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domingo, 24 de abril de 2022

Nunca se sacia el ojo de ver, por Daniel Díez Carpintero


Nunca se sacia el ojo de ver
, de Daniel Díez Carpintero

Editorial Sloper, primera edición de 2022

 

El viernes 11 de marzo de 2022 yo presenté la novela Aquí hay demasiada gente de Carlos Castaño Senra, en la librería Lé de Madrid. Se trató de una presentación doble, puesto que a la vez se presentaba el libro de relatos Nunca se sacia el ojo de ver de Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979). Los dos libros pertenecen a la editorial Sloper, donde yo publiqué mi novela Los insignes en 2015. Unas semanas antes, Román Piña, el editor, me había enviado Nunca se sacia el ojo de ver, porque en 2017 había leído El mosquito de Nueva York, el primer libro de relatos de Díez Carpintero y me había parecido muy original. En la contraportada de este libro inicial, Piña había escrito «cuentos muy alejados del canon actual» y era cierto, porque los protagonistas de los cuentos de El mosquito de Nueva York eran principalmente idiotas, unos idiotas que no eran conscientes de serlo y que, además, querían dar lecciones a otros. Unos idiotas que miraban el mundo desde un prisma distorsionado, que daba a los relatos un curioso aire de esperpento surrealista.

He releído mi reseña de El mosquito de Nueva York para recordarme los cuentos de Díez Carpintero. Señalé, entonces, sobre su primer libro que en sus cuentos era frecuente encontrarse parejas formadas por un hombre y una mujer, donde ellas normalmente eran seguras y dominantes y los hombres eran apocados y pusilánimes. En Nunca se sacia el ojo de ver también se repite en la construcción de sus cuentos una pareja de protagonistas, pero en este caso suelen ser un padre y un hijo. Sé que entre un libro y otro, el autor ha sido padre y esto ha tenido que influir en la composición de sus narraciones.

El mosquito de Nueva York estaba formado por nuevo cuentos y Nunca se sacia el ojo de ver también.

 

El primer cuento del nuevo libro se titula Sacrificio y libaciones y, aunque su lectura resulta perturbadora, no ha sido uno de mis favoritos del conjunto. Un maduro profesor de universidad ‒que me ha recordado a un personaje de Michel Houellebecq‒ recibe la visita de una pareja de jóvenes religiosos, y solo puede fijarse sexualmente en la chica sin atender a sus palabras. Aquí el personaje es alguien de buena posición, y rompe con la idea del conjunto, porque los personajes de casi todos los demás relatos pasan dificultades económicas.

 

Espejo de hierba está protagonizado por una anciana que vive al sur de Ciudad de México, donde sé que vivió unos años el autor. Es un cuento sobre la soledad y los recuerdos del pasado, con un aire poético. También es un cuento sobre la culpa de una mujer sobre cómo influyó en su hijo. He comentado al principio que había aquí relaciones padre-hijo, pero en este cuento es una relación madre-hijo, pero en gran medida el relato está recorrido por el mismo aire de hablar de hijos a los que los padres están fallando.

El recurso de enumerar relaciones de cosas (en este caso recuerdos) crea en el texto un aire poético, un recurso que se volverá a usar en otros relatos.

Me gusta más este relato que el primero, y empiezo ya a pensar que Nunca se sacia el ojo de ver es un libro diferente a El mosquito de Nueva York, porque en este primer libro estaba recorrido por un aire de juego cruel sobre los personajes idiotas y el tono de este nuevo libro es diferente, más serio, profundo y lírico.

 

Volkswagen Santana es un cuento sobre una pareja sin trabajo, que se va deslizando por los peldaños de la miseria y el desaliento. Me ha recordado a algunos cuentos del chileno Marcelo Lillo. Díez Carpintero se ha alejado aquí de esos personajes idiotas y esperpénticos de su primer libro, y su mirada sobre sus nuevos personajes es mucho más compasiva y honda. El humor surrealista también ha dejado paso a la tristeza desolada. Volkswagen Santana es un cuento clásico magnífico, una gran asunción de la tradición narrativa norteamericana en idioma español.

 

Me ha gustado mucho también De un jubilado sobre un hombre solitario, de cierta edad, que en los días de un caluroso verano, en un barrio residencial, ve a un hombre que exhibe su miseria ante los demás acompañado de su hijo. «Era una tarea ­‒quedarse en el mismo lugar todos los días para que la gente lo mirara‒ igual que un desafío rabioso y complicado. Un reproche que ni el hombre ni su hijo entendían. Pero al que se dedicaban con disciplina, sin faltar nunca.» (pág. 55)

 

Editor de basura es otro de mis cuentos favoritos del libro. Está escrito en primera persona, la primera persona de un hombre que regresa a su país tras seis años fuera y está sin trabajo, viviendo en la zona industrial de un pueblo rico. Me he imaginado que el autor se estaba fijando en algún pueblo de la periferia madrileña como Pozuelo o Boadilla del Monte. De nuevo es un gran cuento de corte clásico norteamericano, y de nuevo se habla de la relación de un padre con su hijo, pero es como si, a diferencia del cuento anterior, la relación se mostrase desde dentro y no a través de la mirada de un tercero.

 

Mi prima es un cuento cruel, un cuento sobre las ensoñaciones amorosas de un adolescente en torno a su prima que va a venir a su casa de la capital a visitar a la familia desde el pueblo. Una prima que se revelará como una chica insulsa, sin ningún atractivo. Este cuento me ha parecido más relacionado con los de El mosquito de Nueva York, que otros de este volumen.

 

En Error médico un adulto recuerda una anécdota de algo que le ocurrió con once años, cuando deseaba romperse un brazo para que los demás le hicieran más caso. Al final es otro relato que habla de relaciones paterno filiales y su cierre resulta escalofriante.

 

En Camping (nunca se sacia el ojo de ver) también tenemos a un padre con un hijo. Esta vez la acción se sitúa en un camping de caravanas. El padre observa a los demás veraneantes, sus cambios, y en todas las descripciones hay un pálpito de inminente desastre. Es un cuento correcto, pero me ha parecido menos potente que otros del libro.

 

Coche de carreras cierra el volumen y, en esta ocasión, la relación entre el padre y el hijo más que basarse en la soterrada violencia, se sustenta sobre la frustración económica del padre. Su final es magnífico, y todo el cuento supone un gran broche para el libro.

 

En la presentación, David Torres y Carlos Castaño comentaron que Nunca se sacia el ojo de ver es un libro de cuentos que, en gran medida, la unidad temática de sus narraciones hace que deje un poco parecido al de una novela.

 

Nunca se sacia el ojo de ver me ha parecido un gran libro de relatos, superior a El mosquito de Nueva York, que ya me pareció un libro destacado. Siendo dos propuestas frescas y originales; en la nueva, lo que Díez Carpintero ha podido perder en originalidad lo ha ganado en hondura y belleza.

domingo, 23 de julio de 2017

El mosquito de Nueva York, por Daniel Díez Carpintero.

Editorial Sloper. 131 páginas. 1ª edición de 2016.

Con este primer libro de relatos, titulado El mosquito de Nueva York, Daniel Díez Carpintero (Madrid, 1979) ganó el XII Premio Café 1916 (que antiguamente se llamaba Premio Café Món), organizado por la editorial Sloper, que dirige el escritor Román Piña. Yo he publicado mi novela Los insignes con Piña, pero como vive en Palma de Mallorca, nos resulta difícil vernos. Las presentaciones de los libros de Sloper suelen tener lugar en Mallorca, pero a finales de 2016 también se presentó El mosquito de Nueva York en Madrid. Me pareció una buena ocasión para ver a mi editor y para apoyar a Sloper. La presentación tuvo lugar en La Central de Callao (donde yo mismo había presentado mi novela un año antes) y corrió a cargo de Román Piña y David Torres (que también tiene dos libros publicados en Sloper). Torres comentó que el verano de 2014 había leído tres relatos de un desconocido Daniel Díez Carpintero en la sección veraniega de Cuartopoder, y que le encantaron. Él fue quien recomendó a Díez Carpintero que probara con el premio Café 1916 y Sloper. Después tomé algo con Daniel Díez Carpintero y sus amigos de Madrid, David Torres, Román Piña e Iván Reguera (también autor de Sloper). Nos lo pasamos muy bien hablando principalmente de cine.

El mosquito de Nueva York está formado por nueve relatos, que se leen rápido en el formato de letra grande de Sloper y que, sin embargo, dejan poso.

En la contraportada (la mía la escribió Román Piña y ésta imagino que también estará escrita por él) podemos leer que éstos son unos «cuentos muy alejados del canon actual.» La verdad es que me parece una buena apreciación, porque aunque las historias contadas son bastante diferentes, tienen algunos elementos comunes que las emparentan entre sí. Además, son elementos poco frecuentes en los libros de relatos españoles. Digámoslo ya: lo más llamativo de los cuentos de Díez Carpintero es que casi todos sus personajes suelen ser idiotas que, en muchos casos, tratan de aparentar no serlo y se sienten atacados por un mundo que no comprenden, o quieren tratar de idiotas a los demás pasando ellos por unos listos imposibles y patéticos. Además, se suele hablar de relaciones entre hombres y mujeres (iba a escribir «relaciones de pareja», pero me parece más acertada la expresión «relaciones entre hombres y mujeres», porque, aunque está presente aquí más de un matrimonio, también tenemos la relación entre una niña y un viejo (cuento El mosquito de Nueva York), un hijo y su madre (cuento Barro) o una inquilina y sus hospedadores (cuentos Leer libros). En estas relaciones entre hombres y mujeres, ellas suelen seguras y dominantes y ellos apocados y pusilánimes. En el último cuento, el titulado Los hijos del futbolista, la relación principal se establece entre un padre y su hijo, y por tanto se rompe aquí la dicotomía hombre-mujer. En el relato Europa, la persona débil es excepcionalmente la mujer.

Cuando hablaba de cuentos protagonizados por idiotas, debería apuntar que ésta es una característica tan acusada que da al cuento una sensación de surrealismo esperpéntico que lo acerca al expresionismo (sin que las narraciones se salgan de los cánones del realismo). Por ejemplo, en el cuento Leer libros, una chica se retira a una casa en el bosque para terminar allí, con tranquilidad, su tesis doctoral. El dueño de la casa es un hombre de un solo ojo que afirma que no para de leer libros y que el ojo que le falta se le cayó al hacer un esfuerzo para vomitar, debido a la fuerza con la que se concentraba para leer. Su hijo, otro idiota, también tiene la cara siempre metida en un libro. La chica no tarda en comprender que los dos, padre e hijo, no saben leer, que se tiran horas y horas mirando un punto fijo de una página, hasta que pasan a la siguiente, pero están empeñados en representar ante ella el imposible papel de hombres cultos.

En el cuento Los delfines, un matrimonio de mediana edad acude de vacaciones a un hotel destinado a un público de una clase social más elevada que la suya (aunque ellos se sienten ricos en su pueblo, en el hotel comprueban que los otros veraneantes tienen un poder adquisitivo más alto). Ambos, hombre y mujer, son idiotas. Lo son hasta el punto de creerse la siguiente noticia de un periódico cristiano: en una playa el demonio ha poseído a los delfines, que se dedican a mirar a las bañistas con lujuria y además las violan cuando entran al agua. El lector entiende que se trata de una noticia falsa, pero que los protagonistas piensen que algo así puede ocurrir, traslada el eje del relato desde el realismo (para el lector) hasta el género fantástico (para los personajes). Esta dicotomía me ha parecido uno de los grandes logros del libro, en el que más de un personaje cree vivir experiencias que no pueden ser reales. Quizás podríamos hablar aquí de esa variante del género neofantástico que se está practicando ahora en Argentina, en la que autores como Samanta Schweblin, Tomás Sánchez Bellocchio o Federico Falco crean un tipo de relato en el que, sin que ocurra en ellos nada abiertamente fantástico (no aparecen gnomos, nadie vuela…), los personajes reaccionan ante los estímulos externos de manera extraña y desconcertante. Sin embargo, en estos cuentos los personajes actúan de forma rara no porque sean idiotas, como en los cuentos de Díez Carpintero. En realidad, creo que para encontrar la filiación de los cuentos de Díez Carpintero con alguna corriente literaria hay que bucear en la noche de la presentación de su libro. En la conversación con Torres y Piña en La Central, se comentó que Díez Carpintero es un gran admirador de William Faulkner y de sus personajes obstinados e ignorantes. Más tarde, el propio autor me contó que uno de sus libros de cabecera es Cuentos completos de Flannery O´Connor. Tal vez ahí esté la clave de la curiosa poética de la idiotez de Díez Carpintero, una idiotez y una ignorancia del mundo rural sureño de Estados Unidos. La mirada de Díez Carpintero sobre sus personajes no es exactamente cruel; parece sentir hacia ellos una piadosa ironía, y el lector acaba sintiendo ternura por más de uno de los idiotas desamparados de sus cuentos. Definitivamente, tengo que leer los Cuentos completos de Flannery O´Connor.

En cuanto al estilo literario, he de apuntar que al principio me chirriaba algún detalle. Por ejemplo, me parecía que abusaba de la siguiente construcción sintáctica: «nombre + adjetivo + y + adjetivo». Por ejemplo: en la página 31 podemos leer: «felicidad mansa y abstraída» y un renglón más abajo: «lugar lejano y vaporoso». Podría buscar más ejemplos, que abundan, pero lo dejo en estos dos.

También abunda la siguiente construcción: en una enumeración se omiten las comas y se enlaza siempre con «y». En la página 37 leemos: «Luego sacó una lata de cerveza de la nevera portátil y se sentó en la arena y contempló el lago con la concentración de quien calcula cuántas baldosas caben en un metro cuadrado de cemento.» Esta frase me sirve también para ilustrar otro rasgo del estilo: las comparaciones y metáforas que crea Díez Carpintero son muy originales, ricas y acertadas, y sirven en buena medida para establecer el tono del relato o hablarnos del estado de ánimo de los personajes.
Otro rasgo peculiar del estilo: se insiste mucho en las características físicas de los personajes, que suelen ser algo extremas: personas muy delgadas y pequeñas, o grandes y gordas; o bien con extrañas combinaciones de ambas: de miembros muy delgados y barrigas prominentes. Normalmente, las mujeres seguras y dominantes suelen tener cuerpo de adolescente y son muy pequeñas y delgadas. En el mismo cuento, de ocho páginas (por ejemplo) se puede recordar al lector cuatro o cinco veces que una mujer tiene un cuerpo diminuto o que otro personaje se hizo una operación de nariz y ésta parece un pegote de cera en medio de la cara.

Durante el primer cuento, pensé que algunos de los rasgos de estilo que he comentado implicaban, en cierto modo, una torpeza narrativa pero, según avanzaba en la lectura, los acepté como características legítimas del estilo de Díez Carpintero, y su insistencia empezó a parecerme definitoria de una voluntad de narrar desde una mirada propia. Lo cierto es que la lectura de El mosquito de Nueva York me ha sorprendido bastante, y para bien. Es un libro, desde luego, original, con más de una perla en el estilo (las metáforas y comparaciones, como ya he dicho, están muy logradas) y con unos personajes no habituales en la narrativa española, a los que de puro idiotas se los acaba queriendo. Un estimulante libro de relatos.