta Calvo en la primera página de su prólogo. A veces Lovecraft, en sus extensas cartas, desarrollaba ideas que podían tener la densidad de un ensayo, que luego usaba, con las mismas palabras, para publicarlos en periódicos amateurs.

 

Javier Calvo ha dividido los contenidos de este volumen en cinco partes. Calvo hace una introducción a cada una de las partes, que acaba siendo bastante significativa. En el volumen I, hacía una introducción al comienzo de cada año y aquí la introducción es por esa división temática, que él mismo ha decidido y que considera arbitraria. Así cada una de estas cinco partes recorren, en orden cronológico, todas las etapas vitales del autor.

A continuación voy a hablar un poco de cada una de ellas:

 

1) Un arte individual de la reminiscencia

Aquí Lovecraft habla de su relación con el pasado y el conflicto que le suponen los cambios históricos. Nos dirá Calvo que, en 1904, cuando muere el abuelo de Lovecraft el pasado se convierte para él en su auténtica patria, un espacio seguro y sin pérdidas.

«Todo lo que he amado lleva dos siglos muertos», leemos en la página 32, en una carta a Kleimer. Lovecraft se va a identificar sobre todo con el siglo XVIII y con la Roma clásica. En relación a la historia de Estados Unidos, respecto a la guerra de independencia de 1776 él se sentía a favor del rey británico y piensa que fue un error que Estados Unidos se desligara de Gran Bretaña.

«Es el mundo actual el que me parece más irreal y fantástico, y espero a medias despertarme y descubrir el mundo de 1903» (pág. 36)

Lovecraft ama Providence fundada en 1636, porque considera que es la más colonial e inglesa de las ciudades americanas. No le gusta la vida industrial y urbana, sino que añora un mundo de pueblos con casitas pintorescas.

En la página 52 me agrada leer las cartas que Lovecraft le manda a la escritora Zealia Brown Reed. Leí los tres relatos que escribió en colaboración con ella en el libro Más allá de los eones (La maldición de Yig, El montículo y La cabellera de Medusa), entonces firmaba como Zelia Bishop y esos cuentos fueron de los que más me gustaron de este volumen de relatos en colaboración.

 

Son interesantes las notas que Javier Calvo añade sobre los interlocutores de Lovecraft. Así conoceremos, por ejemplo, a Woodbum Harris, un granjero de Vermont, sin un interés aparente por la literatura, al que Lovecraft escribió tres cartas y entre las tres suman 250 páginas.

Para Lovecraft el futuro y el progreso carecen de significación concreta.

«El crecimiento inevitable de la era de las máquinas ha hecho que nuestro sistema económico de libre mercado sea obsoleto e impracticable, de tal manera que no podremos tener paz hasta que lo reemplacemos por algún nuevo sistema adecuado a las nuevas condiciones y que devuelva al hombre de la calle la capacidad para ganarse la vida.» (páginas 92-93).

 

2) La ética del espectador

Aquí Lovecraft hablará de la necesidad de crearse una ética individual. Calvo opina que Lovecraft, sin quererlo, se aproxima a las filosofías orientales, como el Tao, en su negación del deseo.

«La humanidad en su conjunto carece de meta o propósito.» (pág. 109)

«Apenas sé cómo es sentir emoción.» y «El erotismo pertenece a un orden inferior de instintos, y es una cualidad animal en lugar de noblemente humana.» (Pág. 111)

«Jamás he sentido el más mínimo interés por el romance y el afecto.» (pág. 112)

«Los mayores placeres no residen en las cosas frenéticas o animales, sino en las percepciones estéticas delicadas y en la tranquilidad no emocional.» (pág. 118)

Para Lovecraft, que se declara no creyente, Dios es la Razón.

Sí le gusta viajar a Lovecraft, de lo que saca «una sensación más intensa y emocionante de expansión, de sorpresa y de la inminencia de prodigios desconocidos.» Le gustaba viajar por las regiones más remotas de Nueva Inglaterra, buscando lo antiguo en las construcciones.

Aquí también, en alguna carta, Lovecraft habla de su sensación de fracaso vital y de falta de dinero: «Conozco a pocas personas cuyos logros estén más continuamente alejados de sus aspiraciones, o que en general tengan menos razones para vivir.» (pág. 170)

 

3) Una filosofía sin el hombre

Para Lovecraft el universo no tiene un plan central.

«Nuestra especie humana no es más que un incidente trivial en la historia del cosmos.» (pág. 193). Más adelante se referirá a las personas como «alimañas irrelevantes», piojos o insectos reptantes.

Al principio va a rechazar las teorías de Einstein y todo el cuerpo de la nueva física cuántica (de la que hablará bastante en sus cartas), para acabar aceptando sus preceptos.

No sabemos nada del cosmos y la religión le parece un mito falso.

No le gustan los escritores de ciencia ficción que muestran la vida en otros planetas como si fuesen muy parecidos a los humanos, lo que a Lovecraft le parece muy improbable.

 

4) Del fascismo ilustrado al socialismo racional

Antes del crack de 1929, Lovecraft se consideraba archiconservador, partidario de un orden monárquico y aristocrático. De hecho, hasta 1930 escribió muy poco sobre política en sus cartas.

Lovecraft se sentirá contrario al movimiento de independencia de Irlanda, porque él se siente profundamente anglosajón y británico.

En las 15 únicas cartas en las que habla de política, antes de 1930, Javier Calvo lo retrata como «un pobre hombre desconectado de la realidad» (pág. 284)

Lovecraft sentirá una simpatía inicial por el fascismo de Mussolini y, en menor medida de Hitler, al que ve como un imitador de Mussolini.

«En realidad, el fascismo que Lovecraft quiere para América es un socialismo cultivado y humanístico, dirigido y controlado por una élite funcionarial ilustrada y altamente preparada.», dice Calvo en la página 287.

A pesar de que a Lovecraft casi no salía de su casa, en la que vivía con dos tías, le gusta verse a sí mismo como un hombre de acción, como un soldado. Es particularmente cómico este párrafo de la página 302: «¿Es que vamos a ser tan mujeriles como para preferir la vocecilla emasculada de un árbitro al sediento grito de un guerrero de barba rubia y ojos azules? ¡El único poder seguro en el mundo es el poder de un brazo derecho velludo y musculado!» Aseveraciones como esta me hacen pensar que Lovecraft era un homosexual reprimido, a pesar de que se casó con una mujer, durante un breve periodo de tiempo, y que en alguna carta mostraba su aversión por los homosexuales.

 

Según avanzan los años 30, Lovecraft va cambiando sus posiciones políticas del fascismo fantasioso, hasta posiciones más sociales, para evitar una revolución popular. Al final, será partidario de las políticas del New Deal de Roosevelt. Tampoco le gustará la prohibición de Hitler de prohibir los libros escritos por judíos.

«Lo que necesitamos, sin duda, está bastante más a la izquierda que el New Deal.» (pág. 346)

 

5) El problema de las razas

Javier Calvo ha dejado para el final este tema, porque es el más controvertido del libro. Dice que lo podía haber ocultado, pero que le parecía su obligación mostrar todas las facetas de la personalidad de Lovecraft y el racismo es importante en la configuración de su semblante. Calvo no quiere blanquear a Lovecraft.

Calvo señala que existió el proyecto de erigir en Providence una estatua de Lovecraft, pero al final se rechazó por su racismo. Ya he contado alguna vez que yo estuve en Providence, buscando las huellas de Lovecraft y que me extrañó que, salvo una placa en el patio de la universidad, no había nada que recordara la vinculación del autor con su ciudad. Me doy cuenta ahora de que se debía a este problema.

Dice Calvo que algunos de los biógrafos de Lovecraft han tratado de minimizar su racismo, considerando el contexto de su época, pero él señala que, incluso así, Lovecraft estaba entre los individuos más retrógrados con este tema de los nuevos Estados Unidos.

Sobre todo, Lovecraft echaba pestes de los extranjeros con los que se encontró en Nueva York, cuando se mudó allí con la idea de ganarse la vida y no pudo conseguirlo, como vimos en el volumen de Cartas I. Lovecraft tenía una idea anticuada sobre la ciencia biológica en lo que respecta a los seres humanos, y pensaba erróneamente que blancos, negros, eslavos u orientales no tenían ancestros comunes. Algunas de las opiniones que aparecen en las cartas de esta sección sobre los negros son realmente terribles y he decidido no reproducir aquí ninguna de muestra.

 

De los tres volúmenes de cartas, el que me sigue resultando más interesante y emocionante es el primero, donde Lovecraft hablaba de sus aspiraciones y fracasos literarios. Era un libro que, incluso, alguien que no fuese fan de Lovecraft, pero que sí estuviera interesado en los procesos creativos de los escritores podría disfrutar. En cambio, estas Cartas III creo que están destinadas, de forma más específica, a los fans de Lovecraft, que quieran conocer más rasgos de su personalidad.

Me sigue quedando por leer su libro de ensayos, que publicó Páginas de Espuma. A ver si lo leo pronto.

 

domingo, 8 de diciembre de 2024

Al otro lado, por Can Xue


Al otro lado
, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 217 páginas, 2024

Traducción y notas de Tyra Díez y Teresa l. Tejeda

 

Ya he comentado que le solicité a la editorial Aristas Martínez, las dos antologías de cuentos que tiene publicados de la china Can Xue (Changsha, 1953), Hojas rojas y Al otro lado. He leído las dos seguidas. Hojas rojas constaba de ocho relatos y Al otro lado de diez; este último libro también tiene unas 30 páginas más. Hojas rojas estaba traducido por Belén Cuadra y ahora hay dos traductoras: Tyra Díez y Teresa Tejada.

 

Al otro lado es el primer cuento de este segundo libro, y nos habla de un niño que vive con su familia en un edificio, junto con otras familias con las que comparte la cocina. El niño y su amigo se dan cuenta de que al otro lado de las cocinas se oyen ruidos y tratarán de ir hasta allí, aunque la oscuridad rodea ese «otro lado» que insinúa el título. La extrañeza de este primer cuento, como ya ocurría con otros de Hojas rojas, vuelve a coquetear con los presupuestos del género de terror. «¿Quiénes eran esos que se reunían secretamente al otro lado del tabique en mitad de la noche? Los había oído, pero no había conseguido verlos.» (pág. 13)

 

La antigua casa tiene, de nuevo, un aire eminentemente kafkiano, o bien de Mario Levrero tras leer a Franz Kafka. Zhoue Yizhen dejó su casa en la ciudad y se fue al campo por motivos de salud. La mujer a la que vendió la casa le propone volver de visita y ver de nuevo su barrio, lugares a los que no ha regresado nunca después de veinte años. Los desencuentros con los que habían sido sus antiguos vecinos empezarán a darse según Zhoue regrese a su antiguo hogar. Y de nuevo, habrá personas que aparezcan o que desaparezcan de su lado, con la lógica inquietante de los sueños.

En este relato, como ocurrirá con otros del conjunto, me ha parecido percibir una ligera crítica a algunas de las realidades de China, como el tema de las ciudades contaminadas.

 

En El tormento de Lu Er llegaremos a una pequeña aldea, un ruido inesperado hace que Lu Er, un niño, que maja arroz, abandone su casa. Nadie parece dar importancia al ruido, pero Lu Er subirá a una montaña para descubrir que han desaparecido dos acantilados que allí había, frente a frente, separados por tres o cuatro metros, «Ahora no había nada de eso: ante los ojos solo se extendía un blanco y deslumbrante vacío.» (pág. 47). A partir de aquí las aventuras para Lu Er y un amigo se sucederán, llegando a salir por la noche para cazar a un leopardo, que puede ser también una persona. De nuevo, un aire de ensoñación irá cubriendo la historia.

 

Con La vieja chicharra volvemos a los cuentos de Hojas rojas protagonizados por plantas y animales. «No sabía cómo esquivar la hostilidad humana, porque nunca había esquivado nada.» (pag. 70). Aquí también, como ocurría en los cuentos de la anterior antología, para el líder de las chicharras, protagonista del cuento, los humanos se comportarán de un modo incomprensible. La vieja chicharra empieza a sentir una atracción existencial hacia la muerte. Como ya me pasó en el otro volumen, estos cuentos protagonizados por animales presentan una narración más contenida, menos onírica y me acaban gustando más.

 

El Recodo del Siluro me ha recordado un tanto, en sus intenciones narrativas, al segundo cuento de este volumen, el titulado La antigua casa. También aquí se habla de los cambios de la China moderna, y cómo va a desaparecer el barrio en el que vive la protagonista, con casas bajas, para construir edificios de muchas plantas. A la señora Wang le visita una niña, hija de una vecina, que continuamente entra y sale de escena.

Voy a comentar un recurso que usa Can Xue en más de un relato y del que aún no he hablado: introduce elementos nuevos en la narración como si no fuera la primera vez que habla de ellos, lo que genera una sensación un tanto desconcertante. Por ejemplo, entre la página 89 y 90, en este relato leemos: «Luego caminó hasta el profundo agujero, consciente de que podría caerse, pero aun estando indecisa, no quería retroceder de inmediato.» Ese «profundo agujero» no había aparecido antes en el relato.

La señora Wang empezará a salir de casa por la noche y a tener extraños encuentros inesperados. De nuevo, nos encontramos con el desconcierto kafkiano de los sueños.

 

En Plenitud «La maestra Wen sopesaba la estructura del universo sentada en medio de la oscuridad del cuarto.» (pág. 103) y una voz comienza a interpelarla desde algún punto indeterminado. La maestra Wen empieza a caminar por un edificio cada vez más cambiante, del que van desapareciendo las paredes y el techo, y así puede ver el cielo.

Este cuento me ha resultado demasiado surrealista y me ha gustado menos que otros del libro.

 

En El humedal, como ya apunté al comentar el segundo relato, La antigua casa, me ha parecido ver una crítica a los cambios demasiado rápidos de la modernización de China: en este caso, se trataría de una crítica ecológica. «Por increíble que parezca, este bosque urbano de hormigón albergó una vez el humedal.», así empieza este cuento. Ese humedal empezará a obsesionar a Ah Yuan, que comenzará a desarrollar toda una actividad detectivesca para encontrar dicho humedal, o sus restos, en la ciudad. Después de estar casi acabando esta segunda antología de cuentos de Can Xue, puedo detectar algunos elementos en común que tienen varias de sus composiciones: es normal que en ellas –como ocurría en La antigua casa o El Recodo del Siluro– los protagonistas inicien un viaje, y en este viaje se den escenas surrealistas u oníricas, donde los personajes llegan a lugares extraños y donde van acompañados de personas que desaparecen de pronto.

 

La montaña del Cuervo está narrado en primera persona, que no es lo habitual en estos relatos. La montaña del Cuervo es un edificio de oficinas abandonado, donde estuvo la protagonista del relato de niña. Años después deseará volver de la mano de una amiga, que lo visita con frecuencia porque su tío es el guarda del lugar. Cuando llegan al sitio, y como era ya de esperar, la protagonista se siente perdida en la oscuridad y las voces de su amiga, o de su tío, le llegan desde lugares indeterminados.

 

La reina se ha convertido en uno de mis cuentos favoritos de este conjunto, debido a que la narración es –en principio– algo menos surrealista que la de otros cuentos, y la historia está más contenida. Una joven vive sola en una casa algo apartada de la aldea. Su padre, que perteneció a la aldea, se enriqueció, construyó esa casa y empezó a atribuirse la condición de rey. Su hija ha crecido sintiendo esa distancia, falsamente nobiliaria, respecto a sus vecinos, que la aceptan de buen grado. A la reina le gusta pasear durante las noches y no tardarán en sucederse encuentros que, pese a mantenerse este cuento en un contexto más realista que el resto, no deja de entenderse en una total clave realista.

 

Venus cierra el conjunto y, al igual que el anterior relato, se mantiene en unos parámetros más realistas que otros del conjunto. La protagonista tiene trece años y vive en un pueblo. Se ha enamorado de su primo de treinta y cinco, que vive en la ciudad y que vuelve al pueblo para hacer experimentos con un globo aerostático. Aquí también se acaban oyendo voces lejanas, pero el cuento tiene un asidero más visual y racional que otros.

 

Creo que al haber leído seguidos Hojas rojas y Al otro lado, he sentido alguna sensación de repetición formal con algunos de los cuentos de la segunda antología. Diría que leídos y analizados de un modo individual todos los cuentos funcionan y son valiosos, pero al leerlos seguidos se pueden encontrar patrones en la creación del efecto fantástico, onírico o surrealista: alguien tiene que salir de casa y se van encontrando con situaciones anómalas, las personas que lo acompañan desaparecen, todo se vuelve oscuro alrededor y las voces llegan desde lugares indeterminados. Al final, Chan Xue está tratando de captad la inquietud de los sueños que devienen en pesadillas.

Mis cuentos favoritos de este conjunto han sido: La antigua casa, La vieja chicharra y La reina; teniendo, en realidad, un nivel bastante parejo a los otros.

domingo, 3 de noviembre de 2024

Hojas rojas, por Can Xue

 


Hojas rojas, de Can Xue

Editorial Aristas Martínez. 171 páginas, 2022

Traducción y notas de Belén Cuadra Mora

 

En el verano de 2024 leí mi primera novela china: Más duro que el agua (2001) de Yan Lianke. Había leído, hasta entonces, bastante narrativa japonesa, pero no china, y la nueva experiencia me resultó gratificante. Al sentir este reciente interés por la literatura china, me había fijado también en Can Xue (Changsha, 1953), una autora de la que la editorial extremeña Aristas Martínez tiene publicadas dos antologías de sus relatos: Hojas rojas (2022) y Al otro lado (2024). Traducidas al español, también existen dos novelas de Can Xue: La frontera y Nubes flotantes ya envejecidas, en la editorial Hermida. En septiembre estuve buscando información sobre los candidatos más firmes para ganar el premio Nobel de Literatura en 2024 y uno de los nombres que aparecía con más fuerza era el de Can Xue. Entonces, decidí solicitarle los dos libros de relatos a Aristas Martínez para poder leerlos y reseñarlos. La editorial, amablemente, me los envió.

 

Can Xue es hija de dos intelectuales chinos represaliados durante la campaña antiburguesa en China de 1957. Esto hizo –como cuenta su traductora– que tuviera que dejar el colegio pronto y trabajar en fábricas. Su formación como escritora fue siempre autodidacta e influenciada principalmente por autores occidentales.

 

Hojas rojas consta de ocho relatos y está traducido por Belén Cuadra, la misma traductora de Duro como el agua de Yan Lianke. Su trabajo en esta novela me pareció excelente, así que imaginaba (con razón) que su trabajo en Hojas rojas también sería muy bueno.

 

Forasteros es el primer relato. En él conoceremos a Juhua, una niña que al despertarse por la mañana en su cama siente frío, como si el viento del exterior se colase por debajo de su edredón. A partir de aquí –y hablo tanto del relato como del libro en general– una sensación de desasosiego acompañará al lector. Juhua decide visitar el cementerio del pueblo cercano y, en su caminar hacia allí, se va disolviendo el realismo en el que, durante las primeras páginas, pese a la sensación de extrañeza, parecía transcurrir la historia. Un pequeño animal sin identificar se unirá a la niña en el cementerio, y desaparecerá también como si se volatiliza. Será muy frecuente, en todos los relatos de Xue, que aparezcan y desaparezcan personajes secundarios que acompañaban al personaje principal con esa falta de lógica propia de los sueños. De hecho, un aire onírico, de amenaza continúa y saltos de lógica narrativa, propia de los sueños –o más bien de las pesadillas– suele caracterizar la composición de estos relatos. También recorrerán el cuento fogonazos poéticos, normalmente en torno a la naturaleza.

 

Confesiones de un sauce es el segundo relato y, para mí, uno de los mejores de las dos antologías (al escribir esta reseña casi he acabado también de leer Al otro lado). La voz narrativa es la de un sauce que se va secando en un jardín. Un jardinero humano ha dejado de regarle, y él desconoce el motivo. «No me explico por qué decidió el jardinero cortarme el suministro de agua» (pág. 43).

En la contraportada del libro se habla de las influencias de Can Xue: Kafka y Borges. Lo cierto es que yo he sentido en los cuentos de las dos antologías (y en especial en cuentos como Confesiones de un sauce), sobre todo la influencia de Kafka. Confesiones de un sauce parece estar escrito bajo la lectura de relatos como Josefina, la cantora, o el pueblo de los ratones, donde se personifica a los animales. Todos sabemos que Kafka, en muchas de sus narraciones, escribe sobre el Dios del Antiguo Testamento, ese Dios lejano e incomprensible que rige el destino de las personas. En este relato de Can Xue, ese Dios lejano sería el jardinero para el sauce, un Dios del que depende para subsistir, y que no sabe por qué le ha abandonado. «Creí comprender de veras que nunca llegaría a lograr la tranquilidad y la felicidad que todo el mundo ansía y que, por lo tanto, debía aprender a sentir cierta alegría en mitad de la sed, la ansiedad y el dolor.», leemos en la página 50.

 

En El delito un padre deja a su hija una extraña herencia: una caja sin llave, que cuando se agita parece sugerir que su interior guarda objetos cambiantes. Una prima de la protagonista, con la que tiene una relación difusa, empieza a vivir temporalmente en la casa. ¿Querrá, quizás, apropiarse de la caja? Este es un relato misterioso, con una desasosegante lógica propia.

 

Hojas rojas es otro de los cuentos que más me ha gustado de los que llevo leídos de Can Xue. El profesor Gu se encuentra en la cama de un hospital. Mientras limpian la habitación, él piensa en las hojas rojas que podía encontrar junto a su casa, unas hojas rojas que acabarán apareciendo en la habitación del hospital, cuando la frontera entre lo real y lo imaginado empiece a disolverse. Una amenaza parece cernirse sobre el profesor Gu: siente la presencia en el hospital de unos hombres gatos. Tratará de encontrarlos y se topará con un exalumno, que el lector intuirá que está muerto y que, por tanto, se está empezando a diluir para el profesor Gu la frontera entre la vida y la muerte.

En más de una ocasión, leyendo estos relatos, y sobre todo en algunos, como en este de Hojas rojas, he sentido que existía una conexión entre la obra de Can Xue y la de autores latinoamericanos como Mario Levrero y César Aira, también lectores de Kafka.

 

 

Movimiento vertical empieza con la siguiente frase: «Somos unos animalillos que habitan la tierra negra del subsuelo del desierto.» También tiene un aire muy kafkiano. En este caso me ha recordado, sobre todo, al relato de Kafka El refugio, también sobre un ser que vivía en el subsuelo. Tengo la sensación de que cuando los cuentos están protagonizados por plantas o animales, Can Xue se muestra más contenida, que cuando los protagonistas son humanos, relatos en los que a veces, según nos acercamos al final, el surrealismo, el aire onírico y la incomprensión tienden a monopolizar la narración.

 

En La cabaña del monte ocurre lo que apuntaba antes, que Can Xue se desborda al mostrar la extrañeza de lo contado. Una mujer ordena los cajones de su casa, de un modo obsesivo, y sabe que en una caseta, detrás de su casa, hay una persona encerrada. Viento, lobos, ratas, ladrones… diversos miedos acosan a nuestra protagonista. En algún momento, este cuento me ha llegado a recordar a esos cuentos que muestran relaciones familiares enfermizas que escribe Mariana Enríquez en libros como Un lugar soleado para gente sombría. La cabaña del monte tiene menos páginas que otros cuentos del conjunto y me he conectado menos con él, aunque es uno de los cuentos más famosos de la autora.

 

Los hombres sombra nos habla de un viaje; ya avanzado el relato conoceremos el porqué: «Recordé el motivo que me había llevado hasta aquel lugar. Alguien me había robado el tesoro familiar: un valioso tintero de piedra.» El protagonista, se adentrará en una ciudad, o más bien en un mundo –el mundo de los «hombres sombra»– regido por unas leyes que no acaba de comprender. De este modo, puede resultar acogido en una casa o expulsado. De nuevo, aparecen aquí muchos errores de percepción de la realidad del personaje. Y, de nuevo, he sentido detrás de este cuento el pulso de Kafka, de algunas páginas de El desaparecido o El castillo, por ejemplo.

 

Conviviendo con humanos cierra esta antología de cuentos. Aquí el protagonista es una urraca macho de mediana edad. Como ya he apuntado, al ser un animal el protagonismo, parece que Can Xue controla más su narración y acota mejor los límites en los que se va a mover que en los cuentos protagonizados por humanos. De nuevo, el terror para la colonia de urracas partirá de los humanos, de un niño que ataca sus nidos con un tirachinas y, principalmente, de la bedel de un colegio cercano. La bedel tiene una función narrativa similar a la del jardinero de Confesiones de un sauce. «Imposible adivinar lo que les pasa por la cabeza a los humanos, ¿verdad?», dirá la pareja del protagonista en la página 157.

 

En un artículo de José de Monfort, publicado en The Objetive, leo que las influencias principales de Can Xue son Kafka, Borges, Calvino y Beckett. Diría que yo, principalmente, he visto en los cuentos de Xue la influencia de Kafka; si bien es cierto que el cuento Movimiento vertical nos puede hacer pensar en el Samuel Beckett de libros como Compañía; pero, al fin y al cabo, esta última historia es una reescritura de El refugio de Kafka, fuente de la que también mana el relato de Can Xue.

También he sentido en los cuentos de Can Xue la confluencia con las voces de otros descendientes de Franz Kafka, como son César Aira y Mario Levrero. Dudo de que Can Xue haya podido leer a Aira o Levrero, y sobre todo a Levrero (con quien encuentro en la obra de Can Xue bastantes paralelismos), pero sí considero que ambos escritores, partiendo de una influencia común, han llegado a lugares oníricos, angustiosos, pesadillescos y líricos, que guardan relación.

Me hubiera gustado que el libro incluyera un prólogo, que indicara, por ejemplo, en qué año se publicaron originalmente los cuentos, o más notas explicativas sobre su contexto, pero lo cierto es que los cuentos se sostienen por sí solos.

Ha sido una grata sorpresa acercarme a este libro de cuentos de Can Xue. Hojas rojas contiene páginas valiosas, en el contexto de la literatura actual. La obra de Can Xue ha sido traducida a veinte idiomas y es una firme candidata a ganar el premio Nobel. Al final, el Premio Nobel de Literatura de 2024 ha sido para la coreana Jan Kang; en cualquier caso, Can Xue será una gran premiada si la academia sueca decide concederle el galardón algún otro año.

domingo, 16 de junio de 2024

Cartas II, Diario de sueños, de H. P. Lovecraft


Cartas II, Diario de sueños
, de H. P. Lovecraft

Editorial Aristas Martínez. 252 páginas. 1ª edición de 2024.

Traducción y edición de Javier Calvo

 

El año pasado, en 2023, leí Cartas I, Escribir contra los hombres, de H. P. Lovecraft (Providence, 1890-1937), que publicó la editorial Aristas Martínez. Al principio, la editorial anunció que iba a sacar dos libros con su selección de las cartas de Lovecraft, pero al final van a ser tres. En el mundo anglosajón existe una edición completa en 23 volúmenes de estas cartas, de las que se conservan unas 10.000, aunque se supone que Lovecraft escribió unas 75.000. Como decía el editor y traductor Javier Calvo, en el prólogo de Cartas I: el 99% de lo que escribió Lovecraft fueron cartas, ya que su obra artística es relativamente breve, con solo 52 relatos o novelas cortas.

En el prólogo de Cartas II, Javier Calvo nos dice que este nuevo volumen de cartas es un spin-off del volumen anterior, Escribir contra los hombres. Es decir, la idea original de edición era que este conjunto de sueños de Lovecraft, contados en cartas a sus amigos, fuese incluido en Cartas I. Al final, la editorial Aristas Martínez y Calvo decidieron que lo mejor sería publicar este Diario de sueños como volumen independiente.

De entrada debería decir que la edición del Diario de sueños es muy bonita. Como en Cartas I, en Cartas II también hay ilustraciones con portadas de revistas de los años 1920 o 1930, en las que Lovecraft publicaba sus relatos, y aquí, en Cartas II, hay también alguna ilustración que cita Lovecraft y que le había obsesionado, como un grabado de Gustave Doré para ilustrar El paraíso perdido de John Milton. Pero ahora, Cartas II, además está editado con dos colores, el negro habitual y otra tinta roja, lo que enriquece las ilustraciones.

 

En total, Lovecraft narró en cartas a sus amigos veintidós sueños. Calvo nos contará que a veces Lovecraft narraba el mismo sueño a diferentes interlocutores y, en estos casos, ha seleccionado la versión más larga y enriquecedora. También, si en las cartas contaba aspectos diferentes del mismo sueño, ha fusionado las versiones.

Calvo, después de traducir cada sueño, lo comentará y rastreará en la obra de Lovecraft para mostrarle al lector cómo alguno de los sueños que ha leído se han incorporado a la obra del autor. En la página 17 leemos: «Lovecraft duda mucho a la hora de dar validez a sus sueños como material narrativo. Sigue usándolos como motor inicial de sus argumentos, pero solo los integra en forma de detalles o imágenes aisladas dentro de una trama provista de muchos estratos.»

Calvo comenta que los sueños que describe Lovecraft se parecen a la forma de escribir sus relatos: el narrador de sus los cuentos suele ser un testigo impotente.

Algo que me ha llamado la atención del prólogo de Calvo es un trapo sucio que le saca a August Derleth, uno de los amigos escritores de Lovecraft, del que cuenta que escribió dieciséis relatos a los que puso la etiqueta de «colaboraciones póstumas» con Lovecraft. En ellos, lo que hizo Derleth fue saquear el Cuaderno de ideas de Lovecraft, tomando de ahí argumentos y escribiendo los cuentos imitando el estilo de Lovecraft. Otro de sus amigos Frank Belknap Long tomó la narración de un sueño de Lovecraft de una carta que le había enviado y la metió en uno de sus relatos, no sé si con su consentimiento o sin él.

 

Cada sueño tiene un título, y Calvo juega con la idea de que este Diario de sueños podría ser leído como un nuevo libro de relatos de Lovecraft, porque están contados con sentido narrativo.

Es llamativo el primero sueño que se describe aquí, el titulado Descarnados de la noche. Lovecraft rememora unas pesadillas que tenía de niño, entre los tres y los ocho años, unas monstruosas criaturas le agarraban del vientre y le llevaban por el aire. Desde ahí, el podía ver la cúspide de montañas. En algún momento, le dejaban caer y él se despertaba antes de chocar contra el suelo. Luego trataba de hacer esfuerzos por no dormirse de nuevo y recibir otra vez la visita de los «descarnados de la noche». El propio Lovecraft, en sus cartas, trata de dar una explicación a sus sueños; en este caso, piensa que se debían a problemas digestivos que sufría y a la impresión que le causaron los grabados de Doré para el libro El paraíso perdido de Milton (una de estos grabados está reproducido en el libro). Calvo nos va a comentar que estos «descarnados de la noche» van a aparecer, con este nombre, en la novela corta La búsqueda en sueños de la ignota Kadath y también en un soneto de Hongos de Yuggoth.

 

En otro sueño narra cómo sobrevuela sobre una extraña ciudad deshabitada, algo que me ha recordado a esas ciudades que evoca en relatos como Las montañas de la locura.

 

El tercer sueño es bastante narrativo y se parece bastante a un cuento. Incluso Lovecraft introduce diálogos entre los personajes. Se titula Loveman está muerto y en él se cuenta como este amigo suyo, que era escritor, desciende por el hueco abierto en una tumba de un cementerio, acompañado por Lovecraft, que se queda arriba, ayudándole y comunicándose con él a través de una especie de teléfono. En el momento de más horror del cuento, Lovecraft se desmayará, como ocurre con muchos de los narradores de sus cuentos.

 

En el cuarto sueño, Los brazos del doctor Chester tengo la sensación de que Lovecraft lo está recreando en forma de relato, porque los detalles sobre lo contado me parecen excesivos para provenir de un sueño. Calvo va a opinar lo mismo. Sueña que es un médico y visita a un colega con una extraña enfermedad.

 

En la página 75, Lovecraft escribe: «Mis sueños son igual de nítidos que en mi juventud, aunque no más.»

En un cuento vende un bajorrelieve extraño a un museo. Esta idea del bajorrelieve aparece en el cuento La llamada de Cthulhu.

 

El sueño más largo es el titulado El sueño romano. Parece un cuento y en él Lovecraft se ha transformado en un romano que ha de luchar en una campaña contra los salvajes de una ciudad llamada Pompelo, que sería la actual Pamplona. En el relato se insinúa la presencia de elementos fantásticos. Este sueño sí que se planteó meterlo en un relato que no acabó de cuajar. He tenido la sensación, de nuevo, de que Lovecraft añade elementos al narrar el sueño para darle más forma. Aunque yo de niño sí que soñaba historias que se podían contar de un modo narrativo, me ha llamado la atención que él pueda seguir teniendo esos sueños y que los pueda recordar con esa claridad en la vigilia.

El sueño del romano me ha hecho pensar en esa fantasía de Philip K. Dick, según la cuál él no era un californiano de la década de 1970, sino un romano del año 70. Y aquí se unirían mis dos ídolos de la adolescencia.

 

 

En otro sueño viaja en tranvía y el conductor acaba teniendo una cara de tentáculo.

Es interesante la reflexión sobre que en los sueños Lovecraft suele verse como un niño y le retrotraen al mundo de la infancia.

 

El sueño La buhardilla del clérigo pasó a ser su relato El clérigo malvado. Lovecraft envió una versión del sueño a su amigo Austin Duyer y este lo copió y se lo mandó a la revista Weird Tales, donde se publicó en abril de 1939 con el título de El clérigo malvado. La carta original se ha perdido y el texto que se reimprime como «sueño» es el relato de la revista.

 

El último cuento que narrará Lovecraft se titula La aldea de los gatos negros y es de 1936; en él se habla de un pueblo de casa humanas, que parece habitado solo por gatos. Sirve de puente para la ultima sección del libro. Javier Calvo ha decidido finalizar y completar su edición de Diario de sueños con una sección titulada Las fabulosas aventuras de la Fraternidad Kappa Alpha Tau donde Lovecraft habla de los gatos que rondan su vecindario, durante sus últimos años, a sus amigos. En 1933, nos cuenta Calvo, Lovecraft y su tía Annie se vieron obligados a mudarse una vez más por razones económicas. La habitación de Lovecraft va a dar a un patio, donde ser reúnen los gatos del vecindario sobre un tejado que queda enfrente de su ventana. Lovecraft se entretendrá en poner nombres a todos y a familiarizarse con ellos, de tal modo, que acabarán entrando en su habitación y él jugará con ellos en vez de escribir. Escribe Calvo: «También un testimonio de que Lovecraft siempre fue un niño grande, atrapado en un aislamiento vital no del todo elegido y terriblemente necesitado de afecto.» Las cartas sobre los gatos que, como señala Calvo, debían de desconcertar a sus interlocutores (quienes a su vez le hablaban de sus mascotas gatunas), están llenas de humor y muestran a un Lovecraft sensible, que lo pasa mal cada vez que sus amigos gatos mueren, o las familias a las que pertenecen cambian de domicilio. Al leer estas páginas alegres me he acordado de la amargura de las últimas cartas de Lovecraft en Escribir contra los hombres cuando dejaba constancia de su fracaso artístico, que son de la misma época. Sabiendo esto, sus relatos sobre los gatos del vecindario resultan más entrañables y ha sido una bonita forma de acabar este libro.

 

Considero que Cartas I, Escribir contra los hombres es más interesante que Cartas II, Diario de sueños. En cualquier caso, este segundo volumen seguirá gustando a todos los seguidores, como yo mismo, del gran autor de Providence.