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domingo, 8 de marzo de 2026

Distritos de frontera, por Gerald Murnane


Distritos de frontera
, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 135 páginas. 1ª edición de 2017; esta es de 2024

Traducción de Carles Andreu

 

En el verano de 2025 leí Las Llanuras (1982), la obra más conocida de Gerald Murnane (Coburg, Melbourne, 1939). Ya comenté que llegué hasta él cuando estaba indagando, hace unos años, en los nombres que sonaban como posibles candidatos al Premio Nobel de Literatura. La lectura de Las llanuras me resultó desconcertante. Era una novela corta con algunas páginas de una gran brillantez formal y otras, como ya conté, en las que me pareció que el autor repetía un efecto, que era el de crear una extrañeza sobre un objeto observado (las llanuras), con la sensación de enfrentarnos a la inminencia de una revelación que nunca acababa de llegar.

Estuve buscando información sobre Murnane y comprobé que, además de Las llanuras, solo tiene otros dos libros traducidos y publicados en España: Distritos de frontera (2017, Minúscula, 2024) y Una vida en las carreras (2015, Minúscula, 2018). A principios de septiembre de 2025, estaba hojeando libros en La Central de Callao, y me apeteció comprar Distritos de frontera, porque a diferencia de Las llanuras, que era una obra de ficción, la contraportada informaba que se trataba de una novela autobiográfica y sentí curiosidad.

 

Este es el comienzo de la novela: «Hace dos meses, cuando llegué a este pueblo próximo a la frontera, decidí adoptar una mirada cautelosa, y pronto me di cuenta de que no podía seguir con este texto sin antes explicar cómo había llegado a aquella extraña expresión».

 

Un Murnane próximo a los ochenta años nos informará de que ha decidido cambiar su residencia habitual en la capital del estado australiano donde vivía (no se dirá, en ningún momento, que esta ciudad es Melbourne) por una casa más pequeña en un pueblo, con el fin de pasar allí los últimos años de su vida. Pronto empezará a echar la vista atrás para hablarnos de su educación por parte de unos hermanos religiosos. Lo que le ha llevado a acordarse de ellos ha sido la forma en la que incide la luz en los cristales esmerilados de las ventanas de una iglesia próxima a su nueva casa. Este detalle minúsculo –la forma de incidir la luz sobre determinadas ventanas– es, en realidad, el hilo conductor más claro de esta novela autobiográfica, que su autor denomina «informe».

Como el lector avezado ya se habrá dado cuenta, una referencia de Distritos de frontera es Marcel Proust y su En busca del tiempo perdido.

 

En la página 15 leemos un párrafo significativo: «Me trasladé a este distrito próximo a la frontera para poder pasar la mayor parte del tiempo solo y vivir según una serie de reglas a las que hacía ya tiempo que quería ceñirme. Ya he mencionado que he adoptado una mirada cautelosa. Lo hago para poder prestar más atención a lo que aparece en los límites de mi campo de visión, para percatarme de inmediato de cualquier elemento tan necesitado que uno o varios de sus detalles parezcan vibrar o agitarse, hasta que tengo la ilusión de que me hacen señas o un guiño. Hay otra regla que me obliga a tomar nota de cualquier secuencia de imágenes que me venga a la mente después de haber dirigido mi atención al detalle en cuestión».

 

Las referencias metaliterarias son constantes en la escritura de estas páginas, donde se nos cuenta, por ejemplo, que se han tomado notas para la elaboración de las páginas que se van a leer, después de alguna observación de algo que le llamó la atención en la calle, o también leeremos cómo los recuerdos se modifican al consultar alguna foto, por ejemplo, sobre la que el autor nos estaba hablando de memoria. Son constantes, por tanto, los saltos en el tiempo, desde un presente en el que el escritor está sentado en su escritorio, escribiendo sobre el propio acto de escribir, y las evocaciones del pasado; en cuyo caso puede tratarse de un pasado cercano, como un viaje a la capital del distrito una semana antes, o un recuerdo de hace más de sesenta años, cuando al autor le regalaron, por ejemplo, sus primeras canicas y fue formando una colección que le ha acompañado a través de todas las casas en las que ha vivido. Durante el tiempo narrativo de la novela, Murnane buscará su bolsa de canicas, y tratará de forzar sus recuerdos a través de ellas, creando diversas combinaciones de colores. Esta idea, no ya de hablarnos de elementos que evocan recuerdos del pasado, como idea proustiana, sino la de forzar que salte el recuerdo, a través de la combinación de colores, luces y formas, me ha recordado a algunos de los planteamientos que hacía el uruguayo Mario Levrero en novelas como El discurso vacío o La novela luminosa.

 

El tema religioso es importante en las páginas de Distritos de frontera. Las palabras de Murnane parecen las de un ateo que observa con curiosidad cómo los demás viven sus experiencias religiosas. Sin embargo, y esto es algo de lo que apenas se habla en el texto, el propio Murnane fue seminarista. Leo en internet que a los dieciocho años ingresó en el seminario y que duró allí tres meses. Más que desear ser religioso por una devoción auténtica a Dios, parecía verse atraído por la vida monacal, por la soledad y la posibilidad de escribir sin ser molestado. En Distritos de frontera sí nos va a hablar, sin embargo, de cómo perdió la fe leyendo a Thomas Hardy y empatizando con sus desesperados personajes. Las referencias literarias son constantes en el texto, aunque Murnane nos acabará diciendo que en la actualidad ya apenas lee ficción.

 

En la página 12 leemos: «Nunca me he alejado más de un día por carretera o en tren del lugar donde nací», que es una de las características –o rarezas– del autor que más se comentan en sus semblanzas. Me ha resultado curiosa la forma en la que Murnane habla de las ideas mentales que se forma de los paisajes sobre los que lee; por ejemplo, sobre la remota Inglaterra, o sobre cómo perduran en su mente ciertas imágenes religiosas de los libros del pasado. Me gusta el concepto que usa de «paisaje-imagen» o «virgen-imagen», queriendo singularizar con ese guion y la palabra «imagen» que está hablando de una representación personal de una realidad que aparece en su mente y que no tiene por qué coincidir con la real. Para él estas «–imágenes» de su mente son tan reales como los propios recuerdos que habitan en su interior.

 

Uno de los primeros temas, que ya he comentado, es que el recuerdo de Murnane se activa al observar cómo la luz incide en las ventanas de una iglesia cercana. El tema de cómo la luz incide en las ventas, sobre todo en las verandas («Galería, porche o mirador de un edificio o jardín.», según la RAE) de las casas se irá volviendo el hilo narrativo más claro del libro, haciendo reflexionar al autor sobre la idea de que en su psiqué primera, la que se correspondería a su infancia más remota, hubo un momento de fascinación sobre los colores de la luz sobre alguna veranda que no recuerda y esto hace que al enfrentarse a una situación similar (en la casa de un amigo, o en cualquier lugar) se active algo profundo y desconocido en su mente. Es una idea muy poética y que nos habla del misterio de la existencia. «A veces he supuesto que de niño debieron de influirme los destellos irisados que veía cuando la luz del sol caía en cierto ángulo sobre el borde biselado de un espejo que colgaba en el salón de una casa de color crema ya mencionada en otra parte de este informe, donde todo me parecía de buen gusto y elegante.» (pág. 78)

 

Otro tema que me llama la atención es la capacidad de Murnane de fijarse en asuntos esquinados, casi fuera de plano. Sobre la biografía de un escritor inglés, más que interesarse el texto en sí mismo, le ha acabado fascinando la foto de la contraportada donde la autora del libro muestra su perfil, y dedicará algunas páginas del libro a describir esa foto y a tratar de desentrañar su misterio. En la página 98 leemos: «una mirada o un vistazo de reojo suelen revelar más que una mirada directa.»; en esta misma página Murnane nos contará que «estas páginas están destinadas únicamente a mis archivos». El lector, lógicamente, sabe que esto no acabó siendo así.

Vi un documental en YouTube, de más o menos una hora de duración, sobre Murnane. Este le mostraba su casa al entrevistador, y ahí pude contemplar el gran número de archivadores metálicos de oficina que tiene en una habitación. De ellos, va extrayendo carpetas. En muchos casos se trata de textos en los que reflexiona sobre muy diversas cuestiones, normalmente de carácter autobiográfico. De todos estos textos, solo una mínima parte es la que se ha acabado convirtiendo en su obra artística publicada. Imagino que si Gerald Murnane acaba recibiendo el Premio Nobel de Literatura antes de morir, mucha gente va a querer saber qué tesoros albergan esos archivadores.

 

Distritos de frontera es una obra bastante peculiar que no gustará a aquellos lectores que deseen acercarse a historias trepidantes o su percepción de lo que debe ser un texto literario dependa mucho de la idea de «trama». En realidad, leer Distritos de frontera es una experiencia que tiene que ver más con la lectura de un poemario que de una novela. Decía Juan José Saer que una obra literaria se ocupa más del cómo que del qué. Murnane sigue este principio. He leído Distritos de frontera con gran curiosidad. Es posible que Las llanuras sea una obra de mayor calidad literaria que Distritos de frontera, pero yo me he sentido más cómodo leyendo Distritos de frontera. Vuelvo a tener curiosidad por Una vida en las carreras. Espero leerla pronto.

  

domingo, 18 de enero de 2026

Las llanuras, por Gerald Murnane


 Las llanuras, de Gerald Murnane

Editorial Minúscula. 147 páginas. 1ª edición de 1982; esta es de 2015

Traducción de Carles Andreu

Cuando en 2024 buscaba información sobre los posibles ganadores del Premio Nobel de Literatura me encontré con un nombre del que nunca había oído hablar: Gerald Murnane (Melbourne, 1939), un australiano, con miedo a volar y que nunca había salido de su isla, al que admira algún escritor consagrado como J. M. Coetzee. Busqué más información sobre él, y vi que en España había traducido y publicado tres de sus novelas la editorial Minúscula, siendo las más prestigiosa de ellas Las llanuras (1982).

En la Feria del Libro de Madrid de 2025 compré esta novela en la librería Girasol. La he leído en julio de 2025.

 

«Hace veinte años llegué a las llanuras con los ojos bien abiertos, atento a cualquier elemento del paisaje que pareciera insinuar algún significado complejo más allá de las apariencias.», es la primera frase del libro. En Las llanuras, un joven narrador innominado ha llegado a esta zona del interior de Australia con la intención de rodar una película que consiga «revelar» el verdadero significado de la región. Así llegará a una ciudad de las llanuras y se instalará en un bar, con la intención de observar a los lugareños y esperar la llegada a la ciudad de los grandes terratenientes con los que quiere contactar. «Mi plan era presentarme ante los terratenientes como un hombre procedente del extremo más lejano de las llanuras.» (pág. 21)

 

La narración pronto se va tiñendo de un tinte irreal, según el narrador nos va exponiendo sus distintas teorías y miradas sobre el concepto de «las llanuras». En la página 18 leemos: «Algunos historiadores sugerían que el fenómeno de las llanuras en sí mismo era el responsable de las diferencias culturales entre los habitantes de aquellas regiones y los australianos en general.» Toda la erudición inventada sobre esa idea física, pero a la vez abstracta, de las llanuras me ha parecido que tenía la intención juguetona de un cuento de Jorge Luis Borges, un cuento del estilo de Tlön, Uqbar, Orbis Tertius. De hecho, alguna de las ideas sobre la repetición, pero también la singularidad, de las llanuras me ha recordado a algunas reflexiones de los escritores argentinos sobre la pampa; a reflexiones que he leído, con intenciones similares, en Juan José Saer, pero también en el propio Borges.

 

Los terratenientes llegan a la ciudad y durante un día o dos van a dar audiencia a todas las personas que, con sus diversos proyectos, quieren entrevistarse con ellos. El narrador, sin retirarse a dormir, esperará su turno. Los terratenientes eligen a estudiosos de diversas disciplinas del conocimiento para que trabajen para ellos. Se puede tratar de escritores, gente que estudia los trajes tradicionales, los estilos arquitectónicos… todos relacionados con la idea de fijar la verdadera identidad e idiosincrasia del espacio mítico de las llanuras.

Hay una historia, un tanto surrealista, sobre dos colores que aún se siguen usando en la vestimenta y adornos de los llaneros, que provocaron en el pasado un conflicto violento, y que tienen que ver con dos modos diferentes de aproximarse a la experiencia de las llanuras. Un color es el verdeazulado que nos remite a la línea del horizonte, donde las llanuras se confunden con el cielo, y el otro, amarillo, tiene que ver con un estudio de la liebre de las llanuras, un animal que trata de ocultarse en el terreno, sin moverse, camuflándose entre los pastos de las llanuras. Quizás de todo este absurdo erudito se desprende una mirada más general sobre la condición humana, y Murnane nos está hablando de las limitaciones del ser humano para entender el mundo en el que habita, y la imposibilidad de encontrar explicación o de encontrar a «Dios». En este sentido, en la página 75 leeremos: «Este estado de ánimo me hace sospechar que cada hombre debe de estar viajando hacia el corazón de una llanura privada, remota.»

 

Los terratenientes –estos verdaderos representantes humanos de las llanuras– están mostrados en el libro como seres lejanos y, hasta cierto punto, incomprensibles. Esta parte de la espera para recibir audiencia me ha recordado a algunas de las páginas de El castillo de Franz Kafka. El narrador, por fin, será recibido y podrá exponer su proyecto cinematográfico sobre las llanuras. A uno de los terratenientes le va a interesar y decidirá contratarlo y alojarlo en su mansión. Allí va a conocer a la hija del terrateniente: «La conocí durante la primera cena en la gran mansión. Como era la única hija, se sentó ante mí, pero apenas nos dijimos nada. No parecía mucho más joven que yo y, por tanto, no era tan joven como había deseado.» (pág. 81). El narrador quería para su película la participación final de una chica que fuera una auténtica representante de las llanuras.

 

En la página 93 empezará la segunda parte del libro con esta frase: «NOTA PRELIMINAL: Después de diez años en las llanuras sigo preguntándome si puedo excluir de la obra de mi vida la presencia del paisaje que en este distrito se denomina la Otra Australia.» Nuestro narrador, después de diez años de llegar a la mansión de las llanuras, sigue tomando notas para su película, una película que nunca parece capaz de empezar a rodar. En la página 101 se abre una nueva ventana metafísica: «Un día espero poder satisfacer mi curiosidad acerca de su teoría de la Llanura Intersticial, el sujeto de una excéntrica rama de la geografía: una llanura que, por definición, no puede visitarse, ero que colinda y da acceso a todas las llanuras posibles.»

 

El narrador irá viendo pasar los años, contratado en la mansión del terrateniente, bajo su mecenazgo, igual que otros estudiosos de diversos ámbitos de las llanuras, principalmente en la biblioteca de la casa, sin –paradójicamente– salir a ver las llanuras, su objeto de estudio. La biblioteca es un compendio gigantesco sobre lo que se ha escrito sobre las llanuras, y el narrador pasa principalmente sus días en la sección dedicada al Tiempo. En la página 119 leemos: «Por eso hoy en día evito los libros que presentan el tiempo como si fuera una especie de llanura más.» y «Siempre temo descubrir, en un ensayo corriente de un llanero sin reputación alguna, un párrafo que describa a un hombre como yo, que se dedica a especular infinitamente acerca de las llanuras sin poner jamás un pie en ellas.» Estos comentarios sobre la biblioteca, que sustituye a la experiencia, y el infinito, me han remitido, de nuevo, a Borges.

 

El escritor Jesús Artacho ha leído también Las llanuras, libro que descubrió de un modo similar al mío, y al reseñarlo ha citado la posible influencia de Samuel Beckett y su famosa obra de teatro Esperando a Godot. Me parece una idea acercada. En Las llanuras nuestro narrador se siente paralizado a la espera de una revelación sobre la realidad que nunca parece llegar, aunque siempre parece estar también a punto de recibirla.

 

En la página 123 ocurre algo extraño. Leemos: «A veces veo a la hija mayor de mi patrono en uno de los caminos del invernadero más próximo (…) Es poco más que una niña.» Como señalé anteriormente, en la página 81 nos habla de una «única hija» casi de su edad. Tenía apuntando este dato y me desconcertó la contradicción con la que me encontré 40 páginas después. No creo que sea un error inconsciente por parte de Murnane. Lo interpreto como un juego narrativo: no se puede entender ni fijar la realidad, porque esta siempre es movible, inasible. Es posible que se trate de uno de esos juegos, como los que practica César Aira, en los que se rompe la coherencia interna del relato.

El estilo de Murnane es filosófico y poético, bello y cerebral. Toda su erudición falsa, que persigue descubrir algo sin objeto, me hace pensar en una broma literaria al estilo de las de Borges. Pero, quizás, las historias de Borges funcionaban mejor porque eran cuentos y no novelas. Las llanuras es una novela en la que casi no hay acción, ni interacción entre los personajes y, pese a sus muchas páginas brillantes, en busca de un misterio o revelación que no acaba de llegar, en algunos tramos se puede hacer algo repetitiva y tediosa. En cualquier caso, leer por primera vez a Gerald Murnane ha sido una interesante experiencia.

domingo, 13 de marzo de 2011

Picnic en Hanging Rock, por Joan Lindsay

Editorial Impedimenta. 307 páginas. 1ª edición de 1967, ésta de 2010.

Paseando por las mesas expositorias del Fnac de Callao me encontré con esta novedad de las cuidadas ediciones de Impedimenta, Picnic en Hanging Rock. El título y las frases de la contraportada me hicieron viajar en el tiempo más de 20 años. Yo había visto, recordé entonces, una película basada en este libro cuando tenía entre 10 y 12 años. Y algunas de sus escenas, un recuerdo perdido y entonces recuperado, volvieron a mí en la última planta del Fnac de Callao. La película, cuando la vi, entre los 10 ó 12 años -si no recuerdo mal un viernes por la noche, en un programa que luego tenía un debate-, me generó bastante inquietud. Allí, en Picnic en Hanging Rock (1975, director: Peter Weir), se planteaba un misterio sin resolución final; algo que a mí, a aquella edad remota, me resultó extraño, como si el director me hubiese escamoteado el significado de su película, o esta se hubiese quedado a medias.

La autora de la novela en que se basaba aquella película, Joan Lindsay (1896-1984) pertenecía a una famosa familia de artistas australianos, y Picnic en Hanging Rock es su obra más famosa; “una de las más míticas novelas de culto de la literatura anglosajona”, según apunta la faja de Impedimenta.

La trama se inicia el 14 de febrero de 1900. En este día de San Valentín, las 20 chicas del colegio Appleyard están nerviosas porque pronto saldrán del edificio en que viven confinadas para pasar el día en un lugar de formación volcánica, llamado Hanging Rock, una elevación natural de la planicie australiana de unos 150 metros casi verticales (el lugar existe realmente, se puede buscar en Internet). Y esto ocurrirá después de haberse entregado, entre ellas, tarjetas de San Valentín, como si cada una de ellas tuviese un amante fantasmal esperándolas.

Picnic en Hanging Rock se podría clasificar como una novela gótica, ya que su primer capítulo me ha hecho pensar inmediatamente en el colegio Lowood, donde pasa su infancia Jane Eyre en la novela homónima de Charlotte Brontë; aunque es cierto que el colegio Appleyard no parece tan siniestro, un halo amenazante no deja de cernirse sobre él.

Durante  el Picnic 4 chicas deciden explorar Hanging Rock, y una fuerza poderosa e irracional parece empujarlas hacia su cumbre. En ella se internarán las 3 más mayores, y la cuarta regresará a la zona de picnic presa de un ataque de histeria. También, la profesora de matemáticas, una estricta mujer de 45 años, parece recibir la llamada de la Roca  y se pierde en sus elevaciones.
Nada sobrenatural está ocurriendo aparentemente. Recordaba de la película una carga erótica, unida a la del misterio, en estas escenas del ascenso de las chicas por las rocas, despojadas de calzado y de parte de sus aparatosos vestidos. Este componente erótico se encuentra en la novela; velado, subterráneo, pero está ahí. Además, los relojes de los participantes en el picnic se han parado a las 12 del mediodía, lo que añade una carga más de misterio, puede que sobrenatural, a la escena.

“Se recordó a sí mismo que ahora estaba en Australia: Australia, donde cualquier cosa podía ocurrir”, reflexiona en la página 53 Mike Fitzhubert, llegado al continente-isla, desde Inglaterra, hace apenas unas semanas.

El misterio de la desaparición en Hanging Rock se extiende por la comarca, y Joan Lindsay nos narra, bajo el aparente enfoque de la reconstrucción de unos hechos reales en forma de crónica, como la desaparición de esas 4 personas, sin dejar rastro, afectan a los protagonistas de la novela.

8 días después de los extraños sucesos, Mike, que estaba también de picnic en Hanging Rock en el momento de la desaparición, siente la necesitad de hacer algo (parece que se enamoró a primera vista de una de las chicas, Miranda) y junto a su amigo Albert, el cochero de la familia, decide regresar a la Roca y pasar una noche él solo allí. También, estas páginas me pareció que tenían un gran componente gótico, ya que me ha recordado a las escenas en que Heathcliff llamaba a la desaparecida Catherine en los paramos de Yorkshire en la novela de Emily Brontë Cumbres borrascosas. Una de las chicas aparece, gracias al empeño de Mike, como si éste hubiese podido invocarla, en la Roca tras estos 8 días, viva, con los pies ilesos, sin recordar nada de lo sucedido.

“El miasma de los miedos ocultos se iba haciendo cada vez más grande y más oscuro”, escribe Joan Lindsay en la página 170, cuando el misterio que emana de Hanging Rock va expandiendo sus círculos concéntricos.

Joan Lindsay parece basarse en el modelo de la novela gótica inglesa para escribir su novela, sobre todo en los libros de las hermanas Brontë. Y, aunque su escritura tiene un cierto aire decimonónico, con un voz narrativa omnisciente, que a veces nos hace reflexionar sobre su propia narración (con expresiones del estilo de “En el capítulo anterior hemos contemplado” página 251), la novela se adentra en el siglo XX al usar sus recursos decimonónicos con una carga irónica, que puede llegar a ser sarcástica, principalmente cuando nos habla de la dueña del colegio, la señora Appleyard, el principal personaje negativo del libro.

El misterio planteado en este libro es interesante y el juego entre ficción / realidad, o relato realista / relato fantástico está bien llevado y uno avanza por sus páginas con una importante dosis de intriga (a pesar de que los recuerdos difusos de la película, vista un viernes de hace más de 20 años, hacían que ya supiera en esencia lo que iba, o mejor dicho no iba, a pasar).
 Sólo había leído antes un libro de un autor/a autraliano/a, Un libro para niños basado en un crimen real, de Chloe Hooper, y ha sido curioso regresar y leer una historia ambientada en este país. Quiero ahora volver a ver la película.

(Son de agradecer las notas que la traductora, y también escritora, Pilar Adón, ha añadido al texto; así como el prólogo, a cargo de Miguel Cane)